Poemas en este tema
Sociedad y el Mundo
José Antonio Ramos Sucre
Los Hijos De La Tierra
LOS HIJOS DE LA TIERRA
Los nómades, reducidos a la indigencia,
habían fijado su tienda de campaña en medio de un llano
roído por el fuego. Los caballos, prácticos en el arte de
acertar con la hierba debajo de la nieve, mordían y trituraban
la paja renegrida. Habían sido soltados de unos carros innobles.
Una polvareda fortuita venía del horizonte a malograr la faena
de los herreros y de los albéitares, oficios reivindicados para
satisfacer las preguntas de la policía.
Los naturales del país, fieles de un dogma
tiránico, vigilaban la actitud de los peregrinos y los acusaban
de impíos y de rapaces. Yo no me aventuraba en su campamento
sino a caballo y provisto de un sable recurvo y después de
calarme hasta las orejas un gorro cilíndrico, de pelambre de
carnero.
Los nómades se decían ofendidos en su
credo rudimental y solicitaban el auxilio de unas divinidades obtusas,
fantasmas del caos desolado. Referían el origen de su raza a la
invasión de un cometa, en el principio de los siglos.
Decidieron alejarse en las últimas
oscilaciones del otoño. Volaban los cristales de la nieve
precoz. Las ráfagas del polo disolvían el sudario de una
virgen insepulta, en la noche estigia, en el límite del mundo.
Lastimaron, antes de su viaje, la fe de los
indígenas con el sacrificio de un perro en la actitud del
crucifijo. Consultaban de ese modo el éxito de sus pensamientos
y requerían el arribo inmediato y el socorro de la noche. La
invitaban a fustigar sin tregua la pareja de cuervos de su carro
taciturno.
La hueste famélica se dirigió al
encuentro de un sol precipitado.
Los nómades, reducidos a la indigencia,
habían fijado su tienda de campaña en medio de un llano
roído por el fuego. Los caballos, prácticos en el arte de
acertar con la hierba debajo de la nieve, mordían y trituraban
la paja renegrida. Habían sido soltados de unos carros innobles.
Una polvareda fortuita venía del horizonte a malograr la faena
de los herreros y de los albéitares, oficios reivindicados para
satisfacer las preguntas de la policía.
Los naturales del país, fieles de un dogma
tiránico, vigilaban la actitud de los peregrinos y los acusaban
de impíos y de rapaces. Yo no me aventuraba en su campamento
sino a caballo y provisto de un sable recurvo y después de
calarme hasta las orejas un gorro cilíndrico, de pelambre de
carnero.
Los nómades se decían ofendidos en su
credo rudimental y solicitaban el auxilio de unas divinidades obtusas,
fantasmas del caos desolado. Referían el origen de su raza a la
invasión de un cometa, en el principio de los siglos.
Decidieron alejarse en las últimas
oscilaciones del otoño. Volaban los cristales de la nieve
precoz. Las ráfagas del polo disolvían el sudario de una
virgen insepulta, en la noche estigia, en el límite del mundo.
Lastimaron, antes de su viaje, la fe de los
indígenas con el sacrificio de un perro en la actitud del
crucifijo. Consultaban de ese modo el éxito de sus pensamientos
y requerían el arribo inmediato y el socorro de la noche. La
invitaban a fustigar sin tregua la pareja de cuervos de su carro
taciturno.
La hueste famélica se dirigió al
encuentro de un sol precipitado.
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José Antonio Ramos Sucre
Los Hijos De La Tierra
LOS HIJOS DE LA TIERRA
Los nómades, reducidos a la indigencia,
habían fijado su tienda de campaña en medio de un llano
roído por el fuego. Los caballos, prácticos en el arte de
acertar con la hierba debajo de la nieve, mordían y trituraban
la paja renegrida. Habían sido soltados de unos carros innobles.
Una polvareda fortuita venía del horizonte a malograr la faena
de los herreros y de los albéitares, oficios reivindicados para
satisfacer las preguntas de la policía.
Los naturales del país, fieles de un dogma
tiránico, vigilaban la actitud de los peregrinos y los acusaban
de impíos y de rapaces. Yo no me aventuraba en su campamento
sino a caballo y provisto de un sable recurvo y después de
calarme hasta las orejas un gorro cilíndrico, de pelambre de
carnero.
Los nómades se decían ofendidos en su
credo rudimental y solicitaban el auxilio de unas divinidades obtusas,
fantasmas del caos desolado. Referían el origen de su raza a la
invasión de un cometa, en el principio de los siglos.
Decidieron alejarse en las últimas
oscilaciones del otoño. Volaban los cristales de la nieve
precoz. Las ráfagas del polo disolvían el sudario de una
virgen insepulta, en la noche estigia, en el límite del mundo.
Lastimaron, antes de su viaje, la fe de los
indígenas con el sacrificio de un perro en la actitud del
crucifijo. Consultaban de ese modo el éxito de sus pensamientos
y requerían el arribo inmediato y el socorro de la noche. La
invitaban a fustigar sin tregua la pareja de cuervos de su carro
taciturno.
La hueste famélica se dirigió al
encuentro de un sol precipitado.
Los nómades, reducidos a la indigencia,
habían fijado su tienda de campaña en medio de un llano
roído por el fuego. Los caballos, prácticos en el arte de
acertar con la hierba debajo de la nieve, mordían y trituraban
la paja renegrida. Habían sido soltados de unos carros innobles.
Una polvareda fortuita venía del horizonte a malograr la faena
de los herreros y de los albéitares, oficios reivindicados para
satisfacer las preguntas de la policía.
Los naturales del país, fieles de un dogma
tiránico, vigilaban la actitud de los peregrinos y los acusaban
de impíos y de rapaces. Yo no me aventuraba en su campamento
sino a caballo y provisto de un sable recurvo y después de
calarme hasta las orejas un gorro cilíndrico, de pelambre de
carnero.
Los nómades se decían ofendidos en su
credo rudimental y solicitaban el auxilio de unas divinidades obtusas,
fantasmas del caos desolado. Referían el origen de su raza a la
invasión de un cometa, en el principio de los siglos.
Decidieron alejarse en las últimas
oscilaciones del otoño. Volaban los cristales de la nieve
precoz. Las ráfagas del polo disolvían el sudario de una
virgen insepulta, en la noche estigia, en el límite del mundo.
Lastimaron, antes de su viaje, la fe de los
indígenas con el sacrificio de un perro en la actitud del
crucifijo. Consultaban de ese modo el éxito de sus pensamientos
y requerían el arribo inmediato y el socorro de la noche. La
invitaban a fustigar sin tregua la pareja de cuervos de su carro
taciturno.
La hueste famélica se dirigió al
encuentro de un sol precipitado.
466
José Antonio Ramos Sucre
Marginal
MARGINAL
Una crónica inicia el episodio de un
aventurero desengañado de sus correrías y lastimado por
la pobreza. No había alcanzado ninguna presea en medio de los
sobresaltos del campamento. Supo acaso la destitución de un rey
y su cautiverio de casi tres decenios sin otra compañía
sino la de su enano.
El aventurero interrumpe la crítica de las
rapsodias homéricas en el original griego, único solaz de
su decadencia, para abrazar en vano la empresa de soltarlo. El cautivo
había sido un déspota soberbio y se le acusaba de haber
lanzado su jauría al encuentro de un obispo solícito.
El aventurero volvía de una guerra con los
infieles en las praderas del Danubio. Sentado sobre un tambor de piel
de asno, ocuparía el desvelo de las noches de alarma en recoger
de un bizantino prófugo las noticias del idioma vibrante.
Debió de recrear el carácter desabrido en las vicisitudes
de la Ilíada y de esa misma escena puede escogerse el
símbolo del buitre, enemigo de los moribundos, con el objeto de
significar el estrago de su voluntad empedernida.
Una crónica inicia el episodio de un
aventurero desengañado de sus correrías y lastimado por
la pobreza. No había alcanzado ninguna presea en medio de los
sobresaltos del campamento. Supo acaso la destitución de un rey
y su cautiverio de casi tres decenios sin otra compañía
sino la de su enano.
El aventurero interrumpe la crítica de las
rapsodias homéricas en el original griego, único solaz de
su decadencia, para abrazar en vano la empresa de soltarlo. El cautivo
había sido un déspota soberbio y se le acusaba de haber
lanzado su jauría al encuentro de un obispo solícito.
El aventurero volvía de una guerra con los
infieles en las praderas del Danubio. Sentado sobre un tambor de piel
de asno, ocuparía el desvelo de las noches de alarma en recoger
de un bizantino prófugo las noticias del idioma vibrante.
Debió de recrear el carácter desabrido en las vicisitudes
de la Ilíada y de esa misma escena puede escogerse el
símbolo del buitre, enemigo de los moribundos, con el objeto de
significar el estrago de su voluntad empedernida.
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José Antonio Ramos Sucre
Marginal
MARGINAL
Una crónica inicia el episodio de un
aventurero desengañado de sus correrías y lastimado por
la pobreza. No había alcanzado ninguna presea en medio de los
sobresaltos del campamento. Supo acaso la destitución de un rey
y su cautiverio de casi tres decenios sin otra compañía
sino la de su enano.
El aventurero interrumpe la crítica de las
rapsodias homéricas en el original griego, único solaz de
su decadencia, para abrazar en vano la empresa de soltarlo. El cautivo
había sido un déspota soberbio y se le acusaba de haber
lanzado su jauría al encuentro de un obispo solícito.
El aventurero volvía de una guerra con los
infieles en las praderas del Danubio. Sentado sobre un tambor de piel
de asno, ocuparía el desvelo de las noches de alarma en recoger
de un bizantino prófugo las noticias del idioma vibrante.
Debió de recrear el carácter desabrido en las vicisitudes
de la Ilíada y de esa misma escena puede escogerse el
símbolo del buitre, enemigo de los moribundos, con el objeto de
significar el estrago de su voluntad empedernida.
Una crónica inicia el episodio de un
aventurero desengañado de sus correrías y lastimado por
la pobreza. No había alcanzado ninguna presea en medio de los
sobresaltos del campamento. Supo acaso la destitución de un rey
y su cautiverio de casi tres decenios sin otra compañía
sino la de su enano.
El aventurero interrumpe la crítica de las
rapsodias homéricas en el original griego, único solaz de
su decadencia, para abrazar en vano la empresa de soltarlo. El cautivo
había sido un déspota soberbio y se le acusaba de haber
lanzado su jauría al encuentro de un obispo solícito.
El aventurero volvía de una guerra con los
infieles en las praderas del Danubio. Sentado sobre un tambor de piel
de asno, ocuparía el desvelo de las noches de alarma en recoger
de un bizantino prófugo las noticias del idioma vibrante.
Debió de recrear el carácter desabrido en las vicisitudes
de la Ilíada y de esa misma escena puede escogerse el
símbolo del buitre, enemigo de los moribundos, con el objeto de
significar el estrago de su voluntad empedernida.
458
José Antonio Ramos Sucre
La Cábala
LA CÁBALA
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
469
José Antonio Ramos Sucre
Cereal
CEREAL
Los labradores se detuvieron a escuchar el ruido.
Habían llegado de la profundidad del horizonte, por sendas
vías, y coronaban una meseta. Se encontraban desconcertados.
Los perros miraban fijamente al suelo y lo
despolvoraban con sus resoplidos.
El rumor crecía por momentos y semejaba el de
una ciudad precipitada a su ruina.
Los labradores ahuyentan y matan un ave sanguinaria,
ensañada con un toro fugitivo de la muerte, herido por la segur
del sacrificio.
El sol arroja de sí mismo el velo de
azafrán, efecto del verano, y preside la salvación de la
víctima ensangrentada.
Los labradores observan el respeto de la vida y
aborrecen las prácticas de sus vecinos. Conjeturan su
pérdida en medio de un portento.
Los labradores emprenden el camino de su aldea y
reservan al predilecto del sol una ribera fecunda.
Los labradores se detuvieron a escuchar el ruido.
Habían llegado de la profundidad del horizonte, por sendas
vías, y coronaban una meseta. Se encontraban desconcertados.
Los perros miraban fijamente al suelo y lo
despolvoraban con sus resoplidos.
El rumor crecía por momentos y semejaba el de
una ciudad precipitada a su ruina.
Los labradores ahuyentan y matan un ave sanguinaria,
ensañada con un toro fugitivo de la muerte, herido por la segur
del sacrificio.
El sol arroja de sí mismo el velo de
azafrán, efecto del verano, y preside la salvación de la
víctima ensangrentada.
Los labradores observan el respeto de la vida y
aborrecen las prácticas de sus vecinos. Conjeturan su
pérdida en medio de un portento.
Los labradores emprenden el camino de su aldea y
reservan al predilecto del sol una ribera fecunda.
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José Antonio Ramos Sucre
Cereal
CEREAL
Los labradores se detuvieron a escuchar el ruido.
Habían llegado de la profundidad del horizonte, por sendas
vías, y coronaban una meseta. Se encontraban desconcertados.
Los perros miraban fijamente al suelo y lo
despolvoraban con sus resoplidos.
El rumor crecía por momentos y semejaba el de
una ciudad precipitada a su ruina.
Los labradores ahuyentan y matan un ave sanguinaria,
ensañada con un toro fugitivo de la muerte, herido por la segur
del sacrificio.
El sol arroja de sí mismo el velo de
azafrán, efecto del verano, y preside la salvación de la
víctima ensangrentada.
Los labradores observan el respeto de la vida y
aborrecen las prácticas de sus vecinos. Conjeturan su
pérdida en medio de un portento.
Los labradores emprenden el camino de su aldea y
reservan al predilecto del sol una ribera fecunda.
Los labradores se detuvieron a escuchar el ruido.
Habían llegado de la profundidad del horizonte, por sendas
vías, y coronaban una meseta. Se encontraban desconcertados.
Los perros miraban fijamente al suelo y lo
despolvoraban con sus resoplidos.
El rumor crecía por momentos y semejaba el de
una ciudad precipitada a su ruina.
Los labradores ahuyentan y matan un ave sanguinaria,
ensañada con un toro fugitivo de la muerte, herido por la segur
del sacrificio.
El sol arroja de sí mismo el velo de
azafrán, efecto del verano, y preside la salvación de la
víctima ensangrentada.
Los labradores observan el respeto de la vida y
aborrecen las prácticas de sus vecinos. Conjeturan su
pérdida en medio de un portento.
Los labradores emprenden el camino de su aldea y
reservan al predilecto del sol una ribera fecunda.
490
José Antonio Ramos Sucre
El Peregrino De La Fe
EL PEREGRINO DE LA FE
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
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José Antonio Ramos Sucre
El Rebelde
EL REBELDE
El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.
Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.
El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.
Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.
459
José Antonio Ramos Sucre
Bajo La Ráfaga De Arena
BAJO LA RÁFAGA DE ARENA
Una muchedumbre de hormigas había practicado
sus galerías en el suelo de nuestra tienda de campaña.
Insinuaban en las venas una saliva cáustica. Nos
defendíamos sufriendo un barniz general de aceite de palma.
La aridez consentía apenas el sicomoro y el
áloe.
Visitábamos profundamente los desiertos de
una raza infeliz para abastecernos de marfil y de cortezas perfumadas.
Esperábamos aumentar en una sola vez los tesoros del comercio y
los recursos de la medicina. Las preseas de la flora debían
usarse en la mitigación de los dolores humanos.
Los naturales se habían dividido en facciones
y se consumían en una guerra ilimitada. El vencedor acarreaba
lejos los prisioneros, donde no podían desertar, y los
vendía para la esclavitud. Una sola cuerda los juntaba por el
cuello. El espanto dominaba en las aldeas reducidas a cenizas.
Unos ciegos habían sido desviados de la
muerte o del cautiverio. Los recogimos para llevarlos a un lugar
habitado y feraz, donde pudieran vivir de la compasión.
Navegamos a la sirga, por un río seco, durante la semana.
Nos anunciamos por medio de cohetes al divisar el
vecindario de casas de paja, en donde esperamos alojar los desvalidos.
Las casas de paja, de un dibujo circular, se prolongaban en aposentos
subterráneos.
Un ministro del rey vino a preguntarnos el objeto de
nuestro viaje. Yo lo insté a mediar en obsequio de mi
interés civilizador
El rey me llamó a su presencia y me
regaló un caudal de resinas, de bálsamos y de hojas.
Aproveché la entrevista para despertar su misericordia,
refiriéndole el caso de los ciegos.
Se holgó extremadamente de saberlo y
decidió mostrarme al punto los méritos de su presente.
Ensayó con los desgraciados los efectos de las hojas
narcóticas y murieron en medio de un embeleso.
Una muchedumbre de hormigas había practicado
sus galerías en el suelo de nuestra tienda de campaña.
Insinuaban en las venas una saliva cáustica. Nos
defendíamos sufriendo un barniz general de aceite de palma.
La aridez consentía apenas el sicomoro y el
áloe.
Visitábamos profundamente los desiertos de
una raza infeliz para abastecernos de marfil y de cortezas perfumadas.
Esperábamos aumentar en una sola vez los tesoros del comercio y
los recursos de la medicina. Las preseas de la flora debían
usarse en la mitigación de los dolores humanos.
Los naturales se habían dividido en facciones
y se consumían en una guerra ilimitada. El vencedor acarreaba
lejos los prisioneros, donde no podían desertar, y los
vendía para la esclavitud. Una sola cuerda los juntaba por el
cuello. El espanto dominaba en las aldeas reducidas a cenizas.
Unos ciegos habían sido desviados de la
muerte o del cautiverio. Los recogimos para llevarlos a un lugar
habitado y feraz, donde pudieran vivir de la compasión.
Navegamos a la sirga, por un río seco, durante la semana.
Nos anunciamos por medio de cohetes al divisar el
vecindario de casas de paja, en donde esperamos alojar los desvalidos.
Las casas de paja, de un dibujo circular, se prolongaban en aposentos
subterráneos.
Un ministro del rey vino a preguntarnos el objeto de
nuestro viaje. Yo lo insté a mediar en obsequio de mi
interés civilizador
El rey me llamó a su presencia y me
regaló un caudal de resinas, de bálsamos y de hojas.
Aproveché la entrevista para despertar su misericordia,
refiriéndole el caso de los ciegos.
Se holgó extremadamente de saberlo y
decidió mostrarme al punto los méritos de su presente.
Ensayó con los desgraciados los efectos de las hojas
narcóticas y murieron en medio de un embeleso.
451
José Antonio Ramos Sucre
Bajo La Ráfaga De Arena
BAJO LA RÁFAGA DE ARENA
Una muchedumbre de hormigas había practicado
sus galerías en el suelo de nuestra tienda de campaña.
Insinuaban en las venas una saliva cáustica. Nos
defendíamos sufriendo un barniz general de aceite de palma.
La aridez consentía apenas el sicomoro y el
áloe.
Visitábamos profundamente los desiertos de
una raza infeliz para abastecernos de marfil y de cortezas perfumadas.
Esperábamos aumentar en una sola vez los tesoros del comercio y
los recursos de la medicina. Las preseas de la flora debían
usarse en la mitigación de los dolores humanos.
Los naturales se habían dividido en facciones
y se consumían en una guerra ilimitada. El vencedor acarreaba
lejos los prisioneros, donde no podían desertar, y los
vendía para la esclavitud. Una sola cuerda los juntaba por el
cuello. El espanto dominaba en las aldeas reducidas a cenizas.
Unos ciegos habían sido desviados de la
muerte o del cautiverio. Los recogimos para llevarlos a un lugar
habitado y feraz, donde pudieran vivir de la compasión.
Navegamos a la sirga, por un río seco, durante la semana.
Nos anunciamos por medio de cohetes al divisar el
vecindario de casas de paja, en donde esperamos alojar los desvalidos.
Las casas de paja, de un dibujo circular, se prolongaban en aposentos
subterráneos.
Un ministro del rey vino a preguntarnos el objeto de
nuestro viaje. Yo lo insté a mediar en obsequio de mi
interés civilizador
El rey me llamó a su presencia y me
regaló un caudal de resinas, de bálsamos y de hojas.
Aproveché la entrevista para despertar su misericordia,
refiriéndole el caso de los ciegos.
Se holgó extremadamente de saberlo y
decidió mostrarme al punto los méritos de su presente.
Ensayó con los desgraciados los efectos de las hojas
narcóticas y murieron en medio de un embeleso.
Una muchedumbre de hormigas había practicado
sus galerías en el suelo de nuestra tienda de campaña.
Insinuaban en las venas una saliva cáustica. Nos
defendíamos sufriendo un barniz general de aceite de palma.
La aridez consentía apenas el sicomoro y el
áloe.
Visitábamos profundamente los desiertos de
una raza infeliz para abastecernos de marfil y de cortezas perfumadas.
Esperábamos aumentar en una sola vez los tesoros del comercio y
los recursos de la medicina. Las preseas de la flora debían
usarse en la mitigación de los dolores humanos.
Los naturales se habían dividido en facciones
y se consumían en una guerra ilimitada. El vencedor acarreaba
lejos los prisioneros, donde no podían desertar, y los
vendía para la esclavitud. Una sola cuerda los juntaba por el
cuello. El espanto dominaba en las aldeas reducidas a cenizas.
Unos ciegos habían sido desviados de la
muerte o del cautiverio. Los recogimos para llevarlos a un lugar
habitado y feraz, donde pudieran vivir de la compasión.
Navegamos a la sirga, por un río seco, durante la semana.
Nos anunciamos por medio de cohetes al divisar el
vecindario de casas de paja, en donde esperamos alojar los desvalidos.
Las casas de paja, de un dibujo circular, se prolongaban en aposentos
subterráneos.
Un ministro del rey vino a preguntarnos el objeto de
nuestro viaje. Yo lo insté a mediar en obsequio de mi
interés civilizador
El rey me llamó a su presencia y me
regaló un caudal de resinas, de bálsamos y de hojas.
Aproveché la entrevista para despertar su misericordia,
refiriéndole el caso de los ciegos.
Se holgó extremadamente de saberlo y
decidió mostrarme al punto los méritos de su presente.
Ensayó con los desgraciados los efectos de las hojas
narcóticas y murieron en medio de un embeleso.
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José Antonio Ramos Sucre
Bajo La Ráfaga De Arena
BAJO LA RÁFAGA DE ARENA
Una muchedumbre de hormigas había practicado
sus galerías en el suelo de nuestra tienda de campaña.
Insinuaban en las venas una saliva cáustica. Nos
defendíamos sufriendo un barniz general de aceite de palma.
La aridez consentía apenas el sicomoro y el
áloe.
Visitábamos profundamente los desiertos de
una raza infeliz para abastecernos de marfil y de cortezas perfumadas.
Esperábamos aumentar en una sola vez los tesoros del comercio y
los recursos de la medicina. Las preseas de la flora debían
usarse en la mitigación de los dolores humanos.
Los naturales se habían dividido en facciones
y se consumían en una guerra ilimitada. El vencedor acarreaba
lejos los prisioneros, donde no podían desertar, y los
vendía para la esclavitud. Una sola cuerda los juntaba por el
cuello. El espanto dominaba en las aldeas reducidas a cenizas.
Unos ciegos habían sido desviados de la
muerte o del cautiverio. Los recogimos para llevarlos a un lugar
habitado y feraz, donde pudieran vivir de la compasión.
Navegamos a la sirga, por un río seco, durante la semana.
Nos anunciamos por medio de cohetes al divisar el
vecindario de casas de paja, en donde esperamos alojar los desvalidos.
Las casas de paja, de un dibujo circular, se prolongaban en aposentos
subterráneos.
Un ministro del rey vino a preguntarnos el objeto de
nuestro viaje. Yo lo insté a mediar en obsequio de mi
interés civilizador
El rey me llamó a su presencia y me
regaló un caudal de resinas, de bálsamos y de hojas.
Aproveché la entrevista para despertar su misericordia,
refiriéndole el caso de los ciegos.
Se holgó extremadamente de saberlo y
decidió mostrarme al punto los méritos de su presente.
Ensayó con los desgraciados los efectos de las hojas
narcóticas y murieron en medio de un embeleso.
Una muchedumbre de hormigas había practicado
sus galerías en el suelo de nuestra tienda de campaña.
Insinuaban en las venas una saliva cáustica. Nos
defendíamos sufriendo un barniz general de aceite de palma.
La aridez consentía apenas el sicomoro y el
áloe.
Visitábamos profundamente los desiertos de
una raza infeliz para abastecernos de marfil y de cortezas perfumadas.
Esperábamos aumentar en una sola vez los tesoros del comercio y
los recursos de la medicina. Las preseas de la flora debían
usarse en la mitigación de los dolores humanos.
Los naturales se habían dividido en facciones
y se consumían en una guerra ilimitada. El vencedor acarreaba
lejos los prisioneros, donde no podían desertar, y los
vendía para la esclavitud. Una sola cuerda los juntaba por el
cuello. El espanto dominaba en las aldeas reducidas a cenizas.
Unos ciegos habían sido desviados de la
muerte o del cautiverio. Los recogimos para llevarlos a un lugar
habitado y feraz, donde pudieran vivir de la compasión.
Navegamos a la sirga, por un río seco, durante la semana.
Nos anunciamos por medio de cohetes al divisar el
vecindario de casas de paja, en donde esperamos alojar los desvalidos.
Las casas de paja, de un dibujo circular, se prolongaban en aposentos
subterráneos.
Un ministro del rey vino a preguntarnos el objeto de
nuestro viaje. Yo lo insté a mediar en obsequio de mi
interés civilizador
El rey me llamó a su presencia y me
regaló un caudal de resinas, de bálsamos y de hojas.
Aproveché la entrevista para despertar su misericordia,
refiriéndole el caso de los ciegos.
Se holgó extremadamente de saberlo y
decidió mostrarme al punto los méritos de su presente.
Ensayó con los desgraciados los efectos de las hojas
narcóticas y murieron en medio de un embeleso.
451
José Antonio Ramos Sucre
El Cirujano
EL CIRUJANO
Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.
Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.
505
José Antonio Ramos Sucre
El Cirujano
EL CIRUJANO
Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.
Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.
505
José Antonio Ramos Sucre
Las Fuentes Del Nilo
LAS FUENTES DEL NILO
El rey libraba sus mandamientos desde el pie de un
sicomoro. Engrandecía la solemnidad de la persona con los
espejuelos y el par de zapatos, recibidos de mí el día
anterior. De ese modo le retorné la fineza de un diente de
marfil.
Yo presencié el castigo administrado por dos
hujieres del palacio, vivienda de cañas, sobre un pastor de las
greyes del soberano. La resistencia de la víctima fatigaba las
correas de hipopótamo.
Siguió la voz de los prisioneros inhibidos de
pies y manos por una soga de cáñamo. Un verdugo de
salvaje esfuerzo los arrojó de bruces al abismo. El más
indócil se proclamaba descendiente de David, a pesar del tizne y
del monte de cabellos. Servía de acólito y manejaba el
sistro de una iglesia de Abisinia. Fue sacrificado antes de una reata
de palurdos ingenuos, alentados por él mismo a querellarse de
los servidores del rey, de sus vejámenes y robos.
Emprendimos una jornada continua en solicitud de
unos comerciantes árabes, juntados en caravana a través
del desierto. El tumulto de un rebaño de cabras, botín de
los soldados, impedía la celeridad del movimiento. La
greguería simulaba el regocijo de la vendimia, el bullicio de
una fiesta de Ceres. Los árabes previnieron el combate y se
alejaron en sus cabalgaduras veloces, dejando a merced de los nuestros
algunos camellos y borricos. La presa, odres de vino de palma y vasos
de alfarero, dividió a los vencedores y los enredó en
litigios y porfías.
El ejército arribó tropezando y
cayendo, enajenado por la bebida espirituosa, a la gruta de un mago
versátil y lo consultó, a voz en grito, sobre el
éxito de una cacería. El impostor, ganado por los
árabes, dedujo del pecho una voz profunda e hirió el
suelo con la semejanza de un caduceo. Un ave de alas descompasadas
salió de entre sus pies a oscurecer la rueda del sol y produjo
el desconcierto y la fuga de la muchedumbre sencilla.
El autor del prodigio me separó
cortésmente de la compañía frenética y me
invitó a refugiarme en su casa. Desprendía de las orejas
el disfraz de unas barbas de vellón.
El rey libraba sus mandamientos desde el pie de un
sicomoro. Engrandecía la solemnidad de la persona con los
espejuelos y el par de zapatos, recibidos de mí el día
anterior. De ese modo le retorné la fineza de un diente de
marfil.
Yo presencié el castigo administrado por dos
hujieres del palacio, vivienda de cañas, sobre un pastor de las
greyes del soberano. La resistencia de la víctima fatigaba las
correas de hipopótamo.
Siguió la voz de los prisioneros inhibidos de
pies y manos por una soga de cáñamo. Un verdugo de
salvaje esfuerzo los arrojó de bruces al abismo. El más
indócil se proclamaba descendiente de David, a pesar del tizne y
del monte de cabellos. Servía de acólito y manejaba el
sistro de una iglesia de Abisinia. Fue sacrificado antes de una reata
de palurdos ingenuos, alentados por él mismo a querellarse de
los servidores del rey, de sus vejámenes y robos.
Emprendimos una jornada continua en solicitud de
unos comerciantes árabes, juntados en caravana a través
del desierto. El tumulto de un rebaño de cabras, botín de
los soldados, impedía la celeridad del movimiento. La
greguería simulaba el regocijo de la vendimia, el bullicio de
una fiesta de Ceres. Los árabes previnieron el combate y se
alejaron en sus cabalgaduras veloces, dejando a merced de los nuestros
algunos camellos y borricos. La presa, odres de vino de palma y vasos
de alfarero, dividió a los vencedores y los enredó en
litigios y porfías.
El ejército arribó tropezando y
cayendo, enajenado por la bebida espirituosa, a la gruta de un mago
versátil y lo consultó, a voz en grito, sobre el
éxito de una cacería. El impostor, ganado por los
árabes, dedujo del pecho una voz profunda e hirió el
suelo con la semejanza de un caduceo. Un ave de alas descompasadas
salió de entre sus pies a oscurecer la rueda del sol y produjo
el desconcierto y la fuga de la muchedumbre sencilla.
El autor del prodigio me separó
cortésmente de la compañía frenética y me
invitó a refugiarme en su casa. Desprendía de las orejas
el disfraz de unas barbas de vellón.
442
José Antonio Ramos Sucre
Las Fuentes Del Nilo
LAS FUENTES DEL NILO
El rey libraba sus mandamientos desde el pie de un
sicomoro. Engrandecía la solemnidad de la persona con los
espejuelos y el par de zapatos, recibidos de mí el día
anterior. De ese modo le retorné la fineza de un diente de
marfil.
Yo presencié el castigo administrado por dos
hujieres del palacio, vivienda de cañas, sobre un pastor de las
greyes del soberano. La resistencia de la víctima fatigaba las
correas de hipopótamo.
Siguió la voz de los prisioneros inhibidos de
pies y manos por una soga de cáñamo. Un verdugo de
salvaje esfuerzo los arrojó de bruces al abismo. El más
indócil se proclamaba descendiente de David, a pesar del tizne y
del monte de cabellos. Servía de acólito y manejaba el
sistro de una iglesia de Abisinia. Fue sacrificado antes de una reata
de palurdos ingenuos, alentados por él mismo a querellarse de
los servidores del rey, de sus vejámenes y robos.
Emprendimos una jornada continua en solicitud de
unos comerciantes árabes, juntados en caravana a través
del desierto. El tumulto de un rebaño de cabras, botín de
los soldados, impedía la celeridad del movimiento. La
greguería simulaba el regocijo de la vendimia, el bullicio de
una fiesta de Ceres. Los árabes previnieron el combate y se
alejaron en sus cabalgaduras veloces, dejando a merced de los nuestros
algunos camellos y borricos. La presa, odres de vino de palma y vasos
de alfarero, dividió a los vencedores y los enredó en
litigios y porfías.
El ejército arribó tropezando y
cayendo, enajenado por la bebida espirituosa, a la gruta de un mago
versátil y lo consultó, a voz en grito, sobre el
éxito de una cacería. El impostor, ganado por los
árabes, dedujo del pecho una voz profunda e hirió el
suelo con la semejanza de un caduceo. Un ave de alas descompasadas
salió de entre sus pies a oscurecer la rueda del sol y produjo
el desconcierto y la fuga de la muchedumbre sencilla.
El autor del prodigio me separó
cortésmente de la compañía frenética y me
invitó a refugiarme en su casa. Desprendía de las orejas
el disfraz de unas barbas de vellón.
El rey libraba sus mandamientos desde el pie de un
sicomoro. Engrandecía la solemnidad de la persona con los
espejuelos y el par de zapatos, recibidos de mí el día
anterior. De ese modo le retorné la fineza de un diente de
marfil.
Yo presencié el castigo administrado por dos
hujieres del palacio, vivienda de cañas, sobre un pastor de las
greyes del soberano. La resistencia de la víctima fatigaba las
correas de hipopótamo.
Siguió la voz de los prisioneros inhibidos de
pies y manos por una soga de cáñamo. Un verdugo de
salvaje esfuerzo los arrojó de bruces al abismo. El más
indócil se proclamaba descendiente de David, a pesar del tizne y
del monte de cabellos. Servía de acólito y manejaba el
sistro de una iglesia de Abisinia. Fue sacrificado antes de una reata
de palurdos ingenuos, alentados por él mismo a querellarse de
los servidores del rey, de sus vejámenes y robos.
Emprendimos una jornada continua en solicitud de
unos comerciantes árabes, juntados en caravana a través
del desierto. El tumulto de un rebaño de cabras, botín de
los soldados, impedía la celeridad del movimiento. La
greguería simulaba el regocijo de la vendimia, el bullicio de
una fiesta de Ceres. Los árabes previnieron el combate y se
alejaron en sus cabalgaduras veloces, dejando a merced de los nuestros
algunos camellos y borricos. La presa, odres de vino de palma y vasos
de alfarero, dividió a los vencedores y los enredó en
litigios y porfías.
El ejército arribó tropezando y
cayendo, enajenado por la bebida espirituosa, a la gruta de un mago
versátil y lo consultó, a voz en grito, sobre el
éxito de una cacería. El impostor, ganado por los
árabes, dedujo del pecho una voz profunda e hirió el
suelo con la semejanza de un caduceo. Un ave de alas descompasadas
salió de entre sus pies a oscurecer la rueda del sol y produjo
el desconcierto y la fuga de la muchedumbre sencilla.
El autor del prodigio me separó
cortésmente de la compañía frenética y me
invitó a refugiarme en su casa. Desprendía de las orejas
el disfraz de unas barbas de vellón.
442
José Antonio Ramos Sucre
La Salva
LA SALVA
Una amante pérfida me había sugerido
en el deshonor. Su discurso ocupaba mi pensamiento con la imagen de una
carrera absurda, en un bajel proscrito. Yo desvariaba en la sala de una
orgía cínica.
Los cazadores de ballenas, aventurados antes de
Colón y Vasco de Gama en el derrotero de los países
inéditos, no habían previsto en sus cartas el sitio del
extravío. Las aves del mar sucumbieron de fatiga sobre los palos
y mesetas de mi galera. Yo me detuve al pie de unos cantiles inhumanos,
bajo un cielo gaseoso.
Recorría en la memoria los pasajes de la
Divina Comedia, donde alguna estrella, señalada por la vista
augural de Dante, sirve para encaminarlo entre el humo del infierno y
sobre el monte del purgatorio.
Mi viaje se verificaba en un mismo tiempo con la
orgía decadente. Quise interrumpir el hastío del litoral
grave, disparando el cañón de proa. El estampido redujo a
polvo la casa del esparcimiento infame.
Una amante pérfida me había sugerido
en el deshonor. Su discurso ocupaba mi pensamiento con la imagen de una
carrera absurda, en un bajel proscrito. Yo desvariaba en la sala de una
orgía cínica.
Los cazadores de ballenas, aventurados antes de
Colón y Vasco de Gama en el derrotero de los países
inéditos, no habían previsto en sus cartas el sitio del
extravío. Las aves del mar sucumbieron de fatiga sobre los palos
y mesetas de mi galera. Yo me detuve al pie de unos cantiles inhumanos,
bajo un cielo gaseoso.
Recorría en la memoria los pasajes de la
Divina Comedia, donde alguna estrella, señalada por la vista
augural de Dante, sirve para encaminarlo entre el humo del infierno y
sobre el monte del purgatorio.
Mi viaje se verificaba en un mismo tiempo con la
orgía decadente. Quise interrumpir el hastío del litoral
grave, disparando el cañón de proa. El estampido redujo a
polvo la casa del esparcimiento infame.
470
José Antonio Ramos Sucre
El Capricornio
EL CAPRICORNIO
Fijamos la tienda de campaña en el suelo de
arena, invadido por el agua de una lluvia apacible. Vivíamos
sobre las armas con el fin de eludir la sorpresa de unos jinetes de
raza imberbe.
Unas aves de pupila de fuego, metamorfosis de unos
lobos empedernidos, alteraban la oscuridad secreta. Un lago
trémulo recogía en su cuenca la vislumbre de un cielo
versátil.
Sufríamos humildemente la penuria del clima.
Derribamos un cabrío, el primero de una tropa montaraz, y nos
limitamos a su vianda rebelde, coriácea. Los cuernos
repetían la voluta precisa de los del capricornio en la faja del
zodíaco.
Plutarco, prócer de un siglo decadente, cita
los ensueños torpes, derivados de los manjares aviesos, y
persiste en reprobar la cabeza del pólipo.
Los jinetes habían dirigido en nuestro
seguimiento el rebaño funesto. Esperanzados en el desperdicio de
nuestra pólvora, inventaron el ardid magistral de ponerlo a
nuestro alcance. De donde vinieron la captura y el aprovechamiento de
la res infame y la danza de unas formas lúbricas en el reposo de
la cena.
Disparamos erróneamente los fusiles sobre el
ludibrio de los sentidos. Unos gatos de orejas mútilas
cabriolaban, a semejanza de los sátiros ebrios de un Rubens, en
el seno de una llama venenosa.
Fijamos la tienda de campaña en el suelo de
arena, invadido por el agua de una lluvia apacible. Vivíamos
sobre las armas con el fin de eludir la sorpresa de unos jinetes de
raza imberbe.
Unas aves de pupila de fuego, metamorfosis de unos
lobos empedernidos, alteraban la oscuridad secreta. Un lago
trémulo recogía en su cuenca la vislumbre de un cielo
versátil.
Sufríamos humildemente la penuria del clima.
Derribamos un cabrío, el primero de una tropa montaraz, y nos
limitamos a su vianda rebelde, coriácea. Los cuernos
repetían la voluta precisa de los del capricornio en la faja del
zodíaco.
Plutarco, prócer de un siglo decadente, cita
los ensueños torpes, derivados de los manjares aviesos, y
persiste en reprobar la cabeza del pólipo.
Los jinetes habían dirigido en nuestro
seguimiento el rebaño funesto. Esperanzados en el desperdicio de
nuestra pólvora, inventaron el ardid magistral de ponerlo a
nuestro alcance. De donde vinieron la captura y el aprovechamiento de
la res infame y la danza de unas formas lúbricas en el reposo de
la cena.
Disparamos erróneamente los fusiles sobre el
ludibrio de los sentidos. Unos gatos de orejas mútilas
cabriolaban, a semejanza de los sátiros ebrios de un Rubens, en
el seno de una llama venenosa.
535
José Antonio Ramos Sucre
El Capricornio
EL CAPRICORNIO
Fijamos la tienda de campaña en el suelo de
arena, invadido por el agua de una lluvia apacible. Vivíamos
sobre las armas con el fin de eludir la sorpresa de unos jinetes de
raza imberbe.
Unas aves de pupila de fuego, metamorfosis de unos
lobos empedernidos, alteraban la oscuridad secreta. Un lago
trémulo recogía en su cuenca la vislumbre de un cielo
versátil.
Sufríamos humildemente la penuria del clima.
Derribamos un cabrío, el primero de una tropa montaraz, y nos
limitamos a su vianda rebelde, coriácea. Los cuernos
repetían la voluta precisa de los del capricornio en la faja del
zodíaco.
Plutarco, prócer de un siglo decadente, cita
los ensueños torpes, derivados de los manjares aviesos, y
persiste en reprobar la cabeza del pólipo.
Los jinetes habían dirigido en nuestro
seguimiento el rebaño funesto. Esperanzados en el desperdicio de
nuestra pólvora, inventaron el ardid magistral de ponerlo a
nuestro alcance. De donde vinieron la captura y el aprovechamiento de
la res infame y la danza de unas formas lúbricas en el reposo de
la cena.
Disparamos erróneamente los fusiles sobre el
ludibrio de los sentidos. Unos gatos de orejas mútilas
cabriolaban, a semejanza de los sátiros ebrios de un Rubens, en
el seno de una llama venenosa.
Fijamos la tienda de campaña en el suelo de
arena, invadido por el agua de una lluvia apacible. Vivíamos
sobre las armas con el fin de eludir la sorpresa de unos jinetes de
raza imberbe.
Unas aves de pupila de fuego, metamorfosis de unos
lobos empedernidos, alteraban la oscuridad secreta. Un lago
trémulo recogía en su cuenca la vislumbre de un cielo
versátil.
Sufríamos humildemente la penuria del clima.
Derribamos un cabrío, el primero de una tropa montaraz, y nos
limitamos a su vianda rebelde, coriácea. Los cuernos
repetían la voluta precisa de los del capricornio en la faja del
zodíaco.
Plutarco, prócer de un siglo decadente, cita
los ensueños torpes, derivados de los manjares aviesos, y
persiste en reprobar la cabeza del pólipo.
Los jinetes habían dirigido en nuestro
seguimiento el rebaño funesto. Esperanzados en el desperdicio de
nuestra pólvora, inventaron el ardid magistral de ponerlo a
nuestro alcance. De donde vinieron la captura y el aprovechamiento de
la res infame y la danza de unas formas lúbricas en el reposo de
la cena.
Disparamos erróneamente los fusiles sobre el
ludibrio de los sentidos. Unos gatos de orejas mútilas
cabriolaban, a semejanza de los sátiros ebrios de un Rubens, en
el seno de una llama venenosa.
535
José Antonio Ramos Sucre
Los Herejes
LOS HEREJES
La doncella se asoma a ver el campo, a interrogar
una lontananza trémula. Su mente padece la visión de los
jinetes del exterminio, descrita en las páginas del Apocalipsis
y en un comentario de estampas negras.
La voz popular decanta la lluvia de sangre y el
eclipse y advierte la similitud con las maravillas de antaño,
contemporáneas del rey Lear.
Un capitán, desabrido e insolente con su rey,
fija la tienda de campaña, de seda carmesí, en medio de
las ruinas. Los soldados, los diablos de la guerra, dejan ver el tizne
del incendio o del infierno en la tez árida y su roja pelambre.
Un arbitrista, usurpador del traje de Arlequín, los persuade a
la licencia y los abastece de monedas de similor y de papel.
La doncella aleja la muchedumbre de los enemigos,
prodigando las noches de oración. Se retiran delante de una
maleza indeleble, después de fatigarse vanamente en la apertura
de un camino. El golpe de sus hierros no encontraba asiento y se
perdía en el vacío.
La doncella se asoma a ver el campo, a interrogar
una lontananza trémula. Su mente padece la visión de los
jinetes del exterminio, descrita en las páginas del Apocalipsis
y en un comentario de estampas negras.
La voz popular decanta la lluvia de sangre y el
eclipse y advierte la similitud con las maravillas de antaño,
contemporáneas del rey Lear.
Un capitán, desabrido e insolente con su rey,
fija la tienda de campaña, de seda carmesí, en medio de
las ruinas. Los soldados, los diablos de la guerra, dejan ver el tizne
del incendio o del infierno en la tez árida y su roja pelambre.
Un arbitrista, usurpador del traje de Arlequín, los persuade a
la licencia y los abastece de monedas de similor y de papel.
La doncella aleja la muchedumbre de los enemigos,
prodigando las noches de oración. Se retiran delante de una
maleza indeleble, después de fatigarse vanamente en la apertura
de un camino. El golpe de sus hierros no encontraba asiento y se
perdía en el vacío.
492
José Antonio Ramos Sucre
Penitencial
PENITENCIAL
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
449
José Antonio Ramos Sucre
Carnaval
CARNAVAL
Una mujer de facciones imperfectas y de gesto
apacible obsede mi pensamiento. Un pintor septentrional la
habría situado en el curso de una escena familiar, para
distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras
macabras.
Yo había llegado a la sala de la fiesta en
compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la
sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos
habían arriesgado la vida por mi causa.
Los enemigos travestidos nos rodearon
súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos
el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines.
Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando
declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el
reguero de su sangre en la nieve del suelo.
Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta,
me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis
fuerzas por medio de una poción estimulante. Ingerí una
bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el sedimento
mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.
Ellos se perdieron en el giro del baile.
Yo divisaba la misma figura de este momento.
Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la
presencia de la mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible en
una tregua de la danza de los muertos.
Una mujer de facciones imperfectas y de gesto
apacible obsede mi pensamiento. Un pintor septentrional la
habría situado en el curso de una escena familiar, para
distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras
macabras.
Yo había llegado a la sala de la fiesta en
compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la
sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos
habían arriesgado la vida por mi causa.
Los enemigos travestidos nos rodearon
súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos
el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines.
Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando
declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el
reguero de su sangre en la nieve del suelo.
Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta,
me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis
fuerzas por medio de una poción estimulante. Ingerí una
bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el sedimento
mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.
Ellos se perdieron en el giro del baile.
Yo divisaba la misma figura de este momento.
Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la
presencia de la mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible en
una tregua de la danza de los muertos.
508
José Antonio Ramos Sucre
El Alumno De Tersites
EL ALUMNO DE TERSITES
Yo me había internado en la selva de las
sombras sedantes, en donde se holgaba, según la
tradición, el dios ecuestre del crepúsculo. Era un
sagitario retirado del mundo y sustraído a la alegría y
recibió por ello el castigo de una muerte anticipada. El numen
de la luz le guardó un duelo continuo y le encomendó la
hora ambigua del día.
Su amada había recibido la merced de la
inmortalidad y recorría las veredas y atravesaba la espesura del
monte, en donde reinaba perpetuamente la misma hora, a la vista de los
celajes cárdenos.
Un pensamiento supremo la había enmudecido.
El matorral componía una alfombra delante de
sus pies y los árboles, soñando con el mediodía
rutilante, arrojaban sobre su cabeza una lluvia de flores martirizadas.
Yo me había internado en la soledad
silvestre, llevando de compañero al bufón desterrado de
la corte. Decía sus gracejos en forma de argumento, parodiando
risueñamente a los escolares y doctores. Shakespeare lo mienta
en uno de sus dramas. Había incurrido, por imprudente, en el
enojo de un rey venerable y de sus hijas.
El bufón dirigió la palabra, en son de
festividad, a la mujer del bosque entredicho, elevada al mismo
privilegio de las personas divinas, de hollar la tierra con pies
desnudos e ilesos.
El bosque embelesado se mudó repentinamente
en un cantizal y el flagelo del relámpago azotó las
higueras condenadas a la esterilidad.
Yo me había internado en la selva de las
sombras sedantes, en donde se holgaba, según la
tradición, el dios ecuestre del crepúsculo. Era un
sagitario retirado del mundo y sustraído a la alegría y
recibió por ello el castigo de una muerte anticipada. El numen
de la luz le guardó un duelo continuo y le encomendó la
hora ambigua del día.
Su amada había recibido la merced de la
inmortalidad y recorría las veredas y atravesaba la espesura del
monte, en donde reinaba perpetuamente la misma hora, a la vista de los
celajes cárdenos.
Un pensamiento supremo la había enmudecido.
El matorral componía una alfombra delante de
sus pies y los árboles, soñando con el mediodía
rutilante, arrojaban sobre su cabeza una lluvia de flores martirizadas.
Yo me había internado en la soledad
silvestre, llevando de compañero al bufón desterrado de
la corte. Decía sus gracejos en forma de argumento, parodiando
risueñamente a los escolares y doctores. Shakespeare lo mienta
en uno de sus dramas. Había incurrido, por imprudente, en el
enojo de un rey venerable y de sus hijas.
El bufón dirigió la palabra, en son de
festividad, a la mujer del bosque entredicho, elevada al mismo
privilegio de las personas divinas, de hollar la tierra con pies
desnudos e ilesos.
El bosque embelesado se mudó repentinamente
en un cantizal y el flagelo del relámpago azotó las
higueras condenadas a la esterilidad.
427
José Antonio Ramos Sucre
El Escolar
EL ESCOLAR
La sonámbula sufría de la perfidia de
un amante. Había enfermado de considerar una aspiración
remota.
Merecía el nombre de visionaria y profetisa y
pasaba la mitad del día arrodillada delante de una imagen de
arcilla negra. Le tributaba siempre el exvoto de una flor cantada en
las hipérboles de la Biblia y conservada por muchas generaciones
devotas. La flor exhausta recuperaba su perfume bajo el rocío
del agua bendita. Había adornado el peto de un cruzado.
La sonámbula me predijo el éxito de
mis intentos y me inspiró la voluntad de aplicarme al juego de
manera más vehemente. Salía vencedor de los garitos en
medio del asombro y de la envidia de los perdularios. Malograron su
tiempo ordenándome asechanzas e invitándome a fiestas
campestres. Me rodeaban solapados y famélicos.
La sonámbula me separó de usar los
consejos de un médico en la crisis de una fiebre inopinada. Me
salvó de recibir los gérmenes de una enfermedad desaseada
y frustró una vez más el despecho de los perdidosos.
Yo la recibí en mi compañía y
la llevé a respirar las auras del mar de Sicilia, de donde vino
el restablecimiento de su hermosura.
Mis enemigos nos dispararon por última vez
sus arcabuces desde unas ruinas.
Yo había dejado mis lares nativos con el
propósito de reconstituir un momento deplorable de la
antigüedad bajo la sombra de Tucídides.
La sonámbula sufría de la perfidia de
un amante. Había enfermado de considerar una aspiración
remota.
Merecía el nombre de visionaria y profetisa y
pasaba la mitad del día arrodillada delante de una imagen de
arcilla negra. Le tributaba siempre el exvoto de una flor cantada en
las hipérboles de la Biblia y conservada por muchas generaciones
devotas. La flor exhausta recuperaba su perfume bajo el rocío
del agua bendita. Había adornado el peto de un cruzado.
La sonámbula me predijo el éxito de
mis intentos y me inspiró la voluntad de aplicarme al juego de
manera más vehemente. Salía vencedor de los garitos en
medio del asombro y de la envidia de los perdularios. Malograron su
tiempo ordenándome asechanzas e invitándome a fiestas
campestres. Me rodeaban solapados y famélicos.
La sonámbula me separó de usar los
consejos de un médico en la crisis de una fiebre inopinada. Me
salvó de recibir los gérmenes de una enfermedad desaseada
y frustró una vez más el despecho de los perdidosos.
Yo la recibí en mi compañía y
la llevé a respirar las auras del mar de Sicilia, de donde vino
el restablecimiento de su hermosura.
Mis enemigos nos dispararon por última vez
sus arcabuces desde unas ruinas.
Yo había dejado mis lares nativos con el
propósito de reconstituir un momento deplorable de la
antigüedad bajo la sombra de Tucídides.
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