Poemas en este tema
Sociedad y el Mundo
José Antonio Ramos Sucre
Bajo El Velamen De Púrpura
BAJO EL VELAMEN DE PÚRPURA
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
465
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad De Las Puertas De Hierro
LA CIUDAD DE LAS PUERTAS DE HIERRO
Yo rastreaba los dudosos vestigios de una fortaleza
edificada, tres mil años antes, para dividir el suelo de dos
continentes. Las torres se elevaban muy poco sobre las murallas,
conforme la costumbre asiática. La antigüedad de aquella
arquitectura se declaraba por la ausencia del arco.
El paso de Alejandro, el vencedor de los persas,
había difundido en aquel país un rumor imperecedero.
Yo observé, desde un mirador de las ruinas,
la disputa de Sergio y de Miguel, dos haraganes de origen ruso. Se les
acusaba de haber asesinado y despojado a un caballero, cuando lo
guiaban a través de un páramo. Se apropiaban de las reses
heridas por los cazadores del vecindario. Superaban la perfidia del
judío y del armenio.
Miguel se retiró después de infligir a
su adversario un golpe funesto y se encerró en la
hostería donde yo me había alojado. Ninguna otra persona
se había dado cuenta del caso.
El herido murió la noche de ese mismo
día, profiriendo injurias y maldiciones. Miguel no podía,
a tan larga distancia, conciliar el sueño y llamaba a voces los
compañeros de alojamiento para salvarse de alucinaciones
constantes. Yo contribuí a serenarlo y lo persuadí a
esperar, sin temor, hasta la mañana.
Lo dejamos solo cuando empezaba a dormirse.
Volvimos a su presencia después de entrado el
día. Lo encontramos ahogado por unas manos férreas,
distintas de las suyas.
Yo rastreaba los dudosos vestigios de una fortaleza
edificada, tres mil años antes, para dividir el suelo de dos
continentes. Las torres se elevaban muy poco sobre las murallas,
conforme la costumbre asiática. La antigüedad de aquella
arquitectura se declaraba por la ausencia del arco.
El paso de Alejandro, el vencedor de los persas,
había difundido en aquel país un rumor imperecedero.
Yo observé, desde un mirador de las ruinas,
la disputa de Sergio y de Miguel, dos haraganes de origen ruso. Se les
acusaba de haber asesinado y despojado a un caballero, cuando lo
guiaban a través de un páramo. Se apropiaban de las reses
heridas por los cazadores del vecindario. Superaban la perfidia del
judío y del armenio.
Miguel se retiró después de infligir a
su adversario un golpe funesto y se encerró en la
hostería donde yo me había alojado. Ninguna otra persona
se había dado cuenta del caso.
El herido murió la noche de ese mismo
día, profiriendo injurias y maldiciones. Miguel no podía,
a tan larga distancia, conciliar el sueño y llamaba a voces los
compañeros de alojamiento para salvarse de alucinaciones
constantes. Yo contribuí a serenarlo y lo persuadí a
esperar, sin temor, hasta la mañana.
Lo dejamos solo cuando empezaba a dormirse.
Volvimos a su presencia después de entrado el
día. Lo encontramos ahogado por unas manos férreas,
distintas de las suyas.
382
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad De Las Puertas De Hierro
LA CIUDAD DE LAS PUERTAS DE HIERRO
Yo rastreaba los dudosos vestigios de una fortaleza
edificada, tres mil años antes, para dividir el suelo de dos
continentes. Las torres se elevaban muy poco sobre las murallas,
conforme la costumbre asiática. La antigüedad de aquella
arquitectura se declaraba por la ausencia del arco.
El paso de Alejandro, el vencedor de los persas,
había difundido en aquel país un rumor imperecedero.
Yo observé, desde un mirador de las ruinas,
la disputa de Sergio y de Miguel, dos haraganes de origen ruso. Se les
acusaba de haber asesinado y despojado a un caballero, cuando lo
guiaban a través de un páramo. Se apropiaban de las reses
heridas por los cazadores del vecindario. Superaban la perfidia del
judío y del armenio.
Miguel se retiró después de infligir a
su adversario un golpe funesto y se encerró en la
hostería donde yo me había alojado. Ninguna otra persona
se había dado cuenta del caso.
El herido murió la noche de ese mismo
día, profiriendo injurias y maldiciones. Miguel no podía,
a tan larga distancia, conciliar el sueño y llamaba a voces los
compañeros de alojamiento para salvarse de alucinaciones
constantes. Yo contribuí a serenarlo y lo persuadí a
esperar, sin temor, hasta la mañana.
Lo dejamos solo cuando empezaba a dormirse.
Volvimos a su presencia después de entrado el
día. Lo encontramos ahogado por unas manos férreas,
distintas de las suyas.
Yo rastreaba los dudosos vestigios de una fortaleza
edificada, tres mil años antes, para dividir el suelo de dos
continentes. Las torres se elevaban muy poco sobre las murallas,
conforme la costumbre asiática. La antigüedad de aquella
arquitectura se declaraba por la ausencia del arco.
El paso de Alejandro, el vencedor de los persas,
había difundido en aquel país un rumor imperecedero.
Yo observé, desde un mirador de las ruinas,
la disputa de Sergio y de Miguel, dos haraganes de origen ruso. Se les
acusaba de haber asesinado y despojado a un caballero, cuando lo
guiaban a través de un páramo. Se apropiaban de las reses
heridas por los cazadores del vecindario. Superaban la perfidia del
judío y del armenio.
Miguel se retiró después de infligir a
su adversario un golpe funesto y se encerró en la
hostería donde yo me había alojado. Ninguna otra persona
se había dado cuenta del caso.
El herido murió la noche de ese mismo
día, profiriendo injurias y maldiciones. Miguel no podía,
a tan larga distancia, conciliar el sueño y llamaba a voces los
compañeros de alojamiento para salvarse de alucinaciones
constantes. Yo contribuí a serenarlo y lo persuadí a
esperar, sin temor, hasta la mañana.
Lo dejamos solo cuando empezaba a dormirse.
Volvimos a su presencia después de entrado el
día. Lo encontramos ahogado por unas manos férreas,
distintas de las suyas.
382
José Antonio Ramos Sucre
El Clima Del Nopal
EL CLIMA DEL NOPAL
El ermitaño cuenta los sucesos y prodigios
del amor y se incorpora a la hueste de los personajes lacerados y sin
remedio. Se confiesa autor de más de un rapto y sugiere, por
medio de una locución viva, el susto de la fuga a rienda suelta,
bajo el alcance de las piedras y de los disparos.
Se finge delicado a la memoria de Mercedes,
constante en censurar sus mocedades y autora, una vez difunta, de su
retiro del siglo y de su arrepentimiento y humildad.
Describe la estancia en donde pasó esta vida
y quedó yacente, sin auxilio ni compañía. Un soplo
del norte rompía a cada paso los ventanales, arrojaba lejos el
perfume de los sahumerios y extinguía, delante del crucifijo de
marfil, un cirio de lumbre mustia.
Pasa a celebrar su propósito irrevocable de
vivir penitente, desde esa hora, en el hueco del monte, en medio de una
maleza parca y cenicienta.
El ermitaño da fin a su discurso y me
sorprende con la mención de sus compañeros y el reproche
de su tardanza. Los apellida por medio de un silbato de cobre.
Yo me vi amenazado, en breve espacio, por una rueda
de fusiles asestados. No podía alzar mi voz sobre la
greguería de los truhanes.
El capitán los persuadió a respetarme
la vida y me sacó a salvo por caminos despeñados, sin
dejar el hábito de monje, y contentándose con mi dinero y
la promesa de navegar la vuelta de mi patria.
Disparaba su pistola sobre unas aves de
rapiña juntadas, sobre mí, en revuelo furioso.
El ermitaño cuenta los sucesos y prodigios
del amor y se incorpora a la hueste de los personajes lacerados y sin
remedio. Se confiesa autor de más de un rapto y sugiere, por
medio de una locución viva, el susto de la fuga a rienda suelta,
bajo el alcance de las piedras y de los disparos.
Se finge delicado a la memoria de Mercedes,
constante en censurar sus mocedades y autora, una vez difunta, de su
retiro del siglo y de su arrepentimiento y humildad.
Describe la estancia en donde pasó esta vida
y quedó yacente, sin auxilio ni compañía. Un soplo
del norte rompía a cada paso los ventanales, arrojaba lejos el
perfume de los sahumerios y extinguía, delante del crucifijo de
marfil, un cirio de lumbre mustia.
Pasa a celebrar su propósito irrevocable de
vivir penitente, desde esa hora, en el hueco del monte, en medio de una
maleza parca y cenicienta.
El ermitaño da fin a su discurso y me
sorprende con la mención de sus compañeros y el reproche
de su tardanza. Los apellida por medio de un silbato de cobre.
Yo me vi amenazado, en breve espacio, por una rueda
de fusiles asestados. No podía alzar mi voz sobre la
greguería de los truhanes.
El capitán los persuadió a respetarme
la vida y me sacó a salvo por caminos despeñados, sin
dejar el hábito de monje, y contentándose con mi dinero y
la promesa de navegar la vuelta de mi patria.
Disparaba su pistola sobre unas aves de
rapiña juntadas, sobre mí, en revuelo furioso.
454
José Antonio Ramos Sucre
El Sagitario
EL SAGITARIO
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
557
José Antonio Ramos Sucre
El Sagitario
EL SAGITARIO
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
557
José Antonio Ramos Sucre
El Justiciero
EL JUSTICIERO
Yo era un prelado riguroso. Mi autoridad pesaba sin
contemplaciones sobre un distrito fortificado. Mi palacio gobernaba el
río de la frontera, de cauce irregular, alterado por el
precipicio y la caverna. Mi estandarte, en figura de triángulo,
mandaba con acento vigoroso el concierto de escarpas, reductos y
atalayas.
Yo quería imponer, en su significación
cabal, los dragantes de mi blasón.
Me encarnizaba especialmente con los delitos de
condescendencia y de flaqueza. Vivía sumido en la
ventilación del problema de la gracia y del albedrío, y
sustraído al hechizo de la naturaleza sensible.
Yo ordené el castigo inhumano del
emparedamiento al saber el caso de una monja enamorada y
permanecí impasible a la súplica de sus deudos
arrodillados.
La infeliz se dirigió al sitio del suplicio
al compás de una música sorda y llevando a la diestra el
cirio de la penitencia.
Yo me enfermé de un mal incurable al recibir,
el día siguiente, la visita del progenitor de la víctima.
El anciano había aprendido, en la compañía de las
aves, un arte afectuoso. Habitaba, hasta ese momento, en la linde de
una floresta, en la vecindad de los ruiseñores, y los
había defendido de la saña innata del gavilán.
Las aves le habían referido, en trinos y
gorjeos, el cuento de esa vieja enemistad, notada, desde el alba de la
historia, en más de una teogonía venerable.
El anciano tañía el violón de
un ángel filarmónico, visto por mí en una
miniatura alegórica del paraíso.
Sus increpaciones, en el momento de alejarse, dieron
al traste con mi severidad.
Yo era un prelado riguroso. Mi autoridad pesaba sin
contemplaciones sobre un distrito fortificado. Mi palacio gobernaba el
río de la frontera, de cauce irregular, alterado por el
precipicio y la caverna. Mi estandarte, en figura de triángulo,
mandaba con acento vigoroso el concierto de escarpas, reductos y
atalayas.
Yo quería imponer, en su significación
cabal, los dragantes de mi blasón.
Me encarnizaba especialmente con los delitos de
condescendencia y de flaqueza. Vivía sumido en la
ventilación del problema de la gracia y del albedrío, y
sustraído al hechizo de la naturaleza sensible.
Yo ordené el castigo inhumano del
emparedamiento al saber el caso de una monja enamorada y
permanecí impasible a la súplica de sus deudos
arrodillados.
La infeliz se dirigió al sitio del suplicio
al compás de una música sorda y llevando a la diestra el
cirio de la penitencia.
Yo me enfermé de un mal incurable al recibir,
el día siguiente, la visita del progenitor de la víctima.
El anciano había aprendido, en la compañía de las
aves, un arte afectuoso. Habitaba, hasta ese momento, en la linde de
una floresta, en la vecindad de los ruiseñores, y los
había defendido de la saña innata del gavilán.
Las aves le habían referido, en trinos y
gorjeos, el cuento de esa vieja enemistad, notada, desde el alba de la
historia, en más de una teogonía venerable.
El anciano tañía el violón de
un ángel filarmónico, visto por mí en una
miniatura alegórica del paraíso.
Sus increpaciones, en el momento de alejarse, dieron
al traste con mi severidad.
485
José Antonio Ramos Sucre
El Justiciero
EL JUSTICIERO
Yo era un prelado riguroso. Mi autoridad pesaba sin
contemplaciones sobre un distrito fortificado. Mi palacio gobernaba el
río de la frontera, de cauce irregular, alterado por el
precipicio y la caverna. Mi estandarte, en figura de triángulo,
mandaba con acento vigoroso el concierto de escarpas, reductos y
atalayas.
Yo quería imponer, en su significación
cabal, los dragantes de mi blasón.
Me encarnizaba especialmente con los delitos de
condescendencia y de flaqueza. Vivía sumido en la
ventilación del problema de la gracia y del albedrío, y
sustraído al hechizo de la naturaleza sensible.
Yo ordené el castigo inhumano del
emparedamiento al saber el caso de una monja enamorada y
permanecí impasible a la súplica de sus deudos
arrodillados.
La infeliz se dirigió al sitio del suplicio
al compás de una música sorda y llevando a la diestra el
cirio de la penitencia.
Yo me enfermé de un mal incurable al recibir,
el día siguiente, la visita del progenitor de la víctima.
El anciano había aprendido, en la compañía de las
aves, un arte afectuoso. Habitaba, hasta ese momento, en la linde de
una floresta, en la vecindad de los ruiseñores, y los
había defendido de la saña innata del gavilán.
Las aves le habían referido, en trinos y
gorjeos, el cuento de esa vieja enemistad, notada, desde el alba de la
historia, en más de una teogonía venerable.
El anciano tañía el violón de
un ángel filarmónico, visto por mí en una
miniatura alegórica del paraíso.
Sus increpaciones, en el momento de alejarse, dieron
al traste con mi severidad.
Yo era un prelado riguroso. Mi autoridad pesaba sin
contemplaciones sobre un distrito fortificado. Mi palacio gobernaba el
río de la frontera, de cauce irregular, alterado por el
precipicio y la caverna. Mi estandarte, en figura de triángulo,
mandaba con acento vigoroso el concierto de escarpas, reductos y
atalayas.
Yo quería imponer, en su significación
cabal, los dragantes de mi blasón.
Me encarnizaba especialmente con los delitos de
condescendencia y de flaqueza. Vivía sumido en la
ventilación del problema de la gracia y del albedrío, y
sustraído al hechizo de la naturaleza sensible.
Yo ordené el castigo inhumano del
emparedamiento al saber el caso de una monja enamorada y
permanecí impasible a la súplica de sus deudos
arrodillados.
La infeliz se dirigió al sitio del suplicio
al compás de una música sorda y llevando a la diestra el
cirio de la penitencia.
Yo me enfermé de un mal incurable al recibir,
el día siguiente, la visita del progenitor de la víctima.
El anciano había aprendido, en la compañía de las
aves, un arte afectuoso. Habitaba, hasta ese momento, en la linde de
una floresta, en la vecindad de los ruiseñores, y los
había defendido de la saña innata del gavilán.
Las aves le habían referido, en trinos y
gorjeos, el cuento de esa vieja enemistad, notada, desde el alba de la
historia, en más de una teogonía venerable.
El anciano tañía el violón de
un ángel filarmónico, visto por mí en una
miniatura alegórica del paraíso.
Sus increpaciones, en el momento de alejarse, dieron
al traste con mi severidad.
485
José Antonio Ramos Sucre
Hesperia
HESPERIA
El sacerdote refiere los acontecimientos
prehistóricos. Describe un continente regido por monarcas
iniciados, de ínfulas venerables y tiaras suntuosas, y
cómo provocaron el cataclismo en donde se perdieron, alzados
contra los númenes invulnerables.
El sacerdote se confesó heredero de la
sabiduría aciaga, recogida y atesorada por él mismo y los
de su casta.
Infería golpes al rostro de las panteras
frenéticas. Afrontaba la autoridad de los leones y
percudía su corona. Captaba, desde su observatorio, las
centellas del cielo por medio de un mecanismo de hierro.
Se ocupó de facilitar mi viaje de retorno. Su
galera de veinte remos por banda surcaba, al son de un pífano,
el golfo de las verdes olas.
Volví al seno de los míos, a celebrar
con ellos la ceremonia de una separación perdurable.
La belleza de la mañana aguzaba el
sentimiento de la partida.
Debía seguir el consejo del sacerdote
interesado en mi felicidad, fijándome, para siempre, en la
península de la primavera asidua.
El sacerdote refiere los acontecimientos
prehistóricos. Describe un continente regido por monarcas
iniciados, de ínfulas venerables y tiaras suntuosas, y
cómo provocaron el cataclismo en donde se perdieron, alzados
contra los númenes invulnerables.
El sacerdote se confesó heredero de la
sabiduría aciaga, recogida y atesorada por él mismo y los
de su casta.
Infería golpes al rostro de las panteras
frenéticas. Afrontaba la autoridad de los leones y
percudía su corona. Captaba, desde su observatorio, las
centellas del cielo por medio de un mecanismo de hierro.
Se ocupó de facilitar mi viaje de retorno. Su
galera de veinte remos por banda surcaba, al son de un pífano,
el golfo de las verdes olas.
Volví al seno de los míos, a celebrar
con ellos la ceremonia de una separación perdurable.
La belleza de la mañana aguzaba el
sentimiento de la partida.
Debía seguir el consejo del sacerdote
interesado en mi felicidad, fijándome, para siempre, en la
península de la primavera asidua.
508
José Antonio Ramos Sucre
Hesperia
HESPERIA
El sacerdote refiere los acontecimientos
prehistóricos. Describe un continente regido por monarcas
iniciados, de ínfulas venerables y tiaras suntuosas, y
cómo provocaron el cataclismo en donde se perdieron, alzados
contra los númenes invulnerables.
El sacerdote se confesó heredero de la
sabiduría aciaga, recogida y atesorada por él mismo y los
de su casta.
Infería golpes al rostro de las panteras
frenéticas. Afrontaba la autoridad de los leones y
percudía su corona. Captaba, desde su observatorio, las
centellas del cielo por medio de un mecanismo de hierro.
Se ocupó de facilitar mi viaje de retorno. Su
galera de veinte remos por banda surcaba, al son de un pífano,
el golfo de las verdes olas.
Volví al seno de los míos, a celebrar
con ellos la ceremonia de una separación perdurable.
La belleza de la mañana aguzaba el
sentimiento de la partida.
Debía seguir el consejo del sacerdote
interesado en mi felicidad, fijándome, para siempre, en la
península de la primavera asidua.
El sacerdote refiere los acontecimientos
prehistóricos. Describe un continente regido por monarcas
iniciados, de ínfulas venerables y tiaras suntuosas, y
cómo provocaron el cataclismo en donde se perdieron, alzados
contra los númenes invulnerables.
El sacerdote se confesó heredero de la
sabiduría aciaga, recogida y atesorada por él mismo y los
de su casta.
Infería golpes al rostro de las panteras
frenéticas. Afrontaba la autoridad de los leones y
percudía su corona. Captaba, desde su observatorio, las
centellas del cielo por medio de un mecanismo de hierro.
Se ocupó de facilitar mi viaje de retorno. Su
galera de veinte remos por banda surcaba, al son de un pífano,
el golfo de las verdes olas.
Volví al seno de los míos, a celebrar
con ellos la ceremonia de una separación perdurable.
La belleza de la mañana aguzaba el
sentimiento de la partida.
Debía seguir el consejo del sacerdote
interesado en mi felicidad, fijándome, para siempre, en la
península de la primavera asidua.
508
José Antonio Ramos Sucre
El Protervo
EL PROTERVO
Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.
Los clérigos nos designaban por medio de
circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.
Decidimos asaltar la casa de un magistrado
venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de
sus decretos y pregones.
Esperaba intimidarnos al doblar el número de
sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa
de una recompensa abundante.
Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con
determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.
El más joven de los compañeros
perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser
reconocido y preso.
Permaneció mudo al sufrir los martirios
inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja
cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando
topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de
plomo.
Gané la mujer del jurista al distribuirse el
botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su
lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus
cortos años la separaban de un marido reumático y
tosigoso.
Un compañero, enemigo de mi fortuna, se
permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y
lo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demás
permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.
La mujer no pudo sobrellevar la
compañía de un perdido y murió de vergüenza y
de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una
niña recién nacida.
Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi
confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras
cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis
fieles.
Muchos seguían pendientes de su horca
,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.
Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la
aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.
Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis
años, una voluntad ilesa.
Las criadas nefarias han dementado a mi hija por
medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una
estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas
viandas una vez al día.
Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos
restablecen su llanto y alientan su desesperación.
Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.
Los clérigos nos designaban por medio de
circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.
Decidimos asaltar la casa de un magistrado
venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de
sus decretos y pregones.
Esperaba intimidarnos al doblar el número de
sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa
de una recompensa abundante.
Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con
determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.
El más joven de los compañeros
perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser
reconocido y preso.
Permaneció mudo al sufrir los martirios
inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja
cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando
topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de
plomo.
Gané la mujer del jurista al distribuirse el
botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su
lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus
cortos años la separaban de un marido reumático y
tosigoso.
Un compañero, enemigo de mi fortuna, se
permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y
lo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demás
permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.
La mujer no pudo sobrellevar la
compañía de un perdido y murió de vergüenza y
de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una
niña recién nacida.
Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi
confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras
cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis
fieles.
Muchos seguían pendientes de su horca
,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.
Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la
aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.
Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis
años, una voluntad ilesa.
Las criadas nefarias han dementado a mi hija por
medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una
estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas
viandas una vez al día.
Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos
restablecen su llanto y alientan su desesperación.
464
José Antonio Ramos Sucre
El Protervo
EL PROTERVO
Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.
Los clérigos nos designaban por medio de
circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.
Decidimos asaltar la casa de un magistrado
venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de
sus decretos y pregones.
Esperaba intimidarnos al doblar el número de
sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa
de una recompensa abundante.
Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con
determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.
El más joven de los compañeros
perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser
reconocido y preso.
Permaneció mudo al sufrir los martirios
inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja
cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando
topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de
plomo.
Gané la mujer del jurista al distribuirse el
botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su
lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus
cortos años la separaban de un marido reumático y
tosigoso.
Un compañero, enemigo de mi fortuna, se
permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y
lo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demás
permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.
La mujer no pudo sobrellevar la
compañía de un perdido y murió de vergüenza y
de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una
niña recién nacida.
Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi
confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras
cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis
fieles.
Muchos seguían pendientes de su horca
,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.
Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la
aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.
Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis
años, una voluntad ilesa.
Las criadas nefarias han dementado a mi hija por
medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una
estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas
viandas una vez al día.
Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos
restablecen su llanto y alientan su desesperación.
Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.
Los clérigos nos designaban por medio de
circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.
Decidimos asaltar la casa de un magistrado
venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de
sus decretos y pregones.
Esperaba intimidarnos al doblar el número de
sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa
de una recompensa abundante.
Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con
determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.
El más joven de los compañeros
perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser
reconocido y preso.
Permaneció mudo al sufrir los martirios
inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja
cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando
topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de
plomo.
Gané la mujer del jurista al distribuirse el
botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su
lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus
cortos años la separaban de un marido reumático y
tosigoso.
Un compañero, enemigo de mi fortuna, se
permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y
lo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demás
permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.
La mujer no pudo sobrellevar la
compañía de un perdido y murió de vergüenza y
de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una
niña recién nacida.
Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi
confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras
cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis
fieles.
Muchos seguían pendientes de su horca
,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.
Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la
aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.
Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis
años, una voluntad ilesa.
Las criadas nefarias han dementado a mi hija por
medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una
estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas
viandas una vez al día.
Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos
restablecen su llanto y alientan su desesperación.
464
José Antonio Ramos Sucre
Ofir
OFIR
La borrasca nos había separado del rumbo,
arrojándonos fuera del litoral. Empezábamos a penetrar en
la noche insondable del océano.
Oíamos el gemido de unas aves perdidas en la
inmensidad y yo recordé el episodio de una fábula de los
gentiles, en donde el héroe escucha graznidos al cruzar una
laguna infernal. Los marineros, mudos de espanto, sujetaron a golpe de
remo el ímpetu de la corriente y salieron a una ribera de palmas.
Yo vi animarse, en aquella zona del cielo, las
figuras de las constelaciones y miré el desperezamiento del
escorpión, autor de la caída de Faetonte.
Nosotros desembarcamos en la boca de un río y
nos internamos siguiendo sus orillas de hierba húmeda. Los
naturales nos significaron la hospitalidad, brindándonos agua en
unas calabazas ligeras.
Subimos a reposar en una meseta y advertimos el
dibujo de una ciudad en medio de la atmósfera transparente. La
comparamos a la imagen pintada por la luz en el seno de un espejo.
El rey, acomodado en un palanquín, se
aventuraba a recorrer la campiña, seguido de una escolta montada
sobre avestruces. Gozaba nombre de sabio y se divertía
proponiendo acertijos a los visitantes de su reino.
Unos pájaros, de plumaje dispuesto en forma
de lira, bajaban a la tierra con vuelo majestuoso. Despedían del
pecho un profundo sonido de arpa.
Yo discurrí delante del soberano sobre los
enigmas de la naturaleza y censuré y acusé de impostores
a los mareantes empecinados en sostener la existencia de los
antípodas.
El rey agradeció mi disertación y me
llevó consigo, en su compañía habitual. Me
regaló esa misma noche con una música de batintines y de
tímpanos, en donde estallaba, de vez en cuando, el son
culminante del sistro.
Salí el día siguiente sobre un
elefante, dádiva del rey, a contemplar el ocaso, el prodigio
mayor del país, razón de mi viaje.
El sol se hundía a breve distancia,
alumbrando los palacios mitológicos del mar.
La borrasca nos había separado del rumbo,
arrojándonos fuera del litoral. Empezábamos a penetrar en
la noche insondable del océano.
Oíamos el gemido de unas aves perdidas en la
inmensidad y yo recordé el episodio de una fábula de los
gentiles, en donde el héroe escucha graznidos al cruzar una
laguna infernal. Los marineros, mudos de espanto, sujetaron a golpe de
remo el ímpetu de la corriente y salieron a una ribera de palmas.
Yo vi animarse, en aquella zona del cielo, las
figuras de las constelaciones y miré el desperezamiento del
escorpión, autor de la caída de Faetonte.
Nosotros desembarcamos en la boca de un río y
nos internamos siguiendo sus orillas de hierba húmeda. Los
naturales nos significaron la hospitalidad, brindándonos agua en
unas calabazas ligeras.
Subimos a reposar en una meseta y advertimos el
dibujo de una ciudad en medio de la atmósfera transparente. La
comparamos a la imagen pintada por la luz en el seno de un espejo.
El rey, acomodado en un palanquín, se
aventuraba a recorrer la campiña, seguido de una escolta montada
sobre avestruces. Gozaba nombre de sabio y se divertía
proponiendo acertijos a los visitantes de su reino.
Unos pájaros, de plumaje dispuesto en forma
de lira, bajaban a la tierra con vuelo majestuoso. Despedían del
pecho un profundo sonido de arpa.
Yo discurrí delante del soberano sobre los
enigmas de la naturaleza y censuré y acusé de impostores
a los mareantes empecinados en sostener la existencia de los
antípodas.
El rey agradeció mi disertación y me
llevó consigo, en su compañía habitual. Me
regaló esa misma noche con una música de batintines y de
tímpanos, en donde estallaba, de vez en cuando, el son
culminante del sistro.
Salí el día siguiente sobre un
elefante, dádiva del rey, a contemplar el ocaso, el prodigio
mayor del país, razón de mi viaje.
El sol se hundía a breve distancia,
alumbrando los palacios mitológicos del mar.
515
José Antonio Ramos Sucre
El Reino De Los Cabiros
EL REINO DE LOS CABIROS
Unas aves negras y de ojos encarnizados se alojaban
entre los mármoles derruidos. Infligían la afrenta de las
arpías soeces. Andaban a saltos menudos y alzaban un vuelo
inelegante.
La vega de la ciudad abundaba en arbustos malignos
citados, para memoria de la venganza y amargura, en más de un
libro sapiencial.
Un busto de mirada absorta, ceñido de
guirnalda de yedra, se alzaba a cada momento sobre su pedestal roto. El
suelo de los jardines violados había dado albergue, un siglo
antes, a las víctimas de una histórica epidemia.
La luz del día regurgitaba de una rotura del
globo del sol, y la noche, duradera cual las del invierno, estaba a
cargo de un astro, de orbe incompleto y de través.
Unos hombrecillos deformes brotaban del suelo, en
medio del sopor nocturno. Salían por una apertura semejante al
escotillón de un tablado. Sus ojos eran oblicuos y el cabello
lacio y espeso invadía la angosta zona de la frente.
Respondieron a mi interpelación valiéndose de un gesto
lúbrico y hube de asestarles el puño sobre la faz dura,
como de piedra. La mano me sangra todavía.
Yo no contaba otra amistad sino la de una mujer
desconsolada, atenta a mi bien y a las memorias de un mundo superior.
No sabría decir su nombre. Yo olvidaba, en el principio de cada
mañana, su discurso.
Ella misma me puso en el camino del mar y me
señaló una estrella sin ocaso.
A poco de soltar las velas al viento
próspero, vi alzarse, desde el sitio donde me habían
despedido con lamentos, una interminable espiral de humo.
Unas aves negras y de ojos encarnizados se alojaban
entre los mármoles derruidos. Infligían la afrenta de las
arpías soeces. Andaban a saltos menudos y alzaban un vuelo
inelegante.
La vega de la ciudad abundaba en arbustos malignos
citados, para memoria de la venganza y amargura, en más de un
libro sapiencial.
Un busto de mirada absorta, ceñido de
guirnalda de yedra, se alzaba a cada momento sobre su pedestal roto. El
suelo de los jardines violados había dado albergue, un siglo
antes, a las víctimas de una histórica epidemia.
La luz del día regurgitaba de una rotura del
globo del sol, y la noche, duradera cual las del invierno, estaba a
cargo de un astro, de orbe incompleto y de través.
Unos hombrecillos deformes brotaban del suelo, en
medio del sopor nocturno. Salían por una apertura semejante al
escotillón de un tablado. Sus ojos eran oblicuos y el cabello
lacio y espeso invadía la angosta zona de la frente.
Respondieron a mi interpelación valiéndose de un gesto
lúbrico y hube de asestarles el puño sobre la faz dura,
como de piedra. La mano me sangra todavía.
Yo no contaba otra amistad sino la de una mujer
desconsolada, atenta a mi bien y a las memorias de un mundo superior.
No sabría decir su nombre. Yo olvidaba, en el principio de cada
mañana, su discurso.
Ella misma me puso en el camino del mar y me
señaló una estrella sin ocaso.
A poco de soltar las velas al viento
próspero, vi alzarse, desde el sitio donde me habían
despedido con lamentos, una interminable espiral de humo.
406
José Antonio Ramos Sucre
El Festín De Los Buitres
EL FESTÍN DE LOS BUITRES
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
498
José Antonio Ramos Sucre
El Festín De Los Buitres
EL FESTÍN DE LOS BUITRES
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
498
José Antonio Ramos Sucre
El Festín De Los Buitres
EL FESTÍN DE LOS BUITRES
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
Había pedido la seguridad y el atrevimiento
después de sacrificar a su mujer. La había sorprendido en
una entrevista con el enemigo y le infirió la muerte antes de
escuchar la primera disculpa.
Había quedado solo y casi inerme. La tribu
peregrina había sucumbido en la porfía con
ejércitos regulares. El superviviente no contaba otros bienes
sino su caballo y un carro encomendado a la fuerza de sus canes y en
donde se guarnecía de la lluvia. Habría muerto de hambre
si no se atreviera con las raíces incultas y con las viandas
aprovechadas por los gitanos en su dieta indigente.
Recibía a cada instante una advertencia de la
suerte. Llegó a desconocer el ruido de sus propios pasos y
giró sobre sí mismo para defenderse. Un aparecido
acostumbraba interrumpirle el sueño, violentando la puerta de su
vivienda en medio de la jauría consternada.
El proscrito decidió abandonarse a merced de
los sucesos. Se encontró fortuitamente con una mendiga lastimosa
el día de caer prisionero y de ser victimado. La ancianidad la
había convertido en una grulla de muletas.
La mendiga deseaba el fin de la guerra continua, en
donde había perdido sus hijos, y se prestaba al oficio de
espía.
Los vencedores sobrevinieron por vías
distintas y desvanecieron el último ademán de la defensa.
Lo hirieron a satisfacción.
La mendiga se limitó a sellar con un
puño de tierra la faz del héroe.
498
José Antonio Ramos Sucre
Las Suplicantes
LAS SUPLICANTES
Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del
rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su
desgracia.
El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta
a un lado con la más serena y diserta.
No podían sufrir los oprobios de su
señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara
cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.
Yo salí inmediatamente a impedir la
generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.
Yo había dominado, en esos días, una
sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar
de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al
cebú.
Yo le había inferido el agravio más
pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis
pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de
cáñamo.
Las suplicantes fueron devueltas a su dueño
por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas
entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente
y bajo el azote de uno de mis esclavos.
Yo las puse en manos de su amo y le recomendé
un castigo memorable.
Las paseó, en medio de la gritería
popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de
sarna.
Unas viejas les salieron al encuentro,
dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles
puños de la basura de la calle.
Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del
rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su
desgracia.
El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta
a un lado con la más serena y diserta.
No podían sufrir los oprobios de su
señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara
cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.
Yo salí inmediatamente a impedir la
generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.
Yo había dominado, en esos días, una
sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar
de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al
cebú.
Yo le había inferido el agravio más
pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis
pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de
cáñamo.
Las suplicantes fueron devueltas a su dueño
por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas
entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente
y bajo el azote de uno de mis esclavos.
Yo las puse en manos de su amo y le recomendé
un castigo memorable.
Las paseó, en medio de la gritería
popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de
sarna.
Unas viejas les salieron al encuentro,
dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles
puños de la basura de la calle.
435
José Antonio Ramos Sucre
Las Suplicantes
LAS SUPLICANTES
Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del
rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su
desgracia.
El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta
a un lado con la más serena y diserta.
No podían sufrir los oprobios de su
señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara
cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.
Yo salí inmediatamente a impedir la
generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.
Yo había dominado, en esos días, una
sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar
de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al
cebú.
Yo le había inferido el agravio más
pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis
pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de
cáñamo.
Las suplicantes fueron devueltas a su dueño
por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas
entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente
y bajo el azote de uno de mis esclavos.
Yo las puse en manos de su amo y le recomendé
un castigo memorable.
Las paseó, en medio de la gritería
popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de
sarna.
Unas viejas les salieron al encuentro,
dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles
puños de la basura de la calle.
Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del
rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su
desgracia.
El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta
a un lado con la más serena y diserta.
No podían sufrir los oprobios de su
señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara
cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.
Yo salí inmediatamente a impedir la
generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.
Yo había dominado, en esos días, una
sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar
de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al
cebú.
Yo le había inferido el agravio más
pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis
pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de
cáñamo.
Las suplicantes fueron devueltas a su dueño
por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas
entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente
y bajo el azote de uno de mis esclavos.
Yo las puse en manos de su amo y le recomendé
un castigo memorable.
Las paseó, en medio de la gritería
popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de
sarna.
Unas viejas les salieron al encuentro,
dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles
puños de la basura de la calle.
435
José Antonio Ramos Sucre
Rúnica
RÚNICA
El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.
Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.
El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.
La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.
La víctima duerme bajo el húmedo musgo.
El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.
Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.
El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.
La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.
La víctima duerme bajo el húmedo musgo.
493
José Antonio Ramos Sucre
Mar Latino
MAR LATINO
Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.
Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.
La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.
La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.
Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.
La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.
Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.
Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.
La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.
La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.
Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.
La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.
491
José Antonio Ramos Sucre
El Rajá
EL RAJÁ
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
597
José Antonio Ramos Sucre
La Guerra
LA GUERRA
El hombre de inteligencia rudimentaria salió
a cazar lejos de su llanura inundada, al empezar el día de una
época primitiva.
Dirigió sus pasos a un desfiladero de origen
volcánico, donde habitaban dragones crispados y aves deformes y
perezosas.
Escogió, durante el trayecto, las piedras
más sólidas, para armar su honda.
Emitió gritos con el mayor aliento, usando
las manos a guisa de tornavoz.
Otro hombre apareció, vestido de una zamarra
y aparejado a la lucha. Vociferaba desde la cima de un monte. Su rostro
se perdía en el bosque del cabello y de la barba.
El combate duró, sin decidirse, un tiempo
indefinido. Hilos de sangre pintaban la cara y el pecho de los rivales.
Una mujer falseó cautelosamente el pie del
defensor y lo precipitó desde la altura. Se vengaba de una
sumisión abyecta.
El vencedor la toma bajo su autoridad e impone sobre
sus hombros la suma del botín. La dirige hacia la llanura por
una cuesta breve.
Se despreocupa de la espalda abrumada y de los pies
sangrientos de la cautiva.
El hombre de inteligencia rudimentaria salió
a cazar lejos de su llanura inundada, al empezar el día de una
época primitiva.
Dirigió sus pasos a un desfiladero de origen
volcánico, donde habitaban dragones crispados y aves deformes y
perezosas.
Escogió, durante el trayecto, las piedras
más sólidas, para armar su honda.
Emitió gritos con el mayor aliento, usando
las manos a guisa de tornavoz.
Otro hombre apareció, vestido de una zamarra
y aparejado a la lucha. Vociferaba desde la cima de un monte. Su rostro
se perdía en el bosque del cabello y de la barba.
El combate duró, sin decidirse, un tiempo
indefinido. Hilos de sangre pintaban la cara y el pecho de los rivales.
Una mujer falseó cautelosamente el pie del
defensor y lo precipitó desde la altura. Se vengaba de una
sumisión abyecta.
El vencedor la toma bajo su autoridad e impone sobre
sus hombros la suma del botín. La dirige hacia la llanura por
una cuesta breve.
Se despreocupa de la espalda abrumada y de los pies
sangrientos de la cautiva.
456
José Antonio Ramos Sucre
La Espía
LA ESPÍA
El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.
El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.
El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.
El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.
Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.
El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.
El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.
El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.
El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.
Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.
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