Poemas en este tema
Sociedad y el Mundo
José Antonio Ramos Sucre
El Presidiario
EL PRESIDIARIO
La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba
a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra
defendían difícilmente de la temperatura glacial.
Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.
Durante el breve estío dejaba a mi padre en
su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de
unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en
su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de
perseguirlos.
No podía intentar otro medio de cazar las
aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de
honda y las piedras no se daban en aquel distrito.
Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.
Se había visto en el caso de beber el agua de las
ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos
brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi
invalidez de niño.
Habría perecido de inanición si no me
socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,
asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día
del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el
hijo del deportado.
Yo crecí a la sombra del militar caritativo.
Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me
resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo
pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía
hablar cuando me abrazó por última vez.
Caí desde ese momento en la mendicidad. Los
consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al
presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas
piedras graves de alzar hasta el hombro.
El consejero de mi infortunio me visita en el curso
de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me
fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de
la tibia de un ahorcado.
La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba
a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra
defendían difícilmente de la temperatura glacial.
Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.
Durante el breve estío dejaba a mi padre en
su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de
unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en
su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de
perseguirlos.
No podía intentar otro medio de cazar las
aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de
honda y las piedras no se daban en aquel distrito.
Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.
Se había visto en el caso de beber el agua de las
ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos
brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi
invalidez de niño.
Habría perecido de inanición si no me
socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,
asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día
del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el
hijo del deportado.
Yo crecí a la sombra del militar caritativo.
Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me
resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo
pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía
hablar cuando me abrazó por última vez.
Caí desde ese momento en la mendicidad. Los
consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al
presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas
piedras graves de alzar hasta el hombro.
El consejero de mi infortunio me visita en el curso
de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me
fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de
la tibia de un ahorcado.
590
José Antonio Ramos Sucre
El Ciego
EL CIEGO
El teólogo se había tornado macilento
y febril. Meditaba sin tregua una idea mortal y recorría, en
solicitud de alivio, los infolios cargados sobre los facistoles o
derramados sobre el pavimento.
Los autores de aquellos volúmenes
habían envejecido en el retiro escuchando los avisos de una
conciencia tímida. Salían de sus celdas para despertar,
con sus argumentos, el asombro de las universidades.
El teólogo demandaba el socorro de un
crucifijo sangriento, después de registrar con la mirada las
imágenes de unos diablos de tres cabezas y armados de tridentes,
en memoria y representación de los pecados capitales. Un
escultor de la edad media había usado tales figuras al componer
la filigrana de una abadía.
Yo me insinué en la amistad del penitente y
lo insté a confiarme la razón de su inquietud.
Pretendió retraerme de la pregunta usando alternativamente de
efugios y amenazas. Se paseaba en ese momento bajo el estímulo
de una alucinación apremiante.
Yo vine a quedar de rodillas al dirigirle el ruego
más apasionado.
Él impuso la mano sobre mi frente y
consintió en asociarme a su visión terrible
La vista de los suplicios infernales se fijó
profundamente en mis sentidos y me siguió de día y de
noche, hundiéndome en la desesperación.
Encontré mi salud cegando voluntariamente. He
abolido mis ojos y estoy libre y consolado.
El teólogo se había tornado macilento
y febril. Meditaba sin tregua una idea mortal y recorría, en
solicitud de alivio, los infolios cargados sobre los facistoles o
derramados sobre el pavimento.
Los autores de aquellos volúmenes
habían envejecido en el retiro escuchando los avisos de una
conciencia tímida. Salían de sus celdas para despertar,
con sus argumentos, el asombro de las universidades.
El teólogo demandaba el socorro de un
crucifijo sangriento, después de registrar con la mirada las
imágenes de unos diablos de tres cabezas y armados de tridentes,
en memoria y representación de los pecados capitales. Un
escultor de la edad media había usado tales figuras al componer
la filigrana de una abadía.
Yo me insinué en la amistad del penitente y
lo insté a confiarme la razón de su inquietud.
Pretendió retraerme de la pregunta usando alternativamente de
efugios y amenazas. Se paseaba en ese momento bajo el estímulo
de una alucinación apremiante.
Yo vine a quedar de rodillas al dirigirle el ruego
más apasionado.
Él impuso la mano sobre mi frente y
consintió en asociarme a su visión terrible
La vista de los suplicios infernales se fijó
profundamente en mis sentidos y me siguió de día y de
noche, hundiéndome en la desesperación.
Encontré mi salud cegando voluntariamente. He
abolido mis ojos y estoy libre y consolado.
707
José Antonio Ramos Sucre
Mito
MITO
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
584
José Antonio Ramos Sucre
Mito
MITO
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
584
José Antonio Ramos Sucre
Mito
MITO
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
El rey sabe de los motines y asonadas provocados por
los descontentos en torno de la misma capital. Recibe a cada paso un
mensajero de semblante mustio. Se traba un diálogo sobresaltado
en torno de una noticia ambigua.
El soberano imagina la devastación de una
zona feraz y el exterminio de sus labradores. Una tribu cerril se ha
aprovechado de la confusión del reino y lo ha invadido en carros
armados de hoces. Unas brujas desvergonzadas, consejeras de los
caudillos montaraces, vociferan sus vaticinios en medio de los residuos
negros de las hogueras. A través del aire calentado se distingue
un sol rojo, de país cálido.
Los hombres de la tribu cerril trasportan unas
tiendas de cuero sobre el lomo de sus perros desfigurados,
ávidos de sangre, y se establecen con sus mujeres, a sus anchas
y cómodas, en cavernas practicadas en el suelo. Reservan las
tiendas para sus jefes.
El rey consulta en vano el remedio del estado con
los capitanes antiguos, de barba pontifical y de elocución breve.
El príncipe, su hijo, sobreviene a
interrumpir el consejo, en donde reina un silencio molesto. Inventa los
medios saludables y los recomienda en un discurso fácil. Posee
la idea virtual y el verbo redentor. Acaba de salir de la
compañía de los atolondrados.
Los veteranos se retiran ceremoniosos y esperanzados
y se sujetan a sus órdenes. La presencia del joven suprime las
fluctuaciones de la victoria y neutraliza el ardid de los rebeldes.
El héroe ha salido al peligro con la
asistencia de una muchedumbre ensimismada.
El día de su regreso, las mujeres hermosas
entonan, desde la azotea de los palacios de la capital, un himno de
antigüedad secular en alabanza del arco iris.
584
José Antonio Ramos Sucre
Fragmento Apócrifo De Pausanias
FRAGMENTO APÓCRIFO DE PAUSANIAS
Teseo persiguió el ejército de las
amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres
huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de
alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre,
donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron
a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas de la
brumazón.
Un autor anónimo refiere las valentías
del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a
solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una
divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos
asiáticos.
El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de
la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña,
amenazando con volverse lobo.
Teseo escucha el parecer de viajeros memoriosos,
habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico
hasta el valle del Nilo.
El sabio se presentó al cabo de un mes y
consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y
envolviéndolo en el humo de una rasina balsámica.
Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y los
tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.
El médico dejó, en memoria de su paso,
una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos
de un arte rudimentario.
La figura del egipcio, de cráneo desnudo,
mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de la
nación.
Teseo persiguió el ejército de las
amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres
huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de
alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre,
donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron
a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas de la
brumazón.
Un autor anónimo refiere las valentías
del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a
solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una
divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos
asiáticos.
El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de
la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña,
amenazando con volverse lobo.
Teseo escucha el parecer de viajeros memoriosos,
habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico
hasta el valle del Nilo.
El sabio se presentó al cabo de un mes y
consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y
envolviéndolo en el humo de una rasina balsámica.
Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y los
tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.
El médico dejó, en memoria de su paso,
una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos
de un arte rudimentario.
La figura del egipcio, de cráneo desnudo,
mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de la
nación.
546
José Antonio Ramos Sucre
El Nómade
EL NÓMADE
Yo pertenecía a una casta de hombres
impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de
extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado
un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio
de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de
previsión y de cálculo.
Yo me había apartado a descansar, lejos de
los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada
en un vergel.
Un aldeano me trajo pérfidamente el vino
más espirituoso, originado de una palma.
Sentí una embriaguez hilarante y
ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del
funámbulo.
Un peregrino, de rostro consumido, acertó a
pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo.
Significaba Ornamento de Doctrina en idioma litúrgico.
La poquedad del anciano acabó de sacarme de
mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas
veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los
sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su
último aliento.
Devolvía por la boca una corriente de lodo.
Recuperé el discernimiento al escuchar su
amenaza proferida en el extremo de la agonía.
Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su
ídolo de bronce.
Yo pertenecía a una casta de hombres
impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de
extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado
un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio
de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de
previsión y de cálculo.
Yo me había apartado a descansar, lejos de
los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada
en un vergel.
Un aldeano me trajo pérfidamente el vino
más espirituoso, originado de una palma.
Sentí una embriaguez hilarante y
ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del
funámbulo.
Un peregrino, de rostro consumido, acertó a
pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo.
Significaba Ornamento de Doctrina en idioma litúrgico.
La poquedad del anciano acabó de sacarme de
mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas
veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los
sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su
último aliento.
Devolvía por la boca una corriente de lodo.
Recuperé el discernimiento al escuchar su
amenaza proferida en el extremo de la agonía.
Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su
ídolo de bronce.
475
José Antonio Ramos Sucre
La Noche
LA NOCHE
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.
470
José Antonio Ramos Sucre
El Emigrado
EL EMIGRADO
Quedé solo con mi hijo cuando la plaga
mortífera hubo devastado la capital del reino venido a menos.
Él no había pasado de la infancia y me ocupaba el
día y la noche.
Yo concebí y ejecuté el proyecto de
avecindarme en otra ciudad, más internada y en salvo.
Tomé al niño en brazos y atravesé la sabana
inficionada por los efluvios de la marisma.
Debía pasar un pequeño río. Me
vi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura aventajada,
cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba la
desesperación.
Yo lo compadecí a pesar de su actitud
impertinente y de su discurso injurioso.
Pude alojarme en una casa deshabitada largo tiempo y
acomodé al niño en una cámara de tapices y
alfombras. Él padecía una fiebre lenta y delirios
manifestados en gritos.
El mismo hombre importuno vino a ofrecerme,
después de una noche de angustia, el remedio de mi hijo. Lo
ofrecía a un precio exorbitante, burlándose interiormente
de mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
Pasé ese día y el siguiente sin
socorro alguno.
Yo velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuando
sentí, en la puerta de la calle, una serie de aldabonazos
vehementes.
Me asomé por la ventana y sólo vi la
calle anegada en sombras.
Mi hijo moría en aquel momento.
El hombre de carácter cetrino había
sido el autor del ruido.
Quedé solo con mi hijo cuando la plaga
mortífera hubo devastado la capital del reino venido a menos.
Él no había pasado de la infancia y me ocupaba el
día y la noche.
Yo concebí y ejecuté el proyecto de
avecindarme en otra ciudad, más internada y en salvo.
Tomé al niño en brazos y atravesé la sabana
inficionada por los efluvios de la marisma.
Debía pasar un pequeño río. Me
vi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura aventajada,
cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba la
desesperación.
Yo lo compadecí a pesar de su actitud
impertinente y de su discurso injurioso.
Pude alojarme en una casa deshabitada largo tiempo y
acomodé al niño en una cámara de tapices y
alfombras. Él padecía una fiebre lenta y delirios
manifestados en gritos.
El mismo hombre importuno vino a ofrecerme,
después de una noche de angustia, el remedio de mi hijo. Lo
ofrecía a un precio exorbitante, burlándose interiormente
de mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
Pasé ese día y el siguiente sin
socorro alguno.
Yo velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuando
sentí, en la puerta de la calle, una serie de aldabonazos
vehementes.
Me asomé por la ventana y sólo vi la
calle anegada en sombras.
Mi hijo moría en aquel momento.
El hombre de carácter cetrino había
sido el autor del ruido.
470
José Antonio Ramos Sucre
El Mandarín
EL MANDARÍN
Yo había perdido la gracia del emperador de
China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin
advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído
a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a
la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y
desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador
cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.
Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el develamiento y el gobierno de un
distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes.
Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado los nativos.
Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos.
Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No
era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la
difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en
el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un
ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los
hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados
cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me
subió algunos grados en su privanza y me prometió la
perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de
las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los
caminos.
Yo había perdido la gracia del emperador de
China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin
advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído
a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a
la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y
desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador
cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.
Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el develamiento y el gobierno de un
distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes.
Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado los nativos.
Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos.
Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No
era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la
difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en
el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un
ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los
hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados
cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me
subió algunos grados en su privanza y me prometió la
perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de
las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los
caminos.
663
José Antonio Ramos Sucre
El Mandarín
EL MANDARÍN
Yo había perdido la gracia del emperador de
China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin
advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído
a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a
la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y
desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador
cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.
Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el develamiento y el gobierno de un
distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes.
Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado los nativos.
Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos.
Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No
era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la
difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en
el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un
ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los
hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados
cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me
subió algunos grados en su privanza y me prometió la
perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de
las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los
caminos.
Yo había perdido la gracia del emperador de
China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin
advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído
a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a
la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y
desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador
cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.
Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el develamiento y el gobierno de un
distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes.
Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado los nativos.
Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos.
Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No
era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la
difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en
el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un
ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los
hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados
cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me
subió algunos grados en su privanza y me prometió la
perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de
las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los
caminos.
663
José Antonio Ramos Sucre
La Isla De Las Madréporas
LA ISLA DE LAS MADRÉPORAS
Los salvajes miran una mueca en el rostro de la
luna. Se llenan de susto e imputan al ogro nocturno alguna ofensa
infligida al astro malignante.
Sintieron durante el sueño sus pisadas
rotundas. Debía de apoyar en ese momento su talla desemejable
sobre un asta arrancada del bosque.
El más gallardo de los mozos se dispone a
salir en demanda de la ballena. Los compañeros celebran sus
hazañas de cazador, su impavidez en el escalamiento de las
montañas y traen su genealogía del buitre carnicero.
Un lamento del bosque desaconsejaba la empresa del
joven caudillo y sonó más fuertemente al salir en su nave
de velamen de esparto.
Los compañeros lo seguían cabizbajos y
se equivocaban a menudo en la maniobra.
El joven cazador, esperanza de una sociedad natural,
divisa un pez deleznable y lo persigue apasionadamente. Los
compañeros se quejan de la caza infructuosa y proponen el
retorno.
El joven caudillo pierde el dominio de sí
mismo y solicita derechamente su ruina. Se enreda en la soga del
arpón y lo dispara consumiendo el esfuerzo de su brazo.
El pez herido lo arrastra al abismo de las aguas y
un torbellino de gaviotas señala, días enteros, el paraje
del suceso.
Los salvajes miran una mueca en el rostro de la
luna. Se llenan de susto e imputan al ogro nocturno alguna ofensa
infligida al astro malignante.
Sintieron durante el sueño sus pisadas
rotundas. Debía de apoyar en ese momento su talla desemejable
sobre un asta arrancada del bosque.
El más gallardo de los mozos se dispone a
salir en demanda de la ballena. Los compañeros celebran sus
hazañas de cazador, su impavidez en el escalamiento de las
montañas y traen su genealogía del buitre carnicero.
Un lamento del bosque desaconsejaba la empresa del
joven caudillo y sonó más fuertemente al salir en su nave
de velamen de esparto.
Los compañeros lo seguían cabizbajos y
se equivocaban a menudo en la maniobra.
El joven cazador, esperanza de una sociedad natural,
divisa un pez deleznable y lo persigue apasionadamente. Los
compañeros se quejan de la caza infructuosa y proponen el
retorno.
El joven caudillo pierde el dominio de sí
mismo y solicita derechamente su ruina. Se enreda en la soga del
arpón y lo dispara consumiendo el esfuerzo de su brazo.
El pez herido lo arrastra al abismo de las aguas y
un torbellino de gaviotas señala, días enteros, el paraje
del suceso.
438
José Antonio Ramos Sucre
Las Ruinas
LAS RUINAS
Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre,
aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de
las paredes y de las ménsulas.
Sobre la maciza escalinata había corrido un
tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un
héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una
maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas
metálicas.
Yo visitaba, después de un decenio, el
palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a
raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la
roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso
había llegado a ser una cuesta difícil.
Yo me incliné delante de la imagen de un
santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y
bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban
hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora
adventicia.
Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer
la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo
de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.
Sus hojas amarillas y de un revés
grisáceo viraban al unísono del mar indolente y una de
ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de
fragancia las páginas de mi libro de Amadís.
Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre,
aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de
las paredes y de las ménsulas.
Sobre la maciza escalinata había corrido un
tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un
héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una
maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas
metálicas.
Yo visitaba, después de un decenio, el
palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a
raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la
roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso
había llegado a ser una cuesta difícil.
Yo me incliné delante de la imagen de un
santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y
bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban
hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora
adventicia.
Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer
la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo
de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.
Sus hojas amarillas y de un revés
grisáceo viraban al unísono del mar indolente y una de
ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de
fragancia las páginas de mi libro de Amadís.
453
José Antonio Ramos Sucre
Geórgica
GEÓRGICA
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
462
José Antonio Ramos Sucre
El Romance Del Bardo
EL ROMANCE DEL BARDO
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
450
José Antonio Ramos Sucre
El Romance Del Bardo
EL ROMANCE DEL BARDO
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
450
José Antonio Ramos Sucre
Fantasía De La Estación Adversa
FANTASÍA DE LA ESTACIÓN ADVERSA
El desfile de los días morosos, enlutados por
el invierno, visitados por la pesadumbre. Los pájaros del cielo,
emisarios de la tormenta, desbandados por la ventolera. La niebla
suspendida, de pies alados, esquivos del contacto de la tierra.
El palacio de los escombros fulminados sobresale en
la comarca ignota, orillas del mar de las aguas pesadas, y una selva le
cubre las espaldas.
El cortejo de los jóvenes alegres, venidos de
más allá del horizonte, profana cierto día las
salas y aposentos de la ruina feudal. Motejan las armas de la panoplia
antigua y su retozo descomunal despierta los ecos indignados.
Visitan la selva, donde cortan a raíz los
árboles macizos, reproduciendo a cada paso el derrumbe
estrepitoso de una torre, y componen esquife liviano, seguros de
continuar, por nuevos caminos, su peregrinación bulliciosa.
Partieron entre canciones volanderas, señal
de su humor desprevenido, a la exploración del mar
enigmático, y perecieron náufragos en sus aguas pesadas,
antes de comunicar el descubrimiento del palacio fatal.
El desfile de los días morosos, enlutados por
el invierno, visitados por la pesadumbre. Los pájaros del cielo,
emisarios de la tormenta, desbandados por la ventolera. La niebla
suspendida, de pies alados, esquivos del contacto de la tierra.
El palacio de los escombros fulminados sobresale en
la comarca ignota, orillas del mar de las aguas pesadas, y una selva le
cubre las espaldas.
El cortejo de los jóvenes alegres, venidos de
más allá del horizonte, profana cierto día las
salas y aposentos de la ruina feudal. Motejan las armas de la panoplia
antigua y su retozo descomunal despierta los ecos indignados.
Visitan la selva, donde cortan a raíz los
árboles macizos, reproduciendo a cada paso el derrumbe
estrepitoso de una torre, y componen esquife liviano, seguros de
continuar, por nuevos caminos, su peregrinación bulliciosa.
Partieron entre canciones volanderas, señal
de su humor desprevenido, a la exploración del mar
enigmático, y perecieron náufragos en sus aguas pesadas,
antes de comunicar el descubrimiento del palacio fatal.
469
José Antonio Ramos Sucre
El Avenimiento De Sagitario
EL AVENIMIENTO DE SAGITARIO
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
452
José Antonio Ramos Sucre
El Avenimiento De Sagitario
EL AVENIMIENTO DE SAGITARIO
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
452
José Antonio Ramos Sucre
Cuento Desvariado
CUENTO DESVARIADO
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
492
José Antonio Ramos Sucre
El Cruzado
EL CRUZADO
Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.
De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.
Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.
Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.
Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.
El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.
Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.
Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.
La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.
Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.
Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.
Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.
Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.
De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.
Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.
Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.
Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.
El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.
Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.
Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.
La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.
Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.
Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.
Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.
514
José Antonio Ramos Sucre
El Aventurero
EL AVENTURERO
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
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José Antonio Ramos Sucre
El Aventurero
EL AVENTURERO
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
845
José Antonio Ramos Sucre
El Viaje De Himilcón
EL VIAJE DE HIMILCÓN
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
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