Poemas en este tema
Sociedad y el Mundo
José Antonio Ramos Sucre
El Viaje De Himilcón
EL VIAJE DE HIMILCÓN
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
470
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad
LA CIUDAD
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
516
José Antonio Ramos Sucre
La Peregrina De La Selva Profética
LA PEREGRINA DE LA SELVA PROFÉTICA
La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.
La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.
Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.
El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.
El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.
La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.
La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.
Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.
El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.
El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.
497
José Antonio Ramos Sucre
Renacentista
RENACENTISTA
La veneciana altiva de tez nevada, escucha las
barcarolas desde la azotea de su mansión bizantina. Mira la
tarde fantástica, de celajes dispersos, semejanza de tesoros
volcados sobre el piso de un palacio roto a la fuerza. Un soplo del mar
desata los cabellos de luz sobre la veste azul y le besa el rostro
mortificado.
Defiende a veces con la diestra los ojos
deslumbrados, adornándose con el atributo de una ceguedad
temprana y divinatoria, y la breve sombra de la mano aumenta la
dignidad de la faz muda.
La mujer nota el arribo de las galeras alegres,
ostentosas de blasones dominantes, animadas con el atavío de las
banderolas triangulares y volubles. Vienen de visitar naciones
índicas, de alma sinuosa, de prosperidad inficionada, sujetas a
la voluntad de reyes disipados.
Reconoce a los vencedores del mar fluctuoso,
deshecho en montes, marinos prendados de constelaciones hechiceras,
rescatados y salvados por algún vuelo de aves de vida
continental; y desadvierte la hazaña de la juventud aguerrida,
de fuerza probada en el océano patente.
La virgen refractaria condena las mercedes de la
fama, siguiendo la voz de un orgullo terminante. Conoce las ideas de su
tiempo, recreo de un ideal soberbio, enemigo de la fe tradicional.
Resume el infortunio de su casta, de porte senatorial, extinguida bajo
la saña de una facción victoriosa, y oculta su vida y su
nombre en la morada bizantina, arruinada secretamente por el mar,
celador previsto de su lápida.
La veneciana altiva de tez nevada, escucha las
barcarolas desde la azotea de su mansión bizantina. Mira la
tarde fantástica, de celajes dispersos, semejanza de tesoros
volcados sobre el piso de un palacio roto a la fuerza. Un soplo del mar
desata los cabellos de luz sobre la veste azul y le besa el rostro
mortificado.
Defiende a veces con la diestra los ojos
deslumbrados, adornándose con el atributo de una ceguedad
temprana y divinatoria, y la breve sombra de la mano aumenta la
dignidad de la faz muda.
La mujer nota el arribo de las galeras alegres,
ostentosas de blasones dominantes, animadas con el atavío de las
banderolas triangulares y volubles. Vienen de visitar naciones
índicas, de alma sinuosa, de prosperidad inficionada, sujetas a
la voluntad de reyes disipados.
Reconoce a los vencedores del mar fluctuoso,
deshecho en montes, marinos prendados de constelaciones hechiceras,
rescatados y salvados por algún vuelo de aves de vida
continental; y desadvierte la hazaña de la juventud aguerrida,
de fuerza probada en el océano patente.
La virgen refractaria condena las mercedes de la
fama, siguiendo la voz de un orgullo terminante. Conoce las ideas de su
tiempo, recreo de un ideal soberbio, enemigo de la fe tradicional.
Resume el infortunio de su casta, de porte senatorial, extinguida bajo
la saña de una facción victoriosa, y oculta su vida y su
nombre en la morada bizantina, arruinada secretamente por el mar,
celador previsto de su lápida.
403
José Antonio Ramos Sucre
Siglo De Oro
SIGLO DE ORO
El caballero sale de la iglesia a paso largo. Saluda
con gentil mesura a las señoras, abreviando ceremonias y
cumplimientos. Aprueba sus galas y las declara acordes con la belleza
descaecida.
Del río, avizor de la mañana y espejo
de sus luces, sopla un viento alado y correntón. Mece los
sauces, y penetra las calles solas, alzando torbellinos de polvo.
El caballero se retira a su casa desierta. Depone el
sombrero y la recorre lentamente, ensimismado en la meditación.
Apunta y considera los asomos de la vejez.
Los suyos se extinguieron en la contemplación
o se perdieron en la aventura. Él mismo llega de ejecutar
bizarrías en aguas levantinas. Decanta su juventud fanfarrona en
las urbes y cortes italianas.
Junta con la devoción una sabiduría
alegre, una sagacidad de caminante, allegada de tantas ocasiones y
lances.
El caballero se sienta a una mesa. Escucha, a
través de las letras contemporáneas, la voz jocunda de
las musas sicilianas. Pone por escrito una historia festiva, donde
personas de calidad, seguidas de su servidumbre, adoptan, por
entretenimiento y en un retiro voluntario, las costumbres de sus
campesinos.
El caballero finge discursos y controversias, dejos
y memorias del aula, referentes a la desazón amorosa.
Administra la ventura y el contratiempo, socorros de
la casualidad, y conduce dos fábulas parejas hasta su desenlace,
en las bodas simultáneas de amos y criados.
El caballero sale de la iglesia a paso largo. Saluda
con gentil mesura a las señoras, abreviando ceremonias y
cumplimientos. Aprueba sus galas y las declara acordes con la belleza
descaecida.
Del río, avizor de la mañana y espejo
de sus luces, sopla un viento alado y correntón. Mece los
sauces, y penetra las calles solas, alzando torbellinos de polvo.
El caballero se retira a su casa desierta. Depone el
sombrero y la recorre lentamente, ensimismado en la meditación.
Apunta y considera los asomos de la vejez.
Los suyos se extinguieron en la contemplación
o se perdieron en la aventura. Él mismo llega de ejecutar
bizarrías en aguas levantinas. Decanta su juventud fanfarrona en
las urbes y cortes italianas.
Junta con la devoción una sabiduría
alegre, una sagacidad de caminante, allegada de tantas ocasiones y
lances.
El caballero se sienta a una mesa. Escucha, a
través de las letras contemporáneas, la voz jocunda de
las musas sicilianas. Pone por escrito una historia festiva, donde
personas de calidad, seguidas de su servidumbre, adoptan, por
entretenimiento y en un retiro voluntario, las costumbres de sus
campesinos.
El caballero finge discursos y controversias, dejos
y memorias del aula, referentes a la desazón amorosa.
Administra la ventura y el contratiempo, socorros de
la casualidad, y conduce dos fábulas parejas hasta su desenlace,
en las bodas simultáneas de amos y criados.
458
José Antonio Ramos Sucre
La Resipisencia De Fausto
LA RESIPISENCIA DE FAUSTO
Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.
Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.
Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.
Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.
Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.
Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.
Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.
Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.
Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.
Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.
439
José Antonio Ramos Sucre
El Rezagado
EL REZAGADO
La tempestad invade la noche. El viento imita los
resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua
barre los canales del tejado.
He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la
calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un
panorama blanco.
Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando
el sueño de la tierra.
Mis compañeros, avezados al trajín de
estepas y desiertos, me abandonaron pérfidamente en esta aldea,
etapa de jornada arriesgada. Rehusaron admitirme al aprovechamiento de
sus riquezas, guardando para sí solos el secreto de sus metales
y piedras. Mentaban un lago verde y salobre, escondido en una selva de
pinos, amenazada por la brumazón.
La aldea es el campamento de una banda feroz.
Hombres de tez amarillenta circulan inquietos, la espada en el
puño, calado el sombrero cónico.
Aliento la esperanza de volver a mi suelo
meridional, ceca del mar bruñido por el sol.
He tratado mi fuga con un hombre menesteroso, de la
aviltada raza aborigen.
Ofrece conducirme por caminos desusados, a espaldas
de salteadores homicidas.
Él y yo escaparemos definitivamente de este
lugar, donde las víctimas escarpiadas invitan las aves de
rapiña, criadas entre las nubes torvas.
La tempestad invade la noche. El viento imita los
resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua
barre los canales del tejado.
He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la
calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un
panorama blanco.
Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando
el sueño de la tierra.
Mis compañeros, avezados al trajín de
estepas y desiertos, me abandonaron pérfidamente en esta aldea,
etapa de jornada arriesgada. Rehusaron admitirme al aprovechamiento de
sus riquezas, guardando para sí solos el secreto de sus metales
y piedras. Mentaban un lago verde y salobre, escondido en una selva de
pinos, amenazada por la brumazón.
La aldea es el campamento de una banda feroz.
Hombres de tez amarillenta circulan inquietos, la espada en el
puño, calado el sombrero cónico.
Aliento la esperanza de volver a mi suelo
meridional, ceca del mar bruñido por el sol.
He tratado mi fuga con un hombre menesteroso, de la
aviltada raza aborigen.
Ofrece conducirme por caminos desusados, a espaldas
de salteadores homicidas.
Él y yo escaparemos definitivamente de este
lugar, donde las víctimas escarpiadas invitan las aves de
rapiña, criadas entre las nubes torvas.
473
José Antonio Ramos Sucre
El Rezagado
EL REZAGADO
La tempestad invade la noche. El viento imita los
resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua
barre los canales del tejado.
He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la
calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un
panorama blanco.
Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando
el sueño de la tierra.
Mis compañeros, avezados al trajín de
estepas y desiertos, me abandonaron pérfidamente en esta aldea,
etapa de jornada arriesgada. Rehusaron admitirme al aprovechamiento de
sus riquezas, guardando para sí solos el secreto de sus metales
y piedras. Mentaban un lago verde y salobre, escondido en una selva de
pinos, amenazada por la brumazón.
La aldea es el campamento de una banda feroz.
Hombres de tez amarillenta circulan inquietos, la espada en el
puño, calado el sombrero cónico.
Aliento la esperanza de volver a mi suelo
meridional, ceca del mar bruñido por el sol.
He tratado mi fuga con un hombre menesteroso, de la
aviltada raza aborigen.
Ofrece conducirme por caminos desusados, a espaldas
de salteadores homicidas.
Él y yo escaparemos definitivamente de este
lugar, donde las víctimas escarpiadas invitan las aves de
rapiña, criadas entre las nubes torvas.
La tempestad invade la noche. El viento imita los
resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua
barre los canales del tejado.
He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la
calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un
panorama blanco.
Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando
el sueño de la tierra.
Mis compañeros, avezados al trajín de
estepas y desiertos, me abandonaron pérfidamente en esta aldea,
etapa de jornada arriesgada. Rehusaron admitirme al aprovechamiento de
sus riquezas, guardando para sí solos el secreto de sus metales
y piedras. Mentaban un lago verde y salobre, escondido en una selva de
pinos, amenazada por la brumazón.
La aldea es el campamento de una banda feroz.
Hombres de tez amarillenta circulan inquietos, la espada en el
puño, calado el sombrero cónico.
Aliento la esperanza de volver a mi suelo
meridional, ceca del mar bruñido por el sol.
He tratado mi fuga con un hombre menesteroso, de la
aviltada raza aborigen.
Ofrece conducirme por caminos desusados, a espaldas
de salteadores homicidas.
Él y yo escaparemos definitivamente de este
lugar, donde las víctimas escarpiadas invitan las aves de
rapiña, criadas entre las nubes torvas.
473
José Antonio Ramos Sucre
El Tesoro De La Fuente Cegada
EL TESORO DE LA FUENTE CEGADA
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
561
José Antonio Ramos Sucre
El Rapto
EL RAPTO
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
486
José Antonio Ramos Sucre
Fulmen
FULMEN
Por los cristales viejos y manchados entra la luz a
la oficina de trabajo. Viene del cielo oscuro y nublado a este sitio de
orden severo y melancólico retiro. Queda suspensa, sin rozar la
tierra, como una aparición beatífica.
El rayo luminoso atravesó en su viaje el aire
húmedo y turbio. Parece llegar a los objetos que ilumina con
fatiga de enfermo. Diríase el dardo impotente del
homérico arco de Apolo. O más bien que pronostica la luz
futura del sol envejecido.
Mientras luce el desleído esplendor, bulle el
trabajo esforzado y afanoso. Las almas se comunican a través del
pesado silencio, la atención endurece el semblante, la tarea
apremia los brazos fuertes y las manos ágiles. Casi no alientan
los pechos animosos.
No hay tregua para la diversión ni el
pensamiento. El patrón quiere el mayor beneficio de sus
máquinas. Impone a sus hombres por única actitud la
espalda doblada del siervo. Guarda para ellos el recelo de un
cómitre a sus galeotes.
Insta a la hosca grey sin respetar su tedio por la
vida uniforme y estrecha. Irrita sus oprimidos anhelos, que alcanzan la
tensión de la nube gruesa. Reta al peligro hasta que ve la
muerte en la idea siniestra que exalta las lívidas frentes.
Siente la consternación del viajero ante el signo grave del
rayo, flagelo de áridas cimas.
Por los cristales viejos y manchados entra la luz a
la oficina de trabajo. Viene del cielo oscuro y nublado a este sitio de
orden severo y melancólico retiro. Queda suspensa, sin rozar la
tierra, como una aparición beatífica.
El rayo luminoso atravesó en su viaje el aire
húmedo y turbio. Parece llegar a los objetos que ilumina con
fatiga de enfermo. Diríase el dardo impotente del
homérico arco de Apolo. O más bien que pronostica la luz
futura del sol envejecido.
Mientras luce el desleído esplendor, bulle el
trabajo esforzado y afanoso. Las almas se comunican a través del
pesado silencio, la atención endurece el semblante, la tarea
apremia los brazos fuertes y las manos ágiles. Casi no alientan
los pechos animosos.
No hay tregua para la diversión ni el
pensamiento. El patrón quiere el mayor beneficio de sus
máquinas. Impone a sus hombres por única actitud la
espalda doblada del siervo. Guarda para ellos el recelo de un
cómitre a sus galeotes.
Insta a la hosca grey sin respetar su tedio por la
vida uniforme y estrecha. Irrita sus oprimidos anhelos, que alcanzan la
tensión de la nube gruesa. Reta al peligro hasta que ve la
muerte en la idea siniestra que exalta las lívidas frentes.
Siente la consternación del viajero ante el signo grave del
rayo, flagelo de áridas cimas.
412
José Antonio Ramos Sucre
Fulmen
FULMEN
Por los cristales viejos y manchados entra la luz a
la oficina de trabajo. Viene del cielo oscuro y nublado a este sitio de
orden severo y melancólico retiro. Queda suspensa, sin rozar la
tierra, como una aparición beatífica.
El rayo luminoso atravesó en su viaje el aire
húmedo y turbio. Parece llegar a los objetos que ilumina con
fatiga de enfermo. Diríase el dardo impotente del
homérico arco de Apolo. O más bien que pronostica la luz
futura del sol envejecido.
Mientras luce el desleído esplendor, bulle el
trabajo esforzado y afanoso. Las almas se comunican a través del
pesado silencio, la atención endurece el semblante, la tarea
apremia los brazos fuertes y las manos ágiles. Casi no alientan
los pechos animosos.
No hay tregua para la diversión ni el
pensamiento. El patrón quiere el mayor beneficio de sus
máquinas. Impone a sus hombres por única actitud la
espalda doblada del siervo. Guarda para ellos el recelo de un
cómitre a sus galeotes.
Insta a la hosca grey sin respetar su tedio por la
vida uniforme y estrecha. Irrita sus oprimidos anhelos, que alcanzan la
tensión de la nube gruesa. Reta al peligro hasta que ve la
muerte en la idea siniestra que exalta las lívidas frentes.
Siente la consternación del viajero ante el signo grave del
rayo, flagelo de áridas cimas.
Por los cristales viejos y manchados entra la luz a
la oficina de trabajo. Viene del cielo oscuro y nublado a este sitio de
orden severo y melancólico retiro. Queda suspensa, sin rozar la
tierra, como una aparición beatífica.
El rayo luminoso atravesó en su viaje el aire
húmedo y turbio. Parece llegar a los objetos que ilumina con
fatiga de enfermo. Diríase el dardo impotente del
homérico arco de Apolo. O más bien que pronostica la luz
futura del sol envejecido.
Mientras luce el desleído esplendor, bulle el
trabajo esforzado y afanoso. Las almas se comunican a través del
pesado silencio, la atención endurece el semblante, la tarea
apremia los brazos fuertes y las manos ágiles. Casi no alientan
los pechos animosos.
No hay tregua para la diversión ni el
pensamiento. El patrón quiere el mayor beneficio de sus
máquinas. Impone a sus hombres por única actitud la
espalda doblada del siervo. Guarda para ellos el recelo de un
cómitre a sus galeotes.
Insta a la hosca grey sin respetar su tedio por la
vida uniforme y estrecha. Irrita sus oprimidos anhelos, que alcanzan la
tensión de la nube gruesa. Reta al peligro hasta que ve la
muerte en la idea siniestra que exalta las lívidas frentes.
Siente la consternación del viajero ante el signo grave del
rayo, flagelo de áridas cimas.
412
José Antonio Ramos Sucre
La Venganza Del Dios
LA VENGANZA DEL DIOS
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
743
José Antonio Ramos Sucre
La Venganza Del Dios
LA VENGANZA DEL DIOS
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
743
José Antonio Ramos Sucre
El Retorno
EL RETORNO
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
586
José Antonio Ramos Sucre
El Episodio Del Nostálgico
EL EPISODIO DEL NOSTÁLGICO
Siento, asomado a la ventana, la imagen asidua de la patria.
La nieve esmalta la ciudad extranjera.
La luna prende un fanal en el tope de cada torre.
Las aves procelarias descansan del océano, vestidas de edredón.
Protejo, desde ayer, a la huérfana del caballero taciturno, de origen ignorado.
Refiere sobresaltos y peligros, fugas improvisas sobre caballos asustados y en barcos náufragos. Añade observaciones
singulares, indicio de una inteligencia acelerada por la calamidad.
Duda si era su padre el caballero difunto.
Nunca lo vio sonreír.
Sacaba, a veces, un medallón vacío.
Miraba ansiosamente el reloj de hechura antigua, de campanada puntual.
Nadie consigue entender el mecanismo.
He espantado, de su seno, las mariposas negras del presagio.
Siento, asomado a la ventana, la imagen asidua de la patria.
La nieve esmalta la ciudad extranjera.
La luna prende un fanal en el tope de cada torre.
Las aves procelarias descansan del océano, vestidas de edredón.
Protejo, desde ayer, a la huérfana del caballero taciturno, de origen ignorado.
Refiere sobresaltos y peligros, fugas improvisas sobre caballos asustados y en barcos náufragos. Añade observaciones
singulares, indicio de una inteligencia acelerada por la calamidad.
Duda si era su padre el caballero difunto.
Nunca lo vio sonreír.
Sacaba, a veces, un medallón vacío.
Miraba ansiosamente el reloj de hechura antigua, de campanada puntual.
Nadie consigue entender el mecanismo.
He espantado, de su seno, las mariposas negras del presagio.
448
José Antonio Ramos Sucre
Lección Bíblica
LECCIÓN BÍBLICA
Podría fingirse el aspecto de Moisés
con sólo recordar los días de la historia en que
prevalece su autoridad y subyuga su elocuencia. Varón de digno
porte y entera energía debió de ser en medio de su pueblo
ingrato. La majestad de su misión no mermaba con la pobreza de
su traje sencillo, el que visten de ordinario los hijos peregrinos del
desierto, el grueso vestido talar ceñido con una correa a la
cintura. Ni lo santo de su empresa padecía con la oscuridad de
su vida azarosa. Antes bien, los altibajos de su carrera
conducían a probar el favor divino que resguardaba su persona y
que legitimaba su lenguaje de entonación imperativa y audaz.
A toda hora deduce fuerza de la voz soberana que
domina el aparato alucinante de las zarzas y montañas
incendiadas. De ella escucha el precepto legal saludable que conviene a
cualquier tiempo y lugar, y recoge asombrado la historia primitiva del
universo. De igual origen viene la inspiración que lo posee y
levanta con vuelo inaudito. Así pudo elevarse a la dignidad de
interlocutores y de temas extraordinarios. Ni se concibe que de otro
modo hubiera serenado a su pueblo numeroso y turbulento cual la
abrasada arena de su senda. Ni reducido al propio ingenio pudo inventar
la serie desconcertante de prodigios, volcando sobre el reino del
soberbio la repleta cornucopia de los males.
El legislador de faz radiosa en cuya frente erige
Miguel Ángel los cuernos augustos de la fuerza. Logra disponer
en torno de la divinidad única un sistema de verdades
presentidas, consuela el clamor de aspiraciones difusas, y no olvida el
deber de la actividad despierta. No surge de su altar aquella
sugestión pesimista que petrifica los pueblos más viejos
del mismo continente, y que ha sido par el esclavo indocto el
más atroz fermento de su humor absurdo. Desnuda la torpeza de
las civilizaciones réprobas y el deshonor de los esclavos
mustios, y expande el ígneo espíritu civil que fragua las
sociedades libres. Surte de raudales eternos la moral de los hombres, y
arrulla el sueño de sus caravanas con las harpas de una
angélica aleluya.
Podría fingirse el aspecto de Moisés
con sólo recordar los días de la historia en que
prevalece su autoridad y subyuga su elocuencia. Varón de digno
porte y entera energía debió de ser en medio de su pueblo
ingrato. La majestad de su misión no mermaba con la pobreza de
su traje sencillo, el que visten de ordinario los hijos peregrinos del
desierto, el grueso vestido talar ceñido con una correa a la
cintura. Ni lo santo de su empresa padecía con la oscuridad de
su vida azarosa. Antes bien, los altibajos de su carrera
conducían a probar el favor divino que resguardaba su persona y
que legitimaba su lenguaje de entonación imperativa y audaz.
A toda hora deduce fuerza de la voz soberana que
domina el aparato alucinante de las zarzas y montañas
incendiadas. De ella escucha el precepto legal saludable que conviene a
cualquier tiempo y lugar, y recoge asombrado la historia primitiva del
universo. De igual origen viene la inspiración que lo posee y
levanta con vuelo inaudito. Así pudo elevarse a la dignidad de
interlocutores y de temas extraordinarios. Ni se concibe que de otro
modo hubiera serenado a su pueblo numeroso y turbulento cual la
abrasada arena de su senda. Ni reducido al propio ingenio pudo inventar
la serie desconcertante de prodigios, volcando sobre el reino del
soberbio la repleta cornucopia de los males.
El legislador de faz radiosa en cuya frente erige
Miguel Ángel los cuernos augustos de la fuerza. Logra disponer
en torno de la divinidad única un sistema de verdades
presentidas, consuela el clamor de aspiraciones difusas, y no olvida el
deber de la actividad despierta. No surge de su altar aquella
sugestión pesimista que petrifica los pueblos más viejos
del mismo continente, y que ha sido par el esclavo indocto el
más atroz fermento de su humor absurdo. Desnuda la torpeza de
las civilizaciones réprobas y el deshonor de los esclavos
mustios, y expande el ígneo espíritu civil que fragua las
sociedades libres. Surte de raudales eternos la moral de los hombres, y
arrulla el sueño de sus caravanas con las harpas de una
angélica aleluya.
441
José Antonio Ramos Sucre
La Tribulación Del Novicio
LA TRIBULACIÓN DEL NOVICIO
Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.
Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.
No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.
Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.
Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.
No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.
442
José Antonio Ramos Sucre
Elogio De La Soledad
ELOGIO DE LA SOLEDAD
Prebenda del cobarde y del indiferente reputan
algunos la soledad, oponiéndose al criterio de los santos que
renegaron del mundo y que en ella tuvieron escala de perfección
y puerto de ventura. En la disputa acreditan superior sabiduría
los autores de la opinión ascética. Siempre será
necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados
por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único
refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados
con el progreso. Demasiado altos para el egoísmo, no le obedecen
muchos que se apartan de sus semejantes. Opuesta causa favorece a
menudo tal resolución, porque así la invocaba un hombre
en su descargo:
La indiferencia no mancilla mi vida solitaria; los
dolores pasados y presentes me conmueven; me he sentido prisionero en
las ergástulas; he vacilado con los ilotas ebrios para inspirar
amor a la templanza; me sonrojo de afrentosas esclavitudes; me lastima
la melancolía invencible de las razas vencidas. Los hombres
cautivos de la barbarie musulmana, los judíos perseguidos en
Rusia, los miserables hacinados en la noche como muertos en la ciudad
del Támesis, son mis hermanos y los amo. Tomo el
periódico, no como el rentista para tener noticias de su
fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la
humanidad. No rehúyo mi deber de centinela de cuanto es
débil y es bello, retirándome a la celda del estudio; yo
soy el amigo de los paladines que buscaron vanamente la muerte en el
riesgo de la última batalla larga y desgraciada, y es mi
recuerdo desamparado ciprés sobre la fosa de los héroes
anónimos. No me avergüenzo de homenajes caballerescos ni de
galanterías anticuadas, ni me abstengo de recoger en el lodo del
vicio la desprendida perla de rocío. Evito los abismos paralelos
de la carne y de la muerte, recreándome con el afecto puro de la
gloria; de noche en sueños oigo sus promesas y estoy, por
milagro de ese amor, tan libre de lazos terrenales como aquel
místico al saberse amado por la madre de Jesús. La
historia me ha dicho que en la Edad Media las almas nobles se
extinguieron todas en los claustros, y que a los malvados quedó
el dominio y población del mundo; y la experiencia, que confirma
esta enseñanza, al darme prueba de la veracidad de Cervantes que
hizo estéril a su héroe, me fuerza a la imitación
del Sol, único, generoso y soberbio.
Así defendía la soledad uno, cuyo
afligido espíritu era tan sensible, que podía servirle de
imagen un lago acorde hasta con la más tenue aura, y en cuyo
seno se prolongaran todos los ruidos, hasta sonar recónditos.
Prebenda del cobarde y del indiferente reputan
algunos la soledad, oponiéndose al criterio de los santos que
renegaron del mundo y que en ella tuvieron escala de perfección
y puerto de ventura. En la disputa acreditan superior sabiduría
los autores de la opinión ascética. Siempre será
necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados
por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único
refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados
con el progreso. Demasiado altos para el egoísmo, no le obedecen
muchos que se apartan de sus semejantes. Opuesta causa favorece a
menudo tal resolución, porque así la invocaba un hombre
en su descargo:
La indiferencia no mancilla mi vida solitaria; los
dolores pasados y presentes me conmueven; me he sentido prisionero en
las ergástulas; he vacilado con los ilotas ebrios para inspirar
amor a la templanza; me sonrojo de afrentosas esclavitudes; me lastima
la melancolía invencible de las razas vencidas. Los hombres
cautivos de la barbarie musulmana, los judíos perseguidos en
Rusia, los miserables hacinados en la noche como muertos en la ciudad
del Támesis, son mis hermanos y los amo. Tomo el
periódico, no como el rentista para tener noticias de su
fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la
humanidad. No rehúyo mi deber de centinela de cuanto es
débil y es bello, retirándome a la celda del estudio; yo
soy el amigo de los paladines que buscaron vanamente la muerte en el
riesgo de la última batalla larga y desgraciada, y es mi
recuerdo desamparado ciprés sobre la fosa de los héroes
anónimos. No me avergüenzo de homenajes caballerescos ni de
galanterías anticuadas, ni me abstengo de recoger en el lodo del
vicio la desprendida perla de rocío. Evito los abismos paralelos
de la carne y de la muerte, recreándome con el afecto puro de la
gloria; de noche en sueños oigo sus promesas y estoy, por
milagro de ese amor, tan libre de lazos terrenales como aquel
místico al saberse amado por la madre de Jesús. La
historia me ha dicho que en la Edad Media las almas nobles se
extinguieron todas en los claustros, y que a los malvados quedó
el dominio y población del mundo; y la experiencia, que confirma
esta enseñanza, al darme prueba de la veracidad de Cervantes que
hizo estéril a su héroe, me fuerza a la imitación
del Sol, único, generoso y soberbio.
Así defendía la soledad uno, cuyo
afligido espíritu era tan sensible, que podía servirle de
imagen un lago acorde hasta con la más tenue aura, y en cuyo
seno se prolongaran todos los ruidos, hasta sonar recónditos.
519
Juan Ramón Jiménez
Voces De Mi Copla - V - Vivo Y Muerto
Tierra, tierra, tierra, tierra.
Y ahora yo, yo, yo, yo.
¡Cielo puro, día libre,
sostenedme en mi ilusión!
Y ahora yo, yo, yo, yo.
¡Cielo puro, día libre,
sostenedme en mi ilusión!
798
Juan Ramón Jiménez
El Ser Uno
Que nada me invada de fuera,
que sólo me escuche yo dentro.
Yo dios
de mi pecho.
(Yo todo: poniente y aurora;
amor, amistad, vida y sueño.
Yo solo
universo).
Pasad, no penséis en mi vida,
dejadme sumido y esbelto.
Yo uno
en mi centro.
que sólo me escuche yo dentro.
Yo dios
de mi pecho.
(Yo todo: poniente y aurora;
amor, amistad, vida y sueño.
Yo solo
universo).
Pasad, no penséis en mi vida,
dejadme sumido y esbelto.
Yo uno
en mi centro.
550
Juan Ramón Jiménez
Con Las Rosas
No, esta dulce tarde
no puedo quedarme;
esta tarde libre
tengo que irme al aire.
Al aire que ríe
abriendo los árboles,
amores a miles,
profundo, ondeante.
Me esperan las rosas
bañando su carne.
¡No me claves fines;
no quiero quedarme!
no puedo quedarme;
esta tarde libre
tengo que irme al aire.
Al aire que ríe
abriendo los árboles,
amores a miles,
profundo, ondeante.
Me esperan las rosas
bañando su carne.
¡No me claves fines;
no quiero quedarme!
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