Poemas en este tema
Sociedad y el Mundo
Juan Pablo Forner y Segarra
Madrid
Esta es la villa, Coridón, famosa
que bañada del breve Manzanares
leyes impone a los soberbios mares
y en otro mundo impera poderosa.
Aquí la religión, zagal, reposa
rica en ofrendas, fértil en altares;
en las calles los hallas a millares;
no hay portal sin imagen milagrosa.
Y por que más la devoción entiendas
de este piadoso pueblo, a cada mano
ves presidir los santos en las tiendas.
Y dime, Coridón: ¿es buen cristiano
pueblo que al cielo da tantas ofrendas?
Eso yo no lo sé, cabrero hermano.
que bañada del breve Manzanares
leyes impone a los soberbios mares
y en otro mundo impera poderosa.
Aquí la religión, zagal, reposa
rica en ofrendas, fértil en altares;
en las calles los hallas a millares;
no hay portal sin imagen milagrosa.
Y por que más la devoción entiendas
de este piadoso pueblo, a cada mano
ves presidir los santos en las tiendas.
Y dime, Coridón: ¿es buen cristiano
pueblo que al cielo da tantas ofrendas?
Eso yo no lo sé, cabrero hermano.
501
Juan Pablo Forner y Segarra
Desordenado En Desaliño Airoso
Desordenado en desaliño airoso
Al bullicioso céfiro permite
Nisa el cabello, porque no limite
Su nativo esplendor lazo industrioso.
Velo sutil sobre su pecho hermoso
Al gusto esconde lo que al gusto incite,
Ni tanto que el tesoro facilite,
Ni tanto que de él dude el ojo asiento *
Así en traje sucinto reclinada
En alcatifas de violetas yace
Su gentileza y gala peregrina.
Llega su esposo, vela acongojada,
Le halaga: Oro le pide: él se deshace:
Cobra el oro, y a Alexis le destina.
Al bullicioso céfiro permite
Nisa el cabello, porque no limite
Su nativo esplendor lazo industrioso.
Velo sutil sobre su pecho hermoso
Al gusto esconde lo que al gusto incite,
Ni tanto que el tesoro facilite,
Ni tanto que de él dude el ojo asiento *
Así en traje sucinto reclinada
En alcatifas de violetas yace
Su gentileza y gala peregrina.
Llega su esposo, vela acongojada,
Le halaga: Oro le pide: él se deshace:
Cobra el oro, y a Alexis le destina.
394
Juan Pablo Forner y Segarra
Pequeñez De Las Grandezas Humanas
Salgo del Betis a la ondosa orilla
cuando traslada el sol su nácar puro
al polo opuesto, y en el cielo obscuro
la luna ya majestüosa brilla.
Entre la opaca luz su honor humilla
la soberbia Ciudad, y el roto muro
que al rigor de los siglos mal seguro
reliquia funeral ciñe a Sevilla.
Pierde en la sombra su grandeza ufana
la altiva población y sus despojos *
lúgubres se divisan y espantables.
Fía, Licino, en la grandeza humana,
contémplala en la noche de sus gozos, *
y los verás medrosos miserables.
cuando traslada el sol su nácar puro
al polo opuesto, y en el cielo obscuro
la luna ya majestüosa brilla.
Entre la opaca luz su honor humilla
la soberbia Ciudad, y el roto muro
que al rigor de los siglos mal seguro
reliquia funeral ciñe a Sevilla.
Pierde en la sombra su grandeza ufana
la altiva población y sus despojos *
lúgubres se divisan y espantables.
Fía, Licino, en la grandeza humana,
contémplala en la noche de sus gozos, *
y los verás medrosos miserables.
432
Juan Pablo Forner y Segarra
El Servicio Inútil
Ya silva el viento en la nevada cumbre,
y al soplo impetuoso la cabaña
vacila del zagal, que en frágil caña
con paja entretejió flaca techumbre.
Y Bato el mayoral sin pesadumbre,
aunque su grey del aquilón la saña
siente y parece, con paciencia extraña
huelga al calor de regalada lumbre.
El mísero zagal, humedecido
de helada nieve, por salvar se afana
la grey no suya en el pelado ejido.—
Zagal, reposa: tu fatiga es vana.
Su hacienda el mayoral tiene en olvido,
y ni a acordarse de tu afán se humana.
y al soplo impetuoso la cabaña
vacila del zagal, que en frágil caña
con paja entretejió flaca techumbre.
Y Bato el mayoral sin pesadumbre,
aunque su grey del aquilón la saña
siente y parece, con paciencia extraña
huelga al calor de regalada lumbre.
El mísero zagal, humedecido
de helada nieve, por salvar se afana
la grey no suya en el pelado ejido.—
Zagal, reposa: tu fatiga es vana.
Su hacienda el mayoral tiene en olvido,
y ni a acordarse de tu afán se humana.
476
Juan Meléndez Valdés
Oda Li De Mis Versos
«Dicen que alegre canto
tan amorosos versos,
cual nuestros viejos tristes
nunca cantar supieron.
»Pero yo, que sin sustos
pretensiones ni pleitos
vivo siempre entre danzas
retozando y bebiendo,
»¿puedo acaso afligirme?
¿Pueden mis dulces metros
no sacar los ardores
de Cupido y Lïeo?
»¿Por qué los que me culpan,
de vil codicia ciegos
inicuos atesoran
y gozan con recelo?
»¿Por qué en fatal envidia
hierven y horror sus pechos,
cuando riente el mío
nada en genial contento?
»¿Por qué afanados velan
mientras que en paz yo duermo,
tras el fugaz fantasma
de la ambición corriendo?
»Bien por mí seguir puede
cada cual su deseo,
pero yo antes que al oro
a los brindis me atengo,
»y antes que a negras iras
o a deleznables puestos,
a delicias y gozos
libre daré mi pecho.
»Vengan, pues, vino y rosas,
que mejor que no duelos
son los sorbos süaves
con que alegre enloquezco».
Así a Dorila dije,
que festiva al momento
me dio llena otra copa
gustándola primero.
Y entre mimos y risas
con semblante halagüeño
respondiome: «¿Qué temes
la grita de los viejos?
»Bebamos si nos riñen,
bebamos y bailemos,
que de tus versos dulces
yo sola juzgar debo».
tan amorosos versos,
cual nuestros viejos tristes
nunca cantar supieron.
»Pero yo, que sin sustos
pretensiones ni pleitos
vivo siempre entre danzas
retozando y bebiendo,
»¿puedo acaso afligirme?
¿Pueden mis dulces metros
no sacar los ardores
de Cupido y Lïeo?
»¿Por qué los que me culpan,
de vil codicia ciegos
inicuos atesoran
y gozan con recelo?
»¿Por qué en fatal envidia
hierven y horror sus pechos,
cuando riente el mío
nada en genial contento?
»¿Por qué afanados velan
mientras que en paz yo duermo,
tras el fugaz fantasma
de la ambición corriendo?
»Bien por mí seguir puede
cada cual su deseo,
pero yo antes que al oro
a los brindis me atengo,
»y antes que a negras iras
o a deleznables puestos,
a delicias y gozos
libre daré mi pecho.
»Vengan, pues, vino y rosas,
que mejor que no duelos
son los sorbos süaves
con que alegre enloquezco».
Así a Dorila dije,
que festiva al momento
me dio llena otra copa
gustándola primero.
Y entre mimos y risas
con semblante halagüeño
respondiome: «¿Qué temes
la grita de los viejos?
»Bebamos si nos riñen,
bebamos y bailemos,
que de tus versos dulces
yo sola juzgar debo».
524
Juan Meléndez Valdés
Oda Xl De Mi Vida En La Aldea
Cuando a mi pobre aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,
alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.
Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.
Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.
Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.
Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.
Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;
si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;
o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,
volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.
Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;
y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.
El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.
Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.
Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.
Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,
y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.
Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,
alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.
Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.
Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.
Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.
Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.
Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;
si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;
o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,
volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.
Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;
y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.
El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.
Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.
Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.
Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,
y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.
Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.
722
Juan Meléndez Valdés
Oda Xl De Mi Vida En La Aldea
Cuando a mi pobre aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,
alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.
Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.
Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.
Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.
Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.
Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;
si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;
o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,
volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.
Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;
y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.
El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.
Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.
Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.
Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,
y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.
Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,
alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.
Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.
Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.
Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.
Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.
Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;
si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;
o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,
volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.
Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;
y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.
El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.
Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.
Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.
Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,
y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.
Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.
722
Juan Meléndez Valdés
Oda Xxxv De Mis Deseos
¿Qué te pide el poeta?
di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?
No que le des riquezas
que avaros le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen:
no grandes heredades,
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadiana ciñe;
ni menos de las Indias
el oro y los marfiles,
preciosas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.
Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
aplausos el felice.
Y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
sediento de oro vaga,
cuando la playa pise;
con generosos vinos
a sus amigos brine
en la dorada copa
que su opulencia indique.
Que yo en mi pobre estado,
y en mi estrechez humilde
con poco me contento,
pues con poco se vive.
Así te pido sólo
que en bailes y convites
mis dulces años corran
de amor en blandas lides:
Sin que a ninguno tema,
sin que a ninguno envidie,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.
di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?
No que le des riquezas
que avaros le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen:
no grandes heredades,
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadiana ciñe;
ni menos de las Indias
el oro y los marfiles,
preciosas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.
Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
aplausos el felice.
Y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
sediento de oro vaga,
cuando la playa pise;
con generosos vinos
a sus amigos brine
en la dorada copa
que su opulencia indique.
Que yo en mi pobre estado,
y en mi estrechez humilde
con poco me contento,
pues con poco se vive.
Así te pido sólo
que en bailes y convites
mis dulces años corran
de amor en blandas lides:
Sin que a ninguno tema,
sin que a ninguno envidie,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.
569
Juan Meléndez Valdés
Oda X De Las Riquezas
Ya de mis verdes años
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
524
Juan Meléndez Valdés
Oda X De Las Riquezas
Ya me [he] mis dulces años
como un alegre sueño
veintitrés han volado
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que vuelvan un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecer a costa
de la salud y el sueño?
Si más alegre vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
metiera yo en mi pecho;
buscáralo ¡ay! entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
como un alegre sueño
veintitrés han volado
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que vuelvan un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecer a costa
de la salud y el sueño?
Si más alegre vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
metiera yo en mi pecho;
buscáralo ¡ay! entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
489
Juan Meléndez Valdés
Oda X De Las Riquezas
Ya me [he] mis dulces años
como un alegre sueño
veintitrés han volado
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que vuelvan un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecer a costa
de la salud y el sueño?
Si más alegre vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
metiera yo en mi pecho;
buscáralo ¡ay! entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
como un alegre sueño
veintitrés han volado
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que vuelvan un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecer a costa
de la salud y el sueño?
Si más alegre vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
metiera yo en mi pecho;
buscáralo ¡ay! entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
489
Juan Meléndez Valdés
El Céfiro
¡Cuál vaga en la floresta
el céfiro süave!
¡Cuál con lascivo vuelo
sus frescas alas bate,
sus alas delicadas,
que forman al mirarse
del sol en los reflejos
mil visos y cambiantes!
¡Cuán licencioso corre
de flor en flor, y afable
con soplo delicioso
las mece y se complace!
Ahora a un lirio llega,
ahora el jazmín lame,
la madreselva agita
y a los tomillos parte,
do entre mil amorcitos
vuela y revuela fácil
y los besa y escapa
con alegre donaire.
La tierna hierbezuela
se estremece delante
de sus soplos sutiles
y en ondas mil se abate.
Él las mira y se ríe,
y el susurro que hacen
le embelesa, y atento
se suspende a gozarle.
Luego rápido vuelve,
y alegre por los valles
no hay planta que no toque,
ni tallo que no halague.
Verasle ya en la cima
del olmo entre las aves
seguir con dulce silbo
sus trinos y cantares,
y en un punto en el suelo
acá y allá tornarse
con giro bullicioso,
festivo y anhelante.
Verasle entre las rosas
metido salpicarse
las plumas del rocío
que inquieto les esparce.
Verasle de sus hojas
lascivo abrir el cáliz
y empaparse las alas
de su aroma fragante.
Batiendo del arroyo
con ellas los cristales
verasle formar ledo
mil ondas y celajes.
Parece cuando vuela
sobre ellos que cobarde,
las puntas ya mojadas,
no acierta a retirarse.
¿Pues qué, si al prado siente
que las zagalas salen?
Verás a las más bellas
mil vueltas y mil darle.
Ora entre sus cabellos
se enreda y se retrae,
el seno les refresca
y ondéales el talle.
Sube alegre a los ojos,
y en sus rayos brillantes
se mira y da mil vueltas
sin que la luz le abrase.
Por sus labios se mete
y al punto raudo sale;
baja al pie y se lo besa,
y anda a un tiempo en mil partes.
Así el céfiro alegre,
sin nada cautivarle,
de todo lo más bello
felice gozar sabe.
Sus alas vagarosas
con giros agradables
no hay flor que no sacudan,
ni rosa que no abracen.
¡Ay Lisi!, ejemplo toma
del céfiro inconstante;
no con Aminta sólo
tu fino amor malgastes.
el céfiro süave!
¡Cuál con lascivo vuelo
sus frescas alas bate,
sus alas delicadas,
que forman al mirarse
del sol en los reflejos
mil visos y cambiantes!
¡Cuán licencioso corre
de flor en flor, y afable
con soplo delicioso
las mece y se complace!
Ahora a un lirio llega,
ahora el jazmín lame,
la madreselva agita
y a los tomillos parte,
do entre mil amorcitos
vuela y revuela fácil
y los besa y escapa
con alegre donaire.
La tierna hierbezuela
se estremece delante
de sus soplos sutiles
y en ondas mil se abate.
Él las mira y se ríe,
y el susurro que hacen
le embelesa, y atento
se suspende a gozarle.
Luego rápido vuelve,
y alegre por los valles
no hay planta que no toque,
ni tallo que no halague.
Verasle ya en la cima
del olmo entre las aves
seguir con dulce silbo
sus trinos y cantares,
y en un punto en el suelo
acá y allá tornarse
con giro bullicioso,
festivo y anhelante.
Verasle entre las rosas
metido salpicarse
las plumas del rocío
que inquieto les esparce.
Verasle de sus hojas
lascivo abrir el cáliz
y empaparse las alas
de su aroma fragante.
Batiendo del arroyo
con ellas los cristales
verasle formar ledo
mil ondas y celajes.
Parece cuando vuela
sobre ellos que cobarde,
las puntas ya mojadas,
no acierta a retirarse.
¿Pues qué, si al prado siente
que las zagalas salen?
Verás a las más bellas
mil vueltas y mil darle.
Ora entre sus cabellos
se enreda y se retrae,
el seno les refresca
y ondéales el talle.
Sube alegre a los ojos,
y en sus rayos brillantes
se mira y da mil vueltas
sin que la luz le abrase.
Por sus labios se mete
y al punto raudo sale;
baja al pie y se lo besa,
y anda a un tiempo en mil partes.
Así el céfiro alegre,
sin nada cautivarle,
de todo lo más bello
felice gozar sabe.
Sus alas vagarosas
con giros agradables
no hay flor que no sacudan,
ni rosa que no abracen.
¡Ay Lisi!, ejemplo toma
del céfiro inconstante;
no con Aminta sólo
tu fino amor malgastes.
849
Juan Meléndez Valdés
La Presencia De Dios
Doquiera que los ojos
inquieto torno en cuidadoso anhelo,
allí ¡gran Dios! presente
atónito mi espíritu te siente.
Allí estás, y llenando
la inmensa creación, so el alto empíreo,
velado en luz te asientas,
y tu gloria inefable a un tiempo ostentas.
La humilde hierbecilla
que huello, el monte que de eterna nieve
cubierto se levanta
y esconde en el abismo su honda planta,
el aura que en las hojas
con leve pluma susurrante juega
y el sol que en la alta cima
del cielo ardiendo el universo anima,
me claman que en la llama
brillas del sol, que sobre el raudo viento
con ala voladora
cruzas del occidente hasta la aurora,
y que el monte encumbrado
te ofrece un trono en su elevada cima,
la hierbecilla crece
por tu soplo vivífìco y florece.
Tu inmensidad lo llena
todo, Señor, y más: del invisible
insecto al elefante,
del átomo al cometa rutilante.
Tú a la tiniebla obscura
das su pardo capuz, y el sutil velo
a la alegre mañana,
sus huellas matizando de oro y grana;
y cuando primavera
desciende al ancho mundo, afable ríes
entre sus gayas flores,
y te aspiro en sus plácidos olores,
y cuando el inflamado
Sirio más arde en congojosos fuegos,
tú las llenas espigas
volando mueves y su ardor mitigas.
Si entonce al bosque umbrío
corro, en su sombra estás, y allí atesoras
el frescor regalado,
blando alivio a mi espíritu cansado.
Un religioso miedo
mi pecho turba, y una voz me grita:
«En este misterioso
silencio mora; adórale humildoso».
Pero a par en las ondas
te hallo del hondo mar; los vientos llamas
y a su saña lo entregas,
o si te place, su furor sosiegas.
Por doquiera infinito
te encuentro, y siento en el florido prado
y en el luciente velo
con que tu umbrosa noche entolda el cielo
que del átomo eres
el Dios, y el Dios del sol, del gusanillo
que en el vil lodo mora,
y el ángel puro que tu lumbre adora.
Igual sus himnos oyes
y oyes mi humilde voz, de la cordera
el plácido balido
y del león el hórrido rugido;
y a todos dadivoso
acorres, Dios inmenso, en todas partes
y por siempre presente.
¡Ay! oye a un hijo en su rogar ferviente.
Óyele blando, y mira
mi deleznable ser; dignos mis pasos
de tu presencia sean,
y doquier tu deidad mis ojos vean.
Hinche el corazón mío
de un ardor celestial que a cuanto existe
como tú se derrame,
y, oh Dios de amor, en tu universo te ame.
Todos tus hijos somos:
el tártaro, el lapón, el indio rudo,
el tostado africano,
es un hombre, es tu imagen y es mi hermano.
inquieto torno en cuidadoso anhelo,
allí ¡gran Dios! presente
atónito mi espíritu te siente.
Allí estás, y llenando
la inmensa creación, so el alto empíreo,
velado en luz te asientas,
y tu gloria inefable a un tiempo ostentas.
La humilde hierbecilla
que huello, el monte que de eterna nieve
cubierto se levanta
y esconde en el abismo su honda planta,
el aura que en las hojas
con leve pluma susurrante juega
y el sol que en la alta cima
del cielo ardiendo el universo anima,
me claman que en la llama
brillas del sol, que sobre el raudo viento
con ala voladora
cruzas del occidente hasta la aurora,
y que el monte encumbrado
te ofrece un trono en su elevada cima,
la hierbecilla crece
por tu soplo vivífìco y florece.
Tu inmensidad lo llena
todo, Señor, y más: del invisible
insecto al elefante,
del átomo al cometa rutilante.
Tú a la tiniebla obscura
das su pardo capuz, y el sutil velo
a la alegre mañana,
sus huellas matizando de oro y grana;
y cuando primavera
desciende al ancho mundo, afable ríes
entre sus gayas flores,
y te aspiro en sus plácidos olores,
y cuando el inflamado
Sirio más arde en congojosos fuegos,
tú las llenas espigas
volando mueves y su ardor mitigas.
Si entonce al bosque umbrío
corro, en su sombra estás, y allí atesoras
el frescor regalado,
blando alivio a mi espíritu cansado.
Un religioso miedo
mi pecho turba, y una voz me grita:
«En este misterioso
silencio mora; adórale humildoso».
Pero a par en las ondas
te hallo del hondo mar; los vientos llamas
y a su saña lo entregas,
o si te place, su furor sosiegas.
Por doquiera infinito
te encuentro, y siento en el florido prado
y en el luciente velo
con que tu umbrosa noche entolda el cielo
que del átomo eres
el Dios, y el Dios del sol, del gusanillo
que en el vil lodo mora,
y el ángel puro que tu lumbre adora.
Igual sus himnos oyes
y oyes mi humilde voz, de la cordera
el plácido balido
y del león el hórrido rugido;
y a todos dadivoso
acorres, Dios inmenso, en todas partes
y por siempre presente.
¡Ay! oye a un hijo en su rogar ferviente.
Óyele blando, y mira
mi deleznable ser; dignos mis pasos
de tu presencia sean,
y doquier tu deidad mis ojos vean.
Hinche el corazón mío
de un ardor celestial que a cuanto existe
como tú se derrame,
y, oh Dios de amor, en tu universo te ame.
Todos tus hijos somos:
el tártaro, el lapón, el indio rudo,
el tostado africano,
es un hombre, es tu imagen y es mi hermano.
610
Juan Meléndez Valdés
Oda A D Salvador De Mena En Un Infortunio
Nada por siempre dura.
Sucede al bien el mal, al albo día
sigue la noche obscura,
y el llanto y la alegría
en un vaso nos da la suerte impía.
Trueca el árbol sus flores
para el otoño en frutos, ya temblando
del cierzo los rigores,
que inclemente volando,
vendrá tristeza y luto derramando;
y desnuda y helada
aun su cima los ojos desalienta,
la hoja en torno sembrada,
cuando al invierno ahuyenta
abril y nuevas galas le presenta.
Se alza el sol con su pura
llama a dar vida y fecundar el suelo,
pero al punto la obscura
tempestad cubre el cielo,
y de su luz nos priva y su consuelo.
¿Qué día el más clemente
resplandeció sin nube?, ¿quién contarse
feliz eternamente
pudo?, ¿quién angustiarse
en perenne dolor sin consolarse?
Todo se vuelve y muda.
Si hoy los bienes me roba, si tropieza
en mí la suerte cruda,
las Musas su riqueza
saben guardar en mísera pobreza.
Los bienes verdaderos,
la salud, libertad y fe inocente,
no los dan los dineros,
ni del metal luciente
siguen, Menalio, la fugaz corriente.
Fuera yo un César, fuera
el opulento Creso, ¿acaso iría
mayor si me midiera?
Mi ánimo solo haría
la pequeñez o la grandeza mía.
De mi débil gemido
no, amigo, no serás importunado,
pues hoy yace abatido
lo que ayer fue encumbrado,
y a alzarse torna para ser postrado.
Fluye el astro del día
con la noche a otros climas, mas la aurora
nos vuelve su alegría;
y Fortuna en un hora
corre a entronar al que abatido llora.
Si hoy me es esquivo el hado,
mañana favorable podrá serme;
y pues no me ha robado
en tu pecho, ni ofenderme
pudo, ni logrará rendido verme.
Sucede al bien el mal, al albo día
sigue la noche obscura,
y el llanto y la alegría
en un vaso nos da la suerte impía.
Trueca el árbol sus flores
para el otoño en frutos, ya temblando
del cierzo los rigores,
que inclemente volando,
vendrá tristeza y luto derramando;
y desnuda y helada
aun su cima los ojos desalienta,
la hoja en torno sembrada,
cuando al invierno ahuyenta
abril y nuevas galas le presenta.
Se alza el sol con su pura
llama a dar vida y fecundar el suelo,
pero al punto la obscura
tempestad cubre el cielo,
y de su luz nos priva y su consuelo.
¿Qué día el más clemente
resplandeció sin nube?, ¿quién contarse
feliz eternamente
pudo?, ¿quién angustiarse
en perenne dolor sin consolarse?
Todo se vuelve y muda.
Si hoy los bienes me roba, si tropieza
en mí la suerte cruda,
las Musas su riqueza
saben guardar en mísera pobreza.
Los bienes verdaderos,
la salud, libertad y fe inocente,
no los dan los dineros,
ni del metal luciente
siguen, Menalio, la fugaz corriente.
Fuera yo un César, fuera
el opulento Creso, ¿acaso iría
mayor si me midiera?
Mi ánimo solo haría
la pequeñez o la grandeza mía.
De mi débil gemido
no, amigo, no serás importunado,
pues hoy yace abatido
lo que ayer fue encumbrado,
y a alzarse torna para ser postrado.
Fluye el astro del día
con la noche a otros climas, mas la aurora
nos vuelve su alegría;
y Fortuna en un hora
corre a entronar al que abatido llora.
Si hoy me es esquivo el hado,
mañana favorable podrá serme;
y pues no me ha robado
en tu pecho, ni ofenderme
pudo, ni logrará rendido verme.
555
Juan Meléndez Valdés
El Filósofo En El Campo
Bajo una erguida populosa encina,
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
833
Juan Meléndez Valdés
El Filósofo En El Campo
Bajo una erguida populosa encina,
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
833
Juan Meléndez Valdés
El Filósofo En El Campo
Bajo una erguida populosa encina,
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
833
Juan Meléndez Valdés
El Filósofo En El Campo
Bajo una erguida populosa encina,
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
833
Juan Meléndez Valdés
Romance Los Aradores
¡Oh! ¡qué bien ante mis ojos
por la ladera pendiente,
sobre la esteva encorvados
los aradores parecen!
¡Cómo la luciente reja
se imprime profundamente,
cuando en prolongados surcos
el tendido campo hienden!
Con lentitud fatigosa
los animales pacientes,
la dura cerviz alzada,
tiran del arado fuerte.
Anímalos con su grito
y con su aguijón los hiere
el rudo gañán, que en medio
su fatiga canta alegre.
La letra y pausado tono
con las medidas convienen
del cansado lento paso
que asientan los tardos bueyes.
Ellos las anchas narices
abren a su aliento ardiente,
que por la frente rugosa
el hielo en aljófar vuelve;
y el gañán aguija y canta,
y el sol que alzándose viene
con sus vivíficos rayos
le calienta y esclarece.
¡Invierno! ¡invierno! Aunque triste,
aun conservas tus placeres;
y entre tus lluvias y vientos
halla ocupación la mente.
Aun agrada ver el campo
todo alfombrado de nieve,
en cuyo cándido velo
sus rayos el sol refleje.
Aun agrada con la vista
por sus abismos perderse,
yerta la naturaleza
y en un silencio elocuente,
sin que halle el mayor cuidado
ni el lindero de la suerte,
ni sus desiguales surcos,
ni la mies que oculta crece.
De los árboles las ramas,
al peso encorvadas, ceden,
y a la tierra fuerzas piden
para poder sostenerse.
La sierra con su albo manto,
una muralla esplendente,
que une el suelo al firmamento,
allá a lo lejos ofrece,
mientra en las hondas gargantas
despeñados los torrentes,
la imaginación asustan,
cuanto el oído ensordecen;
y en quietud descansa el mundo,
y callado el viento duerme,
y en el redil el ganado,
y el buey gime en el pesebre.
¿Pues qué, cuando de las nubes
horrísonos se desprenden
los aguaceros, y el día
ahogado entre sombras muere,
y con estrépito inmenso
cenagosos se embravecen
fuera de madre los ríos,
batiendo diques y puentes?
Crece el diluvio; anegadas
las llanuras desparecen,
y árboles y chozas tiemblan
del viento el furor vehemente,
que arrebatando las nubes
cual sierras de niebla leve,
de aquí allá en rápido soplo
en formas mil las revuelve;
y el imperio de las sombras
y los vendavales crecen;
y el hombre, atónito y mudo,
a horror tanto tiembla y teme.
O bien la helada punzante
la tierra en mármol convierte,
y al hogar en ocio ingrato
el gañán las horas pierde.
Cubiertos de blanca escarcha,
como de marfil parecen
los árboles ateridos,
y de alabastro la fuente.
Sonoro y rígido el prado
la planta, hollado, repele;
y doquier el dios del hielo
su ominoso mando ejerce,
hasta que el suave favonio,
medroso y tímido al verse
nuevo volar, con su aliento
tan duros grillos disuelve.
El día rápido anhela;
no asoma el sol por oriente,
cuando sin luz al ocaso
precipitado desciende,
porque la noche sus velos
sobre la tierra despliegue,
de los fantasmas seguida
que en ella el vulgo ver suele.
Así el invierno ceñudo
reina con cetro inclemente,
y entre escarchas y aguaceros
y nieve y nubes se envuelve.
¿Y de dónde estos horrores,
este trastorno aparente,
que en enero su fin halla,
y que ya empezó el noviembre?
Del orden con que los tiempos
alternados se suceden,
durando naturaleza
la misma y mudable siempre.
Estos hielos erizados,
estas lluvias, estas nieves,
y nieblas y roncos vientos
que hoy el ánimo estremecen,
serán las flores del mayo,
serán de julio las mieses,
y las perfumadas frutas
con que octubre se enriquece.
Hoy el arador se afana,
y en cada surco que mueve
miles encierra de espigas
para los futuros meses,
misteriosamente ocultas
en esos granos que extiende
doquier liberal su mano
y en los terrones se pierden.
Ved cuál, fecunda la tierra,
sus gérmenes desenvuelve
para abrirnos sus tesoros
otro día en faz riente.
Ved cómo ya pululando
la rompe la hojilla débil,
y con el rojo sombrío
cuán bien contrasta su verde,
verde que el tostado julio
en oro convertir debe,
y en una selva de espigas
esos cogollos nacientes.
Trabaja, arador, trabaja,
con ánimo y pecho fuerte,
ya en tu esperanza embriagado
del verano en las mercedes.
Llena tu noble destino,
y haz cantando, tu afán leve,
mientras insufrible abruma
el fastidio al ocio muelle,
que entre la pluma y la holanda,
sumido en sueño y placeres,
jamás vio del sol la pompa
cuando lumbroso amanece,
jamás gozó con el alba
del campo el plácido ambiente,
de la matinal alondra
los armónicos motetes.
Trabaja, y fía a tu madre
la prolífica simiente,
por cuyo felice cambio
la abundancia te prometes,
que ella te dará profusa
con que tu seno se aquiete,
se alimenten tus deseos,
tu sudor se remunere,
puesto que en él y tus brazos,
honrado, la fausta suerte
vinculas de tu familia,
y libre en tus campos eres.
Tu esposa al hogar humilde,
apacible te previene
sobria mesa, grato lecho,
y cariño y fe perennes,
que oficiosa compañera
de tus gozos y quehaceres,
su ternura cada día
con su diligencia crece;
y tus pequeñuelos hijos,
anhelándote impacientes,
corren al umbral, te llaman,
y tiemblan si te detienes.
Llegas, y en torno apiñados
halagándote enloquecen,
la mano el uno te toma,
de tu cuello el otro pende;
tu amada al paternal beso
desde sus brazos te ofrece
el que entre su seno abriga,
y alimenta con su leche,
que en sus fiestas y gorjeos
pagarte ahincado parece
del pan que ya le preparas,
de los surcos donde vienes.
Y la aijada el mayorcillo
como en triunfo llevar quiere;
la madre el empeño ríe,
y tú, animándole alegre,
te imaginas ver los juegos
con que en tus faustas niñeces
a tu padre entretenías,
cual tu hijuelo hoy te entretiene.
Ardiendo el hogar te espera,
que con su calor clemente
lanzará el hielo y cansancio
que tus miembros entorpecen;
y luego, aunque en pobre lecho,
mientras que plácido duermes,
la alma paz y la inocencia
velarán por defenderte,
hasta que el naciente día
con sus rayos te despierte,
y a empuñar tornes la esteva
y a regir tus mansos bueyes.
¡Vida ignorada y dichosa!,
que ni alcanza ni merece
quien de las ciegas pasiones
el odioso imperio siente.
¡Vida angelical y pura!,
en que con su Dios se entiende
sencillo el mortal, y le halla
doquier próvido y presente,
a quien el poder perdona,
que los mentirosos bienes
de la ambición tiene en nada,
cuanto ignora sus reveses.
Vida de fácil llaneza,
de libertad inocente,
en que dueño de sí el hombre
sin orgullo se ennoblece,
en que la salud abunda,
en que el trabajo divierte,
el tedio se desconoce,
y entrada el vicio no tiene;
y en que un día y otro día
pacíficos se suceden,
cual aguas de un manso río,
siempre iguales y rientes.
¡Oh! ¡quién gozarte alcanzara!,
¡oh! ¡quién tras tantos vaivenes
de la inclemente fortuna,
un pobre arador viviese!,
uno cual estos que veo,
que ni codician, ni temen,
ni esclavitud los humilla,
ni la vanidad los pierde,
lejos de la envidia torpe
y de la calumnia aleve,
hasta que a mi aliento frágil
cortase el hilo la muerte.
por la ladera pendiente,
sobre la esteva encorvados
los aradores parecen!
¡Cómo la luciente reja
se imprime profundamente,
cuando en prolongados surcos
el tendido campo hienden!
Con lentitud fatigosa
los animales pacientes,
la dura cerviz alzada,
tiran del arado fuerte.
Anímalos con su grito
y con su aguijón los hiere
el rudo gañán, que en medio
su fatiga canta alegre.
La letra y pausado tono
con las medidas convienen
del cansado lento paso
que asientan los tardos bueyes.
Ellos las anchas narices
abren a su aliento ardiente,
que por la frente rugosa
el hielo en aljófar vuelve;
y el gañán aguija y canta,
y el sol que alzándose viene
con sus vivíficos rayos
le calienta y esclarece.
¡Invierno! ¡invierno! Aunque triste,
aun conservas tus placeres;
y entre tus lluvias y vientos
halla ocupación la mente.
Aun agrada ver el campo
todo alfombrado de nieve,
en cuyo cándido velo
sus rayos el sol refleje.
Aun agrada con la vista
por sus abismos perderse,
yerta la naturaleza
y en un silencio elocuente,
sin que halle el mayor cuidado
ni el lindero de la suerte,
ni sus desiguales surcos,
ni la mies que oculta crece.
De los árboles las ramas,
al peso encorvadas, ceden,
y a la tierra fuerzas piden
para poder sostenerse.
La sierra con su albo manto,
una muralla esplendente,
que une el suelo al firmamento,
allá a lo lejos ofrece,
mientra en las hondas gargantas
despeñados los torrentes,
la imaginación asustan,
cuanto el oído ensordecen;
y en quietud descansa el mundo,
y callado el viento duerme,
y en el redil el ganado,
y el buey gime en el pesebre.
¿Pues qué, cuando de las nubes
horrísonos se desprenden
los aguaceros, y el día
ahogado entre sombras muere,
y con estrépito inmenso
cenagosos se embravecen
fuera de madre los ríos,
batiendo diques y puentes?
Crece el diluvio; anegadas
las llanuras desparecen,
y árboles y chozas tiemblan
del viento el furor vehemente,
que arrebatando las nubes
cual sierras de niebla leve,
de aquí allá en rápido soplo
en formas mil las revuelve;
y el imperio de las sombras
y los vendavales crecen;
y el hombre, atónito y mudo,
a horror tanto tiembla y teme.
O bien la helada punzante
la tierra en mármol convierte,
y al hogar en ocio ingrato
el gañán las horas pierde.
Cubiertos de blanca escarcha,
como de marfil parecen
los árboles ateridos,
y de alabastro la fuente.
Sonoro y rígido el prado
la planta, hollado, repele;
y doquier el dios del hielo
su ominoso mando ejerce,
hasta que el suave favonio,
medroso y tímido al verse
nuevo volar, con su aliento
tan duros grillos disuelve.
El día rápido anhela;
no asoma el sol por oriente,
cuando sin luz al ocaso
precipitado desciende,
porque la noche sus velos
sobre la tierra despliegue,
de los fantasmas seguida
que en ella el vulgo ver suele.
Así el invierno ceñudo
reina con cetro inclemente,
y entre escarchas y aguaceros
y nieve y nubes se envuelve.
¿Y de dónde estos horrores,
este trastorno aparente,
que en enero su fin halla,
y que ya empezó el noviembre?
Del orden con que los tiempos
alternados se suceden,
durando naturaleza
la misma y mudable siempre.
Estos hielos erizados,
estas lluvias, estas nieves,
y nieblas y roncos vientos
que hoy el ánimo estremecen,
serán las flores del mayo,
serán de julio las mieses,
y las perfumadas frutas
con que octubre se enriquece.
Hoy el arador se afana,
y en cada surco que mueve
miles encierra de espigas
para los futuros meses,
misteriosamente ocultas
en esos granos que extiende
doquier liberal su mano
y en los terrones se pierden.
Ved cuál, fecunda la tierra,
sus gérmenes desenvuelve
para abrirnos sus tesoros
otro día en faz riente.
Ved cómo ya pululando
la rompe la hojilla débil,
y con el rojo sombrío
cuán bien contrasta su verde,
verde que el tostado julio
en oro convertir debe,
y en una selva de espigas
esos cogollos nacientes.
Trabaja, arador, trabaja,
con ánimo y pecho fuerte,
ya en tu esperanza embriagado
del verano en las mercedes.
Llena tu noble destino,
y haz cantando, tu afán leve,
mientras insufrible abruma
el fastidio al ocio muelle,
que entre la pluma y la holanda,
sumido en sueño y placeres,
jamás vio del sol la pompa
cuando lumbroso amanece,
jamás gozó con el alba
del campo el plácido ambiente,
de la matinal alondra
los armónicos motetes.
Trabaja, y fía a tu madre
la prolífica simiente,
por cuyo felice cambio
la abundancia te prometes,
que ella te dará profusa
con que tu seno se aquiete,
se alimenten tus deseos,
tu sudor se remunere,
puesto que en él y tus brazos,
honrado, la fausta suerte
vinculas de tu familia,
y libre en tus campos eres.
Tu esposa al hogar humilde,
apacible te previene
sobria mesa, grato lecho,
y cariño y fe perennes,
que oficiosa compañera
de tus gozos y quehaceres,
su ternura cada día
con su diligencia crece;
y tus pequeñuelos hijos,
anhelándote impacientes,
corren al umbral, te llaman,
y tiemblan si te detienes.
Llegas, y en torno apiñados
halagándote enloquecen,
la mano el uno te toma,
de tu cuello el otro pende;
tu amada al paternal beso
desde sus brazos te ofrece
el que entre su seno abriga,
y alimenta con su leche,
que en sus fiestas y gorjeos
pagarte ahincado parece
del pan que ya le preparas,
de los surcos donde vienes.
Y la aijada el mayorcillo
como en triunfo llevar quiere;
la madre el empeño ríe,
y tú, animándole alegre,
te imaginas ver los juegos
con que en tus faustas niñeces
a tu padre entretenías,
cual tu hijuelo hoy te entretiene.
Ardiendo el hogar te espera,
que con su calor clemente
lanzará el hielo y cansancio
que tus miembros entorpecen;
y luego, aunque en pobre lecho,
mientras que plácido duermes,
la alma paz y la inocencia
velarán por defenderte,
hasta que el naciente día
con sus rayos te despierte,
y a empuñar tornes la esteva
y a regir tus mansos bueyes.
¡Vida ignorada y dichosa!,
que ni alcanza ni merece
quien de las ciegas pasiones
el odioso imperio siente.
¡Vida angelical y pura!,
en que con su Dios se entiende
sencillo el mortal, y le halla
doquier próvido y presente,
a quien el poder perdona,
que los mentirosos bienes
de la ambición tiene en nada,
cuanto ignora sus reveses.
Vida de fácil llaneza,
de libertad inocente,
en que dueño de sí el hombre
sin orgullo se ennoblece,
en que la salud abunda,
en que el trabajo divierte,
el tedio se desconoce,
y entrada el vicio no tiene;
y en que un día y otro día
pacíficos se suceden,
cual aguas de un manso río,
siempre iguales y rientes.
¡Oh! ¡quién gozarte alcanzara!,
¡oh! ¡quién tras tantos vaivenes
de la inclemente fortuna,
un pobre arador viviese!,
uno cual estos que veo,
que ni codician, ni temen,
ni esclavitud los humilla,
ni la vanidad los pierde,
lejos de la envidia torpe
y de la calumnia aleve,
hasta que a mi aliento frágil
cortase el hilo la muerte.
645
Juan Meléndez Valdés
Romance Los Segadores
«Segadores, a las mieses,
que ya la rubia mañana
abre sus rosadas puertas
al sol que de oriente se alza.
»Un vientecillo agradable
sigue su brillante marcha
meciendo en volubles ondas
del pan las débiles cañas.
»¡Ved cómo se pierde entre ellas!,
¡ved cuán susurrante vaga,
ora carga y las inclina,
ora raudo las levanta!
»Los desfallecidos pechos
su vital soplo repara,
y al trabajo interrumpido
con nuevo vigor nos llama,
»a par que las avecillas,
no bien despiertas el alba
saludan con mil gorjeos,
trinándole la alborada,
»y huyen las lóbregas sombras
y el horizonte se inflama,
y el luminar de los cielos
en su inmenso ardor nos baña.
»A las hoces pues, amigos,
que el tiempo fugaz se pasa;
y miles de espigas de oro
nos provocan sazonadas.
»De ellas la frente ceñida
nos sonríe la abundancia,
para henchir nuestros graneros
y colmar nuestra esperanza.
»Vedlas en qué remolinos
de aquí y de allá se esparraman,
moviéndose turbulentas
como la mar por las playas,
»mientras las áridas hojas
con su sonido retratan
el que forma la mar misma
si se aduerme en suave calma,
»y en su plácido murmullo
haciendo en pos una pausa,
tornan rápidas a alzarse
y a ondear muy más livianas.
»No, pues, tan rico tesoro
la pereza desmayada
o la ingratitud lo pierdan:
seguid alegres mis plantas.
»Seguidlas; de un pobre anciano
ved cómo las manos flacas
os dan del trabajo ejemplo
y a las vuestras se adelantan.
»Cuando fui mozo, ninguno
logró sacarme ventaja,
ni en el afán de una siega,
ni con el bieldo en la parva;
»mas hoy los años me encorvan,
y así las fuerzas desmayan
cual la pajilla voluble,
que el viento a su antojo arrastra.
»Sus pues; empezad festivos
de la siega la tonada
que vago nos vuelva el eco
desde la opuesta montaña;
»o en acento más sublime
y con voces alternadas
de la honrosa agricultura
resonad las alabanzas,
»santificada en Isidro,
gloriosa en el godo Wamba,
y allá en Edén por Dios mismo
al hombre aún sin culpa dada.
»El vicio es callado y triste;
la inocencia ríe y canta,
y el trabajo es pasatiempo
cuando el placer lo acompaña.
»¡Oh! ¡cómo aquél nos alegra
si la bendición alcanza
del cielo, que sus larguezas
ora por doquier derrama!,
»¡Cómo el corazón se goza
recordando las escarchas
y aguaceros con que enero
el ancho suelo inundaba!
»Aquellos hielos y lluvias
son las selvas erizadas
que hoy veis de doradas mieses,
y un Dios bueno nos regala.
ȃste es el orden que puso
con su omnipotencia sabia
al tiempo, que raudo vuela
con igualdad siempre varia.
»Así el sustento atesora
de esa infinidad que vaga
de vivientes por la tierra,
o tiende al viento las alas.
»Todos a su providencia
cual menesterosos claman,
y en sus manos paternales
piedad y alimento hallan.
»Hállelo el pobre en las vuestras:
si de ellas tal vez se escapa
quebrada la rica espiga,
guardaros bien de apañarla.
»Con negligencia oficiosa
dejadla, amigos, dejadla
a arbitrio de la indigencia,
que sigue vuestras pisadas.
»En ella su pan del día
de vuestra bondad aguarda
la inocencia desvalida
o la ancianidad cansada.
»Este pan es una deuda:
así la tierra nos paga
cuanto un día le fiamos
con usuras duplicadas.
»Así nos dan liberales
grato refrigerio el agua,
el aire vital aliento,
el sol su creadora llama.
»No, pues, cuando más profusa
de sus dones hace gala
y a sus hijos su ancha mesa
Naturaleza prepara;
»cuando la veis, que riente
de gavillas circundada
y de riquísimas frutas
en común a todos llama,
»o por árida codicia
o por vil desconfianza,
en nos solos vinculemos
los tesoros de sus gracias.
»De ellos vive el ave, y parte
la hormiga en sus trojes guarda;
téngala también el pobre
que humilde nos la demanda,
»y lleve con su hacecillo,
cual si un tesoro llevara,
el consuelo y la alegría
a su mísera morada,
»donde postrados acaso
sobre otras míseras pajas,
ya sus pequeñuelos hijos
de hambre transidos le aguardan.
»Así al buen Dios imitamos
que nos da con mano franca;
agradarle abrir las nuestras,
y enojarle es el cerrarlas.
»Abridlas, pues; y sus dones
entre todos se repartan,
que él los da a todos, y a todos
su inefable amor abraza».
Esto Plácido decía
a la puerta de su granja
en medio sus segadores,
que como a padre le acatan;
Plácido, en cuyo semblante
la inocencia de su alma
y el respeto impresos brillan
en sus venerables canas.
Alzando las corvas hoces
con bulliciosa algazara
todos al anciano siguen,
y él alegre les gritaba:
«Segadores, a las mieses,
que ya la rubia mañana
abre sus rosadas puertas
al sol que de oriente se alza».
que ya la rubia mañana
abre sus rosadas puertas
al sol que de oriente se alza.
»Un vientecillo agradable
sigue su brillante marcha
meciendo en volubles ondas
del pan las débiles cañas.
»¡Ved cómo se pierde entre ellas!,
¡ved cuán susurrante vaga,
ora carga y las inclina,
ora raudo las levanta!
»Los desfallecidos pechos
su vital soplo repara,
y al trabajo interrumpido
con nuevo vigor nos llama,
»a par que las avecillas,
no bien despiertas el alba
saludan con mil gorjeos,
trinándole la alborada,
»y huyen las lóbregas sombras
y el horizonte se inflama,
y el luminar de los cielos
en su inmenso ardor nos baña.
»A las hoces pues, amigos,
que el tiempo fugaz se pasa;
y miles de espigas de oro
nos provocan sazonadas.
»De ellas la frente ceñida
nos sonríe la abundancia,
para henchir nuestros graneros
y colmar nuestra esperanza.
»Vedlas en qué remolinos
de aquí y de allá se esparraman,
moviéndose turbulentas
como la mar por las playas,
»mientras las áridas hojas
con su sonido retratan
el que forma la mar misma
si se aduerme en suave calma,
»y en su plácido murmullo
haciendo en pos una pausa,
tornan rápidas a alzarse
y a ondear muy más livianas.
»No, pues, tan rico tesoro
la pereza desmayada
o la ingratitud lo pierdan:
seguid alegres mis plantas.
»Seguidlas; de un pobre anciano
ved cómo las manos flacas
os dan del trabajo ejemplo
y a las vuestras se adelantan.
»Cuando fui mozo, ninguno
logró sacarme ventaja,
ni en el afán de una siega,
ni con el bieldo en la parva;
»mas hoy los años me encorvan,
y así las fuerzas desmayan
cual la pajilla voluble,
que el viento a su antojo arrastra.
»Sus pues; empezad festivos
de la siega la tonada
que vago nos vuelva el eco
desde la opuesta montaña;
»o en acento más sublime
y con voces alternadas
de la honrosa agricultura
resonad las alabanzas,
»santificada en Isidro,
gloriosa en el godo Wamba,
y allá en Edén por Dios mismo
al hombre aún sin culpa dada.
»El vicio es callado y triste;
la inocencia ríe y canta,
y el trabajo es pasatiempo
cuando el placer lo acompaña.
»¡Oh! ¡cómo aquél nos alegra
si la bendición alcanza
del cielo, que sus larguezas
ora por doquier derrama!,
»¡Cómo el corazón se goza
recordando las escarchas
y aguaceros con que enero
el ancho suelo inundaba!
»Aquellos hielos y lluvias
son las selvas erizadas
que hoy veis de doradas mieses,
y un Dios bueno nos regala.
ȃste es el orden que puso
con su omnipotencia sabia
al tiempo, que raudo vuela
con igualdad siempre varia.
»Así el sustento atesora
de esa infinidad que vaga
de vivientes por la tierra,
o tiende al viento las alas.
»Todos a su providencia
cual menesterosos claman,
y en sus manos paternales
piedad y alimento hallan.
»Hállelo el pobre en las vuestras:
si de ellas tal vez se escapa
quebrada la rica espiga,
guardaros bien de apañarla.
»Con negligencia oficiosa
dejadla, amigos, dejadla
a arbitrio de la indigencia,
que sigue vuestras pisadas.
»En ella su pan del día
de vuestra bondad aguarda
la inocencia desvalida
o la ancianidad cansada.
»Este pan es una deuda:
así la tierra nos paga
cuanto un día le fiamos
con usuras duplicadas.
»Así nos dan liberales
grato refrigerio el agua,
el aire vital aliento,
el sol su creadora llama.
»No, pues, cuando más profusa
de sus dones hace gala
y a sus hijos su ancha mesa
Naturaleza prepara;
»cuando la veis, que riente
de gavillas circundada
y de riquísimas frutas
en común a todos llama,
»o por árida codicia
o por vil desconfianza,
en nos solos vinculemos
los tesoros de sus gracias.
»De ellos vive el ave, y parte
la hormiga en sus trojes guarda;
téngala también el pobre
que humilde nos la demanda,
»y lleve con su hacecillo,
cual si un tesoro llevara,
el consuelo y la alegría
a su mísera morada,
»donde postrados acaso
sobre otras míseras pajas,
ya sus pequeñuelos hijos
de hambre transidos le aguardan.
»Así al buen Dios imitamos
que nos da con mano franca;
agradarle abrir las nuestras,
y enojarle es el cerrarlas.
»Abridlas, pues; y sus dones
entre todos se repartan,
que él los da a todos, y a todos
su inefable amor abraza».
Esto Plácido decía
a la puerta de su granja
en medio sus segadores,
que como a padre le acatan;
Plácido, en cuyo semblante
la inocencia de su alma
y el respeto impresos brillan
en sus venerables canas.
Alzando las corvas hoces
con bulliciosa algazara
todos al anciano siguen,
y él alegre les gritaba:
«Segadores, a las mieses,
que ya la rubia mañana
abre sus rosadas puertas
al sol que de oriente se alza».
842
Juan Meléndez Valdés
Canción Famosísima De Metastasio Llamada Graziè À Gl'inganni Moi Traducida Por Batilo
Merced a tus traiciones
al fin respiro, Nice;
al fin de un infelice
el cielo hubo piedad.
Ya rotas las prisiones,
libre está la alma mía;
no sueño, no, este día
mi dulce libertad.
Cesó la antigua llama,
y tranquilo y exento
ni aun un despique siento
do se disfrace amor.
Mi rostro no se inflama
si oigo tal vez nombrarte;
el pecho no al mirarte
palpita de temor.
Duermo en paz y no creo
tu imagen ser presente,
ni al despertar la mente
se empieza en ti a gozar.
Lejos de ti me veo,
sin que de ti haga cuenta
cerca estoy sin que sienta
ni gusto ni pesar.
Si hablo en tus perfecciones,
no enternecerme siento;
si mis errores cuento,
ni aun indignarme sé.
Delante te me pones,
y ya no estoy turbado;
con mi rival al lado
hablar de ti podré.
Mírame en rostro fiero,
háblame en faz humana:
tu altanería es vana,
y es vano tu favor;
que en mí el mandar primero
perdió tu hablar divino;
tus ojos no el camino
saben del corazón.
Lo que me place o enfada,
si estoy alegre o triste,
no en ser tu don consiste,
ni culpa tuya es;
que ya sin ti me agrada
el prado y selva hojosa;
toda estancia enojosa
me cansa aunque allí estés.
Mira si soy sincero:
aún me pareces bella,
pero no, Nice, aquella
que parangón no ha;
y, no el ser verdadero
te ofenda, algún defecto
noto en tu lindo aspecto,
que tuve por beldad.
Al romper las cadenas,
dígolo sonrojado,
mi corazón llagado
romper se vio y morir;
mas por salir de penas
y de prisión librarse,
en fin, por rescatarse
¡qué no es dado sufrir!
El colorín trabado
tal vez en blanda liga,
la pluma en su fatiga
deja por escapar;
mas presto matizado
se ve de pluma nueva,
ni, cauto con tal prueba,
le tornan a engañar.
Sé que aún no crees extinto
aquel mi ardor primero
porque callar no quiero
y de él hablando estó;
sólo el natal instinto
me aguija a hacerlo, Nice,
con que cualquiera dice
los riesgos que sufrió.
Pasadas iras cuento
tras tanto ensayo fiero.
De la herida el guerrero
muestra así la señal;
así muestra contento
cautivo que de penas
escapó, las cadenas
que arrastró por su mal.
Hablo, mas sólo hablando
satisfacerme curo;
hablo, mas no procuro
que crédito me des.
Hablo, mas no demando
si aprietas mis razones;
si a hablar de mí te pones,
que tan tranquila estés.
¿Yo pierdo una inconstante?
tú un corazón sincero:
yo no sé cuál primero
se deba consolar.
Sé que un tan fiel amante
no le has de hallar, traidora;
mas otra embaucadora
bien fácil es de hallar.
al fin respiro, Nice;
al fin de un infelice
el cielo hubo piedad.
Ya rotas las prisiones,
libre está la alma mía;
no sueño, no, este día
mi dulce libertad.
Cesó la antigua llama,
y tranquilo y exento
ni aun un despique siento
do se disfrace amor.
Mi rostro no se inflama
si oigo tal vez nombrarte;
el pecho no al mirarte
palpita de temor.
Duermo en paz y no creo
tu imagen ser presente,
ni al despertar la mente
se empieza en ti a gozar.
Lejos de ti me veo,
sin que de ti haga cuenta
cerca estoy sin que sienta
ni gusto ni pesar.
Si hablo en tus perfecciones,
no enternecerme siento;
si mis errores cuento,
ni aun indignarme sé.
Delante te me pones,
y ya no estoy turbado;
con mi rival al lado
hablar de ti podré.
Mírame en rostro fiero,
háblame en faz humana:
tu altanería es vana,
y es vano tu favor;
que en mí el mandar primero
perdió tu hablar divino;
tus ojos no el camino
saben del corazón.
Lo que me place o enfada,
si estoy alegre o triste,
no en ser tu don consiste,
ni culpa tuya es;
que ya sin ti me agrada
el prado y selva hojosa;
toda estancia enojosa
me cansa aunque allí estés.
Mira si soy sincero:
aún me pareces bella,
pero no, Nice, aquella
que parangón no ha;
y, no el ser verdadero
te ofenda, algún defecto
noto en tu lindo aspecto,
que tuve por beldad.
Al romper las cadenas,
dígolo sonrojado,
mi corazón llagado
romper se vio y morir;
mas por salir de penas
y de prisión librarse,
en fin, por rescatarse
¡qué no es dado sufrir!
El colorín trabado
tal vez en blanda liga,
la pluma en su fatiga
deja por escapar;
mas presto matizado
se ve de pluma nueva,
ni, cauto con tal prueba,
le tornan a engañar.
Sé que aún no crees extinto
aquel mi ardor primero
porque callar no quiero
y de él hablando estó;
sólo el natal instinto
me aguija a hacerlo, Nice,
con que cualquiera dice
los riesgos que sufrió.
Pasadas iras cuento
tras tanto ensayo fiero.
De la herida el guerrero
muestra así la señal;
así muestra contento
cautivo que de penas
escapó, las cadenas
que arrastró por su mal.
Hablo, mas sólo hablando
satisfacerme curo;
hablo, mas no procuro
que crédito me des.
Hablo, mas no demando
si aprietas mis razones;
si a hablar de mí te pones,
que tan tranquila estés.
¿Yo pierdo una inconstante?
tú un corazón sincero:
yo no sé cuál primero
se deba consolar.
Sé que un tan fiel amante
no le has de hallar, traidora;
mas otra embaucadora
bien fácil es de hallar.
509
José María Hinojosa
Nuestro Amor En El Arco Iris
Nuestros cabellos flotan en la curva del aire
y en la curva del agua flota un barco pirata
que lleva en su cubierta entre cercos de brea
tus miradas de ámbar y el ámbar de tus manos.
Nuestros cabellos flotan en aire enrojecido
mientras su cuerpo pende hecha color su carne
de los siete colores tendidos en un arco
sobre el cielo de hule herido por sus ojos.
¿Por qué siempre rehúyes el encerrar tu carne
en mi carne cuajada de flores y de heridas
abiertas con puñales en madrugadas blancas
llegadas del desierto entre nubes de polvo?
Nuestros cabellos flotan en la curva del aire
envueltos entre ráfagas de crímenes violentos
y manos inocentes quieren lavar la sangre
derramada en la tierra por el primer amor.
y en la curva del agua flota un barco pirata
que lleva en su cubierta entre cercos de brea
tus miradas de ámbar y el ámbar de tus manos.
Nuestros cabellos flotan en aire enrojecido
mientras su cuerpo pende hecha color su carne
de los siete colores tendidos en un arco
sobre el cielo de hule herido por sus ojos.
¿Por qué siempre rehúyes el encerrar tu carne
en mi carne cuajada de flores y de heridas
abiertas con puñales en madrugadas blancas
llegadas del desierto entre nubes de polvo?
Nuestros cabellos flotan en la curva del aire
envueltos entre ráfagas de crímenes violentos
y manos inocentes quieren lavar la sangre
derramada en la tierra por el primer amor.
443
José María Hinojosa
Ya No Me Besas
Un viento inesperado hizo vibrar las puertas
y nuestros labios eran de cristal en la noche
empapados en sangre dejada por los besos
de las bocas perdidas en medio de los bosques.
El fuego calcinaba nuestros labios de piedra
y su ceniza roja cegaba nuestros ojos
llenos de indiferencia entre cuatro murallas
amasadas con cráneos y arena de los trópicos.
Aquella fue la última vez que nos encontramos,
llevabas la cabeza de pájaros florida
y de flores de almendro las sienes recubiertas
entre lenguas de fuego y voces doloridas.
El rumbo de los barcos era desconocido
y el de las caravanas que van por el desierto
dejando sólo un rastro sobre el agua y la arena
de mástiles heridos y de huesos sangrientos.
Aquella fue la última noche que nuestros labios
de cristal y de sangre unieron nuestro aliento
mientras la libertad desplegaba sus alas
de nuestra nuca herida por el último beso.
y nuestros labios eran de cristal en la noche
empapados en sangre dejada por los besos
de las bocas perdidas en medio de los bosques.
El fuego calcinaba nuestros labios de piedra
y su ceniza roja cegaba nuestros ojos
llenos de indiferencia entre cuatro murallas
amasadas con cráneos y arena de los trópicos.
Aquella fue la última vez que nos encontramos,
llevabas la cabeza de pájaros florida
y de flores de almendro las sienes recubiertas
entre lenguas de fuego y voces doloridas.
El rumbo de los barcos era desconocido
y el de las caravanas que van por el desierto
dejando sólo un rastro sobre el agua y la arena
de mástiles heridos y de huesos sangrientos.
Aquella fue la última noche que nuestros labios
de cristal y de sangre unieron nuestro aliento
mientras la libertad desplegaba sus alas
de nuestra nuca herida por el último beso.
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José María Hinojosa
Pasión Sin Límites
Vuela mi corazón
unido con los pájaros
y deja entre los árboles
un invisible rastro
de alegría y de sangre.
Las gotas de rocío
se helaron en las manos
abiertas y floridas
de los enamorados
perdidos en la brisa.
Vuela mi corazón,
mi corazón atado
con cadenas de estrellas
a la sombra de un árbol
atado con cadenas
y con cantos de pájaros.
unido con los pájaros
y deja entre los árboles
un invisible rastro
de alegría y de sangre.
Las gotas de rocío
se helaron en las manos
abiertas y floridas
de los enamorados
perdidos en la brisa.
Vuela mi corazón,
mi corazón atado
con cadenas de estrellas
a la sombra de un árbol
atado con cadenas
y con cantos de pájaros.
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