Poemas en este tema
Sociedad y el Mundo
José Martí
Bosque De Rosas
Allí despacio te diré mis cuitas,
¡Allí en tu boca escribiré mis versos!—
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
Ven, blanca oveja, (*)
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos,
¿Sufrir tú, a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?
No, mi tímida oveja, yo odio el lobo, (*)
Ven, que la soledad será tu escudo. (*)
¡Oh! la sangre del alma, ¿tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre la sombra acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
¡Un pilón labremos, y en el pilón
Cuantos engañen a mujer pongamos!
Ésa es la lidia humana: ¡la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
Pues los hombres soberbios, ¿no son fieras?
¡Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta y mi furor domado.—
Ven, a callar, a murmurar, al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre,—
Y la virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
¡Del buen obrar qué orgullo al pecho queda
Y cómo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! ¡Pues hay tormento
Como aquél, sin amar, de hablar de amores!
¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
¡Allí en tu boca escribiré mis versos!—
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
Ven, blanca oveja, (*)
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos,
¿Sufrir tú, a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?
No, mi tímida oveja, yo odio el lobo, (*)
Ven, que la soledad será tu escudo. (*)
¡Oh! la sangre del alma, ¿tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre la sombra acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
¡Un pilón labremos, y en el pilón
Cuantos engañen a mujer pongamos!
Ésa es la lidia humana: ¡la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
Pues los hombres soberbios, ¿no son fieras?
¡Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta y mi furor domado.—
Ven, a callar, a murmurar, al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre,—
Y la virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
¡Del buen obrar qué orgullo al pecho queda
Y cómo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! ¡Pues hay tormento
Como aquél, sin amar, de hablar de amores!
¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
¡Ven, que la soledad será tu escudo!
905
José Martí
Siempre Que Hundo La Mente
Siempre que hundo la mente en libros graves
La saco con un haz de luz de aurora:
Yo percibo los hilos, la juntura,
La flor del Universo: yo pronuncio
Pronta a nacer una inmortal poesía.
No de dioses de altar ni libros viejos
No de flores de Grecia, repintadas
Con menjurjes de moda, no con rastros
De rastros, no con lívidos despojos
Se amansará de las edades muertas:
Sino de las entrañas exploradas
Del Universo, surgirá radiante
Con la luz y las gracias de la vida.
Para vencer, combatirá primero:
E inundará de luz, como la aurora.—
La saco con un haz de luz de aurora:
Yo percibo los hilos, la juntura,
La flor del Universo: yo pronuncio
Pronta a nacer una inmortal poesía.
No de dioses de altar ni libros viejos
No de flores de Grecia, repintadas
Con menjurjes de moda, no con rastros
De rastros, no con lívidos despojos
Se amansará de las edades muertas:
Sino de las entrañas exploradas
Del Universo, surgirá radiante
Con la luz y las gracias de la vida.
Para vencer, combatirá primero:
E inundará de luz, como la aurora.—
977
José Martí
Hervor De Espíritu
¡Cielo, mi amor!—en vano sobre el libro
La vista fijo y la atención reclamo:
Tu luz enciendo, con tus rayos vibro,
¡Y expulsado de ti, perdón te clamo!
Si te merezco ¡oh padre! si te adoro
¿Qué delito filial he cometido?
¡Puesto que llanto sobrehumano lloro
Delito alguno sobrehumano ha sido!
En vano apago el férvido gemido;
La voladora idea
La frente en vano hacia la tierra inclina:
La sien desenfrenada me golpea,—
¡El cerebro revuelto se ilumina
Y el ojo enardecido centellea!
Cierto corcel intrépido y fogoso
De raudo giro irregular y eterno
Rebelde, piafa, rápido circula,
Detiénese, se lanza
Del cráneo en torno en veloz carrera,
¡Y de polvo divino
Llena, y de nube, la revuelta esfera!
La ciencia, el cerco, el mísero detalle,
El número, la clase, la doctrina;
¡Y bullendo en el mar de mi cerebro
La impaciencia y la cólera divina!
Sentir que sobre el monte
Sol fuera, luminar del horizonte,
Y frente a una ventana,
Doble prisión sobre la interna mía
¡Plegar al libro el alma sobrehumana
Y el alma ardiente a la cadena fría!
Así, encerrada un águila
En un místico cuerpo de paloma
La garra ruda ciega movería
Y en el círculo estrecho,
Del golpe propio desgarrado el pecho
Con el ala enclavada moriría.
La vista fijo y la atención reclamo:
Tu luz enciendo, con tus rayos vibro,
¡Y expulsado de ti, perdón te clamo!
Si te merezco ¡oh padre! si te adoro
¿Qué delito filial he cometido?
¡Puesto que llanto sobrehumano lloro
Delito alguno sobrehumano ha sido!
En vano apago el férvido gemido;
La voladora idea
La frente en vano hacia la tierra inclina:
La sien desenfrenada me golpea,—
¡El cerebro revuelto se ilumina
Y el ojo enardecido centellea!
Cierto corcel intrépido y fogoso
De raudo giro irregular y eterno
Rebelde, piafa, rápido circula,
Detiénese, se lanza
Del cráneo en torno en veloz carrera,
¡Y de polvo divino
Llena, y de nube, la revuelta esfera!
La ciencia, el cerco, el mísero detalle,
El número, la clase, la doctrina;
¡Y bullendo en el mar de mi cerebro
La impaciencia y la cólera divina!
Sentir que sobre el monte
Sol fuera, luminar del horizonte,
Y frente a una ventana,
Doble prisión sobre la interna mía
¡Plegar al libro el alma sobrehumana
Y el alma ardiente a la cadena fría!
Así, encerrada un águila
En un místico cuerpo de paloma
La garra ruda ciega movería
Y en el círculo estrecho,
Del golpe propio desgarrado el pecho
Con el ala enclavada moriría.
768
José Martí
Cruje La Tierra, Rueda Hecha Pedazos
Cruje la tierra, rueda hecha pedazos
La ciudad, urge el miedo a la concordia.
Siervo y señor confúndense en abrazos:
Bosques las calles son, bosques de brazos
Que piden al Señor misericordia.
La soberana espira bambolea,
El pórtico corintio tiembla luego,
Vota y jura la gente, el suelo humea
Y sobre el llanto y el pavor pasea
De torre en torre el misterioso fuego.
¿Quién es, quién es? ¿quién puede en un minuto
Revolcar en su polvo a las ciudades,
Trocar al hombre en espantoso bruto,
Echar la tierra sobre el mar enjuto,
Aventar como arena las edades?
Ya vuelve, ya adelanta, crece, oscila
El suelo como un mar, se encrespa, ruge.
Hincha el lomo, entreabre la pupila,
Cuanto quedaba en pie rueda o vacila:
Ya se apaga, se extingue, ronca, muge.
La ciudad, como un árbol, se deshoja,
Cortados a cercén vuelan los techos,
Se abre la tierra blanda en cuenca roja
Y a las madres, del mundo en la congoja
Se les seca la leche de los pechos!
Salta una novia de la alcoba nueva
Donde el naranjo fresco florecía:
Muerta a su espalda el novio se la lleva:
Párase, ve el horror, en negra cueva
Rompe el suelo a sus pies, y a ella se fía.
Abatido el poder, pálido el mando,
El más bravo allí trémulo ejemplo
De pavura mortal: huye llorando
Un clérigo infeliz: danzan temblando
Sobre el altar los santos en el templo.
Al lívido reflejo de las luces
Vese allí un pueblo orando por sus vidas,
Unos a rastras van; otros de bruces
Piden merced a Dios, junto a las cruces
De las torres magníficas caídas.
Todos quieren vivir: ¡mas se ha notado
Que no hay uno allí que ve de más la vida;—
Uno en el pueblo entero!—un desterrado
Que a anodadar su cuerpo quebrantado
A las torres y pórticos convida.
La ciudad, urge el miedo a la concordia.
Siervo y señor confúndense en abrazos:
Bosques las calles son, bosques de brazos
Que piden al Señor misericordia.
La soberana espira bambolea,
El pórtico corintio tiembla luego,
Vota y jura la gente, el suelo humea
Y sobre el llanto y el pavor pasea
De torre en torre el misterioso fuego.
¿Quién es, quién es? ¿quién puede en un minuto
Revolcar en su polvo a las ciudades,
Trocar al hombre en espantoso bruto,
Echar la tierra sobre el mar enjuto,
Aventar como arena las edades?
Ya vuelve, ya adelanta, crece, oscila
El suelo como un mar, se encrespa, ruge.
Hincha el lomo, entreabre la pupila,
Cuanto quedaba en pie rueda o vacila:
Ya se apaga, se extingue, ronca, muge.
La ciudad, como un árbol, se deshoja,
Cortados a cercén vuelan los techos,
Se abre la tierra blanda en cuenca roja
Y a las madres, del mundo en la congoja
Se les seca la leche de los pechos!
Salta una novia de la alcoba nueva
Donde el naranjo fresco florecía:
Muerta a su espalda el novio se la lleva:
Párase, ve el horror, en negra cueva
Rompe el suelo a sus pies, y a ella se fía.
Abatido el poder, pálido el mando,
El más bravo allí trémulo ejemplo
De pavura mortal: huye llorando
Un clérigo infeliz: danzan temblando
Sobre el altar los santos en el templo.
Al lívido reflejo de las luces
Vese allí un pueblo orando por sus vidas,
Unos a rastras van; otros de bruces
Piden merced a Dios, junto a las cruces
De las torres magníficas caídas.
Todos quieren vivir: ¡mas se ha notado
Que no hay uno allí que ve de más la vida;—
Uno en el pueblo entero!—un desterrado
Que a anodadar su cuerpo quebrantado
A las torres y pórticos convida.
755
José Martí
Cruje La Tierra, Rueda Hecha Pedazos
Cruje la tierra, rueda hecha pedazos
La ciudad, urge el miedo a la concordia.
Siervo y señor confúndense en abrazos:
Bosques las calles son, bosques de brazos
Que piden al Señor misericordia.
La soberana espira bambolea,
El pórtico corintio tiembla luego,
Vota y jura la gente, el suelo humea
Y sobre el llanto y el pavor pasea
De torre en torre el misterioso fuego.
¿Quién es, quién es? ¿quién puede en un minuto
Revolcar en su polvo a las ciudades,
Trocar al hombre en espantoso bruto,
Echar la tierra sobre el mar enjuto,
Aventar como arena las edades?
Ya vuelve, ya adelanta, crece, oscila
El suelo como un mar, se encrespa, ruge.
Hincha el lomo, entreabre la pupila,
Cuanto quedaba en pie rueda o vacila:
Ya se apaga, se extingue, ronca, muge.
La ciudad, como un árbol, se deshoja,
Cortados a cercén vuelan los techos,
Se abre la tierra blanda en cuenca roja
Y a las madres, del mundo en la congoja
Se les seca la leche de los pechos!
Salta una novia de la alcoba nueva
Donde el naranjo fresco florecía:
Muerta a su espalda el novio se la lleva:
Párase, ve el horror, en negra cueva
Rompe el suelo a sus pies, y a ella se fía.
Abatido el poder, pálido el mando,
El más bravo allí trémulo ejemplo
De pavura mortal: huye llorando
Un clérigo infeliz: danzan temblando
Sobre el altar los santos en el templo.
Al lívido reflejo de las luces
Vese allí un pueblo orando por sus vidas,
Unos a rastras van; otros de bruces
Piden merced a Dios, junto a las cruces
De las torres magníficas caídas.
Todos quieren vivir: ¡mas se ha notado
Que no hay uno allí que ve de más la vida;—
Uno en el pueblo entero!—un desterrado
Que a anodadar su cuerpo quebrantado
A las torres y pórticos convida.
La ciudad, urge el miedo a la concordia.
Siervo y señor confúndense en abrazos:
Bosques las calles son, bosques de brazos
Que piden al Señor misericordia.
La soberana espira bambolea,
El pórtico corintio tiembla luego,
Vota y jura la gente, el suelo humea
Y sobre el llanto y el pavor pasea
De torre en torre el misterioso fuego.
¿Quién es, quién es? ¿quién puede en un minuto
Revolcar en su polvo a las ciudades,
Trocar al hombre en espantoso bruto,
Echar la tierra sobre el mar enjuto,
Aventar como arena las edades?
Ya vuelve, ya adelanta, crece, oscila
El suelo como un mar, se encrespa, ruge.
Hincha el lomo, entreabre la pupila,
Cuanto quedaba en pie rueda o vacila:
Ya se apaga, se extingue, ronca, muge.
La ciudad, como un árbol, se deshoja,
Cortados a cercén vuelan los techos,
Se abre la tierra blanda en cuenca roja
Y a las madres, del mundo en la congoja
Se les seca la leche de los pechos!
Salta una novia de la alcoba nueva
Donde el naranjo fresco florecía:
Muerta a su espalda el novio se la lleva:
Párase, ve el horror, en negra cueva
Rompe el suelo a sus pies, y a ella se fía.
Abatido el poder, pálido el mando,
El más bravo allí trémulo ejemplo
De pavura mortal: huye llorando
Un clérigo infeliz: danzan temblando
Sobre el altar los santos en el templo.
Al lívido reflejo de las luces
Vese allí un pueblo orando por sus vidas,
Unos a rastras van; otros de bruces
Piden merced a Dios, junto a las cruces
De las torres magníficas caídas.
Todos quieren vivir: ¡mas se ha notado
Que no hay uno allí que ve de más la vida;—
Uno en el pueblo entero!—un desterrado
Que a anodadar su cuerpo quebrantado
A las torres y pórticos convida.
755
José Martí
Cruje La Tierra, Rueda Hecha Pedazos
Cruje la tierra, rueda hecha pedazos
La ciudad, urge el miedo a la concordia.
Siervo y señor confúndense en abrazos:
Bosques las calles son, bosques de brazos
Que piden al Señor misericordia.
La soberana espira bambolea,
El pórtico corintio tiembla luego,
Vota y jura la gente, el suelo humea
Y sobre el llanto y el pavor pasea
De torre en torre el misterioso fuego.
¿Quién es, quién es? ¿quién puede en un minuto
Revolcar en su polvo a las ciudades,
Trocar al hombre en espantoso bruto,
Echar la tierra sobre el mar enjuto,
Aventar como arena las edades?
Ya vuelve, ya adelanta, crece, oscila
El suelo como un mar, se encrespa, ruge.
Hincha el lomo, entreabre la pupila,
Cuanto quedaba en pie rueda o vacila:
Ya se apaga, se extingue, ronca, muge.
La ciudad, como un árbol, se deshoja,
Cortados a cercén vuelan los techos,
Se abre la tierra blanda en cuenca roja
Y a las madres, del mundo en la congoja
Se les seca la leche de los pechos!
Salta una novia de la alcoba nueva
Donde el naranjo fresco florecía:
Muerta a su espalda el novio se la lleva:
Párase, ve el horror, en negra cueva
Rompe el suelo a sus pies, y a ella se fía.
Abatido el poder, pálido el mando,
El más bravo allí trémulo ejemplo
De pavura mortal: huye llorando
Un clérigo infeliz: danzan temblando
Sobre el altar los santos en el templo.
Al lívido reflejo de las luces
Vese allí un pueblo orando por sus vidas,
Unos a rastras van; otros de bruces
Piden merced a Dios, junto a las cruces
De las torres magníficas caídas.
Todos quieren vivir: ¡mas se ha notado
Que no hay uno allí que ve de más la vida;—
Uno en el pueblo entero!—un desterrado
Que a anodadar su cuerpo quebrantado
A las torres y pórticos convida.
La ciudad, urge el miedo a la concordia.
Siervo y señor confúndense en abrazos:
Bosques las calles son, bosques de brazos
Que piden al Señor misericordia.
La soberana espira bambolea,
El pórtico corintio tiembla luego,
Vota y jura la gente, el suelo humea
Y sobre el llanto y el pavor pasea
De torre en torre el misterioso fuego.
¿Quién es, quién es? ¿quién puede en un minuto
Revolcar en su polvo a las ciudades,
Trocar al hombre en espantoso bruto,
Echar la tierra sobre el mar enjuto,
Aventar como arena las edades?
Ya vuelve, ya adelanta, crece, oscila
El suelo como un mar, se encrespa, ruge.
Hincha el lomo, entreabre la pupila,
Cuanto quedaba en pie rueda o vacila:
Ya se apaga, se extingue, ronca, muge.
La ciudad, como un árbol, se deshoja,
Cortados a cercén vuelan los techos,
Se abre la tierra blanda en cuenca roja
Y a las madres, del mundo en la congoja
Se les seca la leche de los pechos!
Salta una novia de la alcoba nueva
Donde el naranjo fresco florecía:
Muerta a su espalda el novio se la lleva:
Párase, ve el horror, en negra cueva
Rompe el suelo a sus pies, y a ella se fía.
Abatido el poder, pálido el mando,
El más bravo allí trémulo ejemplo
De pavura mortal: huye llorando
Un clérigo infeliz: danzan temblando
Sobre el altar los santos en el templo.
Al lívido reflejo de las luces
Vese allí un pueblo orando por sus vidas,
Unos a rastras van; otros de bruces
Piden merced a Dios, junto a las cruces
De las torres magníficas caídas.
Todos quieren vivir: ¡mas se ha notado
Que no hay uno allí que ve de más la vida;—
Uno en el pueblo entero!—un desterrado
Que a anodadar su cuerpo quebrantado
A las torres y pórticos convida.
755
José Martí
¡vivir En Sí, Qué Espanto!
¡Vivir en sí, qué espanto!
Salir de sí desea
El hombre, que en su seno no halla modo
De reposar, de renovar su vida,
En roerse a sí propia entretenida.—
La soledad ¡qué yugo!
Del aire viene al árbol alto el jugo:—
De la vasta, jovial naturaleza
Al cuerpo viene el ágil movimiento
Y al alma la anhelada fortaleza.—
¡Cambio es la vida! Vierten los humanos
De sí el fecundo amor: y luego vierte
La vida universal entre sus manos
Modo y poder de dominar la Muerte.
Como locos corceles
En el cerebro del poeta vagan
Entre muertos y pálidos laureles,
Ansias de amor que su alma recia estragan
De anhelo audaz de redimir repleto
Buscar en el aire bueno a su ansia objeto
Y vive el triste, pálido y sombrío,
Como gigante fiero
A un negro poste atado,
Con la ración mezquina de un jilguero
Por mano de un verdugo alimentado.—
¡Fauce hambrienta y voraz, un alma amante!
Y aquí, enredado entre sus hierros, rueda
Y el polvo muerde, el aire tasca y queda
Atado al poste el mísero gigante.
Salir de sí desea
El hombre, que en su seno no halla modo
De reposar, de renovar su vida,
En roerse a sí propia entretenida.—
La soledad ¡qué yugo!
Del aire viene al árbol alto el jugo:—
De la vasta, jovial naturaleza
Al cuerpo viene el ágil movimiento
Y al alma la anhelada fortaleza.—
¡Cambio es la vida! Vierten los humanos
De sí el fecundo amor: y luego vierte
La vida universal entre sus manos
Modo y poder de dominar la Muerte.
Como locos corceles
En el cerebro del poeta vagan
Entre muertos y pálidos laureles,
Ansias de amor que su alma recia estragan
De anhelo audaz de redimir repleto
Buscar en el aire bueno a su ansia objeto
Y vive el triste, pálido y sombrío,
Como gigante fiero
A un negro poste atado,
Con la ración mezquina de un jilguero
Por mano de un verdugo alimentado.—
¡Fauce hambrienta y voraz, un alma amante!
Y aquí, enredado entre sus hierros, rueda
Y el polvo muerde, el aire tasca y queda
Atado al poste el mísero gigante.
748
José Martí
En Los Tiempos
En los tiempos de la maravilla
Hubo una crueldad sumamente grande:
Claváronle a un hombre
Un hierro encendido
Junto a la tetilla
Y dijéronle: ¡ande!
Él anduvo una vida asombrosa:
Si se erguía, el hierro humeante
En el calor de su dolor nutrido
Por los ambos costados se salía
Y en los brazos clavábase triunfante:
Si reclinarse y reposar quería
De las artes de los hombres
Sorprendentes y extrañas,
Con todo su peso el hierro oprimía
En sus…, en sus nobles, en sus castas entrañas.
Hubo una crueldad sumamente grande:
Claváronle a un hombre
Un hierro encendido
Junto a la tetilla
Y dijéronle: ¡ande!
Él anduvo una vida asombrosa:
Si se erguía, el hierro humeante
En el calor de su dolor nutrido
Por los ambos costados se salía
Y en los brazos clavábase triunfante:
Si reclinarse y reposar quería
De las artes de los hombres
Sorprendentes y extrañas,
Con todo su peso el hierro oprimía
En sus…, en sus nobles, en sus castas entrañas.
595
José Martí
Envilece, Devora
Envilece, devora, enferma, embriaga
La vida de ciudad: se come el ruido,
Como un corcel la yerba, la poesía.
Estréchanse en las casas la apretada
Gente, como un cadáver en su nicho:
Y con penoso paso por las calles
Pardas, se arrastran hombres y mujeres
Tal como sobre el fango los insectos,
Secos, airados, pálidos, canijos.
Cuando los ojos, del astral palacio
De su interior, a la ciudad convierte
El alma heroica, no en batallas grandes
Piensa, ni en templos cóncavos, ni en lides
De la palabra centelleante: piensa
En abrazar, como un haz, los pobres
Y adonde el aire es puro, y el sol claro
Y el corazón no es vil, volar con ellos.
La vida de ciudad: se come el ruido,
Como un corcel la yerba, la poesía.
Estréchanse en las casas la apretada
Gente, como un cadáver en su nicho:
Y con penoso paso por las calles
Pardas, se arrastran hombres y mujeres
Tal como sobre el fango los insectos,
Secos, airados, pálidos, canijos.
Cuando los ojos, del astral palacio
De su interior, a la ciudad convierte
El alma heroica, no en batallas grandes
Piensa, ni en templos cóncavos, ni en lides
De la palabra centelleante: piensa
En abrazar, como un haz, los pobres
Y adonde el aire es puro, y el sol claro
Y el corazón no es vil, volar con ellos.
660
José Martí
Envilece, Devora
Envilece, devora, enferma, embriaga
La vida de ciudad: se come el ruido,
Como un corcel la yerba, la poesía.
Estréchanse en las casas la apretada
Gente, como un cadáver en su nicho:
Y con penoso paso por las calles
Pardas, se arrastran hombres y mujeres
Tal como sobre el fango los insectos,
Secos, airados, pálidos, canijos.
Cuando los ojos, del astral palacio
De su interior, a la ciudad convierte
El alma heroica, no en batallas grandes
Piensa, ni en templos cóncavos, ni en lides
De la palabra centelleante: piensa
En abrazar, como un haz, los pobres
Y adonde el aire es puro, y el sol claro
Y el corazón no es vil, volar con ellos.
La vida de ciudad: se come el ruido,
Como un corcel la yerba, la poesía.
Estréchanse en las casas la apretada
Gente, como un cadáver en su nicho:
Y con penoso paso por las calles
Pardas, se arrastran hombres y mujeres
Tal como sobre el fango los insectos,
Secos, airados, pálidos, canijos.
Cuando los ojos, del astral palacio
De su interior, a la ciudad convierte
El alma heroica, no en batallas grandes
Piensa, ni en templos cóncavos, ni en lides
De la palabra centelleante: piensa
En abrazar, como un haz, los pobres
Y adonde el aire es puro, y el sol claro
Y el corazón no es vil, volar con ellos.
660
José Martí
Me Han Dicho, Buen Florencio
Me han dicho, buen Florencio—que deseas
Ver un grano de trigo,
Luego que sobre él cruza y recruza
La rueda corpulenta del molino:
¡Pues, ven! Ábreme el pecho:
Que traigo en él un grano bien deshecho.
Ver un grano de trigo,
Luego que sobre él cruza y recruza
La rueda corpulenta del molino:
¡Pues, ven! Ábreme el pecho:
Que traigo en él un grano bien deshecho.
629
José Martí
A Bordo
Vela abajo, mozo arriba,
Acá el roto, allá el peñasco,
Ido el sol, recio el chubasco,
Y el barco, no barco, criba:
Gigante el viento derriba
Los hombres de las escalas;
Desatadas van las balas
Rodando por la cubierta,—
¡Y yo, en medio a la obra muerta
Vivo, mi hijo en las alas!—
Acá el roto, allá el peñasco,
Ido el sol, recio el chubasco,
Y el barco, no barco, criba:
Gigante el viento derriba
Los hombres de las escalas;
Desatadas van las balas
Rodando por la cubierta,—
¡Y yo, en medio a la obra muerta
Vivo, mi hijo en las alas!—
925
José Martí
Al Extranjero
Hoja tras hoja de papel consumo:
Rasgos, consejos, iras, letras fieras
Que parecen espadas: Lo que escribo,
Por compasión lo borro, porque el crimen,
El crimen es al fin de mis hermanos.
Huyo de mí, tiemblo del sol; quisiera
Saber dónde hace el topo su guarida,
Dónde oculta su escama la serpiente,
Dónde sueltan la carga los traidores,
Y dónde no hay honor, sino ceniza:
¡Allí, mas sólo allí, decir pudiera
Lo que dicen y viven!, ¡que mi patria
Piensa en unirse al bárbaro extranjero!
Rasgos, consejos, iras, letras fieras
Que parecen espadas: Lo que escribo,
Por compasión lo borro, porque el crimen,
El crimen es al fin de mis hermanos.
Huyo de mí, tiemblo del sol; quisiera
Saber dónde hace el topo su guarida,
Dónde oculta su escama la serpiente,
Dónde sueltan la carga los traidores,
Y dónde no hay honor, sino ceniza:
¡Allí, mas sólo allí, decir pudiera
Lo que dicen y viven!, ¡que mi patria
Piensa en unirse al bárbaro extranjero!
755
José Martí
Al Extranjero
Hoja tras hoja de papel consumo:
Rasgos, consejos, iras, letras fieras
Que parecen espadas: Lo que escribo,
Por compasión lo borro, porque el crimen,
El crimen es al fin de mis hermanos.
Huyo de mí, tiemblo del sol; quisiera
Saber dónde hace el topo su guarida,
Dónde oculta su escama la serpiente,
Dónde sueltan la carga los traidores,
Y dónde no hay honor, sino ceniza:
¡Allí, mas sólo allí, decir pudiera
Lo que dicen y viven!, ¡que mi patria
Piensa en unirse al bárbaro extranjero!
Rasgos, consejos, iras, letras fieras
Que parecen espadas: Lo que escribo,
Por compasión lo borro, porque el crimen,
El crimen es al fin de mis hermanos.
Huyo de mí, tiemblo del sol; quisiera
Saber dónde hace el topo su guarida,
Dónde oculta su escama la serpiente,
Dónde sueltan la carga los traidores,
Y dónde no hay honor, sino ceniza:
¡Allí, mas sólo allí, decir pudiera
Lo que dicen y viven!, ¡que mi patria
Piensa en unirse al bárbaro extranjero!
755
José Martí
Cual De Incensario Roto
Cual de incensario roto huye el perfume
Así de mi dolor se escapa el verso:
Me nutro del dolor que me consume,
De donde vine, ahí voy: al Universo.
Cirio soy encendido en la tormenta:
El fuego con que brillo me devora
Y en lugar de apagarme me alimenta
El vendaval que al temeroso azora.
Yo nunca duermo: al despertarme, noto
En mí el cansancio de una gran jornada
Adonde voy de noche. cuando, roto
El cuerpo, hundo la faz en mi almohada.
¿Quién, cuando a mal desconocido postro
Mis fuerzas, me unge con la estrofa blanda,
Y de lumbre de amor me baña el rostro
Y abrir las alas y anunciar me manda?
¿Quién piensa en mí? ¿Quién habla
por mis labios
Cosas que en vano detener intento?
¿De dónde vienen los consejos sabios?
¿Alónde va sin rienda el pensamiento?
Ya no me quejo, no, como solía,
De mi dolor callado e infecundo:
Cumplo con el deber de cada día
Y miro herir y mejorarse el mundo.
Ya no me aflijo, no, ni me desolo
De verme aislado en mi difícil lucha,
Va con la eternidad el que va solo,
Que todos oyen cuando nadie escucha.
Qué fue, no sé: jamás en mí di asiento
Sobre el amor al hombre, a amor alguno,
Y bajo tierra, y a mis plantas siento
Todo otro amor, menguado e importuno.
La libertad adoro y el derecho.
Odios no sufro, ni pasiones malas:
Y en la coraza que me viste el pecho
Un águila de luz abre sus alas.
Vano es que amor solloce o interceda,
Al limpio sol mis armas he jurado
Y subiré en la sombra basta que pueda
Mi acero en pleno sol dejar clavado.
Como una luz la férvida palabra
A los temblantes labios se me asoma:
Mas no haya miedo que las puertas le abra
Si antes el odio y la pasión no doma.
Qué fue, no sé: pero yo he dado un beso
A una gigante y bondadosa mano
Y desde entonces, por donde hablo, impreso
Queda en los hombres el amor humano.
Ya no me importa que la frase ardiente
Muera en silencio, o ande en casa oscura,
Amo y trabajo: así calladamente
Nutre el río a la selva en la espesura.
Así de mi dolor se escapa el verso:
Me nutro del dolor que me consume,
De donde vine, ahí voy: al Universo.
Cirio soy encendido en la tormenta:
El fuego con que brillo me devora
Y en lugar de apagarme me alimenta
El vendaval que al temeroso azora.
Yo nunca duermo: al despertarme, noto
En mí el cansancio de una gran jornada
Adonde voy de noche. cuando, roto
El cuerpo, hundo la faz en mi almohada.
¿Quién, cuando a mal desconocido postro
Mis fuerzas, me unge con la estrofa blanda,
Y de lumbre de amor me baña el rostro
Y abrir las alas y anunciar me manda?
¿Quién piensa en mí? ¿Quién habla
por mis labios
Cosas que en vano detener intento?
¿De dónde vienen los consejos sabios?
¿Alónde va sin rienda el pensamiento?
Ya no me quejo, no, como solía,
De mi dolor callado e infecundo:
Cumplo con el deber de cada día
Y miro herir y mejorarse el mundo.
Ya no me aflijo, no, ni me desolo
De verme aislado en mi difícil lucha,
Va con la eternidad el que va solo,
Que todos oyen cuando nadie escucha.
Qué fue, no sé: jamás en mí di asiento
Sobre el amor al hombre, a amor alguno,
Y bajo tierra, y a mis plantas siento
Todo otro amor, menguado e importuno.
La libertad adoro y el derecho.
Odios no sufro, ni pasiones malas:
Y en la coraza que me viste el pecho
Un águila de luz abre sus alas.
Vano es que amor solloce o interceda,
Al limpio sol mis armas he jurado
Y subiré en la sombra basta que pueda
Mi acero en pleno sol dejar clavado.
Como una luz la férvida palabra
A los temblantes labios se me asoma:
Mas no haya miedo que las puertas le abra
Si antes el odio y la pasión no doma.
Qué fue, no sé: pero yo he dado un beso
A una gigante y bondadosa mano
Y desde entonces, por donde hablo, impreso
Queda en los hombres el amor humano.
Ya no me importa que la frase ardiente
Muera en silencio, o ande en casa oscura,
Amo y trabajo: así calladamente
Nutre el río a la selva en la espesura.
855
José Martí
Cual De Incensario Roto
Cual de incensario roto huye el perfume
Así de mi dolor se escapa el verso:
Me nutro del dolor que me consume,
De donde vine, ahí voy: al Universo.
Cirio soy encendido en la tormenta:
El fuego con que brillo me devora
Y en lugar de apagarme me alimenta
El vendaval que al temeroso azora.
Yo nunca duermo: al despertarme, noto
En mí el cansancio de una gran jornada
Adonde voy de noche. cuando, roto
El cuerpo, hundo la faz en mi almohada.
¿Quién, cuando a mal desconocido postro
Mis fuerzas, me unge con la estrofa blanda,
Y de lumbre de amor me baña el rostro
Y abrir las alas y anunciar me manda?
¿Quién piensa en mí? ¿Quién habla
por mis labios
Cosas que en vano detener intento?
¿De dónde vienen los consejos sabios?
¿Alónde va sin rienda el pensamiento?
Ya no me quejo, no, como solía,
De mi dolor callado e infecundo:
Cumplo con el deber de cada día
Y miro herir y mejorarse el mundo.
Ya no me aflijo, no, ni me desolo
De verme aislado en mi difícil lucha,
Va con la eternidad el que va solo,
Que todos oyen cuando nadie escucha.
Qué fue, no sé: jamás en mí di asiento
Sobre el amor al hombre, a amor alguno,
Y bajo tierra, y a mis plantas siento
Todo otro amor, menguado e importuno.
La libertad adoro y el derecho.
Odios no sufro, ni pasiones malas:
Y en la coraza que me viste el pecho
Un águila de luz abre sus alas.
Vano es que amor solloce o interceda,
Al limpio sol mis armas he jurado
Y subiré en la sombra basta que pueda
Mi acero en pleno sol dejar clavado.
Como una luz la férvida palabra
A los temblantes labios se me asoma:
Mas no haya miedo que las puertas le abra
Si antes el odio y la pasión no doma.
Qué fue, no sé: pero yo he dado un beso
A una gigante y bondadosa mano
Y desde entonces, por donde hablo, impreso
Queda en los hombres el amor humano.
Ya no me importa que la frase ardiente
Muera en silencio, o ande en casa oscura,
Amo y trabajo: así calladamente
Nutre el río a la selva en la espesura.
Así de mi dolor se escapa el verso:
Me nutro del dolor que me consume,
De donde vine, ahí voy: al Universo.
Cirio soy encendido en la tormenta:
El fuego con que brillo me devora
Y en lugar de apagarme me alimenta
El vendaval que al temeroso azora.
Yo nunca duermo: al despertarme, noto
En mí el cansancio de una gran jornada
Adonde voy de noche. cuando, roto
El cuerpo, hundo la faz en mi almohada.
¿Quién, cuando a mal desconocido postro
Mis fuerzas, me unge con la estrofa blanda,
Y de lumbre de amor me baña el rostro
Y abrir las alas y anunciar me manda?
¿Quién piensa en mí? ¿Quién habla
por mis labios
Cosas que en vano detener intento?
¿De dónde vienen los consejos sabios?
¿Alónde va sin rienda el pensamiento?
Ya no me quejo, no, como solía,
De mi dolor callado e infecundo:
Cumplo con el deber de cada día
Y miro herir y mejorarse el mundo.
Ya no me aflijo, no, ni me desolo
De verme aislado en mi difícil lucha,
Va con la eternidad el que va solo,
Que todos oyen cuando nadie escucha.
Qué fue, no sé: jamás en mí di asiento
Sobre el amor al hombre, a amor alguno,
Y bajo tierra, y a mis plantas siento
Todo otro amor, menguado e importuno.
La libertad adoro y el derecho.
Odios no sufro, ni pasiones malas:
Y en la coraza que me viste el pecho
Un águila de luz abre sus alas.
Vano es que amor solloce o interceda,
Al limpio sol mis armas he jurado
Y subiré en la sombra basta que pueda
Mi acero en pleno sol dejar clavado.
Como una luz la férvida palabra
A los temblantes labios se me asoma:
Mas no haya miedo que las puertas le abra
Si antes el odio y la pasión no doma.
Qué fue, no sé: pero yo he dado un beso
A una gigante y bondadosa mano
Y desde entonces, por donde hablo, impreso
Queda en los hombres el amor humano.
Ya no me importa que la frase ardiente
Muera en silencio, o ande en casa oscura,
Amo y trabajo: así calladamente
Nutre el río a la selva en la espesura.
855
José Martí
Árabe
Sin pompa falsa ¡oh árabe! saludo
Tú libertad, tu tienda y tu caballo.
Como se ven desde la mar las cumbres
De la tierra, tal miro en mi memoria
Mis instantes felices: sólo han sido
Aquellos en que, a solas, a caballo
Vi el alba, salvé el riesgo, anduve el monte,
Y al volver, como tú, fiero y dichoso
Solté las bridas, y apuré sediento
Una escudilla de fragante leche.
Los hombres, moro mío,
Valen menos que el árbol que cobija
Igual a rico y pobre, menos valen
Que el lomo imperial de tu caballo.
Sombra da el árbol, y el caballo asiento:
El hombre, como el guao,
Padre a los que se acogen a su sombra.
Oh, ya no viene el verso cual solía
Corno un collar de rosas, o a manera
De caballero de la buena espada
Toda de luz vestida la figura:
Viene ya corno un buey, cansado y viejo
De halar de la pértiga en tierra seca.
Tú libertad, tu tienda y tu caballo.
Como se ven desde la mar las cumbres
De la tierra, tal miro en mi memoria
Mis instantes felices: sólo han sido
Aquellos en que, a solas, a caballo
Vi el alba, salvé el riesgo, anduve el monte,
Y al volver, como tú, fiero y dichoso
Solté las bridas, y apuré sediento
Una escudilla de fragante leche.
Los hombres, moro mío,
Valen menos que el árbol que cobija
Igual a rico y pobre, menos valen
Que el lomo imperial de tu caballo.
Sombra da el árbol, y el caballo asiento:
El hombre, como el guao,
Padre a los que se acogen a su sombra.
Oh, ya no viene el verso cual solía
Corno un collar de rosas, o a manera
De caballero de la buena espada
Toda de luz vestida la figura:
Viene ya corno un buey, cansado y viejo
De halar de la pértiga en tierra seca.
772
José Martí
Sueño Con Claustros De Mármol
Sueño con claustros de mármol
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven,
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran:
¡Vibra la espada en la vaina!:
Mudo, les beso la mano.
¡Hablo con ellos, de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: lloroso
Me abrazo a un mármol: «¡Oh mármol,
Dicen que beben tus hijos
Su propia sangre en las copas
Venenosas de sus dueños!
¡Que hablan la lengua podrida.
De sus rufianes! ¡Que comen
Juntos el pan del oprobio,
En la mesa ensangrentada!
¡Que pierden en lengua inútil
El último fuego!: ¡Dicen,
Oh mármol, mármol dormido,
Que ya se ha muerto tu raza!»
Échame en tierra de un bote
El héroe que abrazo: me ase
Del cuello: barre la tierra
Con mi cabeza: levanta
El brazo, ¡el brazo le luce
Lo mismo que un sol!: resuena
La piedra: buscan el cinto
Las manos blancas: ¡del soclo
Saltan los hombres de mármol!
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven,
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran:
¡Vibra la espada en la vaina!:
Mudo, les beso la mano.
¡Hablo con ellos, de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: lloroso
Me abrazo a un mármol: «¡Oh mármol,
Dicen que beben tus hijos
Su propia sangre en las copas
Venenosas de sus dueños!
¡Que hablan la lengua podrida.
De sus rufianes! ¡Que comen
Juntos el pan del oprobio,
En la mesa ensangrentada!
¡Que pierden en lengua inútil
El último fuego!: ¡Dicen,
Oh mármol, mármol dormido,
Que ya se ha muerto tu raza!»
Échame en tierra de un bote
El héroe que abrazo: me ase
Del cuello: barre la tierra
Con mi cabeza: levanta
El brazo, ¡el brazo le luce
Lo mismo que un sol!: resuena
La piedra: buscan el cinto
Las manos blancas: ¡del soclo
Saltan los hombres de mármol!
1.086
José Martí
Cuando Me Vino El Honor
Cuando me vino el honor
De la tierra generosa,
No pensé en Blanca ni en Rosa
Ni en lo grande del favor.
Pensé en el pobre artillero
Que está en la tumba, callado:
Pensé en mi padre, el soldado:
Pensé en mi padre, el obrero.
Cuando llegó la pomposa
Carta, en su noble cubierta,
Pensé en la tumba desierta,
No pensé en Blanca ni en Rosa.
De la tierra generosa,
No pensé en Blanca ni en Rosa
Ni en lo grande del favor.
Pensé en el pobre artillero
Que está en la tumba, callado:
Pensé en mi padre, el soldado:
Pensé en mi padre, el obrero.
Cuando llegó la pomposa
Carta, en su noble cubierta,
Pensé en la tumba desierta,
No pensé en Blanca ni en Rosa.
734
José Martí
¿del Tirano? Del Tirano
¿Del tirano? Del tirano
Di todo, ¡di más!, y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.
¿Del error? Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.
¿De mujer? Bien puede ser
Que mueras de su mordida;
¡Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!
Di todo, ¡di más!, y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.
¿Del error? Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.
¿De mujer? Bien puede ser
Que mueras de su mordida;
¡Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!
945
José Martí
¿del Tirano? Del Tirano
¿Del tirano? Del tirano
Di todo, ¡di más!, y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.
¿Del error? Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.
¿De mujer? Bien puede ser
Que mueras de su mordida;
¡Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!
Di todo, ¡di más!, y clava
Con furia de mano esclava
Sobre su oprobio al tirano.
¿Del error? Pues del error
Di el antro, di las veredas
Oscuras: di cuanto puedas
Del tirano y del error.
¿De mujer? Bien puede ser
Que mueras de su mordida;
¡Pero no empañes tu vida
Diciendo mal de mujer!
945
José Martí
Penas! ¿quién Osa Decir
¡Penas! ¿Quién osa decir
Que tengo yo penas? Luego,
Después del rayo, y del fuego,
Tendré tiempo de sufrir.
Yo sé de un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
¡La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo!
Hay montes, y hay que subir
Los montes altos; ¡después
Veremos, alma, quién es
Quien te me ha puesto al morir!
Que tengo yo penas? Luego,
Después del rayo, y del fuego,
Tendré tiempo de sufrir.
Yo sé de un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
¡La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo!
Hay montes, y hay que subir
Los montes altos; ¡después
Veremos, alma, quién es
Quien te me ha puesto al morir!
776
José Martí
Penas! ¿quién Osa Decir
¡Penas! ¿Quién osa decir
Que tengo yo penas? Luego,
Después del rayo, y del fuego,
Tendré tiempo de sufrir.
Yo sé de un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
¡La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo!
Hay montes, y hay que subir
Los montes altos; ¡después
Veremos, alma, quién es
Quien te me ha puesto al morir!
Que tengo yo penas? Luego,
Después del rayo, y del fuego,
Tendré tiempo de sufrir.
Yo sé de un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
¡La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo!
Hay montes, y hay que subir
Los montes altos; ¡después
Veremos, alma, quién es
Quien te me ha puesto al morir!
776
José Martí
El Rayo Surca, Sangriento
El rayo surca, sangriento,
El lóbrego nubarrón:
Echa el barco, ciento a ciento,
Los negros por el portón.
El viento, fiero, quebraba
Los almácigos copudos;
Andaba la hilera, andaba,
De los esclavos desnudos.
El temporal sacudía
Los barracones henchidos:
Una madre con su cría
Pasaba, dando alaridos.
Rojo, como en el desierto,
Salió el sol al horizonte:
Y alumbró a un esclavo muerto,
Colgado a un seibo del monte.
Un niño lo vio: tembló
De pasión por los que gimen:
¡Y, al pie del muerto, juró
lavar con su vida el crimen!
El lóbrego nubarrón:
Echa el barco, ciento a ciento,
Los negros por el portón.
El viento, fiero, quebraba
Los almácigos copudos;
Andaba la hilera, andaba,
De los esclavos desnudos.
El temporal sacudía
Los barracones henchidos:
Una madre con su cría
Pasaba, dando alaridos.
Rojo, como en el desierto,
Salió el sol al horizonte:
Y alumbró a un esclavo muerto,
Colgado a un seibo del monte.
Un niño lo vio: tembló
De pasión por los que gimen:
¡Y, al pie del muerto, juró
lavar con su vida el crimen!
993