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Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Juan Liscano

Juan Liscano

Pareja Sin Historia

Se acarician. Se bastan.
Están colmados por ellos mismos
colmados por la sed sensual del otro.

Se conocieron ayer:
llevan siglos de parecerse
de abrazarse en las paredes siempre únicas
de reconocerse en todos los lugares
donde el sueño esconde su tesoro
donde la dicha deja a la nostalgia
donde nunca estuvieron

donde están.

Aroma de piel ramajes íntima penumbra
labios que besan por la herida
rostro asomado al secreto del rostro que lo refleja
palabras que se derriten por los dedos
semejanzas descubiertas con delicia
apetencias de olvido y de sabores no probados
mientras se inventan paraísos sin castigo
y se cuentan a tientas el alma
mientras asumen el destino de las frutas
y la vida fulgura en ellos
con sus “siempre” y sus “nunca” efímeros
con sus “primera vez” repetido hasta el final
con sus partes confundidas cual miembros que el amor enlaza.

Hasta ellos no alcanza el rumor de la urbe
o será más bien que no lo oyen
que lo cubre el susurro con que se aman
que lo dispersa el soplo que se dan.

Se huelen se gustan se desean.
La libertad que encuentran los deslumbra.
Ascienden en una isla espacial entre los astros.
Pareja sin Historia

pareja constelada.

Se miran a sí mismos en el otro.
Ella aparece abierta impúdica ojerosa tremulante
él: enhiesto obsceno avisor posesivo
ella: contráctil húmeda gimiente umbría
él: herido llameante solar fulminado.
¡Cuánto abandono momentáneo!¡Cuánto
triunfo!
Pueden equivocarse gozosamente
confundir las imágenes del deseo espejado
fundir los sabores de sus bocas
perderse juntos en el placer del otro
fluir de manantiales en arroyos
de arroyos en raudales de raudales en ríos
hasta el mar hasta volcarse en la unidad del origen
en el espacio pletórico y vibrante
donde cada movimiento se transmite de polo a polo
donde flotarán donde están flotando
como dos hipocampos entregados al rito nupcial.

Aflojan las redes y los nudos milenarios
arrojan de sí el pasado las cáscaras los trapos
viento propicio borra las huellas mezcla arenas y estrellas
le dan la espalda a la memoria hueca
para ser cresta de una ola
para ser cresta espuma sortilegio
cielo de mar espacio palpitante que rompe en sales
y en la cresta de esa ola de caballos tornasolados
que recorre de punta a punta el tiempo como una playa
me arrojo contigo!
¡la corro contigo hasta el final del día!
¡sobre su filo tú y yo somos jabalina y destello!
¡vivan este esfuerzo estos besos esta presencia única!
¡vivan este júbilo del mar los cuerpos aparejados!
¡nuestro almizcle que huele a marisco y a gato montés!
¡el relámpago en que nos dormimos juntos!

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Juan Liscano

Juan Liscano

Juan Liscano

Juan Liscano

Bolívar

Entre los agostadores
los que mantienen abiertos los ojos del cuchillo,
entre los crueles, los monstruos del relámpago,
entre los animales humanos de la guerra,
entre las patas, heridas, llamas, alaridos,
brotando de la sangre, despunta al fin Bolívar.

Más joven que su muerte andante y próxima
tan joven para los años que le esperan
tan lleno de furor puro, de esperanzas,
tocado por el crimen, como todos,
ebrio de un fuego por vencer la muerte
pero también capaz de detenerse
para aspirar la flor gratuita, vana,
para soñar algún sueño en que se mira
con los pies en el lodo, con la frente en la estrella.

Bolívar peleaba por su pan de Independencia
con frenéticas hambres de iluminado
caía al fondo de sus iras
ensuciaba sus alas juveniles
se arrastraba sobre esponjas de barro
lleno de costras, de escamas, de hojarasca,
sacaba su garfio, su zarpa, su hocico de hombre de guerra
tatuado tenía el cuerpo de presidiario de la muerte
de matador de canarios y españoles
de gran sembrador ensangrentado.

Rachas de pánico le cruzaron
cuando quiso contener las crecientes, el diluvio,
las tribus retemblantes de los hombres caballos..
Nadó entre corrientes fragorosas
entre torbellinos de rebaños acuáticos
alcanzó alguna orilla batida por las olas
se derrumbaban las montañas del trueno
llovía un crepúsculo, un ejército en derrota
caía ceniza funeraria de las fugas, de los éxodos,
subía el nivel del agua de la muerte.

Clarea sobre el mundo a pesar de la guerra
amanece a pesar de la derrota
un ave con alas de palmera real
vuela en la aurora a pesar del exilio.
Entonces Bolívar se levantó de su sueño
lo despertó, profundamente, a la mañana en ciernes
lo soñó, por primera vez, lúcido y despierto
atravesó su cristal sin quebrarlo
fue traspasado por el rayo de imágenes.
Visión y visionario fueron un mismo hombre
compartiendo un mismo desayuno frugal
en ese primer día insular del destierro
en esa jornada de juntar los pasos,
de pisar firme sin aplastar la nube,
de recorrer lo andado hacia el futuro.

Boves en Urica se quebró como una lanza.
Bolívar saltará la bocado sus palabras sueltas
las arrojará al voleo sobre las turbas revueltas
cabalgará los enlutados caballos solares
ganará un ejército de vástagos verdes,
de raíces viudas, de h humus, de libertos en armas.
Mudará de piel en el tórrido verano guerrero
dejará entre los helechos su casaca mantuana
su capa quebradiza y seca, su uniforme vacío
le vestirá una luz matinal de victorias.
Bajarán lentamente las aguas tenebrosas
aflorarán las cimas lucientes y chorreantes
como lentas tortugas marinas,
aún no habrá cruzado la paloma ni crecido el arco iris.
Su voluntad de fundación le irá quemando.
Sufrirá por sí mismo y por los otros
por el presente ciego y el porvenir herido
por su visión de paz y su verdad de guerra;
llorará alguna vez sobre una piedra,
creerá haber arado un mar de lágrimas pétreas
pero las fieras regresarán a su guarida
se ocultarán en su espesura de libertador
se amansarán un tiempo al influjo de su canto
empezará a verdecer el yermo, a ser de todos la esperanza
resplandecerán los territorios emergidos
y entre las ramazones de la guerra
en la extremidad de sus disparos
surgirá un firmamento de yemas delicadas.

¡Bolívar, ay, Bolívar tan mentido!
En este tiempo de prisiones
de ejércitos voraces salidos de su cauce
-revueltos espadones, creciente agostadora-
nadie labora tus campos estelares
nadie vela tu insomnio que palpita
de viento a viento como una llamarada
nadie oye crujir tu impaciencia
en las maderas nocturnas, en los bosques
nadie bebe tus palabras sangradas
en tu exilio, en tu isla y en tu asfixia
cuando pensaste con peso de huerto de agonía
de planeta de plomo tenebroso
y hablaste de una imposible mano abierta
de un pueblo sonreído
de un tiempo de estatua consagrado
de un ala de laurel constante
de un rayo de aire libre.

Acabó tu violencia amando sin remedio.
Repartiste entre todos la victoria
y un sueño de países tomados de la mano.
Quisiste armar la paz con letras, libros
quemar la guerra con su propio fuego;
quisiste hacernos hombres

¡no soldados!

¡Bolívar, ay Bolívar! ¿Quién te cumple?
¡Cuánta historia rebotando de eco en sombra!
¡Cuánto nombre arrojado a los cerdos!
¡Cuánto Bolívar invocado en vano!
622
Juan Liscano

Juan Liscano

Bolívar

Entre los agostadores
los que mantienen abiertos los ojos del cuchillo,
entre los crueles, los monstruos del relámpago,
entre los animales humanos de la guerra,
entre las patas, heridas, llamas, alaridos,
brotando de la sangre, despunta al fin Bolívar.

Más joven que su muerte andante y próxima
tan joven para los años que le esperan
tan lleno de furor puro, de esperanzas,
tocado por el crimen, como todos,
ebrio de un fuego por vencer la muerte
pero también capaz de detenerse
para aspirar la flor gratuita, vana,
para soñar algún sueño en que se mira
con los pies en el lodo, con la frente en la estrella.

Bolívar peleaba por su pan de Independencia
con frenéticas hambres de iluminado
caía al fondo de sus iras
ensuciaba sus alas juveniles
se arrastraba sobre esponjas de barro
lleno de costras, de escamas, de hojarasca,
sacaba su garfio, su zarpa, su hocico de hombre de guerra
tatuado tenía el cuerpo de presidiario de la muerte
de matador de canarios y españoles
de gran sembrador ensangrentado.

Rachas de pánico le cruzaron
cuando quiso contener las crecientes, el diluvio,
las tribus retemblantes de los hombres caballos..
Nadó entre corrientes fragorosas
entre torbellinos de rebaños acuáticos
alcanzó alguna orilla batida por las olas
se derrumbaban las montañas del trueno
llovía un crepúsculo, un ejército en derrota
caía ceniza funeraria de las fugas, de los éxodos,
subía el nivel del agua de la muerte.

Clarea sobre el mundo a pesar de la guerra
amanece a pesar de la derrota
un ave con alas de palmera real
vuela en la aurora a pesar del exilio.
Entonces Bolívar se levantó de su sueño
lo despertó, profundamente, a la mañana en ciernes
lo soñó, por primera vez, lúcido y despierto
atravesó su cristal sin quebrarlo
fue traspasado por el rayo de imágenes.
Visión y visionario fueron un mismo hombre
compartiendo un mismo desayuno frugal
en ese primer día insular del destierro
en esa jornada de juntar los pasos,
de pisar firme sin aplastar la nube,
de recorrer lo andado hacia el futuro.

Boves en Urica se quebró como una lanza.
Bolívar saltará la bocado sus palabras sueltas
las arrojará al voleo sobre las turbas revueltas
cabalgará los enlutados caballos solares
ganará un ejército de vástagos verdes,
de raíces viudas, de h humus, de libertos en armas.
Mudará de piel en el tórrido verano guerrero
dejará entre los helechos su casaca mantuana
su capa quebradiza y seca, su uniforme vacío
le vestirá una luz matinal de victorias.
Bajarán lentamente las aguas tenebrosas
aflorarán las cimas lucientes y chorreantes
como lentas tortugas marinas,
aún no habrá cruzado la paloma ni crecido el arco iris.
Su voluntad de fundación le irá quemando.
Sufrirá por sí mismo y por los otros
por el presente ciego y el porvenir herido
por su visión de paz y su verdad de guerra;
llorará alguna vez sobre una piedra,
creerá haber arado un mar de lágrimas pétreas
pero las fieras regresarán a su guarida
se ocultarán en su espesura de libertador
se amansarán un tiempo al influjo de su canto
empezará a verdecer el yermo, a ser de todos la esperanza
resplandecerán los territorios emergidos
y entre las ramazones de la guerra
en la extremidad de sus disparos
surgirá un firmamento de yemas delicadas.

¡Bolívar, ay, Bolívar tan mentido!
En este tiempo de prisiones
de ejércitos voraces salidos de su cauce
-revueltos espadones, creciente agostadora-
nadie labora tus campos estelares
nadie vela tu insomnio que palpita
de viento a viento como una llamarada
nadie oye crujir tu impaciencia
en las maderas nocturnas, en los bosques
nadie bebe tus palabras sangradas
en tu exilio, en tu isla y en tu asfixia
cuando pensaste con peso de huerto de agonía
de planeta de plomo tenebroso
y hablaste de una imposible mano abierta
de un pueblo sonreído
de un tiempo de estatua consagrado
de un ala de laurel constante
de un rayo de aire libre.

Acabó tu violencia amando sin remedio.
Repartiste entre todos la victoria
y un sueño de países tomados de la mano.
Quisiste armar la paz con letras, libros
quemar la guerra con su propio fuego;
quisiste hacernos hombres

¡no soldados!

¡Bolívar, ay Bolívar! ¿Quién te cumple?
¡Cuánta historia rebotando de eco en sombra!
¡Cuánto nombre arrojado a los cerdos!
¡Cuánto Bolívar invocado en vano!
622
Juan Liscano

Juan Liscano

Bolívar

Entre los agostadores
los que mantienen abiertos los ojos del cuchillo,
entre los crueles, los monstruos del relámpago,
entre los animales humanos de la guerra,
entre las patas, heridas, llamas, alaridos,
brotando de la sangre, despunta al fin Bolívar.

Más joven que su muerte andante y próxima
tan joven para los años que le esperan
tan lleno de furor puro, de esperanzas,
tocado por el crimen, como todos,
ebrio de un fuego por vencer la muerte
pero también capaz de detenerse
para aspirar la flor gratuita, vana,
para soñar algún sueño en que se mira
con los pies en el lodo, con la frente en la estrella.

Bolívar peleaba por su pan de Independencia
con frenéticas hambres de iluminado
caía al fondo de sus iras
ensuciaba sus alas juveniles
se arrastraba sobre esponjas de barro
lleno de costras, de escamas, de hojarasca,
sacaba su garfio, su zarpa, su hocico de hombre de guerra
tatuado tenía el cuerpo de presidiario de la muerte
de matador de canarios y españoles
de gran sembrador ensangrentado.

Rachas de pánico le cruzaron
cuando quiso contener las crecientes, el diluvio,
las tribus retemblantes de los hombres caballos..
Nadó entre corrientes fragorosas
entre torbellinos de rebaños acuáticos
alcanzó alguna orilla batida por las olas
se derrumbaban las montañas del trueno
llovía un crepúsculo, un ejército en derrota
caía ceniza funeraria de las fugas, de los éxodos,
subía el nivel del agua de la muerte.

Clarea sobre el mundo a pesar de la guerra
amanece a pesar de la derrota
un ave con alas de palmera real
vuela en la aurora a pesar del exilio.
Entonces Bolívar se levantó de su sueño
lo despertó, profundamente, a la mañana en ciernes
lo soñó, por primera vez, lúcido y despierto
atravesó su cristal sin quebrarlo
fue traspasado por el rayo de imágenes.
Visión y visionario fueron un mismo hombre
compartiendo un mismo desayuno frugal
en ese primer día insular del destierro
en esa jornada de juntar los pasos,
de pisar firme sin aplastar la nube,
de recorrer lo andado hacia el futuro.

Boves en Urica se quebró como una lanza.
Bolívar saltará la bocado sus palabras sueltas
las arrojará al voleo sobre las turbas revueltas
cabalgará los enlutados caballos solares
ganará un ejército de vástagos verdes,
de raíces viudas, de h humus, de libertos en armas.
Mudará de piel en el tórrido verano guerrero
dejará entre los helechos su casaca mantuana
su capa quebradiza y seca, su uniforme vacío
le vestirá una luz matinal de victorias.
Bajarán lentamente las aguas tenebrosas
aflorarán las cimas lucientes y chorreantes
como lentas tortugas marinas,
aún no habrá cruzado la paloma ni crecido el arco iris.
Su voluntad de fundación le irá quemando.
Sufrirá por sí mismo y por los otros
por el presente ciego y el porvenir herido
por su visión de paz y su verdad de guerra;
llorará alguna vez sobre una piedra,
creerá haber arado un mar de lágrimas pétreas
pero las fieras regresarán a su guarida
se ocultarán en su espesura de libertador
se amansarán un tiempo al influjo de su canto
empezará a verdecer el yermo, a ser de todos la esperanza
resplandecerán los territorios emergidos
y entre las ramazones de la guerra
en la extremidad de sus disparos
surgirá un firmamento de yemas delicadas.

¡Bolívar, ay, Bolívar tan mentido!
En este tiempo de prisiones
de ejércitos voraces salidos de su cauce
-revueltos espadones, creciente agostadora-
nadie labora tus campos estelares
nadie vela tu insomnio que palpita
de viento a viento como una llamarada
nadie oye crujir tu impaciencia
en las maderas nocturnas, en los bosques
nadie bebe tus palabras sangradas
en tu exilio, en tu isla y en tu asfixia
cuando pensaste con peso de huerto de agonía
de planeta de plomo tenebroso
y hablaste de una imposible mano abierta
de un pueblo sonreído
de un tiempo de estatua consagrado
de un ala de laurel constante
de un rayo de aire libre.

Acabó tu violencia amando sin remedio.
Repartiste entre todos la victoria
y un sueño de países tomados de la mano.
Quisiste armar la paz con letras, libros
quemar la guerra con su propio fuego;
quisiste hacernos hombres

¡no soldados!

¡Bolívar, ay Bolívar! ¿Quién te cumple?
¡Cuánta historia rebotando de eco en sombra!
¡Cuánto nombre arrojado a los cerdos!
¡Cuánto Bolívar invocado en vano!
622
Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

In Memoriam

El vago azar o las precisas leyes
Que rigen este sueño, el universo,
Me permitieron compartir un terso

Trecho del curso con Alfonso Reyes.
Supo bien aquel arte que ninguno
Supo del todo, ni Simbad ni Ulises,

Que es pasar de un país a otros países
Y estar íntegramente en cada uno.
Si la memoria le clavó su flecha

Alguna vez, labró con el violento
Metal del arma el numeroso y lento
Alejandrino o la afligida endecha.

En los trabajos lo asistió la humana
Esperanza y fue lumbre de su vida
Dar con el verso que ya no se olvida

Y renovar la prosa castellana.
Más allá del Myo Cid de paso tardo
Y de la grey que aspira a ser oscura,

Rastreaba la fugaz literatura
Hasta los arrabales del lunfardo.
En los cinco jardines del Marino

Se demoró, pero algo en él había
Inmortal y esencial que prefería
El arduo estudio y el deber divino.

Prefirió, mejor dicho, los jardines
De la meditación, donde Porfirio
Erigió ante las sombras y el delirio

El Árbol del Principio y de los Fines.
Reyes, la indescifrable providencia
Que administra lo pródigo y lo parco

Nos dio a los unos el sector o el arco,
Pero a ti la total circunferencia.
Lo dichoso buscabas o lo triste

Que ocultan frontispicios y renombres:
Como el Dios del Erígena, quisiste
Ser nadie para ser todos los hombres.

Vastos y delicados esplendores
Logró tu estilo, esa precisa rosa,
Y a las guerras de Dios tornó gozosa

La sangre militar de tus mayores.
¿Dónde estará (pregunto) el mexicano?
¿Contemplará con el horror de Edipo

Ante la extraña Esfinge, el Arquetipo
Inmóvil de la Cara o de la Mano?
¿O errará, como Swedenborg quería,

Por un orbe más vívido y complejo
Que el terrenal, que apenas es reflejo
De aquella alta y celeste algarabía?

Si (como los imperios de la laca
Y del ébano enseñan) la memoria
Labra su íntimo Edén, ya hay en la gloria

Otro México y otra Cuernavaca.
Sabe Dios los colores que la suerte
Propone al hombre más allá del día;

Yo ando por estas calles. Todavía
Muy poco se me alcanza de la muerte.
Sólo una cosa sé. Que Alfonso Reyes

(Dondequiera que el mar lo haya arrojado)
Se aplicará dichoso y desvelado
Al otro enigma y a las otras leyes.

Al impar tributemos, al diverso
Las palmas y el clamor de la victoria:
No profane mi lágrima este verso
Que nuestro amor inscribe a su memoria.
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