Temas
Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Julio Herrera y Reissig

Julio Herrera y Reissig

La Gran Soirée De La Elegancia La Danza De Los Meses Y De Las Horas Galanterías Eternas

Aramís ordena que los doce Meses
Formen en la rueda con las doce Horas.
Las Horas sonríen; los doce Condeses
Hacen reverencias para las señoras.

(Beaumarchais se acerca. La Vallière saluda,
La Chevreuse camina, Maintenon se sienta;
Sévigné pasea su espalda desnuda,
Mientras Guiche sonriendo su pasión le cuenta).

Luis, Rey de primores, en un grupo alterna,
Dando a sus palabras caprichosos giros;
(Las enamoradas de su linda pierna
Le brindan miradas, risas y suspiros).

Comienza la danza. Sus divinos vuelos
Emprenden las Horas: un iris de seda
Se cierne en la nube de los terciopelos,
Y en mágica urdimbre de flores se enreda.

Avispas de raros metales parecen,
Que cercan zumbando divinos panales,
Y raudas estrellas que saltan y crecen,
Siguiendo los ritmos de mil madrigales.

Prosigue la danza. Su baile ligero
Emprenden los Meses: una cabalgata
De arqueros celestes cruza el abejero
De tacos bordados y hebillas de plata.

Parecen falenas de volar extraño.
Bellos sagitarios de la diosa Iris,
Los doce Condeses del Reino del Año
Que rigen las riendas del potro de Osiris.

El viejo Patriarca
que todo lo abarca
Se riza la barba de príncipe asirio;
Su nívea cabeza parece un gran lirio,
Su nívea cabeza de viejo Patriarca

Aramís ordena que las danzarinas
Cuenten sus historias. La orquesta acompaña.
(El Rey Luis escucha, tras unas cortinas,
El rondó de espuma del vino champaña).

La menor, la Una, canta la primera:
«Yo he nacido en Grecia, yo he nacido en Nubia:
Yo soy negra y blanca, triste o hechicera;
Mi cabeza es negra, mi cabeza es rubia.

»Los insomnios tristes son de mis imperios,
Y mis ojos queman con mirar profundo;
Soy la negra bruja de los cementerios,
La querida ardiente que ilumina el Mundo.

»Soy la Una, una nocturnal sombría
Hija de la noche, maga de la Luna;
Soy la Una, una lámpara del Día,
Soy la negra Una, soy la blanca Una».

La Dos: «Soy la hermana de la buena hermana
Que contó su historias, y una es nuestra vida;
El sultán del Día me nombró sultana;
El cafre nocturno me hizo su querida».

La Tres: «Soy el hada que sus oros labra
En la adamantina villa de los astros,
Y que adora al negro, raro, abracadabra
Que por donde pasa deja negros rastros».

La Cuatro: «Yo brillo cuando en los Estíos
El Sol llega a Piscis y en Piscis se escuda;
Yo beso y despierto los tiernos rocíos;
Yo brillo en Enero cuando el Sol madruga».

La Cinco: «Yo luzco, toda engalanada,
Al pie del Castillo de prismas aéreos;
Yo aclaro, yo azulo la inmensa mirada
De los Capricornios y Acuarios etéreos».

La Seis: «Soy el cisne del parque de Urano.
Yo las Primaveras del azul enfloro;
Yo pinto la mitra del Mago Verano.
Y escribo en el cielo madrigales de oro».

La Siete: «Yo ostento rodelas y tiaras
De reyes del regio país Fantasía;
Yo enseño brocados y túnicas raras,
Yo soy la mimosa del Reino del Día».

La Ocho: «Yo estrello con blancas avispas,
De la bruja noche la oscura caverna;
Yo soplo en la fragua de Dios, y mil chispas
Bailan en el cielo la gavota eterna».

La Nueve, la Diez y la Once. —Coro—
«Nosotras amamos la sombra y la lumbre;
Reinas de azabache, codiciamos oro:
Somos alegría; somos pesadumbre».

Canta al fin la Doce: «Mi pupila ardiente
Mira siempre fijo: mi pupila abrasa:
Soy la más amante, soy la más vehemente,
Soy la que atraviesa, soy la que traspasa.

»Soy la silenciaria, la de negras alas,
La trasnochadora que las almas roe,
La que tiene el brillo de las luces malas
En que se inspiraron Baudelaire y Poe.

»El gato que vela y el ave nocturna
Tienen mis siniestras vagas harmonías.
Soy la que no duerme, soy la taciturna,
Y mis ojos brillan las alevosías.

»Soy la que levanta las heladas losas,
La de los puñales, la de los secretos;
La de las macabras dentro de las fosas,
La que cena y baila con los esqueletos.

»Richepin y Huysmans, los ebrios divinos,
Me eligieron diosa de sus borracheras;
Maeterlinck y Wilde y otros peregrinos,
Me llamaron Reina de sus calaveras.

»Soy la Doce blanca: soy la Doce negra;
Soy tristeza y sombra, resplandor y goce:
La que todo abate, la que todo alegra:
Soy la blanca Doce; soy la negra Doce».

Un coro de aplausos atruena el espacio.
(Richelieu sonriendo se acerca a una dama).
Pajes con bandejas llenan el palacio.
(Molière por un beso vende un epigrama).

Resuenan los coros: «Amemos al Viejo Patriarca,
que todo lo abarca;
Su frente de viejo ermitaño
Parece el desierto de todo lo antaño;
en ella han carpido la hora y el año,
Lo siempre empezado, lo siempre concluso,
Lo vago, lo ignoto, lo iluso, lo extraño,
lo extraño y lo iluso».
495
José María de Heredia

José María de Heredia

Oda Al Cometa De 1825 Que El Autor Supone Ser El Mismo Que Apareció En 1811

Planeta de terror, monstruo del cielo,
errante masa de perennes llamas
que iluminas e inflamas
los desiertos del Éter en tu vuelo;
¿Qué universo lejano
al sistema solar ora te envía?
¿Te lanza del Señor, la airada mano
a que destruyas en tu curso insano
del mundo la armonía?

¿Cuál es tu origen, astro pavoroso?
El sabio laborioso
para seguirte se fatiga en vano,
y más allá del invisible Urano
ve abismarse tu carro misterioso;
¿El influjo del sol allá te alcanza,
o una funesta rebelión te lanza
a ilimitada y férvida carrera?
Bandido inaquietable de la esfera,
¿Ningún sistema habitas,
y tan cerca del sol te precipitas
para insultar su majestad severa?

Huye su luz, y teme que indignado
a su vasta atracción ceder te ordene,
y entre Jove y Saturno te encadene,
de tu brillante ropa despojado.
Mas si tu curso con furor completas,
y le hiere tu disco de diamante,
arrojarás triunfante
al sistema solar nuevos planetas.
Astro de luz, yo te amo. Cuando mira
tu faz el vulgo con asombro y miedo,
yo, al contemplarte ledo,
elévome al Criador: mi mente admira
su alta grandeza, y tímida le adora.
y no tan solo ahora
en mi alma dejas impresión profunda:
ya de la noche en el brillante velo,
de mi niñez en los ardientes días,
a mi agitada mente parecías
un volcán en el cielo.

El ángel silencioso
que ora inocente dirección te inspira,
se armará del Señor con la palabra
cuando del libro del destino se abra
la página sangrienta de su ira.
¡Entonces furibundo
chocarás con los astros, que lanzados
volarán de sus órbitas, hundidos
en el éter profundo,
y escombros abrasados
de mundos destruidos
llevarán el terror a otro sistema!...
Tente, Musa: respeta el velo obscuro
con que de Dios la majestad suprema,
envuelve la región de lo futuro:
tú, cometa fugaz, ardiente vuela,
y a millones de mundos ignorados
al Hacedor magnífico revela.
336
José Hierro

José Hierro

Réquiem

Manuel del Río, natural
de España, ha fallecido el sábado
11 de mayo, a consecuencia
de un accidente. Su cadáver
está tendido en D'Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
a las 9,30 en St. Francis.
Es una historia que comienza
con sol y piedra, y que termina
sobre una mesa, en D'Agostino,
con flores y cirios eléctricos.
Es una historia que comienza
en una orilla del Atlántico.
Continúa en un camarote
de tercera, sobre las olas
—sobre las nubes— de las tierras
sumergidas ante Poseidón.
Halla en América su término
con una grúa y una clínica,
con una esquela y una misa
cantada, en la iglesia de St. Francis.

Al fin y al cabo, cualquier sitio
da lo mismo para morir:
el que se aroma de romero,
el tallado en piedra o en nieve,
el empapado de petróleo.
Da lo mismo que un cuerpo se haga
piedra, petróleo, nieve, aroma.
Lo doloroso no es morir
acá o allá...

Requiem aeternam,
Manuel del Río. Sobre el mármol
en D'Agostino, pastan toros
de España, Manuel, y las flores
(funeral de segunda, caja
que huele a abetos del invierno)
cuarenta dólares. Y han puesto
unas flores artificiales
entre las otras que arrancaron
al jardín... Liberanos domine
de morte aeterna... Cuando mueran
James o Jacob verán las flores
que pagaron Giulio o Manuel...
Ahora descienden a tus cumbres
garras de águila. Dies irae.
Lo doloroso no es morir
dies illa acá o allá;
sino sin gloria...

Tus abuelos
fecundaron la tierra toda,
la empaparon de la aventura.
Cuando caía un español
se mutilaba el Universo.
Los velaban no en D'Agostino
Funeral Home, sino entre hogueras,
entre caballos y armas. Héroes
para siempre. Estatuas de rostro
borrado. Vestidos aún
sus colores de papagayo,
de poder y de fantasía.
Él no ha caído así. No ha muerto
por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El Mundo,
Liberanos Domine, es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dio su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas). Requiem aeternam.
Y en D'Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Requiem aeternam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D'Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado
a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente. Sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.
912
José María Gabriel y Galán

José María Gabriel y Galán

Varón

¡Me jiedin los hombris
que son medio jembras!
Cien vecis te ije
que no se lo dieras,
que al chinquín lo jacían marica
las gentis aquellas.
Ahora ya lo vide, y a mí no me mandis
más vecis que güelva.
Te largas tú a velo,
que pue que no creas
que tu cuerpo ha parío aquel mozu,
ni que lo cebasti con tu lechi mesma,
ni que tieni metía en la entraña
sangri de mis venas.
N'amás de mimarros
y delicaezas
que ha queao lo mesmo que un jilo
paliúcho y sin chispa de juerza.
Ca instanti se lava,
ca instanti se peina,
ca instanti se múa
toa la vestimenta,
y se encrespa los pelos con jierros
que se lo retuestan,
y en los dientis se da con boticas
de unos cacharrinos que tieni en la mesa,
y remoja el moquero con pringuis
n'amás pa que güela
¡Jiedi a señorita
dendi media lengua!
Se levanta a las nuevi corrías
y a las doci lo mesmo se acuesta.
¡Va a ponersi pochu
si acotina de aquella manera!
¡Güeno está pa mandalo a bellotas,
pa ayualmi a escuajal en la jesa,
pa jacel un carguju de tarmas
y traelo a cuestas,
u pa estalsi cavando canchalis
dende que amaneci jasta que escurezca!
Los muchachos de acá me esconfío
que mos lo apedrean
cuantis venga jaciendo pinturas
u jablando de aquella manera:
y verás cómo el mozu no tieni
ni agallas ni juerza
pa el primero que quiera molarsi
rompeli la jeta.
Ya no dici padri,
ni madri, ni agüela.
«Mi papá, mi mamá, mi abuelita...»
así chalrotea,
como si el mocoso juesi un señoruco
de los de nacencia.
Ni mienta del pueblo, ni jaci otro oficio
que dil a una escuela
y palral de bobás que allí aprendí,
que pa na le sirvin cuantis que se venga.
Pa sabel sus saberis le ije:
«Sácame la cuenta
del aceiti que hogaño mos toca
del lagal po la parti que es nuestra.
Se maquilan sesenta cuartillos
p'acá parti entera,
y nosotros tenemos, ya sabis,
una media tercia
que tu madre heredó de una quinta
que tenía tu agüela Teresa».
¡Ya ves tú que se jaci en un verbo!
Sesenta la entera,
doci pa la quinta,
cuatru pa la tercia,
quita dos pa una media, y resultan
dos pa la otra media.
Pues el mozu empringó tres papelis
de rayas y letras,
y pa ensenrearsi
de aquella maeja,
ijo que el aceiti que a mí me tocaba
era «pi menus erre», ¿te enteras?
¡Pus pués dil jacindu
las sopas con ella!
¿Y esos son saberis?
¡Esas son fachendas!
No le quise mental del guarrapo
ni icile siquiera
que hogañazo vendimus el churru
pa comprar un cachuju de tierra.
¡Allí no se jabla
de esas cosas ni en ellas se piensa!
N'amás que se jaci comel confituras,
melcal vestimentas,
dirse a los cafesis,
dirse a las comedias
y palral de bobás que no valin
ni siquiá una perra
¡Jolgacián como el nuestro muchacho
no va a haberlo, si aquí no se enmienda!
Yo no lo distingo de otros señorinos
que con él se ajuntan y jolgacianean.
¡Son como maricas!
¡Juy, qué vestimentas!
Ves una persona
por detrás, en la calle, tan tiesa
y endi lejus no sabis de cierto
si es macho u es jembra.
Güelin a lo mesmu
como las ovejas,
y p'aquí no es asín, que ca cosa
güeli a su manera:
güeli a macho la carni de hombre,
y la carni de jembra da a jembra.
Hay que dil a buscar al muchacho
cuantis que se puea,
y le dicis a aquellos señoris
que esu no quita pa que se agraeza,
pero que a su padri le jaci ya falta;
y asín se la enreas.
No lo quió jolgacián, aunque muchos
saberis trujiera.
Y no es esu solu lo que a mí me enrita,
que otras cosas me jacin más mella...
Hay que dil a buscalo ca y cuando:
que venga, que venga;
porque, mira: ¡me jiedin los hombres
que son medio jembras!...
665
José María Gabriel y Galán

José María Gabriel y Galán

Varón

¡Me jiedin los hombris
que son medio jembras!
Cien vecis te ije
que no se lo dieras,
que al chinquín lo jacían marica
las gentis aquellas.
Ahora ya lo vide, y a mí no me mandis
más vecis que güelva.
Te largas tú a velo,
que pue que no creas
que tu cuerpo ha parío aquel mozu,
ni que lo cebasti con tu lechi mesma,
ni que tieni metía en la entraña
sangri de mis venas.
N'amás de mimarros
y delicaezas
que ha queao lo mesmo que un jilo
paliúcho y sin chispa de juerza.
Ca instanti se lava,
ca instanti se peina,
ca instanti se múa
toa la vestimenta,
y se encrespa los pelos con jierros
que se lo retuestan,
y en los dientis se da con boticas
de unos cacharrinos que tieni en la mesa,
y remoja el moquero con pringuis
n'amás pa que güela
¡Jiedi a señorita
dendi media lengua!
Se levanta a las nuevi corrías
y a las doci lo mesmo se acuesta.
¡Va a ponersi pochu
si acotina de aquella manera!
¡Güeno está pa mandalo a bellotas,
pa ayualmi a escuajal en la jesa,
pa jacel un carguju de tarmas
y traelo a cuestas,
u pa estalsi cavando canchalis
dende que amaneci jasta que escurezca!
Los muchachos de acá me esconfío
que mos lo apedrean
cuantis venga jaciendo pinturas
u jablando de aquella manera:
y verás cómo el mozu no tieni
ni agallas ni juerza
pa el primero que quiera molarsi
rompeli la jeta.
Ya no dici padri,
ni madri, ni agüela.
«Mi papá, mi mamá, mi abuelita...»
así chalrotea,
como si el mocoso juesi un señoruco
de los de nacencia.
Ni mienta del pueblo, ni jaci otro oficio
que dil a una escuela
y palral de bobás que allí aprendí,
que pa na le sirvin cuantis que se venga.
Pa sabel sus saberis le ije:
«Sácame la cuenta
del aceiti que hogaño mos toca
del lagal po la parti que es nuestra.
Se maquilan sesenta cuartillos
p'acá parti entera,
y nosotros tenemos, ya sabis,
una media tercia
que tu madre heredó de una quinta
que tenía tu agüela Teresa».
¡Ya ves tú que se jaci en un verbo!
Sesenta la entera,
doci pa la quinta,
cuatru pa la tercia,
quita dos pa una media, y resultan
dos pa la otra media.
Pues el mozu empringó tres papelis
de rayas y letras,
y pa ensenrearsi
de aquella maeja,
ijo que el aceiti que a mí me tocaba
era «pi menus erre», ¿te enteras?
¡Pus pués dil jacindu
las sopas con ella!
¿Y esos son saberis?
¡Esas son fachendas!
No le quise mental del guarrapo
ni icile siquiera
que hogañazo vendimus el churru
pa comprar un cachuju de tierra.
¡Allí no se jabla
de esas cosas ni en ellas se piensa!
N'amás que se jaci comel confituras,
melcal vestimentas,
dirse a los cafesis,
dirse a las comedias
y palral de bobás que no valin
ni siquiá una perra
¡Jolgacián como el nuestro muchacho
no va a haberlo, si aquí no se enmienda!
Yo no lo distingo de otros señorinos
que con él se ajuntan y jolgacianean.
¡Son como maricas!
¡Juy, qué vestimentas!
Ves una persona
por detrás, en la calle, tan tiesa
y endi lejus no sabis de cierto
si es macho u es jembra.
Güelin a lo mesmu
como las ovejas,
y p'aquí no es asín, que ca cosa
güeli a su manera:
güeli a macho la carni de hombre,
y la carni de jembra da a jembra.
Hay que dil a buscar al muchacho
cuantis que se puea,
y le dicis a aquellos señoris
que esu no quita pa que se agraeza,
pero que a su padri le jaci ya falta;
y asín se la enreas.
No lo quió jolgacián, aunque muchos
saberis trujiera.
Y no es esu solu lo que a mí me enrita,
que otras cosas me jacin más mella...
Hay que dil a buscalo ca y cuando:
que venga, que venga;
porque, mira: ¡me jiedin los hombres
que son medio jembras!...
665
José María Gabriel y Galán

José María Gabriel y Galán

Varón

¡Me jiedin los hombris
que son medio jembras!
Cien vecis te ije
que no se lo dieras,
que al chinquín lo jacían marica
las gentis aquellas.
Ahora ya lo vide, y a mí no me mandis
más vecis que güelva.
Te largas tú a velo,
que pue que no creas
que tu cuerpo ha parío aquel mozu,
ni que lo cebasti con tu lechi mesma,
ni que tieni metía en la entraña
sangri de mis venas.
N'amás de mimarros
y delicaezas
que ha queao lo mesmo que un jilo
paliúcho y sin chispa de juerza.
Ca instanti se lava,
ca instanti se peina,
ca instanti se múa
toa la vestimenta,
y se encrespa los pelos con jierros
que se lo retuestan,
y en los dientis se da con boticas
de unos cacharrinos que tieni en la mesa,
y remoja el moquero con pringuis
n'amás pa que güela
¡Jiedi a señorita
dendi media lengua!
Se levanta a las nuevi corrías
y a las doci lo mesmo se acuesta.
¡Va a ponersi pochu
si acotina de aquella manera!
¡Güeno está pa mandalo a bellotas,
pa ayualmi a escuajal en la jesa,
pa jacel un carguju de tarmas
y traelo a cuestas,
u pa estalsi cavando canchalis
dende que amaneci jasta que escurezca!
Los muchachos de acá me esconfío
que mos lo apedrean
cuantis venga jaciendo pinturas
u jablando de aquella manera:
y verás cómo el mozu no tieni
ni agallas ni juerza
pa el primero que quiera molarsi
rompeli la jeta.
Ya no dici padri,
ni madri, ni agüela.
«Mi papá, mi mamá, mi abuelita...»
así chalrotea,
como si el mocoso juesi un señoruco
de los de nacencia.
Ni mienta del pueblo, ni jaci otro oficio
que dil a una escuela
y palral de bobás que allí aprendí,
que pa na le sirvin cuantis que se venga.
Pa sabel sus saberis le ije:
«Sácame la cuenta
del aceiti que hogaño mos toca
del lagal po la parti que es nuestra.
Se maquilan sesenta cuartillos
p'acá parti entera,
y nosotros tenemos, ya sabis,
una media tercia
que tu madre heredó de una quinta
que tenía tu agüela Teresa».
¡Ya ves tú que se jaci en un verbo!
Sesenta la entera,
doci pa la quinta,
cuatru pa la tercia,
quita dos pa una media, y resultan
dos pa la otra media.
Pues el mozu empringó tres papelis
de rayas y letras,
y pa ensenrearsi
de aquella maeja,
ijo que el aceiti que a mí me tocaba
era «pi menus erre», ¿te enteras?
¡Pus pués dil jacindu
las sopas con ella!
¿Y esos son saberis?
¡Esas son fachendas!
No le quise mental del guarrapo
ni icile siquiera
que hogañazo vendimus el churru
pa comprar un cachuju de tierra.
¡Allí no se jabla
de esas cosas ni en ellas se piensa!
N'amás que se jaci comel confituras,
melcal vestimentas,
dirse a los cafesis,
dirse a las comedias
y palral de bobás que no valin
ni siquiá una perra
¡Jolgacián como el nuestro muchacho
no va a haberlo, si aquí no se enmienda!
Yo no lo distingo de otros señorinos
que con él se ajuntan y jolgacianean.
¡Son como maricas!
¡Juy, qué vestimentas!
Ves una persona
por detrás, en la calle, tan tiesa
y endi lejus no sabis de cierto
si es macho u es jembra.
Güelin a lo mesmu
como las ovejas,
y p'aquí no es asín, que ca cosa
güeli a su manera:
güeli a macho la carni de hombre,
y la carni de jembra da a jembra.
Hay que dil a buscar al muchacho
cuantis que se puea,
y le dicis a aquellos señoris
que esu no quita pa que se agraeza,
pero que a su padri le jaci ya falta;
y asín se la enreas.
No lo quió jolgacián, aunque muchos
saberis trujiera.
Y no es esu solu lo que a mí me enrita,
que otras cosas me jacin más mella...
Hay que dil a buscalo ca y cuando:
que venga, que venga;
porque, mira: ¡me jiedin los hombres
que son medio jembras!...
665
José María Gabriel y Galán

José María Gabriel y Galán

El Ama

Yo aprendí en el hogar en qué se funda
la dicha más perfecta,
y para hacerla mía
quise yo ser como mi padre era
y busqué una mujer como mi madre
entre las hijas de mi hidalga tierra.
Y fui como mi padre, y fue mi esposa
viviente imagen de la madre muerta.
¡Un milagro de Dios, que ver me hizo
otra mujer como la santa aquella!

Compartían mis únicos amores
la amante compañera,
la patria idolatrada,
la casa solariega,
con la heredada historia,
con la heredada hacienda.
¡Qué buena era la esposa
y qué feraz la tierra!

¡Qué alegre era mi casa
y qué sana mi hacienda,
y con qué solidez estaba unida
la tradición de la honradez a ellas!

Una sencilla labradora, humilde,
hija de oscura castellana aldea;
una mujer trabajadora, honrada,
cristiana, amable, cariñosa y seria,
trocó mi casa en adorable idilio
que no pudo soñar ningún poeta.

¡Oh, cómo se suaviza
el penoso trajín de las faenas
cuando hay amor en casa
y con él mucho pan se amasa en ella
para los pobres que a su sombra viven,
para los pobres que por ella bregan!
¡Y cuánto lo agradecen, sin decirlo,
y cuánto por la casa se interesan,
y cómo ellos la cuidan,
y cómo Dios la aumenta!
Todo lo pudo la mujer cristiana,
logrólo todo la mujer discreta.

La vida en la alquería
giraba en torno a ella
pacífica y amable,
monótona y serena...

¡Y cómo la alegría y el trabajo
donde está la virtud se compenetran!

Lavando en el regato cristalino
cantaban las mozuelas,
y cantaba en los valles el vaquero,
y cantaban los mozos en las tierras,
y el aguador camino de la fuente,
y el cabrerillo en la pelada cuesta...
¡Y yo también cantaba,
que ella y el campo hiciéronme poeta!

Cantaba el equilibrio
de aquel alma serena
como los anchos cielos,
como los campos de mi amada tierra;
y cantaba también aquellos campos,
los de las pardas, onduladas cuestas,
los de los mares de enceradas mieses,
los de las mudas perspectivas serias,
los de las castas soledades hondas,
los de las grises lontananzas muertas...

El alma se empapaba
en la solemne clásica grandeza
que llenaba los ámbitos abiertos
del cielo y de la tierra.

¡Qué placido el ambiente,
qué tranquilo el paisaje, qué serena
la atmósfera azulada se extendía
por sobre el haz de la llanura inmensa!

La brisa de la tarde
meneaba, amorosa, la alameda,
los zarzales floridos del cercado,
los guindos de la vega,
las mieses de la hoja,
la copa verde de la encina vieja...
¡Monorrítmica música del llano,
qué grato tu sonar, qué dulce era!

La gaita del pastor en la colina
lloraba las tonadas de la tierra,
cargadas de dulzuras,
cargadas de monótonas tristezas,
y dentro del sentido
caían las cadencias
como doradas gotas
de dulce miel que del panal fluyeran.

La vida era solemne;
puro y sereno el pensamiento era;
sosegado el sentir, como las brisas;
mudo y fuerte el amor, mansas las penas
austeros los placeres,
raigadas las creencias,
sabroso el pan, reparador el sueño,
fácil el bien y pura la conciencia.

¡Qué deseos el alma
tenía de ser buena,
y cómo se llenaba de ternura
cuando Dios le decía que lo era!
765