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Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Efraín Huerta

Efraín Huerta

Esto Se Llama Los Incendios

Cuatro jinetes de pólvora derriten los vastos jardines.

Cuatro fantasmas de plomo cavan la tumba del amor.

Uno, dos, tres, innumerables asesinos decapitan el ángel de la
dicha.

Un jinete de enrojecidos ojos cabalga los incendios.

Algo como una lejana tristeza sucede allá,

en el país de las praderas, del napalm, del oro y de los enormes
ríos

que de pronto se alzan y se preguntan qué pasa,

aló aló qué ocurre en las ciudades de
mármol,

en las ciudades de miasma; ¿qué sucede que se ha roto

el coloquio de los enamorados?

El viento ha perdido

la dirección y la Madre Primavera muestra su pecho cercenado.

Algo como un quebradero de huesos y de plumas

ha coronado de sombra los capitolios y llenado de cenizas

las casas que antes del fuego fueron blancas y púdicas como una
guerra no declarada.

¡Aló aló Vietnam, aló padre y poeta Ho Chi
Minh!

Hola, hermana ceniza, hermano dedo, hermanas barbas,

hola querido Comandante Guevara, viento-verdad, columna asesinada,

allá arriba de nosotros, cerca del cielo o del infierno,

algo ardiente como una roja espuma se levanta

—y es tu palabra insomne, tu agonía, la línea de tu
sueño.


Pólvora y miedo en el país llamado

"el país más poderoso de la tierra".

En cada casa norteña, un becerro dorado.

En cada palacio del sur, la suma por centenares de esclavos.

En todas las casas una Biblia nunca leída, acaso murmurada,
jamás entendida.


Pero olvidemos el poder, el orgullo, los becerros

y las Biblias —y no olvidemos a Abraham Lincoln río Mississippi
abajo

casi al encuentro de don Benito Juárez desterrado

y liando tabaco virginiano; a Abraham Lincoln con su testimonio a cuestas,

su vigor de coloso y su tristeza secular.


Cuando Abraham Lincoln fue asesinado

un poco de atardecer cayó sobre el mundo de los negros

y las plegarias se sucedieron como un amargo río de lágrimas.

Llamearon las pupilas acusadoras, pero nada más. Ah, sí:

Un poeta de luenga barba blanca y ojos marinos se enfermó por la
muerte de un capitán de la vida.

Los blancos habían empezado a linchar y

los capuchones del Ku Klux Klan erizaron el silencioso territorio.

Comenzaba a oler a pólvora, a sangre fresca,

a sudor de jinetes bramadores y a incendios.

Palomas delirantes aparecieron tal presagios,

hasta que los fusiles con miras telescópicas ocuparon

el lugar de los arcángeles y callaron las aleluyas.

El agua del río padre tornóse espesa sangre

y el blues se arrinconó como un perro sarnoso.


Cuando hace pocos amaneceres asesinaron a Martin Luther King

un poco de niebla fustigó el mundo de los negros.

Pero entonces ya no solamente llamearon las pupilas

sino la madera, los minerales, los supermercados,

las farmacias, los bancos, las estaciones de policía,

las radiodifusoras, las estaciones de TV...

Ardieron de costa a costa las ciudades para que iluminaran una muerte

y hubiera un destello de esperanza en la piel negra y en la piel roja,

y hasta un poco de luz de algo que se llamó bondad, ¿o se
llamaba piedad,

o bíblicamente, malditamente se llamaba violencia?

Hoy nada sabemos. Ni siquiera dónde empieza la cola de una
serpiente de plomo

ni dónde termina el dolor de una viuda —ni qué
entraña se arrancaron los huérfanos

para gemir muertos de angustia en las noches de Memphis y de Atlanta.


Se necesita ser muy hombre para no ser violento.

Se necesita saber musitar un versículo.

Hoy necesito

mucha cobardía para callarme la oración

por Martin Luther King,

y para no decir nada sobre la sangre que lo ahogó

como a un cordero para holocausto

en la piedra solar de una colina mosaica.

¡Aló aló Martin Luther King, hombre negro degollado!

Hola Martin Lutero Rey, pacífico hacedor de incendios,

campanada king king de la rebelión, tam tam descuartizado,

suave africano de la dura Norteamérica.


Aló asesinado

aló mortificado en cuerpo y alma

aló balaceado

Hola enterrado en alma y cuerpo

hola acribillado

santo negro de las llamas

de los negros incendios

te bendigo

te bendecimos

liberador.


Ahora bendícenos, reverendo,

desde tu cielo ceñudo

desde la cálida oscuridad de tu celda celeste

¡No eres más que un cuchillo ni menos que un motín!

Por la muerte de Malcolm X

por la vida veloz de Stokely Carmichael

condúcenos, oh animoso,


oh tumultuario,

hacia el sofocante purgatorio

de los vastos jardines
incendiados!

9-10 de abril de 1968

767
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Esto Se Llama Los Incendios

Cuatro jinetes de pólvora derriten los vastos jardines.

Cuatro fantasmas de plomo cavan la tumba del amor.

Uno, dos, tres, innumerables asesinos decapitan el ángel de la
dicha.

Un jinete de enrojecidos ojos cabalga los incendios.

Algo como una lejana tristeza sucede allá,

en el país de las praderas, del napalm, del oro y de los enormes
ríos

que de pronto se alzan y se preguntan qué pasa,

aló aló qué ocurre en las ciudades de
mármol,

en las ciudades de miasma; ¿qué sucede que se ha roto

el coloquio de los enamorados?

El viento ha perdido

la dirección y la Madre Primavera muestra su pecho cercenado.

Algo como un quebradero de huesos y de plumas

ha coronado de sombra los capitolios y llenado de cenizas

las casas que antes del fuego fueron blancas y púdicas como una
guerra no declarada.

¡Aló aló Vietnam, aló padre y poeta Ho Chi
Minh!

Hola, hermana ceniza, hermano dedo, hermanas barbas,

hola querido Comandante Guevara, viento-verdad, columna asesinada,

allá arriba de nosotros, cerca del cielo o del infierno,

algo ardiente como una roja espuma se levanta

—y es tu palabra insomne, tu agonía, la línea de tu
sueño.


Pólvora y miedo en el país llamado

"el país más poderoso de la tierra".

En cada casa norteña, un becerro dorado.

En cada palacio del sur, la suma por centenares de esclavos.

En todas las casas una Biblia nunca leída, acaso murmurada,
jamás entendida.


Pero olvidemos el poder, el orgullo, los becerros

y las Biblias —y no olvidemos a Abraham Lincoln río Mississippi
abajo

casi al encuentro de don Benito Juárez desterrado

y liando tabaco virginiano; a Abraham Lincoln con su testimonio a cuestas,

su vigor de coloso y su tristeza secular.


Cuando Abraham Lincoln fue asesinado

un poco de atardecer cayó sobre el mundo de los negros

y las plegarias se sucedieron como un amargo río de lágrimas.

Llamearon las pupilas acusadoras, pero nada más. Ah, sí:

Un poeta de luenga barba blanca y ojos marinos se enfermó por la
muerte de un capitán de la vida.

Los blancos habían empezado a linchar y

los capuchones del Ku Klux Klan erizaron el silencioso territorio.

Comenzaba a oler a pólvora, a sangre fresca,

a sudor de jinetes bramadores y a incendios.

Palomas delirantes aparecieron tal presagios,

hasta que los fusiles con miras telescópicas ocuparon

el lugar de los arcángeles y callaron las aleluyas.

El agua del río padre tornóse espesa sangre

y el blues se arrinconó como un perro sarnoso.


Cuando hace pocos amaneceres asesinaron a Martin Luther King

un poco de niebla fustigó el mundo de los negros.

Pero entonces ya no solamente llamearon las pupilas

sino la madera, los minerales, los supermercados,

las farmacias, los bancos, las estaciones de policía,

las radiodifusoras, las estaciones de TV...

Ardieron de costa a costa las ciudades para que iluminaran una muerte

y hubiera un destello de esperanza en la piel negra y en la piel roja,

y hasta un poco de luz de algo que se llamó bondad, ¿o se
llamaba piedad,

o bíblicamente, malditamente se llamaba violencia?

Hoy nada sabemos. Ni siquiera dónde empieza la cola de una
serpiente de plomo

ni dónde termina el dolor de una viuda —ni qué
entraña se arrancaron los huérfanos

para gemir muertos de angustia en las noches de Memphis y de Atlanta.


Se necesita ser muy hombre para no ser violento.

Se necesita saber musitar un versículo.

Hoy necesito

mucha cobardía para callarme la oración

por Martin Luther King,

y para no decir nada sobre la sangre que lo ahogó

como a un cordero para holocausto

en la piedra solar de una colina mosaica.

¡Aló aló Martin Luther King, hombre negro degollado!

Hola Martin Lutero Rey, pacífico hacedor de incendios,

campanada king king de la rebelión, tam tam descuartizado,

suave africano de la dura Norteamérica.


Aló asesinado

aló mortificado en cuerpo y alma

aló balaceado

Hola enterrado en alma y cuerpo

hola acribillado

santo negro de las llamas

de los negros incendios

te bendigo

te bendecimos

liberador.


Ahora bendícenos, reverendo,

desde tu cielo ceñudo

desde la cálida oscuridad de tu celda celeste

¡No eres más que un cuchillo ni menos que un motín!

Por la muerte de Malcolm X

por la vida veloz de Stokely Carmichael

condúcenos, oh animoso,


oh tumultuario,

hacia el sofocante purgatorio

de los vastos jardines
incendiados!

9-10 de abril de 1968

767
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Esto Se Llama Los Incendios

Cuatro jinetes de pólvora derriten los vastos jardines.

Cuatro fantasmas de plomo cavan la tumba del amor.

Uno, dos, tres, innumerables asesinos decapitan el ángel de la
dicha.

Un jinete de enrojecidos ojos cabalga los incendios.

Algo como una lejana tristeza sucede allá,

en el país de las praderas, del napalm, del oro y de los enormes
ríos

que de pronto se alzan y se preguntan qué pasa,

aló aló qué ocurre en las ciudades de
mármol,

en las ciudades de miasma; ¿qué sucede que se ha roto

el coloquio de los enamorados?

El viento ha perdido

la dirección y la Madre Primavera muestra su pecho cercenado.

Algo como un quebradero de huesos y de plumas

ha coronado de sombra los capitolios y llenado de cenizas

las casas que antes del fuego fueron blancas y púdicas como una
guerra no declarada.

¡Aló aló Vietnam, aló padre y poeta Ho Chi
Minh!

Hola, hermana ceniza, hermano dedo, hermanas barbas,

hola querido Comandante Guevara, viento-verdad, columna asesinada,

allá arriba de nosotros, cerca del cielo o del infierno,

algo ardiente como una roja espuma se levanta

—y es tu palabra insomne, tu agonía, la línea de tu
sueño.


Pólvora y miedo en el país llamado

"el país más poderoso de la tierra".

En cada casa norteña, un becerro dorado.

En cada palacio del sur, la suma por centenares de esclavos.

En todas las casas una Biblia nunca leída, acaso murmurada,
jamás entendida.


Pero olvidemos el poder, el orgullo, los becerros

y las Biblias —y no olvidemos a Abraham Lincoln río Mississippi
abajo

casi al encuentro de don Benito Juárez desterrado

y liando tabaco virginiano; a Abraham Lincoln con su testimonio a cuestas,

su vigor de coloso y su tristeza secular.


Cuando Abraham Lincoln fue asesinado

un poco de atardecer cayó sobre el mundo de los negros

y las plegarias se sucedieron como un amargo río de lágrimas.

Llamearon las pupilas acusadoras, pero nada más. Ah, sí:

Un poeta de luenga barba blanca y ojos marinos se enfermó por la
muerte de un capitán de la vida.

Los blancos habían empezado a linchar y

los capuchones del Ku Klux Klan erizaron el silencioso territorio.

Comenzaba a oler a pólvora, a sangre fresca,

a sudor de jinetes bramadores y a incendios.

Palomas delirantes aparecieron tal presagios,

hasta que los fusiles con miras telescópicas ocuparon

el lugar de los arcángeles y callaron las aleluyas.

El agua del río padre tornóse espesa sangre

y el blues se arrinconó como un perro sarnoso.


Cuando hace pocos amaneceres asesinaron a Martin Luther King

un poco de niebla fustigó el mundo de los negros.

Pero entonces ya no solamente llamearon las pupilas

sino la madera, los minerales, los supermercados,

las farmacias, los bancos, las estaciones de policía,

las radiodifusoras, las estaciones de TV...

Ardieron de costa a costa las ciudades para que iluminaran una muerte

y hubiera un destello de esperanza en la piel negra y en la piel roja,

y hasta un poco de luz de algo que se llamó bondad, ¿o se
llamaba piedad,

o bíblicamente, malditamente se llamaba violencia?

Hoy nada sabemos. Ni siquiera dónde empieza la cola de una
serpiente de plomo

ni dónde termina el dolor de una viuda —ni qué
entraña se arrancaron los huérfanos

para gemir muertos de angustia en las noches de Memphis y de Atlanta.


Se necesita ser muy hombre para no ser violento.

Se necesita saber musitar un versículo.

Hoy necesito

mucha cobardía para callarme la oración

por Martin Luther King,

y para no decir nada sobre la sangre que lo ahogó

como a un cordero para holocausto

en la piedra solar de una colina mosaica.

¡Aló aló Martin Luther King, hombre negro degollado!

Hola Martin Lutero Rey, pacífico hacedor de incendios,

campanada king king de la rebelión, tam tam descuartizado,

suave africano de la dura Norteamérica.


Aló asesinado

aló mortificado en cuerpo y alma

aló balaceado

Hola enterrado en alma y cuerpo

hola acribillado

santo negro de las llamas

de los negros incendios

te bendigo

te bendecimos

liberador.


Ahora bendícenos, reverendo,

desde tu cielo ceñudo

desde la cálida oscuridad de tu celda celeste

¡No eres más que un cuchillo ni menos que un motín!

Por la muerte de Malcolm X

por la vida veloz de Stokely Carmichael

condúcenos, oh animoso,


oh tumultuario,

hacia el sofocante purgatorio

de los vastos jardines
incendiados!

9-10 de abril de 1968

767
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Un Pectoral De Pavor Para El Capitán Fiallo

UN PECTORAL DE PAVOR PARA EL CAPITÁN FIALLO


Ardía el caballero con sus ojeras rotas

llameaba su piel e iluminaba la ciudad

Moría de hambre el capitán Fiallo

acostado en su lecho de una bruta piel de toro

y un leño por almohada


brasa de muerte y soledad


rezos y campanadas

esquilas como cementerios del aire

Ardía desde el corazón hasta el vientre del valle

al que tardíamente había llegado

capitán

caballero
de los pobres

Tan tarde así que ya el crepúsculo era anciano

y las estelas eran viejas de siglos

El que moría era pálido como sus hazañas

y el oro de su bolso no cabría nunca en su tumba

porque —digo— había llegado tarde y nunca supo

caballero de codicia

capitán
y encomendero

que a un paso de su vida y a un paso de su muerte

yacían los tesoros las joyas del olvido

los caracoles de reluciente esperma marina

y la silenciosa pureza del cristal de roca


Y entonces muere el más rico de los pobres sin saberlo

el pobre

(el de pan duro mojado en agua serenada

el de un leño de mezquite por almohada

el dormido en una bruta piel de toro)

el capitán español

el benefactor español

el encomendero español

el bien llamado

el bienamado capitán Fiallo

el pobre

(Oaxaca tiene una calle con su nombre)

tan honradamente pobre como un vals empobrecido

(tiene también Oaxaca un sucio cine antiguo teatro llamado Macedonio Alcalá

y allí el vals Dios nunca muere se arrastra entre ratas

como el propio Alcalá moribundo en su negro petate)

tan pobre el capitán que sus niños y niñas lloraron

como muertecitos de alambre

y sus lágrimas eran de yeso

y los corregidores frailes y tenientes volvieron el estómago

al pie de los laureles de bronce

Pues en el horizonte

al poniente

y junto a montes color de tigre

una colina como una leona en reposo

se preñaba de rayos y de lluvia

(Xipetótec desollaba el agua, el relámpago y la Tumba 7)

porque el capitán —pintado al óleo a la entrada del museo—

había muerto tan aterido y flaco como un murciélago en su urna

y la riqueza ignorada y desdeñada podía esperar dos siglos

El capitán no tuvo perlas ni ámbares ni caracoles

ni oros ni plata ni azabaches ni turquesas

ni dagas de obsidiana ni pedernales ni cristales de roca

Mísero capitán

encomendero español

muerto como un perrito

como un perrito muerto

a la sombra de la sonora carcajada de Cosijo

en el corazón del marquesado

en la raíz de los tesoros

en el pulmón lunar de la noche mixteca

a un tiro de arcabuz de un pectoral

ennegrecido y turbio

como su amarga vida de bien aconsejada hipocresía

Descanse en paz

capitán

Fiallo de nombre

603
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Agua Del Dios (2)

AGUA DEL DIOS [2]


Agua espesa, divinamente pantanosa,

agua de olvido, espejo de tinieblas,

agua donde penetra el alma y nada se oye.

Fresca agua para el rostro, para toda la carne

mancillada y expuesta

sanguinolenta en todos los mercados.

Agua —como la patria— abierta en canal.

Patria bárbara y militar

dejada de la mano de los dioses,

fugitiva del agua que todo lo purifica.

Patria nuestra muerta de rocío

y yerbas pisoteadas por asesinos y ladrones

y después más ladrones y más

y más y nunca terminan asesinos

y carceleros, oh dios,


ah amada, desventurada


patria-cárcel


Tal es mi furia y mi testimonio dijo el dios

en el instante del sagrado crepúsculo, cuando las colinas

se alejaron hacia un infinito de miseria.

No otra es mi palabra, mi árido paisaje de sangre,

la soledad amorosa que me es negada, los ojos

que me hieren, los poros con que hiero y salvo.


Oh dios, ay dios de heridas y puñales,

dios de piedra punzante, hubo una hora en que

todo pareció como el estallido del alba

y las sonrisas esplendieron como pétalos

y el amor era magnífico hasta la belleza total.


Después nos acribillaron y nos arrebataron

la desnuda libertad.


Parece no importar, oh tú, horripilante

y solitario lleno de asco dios de la infamia,

gran sacerdote del exterminio.

A tus pies, hombre y duelo,

junto a tus heridas cristalinas y tu agua,

me arrodillo otra vez a contemplar el paso de mi patria,

y digo que todo podría ser tan hermoso y sagrado

como el amor, como el Amor,

como el AMOR, oh dios,

recíbeme en tu piedra,


¡hazme vivir!

Septiembre-octubre de 1964

726
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Agua Del Dios (2)

AGUA DEL DIOS [2]


Agua espesa, divinamente pantanosa,

agua de olvido, espejo de tinieblas,

agua donde penetra el alma y nada se oye.

Fresca agua para el rostro, para toda la carne

mancillada y expuesta

sanguinolenta en todos los mercados.

Agua —como la patria— abierta en canal.

Patria bárbara y militar

dejada de la mano de los dioses,

fugitiva del agua que todo lo purifica.

Patria nuestra muerta de rocío

y yerbas pisoteadas por asesinos y ladrones

y después más ladrones y más

y más y nunca terminan asesinos

y carceleros, oh dios,


ah amada, desventurada


patria-cárcel


Tal es mi furia y mi testimonio dijo el dios

en el instante del sagrado crepúsculo, cuando las colinas

se alejaron hacia un infinito de miseria.

No otra es mi palabra, mi árido paisaje de sangre,

la soledad amorosa que me es negada, los ojos

que me hieren, los poros con que hiero y salvo.


Oh dios, ay dios de heridas y puñales,

dios de piedra punzante, hubo una hora en que

todo pareció como el estallido del alba

y las sonrisas esplendieron como pétalos

y el amor era magnífico hasta la belleza total.


Después nos acribillaron y nos arrebataron

la desnuda libertad.


Parece no importar, oh tú, horripilante

y solitario lleno de asco dios de la infamia,

gran sacerdote del exterminio.

A tus pies, hombre y duelo,

junto a tus heridas cristalinas y tu agua,

me arrodillo otra vez a contemplar el paso de mi patria,

y digo que todo podría ser tan hermoso y sagrado

como el amor, como el Amor,

como el AMOR, oh dios,

recíbeme en tu piedra,


¡hazme vivir!

Septiembre-octubre de 1964

726
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Agua Del Dios (1)

AGUA DEL DIOS [1]


Agua dulce, agua amarga,

agua de soledad, agua de nada,

agua quebrada para el verde amor

y la amarilla piedad;

agua sin sombra para el aire

de esta región llamada

la más transparente de la sangre.



Dios mío dije ayer en la frontera fuego-sueño

y un elemento lleno de voz y cielos —agua y tierra—

me respondió desde el fondo del corazón de la tragedia:

Acércate, abre las piernas del viento

y húndele tu puñal de purísima obsidiana.



Pero nadie vive de aire sino de hambre

y el canto que anhela lo heroico pierde la alegría

y todo se quebranta como una conversación entre vasallos.

Oh dios mío vuelvo a decir y desde una región

de corales terrestres y desamparo, la misma voz

de siempre: Llora un instante, mírate en el espejo de mi tiempo

y aprende a vivir como un hombre adormilado.



¿Entonces soy el perro-poeta de rodillas

o el jaguar vencido, hincada la mandíbula en la tierra que nada engendra?

Con el hocico enfermo de plumas y cuarzos

subo y bajo bajo y subo la pirámide del miedo,

oh dios endemoniado y brujo, tragador de hongos,

dios de soles envilecidos y príncipes y sacerdotes homosexuales,

yo estoy en adoración todos los días en nombre de mis muertos

y de mis vivos, de todos los que amo y de todos los que no he aprendido a odiar,

así, de rodillas, salvajemente mexicano,

adherido a las hoyos inmundos de tu ancha cara sin horizontes.


Porque se debe decir, partiendo

en dos la podrida manzana de la epopeya:

la patria es

impecable como un asesinato al pie de las ruinas

y una mujer que no pudo parir ni una oración,

la patria es diamantina como la hora del alba en que un hombre es
crucificado

y los panes y semillas del hombre parecen crecer entre telarañas

—y rayos e incendios, oh dios de dioses,

ciegan y matan la inmensidad del sueño.

790
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Sandra Sólo Habla En Líneas Generales

SANDRA SÓLO HABLA EN LÍNEAS GENERALES


Donde habita, donde come, donde

parece un arenoso acantilado,

allí es un cordero de ámbar con ojos de anís

y algo acerca de la dicha sexual tiene escrito en la frente.

Luego viene lo intolerable y maligno

(tal vez su madre, su padre o su hermana),

porque como he dicho dicha digo

que la veo y no la reconozco bajo arcos de triunfo

cocinados a cuchillo,

hablando palabras de fuego sobre el Mediterráneo

(que para ella fue Tequesquitengo o no fue nada),

deshaciéndose en fulgores sobre la soberana idiotez de la
Gioconda

(que a ella, lo sé a ciencia cierta, le pareció

una simple putita de Polanco),

bebiendo vinos rojos, besos rojos —canalla, perra—,

paseándose verdosamente, sandramente

por ciudades que no conozco y que no me importan

como no me importa ella sino porque existe

y es posible verla de lejos, de cerca,

comiendo bajo los húmedos azules de Nápoles,

viendo sin ver y hablando en líneas generales

como en un remanso de siniestra paz gastronómica.


Hace dos días con sus noches pude verla

(ella vive en las calles de Racine

y yo en Lope de Vega, lo cual es todo un drama en seis actos)

y en sus ojos había una tormenta edénica y turbadora

como antes y después del primer pecado

—lo virginal no quita lo caliente—,

Eva maldita Eva milenaria Eva evasiva Eva exúbera

Eva general Eva particularmente deseada y detestada

Eva que sabe a postre de manzana postre de mieles

Eva que huele a café con Leche-de-la-Mujer-Amada

Eva liberada Eva que viajó por Europa

y en verdad que nunca salió de estas amargas calles

¿para qué, si sus alas son dos liras rotas

y en el Foro romano sólo discurren los homosexuales

y alguna pelirroja horizontal originaria de Brooklyn?


Esos hace dos días supe que Sandra había visto piedras
talladas

y visto pinturas en sórdidos museos

y visto a Sofía Loren de lejos, de tan lejos

como de aquí a ella, Sandra de los ojos

que brillan y rebrillan como santelmos a la mitad del naufragio,

Sandra anónima Sandra espigada Sandra para morirse de una buena
vez

Sandra ¿por qué te llamas estúpidamente Sandra?

Sandra ojos de cordero degollado Sandra catedralicia

Sandra Santa Capilla Sandra Nuestra Señora

Sandra diabla y demonia sandrísima

que nunca me miró de frente que nunca me dijo buenas tardes

—lo que yo hubiera querido era un buenas noches—,

Sandra fugaz heroína de un poema fugaz

como el paso de una azucena por el palacio de algo así como un
poeta.

21 de diciembre de 1966

590