Poemas en este tema
Naturaleza y Elementos
Pedro Miguel Lamet
Paseo
Hay una luz en el claustro. Es un
aliento del sol en las rendijas del
ánimo.
La sombra se alarga hundida en
los arcos ojivales, dejando el
alma colgante
de la tarde lacerada, roja y malva
en los cristales. Vago con Dios a
mi espalda.
aliento del sol en las rendijas del
ánimo.
La sombra se alarga hundida en
los arcos ojivales, dejando el
alma colgante
de la tarde lacerada, roja y malva
en los cristales. Vago con Dios a
mi espalda.
435
Porfirio Barba Jacob
El Corazón Rebosante
El alma traigo ebria de aroma de rosales
y del temblor extraño que dejan los caminos...
A la luz de la luna las vacas maternales
dirigen tras mi sombra sus ojos opalinos.
Pasan con sencillez hacia la cumbre,
rumiando simplemente las hierbas del vallado;
o bien bajo los árboles con clara mansedumbre
se aduermen al arrullo del aire sosegado.
Y en la quietud augusta de la noche mirífica,
como sutil caricia de trémulos pinceles,
del cielo florecido la claridad magnífica
fluye sobre la albura de sus lustrosas pieles.
Y yo discurro en paz, y solamente pienso
en la virtud sencilla que mi razón impetra;
hasta que, en elación el ánimo suspenso,
gozo la sencillez que viene y me penetra.
Sencillez de las bestias sin culpa y sin resabio;
sencillez de las aguas que apuran su corriente;
sencillez de los árboles... ¡Todo sencillo y sabio,
Señor, y todo justo, y sobrio, y reverente!
Cruzando las campiñas, tiemblo bajo la gracia
de esta bondad augusta que me llena...
¡Oh dulzura de mieles! ¡Oh grito de eficacia!
¡Oh manos que vertisteis en mi espíritu
la sagrada emoción de la noche serena!
Como el varón que sabe la voz de las mujeres
en celo, temblorosas cuando al amor incitan,
yo sé la plenitud en que todos los seres
viven de su virtud, y nada solicitan.
Para seguir viviendo la vida que me resta
haced mi voluntad templada, y fuerte y noble,
oh virginales cedros de lírica floresta,
oh próvidas campiñas, oh generoso roble.
Y haced mi corazón fuerte como vosotros
del monte en la frecuencia.
Oh dulces animales que, no sabiendo nada,
bajo la carne sabéis la antigua ciencia
de estar oyendo siempre la soledad sagrada.
y del temblor extraño que dejan los caminos...
A la luz de la luna las vacas maternales
dirigen tras mi sombra sus ojos opalinos.
Pasan con sencillez hacia la cumbre,
rumiando simplemente las hierbas del vallado;
o bien bajo los árboles con clara mansedumbre
se aduermen al arrullo del aire sosegado.
Y en la quietud augusta de la noche mirífica,
como sutil caricia de trémulos pinceles,
del cielo florecido la claridad magnífica
fluye sobre la albura de sus lustrosas pieles.
Y yo discurro en paz, y solamente pienso
en la virtud sencilla que mi razón impetra;
hasta que, en elación el ánimo suspenso,
gozo la sencillez que viene y me penetra.
Sencillez de las bestias sin culpa y sin resabio;
sencillez de las aguas que apuran su corriente;
sencillez de los árboles... ¡Todo sencillo y sabio,
Señor, y todo justo, y sobrio, y reverente!
Cruzando las campiñas, tiemblo bajo la gracia
de esta bondad augusta que me llena...
¡Oh dulzura de mieles! ¡Oh grito de eficacia!
¡Oh manos que vertisteis en mi espíritu
la sagrada emoción de la noche serena!
Como el varón que sabe la voz de las mujeres
en celo, temblorosas cuando al amor incitan,
yo sé la plenitud en que todos los seres
viven de su virtud, y nada solicitan.
Para seguir viviendo la vida que me resta
haced mi voluntad templada, y fuerte y noble,
oh virginales cedros de lírica floresta,
oh próvidas campiñas, oh generoso roble.
Y haced mi corazón fuerte como vosotros
del monte en la frecuencia.
Oh dulces animales que, no sabiendo nada,
bajo la carne sabéis la antigua ciencia
de estar oyendo siempre la soledad sagrada.
690
Porfirio Barba Jacob
El Corazón Rebosante
El alma traigo ebria de aroma de rosales
y del temblor extraño que dejan los caminos...
A la luz de la luna las vacas maternales
dirigen tras mi sombra sus ojos opalinos.
Pasan con sencillez hacia la cumbre,
rumiando simplemente las hierbas del vallado;
o bien bajo los árboles con clara mansedumbre
se aduermen al arrullo del aire sosegado.
Y en la quietud augusta de la noche mirífica,
como sutil caricia de trémulos pinceles,
del cielo florecido la claridad magnífica
fluye sobre la albura de sus lustrosas pieles.
Y yo discurro en paz, y solamente pienso
en la virtud sencilla que mi razón impetra;
hasta que, en elación el ánimo suspenso,
gozo la sencillez que viene y me penetra.
Sencillez de las bestias sin culpa y sin resabio;
sencillez de las aguas que apuran su corriente;
sencillez de los árboles... ¡Todo sencillo y sabio,
Señor, y todo justo, y sobrio, y reverente!
Cruzando las campiñas, tiemblo bajo la gracia
de esta bondad augusta que me llena...
¡Oh dulzura de mieles! ¡Oh grito de eficacia!
¡Oh manos que vertisteis en mi espíritu
la sagrada emoción de la noche serena!
Como el varón que sabe la voz de las mujeres
en celo, temblorosas cuando al amor incitan,
yo sé la plenitud en que todos los seres
viven de su virtud, y nada solicitan.
Para seguir viviendo la vida que me resta
haced mi voluntad templada, y fuerte y noble,
oh virginales cedros de lírica floresta,
oh próvidas campiñas, oh generoso roble.
Y haced mi corazón fuerte como vosotros
del monte en la frecuencia.
Oh dulces animales que, no sabiendo nada,
bajo la carne sabéis la antigua ciencia
de estar oyendo siempre la soledad sagrada.
y del temblor extraño que dejan los caminos...
A la luz de la luna las vacas maternales
dirigen tras mi sombra sus ojos opalinos.
Pasan con sencillez hacia la cumbre,
rumiando simplemente las hierbas del vallado;
o bien bajo los árboles con clara mansedumbre
se aduermen al arrullo del aire sosegado.
Y en la quietud augusta de la noche mirífica,
como sutil caricia de trémulos pinceles,
del cielo florecido la claridad magnífica
fluye sobre la albura de sus lustrosas pieles.
Y yo discurro en paz, y solamente pienso
en la virtud sencilla que mi razón impetra;
hasta que, en elación el ánimo suspenso,
gozo la sencillez que viene y me penetra.
Sencillez de las bestias sin culpa y sin resabio;
sencillez de las aguas que apuran su corriente;
sencillez de los árboles... ¡Todo sencillo y sabio,
Señor, y todo justo, y sobrio, y reverente!
Cruzando las campiñas, tiemblo bajo la gracia
de esta bondad augusta que me llena...
¡Oh dulzura de mieles! ¡Oh grito de eficacia!
¡Oh manos que vertisteis en mi espíritu
la sagrada emoción de la noche serena!
Como el varón que sabe la voz de las mujeres
en celo, temblorosas cuando al amor incitan,
yo sé la plenitud en que todos los seres
viven de su virtud, y nada solicitan.
Para seguir viviendo la vida que me resta
haced mi voluntad templada, y fuerte y noble,
oh virginales cedros de lírica floresta,
oh próvidas campiñas, oh generoso roble.
Y haced mi corazón fuerte como vosotros
del monte en la frecuencia.
Oh dulces animales que, no sabiendo nada,
bajo la carne sabéis la antigua ciencia
de estar oyendo siempre la soledad sagrada.
690
Octavio Paz
Fábula De Joan Miró
El azul estaba inmovilizado entre el rojo y el negro.
El viento iba y venía por la página del llano,
encendía pequeñas fogatas, se revolcaba en la ceniza,
salía con la cara tiznada gritando por las esquinas,
el viento iba y venía abriendo y cerrando puertas y ventanas,
iba y venía por los crepusculares corredores del cráneo,
el viento con mala letra y las manos manchadas de tinta
escribía y borraba lo que había escrito sobre la pared
del día.
El sol no era sino el presentimiento del color amarillo,
una insinuación de plumas, el grito futuro del gallo.
La nieve se había extraviado, el mar había perdido el
habla,
era un rumor errante, unas vocales en busca de una palabra.
El azul estaba inmovilizado, nadie lo miraba, nadie lo oía:
el rojo era un ciego, el negro un sordomudo.
El viento iba y venía preguntando ¿por dónde anda
Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio pero el viento no lo veía:
inmovilizado entre el azul y el rojo, el negro y el amarillo,
Miró era una mirada transparente, una mirada de siete manos.
Siete manos en forma de orjeas para oír a los siete colores,
siete manos en forma de pies para subir los siete escalones del arco
iris,
siete manos en forma de raíces para estar en todas partes y a la
vez en Barcelona.
Miró era una mirada de siete manos.
Con la primera mano golpeaba el tambor de la luna,
con la segunda sembraba pájaros en el jardín del viento,
con la tercera agitaba el cubilete de las constelaciones,
con la cuarta escribía la leyenda de los siglos de los caracoles,
con la quinta plantaba islas en el pecho del verde,
con la sexta hacía una mujer mezclando noche y agua,
música y electricidad,
con la séptima borraba todo lo que había hecho y
comenzaba de nuevo.
El rojo abrió los ojos, el negro dijo algo incomprensible y el
azul se levantó.
Ninguno de los tres podía creer lo que veía:
¿eran ocho gavilanes o eran ocho paraguas?
Los ocho abrieron las alas, se echaron a volar y desaparecieron por un
vidrio roto.
Miró empezó a quemar sus telas.
Ardían los leones y las arañas, las mujeres y las
estrellas,
el cielo se pobló de triángulos, esferas, discos,
hexaedros en llamas,
el fuego consumió enteramente a la granjera planetaria plantada
en el centro del espacio,
del montón de cenizas brotaron mariposas, peces voladores,
roncos fonógrafos,
pero entre los agujeros de los cuadros chamuscados
volvían el espacio azul y la raya de la golondrina, el follaje
de nubes y el bastón florido:
era la primavera que insistía, insistía con ademanes
verdes.
Ante tanta obstinación luminosa Miró se rascó la
cabeza con su quinta mano,
murmurando para sí mismo: Trabajo
como un jardinero.
¿Jardín de piedras o de barcas? ¿Jardín de
poleas o de bailarinas?
El azul, el negro y el rojo corrían por los prados,
las estrellas andaban desnudas pero las friolentas colinas se
habían metido debajo de las sábanas,
había volcanes portátiles y fuegos de artificio a
domicilio.
Las dos señoritas que guardan la entrada a la puerta de las
percepciones, Geometría y Perspectiva,
se habían ido a tomar el fresco del brazo de Miró,
cantando Une étoile caresse
le sein d’une négresse.
El viento dio la vuelta a la página del llano, alzó la
cara y dijo, ¿Pero dónde anda Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio y el viento no lo veía:
Miró era una mirada transparente por donde entraban y
salían atareados abecedarios.
No eran letras las que entraban y salían por los túneles
del ojo:
eran cosas vivas que se juntaban y se dividían, se abrazaban y
se mordían y se dispersaban,
corrían por toda la página en hileras animadas y
multicolores, tenían cuernos y rabos,
unas estaban cubiertas de escamas, otras de plumas, otras andaban en
cueros,
y las palabras que formaban eran palpables, audibles y
comestibles pero impronunciables:
no eran letras sino sensaciones, no eran sensaciones sino
Transfiguraciones.
¿Y todo esto para qué? Para trazar una línea en la
celda de un solitario,
para iluminar con un girasol la cabeza de luna del campesino,
para recibir a la noche que viene con personajes azules y
pájaros de fiesta,
para saludar a la muerte con una salva de geranios,
para decirle buenos días al día que llega sin
jamás preguntarle de dónde viene y adónde va,
para recordar que la cascada es una muchacha que baja las escaleras
muerta de risa,
para ver al sol y a sus planetas meciéndose en el trapecio del
horizontes,
para aprender a mirar y para que las cosas nos miren y entren y salgan
por nuestras miradas,
abecedarios vivientes que echan raíces, suben, florecen,
estallan, vuelan, se disipan, caen.
Las miradas son semillas, mirar es sembrar, Miró trabaja como un
jardinero
y con sus siete manos traza incansable —círculo y rabo,
¡oh! y ¡ah!—
la gran exclamación con que todos los días comienza el
mundo.
El viento iba y venía por la página del llano,
encendía pequeñas fogatas, se revolcaba en la ceniza,
salía con la cara tiznada gritando por las esquinas,
el viento iba y venía abriendo y cerrando puertas y ventanas,
iba y venía por los crepusculares corredores del cráneo,
el viento con mala letra y las manos manchadas de tinta
escribía y borraba lo que había escrito sobre la pared
del día.
El sol no era sino el presentimiento del color amarillo,
una insinuación de plumas, el grito futuro del gallo.
La nieve se había extraviado, el mar había perdido el
habla,
era un rumor errante, unas vocales en busca de una palabra.
El azul estaba inmovilizado, nadie lo miraba, nadie lo oía:
el rojo era un ciego, el negro un sordomudo.
El viento iba y venía preguntando ¿por dónde anda
Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio pero el viento no lo veía:
inmovilizado entre el azul y el rojo, el negro y el amarillo,
Miró era una mirada transparente, una mirada de siete manos.
Siete manos en forma de orjeas para oír a los siete colores,
siete manos en forma de pies para subir los siete escalones del arco
iris,
siete manos en forma de raíces para estar en todas partes y a la
vez en Barcelona.
Miró era una mirada de siete manos.
Con la primera mano golpeaba el tambor de la luna,
con la segunda sembraba pájaros en el jardín del viento,
con la tercera agitaba el cubilete de las constelaciones,
con la cuarta escribía la leyenda de los siglos de los caracoles,
con la quinta plantaba islas en el pecho del verde,
con la sexta hacía una mujer mezclando noche y agua,
música y electricidad,
con la séptima borraba todo lo que había hecho y
comenzaba de nuevo.
El rojo abrió los ojos, el negro dijo algo incomprensible y el
azul se levantó.
Ninguno de los tres podía creer lo que veía:
¿eran ocho gavilanes o eran ocho paraguas?
Los ocho abrieron las alas, se echaron a volar y desaparecieron por un
vidrio roto.
Miró empezó a quemar sus telas.
Ardían los leones y las arañas, las mujeres y las
estrellas,
el cielo se pobló de triángulos, esferas, discos,
hexaedros en llamas,
el fuego consumió enteramente a la granjera planetaria plantada
en el centro del espacio,
del montón de cenizas brotaron mariposas, peces voladores,
roncos fonógrafos,
pero entre los agujeros de los cuadros chamuscados
volvían el espacio azul y la raya de la golondrina, el follaje
de nubes y el bastón florido:
era la primavera que insistía, insistía con ademanes
verdes.
Ante tanta obstinación luminosa Miró se rascó la
cabeza con su quinta mano,
murmurando para sí mismo: Trabajo
como un jardinero.
¿Jardín de piedras o de barcas? ¿Jardín de
poleas o de bailarinas?
El azul, el negro y el rojo corrían por los prados,
las estrellas andaban desnudas pero las friolentas colinas se
habían metido debajo de las sábanas,
había volcanes portátiles y fuegos de artificio a
domicilio.
Las dos señoritas que guardan la entrada a la puerta de las
percepciones, Geometría y Perspectiva,
se habían ido a tomar el fresco del brazo de Miró,
cantando Une étoile caresse
le sein d’une négresse.
El viento dio la vuelta a la página del llano, alzó la
cara y dijo, ¿Pero dónde anda Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio y el viento no lo veía:
Miró era una mirada transparente por donde entraban y
salían atareados abecedarios.
No eran letras las que entraban y salían por los túneles
del ojo:
eran cosas vivas que se juntaban y se dividían, se abrazaban y
se mordían y se dispersaban,
corrían por toda la página en hileras animadas y
multicolores, tenían cuernos y rabos,
unas estaban cubiertas de escamas, otras de plumas, otras andaban en
cueros,
y las palabras que formaban eran palpables, audibles y
comestibles pero impronunciables:
no eran letras sino sensaciones, no eran sensaciones sino
Transfiguraciones.
¿Y todo esto para qué? Para trazar una línea en la
celda de un solitario,
para iluminar con un girasol la cabeza de luna del campesino,
para recibir a la noche que viene con personajes azules y
pájaros de fiesta,
para saludar a la muerte con una salva de geranios,
para decirle buenos días al día que llega sin
jamás preguntarle de dónde viene y adónde va,
para recordar que la cascada es una muchacha que baja las escaleras
muerta de risa,
para ver al sol y a sus planetas meciéndose en el trapecio del
horizontes,
para aprender a mirar y para que las cosas nos miren y entren y salgan
por nuestras miradas,
abecedarios vivientes que echan raíces, suben, florecen,
estallan, vuelan, se disipan, caen.
Las miradas son semillas, mirar es sembrar, Miró trabaja como un
jardinero
y con sus siete manos traza incansable —círculo y rabo,
¡oh! y ¡ah!—
la gran exclamación con que todos los días comienza el
mundo.
663
Octavio Paz
Fábula De Joan Miró
El azul estaba inmovilizado entre el rojo y el negro.
El viento iba y venía por la página del llano,
encendía pequeñas fogatas, se revolcaba en la ceniza,
salía con la cara tiznada gritando por las esquinas,
el viento iba y venía abriendo y cerrando puertas y ventanas,
iba y venía por los crepusculares corredores del cráneo,
el viento con mala letra y las manos manchadas de tinta
escribía y borraba lo que había escrito sobre la pared
del día.
El sol no era sino el presentimiento del color amarillo,
una insinuación de plumas, el grito futuro del gallo.
La nieve se había extraviado, el mar había perdido el
habla,
era un rumor errante, unas vocales en busca de una palabra.
El azul estaba inmovilizado, nadie lo miraba, nadie lo oía:
el rojo era un ciego, el negro un sordomudo.
El viento iba y venía preguntando ¿por dónde anda
Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio pero el viento no lo veía:
inmovilizado entre el azul y el rojo, el negro y el amarillo,
Miró era una mirada transparente, una mirada de siete manos.
Siete manos en forma de orjeas para oír a los siete colores,
siete manos en forma de pies para subir los siete escalones del arco
iris,
siete manos en forma de raíces para estar en todas partes y a la
vez en Barcelona.
Miró era una mirada de siete manos.
Con la primera mano golpeaba el tambor de la luna,
con la segunda sembraba pájaros en el jardín del viento,
con la tercera agitaba el cubilete de las constelaciones,
con la cuarta escribía la leyenda de los siglos de los caracoles,
con la quinta plantaba islas en el pecho del verde,
con la sexta hacía una mujer mezclando noche y agua,
música y electricidad,
con la séptima borraba todo lo que había hecho y
comenzaba de nuevo.
El rojo abrió los ojos, el negro dijo algo incomprensible y el
azul se levantó.
Ninguno de los tres podía creer lo que veía:
¿eran ocho gavilanes o eran ocho paraguas?
Los ocho abrieron las alas, se echaron a volar y desaparecieron por un
vidrio roto.
Miró empezó a quemar sus telas.
Ardían los leones y las arañas, las mujeres y las
estrellas,
el cielo se pobló de triángulos, esferas, discos,
hexaedros en llamas,
el fuego consumió enteramente a la granjera planetaria plantada
en el centro del espacio,
del montón de cenizas brotaron mariposas, peces voladores,
roncos fonógrafos,
pero entre los agujeros de los cuadros chamuscados
volvían el espacio azul y la raya de la golondrina, el follaje
de nubes y el bastón florido:
era la primavera que insistía, insistía con ademanes
verdes.
Ante tanta obstinación luminosa Miró se rascó la
cabeza con su quinta mano,
murmurando para sí mismo: Trabajo
como un jardinero.
¿Jardín de piedras o de barcas? ¿Jardín de
poleas o de bailarinas?
El azul, el negro y el rojo corrían por los prados,
las estrellas andaban desnudas pero las friolentas colinas se
habían metido debajo de las sábanas,
había volcanes portátiles y fuegos de artificio a
domicilio.
Las dos señoritas que guardan la entrada a la puerta de las
percepciones, Geometría y Perspectiva,
se habían ido a tomar el fresco del brazo de Miró,
cantando Une étoile caresse
le sein d’une négresse.
El viento dio la vuelta a la página del llano, alzó la
cara y dijo, ¿Pero dónde anda Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio y el viento no lo veía:
Miró era una mirada transparente por donde entraban y
salían atareados abecedarios.
No eran letras las que entraban y salían por los túneles
del ojo:
eran cosas vivas que se juntaban y se dividían, se abrazaban y
se mordían y se dispersaban,
corrían por toda la página en hileras animadas y
multicolores, tenían cuernos y rabos,
unas estaban cubiertas de escamas, otras de plumas, otras andaban en
cueros,
y las palabras que formaban eran palpables, audibles y
comestibles pero impronunciables:
no eran letras sino sensaciones, no eran sensaciones sino
Transfiguraciones.
¿Y todo esto para qué? Para trazar una línea en la
celda de un solitario,
para iluminar con un girasol la cabeza de luna del campesino,
para recibir a la noche que viene con personajes azules y
pájaros de fiesta,
para saludar a la muerte con una salva de geranios,
para decirle buenos días al día que llega sin
jamás preguntarle de dónde viene y adónde va,
para recordar que la cascada es una muchacha que baja las escaleras
muerta de risa,
para ver al sol y a sus planetas meciéndose en el trapecio del
horizontes,
para aprender a mirar y para que las cosas nos miren y entren y salgan
por nuestras miradas,
abecedarios vivientes que echan raíces, suben, florecen,
estallan, vuelan, se disipan, caen.
Las miradas son semillas, mirar es sembrar, Miró trabaja como un
jardinero
y con sus siete manos traza incansable —círculo y rabo,
¡oh! y ¡ah!—
la gran exclamación con que todos los días comienza el
mundo.
El viento iba y venía por la página del llano,
encendía pequeñas fogatas, se revolcaba en la ceniza,
salía con la cara tiznada gritando por las esquinas,
el viento iba y venía abriendo y cerrando puertas y ventanas,
iba y venía por los crepusculares corredores del cráneo,
el viento con mala letra y las manos manchadas de tinta
escribía y borraba lo que había escrito sobre la pared
del día.
El sol no era sino el presentimiento del color amarillo,
una insinuación de plumas, el grito futuro del gallo.
La nieve se había extraviado, el mar había perdido el
habla,
era un rumor errante, unas vocales en busca de una palabra.
El azul estaba inmovilizado, nadie lo miraba, nadie lo oía:
el rojo era un ciego, el negro un sordomudo.
El viento iba y venía preguntando ¿por dónde anda
Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio pero el viento no lo veía:
inmovilizado entre el azul y el rojo, el negro y el amarillo,
Miró era una mirada transparente, una mirada de siete manos.
Siete manos en forma de orjeas para oír a los siete colores,
siete manos en forma de pies para subir los siete escalones del arco
iris,
siete manos en forma de raíces para estar en todas partes y a la
vez en Barcelona.
Miró era una mirada de siete manos.
Con la primera mano golpeaba el tambor de la luna,
con la segunda sembraba pájaros en el jardín del viento,
con la tercera agitaba el cubilete de las constelaciones,
con la cuarta escribía la leyenda de los siglos de los caracoles,
con la quinta plantaba islas en el pecho del verde,
con la sexta hacía una mujer mezclando noche y agua,
música y electricidad,
con la séptima borraba todo lo que había hecho y
comenzaba de nuevo.
El rojo abrió los ojos, el negro dijo algo incomprensible y el
azul se levantó.
Ninguno de los tres podía creer lo que veía:
¿eran ocho gavilanes o eran ocho paraguas?
Los ocho abrieron las alas, se echaron a volar y desaparecieron por un
vidrio roto.
Miró empezó a quemar sus telas.
Ardían los leones y las arañas, las mujeres y las
estrellas,
el cielo se pobló de triángulos, esferas, discos,
hexaedros en llamas,
el fuego consumió enteramente a la granjera planetaria plantada
en el centro del espacio,
del montón de cenizas brotaron mariposas, peces voladores,
roncos fonógrafos,
pero entre los agujeros de los cuadros chamuscados
volvían el espacio azul y la raya de la golondrina, el follaje
de nubes y el bastón florido:
era la primavera que insistía, insistía con ademanes
verdes.
Ante tanta obstinación luminosa Miró se rascó la
cabeza con su quinta mano,
murmurando para sí mismo: Trabajo
como un jardinero.
¿Jardín de piedras o de barcas? ¿Jardín de
poleas o de bailarinas?
El azul, el negro y el rojo corrían por los prados,
las estrellas andaban desnudas pero las friolentas colinas se
habían metido debajo de las sábanas,
había volcanes portátiles y fuegos de artificio a
domicilio.
Las dos señoritas que guardan la entrada a la puerta de las
percepciones, Geometría y Perspectiva,
se habían ido a tomar el fresco del brazo de Miró,
cantando Une étoile caresse
le sein d’une négresse.
El viento dio la vuelta a la página del llano, alzó la
cara y dijo, ¿Pero dónde anda Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio y el viento no lo veía:
Miró era una mirada transparente por donde entraban y
salían atareados abecedarios.
No eran letras las que entraban y salían por los túneles
del ojo:
eran cosas vivas que se juntaban y se dividían, se abrazaban y
se mordían y se dispersaban,
corrían por toda la página en hileras animadas y
multicolores, tenían cuernos y rabos,
unas estaban cubiertas de escamas, otras de plumas, otras andaban en
cueros,
y las palabras que formaban eran palpables, audibles y
comestibles pero impronunciables:
no eran letras sino sensaciones, no eran sensaciones sino
Transfiguraciones.
¿Y todo esto para qué? Para trazar una línea en la
celda de un solitario,
para iluminar con un girasol la cabeza de luna del campesino,
para recibir a la noche que viene con personajes azules y
pájaros de fiesta,
para saludar a la muerte con una salva de geranios,
para decirle buenos días al día que llega sin
jamás preguntarle de dónde viene y adónde va,
para recordar que la cascada es una muchacha que baja las escaleras
muerta de risa,
para ver al sol y a sus planetas meciéndose en el trapecio del
horizontes,
para aprender a mirar y para que las cosas nos miren y entren y salgan
por nuestras miradas,
abecedarios vivientes que echan raíces, suben, florecen,
estallan, vuelan, se disipan, caen.
Las miradas son semillas, mirar es sembrar, Miró trabaja como un
jardinero
y con sus siete manos traza incansable —círculo y rabo,
¡oh! y ¡ah!—
la gran exclamación con que todos los días comienza el
mundo.
663
Octavio Paz
La Vista, El Tacto
La luz sostiene —ingrávidos, reales—
el cerro blanco y las encinas negras,
el sendero que avanza,
el árbol que se queda;
la luz naciente busca su camino,
río titubeante que dibuja
sus dudas y las vuelve certidumbres,
río del alba sobre unos párpados cerrados;
la luz esculpe al viento en la cortina,
hace de cada hora un cuerpo vivo,
entra en el cuarto y se desliza,
descalza, sobre el filo del cuchillo;
la luz nace mujer en un espejo,
desnuda bajo diáfanos follajes
una mirada la encadena,
la desvanece un parpadeo;
la luz palpa los frutos y palpa lo invisible,
cántaro donde beben claridades los ojos,
llama cortada en flor y vela en vela
donde la mariposa de alas negras se quema:
la luz abre los pliegues de la sábana
y los repliegues de la pubescencia,
arde en la chimenea, sus llamas vueltas sombras
trepan los muros, yedra deseosa;
la luz no absuelve ni condena,
no es justa ni es injusta,
la luz con manos invisibles alza
los edificios de la simetría;
la luz se va por un pasaje de reflejos
y regresa a sí misma:
es una mano que se inventa,
un ojo que se mira en sus inventos.
La luz es tiempo que se piensa.
el cerro blanco y las encinas negras,
el sendero que avanza,
el árbol que se queda;
la luz naciente busca su camino,
río titubeante que dibuja
sus dudas y las vuelve certidumbres,
río del alba sobre unos párpados cerrados;
la luz esculpe al viento en la cortina,
hace de cada hora un cuerpo vivo,
entra en el cuarto y se desliza,
descalza, sobre el filo del cuchillo;
la luz nace mujer en un espejo,
desnuda bajo diáfanos follajes
una mirada la encadena,
la desvanece un parpadeo;
la luz palpa los frutos y palpa lo invisible,
cántaro donde beben claridades los ojos,
llama cortada en flor y vela en vela
donde la mariposa de alas negras se quema:
la luz abre los pliegues de la sábana
y los repliegues de la pubescencia,
arde en la chimenea, sus llamas vueltas sombras
trepan los muros, yedra deseosa;
la luz no absuelve ni condena,
no es justa ni es injusta,
la luz con manos invisibles alza
los edificios de la simetría;
la luz se va por un pasaje de reflejos
y regresa a sí misma:
es una mano que se inventa,
un ojo que se mira en sus inventos.
La luz es tiempo que se piensa.
708
Octavio Paz
1930: Vistas Fijas
¿Qué o quién me guiaba? No buscaba a nadie,
buscaba todo y a todos:
vegetación de cúpulas azules y
campanarios blancos, muros color de sangre seca, arquitecturas:
festín de formas, danza petrificada bajo las
nubes que se hacen y se deshacen y no acaban de hacerse, siempre en
tránsito hacia su forma venidera,
piedras ocres tatuadas por un astro colérico,
piedras lavadas por el agua de la luna;
los parques y las plazuelas, las graves poblaciones
de álamos cantantes y lacónicos olmos, niños y
gorriones y cenzontles,
los corros de ancianos, ahuehuetes cuchicheantes, y
los otros, apeñuscados en los bancos, costales de huesos,
tiritando bajo el gran sol del altiplano, patena incandescente;
calles que no se acaban nunca, calles caminadas como
se lee un libro o se recorre un cuerpo;
patios mínimos, con madreselvas y geranios
generosos colgando de los barandales, ropa tendida, fantasma inocuo que
el viento echa a volar entre las verdes interjecciones del loro de ojo
sulfúreo y, de pronto, un delgado chorro de luz: el canto del
canario;
los figones celeste y las cantinas solferino, el
olor del aserrín sobre el piso de ladrillo, el mostrador
espejeante, equívoco altar en donde los genios de insidiosos
poderes duermen encerrados en botellas multicolores;
la carpa, el ventrílocuo y sus muñecos
procaces, la bailarina anémica, la tiple jamona, el galán
carrasposo;
la feria y los puestos de fritangas donde
hierofantas de ojos canela celebran, entre brasas y sahumerios, las
nupcias de las substancias y la transfiguración de los olores y
los sabores mientras destazan carnes, espolvorean sal y queso
cándido sobre nopales verdeantes, asperjan lechugas donadoras
del sueño sosegado, muelen maíz solar, bendicen manojos
de chiles tornasoles;
las frutas y los dulces, montones dorados de
mandarinas y tejocotes, plátanos áureos, tunas
sangrientas, ocres colinas de nueces y cacahuetes, volcanes de
azúcar, torreones de alegrías, pirámides
transparentes de biznagas, cocadas, diminuta orografía de las
dulzuras terrestres, el campamento militar de las cañas, las
jícamas blancas arrebujadas en túnicas color de tierra,
las limas y los limonones: frescura súbita de risas de mujeres
que se bañan en un río verde;
las guirnaldas de papel y las banderitas tricolores,
arcoiris de juguetería, las estampas de la Guadalupe y las de
los santos, los mártires, los héroes, los campeones, las
estrellas;
el enorme cartel del próximo estreno y la
ancha sonrisa, bahía extática, de la actriz en cueros y
redonda como la luna que rueda por las azoteas, se desliza entre las
sábanas y enciende las visiones rijosas;
las tropillas y vacadas de adolescentes, palomas y
cuervos, las tribus dominicales, los náufragos solitarios y los
viejos y viejas, ramas desgajadas del árbol del siglo;
la musiquita rechinante de los cabellitos, la
musiquita que da vueltas y vueltas en el cráneo como un verso
incompleto en busca de una rima;
y al cruzar la calle, sin razón, porque
sí, como un golpe de mar o el ondear súbito de un campo
de maíz, como el sol que rompe entre nubarrones: la
alegría, el surtidor de la dicha instantánea, ¡ah,
estar vivo, desgranar la granada de esta hora y comerla grano a grano!!;
el atardecer como una barca que se aleja y no acaba
de perderse en el horizonte indeciso;
la luz anclada en el atrio del templo y el lento
oleaje de la hora vencida puliendo cada piedra, cada arista, cada
pensamiento hasta que todo no es sino una transparencia insensiblemente
disipada;
la vieja cicatriz que, sin aviso, se abre, la gota
que taladra, el surco quemado que deja el tiempo en la memoria, el
tiempo sin cara: presentimiento de vómito y caída, el
tiempo que ha ido y regresa, el tiempo que nunca se ha ido y
está aquí desde el principio, el par de ojos agazapados
en un rincón del ser: la seña de nacimiento;
el rápido desplome de la noche que borra las
caras y las casas, la tinta negra de donde salen las trompas y los
colmillos, el tentáculo y el dardo, la ventosa y la naceta, el
rosario de las cacofonías;
la noche poblada cuchicheos y allá lejos un
rumor de voces de mujeres, vagos follajes movidos por el viento;
la luz brusca de los faros del auto sobre la pared
afrentada, la luz navajazo, la luz escupitajo, la reliquia escupida;
el rostro terrible de la vieja al cerrar la ventana
santiguándose, el ladrido del alma en pena del perro en el
callejón como una herida que se encona;
las parejas en las bancas de los parques o de pie en
los repliegues de los quicios, los cuatro brazos anudados,
árboles incandescentes sobre los que reposa la noche,
las parejas, bosques de febriles columnas envueltas
por la resiración del animal deseante de mil ojos y mil manos y
una sola imagen clavad en la frente,
las quietas parejas que avanzan sin moverse con los
ojos cerrados y caen interminablemente en sí mismas;
el vértigo inmóvil del adolescente
desenterrado que rompe por mi frente mientras escribo
y camina de nuevo, multisolo en su soledumbre, por
calles y plazas desmoronadas apenas las digo
y se pierde de nuevo en busca de todo y de todos, de
nada y de nadie
buscaba todo y a todos:
vegetación de cúpulas azules y
campanarios blancos, muros color de sangre seca, arquitecturas:
festín de formas, danza petrificada bajo las
nubes que se hacen y se deshacen y no acaban de hacerse, siempre en
tránsito hacia su forma venidera,
piedras ocres tatuadas por un astro colérico,
piedras lavadas por el agua de la luna;
los parques y las plazuelas, las graves poblaciones
de álamos cantantes y lacónicos olmos, niños y
gorriones y cenzontles,
los corros de ancianos, ahuehuetes cuchicheantes, y
los otros, apeñuscados en los bancos, costales de huesos,
tiritando bajo el gran sol del altiplano, patena incandescente;
calles que no se acaban nunca, calles caminadas como
se lee un libro o se recorre un cuerpo;
patios mínimos, con madreselvas y geranios
generosos colgando de los barandales, ropa tendida, fantasma inocuo que
el viento echa a volar entre las verdes interjecciones del loro de ojo
sulfúreo y, de pronto, un delgado chorro de luz: el canto del
canario;
los figones celeste y las cantinas solferino, el
olor del aserrín sobre el piso de ladrillo, el mostrador
espejeante, equívoco altar en donde los genios de insidiosos
poderes duermen encerrados en botellas multicolores;
la carpa, el ventrílocuo y sus muñecos
procaces, la bailarina anémica, la tiple jamona, el galán
carrasposo;
la feria y los puestos de fritangas donde
hierofantas de ojos canela celebran, entre brasas y sahumerios, las
nupcias de las substancias y la transfiguración de los olores y
los sabores mientras destazan carnes, espolvorean sal y queso
cándido sobre nopales verdeantes, asperjan lechugas donadoras
del sueño sosegado, muelen maíz solar, bendicen manojos
de chiles tornasoles;
las frutas y los dulces, montones dorados de
mandarinas y tejocotes, plátanos áureos, tunas
sangrientas, ocres colinas de nueces y cacahuetes, volcanes de
azúcar, torreones de alegrías, pirámides
transparentes de biznagas, cocadas, diminuta orografía de las
dulzuras terrestres, el campamento militar de las cañas, las
jícamas blancas arrebujadas en túnicas color de tierra,
las limas y los limonones: frescura súbita de risas de mujeres
que se bañan en un río verde;
las guirnaldas de papel y las banderitas tricolores,
arcoiris de juguetería, las estampas de la Guadalupe y las de
los santos, los mártires, los héroes, los campeones, las
estrellas;
el enorme cartel del próximo estreno y la
ancha sonrisa, bahía extática, de la actriz en cueros y
redonda como la luna que rueda por las azoteas, se desliza entre las
sábanas y enciende las visiones rijosas;
las tropillas y vacadas de adolescentes, palomas y
cuervos, las tribus dominicales, los náufragos solitarios y los
viejos y viejas, ramas desgajadas del árbol del siglo;
la musiquita rechinante de los cabellitos, la
musiquita que da vueltas y vueltas en el cráneo como un verso
incompleto en busca de una rima;
y al cruzar la calle, sin razón, porque
sí, como un golpe de mar o el ondear súbito de un campo
de maíz, como el sol que rompe entre nubarrones: la
alegría, el surtidor de la dicha instantánea, ¡ah,
estar vivo, desgranar la granada de esta hora y comerla grano a grano!!;
el atardecer como una barca que se aleja y no acaba
de perderse en el horizonte indeciso;
la luz anclada en el atrio del templo y el lento
oleaje de la hora vencida puliendo cada piedra, cada arista, cada
pensamiento hasta que todo no es sino una transparencia insensiblemente
disipada;
la vieja cicatriz que, sin aviso, se abre, la gota
que taladra, el surco quemado que deja el tiempo en la memoria, el
tiempo sin cara: presentimiento de vómito y caída, el
tiempo que ha ido y regresa, el tiempo que nunca se ha ido y
está aquí desde el principio, el par de ojos agazapados
en un rincón del ser: la seña de nacimiento;
el rápido desplome de la noche que borra las
caras y las casas, la tinta negra de donde salen las trompas y los
colmillos, el tentáculo y el dardo, la ventosa y la naceta, el
rosario de las cacofonías;
la noche poblada cuchicheos y allá lejos un
rumor de voces de mujeres, vagos follajes movidos por el viento;
la luz brusca de los faros del auto sobre la pared
afrentada, la luz navajazo, la luz escupitajo, la reliquia escupida;
el rostro terrible de la vieja al cerrar la ventana
santiguándose, el ladrido del alma en pena del perro en el
callejón como una herida que se encona;
las parejas en las bancas de los parques o de pie en
los repliegues de los quicios, los cuatro brazos anudados,
árboles incandescentes sobre los que reposa la noche,
las parejas, bosques de febriles columnas envueltas
por la resiración del animal deseante de mil ojos y mil manos y
una sola imagen clavad en la frente,
las quietas parejas que avanzan sin moverse con los
ojos cerrados y caen interminablemente en sí mismas;
el vértigo inmóvil del adolescente
desenterrado que rompe por mi frente mientras escribo
y camina de nuevo, multisolo en su soledumbre, por
calles y plazas desmoronadas apenas las digo
y se pierde de nuevo en busca de todo y de todos, de
nada y de nadie
533
Octavio Paz
Hermandad
Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
927
Octavio Paz
Por La Calle De Galeana
Golpean martillos allá arriba
voces pulverizadas
Desde la punta de la tarde bajan
verticalmente los albañiles
Estamos entre azul y buenas noches
aquí comienzan los baldíos
Un charco anémico de pronto llamea
la sombra de un colibrí lo incendia
Al llegar a las primeras casas
el verano se oxida
Alguien ha cerrado la puerta alguien
habla con su sombra
Pardea ya no hay nadie en la calle
ni siquiera este perro
asustado de andar solo por ella
Da miedo cerrar los ojos
voces pulverizadas
Desde la punta de la tarde bajan
verticalmente los albañiles
Estamos entre azul y buenas noches
aquí comienzan los baldíos
Un charco anémico de pronto llamea
la sombra de un colibrí lo incendia
Al llegar a las primeras casas
el verano se oxida
Alguien ha cerrado la puerta alguien
habla con su sombra
Pardea ya no hay nadie en la calle
ni siquiera este perro
asustado de andar solo por ella
Da miedo cerrar los ojos
779
Octavio Paz
La Arboleda
Enorme y sólida
pero oscilante,
golpeada por el viento
pero encadenada,
rumor de un millón de hojas
contra mi ventana.
Motín de árboles,
oleaje de sonidos verdinegros.
La arboleda,
quieta de pronto,
es un tejido de ramas y frondas.
Hay claros llameantes.
Caída en esas redes
se revuelve,
respira
una materia violenta y resplandeciente,
un animal iracundo y rápido,
cuerpo de lumbre entre las hojas:
el día.
A la izquierda del macizo,
más idea que color,
poco cielo y muchas nubes,
el azuleo de una cuenca
rodeada de peñones en demolición,
arena precipitada
en el embudo de la arboleda.
En la región central
gruesas gotas de tinta
esparcidas
sobre un papel que el poniente inflama,
negro casi enteramente allá,
en el extremo sudeste,
donde se derrumba el horizonte.
La enramada,
vuelta cobre, relumbra.
Tres
mirlos
atraviesan la hoguera y reaparecen
ilesos,
en una zona vacía: ni luz ni sombra.
Nubes
en marcha hacia su disolución.
Encienden luces en las casas.
El cielo se acumula en la ventana.
El patio,
encerrado en sus cuatro muros,
se aísla más y
más.
Así perfecciona su realidad.
El bote de basura,
la maceta sin planta,
ya no son,
sobre el opaco cemento,
sino sacos de
sombras.
Sobre sí mismo
el espacio
se cierra
Poco a
poco se petrifican los nombres.
pero oscilante,
golpeada por el viento
pero encadenada,
rumor de un millón de hojas
contra mi ventana.
Motín de árboles,
oleaje de sonidos verdinegros.
La arboleda,
quieta de pronto,
es un tejido de ramas y frondas.
Hay claros llameantes.
Caída en esas redes
se revuelve,
respira
una materia violenta y resplandeciente,
un animal iracundo y rápido,
cuerpo de lumbre entre las hojas:
el día.
A la izquierda del macizo,
más idea que color,
poco cielo y muchas nubes,
el azuleo de una cuenca
rodeada de peñones en demolición,
arena precipitada
en el embudo de la arboleda.
En la región central
gruesas gotas de tinta
esparcidas
sobre un papel que el poniente inflama,
negro casi enteramente allá,
en el extremo sudeste,
donde se derrumba el horizonte.
La enramada,
vuelta cobre, relumbra.
Tres
mirlos
atraviesan la hoguera y reaparecen
ilesos,
en una zona vacía: ni luz ni sombra.
Nubes
en marcha hacia su disolución.
Encienden luces en las casas.
El cielo se acumula en la ventana.
El patio,
encerrado en sus cuatro muros,
se aísla más y
más.
Así perfecciona su realidad.
El bote de basura,
la maceta sin planta,
ya no son,
sobre el opaco cemento,
sino sacos de
sombras.
Sobre sí mismo
el espacio
se cierra
Poco a
poco se petrifican los nombres.
558
Octavio Paz
La Arboleda
Enorme y sólida
pero oscilante,
golpeada por el viento
pero encadenada,
rumor de un millón de hojas
contra mi ventana.
Motín de árboles,
oleaje de sonidos verdinegros.
La arboleda,
quieta de pronto,
es un tejido de ramas y frondas.
Hay claros llameantes.
Caída en esas redes
se revuelve,
respira
una materia violenta y resplandeciente,
un animal iracundo y rápido,
cuerpo de lumbre entre las hojas:
el día.
A la izquierda del macizo,
más idea que color,
poco cielo y muchas nubes,
el azuleo de una cuenca
rodeada de peñones en demolición,
arena precipitada
en el embudo de la arboleda.
En la región central
gruesas gotas de tinta
esparcidas
sobre un papel que el poniente inflama,
negro casi enteramente allá,
en el extremo sudeste,
donde se derrumba el horizonte.
La enramada,
vuelta cobre, relumbra.
Tres
mirlos
atraviesan la hoguera y reaparecen
ilesos,
en una zona vacía: ni luz ni sombra.
Nubes
en marcha hacia su disolución.
Encienden luces en las casas.
El cielo se acumula en la ventana.
El patio,
encerrado en sus cuatro muros,
se aísla más y
más.
Así perfecciona su realidad.
El bote de basura,
la maceta sin planta,
ya no son,
sobre el opaco cemento,
sino sacos de
sombras.
Sobre sí mismo
el espacio
se cierra
Poco a
poco se petrifican los nombres.
pero oscilante,
golpeada por el viento
pero encadenada,
rumor de un millón de hojas
contra mi ventana.
Motín de árboles,
oleaje de sonidos verdinegros.
La arboleda,
quieta de pronto,
es un tejido de ramas y frondas.
Hay claros llameantes.
Caída en esas redes
se revuelve,
respira
una materia violenta y resplandeciente,
un animal iracundo y rápido,
cuerpo de lumbre entre las hojas:
el día.
A la izquierda del macizo,
más idea que color,
poco cielo y muchas nubes,
el azuleo de una cuenca
rodeada de peñones en demolición,
arena precipitada
en el embudo de la arboleda.
En la región central
gruesas gotas de tinta
esparcidas
sobre un papel que el poniente inflama,
negro casi enteramente allá,
en el extremo sudeste,
donde se derrumba el horizonte.
La enramada,
vuelta cobre, relumbra.
Tres
mirlos
atraviesan la hoguera y reaparecen
ilesos,
en una zona vacía: ni luz ni sombra.
Nubes
en marcha hacia su disolución.
Encienden luces en las casas.
El cielo se acumula en la ventana.
El patio,
encerrado en sus cuatro muros,
se aísla más y
más.
Así perfecciona su realidad.
El bote de basura,
la maceta sin planta,
ya no son,
sobre el opaco cemento,
sino sacos de
sombras.
Sobre sí mismo
el espacio
se cierra
Poco a
poco se petrifican los nombres.
558
Octavio Paz
La Arboleda
Enorme y sólida
pero oscilante,
golpeada por el viento
pero encadenada,
rumor de un millón de hojas
contra mi ventana.
Motín de árboles,
oleaje de sonidos verdinegros.
La arboleda,
quieta de pronto,
es un tejido de ramas y frondas.
Hay claros llameantes.
Caída en esas redes
se revuelve,
respira
una materia violenta y resplandeciente,
un animal iracundo y rápido,
cuerpo de lumbre entre las hojas:
el día.
A la izquierda del macizo,
más idea que color,
poco cielo y muchas nubes,
el azuleo de una cuenca
rodeada de peñones en demolición,
arena precipitada
en el embudo de la arboleda.
En la región central
gruesas gotas de tinta
esparcidas
sobre un papel que el poniente inflama,
negro casi enteramente allá,
en el extremo sudeste,
donde se derrumba el horizonte.
La enramada,
vuelta cobre, relumbra.
Tres
mirlos
atraviesan la hoguera y reaparecen
ilesos,
en una zona vacía: ni luz ni sombra.
Nubes
en marcha hacia su disolución.
Encienden luces en las casas.
El cielo se acumula en la ventana.
El patio,
encerrado en sus cuatro muros,
se aísla más y
más.
Así perfecciona su realidad.
El bote de basura,
la maceta sin planta,
ya no son,
sobre el opaco cemento,
sino sacos de
sombras.
Sobre sí mismo
el espacio
se cierra
Poco a
poco se petrifican los nombres.
pero oscilante,
golpeada por el viento
pero encadenada,
rumor de un millón de hojas
contra mi ventana.
Motín de árboles,
oleaje de sonidos verdinegros.
La arboleda,
quieta de pronto,
es un tejido de ramas y frondas.
Hay claros llameantes.
Caída en esas redes
se revuelve,
respira
una materia violenta y resplandeciente,
un animal iracundo y rápido,
cuerpo de lumbre entre las hojas:
el día.
A la izquierda del macizo,
más idea que color,
poco cielo y muchas nubes,
el azuleo de una cuenca
rodeada de peñones en demolición,
arena precipitada
en el embudo de la arboleda.
En la región central
gruesas gotas de tinta
esparcidas
sobre un papel que el poniente inflama,
negro casi enteramente allá,
en el extremo sudeste,
donde se derrumba el horizonte.
La enramada,
vuelta cobre, relumbra.
Tres
mirlos
atraviesan la hoguera y reaparecen
ilesos,
en una zona vacía: ni luz ni sombra.
Nubes
en marcha hacia su disolución.
Encienden luces en las casas.
El cielo se acumula en la ventana.
El patio,
encerrado en sus cuatro muros,
se aísla más y
más.
Así perfecciona su realidad.
El bote de basura,
la maceta sin planta,
ya no son,
sobre el opaco cemento,
sino sacos de
sombras.
Sobre sí mismo
el espacio
se cierra
Poco a
poco se petrifican los nombres.
558
Octavio Paz
La Arboleda
Enorme y sólida
pero oscilante,
golpeada por el viento
pero encadenada,
rumor de un millón de hojas
contra mi ventana.
Motín de árboles,
oleaje de sonidos verdinegros.
La arboleda,
quieta de pronto,
es un tejido de ramas y frondas.
Hay claros llameantes.
Caída en esas redes
se revuelve,
respira
una materia violenta y resplandeciente,
un animal iracundo y rápido,
cuerpo de lumbre entre las hojas:
el día.
A la izquierda del macizo,
más idea que color,
poco cielo y muchas nubes,
el azuleo de una cuenca
rodeada de peñones en demolición,
arena precipitada
en el embudo de la arboleda.
En la región central
gruesas gotas de tinta
esparcidas
sobre un papel que el poniente inflama,
negro casi enteramente allá,
en el extremo sudeste,
donde se derrumba el horizonte.
La enramada,
vuelta cobre, relumbra.
Tres
mirlos
atraviesan la hoguera y reaparecen
ilesos,
en una zona vacía: ni luz ni sombra.
Nubes
en marcha hacia su disolución.
Encienden luces en las casas.
El cielo se acumula en la ventana.
El patio,
encerrado en sus cuatro muros,
se aísla más y
más.
Así perfecciona su realidad.
El bote de basura,
la maceta sin planta,
ya no son,
sobre el opaco cemento,
sino sacos de
sombras.
Sobre sí mismo
el espacio
se cierra
Poco a
poco se petrifican los nombres.
pero oscilante,
golpeada por el viento
pero encadenada,
rumor de un millón de hojas
contra mi ventana.
Motín de árboles,
oleaje de sonidos verdinegros.
La arboleda,
quieta de pronto,
es un tejido de ramas y frondas.
Hay claros llameantes.
Caída en esas redes
se revuelve,
respira
una materia violenta y resplandeciente,
un animal iracundo y rápido,
cuerpo de lumbre entre las hojas:
el día.
A la izquierda del macizo,
más idea que color,
poco cielo y muchas nubes,
el azuleo de una cuenca
rodeada de peñones en demolición,
arena precipitada
en el embudo de la arboleda.
En la región central
gruesas gotas de tinta
esparcidas
sobre un papel que el poniente inflama,
negro casi enteramente allá,
en el extremo sudeste,
donde se derrumba el horizonte.
La enramada,
vuelta cobre, relumbra.
Tres
mirlos
atraviesan la hoguera y reaparecen
ilesos,
en una zona vacía: ni luz ni sombra.
Nubes
en marcha hacia su disolución.
Encienden luces en las casas.
El cielo se acumula en la ventana.
El patio,
encerrado en sus cuatro muros,
se aísla más y
más.
Así perfecciona su realidad.
El bote de basura,
la maceta sin planta,
ya no son,
sobre el opaco cemento,
sino sacos de
sombras.
Sobre sí mismo
el espacio
se cierra
Poco a
poco se petrifican los nombres.
558
Octavio Paz
Concorde
Arriba el agua
abajo el bosque
el viento por los caminos
Quietud del pozo
El cubo es negro El agua firme
El agua baja hasta los árboles
El cielo sube hasta los labios
abajo el bosque
el viento por los caminos
Quietud del pozo
El cubo es negro El agua firme
El agua baja hasta los árboles
El cielo sube hasta los labios
656
Octavio Paz
Concorde
Arriba el agua
abajo el bosque
el viento por los caminos
Quietud del pozo
El cubo es negro El agua firme
El agua baja hasta los árboles
El cielo sube hasta los labios
abajo el bosque
el viento por los caminos
Quietud del pozo
El cubo es negro El agua firme
El agua baja hasta los árboles
El cielo sube hasta los labios
656
Octavio Paz
Concorde
Arriba el agua
abajo el bosque
el viento por los caminos
Quietud del pozo
El cubo es negro El agua firme
El agua baja hasta los árboles
El cielo sube hasta los labios
abajo el bosque
el viento por los caminos
Quietud del pozo
El cubo es negro El agua firme
El agua baja hasta los árboles
El cielo sube hasta los labios
656
Octavio Paz
Un Anochecer
¿Qué la sostiene, entreabierta
claridad anochecida
luz por los jardines suelta?
Todas las ramas, vencidas
por un agobio de pájaros
hacia lo obscuro se inclinan.
Sobre las bardas –intactos:
todavía resplandores-
instantes ensimismados.
Para recibir la noche
se cambian las arboledas
en callados surtidores.
Cae un pájaro, la yerba
ensombrece, los confines
se borran, la cal es negra,
el mundo es menos creíble.
claridad anochecida
luz por los jardines suelta?
Todas las ramas, vencidas
por un agobio de pájaros
hacia lo obscuro se inclinan.
Sobre las bardas –intactos:
todavía resplandores-
instantes ensimismados.
Para recibir la noche
se cambian las arboledas
en callados surtidores.
Cae un pájaro, la yerba
ensombrece, los confines
se borran, la cal es negra,
el mundo es menos creíble.
564
Octavio Paz
Madrugada Al Raso
Los labios y las manos del viento
el corazón del agua
un
eucalipto
el campamento de las nubes
la vida que nace cada día
la muerte que nace cada vida
Froto mis párpados:
el cielo anda en la tierra
el corazón del agua
un
eucalipto
el campamento de las nubes
la vida que nace cada día
la muerte que nace cada vida
Froto mis párpados:
el cielo anda en la tierra
840
Octavio Paz
Madrugada Al Raso
Los labios y las manos del viento
el corazón del agua
un
eucalipto
el campamento de las nubes
la vida que nace cada día
la muerte que nace cada vida
Froto mis párpados:
el cielo anda en la tierra
el corazón del agua
un
eucalipto
el campamento de las nubes
la vida que nace cada día
la muerte que nace cada vida
Froto mis párpados:
el cielo anda en la tierra
840
Octavio Paz
Salamandra
Salamandra
(negra
armadura viste el fuego)
calorífero de combustión lenta
entre las fauces de la chimenea
—o mármol o ladrillo—
tortuga estática
o agazapado guerrero japonés
y una u otro
—el martirio es reposo —
impasible en la tortura.
Salamandra
nombre antiguo del fuego
y antídoto antiguo contra el fuego
y desollada planta sobre brasas
amiante amante amianto
Salamandra
en la ciudad abstracta
entre geometrías vertigiosas
—vidrio cemento piedra hierro—
formidables quimeras
levantadas por el cálculo
multiplicadas por el lucro
al flanco del muro anónimo
amapola súbita
Salamandra
garra amarilla
roja escritura
en la pared de sal
garra de sol
sobre el montón de huesos
Salamandra
estrella caída
en el sinfín del ópalo sangriento
sepultada
bajo los párpados del sílex
niña perdida
en el túnel del ónix
en los círculos del basalto
enterrada semilla
grano de energía
dormida en la médula del granito
Salamandra
niña dinametera
en el pecho azul y negro del hierro
estallas como un sol
te abres como una herida
hablas como una fuente
Salamandra
espiga
hija del fuego
espíritu del fuego
condensación de la sangre
sublimación de la sangre
evaporación de la sangre
Salamandra de aire
la roca es llama
la llama es humo
vapor rojo
recta plegaria
alta palabra de alabanza
exclamación
corona de incendio
en la testa del himno
reina escarlata
(y muchacha de medias moradas
corriendo despeinada por el bosque)
Salamandra
animal taciturno
negro paño de lágrimas de azufre
(Un húmedo verano
entre las baldosas desunidas
de un patio petrificado por la luna
oí vibrar tu cola cilíndrica)
Salamandra caucásica
en la espalda cenicienta de la peña
aparece y desaparece
breve y negra lengüeta
moteada de azafrán
Salamandra
bicho negro y brillante
escalofrío del musgo
devorador de insectos
heraldo diminuto del chubasco
y familiar de la centella
(Fecundación interna
reproducción ovípara
las crías viven en el agua
ya adultas nadan con torpeza)
Salamandra
Puente colgante entre las eras
puente de sangre fría
eje del movimiento
(Los cambios de la alpina
la especie más esbelta
se cumplen en el claustro de la madre
Entre los huevecillos se logran dos apenas
y hasta el alumbramiento
medran los embriones en un caldo nutricio
la masa fraternal de huevos abortados)
La salamandra española
montañesa negra y roja
No late el sol clavado en la mitad del cielo
no respira
no comienza la vida sin la sangre
sin la brasa del sacrificio
no se mueve la rueda de los días
Xólotl se niega a consumirse
se escondió en el maíz pero lo hallaron
se escondió en el maguey pero lo hallaron
cayó en el agua y fue el pez axólotl
el dos-seres
y “luego lo mataron”
Comenzó el movimiento anduvo el mundo
la procesión de fechas y de nombres
Xólotl el perro guía del infierno
el que desenterró los huesos de los padres
el que coció los huesos en la olla
el que encendió la lumbre de los años
el hacedor de hombres
Xólotl el penitente
el ojo reventado que llora por nosotros
Xólotl la larva de la mariposa
del doble de la Estrella
el caracol marino
la otra cara del Señor de la Aurora
Xólotl el ajolote
Salamandra
dardo solar
lámpara de la luna
columna del mediodía
nombre de mujer
balanza de la noche.
(El infinito peso de la luz
un adarme de sombra en tus pestañas)
Salamandra
llama negra
heliotropo
sol tú misma
y luna siempre en torno de ti misma
granada que se abre cada noche
astro fijo en la frente del cielo
y latido del mar y luz ya quieta
mente sobre el vaivén del mar abierta
Salamandria
saurio de unos ocho centímetros
vive en las grietas y es color de polvo
Salamandra de tierra y de agua
piedra verde en la boca de los muertos
piedra de encarnación
piedra de lumbre
sudor de la tierra
sal llameante y quemante
sal de la destrucción
y máscara de cal que consume los rostros
Salamandra de aire y de fuego
avispero de soles
roja palabra del principio
La salamandra es un lagarto
su lengua termina en un dardo
su cola termina en un dardo
Es inasible Es indecible
reposa sobre brasas
reina sobre tizones
Si en la llama se esculpe
su monumento incendia.
El fuego es su pasión es su paciencia
Salamadre
Aguamadre
(negra
armadura viste el fuego)
calorífero de combustión lenta
entre las fauces de la chimenea
—o mármol o ladrillo—
tortuga estática
o agazapado guerrero japonés
y una u otro
—el martirio es reposo —
impasible en la tortura.
Salamandra
nombre antiguo del fuego
y antídoto antiguo contra el fuego
y desollada planta sobre brasas
amiante amante amianto
Salamandra
en la ciudad abstracta
entre geometrías vertigiosas
—vidrio cemento piedra hierro—
formidables quimeras
levantadas por el cálculo
multiplicadas por el lucro
al flanco del muro anónimo
amapola súbita
Salamandra
garra amarilla
roja escritura
en la pared de sal
garra de sol
sobre el montón de huesos
Salamandra
estrella caída
en el sinfín del ópalo sangriento
sepultada
bajo los párpados del sílex
niña perdida
en el túnel del ónix
en los círculos del basalto
enterrada semilla
grano de energía
dormida en la médula del granito
Salamandra
niña dinametera
en el pecho azul y negro del hierro
estallas como un sol
te abres como una herida
hablas como una fuente
Salamandra
espiga
hija del fuego
espíritu del fuego
condensación de la sangre
sublimación de la sangre
evaporación de la sangre
Salamandra de aire
la roca es llama
la llama es humo
vapor rojo
recta plegaria
alta palabra de alabanza
exclamación
corona de incendio
en la testa del himno
reina escarlata
(y muchacha de medias moradas
corriendo despeinada por el bosque)
Salamandra
animal taciturno
negro paño de lágrimas de azufre
(Un húmedo verano
entre las baldosas desunidas
de un patio petrificado por la luna
oí vibrar tu cola cilíndrica)
Salamandra caucásica
en la espalda cenicienta de la peña
aparece y desaparece
breve y negra lengüeta
moteada de azafrán
Salamandra
bicho negro y brillante
escalofrío del musgo
devorador de insectos
heraldo diminuto del chubasco
y familiar de la centella
(Fecundación interna
reproducción ovípara
las crías viven en el agua
ya adultas nadan con torpeza)
Salamandra
Puente colgante entre las eras
puente de sangre fría
eje del movimiento
(Los cambios de la alpina
la especie más esbelta
se cumplen en el claustro de la madre
Entre los huevecillos se logran dos apenas
y hasta el alumbramiento
medran los embriones en un caldo nutricio
la masa fraternal de huevos abortados)
La salamandra española
montañesa negra y roja
No late el sol clavado en la mitad del cielo
no respira
no comienza la vida sin la sangre
sin la brasa del sacrificio
no se mueve la rueda de los días
Xólotl se niega a consumirse
se escondió en el maíz pero lo hallaron
se escondió en el maguey pero lo hallaron
cayó en el agua y fue el pez axólotl
el dos-seres
y “luego lo mataron”
Comenzó el movimiento anduvo el mundo
la procesión de fechas y de nombres
Xólotl el perro guía del infierno
el que desenterró los huesos de los padres
el que coció los huesos en la olla
el que encendió la lumbre de los años
el hacedor de hombres
Xólotl el penitente
el ojo reventado que llora por nosotros
Xólotl la larva de la mariposa
del doble de la Estrella
el caracol marino
la otra cara del Señor de la Aurora
Xólotl el ajolote
Salamandra
dardo solar
lámpara de la luna
columna del mediodía
nombre de mujer
balanza de la noche.
(El infinito peso de la luz
un adarme de sombra en tus pestañas)
Salamandra
llama negra
heliotropo
sol tú misma
y luna siempre en torno de ti misma
granada que se abre cada noche
astro fijo en la frente del cielo
y latido del mar y luz ya quieta
mente sobre el vaivén del mar abierta
Salamandria
saurio de unos ocho centímetros
vive en las grietas y es color de polvo
Salamandra de tierra y de agua
piedra verde en la boca de los muertos
piedra de encarnación
piedra de lumbre
sudor de la tierra
sal llameante y quemante
sal de la destrucción
y máscara de cal que consume los rostros
Salamandra de aire y de fuego
avispero de soles
roja palabra del principio
La salamandra es un lagarto
su lengua termina en un dardo
su cola termina en un dardo
Es inasible Es indecible
reposa sobre brasas
reina sobre tizones
Si en la llama se esculpe
su monumento incendia.
El fuego es su pasión es su paciencia
Salamadre
Aguamadre
910
Octavio Paz
Ustica
Los sucesivos soles del verano,
la sucesión del sol y sus veranos,
todos los soles,
el solo, el sol de soles,
hechos ya hueso terco y leonado,
cerrazón de materia enfriada.
Puño de piedra,
piña de lava,
osario,
no tierra,
isla tampoco,
peña despeñada,
duro durazno,
gota de sol petrificada.
Por las noches se oye
el respirar de las cisternas,
el jadeo del agua dulce
turbada por el mar.
La hora es alta y rayada de verde.
El cuerpo obscuro del vino
en las jarras dormido
es un sol más negro y fresco.
Aquí la rosa de las profundidades
es un candelabro de venas rosadas
encendido en el fondo del mar.
En tierra, el sol lo apaga,
pálido encaje calcáreo
como el deseo labrado por la muerte.
Rocas color de azufre,
altas piedras adustas.
Tú estás a mi costado.
Tus pensamientos son negros y dorados
Si alargase la mano
cortaría un racimo de verdades intactas.
Abajo, entre peñas centelleantes,
va y viene el mar lleno de brazos.
Vértigos. La luz se precipita.
Yo te miré a la cara,
yo me asomé al abismo:
mortalidad es transparencia.
Osario, paraíso:
nuestras raíces anudadas
en el sexo, en la boca deshecha
de la Madre enterrada.
Jardín de árboles incestuosos
sobre la tierra de los muertos.
la sucesión del sol y sus veranos,
todos los soles,
el solo, el sol de soles,
hechos ya hueso terco y leonado,
cerrazón de materia enfriada.
Puño de piedra,
piña de lava,
osario,
no tierra,
isla tampoco,
peña despeñada,
duro durazno,
gota de sol petrificada.
Por las noches se oye
el respirar de las cisternas,
el jadeo del agua dulce
turbada por el mar.
La hora es alta y rayada de verde.
El cuerpo obscuro del vino
en las jarras dormido
es un sol más negro y fresco.
Aquí la rosa de las profundidades
es un candelabro de venas rosadas
encendido en el fondo del mar.
En tierra, el sol lo apaga,
pálido encaje calcáreo
como el deseo labrado por la muerte.
Rocas color de azufre,
altas piedras adustas.
Tú estás a mi costado.
Tus pensamientos son negros y dorados
Si alargase la mano
cortaría un racimo de verdades intactas.
Abajo, entre peñas centelleantes,
va y viene el mar lleno de brazos.
Vértigos. La luz se precipita.
Yo te miré a la cara,
yo me asomé al abismo:
mortalidad es transparencia.
Osario, paraíso:
nuestras raíces anudadas
en el sexo, en la boca deshecha
de la Madre enterrada.
Jardín de árboles incestuosos
sobre la tierra de los muertos.
600
Octavio Paz
Cosante
Con la lengua cortada
y los ojos abiertos
el ruiseñor en la muralla
Ojos de pena acumulada
y plumaje de sangre
el ruiseñor en la muralla
Plumas de sangre y breve llamarada
agua recién nacida en la garganta
el ruiseñor en la muralla
Agua que corre enamorada
agua con alas
el ruiseñor en la muralla
Entre las piedras negras la voz blanca
del agua enamorada
el ruiseñor en la muralla
Con la lengua cortada canta
sangre sobre la piedra
el ruiseñor en la muralla
y los ojos abiertos
el ruiseñor en la muralla
Ojos de pena acumulada
y plumaje de sangre
el ruiseñor en la muralla
Plumas de sangre y breve llamarada
agua recién nacida en la garganta
el ruiseñor en la muralla
Agua que corre enamorada
agua con alas
el ruiseñor en la muralla
Entre las piedras negras la voz blanca
del agua enamorada
el ruiseñor en la muralla
Con la lengua cortada canta
sangre sobre la piedra
el ruiseñor en la muralla
796