Naturaleza y Elementos
Luis de Góngora y Argote
Para Lo Mismo
Del Cielo, con razón, pues nascí en ella;
Ceñí de un Duque excelso, aunque flor bella,
De rayos más que flores frente dina.
Lo caduco esta urna peregrina,
Oh peregrino, con majestad sella;
Lo fragrante, entre una y otra estrella,
Vista no fabulosa determina.
Estrellas son de la guirnalda griega
Lisonjas luminosas, de la mía
Señas oscuras, pues ya el Sol corona.
La suavidad que expira el mármol (llega)
Del muerto lilio es; que aun no perdona
El santo olor a la ceniza fría.
Luis de Góngora y Argote
Las Tablas Del Bajel Despedazadas
(Signum naufragii pium et crudele),
Del tempio sacro, con le rotte vele,
Ficaraon nas paredes penduradas.
Del tiempo las injurias perdonadas,
Et Orionis vi nimbosae stellae
Raccoglio le smarrite pecorelle
Nas ribeiras do Betis espalhadas.
Volveré a ser pastor, pues marinero
Quel Dio non vuol, che sol suo strale sprona
Do Austro os assopros e do Oceám as agoas;
Haciendo al triste son, aunque grosero,
Di questa canna, già selvaggia donna,
Saudade a as feras, e aos penedos magoas.
Luis Felipe Vivanco
Presentación A Los Pájaros
salgo a la primavera,
nuestra niña de invierno aún empañada
de calor tuyo y vaho de tu cueva.
Salgo al volar travieso de los pájaros
con mi niñita nueva,
nuestra cachorra acariciada por la
nocturna vecindad de tus riberas.
Bajo el brazo la traigo y no me olvido,
al contemplaros, de ella;
¡oh juventud del cielo!, ¡oh campo verde
y recuestos en flor como una fiesta!
La traigo blanca y rubia y no la cambio
por la menuda yerba,
ni por la más silvestre forecilla
que un delantal, en vez de un traje, estrena.
¡Cuántas veces los dos hemos salido
prolongando la espera
tan frecuentada ya por sus pisadas
y andada, con su ritmo, hacia la sierra!
Su ritmo entre los surcos, con el denso
crecer de la cosecha,
y en el pujar suave de los árboles,
y en la dulce estrechez de las veredas.
Su ritmo en tu cintura, y en tus húmedas
mejillas con ojeras
de la tarde que se apaga, su caricia
de fresco viento matinal que empieza.
Gorjeos matinales nos descubren
otra vez, pero aquella
éramos, los dos solos, nuestro abrazo,
y ahora somos, también, su mies pequeña,
su pelusilla rubia, su puñado
de sol, de agua despierta,
¡cortejadla, mis pájaros, y amadla!
¡mi ruiseñor, y mi mirlo, y oropéndola!
¡Mi urraca que a saltitos desmenuzas
tu fama de usurera!
¡Mis golondrinas de hace un año, dentro
del viejo portalón con sus macetas!
¡Mis huéspedes celestes, tan asiduos
cantores, tan cerca,
tan de huerto cerrado y pobres tapias,
tan de lluvia y celindas, tan de veras!
Piad como esta vez, como sois siempre
de alados, como cuelgan
vuestras voces y juegos bulliciosos
en el aire que huele a lila y menta.
Tú, ruiseñor, el trino entreverado
de magnolia y estrella.
Y tú, mirlo, tus silbos casi azules.
Tú, urraca, tu cascada voz de tierra.
Vosotras, golondrinas, vuestra albórbola
cotidiana y obrera.
Tú, oropéndola, el eco espejeante
de un interior sonoro de colmena.
Con mi niñita nueva bajo el brazo
llego a la primavera,
¡mirad que os la presento aún con escarcha,
recién hecha de amor, y nuestra y vuestra!
Luis Felipe Vivanco
Qué Bien Sé Lo Que Quiero
rocas,
junto al río Voltoya— de la provincia de Ávila.
Sólo un trozo de monte de encinas y berruecos.
Sólo un monte con grandes encinas distanciadas
en sus faldas rocosas, amplias, largas y diáfanas,
muchos días seguidos, antes de entrar en Ávila
(por las calles prosaicas de las afueras, entre
madrugada y conventos de clarisas, bernardas,
carmelitas descalzas), con el alma descalza.
Sí, ese trozo (con rocas y encinas) me prepara
para la entrada en Ávila, me instala en su tardanza,
me sujeta a su mucha claridad de horizonte,
me quita de los ojos lo que todos prefieren,
me deja en equilibrio de piedra caballera
y en pujanza absoluta de azul sin importancia.
Es un trozo tan alto de fatigas, tan fino
y ocioso de matices, tan activo en suspenso
—a pesar de la sombra creciente del barranco—
que al llegar el crepúsculo no hacen falta campanas.
Es un sueño perpetuo de nieve o sol de agosto
y alegres margaritas de primavera escasa.
Es un trozo —y un solo pajarillo que canta—
con vegas del Adaja, y aun del Eresma, lejos,
y cerca una pequeña ciudad amurallada.
¡Qué bien sé lo que quiero!: quedarme entre sus
rocas
y encinas, oponiéndome a todo lo que sea
merma o deformación política del alma.
Luis Felipe Vivanco
La Mirada Del Perro
Me interrumpe como dos hojas de árbol dentro de una herida,
como llanto infantil de alma que nunca ha sido pisada todavía
o esa vieja mujer que friega, en cambio, el suelo, de rodillas.
De no saber qué hacer resignada, y huidiza,
y suplicante -de no saber que permanece en su orilla-,
me deja interrumpido como pequeña iglesia románica en un pueblo
o esa peña y sus grietas a un lado del atajo, mientras sigo subiendo.
(Me deja entre mis libros de elemental e ingreso,
naturalmente, estudiosamente unido a Dios en el tiempo
de la imaginación que aún mezcla sus leyendas de Bécquer con insectos).
O me atraviesa con su temor de criatura confiada y su exceso
de alegría por mí (que soy un poco duro y no me la merezco).
La mirada del perro.
Luis Felipe Vivanco
El Otoño
amor es fuego. El fuego
se enciende por las tardes,
dura toda la noche.
El fuego son imágenes,
silenciosos viajes...
Desde la lluvia oblicua de la acera
miramos las estampas
y pasamos las páginas
del fuego solitario:
sus llamas interiores.
Prontos obedeceres:
las luces que se encienden
en las calles estrechas,
y en los pisos cerrados
las fugas en los juegos
de los niños que han vuelto del colegio.
Leandro Fernández de Moratín
Inscripción Para El Sepulcro De D Francisco Gregorio De Salas
yace Salicio: el ánimo celeste,
roto el nudo mortal, descansa y goza
eterno galardón. Vivió en la tierra
pastor sencillo, de ambición remoto,
a el trato fácil y a la honesta risa,
y del pudor y la inocencia amigo.
Ni envidia conoció, ni orgullo insano,
su corazón, como su lengua puro.
Amaba la virtud, amó las selvas.
Diole su plectro, y de olorosas flores.
guirnalda le ciñó, la que preside
al canto pastoril, divina Euterpe.
Leandro Fernández de Moratín
Oda Traducción De Horacio
la vida pasa
no necesita
morisca lanza,
fusco, ni corvos
arcos, ni aljaba
llena de flechas
envenenadas;
o a las regiones
que Hydaspe baña
o por las Syrtes
muy abrasadas,
o por el yermo
Cáucaso vaya.
Yo la sabina
selva cruzaba,
cantando amores
a mi adorada
Lálage, libre
de afán el alma,
por muy remoto
sitio, sin armas;
y un lobo fiero
me ve y se aparta.
Monstruo igual suyo
no tiene Daunia
en montes llenos
de encinas altas
ni los desiertos
de Mauritania,
donde leones
y tigres braman.
Ponme en los yertos
campos, do el aura
no goza estiva
ninguna planta:
lado del mundo,
región helada
que infestan vientos
y nubes pardas,
o en la que al rayo
del sol cercana,
de habitaciones
carece y aguas;
Lálage siempre
será mi amada:
dulce si ríe,
dulce si canta.
León Felipe
Revolución
que vista el monte de armiño
y agua humilde que trabaje
en la presa del molino.
Y siempre habrá un sol también
—un sol verdugo y amigo—
que trueque en llanto la nieve
y en nube el agua del río.
León Felipe
Revolución
que vista el monte de armiño
y agua humilde que trabaje
en la presa del molino.
Y siempre habrá un sol también
—un sol verdugo y amigo—
que trueque en llanto la nieve
y en nube el agua del río.
León Felipe
Revolución
que vista el monte de armiño
y agua humilde que trabaje
en la presa del molino.
Y siempre habrá un sol también
—un sol verdugo y amigo—
que trueque en llanto la nieve
y en nube el agua del río.
León Felipe
Como Aquella Nube Blanca
como aquella nube blanca
que va tan sola en el cielo
y tan alta,
como aquella
que ahora pasa
junto a la luna
de plata.
Nube
blanca,
que vas tan sola en el cielo
y tan alta,
junto a la luna
de plata,
vendrás a parar
mañana,
igual que mi amor,
en agua,
en agua del mar
amarga.
Mi amor tiene el ritornelo
del agua, que, sin cesar,
en nubes sube hasta el cielo
y en lluvia baja hasta el mar.
El agua, aquel ritornelo,
de mi amor, que, sin cesar,
en sueños sube hasta el cielo
y en llanto baja hasta el mar.
León Felipe
Elegía
mercante española, que murió en alta mar y lo enterraron
en Nueva York.
Marineros,
¿por qué le dais a la tierra lo que no es suyo
y se lo quitáis al mar?
¿Por qué le habéis enterrado, marineros,
si era un soldado del mar?
Su frente encendida, un faro;
ojos azules, carne de iodo y de sal.
Murió allá arriba, en el puente,
en su trinchera, como un soldado del mar;
con la rosa de los vientos en la mano
deshojando la estrella de navegar.
¿Por qué le habéis enterrado, marineros?
¡Y en una tierra sin conchas! ¡¡En la playa negra!!
... Allá,
en la ribera siniestra
del otro mar;
¡Nueva York!
—piedra, cemento y hierro en tempestad—.
Donde el ojo ciclópeo del gran faro
que busca a los ahogados no puede llegar;
donde se acaban las torres y los puentes;
donde no se ve ya
la espuma altiva de los rascacielos;
en los escombros de las calles sórdidas
que rompen en el último arrabal;
donde se vuelve la culebra sombría de los elevados
a meterse otra vez en la ciudad...
Allí, la arcilla opaca de los cementerios, marineros,
allí habéis enterrado al capitán.
¿Por qué le habéis enterrado, marineros,
por qué le habéis enterrado,
si murió como el mejor capitán,
y su alma —viento, espuma y cabrilleo—
está ahí, entre la noche y el mar...?
Luis Cañizal de la Fuente
Día De San Meder
crucificado en efigie en su aguijada
y cuyo nombre cruje dulcemente
con el santificado tinieblario de carreta, bueyes
y sogueo de cuero para yugo de vacas.
Viene por el amanecer el tembloroso monumento
como si contuviese en su castillo andante
la luz delgada del amanecer,
y temiese verterla.
En ese cuello y pulsos trasparecen las venas:
digo en el cuerpo del va-a-ser-de-día.
Luis Cañizal de la Fuente
Populus Nigra
sabe esbozar un fácil canto verde:
pero el que canta como un pueblo entero
es el pinar,
la gloria silenciosa
del aire entre las ramas.
La alta gloria callada
del viento entre los pinos.
Su clamoreo largo y sostenido
se funde con la carcajada
de un tren que pasa, al margen, fragoroso,
por la vía apartada. “¡Corre, que lo pierdes!”
(No corras. Más bien báñate
dentro de este oleaje
sonoro. Ensordece en su seno.)
Luis Cañizal de la Fuente
El Cielo De Nuestra Cabeza Es Un Pavés
de plata (ceniza) malhumorada.
Con él hemos vivido desde que nacimos,
y nada más se manifiesta
cuando las nubes bajas lo deprimen.
Luis Cañizal de la Fuente
Por La Noche, En El Corral
el grillo va levantando,
ladrillito a ladrillito,
el paredón de su canto.
Luis Cañizal de la Fuente
Por La Noche, En El Corral
el grillo va levantando,
ladrillito a ladrillito,
el paredón de su canto.
Luis Cañizal de la Fuente
Periódico
sino, a lo sumo, lo que les ha hecho el temporal
a los troncos de pino:
mandarlos crecer en bucle,
dejarlos astillados hasta media cepa
para que giman cautelosamente al acercarme
y pueda yo mecerme sobre tal cautela;
descuajarlos para que aromen a tierra humanitaria;
tronchar un fuste para que perfume
en forma de cabeza tonsurada,
un olor hemisférico a trasquileo humano.
En vez de ramas, sus sombras con que ceñir la carretera
para que vaya pulsando humanamente hacia lo lejos.
Contar la mitología metamórfica
del raigón de pino que era torso humano
y confundido fue por la divinidad
en escamosa grupa de marino monstruo
que ladraba a los pinos.
(Acabado el relato,
sueltan todos a una la leyenda
—dígase cabellera—
y me sellan el juicio largamente
con bufanda de ovas. Inefable.)
Luis Cañizal de la Fuente
Carrer Del Pou Dolç
sales de pozos lóbregos,
entras
al pañuelo del aire,
que te torea, muy considerado,
con flámula de seda
ligeramente húmeda.
Y cuando lo respiras, cuando embistes
hacia adentro, bebiendo
su sabor a placenta, a plaza lenta,
a pureza corrupta,
percibes que es verdad, que ahí está
el toro ensabanado de la mar,
sus delicados dedos sudorosos
y su toque en la sien.
Por la noche se encorva, se doblega
a entrar en la caverna de mi olfato
(o convertido en cuervo
da un apretón jovial de pico y ala
a mi torso, a mi pecho, y un mantazo
de talante torero tolerante
a mis pulmones) muy bienhumorado.
Torero del calor aceitunado
de la noche y la mar en Barcelona.
Luis Cañizal de la Fuente
Que Al Son De Nuno Júdice
de austria-hungría a caballo,
una baladronada de schumann cabalgando en un leño,
una sabihondez del abate liszt,
unos ojos exoftálmicos pidiendo limosna al cielo:
la consapevolezza
del mulo que sueña
con nubarrones desde la tibieza de su cuadra
mientras pasta ante la pesebrera.
Los campos de la patria
son tener cauce y no tener río al que asomarse
cuando se es árbol de la orilla.
...Como cae del cielo
la luz en lamparazos misericordiosos
medidos a zancadas por los postes y sus cables métricos.
Lamparazos de luz:
explosiones radiosas a lo lejos
que no acierta la vista a distinguir
si es aguacero jubiloso y repentino (como en el porvenir de nuestras vidas)
o al cauce abandonado cumplirle la promesa
de que volverá un día a transitar henchido,
con pinos en cantiles por orillas.
Los campos de la patria son
nube rampante en cielo de tormenta,
cañonazo estrellado en el costado mártir
del mapa en carnes vivas
sin nombres con los que arroparse.
Los campos de la patria son lo que resta de
un muro tembloroso de castillo
(como corazón de sandía enarbolado) en el aire de tormenta.
Los campos de la patria son un piano desmelenado cuando
empieza a llover a latigazos igual que exclamaciones
desatando el olor a pasto fresco en todas las conciencias.
Luis Cañizal de la Fuente
Pretérito Del Mar Indefinido
cuando bajaba el ballenato placentero
entretenido en curvas de merienda y uvas
y fortín soñoliento,
el gong del mar se pone en pie de un salto
dando con la cabeza en el pavés del cielo;
esparce de ceniza las recámaras,
vibran las entretelas, y hasta Alghero
no tendrá paz la tarde.
Luis Cañizal de la Fuente
Pretérito Del Mar Indefinido
cuando bajaba el ballenato placentero
entretenido en curvas de merienda y uvas
y fortín soñoliento,
el gong del mar se pone en pie de un salto
dando con la cabeza en el pavés del cielo;
esparce de ceniza las recámaras,
vibran las entretelas, y hasta Alghero
no tendrá paz la tarde.
Luis Cernuda
El Viento Y El Alma
viene del mar, que sus sones
elementales contagian
el silencio de la noche.
Solo en tu cama le escuchas
insistente en los cristales
tocar, llorando y llamando
como perdido sin nadie.
Mas no es él quien en desvelo
te tiene, sino otra fuerza
de que tu cuerpo es hoy cárcel,
fue viento libre, y recuerda.