Poemas en este tema
Naturaleza y Elementos
José Antonio Ramos Sucre
Las Almas
LAS ALMAS
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
506
José Antonio Ramos Sucre
Las Almas
LAS ALMAS
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
506
José Antonio Ramos Sucre
El Donaire
EL DONAIRE
Los enanos forjaban tridentes para las divinidades
marinas. Enseñaban a los naturales de la isla de las canteras el
arte de pescar las esponjas. Inventaron los espejos de obsidiana.
Se ocupaban de educar el ruiseñor y el
alción, los pájaros de la felicidad, y maldecían
la escasa inteligencia de las aves de rapiña. Habitaban en
viviendas de yeso y no se atrevían sino con las liebres. Fueron
desterrados por una muchedumbre de hormigas cáusticas.
Aristófanes se complacía refiriendo,
entre carcajadas homéricas, la sumersión de los enanos en
una ciénaga después de su brava resistencia en un bosque
de lirios y azafranes.
Los enanos habrían salido vencedores sin la
animadversión de unas grullas de pico incisivo, autoras de
lesiones incurables.
Los enanos corrieron a salvarse en la nave de los
argonautas y confesaron el origen de su infortunio. Habían
imitado de modo risueño el paso de Empous, una larva coja, de
pies de asno.
Los enanos forjaban tridentes para las divinidades
marinas. Enseñaban a los naturales de la isla de las canteras el
arte de pescar las esponjas. Inventaron los espejos de obsidiana.
Se ocupaban de educar el ruiseñor y el
alción, los pájaros de la felicidad, y maldecían
la escasa inteligencia de las aves de rapiña. Habitaban en
viviendas de yeso y no se atrevían sino con las liebres. Fueron
desterrados por una muchedumbre de hormigas cáusticas.
Aristófanes se complacía refiriendo,
entre carcajadas homéricas, la sumersión de los enanos en
una ciénaga después de su brava resistencia en un bosque
de lirios y azafranes.
Los enanos habrían salido vencedores sin la
animadversión de unas grullas de pico incisivo, autoras de
lesiones incurables.
Los enanos corrieron a salvarse en la nave de los
argonautas y confesaron el origen de su infortunio. Habían
imitado de modo risueño el paso de Empous, una larva coja, de
pies de asno.
522
José Antonio Ramos Sucre
El Tótem
EL TÓTEM
Yo había perdido un año en ceremonias
con el rey del país oculto. Los áulicos sagaces anulaban
mi solicitud y sufrían los desahogos de mi protesta con una
sonrisa neutral.
Yo procuraba intimidarlos con el nombre de mi
soberano y describía enfáticamente los recursos infinitos
de su armada. Se creían salvos en el recinto de sus montes.
Yo entretenía el sinsabor criticando el
estatuto de la familia. Me holgaba con el trato de las mujeres
infantiles y de los niños alegres y descubría los efectos
de una crianza atenida a la captura del presente rápido. Un
pasaje en verso, el primer asunto fiado a la memoria, escrito en una
cinta de seda, insistía de modo pintoresco en la realidad
sucesiva.
Nunca he visto igual solicitud por las criaturas
simples de la naturaleza. Los niños demostraban un alma
indulgente en su familiaridad con las cigarras y con las mariposas
recogidas, durante la noche, en una jaula de mimbre y se
divertían con las piruetas y remolinos de unos peces de
sustancia efímera, circulantes en un acuario de obsidiana.
Un cortesano, especie de senescal, me visitó
una vez con el mensaje de haber sido allanados los inconvenientes de mi
embajada. Yo debía presenciar, antes de mi retorno y en
señal de amistad, una fiesta dirigida a conciliarme los genios
defensores del territorio. El cortesano se alejó después
de asentarme en el hombro su abanico autoritario.
La fiesta se limitaba a recitar delante de un gamo
unicorne, símbolo de la felicidad, pintado en un lienzo
escarlata, unos himnos de significación abolida. Unos sacerdotes
calvos no cesaban de imprimir un sonido igual en sus tamboriles de
azófar.
Uno de los oficiantes renunció el vestido
faldulario y el instrumento desapacible con el propósito de
facilitar mi salida. Gobernó un día entero mi balsa
rústica, palanca en mano, según el curso de un río
tumultuoso.
El gamo unicorne, signo del feliz agüero, se
dejó ver sobre la cima de un volcán extinguido.
Yo había perdido un año en ceremonias
con el rey del país oculto. Los áulicos sagaces anulaban
mi solicitud y sufrían los desahogos de mi protesta con una
sonrisa neutral.
Yo procuraba intimidarlos con el nombre de mi
soberano y describía enfáticamente los recursos infinitos
de su armada. Se creían salvos en el recinto de sus montes.
Yo entretenía el sinsabor criticando el
estatuto de la familia. Me holgaba con el trato de las mujeres
infantiles y de los niños alegres y descubría los efectos
de una crianza atenida a la captura del presente rápido. Un
pasaje en verso, el primer asunto fiado a la memoria, escrito en una
cinta de seda, insistía de modo pintoresco en la realidad
sucesiva.
Nunca he visto igual solicitud por las criaturas
simples de la naturaleza. Los niños demostraban un alma
indulgente en su familiaridad con las cigarras y con las mariposas
recogidas, durante la noche, en una jaula de mimbre y se
divertían con las piruetas y remolinos de unos peces de
sustancia efímera, circulantes en un acuario de obsidiana.
Un cortesano, especie de senescal, me visitó
una vez con el mensaje de haber sido allanados los inconvenientes de mi
embajada. Yo debía presenciar, antes de mi retorno y en
señal de amistad, una fiesta dirigida a conciliarme los genios
defensores del territorio. El cortesano se alejó después
de asentarme en el hombro su abanico autoritario.
La fiesta se limitaba a recitar delante de un gamo
unicorne, símbolo de la felicidad, pintado en un lienzo
escarlata, unos himnos de significación abolida. Unos sacerdotes
calvos no cesaban de imprimir un sonido igual en sus tamboriles de
azófar.
Uno de los oficiantes renunció el vestido
faldulario y el instrumento desapacible con el propósito de
facilitar mi salida. Gobernó un día entero mi balsa
rústica, palanca en mano, según el curso de un río
tumultuoso.
El gamo unicorne, signo del feliz agüero, se
dejó ver sobre la cima de un volcán extinguido.
415
José Antonio Ramos Sucre
La Juventud Del Rapsoda
LA JUVENTUD DEL RAPSODA
Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Sus
orígenes se perdían en una antigüedad informe.
Deliraban de júbilo en el instante del
plenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror del
mundo inicial, antes de nacer el satélite.
Una joven presidía los niños ocupados
en la tarea de la vendimia. Se había desprendido del
séquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetaba
por medio de un cuento inverosímil y difería adrede su
desenlace.
Escogía el jacinto para adornar sus cabellos
negros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enferma
de un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.
Me esforcé en conjeturar y descubrir el
nombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flor
desvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entre
los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del
vino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.
Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Sus
orígenes se perdían en una antigüedad informe.
Deliraban de júbilo en el instante del
plenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror del
mundo inicial, antes de nacer el satélite.
Una joven presidía los niños ocupados
en la tarea de la vendimia. Se había desprendido del
séquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetaba
por medio de un cuento inverosímil y difería adrede su
desenlace.
Escogía el jacinto para adornar sus cabellos
negros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enferma
de un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.
Me esforcé en conjeturar y descubrir el
nombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flor
desvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entre
los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del
vino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.
474
José Antonio Ramos Sucre
El Derrotero De Camõens
EL DERROTERO DE CAMÕENS
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
437
José Antonio Ramos Sucre
El Páramo
EL PÁRAMO
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
494
José Antonio Ramos Sucre
Los Hijos De La Tierra
LOS HIJOS DE LA TIERRA
Los nómades, reducidos a la indigencia,
habían fijado su tienda de campaña en medio de un llano
roído por el fuego. Los caballos, prácticos en el arte de
acertar con la hierba debajo de la nieve, mordían y trituraban
la paja renegrida. Habían sido soltados de unos carros innobles.
Una polvareda fortuita venía del horizonte a malograr la faena
de los herreros y de los albéitares, oficios reivindicados para
satisfacer las preguntas de la policía.
Los naturales del país, fieles de un dogma
tiránico, vigilaban la actitud de los peregrinos y los acusaban
de impíos y de rapaces. Yo no me aventuraba en su campamento
sino a caballo y provisto de un sable recurvo y después de
calarme hasta las orejas un gorro cilíndrico, de pelambre de
carnero.
Los nómades se decían ofendidos en su
credo rudimental y solicitaban el auxilio de unas divinidades obtusas,
fantasmas del caos desolado. Referían el origen de su raza a la
invasión de un cometa, en el principio de los siglos.
Decidieron alejarse en las últimas
oscilaciones del otoño. Volaban los cristales de la nieve
precoz. Las ráfagas del polo disolvían el sudario de una
virgen insepulta, en la noche estigia, en el límite del mundo.
Lastimaron, antes de su viaje, la fe de los
indígenas con el sacrificio de un perro en la actitud del
crucifijo. Consultaban de ese modo el éxito de sus pensamientos
y requerían el arribo inmediato y el socorro de la noche. La
invitaban a fustigar sin tregua la pareja de cuervos de su carro
taciturno.
La hueste famélica se dirigió al
encuentro de un sol precipitado.
Los nómades, reducidos a la indigencia,
habían fijado su tienda de campaña en medio de un llano
roído por el fuego. Los caballos, prácticos en el arte de
acertar con la hierba debajo de la nieve, mordían y trituraban
la paja renegrida. Habían sido soltados de unos carros innobles.
Una polvareda fortuita venía del horizonte a malograr la faena
de los herreros y de los albéitares, oficios reivindicados para
satisfacer las preguntas de la policía.
Los naturales del país, fieles de un dogma
tiránico, vigilaban la actitud de los peregrinos y los acusaban
de impíos y de rapaces. Yo no me aventuraba en su campamento
sino a caballo y provisto de un sable recurvo y después de
calarme hasta las orejas un gorro cilíndrico, de pelambre de
carnero.
Los nómades se decían ofendidos en su
credo rudimental y solicitaban el auxilio de unas divinidades obtusas,
fantasmas del caos desolado. Referían el origen de su raza a la
invasión de un cometa, en el principio de los siglos.
Decidieron alejarse en las últimas
oscilaciones del otoño. Volaban los cristales de la nieve
precoz. Las ráfagas del polo disolvían el sudario de una
virgen insepulta, en la noche estigia, en el límite del mundo.
Lastimaron, antes de su viaje, la fe de los
indígenas con el sacrificio de un perro en la actitud del
crucifijo. Consultaban de ese modo el éxito de sus pensamientos
y requerían el arribo inmediato y el socorro de la noche. La
invitaban a fustigar sin tregua la pareja de cuervos de su carro
taciturno.
La hueste famélica se dirigió al
encuentro de un sol precipitado.
466
José Antonio Ramos Sucre
Cereal
CEREAL
Los labradores se detuvieron a escuchar el ruido.
Habían llegado de la profundidad del horizonte, por sendas
vías, y coronaban una meseta. Se encontraban desconcertados.
Los perros miraban fijamente al suelo y lo
despolvoraban con sus resoplidos.
El rumor crecía por momentos y semejaba el de
una ciudad precipitada a su ruina.
Los labradores ahuyentan y matan un ave sanguinaria,
ensañada con un toro fugitivo de la muerte, herido por la segur
del sacrificio.
El sol arroja de sí mismo el velo de
azafrán, efecto del verano, y preside la salvación de la
víctima ensangrentada.
Los labradores observan el respeto de la vida y
aborrecen las prácticas de sus vecinos. Conjeturan su
pérdida en medio de un portento.
Los labradores emprenden el camino de su aldea y
reservan al predilecto del sol una ribera fecunda.
Los labradores se detuvieron a escuchar el ruido.
Habían llegado de la profundidad del horizonte, por sendas
vías, y coronaban una meseta. Se encontraban desconcertados.
Los perros miraban fijamente al suelo y lo
despolvoraban con sus resoplidos.
El rumor crecía por momentos y semejaba el de
una ciudad precipitada a su ruina.
Los labradores ahuyentan y matan un ave sanguinaria,
ensañada con un toro fugitivo de la muerte, herido por la segur
del sacrificio.
El sol arroja de sí mismo el velo de
azafrán, efecto del verano, y preside la salvación de la
víctima ensangrentada.
Los labradores observan el respeto de la vida y
aborrecen las prácticas de sus vecinos. Conjeturan su
pérdida en medio de un portento.
Los labradores emprenden el camino de su aldea y
reservan al predilecto del sol una ribera fecunda.
490
José Antonio Ramos Sucre
El Peregrino De La Fe
EL PEREGRINO DE LA FE
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
477
José Antonio Ramos Sucre
El Capricornio
EL CAPRICORNIO
Fijamos la tienda de campaña en el suelo de
arena, invadido por el agua de una lluvia apacible. Vivíamos
sobre las armas con el fin de eludir la sorpresa de unos jinetes de
raza imberbe.
Unas aves de pupila de fuego, metamorfosis de unos
lobos empedernidos, alteraban la oscuridad secreta. Un lago
trémulo recogía en su cuenca la vislumbre de un cielo
versátil.
Sufríamos humildemente la penuria del clima.
Derribamos un cabrío, el primero de una tropa montaraz, y nos
limitamos a su vianda rebelde, coriácea. Los cuernos
repetían la voluta precisa de los del capricornio en la faja del
zodíaco.
Plutarco, prócer de un siglo decadente, cita
los ensueños torpes, derivados de los manjares aviesos, y
persiste en reprobar la cabeza del pólipo.
Los jinetes habían dirigido en nuestro
seguimiento el rebaño funesto. Esperanzados en el desperdicio de
nuestra pólvora, inventaron el ardid magistral de ponerlo a
nuestro alcance. De donde vinieron la captura y el aprovechamiento de
la res infame y la danza de unas formas lúbricas en el reposo de
la cena.
Disparamos erróneamente los fusiles sobre el
ludibrio de los sentidos. Unos gatos de orejas mútilas
cabriolaban, a semejanza de los sátiros ebrios de un Rubens, en
el seno de una llama venenosa.
Fijamos la tienda de campaña en el suelo de
arena, invadido por el agua de una lluvia apacible. Vivíamos
sobre las armas con el fin de eludir la sorpresa de unos jinetes de
raza imberbe.
Unas aves de pupila de fuego, metamorfosis de unos
lobos empedernidos, alteraban la oscuridad secreta. Un lago
trémulo recogía en su cuenca la vislumbre de un cielo
versátil.
Sufríamos humildemente la penuria del clima.
Derribamos un cabrío, el primero de una tropa montaraz, y nos
limitamos a su vianda rebelde, coriácea. Los cuernos
repetían la voluta precisa de los del capricornio en la faja del
zodíaco.
Plutarco, prócer de un siglo decadente, cita
los ensueños torpes, derivados de los manjares aviesos, y
persiste en reprobar la cabeza del pólipo.
Los jinetes habían dirigido en nuestro
seguimiento el rebaño funesto. Esperanzados en el desperdicio de
nuestra pólvora, inventaron el ardid magistral de ponerlo a
nuestro alcance. De donde vinieron la captura y el aprovechamiento de
la res infame y la danza de unas formas lúbricas en el reposo de
la cena.
Disparamos erróneamente los fusiles sobre el
ludibrio de los sentidos. Unos gatos de orejas mútilas
cabriolaban, a semejanza de los sátiros ebrios de un Rubens, en
el seno de una llama venenosa.
535
José Antonio Ramos Sucre
El Cristiano
EL CRISTIANO
Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de
su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una
reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la
noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba
ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.
Él había perdido los años
más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio,
por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se
había conservado intacta y lo había redimido al principio
de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su
vivienda en un descampado. Él se había insinuado en la
amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su
destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.
Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en
sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y
de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido
el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el
propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.
Él me enseñó la caridad con los
animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus
dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre
mis hombros, al ajuar de la suya y eché por delante un zorro
azul del polo y una liebre sedosa.
Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de
su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una
reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la
noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba
ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.
Él había perdido los años
más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio,
por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se
había conservado intacta y lo había redimido al principio
de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su
vivienda en un descampado. Él se había insinuado en la
amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su
destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.
Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en
sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y
de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido
el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el
propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.
Él me enseñó la caridad con los
animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus
dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre
mis hombros, al ajuar de la suya y eché por delante un zorro
azul del polo y una liebre sedosa.
461
José Antonio Ramos Sucre
El Justiciero
EL JUSTICIERO
Yo era un prelado riguroso. Mi autoridad pesaba sin
contemplaciones sobre un distrito fortificado. Mi palacio gobernaba el
río de la frontera, de cauce irregular, alterado por el
precipicio y la caverna. Mi estandarte, en figura de triángulo,
mandaba con acento vigoroso el concierto de escarpas, reductos y
atalayas.
Yo quería imponer, en su significación
cabal, los dragantes de mi blasón.
Me encarnizaba especialmente con los delitos de
condescendencia y de flaqueza. Vivía sumido en la
ventilación del problema de la gracia y del albedrío, y
sustraído al hechizo de la naturaleza sensible.
Yo ordené el castigo inhumano del
emparedamiento al saber el caso de una monja enamorada y
permanecí impasible a la súplica de sus deudos
arrodillados.
La infeliz se dirigió al sitio del suplicio
al compás de una música sorda y llevando a la diestra el
cirio de la penitencia.
Yo me enfermé de un mal incurable al recibir,
el día siguiente, la visita del progenitor de la víctima.
El anciano había aprendido, en la compañía de las
aves, un arte afectuoso. Habitaba, hasta ese momento, en la linde de
una floresta, en la vecindad de los ruiseñores, y los
había defendido de la saña innata del gavilán.
Las aves le habían referido, en trinos y
gorjeos, el cuento de esa vieja enemistad, notada, desde el alba de la
historia, en más de una teogonía venerable.
El anciano tañía el violón de
un ángel filarmónico, visto por mí en una
miniatura alegórica del paraíso.
Sus increpaciones, en el momento de alejarse, dieron
al traste con mi severidad.
Yo era un prelado riguroso. Mi autoridad pesaba sin
contemplaciones sobre un distrito fortificado. Mi palacio gobernaba el
río de la frontera, de cauce irregular, alterado por el
precipicio y la caverna. Mi estandarte, en figura de triángulo,
mandaba con acento vigoroso el concierto de escarpas, reductos y
atalayas.
Yo quería imponer, en su significación
cabal, los dragantes de mi blasón.
Me encarnizaba especialmente con los delitos de
condescendencia y de flaqueza. Vivía sumido en la
ventilación del problema de la gracia y del albedrío, y
sustraído al hechizo de la naturaleza sensible.
Yo ordené el castigo inhumano del
emparedamiento al saber el caso de una monja enamorada y
permanecí impasible a la súplica de sus deudos
arrodillados.
La infeliz se dirigió al sitio del suplicio
al compás de una música sorda y llevando a la diestra el
cirio de la penitencia.
Yo me enfermé de un mal incurable al recibir,
el día siguiente, la visita del progenitor de la víctima.
El anciano había aprendido, en la compañía de las
aves, un arte afectuoso. Habitaba, hasta ese momento, en la linde de
una floresta, en la vecindad de los ruiseñores, y los
había defendido de la saña innata del gavilán.
Las aves le habían referido, en trinos y
gorjeos, el cuento de esa vieja enemistad, notada, desde el alba de la
historia, en más de una teogonía venerable.
El anciano tañía el violón de
un ángel filarmónico, visto por mí en una
miniatura alegórica del paraíso.
Sus increpaciones, en el momento de alejarse, dieron
al traste con mi severidad.
485
José Antonio Ramos Sucre
Ofir
OFIR
La borrasca nos había separado del rumbo,
arrojándonos fuera del litoral. Empezábamos a penetrar en
la noche insondable del océano.
Oíamos el gemido de unas aves perdidas en la
inmensidad y yo recordé el episodio de una fábula de los
gentiles, en donde el héroe escucha graznidos al cruzar una
laguna infernal. Los marineros, mudos de espanto, sujetaron a golpe de
remo el ímpetu de la corriente y salieron a una ribera de palmas.
Yo vi animarse, en aquella zona del cielo, las
figuras de las constelaciones y miré el desperezamiento del
escorpión, autor de la caída de Faetonte.
Nosotros desembarcamos en la boca de un río y
nos internamos siguiendo sus orillas de hierba húmeda. Los
naturales nos significaron la hospitalidad, brindándonos agua en
unas calabazas ligeras.
Subimos a reposar en una meseta y advertimos el
dibujo de una ciudad en medio de la atmósfera transparente. La
comparamos a la imagen pintada por la luz en el seno de un espejo.
El rey, acomodado en un palanquín, se
aventuraba a recorrer la campiña, seguido de una escolta montada
sobre avestruces. Gozaba nombre de sabio y se divertía
proponiendo acertijos a los visitantes de su reino.
Unos pájaros, de plumaje dispuesto en forma
de lira, bajaban a la tierra con vuelo majestuoso. Despedían del
pecho un profundo sonido de arpa.
Yo discurrí delante del soberano sobre los
enigmas de la naturaleza y censuré y acusé de impostores
a los mareantes empecinados en sostener la existencia de los
antípodas.
El rey agradeció mi disertación y me
llevó consigo, en su compañía habitual. Me
regaló esa misma noche con una música de batintines y de
tímpanos, en donde estallaba, de vez en cuando, el son
culminante del sistro.
Salí el día siguiente sobre un
elefante, dádiva del rey, a contemplar el ocaso, el prodigio
mayor del país, razón de mi viaje.
El sol se hundía a breve distancia,
alumbrando los palacios mitológicos del mar.
La borrasca nos había separado del rumbo,
arrojándonos fuera del litoral. Empezábamos a penetrar en
la noche insondable del océano.
Oíamos el gemido de unas aves perdidas en la
inmensidad y yo recordé el episodio de una fábula de los
gentiles, en donde el héroe escucha graznidos al cruzar una
laguna infernal. Los marineros, mudos de espanto, sujetaron a golpe de
remo el ímpetu de la corriente y salieron a una ribera de palmas.
Yo vi animarse, en aquella zona del cielo, las
figuras de las constelaciones y miré el desperezamiento del
escorpión, autor de la caída de Faetonte.
Nosotros desembarcamos en la boca de un río y
nos internamos siguiendo sus orillas de hierba húmeda. Los
naturales nos significaron la hospitalidad, brindándonos agua en
unas calabazas ligeras.
Subimos a reposar en una meseta y advertimos el
dibujo de una ciudad en medio de la atmósfera transparente. La
comparamos a la imagen pintada por la luz en el seno de un espejo.
El rey, acomodado en un palanquín, se
aventuraba a recorrer la campiña, seguido de una escolta montada
sobre avestruces. Gozaba nombre de sabio y se divertía
proponiendo acertijos a los visitantes de su reino.
Unos pájaros, de plumaje dispuesto en forma
de lira, bajaban a la tierra con vuelo majestuoso. Despedían del
pecho un profundo sonido de arpa.
Yo discurrí delante del soberano sobre los
enigmas de la naturaleza y censuré y acusé de impostores
a los mareantes empecinados en sostener la existencia de los
antípodas.
El rey agradeció mi disertación y me
llevó consigo, en su compañía habitual. Me
regaló esa misma noche con una música de batintines y de
tímpanos, en donde estallaba, de vez en cuando, el son
culminante del sistro.
Salí el día siguiente sobre un
elefante, dádiva del rey, a contemplar el ocaso, el prodigio
mayor del país, razón de mi viaje.
El sol se hundía a breve distancia,
alumbrando los palacios mitológicos del mar.
515
José Antonio Ramos Sucre
Crepúsculo
CREPÚSCULO
Silvio resiste difícilmente el ingenio de
Beatriz. Las burlas irritan al galán presumido.
El gótico sol de los vitrales prima la orla
de una alegre nube, de forma alternativa.
Los follajes componen una oscuridad continua, a la hora de la tarde, en
la ciudad blanca.
Beatriz contempla el río, suspensa ante el
caudal transitorio y la figura idéntica.
El galán se aleja amenazando rivales
imaginarios. Beatriz usa, para despedirlo, una cortesía
juiciosa, abstinente.
La joven retorna, en presencia de una luna
eclipsada, a los severos pensamientos de su tedio.
Las tinieblas incoercibles, de pies suaves, de
carátula burlesca, soplan unas largas flautas de ébano o
de plata.
Un ladrido brusco, originado en los claustros
interiores de la tierra, consterna el bosque de laureles.
Silvio resiste difícilmente el ingenio de
Beatriz. Las burlas irritan al galán presumido.
El gótico sol de los vitrales prima la orla
de una alegre nube, de forma alternativa.
Los follajes componen una oscuridad continua, a la hora de la tarde, en
la ciudad blanca.
Beatriz contempla el río, suspensa ante el
caudal transitorio y la figura idéntica.
El galán se aleja amenazando rivales
imaginarios. Beatriz usa, para despedirlo, una cortesía
juiciosa, abstinente.
La joven retorna, en presencia de una luna
eclipsada, a los severos pensamientos de su tedio.
Las tinieblas incoercibles, de pies suaves, de
carátula burlesca, soplan unas largas flautas de ébano o
de plata.
Un ladrido brusco, originado en los claustros
interiores de la tierra, consterna el bosque de laureles.
482
José Antonio Ramos Sucre
La Alborada
LA ALBORADA
El revuelo de las golondrinas impide la serenidad de
la mañana celeste. Las aves seráficas observan su voto de
júbilo y pobreza. Sugieren una emoción nostálgica
y piadosa. Desaparecen repentinamente, inspirando la sospecha de acudir
al llamamiento de un ermitaño benévolo y anciano.
Las iglesias vetustas de la ciudad episcopal,
habitada por colegiales y doctores, conciertan ocasionalmente sus
campañas
El enfermo registra el contorno desde un
balcón retirado profundamente en su casa hermética.
Permanece, vestido de blanco, en una silla poltrona. Deja ver, en el
rostro cándido y marchito, los efectos de un mal
contraído desde la niñez.
He velado la noche entera, sintiendo los sones de
una orquesta lejana, a través del aire veleidoso. La
música insinuaba el pasatiempo de la danza en una sala radiante.
El enfermo ha desechado la fe de sus mayores.
Sobrelleva el ocio prolijo siguiendo el pensamiento de filósofos
desolados y réprobos y penetrando los secretos de los idiomas
antiguos, de belleza lapidaria. Rememora la amenaza de la fatalidad,
las leyes inexorables del universo en estrofas de sonoridad latina.
El enfermo se envuelve la faz con un lienzo recogido
de sus hombros. Quiere ocultar a las miradas de su criada afectuosa el
sentimiento de su última composición y la dice en voz
baja y suave.
El poeta se burla del privilegio del genio, merced
diabólica transformada en cenizas. La calavera del
símbolo domina en su canto de soledad y amargura y anuncia, por
medio de una trompeta de bronce, la soberanía perenne del olvido.
El revuelo de las golondrinas impide la serenidad de
la mañana celeste. Las aves seráficas observan su voto de
júbilo y pobreza. Sugieren una emoción nostálgica
y piadosa. Desaparecen repentinamente, inspirando la sospecha de acudir
al llamamiento de un ermitaño benévolo y anciano.
Las iglesias vetustas de la ciudad episcopal,
habitada por colegiales y doctores, conciertan ocasionalmente sus
campañas
El enfermo registra el contorno desde un
balcón retirado profundamente en su casa hermética.
Permanece, vestido de blanco, en una silla poltrona. Deja ver, en el
rostro cándido y marchito, los efectos de un mal
contraído desde la niñez.
He velado la noche entera, sintiendo los sones de
una orquesta lejana, a través del aire veleidoso. La
música insinuaba el pasatiempo de la danza en una sala radiante.
El enfermo ha desechado la fe de sus mayores.
Sobrelleva el ocio prolijo siguiendo el pensamiento de filósofos
desolados y réprobos y penetrando los secretos de los idiomas
antiguos, de belleza lapidaria. Rememora la amenaza de la fatalidad,
las leyes inexorables del universo en estrofas de sonoridad latina.
El enfermo se envuelve la faz con un lienzo recogido
de sus hombros. Quiere ocultar a las miradas de su criada afectuosa el
sentimiento de su última composición y la dice en voz
baja y suave.
El poeta se burla del privilegio del genio, merced
diabólica transformada en cenizas. La calavera del
símbolo domina en su canto de soledad y amargura y anuncia, por
medio de una trompeta de bronce, la soberanía perenne del olvido.
468
José Antonio Ramos Sucre
El Rajá
EL RAJÁ
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
597
José Antonio Ramos Sucre
Nocturno
NOCTURNO
Quise hospedarme solo en la casa de portada
plateresca.
Me esforcé mucho tiempo restableciendo el uso
de los cerrojos. Mis pasos herían el suelo sonoro y
descomponían la vieja alfombra de polvo.
Sujetos de formas vanas apagaban los fanales al
empezar la noche, rodeándome de tinieblas agónicas, y el
edificio de dos pisos desaparecía en la semejanza de una
cabellera desatada por el huracán.
Yo esperaba ansiosamente un prodigio.
He visto una mujer de fisonomía noble, de
rasgos esculpidos por la memoria de un pesar. Ocupaba una rotura
súbita de la sombra y acercaba el rostro a la cabecera de un
féretro.
La fractura de una fiola de cristal despedía
un sonido armonioso y la fantasmagoría zozobraba en la oscuridad
impenetrable.
Quise hospedarme solo en la casa de portada
plateresca.
Me esforcé mucho tiempo restableciendo el uso
de los cerrojos. Mis pasos herían el suelo sonoro y
descomponían la vieja alfombra de polvo.
Sujetos de formas vanas apagaban los fanales al
empezar la noche, rodeándome de tinieblas agónicas, y el
edificio de dos pisos desaparecía en la semejanza de una
cabellera desatada por el huracán.
Yo esperaba ansiosamente un prodigio.
He visto una mujer de fisonomía noble, de
rasgos esculpidos por la memoria de un pesar. Ocupaba una rotura
súbita de la sombra y acercaba el rostro a la cabecera de un
féretro.
La fractura de una fiola de cristal despedía
un sonido armonioso y la fantasmagoría zozobraba en la oscuridad
impenetrable.
430
José Antonio Ramos Sucre
La Verdad
LA VERDAD
La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.
Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.
La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.
Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.
Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.
La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.
Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.
La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.
Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.
Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.
463
José Antonio Ramos Sucre
La Verdad
LA VERDAD
La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.
Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.
La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.
Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.
Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.
La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.
Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.
La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.
Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.
Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.
463
José Antonio Ramos Sucre
Fragmento Apócrifo De Pausanias
FRAGMENTO APÓCRIFO DE PAUSANIAS
Teseo persiguió el ejército de las
amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres
huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de
alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre,
donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron
a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas de la
brumazón.
Un autor anónimo refiere las valentías
del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a
solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una
divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos
asiáticos.
El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de
la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña,
amenazando con volverse lobo.
Teseo escucha el parecer de viajeros memoriosos,
habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico
hasta el valle del Nilo.
El sabio se presentó al cabo de un mes y
consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y
envolviéndolo en el humo de una rasina balsámica.
Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y los
tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.
El médico dejó, en memoria de su paso,
una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos
de un arte rudimentario.
La figura del egipcio, de cráneo desnudo,
mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de la
nación.
Teseo persiguió el ejército de las
amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres
huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de
alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre,
donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron
a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas de la
brumazón.
Un autor anónimo refiere las valentías
del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a
solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una
divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos
asiáticos.
El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de
la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña,
amenazando con volverse lobo.
Teseo escucha el parecer de viajeros memoriosos,
habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico
hasta el valle del Nilo.
El sabio se presentó al cabo de un mes y
consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y
envolviéndolo en el humo de una rasina balsámica.
Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y los
tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.
El médico dejó, en memoria de su paso,
una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos
de un arte rudimentario.
La figura del egipcio, de cráneo desnudo,
mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de la
nación.
546
José Antonio Ramos Sucre
La Noche
LA NOCHE
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.
470
José Antonio Ramos Sucre
La Noche
LA NOCHE
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.
Yo estaba perdido en un mundo inefable. Un bardo
inglés me había referido las visiones y los sueños
de Endimión, señalándome su desaparecimiento de
entre los hombres y su partida a una lejanía feliz.
Yo no alcanzaba la suerte del pastor heleno.
Recorría el camino esbozado en medio de una selva, hacia el
conjunto de unas rocas horizontales, simulacro distante de una
vivienda. Desde la espesura, amenazaban y rugían las
alimañas usadas por los magos de otro tiempo en ministerios
perniciosos.
Un escarabajo fosforescente se colgó de mis
hombros. Yo había distinguido su imagen sobre la tapa de un
féretro, en la primera sala de un panteón cegado.
La luna mostraba la faz compasiva y llorosa de
Cordelia y yo gobernaba mis pasos conforme su viaje erróneo.
Salí a la costa de un mar intransitable y fui
invitado y agasajado por una raza de pescadores meditabundos.
Suspendían las redes sobre los matojos de un litoral austero y
vivían al aire libre, embelesados por una luz cárdena
difundida en la atmósfera. Hollaban un suelo de granito, el
más viejo de la tierra.
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José Antonio Ramos Sucre
La Isla De Las Madréporas
LA ISLA DE LAS MADRÉPORAS
Los salvajes miran una mueca en el rostro de la
luna. Se llenan de susto e imputan al ogro nocturno alguna ofensa
infligida al astro malignante.
Sintieron durante el sueño sus pisadas
rotundas. Debía de apoyar en ese momento su talla desemejable
sobre un asta arrancada del bosque.
El más gallardo de los mozos se dispone a
salir en demanda de la ballena. Los compañeros celebran sus
hazañas de cazador, su impavidez en el escalamiento de las
montañas y traen su genealogía del buitre carnicero.
Un lamento del bosque desaconsejaba la empresa del
joven caudillo y sonó más fuertemente al salir en su nave
de velamen de esparto.
Los compañeros lo seguían cabizbajos y
se equivocaban a menudo en la maniobra.
El joven cazador, esperanza de una sociedad natural,
divisa un pez deleznable y lo persigue apasionadamente. Los
compañeros se quejan de la caza infructuosa y proponen el
retorno.
El joven caudillo pierde el dominio de sí
mismo y solicita derechamente su ruina. Se enreda en la soga del
arpón y lo dispara consumiendo el esfuerzo de su brazo.
El pez herido lo arrastra al abismo de las aguas y
un torbellino de gaviotas señala, días enteros, el paraje
del suceso.
Los salvajes miran una mueca en el rostro de la
luna. Se llenan de susto e imputan al ogro nocturno alguna ofensa
infligida al astro malignante.
Sintieron durante el sueño sus pisadas
rotundas. Debía de apoyar en ese momento su talla desemejable
sobre un asta arrancada del bosque.
El más gallardo de los mozos se dispone a
salir en demanda de la ballena. Los compañeros celebran sus
hazañas de cazador, su impavidez en el escalamiento de las
montañas y traen su genealogía del buitre carnicero.
Un lamento del bosque desaconsejaba la empresa del
joven caudillo y sonó más fuertemente al salir en su nave
de velamen de esparto.
Los compañeros lo seguían cabizbajos y
se equivocaban a menudo en la maniobra.
El joven cazador, esperanza de una sociedad natural,
divisa un pez deleznable y lo persigue apasionadamente. Los
compañeros se quejan de la caza infructuosa y proponen el
retorno.
El joven caudillo pierde el dominio de sí
mismo y solicita derechamente su ruina. Se enreda en la soga del
arpón y lo dispara consumiendo el esfuerzo de su brazo.
El pez herido lo arrastra al abismo de las aguas y
un torbellino de gaviotas señala, días enteros, el paraje
del suceso.
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