Poemas en este tema
Naturaleza y Elementos
José Antonio Ramos Sucre
Vestigio
VESTIGIO
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
542
José Antonio Ramos Sucre
Fantasía De La Estación Adversa
FANTASÍA DE LA ESTACIÓN ADVERSA
El desfile de los días morosos, enlutados por
el invierno, visitados por la pesadumbre. Los pájaros del cielo,
emisarios de la tormenta, desbandados por la ventolera. La niebla
suspendida, de pies alados, esquivos del contacto de la tierra.
El palacio de los escombros fulminados sobresale en
la comarca ignota, orillas del mar de las aguas pesadas, y una selva le
cubre las espaldas.
El cortejo de los jóvenes alegres, venidos de
más allá del horizonte, profana cierto día las
salas y aposentos de la ruina feudal. Motejan las armas de la panoplia
antigua y su retozo descomunal despierta los ecos indignados.
Visitan la selva, donde cortan a raíz los
árboles macizos, reproduciendo a cada paso el derrumbe
estrepitoso de una torre, y componen esquife liviano, seguros de
continuar, por nuevos caminos, su peregrinación bulliciosa.
Partieron entre canciones volanderas, señal
de su humor desprevenido, a la exploración del mar
enigmático, y perecieron náufragos en sus aguas pesadas,
antes de comunicar el descubrimiento del palacio fatal.
El desfile de los días morosos, enlutados por
el invierno, visitados por la pesadumbre. Los pájaros del cielo,
emisarios de la tormenta, desbandados por la ventolera. La niebla
suspendida, de pies alados, esquivos del contacto de la tierra.
El palacio de los escombros fulminados sobresale en
la comarca ignota, orillas del mar de las aguas pesadas, y una selva le
cubre las espaldas.
El cortejo de los jóvenes alegres, venidos de
más allá del horizonte, profana cierto día las
salas y aposentos de la ruina feudal. Motejan las armas de la panoplia
antigua y su retozo descomunal despierta los ecos indignados.
Visitan la selva, donde cortan a raíz los
árboles macizos, reproduciendo a cada paso el derrumbe
estrepitoso de una torre, y componen esquife liviano, seguros de
continuar, por nuevos caminos, su peregrinación bulliciosa.
Partieron entre canciones volanderas, señal
de su humor desprevenido, a la exploración del mar
enigmático, y perecieron náufragos en sus aguas pesadas,
antes de comunicar el descubrimiento del palacio fatal.
469
José Antonio Ramos Sucre
Cuento Desvariado
CUENTO DESVARIADO
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
492
José Antonio Ramos Sucre
Vislumbre Del Día Aciago
VISLUMBRE DEL DÍA ACIAGO
El prado fenece en una arboleda. Los vegetales, de
un verde luctuoso, prosperan libremente al aire embebido, fiados al sol
mortecino. Un ave friolenta, de gorjeo tenue, sube en demanda de la
luz. Vuela y trina en medio de un débil esplendor blanco. Posa
alguna vez sobre el techo rojo de un edificio, mansión de dos
pisos, aislada y abandonada.
Lamenta la primavera transparente, cuando revolaba,
trazando orbes y rayas fugaces. Soporta diluvios y torbellinos,
meteoros de la estación maligna. Observa el reposo de las nubes
y de las sombras amontonadas. Recibe la sugestión de la tierra
letárgica y permanece inmóvil, sumada al panorama
desanimado.
Resiste las energías calamitosas, soltadas de
su cárcel nocturna, juntando los débiles alientos de
sí misma, acostumbrada a las oscilaciones de la naturaleza
inmortal; y guarda semejanza con el espectador de una escena
litúrgica, preliminar del retorno indefectible del
júbilo, comentada por el viento en su triste pífano.
El prado fenece en una arboleda. Los vegetales, de
un verde luctuoso, prosperan libremente al aire embebido, fiados al sol
mortecino. Un ave friolenta, de gorjeo tenue, sube en demanda de la
luz. Vuela y trina en medio de un débil esplendor blanco. Posa
alguna vez sobre el techo rojo de un edificio, mansión de dos
pisos, aislada y abandonada.
Lamenta la primavera transparente, cuando revolaba,
trazando orbes y rayas fugaces. Soporta diluvios y torbellinos,
meteoros de la estación maligna. Observa el reposo de las nubes
y de las sombras amontonadas. Recibe la sugestión de la tierra
letárgica y permanece inmóvil, sumada al panorama
desanimado.
Resiste las energías calamitosas, soltadas de
su cárcel nocturna, juntando los débiles alientos de
sí misma, acostumbrada a las oscilaciones de la naturaleza
inmortal; y guarda semejanza con el espectador de una escena
litúrgica, preliminar del retorno indefectible del
júbilo, comentada por el viento en su triste pífano.
470
José Antonio Ramos Sucre
El Viaje De Himilcón
EL VIAJE DE HIMILCÓN
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
470
José Antonio Ramos Sucre
El Mensajero
EL MENSAJERO
La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.
La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.
444
José Antonio Ramos Sucre
El Ensueño Del Cazador
EL ENSUEÑO DEL CAZADOR
Yo me había avecindado en un país
remoto, donde corrían libres las auras de los cielos. Recuerdo
la ventura de los moradores y sus costumbres y sus diversiones
inocentes. Habitaban mansiones altas y francas. Se entretenían
en medio del campo, al pie de árboles dispersados, de talla
ascendente. Corrían al encuentro de la aurora en naves floridas.
Se decían dóciles al consejo de sus
divinidades, agentes de la naturaleza, y sentían a cada paso los
efectos de su presencia invisible. Debían abominar los dictados
del orgullo e invocarlas, humildes y escrupulosos, en la ocasión
de algún nacimiento.
Señalaban a la hija de los magnates,
olvidados de la invocación ritual, y a su amante, el cazador
insumiso.
El joven había imitado las costumbres de la
nación vecina. Renegaba el oficio tradicional por los azares de
la montería y retaba, fiado en sí mismo, la saña
del bisonte y del lobo.
Olvidó las gracias de la armada y las
tentaciones de la juventud, merced a un sueño desvariado,
fantasma de una noche cálida. Perseguía un animal
soberbio, de giba montuosa, de rugidos coléricos, y sobresaltaba
con risas y clamores el reposo de una fuente inmaculada. Una mujer
salía del seno de las aguas, distinguiéndose apenas del
aire límpido.
El cazador despertó al fijar la
atención en la imagen tenue.
Se retiró de los hombres para dedicarse, sin
estorbo, a una meditación extravagante.
Rastreaba ansiosamente los indicios de una belleza
inaudita.
Yo me había avecindado en un país
remoto, donde corrían libres las auras de los cielos. Recuerdo
la ventura de los moradores y sus costumbres y sus diversiones
inocentes. Habitaban mansiones altas y francas. Se entretenían
en medio del campo, al pie de árboles dispersados, de talla
ascendente. Corrían al encuentro de la aurora en naves floridas.
Se decían dóciles al consejo de sus
divinidades, agentes de la naturaleza, y sentían a cada paso los
efectos de su presencia invisible. Debían abominar los dictados
del orgullo e invocarlas, humildes y escrupulosos, en la ocasión
de algún nacimiento.
Señalaban a la hija de los magnates,
olvidados de la invocación ritual, y a su amante, el cazador
insumiso.
El joven había imitado las costumbres de la
nación vecina. Renegaba el oficio tradicional por los azares de
la montería y retaba, fiado en sí mismo, la saña
del bisonte y del lobo.
Olvidó las gracias de la armada y las
tentaciones de la juventud, merced a un sueño desvariado,
fantasma de una noche cálida. Perseguía un animal
soberbio, de giba montuosa, de rugidos coléricos, y sobresaltaba
con risas y clamores el reposo de una fuente inmaculada. Una mujer
salía del seno de las aguas, distinguiéndose apenas del
aire límpido.
El cazador despertó al fijar la
atención en la imagen tenue.
Se retiró de los hombres para dedicarse, sin
estorbo, a una meditación extravagante.
Rastreaba ansiosamente los indicios de una belleza
inaudita.
397
José Antonio Ramos Sucre
El Tesoro De La Fuente Cegada
EL TESORO DE LA FUENTE CEGADA
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
561
José Antonio Ramos Sucre
El Canto Anhelante
EL CANTO ANHELANTE
El castillo surge a la orilla del mar. Domina un
ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto
ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo
de la ola.
El vuelo brusco y momentáneo de la brisa
recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida
y solemne, como la víctima al suplicio.
Con la alta hora y el paisaje límpido
despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a
lágrimas alguna extraña y ondulante música. La
contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un
cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha
disparada contra un águila.
El castillo surge a la orilla del mar. Domina un
ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto
ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo
de la ola.
El vuelo brusco y momentáneo de la brisa
recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida
y solemne, como la víctima al suplicio.
Con la alta hora y el paisaje límpido
despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a
lágrimas alguna extraña y ondulante música. La
contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un
cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha
disparada contra un águila.
542
José Antonio Ramos Sucre
Ocaso
OCASO
Mi alma se deleita contemplando el cielo a trechos
azul o nublado, al arrullo de un valse delicioso. Imita la quietud del
ave que se apresta a descansar durante la noche que avecina. Bendice el
avance de la sombra, como el de una virgen tímida a la cita, al
recogerse el día y su cohorte de importunos rumores. Crecen
silenciosamente sus negros velos, tornándose cada vez más
densos, hasta dar por el tinte uniforme y el suave desliz la
ilusión de un mar de aguas sedantes y maléficas.
Envuelto en la obscuridad providente, imagino el
solaz de yacer olvidado en el son de un abismo incalculable, emulando
la fortuna de aquellos personajes que el desvariado ingenio
asiático describe, felizmente cautivos por la fascinación
de alguna divinidad marina en el laberinto de fantásticas grutas.
Expiran los sones del valse delicioso cuando el sol
difunde sus postreras luces sobre el remanso de la tarde. A favor del
ambiente ya callado y oscuro disfrutan mis sentidos de su merecida
tregua de lebreles alertos. Y a detener sobre mi frente el perezoso
giro de su velo, surge del seno de la sombra el vampiro de la
melancolía.
Mi alma se deleita contemplando el cielo a trechos
azul o nublado, al arrullo de un valse delicioso. Imita la quietud del
ave que se apresta a descansar durante la noche que avecina. Bendice el
avance de la sombra, como el de una virgen tímida a la cita, al
recogerse el día y su cohorte de importunos rumores. Crecen
silenciosamente sus negros velos, tornándose cada vez más
densos, hasta dar por el tinte uniforme y el suave desliz la
ilusión de un mar de aguas sedantes y maléficas.
Envuelto en la obscuridad providente, imagino el
solaz de yacer olvidado en el son de un abismo incalculable, emulando
la fortuna de aquellos personajes que el desvariado ingenio
asiático describe, felizmente cautivos por la fascinación
de alguna divinidad marina en el laberinto de fantásticas grutas.
Expiran los sones del valse delicioso cuando el sol
difunde sus postreras luces sobre el remanso de la tarde. A favor del
ambiente ya callado y oscuro disfrutan mis sentidos de su merecida
tregua de lebreles alertos. Y a detener sobre mi frente el perezoso
giro de su velo, surge del seno de la sombra el vampiro de la
melancolía.
535
José Antonio Ramos Sucre
El Retorno
EL RETORNO
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
586
José Antonio Ramos Sucre
Discurso Del Contemplativo
DISCURSO DEL CONTEMPLATIVO
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
435
José Antonio Ramos Sucre
Lied
LIED
Los espinos llenan, desde el pórtico en ruinas, la hondonada.
Tejen sus ramas siniestramente, figurando coronas de martirio.
La dama de la corza blanca se entrega a cantar, al sentir en torno la
magia lunar.
El eco burlesco augura la muerte desde el matorral.
Nadie podría decir el susto de la corza blanca.
Hasta ese momento no se había cantado en la mansión
desierta.
Los espinos llenan, desde el pórtico en ruinas, la hondonada.
Tejen sus ramas siniestramente, figurando coronas de martirio.
La dama de la corza blanca se entrega a cantar, al sentir en torno la
magia lunar.
El eco burlesco augura la muerte desde el matorral.
Nadie podría decir el susto de la corza blanca.
Hasta ese momento no se había cantado en la mansión
desierta.
474
José Antonio Ramos Sucre
Lied
LIED
Los espinos llenan, desde el pórtico en ruinas, la hondonada.
Tejen sus ramas siniestramente, figurando coronas de martirio.
La dama de la corza blanca se entrega a cantar, al sentir en torno la
magia lunar.
El eco burlesco augura la muerte desde el matorral.
Nadie podría decir el susto de la corza blanca.
Hasta ese momento no se había cantado en la mansión
desierta.
Los espinos llenan, desde el pórtico en ruinas, la hondonada.
Tejen sus ramas siniestramente, figurando coronas de martirio.
La dama de la corza blanca se entrega a cantar, al sentir en torno la
magia lunar.
El eco burlesco augura la muerte desde el matorral.
Nadie podría decir el susto de la corza blanca.
Hasta ese momento no se había cantado en la mansión
desierta.
474
Juan Ramón Jiménez
Mensajera De La Estación Total
Todas las frutas eran de su cuerpo,
las flores todas, de su alma.
Y venía, y venía
entre las hojas verdes, rojas, cobres,
por los caminos todos
de cuyo fin con árboles desnudos
pasados en su fin a otro verdor,
ella había salido
y eran su casa llena natural.
¿Y a qué venía, a qué venía?
Venía sólo a no acabar,
a perseguir en sí toda la luz,
a iluminar en sí toda la vida
con forma verdadera y suficiente.
Era lo elemental más apretado
en redondez esbelta y elejida:
agua y fuego con tierra y aire,
cinta ideal de suma gracia,
combinación y metamórfosis.
Espejo de iris májico de sí,
que viese lo de fuera desde fuera
y desde dentro lo de dentro;
la delicada y fuerte realidad
de la imajen completa.
Mensajera de la estación total,
todo se hacía vista en ella.
(Mensajera,
¡qué gloria ver para verse a sí mismo,
en sí mismo,
en uno mismo,
en una misma,
la gloria que proviene de nosotros!)
Ella era esa gloria ¡y lo veía!
Todo, volver a ella sola,
solo, salir toda de ella.
(Mensajera,
tú existías. Y lo sabía yo.)
las flores todas, de su alma.
Y venía, y venía
entre las hojas verdes, rojas, cobres,
por los caminos todos
de cuyo fin con árboles desnudos
pasados en su fin a otro verdor,
ella había salido
y eran su casa llena natural.
¿Y a qué venía, a qué venía?
Venía sólo a no acabar,
a perseguir en sí toda la luz,
a iluminar en sí toda la vida
con forma verdadera y suficiente.
Era lo elemental más apretado
en redondez esbelta y elejida:
agua y fuego con tierra y aire,
cinta ideal de suma gracia,
combinación y metamórfosis.
Espejo de iris májico de sí,
que viese lo de fuera desde fuera
y desde dentro lo de dentro;
la delicada y fuerte realidad
de la imajen completa.
Mensajera de la estación total,
todo se hacía vista en ella.
(Mensajera,
¡qué gloria ver para verse a sí mismo,
en sí mismo,
en uno mismo,
en una misma,
la gloria que proviene de nosotros!)
Ella era esa gloria ¡y lo veía!
Todo, volver a ella sola,
solo, salir toda de ella.
(Mensajera,
tú existías. Y lo sabía yo.)
634
Juan Ramón Jiménez
Primavera
Abril, sin tu asistencia clara, fuera
invierno de caídos esplendores;
mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
tú siempre exaltarás la primavera.
Eres la primavera verdadera;
rosa de los caminos interiores,
brisa de los secretos corredores,
lumbre de la recóndita ladera.
¡Qué paz, cuando en la tarde misteriosa,
abrazados los dos, sea tu risa
el surtidor de nuestra sola fuente!
Mi corazón recojerá tu rosa,
sobre mis ojos se echará tu brisa,
tu luz se dormirá sobre mi frente...
invierno de caídos esplendores;
mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
tú siempre exaltarás la primavera.
Eres la primavera verdadera;
rosa de los caminos interiores,
brisa de los secretos corredores,
lumbre de la recóndita ladera.
¡Qué paz, cuando en la tarde misteriosa,
abrazados los dos, sea tu risa
el surtidor de nuestra sola fuente!
Mi corazón recojerá tu rosa,
sobre mis ojos se echará tu brisa,
tu luz se dormirá sobre mi frente...
2.060
Juan Ramón Jiménez
Mirlo Fiel
Cuando el mirlo, en lo verde nuevo, un día
vuelve, y silba su amor, embriagado,
meciendo su inquietud en fresco de oro,
nos abre, negro, con su rojo pico,
carbón vivificado por su ascua,
un alma de valores armoniosos
mayor que todo nuestro ser.
No cabemos, por él, redondos, plenos,
en nuestra fantasía despertada.
(El sol, mayor que el sol,
inflama el mar real o imajinario,
que resplandece entre el azul frondor,
mayor que el mar, que el mar.)
Las alturas nos vuelcan sus últimos tesoros,
preferimos la tierra donde estamos,
un momento llegamos,
en viento, en ola, en roca, en llama,
al imposible eterno de la vida.
La arquitectura etérea, delante,
con los cuatro elementos sorprendidos,
nos abre total, una,
a perspectivas inmanentes,
realidad solitaria de los sueños,
sus embelesadoras galerías.
La flor mejor se eleva a nuestra boca,
la nube es de mujer,
la fruta seno nos responde sensual.
Y el mirlo canta, huye por lo verde,
y sube, sale por lo verde, y silba,
recanta por lo verde venteante,
libre en la luz y la tersura,
torneado alegremente por el aire,
dueño completo de su placer doble;
entra, vibra silbando, ríe, habla,
canta... Y ensancha con su canto
la hora parada de la estación viva.
y nos hace la vida suficiente.
¡Eternidad, hora ensanchada,
paraíso de lustror único, abierto
a nosotros mayores, pensativos,
por un ser diminuto que se ensancha!
¡Primavera, absoluta primavera,
cuando el mirlo ejemplar, una mañana,
enloquece de amor entre lo verde!
vuelve, y silba su amor, embriagado,
meciendo su inquietud en fresco de oro,
nos abre, negro, con su rojo pico,
carbón vivificado por su ascua,
un alma de valores armoniosos
mayor que todo nuestro ser.
No cabemos, por él, redondos, plenos,
en nuestra fantasía despertada.
(El sol, mayor que el sol,
inflama el mar real o imajinario,
que resplandece entre el azul frondor,
mayor que el mar, que el mar.)
Las alturas nos vuelcan sus últimos tesoros,
preferimos la tierra donde estamos,
un momento llegamos,
en viento, en ola, en roca, en llama,
al imposible eterno de la vida.
La arquitectura etérea, delante,
con los cuatro elementos sorprendidos,
nos abre total, una,
a perspectivas inmanentes,
realidad solitaria de los sueños,
sus embelesadoras galerías.
La flor mejor se eleva a nuestra boca,
la nube es de mujer,
la fruta seno nos responde sensual.
Y el mirlo canta, huye por lo verde,
y sube, sale por lo verde, y silba,
recanta por lo verde venteante,
libre en la luz y la tersura,
torneado alegremente por el aire,
dueño completo de su placer doble;
entra, vibra silbando, ríe, habla,
canta... Y ensancha con su canto
la hora parada de la estación viva.
y nos hace la vida suficiente.
¡Eternidad, hora ensanchada,
paraíso de lustror único, abierto
a nosotros mayores, pensativos,
por un ser diminuto que se ensancha!
¡Primavera, absoluta primavera,
cuando el mirlo ejemplar, una mañana,
enloquece de amor entre lo verde!
642
Juan Ramón Jiménez
Mirlo Fiel
Cuando el mirlo, en lo verde nuevo, un día
vuelve, y silba su amor, embriagado,
meciendo su inquietud en fresco de oro,
nos abre, negro, con su rojo pico,
carbón vivificado por su ascua,
un alma de valores armoniosos
mayor que todo nuestro ser.
No cabemos, por él, redondos, plenos,
en nuestra fantasía despertada.
(El sol, mayor que el sol,
inflama el mar real o imajinario,
que resplandece entre el azul frondor,
mayor que el mar, que el mar.)
Las alturas nos vuelcan sus últimos tesoros,
preferimos la tierra donde estamos,
un momento llegamos,
en viento, en ola, en roca, en llama,
al imposible eterno de la vida.
La arquitectura etérea, delante,
con los cuatro elementos sorprendidos,
nos abre total, una,
a perspectivas inmanentes,
realidad solitaria de los sueños,
sus embelesadoras galerías.
La flor mejor se eleva a nuestra boca,
la nube es de mujer,
la fruta seno nos responde sensual.
Y el mirlo canta, huye por lo verde,
y sube, sale por lo verde, y silba,
recanta por lo verde venteante,
libre en la luz y la tersura,
torneado alegremente por el aire,
dueño completo de su placer doble;
entra, vibra silbando, ríe, habla,
canta... Y ensancha con su canto
la hora parada de la estación viva.
y nos hace la vida suficiente.
¡Eternidad, hora ensanchada,
paraíso de lustror único, abierto
a nosotros mayores, pensativos,
por un ser diminuto que se ensancha!
¡Primavera, absoluta primavera,
cuando el mirlo ejemplar, una mañana,
enloquece de amor entre lo verde!
vuelve, y silba su amor, embriagado,
meciendo su inquietud en fresco de oro,
nos abre, negro, con su rojo pico,
carbón vivificado por su ascua,
un alma de valores armoniosos
mayor que todo nuestro ser.
No cabemos, por él, redondos, plenos,
en nuestra fantasía despertada.
(El sol, mayor que el sol,
inflama el mar real o imajinario,
que resplandece entre el azul frondor,
mayor que el mar, que el mar.)
Las alturas nos vuelcan sus últimos tesoros,
preferimos la tierra donde estamos,
un momento llegamos,
en viento, en ola, en roca, en llama,
al imposible eterno de la vida.
La arquitectura etérea, delante,
con los cuatro elementos sorprendidos,
nos abre total, una,
a perspectivas inmanentes,
realidad solitaria de los sueños,
sus embelesadoras galerías.
La flor mejor se eleva a nuestra boca,
la nube es de mujer,
la fruta seno nos responde sensual.
Y el mirlo canta, huye por lo verde,
y sube, sale por lo verde, y silba,
recanta por lo verde venteante,
libre en la luz y la tersura,
torneado alegremente por el aire,
dueño completo de su placer doble;
entra, vibra silbando, ríe, habla,
canta... Y ensancha con su canto
la hora parada de la estación viva.
y nos hace la vida suficiente.
¡Eternidad, hora ensanchada,
paraíso de lustror único, abierto
a nosotros mayores, pensativos,
por un ser diminuto que se ensancha!
¡Primavera, absoluta primavera,
cuando el mirlo ejemplar, una mañana,
enloquece de amor entre lo verde!
642
Juan Ramón Jiménez
La Copa Final
Contra el cielo inespresable,
el álamo, ya amarillo,
instala la alta belleza
de su éstasis vespertino.
La luz se recoje en él
como en el nido tranquilo
de su eternidad. Y el álamo
termina bien en sí mismo.
el álamo, ya amarillo,
instala la alta belleza
de su éstasis vespertino.
La luz se recoje en él
como en el nido tranquilo
de su eternidad. Y el álamo
termina bien en sí mismo.
648
Juan Ramón Jiménez
La Copa Final
Contra el cielo inespresable,
el álamo, ya amarillo,
instala la alta belleza
de su éstasis vespertino.
La luz se recoje en él
como en el nido tranquilo
de su eternidad. Y el álamo
termina bien en sí mismo.
el álamo, ya amarillo,
instala la alta belleza
de su éstasis vespertino.
La luz se recoje en él
como en el nido tranquilo
de su eternidad. Y el álamo
termina bien en sí mismo.
648
Juan Ramón Jiménez
Voces De Mi Copla - Vii - Cárcel
La media puesta de sol
tiñe con su grana de oro
mi otro medio corazón.
tiñe con su grana de oro
mi otro medio corazón.
653
Juan Ramón Jiménez
Voces De Mi Copla - Iii - Frente
¡Cuánto infinito abarcado
desde esta piedra del mundo!
No estoy en el «desde aquí»,
sino en el «ya de lo último».
desde esta piedra del mundo!
No estoy en el «desde aquí»,
sino en el «ya de lo último».
564
Juan Ramón Jiménez
El Oasis
Verde brillor sobre el oscuro verde.
Nido profundo de hojas y rumor,
donde el pájaro late, el agua vive,
y el hombre y la mujer callan, tapados
(el áureo centro abierto en torno
de la desnudez única)
por el azul redondo de luz sola
en donde está la eternidad.
Pabellón vivo, firme plenitud,
para descanso natural del ansia,
con todo lo que es, fue, puede ser,
abierto en concentrada suma;
abreviatura de edén sur,
fruta un poco mayor (amparo solo
de la desnudez única)
en donde está la eternidad.
Color, jugo, rumor, curva, olor ricos
colman con amplitud caliente y fresca,
total de gloria y de destino,
la entrada casual a un molde inmenso
(encontrado al azar de horas y siglos,
para la desnudez única)
mina libre de luz eterna y sola
en donde está la eternidad.
Nido profundo de hojas y rumor,
donde el pájaro late, el agua vive,
y el hombre y la mujer callan, tapados
(el áureo centro abierto en torno
de la desnudez única)
por el azul redondo de luz sola
en donde está la eternidad.
Pabellón vivo, firme plenitud,
para descanso natural del ansia,
con todo lo que es, fue, puede ser,
abierto en concentrada suma;
abreviatura de edén sur,
fruta un poco mayor (amparo solo
de la desnudez única)
en donde está la eternidad.
Color, jugo, rumor, curva, olor ricos
colman con amplitud caliente y fresca,
total de gloria y de destino,
la entrada casual a un molde inmenso
(encontrado al azar de horas y siglos,
para la desnudez única)
mina libre de luz eterna y sola
en donde está la eternidad.
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