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Poemas en este tema

Naturaleza y Elementos

Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Iv El Consejo Del Amor

Pensativo y lloroso,
contemplando cuán tibia
Dorila mi amor oye
por hermosa y por niña,

al margen de una fuente
me asenté cristalina,
que un rosal adornaba
con su pompa florida.

El voluble murmullo
de sus plácidas linfas
de mis penas agudas
amainaba las iras;

y en sus ondas rientes
encantada la vista,
invisibles cual ellas mis
cuidados se huían,

cuando en torno una rosa
que besar solicita
volar vi a un cefirillo
con ala fugitiva,

y entre blandos susurros
en voz dulce y sumisa
entendí que a la bella
cariñoso decía:

«¿Dó, insensible, te vueltes?
¿Por qué, injusta, te privas
en mis juegos vivaces
de mil tiernas caricias?

Mírame que rendido
cuando humillar podría
con soplo despeñado
tu presunción esquiva,

que te tornes te ruego,
y a mis labios permitas
que los ámbares gocen
que en tus hojas abrigas.

No temas, no, que ofendan
con culpable osadía
su rosicler hermoso,
aunque blanda te rindas.

Aun más fino que ardiente,
a nada más aspiran
que a un inocente beso
las esperanzas mías.

Por ti dejé en el valle,
por ti, beldad altiva,
con vuelo desdeñoso,
mil lindas florecitas .

Tú sola me embebeces,
tú sola», repetía
el céfiro, y más suelto
en torno de ella gira,

cuando súbito noto
que la rosa rendida
le presenta su seno,
y él cien besos le liba,

con los cuales mimosa
de aquí y de allá se agita,
otros y otros buscando
que muy más la mecían.

Y en aquel mismo punto
escuché que benigna
nueva voz me alentaba,
nuncio fiel de mis dichas:

«No de tímido ceses;
insta, anhela, suplica,
cefirillo incesante
de tu rosa Dorila;

y en sus dulces canciones
delicada tu lira
su tibieza y sus miedos
cual la nieve derritan.

Verás cómo a tus ansias
cede al fin y propicia
las finezas atiende,
por ti ciega suspira,

apurando en mi copa
las inmensas delicias
que a mis más fieles guardo,
que mi afecto le brinda».

Del Amor fue el consejo;
y así luego entre risas
vi a la esquiva en mis brazos
como mil rosas fina.
516
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda V De La Primavera

La blanda primavera
derramando aparece
sus tesoros y galas
por prados y vergeles.

Despejado ya el cielo
de nubes inclementes,
con luz cándida y pura
ríe a la tierra alegre.

El alba de azucenas
y de rosa las sienes
se presenta ceñidas,
sin que el cierzo las hiele.

De esplendores más rico
descuella por oriente
en triunfo el sol y a darle
la vida al mundo vuelve.

Medrosos de sus rayos
los vientos enmudecen,
y el vago cefirillo
bullendo les sucede,

el céfiro, de aromas
empapado, que mueven
en la nariz y el seno
mil llamas y deleites.

Con su aliento en la sierra
derretidas las nieves,
en sonoros arroyos
salpicando descienden.

De hoja el árbol se viste,
las laderas de verde,
y en las vegas de flores
ves un rico tapete.

Revolantes las aves
por el aura enloquecen,
regalando el oído
con sus dulces motetes;

y en los tiros sabrosos
con que el Ciego las hiere
suspirando delicias,
por el bosque se pierden,

mientras que en la pradera
dóciles a sus leyes
pastores y zagalas
festivas danzas tejen

y los tiernos cantares
y requiebros ardientes
y miradas y juegos
más y más los encienden.

Y nosotros, amigos,
cuando todos los seres
de tan rígido invierno
desquitarse parecen,

¿en silencio y en ocio
dejaremos perderse
estos días que el tiempo
liberal nos concede?

Una vez que en sus alas
el fugaz se los lleve,
¿podrá nadie arrancarlos
de la nada en que mueren?

Un instante, una sombra
que al mirar desparece,
nuestra mísera vida
para el júbilo tiene.

Ea, pues, a las copas,
y en un grato banquete
celebremos la vuelta
del abril floreciente.
1.055
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda V De La Primavera

La blanda primavera
derramando aparece
sus tesoros y galas
por prados y vergeles.

Despejado ya el cielo
de nubes inclementes,
con luz cándida y pura
ríe a la tierra alegre.

El alba de azucenas
y de rosa las sienes
se presenta ceñidas,
sin que el cierzo las hiele.

De esplendores más rico
descuella por oriente
en triunfo el sol y a darle
la vida al mundo vuelve.

Medrosos de sus rayos
los vientos enmudecen,
y el vago cefirillo
bullendo les sucede,

el céfiro, de aromas
empapado, que mueven
en la nariz y el seno
mil llamas y deleites.

Con su aliento en la sierra
derretidas las nieves,
en sonoros arroyos
salpicando descienden.

De hoja el árbol se viste,
las laderas de verde,
y en las vegas de flores
ves un rico tapete.

Revolantes las aves
por el aura enloquecen,
regalando el oído
con sus dulces motetes;

y en los tiros sabrosos
con que el Ciego las hiere
suspirando delicias,
por el bosque se pierden,

mientras que en la pradera
dóciles a sus leyes
pastores y zagalas
festivas danzas tejen

y los tiernos cantares
y requiebros ardientes
y miradas y juegos
más y más los encienden.

Y nosotros, amigos,
cuando todos los seres
de tan rígido invierno
desquitarse parecen,

¿en silencio y en ocio
dejaremos perderse
estos días que el tiempo
liberal nos concede?

Una vez que en sus alas
el fugaz se los lleve,
¿podrá nadie arrancarlos
de la nada en que mueren?

Un instante, una sombra
que al mirar desparece,
nuestra mísera vida
para el júbilo tiene.

Ea, pues, a las copas,
y en un grato banquete
celebremos la vuelta
del abril floreciente.
1.055
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda V De La Primavera

La blanda primavera
derramando aparece
sus tesoros y galas
por prados y vergeles.

Despejado ya el cielo
de nubes inclementes,
con luz cándida y pura
ríe a la tierra alegre.

El alba de azucenas
y de rosa las sienes
se presenta ceñidas,
sin que el cierzo las hiele.

De esplendores más rico
descuella por oriente
en triunfo el sol y a darle
la vida al mundo vuelve.

Medrosos de sus rayos
los vientos enmudecen,
y el vago cefirillo
bullendo les sucede,

el céfiro, de aromas
empapado, que mueven
en la nariz y el seno
mil llamas y deleites.

Con su aliento en la sierra
derretidas las nieves,
en sonoros arroyos
salpicando descienden.

De hoja el árbol se viste,
las laderas de verde,
y en las vegas de flores
ves un rico tapete.

Revolantes las aves
por el aura enloquecen,
regalando el oído
con sus dulces motetes;

y en los tiros sabrosos
con que el Ciego las hiere
suspirando delicias,
por el bosque se pierden,

mientras que en la pradera
dóciles a sus leyes
pastores y zagalas
festivas danzas tejen

y los tiernos cantares
y requiebros ardientes
y miradas y juegos
más y más los encienden.

Y nosotros, amigos,
cuando todos los seres
de tan rígido invierno
desquitarse parecen,

¿en silencio y en ocio
dejaremos perderse
estos días que el tiempo
liberal nos concede?

Una vez que en sus alas
el fugaz se los lleve,
¿podrá nadie arrancarlos
de la nada en que mueren?

Un instante, una sombra
que al mirar desparece,
nuestra mísera vida
para el júbilo tiene.

Ea, pues, a las copas,
y en un grato banquete
celebremos la vuelta
del abril floreciente.
1.055
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

El Céfiro

¡Cuál vaga en la floresta
el céfiro süave!
¡Cuál con lascivo vuelo
sus frescas alas bate,

sus alas delicadas,
que forman al mirarse
del sol en los reflejos
mil visos y cambiantes!

¡Cuán licencioso corre
de flor en flor, y afable
con soplo delicioso
las mece y se complace!

Ahora a un lirio llega,
ahora el jazmín lame,
la madreselva agita
y a los tomillos parte,

do entre mil amorcitos
vuela y revuela fácil
y los besa y escapa
con alegre donaire.

La tierna hierbezuela
se estremece delante
de sus soplos sutiles
y en ondas mil se abate.

Él las mira y se ríe,
y el susurro que hacen
le embelesa, y atento
se suspende a gozarle.

Luego rápido vuelve,
y alegre por los valles
no hay planta que no toque,
ni tallo que no halague.

Verasle ya en la cima
del olmo entre las aves
seguir con dulce silbo
sus trinos y cantares,

y en un punto en el suelo
acá y allá tornarse
con giro bullicioso,
festivo y anhelante.

Verasle entre las rosas
metido salpicarse
las plumas del rocío
que inquieto les esparce.

Verasle de sus hojas
lascivo abrir el cáliz
y empaparse las alas
de su aroma fragante.

Batiendo del arroyo
con ellas los cristales
verasle formar ledo
mil ondas y celajes.

Parece cuando vuela
sobre ellos que cobarde,
las puntas ya mojadas,
no acierta a retirarse.

¿Pues qué, si al prado siente
que las zagalas salen?
Verás a las más bellas
mil vueltas y mil darle.

Ora entre sus cabellos
se enreda y se retrae,
el seno les refresca
y ondéales el talle.

Sube alegre a los ojos,
y en sus rayos brillantes
se mira y da mil vueltas
sin que la luz le abrase.

Por sus labios se mete
y al punto raudo sale;
baja al pie y se lo besa,
y anda a un tiempo en mil partes.

Así el céfiro alegre,
sin nada cautivarle,
de todo lo más bello
felice gozar sabe.

Sus alas vagarosas
con giros agradables
no hay flor que no sacudan,
ni rosa que no abracen.

¡Ay Lisi!, ejemplo toma
del céfiro inconstante;
no con Aminta sólo
tu fino amor malgastes.
849
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

La Mariposa

¿De dónde alegre vienes
tan suelta y tan festiva,

los valles alegrando,
veloz mariposilla?

¿Por qué en sus lindas flores
no paras, y tranquila
de su púrpura gozas,
sus aromas espiras?

Mírote yo, ¡mi pecho
sabe con cuánta envidia!,
de una en otra saltando
más presta que la vista.

Mírote que en mil vuelos
las rondas y acaricias:
llegas, las tocas, pasas,
huyes, vuelves, las libas.

De tus alas entonces
la delicada y rica
librea se despliega
y al sol opuesta brilla.

Tus plumas se dilatan,
tu cuello ufano se hincha,
tus cuernos y penacho
se tienden y se rizan.

¡Qué visos y colores!,
¡qué púrpura tan fina!,
¡qué nácar, azul y oro
te adornan y matizan!

El sol, cuyos cambiantes
te esmaltan y te animan,
contigo se complace
y alegre en ti se mira.

Los céfiros te halagan,
las rosas a porfía
sus tiernas hojas abren
y amantes te convidan.

Tú empero bulliciosa,
tan libre como esquiva,
sus ámbares desdeñas,
su seno desestimas.

Con todas te complaces;
y suelta y atrevida
feliz de todas gozas,
ninguna te cautiva.

Ya un lirio hermoso besas;
ya inquieta solicitas
la rosa y de ella sales
tras un jazmín perdida.

El fresco alhelí meces,
a la azucena quitas
el oro puro y corres
tras una clavellina.


Vas luego al arroyuelo;
y en sus plácidas linfas,
posada sobre un ramo,
te complaces y admiras.

Mas el viento te burla
y el ramillo retira,
o salpicas tus alas
si hacia el agua lo inclina.

Y al punto en presto vuelo
te tiendes divertida
lo largo de los valles
que abril de flores pinta.

Ahora el ala abates,
ahora en torno giras,
ahora entre las hojas
te pierdes fugitiva.

¡Felice mariposa!,
tú bebes de la risa
del alba, y cada instante
placeres mil varías.

Tú adornas el verano.
Tú traes a las floridas
vegas con tu inconstancia
el gozo y las delicias.

Mas, ¡ay!, mil veces fueran
mayores aún mis dichas,
si fuese a ti en mudarse
mi Doris parecida.
632
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

El Céfiro

¡Cuál vaga entre las flores
el céfiro süave!
¡Cuál con lascivo vuelo
sus frescas alas bate!

Sus alas delicadas,
que forman al mirarse
del sol en los reflejos
mil visos y cambiantes.

¡Cuán bullicioso corre
de flor en flor! ¡y afable
con soplo delicioso
las mece y se complace!

Ahora a un lirio llega,
ahora el jazmín lame,
la hierbezuela agita
y a los tomillos parte.


do entre mil amorcitos
vuela y revuela fácil
y los besa y escapa
con alegre donaire.

La tierna hierbezuela
se estremece delante
de sus soplos sutiles
y en ondas mil se abate.

Él las mira y se ríe,
y el susurro que hacen
le embelesa, y atento
se suspende a gozarle.

Luego rápido vuelve,
y alegre por los valles
no hay planta que no toque,
ni tallo que no halague.

Verasle ya en la cima
del olmo entre las aves,
seguir con dulces silbos
sus trinos y cantares.

Verasle ya en el suelo
aquí y allí tornarse
con giro bullicioso
festivo y anhelante.

Verasle entre las hojas
metido salpicarse
las alas del rocío
que inquieto les esparce.


Verasle de sus hojas
lascivo abrir el cáliz
y empaparse las alas
de su aroma fragante.

Verasle del arroyo
formar en los cristales
batiendo sus airones
mil ondas y celajes.

Parece cuando vuela
sobre ellos que cobarde,
las puntas ya mojadas,
no acierta a retirarse.

¿Pues qué, si al prado siente
que las zagalas salen?
verás a las más bellas
mil vueltas y mil darle.

Ora entre los cabellos
se enreda y se retrae,
el seno les refresca
y ondéales el talle.

Vuela alegre a los ojos,
y en sus rayos brillantes
se mira y da mil vueltas
sin que la luz le abrase.

Por sus labios se mete
y al punto vuelve y sale;
baja al pie y se lo besa,
y anda a un tiempo en mil partes.

Así el céfiro alegre,
sin nada cautivarle,
de todo lo más bello
felice gozar sabe.

Sus alas vagarosas
con giros agradables
no hay flor que no sacudan,
ni rosa que no abracen.

¡Ay Dori!, ejemplo toma
del céfiro inconstante;
no con Aminta sólo
tu fino amor malgastes.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

El Céfiro

¡Cuál vaga entre las flores
el céfiro süave!
¡Cuál con lascivo vuelo
sus frescas alas bate!

Sus alas delicadas,
que forman al mirarse
del sol en los reflejos
mil visos y cambiantes.

¡Cuán bullicioso corre
de flor en flor! ¡y afable
con soplo delicioso
las mece y se complace!

Ahora a un lirio llega,
ahora el jazmín lame,
la hierbezuela agita
y a los tomillos parte.


do entre mil amorcitos
vuela y revuela fácil
y los besa y escapa
con alegre donaire.

La tierna hierbezuela
se estremece delante
de sus soplos sutiles
y en ondas mil se abate.

Él las mira y se ríe,
y el susurro que hacen
le embelesa, y atento
se suspende a gozarle.

Luego rápido vuelve,
y alegre por los valles
no hay planta que no toque,
ni tallo que no halague.

Verasle ya en la cima
del olmo entre las aves,
seguir con dulces silbos
sus trinos y cantares.

Verasle ya en el suelo
aquí y allí tornarse
con giro bullicioso
festivo y anhelante.

Verasle entre las hojas
metido salpicarse
las alas del rocío
que inquieto les esparce.


Verasle de sus hojas
lascivo abrir el cáliz
y empaparse las alas
de su aroma fragante.

Verasle del arroyo
formar en los cristales
batiendo sus airones
mil ondas y celajes.

Parece cuando vuela
sobre ellos que cobarde,
las puntas ya mojadas,
no acierta a retirarse.

¿Pues qué, si al prado siente
que las zagalas salen?
verás a las más bellas
mil vueltas y mil darle.

Ora entre los cabellos
se enreda y se retrae,
el seno les refresca
y ondéales el talle.

Vuela alegre a los ojos,
y en sus rayos brillantes
se mira y da mil vueltas
sin que la luz le abrase.

Por sus labios se mete
y al punto vuelve y sale;
baja al pie y se lo besa,
y anda a un tiempo en mil partes.

Así el céfiro alegre,
sin nada cautivarle,
de todo lo más bello
felice gozar sabe.

Sus alas vagarosas
con giros agradables
no hay flor que no sacudan,
ni rosa que no abracen.

¡Ay Dori!, ejemplo toma
del céfiro inconstante;
no con Aminta sólo
tu fino amor malgastes.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Al Sol

Salud, oh sol glorioso,
adorno de los cielos y hermosura,
fecundo padre de la lumbre pura;
oh rey, oh dios del día,
salud; tu luminoso
rápido carro guía
por el inmenso cielo,
hinchendo de tu gloria el bajo suelo.

Ya velado en vistosos
albores alzas la divina frente,
y las cándidas horas tu fulgente
corte alegres componen.
Tus caballos fogosos
a correr se disponen
por la rosada esfera
su inmensurable, sólita carrera.

Te sonríe la aurora,
y tus pasos precede, coronada
de luz, de grana y oro recamada.
Pliega su negro manto
la noche veladora;
rompen en dulce canto
las aves; cuanto alienta,
saltando de placer, tu pompa aumenta.

Todo, todo renace
del fúnebre letargo en que envolvía
la inmensa creación la noche fría.
La fuente se deshiela,
suelto el ganado pace,
libre el insecto vuela,
y el hombre se levanta
extático a admirar belleza tanta.

Mientras tú, derramando
tus vivíficos fuegos, las riscosas
montañas, las llanadas deliciosas,
y el ancho mar sonante
vas feliz colorando;
ni es el cielo bastante
a tu carrera ardiente
de las puertas del alba hasta occidente,

que en tu luz regalada,
más que el rayo veloz, todo lo inundas,
y en alas de oro rápido circundas
el ámbito del suelo;
el África tostada,
las regiones del hielo
y el Indo celebrado
son un punto en tu círculo dorado.

¡Oh, cuál vas! ¡cuán gloriosa
del cielo la alta cima enseñoreas,
lumbrera eterna, y con tu ardor recreas
cuanto vida y ser tiene!
Su ancho gremio amorosa
la tierra te previene;
sus gérmenes fecundas,
y en vivas flores súbito la inundas.

En la rauda corriente
del Oceano, en conyugales llamas
los monstruos feos de su abismo inflamas;
por la leona fiera
arde el león rugiente;
su pena lisonjera
canta el ave, y sonando
el insecto a su amada va buscando.

¡Oh Padre! ¡oh rey eterno
de la naturaleza! a ti la rosa,
gloria del campo, del favonio esposa,
debe aroma y colores,
y su racimo tierno
la vid, y sus olores
y almíbar tanta fruta
que en feudo el rico otoño te tributa.

Y a ti del caos umbrío
debió el salir la tierra tan hermosa,
y debió el agua su corriente undosa,
y en luz resplandeciente
brillar el aire frío,
cuando naciste ardiente
del tiempo el primer día,
¡oh de los astros gloria y alegría!

Que tú en profusa mano
tus celestiales y fecundas llamas,
fuente de vida, por doquier derramas,
con que súbito el suelo,
el inmenso Oceano
y el trasparente cielo
respiran: todo vive,
y nuevos seres sin cesar recibe.

Próvido así reparas
de la insaciable muerte los horrores;
las víctimas que lanzan sus furores
en la región sombría,
por ti a las luces claras
tornan del almo día,
y en sucesión segura,
de la vida el raudal eterno dura.

Si mueves la flamante
cabeza, ya en la nube el rayo ardiente
se enciende, horror al alma delincuente;
el pavoroso trueno
retumba horrisonante,
y de congoja lleno,
tiembla el mundo vecina
entre aguaceros su eternal ruina.

Y si en serena lumbre
arder velado quieres, en reposo
se aduerme el universo venturoso,
y el suelo reflorece.
La inmensa muchedumbre
ante ti desparece
de astros en la alta esfera,
donde arde sólo tu inexhausta hoguera.

De ella la lumbre pura
toma que al mundo plácida derrama
la luna, y Venus su brillante llama;
mas tu beldad gloriosa
no retires: oscura
la luna alzar no osa
su faz, y en hondo olvido
cae Venus, cual si nunca hubiera sido.

Pero ya fatigado
en el mar precipitas de occidente
tus flamígeras ruedas. ¡Cuál tu frente
se corona de rosas!
¡Qué velo nacarado!
¡Qué ráfagas vistosas
de viva luz recaman
el tendido horizonte, el mar inflaman!

La vista embebecida
puede mirar la desmayada lumbre
de tu inclinado disco; la ardua cumbre
de la opuesta montaña
la refleja encendida
y en púrpura se baña,
mientras la sombra oscura
cubriendo cae del mundo la hermosura.

¡Qué magia, qué ostentosas
decoraciones, qué agraciados juegos
hacen doquiera tus volubles fuegos!
El agua, de ellos llena,
arde en llamas vistosas,
y en su calma serena
pinta ¡oh pasmo! el instante
do al polo opuesto te hundes centellante.

¡Adiós, inmensa fuente
de luz, astro divino; adiós, hermoso
rey de los cielos, símbolo glorioso
del Excelso! y si ruego
a ti alcanza ferviente,
cantando tu almo fuego
me halle la muerte impía
a un postrer rayo de tu alegre día.
1.164
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Al Sol

Salud, oh sol glorioso,
adorno de los cielos y hermosura,
fecundo padre de la lumbre pura;
oh rey, oh dios del día,
salud; tu luminoso
rápido carro guía
por el inmenso cielo,
hinchendo de tu gloria el bajo suelo.

Ya velado en vistosos
albores alzas la divina frente,
y las cándidas horas tu fulgente
corte alegres componen.
Tus caballos fogosos
a correr se disponen
por la rosada esfera
su inmensurable, sólita carrera.

Te sonríe la aurora,
y tus pasos precede, coronada
de luz, de grana y oro recamada.
Pliega su negro manto
la noche veladora;
rompen en dulce canto
las aves; cuanto alienta,
saltando de placer, tu pompa aumenta.

Todo, todo renace
del fúnebre letargo en que envolvía
la inmensa creación la noche fría.
La fuente se deshiela,
suelto el ganado pace,
libre el insecto vuela,
y el hombre se levanta
extático a admirar belleza tanta.

Mientras tú, derramando
tus vivíficos fuegos, las riscosas
montañas, las llanadas deliciosas,
y el ancho mar sonante
vas feliz colorando;
ni es el cielo bastante
a tu carrera ardiente
de las puertas del alba hasta occidente,

que en tu luz regalada,
más que el rayo veloz, todo lo inundas,
y en alas de oro rápido circundas
el ámbito del suelo;
el África tostada,
las regiones del hielo
y el Indo celebrado
son un punto en tu círculo dorado.

¡Oh, cuál vas! ¡cuán gloriosa
del cielo la alta cima enseñoreas,
lumbrera eterna, y con tu ardor recreas
cuanto vida y ser tiene!
Su ancho gremio amorosa
la tierra te previene;
sus gérmenes fecundas,
y en vivas flores súbito la inundas.

En la rauda corriente
del Oceano, en conyugales llamas
los monstruos feos de su abismo inflamas;
por la leona fiera
arde el león rugiente;
su pena lisonjera
canta el ave, y sonando
el insecto a su amada va buscando.

¡Oh Padre! ¡oh rey eterno
de la naturaleza! a ti la rosa,
gloria del campo, del favonio esposa,
debe aroma y colores,
y su racimo tierno
la vid, y sus olores
y almíbar tanta fruta
que en feudo el rico otoño te tributa.

Y a ti del caos umbrío
debió el salir la tierra tan hermosa,
y debió el agua su corriente undosa,
y en luz resplandeciente
brillar el aire frío,
cuando naciste ardiente
del tiempo el primer día,
¡oh de los astros gloria y alegría!

Que tú en profusa mano
tus celestiales y fecundas llamas,
fuente de vida, por doquier derramas,
con que súbito el suelo,
el inmenso Oceano
y el trasparente cielo
respiran: todo vive,
y nuevos seres sin cesar recibe.

Próvido así reparas
de la insaciable muerte los horrores;
las víctimas que lanzan sus furores
en la región sombría,
por ti a las luces claras
tornan del almo día,
y en sucesión segura,
de la vida el raudal eterno dura.

Si mueves la flamante
cabeza, ya en la nube el rayo ardiente
se enciende, horror al alma delincuente;
el pavoroso trueno
retumba horrisonante,
y de congoja lleno,
tiembla el mundo vecina
entre aguaceros su eternal ruina.

Y si en serena lumbre
arder velado quieres, en reposo
se aduerme el universo venturoso,
y el suelo reflorece.
La inmensa muchedumbre
ante ti desparece
de astros en la alta esfera,
donde arde sólo tu inexhausta hoguera.

De ella la lumbre pura
toma que al mundo plácida derrama
la luna, y Venus su brillante llama;
mas tu beldad gloriosa
no retires: oscura
la luna alzar no osa
su faz, y en hondo olvido
cae Venus, cual si nunca hubiera sido.

Pero ya fatigado
en el mar precipitas de occidente
tus flamígeras ruedas. ¡Cuál tu frente
se corona de rosas!
¡Qué velo nacarado!
¡Qué ráfagas vistosas
de viva luz recaman
el tendido horizonte, el mar inflaman!

La vista embebecida
puede mirar la desmayada lumbre
de tu inclinado disco; la ardua cumbre
de la opuesta montaña
la refleja encendida
y en púrpura se baña,
mientras la sombra oscura
cubriendo cae del mundo la hermosura.

¡Qué magia, qué ostentosas
decoraciones, qué agraciados juegos
hacen doquiera tus volubles fuegos!
El agua, de ellos llena,
arde en llamas vistosas,
y en su calma serena
pinta ¡oh pasmo! el instante
do al polo opuesto te hundes centellante.

¡Adiós, inmensa fuente
de luz, astro divino; adiós, hermoso
rey de los cielos, símbolo glorioso
del Excelso! y si ruego
a ti alcanza ferviente,
cantando tu almo fuego
me halle la muerte impía
a un postrer rayo de tu alegre día.
1.164
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

La Presencia De Dios

Doquiera que los ojos
inquieto torno en cuidadoso anhelo,
allí ¡gran Dios! presente
atónito mi espíritu te siente.

Allí estás, y llenando
la inmensa creación, so el alto empíreo,
velado en luz te asientas,
y tu gloria inefable a un tiempo ostentas.

La humilde hierbecilla
que huello, el monte que de eterna nieve
cubierto se levanta
y esconde en el abismo su honda planta,

el aura que en las hojas
con leve pluma susurrante juega
y el sol que en la alta cima
del cielo ardiendo el universo anima,

me claman que en la llama
brillas del sol, que sobre el raudo viento
con ala voladora
cruzas del occidente hasta la aurora,

y que el monte encumbrado
te ofrece un trono en su elevada cima,
la hierbecilla crece
por tu soplo vivífìco y florece.

Tu inmensidad lo llena
todo, Señor, y más: del invisible
insecto al elefante,
del átomo al cometa rutilante.

Tú a la tiniebla obscura
das su pardo capuz, y el sutil velo
a la alegre mañana,
sus huellas matizando de oro y grana;

y cuando primavera
desciende al ancho mundo, afable ríes
entre sus gayas flores,
y te aspiro en sus plácidos olores,

y cuando el inflamado
Sirio más arde en congojosos fuegos,
tú las llenas espigas
volando mueves y su ardor mitigas.

Si entonce al bosque umbrío
corro, en su sombra estás, y allí atesoras
el frescor regalado,
blando alivio a mi espíritu cansado.

Un religioso miedo
mi pecho turba, y una voz me grita:
«En este misterioso
silencio mora; adórale humildoso».

Pero a par en las ondas
te hallo del hondo mar; los vientos llamas
y a su saña lo entregas,
o si te place, su furor sosiegas.

Por doquiera infinito
te encuentro, y siento en el florido prado
y en el luciente velo
con que tu umbrosa noche entolda el cielo

que del átomo eres
el Dios, y el Dios del sol, del gusanillo
que en el vil lodo mora,
y el ángel puro que tu lumbre adora.

Igual sus himnos oyes
y oyes mi humilde voz, de la cordera
el plácido balido
y del león el hórrido rugido;

y a todos dadivoso
acorres, Dios inmenso, en todas partes
y por siempre presente.
¡Ay! oye a un hijo en su rogar ferviente.

Óyele blando, y mira
mi deleznable ser; dignos mis pasos
de tu presencia sean,
y doquier tu deidad mis ojos vean.

Hinche el corazón mío
de un ardor celestial que a cuanto existe
como tú se derrame,
y, oh Dios de amor, en tu universo te ame.

Todos tus hijos somos:
el tártaro, el lapón, el indio rudo,
el tostado africano,
es un hombre, es tu imagen y es mi hermano.
610
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

La Presencia De Dios

Doquiera que los ojos
inquieto torno en cuidadoso anhelo,
allí ¡gran Dios! presente
atónito mi espíritu te siente.

Allí estás, y llenando
la inmensa creación, so el alto empíreo,
velado en luz te asientas,
y tu gloria inefable a un tiempo ostentas.

La humilde hierbecilla
que huello, el monte que de eterna nieve
cubierto se levanta
y esconde en el abismo su honda planta,

el aura que en las hojas
con leve pluma susurrante juega
y el sol que en la alta cima
del cielo ardiendo el universo anima,

me claman que en la llama
brillas del sol, que sobre el raudo viento
con ala voladora
cruzas del occidente hasta la aurora,

y que el monte encumbrado
te ofrece un trono en su elevada cima,
la hierbecilla crece
por tu soplo vivífìco y florece.

Tu inmensidad lo llena
todo, Señor, y más: del invisible
insecto al elefante,
del átomo al cometa rutilante.

Tú a la tiniebla obscura
das su pardo capuz, y el sutil velo
a la alegre mañana,
sus huellas matizando de oro y grana;

y cuando primavera
desciende al ancho mundo, afable ríes
entre sus gayas flores,
y te aspiro en sus plácidos olores,

y cuando el inflamado
Sirio más arde en congojosos fuegos,
tú las llenas espigas
volando mueves y su ardor mitigas.

Si entonce al bosque umbrío
corro, en su sombra estás, y allí atesoras
el frescor regalado,
blando alivio a mi espíritu cansado.

Un religioso miedo
mi pecho turba, y una voz me grita:
«En este misterioso
silencio mora; adórale humildoso».

Pero a par en las ondas
te hallo del hondo mar; los vientos llamas
y a su saña lo entregas,
o si te place, su furor sosiegas.

Por doquiera infinito
te encuentro, y siento en el florido prado
y en el luciente velo
con que tu umbrosa noche entolda el cielo

que del átomo eres
el Dios, y el Dios del sol, del gusanillo
que en el vil lodo mora,
y el ángel puro que tu lumbre adora.

Igual sus himnos oyes
y oyes mi humilde voz, de la cordera
el plácido balido
y del león el hórrido rugido;

y a todos dadivoso
acorres, Dios inmenso, en todas partes
y por siempre presente.
¡Ay! oye a un hijo en su rogar ferviente.

Óyele blando, y mira
mi deleznable ser; dignos mis pasos
de tu presencia sean,
y doquier tu deidad mis ojos vean.

Hinche el corazón mío
de un ardor celestial que a cuanto existe
como tú se derrame,
y, oh Dios de amor, en tu universo te ame.

Todos tus hijos somos:
el tártaro, el lapón, el indio rudo,
el tostado africano,
es un hombre, es tu imagen y es mi hermano.
610
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Romance Los Aradores

¡Oh! ¡qué bien ante mis ojos
por la ladera pendiente,
sobre la esteva encorvados
los aradores parecen!

¡Cómo la luciente reja
se imprime profundamente,
cuando en prolongados surcos
el tendido campo hienden!

Con lentitud fatigosa
los animales pacientes,
la dura cerviz alzada,
tiran del arado fuerte.

Anímalos con su grito
y con su aguijón los hiere
el rudo gañán, que en medio
su fatiga canta alegre.

La letra y pausado tono
con las medidas convienen
del cansado lento paso
que asientan los tardos bueyes.

Ellos las anchas narices
abren a su aliento ardiente,
que por la frente rugosa
el hielo en aljófar vuelve;

y el gañán aguija y canta,
y el sol que alzándose viene
con sus vivíficos rayos
le calienta y esclarece.

¡Invierno! ¡invierno! Aunque triste,
aun conservas tus placeres;
y entre tus lluvias y vientos
halla ocupación la mente.

Aun agrada ver el campo
todo alfombrado de nieve,
en cuyo cándido velo
sus rayos el sol refleje.

Aun agrada con la vista
por sus abismos perderse,
yerta la naturaleza
y en un silencio elocuente,

sin que halle el mayor cuidado
ni el lindero de la suerte,
ni sus desiguales surcos,
ni la mies que oculta crece.

De los árboles las ramas,
al peso encorvadas, ceden,
y a la tierra fuerzas piden
para poder sostenerse.

La sierra con su albo manto,
una muralla esplendente,
que une el suelo al firmamento,
allá a lo lejos ofrece,

mientra en las hondas gargantas
despeñados los torrentes,
la imaginación asustan,
cuanto el oído ensordecen;

y en quietud descansa el mundo,
y callado el viento duerme,
y en el redil el ganado,
y el buey gime en el pesebre.

¿Pues qué, cuando de las nubes
horrísonos se desprenden
los aguaceros, y el día
ahogado entre sombras muere,

y con estrépito inmenso
cenagosos se embravecen
fuera de madre los ríos,
batiendo diques y puentes?

Crece el diluvio; anegadas
las llanuras desparecen,
y árboles y chozas tiemblan
del viento el furor vehemente,

que arrebatando las nubes
cual sierras de niebla leve,
de aquí allá en rápido soplo
en formas mil las revuelve;

y el imperio de las sombras
y los vendavales crecen;
y el hombre, atónito y mudo,
a horror tanto tiembla y teme.

O bien la helada punzante
la tierra en mármol convierte,
y al hogar en ocio ingrato
el gañán las horas pierde.

Cubiertos de blanca escarcha,
como de marfil parecen
los árboles ateridos,
y de alabastro la fuente.

Sonoro y rígido el prado
la planta, hollado, repele;
y doquier el dios del hielo
su ominoso mando ejerce,

hasta que el suave favonio,
medroso y tímido al verse
nuevo volar, con su aliento
tan duros grillos disuelve.

El día rápido anhela;
no asoma el sol por oriente,
cuando sin luz al ocaso
precipitado desciende,

porque la noche sus velos
sobre la tierra despliegue,
de los fantasmas seguida
que en ella el vulgo ver suele.

Así el invierno ceñudo
reina con cetro inclemente,
y entre escarchas y aguaceros
y nieve y nubes se envuelve.

¿Y de dónde estos horrores,
este trastorno aparente,
que en enero su fin halla,
y que ya empezó el noviembre?

Del orden con que los tiempos
alternados se suceden,
durando naturaleza
la misma y mudable siempre.

Estos hielos erizados,
estas lluvias, estas nieves,
y nieblas y roncos vientos
que hoy el ánimo estremecen,

serán las flores del mayo,
serán de julio las mieses,
y las perfumadas frutas
con que octubre se enriquece.

Hoy el arador se afana,
y en cada surco que mueve
miles encierra de espigas
para los futuros meses,

misteriosamente ocultas
en esos granos que extiende
doquier liberal su mano
y en los terrones se pierden.

Ved cuál, fecunda la tierra,
sus gérmenes desenvuelve
para abrirnos sus tesoros
otro día en faz riente.

Ved cómo ya pululando
la rompe la hojilla débil,
y con el rojo sombrío
cuán bien contrasta su verde,

verde que el tostado julio
en oro convertir debe,
y en una selva de espigas
esos cogollos nacientes.

Trabaja, arador, trabaja,
con ánimo y pecho fuerte,
ya en tu esperanza embriagado
del verano en las mercedes.

Llena tu noble destino,
y haz cantando, tu afán leve,
mientras insufrible abruma
el fastidio al ocio muelle,

que entre la pluma y la holanda,
sumido en sueño y placeres,
jamás vio del sol la pompa
cuando lumbroso amanece,

jamás gozó con el alba
del campo el plácido ambiente,
de la matinal alondra
los armónicos motetes.

Trabaja, y fía a tu madre
la prolífica simiente,
por cuyo felice cambio
la abundancia te prometes,

que ella te dará profusa
con que tu seno se aquiete,
se alimenten tus deseos,
tu sudor se remunere,

puesto que en él y tus brazos,
honrado, la fausta suerte
vinculas de tu familia,
y libre en tus campos eres.

Tu esposa al hogar humilde,
apacible te previene
sobria mesa, grato lecho,
y cariño y fe perennes,

que oficiosa compañera
de tus gozos y quehaceres,
su ternura cada día
con su diligencia crece;

y tus pequeñuelos hijos,
anhelándote impacientes,
corren al umbral, te llaman,
y tiemblan si te detienes.

Llegas, y en torno apiñados
halagándote enloquecen,
la mano el uno te toma,
de tu cuello el otro pende;

tu amada al paternal beso
desde sus brazos te ofrece
el que entre su seno abriga,
y alimenta con su leche,

que en sus fiestas y gorjeos
pagarte ahincado parece
del pan que ya le preparas,
de los surcos donde vienes.

Y la aijada el mayorcillo
como en triunfo llevar quiere;
la madre el empeño ríe,
y tú, animándole alegre,

te imaginas ver los juegos
con que en tus faustas niñeces
a tu padre entretenías,
cual tu hijuelo hoy te entretiene.

Ardiendo el hogar te espera,
que con su calor clemente
lanzará el hielo y cansancio
que tus miembros entorpecen;

y luego, aunque en pobre lecho,
mientras que plácido duermes,
la alma paz y la inocencia
velarán por defenderte,

hasta que el naciente día
con sus rayos te despierte,
y a empuñar tornes la esteva
y a regir tus mansos bueyes.

¡Vida ignorada y dichosa!,
que ni alcanza ni merece
quien de las ciegas pasiones
el odioso imperio siente.

¡Vida angelical y pura!,
en que con su Dios se entiende
sencillo el mortal, y le halla
doquier próvido y presente,

a quien el poder perdona,
que los mentirosos bienes
de la ambición tiene en nada,
cuanto ignora sus reveses.

Vida de fácil llaneza,
de libertad inocente,
en que dueño de sí el hombre
sin orgullo se ennoblece,

en que la salud abunda,
en que el trabajo divierte,
el tedio se desconoce,
y entrada el vicio no tiene;

y en que un día y otro día
pacíficos se suceden,
cual aguas de un manso río,
siempre iguales y rientes.

¡Oh! ¡quién gozarte alcanzara!,
¡oh! ¡quién tras tantos vaivenes
de la inclemente fortuna,
un pobre arador viviese!,

uno cual estos que veo,
que ni codician, ni temen,
ni esclavitud los humilla,
ni la vanidad los pierde,

lejos de la envidia torpe
y de la calumnia aleve,
hasta que a mi aliento frágil
cortase el hilo la muerte.
645
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Romance Los Aradores

¡Oh! ¡qué bien ante mis ojos
por la ladera pendiente,
sobre la esteva encorvados
los aradores parecen!

¡Cómo la luciente reja
se imprime profundamente,
cuando en prolongados surcos
el tendido campo hienden!

Con lentitud fatigosa
los animales pacientes,
la dura cerviz alzada,
tiran del arado fuerte.

Anímalos con su grito
y con su aguijón los hiere
el rudo gañán, que en medio
su fatiga canta alegre.

La letra y pausado tono
con las medidas convienen
del cansado lento paso
que asientan los tardos bueyes.

Ellos las anchas narices
abren a su aliento ardiente,
que por la frente rugosa
el hielo en aljófar vuelve;

y el gañán aguija y canta,
y el sol que alzándose viene
con sus vivíficos rayos
le calienta y esclarece.

¡Invierno! ¡invierno! Aunque triste,
aun conservas tus placeres;
y entre tus lluvias y vientos
halla ocupación la mente.

Aun agrada ver el campo
todo alfombrado de nieve,
en cuyo cándido velo
sus rayos el sol refleje.

Aun agrada con la vista
por sus abismos perderse,
yerta la naturaleza
y en un silencio elocuente,

sin que halle el mayor cuidado
ni el lindero de la suerte,
ni sus desiguales surcos,
ni la mies que oculta crece.

De los árboles las ramas,
al peso encorvadas, ceden,
y a la tierra fuerzas piden
para poder sostenerse.

La sierra con su albo manto,
una muralla esplendente,
que une el suelo al firmamento,
allá a lo lejos ofrece,

mientra en las hondas gargantas
despeñados los torrentes,
la imaginación asustan,
cuanto el oído ensordecen;

y en quietud descansa el mundo,
y callado el viento duerme,
y en el redil el ganado,
y el buey gime en el pesebre.

¿Pues qué, cuando de las nubes
horrísonos se desprenden
los aguaceros, y el día
ahogado entre sombras muere,

y con estrépito inmenso
cenagosos se embravecen
fuera de madre los ríos,
batiendo diques y puentes?

Crece el diluvio; anegadas
las llanuras desparecen,
y árboles y chozas tiemblan
del viento el furor vehemente,

que arrebatando las nubes
cual sierras de niebla leve,
de aquí allá en rápido soplo
en formas mil las revuelve;

y el imperio de las sombras
y los vendavales crecen;
y el hombre, atónito y mudo,
a horror tanto tiembla y teme.

O bien la helada punzante
la tierra en mármol convierte,
y al hogar en ocio ingrato
el gañán las horas pierde.

Cubiertos de blanca escarcha,
como de marfil parecen
los árboles ateridos,
y de alabastro la fuente.

Sonoro y rígido el prado
la planta, hollado, repele;
y doquier el dios del hielo
su ominoso mando ejerce,

hasta que el suave favonio,
medroso y tímido al verse
nuevo volar, con su aliento
tan duros grillos disuelve.

El día rápido anhela;
no asoma el sol por oriente,
cuando sin luz al ocaso
precipitado desciende,

porque la noche sus velos
sobre la tierra despliegue,
de los fantasmas seguida
que en ella el vulgo ver suele.

Así el invierno ceñudo
reina con cetro inclemente,
y entre escarchas y aguaceros
y nieve y nubes se envuelve.

¿Y de dónde estos horrores,
este trastorno aparente,
que en enero su fin halla,
y que ya empezó el noviembre?

Del orden con que los tiempos
alternados se suceden,
durando naturaleza
la misma y mudable siempre.

Estos hielos erizados,
estas lluvias, estas nieves,
y nieblas y roncos vientos
que hoy el ánimo estremecen,

serán las flores del mayo,
serán de julio las mieses,
y las perfumadas frutas
con que octubre se enriquece.

Hoy el arador se afana,
y en cada surco que mueve
miles encierra de espigas
para los futuros meses,

misteriosamente ocultas
en esos granos que extiende
doquier liberal su mano
y en los terrones se pierden.

Ved cuál, fecunda la tierra,
sus gérmenes desenvuelve
para abrirnos sus tesoros
otro día en faz riente.

Ved cómo ya pululando
la rompe la hojilla débil,
y con el rojo sombrío
cuán bien contrasta su verde,

verde que el tostado julio
en oro convertir debe,
y en una selva de espigas
esos cogollos nacientes.

Trabaja, arador, trabaja,
con ánimo y pecho fuerte,
ya en tu esperanza embriagado
del verano en las mercedes.

Llena tu noble destino,
y haz cantando, tu afán leve,
mientras insufrible abruma
el fastidio al ocio muelle,

que entre la pluma y la holanda,
sumido en sueño y placeres,
jamás vio del sol la pompa
cuando lumbroso amanece,

jamás gozó con el alba
del campo el plácido ambiente,
de la matinal alondra
los armónicos motetes.

Trabaja, y fía a tu madre
la prolífica simiente,
por cuyo felice cambio
la abundancia te prometes,

que ella te dará profusa
con que tu seno se aquiete,
se alimenten tus deseos,
tu sudor se remunere,

puesto que en él y tus brazos,
honrado, la fausta suerte
vinculas de tu familia,
y libre en tus campos eres.

Tu esposa al hogar humilde,
apacible te previene
sobria mesa, grato lecho,
y cariño y fe perennes,

que oficiosa compañera
de tus gozos y quehaceres,
su ternura cada día
con su diligencia crece;

y tus pequeñuelos hijos,
anhelándote impacientes,
corren al umbral, te llaman,
y tiemblan si te detienes.

Llegas, y en torno apiñados
halagándote enloquecen,
la mano el uno te toma,
de tu cuello el otro pende;

tu amada al paternal beso
desde sus brazos te ofrece
el que entre su seno abriga,
y alimenta con su leche,

que en sus fiestas y gorjeos
pagarte ahincado parece
del pan que ya le preparas,
de los surcos donde vienes.

Y la aijada el mayorcillo
como en triunfo llevar quiere;
la madre el empeño ríe,
y tú, animándole alegre,

te imaginas ver los juegos
con que en tus faustas niñeces
a tu padre entretenías,
cual tu hijuelo hoy te entretiene.

Ardiendo el hogar te espera,
que con su calor clemente
lanzará el hielo y cansancio
que tus miembros entorpecen;

y luego, aunque en pobre lecho,
mientras que plácido duermes,
la alma paz y la inocencia
velarán por defenderte,

hasta que el naciente día
con sus rayos te despierte,
y a empuñar tornes la esteva
y a regir tus mansos bueyes.

¡Vida ignorada y dichosa!,
que ni alcanza ni merece
quien de las ciegas pasiones
el odioso imperio siente.

¡Vida angelical y pura!,
en que con su Dios se entiende
sencillo el mortal, y le halla
doquier próvido y presente,

a quien el poder perdona,
que los mentirosos bienes
de la ambición tiene en nada,
cuanto ignora sus reveses.

Vida de fácil llaneza,
de libertad inocente,
en que dueño de sí el hombre
sin orgullo se ennoblece,

en que la salud abunda,
en que el trabajo divierte,
el tedio se desconoce,
y entrada el vicio no tiene;

y en que un día y otro día
pacíficos se suceden,
cual aguas de un manso río,
siempre iguales y rientes.

¡Oh! ¡quién gozarte alcanzara!,
¡oh! ¡quién tras tantos vaivenes
de la inclemente fortuna,
un pobre arador viviese!,

uno cual estos que veo,
que ni codician, ni temen,
ni esclavitud los humilla,
ni la vanidad los pierde,

lejos de la envidia torpe
y de la calumnia aleve,
hasta que a mi aliento frágil
cortase el hilo la muerte.
645
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Romance Los Aradores

¡Oh! ¡qué bien ante mis ojos
por la ladera pendiente,
sobre la esteva encorvados
los aradores parecen!

¡Cómo la luciente reja
se imprime profundamente,
cuando en prolongados surcos
el tendido campo hienden!

Con lentitud fatigosa
los animales pacientes,
la dura cerviz alzada,
tiran del arado fuerte.

Anímalos con su grito
y con su aguijón los hiere
el rudo gañán, que en medio
su fatiga canta alegre.

La letra y pausado tono
con las medidas convienen
del cansado lento paso
que asientan los tardos bueyes.

Ellos las anchas narices
abren a su aliento ardiente,
que por la frente rugosa
el hielo en aljófar vuelve;

y el gañán aguija y canta,
y el sol que alzándose viene
con sus vivíficos rayos
le calienta y esclarece.

¡Invierno! ¡invierno! Aunque triste,
aun conservas tus placeres;
y entre tus lluvias y vientos
halla ocupación la mente.

Aun agrada ver el campo
todo alfombrado de nieve,
en cuyo cándido velo
sus rayos el sol refleje.

Aun agrada con la vista
por sus abismos perderse,
yerta la naturaleza
y en un silencio elocuente,

sin que halle el mayor cuidado
ni el lindero de la suerte,
ni sus desiguales surcos,
ni la mies que oculta crece.

De los árboles las ramas,
al peso encorvadas, ceden,
y a la tierra fuerzas piden
para poder sostenerse.

La sierra con su albo manto,
una muralla esplendente,
que une el suelo al firmamento,
allá a lo lejos ofrece,

mientra en las hondas gargantas
despeñados los torrentes,
la imaginación asustan,
cuanto el oído ensordecen;

y en quietud descansa el mundo,
y callado el viento duerme,
y en el redil el ganado,
y el buey gime en el pesebre.

¿Pues qué, cuando de las nubes
horrísonos se desprenden
los aguaceros, y el día
ahogado entre sombras muere,

y con estrépito inmenso
cenagosos se embravecen
fuera de madre los ríos,
batiendo diques y puentes?

Crece el diluvio; anegadas
las llanuras desparecen,
y árboles y chozas tiemblan
del viento el furor vehemente,

que arrebatando las nubes
cual sierras de niebla leve,
de aquí allá en rápido soplo
en formas mil las revuelve;

y el imperio de las sombras
y los vendavales crecen;
y el hombre, atónito y mudo,
a horror tanto tiembla y teme.

O bien la helada punzante
la tierra en mármol convierte,
y al hogar en ocio ingrato
el gañán las horas pierde.

Cubiertos de blanca escarcha,
como de marfil parecen
los árboles ateridos,
y de alabastro la fuente.

Sonoro y rígido el prado
la planta, hollado, repele;
y doquier el dios del hielo
su ominoso mando ejerce,

hasta que el suave favonio,
medroso y tímido al verse
nuevo volar, con su aliento
tan duros grillos disuelve.

El día rápido anhela;
no asoma el sol por oriente,
cuando sin luz al ocaso
precipitado desciende,

porque la noche sus velos
sobre la tierra despliegue,
de los fantasmas seguida
que en ella el vulgo ver suele.

Así el invierno ceñudo
reina con cetro inclemente,
y entre escarchas y aguaceros
y nieve y nubes se envuelve.

¿Y de dónde estos horrores,
este trastorno aparente,
que en enero su fin halla,
y que ya empezó el noviembre?

Del orden con que los tiempos
alternados se suceden,
durando naturaleza
la misma y mudable siempre.

Estos hielos erizados,
estas lluvias, estas nieves,
y nieblas y roncos vientos
que hoy el ánimo estremecen,

serán las flores del mayo,
serán de julio las mieses,
y las perfumadas frutas
con que octubre se enriquece.

Hoy el arador se afana,
y en cada surco que mueve
miles encierra de espigas
para los futuros meses,

misteriosamente ocultas
en esos granos que extiende
doquier liberal su mano
y en los terrones se pierden.

Ved cuál, fecunda la tierra,
sus gérmenes desenvuelve
para abrirnos sus tesoros
otro día en faz riente.

Ved cómo ya pululando
la rompe la hojilla débil,
y con el rojo sombrío
cuán bien contrasta su verde,

verde que el tostado julio
en oro convertir debe,
y en una selva de espigas
esos cogollos nacientes.

Trabaja, arador, trabaja,
con ánimo y pecho fuerte,
ya en tu esperanza embriagado
del verano en las mercedes.

Llena tu noble destino,
y haz cantando, tu afán leve,
mientras insufrible abruma
el fastidio al ocio muelle,

que entre la pluma y la holanda,
sumido en sueño y placeres,
jamás vio del sol la pompa
cuando lumbroso amanece,

jamás gozó con el alba
del campo el plácido ambiente,
de la matinal alondra
los armónicos motetes.

Trabaja, y fía a tu madre
la prolífica simiente,
por cuyo felice cambio
la abundancia te prometes,

que ella te dará profusa
con que tu seno se aquiete,
se alimenten tus deseos,
tu sudor se remunere,

puesto que en él y tus brazos,
honrado, la fausta suerte
vinculas de tu familia,
y libre en tus campos eres.

Tu esposa al hogar humilde,
apacible te previene
sobria mesa, grato lecho,
y cariño y fe perennes,

que oficiosa compañera
de tus gozos y quehaceres,
su ternura cada día
con su diligencia crece;

y tus pequeñuelos hijos,
anhelándote impacientes,
corren al umbral, te llaman,
y tiemblan si te detienes.

Llegas, y en torno apiñados
halagándote enloquecen,
la mano el uno te toma,
de tu cuello el otro pende;

tu amada al paternal beso
desde sus brazos te ofrece
el que entre su seno abriga,
y alimenta con su leche,

que en sus fiestas y gorjeos
pagarte ahincado parece
del pan que ya le preparas,
de los surcos donde vienes.

Y la aijada el mayorcillo
como en triunfo llevar quiere;
la madre el empeño ríe,
y tú, animándole alegre,

te imaginas ver los juegos
con que en tus faustas niñeces
a tu padre entretenías,
cual tu hijuelo hoy te entretiene.

Ardiendo el hogar te espera,
que con su calor clemente
lanzará el hielo y cansancio
que tus miembros entorpecen;

y luego, aunque en pobre lecho,
mientras que plácido duermes,
la alma paz y la inocencia
velarán por defenderte,

hasta que el naciente día
con sus rayos te despierte,
y a empuñar tornes la esteva
y a regir tus mansos bueyes.

¡Vida ignorada y dichosa!,
que ni alcanza ni merece
quien de las ciegas pasiones
el odioso imperio siente.

¡Vida angelical y pura!,
en que con su Dios se entiende
sencillo el mortal, y le halla
doquier próvido y presente,

a quien el poder perdona,
que los mentirosos bienes
de la ambición tiene en nada,
cuanto ignora sus reveses.

Vida de fácil llaneza,
de libertad inocente,
en que dueño de sí el hombre
sin orgullo se ennoblece,

en que la salud abunda,
en que el trabajo divierte,
el tedio se desconoce,
y entrada el vicio no tiene;

y en que un día y otro día
pacíficos se suceden,
cual aguas de un manso río,
siempre iguales y rientes.

¡Oh! ¡quién gozarte alcanzara!,
¡oh! ¡quién tras tantos vaivenes
de la inclemente fortuna,
un pobre arador viviese!,

uno cual estos que veo,
que ni codician, ni temen,
ni esclavitud los humilla,
ni la vanidad los pierde,

lejos de la envidia torpe
y de la calumnia aleve,
hasta que a mi aliento frágil
cortase el hilo la muerte.
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