Naturaleza y Elementos
José Angel Buesa
Poema Crepuscular
entre las imprecisas brumas crepusculares,
cada jirón de sombras cobra vida, y sugiere
vaporosas siluetas familiares.
En la brisa que pasa, parece que suspira
la virgen de ojos claros que aún sueña en mi regreso;
el rumor de las frondas abre el ala de un beso,
y desde aquella estrella, alguien me mira…
Allá, entre la alameda, se perfila la sombra
grácil de la mujer que amé más en la vida,
y en la voz de la fuente vibra una voz querida,
que en su canción de oro y cristal me nombra…
Todo canta, a esa hora, la canción olvidada,
todo sueña el ensueño que quedó trunco un
día,
y verdece de nuevo la ilusión agostada,
ebria de fe, de ardor y de armonía…
Y entre la sutil bruma de prestigios de incienso
que exalta mis recuerdos y mi melancolía,
en la paz de este parque abandonado, pienso
en la mujer que nunca será mía…
José Angel Buesa
Pequeña Canción
son una cosa igual,
y cada cual lo sabe a su manera:
Vos, señora, pasando por mi acera;
yo, cuidando del rosal.
Es la única cosa
que exista entre los dos:
Vos que pasáis, feliz de ser hermosa,
yo, esperando que nazca alguna rosa
digna de vos...
José Angel Buesa
Nocturno Vi
bajo la clara lluvia de una noche de invierno.
De pie bajo la lluvia me llega tu sonrisa;
de pie bajo la lluvia te encuentra mi recuerdo.
Siempre he de recordarte de pie bajo la lluvia,
con un polvo de estrellas muriendo en tus cabellos.
Y tu voz, que nacía del fondo de tus ojos,
y tus manos cansadas que se iban en el viento...
Y aquel cielo de plomo y el rumor de los árboles,
y la hoja aquella que te cayó en el seno...
y el rocío nocturno dormido en tus pestañas,
y engarzando diamantes en tu vestido negro.
Así estás todavía lejanamente cerca,
desde tu lejanía de sombra y de silencio...
Mi corazón te llama de pie bajo la lluvia;
de pie bajo la lluvia te acercas en el sueño.
La vida es tan pequeña que cabe en una noche.
—Quizás fue que en la sombra me encontré con tu beso—.
Y por eso me envuelve, de pie bajo la lluvia,
el sabor de tu boca y el olor de tu cuerpo.
Sí. Me has dejado triste. Porque pienso que acaso
ya no estarás conmigo cuando llueva de nuevo;
y no he de verte entonces de pie bajo la lluvia,
con las manos temblando de frío y de deseo.
Pero, aunque habrá otras noches cargadas de perfumes,
y otras mujeres, y otras, a lo largo del tiempo,
siempre he de recordarte de pie bajo la lluvia,
bajo la lluvia clara de una noche de invierno.
José Angel Buesa
La Lámpara
durante largos siglos olvidados en la selva.
Trepando y retorciéndose por las rotas columnas,
lo apresaba en sus verdes tentáculos la hiedra.
Pórticos apretados y techos derruidos,
que ya sólo ofrecían un refugio a las fieras,
en la gloria caduca de su esplendor remoto
eran el esqueleto de un cadáver de piedra.
Pero allí, en los escombros de un altar milenario,
una lámpara ardía, misteriosa y eterna.
Era una humilde lámpara de aceite, pero ardía,
con fulgor tranquilo y una ambición serena.
Inexplicablemente ardía la llama,
desde el oscuro fondo de las edades muertas:
La llama inagotable que iluminaba el tiempo,
y que abría en la sombra su flor amarillenta.
Y la lámpara ardía bajo el viento y la lluvia.
La llama invulnerable vencía las tormentas,
como fosforescente lágrima de un Dios triste;
y ardía, ardía, ardía, misteriosa y eterna.
José Angel Buesa
El Arquero
alcé el arco en la sombra y apunté a las estrellas.
Arquero de la noche, mi pulso estaba firme,
y en mi carcaj había solamente una flecha.
José Angel Buesa
Canción De La Noche Sola
y huyó como el viento, repentinamente.
Alumna curiosa que aprendió el placer,
fue mía una noche. No la he vuelto a ver.
Fue la noche sola de una sola estrella.
Si miro las nubes, después pienso en ella.
Mi amor no la busca; mi amor no la llama:
La flor desprendida no vuelve a la rama,
y las ilusiones son como un espejo
que cuando se empaña pierde su reflejo.
José Angel Buesa
Brindis
una blanca, otra roja, como tu amor y el mío.
Y he aquí que, lentamente, las dos rosas deshojo:
la roja, en vino blanco; la blanca, en vino rojo.
Al beber, gota a gota, los pétalos flotantes
me rozarán los labios, como labios de amante;
y, en su llama o su nieve de idéntico destino,
serán como fantasmas de besos en el vino.
Ahora, elige tú, amiga, cuál ha de ser tu vaso:
si éste, que es como un alba, o aquél, como un ocaso.
No me preguntes nada: yo sé bien que es mejor
embriagarse de vino que embriagarse de amor...
Y así mientras tú bebes, sonriéndome —así,
yo, sin que tú lo sepas, me embriagaré de ti...
José Angel Buesa
Poema Del Árbol
La gracia de tu rama verdecida
ANTONIO MACHADO
Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento...
Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.
Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.
Sí, buen árbol; ya he visto como truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.
Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.
No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.
Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde...
José Angel Buesa
Nocturno Vii
Ahora que no me oyes, ya no debo callar.
Tú seguirás tu vida y olvidarás primero...
Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar.
Hay un amor tranquilo que dura hasta la muerte,
y un amor tempestuoso que no puede durar.
Acaso aquella noche no quise retenerte...
y ahora estoy recordándote a la orilla del mar.
Tú, que nunca supiste lo que yo te quería,
quizás entre otros brazos lograrás olvidar...
Tal vez mires a otro, igual que a mí aquel día...
Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar.
El rumor de mi sangre va cantando tu nombre,
y el viento de la noche lo repite al pasar.
Quizás en este instante tú besas a otro hombre...
Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar...
Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar...
José Angel Buesa
La Rama Rota
con esta flor que embriaga como un vino.
Quizás por eso fue que en el camino
me siguió una bandada de palomas.
Y ahora, en mi huerto, en esta entristecida
paz del que nada odia y nada ama,
me tropiezan los pies con una rama
seca y rota, lo mismo que mi vida.
Y, como quien regresa del olvido
y se hermana al dolor de otra derrota,
pongo la flor sobre la rama rota
para hacerle creer que ha florecido.
José Angel Buesa
Canción De Los Remos
Otro milagro de la primavera...
Antonio Machado
I
Quizás olvidaremos, pues siempre hay que olvidar;
pero escucha los remos cantando sobre el mar...
Bajo este cielo claro tu alma llega a la mía,
como la luz de un faro desde la lejanía.
Así como la espuma pasará este momento,
nuestra ilusión se esfuma, como la espuma al viento;
pero en el alma sola, si un gran amor la llena,
hay algo de la ola y hay algo de la arena.
II
Náufrago de su espanto, piloto de su hastío,
el mar canta en su canto que ya tu amor es mío.
Yo soy la vela rota que da al aire su duelo,
y tú eres la gaviota que va a estrenar su vuelo.
Pero aún quedan futuros que yo desconocía
en tus ojos oscuros, donde nunca es de día.
Aún hay algo postrero mas allá del olvido,
y en tu amor recupero todo lo que he perdido.
III
Ni digo que te quedes ni quiero que te vayas,
pues soy como las redes tendidas en las playas.
Arroyo de ternuras, hazme tuyo en lo mío,
llenando de agua pura mi cántaro vacío.
Ya mi voz tiene un eco; ya mi voz no se pierde...
Por eso el tronco seco retoña la hoja verde.
Y así mi vida espera la gracia de un retoño,
como la primavera que ilumina un otoño.
Por eso, aunque olvidemos que siempre hay que olvidar,
¡oye cantar los remos sobre el dolor del mar!
José Angel Buesa
Canción Del Amor Prohibido
al cambiar un saludo ceremonioso y frío,
porque nadie sospecha que es falso tu desvío,
ni cuánto amor esconde mi gesto indiferente.
Sólo tú y yo sabemos por qué mi boca miente,
relatando la historia de un fugaz amorío;
y tú apenas me escuchas y yo no te sonrío...
Y aún nos arde en los labios algún beso reciente.
Sólo tú y yo sabemos que existe una simiente
germinando en la sombra de este surco vacío,
porque su flor profunda no se ve, ni se siente.
Y así dos orillas tu corazón y el mío,
pues, aunque las separa la corriente de un río,
por debajo del río se unen secretamente.
José Angel Buesa
Canción De La Lluvia
Acaso esté lloviendo calladamente, así.
Y mientras anochece de pronto la mañana,
yo sé que, aunque no quieras, vas a pensar en mí.
Y tendrá un sobresalto tu corazón tranquilo,
sintiendo que despierta tu ternura de ayer.
Y, si estabas cosiendo, se hará un nudo en el hilo,
y aún lloverá en tus ojos, al dejar de llover.
José Angel Buesa
Aniversario
Y llueve como entonces en el atardecer.
Y es una lluvia lenta, tan lenta que hace daño,
porque casi no llueve ni deja de llover.
Mi pena es una pena sin tamaño,
en el tamaño triste de un nombre de mujer,
aunque la gente pasa sin saber que hace un año,
y aunque la lluvia ignora que llueve como ayer...
Juan de Arguijo
(a La Mudanza De La Fortuna) - La Tempestad Y La Calma
turbarse, y que en un punto desaparece
su alegre faz, y en torno se oscurece
el cielo, con tiniebla de horror llena.
El Austro proceloso airado suena,
crece su furia, y la tormenta crece,
y en los hombros de Atlante se estremece
el alto Olimpo, y con espanto truena;
Mas luego vi romperse el negro velo
deshecho en agua, y a su luz primera
restituirse alegre el claro día,
Y de nuevo esplendor ornado el cielo
miré, y dije: ¿Quién sabe si le espera
igual mudanza a la fortuna mía?
Luis de Góngora y Argote
Al Puerto De Guadarrama, Pasando Por él Los Condes De Lemus
Al atrevido paso de la gente
(O nubes humedezcan tu alta frente,
O nieblas ciñan tu cabello cano),
Caistro el mayoral, en cuya mano
En vez de bastón vemos el tridente,
Con su hermosa Silvia, Sol luciente
De rayos negros, serafin humano,
Tu cerviz pisa dura; y la pastora
Yugo te pone de cristal, calzada
Coturnos de oro el pie, armiños vestida.
Huirá la nieve de la nieve ahora,
O ya de los dos soles desatada,
O ya de los dos blancos pies vencida.
Luis de Góngora y Argote
Al Puerto De Guadarrama, Pasando Por él Los Condes De Lemus
Al atrevido paso de la gente
(O nubes humedezcan tu alta frente,
O nieblas ciñan tu cabello cano),
Caistro el mayoral, en cuya mano
En vez de bastón vemos el tridente,
Con su hermosa Silvia, Sol luciente
De rayos negros, serafin humano,
Tu cerviz pisa dura; y la pastora
Yugo te pone de cristal, calzada
Coturnos de oro el pie, armiños vestida.
Huirá la nieve de la nieve ahora,
O ya de los dos soles desatada,
O ya de los dos blancos pies vencida.
Luis de Góngora y Argote
De Una Quinta Del Conde De Salinas, Ribera De Duero
Entre estas apacibles soledades,
Que despreciando muros de ciudades,
De álamos camino coronado.
Este, que siempre veis alegre, prado
Teatro fue de rústicas deidades,
Plaza ahora, a pesar de las edades,
Deste edificio, a Flora dedicado.
Aquí se hurta al popular rüido
El Sarmiento real, y sus cuidados
Parte aquí con la verde Primavera.
El yugo desta puente he sacudido
Por hurtarle a su ocio mi ribera.
Perdonad, caminantes fatigados.
Luis de Góngora y Argote
De Una Quinta Del Conde De Salinas, Ribera De Duero
Entre estas apacibles soledades,
Que despreciando muros de ciudades,
De álamos camino coronado.
Este, que siempre veis alegre, prado
Teatro fue de rústicas deidades,
Plaza ahora, a pesar de las edades,
Deste edificio, a Flora dedicado.
Aquí se hurta al popular rüido
El Sarmiento real, y sus cuidados
Parte aquí con la verde Primavera.
El yugo desta puente he sacudido
Por hurtarle a su ocio mi ribera.
Perdonad, caminantes fatigados.
Luis de Góngora y Argote
Cuantas Al Duero Le He Negado Ausente
Tantas al Betis lágrimas le fío,
Y, de centellas coronado, el río
Fuego tributa al mar de urna ya ardiente.
Volcán desta agua y destas llamas fuente
Es, ingrata señora, el pecho mío;
Los suspiros lo digan que os envío,
Si la selva lo calla, que lo siente.
Cenefas de este Erídano segundo
Cenizas son; igual mi llanto tierno
A la de Faetón loca experiencia.
Arde el río, arde el mar, humea el mundo;
Si del carro del Sol no es mal gobierno,
Lágrimas y suspiros son de ausencia.
Luis de Góngora y Argote
Cosas, Celalba Mía, He Visto Extrañas:
Cascarse nubes, desbocarse vientos,
Altas torres besar sus fundamentos,
Y vomitar la tierra sus entrañas;
Duras puentes romper, cual tiernas cañas;
Arroyos prodigiosos, ríos violentos,
Mal vadeados de los pensamientos,
Y enfrenados peor de las montañas;
Los días de Noé, gentes subidas
En los más altos pinos levantados,
En las robustas hayas más crecidas.
Pastores, perros, chozas y ganados
Sobre las aguas vi, sin forma y vidas,
Y nada temí más que mis cuidados.
Luis de Góngora y Argote
Cosas, Celalba Mía, He Visto Extrañas:
Cascarse nubes, desbocarse vientos,
Altas torres besar sus fundamentos,
Y vomitar la tierra sus entrañas;
Duras puentes romper, cual tiernas cañas;
Arroyos prodigiosos, ríos violentos,
Mal vadeados de los pensamientos,
Y enfrenados peor de las montañas;
Los días de Noé, gentes subidas
En los más altos pinos levantados,
En las robustas hayas más crecidas.
Pastores, perros, chozas y ganados
Sobre las aguas vi, sin forma y vidas,
Y nada temí más que mis cuidados.
Luis de Góngora y Argote
A Don Cristóbal De Mora
Las nobles moras son quinas reales,
Teñidas en la sangre de leales
Capitanes, no amantes desdichados;
En los campos del Tajo más dorados
Y que más privilegian sus cristales,
A par de las sublimes palmas sales,
Y más que los laureles levantados.
Gusano, de tus hojas me alimentes,
Pajarilla, sosténganme tus ramas,
Y ampáreme tu sombra, peregrino.
Hilaré tu memoria entre las gentes,
Cantaré enmudeciendo ajenas famas,
Y votaré a tu templo mi camino.
Luis de Góngora y Argote
A Don Cristóbal De Mora
Las nobles moras son quinas reales,
Teñidas en la sangre de leales
Capitanes, no amantes desdichados;
En los campos del Tajo más dorados
Y que más privilegian sus cristales,
A par de las sublimes palmas sales,
Y más que los laureles levantados.
Gusano, de tus hojas me alimentes,
Pajarilla, sosténganme tus ramas,
Y ampáreme tu sombra, peregrino.
Hilaré tu memoria entre las gentes,
Cantaré enmudeciendo ajenas famas,
Y votaré a tu templo mi camino.