Poemas en este tema
Naturaleza y Elementos
Luis de Góngora y Argote
Ni En Este Monte, Este Aire, Ni Este Río
Ni en este monte, este aire, ni este río
Corre fiera, vuela ave, pece nada,
De quien con atención no sea escuchada
La triste voz del triste llanto mío;
Y aunque en la fuerza sea del estío
Al viento mi querella encomendada,
Cuando a cada cual de ellos más le agrada
Fresca cueva, árbol verde, arroyo frío,
A compasión movidos de mi llanto,
Dejan la sombra, el ramo y la hondura,
Cual ya por escuchar el dulce canto
De aquel que, de Strimón en la espesura,
Los suspendía cien mil veces. ¡Tanto
Puede mi mal, y pudo su dulzura!
Corre fiera, vuela ave, pece nada,
De quien con atención no sea escuchada
La triste voz del triste llanto mío;
Y aunque en la fuerza sea del estío
Al viento mi querella encomendada,
Cuando a cada cual de ellos más le agrada
Fresca cueva, árbol verde, arroyo frío,
A compasión movidos de mi llanto,
Dejan la sombra, el ramo y la hondura,
Cual ya por escuchar el dulce canto
De aquel que, de Strimón en la espesura,
Los suspendía cien mil veces. ¡Tanto
Puede mi mal, y pudo su dulzura!
421
Rubén Darío
El Faisán
Dijo sus secretos el faisán de oro:
—En el gabinete mi blanco tesoro,
de sus claras risas el divino coro,
las bellas figuras de los gobelinos,
los cristales llenos de aromados vinos,
las rosas francesas en los vasos chinos.
(Las rosas francesas, porque fue allá en Francia
donde en el retiro de la dulce estancia
esas frescas rosas dieron su fragancia.)
La cena esperaba. Quitadas las vendas,
iban mil amores de flechas tremendas
en aquella noche de Carnestolendas.
La careta negra se quitó la niña,
y tras el preludio de una alegre riña
apuró mi boca vino de su viña.
Vino de la viña de la boca loca,
que hace arder el beso, que el mordisco invoca.
¡Oh los blancos dientes de la loca boca!
En su boca ardiente yo bebí los vinos,
y, pinzas rosadas, sus dedos divinos
me dieron las fresas y los langostinos.
Yo la vestimenta de Pierrot tenía,
y aunque me alegraba y aunque me reía,
moraba en mi alma la melancolía.
La carnavalesca noche luminosa
dio a mi triste espíritu la mujer hermosa,
sus ojos de fuego, sus labios de rosa.
Y en el gabinete del café galante
ella se encontraba con su nuevo amante,
peregrino pálido de un país distante.
Llegaban los ecos de vagos cantares
y se despedían de sus azahares
miles de purezas en los bulevares.
Y cuando el champaña me cantó su canto,
por una ventana vi que un negro manto
de nube, de Febo cubría el encanto.
Y dije a la amada un día: —¿No viste
de pronto ponerse la noche tan triste?
¿Acaso la Reina de luz ya no existe?
Ella me miraba. Y el faisán cubierto
de plumas de oro: —«¡Pierrot, ten por cierto
que tu fiel amada, que la Luna ha muerto!»
—En el gabinete mi blanco tesoro,
de sus claras risas el divino coro,
las bellas figuras de los gobelinos,
los cristales llenos de aromados vinos,
las rosas francesas en los vasos chinos.
(Las rosas francesas, porque fue allá en Francia
donde en el retiro de la dulce estancia
esas frescas rosas dieron su fragancia.)
La cena esperaba. Quitadas las vendas,
iban mil amores de flechas tremendas
en aquella noche de Carnestolendas.
La careta negra se quitó la niña,
y tras el preludio de una alegre riña
apuró mi boca vino de su viña.
Vino de la viña de la boca loca,
que hace arder el beso, que el mordisco invoca.
¡Oh los blancos dientes de la loca boca!
En su boca ardiente yo bebí los vinos,
y, pinzas rosadas, sus dedos divinos
me dieron las fresas y los langostinos.
Yo la vestimenta de Pierrot tenía,
y aunque me alegraba y aunque me reía,
moraba en mi alma la melancolía.
La carnavalesca noche luminosa
dio a mi triste espíritu la mujer hermosa,
sus ojos de fuego, sus labios de rosa.
Y en el gabinete del café galante
ella se encontraba con su nuevo amante,
peregrino pálido de un país distante.
Llegaban los ecos de vagos cantares
y se despedían de sus azahares
miles de purezas en los bulevares.
Y cuando el champaña me cantó su canto,
por una ventana vi que un negro manto
de nube, de Febo cubría el encanto.
Y dije a la amada un día: —¿No viste
de pronto ponerse la noche tan triste?
¿Acaso la Reina de luz ya no existe?
Ella me miraba. Y el faisán cubierto
de plumas de oro: —«¡Pierrot, ten por cierto
que tu fiel amada, que la Luna ha muerto!»
930
Luis de Góngora y Argote
En La Muerte De Una Señora Que Murió Moza En Córdoba
Fragoso monte, en cuyo basto seno
Duras cortezas de robustas plantas
Contienen aquel nombre en partes tantas
De quien pagó a la tierra lo terreno,
Así cubra de hoy más cielo sereno
La siempre verde cumbre que levantas,
Que me escondas aquellas letras santas
De que a pesar del tiempo has de estar lleno.
La corteza, do están, desnuda, o viste
Su villano troncón de yerba verde,
De suerte que mis ojos no las vean.
Quédense en tu arboleda, ella se acuerde
De fin tan tierno, y su memoria triste,
Pues en troncos está, troncos la lean.
Duras cortezas de robustas plantas
Contienen aquel nombre en partes tantas
De quien pagó a la tierra lo terreno,
Así cubra de hoy más cielo sereno
La siempre verde cumbre que levantas,
Que me escondas aquellas letras santas
De que a pesar del tiempo has de estar lleno.
La corteza, do están, desnuda, o viste
Su villano troncón de yerba verde,
De suerte que mis ojos no las vean.
Quédense en tu arboleda, ella se acuerde
De fin tan tierno, y su memoria triste,
Pues en troncos está, troncos la lean.
282
Luis de Góngora y Argote
Rey De Los Otros, Río Caudaloso,
Rey de los otros, río caudaloso,
Que en fama claro, en ondas cristalino,
Tosca girnalda de robusto pino
Ciñe tu frente, tu cabello undoso,
Pues dejando tu nido cavernoso
De Segura en el monte más vecino
Por el suelo andaluz tu real camino
Tuerces soberbio, raudo y espumoso,
A mí, que de tus fértiles orillas
Piso, aunque ilustremente enamorado,
Tu noble arena con humilde planta,
Dime si entre las rubias pastorcillas
Has visto, que en tus aguas se ha mirado,
Beldad cual la de Clori, o gracia tanta.
Que en fama claro, en ondas cristalino,
Tosca girnalda de robusto pino
Ciñe tu frente, tu cabello undoso,
Pues dejando tu nido cavernoso
De Segura en el monte más vecino
Por el suelo andaluz tu real camino
Tuerces soberbio, raudo y espumoso,
A mí, que de tus fértiles orillas
Piso, aunque ilustremente enamorado,
Tu noble arena con humilde planta,
Dime si entre las rubias pastorcillas
Has visto, que en tus aguas se ha mirado,
Beldad cual la de Clori, o gracia tanta.
447
Luis de Góngora y Argote
Raya, Dorado Sol, Orna Y Colora
Raya, dorado Sol, orna y colora
Del alto monte la lozana cumbre;
Sigue con agradable mansedumbre
El rojo paso de la blanca Aurora;
Suelta las riendas a Favonio y Flora,
Y usando, al esparcir tu nueva lumbre,
Tu generoso oficio y real costumbre,
El mar argenta, las campañas dora,
Para que desta vega el campo raso
Borde saliendo Flérida de flores;
Mas si no hubiere de salir acaso,
Ni el monte rayes, ornes, ni colores,
Ni sigas de la Aurora el rojo paso,
Ni el mar argentes, ni los campos dores.
Del alto monte la lozana cumbre;
Sigue con agradable mansedumbre
El rojo paso de la blanca Aurora;
Suelta las riendas a Favonio y Flora,
Y usando, al esparcir tu nueva lumbre,
Tu generoso oficio y real costumbre,
El mar argenta, las campañas dora,
Para que desta vega el campo raso
Borde saliendo Flérida de flores;
Mas si no hubiere de salir acaso,
Ni el monte rayes, ornes, ni colores,
Ni sigas de la Aurora el rojo paso,
Ni el mar argentes, ni los campos dores.
373
Luis de Góngora y Argote
¡oh Claro Honor Del Líquido Elemento
¡Oh claro honor del líquido elemento,
Dulce arroyuelo de corriente plata,
Cuya agua entre la yerba se dilata
Con regalado son, con paso lento!,
Pues la por quien helar y arder me siento
(Mientras en ti se mira), Amor retrata
De su rostro la nieve y la escarlata
En tu tranquilo y blando movimiento,
Vete como te vas; no dejes floja
La undosa rienda al cristalino freno
Con que gobiernas tu veloz corriente;
Que no es bien que confusamente acoja
Tanta belleza en su profundo seno
El gran Señor del húmido tridente.
Dulce arroyuelo de corriente plata,
Cuya agua entre la yerba se dilata
Con regalado son, con paso lento!,
Pues la por quien helar y arder me siento
(Mientras en ti se mira), Amor retrata
De su rostro la nieve y la escarlata
En tu tranquilo y blando movimiento,
Vete como te vas; no dejes floja
La undosa rienda al cristalino freno
Con que gobiernas tu veloz corriente;
Que no es bien que confusamente acoja
Tanta belleza en su profundo seno
El gran Señor del húmido tridente.
380
Luis de Góngora y Argote
Al Tramontar Del Sol, La Ninfa Mía,
Al tramontar del Sol, la ninfa mía,
De flores despojando el verde llano,
Cuantas troncaba la hermosa mano,
Tantas el blanco pie crecer hacía.
Ondeábale el viento que corría
El oro fino con error galano,
Cual verde hoja de álamo lozano
Se mueve al rojo despuntar del día.
Mas luego que ciñó sus sienes bellas
De los varios despojos de su falda
(Término puesto al oro y a la nieve),
Juraré que lució más su guirnalda
Con ser de flores, la otra ser de estrellas,
Que la que ilustra el cielo en luces nueve.
De flores despojando el verde llano,
Cuantas troncaba la hermosa mano,
Tantas el blanco pie crecer hacía.
Ondeábale el viento que corría
El oro fino con error galano,
Cual verde hoja de álamo lozano
Se mueve al rojo despuntar del día.
Mas luego que ciñó sus sienes bellas
De los varios despojos de su falda
(Término puesto al oro y a la nieve),
Juraré que lució más su guirnalda
Con ser de flores, la otra ser de estrellas,
Que la que ilustra el cielo en luces nueve.
333
Luis de Góngora y Argote
Tras La Bermeja Aurora El Sol Dorado
Tras la bermeja Aurora el Sol dorado
Por las puertas salía del Oriente,
Ella de flores la rosada frente,
Él de encendidos rayos coronado.
Sembraban su contento o su cuidado,
Cuál con voz dulce, cuál con voz doliente,
Las tiernas aves con la luz presente
En el fresco aire y en el verde prado,
Cuando salió bastante a dar Leonora
Cuerpo a los vientos y a las piedras alma,
Cantando de su rico albergue, y luego
Ni oí las aves más, ni vi la Aurora;
Porque al salir, o todo quedó en calma,
O yo (que es lo más cierto), sordo y ciego.
Por las puertas salía del Oriente,
Ella de flores la rosada frente,
Él de encendidos rayos coronado.
Sembraban su contento o su cuidado,
Cuál con voz dulce, cuál con voz doliente,
Las tiernas aves con la luz presente
En el fresco aire y en el verde prado,
Cuando salió bastante a dar Leonora
Cuerpo a los vientos y a las piedras alma,
Cantando de su rico albergue, y luego
Ni oí las aves más, ni vi la Aurora;
Porque al salir, o todo quedó en calma,
O yo (que es lo más cierto), sordo y ciego.
538
Luis de Góngora y Argote
Tras La Bermeja Aurora El Sol Dorado
Tras la bermeja Aurora el Sol dorado
Por las puertas salía del Oriente,
Ella de flores la rosada frente,
Él de encendidos rayos coronado.
Sembraban su contento o su cuidado,
Cuál con voz dulce, cuál con voz doliente,
Las tiernas aves con la luz presente
En el fresco aire y en el verde prado,
Cuando salió bastante a dar Leonora
Cuerpo a los vientos y a las piedras alma,
Cantando de su rico albergue, y luego
Ni oí las aves más, ni vi la Aurora;
Porque al salir, o todo quedó en calma,
O yo (que es lo más cierto), sordo y ciego.
Por las puertas salía del Oriente,
Ella de flores la rosada frente,
Él de encendidos rayos coronado.
Sembraban su contento o su cuidado,
Cuál con voz dulce, cuál con voz doliente,
Las tiernas aves con la luz presente
En el fresco aire y en el verde prado,
Cuando salió bastante a dar Leonora
Cuerpo a los vientos y a las piedras alma,
Cantando de su rico albergue, y luego
Ni oí las aves más, ni vi la Aurora;
Porque al salir, o todo quedó en calma,
O yo (que es lo más cierto), sordo y ciego.
538
Luis de Góngora y Argote
En La Muerte De Dos Señoras Mozas, Hermanas, Naturales De Córdoba
Sobre dos urnas de cristal labradas,
De vidrio en pedestales sostenidas,
Llorando está dos ninfas ya sin vidas,
El Betis en sus húmidas moradas,
Tanto por su hermosura dél amadas,
Que, aunque las demás ninfas doloridas
Se muestran, de su tierno fin sentidas,
Él, derramando lágrimas cansadas:
«Almas», les dice, «vuestro vuelo santo
Seguir pienso hasta aquesos sacros nidos,
Do el bien se goza sin temer contrario;
Que, vista esa belleza y mi gran llanto,
Por el cielo seremos convertidos,
En Géminis vosotras, yo en Acuario».
De vidrio en pedestales sostenidas,
Llorando está dos ninfas ya sin vidas,
El Betis en sus húmidas moradas,
Tanto por su hermosura dél amadas,
Que, aunque las demás ninfas doloridas
Se muestran, de su tierno fin sentidas,
Él, derramando lágrimas cansadas:
«Almas», les dice, «vuestro vuelo santo
Seguir pienso hasta aquesos sacros nidos,
Do el bien se goza sin temer contrario;
Que, vista esa belleza y mi gran llanto,
Por el cielo seremos convertidos,
En Géminis vosotras, yo en Acuario».
260
Luis de Góngora y Argote
En La Muerte De Dos Señoras Mozas, Hermanas, Naturales De Córdoba
Sobre dos urnas de cristal labradas,
De vidrio en pedestales sostenidas,
Llorando está dos ninfas ya sin vidas,
El Betis en sus húmidas moradas,
Tanto por su hermosura dél amadas,
Que, aunque las demás ninfas doloridas
Se muestran, de su tierno fin sentidas,
Él, derramando lágrimas cansadas:
«Almas», les dice, «vuestro vuelo santo
Seguir pienso hasta aquesos sacros nidos,
Do el bien se goza sin temer contrario;
Que, vista esa belleza y mi gran llanto,
Por el cielo seremos convertidos,
En Géminis vosotras, yo en Acuario».
De vidrio en pedestales sostenidas,
Llorando está dos ninfas ya sin vidas,
El Betis en sus húmidas moradas,
Tanto por su hermosura dél amadas,
Que, aunque las demás ninfas doloridas
Se muestran, de su tierno fin sentidas,
Él, derramando lágrimas cansadas:
«Almas», les dice, «vuestro vuelo santo
Seguir pienso hasta aquesos sacros nidos,
Do el bien se goza sin temer contrario;
Que, vista esa belleza y mi gran llanto,
Por el cielo seremos convertidos,
En Géminis vosotras, yo en Acuario».
260
Luis de Góngora y Argote
Cuatro O Seis Desnudos Hombros
Cuatro o seis desnudos hombros
De dos escollos o tres
Hurtan poco sitio al mar,
Y mucho agradable en él.
Cuánto lo sienten las ondas
Batido lo dice el pie,
Que pólvora de las piedras
La agua repetida es.
Modestamente sublime
Ciñe la cumbre un laurel,
Coronando de esperanzas
Al piloto que le ve.
Verdes rayos de una palma,
Si no luciente, cortés,
Norte frondoso, conducen
El derrotado bajel.
Este ameno sitio breve,
De cabra, apenas montés
Profanado, escaló un día
Mal agradecida fe;
Joven, digo, ya esplendor
Del Palacio de su Rey,
El hueco anima de un tronco
Nueve meses habrá o diez,
A quien, si lecho no blando,
Sueño le debe fiel,
Brame el Austro, y de las rocas
Haga lo que del ciprés.
Arrastrando allí eslabones
De su adorado desdén,
Hierbas cultiva no ingratas
En apacible vergel.
¡Oh, cuán bien las solicita
Sudor fácil, y cuán bien
Émulas responden ellas
Del más valiente pincel!
Confusas entre los lirios
Las rosas se dejan ver,
Bosquejando lo admirable
De su hermosura cruel
Tan dulce, tan natural,
Que abejuela alguna vez
Se caló a besar sus labios
En las hojas de un clavel.
Sierpe de cristal, vestida
Escamas de rosicler,
Se escondía ya en las flores
De la imaginada tez,
Cuando velera paloma,
Alado, si no bajel,
Nubes rompiendo de espuma,
En derrota suya un mes,
Le trajo, si no de oliva,
En las hojas de un papel,
Señas de serenidad,
Si el arco de Amor se cree.
De dos escollos o tres
Hurtan poco sitio al mar,
Y mucho agradable en él.
Cuánto lo sienten las ondas
Batido lo dice el pie,
Que pólvora de las piedras
La agua repetida es.
Modestamente sublime
Ciñe la cumbre un laurel,
Coronando de esperanzas
Al piloto que le ve.
Verdes rayos de una palma,
Si no luciente, cortés,
Norte frondoso, conducen
El derrotado bajel.
Este ameno sitio breve,
De cabra, apenas montés
Profanado, escaló un día
Mal agradecida fe;
Joven, digo, ya esplendor
Del Palacio de su Rey,
El hueco anima de un tronco
Nueve meses habrá o diez,
A quien, si lecho no blando,
Sueño le debe fiel,
Brame el Austro, y de las rocas
Haga lo que del ciprés.
Arrastrando allí eslabones
De su adorado desdén,
Hierbas cultiva no ingratas
En apacible vergel.
¡Oh, cuán bien las solicita
Sudor fácil, y cuán bien
Émulas responden ellas
Del más valiente pincel!
Confusas entre los lirios
Las rosas se dejan ver,
Bosquejando lo admirable
De su hermosura cruel
Tan dulce, tan natural,
Que abejuela alguna vez
Se caló a besar sus labios
En las hojas de un clavel.
Sierpe de cristal, vestida
Escamas de rosicler,
Se escondía ya en las flores
De la imaginada tez,
Cuando velera paloma,
Alado, si no bajel,
Nubes rompiendo de espuma,
En derrota suya un mes,
Le trajo, si no de oliva,
En las hojas de un papel,
Señas de serenidad,
Si el arco de Amor se cree.
316
Luis de Góngora y Argote
Cuatro O Seis Desnudos Hombros
Cuatro o seis desnudos hombros
De dos escollos o tres
Hurtan poco sitio al mar,
Y mucho agradable en él.
Cuánto lo sienten las ondas
Batido lo dice el pie,
Que pólvora de las piedras
La agua repetida es.
Modestamente sublime
Ciñe la cumbre un laurel,
Coronando de esperanzas
Al piloto que le ve.
Verdes rayos de una palma,
Si no luciente, cortés,
Norte frondoso, conducen
El derrotado bajel.
Este ameno sitio breve,
De cabra, apenas montés
Profanado, escaló un día
Mal agradecida fe;
Joven, digo, ya esplendor
Del Palacio de su Rey,
El hueco anima de un tronco
Nueve meses habrá o diez,
A quien, si lecho no blando,
Sueño le debe fiel,
Brame el Austro, y de las rocas
Haga lo que del ciprés.
Arrastrando allí eslabones
De su adorado desdén,
Hierbas cultiva no ingratas
En apacible vergel.
¡Oh, cuán bien las solicita
Sudor fácil, y cuán bien
Émulas responden ellas
Del más valiente pincel!
Confusas entre los lirios
Las rosas se dejan ver,
Bosquejando lo admirable
De su hermosura cruel
Tan dulce, tan natural,
Que abejuela alguna vez
Se caló a besar sus labios
En las hojas de un clavel.
Sierpe de cristal, vestida
Escamas de rosicler,
Se escondía ya en las flores
De la imaginada tez,
Cuando velera paloma,
Alado, si no bajel,
Nubes rompiendo de espuma,
En derrota suya un mes,
Le trajo, si no de oliva,
En las hojas de un papel,
Señas de serenidad,
Si el arco de Amor se cree.
De dos escollos o tres
Hurtan poco sitio al mar,
Y mucho agradable en él.
Cuánto lo sienten las ondas
Batido lo dice el pie,
Que pólvora de las piedras
La agua repetida es.
Modestamente sublime
Ciñe la cumbre un laurel,
Coronando de esperanzas
Al piloto que le ve.
Verdes rayos de una palma,
Si no luciente, cortés,
Norte frondoso, conducen
El derrotado bajel.
Este ameno sitio breve,
De cabra, apenas montés
Profanado, escaló un día
Mal agradecida fe;
Joven, digo, ya esplendor
Del Palacio de su Rey,
El hueco anima de un tronco
Nueve meses habrá o diez,
A quien, si lecho no blando,
Sueño le debe fiel,
Brame el Austro, y de las rocas
Haga lo que del ciprés.
Arrastrando allí eslabones
De su adorado desdén,
Hierbas cultiva no ingratas
En apacible vergel.
¡Oh, cuán bien las solicita
Sudor fácil, y cuán bien
Émulas responden ellas
Del más valiente pincel!
Confusas entre los lirios
Las rosas se dejan ver,
Bosquejando lo admirable
De su hermosura cruel
Tan dulce, tan natural,
Que abejuela alguna vez
Se caló a besar sus labios
En las hojas de un clavel.
Sierpe de cristal, vestida
Escamas de rosicler,
Se escondía ya en las flores
De la imaginada tez,
Cuando velera paloma,
Alado, si no bajel,
Nubes rompiendo de espuma,
En derrota suya un mes,
Le trajo, si no de oliva,
En las hojas de un papel,
Señas de serenidad,
Si el arco de Amor se cree.
316
Luis de Góngora y Argote
Cuatro O Seis Desnudos Hombros
Cuatro o seis desnudos hombros
De dos escollos o tres
Hurtan poco sitio al mar,
Y mucho agradable en él.
Cuánto lo sienten las ondas
Batido lo dice el pie,
Que pólvora de las piedras
La agua repetida es.
Modestamente sublime
Ciñe la cumbre un laurel,
Coronando de esperanzas
Al piloto que le ve.
Verdes rayos de una palma,
Si no luciente, cortés,
Norte frondoso, conducen
El derrotado bajel.
Este ameno sitio breve,
De cabra, apenas montés
Profanado, escaló un día
Mal agradecida fe;
Joven, digo, ya esplendor
Del Palacio de su Rey,
El hueco anima de un tronco
Nueve meses habrá o diez,
A quien, si lecho no blando,
Sueño le debe fiel,
Brame el Austro, y de las rocas
Haga lo que del ciprés.
Arrastrando allí eslabones
De su adorado desdén,
Hierbas cultiva no ingratas
En apacible vergel.
¡Oh, cuán bien las solicita
Sudor fácil, y cuán bien
Émulas responden ellas
Del más valiente pincel!
Confusas entre los lirios
Las rosas se dejan ver,
Bosquejando lo admirable
De su hermosura cruel
Tan dulce, tan natural,
Que abejuela alguna vez
Se caló a besar sus labios
En las hojas de un clavel.
Sierpe de cristal, vestida
Escamas de rosicler,
Se escondía ya en las flores
De la imaginada tez,
Cuando velera paloma,
Alado, si no bajel,
Nubes rompiendo de espuma,
En derrota suya un mes,
Le trajo, si no de oliva,
En las hojas de un papel,
Señas de serenidad,
Si el arco de Amor se cree.
De dos escollos o tres
Hurtan poco sitio al mar,
Y mucho agradable en él.
Cuánto lo sienten las ondas
Batido lo dice el pie,
Que pólvora de las piedras
La agua repetida es.
Modestamente sublime
Ciñe la cumbre un laurel,
Coronando de esperanzas
Al piloto que le ve.
Verdes rayos de una palma,
Si no luciente, cortés,
Norte frondoso, conducen
El derrotado bajel.
Este ameno sitio breve,
De cabra, apenas montés
Profanado, escaló un día
Mal agradecida fe;
Joven, digo, ya esplendor
Del Palacio de su Rey,
El hueco anima de un tronco
Nueve meses habrá o diez,
A quien, si lecho no blando,
Sueño le debe fiel,
Brame el Austro, y de las rocas
Haga lo que del ciprés.
Arrastrando allí eslabones
De su adorado desdén,
Hierbas cultiva no ingratas
En apacible vergel.
¡Oh, cuán bien las solicita
Sudor fácil, y cuán bien
Émulas responden ellas
Del más valiente pincel!
Confusas entre los lirios
Las rosas se dejan ver,
Bosquejando lo admirable
De su hermosura cruel
Tan dulce, tan natural,
Que abejuela alguna vez
Se caló a besar sus labios
En las hojas de un clavel.
Sierpe de cristal, vestida
Escamas de rosicler,
Se escondía ya en las flores
De la imaginada tez,
Cuando velera paloma,
Alado, si no bajel,
Nubes rompiendo de espuma,
En derrota suya un mes,
Le trajo, si no de oliva,
En las hojas de un papel,
Señas de serenidad,
Si el arco de Amor se cree.
316
Luis de Góngora y Argote
Los Montes Que El Pie Se Lavan
Los montes que el pie se lavan
En los cristales del Tajo,
Cuando las frentes se miran
En los zafiros del cielo,
Tiranizados tenía
Un cerdoso animal fiero,
Terror del campo, y rüina
De venablos y de perros.
Buscándole errante un día
Se perdió un galán montero,
Segunda envidia de Marte,
Primer Adonis de Venus.
Escalando la montaña,
Y penetrando sus senos,
Le dejó la blanca Luna
Y le halló el luciente Febo.
¡Oh, perdido primero
Tras un jabalí fiero,
No te pierdas ahora
Tras esa, que te huye, cazadora!
La luz le ofreció una Ninfa,
Que en duda pone a los cerros,
A cuál se deban sus rayos,
Al Sol o a sus ojos bellos.
De tres arcos viene armada,
El uno contra los ciervos,
Contra los hombres los dos,
Blanco el uno, los dos negros.
De un cordón atraillado
Un diligente sabueso,
El viento solicitaba,
Y desafiaba al viento.
Apenas vio al joven, cuando
Las cumbres vence huyendo;
Él la sigue, ambos calzados,
Ella plumas y él deseos.
¡Oh, perdido primero
Tras un jabalí fiero,
No te pierdas ahora
Tras esa, que te huye, cazadora!
Flores le valió la fuga
Al fragoso, verde suelo,
Varias de color, y todas
Hijas de su pie ligero.
A las malezas perdona
Mal su fugitivo vuelo.
Ellas, sí, al coturno de oro
Engastes del cristal tierno.
«¡Oh, cobarde hermosura!
—Dice el garzón, sin asiento—
No huyas de un hombre más
Que sabes huir del tiempo.»
Volviendo los ojos ella
Por flecharle más el pecho,
De que le alcance aún su voz
Acusa al aire con ceño.
¡Oh, perdido primero
Tras un jabalí fiero,
No te pierdas ahora
Tras esa, que te huye, cazadora!
En los cristales del Tajo,
Cuando las frentes se miran
En los zafiros del cielo,
Tiranizados tenía
Un cerdoso animal fiero,
Terror del campo, y rüina
De venablos y de perros.
Buscándole errante un día
Se perdió un galán montero,
Segunda envidia de Marte,
Primer Adonis de Venus.
Escalando la montaña,
Y penetrando sus senos,
Le dejó la blanca Luna
Y le halló el luciente Febo.
¡Oh, perdido primero
Tras un jabalí fiero,
No te pierdas ahora
Tras esa, que te huye, cazadora!
La luz le ofreció una Ninfa,
Que en duda pone a los cerros,
A cuál se deban sus rayos,
Al Sol o a sus ojos bellos.
De tres arcos viene armada,
El uno contra los ciervos,
Contra los hombres los dos,
Blanco el uno, los dos negros.
De un cordón atraillado
Un diligente sabueso,
El viento solicitaba,
Y desafiaba al viento.
Apenas vio al joven, cuando
Las cumbres vence huyendo;
Él la sigue, ambos calzados,
Ella plumas y él deseos.
¡Oh, perdido primero
Tras un jabalí fiero,
No te pierdas ahora
Tras esa, que te huye, cazadora!
Flores le valió la fuga
Al fragoso, verde suelo,
Varias de color, y todas
Hijas de su pie ligero.
A las malezas perdona
Mal su fugitivo vuelo.
Ellas, sí, al coturno de oro
Engastes del cristal tierno.
«¡Oh, cobarde hermosura!
—Dice el garzón, sin asiento—
No huyas de un hombre más
Que sabes huir del tiempo.»
Volviendo los ojos ella
Por flecharle más el pecho,
De que le alcance aún su voz
Acusa al aire con ceño.
¡Oh, perdido primero
Tras un jabalí fiero,
No te pierdas ahora
Tras esa, que te huye, cazadora!
352
Luis de Góngora y Argote
A Un Tiempo Dejaba El Sol
A un tiempo dejaba el Sol
Los colchones de las ondas,
Y el orinal de mi alma
La vasera de su choza;
Él porque tres veces quiere
En las tres lucientes bolas
De la torre de Marruecos
Ver su caraza redonda;
Y ella porque sus corderos,
En tanto que el Alba llora,
Se longanicen las tripas
De esmeraldas y de aljófar,
A cuenta de los poetas
Que baratan estas joyas
Entre los que en avellanas
Les pagan a «qué quiés, boca».
De luz, pues, y de ganado
Se cubre la vega toda,
Y el aire de la armonía
Que despide una zampoña,
Profundamente tañida
De un cuitado que la sopla,
Quizá tan profundamente
Que no hay Judas que la oya.
Guarda el pobre unas ovejas,
Si el que se las deja solas
Las guarda, y a sus rediles
No las vuelve, o vuelve pocas;
Culpa de un Dios que, aunque ciego,
Clava una saeta en otra,
Y calienta, aunque desnudo,
El muro helado de Troya
(Cuando criminante y bella
Salió ministrando aljófar),
Del sacro Betis la Ninfa
Que vio España más hermosa;
Tan celada de su padre,
Que el lado aún no le perdona,
Y si hay sombras de cristal,
La Ninfa se ha vuelto sombra.
Viola en las selvas un día
En una virginal tropa
De secuaces de Diana,
Saeteando una corza.
Nunca la viera el cuitado,
Y no dejara en mal hora
Por el campo su hacienda,
Por el río su memoria.
Desde entonces los carneros
Van perdiendo sus esposas,
Y de lanas de bayeta
Les va el lobo haciendo lobas.
Río abajo, río arriba,
Pasos gasta, viento compra,
Que se venden por suspiros
Y valen misericordia.
Tantos días, tantas veces
Oyó su voz lagrimoso
El río desde su urna,
Que un día sacó la cholla,
Y le halló entre unos carrizos
Ventoseando unas coplas,
En favor a lo que dicen
De su húmida señora,
Que lo oía entre unos sauces
Haciendo desdén y pompa
Del pastor y de sus versos,
Zahareña y gloriosa.
De las plumas de una mimbre
Cortó el viejo dos garzotas,
Y en el envés de la Ninfa
Me las desnudó de hojas.
Cansado, pues, el pastor
De invocar piedad tan sorda,
De mi bella pastorcilla
El dulce favor implora.
Un rato le ruega humilde
Que su lira sonorosa
Al aire haga y al río
Cualque suave lisonja.
Condescendió con sus ruegos
Cloris, y luego a la hora
yerba y flores a porfía
le tejieron una alfombra.
Pulsó las templadas cuerdas,
y al punto el cielo se escombra,
el aire se purifica,
la ribera se convoca.
Las Ninfas que de aquel soto
los muchos árboles honran,
vistiéndose miembros bellos
desnudan cortezas toscas.
A un verde arrayán florido
Se casaron dos palomas,
Blancas señas de que el aire
La madre de Amor corona.
Un dulce lascivo enjambre
De hijuelos de la Diosa,
Vertiendo nubes de flores
Jazmines llueven y rosas.
Sofrenó el Sol sus caballos
Para oír a mi pastora,
Tanto, que besó algún signo
Las caderas luminosas;
Y fue tal la sofrenada,
Que con las lucientes colas
Ensuciaron y aun barrieron
Dos tachones de la zona.
Su verde cabello el Betis
Descubrió, y su barba undosa,
Y el húmido cuerpo luego
Vestido de juncos y ovas.
La hija aguarda que el padre
Todo el campo reconozca,
Y a las detenidas aguas
fía luego la persona.
Salió de espumas vestida,
y por lo que es vergonzosa,
calzada una celosía
de caracoles y conchas.
¡Oh, lo que diera el pastor
por ser aquel día babosa
de algún caracol de aquellos!...
Mas quédese aquí esta historia.
Los colchones de las ondas,
Y el orinal de mi alma
La vasera de su choza;
Él porque tres veces quiere
En las tres lucientes bolas
De la torre de Marruecos
Ver su caraza redonda;
Y ella porque sus corderos,
En tanto que el Alba llora,
Se longanicen las tripas
De esmeraldas y de aljófar,
A cuenta de los poetas
Que baratan estas joyas
Entre los que en avellanas
Les pagan a «qué quiés, boca».
De luz, pues, y de ganado
Se cubre la vega toda,
Y el aire de la armonía
Que despide una zampoña,
Profundamente tañida
De un cuitado que la sopla,
Quizá tan profundamente
Que no hay Judas que la oya.
Guarda el pobre unas ovejas,
Si el que se las deja solas
Las guarda, y a sus rediles
No las vuelve, o vuelve pocas;
Culpa de un Dios que, aunque ciego,
Clava una saeta en otra,
Y calienta, aunque desnudo,
El muro helado de Troya
(Cuando criminante y bella
Salió ministrando aljófar),
Del sacro Betis la Ninfa
Que vio España más hermosa;
Tan celada de su padre,
Que el lado aún no le perdona,
Y si hay sombras de cristal,
La Ninfa se ha vuelto sombra.
Viola en las selvas un día
En una virginal tropa
De secuaces de Diana,
Saeteando una corza.
Nunca la viera el cuitado,
Y no dejara en mal hora
Por el campo su hacienda,
Por el río su memoria.
Desde entonces los carneros
Van perdiendo sus esposas,
Y de lanas de bayeta
Les va el lobo haciendo lobas.
Río abajo, río arriba,
Pasos gasta, viento compra,
Que se venden por suspiros
Y valen misericordia.
Tantos días, tantas veces
Oyó su voz lagrimoso
El río desde su urna,
Que un día sacó la cholla,
Y le halló entre unos carrizos
Ventoseando unas coplas,
En favor a lo que dicen
De su húmida señora,
Que lo oía entre unos sauces
Haciendo desdén y pompa
Del pastor y de sus versos,
Zahareña y gloriosa.
De las plumas de una mimbre
Cortó el viejo dos garzotas,
Y en el envés de la Ninfa
Me las desnudó de hojas.
Cansado, pues, el pastor
De invocar piedad tan sorda,
De mi bella pastorcilla
El dulce favor implora.
Un rato le ruega humilde
Que su lira sonorosa
Al aire haga y al río
Cualque suave lisonja.
Condescendió con sus ruegos
Cloris, y luego a la hora
yerba y flores a porfía
le tejieron una alfombra.
Pulsó las templadas cuerdas,
y al punto el cielo se escombra,
el aire se purifica,
la ribera se convoca.
Las Ninfas que de aquel soto
los muchos árboles honran,
vistiéndose miembros bellos
desnudan cortezas toscas.
A un verde arrayán florido
Se casaron dos palomas,
Blancas señas de que el aire
La madre de Amor corona.
Un dulce lascivo enjambre
De hijuelos de la Diosa,
Vertiendo nubes de flores
Jazmines llueven y rosas.
Sofrenó el Sol sus caballos
Para oír a mi pastora,
Tanto, que besó algún signo
Las caderas luminosas;
Y fue tal la sofrenada,
Que con las lucientes colas
Ensuciaron y aun barrieron
Dos tachones de la zona.
Su verde cabello el Betis
Descubrió, y su barba undosa,
Y el húmido cuerpo luego
Vestido de juncos y ovas.
La hija aguarda que el padre
Todo el campo reconozca,
Y a las detenidas aguas
fía luego la persona.
Salió de espumas vestida,
y por lo que es vergonzosa,
calzada una celosía
de caracoles y conchas.
¡Oh, lo que diera el pastor
por ser aquel día babosa
de algún caracol de aquellos!...
Mas quédese aquí esta historia.
311
Luis de Góngora y Argote
A Un Tiempo Dejaba El Sol
A un tiempo dejaba el Sol
Los colchones de las ondas,
Y el orinal de mi alma
La vasera de su choza;
Él porque tres veces quiere
En las tres lucientes bolas
De la torre de Marruecos
Ver su caraza redonda;
Y ella porque sus corderos,
En tanto que el Alba llora,
Se longanicen las tripas
De esmeraldas y de aljófar,
A cuenta de los poetas
Que baratan estas joyas
Entre los que en avellanas
Les pagan a «qué quiés, boca».
De luz, pues, y de ganado
Se cubre la vega toda,
Y el aire de la armonía
Que despide una zampoña,
Profundamente tañida
De un cuitado que la sopla,
Quizá tan profundamente
Que no hay Judas que la oya.
Guarda el pobre unas ovejas,
Si el que se las deja solas
Las guarda, y a sus rediles
No las vuelve, o vuelve pocas;
Culpa de un Dios que, aunque ciego,
Clava una saeta en otra,
Y calienta, aunque desnudo,
El muro helado de Troya
(Cuando criminante y bella
Salió ministrando aljófar),
Del sacro Betis la Ninfa
Que vio España más hermosa;
Tan celada de su padre,
Que el lado aún no le perdona,
Y si hay sombras de cristal,
La Ninfa se ha vuelto sombra.
Viola en las selvas un día
En una virginal tropa
De secuaces de Diana,
Saeteando una corza.
Nunca la viera el cuitado,
Y no dejara en mal hora
Por el campo su hacienda,
Por el río su memoria.
Desde entonces los carneros
Van perdiendo sus esposas,
Y de lanas de bayeta
Les va el lobo haciendo lobas.
Río abajo, río arriba,
Pasos gasta, viento compra,
Que se venden por suspiros
Y valen misericordia.
Tantos días, tantas veces
Oyó su voz lagrimoso
El río desde su urna,
Que un día sacó la cholla,
Y le halló entre unos carrizos
Ventoseando unas coplas,
En favor a lo que dicen
De su húmida señora,
Que lo oía entre unos sauces
Haciendo desdén y pompa
Del pastor y de sus versos,
Zahareña y gloriosa.
De las plumas de una mimbre
Cortó el viejo dos garzotas,
Y en el envés de la Ninfa
Me las desnudó de hojas.
Cansado, pues, el pastor
De invocar piedad tan sorda,
De mi bella pastorcilla
El dulce favor implora.
Un rato le ruega humilde
Que su lira sonorosa
Al aire haga y al río
Cualque suave lisonja.
Condescendió con sus ruegos
Cloris, y luego a la hora
yerba y flores a porfía
le tejieron una alfombra.
Pulsó las templadas cuerdas,
y al punto el cielo se escombra,
el aire se purifica,
la ribera se convoca.
Las Ninfas que de aquel soto
los muchos árboles honran,
vistiéndose miembros bellos
desnudan cortezas toscas.
A un verde arrayán florido
Se casaron dos palomas,
Blancas señas de que el aire
La madre de Amor corona.
Un dulce lascivo enjambre
De hijuelos de la Diosa,
Vertiendo nubes de flores
Jazmines llueven y rosas.
Sofrenó el Sol sus caballos
Para oír a mi pastora,
Tanto, que besó algún signo
Las caderas luminosas;
Y fue tal la sofrenada,
Que con las lucientes colas
Ensuciaron y aun barrieron
Dos tachones de la zona.
Su verde cabello el Betis
Descubrió, y su barba undosa,
Y el húmido cuerpo luego
Vestido de juncos y ovas.
La hija aguarda que el padre
Todo el campo reconozca,
Y a las detenidas aguas
fía luego la persona.
Salió de espumas vestida,
y por lo que es vergonzosa,
calzada una celosía
de caracoles y conchas.
¡Oh, lo que diera el pastor
por ser aquel día babosa
de algún caracol de aquellos!...
Mas quédese aquí esta historia.
Los colchones de las ondas,
Y el orinal de mi alma
La vasera de su choza;
Él porque tres veces quiere
En las tres lucientes bolas
De la torre de Marruecos
Ver su caraza redonda;
Y ella porque sus corderos,
En tanto que el Alba llora,
Se longanicen las tripas
De esmeraldas y de aljófar,
A cuenta de los poetas
Que baratan estas joyas
Entre los que en avellanas
Les pagan a «qué quiés, boca».
De luz, pues, y de ganado
Se cubre la vega toda,
Y el aire de la armonía
Que despide una zampoña,
Profundamente tañida
De un cuitado que la sopla,
Quizá tan profundamente
Que no hay Judas que la oya.
Guarda el pobre unas ovejas,
Si el que se las deja solas
Las guarda, y a sus rediles
No las vuelve, o vuelve pocas;
Culpa de un Dios que, aunque ciego,
Clava una saeta en otra,
Y calienta, aunque desnudo,
El muro helado de Troya
(Cuando criminante y bella
Salió ministrando aljófar),
Del sacro Betis la Ninfa
Que vio España más hermosa;
Tan celada de su padre,
Que el lado aún no le perdona,
Y si hay sombras de cristal,
La Ninfa se ha vuelto sombra.
Viola en las selvas un día
En una virginal tropa
De secuaces de Diana,
Saeteando una corza.
Nunca la viera el cuitado,
Y no dejara en mal hora
Por el campo su hacienda,
Por el río su memoria.
Desde entonces los carneros
Van perdiendo sus esposas,
Y de lanas de bayeta
Les va el lobo haciendo lobas.
Río abajo, río arriba,
Pasos gasta, viento compra,
Que se venden por suspiros
Y valen misericordia.
Tantos días, tantas veces
Oyó su voz lagrimoso
El río desde su urna,
Que un día sacó la cholla,
Y le halló entre unos carrizos
Ventoseando unas coplas,
En favor a lo que dicen
De su húmida señora,
Que lo oía entre unos sauces
Haciendo desdén y pompa
Del pastor y de sus versos,
Zahareña y gloriosa.
De las plumas de una mimbre
Cortó el viejo dos garzotas,
Y en el envés de la Ninfa
Me las desnudó de hojas.
Cansado, pues, el pastor
De invocar piedad tan sorda,
De mi bella pastorcilla
El dulce favor implora.
Un rato le ruega humilde
Que su lira sonorosa
Al aire haga y al río
Cualque suave lisonja.
Condescendió con sus ruegos
Cloris, y luego a la hora
yerba y flores a porfía
le tejieron una alfombra.
Pulsó las templadas cuerdas,
y al punto el cielo se escombra,
el aire se purifica,
la ribera se convoca.
Las Ninfas que de aquel soto
los muchos árboles honran,
vistiéndose miembros bellos
desnudan cortezas toscas.
A un verde arrayán florido
Se casaron dos palomas,
Blancas señas de que el aire
La madre de Amor corona.
Un dulce lascivo enjambre
De hijuelos de la Diosa,
Vertiendo nubes de flores
Jazmines llueven y rosas.
Sofrenó el Sol sus caballos
Para oír a mi pastora,
Tanto, que besó algún signo
Las caderas luminosas;
Y fue tal la sofrenada,
Que con las lucientes colas
Ensuciaron y aun barrieron
Dos tachones de la zona.
Su verde cabello el Betis
Descubrió, y su barba undosa,
Y el húmido cuerpo luego
Vestido de juncos y ovas.
La hija aguarda que el padre
Todo el campo reconozca,
Y a las detenidas aguas
fía luego la persona.
Salió de espumas vestida,
y por lo que es vergonzosa,
calzada una celosía
de caracoles y conchas.
¡Oh, lo que diera el pastor
por ser aquel día babosa
de algún caracol de aquellos!...
Mas quédese aquí esta historia.
311
Luis de Góngora y Argote
En Dos Lucientes Estrellas
En dos lucientes estrellas,
Y estrellas de rayos negros,
Dividido he visto el Sol
En breve espacio de cielo.
El luciente oficio hacen
De las estrellas de Venus,
Las mañanas como el alba,
Las noches como el lucero,
Las formas perfilan de oro,
Milagrosamente haciendo,
No las bellezas oscuras,
Sino los oscuros bellos;
Cuyos rayos para él
Son las llaves de su puerto,
Si tiene puertos un mar
Que es todo golfos y estrechos.
Pero no son tan piadosos,
Aunque sí lo son, pues vemos
Que visten rayos de luto
Por cuantas vidas han muerto.
Y estrellas de rayos negros,
Dividido he visto el Sol
En breve espacio de cielo.
El luciente oficio hacen
De las estrellas de Venus,
Las mañanas como el alba,
Las noches como el lucero,
Las formas perfilan de oro,
Milagrosamente haciendo,
No las bellezas oscuras,
Sino los oscuros bellos;
Cuyos rayos para él
Son las llaves de su puerto,
Si tiene puertos un mar
Que es todo golfos y estrechos.
Pero no son tan piadosos,
Aunque sí lo son, pues vemos
Que visten rayos de luto
Por cuantas vidas han muerto.
390
Luis de Góngora y Argote
En Los Pinares De Júcar
En los pinares de Júcar
Vi bailar unas serranas,
Al son del agua en las piedras
Y al son del viento en las ramas.
No es blanco coro de ninfas
De las que aposentan el agua
O las que venera el bosque,
Seguidoras de Dïana:
Serranas eran de Cuenca,
Honor de aquella montaña,
Cuyo pie besan dos ríos
Por besar de ellas las plantas.
Alegres corros tejían,
Dándose las manos blancas
De amistad, quizá temiendo
No la truequen las mudanzas.
¡Qué bien bailan las serranas!
¡Qué bien bailan!
El cabello en crespos nudos
Luz da al Sol, oro a la Arabia,
Cuál de flores impedido,
Cuál de cordones de plata.
Del color visten del cielo,
Si no son de la esperanza,
Palmillas que menosprecian
Al zafiro y la esmeralda.
El pie (cuando lo permite
La brújula de la falda)
Lazos calza, y mirar deja
Pedazos de nieve y nácar.
Ellas, cuyo movimiento
Honestamente levanta
El cristal de la columna
Sobre la pequeña basa.
¡Qué bien bailan las serranas!
¡Qué bien bailan!
Una entre los blancos dedos
Hiriendo negras pizarras,
Instrumento de marfil
Que las musas le invidiaran,
Las aves enmudeció,
Y enfrenó el curso del agua;
No se movieron las hojas,
Por no impedir lo que canta:
Vi bailar unas serranas,
Al son del agua en las piedras
Y al son del viento en las ramas.
No es blanco coro de ninfas
De las que aposentan el agua
O las que venera el bosque,
Seguidoras de Dïana:
Serranas eran de Cuenca,
Honor de aquella montaña,
Cuyo pie besan dos ríos
Por besar de ellas las plantas.
Alegres corros tejían,
Dándose las manos blancas
De amistad, quizá temiendo
No la truequen las mudanzas.
¡Qué bien bailan las serranas!
¡Qué bien bailan!
El cabello en crespos nudos
Luz da al Sol, oro a la Arabia,
Cuál de flores impedido,
Cuál de cordones de plata.
Del color visten del cielo,
Si no son de la esperanza,
Palmillas que menosprecian
Al zafiro y la esmeralda.
El pie (cuando lo permite
La brújula de la falda)
Lazos calza, y mirar deja
Pedazos de nieve y nácar.
Ellas, cuyo movimiento
Honestamente levanta
El cristal de la columna
Sobre la pequeña basa.
¡Qué bien bailan las serranas!
¡Qué bien bailan!
Una entre los blancos dedos
Hiriendo negras pizarras,
Instrumento de marfil
Que las musas le invidiaran,
Las aves enmudeció,
Y enfrenó el curso del agua;
No se movieron las hojas,
Por no impedir lo que canta:
Serranas de Cuenca
Iban al pinar,
Unas por piñones,
Otras por bailar.
Bailando y partiendo
Las serranas bellas,
Un piñón con otro,
Si ya no es con perlas,
De Amor las saetas
Huelgan de trocar,
Unas por piñones,
Otras por bailar.
Entre rama y rama,
Cuando el ciego dios
Pide al Sol los ojos
Por verlas mejor,
Los ojos del Sol
Las veréis pisar.
Unas por piñones,
Otras por bailar.
504
Luis de Góngora y Argote
Frescos Airecillos
Frescos airecillos,
Que a la Primavera
Le tejéis guirnaldas
Y esparcís violetas,
Ya que os han tenido
Del Tajo en la vega
Amorosos hurtos
Y agradables penas,
Cuando del estío
En la ardiente fuerza
Álamos os daban
Frondosas defensas;
Álamos crecidos
De hojas inciertas,
Medias de esmeraldas,
Y de plata medias;
De donde a las ninfas
Y a las zagalejas
Del sagrado Tajo
Y de sus riberas
Mil veces llamastes
Y vinieron ellas
A ocupar del río
Las verdes cenefas;
Y vosotros luego
Calándoos apriesa
Con lascivos soplos
Y alas lisonjeras,
Sueño les trajistes
Y descuido a vueltas,
Que en pago os valieron
Mil vistas secretas,
Sin tener del velo
Envidia ni queja,
Ni andar con la falda
Luchando por fuerza;
Ahora, pues, aires,
Antes que las sierras
Coronen sus cumbres
De confusas nieblas,
Y que el Aquilón
Con dura inclemencia
Desnude las plantas,
Y vista la tierra
De las secas hojas,
Que ya fueron tregua
Entre el Sol ardiente
Y la verde yerba;
Y antes que las nieves
Y el hielo conviertan
En cristal las rocas,
En vidrio las selvas,
Batid vuestras alas,
Y dad ya la vuelta
Al templado seno
Que alegre os espera.
Veréis de camino
Una Ninfa bella,
Que pisa orgullosa
Del Betis la arena,
Montaraz, gallarda,
Temida en la sierra
Más por su mirar
Que por sus saetas;
Ahora la halléis
Entre la maleza
Del fragoso monte
Siguiendo las fieras;
Ahora en el llano
Con planta ligera
Fatigando al corzo,
Que herido vuela;
Ahora clavando
La armada cabeza
Del antiguo ciervo
En la encina vieja;
Cuando ya cansada
De la caza vuelva
A dejar al río
El sudor en perlas;
Y al pie se recueste
De la dura peña,
De quien ella toma
Lección de dureza;
Llegaos a orealla,
Pero no muy cerca,
Que lleváis suspiros
Y ha corrido ella.
Si está calurosa,
Soplad desde afuera,
Y cuando la ingrata
Mejor os entienda,
Decidle, airecillos:
«Bellísima Leda,
Gloria de los bosques,
Honor de la aldea,
Enfermo Daliso
Junto al Tajo queda
Con la muerte al lado
Y en manos de ausencia;
Suplícate humilde
Antes que le vuelvan
Su fuego en ceniza,
Su destierro en tierra,
En premio glorioso
De su amor, merezca,
Ya que no suspiros,
A lo menos letra
Con la punta escrita
De tu aguda flecha,
En el campo duro
De una dura peña
(Porque no es razón
Que razón se lea
De mano tan dura
En cosa más tierna),
Adonde le digas:
—Muere allá, y no vuelvas
A adorar mi sombra
Y a arrastrar cadenas—.
Que a la Primavera
Le tejéis guirnaldas
Y esparcís violetas,
Ya que os han tenido
Del Tajo en la vega
Amorosos hurtos
Y agradables penas,
Cuando del estío
En la ardiente fuerza
Álamos os daban
Frondosas defensas;
Álamos crecidos
De hojas inciertas,
Medias de esmeraldas,
Y de plata medias;
De donde a las ninfas
Y a las zagalejas
Del sagrado Tajo
Y de sus riberas
Mil veces llamastes
Y vinieron ellas
A ocupar del río
Las verdes cenefas;
Y vosotros luego
Calándoos apriesa
Con lascivos soplos
Y alas lisonjeras,
Sueño les trajistes
Y descuido a vueltas,
Que en pago os valieron
Mil vistas secretas,
Sin tener del velo
Envidia ni queja,
Ni andar con la falda
Luchando por fuerza;
Ahora, pues, aires,
Antes que las sierras
Coronen sus cumbres
De confusas nieblas,
Y que el Aquilón
Con dura inclemencia
Desnude las plantas,
Y vista la tierra
De las secas hojas,
Que ya fueron tregua
Entre el Sol ardiente
Y la verde yerba;
Y antes que las nieves
Y el hielo conviertan
En cristal las rocas,
En vidrio las selvas,
Batid vuestras alas,
Y dad ya la vuelta
Al templado seno
Que alegre os espera.
Veréis de camino
Una Ninfa bella,
Que pisa orgullosa
Del Betis la arena,
Montaraz, gallarda,
Temida en la sierra
Más por su mirar
Que por sus saetas;
Ahora la halléis
Entre la maleza
Del fragoso monte
Siguiendo las fieras;
Ahora en el llano
Con planta ligera
Fatigando al corzo,
Que herido vuela;
Ahora clavando
La armada cabeza
Del antiguo ciervo
En la encina vieja;
Cuando ya cansada
De la caza vuelva
A dejar al río
El sudor en perlas;
Y al pie se recueste
De la dura peña,
De quien ella toma
Lección de dureza;
Llegaos a orealla,
Pero no muy cerca,
Que lleváis suspiros
Y ha corrido ella.
Si está calurosa,
Soplad desde afuera,
Y cuando la ingrata
Mejor os entienda,
Decidle, airecillos:
«Bellísima Leda,
Gloria de los bosques,
Honor de la aldea,
Enfermo Daliso
Junto al Tajo queda
Con la muerte al lado
Y en manos de ausencia;
Suplícate humilde
Antes que le vuelvan
Su fuego en ceniza,
Su destierro en tierra,
En premio glorioso
De su amor, merezca,
Ya que no suspiros,
A lo menos letra
Con la punta escrita
De tu aguda flecha,
En el campo duro
De una dura peña
(Porque no es razón
Que razón se lea
De mano tan dura
En cosa más tierna),
Adonde le digas:
—Muere allá, y no vuelvas
A adorar mi sombra
Y a arrastrar cadenas—.
358
Luis de Góngora y Argote
Frescos Airecillos
Frescos airecillos,
Que a la Primavera
Le tejéis guirnaldas
Y esparcís violetas,
Ya que os han tenido
Del Tajo en la vega
Amorosos hurtos
Y agradables penas,
Cuando del estío
En la ardiente fuerza
Álamos os daban
Frondosas defensas;
Álamos crecidos
De hojas inciertas,
Medias de esmeraldas,
Y de plata medias;
De donde a las ninfas
Y a las zagalejas
Del sagrado Tajo
Y de sus riberas
Mil veces llamastes
Y vinieron ellas
A ocupar del río
Las verdes cenefas;
Y vosotros luego
Calándoos apriesa
Con lascivos soplos
Y alas lisonjeras,
Sueño les trajistes
Y descuido a vueltas,
Que en pago os valieron
Mil vistas secretas,
Sin tener del velo
Envidia ni queja,
Ni andar con la falda
Luchando por fuerza;
Ahora, pues, aires,
Antes que las sierras
Coronen sus cumbres
De confusas nieblas,
Y que el Aquilón
Con dura inclemencia
Desnude las plantas,
Y vista la tierra
De las secas hojas,
Que ya fueron tregua
Entre el Sol ardiente
Y la verde yerba;
Y antes que las nieves
Y el hielo conviertan
En cristal las rocas,
En vidrio las selvas,
Batid vuestras alas,
Y dad ya la vuelta
Al templado seno
Que alegre os espera.
Veréis de camino
Una Ninfa bella,
Que pisa orgullosa
Del Betis la arena,
Montaraz, gallarda,
Temida en la sierra
Más por su mirar
Que por sus saetas;
Ahora la halléis
Entre la maleza
Del fragoso monte
Siguiendo las fieras;
Ahora en el llano
Con planta ligera
Fatigando al corzo,
Que herido vuela;
Ahora clavando
La armada cabeza
Del antiguo ciervo
En la encina vieja;
Cuando ya cansada
De la caza vuelva
A dejar al río
El sudor en perlas;
Y al pie se recueste
De la dura peña,
De quien ella toma
Lección de dureza;
Llegaos a orealla,
Pero no muy cerca,
Que lleváis suspiros
Y ha corrido ella.
Si está calurosa,
Soplad desde afuera,
Y cuando la ingrata
Mejor os entienda,
Decidle, airecillos:
«Bellísima Leda,
Gloria de los bosques,
Honor de la aldea,
Enfermo Daliso
Junto al Tajo queda
Con la muerte al lado
Y en manos de ausencia;
Suplícate humilde
Antes que le vuelvan
Su fuego en ceniza,
Su destierro en tierra,
En premio glorioso
De su amor, merezca,
Ya que no suspiros,
A lo menos letra
Con la punta escrita
De tu aguda flecha,
En el campo duro
De una dura peña
(Porque no es razón
Que razón se lea
De mano tan dura
En cosa más tierna),
Adonde le digas:
—Muere allá, y no vuelvas
A adorar mi sombra
Y a arrastrar cadenas—.
Que a la Primavera
Le tejéis guirnaldas
Y esparcís violetas,
Ya que os han tenido
Del Tajo en la vega
Amorosos hurtos
Y agradables penas,
Cuando del estío
En la ardiente fuerza
Álamos os daban
Frondosas defensas;
Álamos crecidos
De hojas inciertas,
Medias de esmeraldas,
Y de plata medias;
De donde a las ninfas
Y a las zagalejas
Del sagrado Tajo
Y de sus riberas
Mil veces llamastes
Y vinieron ellas
A ocupar del río
Las verdes cenefas;
Y vosotros luego
Calándoos apriesa
Con lascivos soplos
Y alas lisonjeras,
Sueño les trajistes
Y descuido a vueltas,
Que en pago os valieron
Mil vistas secretas,
Sin tener del velo
Envidia ni queja,
Ni andar con la falda
Luchando por fuerza;
Ahora, pues, aires,
Antes que las sierras
Coronen sus cumbres
De confusas nieblas,
Y que el Aquilón
Con dura inclemencia
Desnude las plantas,
Y vista la tierra
De las secas hojas,
Que ya fueron tregua
Entre el Sol ardiente
Y la verde yerba;
Y antes que las nieves
Y el hielo conviertan
En cristal las rocas,
En vidrio las selvas,
Batid vuestras alas,
Y dad ya la vuelta
Al templado seno
Que alegre os espera.
Veréis de camino
Una Ninfa bella,
Que pisa orgullosa
Del Betis la arena,
Montaraz, gallarda,
Temida en la sierra
Más por su mirar
Que por sus saetas;
Ahora la halléis
Entre la maleza
Del fragoso monte
Siguiendo las fieras;
Ahora en el llano
Con planta ligera
Fatigando al corzo,
Que herido vuela;
Ahora clavando
La armada cabeza
Del antiguo ciervo
En la encina vieja;
Cuando ya cansada
De la caza vuelva
A dejar al río
El sudor en perlas;
Y al pie se recueste
De la dura peña,
De quien ella toma
Lección de dureza;
Llegaos a orealla,
Pero no muy cerca,
Que lleváis suspiros
Y ha corrido ella.
Si está calurosa,
Soplad desde afuera,
Y cuando la ingrata
Mejor os entienda,
Decidle, airecillos:
«Bellísima Leda,
Gloria de los bosques,
Honor de la aldea,
Enfermo Daliso
Junto al Tajo queda
Con la muerte al lado
Y en manos de ausencia;
Suplícate humilde
Antes que le vuelvan
Su fuego en ceniza,
Su destierro en tierra,
En premio glorioso
De su amor, merezca,
Ya que no suspiros,
A lo menos letra
Con la punta escrita
De tu aguda flecha,
En el campo duro
De una dura peña
(Porque no es razón
Que razón se lea
De mano tan dura
En cosa más tierna),
Adonde le digas:
—Muere allá, y no vuelvas
A adorar mi sombra
Y a arrastrar cadenas—.
358
Luis de Góngora y Argote
Frescos Airecillos
Frescos airecillos,
Que a la Primavera
Le tejéis guirnaldas
Y esparcís violetas,
Ya que os han tenido
Del Tajo en la vega
Amorosos hurtos
Y agradables penas,
Cuando del estío
En la ardiente fuerza
Álamos os daban
Frondosas defensas;
Álamos crecidos
De hojas inciertas,
Medias de esmeraldas,
Y de plata medias;
De donde a las ninfas
Y a las zagalejas
Del sagrado Tajo
Y de sus riberas
Mil veces llamastes
Y vinieron ellas
A ocupar del río
Las verdes cenefas;
Y vosotros luego
Calándoos apriesa
Con lascivos soplos
Y alas lisonjeras,
Sueño les trajistes
Y descuido a vueltas,
Que en pago os valieron
Mil vistas secretas,
Sin tener del velo
Envidia ni queja,
Ni andar con la falda
Luchando por fuerza;
Ahora, pues, aires,
Antes que las sierras
Coronen sus cumbres
De confusas nieblas,
Y que el Aquilón
Con dura inclemencia
Desnude las plantas,
Y vista la tierra
De las secas hojas,
Que ya fueron tregua
Entre el Sol ardiente
Y la verde yerba;
Y antes que las nieves
Y el hielo conviertan
En cristal las rocas,
En vidrio las selvas,
Batid vuestras alas,
Y dad ya la vuelta
Al templado seno
Que alegre os espera.
Veréis de camino
Una Ninfa bella,
Que pisa orgullosa
Del Betis la arena,
Montaraz, gallarda,
Temida en la sierra
Más por su mirar
Que por sus saetas;
Ahora la halléis
Entre la maleza
Del fragoso monte
Siguiendo las fieras;
Ahora en el llano
Con planta ligera
Fatigando al corzo,
Que herido vuela;
Ahora clavando
La armada cabeza
Del antiguo ciervo
En la encina vieja;
Cuando ya cansada
De la caza vuelva
A dejar al río
El sudor en perlas;
Y al pie se recueste
De la dura peña,
De quien ella toma
Lección de dureza;
Llegaos a orealla,
Pero no muy cerca,
Que lleváis suspiros
Y ha corrido ella.
Si está calurosa,
Soplad desde afuera,
Y cuando la ingrata
Mejor os entienda,
Decidle, airecillos:
«Bellísima Leda,
Gloria de los bosques,
Honor de la aldea,
Enfermo Daliso
Junto al Tajo queda
Con la muerte al lado
Y en manos de ausencia;
Suplícate humilde
Antes que le vuelvan
Su fuego en ceniza,
Su destierro en tierra,
En premio glorioso
De su amor, merezca,
Ya que no suspiros,
A lo menos letra
Con la punta escrita
De tu aguda flecha,
En el campo duro
De una dura peña
(Porque no es razón
Que razón se lea
De mano tan dura
En cosa más tierna),
Adonde le digas:
—Muere allá, y no vuelvas
A adorar mi sombra
Y a arrastrar cadenas—.
Que a la Primavera
Le tejéis guirnaldas
Y esparcís violetas,
Ya que os han tenido
Del Tajo en la vega
Amorosos hurtos
Y agradables penas,
Cuando del estío
En la ardiente fuerza
Álamos os daban
Frondosas defensas;
Álamos crecidos
De hojas inciertas,
Medias de esmeraldas,
Y de plata medias;
De donde a las ninfas
Y a las zagalejas
Del sagrado Tajo
Y de sus riberas
Mil veces llamastes
Y vinieron ellas
A ocupar del río
Las verdes cenefas;
Y vosotros luego
Calándoos apriesa
Con lascivos soplos
Y alas lisonjeras,
Sueño les trajistes
Y descuido a vueltas,
Que en pago os valieron
Mil vistas secretas,
Sin tener del velo
Envidia ni queja,
Ni andar con la falda
Luchando por fuerza;
Ahora, pues, aires,
Antes que las sierras
Coronen sus cumbres
De confusas nieblas,
Y que el Aquilón
Con dura inclemencia
Desnude las plantas,
Y vista la tierra
De las secas hojas,
Que ya fueron tregua
Entre el Sol ardiente
Y la verde yerba;
Y antes que las nieves
Y el hielo conviertan
En cristal las rocas,
En vidrio las selvas,
Batid vuestras alas,
Y dad ya la vuelta
Al templado seno
Que alegre os espera.
Veréis de camino
Una Ninfa bella,
Que pisa orgullosa
Del Betis la arena,
Montaraz, gallarda,
Temida en la sierra
Más por su mirar
Que por sus saetas;
Ahora la halléis
Entre la maleza
Del fragoso monte
Siguiendo las fieras;
Ahora en el llano
Con planta ligera
Fatigando al corzo,
Que herido vuela;
Ahora clavando
La armada cabeza
Del antiguo ciervo
En la encina vieja;
Cuando ya cansada
De la caza vuelva
A dejar al río
El sudor en perlas;
Y al pie se recueste
De la dura peña,
De quien ella toma
Lección de dureza;
Llegaos a orealla,
Pero no muy cerca,
Que lleváis suspiros
Y ha corrido ella.
Si está calurosa,
Soplad desde afuera,
Y cuando la ingrata
Mejor os entienda,
Decidle, airecillos:
«Bellísima Leda,
Gloria de los bosques,
Honor de la aldea,
Enfermo Daliso
Junto al Tajo queda
Con la muerte al lado
Y en manos de ausencia;
Suplícate humilde
Antes que le vuelvan
Su fuego en ceniza,
Su destierro en tierra,
En premio glorioso
De su amor, merezca,
Ya que no suspiros,
A lo menos letra
Con la punta escrita
De tu aguda flecha,
En el campo duro
De una dura peña
(Porque no es razón
Que razón se lea
De mano tan dura
En cosa más tierna),
Adonde le digas:
—Muere allá, y no vuelvas
A adorar mi sombra
Y a arrastrar cadenas—.
358
Luis de Góngora y Argote
La Desgracia Del Forzado
La desgracia del forzado,
Y del corsario la industria,
La distancia del lugar
Y el favor de la Fortuna,
Que por las bocas del viento
Les daba a soplos ayuda
Contra las cristianas cruces
A las otomanas lunas,
Hicieron que de los ojos
Del forzado a un tiempo huyan
Dulce patria, amigas velas,
Esperanzas y ventura.
Vuelve, pues, los ojos tristes
A ver cómo el mar le hurta
Las torres, y le da nubes,
Las velas, y le da espumas.
Y viendo más aplacada
En el cómitre la furia,
Vertiendo lágrimas, dice,
Tan amargas como muchas:
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
«Ya no esperen ver mis ojos,
Pues ahora no lo vieron,
Sin este remo las manos,
Y los pies sin estos hierros,
Que en esta desgracia mía
Fortuna me ha descubierto
Que cuantos fueron mis años
Tantos serán mis tormentos.
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
Velas de la Religión,
Enfrenad vuestro denuedo,
Que mal podréis alcanzarnos
Pues tratáis de mi remedio.
El enemigo se os va,
Y favorécele el tiempo
Por su libertad no tanto
Cuanto por mi captiverio.
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
Quedáos en aquesa playa,
De mis pensamientos puerto;
Quejáos de mi desventura
Y no echéis la culpa al viento.
Y tú, mi dulce suspiro,
Rompe los aires ardiendo,
Visita a mi esposa bella,
Y en el mar de Argel te espero.»
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
Y del corsario la industria,
La distancia del lugar
Y el favor de la Fortuna,
Que por las bocas del viento
Les daba a soplos ayuda
Contra las cristianas cruces
A las otomanas lunas,
Hicieron que de los ojos
Del forzado a un tiempo huyan
Dulce patria, amigas velas,
Esperanzas y ventura.
Vuelve, pues, los ojos tristes
A ver cómo el mar le hurta
Las torres, y le da nubes,
Las velas, y le da espumas.
Y viendo más aplacada
En el cómitre la furia,
Vertiendo lágrimas, dice,
Tan amargas como muchas:
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
«Ya no esperen ver mis ojos,
Pues ahora no lo vieron,
Sin este remo las manos,
Y los pies sin estos hierros,
Que en esta desgracia mía
Fortuna me ha descubierto
Que cuantos fueron mis años
Tantos serán mis tormentos.
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
Velas de la Religión,
Enfrenad vuestro denuedo,
Que mal podréis alcanzarnos
Pues tratáis de mi remedio.
El enemigo se os va,
Y favorécele el tiempo
Por su libertad no tanto
Cuanto por mi captiverio.
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
Quedáos en aquesa playa,
De mis pensamientos puerto;
Quejáos de mi desventura
Y no echéis la culpa al viento.
Y tú, mi dulce suspiro,
Rompe los aires ardiendo,
Visita a mi esposa bella,
Y en el mar de Argel te espero.»
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
Si ayudo yo a mi daño con mi remo?
529
Federico García Lorca
Gloria: Oro, Incienso Y Mirra
Fresquísimas violas.
Bandadas de rubores levantados
por este don de lágrimas que enlaza
la muchedumbre de las viejecillas
con la niña y el niño de mi frente.
Fresquísimas violas. Sí. Del aire,
del aire por el aire sin tu cristal,
coros en aspa fija en un punto.
Bandadas de rubores levantados
por este don de lágrimas que enlaza
la muchedumbre de las viejecillas
con la niña y el niño de mi frente.
Fresquísimas violas. Sí. Del aire,
del aire por el aire sin tu cristal,
coros en aspa fija en un punto.
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