Poemas en este tema
Naturaleza y Elementos
Duque de Rivas
La Vuelta Deseada Romance Segundo
Todo el mundo es mudable,
Ni el bien ni el mal son eternos:
La apacible primavera
Sigue al riguroso invierno.
A la obscura noche el día,
Y a la borrasca, que al cielo
Empañó con densas nubes
Y asustó con rudos truenos,
La calma serena y pura.
Así suelen a los tiempos
De desventuras y llantos,
Seguir de paz y consuelo.
Del Rhin en la orilla helada,
Abrumado de sí mesmo,
Vargas proscripto gemía,
Su fortuna maldiciendo,
Cuando noticias recibe
De que la patria le ha abierto
Lar, puertas... Júzgalo absorto
Ilusión de su deseo;
Mas Jacinta se lo escribe,
Y cuanto ella dice, es cierto.
Otra carta …de la madre
De Jacinta … que al momento,
Vuele a Sevilla, le ruega,
En donde dará Himeneo,
El día de su llegada,
A tan constante amor premio.
Ni el bien ni el mal son eternos:
La apacible primavera
Sigue al riguroso invierno.
A la obscura noche el día,
Y a la borrasca, que al cielo
Empañó con densas nubes
Y asustó con rudos truenos,
La calma serena y pura.
Así suelen a los tiempos
De desventuras y llantos,
Seguir de paz y consuelo.
Del Rhin en la orilla helada,
Abrumado de sí mesmo,
Vargas proscripto gemía,
Su fortuna maldiciendo,
Cuando noticias recibe
De que la patria le ha abierto
Lar, puertas... Júzgalo absorto
Ilusión de su deseo;
Mas Jacinta se lo escribe,
Y cuanto ella dice, es cierto.
Otra carta …de la madre
De Jacinta … que al momento,
Vuele a Sevilla, le ruega,
En donde dará Himeneo,
El día de su llegada,
A tan constante amor premio.
713
Duque de Rivas
El Sombrero Romance Primero La Tarde
Entre Estepona y Marbella,
Una torre fulminada,
Hoy nido de aves marinas,
Y en otro tiempo atalaya,
Corona con sus escombros
Una roca solitaria,
Que se entapiza de espumas,
Cuando las olas la bañan.
A la derecha se extiende
Una humilde y lisa playa,
Cuyas menudas arenas
Humedece la resaca;
Y oculta entre dos ribazos
Forma una escondida cala,
Abrigo de pescadoras
0 contrabandistas barcas.
A este temeroso sitio,
Mientras lento declinaba
A ponerse un sol de otoño
Entre celajes de nácar,
Estando el viento adormido,
La mar blanquecina en calma,
Y sin turbar el silencio
De las voladoras auras,
Sino el grito de un milano
Que los espacios cruzaba,
Y los de dos gaviotas,
Cuyo tálamo era el agua,
La divina Rosalía,
La hermosa de la comarca,
Fugitiva y anhelante
Llegó, sudosa y turbada.
Una torre fulminada,
Hoy nido de aves marinas,
Y en otro tiempo atalaya,
Corona con sus escombros
Una roca solitaria,
Que se entapiza de espumas,
Cuando las olas la bañan.
A la derecha se extiende
Una humilde y lisa playa,
Cuyas menudas arenas
Humedece la resaca;
Y oculta entre dos ribazos
Forma una escondida cala,
Abrigo de pescadoras
0 contrabandistas barcas.
A este temeroso sitio,
Mientras lento declinaba
A ponerse un sol de otoño
Entre celajes de nácar,
Estando el viento adormido,
La mar blanquecina en calma,
Y sin turbar el silencio
De las voladoras auras,
Sino el grito de un milano
Que los espacios cruzaba,
Y los de dos gaviotas,
Cuyo tálamo era el agua,
La divina Rosalía,
La hermosa de la comarca,
Fugitiva y anhelante
Llegó, sudosa y turbada.
849
Duque de Rivas
El Sombrero Romance Primero La Tarde
Entre Estepona y Marbella,
Una torre fulminada,
Hoy nido de aves marinas,
Y en otro tiempo atalaya,
Corona con sus escombros
Una roca solitaria,
Que se entapiza de espumas,
Cuando las olas la bañan.
A la derecha se extiende
Una humilde y lisa playa,
Cuyas menudas arenas
Humedece la resaca;
Y oculta entre dos ribazos
Forma una escondida cala,
Abrigo de pescadoras
0 contrabandistas barcas.
A este temeroso sitio,
Mientras lento declinaba
A ponerse un sol de otoño
Entre celajes de nácar,
Estando el viento adormido,
La mar blanquecina en calma,
Y sin turbar el silencio
De las voladoras auras,
Sino el grito de un milano
Que los espacios cruzaba,
Y los de dos gaviotas,
Cuyo tálamo era el agua,
La divina Rosalía,
La hermosa de la comarca,
Fugitiva y anhelante
Llegó, sudosa y turbada.
Una torre fulminada,
Hoy nido de aves marinas,
Y en otro tiempo atalaya,
Corona con sus escombros
Una roca solitaria,
Que se entapiza de espumas,
Cuando las olas la bañan.
A la derecha se extiende
Una humilde y lisa playa,
Cuyas menudas arenas
Humedece la resaca;
Y oculta entre dos ribazos
Forma una escondida cala,
Abrigo de pescadoras
0 contrabandistas barcas.
A este temeroso sitio,
Mientras lento declinaba
A ponerse un sol de otoño
Entre celajes de nácar,
Estando el viento adormido,
La mar blanquecina en calma,
Y sin turbar el silencio
De las voladoras auras,
Sino el grito de un milano
Que los espacios cruzaba,
Y los de dos gaviotas,
Cuyo tálamo era el agua,
La divina Rosalía,
La hermosa de la comarca,
Fugitiva y anhelante
Llegó, sudosa y turbada.
849
Dina Posada
Orgasmo Iii
Se calla la luz
el sonido se apaga
el aleteo de un grito
deja caer sus plumas
en nuestro lecho
tus ojos desplomándose
sobre mi cuerpo vencido
me están escoltando al delirio
el sonido se apaga
el aleteo de un grito
deja caer sus plumas
en nuestro lecho
tus ojos desplomándose
sobre mi cuerpo vencido
me están escoltando al delirio
618
Dulce María Loynaz
La Fuga Inútil
El agua del río va huyendo de sí misma: Tiene miedo de eternidad.
1.182
Dulce María Loynaz
Juegos De Agua
Los juegos de agua brillan a la luz de la luna
como si fueran largos collares de diamantes:
Los juegos de agua ríen en la sombra...Y se enlazan
y cruzan y cintilan dibujando radiantes
garabatos de estrellas...
Hay que apretar el agua
para que suba fina y alta...Un temblor de espumas
la deshace en el aire; la vuelve a unir...desciende
luego, abriéndose en lentos abanicos de plumas...
Pero no irá muy lejos...Esta es agua sonámbula
que baila y que camina por el filo de un sueño,
transida de horizontes en fuga, de paisajes
que no existen...Soplada por un grifo pequeño.
¡Agua de siete velos desnudándote y nunca
desnuda! ¡Cuándo un chorro tendrás que rompa el
broche
de mármol que te ciñe, y al fin por un instante
alcance a traspasar como espada, la Noche!
como si fueran largos collares de diamantes:
Los juegos de agua ríen en la sombra...Y se enlazan
y cruzan y cintilan dibujando radiantes
garabatos de estrellas...
Hay que apretar el agua
para que suba fina y alta...Un temblor de espumas
la deshace en el aire; la vuelve a unir...desciende
luego, abriéndose en lentos abanicos de plumas...
Pero no irá muy lejos...Esta es agua sonámbula
que baila y que camina por el filo de un sueño,
transida de horizontes en fuga, de paisajes
que no existen...Soplada por un grifo pequeño.
¡Agua de siete velos desnudándote y nunca
desnuda! ¡Cuándo un chorro tendrás que rompa el
broche
de mármol que te ciñe, y al fin por un instante
alcance a traspasar como espada, la Noche!
934
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 148)
Estoy sentado frente a un vaso de agua.
Es igual que sentarse ante un océano.
La eternidad se ahoga en una gota,
pero el tiempo es un pálido velero.
Sentado en popa miro el sol que nace.
Sentado en proa miro el sol que muere.
Es igual que sentarse ante un océano.
La eternidad se ahoga en una gota,
pero el tiempo es un pálido velero.
Sentado en popa miro el sol que nace.
Sentado en proa miro el sol que muere.
486
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 148)
Estoy sentado frente a un vaso de agua.
Es igual que sentarse ante un océano.
La eternidad se ahoga en una gota,
pero el tiempo es un pálido velero.
Sentado en popa miro el sol que nace.
Sentado en proa miro el sol que muere.
Es igual que sentarse ante un océano.
La eternidad se ahoga en una gota,
pero el tiempo es un pálido velero.
Sentado en popa miro el sol que nace.
Sentado en proa miro el sol que muere.
486
David Escobar Galindo
El Caballero De Magritte
Caminaba por calles
donde la luz se demoraba mucho,
quizás contando gajos de San Carlos.
Eran esos lugares apacibles,
de inmóviles señoras a las puertas
y costureras en un fondo de humo.
Yo no nací para las avenidas
-hago una salvedad: Campos Elíseos-,
sino para los quietos callejones,
para los caminitos con recodos.
¡Es una ceremonia tan magnánima
la de admirar antiguos adoquines,
con ojos inocentes que nos siguen
desde el gastado albor de los encajes!
A la par de las verjas,
los pequeños jardines eran reinos
donde una rosa siempre gobernaba.
Una rosa distinta cada día:
la de ayer más fragante,
la de hoy más empinada,
la de mañana casi con luz propia,
la de después con tiernas telarañas.
Era tan dulce el aire
como si hubiera hecho la siesta
junto a la dulcería «Las Gardenias»;
y yo, cuidándome de no ser visto,
cortaba un ramo de aire,
y lo iba saboreando hasta el cansancio,
con la perseverancia del profeta.
Alguna vez, las calles
se llenaban de lluvia:
era como si todas las cortinas
se rebelaran tras de sus balcones,
con un murmullo alegre y recatado,
que le daba al ambiente
esa ternura de filial crepúsculo.
No sé por qué la lluvia
siempre me sorprendió cuando la tarde
ya no tenía apenas resplandores.
Era una lluvia viva, desde luego.
Una lluvia caliente y vaporosa.
La lluvia que sonaba entre los árboles
como la antigua y auroral marimba,
tocada por ancianos.
Me enseñaron las calles
la paciencia del río cotidiano,
la claridad humilde del remanso
que refleja una garza imaginaria.
Supe después la fuerza de los ríos,
brilló después se fue volviendo espacio
donde ya era posible
inventar una estrella.
Pero nunca dejé de caminar
por las calles tranquilas, suburbanas,
igual que el enlutado personaje
de Magritte, sin edad, siempre de espaldas.
Quizás los muros se descascaraban,
quizás las puertas eran más herméticas.
Yo siempre caminaba por las calles
donde la luz se demoraba mucho,
donde la vida era el indescifrado,
sereno laberinto.
Nunca dejé de andar por esas calles,
porque sé que una de ellas desemboca
en la Plaza del sueño.
donde la luz se demoraba mucho,
quizás contando gajos de San Carlos.
Eran esos lugares apacibles,
de inmóviles señoras a las puertas
y costureras en un fondo de humo.
Yo no nací para las avenidas
-hago una salvedad: Campos Elíseos-,
sino para los quietos callejones,
para los caminitos con recodos.
¡Es una ceremonia tan magnánima
la de admirar antiguos adoquines,
con ojos inocentes que nos siguen
desde el gastado albor de los encajes!
A la par de las verjas,
los pequeños jardines eran reinos
donde una rosa siempre gobernaba.
Una rosa distinta cada día:
la de ayer más fragante,
la de hoy más empinada,
la de mañana casi con luz propia,
la de después con tiernas telarañas.
Era tan dulce el aire
como si hubiera hecho la siesta
junto a la dulcería «Las Gardenias»;
y yo, cuidándome de no ser visto,
cortaba un ramo de aire,
y lo iba saboreando hasta el cansancio,
con la perseverancia del profeta.
Alguna vez, las calles
se llenaban de lluvia:
era como si todas las cortinas
se rebelaran tras de sus balcones,
con un murmullo alegre y recatado,
que le daba al ambiente
esa ternura de filial crepúsculo.
No sé por qué la lluvia
siempre me sorprendió cuando la tarde
ya no tenía apenas resplandores.
Era una lluvia viva, desde luego.
Una lluvia caliente y vaporosa.
La lluvia que sonaba entre los árboles
como la antigua y auroral marimba,
tocada por ancianos.
Me enseñaron las calles
la paciencia del río cotidiano,
la claridad humilde del remanso
que refleja una garza imaginaria.
Supe después la fuerza de los ríos,
brilló después se fue volviendo espacio
donde ya era posible
inventar una estrella.
Pero nunca dejé de caminar
por las calles tranquilas, suburbanas,
igual que el enlutado personaje
de Magritte, sin edad, siempre de espaldas.
Quizás los muros se descascaraban,
quizás las puertas eran más herméticas.
Yo siempre caminaba por las calles
donde la luz se demoraba mucho,
donde la vida era el indescifrado,
sereno laberinto.
Nunca dejé de andar por esas calles,
porque sé que una de ellas desemboca
en la Plaza del sueño.
558
David Escobar Galindo
La Palabra Es Un Pétalo
La palabra es un pétalo
que el viento desprendió de la magnolia.
En el árbol, la flor
sigue estando completa,
porque la herida es invisible.
El pétalo que vuela solitario
al volar se convierte en otros pétalos,
y así en la levedad del cielo abierto
se dispersan magnolias incontables.
Y la magnolia original asume
la pasión de la víctima.
que el viento desprendió de la magnolia.
En el árbol, la flor
sigue estando completa,
porque la herida es invisible.
El pétalo que vuela solitario
al volar se convierte en otros pétalos,
y así en la levedad del cielo abierto
se dispersan magnolias incontables.
Y la magnolia original asume
la pasión de la víctima.
385
David Escobar Galindo
La Rosa Muerta Mira
La rosa muerta mira
a través del cristal el grávido paisaje
La rosa viva observa
a través del cristal la estancia sola.
La rosa muerta sigue viva
en la cruz de las nubes.
La rosa viva está encerrada
en la celosa paz del tiempo.
La rosa muerta sueña con su fuerza viviente.
La rosa viva asume la devoción del salmo.
Porque ambas son la misma rosa.
a través del cristal el grávido paisaje
La rosa viva observa
a través del cristal la estancia sola.
La rosa muerta sigue viva
en la cruz de las nubes.
La rosa viva está encerrada
en la celosa paz del tiempo.
La rosa muerta sueña con su fuerza viviente.
La rosa viva asume la devoción del salmo.
Porque ambas son la misma rosa.
449
David Escobar Galindo
Por Nómadas Caminos Secundarios
Por nómadas caminos secundarios
se llega siempre al sur, piedras abajo,
hasta encontrar los rastros del origen.
En estas tierras bajas se aglomeran
vestigios de extraviados manantiales,
basureros gemelos del crepúsculo,
serenas maquinarias desterradas,
y también las familias de los dioses
que como enjambres fértiles
siguen goteando miel
por las truncas proezas del enigma.
se llega siempre al sur, piedras abajo,
hasta encontrar los rastros del origen.
En estas tierras bajas se aglomeran
vestigios de extraviados manantiales,
basureros gemelos del crepúsculo,
serenas maquinarias desterradas,
y también las familias de los dioses
que como enjambres fértiles
siguen goteando miel
por las truncas proezas del enigma.
378
David Escobar Galindo
Los árboles Callados Vieron Pasar A Lillie
Los árboles callados vieron pasar a Lillie,
Vieron su luz rosada como fruta sin huella,
El sol desvanecido de sus ojos de niña,
La adolescencia verde como el verde manzano,
Los dedos en que pulsan secretos ultramares,
Su esbeltez de doncella campesina y celeste,
la salud del espíritu bajo el aire más libre:
que ahí en la casa llena
de austeras enseñanzas,
labores de cocina
y oficios de bodega,
entre el juego magnánimo
de la leña y la nieve,
ahí leyó la clara
muchacha a sus poetas,
árboles de la lengua,
proféticas raíces,
y una luz más ardiente se unió a su luz profunda,
como un perfume ingresa al aire perfumado,
como el mar se alimenta de sus propias espumas,
oh azul de niña plena de sol y de pañuelos,
claridad sorprendida de las altas montañas,
fulgor del hondo cielo natal de Nuevo México,
y en las venas, brillando, la Germania escondida.
Cómo no amar, entonces esos callados árboles,
Los amigos de Lillie en su diario camino
Hacia la rumorosa escuela de Alburquerque
Donde la joven hecha de esplendente paciencia,
De color amasado con flores de colina,
Abría el maternal poder del pensamiento
Entre las infantiles cabezas desbordantes...
El olor de los campos
Alzados por la lluvia
Templó en su corazón
La confianza evangélica;
La amorosa espesura
Del aire ante sus ojos
Fue quizás la vislumbre
De otros años vibrantes,
Marcados por el hondo
Verdor de la energía;
Y aquellos graves árboles enseñaron a Lillie
La riqueza de todas las altas sencilleces,
El gozo natural de la vida sin tregua:
Árboles del camino
Y árboles del idioma,
Compañeros seguros
De una ardiente jornada
Vieron su luz rosada como fruta sin huella,
El sol desvanecido de sus ojos de niña,
La adolescencia verde como el verde manzano,
Los dedos en que pulsan secretos ultramares,
Su esbeltez de doncella campesina y celeste,
la salud del espíritu bajo el aire más libre:
que ahí en la casa llena
de austeras enseñanzas,
labores de cocina
y oficios de bodega,
entre el juego magnánimo
de la leña y la nieve,
ahí leyó la clara
muchacha a sus poetas,
árboles de la lengua,
proféticas raíces,
y una luz más ardiente se unió a su luz profunda,
como un perfume ingresa al aire perfumado,
como el mar se alimenta de sus propias espumas,
oh azul de niña plena de sol y de pañuelos,
claridad sorprendida de las altas montañas,
fulgor del hondo cielo natal de Nuevo México,
y en las venas, brillando, la Germania escondida.
Cómo no amar, entonces esos callados árboles,
Los amigos de Lillie en su diario camino
Hacia la rumorosa escuela de Alburquerque
Donde la joven hecha de esplendente paciencia,
De color amasado con flores de colina,
Abría el maternal poder del pensamiento
Entre las infantiles cabezas desbordantes...
El olor de los campos
Alzados por la lluvia
Templó en su corazón
La confianza evangélica;
La amorosa espesura
Del aire ante sus ojos
Fue quizás la vislumbre
De otros años vibrantes,
Marcados por el hondo
Verdor de la energía;
Y aquellos graves árboles enseñaron a Lillie
La riqueza de todas las altas sencilleces,
El gozo natural de la vida sin tregua:
Árboles del camino
Y árboles del idioma,
Compañeros seguros
De una ardiente jornada
443
David Escobar Galindo
Estamento Nocturno
Despréndese la noche
desde su astro más solo,
y cae sobre el miedo de los techos quebrados.
Noche de las esencias como espíritus de aire,
que beben en los ojos abiertos de las bestias.
Se despierta la noche, caída sobre el llano.
Grita por el sonámbulo parado en la ventana.
Pero el silencio es uno: su inocencia mayor
cierra un abrazo de agua bebida o anhelada.
Todos duermen: los pobres,
los ricos, los ausentes,
los árboles de grueso perfume abandonado,
y hasta la piedra sorda con que la casa irrumpe
en el polvo blanquísimo, soledad muerta en vida,
y hasta donde comienza la luz dueña del humo,
ánima respirable de los seres dormidos.
Igual que la epidemia
que agiganta los ojos,
este sabor deshecho
de la armonía que habla
va siendo una gemela
libertad en la sangre
una manera grávida de aprender el sonido
porque tantas personas anónimas confluyen
a una sola medida de temblor en el tiempo:
el pensador recorre cada sombra derruida,
penetra en los armarios y en los aparadores,
sopla sobre el ahogo de las ropas usadas,
pone ceniza de oro en la boca de un niño.
Estado de pureza granítica es el aire,
velocidad de seres humanos sin conciencia
de su heroísmo lento como el sol sin pestañas,
y en ese espacio escribe
mi mano este rescoldo:
la personificada
tortura del espíritu...
Ya los antepasados revuelan por la noche,
con sus máscaras de agua silbante y vanidosa;
en la quietud del campo se rebela un candil,
prende fuego a las nubes de insectos espaciales.
Rompe un sol inocente su huevo prematuro:
ha caído otra lluvia
de sal sobre esta página.
543
David Escobar Galindo
Parábola
El sol se pierde —moneda de fuego
en su ciega alcancía.
Duerme el tesoro, luego, en el pleno sosiego,
hasta que lo descubre, de pronto, en el hondón,
el picapedrero del día.
(Tal le pasa al maduro corazón).
en su ciega alcancía.
Duerme el tesoro, luego, en el pleno sosiego,
hasta que lo descubre, de pronto, en el hondón,
el picapedrero del día.
(Tal le pasa al maduro corazón).
443
David Escobar Galindo
Hacia La Perspectiva De Las Dunas
Hacia la perspectiva de las dunas,
esa ilusión comienza a dibujarse.
Una mancha de lluvia en movimiento.
Un volumen de insólitos cristales.
Una escultura onírica de sal.
Y un soplo de repente, humana ráfaga.
esa ilusión comienza a dibujarse.
Una mancha de lluvia en movimiento.
Un volumen de insólitos cristales.
Una escultura onírica de sal.
Y un soplo de repente, humana ráfaga.
394
Delmira Agustini
Ceguera
Me abismo en una rara ceguera luminosa
Un astro, casi un alma, me ha velado la Vida.
¿Se ha prendido en mí como brillante mariposa?
No sé…
Rara ceguera que
me borras el mundo,
Estrella, casi alma, con que asciendo o me hundo:
¡Dame tu luz y vélame eternamente el mundo!
Un astro, casi un alma, me ha velado la Vida.
¿Se ha prendido en mí como brillante mariposa?
No sé…
Rara ceguera que
me borras el mundo,
Estrella, casi alma, con que asciendo o me hundo:
¡Dame tu luz y vélame eternamente el mundo!
1.025
Dámaso Alonso
Cancioncilla
Otros querrán mausoleos
donde cuelguen los trofeos,
donde nadie ha de llorar,
y yo no los quiero, no
(que lo digo en un cantar)
porque yo
morir quisiera en el viento,
como la gente de mar
en el mar.
Me podrían enterrar
en la ancha fosa del viento.
Oh, qué dulce
descansar
ir sepultado en el viento
como un capitán del
viento
como un capitán del
mar,
muerto en medio de la mar.
donde cuelguen los trofeos,
donde nadie ha de llorar,
y yo no los quiero, no
(que lo digo en un cantar)
porque yo
morir quisiera en el viento,
como la gente de mar
en el mar.
Me podrían enterrar
en la ancha fosa del viento.
Oh, qué dulce
descansar
ir sepultado en el viento
como un capitán del
viento
como un capitán del
mar,
muerto en medio de la mar.
864
Dámaso Alonso
Madrigal De Las Once
Desnudas han caído
las once campanadas.
Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando encima.
La mañana
ha roto su collar desde la torre.
En los troncos, se rascan las cigarras.
Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
quieta,
tu sombrilla blanca.
las once campanadas.
Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando encima.
La mañana
ha roto su collar desde la torre.
En los troncos, se rascan las cigarras.
Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
quieta,
tu sombrilla blanca.
765
Dámaso Alonso
Madrigal De Las Once
Desnudas han caído
las once campanadas.
Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando encima.
La mañana
ha roto su collar desde la torre.
En los troncos, se rascan las cigarras.
Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
quieta,
tu sombrilla blanca.
las once campanadas.
Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando encima.
La mañana
ha roto su collar desde la torre.
En los troncos, se rascan las cigarras.
Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
quieta,
tu sombrilla blanca.
765
Dámaso Alonso
Madrigal De Las Once
Desnudas han caído
las once campanadas.
Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando encima.
La mañana
ha roto su collar desde la torre.
En los troncos, se rascan las cigarras.
Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
quieta,
tu sombrilla blanca.
las once campanadas.
Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando encima.
La mañana
ha roto su collar desde la torre.
En los troncos, se rascan las cigarras.
Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
quieta,
tu sombrilla blanca.
765
Dámaso Alonso
Calle Del Arrabal
Se me quedó en lo hondo
una visión tan clara,
que tengo que entornar los ojos cuando
intento recordarla.
A un lado, hay un calvero de solares
en frente, están las casas alineadas
porque esperan que de un momento a otro
la Primavera pasará.
Las sábanas,
aún goteantes, penden
de todas las ventanas,
el viento juega con el sol en ellas
y ellas ríen del juego y de la gracia.
Y hay las niñas bonitas
que se peinan al aire 1ibre.
Cantan
los chicos de una escuela la lección.
Las once dan.
Por el arroyo pasa
un viejo cojitranco
que empuja su carrito de naranjas.
una visión tan clara,
que tengo que entornar los ojos cuando
intento recordarla.
A un lado, hay un calvero de solares
en frente, están las casas alineadas
porque esperan que de un momento a otro
la Primavera pasará.
Las sábanas,
aún goteantes, penden
de todas las ventanas,
el viento juega con el sol en ellas
y ellas ríen del juego y de la gracia.
Y hay las niñas bonitas
que se peinan al aire 1ibre.
Cantan
los chicos de una escuela la lección.
Las once dan.
Por el arroyo pasa
un viejo cojitranco
que empuja su carrito de naranjas.
722
Dámaso Alonso
Calle Del Arrabal
Se me quedó en lo hondo
una visión tan clara,
que tengo que entornar los ojos cuando
intento recordarla.
A un lado, hay un calvero de solares
en frente, están las casas alineadas
porque esperan que de un momento a otro
la Primavera pasará.
Las sábanas,
aún goteantes, penden
de todas las ventanas,
el viento juega con el sol en ellas
y ellas ríen del juego y de la gracia.
Y hay las niñas bonitas
que se peinan al aire 1ibre.
Cantan
los chicos de una escuela la lección.
Las once dan.
Por el arroyo pasa
un viejo cojitranco
que empuja su carrito de naranjas.
una visión tan clara,
que tengo que entornar los ojos cuando
intento recordarla.
A un lado, hay un calvero de solares
en frente, están las casas alineadas
porque esperan que de un momento a otro
la Primavera pasará.
Las sábanas,
aún goteantes, penden
de todas las ventanas,
el viento juega con el sol en ellas
y ellas ríen del juego y de la gracia.
Y hay las niñas bonitas
que se peinan al aire 1ibre.
Cantan
los chicos de una escuela la lección.
Las once dan.
Por el arroyo pasa
un viejo cojitranco
que empuja su carrito de naranjas.
722
Juan de Tassis y Peralta
Romance
Francelisa, la más bella
ninfa que pisó cristal,
y sobre coturnos de oro
lleva su tributo al mar,
doliente y correspondida
de Amarilis en el mal,
ella sabe por qué llora
y cuán llorosa estará.
Primas son y las primeras
flores que dio Portugal:
una, formación de estrellas;
otra, de rayos no más;
lo que rubrica la perla,
la siempre luz orïental,
tensa imagen del Aurora
y sol que amanece ya.
Rojos anima claveles
en los dos labios que más
bella afrenta de las perlas
el Amor supo celar.
De sí mismo dé sus flechas,
pues las que al arco da
hebras son finas que Clori
apenas sabe envidiar.
El aliento que respira
quintaesencia es del azahar;
abriles y mayos pisa
con su animado cristal.
Si con dos luceros mira
-que aun no se dejan mirar-,
qué no rinde, qué no vence,
y qué no conquistará.
Presa tiene a Francelisa,
y ella en sus brazos está;
el peligro de sus brazos
de mi muerte lo sabrá.
Con rayos el sol
a cuya lumbre jamás
habrá libre corazón,
habrá exenta libertad.
Dulces son de Amor cadenas,
y aun dellas no liberal,
en la mezcla de los ojos
donde es dulce el espirar.
Cuanto dice y cuanto hace
es peligroso ademán,
el buen aire es su retrato,
si se puede retratar.
La que en su norte es estrella
y no de lumbre polar,
sino de la luz más fija
que venera nuestra edad;
es la suya en pocos años
muchos siglos de beldad,
hermosura con veneno
y peligro que adorar.
Que se le huye y que vive
y que se deja alcanzar,
que no envidie el escarmiento,
que no desprecie el afán.
Por ella llora Amarilis,
por ella llorando están
cuantos saben entender,
cuantos supieren mirar.
Francelisa, agradecida,
o teniendo que pagar,
con su hermosísima prima
dio celos y aun quizá más;
pues para sacar de Amor
misterio que oculto está,
hoy le faltará el deseo
y mañana le sobrará.
Discursos son de la envidia
en la culpa de un mordaz,
Francelisa y Amarilis
magna conjunción es ya.
ninfa que pisó cristal,
y sobre coturnos de oro
lleva su tributo al mar,
doliente y correspondida
de Amarilis en el mal,
ella sabe por qué llora
y cuán llorosa estará.
Primas son y las primeras
flores que dio Portugal:
una, formación de estrellas;
otra, de rayos no más;
lo que rubrica la perla,
la siempre luz orïental,
tensa imagen del Aurora
y sol que amanece ya.
Rojos anima claveles
en los dos labios que más
bella afrenta de las perlas
el Amor supo celar.
De sí mismo dé sus flechas,
pues las que al arco da
hebras son finas que Clori
apenas sabe envidiar.
El aliento que respira
quintaesencia es del azahar;
abriles y mayos pisa
con su animado cristal.
Si con dos luceros mira
-que aun no se dejan mirar-,
qué no rinde, qué no vence,
y qué no conquistará.
Presa tiene a Francelisa,
y ella en sus brazos está;
el peligro de sus brazos
de mi muerte lo sabrá.
Con rayos el sol
a cuya lumbre jamás
habrá libre corazón,
habrá exenta libertad.
Dulces son de Amor cadenas,
y aun dellas no liberal,
en la mezcla de los ojos
donde es dulce el espirar.
Cuanto dice y cuanto hace
es peligroso ademán,
el buen aire es su retrato,
si se puede retratar.
La que en su norte es estrella
y no de lumbre polar,
sino de la luz más fija
que venera nuestra edad;
es la suya en pocos años
muchos siglos de beldad,
hermosura con veneno
y peligro que adorar.
Que se le huye y que vive
y que se deja alcanzar,
que no envidie el escarmiento,
que no desprecie el afán.
Por ella llora Amarilis,
por ella llorando están
cuantos saben entender,
cuantos supieren mirar.
Francelisa, agradecida,
o teniendo que pagar,
con su hermosísima prima
dio celos y aun quizá más;
pues para sacar de Amor
misterio que oculto está,
hoy le faltará el deseo
y mañana le sobrará.
Discursos son de la envidia
en la culpa de un mordaz,
Francelisa y Amarilis
magna conjunción es ya.
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