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José Antonio Ramos Sucre
Isabel
ISABEL
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
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José Antonio Ramos Sucre
Isabel
ISABEL
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
498
José Antonio Ramos Sucre
Azucena
AZUCENA
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
831
José Antonio Ramos Sucre
Marginal
MARGINAL
Una crónica inicia el episodio de un
aventurero desengañado de sus correrías y lastimado por
la pobreza. No había alcanzado ninguna presea en medio de los
sobresaltos del campamento. Supo acaso la destitución de un rey
y su cautiverio de casi tres decenios sin otra compañía
sino la de su enano.
El aventurero interrumpe la crítica de las
rapsodias homéricas en el original griego, único solaz de
su decadencia, para abrazar en vano la empresa de soltarlo. El cautivo
había sido un déspota soberbio y se le acusaba de haber
lanzado su jauría al encuentro de un obispo solícito.
El aventurero volvía de una guerra con los
infieles en las praderas del Danubio. Sentado sobre un tambor de piel
de asno, ocuparía el desvelo de las noches de alarma en recoger
de un bizantino prófugo las noticias del idioma vibrante.
Debió de recrear el carácter desabrido en las vicisitudes
de la Ilíada y de esa misma escena puede escogerse el
símbolo del buitre, enemigo de los moribundos, con el objeto de
significar el estrago de su voluntad empedernida.
Una crónica inicia el episodio de un
aventurero desengañado de sus correrías y lastimado por
la pobreza. No había alcanzado ninguna presea en medio de los
sobresaltos del campamento. Supo acaso la destitución de un rey
y su cautiverio de casi tres decenios sin otra compañía
sino la de su enano.
El aventurero interrumpe la crítica de las
rapsodias homéricas en el original griego, único solaz de
su decadencia, para abrazar en vano la empresa de soltarlo. El cautivo
había sido un déspota soberbio y se le acusaba de haber
lanzado su jauría al encuentro de un obispo solícito.
El aventurero volvía de una guerra con los
infieles en las praderas del Danubio. Sentado sobre un tambor de piel
de asno, ocuparía el desvelo de las noches de alarma en recoger
de un bizantino prófugo las noticias del idioma vibrante.
Debió de recrear el carácter desabrido en las vicisitudes
de la Ilíada y de esa misma escena puede escogerse el
símbolo del buitre, enemigo de los moribundos, con el objeto de
significar el estrago de su voluntad empedernida.
458
José Antonio Ramos Sucre
La Inspiración
LA INSPIRACIÓN
Yo me esforzaba en subir el curso de un río.
No soltaba de la mano los remos de un bajel fugaz, fabricado de una
corteza. Yo la había desprendido de un árbol
independiente, familiar de las alondras y pregonero de sus flores
virginales en una selva augusta, reflejada en el espejo del éter.
Yo dibujé en la frente del bajel la imagen
fácil del amor y redimí sus ojos del cautiverio de la
venda. Había usado en penetrar la corteza fragante un estilo de
hierro.
Vine a dar en una llanura libre, donde se encrespaba
y corría, vencedora de un asalto de leones, la hueste de unos
caballos ardientes.
Se adelantaba hasta la presencia del océano y
se volvía al sentir el sonido frenético de unas
trompetas. La belleza del porte y de la carrera me presentaba a cada
instante un motivo nuevo y singular de admiración. Yo pensaba en
unos retóricos de la gentilidad, divididos y hostiles al
calificar méritos en los caballos de un friso, agilitados por el
cincel de Fidias.
El sonido frenético de las trompetas
repercutía en el cielo diáfano y anunciaba la soberana
del país quimérico. Vino a la cabeza de una escolta de
monteros y de prohombres ancianos, pares de una orden cortés en
los días de una briosa juventud. Había dejado un mundo
inefable, a semejanza de Beatriz y con el mismo atavío de sus
llamas, y esgrimía el acero de Clorinda. Me invitó al
estribo de su carro e impuso en mi frente una señal de su
autoridad, por donde me visitaron pensamientos y sentimientos de una
grandeza ilimitada.
Yo me esforzaba en subir el curso de un río.
No soltaba de la mano los remos de un bajel fugaz, fabricado de una
corteza. Yo la había desprendido de un árbol
independiente, familiar de las alondras y pregonero de sus flores
virginales en una selva augusta, reflejada en el espejo del éter.
Yo dibujé en la frente del bajel la imagen
fácil del amor y redimí sus ojos del cautiverio de la
venda. Había usado en penetrar la corteza fragante un estilo de
hierro.
Vine a dar en una llanura libre, donde se encrespaba
y corría, vencedora de un asalto de leones, la hueste de unos
caballos ardientes.
Se adelantaba hasta la presencia del océano y
se volvía al sentir el sonido frenético de unas
trompetas. La belleza del porte y de la carrera me presentaba a cada
instante un motivo nuevo y singular de admiración. Yo pensaba en
unos retóricos de la gentilidad, divididos y hostiles al
calificar méritos en los caballos de un friso, agilitados por el
cincel de Fidias.
El sonido frenético de las trompetas
repercutía en el cielo diáfano y anunciaba la soberana
del país quimérico. Vino a la cabeza de una escolta de
monteros y de prohombres ancianos, pares de una orden cortés en
los días de una briosa juventud. Había dejado un mundo
inefable, a semejanza de Beatriz y con el mismo atavío de sus
llamas, y esgrimía el acero de Clorinda. Me invitó al
estribo de su carro e impuso en mi frente una señal de su
autoridad, por donde me visitaron pensamientos y sentimientos de una
grandeza ilimitada.
436
José Antonio Ramos Sucre
La Inspiración
LA INSPIRACIÓN
Yo me esforzaba en subir el curso de un río.
No soltaba de la mano los remos de un bajel fugaz, fabricado de una
corteza. Yo la había desprendido de un árbol
independiente, familiar de las alondras y pregonero de sus flores
virginales en una selva augusta, reflejada en el espejo del éter.
Yo dibujé en la frente del bajel la imagen
fácil del amor y redimí sus ojos del cautiverio de la
venda. Había usado en penetrar la corteza fragante un estilo de
hierro.
Vine a dar en una llanura libre, donde se encrespaba
y corría, vencedora de un asalto de leones, la hueste de unos
caballos ardientes.
Se adelantaba hasta la presencia del océano y
se volvía al sentir el sonido frenético de unas
trompetas. La belleza del porte y de la carrera me presentaba a cada
instante un motivo nuevo y singular de admiración. Yo pensaba en
unos retóricos de la gentilidad, divididos y hostiles al
calificar méritos en los caballos de un friso, agilitados por el
cincel de Fidias.
El sonido frenético de las trompetas
repercutía en el cielo diáfano y anunciaba la soberana
del país quimérico. Vino a la cabeza de una escolta de
monteros y de prohombres ancianos, pares de una orden cortés en
los días de una briosa juventud. Había dejado un mundo
inefable, a semejanza de Beatriz y con el mismo atavío de sus
llamas, y esgrimía el acero de Clorinda. Me invitó al
estribo de su carro e impuso en mi frente una señal de su
autoridad, por donde me visitaron pensamientos y sentimientos de una
grandeza ilimitada.
Yo me esforzaba en subir el curso de un río.
No soltaba de la mano los remos de un bajel fugaz, fabricado de una
corteza. Yo la había desprendido de un árbol
independiente, familiar de las alondras y pregonero de sus flores
virginales en una selva augusta, reflejada en el espejo del éter.
Yo dibujé en la frente del bajel la imagen
fácil del amor y redimí sus ojos del cautiverio de la
venda. Había usado en penetrar la corteza fragante un estilo de
hierro.
Vine a dar en una llanura libre, donde se encrespaba
y corría, vencedora de un asalto de leones, la hueste de unos
caballos ardientes.
Se adelantaba hasta la presencia del océano y
se volvía al sentir el sonido frenético de unas
trompetas. La belleza del porte y de la carrera me presentaba a cada
instante un motivo nuevo y singular de admiración. Yo pensaba en
unos retóricos de la gentilidad, divididos y hostiles al
calificar méritos en los caballos de un friso, agilitados por el
cincel de Fidias.
El sonido frenético de las trompetas
repercutía en el cielo diáfano y anunciaba la soberana
del país quimérico. Vino a la cabeza de una escolta de
monteros y de prohombres ancianos, pares de una orden cortés en
los días de una briosa juventud. Había dejado un mundo
inefable, a semejanza de Beatriz y con el mismo atavío de sus
llamas, y esgrimía el acero de Clorinda. Me invitó al
estribo de su carro e impuso en mi frente una señal de su
autoridad, por donde me visitaron pensamientos y sentimientos de una
grandeza ilimitada.
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José Antonio Ramos Sucre
La Inspiración
LA INSPIRACIÓN
Yo me esforzaba en subir el curso de un río.
No soltaba de la mano los remos de un bajel fugaz, fabricado de una
corteza. Yo la había desprendido de un árbol
independiente, familiar de las alondras y pregonero de sus flores
virginales en una selva augusta, reflejada en el espejo del éter.
Yo dibujé en la frente del bajel la imagen
fácil del amor y redimí sus ojos del cautiverio de la
venda. Había usado en penetrar la corteza fragante un estilo de
hierro.
Vine a dar en una llanura libre, donde se encrespaba
y corría, vencedora de un asalto de leones, la hueste de unos
caballos ardientes.
Se adelantaba hasta la presencia del océano y
se volvía al sentir el sonido frenético de unas
trompetas. La belleza del porte y de la carrera me presentaba a cada
instante un motivo nuevo y singular de admiración. Yo pensaba en
unos retóricos de la gentilidad, divididos y hostiles al
calificar méritos en los caballos de un friso, agilitados por el
cincel de Fidias.
El sonido frenético de las trompetas
repercutía en el cielo diáfano y anunciaba la soberana
del país quimérico. Vino a la cabeza de una escolta de
monteros y de prohombres ancianos, pares de una orden cortés en
los días de una briosa juventud. Había dejado un mundo
inefable, a semejanza de Beatriz y con el mismo atavío de sus
llamas, y esgrimía el acero de Clorinda. Me invitó al
estribo de su carro e impuso en mi frente una señal de su
autoridad, por donde me visitaron pensamientos y sentimientos de una
grandeza ilimitada.
Yo me esforzaba en subir el curso de un río.
No soltaba de la mano los remos de un bajel fugaz, fabricado de una
corteza. Yo la había desprendido de un árbol
independiente, familiar de las alondras y pregonero de sus flores
virginales en una selva augusta, reflejada en el espejo del éter.
Yo dibujé en la frente del bajel la imagen
fácil del amor y redimí sus ojos del cautiverio de la
venda. Había usado en penetrar la corteza fragante un estilo de
hierro.
Vine a dar en una llanura libre, donde se encrespaba
y corría, vencedora de un asalto de leones, la hueste de unos
caballos ardientes.
Se adelantaba hasta la presencia del océano y
se volvía al sentir el sonido frenético de unas
trompetas. La belleza del porte y de la carrera me presentaba a cada
instante un motivo nuevo y singular de admiración. Yo pensaba en
unos retóricos de la gentilidad, divididos y hostiles al
calificar méritos en los caballos de un friso, agilitados por el
cincel de Fidias.
El sonido frenético de las trompetas
repercutía en el cielo diáfano y anunciaba la soberana
del país quimérico. Vino a la cabeza de una escolta de
monteros y de prohombres ancianos, pares de una orden cortés en
los días de una briosa juventud. Había dejado un mundo
inefable, a semejanza de Beatriz y con el mismo atavío de sus
llamas, y esgrimía el acero de Clorinda. Me invitó al
estribo de su carro e impuso en mi frente una señal de su
autoridad, por donde me visitaron pensamientos y sentimientos de una
grandeza ilimitada.
436
José Antonio Ramos Sucre
El Peregrino De La Fe
EL PEREGRINO DE LA FE
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
477
José Antonio Ramos Sucre
El Peregrino De La Fe
EL PEREGRINO DE LA FE
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
477
José Antonio Ramos Sucre
El Rebelde
EL REBELDE
El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.
Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.
El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.
Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.
459
José Antonio Ramos Sucre
Antífona
ANTÍFONA
Yo visitaba la selva acústica, asilo de la
inocencia, y me divertía con la vislumbre fugitiva, con el
desvarío de la luz.
Una doncella cándida, libre de los recuerdos
de una vida mustia, sujetaba a su albedrío los pájaros
turbulentos. El caracol servía de lazarillo al topo.
Yo frisaba apenas con la adolescencia y salía
a mi voluntad de los límites del mundo real. La doncella
clemente se presentó delante de mis pasos a referirme las
venturas de una vida señoril, los gracejos y desvíos de
las princesas en un reino ideal. Yo los he leído en un drama de
Shakespeare.
La memoria de mis errores en la selva diáfana
embelesó mi juventud ferviente. Larvas y quimeras de mi numen
triste, una ronda aérea seducía mis ojos bajo el cielo de
ámbar y una corona de espinas, la de Cordelia, mortificaba las
sienes de la doncella fiel.
Yo visitaba la selva acústica, asilo de la
inocencia, y me divertía con la vislumbre fugitiva, con el
desvarío de la luz.
Una doncella cándida, libre de los recuerdos
de una vida mustia, sujetaba a su albedrío los pájaros
turbulentos. El caracol servía de lazarillo al topo.
Yo frisaba apenas con la adolescencia y salía
a mi voluntad de los límites del mundo real. La doncella
clemente se presentó delante de mis pasos a referirme las
venturas de una vida señoril, los gracejos y desvíos de
las princesas en un reino ideal. Yo los he leído en un drama de
Shakespeare.
La memoria de mis errores en la selva diáfana
embelesó mi juventud ferviente. Larvas y quimeras de mi numen
triste, una ronda aérea seducía mis ojos bajo el cielo de
ámbar y una corona de espinas, la de Cordelia, mortificaba las
sienes de la doncella fiel.
441
José Antonio Ramos Sucre
Antífona
ANTÍFONA
Yo visitaba la selva acústica, asilo de la
inocencia, y me divertía con la vislumbre fugitiva, con el
desvarío de la luz.
Una doncella cándida, libre de los recuerdos
de una vida mustia, sujetaba a su albedrío los pájaros
turbulentos. El caracol servía de lazarillo al topo.
Yo frisaba apenas con la adolescencia y salía
a mi voluntad de los límites del mundo real. La doncella
clemente se presentó delante de mis pasos a referirme las
venturas de una vida señoril, los gracejos y desvíos de
las princesas en un reino ideal. Yo los he leído en un drama de
Shakespeare.
La memoria de mis errores en la selva diáfana
embelesó mi juventud ferviente. Larvas y quimeras de mi numen
triste, una ronda aérea seducía mis ojos bajo el cielo de
ámbar y una corona de espinas, la de Cordelia, mortificaba las
sienes de la doncella fiel.
Yo visitaba la selva acústica, asilo de la
inocencia, y me divertía con la vislumbre fugitiva, con el
desvarío de la luz.
Una doncella cándida, libre de los recuerdos
de una vida mustia, sujetaba a su albedrío los pájaros
turbulentos. El caracol servía de lazarillo al topo.
Yo frisaba apenas con la adolescencia y salía
a mi voluntad de los límites del mundo real. La doncella
clemente se presentó delante de mis pasos a referirme las
venturas de una vida señoril, los gracejos y desvíos de
las princesas en un reino ideal. Yo los he leído en un drama de
Shakespeare.
La memoria de mis errores en la selva diáfana
embelesó mi juventud ferviente. Larvas y quimeras de mi numen
triste, una ronda aérea seducía mis ojos bajo el cielo de
ámbar y una corona de espinas, la de Cordelia, mortificaba las
sienes de la doncella fiel.
441
José Antonio Ramos Sucre
Lucía
LUCÍA
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
480
José Antonio Ramos Sucre
El Valle Del Éxtasis
EL VALLE DEL ÉXTASIS
Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.
Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.
446
José Antonio Ramos Sucre
Victoria
VICTORIA
Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.
Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.
Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.
Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.
Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.
Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.
Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.
Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.
461
José Antonio Ramos Sucre
Victoria
VICTORIA
Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.
Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.
Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.
Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.
Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.
Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.
Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.
Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.
461
José Antonio Ramos Sucre
Penitencial
PENITENCIAL
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
449
José Antonio Ramos Sucre
Tácita, La Musa Décima
TÁCITA, LA MUSA DÉCIMA
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
649
José Antonio Ramos Sucre
Carnaval
CARNAVAL
Una mujer de facciones imperfectas y de gesto
apacible obsede mi pensamiento. Un pintor septentrional la
habría situado en el curso de una escena familiar, para
distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras
macabras.
Yo había llegado a la sala de la fiesta en
compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la
sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos
habían arriesgado la vida por mi causa.
Los enemigos travestidos nos rodearon
súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos
el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines.
Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando
declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el
reguero de su sangre en la nieve del suelo.
Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta,
me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis
fuerzas por medio de una poción estimulante. Ingerí una
bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el sedimento
mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.
Ellos se perdieron en el giro del baile.
Yo divisaba la misma figura de este momento.
Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la
presencia de la mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible en
una tregua de la danza de los muertos.
Una mujer de facciones imperfectas y de gesto
apacible obsede mi pensamiento. Un pintor septentrional la
habría situado en el curso de una escena familiar, para
distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras
macabras.
Yo había llegado a la sala de la fiesta en
compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la
sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos
habían arriesgado la vida por mi causa.
Los enemigos travestidos nos rodearon
súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos
el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines.
Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando
declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el
reguero de su sangre en la nieve del suelo.
Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta,
me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis
fuerzas por medio de una poción estimulante. Ingerí una
bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el sedimento
mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.
Ellos se perdieron en el giro del baile.
Yo divisaba la misma figura de este momento.
Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la
presencia de la mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible en
una tregua de la danza de los muertos.
508
José Antonio Ramos Sucre
El Escolar
EL ESCOLAR
La sonámbula sufría de la perfidia de
un amante. Había enfermado de considerar una aspiración
remota.
Merecía el nombre de visionaria y profetisa y
pasaba la mitad del día arrodillada delante de una imagen de
arcilla negra. Le tributaba siempre el exvoto de una flor cantada en
las hipérboles de la Biblia y conservada por muchas generaciones
devotas. La flor exhausta recuperaba su perfume bajo el rocío
del agua bendita. Había adornado el peto de un cruzado.
La sonámbula me predijo el éxito de
mis intentos y me inspiró la voluntad de aplicarme al juego de
manera más vehemente. Salía vencedor de los garitos en
medio del asombro y de la envidia de los perdularios. Malograron su
tiempo ordenándome asechanzas e invitándome a fiestas
campestres. Me rodeaban solapados y famélicos.
La sonámbula me separó de usar los
consejos de un médico en la crisis de una fiebre inopinada. Me
salvó de recibir los gérmenes de una enfermedad desaseada
y frustró una vez más el despecho de los perdidosos.
Yo la recibí en mi compañía y
la llevé a respirar las auras del mar de Sicilia, de donde vino
el restablecimiento de su hermosura.
Mis enemigos nos dispararon por última vez
sus arcabuces desde unas ruinas.
Yo había dejado mis lares nativos con el
propósito de reconstituir un momento deplorable de la
antigüedad bajo la sombra de Tucídides.
La sonámbula sufría de la perfidia de
un amante. Había enfermado de considerar una aspiración
remota.
Merecía el nombre de visionaria y profetisa y
pasaba la mitad del día arrodillada delante de una imagen de
arcilla negra. Le tributaba siempre el exvoto de una flor cantada en
las hipérboles de la Biblia y conservada por muchas generaciones
devotas. La flor exhausta recuperaba su perfume bajo el rocío
del agua bendita. Había adornado el peto de un cruzado.
La sonámbula me predijo el éxito de
mis intentos y me inspiró la voluntad de aplicarme al juego de
manera más vehemente. Salía vencedor de los garitos en
medio del asombro y de la envidia de los perdularios. Malograron su
tiempo ordenándome asechanzas e invitándome a fiestas
campestres. Me rodeaban solapados y famélicos.
La sonámbula me separó de usar los
consejos de un médico en la crisis de una fiebre inopinada. Me
salvó de recibir los gérmenes de una enfermedad desaseada
y frustró una vez más el despecho de los perdidosos.
Yo la recibí en mi compañía y
la llevé a respirar las auras del mar de Sicilia, de donde vino
el restablecimiento de su hermosura.
Mis enemigos nos dispararon por última vez
sus arcabuces desde unas ruinas.
Yo había dejado mis lares nativos con el
propósito de reconstituir un momento deplorable de la
antigüedad bajo la sombra de Tucídides.
502
José Antonio Ramos Sucre
El Alumno De Tersites
EL ALUMNO DE TERSITES
Yo me había internado en la selva de las
sombras sedantes, en donde se holgaba, según la
tradición, el dios ecuestre del crepúsculo. Era un
sagitario retirado del mundo y sustraído a la alegría y
recibió por ello el castigo de una muerte anticipada. El numen
de la luz le guardó un duelo continuo y le encomendó la
hora ambigua del día.
Su amada había recibido la merced de la
inmortalidad y recorría las veredas y atravesaba la espesura del
monte, en donde reinaba perpetuamente la misma hora, a la vista de los
celajes cárdenos.
Un pensamiento supremo la había enmudecido.
El matorral componía una alfombra delante de
sus pies y los árboles, soñando con el mediodía
rutilante, arrojaban sobre su cabeza una lluvia de flores martirizadas.
Yo me había internado en la soledad
silvestre, llevando de compañero al bufón desterrado de
la corte. Decía sus gracejos en forma de argumento, parodiando
risueñamente a los escolares y doctores. Shakespeare lo mienta
en uno de sus dramas. Había incurrido, por imprudente, en el
enojo de un rey venerable y de sus hijas.
El bufón dirigió la palabra, en son de
festividad, a la mujer del bosque entredicho, elevada al mismo
privilegio de las personas divinas, de hollar la tierra con pies
desnudos e ilesos.
El bosque embelesado se mudó repentinamente
en un cantizal y el flagelo del relámpago azotó las
higueras condenadas a la esterilidad.
Yo me había internado en la selva de las
sombras sedantes, en donde se holgaba, según la
tradición, el dios ecuestre del crepúsculo. Era un
sagitario retirado del mundo y sustraído a la alegría y
recibió por ello el castigo de una muerte anticipada. El numen
de la luz le guardó un duelo continuo y le encomendó la
hora ambigua del día.
Su amada había recibido la merced de la
inmortalidad y recorría las veredas y atravesaba la espesura del
monte, en donde reinaba perpetuamente la misma hora, a la vista de los
celajes cárdenos.
Un pensamiento supremo la había enmudecido.
El matorral componía una alfombra delante de
sus pies y los árboles, soñando con el mediodía
rutilante, arrojaban sobre su cabeza una lluvia de flores martirizadas.
Yo me había internado en la soledad
silvestre, llevando de compañero al bufón desterrado de
la corte. Decía sus gracejos en forma de argumento, parodiando
risueñamente a los escolares y doctores. Shakespeare lo mienta
en uno de sus dramas. Había incurrido, por imprudente, en el
enojo de un rey venerable y de sus hijas.
El bufón dirigió la palabra, en son de
festividad, a la mujer del bosque entredicho, elevada al mismo
privilegio de las personas divinas, de hollar la tierra con pies
desnudos e ilesos.
El bosque embelesado se mudó repentinamente
en un cantizal y el flagelo del relámpago azotó las
higueras condenadas a la esterilidad.
427
José Antonio Ramos Sucre
Bajo El Velamen De Púrpura
BAJO EL VELAMEN DE PÚRPURA
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
465
José Antonio Ramos Sucre
El Cristiano
EL CRISTIANO
Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de
su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una
reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la
noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba
ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.
Él había perdido los años
más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio,
por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se
había conservado intacta y lo había redimido al principio
de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su
vivienda en un descampado. Él se había insinuado en la
amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su
destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.
Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en
sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y
de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido
el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el
propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.
Él me enseñó la caridad con los
animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus
dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre
mis hombros, al ajuar de la suya y eché por delante un zorro
azul del polo y una liebre sedosa.
Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de
su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una
reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la
noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba
ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.
Él había perdido los años
más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio,
por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se
había conservado intacta y lo había redimido al principio
de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su
vivienda en un descampado. Él se había insinuado en la
amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su
destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.
Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en
sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y
de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido
el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el
propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.
Él me enseñó la caridad con los
animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus
dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre
mis hombros, al ajuar de la suya y eché por delante un zorro
azul del polo y una liebre sedosa.
461
José Antonio Ramos Sucre
El Clima Del Nopal
EL CLIMA DEL NOPAL
El ermitaño cuenta los sucesos y prodigios
del amor y se incorpora a la hueste de los personajes lacerados y sin
remedio. Se confiesa autor de más de un rapto y sugiere, por
medio de una locución viva, el susto de la fuga a rienda suelta,
bajo el alcance de las piedras y de los disparos.
Se finge delicado a la memoria de Mercedes,
constante en censurar sus mocedades y autora, una vez difunta, de su
retiro del siglo y de su arrepentimiento y humildad.
Describe la estancia en donde pasó esta vida
y quedó yacente, sin auxilio ni compañía. Un soplo
del norte rompía a cada paso los ventanales, arrojaba lejos el
perfume de los sahumerios y extinguía, delante del crucifijo de
marfil, un cirio de lumbre mustia.
Pasa a celebrar su propósito irrevocable de
vivir penitente, desde esa hora, en el hueco del monte, en medio de una
maleza parca y cenicienta.
El ermitaño da fin a su discurso y me
sorprende con la mención de sus compañeros y el reproche
de su tardanza. Los apellida por medio de un silbato de cobre.
Yo me vi amenazado, en breve espacio, por una rueda
de fusiles asestados. No podía alzar mi voz sobre la
greguería de los truhanes.
El capitán los persuadió a respetarme
la vida y me sacó a salvo por caminos despeñados, sin
dejar el hábito de monje, y contentándose con mi dinero y
la promesa de navegar la vuelta de mi patria.
Disparaba su pistola sobre unas aves de
rapiña juntadas, sobre mí, en revuelo furioso.
El ermitaño cuenta los sucesos y prodigios
del amor y se incorpora a la hueste de los personajes lacerados y sin
remedio. Se confiesa autor de más de un rapto y sugiere, por
medio de una locución viva, el susto de la fuga a rienda suelta,
bajo el alcance de las piedras y de los disparos.
Se finge delicado a la memoria de Mercedes,
constante en censurar sus mocedades y autora, una vez difunta, de su
retiro del siglo y de su arrepentimiento y humildad.
Describe la estancia en donde pasó esta vida
y quedó yacente, sin auxilio ni compañía. Un soplo
del norte rompía a cada paso los ventanales, arrojaba lejos el
perfume de los sahumerios y extinguía, delante del crucifijo de
marfil, un cirio de lumbre mustia.
Pasa a celebrar su propósito irrevocable de
vivir penitente, desde esa hora, en el hueco del monte, en medio de una
maleza parca y cenicienta.
El ermitaño da fin a su discurso y me
sorprende con la mención de sus compañeros y el reproche
de su tardanza. Los apellida por medio de un silbato de cobre.
Yo me vi amenazado, en breve espacio, por una rueda
de fusiles asestados. No podía alzar mi voz sobre la
greguería de los truhanes.
El capitán los persuadió a respetarme
la vida y me sacó a salvo por caminos despeñados, sin
dejar el hábito de monje, y contentándose con mi dinero y
la promesa de navegar la vuelta de mi patria.
Disparaba su pistola sobre unas aves de
rapiña juntadas, sobre mí, en revuelo furioso.
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