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José Antonio Ramos Sucre
El Sagitario
EL SAGITARIO
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
557
José Antonio Ramos Sucre
Ofir
OFIR
La borrasca nos había separado del rumbo,
arrojándonos fuera del litoral. Empezábamos a penetrar en
la noche insondable del océano.
Oíamos el gemido de unas aves perdidas en la
inmensidad y yo recordé el episodio de una fábula de los
gentiles, en donde el héroe escucha graznidos al cruzar una
laguna infernal. Los marineros, mudos de espanto, sujetaron a golpe de
remo el ímpetu de la corriente y salieron a una ribera de palmas.
Yo vi animarse, en aquella zona del cielo, las
figuras de las constelaciones y miré el desperezamiento del
escorpión, autor de la caída de Faetonte.
Nosotros desembarcamos en la boca de un río y
nos internamos siguiendo sus orillas de hierba húmeda. Los
naturales nos significaron la hospitalidad, brindándonos agua en
unas calabazas ligeras.
Subimos a reposar en una meseta y advertimos el
dibujo de una ciudad en medio de la atmósfera transparente. La
comparamos a la imagen pintada por la luz en el seno de un espejo.
El rey, acomodado en un palanquín, se
aventuraba a recorrer la campiña, seguido de una escolta montada
sobre avestruces. Gozaba nombre de sabio y se divertía
proponiendo acertijos a los visitantes de su reino.
Unos pájaros, de plumaje dispuesto en forma
de lira, bajaban a la tierra con vuelo majestuoso. Despedían del
pecho un profundo sonido de arpa.
Yo discurrí delante del soberano sobre los
enigmas de la naturaleza y censuré y acusé de impostores
a los mareantes empecinados en sostener la existencia de los
antípodas.
El rey agradeció mi disertación y me
llevó consigo, en su compañía habitual. Me
regaló esa misma noche con una música de batintines y de
tímpanos, en donde estallaba, de vez en cuando, el son
culminante del sistro.
Salí el día siguiente sobre un
elefante, dádiva del rey, a contemplar el ocaso, el prodigio
mayor del país, razón de mi viaje.
El sol se hundía a breve distancia,
alumbrando los palacios mitológicos del mar.
La borrasca nos había separado del rumbo,
arrojándonos fuera del litoral. Empezábamos a penetrar en
la noche insondable del océano.
Oíamos el gemido de unas aves perdidas en la
inmensidad y yo recordé el episodio de una fábula de los
gentiles, en donde el héroe escucha graznidos al cruzar una
laguna infernal. Los marineros, mudos de espanto, sujetaron a golpe de
remo el ímpetu de la corriente y salieron a una ribera de palmas.
Yo vi animarse, en aquella zona del cielo, las
figuras de las constelaciones y miré el desperezamiento del
escorpión, autor de la caída de Faetonte.
Nosotros desembarcamos en la boca de un río y
nos internamos siguiendo sus orillas de hierba húmeda. Los
naturales nos significaron la hospitalidad, brindándonos agua en
unas calabazas ligeras.
Subimos a reposar en una meseta y advertimos el
dibujo de una ciudad en medio de la atmósfera transparente. La
comparamos a la imagen pintada por la luz en el seno de un espejo.
El rey, acomodado en un palanquín, se
aventuraba a recorrer la campiña, seguido de una escolta montada
sobre avestruces. Gozaba nombre de sabio y se divertía
proponiendo acertijos a los visitantes de su reino.
Unos pájaros, de plumaje dispuesto en forma
de lira, bajaban a la tierra con vuelo majestuoso. Despedían del
pecho un profundo sonido de arpa.
Yo discurrí delante del soberano sobre los
enigmas de la naturaleza y censuré y acusé de impostores
a los mareantes empecinados en sostener la existencia de los
antípodas.
El rey agradeció mi disertación y me
llevó consigo, en su compañía habitual. Me
regaló esa misma noche con una música de batintines y de
tímpanos, en donde estallaba, de vez en cuando, el son
culminante del sistro.
Salí el día siguiente sobre un
elefante, dádiva del rey, a contemplar el ocaso, el prodigio
mayor del país, razón de mi viaje.
El sol se hundía a breve distancia,
alumbrando los palacios mitológicos del mar.
515
José Antonio Ramos Sucre
Crepúsculo
CREPÚSCULO
Silvio resiste difícilmente el ingenio de
Beatriz. Las burlas irritan al galán presumido.
El gótico sol de los vitrales prima la orla
de una alegre nube, de forma alternativa.
Los follajes componen una oscuridad continua, a la hora de la tarde, en
la ciudad blanca.
Beatriz contempla el río, suspensa ante el
caudal transitorio y la figura idéntica.
El galán se aleja amenazando rivales
imaginarios. Beatriz usa, para despedirlo, una cortesía
juiciosa, abstinente.
La joven retorna, en presencia de una luna
eclipsada, a los severos pensamientos de su tedio.
Las tinieblas incoercibles, de pies suaves, de
carátula burlesca, soplan unas largas flautas de ébano o
de plata.
Un ladrido brusco, originado en los claustros
interiores de la tierra, consterna el bosque de laureles.
Silvio resiste difícilmente el ingenio de
Beatriz. Las burlas irritan al galán presumido.
El gótico sol de los vitrales prima la orla
de una alegre nube, de forma alternativa.
Los follajes componen una oscuridad continua, a la hora de la tarde, en
la ciudad blanca.
Beatriz contempla el río, suspensa ante el
caudal transitorio y la figura idéntica.
El galán se aleja amenazando rivales
imaginarios. Beatriz usa, para despedirlo, una cortesía
juiciosa, abstinente.
La joven retorna, en presencia de una luna
eclipsada, a los severos pensamientos de su tedio.
Las tinieblas incoercibles, de pies suaves, de
carátula burlesca, soplan unas largas flautas de ébano o
de plata.
Un ladrido brusco, originado en los claustros
interiores de la tierra, consterna el bosque de laureles.
482
José Antonio Ramos Sucre
Mar Latino
MAR LATINO
Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.
Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.
La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.
La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.
Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.
La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.
Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.
Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.
La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.
La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.
Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.
La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.
491
José Antonio Ramos Sucre
Mar Latino
MAR LATINO
Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.
Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.
La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.
La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.
Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.
La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.
Estoy glosando el paisaje de la Ilíada en
donde los ancianos de Troya confiesan la belleza de Helena. Me escucha
una mujer floreciente del mismo nombre. Los dos sentimos la solemnidad
de ese momento de la epopeya y esperamos el fragor del desastre
suspendido sobre la ciudad.
Agamenón, el rey de las mil naves, puede
apresurar, apellidándolas, el desenlace de la contienda.
La sucesión de los visos del mar, presentes
en la memoria de Homero, desaparece bajo el único tinte de la
sangre.
La mujer me invita a dejar el recuento de las
calamidades fabulosas y a seguir el derrotero de una fantasía
más serena, en demanda de unas islas situadas en el occidente.
Horacio las recordaba cuando quería descansar de los males
contemporáneos.
Yo comprendo la excursión irreal
sirviéndome de los residuos lapidarios de una leyenda perdida.
Nuestro bajel solicita, a vela y remo, los jardines quiméricos
del ocaso. Nos hemos fiado a un piloto de la Eneida. Su nombre designa
actualmente un promontorio del Tirreno.
La voz mágica de mi compañera fuga las
sirenas ufanas de sus cabellos, en donde se enredan las algas y los
corales, y se muda en un canto flébil. Invita a comparecer, bajo
el cielo de lumbre desvanecida, la hueste de larvas
subterráneas, mensajeras de un mundo espectral.
491
José Antonio Ramos Sucre
La Suspirante
LA SUSPIRANTE
La hermosa ha regresado de muy lejos. Se encierra
nuevamente en su cámara inaccesible, satisfaciéndose con
el mueble esbelto y la baratija exótica. Impone el recuerdo de
una era señorial, rodeándose de las escenas sucesivas de
un tapiz.
La hermosa se pierde en la lectura de sucesos
extravagantes, acontecidos en reinos imaginarios, y narrados con
semblante de parodia. Vuelve sobre un pasaje burlesco, en donde alterna
un pastor con el bufón expulsado de la corte.
La dama displicente se engolfa en las peripecias de
un relato incomparable y suspende el entretenimiento cuando empieza una
batalla entre caballeros de sobrenombres ínclitos.
La dama renuente, aficionada a las quimeras de la
imaginación, sueña con huir de este mundo a otro ilusorio.
Nadie podría averiguar el derrotero de su
fuga.
La hermosa vuela sobre los caminos cegados por la
nieve y un búho solitario da el alarma en la noche fascinada por
el plenilunio.
La hermosa ha regresado de muy lejos. Se encierra
nuevamente en su cámara inaccesible, satisfaciéndose con
el mueble esbelto y la baratija exótica. Impone el recuerdo de
una era señorial, rodeándose de las escenas sucesivas de
un tapiz.
La hermosa se pierde en la lectura de sucesos
extravagantes, acontecidos en reinos imaginarios, y narrados con
semblante de parodia. Vuelve sobre un pasaje burlesco, en donde alterna
un pastor con el bufón expulsado de la corte.
La dama displicente se engolfa en las peripecias de
un relato incomparable y suspende el entretenimiento cuando empieza una
batalla entre caballeros de sobrenombres ínclitos.
La dama renuente, aficionada a las quimeras de la
imaginación, sueña con huir de este mundo a otro ilusorio.
Nadie podría averiguar el derrotero de su
fuga.
La hermosa vuela sobre los caminos cegados por la
nieve y un búho solitario da el alarma en la noche fascinada por
el plenilunio.
467
José Antonio Ramos Sucre
La Espía
LA ESPÍA
El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.
El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.
El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.
El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.
Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.
El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.
El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.
El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.
El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.
Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.
507
José Antonio Ramos Sucre
El Remordimiento
EL REMORDIMIENTO
El gentil hombre pinta a la acuarela una imagen de
la mujer entrevista. La vio en el secreto de su parque, aderezada para
salir a caza, en medio de una cuadrilla de monteros armados de venablos.
El gentil hombre imprime la visión fugaz,
marca la figura delgada y transparente.
Los caballos salieron a galope, ajando la hierba de
la pradera lustrada por la lluvia. El gentil hombre se incorporó
a la cabalgata, de donde toma la escena para el arte de su
afición.
Recuerda las peripecias y los casos de la partida y,
sobre todo, la muerte de su rival, precipitando dentro de un foso
inédito en el curso de la carrera.
El gentil hombre fue inhábil para salvar la
vida del jinete y llega hasta considerarse culpable. Abandona el pincel
y se cubre con las manos el rostro demudado por las sugestiones de una
mente sombría.
El gentil hombre pinta a la acuarela una imagen de
la mujer entrevista. La vio en el secreto de su parque, aderezada para
salir a caza, en medio de una cuadrilla de monteros armados de venablos.
El gentil hombre imprime la visión fugaz,
marca la figura delgada y transparente.
Los caballos salieron a galope, ajando la hierba de
la pradera lustrada por la lluvia. El gentil hombre se incorporó
a la cabalgata, de donde toma la escena para el arte de su
afición.
Recuerda las peripecias y los casos de la partida y,
sobre todo, la muerte de su rival, precipitando dentro de un foso
inédito en el curso de la carrera.
El gentil hombre fue inhábil para salvar la
vida del jinete y llega hasta considerarse culpable. Abandona el pincel
y se cubre con las manos el rostro demudado por las sugestiones de una
mente sombría.
476
José Antonio Ramos Sucre
La Verdad
LA VERDAD
La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.
Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.
La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.
Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.
Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.
La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.
Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.
La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.
Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.
Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.
463
José Antonio Ramos Sucre
El Convite
EL CONVITE
Thais era una cortesana de la antigüedad. Su
nombre constaba en la obra perdida de Menandro. El tiempo respetaba su
juventud y yo no he encontrado en los residuos de la era clásica
ninguna señal de su muerte.
He leído una hazaña de su perfidia en
un documento reconstituido. Si yo no revelara a los hombres ese
episodio, faltaría a los consejos de la moral de Plutarco.
Thais atrajo sus amantes a una celada,
después de reconciliarlos mutuamente. Se acomodaron en unas
curules de marfil, dignas de un senado de reyes. La mujer los
dejó maravillados y suspensos con la bizarría de su
imaginación y les ciñó una corona de adormideras,
mientras arrojaba al fuego un laurel seco. Ese laurel había
bastado para defender la vida de un héroe en la empresa de
visitar los infiernos.
Los invitados quedaron embelesados y perdidos en la
incertidumbre.
Thais había abolido su entendimiento y les
había inspirado la ilusión de estar siempre en medio de
los preludios del alba. Oían a veces un himno desvanecido en la
bruma cándida. Lo entonaban unas jóvenes coronadas de
jacintos.
Las arpías y las quimeras tejían un
vuelo circular y bajaban a colgarse de los brazos de un árbol
insociable.
Thais era una cortesana de la antigüedad. Su
nombre constaba en la obra perdida de Menandro. El tiempo respetaba su
juventud y yo no he encontrado en los residuos de la era clásica
ninguna señal de su muerte.
He leído una hazaña de su perfidia en
un documento reconstituido. Si yo no revelara a los hombres ese
episodio, faltaría a los consejos de la moral de Plutarco.
Thais atrajo sus amantes a una celada,
después de reconciliarlos mutuamente. Se acomodaron en unas
curules de marfil, dignas de un senado de reyes. La mujer los
dejó maravillados y suspensos con la bizarría de su
imaginación y les ciñó una corona de adormideras,
mientras arrojaba al fuego un laurel seco. Ese laurel había
bastado para defender la vida de un héroe en la empresa de
visitar los infiernos.
Los invitados quedaron embelesados y perdidos en la
incertidumbre.
Thais había abolido su entendimiento y les
había inspirado la ilusión de estar siempre en medio de
los preludios del alba. Oían a veces un himno desvanecido en la
bruma cándida. Lo entonaban unas jóvenes coronadas de
jacintos.
Las arpías y las quimeras tejían un
vuelo circular y bajaban a colgarse de los brazos de un árbol
insociable.
538
José Antonio Ramos Sucre
El Convite
EL CONVITE
Thais era una cortesana de la antigüedad. Su
nombre constaba en la obra perdida de Menandro. El tiempo respetaba su
juventud y yo no he encontrado en los residuos de la era clásica
ninguna señal de su muerte.
He leído una hazaña de su perfidia en
un documento reconstituido. Si yo no revelara a los hombres ese
episodio, faltaría a los consejos de la moral de Plutarco.
Thais atrajo sus amantes a una celada,
después de reconciliarlos mutuamente. Se acomodaron en unas
curules de marfil, dignas de un senado de reyes. La mujer los
dejó maravillados y suspensos con la bizarría de su
imaginación y les ciñó una corona de adormideras,
mientras arrojaba al fuego un laurel seco. Ese laurel había
bastado para defender la vida de un héroe en la empresa de
visitar los infiernos.
Los invitados quedaron embelesados y perdidos en la
incertidumbre.
Thais había abolido su entendimiento y les
había inspirado la ilusión de estar siempre en medio de
los preludios del alba. Oían a veces un himno desvanecido en la
bruma cándida. Lo entonaban unas jóvenes coronadas de
jacintos.
Las arpías y las quimeras tejían un
vuelo circular y bajaban a colgarse de los brazos de un árbol
insociable.
Thais era una cortesana de la antigüedad. Su
nombre constaba en la obra perdida de Menandro. El tiempo respetaba su
juventud y yo no he encontrado en los residuos de la era clásica
ninguna señal de su muerte.
He leído una hazaña de su perfidia en
un documento reconstituido. Si yo no revelara a los hombres ese
episodio, faltaría a los consejos de la moral de Plutarco.
Thais atrajo sus amantes a una celada,
después de reconciliarlos mutuamente. Se acomodaron en unas
curules de marfil, dignas de un senado de reyes. La mujer los
dejó maravillados y suspensos con la bizarría de su
imaginación y les ciñó una corona de adormideras,
mientras arrojaba al fuego un laurel seco. Ese laurel había
bastado para defender la vida de un héroe en la empresa de
visitar los infiernos.
Los invitados quedaron embelesados y perdidos en la
incertidumbre.
Thais había abolido su entendimiento y les
había inspirado la ilusión de estar siempre en medio de
los preludios del alba. Oían a veces un himno desvanecido en la
bruma cándida. Lo entonaban unas jóvenes coronadas de
jacintos.
Las arpías y las quimeras tejían un
vuelo circular y bajaban a colgarse de los brazos de un árbol
insociable.
538
José Antonio Ramos Sucre
El Nómade
EL NÓMADE
Yo pertenecía a una casta de hombres
impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de
extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado
un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio
de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de
previsión y de cálculo.
Yo me había apartado a descansar, lejos de
los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada
en un vergel.
Un aldeano me trajo pérfidamente el vino
más espirituoso, originado de una palma.
Sentí una embriaguez hilarante y
ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del
funámbulo.
Un peregrino, de rostro consumido, acertó a
pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo.
Significaba Ornamento de Doctrina en idioma litúrgico.
La poquedad del anciano acabó de sacarme de
mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas
veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los
sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su
último aliento.
Devolvía por la boca una corriente de lodo.
Recuperé el discernimiento al escuchar su
amenaza proferida en el extremo de la agonía.
Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su
ídolo de bronce.
Yo pertenecía a una casta de hombres
impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de
extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado
un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio
de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de
previsión y de cálculo.
Yo me había apartado a descansar, lejos de
los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada
en un vergel.
Un aldeano me trajo pérfidamente el vino
más espirituoso, originado de una palma.
Sentí una embriaguez hilarante y
ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del
funámbulo.
Un peregrino, de rostro consumido, acertó a
pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo.
Significaba Ornamento de Doctrina en idioma litúrgico.
La poquedad del anciano acabó de sacarme de
mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas
veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los
sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su
último aliento.
Devolvía por la boca una corriente de lodo.
Recuperé el discernimiento al escuchar su
amenaza proferida en el extremo de la agonía.
Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su
ídolo de bronce.
475
José Antonio Ramos Sucre
La Amada
LA AMADA
La hermosa vela y defiende mi vida desde un templo
orbicular, rotonda de siete columnas.
Su voz imperiosa desciende, por mi causa, a las
modulaciones del canto.
Salí confortado de su presencia, llevando,
por su mandamiento, una rama de cedro.
Descendí por una vereda montuosa hasta la
orilla del mar, donde se balanzaba mi esquife.
El cántico seguía sonando, ascendente
y magnífico.
Paralizaba el curso de la naturaleza. Me
alentó a salvar la zona de la borrasca.
El sol permaneció, horas enteras, asomado
sobre la raya del horizonte.
La hermosa vela y defiende mi vida desde un templo
orbicular, rotonda de siete columnas.
Su voz imperiosa desciende, por mi causa, a las
modulaciones del canto.
Salí confortado de su presencia, llevando,
por su mandamiento, una rama de cedro.
Descendí por una vereda montuosa hasta la
orilla del mar, donde se balanzaba mi esquife.
El cántico seguía sonando, ascendente
y magnífico.
Paralizaba el curso de la naturaleza. Me
alentó a salvar la zona de la borrasca.
El sol permaneció, horas enteras, asomado
sobre la raya del horizonte.
424
José Antonio Ramos Sucre
La Amada
LA AMADA
La hermosa vela y defiende mi vida desde un templo
orbicular, rotonda de siete columnas.
Su voz imperiosa desciende, por mi causa, a las
modulaciones del canto.
Salí confortado de su presencia, llevando,
por su mandamiento, una rama de cedro.
Descendí por una vereda montuosa hasta la
orilla del mar, donde se balanzaba mi esquife.
El cántico seguía sonando, ascendente
y magnífico.
Paralizaba el curso de la naturaleza. Me
alentó a salvar la zona de la borrasca.
El sol permaneció, horas enteras, asomado
sobre la raya del horizonte.
La hermosa vela y defiende mi vida desde un templo
orbicular, rotonda de siete columnas.
Su voz imperiosa desciende, por mi causa, a las
modulaciones del canto.
Salí confortado de su presencia, llevando,
por su mandamiento, una rama de cedro.
Descendí por una vereda montuosa hasta la
orilla del mar, donde se balanzaba mi esquife.
El cántico seguía sonando, ascendente
y magnífico.
Paralizaba el curso de la naturaleza. Me
alentó a salvar la zona de la borrasca.
El sol permaneció, horas enteras, asomado
sobre la raya del horizonte.
424
José Antonio Ramos Sucre
El Castigo
EL CASTIGO
El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.
El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.
532
José Antonio Ramos Sucre
El Castigo
EL CASTIGO
El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.
El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.
532
José Antonio Ramos Sucre
El Rito
EL RITO
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
448
José Antonio Ramos Sucre
Las Ruinas
LAS RUINAS
Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre,
aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de
las paredes y de las ménsulas.
Sobre la maciza escalinata había corrido un
tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un
héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una
maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas
metálicas.
Yo visitaba, después de un decenio, el
palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a
raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la
roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso
había llegado a ser una cuesta difícil.
Yo me incliné delante de la imagen de un
santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y
bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban
hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora
adventicia.
Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer
la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo
de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.
Sus hojas amarillas y de un revés
grisáceo viraban al unísono del mar indolente y una de
ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de
fragancia las páginas de mi libro de Amadís.
Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre,
aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de
las paredes y de las ménsulas.
Sobre la maciza escalinata había corrido un
tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un
héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una
maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas
metálicas.
Yo visitaba, después de un decenio, el
palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a
raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la
roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso
había llegado a ser una cuesta difícil.
Yo me incliné delante de la imagen de un
santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y
bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban
hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora
adventicia.
Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer
la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo
de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.
Sus hojas amarillas y de un revés
grisáceo viraban al unísono del mar indolente y una de
ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de
fragancia las páginas de mi libro de Amadís.
453
José Antonio Ramos Sucre
Vestigio
VESTIGIO
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
542
José Antonio Ramos Sucre
Vestigio
VESTIGIO
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
542
José Antonio Ramos Sucre
Santoral
SANTORAL
El monje vive en la caverna, originada de
pretéritos asaltos del mar. El agua vehemente consiguió
practicar un portillo en la roca.
La costa retorcida, alba de tantas olas, es la orla
del manto de la noche cerrada.
La aspiración de las criaturas al infinito se
torna angustiosa bajo el peso de la sombra. Adivinan y sienten el cerco
de un cautiverio.
Seres informes se deslizan por el aire fluido. Son
agentes del mal, anteriores al nacimiento de la tierra, más
poderosos en el cambio de estación.
El monje está rodeado por las tentaciones del
miedo. Acude al oficio de la media noche, aprendido de una hermandad
sigilosa.
El socorro del cielo fuga las potencias enemigas de
la luz. Se manifiesta en el trueno hondo y espacioso, en el
relámpago entrecortado.
La faz del monje conserva para siempre el estupor de la noche del
prodigio.
El monje vive en la caverna, originada de
pretéritos asaltos del mar. El agua vehemente consiguió
practicar un portillo en la roca.
La costa retorcida, alba de tantas olas, es la orla
del manto de la noche cerrada.
La aspiración de las criaturas al infinito se
torna angustiosa bajo el peso de la sombra. Adivinan y sienten el cerco
de un cautiverio.
Seres informes se deslizan por el aire fluido. Son
agentes del mal, anteriores al nacimiento de la tierra, más
poderosos en el cambio de estación.
El monje está rodeado por las tentaciones del
miedo. Acude al oficio de la media noche, aprendido de una hermandad
sigilosa.
El socorro del cielo fuga las potencias enemigas de
la luz. Se manifiesta en el trueno hondo y espacioso, en el
relámpago entrecortado.
La faz del monje conserva para siempre el estupor de la noche del
prodigio.
469
José Antonio Ramos Sucre
El Avenimiento De Sagitario
EL AVENIMIENTO DE SAGITARIO
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
452
José Antonio Ramos Sucre
Cuento Desvariado
CUENTO DESVARIADO
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
492
José Antonio Ramos Sucre
Trance
TRANCE
He soñado con la beldad rubia. Miro su
despejo y siento su voz.
Inicia con razones elegantes una conversación
de motivo lisonjero.
Yo estoy prosternado. Quiero oprimir entre mis manos
su diestra delgada y perezosa.
Expone en el lenguaje selecto un suceso de siglos
ilustres. Refiere las cuitas de un trovador desengañado.
Yo espío los rasgos de su faz iluminada.
Añade comentarios de crítica afilada y
suspicaz, y yo asiento con mudez inescrutable.
He soñado con la beldad rubia. Miro su
despejo y siento su voz.
Inicia con razones elegantes una conversación
de motivo lisonjero.
Yo estoy prosternado. Quiero oprimir entre mis manos
su diestra delgada y perezosa.
Expone en el lenguaje selecto un suceso de siglos
ilustres. Refiere las cuitas de un trovador desengañado.
Yo espío los rasgos de su faz iluminada.
Añade comentarios de crítica afilada y
suspicaz, y yo asiento con mudez inescrutable.
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