Otros
Jorge Riechmann
11
aférrate a ella
porque se trata del más infrecuente y valioso
de todos los tesoros.
Y donde encuentres la raíz de una verdad
no temas soltarla
porque, como cualquier tesoro, la perderás
si te empecinas en aferrarte a ella.
Jorge Riechmann
6
según excelsos filósofos y poetas sublimes
cercenadas:
socorro.
*
La poesía
prolonga la realidad
cuando ésta cesa justo antes de lo mejorcito
por pura cabezonería.
La poesía
despliega haces de realidad paralela
cuando la realidad se niega a ver más allá de sus narices
de modo injustificable.
La poesía y la realidad
intersecan continuamente
en puntos líneas planos espacios de muchas dimensiones.
Son las geometrías de la risa incoercible
y las del sufrimiento.
Jorge Riechmann
6
según excelsos filósofos y poetas sublimes
cercenadas:
socorro.
*
La poesía
prolonga la realidad
cuando ésta cesa justo antes de lo mejorcito
por pura cabezonería.
La poesía
despliega haces de realidad paralela
cuando la realidad se niega a ver más allá de sus narices
de modo injustificable.
La poesía y la realidad
intersecan continuamente
en puntos líneas planos espacios de muchas dimensiones.
Son las geometrías de la risa incoercible
y las del sufrimiento.
Jorge Riechmann
6
según excelsos filósofos y poetas sublimes
cercenadas:
socorro.
*
La poesía
prolonga la realidad
cuando ésta cesa justo antes de lo mejorcito
por pura cabezonería.
La poesía
despliega haces de realidad paralela
cuando la realidad se niega a ver más allá de sus narices
de modo injustificable.
La poesía y la realidad
intersecan continuamente
en puntos líneas planos espacios de muchas dimensiones.
Son las geometrías de la risa incoercible
y las del sufrimiento.
Jorge Riechmann
7
que el fin justifica los medios
o sintiéndolo mucho no respondo de mis fines
ni de mis medios
ni muchísimo menos de mis actos.
Jorge Riechmann
5
(Pese a su título, estas páginas
nada tienen que ver con un curso de defensa personal:
son acaso una conversación
desgarrada entre los dientes y el tiempo
y vuelta a comenzar. Cosa que ya sabías.)
En realidad lo que quería decirte
lo tiene escrito ya Nicanor Parra:
"todo lo que se dice es poesía
todo lo que se escribe es prosa
todo lo que se mueve es poesía
lo que no cambia de lugar es prosa."
Lo más urgente, poesía con valor de uso.
Lo más nefasto, poesía sin valor para el cambio.
Jorge Riechmann
5
(Pese a su título, estas páginas
nada tienen que ver con un curso de defensa personal:
son acaso una conversación
desgarrada entre los dientes y el tiempo
y vuelta a comenzar. Cosa que ya sabías.)
En realidad lo que quería decirte
lo tiene escrito ya Nicanor Parra:
"todo lo que se dice es poesía
todo lo que se escribe es prosa
todo lo que se mueve es poesía
lo que no cambia de lugar es prosa."
Lo más urgente, poesía con valor de uso.
Lo más nefasto, poesía sin valor para el cambio.
Jorge Riechmann
1
Mas viví también por fortuna
en las palabras. Ellas iban
incorporándome a la lentitud
penetrando las estaciones de mi piel
dilatando la malla amarga de los días
rastreando el frío y el calor en los seres
zambulléndose en el amor hasta salir al tedio
en el tedio hasta dar en la esperanza
en la esperanza hasta emerger en el asombro
sin yo quererlo o porque lo quería.
Las palabras
maravillosamente
incapaces de compromiso.
No soy un juglar de la descomposición. Acaso
amo sobre todas las cosas
el lugar del canto del pinzón
la aérea ebriedad de las mimosas
y el minuto con memoria del beso de los amantes.
Pero hay que ir hasta el fondo
correr el riesgo
de abrasarse en la resistencia de las cosas
—para sacar acaso la cabeza
al otro lado del espejo
o en el frescor de un nuevo meridiano.
Jorge Riechmann
1
Mas viví también por fortuna
en las palabras. Ellas iban
incorporándome a la lentitud
penetrando las estaciones de mi piel
dilatando la malla amarga de los días
rastreando el frío y el calor en los seres
zambulléndose en el amor hasta salir al tedio
en el tedio hasta dar en la esperanza
en la esperanza hasta emerger en el asombro
sin yo quererlo o porque lo quería.
Las palabras
maravillosamente
incapaces de compromiso.
No soy un juglar de la descomposición. Acaso
amo sobre todas las cosas
el lugar del canto del pinzón
la aérea ebriedad de las mimosas
y el minuto con memoria del beso de los amantes.
Pero hay que ir hasta el fondo
correr el riesgo
de abrasarse en la resistencia de las cosas
—para sacar acaso la cabeza
al otro lado del espejo
o en el frescor de un nuevo meridiano.
Juan Pablo Forner y Segarra
A Lucinda, En El Fin Del Año
la edad, huyendo en presuroso paso,
mi vida abrevie en la callada huida,
si cobro nueva vida
cuando en las llamas de tu amor me abraso,
y logro renacer entre su hoguera,
como el ave del sol, que vida espera?
Amor nunca fue escaso,
¡oh, Lucinda amorosa!
y aumenta gustos en los pechos tiernos.
Si el año tuvo fin, serán eternos
los que goce dichosa
mi dulce suerte entre tus dulces brazos,
¡oh mi Lucinda hermosa!,
brazos con tal blandura, que los lazos
vencerán de la Venus peregrina,
cuando, suelto el cabello,
a Marte desafía
y al victorioso dios vence en batalla;
en ellos mi amor halla
la vida, que en sus vueltas a porfía
el sol fúlgido y bello
me lleva en su carrera presurosa,
¡oh Lucinda amorosa!,
y en la estación helada,
cuando su margen despojada enfría
el yerto Manzanares,
al año despidiendo con su hielo,
la lumbre de tu cielo
dará calor a la esperanza mía,
ajena de pesares,
no perdida mi edad, mas renovada,
por más que el año huya,
con el calor de la esperanza tuya.
¡Oh! siempre acompañada
te goces del deseo que me anima,
más años que agradable
flores esparce en la húmeda ribera
la alegre primavera;
y nunca el cielo oprima
la dulce risa de tu rostro hermoso
con disgusto enojoso,
permitiendo que goce yo las flores
(como fiel mariposa
o cual dorada abeja, que su aliento
chupa, y en ellas forma su alimento)
de tus dulces amores,
¡oh mi Lucinda hermosa!
Y vuele el tiempo, pues su paso lento
detiene mi contento,
detiene torpe su estación tardía,
que tú me llames tuyo, y yo a ti mía;
vuele, vuele en buen hora,
y este año tenga fin, y juntamente
le tengan otros y otros; y el violento
curso de Febo, que la tierra dora
con su madeja ardiente,
su carrera apresure,
y tanto, en tanto mi ventura dure,
cuanto en tu pecho vea
reinar la llama que mi amor desea.
Vuelen, vuelen las horas,
y llévense los días y los años
en sus vueltas traidoras,
y llegue el tiempo en que mi amor posea
tu pecho unido al amoroso mío,
y la suerte gozosa
dé fin dichoso al ruego que la envío,
oh Lucinda amorosa;
y en tanto los engaños
de amor tengan tu pecho entretenido
con deseo, esperanza,
manjares que alimentan a Cupido.
¡Oh tardos días de presentes daños!
Por vosotros alcanza
su fin cuanto en el mundo es comprendido.
Pues huid, y dad fin al encendido
fuego en que mis deseos se alimentan;
mas, lográndolos luego,
el paso diligente
que detengáis os ruego;
dejad que entonces, pues que ahora cuentan
siglos los años, yo, mi bien gozando,
haga siglos los días,
y tanto dure en las venturas mías,
cuanto el alegre tiempo dar pudiera
estación venturosa
de tu edad a la hermosa primavera,
oh mi Lucinda hermosa.
Juan Pablo Forner y Segarra
Desordenado En Desaliño Airoso
Al bullicioso céfiro permite
Nisa el cabello, porque no limite
Su nativo esplendor lazo industrioso.
Velo sutil sobre su pecho hermoso
Al gusto esconde lo que al gusto incite,
Ni tanto que el tesoro facilite,
Ni tanto que de él dude el ojo asiento *
Así en traje sucinto reclinada
En alcatifas de violetas yace
Su gentileza y gala peregrina.
Llega su esposo, vela acongojada,
Le halaga: Oro le pide: él se deshace:
Cobra el oro, y a Alexis le destina.
Juan Pablo Forner y Segarra
Pequeñez De Las Grandezas Humanas
cuando traslada el sol su nácar puro
al polo opuesto, y en el cielo obscuro
la luna ya majestüosa brilla.
Entre la opaca luz su honor humilla
la soberbia Ciudad, y el roto muro
que al rigor de los siglos mal seguro
reliquia funeral ciñe a Sevilla.
Pierde en la sombra su grandeza ufana
la altiva población y sus despojos *
lúgubres se divisan y espantables.
Fía, Licino, en la grandeza humana,
contémplala en la noche de sus gozos, *
y los verás medrosos miserables.
Juan Meléndez Valdés
Cuando De Mi Camino Atrás Volviendo
miro, Señora, en mi preciso daño,
tal es mi pena y mi dolor tamaño
que me siento en angustias feneciendo.
Mas cuando vuelo a vos, alegre viendo
la dulce causa de mi dulce engaño,
luego en mi pecho siento un bien extraño
y con gusto mis males voy sufriendo.
Con vos se alivia mi dolor crecido
y en vos todo mi bien miro cifrado,
cuanto puedo esperar y cuanto espero;
y aunque ni el mal acaba ni el gemido,
me miro en la aflicción tan consolado
que no siento morir si por vos muero.
Juan Meléndez Valdés
La Paloma
y déjamela libre, ladrón fiero;
suéltamela, pues ves cuánto la quiero,
y mi dolor con ella se consuela.
Tú allá me la entretienes con cautela;
dos noches no ha venido, aunque la espero.
¡Ay!, si esta se detiene, cierto muero;
suéltala, ¡oh crudo!, y tú verás cuál
vuela.
Si señas quieres, el color de nieve,
manchadas las alitas, amorosa
la vista, y el arrullo soberano,
lumbroso el cuello, y el piquito breve...
mas suéltala y verásla bulliciosa
cuál viene y pica de mi palma el grano.
Juan Meléndez Valdés
Oda Xlix De Mi Gusto
deja de persuadirme
que ocupe bien el tiempo
y a mi Dorila olvide.
Ni tú tampoco quieras
con réplicas sutiles,
del néctar de Lïeo
hacer que me desvíe.
Ni tú, que al feroz Marte
muy más errado sigues,
me angusties con pintarme
lo horrendo de sus lides.
Empero habladme todos
de bailes y de brindis,
de juegos y de amores,
de olores y convites,
que tras la edad florida
corre la vejez triste,
y antes que llegue quiero
holgarme y divertirme.
Juan Meléndez Valdés
Oda Xlvii De La Nieve
lleno de dulce vino,
que sólo en ver la nieve
temblando estoy de frío.
Ella en sueltos vellones
por el aire tranquilo
desciende, y cubre el suelo
de cándidos armiños.
¡Oh! como el verla agrada,
seguros de su tiro,
deshecha en copos leves
bajar con lento giro!
Los árboles del peso
se inclinan oprimidos,
y alcorza delicado
parecen en el brillo.
Los valles y laderas,
de un velo cristalino
cubiertos, disimulan
su mustio desabrigo.
Mientras el arroyuelo,
con nuevas aguas rico,
saltando bullicioso
se burla de los grillos.
Sus surcos y trabajos
ve el rústico perdidos,
y triste no distingue
su campo del vecino.
Las aves enmudecen
medrosas en el nido
o buscan de los hombres
el mal seguro asilo.
Y el tímido rebaño
con débiles balidos
demanda su sustento
cerrado en el aprisco.
Pero la nieve crece,
y en denso torbellino
la agita con sus soplos
el aquilón maligno.
Las nubes se amontonan,
y el cielo de improviso
se entolda pavoroso
de un velo más sombrío.
Dejémosla que caiga
Dorila, y bien bebidos,
burlemos sus rigores
con dulces regocijos.
Bebamos y dancemos,
que ya el abril florido
vendrá en las blandas alas
del céfiro benigno.
Juan Meléndez Valdés
Oda Xlv Los Recuerdos De Mi Niñez
que con plácido giro
por la vega entre flores
se desliza tranquilo,
tal de mi fácil vida
los años fugitivos
entre risas y juegos
cual un sueño han huido.
Veces mil este sueño
repaso embebecido,
sin poder arrancarme
de su grato prestigio.
Doquier en ocio blando
y entre alegres amigos,
pasatiempos y bailes
y banquetes y mimos;
las rosas de Citeres,
con los dulces martirios
del Vendado, y a veces
de Baco los delirios;
esperanzas falaces,
y brillantes castillos
en el viento formados,
por el viento abatidos,
coronando las Musas
los graves ejercicios
de Minerva, y el lauro
con que se ornan su hijos.
Aquí entre hojosas calles
mil encantados sitios,
que aduermen y enajenan
por frescos y sombríos;
más allá en los pensiles
de la olorosa Gnido
del pudor y el deseo
mezclados los suspiros;
y allí de las delicias
sesgando el ancho río,
que brinda en sus cristales
de todo un grato olvido.
Con codiciosa vista
su alegre margen sigo,
y a sus falaces ondas
sediento el labio aplico.
Voy a saciarme, y siento
que súbito al oído
me clama el desengaño
con amoroso grito:
«¿Dónde vas, necio?,
¿dónde
tan ciego desvarío
te arrastra, que a tus plantas
esconde los peligros?
Contén el loco empeño:
ese ominoso brillo
que aun te fascina iluso
va a hundirte en el abismo.
De tus felices años
pasó el verdor florido,
y las que entonces gracias,
hoy se juzgaran vicios.
Ya eres hombre, y conviene
dorar arrepentido
con virtudes y afanes
los errores de niño».
Yo cedo, y del corriente
temblando me retiro;
mas vueltos a él los ojos
aun suspirando digo:
«¿Por qué, oh naturaleza,
si es el caer delito,
tan llana haces la senda,
tan dulce el precipicio?
¡Felices seres tantos,
cuyo seguro instinto
jamás sus pasos tuerce,
jamás les fue nocivo!»
Juan Meléndez Valdés
Oda Xli El Amor Fugitivo
el traidor Cupidillo,
del seno de su madre
se ha escapado de Gnido.
Sus hermanos le lloran,
y tres besos divinos
dar promete Citeres
si le entregan el hijo.
Mil amantes le buscan;
pero nadie ha podido
saber, Dorila, en dónde
se esconde el fugitivo.
¿Darele yo a Dione?,
¿le dejaré en su asilo?,
¿o iré a gozar el premio
de besos ofrecidos?
¡Tres de aquel néctar llenos
con que a su Adonis quiso
comunicar un día
las glorias del Olimpo!
¡Ay!, tú, a quien por su madre
tendrá el alado niño,
dame, dame otros tantos;
y tómale, bien mío.
Juan Meléndez Valdés
Oda Xli El Amor Fugitivo
el traidor Cupidillo,
del seno de su madre
se ha escapado de Gnido.
Sus hermanos le lloran,
y tres besos divinos
dar promete Citeres
si le entregan el hijo.
Mil amantes le buscan;
pero nadie ha podido
saber, Dorila, en dónde
se esconde el fugitivo.
¿Darele yo a Dione?,
¿le dejaré en su asilo?,
¿o iré a gozar el premio
de besos ofrecidos?
¡Tres de aquel néctar llenos
con que a su Adonis quiso
comunicar un día
las glorias del Olimpo!
¡Ay!, tú, a quien por su madre
tendrá el alado niño,
dame, dame otros tantos;
y tómale, bien mío.
Juan Meléndez Valdés
Oda Xlii El Abanico
tan varia como fácil,
el voluble abanico,
Dorila, llevar sabes!
¡Con qué movimientos
has logrado apropiarle
a los juegos que enseña
de embelesar el arte!
Esta invención sencilla
para agitar el aire
da, abriéndose, a tu mano
bellísima el realce
de que sus largos dedos,
plegándose süaves,
con el mórbido brazo
felizmente contrasten.
Este brazo enarcando,
su contorno tornátil
ostentas cuando al viento
sobre tu rostro atraes.
Si rápido lo mueves,
con los golpes que bates
parece que tu seno
relevas palpitante;
si plácida lo llevas,
en las pausas que haces,
que de amor te embebece
dulcemente la imagen.
De tus pechos entonces,
en la calma en que yacen
medir los ojos pueden
el ámbito agradable.
Cuando con él intentas
la risita ocultarme
que en ti alegre concita
algún chiste picante,
y en tu boca de rosa,
desplegándola afable,
de las perlas que guarda
revela los quilates,
me incitas, cuidadoso,
a ver por tu semblante
la impresión que te causan
felices libertades.
Si el rostro, ruborosa,
te cubres por mostrarme
que en tu pecho, aun sencillo,
pudor y amor combaten,
al ardor que me agita
nuevo pábulo añades
con la débil defensa
que me opones galante.
Al hombro golpecitos,
con gracioso donaire,
con él dándome, dices:
«¿De qué tiemblas, cobarde?
»No es mi pecho tan crudo,
que no pueda apiadarse,
ni me hicieron los cielos
de inflexible diamante.
»Insta, ruega, demanda,
sin temor de enojarme;
que la roca más dura
con tesón se deshace».
Al suelo, distraída,
jugando se te cae,
y es porque cien rendidos
se inquieten por alzarle.
Tú, festiva, lo ríes,
y una mirada amable
es el premio dichoso
de tan dulces debates.
Mientras llamas de nuevo
con medidos compases
al fugaz cefirillo
a tu seno anhelante,
en mis ansias y quejas,
fingiendo no escucharme,
con raudo movimiento
lo cierras y lo abres;
mas súbito rendida,
batiéndolo incesante,
me indicas, sin decirlo,
las llamas que en ti arden.
Una vez que en tu seno
maliciosa lo entraste,
yo, suspirando, dije:
«¡Allí quisiera hallarme!»
Y otra vez ¡ay Dorila!
que a mi rival hablaste
no sé qué, misteriosa,
poniéndolo delante,
lloreme ya perdido,
creyéndote mudable,
y ardiéndoseme el pecho
con celos infernales.
Si quieres con alguno
hacer la inexorable,
le dice tu abanico:
«No más, necio, me canses».
Él a un tiempo te sirve
de que alejes y llames,
favorable acaricies,
y enojada amenaces.
Cerrado en tu alba mano,
cetro es de amor brillante,
ante el cual todos rinden
gustoso vasallaje;
o bien pliega en tu seno
con gracia inimitable
la mantilla, que tanto
lucir hace tu talle.
A la frente lo subes,
a que artero señale
los rizos que a su nieve
dan un grato realce.
Lo bajas a los ojos,
y en su denso celaje
se eclipsan un momento
sus llamas centelleantes
porque logren lumbrosos,
de súbito al mostrarse,
su triunfo más seguro
y como el rayo abrasen.
¡Ah, quién su ardor entonces
resista, y qué de amantes
burlándose, embebecen
sus niñas celestiales!
En todo eres, Dorila,
donosa; a todo sabes
llevar, sin advertirlo
tus gracias y tus sales.
¡Feliz mil y mil veces
quien en unión durable,
en ti correspondido,
cual yo merece amarte!
Juan Meléndez Valdés
Oda Xlii El Abanico
tan varia como fácil,
el voluble abanico,
Dorila, llevar sabes!
¡Con qué movimientos
has logrado apropiarle
a los juegos que enseña
de embelesar el arte!
Esta invención sencilla
para agitar el aire
da, abriéndose, a tu mano
bellísima el realce
de que sus largos dedos,
plegándose süaves,
con el mórbido brazo
felizmente contrasten.
Este brazo enarcando,
su contorno tornátil
ostentas cuando al viento
sobre tu rostro atraes.
Si rápido lo mueves,
con los golpes que bates
parece que tu seno
relevas palpitante;
si plácida lo llevas,
en las pausas que haces,
que de amor te embebece
dulcemente la imagen.
De tus pechos entonces,
en la calma en que yacen
medir los ojos pueden
el ámbito agradable.
Cuando con él intentas
la risita ocultarme
que en ti alegre concita
algún chiste picante,
y en tu boca de rosa,
desplegándola afable,
de las perlas que guarda
revela los quilates,
me incitas, cuidadoso,
a ver por tu semblante
la impresión que te causan
felices libertades.
Si el rostro, ruborosa,
te cubres por mostrarme
que en tu pecho, aun sencillo,
pudor y amor combaten,
al ardor que me agita
nuevo pábulo añades
con la débil defensa
que me opones galante.
Al hombro golpecitos,
con gracioso donaire,
con él dándome, dices:
«¿De qué tiemblas, cobarde?
»No es mi pecho tan crudo,
que no pueda apiadarse,
ni me hicieron los cielos
de inflexible diamante.
»Insta, ruega, demanda,
sin temor de enojarme;
que la roca más dura
con tesón se deshace».
Al suelo, distraída,
jugando se te cae,
y es porque cien rendidos
se inquieten por alzarle.
Tú, festiva, lo ríes,
y una mirada amable
es el premio dichoso
de tan dulces debates.
Mientras llamas de nuevo
con medidos compases
al fugaz cefirillo
a tu seno anhelante,
en mis ansias y quejas,
fingiendo no escucharme,
con raudo movimiento
lo cierras y lo abres;
mas súbito rendida,
batiéndolo incesante,
me indicas, sin decirlo,
las llamas que en ti arden.
Una vez que en tu seno
maliciosa lo entraste,
yo, suspirando, dije:
«¡Allí quisiera hallarme!»
Y otra vez ¡ay Dorila!
que a mi rival hablaste
no sé qué, misteriosa,
poniéndolo delante,
lloreme ya perdido,
creyéndote mudable,
y ardiéndoseme el pecho
con celos infernales.
Si quieres con alguno
hacer la inexorable,
le dice tu abanico:
«No más, necio, me canses».
Él a un tiempo te sirve
de que alejes y llames,
favorable acaricies,
y enojada amenaces.
Cerrado en tu alba mano,
cetro es de amor brillante,
ante el cual todos rinden
gustoso vasallaje;
o bien pliega en tu seno
con gracia inimitable
la mantilla, que tanto
lucir hace tu talle.
A la frente lo subes,
a que artero señale
los rizos que a su nieve
dan un grato realce.
Lo bajas a los ojos,
y en su denso celaje
se eclipsan un momento
sus llamas centelleantes
porque logren lumbrosos,
de súbito al mostrarse,
su triunfo más seguro
y como el rayo abrasen.
¡Ah, quién su ardor entonces
resista, y qué de amantes
burlándose, embebecen
sus niñas celestiales!
En todo eres, Dorila,
donosa; a todo sabes
llevar, sin advertirlo
tus gracias y tus sales.
¡Feliz mil y mil veces
quien en unión durable,
en ti correspondido,
cual yo merece amarte!
Juan Meléndez Valdés
Oda Xxxv De Mis Deseos
di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?
No que le des riquezas
que avaros le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen:
no grandes heredades,
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadiana ciñe;
ni menos de las Indias
el oro y los marfiles,
preciosas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.
Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
aplausos el felice.
Y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
sediento de oro vaga,
cuando la playa pise;
con generosos vinos
a sus amigos brine
en la dorada copa
que su opulencia indique.
Que yo en mi pobre estado,
y en mi estrechez humilde
con poco me contento,
pues con poco se vive.
Así te pido sólo
que en bailes y convites
mis dulces años corran
de amor en blandas lides:
Sin que a ninguno tema,
sin que a ninguno envidie,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.
Juan Meléndez Valdés
Oda Xl De Mi Vida En La Aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,
alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.
Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.
Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.
Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.
Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.
Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;
si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;
o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,
volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.
Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;
y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.
El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.
Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.
Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.
Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,
y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.
Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.
Juan Meléndez Valdés
Oda Xl De Mi Vida En La Aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,
alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.
Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.
Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.
Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.
Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.
Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;
si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;
o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,
volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.
Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;
y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.
El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.
Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.
Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.
Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,
y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.
Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.