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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Xxx De Las Navidades A Jovino

Pues vienen Navidades,
cuidados abandona
y toma por un rato
la cítara sonora.

Cantaremos, Jovino,
mientras que el Euro sopla,
con voces acordadas
de Anacreón las odas,

o a par del dulce fuego
las fugitivas horas
engañaremos juntos
en pláticas sabrosas.

Ellas van, y no vuelven
de las nocturnas sombras:
¿por qué, pues, con desvelos
hacerlas aún más cortas?

Yo vi en mi primavera
mi barba vergonzosa,
cual el dorado vello
que el albérchigo brota,

y en mis cándidas sienes
el oro en hebras rojas,
que ya los años tristes
oscuras me las tornan.

Yo vi al abril florido
que el valle alegre borda,
y al abrasado julio
vi marchitar su alfombra.

Vino el opimo octubre,
las uvas se sazonan;
mas el diciembre helado
le arrebató su pompa.

Los días y los meses
escapan como sombra,
y a los meses los años
suceden por la posta.

Así, a la triste vida
quitemos las zozobras
con el dorado vino
que bulle ya en la copa.

¿Quién los cuidados tristes
con él no desaloja
y al padre Baco canta
y a Venus Ciprïota?

Ciñámonos las sienes
de hiedra vividora;
brindemos; y aunque el Euro
combata con el Bóreas,

¿qué a nosotros su silbo,
si el pecho alegre goza
de Baco y sus ardores,
de Venus y sus glorias?

Acuérdome una tarde,
cuando Febo en las ondas
bañaba despeñado
su fúlgida carroza,

que yo al hogar cantaba
de mi inocente choza,
mientras bailaban juntos
zagales y pastoras,

de nuestro amor sencillo
la suerte venturosa,
riquísimo tesoro
que en ti mi pecho goza.

Y haciendo por tu vida,
que tanto a España importa,
mil súplicas al cielo
con voces fervorosas,

cogí en la diestra mano,
cogí la brindadora
taza y con sed amiga
por ti la apuré toda.

Quedaron admirados
zagales que blasonan
de báquicos furores
al ver mi audacia loca;

mas yo tornando al punto
con sed aun más beoda
segunda vez librela
del néctar que la colma,

cantando enardecido
con lira sonorosa
tu nombre y las amables
virtudes que le adornan.
789
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Xxx Al Sr D Gaspar De Jovellanos Del Consejo De S m Mi Amigo

Pues vienen navidades,
cuidados abandona,
y toma por un rato
la cítara sonora.

Cantaremos, Jovino,
mientras que el Euro sopla
con liras acordadas
de Anacreón las odas:

o a par del dulce fuego
las fugitivas horas
engañaremos juntos
en pláticas sabrosas.

Ellas van, y no vuelven
de las obscuras sombras:
¿por qué, pues, con cuidados
hacerlas aún más cortas?

Yo vi en mi primavera
mi barba vergonzosa,
cual el dorado vello
que el melocotón brota.

Y en mis cándidas sienes
el oro en crenchas rojas,
que ya los años tristes
obscuras me las tornan.

Yo vi al abril florido
que el valle alegre borda,
y al abrasado julio
vi marchitar su alfombra.

Vino el opimo octubre,
las uvas se sazonan;
mas el diciembre helado
le arrebató su pompa.

Los días y los meses
escapan como sombra,
y a los meses los años
suceden por la posta.

Así, a la triste vida
quitemos las zozobras
con el dorado vino
que bulle ya en la copa.

¿Quién los cuidados tristes
con él no desaloja
y al padre Baco canta
y a Venus Ciprïota?

Ciñámonos las sienes
de pámpanos y rosa;
brindemos; y aunque el Euro
combata con el Bóreas,

¿qué a nosotros su silbo,
si el pecho alegre goza
de Baco y sus ardores,
de Venus y sus glorias?

Acuérdome una tarde,
cuando el sol entre sombras
bajaba despeñado
ya al reino de la aurora,

que yo al hogar cantaba
de mi inocente choza,
mientras bailaban juntos
zagales y pastoras,

de nuestro amor sencillo
la suerte venturosa,
riquísimo tesoro
que en ti mi pecho goza.

Y haciendo por tu vida,
que a España tanto importa,
mil súplicas al cielo
con voces fervorosas,

cogí en la diestra mano,
cogí la brindadora
taza y con ansia amante
por ti la apuré toda.

Quedaron admirados
zagales que blasonan
de báquicos furores
al ver mi audacia loca.

Y yo tornando al punto
con sed aun más beoda
segunda vez librela
del néctar que la colma.

Cantando enardecido
con lira sonorosa
tu nombre y las amables
virtudes que le adornan.
578
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Xvi A Un Pintor

En esta breve tabla,
discípulo de Apeles,
cual yo te la pintare,
retrátame mi ausente.


Retratada cual sale
al punto que amanece
tras unos corderillos

al valle a entretenerse.

Suelto el trenzado de oro,
y al céfiro, que leve
volando licencioso
le ondea y le revuelve.

Encima una guirnalda,
que sus tranquilas sienes
de púrpura matice
con rosas y claveles.


De do con aire hermoso
de majestad alegre
la tersa frente asome,
cual reluciente plata
salga la blanca frente.

Y para que le pongas
la gracia que ella tiene

la cándida azucena
darate olor y nieve.

Luego en las negras cejas
tu habilidad ordene
la majestad del arco
que nace cuando llueve:

Y al traidor Cupidillo
podrás también ponerme,
que en medio esté asentado
y el arco a todos fleche.

Los ojos de paloma
que a su pichón se vuelve
rendida ya de amores,
y un beso le promete;


Las niñas haz de llama

que bullan y se alegren,
y a Amor que como un niño
jugando en torno vuele.

Después para que apague
los fuegos que el enciende,
la nariz proporciona
tornátil y de nieve.

Y luego entre los labios
deshoja mil claveles,
que nunca puedes darle
la púrpura que tienen.

Su boca... pero aguarda,
primero van los dientes
de aljófares menudos,
que unidos no discrepen:

Y dentro has de pintarme
cuando la lengua mueve
como un panal que afuera
destile hibleas mieles.

Las Gracias como abejas,
que con susurro leve
volando en el verano
en torno van y vienen.

Y al lado de las mejillas
dos rosas, como suelen
quedar
cuando sus perlas
el alba en ellas llueve.

Cargando todo aquesto
con proporción decente
sobre el nevado cuello,
que mil corales cerquen.

Los hombros de él se aparten,
y en el hoyuelo empiece
el relevado pecho
tan albo que embelese.


Con dos bullentes pomas,
cual deliciosas fuentes

del néctar regalado
de la mansión celeste.

La airosa vestidura
de púrpura esplendente,
las puntas arrastrando
que el campo reflorecen.

Encima un bien rizado
pellico, y que le cuelgues
mil
trenzas de oro y seda
que su opulencia ostenten.

Pero ¡ay! déjalo, amigo,
que tú pintar no puedes
tan celestial sujeto,
por mucho que te esmeres.


Y yo a sus brazos corro,
donde el Amor me ofrece
el premio de mis ansias,
y el colmo de sus bienes.
525
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Xvi A Un Pintor

En esta breve tabla,
discípulo de Apeles,
cual yo te la pintare,
retrátame mi ausente.


Retratada cual sale
al punto que amanece
tras unos corderillos

al valle a entretenerse.

Suelto el trenzado de oro,
y al céfiro, que leve
volando licencioso
le ondea y le revuelve.

Encima una guirnalda,
que sus tranquilas sienes
de púrpura matice
con rosas y claveles.


De do con aire hermoso
de majestad alegre
la tersa frente asome,
cual reluciente plata
salga la blanca frente.

Y para que le pongas
la gracia que ella tiene

la cándida azucena
darate olor y nieve.

Luego en las negras cejas
tu habilidad ordene
la majestad del arco
que nace cuando llueve:

Y al traidor Cupidillo
podrás también ponerme,
que en medio esté asentado
y el arco a todos fleche.

Los ojos de paloma
que a su pichón se vuelve
rendida ya de amores,
y un beso le promete;


Las niñas haz de llama

que bullan y se alegren,
y a Amor que como un niño
jugando en torno vuele.

Después para que apague
los fuegos que el enciende,
la nariz proporciona
tornátil y de nieve.

Y luego entre los labios
deshoja mil claveles,
que nunca puedes darle
la púrpura que tienen.

Su boca... pero aguarda,
primero van los dientes
de aljófares menudos,
que unidos no discrepen:

Y dentro has de pintarme
cuando la lengua mueve
como un panal que afuera
destile hibleas mieles.

Las Gracias como abejas,
que con susurro leve
volando en el verano
en torno van y vienen.

Y al lado de las mejillas
dos rosas, como suelen
quedar
cuando sus perlas
el alba en ellas llueve.

Cargando todo aquesto
con proporción decente
sobre el nevado cuello,
que mil corales cerquen.

Los hombros de él se aparten,
y en el hoyuelo empiece
el relevado pecho
tan albo que embelese.


Con dos bullentes pomas,
cual deliciosas fuentes

del néctar regalado
de la mansión celeste.

La airosa vestidura
de púrpura esplendente,
las puntas arrastrando
que el campo reflorecen.

Encima un bien rizado
pellico, y que le cuelgues
mil
trenzas de oro y seda
que su opulencia ostenten.

Pero ¡ay! déjalo, amigo,
que tú pintar no puedes
tan celestial sujeto,
por mucho que te esmeres.


Y yo a sus brazos corro,
donde el Amor me ofrece
el premio de mis ansias,
y el colmo de sus bienes.
525
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Vii El Gabinete

¡Qué ardor hierve en mis venas!
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!

Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita.

Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,

y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,

coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.

Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,

y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.

Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno
la huella peregrina.

¡Besadla, amantes labios...!
¡besadla...! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.

¡Oh, gasa...! ¡qué de veces...!
El piano...Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.

¡Oh! ¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!

En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina
oigo feliz... Mi boca
tu suave aliento aspira;

y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.

Mas... ¿si serán sus pasos...?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.

Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.

Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.

Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,

que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.

Y tú sostenme, ¡oh Venus!
sostenme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.
594
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Vii El Gabinete

¡Qué ardor hierve en mis venas!
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!

Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita.

Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,

y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,

coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.

Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,

y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.

Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno
la huella peregrina.

¡Besadla, amantes labios...!
¡besadla...! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.

¡Oh, gasa...! ¡qué de veces...!
El piano...Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.

¡Oh! ¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!

En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina
oigo feliz... Mi boca
tu suave aliento aspira;

y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.

Mas... ¿si serán sus pasos...?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.

Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.

Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.

Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,

que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.

Y tú sostenme, ¡oh Venus!
sostenme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.
594
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

A Ciparis, En El Día De Sus Años

Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora,

merced al verso aonio y al concento
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro objeto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.

Suben al alto Olimpo los odores
de cínamo panqueo
y amáraco fragante y otras flores;
mas cumple, dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
dictó el intonso dios, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.

Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.

¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
desde el humilde suelo
la garza generosa
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.

Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios desparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube oscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.

Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.

De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.

Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte, si en oriente
el sol impera solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
589
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

A Ciparis, En El Día De Sus Años

Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora,

merced al verso aonio y al concento
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro objeto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.

Suben al alto Olimpo los odores
de cínamo panqueo
y amáraco fragante y otras flores;
mas cumple, dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
dictó el intonso dios, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.

Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.

¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
desde el humilde suelo
la garza generosa
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.

Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios desparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube oscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.

Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.

De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.

Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte, si en oriente
el sol impera solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
589
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

A Cisparis En El Gran Día De Sus Años

Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora.

Merced al verso aonio y al concepto
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro asunto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.

Suben al alto Olimpo los odores
de cinamomo panqueo
y anáraco fragante y otras flores;
mas cumple, oh dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
sonaba el cincio ardor, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.

Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.

¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
la garza generosa
desde el humilde suelo
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.

Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios esparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube obscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.

Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.

De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.

Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte? En el oriente
el sol desvista solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
511
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

A Cisparis En El Gran Día De Sus Años

Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora.

Merced al verso aonio y al concepto
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro asunto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.

Suben al alto Olimpo los odores
de cinamomo panqueo
y anáraco fragante y otras flores;
mas cumple, oh dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
sonaba el cincio ardor, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.

Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.

¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
la garza generosa
desde el humilde suelo
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.

Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios esparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube obscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.

Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.

De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.

Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte? En el oriente
el sol desvista solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
511
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

A Cisparis En El Gran Día De Sus Años

Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora.

Merced al verso aonio y al concepto
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro asunto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.

Suben al alto Olimpo los odores
de cinamomo panqueo
y anáraco fragante y otras flores;
mas cumple, oh dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
sonaba el cincio ardor, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.

Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.

¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
la garza generosa
desde el humilde suelo
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.

Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios esparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube obscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.

Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.

De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.

Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte? En el oriente
el sol desvista solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
511
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

La Mariposa

¿De dónde alegre vienes
tan suelta y tan festiva,

los valles alegrando,
veloz mariposilla?

¿Por qué en sus lindas flores
no paras, y tranquila
de su púrpura gozas,
sus aromas espiras?

Mírote yo, ¡mi pecho
sabe con cuánta envidia!,
de una en otra saltando
más presta que la vista.

Mírote que en mil vuelos
las rondas y acaricias:
llegas, las tocas, pasas,
huyes, vuelves, las libas.

De tus alas entonces
la delicada y rica
librea se despliega
y al sol opuesta brilla.

Tus plumas se dilatan,
tu cuello ufano se hincha,
tus cuernos y penacho
se tienden y se rizan.

¡Qué visos y colores!,
¡qué púrpura tan fina!,
¡qué nácar, azul y oro
te adornan y matizan!

El sol, cuyos cambiantes
te esmaltan y te animan,
contigo se complace
y alegre en ti se mira.

Los céfiros te halagan,
las rosas a porfía
sus tiernas hojas abren
y amantes te convidan.

Tú empero bulliciosa,
tan libre como esquiva,
sus ámbares desdeñas,
su seno desestimas.

Con todas te complaces;
y suelta y atrevida
feliz de todas gozas,
ninguna te cautiva.

Ya un lirio hermoso besas;
ya inquieta solicitas
la rosa y de ella sales
tras un jazmín perdida.

El fresco alhelí meces,
a la azucena quitas
el oro puro y corres
tras una clavellina.


Vas luego al arroyuelo;
y en sus plácidas linfas,
posada sobre un ramo,
te complaces y admiras.

Mas el viento te burla
y el ramillo retira,
o salpicas tus alas
si hacia el agua lo inclina.

Y al punto en presto vuelo
te tiendes divertida
lo largo de los valles
que abril de flores pinta.

Ahora el ala abates,
ahora en torno giras,
ahora entre las hojas
te pierdes fugitiva.

¡Felice mariposa!,
tú bebes de la risa
del alba, y cada instante
placeres mil varías.

Tú adornas el verano.
Tú traes a las floridas
vegas con tu inconstancia
el gozo y las delicias.

Mas, ¡ay!, mil veces fueran
mayores aún mis dichas,
si fuese a ti en mudarse
mi Doris parecida.
632
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

La Mariposa

¿De dónde alegre vienes
tan suelta y tan festiva,

los valles alegrando,
veloz mariposilla?

¿Por qué en sus lindas flores
no paras, y tranquila
de su púrpura gozas,
sus aromas espiras?

Mírote yo, ¡mi pecho
sabe con cuánta envidia!,
de una en otra saltando
más presta que la vista.

Mírote que en mil vuelos
las rondas y acaricias:
llegas, las tocas, pasas,
huyes, vuelves, las libas.

De tus alas entonces
la delicada y rica
librea se despliega
y al sol opuesta brilla.

Tus plumas se dilatan,
tu cuello ufano se hincha,
tus cuernos y penacho
se tienden y se rizan.

¡Qué visos y colores!,
¡qué púrpura tan fina!,
¡qué nácar, azul y oro
te adornan y matizan!

El sol, cuyos cambiantes
te esmaltan y te animan,
contigo se complace
y alegre en ti se mira.

Los céfiros te halagan,
las rosas a porfía
sus tiernas hojas abren
y amantes te convidan.

Tú empero bulliciosa,
tan libre como esquiva,
sus ámbares desdeñas,
su seno desestimas.

Con todas te complaces;
y suelta y atrevida
feliz de todas gozas,
ninguna te cautiva.

Ya un lirio hermoso besas;
ya inquieta solicitas
la rosa y de ella sales
tras un jazmín perdida.

El fresco alhelí meces,
a la azucena quitas
el oro puro y corres
tras una clavellina.


Vas luego al arroyuelo;
y en sus plácidas linfas,
posada sobre un ramo,
te complaces y admiras.

Mas el viento te burla
y el ramillo retira,
o salpicas tus alas
si hacia el agua lo inclina.

Y al punto en presto vuelo
te tiendes divertida
lo largo de los valles
que abril de flores pinta.

Ahora el ala abates,
ahora en torno giras,
ahora entre las hojas
te pierdes fugitiva.

¡Felice mariposa!,
tú bebes de la risa
del alba, y cada instante
placeres mil varías.

Tú adornas el verano.
Tú traes a las floridas
vegas con tu inconstancia
el gozo y las delicias.

Mas, ¡ay!, mil veces fueran
mayores aún mis dichas,
si fuese a ti en mudarse
mi Doris parecida.
632
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

El Céfiro

¡Cuál vaga en la floresta
el céfiro süave!
¡Cuál con lascivo vuelo
sus frescas alas bate,

sus alas delicadas,
que forman al mirarse
del sol en los reflejos
mil visos y cambiantes!

¡Cuán licencioso corre
de flor en flor, y afable
con soplo delicioso
las mece y se complace!

Ahora a un lirio llega,
ahora el jazmín lame,
la madreselva agita
y a los tomillos parte,

do entre mil amorcitos
vuela y revuela fácil
y los besa y escapa
con alegre donaire.

La tierna hierbezuela
se estremece delante
de sus soplos sutiles
y en ondas mil se abate.

Él las mira y se ríe,
y el susurro que hacen
le embelesa, y atento
se suspende a gozarle.

Luego rápido vuelve,
y alegre por los valles
no hay planta que no toque,
ni tallo que no halague.

Verasle ya en la cima
del olmo entre las aves
seguir con dulce silbo
sus trinos y cantares,

y en un punto en el suelo
acá y allá tornarse
con giro bullicioso,
festivo y anhelante.

Verasle entre las rosas
metido salpicarse
las plumas del rocío
que inquieto les esparce.

Verasle de sus hojas
lascivo abrir el cáliz
y empaparse las alas
de su aroma fragante.

Batiendo del arroyo
con ellas los cristales
verasle formar ledo
mil ondas y celajes.

Parece cuando vuela
sobre ellos que cobarde,
las puntas ya mojadas,
no acierta a retirarse.

¿Pues qué, si al prado siente
que las zagalas salen?
Verás a las más bellas
mil vueltas y mil darle.

Ora entre sus cabellos
se enreda y se retrae,
el seno les refresca
y ondéales el talle.

Sube alegre a los ojos,
y en sus rayos brillantes
se mira y da mil vueltas
sin que la luz le abrase.

Por sus labios se mete
y al punto raudo sale;
baja al pie y se lo besa,
y anda a un tiempo en mil partes.

Así el céfiro alegre,
sin nada cautivarle,
de todo lo más bello
felice gozar sabe.

Sus alas vagarosas
con giros agradables
no hay flor que no sacudan,
ni rosa que no abracen.

¡Ay Lisi!, ejemplo toma
del céfiro inconstante;
no con Aminta sólo
tu fino amor malgastes.
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