Temas
Poemas en este tema

Otros

José Cadalso

José Cadalso

Oda Pindárica De Dalmiro A Moratín

¡Ay, si cantar pudiera
los hijos de los dioses, lira de hombre,
y, cual trompa guerrera
de altísona armonía,
que ambos polos atónitos asombre,
resonase la mía,
hijo de Febo, joven prodigioso,
cuál se alzara mi numen orgulloso!

Se alzara por regiones,
astros, esferas, mundos; y a su acento
las célicas mansiones
eco sacro darían,
y los dioses del alto firmamento
a escucharme vendrían.
Anfión y Orfeo no triunfaron tanto
del mar y hórrido reino del espanto.

Creyéndome inspirado
para cantar tus loores dignamente,
mandándomelo el hado,
las musas castellanas,
con lauro coronándome la frente,
vendrían más ufanas
que las de Tebas, cuando el dios del día
a Píndaro portentos influía.

La cítara lesbiana,
que con marfil y pulso a trinar hecho
tañe tu diestra ufana,
en vano dulce amigo
para cantarte aplico al blando pecho:
No resuena conmigo
como en tu mano armónica resuena,
de pompa, majestad y gloria llena.

Resuena, cual solía
la de Salicio y Títiro en lo blando
la dulce lira mía.
Parezco al imitarte
pastor que con su avena va imitando
la trompa atroz de Marte,
que el céfiro se ríe y se recrea
y la purpúrea rosa se menea.

Con lascivos arrullos
y los pájaros juntan su armonía,
y el río sus murmullos
siempre manso y tranquilo;
cuando el mundo de horrores temblaría,
del Orinoco al Nilo,
si las ruedas del carro resonaran,
y de Marte la trompa acompañaran.

Fatíganme en lo interno
furias, trasgos y manes, que aparecen
del horrísono infierno
y báratro profundo;
y sol y luna y astros se obscurecen,
y se anonada el mundo
rompiéndose ambos polos con estruendo,
y el caos primero, tímido, estoy viendo.

Cuménides atroces
su fuego en torno esparcen con silbido
y horrendísimas voces,
con víboras, serpientes
y culebras el pelo entretejido:
los brazos relucientes
con lóbrega vislumbre tan siniestra,
que sólo espectros y fantasmas muestra.

La envidia las conmueve
sacándolas del centro del abismo,
y con ardid aleve
en mi pecho las hunde
con fiero ardor contra mi amigo mismo,
porque mil celos funde,
cuando la fama te aclamó poeta
con el son inmortal de su trompeta.

«Conque permite el Hado»
me dice en ronco son la horrible Dea
«que perezca olvidado
tu nombre con tu verso,
y que de Moratín la Musa sea
la que del Universo
haga sonora el uno y otro polo
con cítara que envidie el mismo Apolo».

Dijo, y su pecho lleno
de áspides ponzoñosos y rencores,
me arrojó su veneno.
Ardiose el pecho mío,
cual seca mies del rayo a los ardores
vibrada en el estío;
tu nombre aborrecí con triste ceño,
cual esclavo la mano de su dueño.

Mas la amistad sagrada
con su cándida túnica desciende
de la empírea morada,
de virtudes un coro
la cerca y con su manto te defiende.
Su carro insigne de oro
deslumbra y ciega al monstruo que me irrita,
y al centro del horror le precipita.

Mirándome la diosa
con faz serena y plácida hermosura,
dejó mi alma gozosa,
cual esparce alegría
rosada aurora tras la noche oscura,
dando consuelo el día,
desde el lejano, lúcido horizonte,
al hombre, al bruto, al ave, al campo, al monte.

Mi frente que arrugada
de mi alma mostró el crüel tormento,
con mano regalada
alzó, diciendo: «Vive
con amigo tan ínclito contento;
como tuyo recibe
el justo aplauso y lírica corona
que le da Olimpo, Iberia y Helicona,

Aquellos que yo he unido
con mis vínculos gratos y celestes,
después que hayan cumplido
los días de sus hados,
Cástor y Pólux, Pílades y Orestes,
a Olimpo son llevados;
y Júpiter, llenando mi deseo,
eternos viven Píroto y Teseo.

Deja a las corvas almas
la sátira y rencor, y tus laureles
junta a las sacras palmas
de Moratín divino.
No temen los amigos, si son fieles,
las iras del destino,
y al lado de sus versos asombrosos
se admirarán los tuyos amorosos.

A él le ha dado Apolo
la cítara de Píndaro sonante,
para que cante él solo
de Carlos las hazañas
oyendo desde el punto más distante,
Américas y España,
coronado en cada una de las zonas
y sus virtudes más que sus coronas.

Y el hijo suyo digno
(prole que a España dio próspero el cielo)
y aquel rostro benigno
de Luisa Parmesana,
de quien Castilla aguarda su consuelo,
belleza más que humana;
y de Gabriel y Luis las prendas tales,
que serán con sus versos inmortales.

Y por probarse a veces
cantará de la patria y sus varones
heroicas altiveces.
Escúchale entonando
sagrados himnos, líricas canciones,
y estándole escuchando
suspenso el cielo, quedan sin empleo
espada, rayo, lira y caduceo.

Para él es digno asunto
lo de México, Cuzco y de Pavía,
y Numancia y Sagunto,
San Quintín y Lepanto,
y de Almansa y Brihuega el claro día
¡feliz a España tanto!.
Pero tú, canta céfiros y flores,
arroyos, campos, ecos y pastores»,

dijo, y fuese volando,
dejando mi alma llena de consuelo.
Y un rastro fue dejando
de clara luz sagrada,
desde la humilde tierra al alto cielo;
su corona estrellada
en torno por el aire difundía
etéreo olor de líquida ambrosia.
682
José Cadalso

José Cadalso

Oda Pindárica De Dalmiro A Moratín

¡Ay, si cantar pudiera
los hijos de los dioses, lira de hombre,
y, cual trompa guerrera
de altísona armonía,
que ambos polos atónitos asombre,
resonase la mía,
hijo de Febo, joven prodigioso,
cuál se alzara mi numen orgulloso!

Se alzara por regiones,
astros, esferas, mundos; y a su acento
las célicas mansiones
eco sacro darían,
y los dioses del alto firmamento
a escucharme vendrían.
Anfión y Orfeo no triunfaron tanto
del mar y hórrido reino del espanto.

Creyéndome inspirado
para cantar tus loores dignamente,
mandándomelo el hado,
las musas castellanas,
con lauro coronándome la frente,
vendrían más ufanas
que las de Tebas, cuando el dios del día
a Píndaro portentos influía.

La cítara lesbiana,
que con marfil y pulso a trinar hecho
tañe tu diestra ufana,
en vano dulce amigo
para cantarte aplico al blando pecho:
No resuena conmigo
como en tu mano armónica resuena,
de pompa, majestad y gloria llena.

Resuena, cual solía
la de Salicio y Títiro en lo blando
la dulce lira mía.
Parezco al imitarte
pastor que con su avena va imitando
la trompa atroz de Marte,
que el céfiro se ríe y se recrea
y la purpúrea rosa se menea.

Con lascivos arrullos
y los pájaros juntan su armonía,
y el río sus murmullos
siempre manso y tranquilo;
cuando el mundo de horrores temblaría,
del Orinoco al Nilo,
si las ruedas del carro resonaran,
y de Marte la trompa acompañaran.

Fatíganme en lo interno
furias, trasgos y manes, que aparecen
del horrísono infierno
y báratro profundo;
y sol y luna y astros se obscurecen,
y se anonada el mundo
rompiéndose ambos polos con estruendo,
y el caos primero, tímido, estoy viendo.

Cuménides atroces
su fuego en torno esparcen con silbido
y horrendísimas voces,
con víboras, serpientes
y culebras el pelo entretejido:
los brazos relucientes
con lóbrega vislumbre tan siniestra,
que sólo espectros y fantasmas muestra.

La envidia las conmueve
sacándolas del centro del abismo,
y con ardid aleve
en mi pecho las hunde
con fiero ardor contra mi amigo mismo,
porque mil celos funde,
cuando la fama te aclamó poeta
con el son inmortal de su trompeta.

«Conque permite el Hado»
me dice en ronco son la horrible Dea
«que perezca olvidado
tu nombre con tu verso,
y que de Moratín la Musa sea
la que del Universo
haga sonora el uno y otro polo
con cítara que envidie el mismo Apolo».

Dijo, y su pecho lleno
de áspides ponzoñosos y rencores,
me arrojó su veneno.
Ardiose el pecho mío,
cual seca mies del rayo a los ardores
vibrada en el estío;
tu nombre aborrecí con triste ceño,
cual esclavo la mano de su dueño.

Mas la amistad sagrada
con su cándida túnica desciende
de la empírea morada,
de virtudes un coro
la cerca y con su manto te defiende.
Su carro insigne de oro
deslumbra y ciega al monstruo que me irrita,
y al centro del horror le precipita.

Mirándome la diosa
con faz serena y plácida hermosura,
dejó mi alma gozosa,
cual esparce alegría
rosada aurora tras la noche oscura,
dando consuelo el día,
desde el lejano, lúcido horizonte,
al hombre, al bruto, al ave, al campo, al monte.

Mi frente que arrugada
de mi alma mostró el crüel tormento,
con mano regalada
alzó, diciendo: «Vive
con amigo tan ínclito contento;
como tuyo recibe
el justo aplauso y lírica corona
que le da Olimpo, Iberia y Helicona,

Aquellos que yo he unido
con mis vínculos gratos y celestes,
después que hayan cumplido
los días de sus hados,
Cástor y Pólux, Pílades y Orestes,
a Olimpo son llevados;
y Júpiter, llenando mi deseo,
eternos viven Píroto y Teseo.

Deja a las corvas almas
la sátira y rencor, y tus laureles
junta a las sacras palmas
de Moratín divino.
No temen los amigos, si son fieles,
las iras del destino,
y al lado de sus versos asombrosos
se admirarán los tuyos amorosos.

A él le ha dado Apolo
la cítara de Píndaro sonante,
para que cante él solo
de Carlos las hazañas
oyendo desde el punto más distante,
Américas y España,
coronado en cada una de las zonas
y sus virtudes más que sus coronas.

Y el hijo suyo digno
(prole que a España dio próspero el cielo)
y aquel rostro benigno
de Luisa Parmesana,
de quien Castilla aguarda su consuelo,
belleza más que humana;
y de Gabriel y Luis las prendas tales,
que serán con sus versos inmortales.

Y por probarse a veces
cantará de la patria y sus varones
heroicas altiveces.
Escúchale entonando
sagrados himnos, líricas canciones,
y estándole escuchando
suspenso el cielo, quedan sin empleo
espada, rayo, lira y caduceo.

Para él es digno asunto
lo de México, Cuzco y de Pavía,
y Numancia y Sagunto,
San Quintín y Lepanto,
y de Almansa y Brihuega el claro día
¡feliz a España tanto!.
Pero tú, canta céfiros y flores,
arroyos, campos, ecos y pastores»,

dijo, y fuese volando,
dejando mi alma llena de consuelo.
Y un rastro fue dejando
de clara luz sagrada,
desde la humilde tierra al alto cielo;
su corona estrellada
en torno por el aire difundía
etéreo olor de líquida ambrosia.
682
José Cadalso

José Cadalso

Oda Pindárica De Dalmiro A Moratín

¡Ay, si cantar pudiera
los hijos de los dioses, lira de hombre,
y, cual trompa guerrera
de altísona armonía,
que ambos polos atónitos asombre,
resonase la mía,
hijo de Febo, joven prodigioso,
cuál se alzara mi numen orgulloso!

Se alzara por regiones,
astros, esferas, mundos; y a su acento
las célicas mansiones
eco sacro darían,
y los dioses del alto firmamento
a escucharme vendrían.
Anfión y Orfeo no triunfaron tanto
del mar y hórrido reino del espanto.

Creyéndome inspirado
para cantar tus loores dignamente,
mandándomelo el hado,
las musas castellanas,
con lauro coronándome la frente,
vendrían más ufanas
que las de Tebas, cuando el dios del día
a Píndaro portentos influía.

La cítara lesbiana,
que con marfil y pulso a trinar hecho
tañe tu diestra ufana,
en vano dulce amigo
para cantarte aplico al blando pecho:
No resuena conmigo
como en tu mano armónica resuena,
de pompa, majestad y gloria llena.

Resuena, cual solía
la de Salicio y Títiro en lo blando
la dulce lira mía.
Parezco al imitarte
pastor que con su avena va imitando
la trompa atroz de Marte,
que el céfiro se ríe y se recrea
y la purpúrea rosa se menea.

Con lascivos arrullos
y los pájaros juntan su armonía,
y el río sus murmullos
siempre manso y tranquilo;
cuando el mundo de horrores temblaría,
del Orinoco al Nilo,
si las ruedas del carro resonaran,
y de Marte la trompa acompañaran.

Fatíganme en lo interno
furias, trasgos y manes, que aparecen
del horrísono infierno
y báratro profundo;
y sol y luna y astros se obscurecen,
y se anonada el mundo
rompiéndose ambos polos con estruendo,
y el caos primero, tímido, estoy viendo.

Cuménides atroces
su fuego en torno esparcen con silbido
y horrendísimas voces,
con víboras, serpientes
y culebras el pelo entretejido:
los brazos relucientes
con lóbrega vislumbre tan siniestra,
que sólo espectros y fantasmas muestra.

La envidia las conmueve
sacándolas del centro del abismo,
y con ardid aleve
en mi pecho las hunde
con fiero ardor contra mi amigo mismo,
porque mil celos funde,
cuando la fama te aclamó poeta
con el son inmortal de su trompeta.

«Conque permite el Hado»
me dice en ronco son la horrible Dea
«que perezca olvidado
tu nombre con tu verso,
y que de Moratín la Musa sea
la que del Universo
haga sonora el uno y otro polo
con cítara que envidie el mismo Apolo».

Dijo, y su pecho lleno
de áspides ponzoñosos y rencores,
me arrojó su veneno.
Ardiose el pecho mío,
cual seca mies del rayo a los ardores
vibrada en el estío;
tu nombre aborrecí con triste ceño,
cual esclavo la mano de su dueño.

Mas la amistad sagrada
con su cándida túnica desciende
de la empírea morada,
de virtudes un coro
la cerca y con su manto te defiende.
Su carro insigne de oro
deslumbra y ciega al monstruo que me irrita,
y al centro del horror le precipita.

Mirándome la diosa
con faz serena y plácida hermosura,
dejó mi alma gozosa,
cual esparce alegría
rosada aurora tras la noche oscura,
dando consuelo el día,
desde el lejano, lúcido horizonte,
al hombre, al bruto, al ave, al campo, al monte.

Mi frente que arrugada
de mi alma mostró el crüel tormento,
con mano regalada
alzó, diciendo: «Vive
con amigo tan ínclito contento;
como tuyo recibe
el justo aplauso y lírica corona
que le da Olimpo, Iberia y Helicona,

Aquellos que yo he unido
con mis vínculos gratos y celestes,
después que hayan cumplido
los días de sus hados,
Cástor y Pólux, Pílades y Orestes,
a Olimpo son llevados;
y Júpiter, llenando mi deseo,
eternos viven Píroto y Teseo.

Deja a las corvas almas
la sátira y rencor, y tus laureles
junta a las sacras palmas
de Moratín divino.
No temen los amigos, si son fieles,
las iras del destino,
y al lado de sus versos asombrosos
se admirarán los tuyos amorosos.

A él le ha dado Apolo
la cítara de Píndaro sonante,
para que cante él solo
de Carlos las hazañas
oyendo desde el punto más distante,
Américas y España,
coronado en cada una de las zonas
y sus virtudes más que sus coronas.

Y el hijo suyo digno
(prole que a España dio próspero el cielo)
y aquel rostro benigno
de Luisa Parmesana,
de quien Castilla aguarda su consuelo,
belleza más que humana;
y de Gabriel y Luis las prendas tales,
que serán con sus versos inmortales.

Y por probarse a veces
cantará de la patria y sus varones
heroicas altiveces.
Escúchale entonando
sagrados himnos, líricas canciones,
y estándole escuchando
suspenso el cielo, quedan sin empleo
espada, rayo, lira y caduceo.

Para él es digno asunto
lo de México, Cuzco y de Pavía,
y Numancia y Sagunto,
San Quintín y Lepanto,
y de Almansa y Brihuega el claro día
¡feliz a España tanto!.
Pero tú, canta céfiros y flores,
arroyos, campos, ecos y pastores»,

dijo, y fuese volando,
dejando mi alma llena de consuelo.
Y un rastro fue dejando
de clara luz sagrada,
desde la humilde tierra al alto cielo;
su corona estrellada
en torno por el aire difundía
etéreo olor de líquida ambrosia.
682
José Cadalso

José Cadalso

Canción De Dalmiro A Moratín

El semidiós que alzándose a la cumbre
del alto Olimpo, prueba la ambrosía
entre la muchedumbre
de dioses en la mesa del Tonante,
y en copa de diamante
purpúreo néctar bebe
al son de la armonía
de los astros que en torno el cielo mueve;
si desciende algún
día
al mundo, le fastidian los manjares
del huerto, viña, monte, campo y mares.

Desde que el campo elíseo al tierno Orfeo
oyó cantar su amor en tono blando
y el ardiente deseo
de volver a lograr su dulce esposa
cuya lira amorosa
mientras duró cantando
de Sísifo y de Tántalo un momento
paró todo el tormento,
ya no se admira cuando
algún mortal al verse en tal delicia
las gracias canta a su deidad propicia.

Quien vio, surcado el mar, minas gigantes,
sangrientas Amazonas, gente extraña
y límites distantes
de humana audacia no, mas sí del mundo,
y el piélago profundo
hiende con ancha nave
volviendo rico a España
en el tranquilo hogar vivir no sabe.
Desprecia la cabaña,
la barca y red que le ocupó primero
antes que fuese osado marinero.

El joven que una vez del tracio Marte
de pálidos cadáveres cercado
tremoló el estandarte
y en el carro triunfal fue conducido
en su patria aplaudido
con bélico trofeo
y júbilo aclamado
en su patria aplaudido
por volver a la lid arde en deseo.
Ya desdeña el arado,
hijos, esposa, padre, mesa y lecho;
sólo el guerrero ardor le llena el pecho.

Y el que al divino Moratín oyere
los metros que el timbreo dios le inspira,
y el brío con que hiere
la cítara de Píndaro sagrada,
ya nunca más le agrada
la humana voz, ni sones
de otra cualquiera lira,
por más que suenen ínclitas canciones
que necio el vulgo admira.
Canta, pues, entre todos el primero,
y calle Ercilla, Herrera, Horacio, Homero.

Canción dile a mi amigo,
que me falta el aliento,
y que cuando cantar su gloria intento
callo mil veces más de lo que digo.
721
José Cadalso

José Cadalso

Oda Sáfico-adónica A Cupido Sobre Los Peligros De Una Nueva Pasión

¡Niño temido por los dioses y hombres,
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,

dulce Cupido!

Quita del arco la fatal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa

me dominaba.

Desde que el hilo de su tierna vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la oculta

cumbre de Olimpo,

guardo constante la promesa justa
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias olas

con Aqueronte.

De negros lutos me vestí llorando
y de cipreses coroné mi frente:
eco doliente me siguió con quejas

hasta su tumba.

Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la sacra,

justa promesa.


Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas

si las oíste.

«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,

lóbrega noche,

haz que a mi falso corazón asuste
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto

Sísifo sufre.

Júrolo, Filis, por tu amor y el mío,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el Padre

Omnipotente».

Las losas duras a mi acento triste
mil veces dieron ecos horrorosos
y de dudosos ayes resonaron

túmulo y ara.

Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,

pálido, yerto.

Temo, si rompo tan solemnes votos,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado

pérfido aleve.

Entre los brazos de mi Musa amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día

ha de dejarme.

En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pones divinas perfecciones juntas

ante mis ojos.

Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,

tímido caigo.

Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
Y si conoces el dolor que causas,

lástima tenme.

La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible mano

otra saeta.

¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas

tu alevosía.
647
José Cadalso

José Cadalso

Sáficos Adónicos A Venus

¡Madre divina del alado niño!,
oye mis ruegos, que jamás oíste
otra tan triste, lastimosa pena

como la mía.

Baje tu carro desde el alto Olimpo,
entre las nubes del sereno cielo,
rápido vuelo traiga tu querida,

blanca paloma.

No te detenga con amantes brazos
Marte, que deja su rigor al verte;
ni el que por suerte se llamó tu esposo

sin merecerlo;

ni las delicias de la sacra mesa,
cuando a los dioses, lleno de ambrosía,
brinda alegría Jove con la copa

de Ganímedes;

y el eco suena por los techos altos
del noble alcázar, cuyo piso huellas
lleno de estrellas, de luceros y astros

luz soberana.

Cerca del ara de tu templo en Pafos
entre los himnos que tu pueblo dice
este infelice tu venida aguarda.

¡baja volando!


Sobre tus aras mis ofrendas pongo,
testigo el pueblo, por mi voz llamado;
y concertado con mi tono el suyo,

llámate madre.

Alzo los ojos al verter el vaso
de leche blanca y el de miel sabrosa
ciño con rosa, mirtos y jazmines

esta mi frente.

Mi palomita con la blanca pluma,
aún no tocada por pichón amante
pongo delante de tu simulacro

no la deseches.

Ya, Venus, miro resplandor celeste
bajar al templo: tu belleza veo.
Ya mi deseo coronaste, madre,

¡madre de amores!

Vírgenes tiernas, niñas y matronas,
ya Venus llega: vuestra diosa viene:
El aire suene con alegres himnos

júbilo santo.

Humo sabeo salga de las urnas,
dulces aromas que agradarla suelen,
ámbares vuelen, tantos que a la excelsa

bóveda toquen.

Pueblo de amantes, que a mi voz acudes,
a Venus pide que a mi ruego atienda,
y que a mi prenda la pasión inspire,

cual yo la tengo.
873
José Cadalso

José Cadalso

Oda Al Amor

¡Niño temido por los dioses y hombres,
hijo de Venus, ciego Amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,

dulce Cupido!

Quita del arco la mortal saeta,
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa

me dominaba.

Desde que el hilo de su dulce vida
por dura Parca feneció cortado,
desde que el hado la llevo a la sacra

cumbre de Olimpo,

guardo constante la promesa antigua
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias ondas

y el Aqueronte.

De lutos largos me vestí gimiendo
y de cipreses coroné mi frente;
eco doliente me siguió con quejas

hasta la tumba.

Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la triste,

justa promesa.

Nunca las voces que mi fe juraron
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas

si las oíste.

«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora
otra pastora, desde tan horrenda,

lóbrega noche,

haz que a mi falso corazón castigue
cuanto las cuevas del Averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto

Sísifo sufre.

Júrolo, Filis, por mi amor y el tuyo,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el mismo

omnipotente».

Las negras losas a mi fino acento
mil veces dieron ecos horrorosos,
y de dudosos ayes resonaron

túmulo y ara.

Dentro del mármol una voz confusa
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,

pálido, yerto.

Temo, si rompo tan solemne voto,
que Jove apure su rigor conmigo,
y otro castigo, que es el ser llamado

pérfido, aleve.

Entre los brazos de mi nueva amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día

ha de dejarme.

En vano Clori, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pone divinas perfecciones juntas

ante mis ojos.

Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,

tímido, caigo.

Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!,
las voces mías, mis dolientes voces.
¡Ay!, si conoces el dolor que causas,

lástima tenme.

La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire.
Haz que no tire tu invencible brazo

otra saeta.

¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas

tu tiranía.
800