Otros
Enrique Villagrasa González
Vida
A Jesús Hilario Tundidor
Canté el dolor, llorando la alegría.
Gabriel Bocángel
Con una rosa en la mano paseas y ves
del sol el sol y del pueblo sus montañas;
y del río que corre el agua que lleva
tras los juncos de tu infancia:
naces a la vida y un mayo florece
y tu padre en la escuela el tejado echaba.
Y te alejas de la página,
de la palabra no escrita;
del tiempo y de su espacio,
de la espera del signo.
Y por huir huyes de la huida:
del silencio y de su sombra,
por ruinas y conventos.
Amanecer
Amanece cada día,
temprano, y el alma
al frío oscuro,
de los más frágiles;
en el umbral, siempre,
en contenida sombra,
la caricia de sus labios.
Busco de la tarde los destellos,
del quiebro de su sonrisa
y cristal herido por su luz
cortejo el mar. Eco de celo.
El fulgor de sus ojos quiero.
La memoria del dolor y su vértigo,
para contemplar el asombro.
Y la vida duele,
en su oscura mirada,
Cuando nieve
derramaba noviembre,
en el parque donde jugábamos
al mediodía.
Olvido
En el olvido siempre
la más tímida página,
que vuela lejos,
tras el eco de los poetas.
Fluye el invierno,
no la poesía;
nievan susurros;
por la noche,
alrededor del fuego.
En el hogar,
la voz es caricia.
Fija la distancia la memoria,
los anhelos heridos,
las lágrimas,
el frío soneto de la tarde.
Pero, tras la palabra tú,
ahí, sin más, espejo,
en desnudez de cuerpos
con la vida.
Enrique Villagrasa González
Poesía
como fuego provocado.
Y para que ésta tenga presencia
ha de comunicar belleza el signo.
Apenas reconoces la blanca página.
Apenas te rodea, ni su aliento ni su vértigo.
Conocimiento. Comunicación: umbral abierto
de par en par el asombrado párpado.
Enrique Villagrasa González
Poesía
como fuego provocado.
Y para que ésta tenga presencia
ha de comunicar belleza el signo.
Apenas reconoces la blanca página.
Apenas te rodea, ni su aliento ni su vértigo.
Conocimiento. Comunicación: umbral abierto
de par en par el asombrado párpado.
Enrique Villagrasa González
Abril
del mundo sus ecos,
y cómo recibo tu brisa húmeda.
Entre mis brazos olvidas
cómo es del bosque su luz,
cómo del lenguaje, su palabra.
El coito y la página
fueron poemas.
Tu luz y mi destino
son versos evidentes.
Enrique Villagrasa González
Voz Desnuda
Qué transparencia ahí dentro,
luz de abril,
en este cáliz que es cal y granito,Claudio Rodríguez
Crepúsculo
Entre la luna y el sol,
y amante en múltiples destellos,
esperas la hora del lenguaje:
de la palabra que da la vida.
Caminando sobre la ola
y sufriendo su dolor,
tras la primera luz del alba
amanece el verbo.
Siempre mar adentro,
en busca de la poesía,
y todavía es invierno.
Bien lo sabes:
ella es lujuria máxima:
en ti toda que desborda.
Enrique Villagrasa González
Voz Desnuda
Qué transparencia ahí dentro,
luz de abril,
en este cáliz que es cal y granito,Claudio Rodríguez
Crepúsculo
Entre la luna y el sol,
y amante en múltiples destellos,
esperas la hora del lenguaje:
de la palabra que da la vida.
Caminando sobre la ola
y sufriendo su dolor,
tras la primera luz del alba
amanece el verbo.
Siempre mar adentro,
en busca de la poesía,
y todavía es invierno.
Bien lo sabes:
ella es lujuria máxima:
en ti toda que desborda.
Enrique Villagrasa González
Límite Infinito
es el límite infinito del lenguaje.
Es habitar con el verbo
en la sombra de tu pluma.
Al principio fue el gesto
y el gesto fue sonido,
como agua de manantial fría y dura,
y el sonido se hizo palabra,
en la puerta caoba del otoño,
y todo ya es en ella
y todo ya es por ella.
Y el poema es un no ser:
un no ser sin ella.
Y la palabra es la vida
y la poesía es la luz:
es el relámpago en la noche,
es el fulgor eterno;
pero la sombra no entiende:
no entiende de versos,
ni de relámpagos sabe.
La vida como la poesía
es el límite infinito del lenguaje.
En tus labios
Evaristo Carriego
Está Enfermo Y Quiere Verte
a lo que vengo? No es hora
de negarte: ese capricho
sería cruel ahora.
Quiere que vayas a verle
Quedó en un grito, entretanto.
¡Vieses! Debemos tenerle
compasión: ¡Padece tanto!
¡Y vuelta a la misma queja!
Ya ni un momento se calma,
¡Si vieses cómo se queja,
se te partiría el alma!
Se le conoce en la cara
el sufrimiento. Al hablar
vuelve la cabeza para
que no le vean llorar.
¡Si no regreso contigo
le he de causar una pena!
Después de todo es mi amigo
Vamos, por favor, ¡Sé buena!
Aunque siempre fue un ingrato
tú no eres rencorosa,
¡Vamos, estarás un rato
y le dirás cualquier cosa!
Vamos, antes que se muera:
así le perdonarás
¡Vamos!, El pobre te espera:
¡Vendrás a verlo!, ¿Vendrás?
Evaristo Carriego
El Nene Está Enfermo
de los días hermosos, y eso que hoy es un día
suavemente asoleado. En el patio no hay ruidos,
ni se escuchan las risas sonando en los dormidos
rincones de la antigua casa. La regalona
y traviesa hermanita de siete años no entona
las canciones ingenuas que aprendiera en la escuela,
ni riñe a su muñeca mutilada. La abuela
¡Ah, la pobre abuelita casi nunca está sana!
Olvida su dolencia que lleva una semana
de no darla un momento de reposo. Una incierta
amenaza inquietante ha violado la puerta
del hogar. Bajo el techo
de la casa modesta se presiente en acecho
al dolor. Repentina, melancólicamente,
ha pasado una sombra como por una frente,
como por una frente que fue siempre serena
y que recién ahora la oscurece la pena
con la torva amargura de una arruga muy honda.
Ronda a paso de lobo por nuestra casa, ronda
la tristeza, la angustia,
que ya ha puesto sus fríos labios en una mustia
carita enflaquecida.
Es que el nene está enfermo. Cesó la voz querida
de rumorear sus charlas adorables con esa
locuacidad que hacía bulliciosa la mesa.
¡Ay, el gesto atufado de su enojo risueño
y los cantos que apenas cesaban cuando el sueño,
como dos invisibles alitas de alguaciles,
le tocaba en sus ojos con sus dedos sutiles!
¡Abuelita, abuelita, hazme pronto la cama!
¡Qué triste ahora, abuela, el nene no te llama!
Por las habitaciones vaga como algo extraño
un silencio penoso que se diría huraño,
y tú vas arrastrando tu cansancio de días
e inútiles son todas las filiales porfías
para que te recuestes un momento siquiera:
¿Qué espera, mamá vieja?, A acostarse
¿Qué espera?
Ya sabemos el dulce temor que te detiene:
¿Quién, como la abuelita, cuidaría del nene?
Niño Dios, Nazareno
de las rubias estampas, coronado de espinas,
que curabas las llagas con tus manos divinas:
¿No podrías ser bueno
otra vez, en la hora de las angustias graves,
y decir las piadosas palabras que tú sabes
para que él se mejore,
para que ella no llore?
Evaristo Carriego
El Aniversario
Un aire melancólico se advierte
en los rostros: la pena es resignada.
No se oye reír si se habla fuerte.
Los muchachos faltaron a la escuela,
y desde muy temprano, con incierto
y sombrío fulgor, arde la vela
en la que fuera habitación del muerto.
El recuerdo luctuoso les alcanza
a todos por igual.
Durante el día
unas cuantas visitas de confianza
estuvieron a hacerles compañía:
pero, entrada la noche, los amigos
al fin se despidieron, y la pena
contenida en presencia de testigos
extraños, fue a la hora de la cena
más intensa quizás. No había extraños
y el silencio tornóse doloroso:
sintiéronse molestos, casi huraños,
en ese comedor tan bullicioso
otras veces. Se levantó la mesa
sin las conversaciones de costumbre,
permanecieron largo rato presa
de una serena y vaga pesadumbre
que no turbó una sola frase.
Ahora
charlan de cosas familiares como
en los días tranquilos a la hora
del té. La hermana hojea el primer tomo
de la novela que empezara el jueves,
la abuela reta a alguno y en seguida
de dos o tres observaciones, breves
pero enérgicas, vuelve a su aburrida
soñolencia. La madre escucha y calla,
pensando en el ausente por quien vive
en continua aflicción desde que se halla
tan lejos, el ingrato que no escribe
hace mucho, ni aún de cuando en cuando
En un rincón la huerfanita cose
ajena a cuanto se habla, suspirando
cada vez que el hermano enfermo tose
con esa ronca tos que le sofoca
atrozmente.
Cansadas
de la tarea diaria, que no es poca,
comienzan a sentirse algo pesadas
las hacendosas manos
de la tía soltera que medita,
evocando memorias de lejanos
noviazgos de muchacha, mientras quita
las rojas iniciales de una toalla
recién planchada, al lado
de la lámpara fiel cuya pantalla
amortigua la luz.
Casi acostado
en el sillón el hijo mayor fuma
su tercer cigarrillo
y cerca uno de los chicos suma
de nuevo el resultado de un sencillo
problema de aritmética.
En la suave
paz que envuelve la pieza
viene, a intervalos, el recuerdo grave
a conturbarlos. Reina una tristeza
pensativa.
La charla continúa
como sin ganas, lenta, displicente,
sobre el mal tiempo. Afuera, la garúa
cae en el patio despaciosamente.
Evaristo Carriego
Ninguna Más
nunca más, nunca más tendremos novia,
y pasarán los años pero nunca
más volveremos a querer a otra.
Ya lo ves. Y pensar que nos decías,
afligida quizá de verte sola,
que cuando te murieses
ni te recordaríamos. ¡Qué tonta!
Sí. Pasarán los años, pero siempre
como un recuerdo bueno, a toda hora
estarás con nosotros.
Con nosotros Porque eres cariñosa
como nadie lo fue. Te lo decimos
tarde, ¿No es cierto? Un poco tarde, ahora
que no nos puedes escuchar. Muchachas
como tú ha habido pocas.
No temas nada, te recordaremos,
y te recordaremos a ti sola:
ninguna más, ninguna más. Ya nunca
más volveremos a querer a otra.
Evaristo Carriego
Los Viejos Se Van
a mí no sé qué me da
¡Se van los viejos! Los pobres
poquito a poco se van.
Y se van tan despacito
que ni lo sienten, ¿Será
el consuelo de saber
que se habrán de ir en paz?
¡Ah! Todo es inútil: nada
los detendrá: ¿Pasarán
este otoño, o el invierno
otra vez los hallará
contándonos por las noches
cosas de la mocedad?
Y cuando no estén, ¿Durante
cuánto tiempo aún se oirá
su voz querida en la casa
desierta?
¿Cómo serán
en el recuerdo las caras
que ya no veremos más?
¡Que ya no veremos! ¿Nunca
se te ha ocurrido pensar
en el silencio que dejan
aquellos que se nos van?
Y en nosotros mismos, piensas
alguna vez, ¿Es verdad?
En nosotros, que también
nos tendremos que callar.
Cuando nos llegue la hora
como a los viejos, ¿Habrá
para nosotros la dulce
confortación familiar
que tanto alivia? ¿Qué labio
piadoso nos besará?
¿Nos sentiremos muy solos?
¿Y nos iremos en paz?
Evaristo Carriego
Sola
las buenas amigas, las locas
de siempre.
¡Qué alegres se fueron!,
¡Qué risas las suyas!
¡La zonza!,
Te dijeron al irse. ¡Es claro,
parecías tan triste!
Bueno.
Por fin estás sola No hay nadie,
todas las amigas se fueron
y se halla en silencio la casa.
La abuela descansa, y los chicos
en el distante comedor
juegan despacio, sin dar gritos.
Apenas si afuera, en la calle,
persiste un rumor apagado
de voces. Estás sola, sola,
en la paz grave de tu cuarto.
Vela un momento, y cuando tengas
el corazón bien en reposo
duerme como no duermes hace
mucho: con un sueño de novia.
La última noche de novia
Llegó pronto, ¿Verdad? Mañana
adiós cuartito de soltera,
adiós camita, adiós almohada
del sueño lejano y querido
que no volverá
¿Te sorprende
pensar en eso? Tan sereno,
tan dulce que ahora parece.
¡Por fin vino el novio! Fue larga,
muy larga la espera, ¿Recuerdas?,
Pasaban los años y nada,
ninguno ¡Quedarte soltera!
¡Ay!, Bien lo temías.
En vano
los tiernos coloquios. ¡Qué rabia!,
Aquellas preguntas del primo,
¡Torpe, ciego!
¿Cuándo te casas?
Por fin vino el novio, y por fin
la última noche de novia.
Llegó pronto, ¿Verdad? ¡Tan pronto!
Mañana, mañana
¡Bah! ¿Lloras?
Evaristo Carriego
Te Vas
Lo sabemos: ahórrate la pena
de contarnos sonriendo lo que sufres
desde que estás enferma.
¡Ah, te vas sin remedio,
te vas, y sin embargo, no te quejas:
jamás te hemos oído una palabra
que no fuera serena,
serena como tú, como el cariño
de hermanita mayor con que nos besas,
de hermanita mayor que por nosotros
se olvidó de ser novia!
No te quejas,
no quieres afligirnos, pero lloras
cuando nadie te mira, y tu tristeza
silenciosa no tiene una amargura
¿Por qué serás tan buena?
Evaristo Carriego
La Dulce Voz Que Oímos Todos Los Días
Yo no sé por qué será:
te oímos y nos dan muchas
ganas de quererte más.
Tienes una voz tan dulce
y una manera de hablar,
que aunque a veces tú también
estés triste de verdad
haces reír a abuelita
cuando ella quiere llorar.
¡Y ninguno sabe en dónde
encuentras tanta bondad
para poder decir unas
cosas que nos gustan más!
¡Si vieras cómo nos gusta!
No te habrás de imaginar
lo mucho que sufriremos
si tú nos dejas Mamá
dice que cuando te cases
nos tendrás que abandonar,
y eso es mentira: ¿No es cierto
que nunca te casarás?
Nunca nos dejarás solos
porque eres buena ¿Verdad?
¿Alguna vez has pensado
qué haremos si te nos vas?
¿No lo has pensado? Nosotros
no lo queremos pensar.
Si tú te nos vas, ¿Entonces
qué voz extraña vendrá
a decirnos esas cosas
que tú ya no nos dirás?
¿Nos hará olvidar tu voz
la voz que vendrá? ¿Lo hará?
¿Hará reír a abuelita
cuando ella quiere llorar?
Evaristo Carriego
La Que Se Quedó Para Vestir Santos
serás abuelita sin ser madrecita.
Ayer, recordando tu pesar sereno,
me dio mucha pena tu cara marchita.
¿Ni siquiera una novela empezada?
Quizás el idilio que duró un verano,
hasta que una noche por buena y confiada,
se cansó la novia de aguardar en vano.
Y tú sufrirías, o no sufrirías,
nerviosas esperas, y te quedarías
como es natural,
tan indiferente que al día siguiente
ya no habría nada, nada: solamente
húmedas las puntas de tu delantal.
Evaristo Carriego
Por Las Madrecitas Modestas
os causó, desvelo que tiene un testigo
en el perro amigo que como un abuelo
os compadecía. Por vosotras, digo:
San José y la Virgen, Señora Santa Ana,
con vuestras miradas fijas en la cuna,
rogad como anoche para que mañana
se despierte el niño sin dolencia alguna.
Para que se queden ellas sin la espina
de ver al marido marcharse a la esquina,
y para que libre de todo cuidado,
esta noche fría que no tiene luna
gocen dulcemente de un sueño pesado:
Jesús Nazareno, velad por la cuna.
Evaristo Carriego
A Carcavallo En Su Noche
En su noche
A Doña Leonor Acevedo de Borges
Porque esta hora todos la vivimos contigo,
y es propicia la noche y el ambiente es cordial,
vaya el trovar, gustado en el rincón amigo,
con un antiguo y vago sabor sentimental.
Por los que todavía creen un poco en la Luna,
por los que riman una canción de juventud,
por las damas que escuchan, suaves como en alguna
primavera de versos, ¡Compañero, salud!
Salud, por esta hora que vivimos contigo,
salud, porque al conjuro del verso que te digo
realicen su serena gloriosa comunión,
la Amistad y la Lira, la gracia femenina,
un puñado de rosas de la tierra argentina
y una copa del rojo vino del corazón.
Evaristo Carriego
A Carcavallo En Su Noche
En su noche
A Doña Leonor Acevedo de Borges
Porque esta hora todos la vivimos contigo,
y es propicia la noche y el ambiente es cordial,
vaya el trovar, gustado en el rincón amigo,
con un antiguo y vago sabor sentimental.
Por los que todavía creen un poco en la Luna,
por los que riman una canción de juventud,
por las damas que escuchan, suaves como en alguna
primavera de versos, ¡Compañero, salud!
Salud, por esta hora que vivimos contigo,
salud, porque al conjuro del verso que te digo
realicen su serena gloriosa comunión,
la Amistad y la Lira, la gracia femenina,
un puñado de rosas de la tierra argentina
y una copa del rojo vino del corazón.
Evaristo Carriego
La Silla Que Ahora Nadie Ocupa
se halla abstraído el padre desde hace rato:
pocos momentos hace que rechazó el plato
del cual apenas quiso probar la sopa.
De tiempo en tiempo, casi furtivamente,
llega en silencio alguna que otra mirada
hasta la vieja silla desocupada
que alguien, de olvidadizo, colocó enfrente.
Y, mientras se ensombrecen todas las caras,
cesa de pronto el ruido de las cucharas
porque insistentemente, como empujado
por esa idea fija que no se va,
el menor de los hijos ha preguntado
cuándo será el regreso de la mamá.
Evaristo Carriego
Vulgar Sinfonía
A Doña Leonor Acevedo de Borges
Como las extraordinarias
pero irreales doncellas
que vieron en las estrellas
las hostias imaginarias
de sus noches visionarias,
así tus blancas patenas
quedarán tan sólo llenas
de tu gesto de mujer,
porque hoy no podría hacer
de segador de azucenas.
Y bien puedo adivinar
pese a una amable indulgencia
bajo tu leve elocuencia,
que, en la décima vulgar
que aquí me atrevo a dejar,
tu gentil alma de Francia
no ha de aplaudir la arrogancia
de diez bravos caballeros
que conversan prisioneros
en una lírica estancia.
Pero si no hay madrigal
de antigua delicadeza,
sobre mi pobre rudeza
tengo una rosa augural:
que ya es flor espiritual
pues son mis votos ahora,
que eternamente, señora,
vivas la olímpica gesta
del ensueño, de la fiesta,
de los lirios, de la aurora.
Y que tu hijo, el niño aquél
de tu orgullo, que ya empieza
a sentir en la cabeza
breves ansias de laurel,
vaya, siguiendo la fiel
ala de la ensoñación,
de una nueva anunciación
a continuar la vendimia
que dará la uva eximia
del vino de la Canción.
Evaristo Carriego
Vulgar Sinfonía
A Doña Leonor Acevedo de Borges
Como las extraordinarias
pero irreales doncellas
que vieron en las estrellas
las hostias imaginarias
de sus noches visionarias,
así tus blancas patenas
quedarán tan sólo llenas
de tu gesto de mujer,
porque hoy no podría hacer
de segador de azucenas.
Y bien puedo adivinar
pese a una amable indulgencia
bajo tu leve elocuencia,
que, en la décima vulgar
que aquí me atrevo a dejar,
tu gentil alma de Francia
no ha de aplaudir la arrogancia
de diez bravos caballeros
que conversan prisioneros
en una lírica estancia.
Pero si no hay madrigal
de antigua delicadeza,
sobre mi pobre rudeza
tengo una rosa augural:
que ya es flor espiritual
pues son mis votos ahora,
que eternamente, señora,
vivas la olímpica gesta
del ensueño, de la fiesta,
de los lirios, de la aurora.
Y que tu hijo, el niño aquél
de tu orgullo, que ya empieza
a sentir en la cabeza
breves ansias de laurel,
vaya, siguiendo la fiel
ala de la ensoñación,
de una nueva anunciación
a continuar la vendimia
que dará la uva eximia
del vino de la Canción.
Evaristo Carriego
Canillita
que jamás volvamos a encontrar tus huellas?
Sí, nunca hallaremos romero más loco
¡Qué cosas las tuyas! ¡Irte a las estrellas!
No mereces casi que así te lloremos
¡Irte a las estrellas! ¡Adiós, Canillita!
Siempre, siempre, ¿Sabes?, Te reprocharemos
que hayas dejado tan sola a Catita.
¡Por ella, su pobre pajarito bueno,
bésale en los ojos, Jesús Nazareno
que estás en la cruz!
¡Por ella que ahora se queda más triste
que todos los tristes que en el mundo viste,
ciérrale los negros ojazos sin luz!
Evaristo Carriego
Sarmiento
bondadosa verdad en el sendero,
un estoico fervor de misionero
que traía por Biblia una cartilla.
Cuando en la hora aciaga, en el oscuro
ámbito de la sangre, su mirada
de inefable visión fue deslumbrada
y levantó su voz, a su conjuro,
en medio de las trágicas derrotas
y entre un sordo rumor de lanzas rotas,
sobre las pampas, sobre el suelo herido,
se hizo cada vez menos profundo
el salvaje ulular, el alarido
de las épicas hordas de Facundo.