Poemas en este tema
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Enrique Lihn
Gallo
Canta este gallo, el mismo, y yo: ¿soy otro?
que degollé, y a la redonda estaban
todos mis años;
el número ha crecido, pero en esto
no se distinguen entre sí, escuchándolo
sólo un poco más cerca de la muerte.
Gallo, qué insomnio,
clarín de qué batalla más perdida,
vindicativo, no, ni cruel,
pero enemigo, enemigo, enemigo.
que degollé, y a la redonda estaban
todos mis años;
el número ha crecido, pero en esto
no se distinguen entre sí, escuchándolo
sólo un poco más cerca de la muerte.
Gallo, qué insomnio,
clarín de qué batalla más perdida,
vindicativo, no, ni cruel,
pero enemigo, enemigo, enemigo.
875
Enrique Lihn
Nocturno
Eres la primera que te me paseas por aquí
en mucho tiempo a la redonda:
«Víveme, víveme, yo soy inagotable»,
con tu absurda existencia al desnudo:
«has visto tú qué linda soy dímelo chico»
pequeños senos duros rompeolas y el juego de las nalguitas:
«me canso en todo, menos en esto»
Y apruebo lo de mulata canela que te dicen, el relajo
ése de «óyeme, enfermona, tú,
que no somos de palo ni de hierros»
Vaya, como en cada uno de tus condenadas historias
jálate también aquí una conga del carajo.
en mucho tiempo a la redonda:
«Víveme, víveme, yo soy inagotable»,
con tu absurda existencia al desnudo:
«has visto tú qué linda soy dímelo chico»
pequeños senos duros rompeolas y el juego de las nalguitas:
«me canso en todo, menos en esto»
Y apruebo lo de mulata canela que te dicen, el relajo
ése de «óyeme, enfermona, tú,
que no somos de palo ni de hierros»
Vaya, como en cada uno de tus condenadas historias
jálate también aquí una conga del carajo.
866
Enrique Lihn
La Musiquilla De Las Pobres Esferas
Puede que sea cosa de ir tocando
la musiquilla de las pobres esferas.
Me cae mal esa Alquimia del Verbo,
poesía, volvamos a la tierra.
Aquí en París se vive de silencio
lo que tú dices claro es cosa muerta.
Bien si hablas por hablar, “a lo divino”,
mal si no pasas todas las fronteras.
Digan, al fin y al cabo, lo que quieran:
en la profundidad de la ignorancia
suena una musiquilla verdadera;
sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusión de las lenguas,
gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza;
y el poeta más loco que sagrado
pero con una locura con su cuerda
capaz de darle cuerda a la alegría,
capaz de darle cuerda a la tristeza.
No se dirige a nadie el corazón
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un púlpito
ni se hace poesía en bibliotecas.
Después de todo, ¿para qué leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un día en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ningún caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.
Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.
la musiquilla de las pobres esferas.
Me cae mal esa Alquimia del Verbo,
poesía, volvamos a la tierra.
Aquí en París se vive de silencio
lo que tú dices claro es cosa muerta.
Bien si hablas por hablar, “a lo divino”,
mal si no pasas todas las fronteras.
Digan, al fin y al cabo, lo que quieran:
en la profundidad de la ignorancia
suena una musiquilla verdadera;
sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusión de las lenguas,
gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza;
y el poeta más loco que sagrado
pero con una locura con su cuerda
capaz de darle cuerda a la alegría,
capaz de darle cuerda a la tristeza.
No se dirige a nadie el corazón
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un púlpito
ni se hace poesía en bibliotecas.
Después de todo, ¿para qué leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un día en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ningún caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.
Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.
819
Enrique Lihn
La Musiquilla De Las Pobres Esferas
Puede que sea cosa de ir tocando
la musiquilla de las pobres esferas.
Me cae mal esa Alquimia del Verbo,
poesía, volvamos a la tierra.
Aquí en París se vive de silencio
lo que tú dices claro es cosa muerta.
Bien si hablas por hablar, “a lo divino”,
mal si no pasas todas las fronteras.
Digan, al fin y al cabo, lo que quieran:
en la profundidad de la ignorancia
suena una musiquilla verdadera;
sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusión de las lenguas,
gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza;
y el poeta más loco que sagrado
pero con una locura con su cuerda
capaz de darle cuerda a la alegría,
capaz de darle cuerda a la tristeza.
No se dirige a nadie el corazón
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un púlpito
ni se hace poesía en bibliotecas.
Después de todo, ¿para qué leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un día en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ningún caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.
Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.
la musiquilla de las pobres esferas.
Me cae mal esa Alquimia del Verbo,
poesía, volvamos a la tierra.
Aquí en París se vive de silencio
lo que tú dices claro es cosa muerta.
Bien si hablas por hablar, “a lo divino”,
mal si no pasas todas las fronteras.
Digan, al fin y al cabo, lo que quieran:
en la profundidad de la ignorancia
suena una musiquilla verdadera;
sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusión de las lenguas,
gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza;
y el poeta más loco que sagrado
pero con una locura con su cuerda
capaz de darle cuerda a la alegría,
capaz de darle cuerda a la tristeza.
No se dirige a nadie el corazón
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un púlpito
ni se hace poesía en bibliotecas.
Después de todo, ¿para qué leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un día en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ningún caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.
Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.
819
Enrique Lihn
La Musiquilla De Las Pobres Esferas
Puede que sea cosa de ir tocando
la musiquilla de las pobres esferas.
Me cae mal esa Alquimia del Verbo,
poesía, volvamos a la tierra.
Aquí en París se vive de silencio
lo que tú dices claro es cosa muerta.
Bien si hablas por hablar, “a lo divino”,
mal si no pasas todas las fronteras.
Digan, al fin y al cabo, lo que quieran:
en la profundidad de la ignorancia
suena una musiquilla verdadera;
sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusión de las lenguas,
gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza;
y el poeta más loco que sagrado
pero con una locura con su cuerda
capaz de darle cuerda a la alegría,
capaz de darle cuerda a la tristeza.
No se dirige a nadie el corazón
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un púlpito
ni se hace poesía en bibliotecas.
Después de todo, ¿para qué leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un día en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ningún caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.
Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.
la musiquilla de las pobres esferas.
Me cae mal esa Alquimia del Verbo,
poesía, volvamos a la tierra.
Aquí en París se vive de silencio
lo que tú dices claro es cosa muerta.
Bien si hablas por hablar, “a lo divino”,
mal si no pasas todas las fronteras.
Digan, al fin y al cabo, lo que quieran:
en la profundidad de la ignorancia
suena una musiquilla verdadera;
sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusión de las lenguas,
gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza;
y el poeta más loco que sagrado
pero con una locura con su cuerda
capaz de darle cuerda a la alegría,
capaz de darle cuerda a la tristeza.
No se dirige a nadie el corazón
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un púlpito
ni se hace poesía en bibliotecas.
Después de todo, ¿para qué leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un día en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ningún caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.
Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.
819
Enrique Lihn
Elegía A Carlos De Rokha
No hubo dolor en el momento justo
de oír sobre tu muerte. Fue como si tú mismo la hubieras
anunciado en uno de esos absurdos llamados telefónicos que
solías hacer a tus amigos:
una broma sangrienta.
Y la inocencia que, a esas horas, se volvía irritante, la
cigarra de una voz chirriando
en la paja seca del día. No hubo dolor
pero sí, Carlos, la inmediata certeza
de que contigo se eclipsaba la noche
sobre el desierto de un día estable y es como si cayera
un poco de ceniza del cielo sobre tierras eriáceas.
Me he llamado a lo real. Pero qué peso insoportable
tendría ahora un guijarro sobre la palma de la mano. Todas,
todas estas pobres historias
diurnas no son sino desgarradoras. Aquí, también, esta
visión confusa y demasiado nítida de caras conocidas.
Si la vida no es más que una locura
lo que importan son los sueños y aún el delirio, la
mentira piadosa
de las palabras en libertad arrojadas
al millar de los vientos nocturnos,
como en tu poesía: la oscuridad vidente:
palabras como brasas, balbuceos del fuego.
de oír sobre tu muerte. Fue como si tú mismo la hubieras
anunciado en uno de esos absurdos llamados telefónicos que
solías hacer a tus amigos:
una broma sangrienta.
Y la inocencia que, a esas horas, se volvía irritante, la
cigarra de una voz chirriando
en la paja seca del día. No hubo dolor
pero sí, Carlos, la inmediata certeza
de que contigo se eclipsaba la noche
sobre el desierto de un día estable y es como si cayera
un poco de ceniza del cielo sobre tierras eriáceas.
Me he llamado a lo real. Pero qué peso insoportable
tendría ahora un guijarro sobre la palma de la mano. Todas,
todas estas pobres historias
diurnas no son sino desgarradoras. Aquí, también, esta
visión confusa y demasiado nítida de caras conocidas.
Si la vida no es más que una locura
lo que importan son los sueños y aún el delirio, la
mentira piadosa
de las palabras en libertad arrojadas
al millar de los vientos nocturnos,
como en tu poesía: la oscuridad vidente:
palabras como brasas, balbuceos del fuego.
972
Enrique Lihn
Elegía A Carlos De Rokha
No hubo dolor en el momento justo
de oír sobre tu muerte. Fue como si tú mismo la hubieras
anunciado en uno de esos absurdos llamados telefónicos que
solías hacer a tus amigos:
una broma sangrienta.
Y la inocencia que, a esas horas, se volvía irritante, la
cigarra de una voz chirriando
en la paja seca del día. No hubo dolor
pero sí, Carlos, la inmediata certeza
de que contigo se eclipsaba la noche
sobre el desierto de un día estable y es como si cayera
un poco de ceniza del cielo sobre tierras eriáceas.
Me he llamado a lo real. Pero qué peso insoportable
tendría ahora un guijarro sobre la palma de la mano. Todas,
todas estas pobres historias
diurnas no son sino desgarradoras. Aquí, también, esta
visión confusa y demasiado nítida de caras conocidas.
Si la vida no es más que una locura
lo que importan son los sueños y aún el delirio, la
mentira piadosa
de las palabras en libertad arrojadas
al millar de los vientos nocturnos,
como en tu poesía: la oscuridad vidente:
palabras como brasas, balbuceos del fuego.
de oír sobre tu muerte. Fue como si tú mismo la hubieras
anunciado en uno de esos absurdos llamados telefónicos que
solías hacer a tus amigos:
una broma sangrienta.
Y la inocencia que, a esas horas, se volvía irritante, la
cigarra de una voz chirriando
en la paja seca del día. No hubo dolor
pero sí, Carlos, la inmediata certeza
de que contigo se eclipsaba la noche
sobre el desierto de un día estable y es como si cayera
un poco de ceniza del cielo sobre tierras eriáceas.
Me he llamado a lo real. Pero qué peso insoportable
tendría ahora un guijarro sobre la palma de la mano. Todas,
todas estas pobres historias
diurnas no son sino desgarradoras. Aquí, también, esta
visión confusa y demasiado nítida de caras conocidas.
Si la vida no es más que una locura
lo que importan son los sueños y aún el delirio, la
mentira piadosa
de las palabras en libertad arrojadas
al millar de los vientos nocturnos,
como en tu poesía: la oscuridad vidente:
palabras como brasas, balbuceos del fuego.
972
Enrique Lihn
Caleta
En esta aldea blanca de oscuros pescadores
el amor vive a dos pasos del odio
y la ternura, muerta, se refugia en el sueño
que agranda la mirada del loco del villorrio.
Amanecer: el mar se duerme bajo el sol
como un gigante ebrio después de una batalla;
alguien perdió la vida, anoche, entre sus manos
enguantadas de blanco, más crueles que la nieve.
Pero los compañeros del caído volvieron
en sus valvas ahítas de sangrienta semilla
y extienden en la arena sus trofeos agónicos.
Mediodía: a la mesa se sientan los tatuados
y sus mujeres les guardan las espaldas
atentas al peligro de sus gestos que ordenan
otro vaso de vino
más loco cada vez.
Luego, la guerra a vida entre los eexos
y los gañanes bajan a la playa
como a una amante más que escarnecieran
a remar en un sueño furioso de borrachos.
Varadero del sol herido a cielo
en la linea de fuego de las olas.
Es hora de ir al mar a capturar sus pájaros
si una riña de hombres, de perros o de gallos
no retiene en la orilla la jauría de barcas.
La noche trae un poco de alma a la caleta:
un poco de agua dulce que en los ojos del loco
se enturbia en el olvido de sí misma.
Alguien que no he podido olvidar se me agranda
corno la ola a un mar preso de luna
y golpea mi cara por dentro hasta cegarme.
el amor vive a dos pasos del odio
y la ternura, muerta, se refugia en el sueño
que agranda la mirada del loco del villorrio.
Amanecer: el mar se duerme bajo el sol
como un gigante ebrio después de una batalla;
alguien perdió la vida, anoche, entre sus manos
enguantadas de blanco, más crueles que la nieve.
Pero los compañeros del caído volvieron
en sus valvas ahítas de sangrienta semilla
y extienden en la arena sus trofeos agónicos.
Mediodía: a la mesa se sientan los tatuados
y sus mujeres les guardan las espaldas
atentas al peligro de sus gestos que ordenan
otro vaso de vino
más loco cada vez.
Luego, la guerra a vida entre los eexos
y los gañanes bajan a la playa
como a una amante más que escarnecieran
a remar en un sueño furioso de borrachos.
Varadero del sol herido a cielo
en la linea de fuego de las olas.
Es hora de ir al mar a capturar sus pájaros
si una riña de hombres, de perros o de gallos
no retiene en la orilla la jauría de barcas.
La noche trae un poco de alma a la caleta:
un poco de agua dulce que en los ojos del loco
se enturbia en el olvido de sí misma.
Alguien que no he podido olvidar se me agranda
corno la ola a un mar preso de luna
y golpea mi cara por dentro hasta cegarme.
914
Enrique Lihn
Jonás
Todo lo podría condenar igualmente, no se me pregunte en nombre
de qué.
En nombre de Isaías, el profeta, pero con el grotesco gesto
inconcluso de su colega Jonás
que nunca llegó a cumplir su pequeña comisión
sujeto a los altos y bajos
del bien y del mal, a las variables circunstancias históricas
que lo hundieron en la incertidumbre de un vientre de ballena.
Como Jonás, el bufón del cielo, siempre obstinado en
cumplir su pequeña comisión, el porta-documentos
incendiario bajo la axila sudorosa, el paraguas raido a modo de
pararrayos.
Y la incertidumbre de Jehová sobre él, indeciso entre el
perdón y la cólera, tomándolo y
arrojándolo, a ese viejo instrumento de utilidad dudosa
caído, por fin, en definitivo desuso.
Yo también terminaré mis días bajo un árbol
pero como esos viejos vagabundos ebrios que abominan de todo por igual,
no me pregunten
nada, yo sólo sé que seremos destruidos.
Veo a ciegas la mano del señor cuyo nombre no recuerdo,
los frágiles dedos torpemente crispados. Otra cosa, de nuevo,
que nada tiene que ver. Recuerdo algo así como.. .
no, no era más que eso. Una ocurrencia, lo mismo da. Ya no
sé a dónde voy otra vez.
Asísteme señor en tu abandono.
de qué.
En nombre de Isaías, el profeta, pero con el grotesco gesto
inconcluso de su colega Jonás
que nunca llegó a cumplir su pequeña comisión
sujeto a los altos y bajos
del bien y del mal, a las variables circunstancias históricas
que lo hundieron en la incertidumbre de un vientre de ballena.
Como Jonás, el bufón del cielo, siempre obstinado en
cumplir su pequeña comisión, el porta-documentos
incendiario bajo la axila sudorosa, el paraguas raido a modo de
pararrayos.
Y la incertidumbre de Jehová sobre él, indeciso entre el
perdón y la cólera, tomándolo y
arrojándolo, a ese viejo instrumento de utilidad dudosa
caído, por fin, en definitivo desuso.
Yo también terminaré mis días bajo un árbol
pero como esos viejos vagabundos ebrios que abominan de todo por igual,
no me pregunten
nada, yo sólo sé que seremos destruidos.
Veo a ciegas la mano del señor cuyo nombre no recuerdo,
los frágiles dedos torpemente crispados. Otra cosa, de nuevo,
que nada tiene que ver. Recuerdo algo así como.. .
no, no era más que eso. Una ocurrencia, lo mismo da. Ya no
sé a dónde voy otra vez.
Asísteme señor en tu abandono.
976
Enrique Lihn
Mayor
El hijo único sería el mayor de sus hermanos
y en su orfandad algo tiene de eso
que se entiende por la palabra mayor. Como si también ellos
hubieran muerto
sus imposibles hermanos menores.
Mucho más riguroso que el luto repartido
es el suyo: la muerte lo cortó a su medida,
lo cosió, lenta, con extrema finura
mientras el padre se iba transfundiendo en el hijo,
lo envejecía a fuerza de crearlo a su imagen
-niño otra vez el hombre, hombre otra vez el niño--
en noches tan oscuras como el luto que llevan.
Y el hijo tiene algo de un hermano mayor
como si lo rodeáramos, nonatos, mientras él nace por
segunda vez
a una vida más grave que la nuestra.
Alguien se mira en él con los ojos cerrados,
gravita su silencio
sobre nuestras palabras sin objeto.
y en su orfandad algo tiene de eso
que se entiende por la palabra mayor. Como si también ellos
hubieran muerto
sus imposibles hermanos menores.
Mucho más riguroso que el luto repartido
es el suyo: la muerte lo cortó a su medida,
lo cosió, lenta, con extrema finura
mientras el padre se iba transfundiendo en el hijo,
lo envejecía a fuerza de crearlo a su imagen
-niño otra vez el hombre, hombre otra vez el niño--
en noches tan oscuras como el luto que llevan.
Y el hijo tiene algo de un hermano mayor
como si lo rodeáramos, nonatos, mientras él nace por
segunda vez
a una vida más grave que la nuestra.
Alguien se mira en él con los ojos cerrados,
gravita su silencio
sobre nuestras palabras sin objeto.
748
Enrique Lihn
Destiempo
Nuestro entusiasmo alentaba a estos dias que corren
entre la multitud de la igualdad de los días.
Nuestra debilidad cifraba en ellos
nuestra última esperanza.
Pensábamos y el tiempo que no tendría precio
se nos iba pasando pobremente
y estos son, pues, los años venideros.
Todo lo íbamos a resolver ahora.
Teníamos la vida por delante.
Lo mejor era no precipitarse.
entre la multitud de la igualdad de los días.
Nuestra debilidad cifraba en ellos
nuestra última esperanza.
Pensábamos y el tiempo que no tendría precio
se nos iba pasando pobremente
y estos son, pues, los años venideros.
Todo lo íbamos a resolver ahora.
Teníamos la vida por delante.
Lo mejor era no precipitarse.
1.360
Enrique Lihn
Barro
Barro, rencor inagotable. Toda otra fuente termina por ceder
a la presión de esta materia original.
Los días del agua están contados, pero no así los
días del barro
que sustituye al agua cuando ciegan el pozo.
No así los días del barro que nos remontan al
séptimo día.
De niños jugábamos con él, nada tiene de
extraño que juegue con nosotros,
los creados a imagen y semejanza suya.
a la presión de esta materia original.
Los días del agua están contados, pero no así los
días del barro
que sustituye al agua cuando ciegan el pozo.
No así los días del barro que nos remontan al
séptimo día.
De niños jugábamos con él, nada tiene de
extraño que juegue con nosotros,
los creados a imagen y semejanza suya.
1.057
Enrique Lihn
Elegía A Gabriela Mistral
Dirán que se ha dormido para siempre, dirán
que un ala color fuego y otra color ceniza
el ángel de su voz baja por ella
lleno de un Cristo único: impaciente en la espera;
que esperezándose de su vida profunda
nunca bien conciliada como sueño de exilio
con ojos que sus ojos de polvo le cegaron
todo lo ve en su Dios que lo ve todo.
Y cae allí donde estuvo su pecho
desenredado el nudo que la hizo cantar;
silencio ahora guarda, feliz, como de niño.
Dirán que está en la Gloria.
Dirán que está en la Gloria y que se encuentra en ella
una a una sus pérdidas como en un arenal
donde acampara el reino del que fue reina.
Su madre se le ofrece nuevamente en la jarra
en que le bebe el rostro con el suyo mil años.
Se yergue y he ahí los niños que no tuvo;
su amor luce en el cielo carne y hueso divinos.
Jóvenes de otra edad, fantasmas vivos
callan para que hable y es en Elqui, su valle
a un paso de países que le dan alegría.
Dirán que es suyo el seno de los suyos.
“Son palabras, palabras” creo oírle a la tierra
que, como siempre tiene la razón, coge y muele
su presa en un silencio que desvela a las víboras.
Palabras, sí. Pero algo suena en ellas
como en un verso mío un verso suyo
de vivo y cierto y creo y se abre el cielo
bajo la sombra que le da mi mano
No hay secreto ninguno en el azul
que no sea el azul de su secreto
y si otro mundo existe el sol lo abrazaría.
Enero corre incrédulo, apegado a sus días
hombre y buey a la vez, perro salvaje...
Y un absurdo solemne se prepara:
una misa solemne.
No me muevo de aquí, no bajo a la ciudad,
viene en su lugar otra que era apenas su sierva.
La tierra apoderada del cuerpo de Gabriela
bailará al paso lento del cortejo en las calles
y el Cristo mendicante que amó como mendiga
será sólo una cruz de una pieza, dorada
esplendorosa y fría como treinta monedas.
Niñas de blanco, en blanco, demasiado inocentes
bostezarán el sol hasta que entre en escena
seguido del ejército su primo, el gran soldado.
No me muevo de aquí donde está ella,
en su libro, en su voz que le leemos
toda una noche de cerrada vigilia.
Agua que se bebió vuelve a embriagarnos
de una sed, maravilla de las aguas.
Compañía nos hace el pan, su hermano
y la sal que aprendieron, poco a poco, sus sienes.
Envejecemos con sus criaturas
en el desierto que las guarda vivas
para un día feliz no venidero;
y muere, ante nosotros, la extranjera
en una soledad que nos ahoga.
Cabe en un redondel de luz la América
que un corazón contuvo en un gesto de amor.
La vida innominada no vive en nuestra vida
y cuando es justa como lo es su palabra
parece que las cosas sólo existen
para corroborarla desde lejos.
Al sol del Trópico lo alumbra Gabriela
la que levanta a signos toda una cordillera;
y el maíz tiene ojos que ella mira y la miran
innumerablemente como a madre giganta
como el verde amarillo de agradecimiento.
Mil años esperaron que naciera, sus hijos.
Y no ha nacido el día de los días para ella
cuerpo sólo es ahora que se encarna en la tierra,
ola que pierde espumas de su nombre
en la fosa común del mar del fondo.
Por mi parte yo nada le deseo,
busco su dicha allí donde encontró su dicha;
el canto, cuando es bello, cura el dolor que mienta
y le sobra belleza para el dolor más ancho.
Creo verla poner a su desgracia
el rostro grave y dulce que espejea en su verbo.
Escuchémosla hablar, roto el silencio
no atinaremos a llamarla ausente.
que un ala color fuego y otra color ceniza
el ángel de su voz baja por ella
lleno de un Cristo único: impaciente en la espera;
que esperezándose de su vida profunda
nunca bien conciliada como sueño de exilio
con ojos que sus ojos de polvo le cegaron
todo lo ve en su Dios que lo ve todo.
Y cae allí donde estuvo su pecho
desenredado el nudo que la hizo cantar;
silencio ahora guarda, feliz, como de niño.
Dirán que está en la Gloria.
Dirán que está en la Gloria y que se encuentra en ella
una a una sus pérdidas como en un arenal
donde acampara el reino del que fue reina.
Su madre se le ofrece nuevamente en la jarra
en que le bebe el rostro con el suyo mil años.
Se yergue y he ahí los niños que no tuvo;
su amor luce en el cielo carne y hueso divinos.
Jóvenes de otra edad, fantasmas vivos
callan para que hable y es en Elqui, su valle
a un paso de países que le dan alegría.
Dirán que es suyo el seno de los suyos.
“Son palabras, palabras” creo oírle a la tierra
que, como siempre tiene la razón, coge y muele
su presa en un silencio que desvela a las víboras.
Palabras, sí. Pero algo suena en ellas
como en un verso mío un verso suyo
de vivo y cierto y creo y se abre el cielo
bajo la sombra que le da mi mano
No hay secreto ninguno en el azul
que no sea el azul de su secreto
y si otro mundo existe el sol lo abrazaría.
Enero corre incrédulo, apegado a sus días
hombre y buey a la vez, perro salvaje...
Y un absurdo solemne se prepara:
una misa solemne.
No me muevo de aquí, no bajo a la ciudad,
viene en su lugar otra que era apenas su sierva.
La tierra apoderada del cuerpo de Gabriela
bailará al paso lento del cortejo en las calles
y el Cristo mendicante que amó como mendiga
será sólo una cruz de una pieza, dorada
esplendorosa y fría como treinta monedas.
Niñas de blanco, en blanco, demasiado inocentes
bostezarán el sol hasta que entre en escena
seguido del ejército su primo, el gran soldado.
No me muevo de aquí donde está ella,
en su libro, en su voz que le leemos
toda una noche de cerrada vigilia.
Agua que se bebió vuelve a embriagarnos
de una sed, maravilla de las aguas.
Compañía nos hace el pan, su hermano
y la sal que aprendieron, poco a poco, sus sienes.
Envejecemos con sus criaturas
en el desierto que las guarda vivas
para un día feliz no venidero;
y muere, ante nosotros, la extranjera
en una soledad que nos ahoga.
Cabe en un redondel de luz la América
que un corazón contuvo en un gesto de amor.
La vida innominada no vive en nuestra vida
y cuando es justa como lo es su palabra
parece que las cosas sólo existen
para corroborarla desde lejos.
Al sol del Trópico lo alumbra Gabriela
la que levanta a signos toda una cordillera;
y el maíz tiene ojos que ella mira y la miran
innumerablemente como a madre giganta
como el verde amarillo de agradecimiento.
Mil años esperaron que naciera, sus hijos.
Y no ha nacido el día de los días para ella
cuerpo sólo es ahora que se encarna en la tierra,
ola que pierde espumas de su nombre
en la fosa común del mar del fondo.
Por mi parte yo nada le deseo,
busco su dicha allí donde encontró su dicha;
el canto, cuando es bello, cura el dolor que mienta
y le sobra belleza para el dolor más ancho.
Creo verla poner a su desgracia
el rostro grave y dulce que espejea en su verbo.
Escuchémosla hablar, roto el silencio
no atinaremos a llamarla ausente.
1.072
Enrique Lihn
La Pieza Oscura
La mixtura del aire en la pieza oscura, como si el cielorraso hubiera
amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia y
de precocidad
juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabiamos no
ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies, dos veces villanos, pero igualmente dulces
que una primera pérdida de sangre vengada a dientes y
uñas o, para una muchacha
dulces como una primera efusión de su sangre.
Y así empezó a girar la vieja rueda —símbolo de la
vida— la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes y un
cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje, a imitación de los niños
que rodábamos de dos en dos, con las orejas rojas
—símbolos del pudor que saborea su ofensa— rabiosamente tiernos,
la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior a la
invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo
mordí largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad
anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto
hacíamos; creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a desmentirnos
con las orejas rojas.
Dejamos de girar por el suelo, mi primo Angel vencedor de Paulina, mi
hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar —olor
a naftalina en la pelusa del fruto—.
Esas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas
confundiendose unas con otras a modo de nidos como celdas, de celdas
como abrazos, de abrazos como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin
conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas, como en la época de su
aparición en el mito, como en su edad de madera recién
carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía
oír avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac se
enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido de aguas espumosas
más rápidas en la proximidad de la rueda del molino, con
alas de gorriones —símbolos del salvaje orden libre— con todo
él por único objeto desbordante
y la vida —símbolo de la rueda— se adelantaba a pasar
tempestuosamente haciendo girar la rueda a velocidad acelerada, como en
una molienda de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera
envejecido de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico
como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor de
su edad, la crueldad del corazón en el fruto del amor, la
corrupción del fruto y luego... el carozo sangriento, afiebrado
y seco.
¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien
se precipitó a encender la luz, más rápido que el
pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones del
molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos
cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor,
allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas —los hombres a un extremo, las
mujeres al otro—
en un orden perfecto, anterior a la sangre.
En el contrasentido de las manecillas del reloj se desatascó la
rueda antes de girar y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos a la
vuelta del vértigo, cuando entramos en el tiempo
como en aguas mansas, serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre, al igual que los restos de un
mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado a compás de la rueda, a
favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese niño
que cae de rodillas
dulcemente abrumado de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad
ni llegaré a cumplirla como él
de una sola vez y para siempre.
amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia y
de precocidad
juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabiamos no
ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies, dos veces villanos, pero igualmente dulces
que una primera pérdida de sangre vengada a dientes y
uñas o, para una muchacha
dulces como una primera efusión de su sangre.
Y así empezó a girar la vieja rueda —símbolo de la
vida— la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes y un
cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje, a imitación de los niños
que rodábamos de dos en dos, con las orejas rojas
—símbolos del pudor que saborea su ofensa— rabiosamente tiernos,
la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior a la
invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo
mordí largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad
anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto
hacíamos; creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a desmentirnos
con las orejas rojas.
Dejamos de girar por el suelo, mi primo Angel vencedor de Paulina, mi
hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar —olor
a naftalina en la pelusa del fruto—.
Esas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas
confundiendose unas con otras a modo de nidos como celdas, de celdas
como abrazos, de abrazos como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin
conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas, como en la época de su
aparición en el mito, como en su edad de madera recién
carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía
oír avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac se
enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido de aguas espumosas
más rápidas en la proximidad de la rueda del molino, con
alas de gorriones —símbolos del salvaje orden libre— con todo
él por único objeto desbordante
y la vida —símbolo de la rueda— se adelantaba a pasar
tempestuosamente haciendo girar la rueda a velocidad acelerada, como en
una molienda de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera
envejecido de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico
como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor de
su edad, la crueldad del corazón en el fruto del amor, la
corrupción del fruto y luego... el carozo sangriento, afiebrado
y seco.
¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien
se precipitó a encender la luz, más rápido que el
pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones del
molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos
cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor,
allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas —los hombres a un extremo, las
mujeres al otro—
en un orden perfecto, anterior a la sangre.
En el contrasentido de las manecillas del reloj se desatascó la
rueda antes de girar y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos a la
vuelta del vértigo, cuando entramos en el tiempo
como en aguas mansas, serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre, al igual que los restos de un
mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado a compás de la rueda, a
favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese niño
que cae de rodillas
dulcemente abrumado de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad
ni llegaré a cumplirla como él
de una sola vez y para siempre.
915
Enrique Lihn
Porque Escribí
Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.
Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.
La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.
Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.
Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.
La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.
Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.
882
Enrique Lihn
Porque Escribí
Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.
Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.
La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.
Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.
Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.
La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.
Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.
882
Ismael Enrique Arciniegas
El Último Canto
Al través de las brumas y la nieve,
En el rostro el dolor, la vista inquieta,
El pie cansado vacilante mueve...
Allá va, ¿no lo veis? ¡Pobre poeta!
Sobre el herido corazón coloca
La lira meliodosa, y macilento,
Sentado al pie de la desnuda roca,
Así prorrumpe en desmayado acento:
«Ved las hojas marchitas, ved el ave,
Envueltas van en raudo torbellino...
¿A dónde van? ¿A dónde voy? ¡Quién sabe!
¡Yo también soy como ellas peregrino!
»Huyendo voy del tráfago mundano
Con el rostro en las manos escondido.
Mudable y débil corazón humano,
¡Hasta dónde, hasta dónde has descendido!
»Ya a Dios los necios hombres escarnecen
Y alzan al dios del interés loores.
¡Sus almas sin amor ni fe parecen
Nidos sin aves, fuentes sin rumores!
»Jamás la ola aunque con furia luche
Conmoverá las rocas; ¡e imposible
Que el triste grito del alción se escuche
De la tormenta entre el fragor terrible!
»La Poesía morirá en la lucha,
El destino cruel sus horas cuenta;
¡Poetas! vuestros cantos nadie escucha,
¡Sois el alción de la social tormenta!
»Yo vi en mis sueños de poeta un día
De laurel en mi lira una corona;
Hoy triste siento que en la frente mía
Un gajo de ciprés se desmorona.
»Yo quise alzar el vuelo a las ignotas
Fuentes de eterna luz, ¡al infinito!
Y hoy en el mundo, con las alas rotas,
Cual ave sola en su prisión me agito.
»Como una clara estrella vi en mi anhelo
Sonreír en mi cielo la esperanza.
Hoy cubren negras sombras ese cielo,
¡Hoy la luz a mi alma ya no alcanza!
»Huyendo el mundo y su incesante ruido,
Vengo a esta soledad sombría y honda.
Ella por siempre mi último gemido,
¡Mi último canto y mi vergüenza esconda!
»Tu muerte ¡oh Poesía! el siglo canta,
Y del campo inmortal de las ideas
El himno del trabajo se levanta
Y dice al porvenir: ¡Bendito seas!
»¡La indiferencia con su ceño grave
Me relega al silencio y al olvido!
Pobre y triste poeta ¡Soy un ave
Que al fin se muere sin hallar un nido!»
Dijo, y rompió la lira melodiosa
Do entonaba sus cantos y querellas...
Y al cielo levantó la faz llorosa,
¡Y en el cielo brotaban las estrellas!
En el rostro el dolor, la vista inquieta,
El pie cansado vacilante mueve...
Allá va, ¿no lo veis? ¡Pobre poeta!
Sobre el herido corazón coloca
La lira meliodosa, y macilento,
Sentado al pie de la desnuda roca,
Así prorrumpe en desmayado acento:
«Ved las hojas marchitas, ved el ave,
Envueltas van en raudo torbellino...
¿A dónde van? ¿A dónde voy? ¡Quién sabe!
¡Yo también soy como ellas peregrino!
»Huyendo voy del tráfago mundano
Con el rostro en las manos escondido.
Mudable y débil corazón humano,
¡Hasta dónde, hasta dónde has descendido!
»Ya a Dios los necios hombres escarnecen
Y alzan al dios del interés loores.
¡Sus almas sin amor ni fe parecen
Nidos sin aves, fuentes sin rumores!
»Jamás la ola aunque con furia luche
Conmoverá las rocas; ¡e imposible
Que el triste grito del alción se escuche
De la tormenta entre el fragor terrible!
»La Poesía morirá en la lucha,
El destino cruel sus horas cuenta;
¡Poetas! vuestros cantos nadie escucha,
¡Sois el alción de la social tormenta!
»Yo vi en mis sueños de poeta un día
De laurel en mi lira una corona;
Hoy triste siento que en la frente mía
Un gajo de ciprés se desmorona.
»Yo quise alzar el vuelo a las ignotas
Fuentes de eterna luz, ¡al infinito!
Y hoy en el mundo, con las alas rotas,
Cual ave sola en su prisión me agito.
»Como una clara estrella vi en mi anhelo
Sonreír en mi cielo la esperanza.
Hoy cubren negras sombras ese cielo,
¡Hoy la luz a mi alma ya no alcanza!
»Huyendo el mundo y su incesante ruido,
Vengo a esta soledad sombría y honda.
Ella por siempre mi último gemido,
¡Mi último canto y mi vergüenza esconda!
»Tu muerte ¡oh Poesía! el siglo canta,
Y del campo inmortal de las ideas
El himno del trabajo se levanta
Y dice al porvenir: ¡Bendito seas!
»¡La indiferencia con su ceño grave
Me relega al silencio y al olvido!
Pobre y triste poeta ¡Soy un ave
Que al fin se muere sin hallar un nido!»
Dijo, y rompió la lira melodiosa
Do entonaba sus cantos y querellas...
Y al cielo levantó la faz llorosa,
¡Y en el cielo brotaban las estrellas!
966
Ismael Enrique Arciniegas
El Último Canto
Al través de las brumas y la nieve,
En el rostro el dolor, la vista inquieta,
El pie cansado vacilante mueve...
Allá va, ¿no lo veis? ¡Pobre poeta!
Sobre el herido corazón coloca
La lira meliodosa, y macilento,
Sentado al pie de la desnuda roca,
Así prorrumpe en desmayado acento:
«Ved las hojas marchitas, ved el ave,
Envueltas van en raudo torbellino...
¿A dónde van? ¿A dónde voy? ¡Quién sabe!
¡Yo también soy como ellas peregrino!
»Huyendo voy del tráfago mundano
Con el rostro en las manos escondido.
Mudable y débil corazón humano,
¡Hasta dónde, hasta dónde has descendido!
»Ya a Dios los necios hombres escarnecen
Y alzan al dios del interés loores.
¡Sus almas sin amor ni fe parecen
Nidos sin aves, fuentes sin rumores!
»Jamás la ola aunque con furia luche
Conmoverá las rocas; ¡e imposible
Que el triste grito del alción se escuche
De la tormenta entre el fragor terrible!
»La Poesía morirá en la lucha,
El destino cruel sus horas cuenta;
¡Poetas! vuestros cantos nadie escucha,
¡Sois el alción de la social tormenta!
»Yo vi en mis sueños de poeta un día
De laurel en mi lira una corona;
Hoy triste siento que en la frente mía
Un gajo de ciprés se desmorona.
»Yo quise alzar el vuelo a las ignotas
Fuentes de eterna luz, ¡al infinito!
Y hoy en el mundo, con las alas rotas,
Cual ave sola en su prisión me agito.
»Como una clara estrella vi en mi anhelo
Sonreír en mi cielo la esperanza.
Hoy cubren negras sombras ese cielo,
¡Hoy la luz a mi alma ya no alcanza!
»Huyendo el mundo y su incesante ruido,
Vengo a esta soledad sombría y honda.
Ella por siempre mi último gemido,
¡Mi último canto y mi vergüenza esconda!
»Tu muerte ¡oh Poesía! el siglo canta,
Y del campo inmortal de las ideas
El himno del trabajo se levanta
Y dice al porvenir: ¡Bendito seas!
»¡La indiferencia con su ceño grave
Me relega al silencio y al olvido!
Pobre y triste poeta ¡Soy un ave
Que al fin se muere sin hallar un nido!»
Dijo, y rompió la lira melodiosa
Do entonaba sus cantos y querellas...
Y al cielo levantó la faz llorosa,
¡Y en el cielo brotaban las estrellas!
En el rostro el dolor, la vista inquieta,
El pie cansado vacilante mueve...
Allá va, ¿no lo veis? ¡Pobre poeta!
Sobre el herido corazón coloca
La lira meliodosa, y macilento,
Sentado al pie de la desnuda roca,
Así prorrumpe en desmayado acento:
«Ved las hojas marchitas, ved el ave,
Envueltas van en raudo torbellino...
¿A dónde van? ¿A dónde voy? ¡Quién sabe!
¡Yo también soy como ellas peregrino!
»Huyendo voy del tráfago mundano
Con el rostro en las manos escondido.
Mudable y débil corazón humano,
¡Hasta dónde, hasta dónde has descendido!
»Ya a Dios los necios hombres escarnecen
Y alzan al dios del interés loores.
¡Sus almas sin amor ni fe parecen
Nidos sin aves, fuentes sin rumores!
»Jamás la ola aunque con furia luche
Conmoverá las rocas; ¡e imposible
Que el triste grito del alción se escuche
De la tormenta entre el fragor terrible!
»La Poesía morirá en la lucha,
El destino cruel sus horas cuenta;
¡Poetas! vuestros cantos nadie escucha,
¡Sois el alción de la social tormenta!
»Yo vi en mis sueños de poeta un día
De laurel en mi lira una corona;
Hoy triste siento que en la frente mía
Un gajo de ciprés se desmorona.
»Yo quise alzar el vuelo a las ignotas
Fuentes de eterna luz, ¡al infinito!
Y hoy en el mundo, con las alas rotas,
Cual ave sola en su prisión me agito.
»Como una clara estrella vi en mi anhelo
Sonreír en mi cielo la esperanza.
Hoy cubren negras sombras ese cielo,
¡Hoy la luz a mi alma ya no alcanza!
»Huyendo el mundo y su incesante ruido,
Vengo a esta soledad sombría y honda.
Ella por siempre mi último gemido,
¡Mi último canto y mi vergüenza esconda!
»Tu muerte ¡oh Poesía! el siglo canta,
Y del campo inmortal de las ideas
El himno del trabajo se levanta
Y dice al porvenir: ¡Bendito seas!
»¡La indiferencia con su ceño grave
Me relega al silencio y al olvido!
Pobre y triste poeta ¡Soy un ave
Que al fin se muere sin hallar un nido!»
Dijo, y rompió la lira melodiosa
Do entonaba sus cantos y querellas...
Y al cielo levantó la faz llorosa,
¡Y en el cielo brotaban las estrellas!
966
Ismael Enrique Arciniegas
En Sueños
Ya aspiro los aromas de su huerto;
Las brisas gimen y las hojas tiemblan.
Cuán bella ¡oh luna! a nuestra cita vienes...
Sueña, alma mía... ¡sueña!
Herido traigo el corazón... ¿Deliro?
¿Es el canto del ave que se queja?
Es su voz... ¡y me llama! ¿Por qué tardas?
Ven, mis brazos te esperan.
¿Son mentira tus besos?... ¡No me engañes!
Ábreme tu alma y cuéntame tus penas.
¿Lloras?... ¿por qué ?... Si nuestro amor es crimen,
Crimen, bendito seas;
Traigo para tu sien una corona,
Para ensalzarte mi arpa de poeta.
Yo haré en mis cantos, alma de mi alma,
¡Nuestra pasión, eterna!
Jura otra vez que me amas, que eres mía;
Jura... ¡nadie ríos oye! ¡Nada temas!
—«¡Tuya! bien mío... ¡para siempre tuya!»
¡Sueña, alma mía... sueña!
Las brisas gimen y las hojas tiemblan.
Cuán bella ¡oh luna! a nuestra cita vienes...
Sueña, alma mía... ¡sueña!
Herido traigo el corazón... ¿Deliro?
¿Es el canto del ave que se queja?
Es su voz... ¡y me llama! ¿Por qué tardas?
Ven, mis brazos te esperan.
¿Son mentira tus besos?... ¡No me engañes!
Ábreme tu alma y cuéntame tus penas.
¿Lloras?... ¿por qué ?... Si nuestro amor es crimen,
Crimen, bendito seas;
Traigo para tu sien una corona,
Para ensalzarte mi arpa de poeta.
Yo haré en mis cantos, alma de mi alma,
¡Nuestra pasión, eterna!
Jura otra vez que me amas, que eres mía;
Jura... ¡nadie ríos oye! ¡Nada temas!
—«¡Tuya! bien mío... ¡para siempre tuya!»
¡Sueña, alma mía... sueña!
886
Ismael Enrique Arciniegas
Hojeando Un Libro
De láminas un libro yo hojeaba,
Y en un extremo de la sala, Lola,
Junto a su madre —que también cosía—
Cosía silenciosa.
De pronto «¡Watherloo!» dije en voz alta;
«¡Aquí Napoleón... éstas sus hordas!...
Lola, acércate, ¡ven! que raras veces
Se ven tan bellas cosas».
Dejó la niña su costura al punto,
Juntó a la mía su cabeza blonda,
Y de un beso el calor sintió extenderse
Por su frente marmórea.
Y mirando a su madre de soslayo,
Dijo quedo: ¡qué lámina preciosa!
Y añadió cabizbaja y sonriente:
Oh !muéstramelas
todas!
Y en un extremo de la sala, Lola,
Junto a su madre —que también cosía—
Cosía silenciosa.
De pronto «¡Watherloo!» dije en voz alta;
«¡Aquí Napoleón... éstas sus hordas!...
Lola, acércate, ¡ven! que raras veces
Se ven tan bellas cosas».
Dejó la niña su costura al punto,
Juntó a la mía su cabeza blonda,
Y de un beso el calor sintió extenderse
Por su frente marmórea.
Y mirando a su madre de soslayo,
Dijo quedo: ¡qué lámina preciosa!
Y añadió cabizbaja y sonriente:
Oh !muéstramelas
todas!
651
Ismael Enrique Arciniegas
Hojeando Un Libro
De láminas un libro yo hojeaba,
Y en un extremo de la sala, Lola,
Junto a su madre —que también cosía—
Cosía silenciosa.
De pronto «¡Watherloo!» dije en voz alta;
«¡Aquí Napoleón... éstas sus hordas!...
Lola, acércate, ¡ven! que raras veces
Se ven tan bellas cosas».
Dejó la niña su costura al punto,
Juntó a la mía su cabeza blonda,
Y de un beso el calor sintió extenderse
Por su frente marmórea.
Y mirando a su madre de soslayo,
Dijo quedo: ¡qué lámina preciosa!
Y añadió cabizbaja y sonriente:
Oh !muéstramelas
todas!
Y en un extremo de la sala, Lola,
Junto a su madre —que también cosía—
Cosía silenciosa.
De pronto «¡Watherloo!» dije en voz alta;
«¡Aquí Napoleón... éstas sus hordas!...
Lola, acércate, ¡ven! que raras veces
Se ven tan bellas cosas».
Dejó la niña su costura al punto,
Juntó a la mía su cabeza blonda,
Y de un beso el calor sintió extenderse
Por su frente marmórea.
Y mirando a su madre de soslayo,
Dijo quedo: ¡qué lámina preciosa!
Y añadió cabizbaja y sonriente:
Oh !muéstramelas
todas!
651
Ismael Enrique Arciniegas
Éxtasis
Leía y meditaba. Era la hora
En que el alma en la carne se ajiganta.
El sol caía en la naciente sombra;
La tarde se apagaba.
Meditaba, y mi espíritu subía,
Subía como al cielo se alza el águila;
Me asomé al infinito, y vi tinieblas,
Y me perdí en la nada.
Sentí hervidero de astros en la sombra,
Y pregunté al vacío ¿dónde se halla
Esa luz creadora que los mundos
De entre el caos levanta?
Y subía, y subía... Lo impalpable
A mis ojos abríase sin vallas;
Y en la sombra, sondando lo infinito,
Mi espíritu flotaba.
De repente la luna alzó su disco.
Brotaron las estrellas a miriadas;
Y la noche me habló con su silencio,
¡Y Dios habló a mi alma!
En que el alma en la carne se ajiganta.
El sol caía en la naciente sombra;
La tarde se apagaba.
Meditaba, y mi espíritu subía,
Subía como al cielo se alza el águila;
Me asomé al infinito, y vi tinieblas,
Y me perdí en la nada.
Sentí hervidero de astros en la sombra,
Y pregunté al vacío ¿dónde se halla
Esa luz creadora que los mundos
De entre el caos levanta?
Y subía, y subía... Lo impalpable
A mis ojos abríase sin vallas;
Y en la sombra, sondando lo infinito,
Mi espíritu flotaba.
De repente la luna alzó su disco.
Brotaron las estrellas a miriadas;
Y la noche me habló con su silencio,
¡Y Dios habló a mi alma!
691
Ismael Enrique Arciniegas
La Flauta Del Pastor
Una flauta en la montaña...
es la flauta del pastor...
la luna los campos baña...
¡Vuelve el antiguo dolor!
Esa música que viene
un recuerdo a despertar,
¡cuán honda tristeza tiene!
¡cómo hace a solas llorar!
Cogiendo en el huerto
flores una mañana la vi.
La misma canción de amores,
cogiendo flores, le oí.
Tocando, en la noche en calma,
su flauta sigue el pastor.
Llora el recuerdo en el alma...
¡Volvió el antiguo dolor!
es la flauta del pastor...
la luna los campos baña...
¡Vuelve el antiguo dolor!
Esa música que viene
un recuerdo a despertar,
¡cuán honda tristeza tiene!
¡cómo hace a solas llorar!
Cogiendo en el huerto
flores una mañana la vi.
La misma canción de amores,
cogiendo flores, le oí.
Tocando, en la noche en calma,
su flauta sigue el pastor.
Llora el recuerdo en el alma...
¡Volvió el antiguo dolor!
706
Ismael Enrique Arciniegas
En El Silencio
Cortina de los pilares
es la enredadera verde.
¡Cuál se amontonan pesares
cuando la ilusión se pierde!
¿Ya olvidaste la canción
que decía penas hondas?
De un violín el grato son
se oía bajo las frondas.
Suspendida del alar
lucía mata de flores.
¿Ya olvidaste aquel cantar,
cantar de viejos amores?
De noche en el corredor
te hablaba siempre en voz baja.
¡Cómo murió nuestro amor!
¡Qué triste la noche baja!
Por el patio van las hojas...
en sombras está el salón...
¡Qué tristes son las congojas
de un herido corazón!
es la enredadera verde.
¡Cuál se amontonan pesares
cuando la ilusión se pierde!
¿Ya olvidaste la canción
que decía penas hondas?
De un violín el grato son
se oía bajo las frondas.
Suspendida del alar
lucía mata de flores.
¿Ya olvidaste aquel cantar,
cantar de viejos amores?
De noche en el corredor
te hablaba siempre en voz baja.
¡Cómo murió nuestro amor!
¡Qué triste la noche baja!
Por el patio van las hojas...
en sombras está el salón...
¡Qué tristes son las congojas
de un herido corazón!
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