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Efraín Huerta

Efraín Huerta

éste Es Un Amor

ÉSTE ES UN AMOR

A Rosaura Revueltas



Éste es un amor que tuvo su origen

y en un principio no era sino un poco de miedo

y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.


Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,

un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,

un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,

un amor que no tiene remedio, ni salvación,

ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.


Éste es un amor rodeado de jardines y de luces

y de la nieve de una montaña de febrero

y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel

y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe

por qué llega el amor y luego las manos

—esas terribles manos delgadas como el pensamiento—

se entrelazan y un suave sudor de —otra vez— miedo,

brilla como las perlas abandonadas

y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,

los miles y millones de besos se parecen al fuego

y se parecen a la derrota y al triunfo

y a todo lo que parece poesía —y es poesía.


Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:

vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos

y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos

y a lo ancho de los países

y las distancias eran como inmensos océanos

y tan breves como una sonrisa sin luz

y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia

y me sumergía en sus ojos en llamas

y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado

y entonces me olvidaba de mi nombre

y del maldito nombre de las cosas y de las flores

y quería gritar y gritarle al lado que la amaba

y que yo ya no tenía corazón para amarla

sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo

y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar—,

ese mal, esa peligrosa bondad,

ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe

y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,

hasta el alma y hasta los mustios labios.

Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,

ya lo saben las fotografías y las calles

y ya lo saben las palabras —y las palabras y las calles y las fotografías

ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos

y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma

y no llorar de amor.

980
Efraín Huerta

Efraín Huerta

éste Es Un Amor

ÉSTE ES UN AMOR

A Rosaura Revueltas



Éste es un amor que tuvo su origen

y en un principio no era sino un poco de miedo

y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.


Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,

un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,

un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,

un amor que no tiene remedio, ni salvación,

ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.


Éste es un amor rodeado de jardines y de luces

y de la nieve de una montaña de febrero

y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel

y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe

por qué llega el amor y luego las manos

—esas terribles manos delgadas como el pensamiento—

se entrelazan y un suave sudor de —otra vez— miedo,

brilla como las perlas abandonadas

y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,

los miles y millones de besos se parecen al fuego

y se parecen a la derrota y al triunfo

y a todo lo que parece poesía —y es poesía.


Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:

vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos

y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos

y a lo ancho de los países

y las distancias eran como inmensos océanos

y tan breves como una sonrisa sin luz

y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia

y me sumergía en sus ojos en llamas

y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado

y entonces me olvidaba de mi nombre

y del maldito nombre de las cosas y de las flores

y quería gritar y gritarle al lado que la amaba

y que yo ya no tenía corazón para amarla

sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo

y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar—,

ese mal, esa peligrosa bondad,

ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe

y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,

hasta el alma y hasta los mustios labios.

Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,

ya lo saben las fotografías y las calles

y ya lo saben las palabras —y las palabras y las calles y las fotografías

ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos

y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma

y no llorar de amor.

980
Efraín Huerta

Efraín Huerta

éste Es Un Amor

ÉSTE ES UN AMOR

A Rosaura Revueltas



Éste es un amor que tuvo su origen

y en un principio no era sino un poco de miedo

y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.


Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,

un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,

un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,

un amor que no tiene remedio, ni salvación,

ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.


Éste es un amor rodeado de jardines y de luces

y de la nieve de una montaña de febrero

y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel

y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe

por qué llega el amor y luego las manos

—esas terribles manos delgadas como el pensamiento—

se entrelazan y un suave sudor de —otra vez— miedo,

brilla como las perlas abandonadas

y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,

los miles y millones de besos se parecen al fuego

y se parecen a la derrota y al triunfo

y a todo lo que parece poesía —y es poesía.


Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:

vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos

y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos

y a lo ancho de los países

y las distancias eran como inmensos océanos

y tan breves como una sonrisa sin luz

y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia

y me sumergía en sus ojos en llamas

y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado

y entonces me olvidaba de mi nombre

y del maldito nombre de las cosas y de las flores

y quería gritar y gritarle al lado que la amaba

y que yo ya no tenía corazón para amarla

sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo

y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar—,

ese mal, esa peligrosa bondad,

ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe

y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,

hasta el alma y hasta los mustios labios.

Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,

ya lo saben las fotografías y las calles

y ya lo saben las palabras —y las palabras y las calles y las fotografías

ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos

y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma

y no llorar de amor.

980
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Los Sueños

LOS SUEÑOS


Miro pasar las nubes de la noche.

Miro pasar tu cuerpo, tu sombra de laurel.

Oigo los sueños de la noche

(nubes también, o aves)

y conozco el misterio de lo eterno,

la sabia voz de lo desconocido.


Oigo ese sueño jubiloso de la mujer amada,

el negro sueño de los asesinos,

el sueño doloroso del niño.


Y no hay sueño en la noche

que no parezca ser mi propio sueño.


Miro pasar los sueños

como navíos cargados de esperanza.

Y hay un hombre en el sueño

y el hombre sueña rosas, sueña sangre,

sueña su propia infancia

y una lágrima turbia le corre por el rostro.


Un poeta que sueña

(viva imagen del sueño, estatua desolada)

gime en el sueño y pide

la nueva voz del ansia y el grito del amor.

Sean el sueño y la paz para el poeta.

Sean la dicha y el pan para el poeta.

La libertad para el poeta.


Miro el puro prodigio de los sueños.

El sueño de tu cuerpo, los laureles

de tu sombra en la sombra

de esta noche de encendidos perdones.


Oigo ese sueño amargo del traidor en su nido,

su aurora mutilada,

su larga noche de agonía,

su pasión de belleza y de martirio.

(Profunda noche o cabellera

para el ciego del alma).


Oigo el suave nacer de los amores,

el suspiro anhelante, el beso despiadado.

Oigo ese fuego lento

de un pobre amor sin patria

y de un amor tan noble como el llanto.


Oigo el amor en triunfo:

la estrella temblorosa en su trono de luz,

la enamorada música, la selva

de estremecidos pasos de gacela

y las hojas que caen

como abrazos perdidos.

¡Amor encarcelado, amor divino,

atormentado amor, espiga de dulzura!


No hay amor en la noche

que no parezca ser mi propio amor.


Van los navíos del sueño

por el profundo mar de la esperanza;

los oigo navegar, ebrios, danzando

la danza de una noche constelada de espinas.


Va mi sueño en los sueños

de bondad, en los sueños

que despiertan al mundo, virginales,

y en el sueño marchito

y en el doliente sueño

de una infinita adolescencia.


Resplandece tu sueño,

tu sueño de laurel y mariposa,

y lo miro pasar

como una espada en vuelo,

desnuda de dolor, virgen de heridas.


Y no hay vuelo en tu sueño

que no parezca ser mi propio vuelo.


Miro pasar un ángel

y un silencio de bosques,

como una catedral de frías cenizas,

me envenena los ojos, los oídos,

y penetro en el alba

con los brazos abiertos al corazón del mundo.

783
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Paloma Y El Sueño

LA PALOMA Y EL SUEÑO

Tú no veías el árbol, ni la nube ni el aire.

Ya tus ojos la tierra se los había bebido

y en tu boca de seda sólo un poco de gracia

fugitiva de rosas, y un lejano suspiro.


No veías ni mi boca que se moría de pena

ni tocabas mis manos huecas, deshabitadas.

Espeso polvo en torno daba un sabor a muerte

al solemne vivir la vida más amarga.


Había sed en tus ojos. Suave sudor tu frente

recordaba los ríos de suave, lenta infancia.

Yo no podía con mi alma. Mi alma ya no podía

con mi cuerpo tan roto de rotas esperanzas.


Tus palabras sonaban a olas de frágil vuelo.

Tus palabras tan raras, tan jóvenes, tan fieles.

Una estrella miraba cómo brilla tu vida.

Una rosa de fuego reposaba en tu frente.


Y no veías los árboles, ni la nube ni el aire.

Parecías desmayarte bajo el beso y su llama.

Parecías la paloma extraviada en su vuelo:

la paloma del ansia, la paloma que ama.


Te dije que te amaba, y un temblor de misterio

asomó a tus pupilas. Luego miraste, en sueños,

los árboles, la nube y el aire estremecido,

y en tus húmedos ojos hubo un aire de reto.


No parecías la misma de otras horas sin horas.

Ya sueñas, o ya vuelas y ni vuelas ni sueñas.

Te fatigan los brazos que te abrazan, paloma,

y, al sollozar, a un lirio desmayado recuerdas.


Ya sé que estoy perdido, pero siempre ganado.

Perdido entre tu sombra, ganado para nunca.

Mil besos son mil pétalos protegiendo tu piel

y tu piel es la lámpara que mis ojos alumbra.


¡Oh geografía del ansia, geografía de tu cuerpo!

Voy a llorar las lágrimas más amargas del mundo.

Voy a besar tu sombra y a vivir tu recuerdo.

Voy a vivir muriendo. Soy el que nunca estuvo.

705
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Noche De La Perversión

El caracol del ansia, ansiosamente
se adhirió a las pupilas, y una especie de muerte
a latigazos creó lo inesperado.
A pausas de veneno, la desdichada flor de la miseria
nos penetró en el alma, dulcemente,
con esa lenta furia de quien sabe lo que hace.

Flor de la perversión, noche perfecta,
tantas veces deseable maravilla y tormenta.
Noche de una piedad que helaba nuestros labios.
Noche de a ciencia cierta saber por qué se ama.
Noche de ahogarme siempre en tu ola de miedo.
Noche de ahogarte siempre en mi sordo desvelo.

Noche de una lujuria de torpes niños locos.
Noche de asesinatos y sólo suave sangre.
Noche de uñas y dientes, mentes de calosfrío.
Noches de no oír nada y ser todo, imperfectos.
Hermosa y santa noche de crueles bestezuelas.

Y el caracol del ansia, obsesionante,
mataba las pupilas, y mil odiosas muertes
a golpes de milagro crearon lo más sagrado.
Fue una noche de espanto, la noche de los diablos.
Noche de corazones pobres y enloquecidos,
de espinas en los dedos y agua hirviendo en los labios.
Noche de fango y miel, de alcohol y de belleza,
de sudor como llanto y llanto como espejos.
Noche de ser dos frutos en su plena amargura:
frutos que, estremecidos, se exprimían a sí mismos.

Yo no recuerdo, amada, en qué instante de fuego
la noche fue muriendo en tus brazos de oro.
La tibia sombra huyó de tu aplastado pecho,
y eras una guitarra bellamente marchita.
Los cuchillos de frío segaron las penumbras
y en tu vientre de plata se hizo la luz del alba.
602
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Rosa Primitiva

Escribo bajo el ala del ángel más perverso:
la sombra de la lluvia y el sonreír de cobre de la niebla
me conducen, oh estatuas, hacia un aire maduro,
hacia donde se encierra la gran severidad de la belleza.
Escribo las palabras y el penetrante nombre del poema,
y no encuentro razón, flor que no sea
la rosa primitiva de la ciudad que habito.
Nunca el poema fue tan serio como hoy, y nunca el verso
tuvo la estatura de bronce de lo que no se oculta.
Hacia el amor, las manos, y en las manos, gimiendo,
hojas de yerba amarga del pensamiento gris,
secas raíces de una melancolía sin huesos,
la danza del deseo muerto a vuelta de esquina
y un sollozo frustrado gracias a la ternura.
Hacia el amor, sonrisas, y en ellas, como almas,
el malogrado espíritu de un mensaje que un día
cobró cierta estructura, y que hoy, entorpecido,
circula por las venas.

Nunca digas a nadie que tienes la verdad en un puño,
o que a tus plantas, quieta, perdura la virtud.
Ama con sencillez, como si nada.
Sé dueño de tu infierno, propietario absoluto
de tu deseo y tus ansias, de tu salud y tus odios.
Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.
Al pueblo y a la hembra que enciendan cuanto hay en ti de hermoso,
y murmuren mensajes en tus oídos frágiles,
debes verlos con santa melancolía y un aire desdeñoso,
mandarlos hacia nunca, hacia siempre,
hacia ninguna parte...

Quédate con la rosa del calosfrío,
la rosa del espanto estatuario,
la inmaculada rosa de la calle,
la rosa de los pétalos hirientes,
la rosa-herrumbre del fiero desencanto,
la primitiva rosa de carne y desaliento,
la rosa fiel, la rosa que no miente,
la rosa que en tu pecho debe ser la paloma
del latido fecundo y el vivir con un pulso
de gran deseo hirviendo a flor de labio.

La rosa, en fin, de las espinas de oro
que nuestra piel desgarran y la elevan
hacia el sereno cielo de donde la poesía
nos llega mutilada, como ruinas del alba.
918
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Rosa Primitiva

Escribo bajo el ala del ángel más perverso:
la sombra de la lluvia y el sonreír de cobre de la niebla
me conducen, oh estatuas, hacia un aire maduro,
hacia donde se encierra la gran severidad de la belleza.
Escribo las palabras y el penetrante nombre del poema,
y no encuentro razón, flor que no sea
la rosa primitiva de la ciudad que habito.
Nunca el poema fue tan serio como hoy, y nunca el verso
tuvo la estatura de bronce de lo que no se oculta.
Hacia el amor, las manos, y en las manos, gimiendo,
hojas de yerba amarga del pensamiento gris,
secas raíces de una melancolía sin huesos,
la danza del deseo muerto a vuelta de esquina
y un sollozo frustrado gracias a la ternura.
Hacia el amor, sonrisas, y en ellas, como almas,
el malogrado espíritu de un mensaje que un día
cobró cierta estructura, y que hoy, entorpecido,
circula por las venas.

Nunca digas a nadie que tienes la verdad en un puño,
o que a tus plantas, quieta, perdura la virtud.
Ama con sencillez, como si nada.
Sé dueño de tu infierno, propietario absoluto
de tu deseo y tus ansias, de tu salud y tus odios.
Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.
Al pueblo y a la hembra que enciendan cuanto hay en ti de hermoso,
y murmuren mensajes en tus oídos frágiles,
debes verlos con santa melancolía y un aire desdeñoso,
mandarlos hacia nunca, hacia siempre,
hacia ninguna parte...

Quédate con la rosa del calosfrío,
la rosa del espanto estatuario,
la inmaculada rosa de la calle,
la rosa de los pétalos hirientes,
la rosa-herrumbre del fiero desencanto,
la primitiva rosa de carne y desaliento,
la rosa fiel, la rosa que no miente,
la rosa que en tu pecho debe ser la paloma
del latido fecundo y el vivir con un pulso
de gran deseo hirviendo a flor de labio.

La rosa, en fin, de las espinas de oro
que nuestra piel desgarran y la elevan
hacia el sereno cielo de donde la poesía
nos llega mutilada, como ruinas del alba.
918
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Los Hombres Del Alba

Y después, aquí, en el oscuro seno del río más oscuro,
en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,
estos hombres tatuados: ojos como diamantes,
bruscas bocas de odio más insomnio,
algunas rosas o azucenas en las manos
y una desesperante ráfaga de sudor.

Son los que tienen en vez de corazón
un perro enloquecido
o una simple manzana luminosa
o un frasco con saliva y alcohol
o el murmullo de la una de la mañana
o un corazón como cualquiera otro.

Son los hombres del alba.
Los bandidos con la barba crecida
y el bendito cinismo endurecido,
los asesinos cautelosos
con la ferocidad sobre los hombros,
los maricas con fiebre en las orejas
y en los blandos riñones,
los violadores,
los profesionales del desprecio,
los del aguardiente en las arterias,
los que gritan, aúllan como lobos
con las patas heladas.
Los hombres más abandonados,
más locos, más valientes:
los más puros.

Ellos están caídos de sueño y esperanzas,
con los ojos en alto, la piel gris
y un eterno sollozo en la garganta.
Pero hablan. Al fin la noche es una misma
siempre, y siempre fugitiva:
es un dulce tormento, un consuelo sencillo,
una negra sonrisa de alegría,
un modo diferente de conspirar,
una corriente tibia temerosa
de conocer la vida un poco envenenada.
Ellos hablan del día. Del día,
que no les pertenece, en que no se pertenecen,
en que son más esclavos; del día,
en que no hay más camino
que un prolongado silencio
o una definitiva rebelión.

Pero yo sé que tienen miedo del alba.
Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes.
Sé de la lluvia nocturna cayendo
como sobre cadáveres.
Sé que ellos construyen con sus huesos
un sereno monumento a la angustia.
Ellos y yo sabemos estas cosas:
que la gemidora metralla nocturna,
después de alborotar brazos y muertes,
después de oficiar apasionadamente
como madre del miedo,
se resuelve en rumor,
en penetrante ruido,
en cosa helada y acariciante,
en poderoso árbol con espinas plateadas,
en reseca alambrada:
en alba. En alba
con eficacia de pecho desafiante.

Entonces un dolor desnudo y terso
aparece en el mundo.
Y los hombres son pedazos de alba,
son tigres en guardia,
son pájaros entre hebras de plata,
son escombros de voces.
Y el alba negrera se mete en todas partes:
en las raíces torturadas,
en las botellas estallantes de rabia,
en las orejas amoratadas,
en el húmedo desconsuelo de los asesinos,
en la boca de los niños dormidos.

Pero los hombres del alba se repiten
en forma clamorosa,
y ríen y mueren como guitarras pisoteadas,
con la cabeza limpia
y el corazón blindado.
925
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Declaración De Odio

¡Porque ha llegado la hora del odio y vamos a caer,

los unos al lado de los otros, muertos, confundidos!

ARTURO SERRANO PLAJA

La ville folle qui remet tous les jours ses souliers

PAUL ÉLUARD

Esto no es un poema, es casi una "experiencia".

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN



Estar simplemente como delgada carne ya sin piel,

como huesos y aire cabalgando en el alba,

como un pequeño y mustio tiempo

duradero entre penas y esperanzas perfectas.

Estar vilmente atado por absurdas cadenas

y escuchar con el viento los penetrantes gritos

que brotan del océano:

agonizantes pájaros cayendo en la cubierta

de los barcos oscuros y eternamente bellos,

o sobre largas playas ensordecidas, ciegas

de tanta fina espuma como miles de orquídeas.


Porque, ¡qué alto mar, sucio y maravilloso!

Hay olas como árboles difuntos,

hay una rara calma y una fresca dulzura,

hay horas grises, blancas y amarillas.

Y es el cielo del mar, alto cielo con vida

que nos entra en la sangre, dando luz y sustento

a lo que hubiera muerto en las traidoras calles,

en las habitaciones turbias de esta negra ciudad.

Esta ciudad de ceniza y tezontle cada día menos puro,

de acero, sangre y apagado sudor.


Amplia y dolorosa ciudad donde caben los perros,

la miseria y los homosexuales,

las prostitutas y la famosa melacolía de los poetas,

los rezos y las oraciones de los cristianos.

Sarcástica ciudad donde la cobardía y el cinismo son
alimento diario

de los jovencitos alcahuetes de talles ondulantes,

de las mujeres asnas, de los hombres vacíos.


Ciudad negra o colérica o mansa o cruel,

o fastidiosa nada más: sencillamente tibia.

Pero valiente y vigorosa porque en sus calles viven los días
rojos y azules

de cuando el pueblo se organiza en columnas,

los días y las noches de los militantes comunistas,

los días y las noches de las huelgas victoriosas,

los crudos días en que los desocupados adiestran su rencor

agazapados en los jardines o en los quicios dolientes.


¡Los días en la ciudad! Los días pesadísimos

como una cabeza cercenada con los ojos abiertos.

Estos días como frutas podridas.

Días enturbiados por salvajes mentiras.

Días incendiarios en que padecen las curiosas estatuas

y los monumentos son más estériles que nunca.


Larga, larga ciudad con sus albas como vírgenes
hipócritas,

con sus minutos como niños desnudos,

con sus bochornosos actos de vieja díscola y aparatosa,

con sus callejuelas donde mueren extenuados, al fin,

los roncos emboscados y los asesinos de la alegría.


Ciudad tan complicada, hervidero de envidias,

criadero de virtudes desechas al cabo de una hora,

páramo sofocante, nido blando en que somos

como palabra ardiente desoída,

superficie en que vamos como un tránsito oscuro,

desierto en que latimos y respiramos vicios,

ancho bosque regado por dolorosas y punzantes lágrimas,

lágrimas de desprecio, lágrimas insultantes.


Te declaramos nuestro odio, magnifica ciudad.

A ti, a tus tristes y vulgarísimos burgueses,

a tus chicas de aire, caramelos y films americanos,

a tus juventudes ice cream rellenas de basura,

a tus desenfrenados maricones que devastan

las escuelas, la plaza Garibaldi,

la viva y venenosa calle de San Juan de Letrán.


Te declaramos nuestro odio perfeccionado a fuerza de sentirte cada
día más inmensa,

cada hora más blanda, cada línea más brusca.

Y si te odiamos, linda, primorosa ciudad sin esqueleto,

no lo hacemos por chiste refinado, nunca por neurastenia,

sino por tu candor de virgen desvestida,

por tu mes de diciembre y tus pupilas secas,

por tu pequeña burguesía, por tus poetas publicistas,

¡por tus poetas, grandísima ciudad!, por ellos y su
enfadosa categoría de descastados,

por sus flojas virtudes de ocho sonetos diarios,

por sus lamentos al crepúsculo y a la soledad interminable,

por sus retorcimientos histéricos de prometeos sin sexo

o estatuas del sollozo, por su ritmo de asnos en busca de una flauta.


Pero no es todo, ciudad de lenta vida.

Hay por ahí escondidos, asustados, acaso masturbándose,

varias docenas de cobardes, niños de la teoría,

de la envidia y el caos, jóvenes del «sentido práctico de la vida»,

ruines abandonados a sus propios orgasmos,

viles niños sin forma mascullando su tedio,

especulando en libros ajenos a lo nuestro.

¡A lo nuestro, ciudadl, lo que nos pertenece,

lo que vierte alegría y hace florecer júbilos,

risas, risas de gozo de unas bocas hambrientas,

hambrientas de trabajo,

de trabajo y orgullo de ser al fin varones

en un mundo distinto.


Así hemos visto limpias decisiones que saltan

paralizando el ruido mediocre de las calles,

puliendo caracteres, dando voces de alerta,

de esperanza y progreso.

Son rosas o geranios, claveles o palomas,

saludos de victoria y puños retadores.

Son las voces, los brazos y los pies decisivos,

y los rostros perfectos, y los ojos de fuego,

y la táctica en vilo de quienes hoy te odian

para amarte mañana cuando el alba sea alba

y no chorro de insultos, y no ríoo de fatigas,

y no una puerta falsa para huir de rodillas.

1937

866