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Blanca Andreu

Blanca Andreu

Muerte En El Tiempo Grávido De Palomas Marchitas

Muerte en el tiempo grávido de palomas marchitas,
en el lacrimatorio que me ofrece la maloliente tinta de mayo.
agonía del cauce en mi cintura y en la cintura de veleros negros,
agonía de una ojiva de agua,
mayo, mayo, poema oval, resplandor y salto al vacío,
una estrella de nervios que no tiene piedad.

Mayo con astas locas, mayo ciervo de fiebre,
mayo hocico de piélago me mordió el cinturón de la temperatura,
mayo de fiebres malvas y ciervo emborrachado de glóbulos celestes
en el sol tembloroso del ventrílocuo,
pequeño ciervo solo que devoto bebió
toda la sed dorada de las arterias.

Quise una enfermedad como un áncora cierta
para las horas que se desmienten,
áncora para el músico multiengendrador,
áncora para Bach y sus duros acólitos, y para la enramada matemática
y para todo lo que no me existe.

Quise la muerte para una sábana díscola, para el poeta y su bisturí,
para el libro y su verde más íntimo,
para el tono y su garganta ardiendo.

Quise la muerte para unos ojos sin norte,
para unos ojos de brújula sacra,
para los ojos jóvenes que se izan
a leer la estrella agreste de las diez.

Ojos, los ojos míos,
o bien ojos litúrgicos, agrandados de antorchas,
los ojos que grabaron con iniciales góticas
en el alma guerrera de un niño de diez años,
ojos de lirio helado en alfileres:
clavados en el mar de los taxidermistas.

Pero hablemos de ojos que desvanecen
las lámparas sin ti,
hablemos de las ardida vincas de alcohol que tanto sufren,
mientras escribo versos como algas votivas,
como alambres de lágrimas, mientras siento tu noche y dinastía.

Amor, he roto el níquel de tu palabra desventurada y perfecta.
Amor, dolidas crines de arcángeles caballos se peinan con colonia de tristeza,
porque es mayo, mayo poema oval, mayo muerte levante,
muerte para la hoja del pájaro trágico que se desposa con nadie,
muerte para los niños que acechan la cama de nadie,
muerte para los jóvenes que como yo no sueñan y la
lúcida rana prima donna;
muerte para los sapos que acechan el rubor
de la charca clarísima
y el tono sonrosado de la ópera,
muerte en el tiempo grávido de palomas marchitas,
muerte para sus travesías delicadas,
y para la tormenta loca como una abadesa loca,
muerte para la ropa íntima que estremecía a Baudelaire,
muerte para el desnudo vino verde,
para la piedra en celo y el saludo celeste de mayo,
y el grito equino de las madrugadas de mayo,
muerte para la angustia caligráfica ahogada
en el lacrimatorio que me ofrece la maloliente tinta de mayo.
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Blanca Andreu

Blanca Andreu

Hasta Nosotros La Infancia De Los Metales Raros

Corónate, juventud, de una hoja más aguda.
Saint-John Perse



Hasta nosotros la infancia de los metales raros,

la muchedumbre de la plata que nos pudre en su espuma,

su larga espuma larga como una cinta que naciera en un cuaderno del Bach el Joven

Y viniera a morir aquí,

en las aves que anidan en los discos,

mientras Rainer María ya no es tan joven como en la
página 38,

no es ni siquiera un joven muerto,

un infante difunto sin pavana,

y yo lo sé,

y no desfallecemos,

yo me desmayo,

tú te desvaneces,

él siente un ligero mareo sin llegar a la náusea

escrita o no escrita.

Ay, bostezamos ante tazas de azul de metileno,

aspiramos con aire distante el amoníaco,

nos hastiamos frente al alto sonido del vitriolo,

nos coronamos de veronal,

pues no encontramos hoja más aguda.


Mi hermano busca el cetro de mil alas de Heliogábalo,

aquellos niños prefieren la tiara papal,

y estos pequeños cíclopes enfermos del pulmón

que bajan de autobuses o de la marihuana,

y son hermosos como hermafroditas,

se coronan de cipreses de silos color vino:

no han encontrado un árbol más agudo.

Pero qué más da, el vaivén de sus cuerpos es vano
y terrible,

y en absoluto excesiva la droga seria que se teje en la sangre,

las inyecciones de grave savia,

el hierro y el mercurio en las arterias haciendo de armadura y filtro,

el casco negro y la zarza negra de ningún caballero andante.


Como en mi medieval historia,

cuando ardían las piedras colegiales

para las brechas en la frente

y el cuerpo me dotaba de opio recién nacido,

la hora propia nos confunde,

nos hace himnos o hijos del antiguo caballo mitológico

y de una niña triste con la vena extendida,

de una aguja levantada por nieve increíble,

por amarillo de palomas persas:


hablemos de los caballos padres,

hagamos alusión a los cascos secretos que nos darán la paz

y a las bridas ningunas,

a las futuras crines delicadamente angustiadas,

hablemos de los caballos padres que nos traerán la muerte y de la luna
anfetamina,

hablemos de la vena madre que nos traerá la dicha del fin,

hablemos de la virgen bebida extrema,


no hablemos sino del litoral y las vertientes de la locura que posee a los hombres en
los parques y ordena,


sino del puñalito que coronará la arteria coronaria como diadema suma

con la hoja infantil del metal más raro y más agudo del mundo.

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