Poemas en este tema
Otros
Santiago Montobbio
Hiriente Y Absoluta
En la soledad hiriente y absoluta a la que no he conseguido
nunca darle nombres y entre
sus sábanas que tantas veces
recuerdo son del miedo hay
todavía una arrolladora, inexplicable, casi
vergonzosa ternura que creo
que me asalta los ojos y quizá
en ellos me devora. Pero me es difícil su sonido,
por profundo. Nació acaso en mi luz primera
y sé que estará también en mi noche última:
luz y noche, esos polos simples del rincón
estúpido que es mi vida, luz, noche y torsos
sin cuerpo y con ternura
que es quizá recuerdo
de la que por ella tuve y de la que por mí
quizá ella tuvo, este quedo alambre sobre el tono
de una roñosa canción de radio o a través
de los silencios que en los versos se respiran
luz y noche y la enfermedad extraña
que en mis ojos nacen telares sin sonido
y por la que jamás me bastó el mundo
y por la que siempre estuve
como suspenso en vida.
nunca darle nombres y entre
sus sábanas que tantas veces
recuerdo son del miedo hay
todavía una arrolladora, inexplicable, casi
vergonzosa ternura que creo
que me asalta los ojos y quizá
en ellos me devora. Pero me es difícil su sonido,
por profundo. Nació acaso en mi luz primera
y sé que estará también en mi noche última:
luz y noche, esos polos simples del rincón
estúpido que es mi vida, luz, noche y torsos
sin cuerpo y con ternura
que es quizá recuerdo
de la que por ella tuve y de la que por mí
quizá ella tuvo, este quedo alambre sobre el tono
de una roñosa canción de radio o a través
de los silencios que en los versos se respiran
luz y noche y la enfermedad extraña
que en mis ojos nacen telares sin sonido
y por la que jamás me bastó el mundo
y por la que siempre estuve
como suspenso en vida.
477
Santiago Montobbio
Tierras
Pues si huérfano estuvo del aire y fue
quien le cercó la noche y no la sangre
y por ser roja cruz el miedo y crepúsculo
espeso ya su arte
ya no guardaba fuerzas
para levantar sobre el papel
aspiraciones de ventana
las tierras del suicida
no han de ser jamás las tierras muertas.
quien le cercó la noche y no la sangre
y por ser roja cruz el miedo y crepúsculo
espeso ya su arte
ya no guardaba fuerzas
para levantar sobre el papel
aspiraciones de ventana
las tierras del suicida
no han de ser jamás las tierras muertas.
453
Santiago Montobbio
Memorial Para Mi Único Agravio
Haber perdido la vida ya muy pronto,
y en cualquier esquina; haber sentido
cómo escapaba poco a poco
el agua de los ojos,
haber tenido tanto miedo y tanto frío
como para acabar siendo nada más
que miedo y frío. Haber tenido
sombra y garganta seca, haber
tenido o no haber tenido
y no haber sido nunca nada fuera de unos dedos,
no haber, no, no haber conseguido jamás salir
de esta ciudad oscura y siendo sólo
que de la derrota el heredero
únicamente arrepentirme por no haber compuesto,
cuando sobraba el tiempo, un poema que no tuviera
cristal en exceso, un poema sencillo y sin motivo
pero en el cual vaciara el agua su sentido
y que una vez enviado por el invisible correo de los huesos
pudieras para siempre ya tenerlo como olvidado amigo
o azulado perro que te diera
buenas noches con la irreprochable
puntualidad de las ausencias.
y en cualquier esquina; haber sentido
cómo escapaba poco a poco
el agua de los ojos,
haber tenido tanto miedo y tanto frío
como para acabar siendo nada más
que miedo y frío. Haber tenido
sombra y garganta seca, haber
tenido o no haber tenido
y no haber sido nunca nada fuera de unos dedos,
no haber, no, no haber conseguido jamás salir
de esta ciudad oscura y siendo sólo
que de la derrota el heredero
únicamente arrepentirme por no haber compuesto,
cuando sobraba el tiempo, un poema que no tuviera
cristal en exceso, un poema sencillo y sin motivo
pero en el cual vaciara el agua su sentido
y que una vez enviado por el invisible correo de los huesos
pudieras para siempre ya tenerlo como olvidado amigo
o azulado perro que te diera
buenas noches con la irreprochable
puntualidad de las ausencias.
415
Santiago Montobbio
Sombra
Tras los llantos o el último gesto del sol
nada queda. Nada tras los llantos, los versos,
los retratos. Y una sombra dice que fue ella.
(Las sombras, ya se sabe, no quieren tener la culpa
de ser sombras y por eso buscan amantes, asesinas).
Una sombra dice que fue ella, sin cesar lo dice.
Al mismo sol, al papel mismo, a quien lo escuche.
Pero quizá no fue nadie y quizá fue nada.
Tras los llantos, versos y retratos quizá
fue sólo eso. Un nombre triste que se hizo pequeño.
Un nombre sin padres a quien extravió la vida.
Un nombre solo, no vaya a preocuparse nadie,
si fue la sombra de un nombre, la pobrecita,
la sombra de la nada aquella. Mas si nada fue,
y lugar no tuvo, dice que no quiere últimas patrias,
hechas con epitafios de yeso, la sombra ésta.
La sombra que en cada espejo con mi rostro aún veo,
la pobre y ésta que aborrece los epitafios y el yeso,
la que nada fue y la que nada pide. Nada.
Sólo nada. ¿No lo oís? Dejadla quieta.
nada queda. Nada tras los llantos, los versos,
los retratos. Y una sombra dice que fue ella.
(Las sombras, ya se sabe, no quieren tener la culpa
de ser sombras y por eso buscan amantes, asesinas).
Una sombra dice que fue ella, sin cesar lo dice.
Al mismo sol, al papel mismo, a quien lo escuche.
Pero quizá no fue nadie y quizá fue nada.
Tras los llantos, versos y retratos quizá
fue sólo eso. Un nombre triste que se hizo pequeño.
Un nombre sin padres a quien extravió la vida.
Un nombre solo, no vaya a preocuparse nadie,
si fue la sombra de un nombre, la pobrecita,
la sombra de la nada aquella. Mas si nada fue,
y lugar no tuvo, dice que no quiere últimas patrias,
hechas con epitafios de yeso, la sombra ésta.
La sombra que en cada espejo con mi rostro aún veo,
la pobre y ésta que aborrece los epitafios y el yeso,
la que nada fue y la que nada pide. Nada.
Sólo nada. ¿No lo oís? Dejadla quieta.
431
Santiago Montobbio
Como Tú Bien Dices
Como las antes tan respetadas plañideras
han sido prohibidas en los días y en los cuadros
—pues cada vez se hizo más persistente el rumor
de que su oficio hacía cosquillas a los muertos—
quizá sí podría asegurarles que nunca como ahora
estuvo tan en suspenso el mundo. Y como acaso
también es verdad que ya hemos pasado todo
el miedo que nos dijeron
que tendríamos que pasar
y como puede que también sea cierto
que por las rendijas de una tarde
por fin llueva ya otro tiempo
como llueve un duelo o llueve un beso
tímidamente ahora se me ocurre
que tú y yo podríamos jugar
a parchís con el silencio
obligando a nuestro amor
a que hiciera de tablero.
Pero no. Es verdad: no estoy seguro,
no me atrevo. ¿Qué quieres? Como tú
bien dices, alguien puede
estar mirando.
han sido prohibidas en los días y en los cuadros
—pues cada vez se hizo más persistente el rumor
de que su oficio hacía cosquillas a los muertos—
quizá sí podría asegurarles que nunca como ahora
estuvo tan en suspenso el mundo. Y como acaso
también es verdad que ya hemos pasado todo
el miedo que nos dijeron
que tendríamos que pasar
y como puede que también sea cierto
que por las rendijas de una tarde
por fin llueva ya otro tiempo
como llueve un duelo o llueve un beso
tímidamente ahora se me ocurre
que tú y yo podríamos jugar
a parchís con el silencio
obligando a nuestro amor
a que hiciera de tablero.
Pero no. Es verdad: no estoy seguro,
no me atrevo. ¿Qué quieres? Como tú
bien dices, alguien puede
estar mirando.
446
Santiago Montobbio
República De Soledades Son Las Letras
Será preciso navegar los ojos a los idiotas
y será preciso entenderlos y más aún
hacer ver que te entienden; será preciso, sí,
del todo será preciso navegarles los ojos
y quizá también subir a hacerles compañía
a su grasienta alcoba, sigilosamente trepar
con lenguas de trapo los oscuros puestos
de una subnormal antología
y asimismo estar siempre y con puntualidad atento
a fin de poder soltar en el momento oportuno
la tontería precisa:
eso es lo que hago que me diga
con una amable sonrisa de indulgencia
el avezado compañero de letras que no tengo,
amigo de lejos pero por suerte perteneciente
a una generación (y, por cierto, ¿qué demonios
querrá decir eso?) que ya lleva
unos cuantos años ejerciendo.
Pero no me hagan caso: a veces los poetas mentimos
y ésta es una de ellas. Porque yo he cantado siempre
desde las soledades de la piedra
y quien ha cantado siempre
desde las soledades de la piedra
ha podido aunque herido seguir vivo
pero jamás tener la ingenuidad
de esperar que alguien le comprenda.
O es más: que probablemente un pantanoso
silencio sufriría
si le sucediera algún día ese fastidio
—y, como todo, esto
porque lo sé
lo digo.
y será preciso entenderlos y más aún
hacer ver que te entienden; será preciso, sí,
del todo será preciso navegarles los ojos
y quizá también subir a hacerles compañía
a su grasienta alcoba, sigilosamente trepar
con lenguas de trapo los oscuros puestos
de una subnormal antología
y asimismo estar siempre y con puntualidad atento
a fin de poder soltar en el momento oportuno
la tontería precisa:
eso es lo que hago que me diga
con una amable sonrisa de indulgencia
el avezado compañero de letras que no tengo,
amigo de lejos pero por suerte perteneciente
a una generación (y, por cierto, ¿qué demonios
querrá decir eso?) que ya lleva
unos cuantos años ejerciendo.
Pero no me hagan caso: a veces los poetas mentimos
y ésta es una de ellas. Porque yo he cantado siempre
desde las soledades de la piedra
y quien ha cantado siempre
desde las soledades de la piedra
ha podido aunque herido seguir vivo
pero jamás tener la ingenuidad
de esperar que alguien le comprenda.
O es más: que probablemente un pantanoso
silencio sufriría
si le sucediera algún día ese fastidio
—y, como todo, esto
porque lo sé
lo digo.
371
Santiago Montobbio
República De Soledades Son Las Letras
Será preciso navegar los ojos a los idiotas
y será preciso entenderlos y más aún
hacer ver que te entienden; será preciso, sí,
del todo será preciso navegarles los ojos
y quizá también subir a hacerles compañía
a su grasienta alcoba, sigilosamente trepar
con lenguas de trapo los oscuros puestos
de una subnormal antología
y asimismo estar siempre y con puntualidad atento
a fin de poder soltar en el momento oportuno
la tontería precisa:
eso es lo que hago que me diga
con una amable sonrisa de indulgencia
el avezado compañero de letras que no tengo,
amigo de lejos pero por suerte perteneciente
a una generación (y, por cierto, ¿qué demonios
querrá decir eso?) que ya lleva
unos cuantos años ejerciendo.
Pero no me hagan caso: a veces los poetas mentimos
y ésta es una de ellas. Porque yo he cantado siempre
desde las soledades de la piedra
y quien ha cantado siempre
desde las soledades de la piedra
ha podido aunque herido seguir vivo
pero jamás tener la ingenuidad
de esperar que alguien le comprenda.
O es más: que probablemente un pantanoso
silencio sufriría
si le sucediera algún día ese fastidio
—y, como todo, esto
porque lo sé
lo digo.
y será preciso entenderlos y más aún
hacer ver que te entienden; será preciso, sí,
del todo será preciso navegarles los ojos
y quizá también subir a hacerles compañía
a su grasienta alcoba, sigilosamente trepar
con lenguas de trapo los oscuros puestos
de una subnormal antología
y asimismo estar siempre y con puntualidad atento
a fin de poder soltar en el momento oportuno
la tontería precisa:
eso es lo que hago que me diga
con una amable sonrisa de indulgencia
el avezado compañero de letras que no tengo,
amigo de lejos pero por suerte perteneciente
a una generación (y, por cierto, ¿qué demonios
querrá decir eso?) que ya lleva
unos cuantos años ejerciendo.
Pero no me hagan caso: a veces los poetas mentimos
y ésta es una de ellas. Porque yo he cantado siempre
desde las soledades de la piedra
y quien ha cantado siempre
desde las soledades de la piedra
ha podido aunque herido seguir vivo
pero jamás tener la ingenuidad
de esperar que alguien le comprenda.
O es más: que probablemente un pantanoso
silencio sufriría
si le sucediera algún día ese fastidio
—y, como todo, esto
porque lo sé
lo digo.
371
Santiago Montobbio
República De Soledades Son Las Letras
Será preciso navegar los ojos a los idiotas
y será preciso entenderlos y más aún
hacer ver que te entienden; será preciso, sí,
del todo será preciso navegarles los ojos
y quizá también subir a hacerles compañía
a su grasienta alcoba, sigilosamente trepar
con lenguas de trapo los oscuros puestos
de una subnormal antología
y asimismo estar siempre y con puntualidad atento
a fin de poder soltar en el momento oportuno
la tontería precisa:
eso es lo que hago que me diga
con una amable sonrisa de indulgencia
el avezado compañero de letras que no tengo,
amigo de lejos pero por suerte perteneciente
a una generación (y, por cierto, ¿qué demonios
querrá decir eso?) que ya lleva
unos cuantos años ejerciendo.
Pero no me hagan caso: a veces los poetas mentimos
y ésta es una de ellas. Porque yo he cantado siempre
desde las soledades de la piedra
y quien ha cantado siempre
desde las soledades de la piedra
ha podido aunque herido seguir vivo
pero jamás tener la ingenuidad
de esperar que alguien le comprenda.
O es más: que probablemente un pantanoso
silencio sufriría
si le sucediera algún día ese fastidio
—y, como todo, esto
porque lo sé
lo digo.
y será preciso entenderlos y más aún
hacer ver que te entienden; será preciso, sí,
del todo será preciso navegarles los ojos
y quizá también subir a hacerles compañía
a su grasienta alcoba, sigilosamente trepar
con lenguas de trapo los oscuros puestos
de una subnormal antología
y asimismo estar siempre y con puntualidad atento
a fin de poder soltar en el momento oportuno
la tontería precisa:
eso es lo que hago que me diga
con una amable sonrisa de indulgencia
el avezado compañero de letras que no tengo,
amigo de lejos pero por suerte perteneciente
a una generación (y, por cierto, ¿qué demonios
querrá decir eso?) que ya lleva
unos cuantos años ejerciendo.
Pero no me hagan caso: a veces los poetas mentimos
y ésta es una de ellas. Porque yo he cantado siempre
desde las soledades de la piedra
y quien ha cantado siempre
desde las soledades de la piedra
ha podido aunque herido seguir vivo
pero jamás tener la ingenuidad
de esperar que alguien le comprenda.
O es más: que probablemente un pantanoso
silencio sufriría
si le sucediera algún día ese fastidio
—y, como todo, esto
porque lo sé
lo digo.
371
Santiago Montobbio
Trans Tiberim (efístula Moral Contra Todos Y Más Aún En Contra Mía)
Hacen dinero o sueñan con orgullo
en poder hacerlo cualquier día;
hacen dinero y ni siquiera se dan cuenta
de que eso es lo que está muy bien que hagan
aquellos pobrecitos
que hacer otras cosas no sabrían.
Y hacen dinero, hacen dinero y para ello
se machacan y trituran
y no sé por qué ahora de pronto se me ocurre
que a su incomprensible actividad invariablemente le conviene
la palabra dentadura o el vocablo
frigorífico. Porque hacen dinero o se deshacen
pero no saben
ni de alma ni de pájaro.
Mas ante sus agresiones y mordazas
tú no sientas rabia oscura
y menos aún intentes explicarles
que un poeta en tarde gris
puede llegar a ser varios países,
porque fue la dignidad y no la poesía
lo que de verdad no te trajo sin cuidado
y también porque se sabe
que no ha de haber jamás lluvia que ablande
la cejijunta tierra del imbécil.
Así no sientas rabia sorda y así
jamás te expliques: esto sí que
no vayas nunca a hacerlo.
Y que con trabajo y de tus ojos
nada más llueva silencio, que con trabajo,
que con trabajo y para siempre
sea mudo todo gesto. Pues otra cosa
sería caer por completo en el destiempo,
si de hecho ya te importa un bledo
el vivir o tu escribir
y además parece seguro que el silencio
si no da serenidad al menos sí ha de evitar
el fastidio que causa producir
con el propio dolor malentendidos.
Y por ello todo esto debieras
ahora firmarlo, y prometerlo.
Aunque hay también que imaginar que el evidente
intento de homicidio que subyace
tras todo proyecto de escritura
pueda en protagonistas de una mala cinta convertirnos
y conseguir así que al lugar del crimen
volvamos algún día.
Porque, poeta desusado y para un tiempo
de estupidez tan manifiesta, ¿qué tierra
va a serte ya habitable
sino la que solitario construyas con las manos
de tu voz y tu conciencia?
en poder hacerlo cualquier día;
hacen dinero y ni siquiera se dan cuenta
de que eso es lo que está muy bien que hagan
aquellos pobrecitos
que hacer otras cosas no sabrían.
Y hacen dinero, hacen dinero y para ello
se machacan y trituran
y no sé por qué ahora de pronto se me ocurre
que a su incomprensible actividad invariablemente le conviene
la palabra dentadura o el vocablo
frigorífico. Porque hacen dinero o se deshacen
pero no saben
ni de alma ni de pájaro.
Mas ante sus agresiones y mordazas
tú no sientas rabia oscura
y menos aún intentes explicarles
que un poeta en tarde gris
puede llegar a ser varios países,
porque fue la dignidad y no la poesía
lo que de verdad no te trajo sin cuidado
y también porque se sabe
que no ha de haber jamás lluvia que ablande
la cejijunta tierra del imbécil.
Así no sientas rabia sorda y así
jamás te expliques: esto sí que
no vayas nunca a hacerlo.
Y que con trabajo y de tus ojos
nada más llueva silencio, que con trabajo,
que con trabajo y para siempre
sea mudo todo gesto. Pues otra cosa
sería caer por completo en el destiempo,
si de hecho ya te importa un bledo
el vivir o tu escribir
y además parece seguro que el silencio
si no da serenidad al menos sí ha de evitar
el fastidio que causa producir
con el propio dolor malentendidos.
Y por ello todo esto debieras
ahora firmarlo, y prometerlo.
Aunque hay también que imaginar que el evidente
intento de homicidio que subyace
tras todo proyecto de escritura
pueda en protagonistas de una mala cinta convertirnos
y conseguir así que al lugar del crimen
volvamos algún día.
Porque, poeta desusado y para un tiempo
de estupidez tan manifiesta, ¿qué tierra
va a serte ya habitable
sino la que solitario construyas con las manos
de tu voz y tu conciencia?
405
Santiago Montobbio
Trans Tiberim (efístula Moral Contra Todos Y Más Aún En Contra Mía)
Hacen dinero o sueñan con orgullo
en poder hacerlo cualquier día;
hacen dinero y ni siquiera se dan cuenta
de que eso es lo que está muy bien que hagan
aquellos pobrecitos
que hacer otras cosas no sabrían.
Y hacen dinero, hacen dinero y para ello
se machacan y trituran
y no sé por qué ahora de pronto se me ocurre
que a su incomprensible actividad invariablemente le conviene
la palabra dentadura o el vocablo
frigorífico. Porque hacen dinero o se deshacen
pero no saben
ni de alma ni de pájaro.
Mas ante sus agresiones y mordazas
tú no sientas rabia oscura
y menos aún intentes explicarles
que un poeta en tarde gris
puede llegar a ser varios países,
porque fue la dignidad y no la poesía
lo que de verdad no te trajo sin cuidado
y también porque se sabe
que no ha de haber jamás lluvia que ablande
la cejijunta tierra del imbécil.
Así no sientas rabia sorda y así
jamás te expliques: esto sí que
no vayas nunca a hacerlo.
Y que con trabajo y de tus ojos
nada más llueva silencio, que con trabajo,
que con trabajo y para siempre
sea mudo todo gesto. Pues otra cosa
sería caer por completo en el destiempo,
si de hecho ya te importa un bledo
el vivir o tu escribir
y además parece seguro que el silencio
si no da serenidad al menos sí ha de evitar
el fastidio que causa producir
con el propio dolor malentendidos.
Y por ello todo esto debieras
ahora firmarlo, y prometerlo.
Aunque hay también que imaginar que el evidente
intento de homicidio que subyace
tras todo proyecto de escritura
pueda en protagonistas de una mala cinta convertirnos
y conseguir así que al lugar del crimen
volvamos algún día.
Porque, poeta desusado y para un tiempo
de estupidez tan manifiesta, ¿qué tierra
va a serte ya habitable
sino la que solitario construyas con las manos
de tu voz y tu conciencia?
en poder hacerlo cualquier día;
hacen dinero y ni siquiera se dan cuenta
de que eso es lo que está muy bien que hagan
aquellos pobrecitos
que hacer otras cosas no sabrían.
Y hacen dinero, hacen dinero y para ello
se machacan y trituran
y no sé por qué ahora de pronto se me ocurre
que a su incomprensible actividad invariablemente le conviene
la palabra dentadura o el vocablo
frigorífico. Porque hacen dinero o se deshacen
pero no saben
ni de alma ni de pájaro.
Mas ante sus agresiones y mordazas
tú no sientas rabia oscura
y menos aún intentes explicarles
que un poeta en tarde gris
puede llegar a ser varios países,
porque fue la dignidad y no la poesía
lo que de verdad no te trajo sin cuidado
y también porque se sabe
que no ha de haber jamás lluvia que ablande
la cejijunta tierra del imbécil.
Así no sientas rabia sorda y así
jamás te expliques: esto sí que
no vayas nunca a hacerlo.
Y que con trabajo y de tus ojos
nada más llueva silencio, que con trabajo,
que con trabajo y para siempre
sea mudo todo gesto. Pues otra cosa
sería caer por completo en el destiempo,
si de hecho ya te importa un bledo
el vivir o tu escribir
y además parece seguro que el silencio
si no da serenidad al menos sí ha de evitar
el fastidio que causa producir
con el propio dolor malentendidos.
Y por ello todo esto debieras
ahora firmarlo, y prometerlo.
Aunque hay también que imaginar que el evidente
intento de homicidio que subyace
tras todo proyecto de escritura
pueda en protagonistas de una mala cinta convertirnos
y conseguir así que al lugar del crimen
volvamos algún día.
Porque, poeta desusado y para un tiempo
de estupidez tan manifiesta, ¿qué tierra
va a serte ya habitable
sino la que solitario construyas con las manos
de tu voz y tu conciencia?
405
Santiago Montobbio
Mujer De Poeta (mascarilla)
Para la verdadera dignidad la sociedad no tiene asiento;
pero eso se comprueba luego, y así primero fueron
los inexistentes triunfos pequeños, el manso ruido
de la colaboración diaria, esperanzadoras señales todas
del inicio
de una tan gloriosa como inevitable carrera literaria que nacía
de un extraño entusiasmo por las cosas
y también de las mordidas
lagunas de la sombra. Y aunque nunca
entendiste esas cosas con exceso
estuviste cerca, silenciosa columna
fuiste del sigilo y para navegar
por esas aguas de tu corazón
día a día hiciste pan muy blanco.
Pero para tu escondido quehacer diario
al cabo de los años resulta muy poco
y muy pobre el contrapeso del regalo —aburrido
además de ocasional— de algunos libros,
como recalentados ya los dedicados versos
y aún menos tolerable te parece el valor
de unos pretendidamente dolorosos
insomnios a destiempo. Y así dichoso,
de verdad dichoso será el día
en que comprendas todo eso y te decidas
a dejar ya para siempre abandonado
a tan miserable y estúpido sujeto.
pero eso se comprueba luego, y así primero fueron
los inexistentes triunfos pequeños, el manso ruido
de la colaboración diaria, esperanzadoras señales todas
del inicio
de una tan gloriosa como inevitable carrera literaria que nacía
de un extraño entusiasmo por las cosas
y también de las mordidas
lagunas de la sombra. Y aunque nunca
entendiste esas cosas con exceso
estuviste cerca, silenciosa columna
fuiste del sigilo y para navegar
por esas aguas de tu corazón
día a día hiciste pan muy blanco.
Pero para tu escondido quehacer diario
al cabo de los años resulta muy poco
y muy pobre el contrapeso del regalo —aburrido
además de ocasional— de algunos libros,
como recalentados ya los dedicados versos
y aún menos tolerable te parece el valor
de unos pretendidamente dolorosos
insomnios a destiempo. Y así dichoso,
de verdad dichoso será el día
en que comprendas todo eso y te decidas
a dejar ya para siempre abandonado
a tan miserable y estúpido sujeto.
475
Santiago Montobbio
Mujer De Poeta (mascarilla)
Para la verdadera dignidad la sociedad no tiene asiento;
pero eso se comprueba luego, y así primero fueron
los inexistentes triunfos pequeños, el manso ruido
de la colaboración diaria, esperanzadoras señales todas
del inicio
de una tan gloriosa como inevitable carrera literaria que nacía
de un extraño entusiasmo por las cosas
y también de las mordidas
lagunas de la sombra. Y aunque nunca
entendiste esas cosas con exceso
estuviste cerca, silenciosa columna
fuiste del sigilo y para navegar
por esas aguas de tu corazón
día a día hiciste pan muy blanco.
Pero para tu escondido quehacer diario
al cabo de los años resulta muy poco
y muy pobre el contrapeso del regalo —aburrido
además de ocasional— de algunos libros,
como recalentados ya los dedicados versos
y aún menos tolerable te parece el valor
de unos pretendidamente dolorosos
insomnios a destiempo. Y así dichoso,
de verdad dichoso será el día
en que comprendas todo eso y te decidas
a dejar ya para siempre abandonado
a tan miserable y estúpido sujeto.
pero eso se comprueba luego, y así primero fueron
los inexistentes triunfos pequeños, el manso ruido
de la colaboración diaria, esperanzadoras señales todas
del inicio
de una tan gloriosa como inevitable carrera literaria que nacía
de un extraño entusiasmo por las cosas
y también de las mordidas
lagunas de la sombra. Y aunque nunca
entendiste esas cosas con exceso
estuviste cerca, silenciosa columna
fuiste del sigilo y para navegar
por esas aguas de tu corazón
día a día hiciste pan muy blanco.
Pero para tu escondido quehacer diario
al cabo de los años resulta muy poco
y muy pobre el contrapeso del regalo —aburrido
además de ocasional— de algunos libros,
como recalentados ya los dedicados versos
y aún menos tolerable te parece el valor
de unos pretendidamente dolorosos
insomnios a destiempo. Y así dichoso,
de verdad dichoso será el día
en que comprendas todo eso y te decidas
a dejar ya para siempre abandonado
a tan miserable y estúpido sujeto.
475
Santiago Montobbio
Collage
Ligeras cruzan las edades, hay quien las cuenta en días,
y a través de su lluvia y su ceniza
cada vez más difícil resulta el resistirse
al perezoso vivir animal de la costumbre.
No sé por qué los versos que ahora escribo
parecen versos clásicos, y total para decir
que si después de tanto tiempo aún hoy
aprieto tu recuerdo entiendo que
estoy condenado
a naufragar todos los días
con la vejez que da el saber
que aunque me he equivocado en todo
esto es algo que especialmente he hecho
en lo que más quería.
y a través de su lluvia y su ceniza
cada vez más difícil resulta el resistirse
al perezoso vivir animal de la costumbre.
No sé por qué los versos que ahora escribo
parecen versos clásicos, y total para decir
que si después de tanto tiempo aún hoy
aprieto tu recuerdo entiendo que
estoy condenado
a naufragar todos los días
con la vejez que da el saber
que aunque me he equivocado en todo
esto es algo que especialmente he hecho
en lo que más quería.
482
Santiago Montobbio
Ética Confirmada
Cruzo y olvido, sangro y olvido, silbo
y olvido: no vivo y creo que hasta
mi no vivir olvido.
Engullir:
acaso soy un especialista en
engullir, en destrozar
la vida.
O
en vivir en este tiempo
de ramas hundidas y tardes enredadas,
con férrea debilidad asentado en la renuncia
y su noche reventada, en el tiempo este del no querer,
del no decir y del tenazmente ir segando con cuidado
la cabeza y las manos de las líneas que me asaltan
y más todavía el tiempo del aún así no
haber logrado
arrancarme esa frase que día tras día voy llevando
como un corazón cortado en los bolsillos.
Y aunque creo que esto ya lo he escrito
en otra parte u otra alma
supongo que lo poco que sabemos
resulta inevitable repetirlo:
que una lengua la crea el dolor, y yo he sido una lengua,
el modo extraño en que alguien se salva.
y olvido: no vivo y creo que hasta
mi no vivir olvido.
Engullir:
acaso soy un especialista en
engullir, en destrozar
la vida.
O
en vivir en este tiempo
de ramas hundidas y tardes enredadas,
con férrea debilidad asentado en la renuncia
y su noche reventada, en el tiempo este del no querer,
del no decir y del tenazmente ir segando con cuidado
la cabeza y las manos de las líneas que me asaltan
y más todavía el tiempo del aún así no
haber logrado
arrancarme esa frase que día tras día voy llevando
como un corazón cortado en los bolsillos.
Y aunque creo que esto ya lo he escrito
en otra parte u otra alma
supongo que lo poco que sabemos
resulta inevitable repetirlo:
que una lengua la crea el dolor, y yo he sido una lengua,
el modo extraño en que alguien se salva.
473
Santiago Montobbio
Et Labora
Guardar memoria de lo que para otra persona
nunca fue recuerdo, creer haber hundido un rostro
y al volver de una mañana darse cuenta
de que sigue inundando nuestro adentro;
aventurarse ingenuo en las piruetas
por fingir que puede desterrarse
la espantosa verdad de los sonidos
u otra vez descubrir, en el envés del tiempo,
que todo lo que pude ser tan sólo era
ser contigo:
estos
son
los trabajos del amor, aquel extraño mar
que vivir nos fue haciendo lejanísimo.
nunca fue recuerdo, creer haber hundido un rostro
y al volver de una mañana darse cuenta
de que sigue inundando nuestro adentro;
aventurarse ingenuo en las piruetas
por fingir que puede desterrarse
la espantosa verdad de los sonidos
u otra vez descubrir, en el envés del tiempo,
que todo lo que pude ser tan sólo era
ser contigo:
estos
son
los trabajos del amor, aquel extraño mar
que vivir nos fue haciendo lejanísimo.
491
Santiago Montobbio
Capítulo Vii
Nunca fui un neurótico y si al final lo fui
jamás tuve vocación de serlo. Así que si he hablado
de túneles, balcones y otras despedidas
que marcaban el suspenso de un corazón
a quien el recuerdo de ventanas carcomía
no ha sido por una especial propensión hacia estas cosas
sino porque se canta lo que se muerde y así
palabra es sólo lo que ama y lo que duele y lo que pasa
del mismo exacto modo que resulta
vivir injusto
o sufrir inútil.
Mas
aunque se canta
lo que se muerde
algunas veces pienso
que en vez de ir levantando acta
de lo que con el tiempo va muriendo
quizá debería haber intentado
con nostalgias y fulgores construir
unos tapices lo suficientemente amables
como para que pudiera por ellos pasearse
sin congojas la mirada.
¿Pero a quién pueden interesarle las mentiras?
Lejos de la grata compañía que dicen que dan las otras
voces,
hecha con lo que tuve cerca o con lo que pude y nada más
que por no perder la dignidad del todo, mi poesía
sólo puede valer lo que mi vida.
jamás tuve vocación de serlo. Así que si he hablado
de túneles, balcones y otras despedidas
que marcaban el suspenso de un corazón
a quien el recuerdo de ventanas carcomía
no ha sido por una especial propensión hacia estas cosas
sino porque se canta lo que se muerde y así
palabra es sólo lo que ama y lo que duele y lo que pasa
del mismo exacto modo que resulta
vivir injusto
o sufrir inútil.
Mas
aunque se canta
lo que se muerde
algunas veces pienso
que en vez de ir levantando acta
de lo que con el tiempo va muriendo
quizá debería haber intentado
con nostalgias y fulgores construir
unos tapices lo suficientemente amables
como para que pudiera por ellos pasearse
sin congojas la mirada.
¿Pero a quién pueden interesarle las mentiras?
Lejos de la grata compañía que dicen que dan las otras
voces,
hecha con lo que tuve cerca o con lo que pude y nada más
que por no perder la dignidad del todo, mi poesía
sólo puede valer lo que mi vida.
447
Santiago Montobbio
Capítulo Vii
Nunca fui un neurótico y si al final lo fui
jamás tuve vocación de serlo. Así que si he hablado
de túneles, balcones y otras despedidas
que marcaban el suspenso de un corazón
a quien el recuerdo de ventanas carcomía
no ha sido por una especial propensión hacia estas cosas
sino porque se canta lo que se muerde y así
palabra es sólo lo que ama y lo que duele y lo que pasa
del mismo exacto modo que resulta
vivir injusto
o sufrir inútil.
Mas
aunque se canta
lo que se muerde
algunas veces pienso
que en vez de ir levantando acta
de lo que con el tiempo va muriendo
quizá debería haber intentado
con nostalgias y fulgores construir
unos tapices lo suficientemente amables
como para que pudiera por ellos pasearse
sin congojas la mirada.
¿Pero a quién pueden interesarle las mentiras?
Lejos de la grata compañía que dicen que dan las otras
voces,
hecha con lo que tuve cerca o con lo que pude y nada más
que por no perder la dignidad del todo, mi poesía
sólo puede valer lo que mi vida.
jamás tuve vocación de serlo. Así que si he hablado
de túneles, balcones y otras despedidas
que marcaban el suspenso de un corazón
a quien el recuerdo de ventanas carcomía
no ha sido por una especial propensión hacia estas cosas
sino porque se canta lo que se muerde y así
palabra es sólo lo que ama y lo que duele y lo que pasa
del mismo exacto modo que resulta
vivir injusto
o sufrir inútil.
Mas
aunque se canta
lo que se muerde
algunas veces pienso
que en vez de ir levantando acta
de lo que con el tiempo va muriendo
quizá debería haber intentado
con nostalgias y fulgores construir
unos tapices lo suficientemente amables
como para que pudiera por ellos pasearse
sin congojas la mirada.
¿Pero a quién pueden interesarle las mentiras?
Lejos de la grata compañía que dicen que dan las otras
voces,
hecha con lo que tuve cerca o con lo que pude y nada más
que por no perder la dignidad del todo, mi poesía
sólo puede valer lo que mi vida.
447
Santiago Montobbio
Vida Sentimental
Demasiados modos de interpretar la lluvia
ofrecen las películas; demasiados modos, demasiados ojos
y del todo excesiva esa facilidad como de postal ridícula
con que a medias entre copa y cigarrillo
los maquillados gestos de una imagen
sopesan, trituran, absorben y administran
distancia de muchacha; excesiva y también ridícula, eso,
más o menos eso es lo que me digo
cuando repaso el manual de adioses de mi vida
y desde él comprendo que es del todo cierto aquello
de que no suicidarme es algo que siempre me dio mucho trabajo,
que no suicidarme —ausencia, clínica y demás patéticos
retratos desbocados— en verdad ha sido para mí
la diaria gran tarea
y que por causa del afónico equipaje
que ha tenido a bien irme imponiendo el tiempo
a estas alturas ya sólo podría doctorarme
con una absurda colección de vaguedades que intentara hacer ver
a qué ruinosos extremos puede llevarnos la torpeza
si desde siempre ha dominado
la expresión de los afectos.
ofrecen las películas; demasiados modos, demasiados ojos
y del todo excesiva esa facilidad como de postal ridícula
con que a medias entre copa y cigarrillo
los maquillados gestos de una imagen
sopesan, trituran, absorben y administran
distancia de muchacha; excesiva y también ridícula, eso,
más o menos eso es lo que me digo
cuando repaso el manual de adioses de mi vida
y desde él comprendo que es del todo cierto aquello
de que no suicidarme es algo que siempre me dio mucho trabajo,
que no suicidarme —ausencia, clínica y demás patéticos
retratos desbocados— en verdad ha sido para mí
la diaria gran tarea
y que por causa del afónico equipaje
que ha tenido a bien irme imponiendo el tiempo
a estas alturas ya sólo podría doctorarme
con una absurda colección de vaguedades que intentara hacer ver
a qué ruinosos extremos puede llevarnos la torpeza
si desde siempre ha dominado
la expresión de los afectos.
448
Santiago Montobbio
Capítulo I
Desde siempre nací contra el poder y más aún
contra el poder de mí mismo, y esto explicaba, según
creía,
no sólo una pronta ignorancia de las normas y el especial
empeño
que puse siempre en transgredirlas sino también
mi sostenida inseguridad y torpeza en tantas cosas
y hasta quizá incluso el triste modo
en que durante estos años he jugado
a quererte y a perderte.
Y
aunque no lo pensaba con orgullo
quizá sí que en el fondo me consolaba
el creer que además de un doloroso tormento
la inseguridad y la torpeza podían ser
una extraña forma de decencia.
Pero
ahora
que reconsidero estas cosas siento
que mi incapacidad acaso no era más que un no atreverse
a encajar lo que la vida va trayendo
y que detrás de todo no dormían sino disfraces
y burdos modos de esconderse.
Que,
bien mirado,
quizá sí que ha podido ser
el vivir mi cobardía.
Pero
mis poemas
jamás. Ni su soledad
herida.
contra el poder de mí mismo, y esto explicaba, según
creía,
no sólo una pronta ignorancia de las normas y el especial
empeño
que puse siempre en transgredirlas sino también
mi sostenida inseguridad y torpeza en tantas cosas
y hasta quizá incluso el triste modo
en que durante estos años he jugado
a quererte y a perderte.
Y
aunque no lo pensaba con orgullo
quizá sí que en el fondo me consolaba
el creer que además de un doloroso tormento
la inseguridad y la torpeza podían ser
una extraña forma de decencia.
Pero
ahora
que reconsidero estas cosas siento
que mi incapacidad acaso no era más que un no atreverse
a encajar lo que la vida va trayendo
y que detrás de todo no dormían sino disfraces
y burdos modos de esconderse.
Que,
bien mirado,
quizá sí que ha podido ser
el vivir mi cobardía.
Pero
mis poemas
jamás. Ni su soledad
herida.
464
Santiago Montobbio
Ese Tácito Rito Que Me He Impuesto
Si el hombre tuviera tiempo de sobras
es posible que hiciera grandes cosas.
Pero tras su espesa piel el tiempo alienta
una sutil maraña de trampas y estrategias;
tras su espesa piel o en su disperso puzzle
ocasionalmente brinda adoquín de besos
para que torpes como somos
nos demos menos cuenta
de que a través de ajedreces, adioses,
inutilidades, esperas y otros juegos
poco a poco y sin saber
se vaya haciendo teoría confirmada
el que la vida nos aplasta
(y esto me gusta decirlo con un verbo que suena
como un saco de patatas).
En el momento en que subo en el ascensor
es una nocturna hora intermedia.
El espejo adivina el alcohol
y parece decir que tengo aire
de guardar alguna historia
perdida por algún lado del abrigo
y también varias posguerras. (Quizá
porque a veces pienso que es probables
que yo hubiera sido más leve o más feliz
en la polvorienta Barcelona de los años cincuenta,
y aunque haya procurado no abusar nunca
mucho de ellas, este tipo de imágenes
siempre me atrayeron con firmeza).
La nostalgia realquilada d emi cara
va a proyectarse ahora en otro espejo,
fien el cumplir ese tácito rito que me he impuesto
y que consiste en observarme como un actor retirado
mientras fumo y bebo a solas
frente a la pica del lavabo.
Y para poblar esta habitual circunstancia
van a cruzarme desamparadas imágenes
hechas con recalentadas infancias,
recuerdos o posturas que me cansaría escribir
pero que si lo hiciera acabarían entercándose
en intentar explicar por qué nuestro amor merece
un lugar señero en la anónima enciclopedia
de las historias ridículas.
Historias que me cansaría escribir,
con las que perdería el tiempo.
Porque todo es pasado —no sé si cierto—,
todo es presente —esta tonta mancha de polvo—
y además aquí, en el lavabo de mi cuarto,
sobre esta ya como ajeno rostro ajado
y con tonadilla de tango
sospecho o sé que no he perdido la vida
(que eso ya sería algo); que no la he perdido, no,
que estúpidamente sólo la voy perdiendo
y que tampoco me produce un especial descanso
el saber que voy a poder dejar por unas horas
mis canosas miserias en suspenso.
es posible que hiciera grandes cosas.
Pero tras su espesa piel el tiempo alienta
una sutil maraña de trampas y estrategias;
tras su espesa piel o en su disperso puzzle
ocasionalmente brinda adoquín de besos
para que torpes como somos
nos demos menos cuenta
de que a través de ajedreces, adioses,
inutilidades, esperas y otros juegos
poco a poco y sin saber
se vaya haciendo teoría confirmada
el que la vida nos aplasta
(y esto me gusta decirlo con un verbo que suena
como un saco de patatas).
En el momento en que subo en el ascensor
es una nocturna hora intermedia.
El espejo adivina el alcohol
y parece decir que tengo aire
de guardar alguna historia
perdida por algún lado del abrigo
y también varias posguerras. (Quizá
porque a veces pienso que es probables
que yo hubiera sido más leve o más feliz
en la polvorienta Barcelona de los años cincuenta,
y aunque haya procurado no abusar nunca
mucho de ellas, este tipo de imágenes
siempre me atrayeron con firmeza).
La nostalgia realquilada d emi cara
va a proyectarse ahora en otro espejo,
fien el cumplir ese tácito rito que me he impuesto
y que consiste en observarme como un actor retirado
mientras fumo y bebo a solas
frente a la pica del lavabo.
Y para poblar esta habitual circunstancia
van a cruzarme desamparadas imágenes
hechas con recalentadas infancias,
recuerdos o posturas que me cansaría escribir
pero que si lo hiciera acabarían entercándose
en intentar explicar por qué nuestro amor merece
un lugar señero en la anónima enciclopedia
de las historias ridículas.
Historias que me cansaría escribir,
con las que perdería el tiempo.
Porque todo es pasado —no sé si cierto—,
todo es presente —esta tonta mancha de polvo—
y además aquí, en el lavabo de mi cuarto,
sobre esta ya como ajeno rostro ajado
y con tonadilla de tango
sospecho o sé que no he perdido la vida
(que eso ya sería algo); que no la he perdido, no,
que estúpidamente sólo la voy perdiendo
y que tampoco me produce un especial descanso
el saber que voy a poder dejar por unas horas
mis canosas miserias en suspenso.
389
Santiago Montobbio
Praga
Yo nunca he estado en Praga, pero le sueño jardines,
escaparates llenos de temblorosos misterios y también
que los tranvías se alejan justo con la extraña forma
que cursi como soy siempre me ha hecho
llorar por los falsos recuerdos.
Si llega la noche populoso soy y la atravieso
o me pierdo en una fiesta y no entiendo
por qué estoy ante las ventanas
que se esconden en las anónimas piernas
preguntándome con insistencia cómo fue
que le crecieron a nuestro amor tantos nenúfares
y a la vez dándome por fin perfecta cuenta
de que la soledad siempre ha sido una flor seca
que alguien se dejó olvidada en un ojal.
Y es que aunque yo nunca he estado en Praga
le sueño —ya lo ves— jardindes, tranvías,
baile y despedida y cosas parecidas;
y sueño también que con tan frágil materia
un día hago un poema, que tú lo lees
y que con cualquier motivo me traes —sorpresa—
dos billetes de tren para el sitio
que me ha dado por llamar de esta manera
y que entonces yo tengo que aúnar
afecto y paciencia para decirte aquello
de no despertéis al amor con vuestros pasos,
aquello que no sé ahora quién lo ha escrito
pero sí que dice distinto según el ánimo o el día
y que quizá simplemente es —¿lo entiendes
ya, estúpida mía?— aquello mismo.
escaparates llenos de temblorosos misterios y también
que los tranvías se alejan justo con la extraña forma
que cursi como soy siempre me ha hecho
llorar por los falsos recuerdos.
Si llega la noche populoso soy y la atravieso
o me pierdo en una fiesta y no entiendo
por qué estoy ante las ventanas
que se esconden en las anónimas piernas
preguntándome con insistencia cómo fue
que le crecieron a nuestro amor tantos nenúfares
y a la vez dándome por fin perfecta cuenta
de que la soledad siempre ha sido una flor seca
que alguien se dejó olvidada en un ojal.
Y es que aunque yo nunca he estado en Praga
le sueño —ya lo ves— jardindes, tranvías,
baile y despedida y cosas parecidas;
y sueño también que con tan frágil materia
un día hago un poema, que tú lo lees
y que con cualquier motivo me traes —sorpresa—
dos billetes de tren para el sitio
que me ha dado por llamar de esta manera
y que entonces yo tengo que aúnar
afecto y paciencia para decirte aquello
de no despertéis al amor con vuestros pasos,
aquello que no sé ahora quién lo ha escrito
pero sí que dice distinto según el ánimo o el día
y que quizá simplemente es —¿lo entiendes
ya, estúpida mía?— aquello mismo.
410
Santiago Montobbio
La Caligrafía Del Amor
La caligrafía del amor está hecha de mariposas y de sangre,
mientras se redondea una o masculla un lobo, en el palito de la «t» un tonto jazmín suspira,
y asimismo hay que decir que la caligrafía del amor se parece a la de la vida
porque es bastante más que extraña, que la caligrafía y el amor
son peores que la tristeza y que la lluvia, mucho peores, sí,
y que ningún destino es tan horrible y tan hermoso
como el de quienes se envían sueños de pechos y cinturas
aprisionados bajo sellos de diecisiete o sesenta y pico pesetas
—eso depende de la urgencia, también del sitio—
y que en los abortados celofanes del adiós y sus distancias
con gran terquedad fingen creer que para cosas como éstas
aún resulta mínimamente útil el correo.
Desde luego: la caligrafía del amor está hecha de mariposas y de sangre,
mientras se redondea una o sí que más de una vez masculla un lobo, etcétera.
Pero no me habléis de eso, de eso no me digáis nada, por favor,
nada de nada. Porque en tiempos como ése yo llegué a estar muerto
varias veces en un día, y por otra parte muy bien sé
que no existe mayor ruina
que la de saberse condenado al extrañísimo oficio
del ir sin ningún eco levantando
innumerables actas de cómo
tu propia vida te fracasa.
mientras se redondea una o masculla un lobo, en el palito de la «t» un tonto jazmín suspira,
y asimismo hay que decir que la caligrafía del amor se parece a la de la vida
porque es bastante más que extraña, que la caligrafía y el amor
son peores que la tristeza y que la lluvia, mucho peores, sí,
y que ningún destino es tan horrible y tan hermoso
como el de quienes se envían sueños de pechos y cinturas
aprisionados bajo sellos de diecisiete o sesenta y pico pesetas
—eso depende de la urgencia, también del sitio—
y que en los abortados celofanes del adiós y sus distancias
con gran terquedad fingen creer que para cosas como éstas
aún resulta mínimamente útil el correo.
Desde luego: la caligrafía del amor está hecha de mariposas y de sangre,
mientras se redondea una o sí que más de una vez masculla un lobo, etcétera.
Pero no me habléis de eso, de eso no me digáis nada, por favor,
nada de nada. Porque en tiempos como ése yo llegué a estar muerto
varias veces en un día, y por otra parte muy bien sé
que no existe mayor ruina
que la de saberse condenado al extrañísimo oficio
del ir sin ningún eco levantando
innumerables actas de cómo
tu propia vida te fracasa.
441
Santiago Montobbio
Sólo Un Nombre Podría Llevar La Dedicatoria
Supongo que por ser casi lo único que estaba abierto los domingos
en el acuario municipal que están estos días derribando
habíamos pasado no sé qué desmesurado número de tardes,
y recuerdo cómo sólo llegar nos dirigíamos
a saludar a tío Alfonso convertido en un besugo,
aquel besugo afable, exacto a él y que creíamos
que a la fuerza tenía ya que conocernos.
El tiempo del que hablo era entonces tan extraño
que aún no se habían inventado
esas modernas variantes de los parkings
que creo que se llaman guarderías, y si me esforzara
podría de mañanas y tardes trazar un prolija geografía
—la catedral y los paseos, la feria de belenes y de libros,
jardines cerca de las autopistas o autos de choque
o museos infinitos: calles, rosas y cuadros
probablemente más hermosos pero también
un poquitín más aburridos que el besugo—.
Pero no me interesa y entonces no me esfuerzo.
Porque más que eso son los pequeños y diarios infiernos
que salpican lo que se dice una vida de familia,
ese modo de estar siempre un cazador oculto y fiero en casa
y los insoportables ritos de la estupidez y de la histeria
de los que muy pronto tuve que aprender
a huir íntimamente, para seguir viviendo,
lo que siempre recuerdo y lo que me hace pensar siempre
que puede no haber modo más titánico de ganarse a pulso el cielo
ni oficio más gravoso que el buen oficio de ser madre
y pensar también que cuando pienso eso mejor es que me calle
sino quiero acabar enhebrando una con otra las cursilerías
y más que nada estar convencido de que si algún día consiguiera
cifrar en un cuadri, en media página o en cualquier otra
imposible forma del tiempo o de la música
alguna sombra de mi despedazada vida
sólo un nombre podría llevar la dedicatoria.
en el acuario municipal que están estos días derribando
habíamos pasado no sé qué desmesurado número de tardes,
y recuerdo cómo sólo llegar nos dirigíamos
a saludar a tío Alfonso convertido en un besugo,
aquel besugo afable, exacto a él y que creíamos
que a la fuerza tenía ya que conocernos.
El tiempo del que hablo era entonces tan extraño
que aún no se habían inventado
esas modernas variantes de los parkings
que creo que se llaman guarderías, y si me esforzara
podría de mañanas y tardes trazar un prolija geografía
—la catedral y los paseos, la feria de belenes y de libros,
jardines cerca de las autopistas o autos de choque
o museos infinitos: calles, rosas y cuadros
probablemente más hermosos pero también
un poquitín más aburridos que el besugo—.
Pero no me interesa y entonces no me esfuerzo.
Porque más que eso son los pequeños y diarios infiernos
que salpican lo que se dice una vida de familia,
ese modo de estar siempre un cazador oculto y fiero en casa
y los insoportables ritos de la estupidez y de la histeria
de los que muy pronto tuve que aprender
a huir íntimamente, para seguir viviendo,
lo que siempre recuerdo y lo que me hace pensar siempre
que puede no haber modo más titánico de ganarse a pulso el cielo
ni oficio más gravoso que el buen oficio de ser madre
y pensar también que cuando pienso eso mejor es que me calle
sino quiero acabar enhebrando una con otra las cursilerías
y más que nada estar convencido de que si algún día consiguiera
cifrar en un cuadri, en media página o en cualquier otra
imposible forma del tiempo o de la música
alguna sombra de mi despedazada vida
sólo un nombre podría llevar la dedicatoria.
375
Santiago Montobbio
Jorge Folch (1926-1948)
Había suficientes parras en tus párpados
para dormir al sol, si así te parecía:
yo sé que sabías eso y también que yo recorro
las mismas calles que cruzaste intentando
convertirlas en múltiple escenario de ti mismo,
las noches que volviste mosaico de ocios o de sueños,
antiguas piezas únicas hechas de alcantarillas dominadas,
de cementerios asaltados, un solo desierto o arco
tensado para extremar, para extremar en lo posible
y hasta el fin la vida. Y yo sé, yo te acompaño
o te conozco sabiendo sobre todo que quisiste
ser hijo de un pretor de Tarragona,
llamarte Creso Libio, nacer de una uva azul
y ser el sátiro y el mago y varios faunos
y que a través de extraños poemas sólo tuyos
conseguiste serlo antes que el agua
a los veintiún años te negara
la vida y las palabras. (No sabes cuántas veces
he repasado tus ojos y tus manos mientras
inútilmente buscaban salir de la cisterna
ni cómo he maldecido el por qué no pensaste
que había llovido quizá demasiado).
Y aunque cuarenta años pasan como nada
cuarenta forma el estúpido espacio
que nos separa —cuarenta de tu alumbramiento
al mío, casi cuarenta de tu muerte a ahora.
Pero mentirá quien diga que no nos hemos conocido.
Porque más allá de las ciudades y la sangre,
de verso en verso alguna vez
se anula el tiempo —o quizá soy yo, que te recuerdo.
para dormir al sol, si así te parecía:
yo sé que sabías eso y también que yo recorro
las mismas calles que cruzaste intentando
convertirlas en múltiple escenario de ti mismo,
las noches que volviste mosaico de ocios o de sueños,
antiguas piezas únicas hechas de alcantarillas dominadas,
de cementerios asaltados, un solo desierto o arco
tensado para extremar, para extremar en lo posible
y hasta el fin la vida. Y yo sé, yo te acompaño
o te conozco sabiendo sobre todo que quisiste
ser hijo de un pretor de Tarragona,
llamarte Creso Libio, nacer de una uva azul
y ser el sátiro y el mago y varios faunos
y que a través de extraños poemas sólo tuyos
conseguiste serlo antes que el agua
a los veintiún años te negara
la vida y las palabras. (No sabes cuántas veces
he repasado tus ojos y tus manos mientras
inútilmente buscaban salir de la cisterna
ni cómo he maldecido el por qué no pensaste
que había llovido quizá demasiado).
Y aunque cuarenta años pasan como nada
cuarenta forma el estúpido espacio
que nos separa —cuarenta de tu alumbramiento
al mío, casi cuarenta de tu muerte a ahora.
Pero mentirá quien diga que no nos hemos conocido.
Porque más allá de las ciudades y la sangre,
de verso en verso alguna vez
se anula el tiempo —o quizá soy yo, que te recuerdo.
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