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Teresa de Ávila

Teresa de Ávila

Super Flumina Babylonis

Encima de las corrientes
que en Babilonia hallava
allí me senté llorando
allí la tierra regava
acordándome de ti
¡o Sión! a quien amava
era dulce tu memoria,
y con ella más llorava.
Dexé los traxes de fiesta
los de trabaxo tomava
y colgué en los verdes sauzes
la música que llevaba
puniéndola en esperança
de aquello que en ti esperava.
Allí me hyrió el amor
y el coraçón me sacava.
Díxele que me matase
pues de tal suerte llagava
yo me metía en su fuego
sabiendo que me abrasava
desculpando el avezica
que en el fuego se acababa
estávame en mí muriendo
y en ti solo respirava
en mí por ti me moría
y por ti resucitava
que la memoria de ti
daba vida y la quitava.
Gozábanse los estraños
entre quien cautivo estava.
Preguntávanme cantares
de lo que en Sión cantava
—Canta de Sión un hynno
veamos cómo sonava.
—Dezid, ¿cómo en tierra ajena
donde por Sión llorava
cantaré yo la alegría
que en Sión se me quedava?
Echaríala en olbido
si en la ajena me gozava.
Con mi paladar se junte
la lengua con que hablava
si de ti yo me olbidare
en la tierra do morava.
Sión por los verdes ramos
que Babilonia me dava
de mí se olbide mi diestra
que es lo que en ti más amava
si de ti no me acordare
en lo que más me gozava
y si yo tuviere fiesta
y sin ti la festejava.
¡O hija de Babilonia
mísera y desventurada!
Bienaventurado era
aquel en quien confiava
que te a de dar el castigo
que de tu mano llevava
y juntará sus pequeños
y a mí, porque en ti esperava
a la piedra que era Christo
por el qual yo te dexaba.


Debetur soli gloria vera Deo
474
Salvador Díaz Mirón

Salvador Díaz Mirón

A Margarita

¡Qué radiosa es tu faz blanca y tranquila
bajo el dosel de tu melena blonda!
¡Qué abismo tan profundo tu pupila,
pérfida y azulada como la onda!

El fulgor soñoliento que destella
en tus ojos donde hay siempre un reproche
viene cual la mirada de la estrella
de un cielo ennegrecido por la noche.

Tu rojo labio en que la abeja sacia
su sed de miel, de aroma y embeleso,
ha sido modelada por la gracia
más para la oración que para el beso.

Tu voz que ora es aguda y ora grave,
llena de gratitud suena en mi oído,
como el saludo arrullador del ave
al sol naciente que despierta el nido.

La palabra mordaz y libertina,
en tu boca que el ósculo consume,
es una flor de punzadora espina
pero que tiene mágico perfume.

Tu discurso es amargo, licencioso
y repugnante, pero —¡extraño ejemplo!—
tu acento es dulce, arrullador y suave
como el canto del órgano en el templo.

Y tu voz a cuyo eco me emociono
lastima al mismo tiempo que recrea,
es el canto de un ángel por el tono
y el habla de un demonio por la idea.

Tu mano esconde un cetro: el albo lirio,
y fue tallada con primor no escaso
más para la limosna y para el cirio
que para la caricia y para el vaso.

Tu cuerpo... ¡que a menudo la locura
rasgó ante mí tus hábitos discretos,
y tu estatuaria y lúbrica hermosura
me reveló sus íntimos secretos!

¡Cuántas veces a la hora del tocado
penetré hasta tu estancia encantadora!
Y en un tibio misterio plateado
por una claridad como de aurora,

te hallé al salir del agua derramando
un rocío de líquidos cambiantes:
escultura de nieve comenzando
a deshelarse y a verter diamantes.

Y vi a la sierva que te adorna y peina
ajustar con destreza cuidadosa
tu magnífica túnica de reina
a tu soberbia desnudez de diosa.

¿Qué miseria, qué afán o qué flaqueza
te arrojó del edén, Eva proscrita?
¿Qué Fausto asió tu virginal belleza
y la acostó en el fango, Margarita?

Inexplicable suerte, buena o mala
la que a ti me llevó y a mí te trajo,
nuestro insensato amor es una escala
y por ella tú asciendes y yo bajo.

Oculta y sola mi pasión huraña
crece en mi corazón herido y yerto,
oculta como el cáncer en la entraña
sola como la palma en el desierto.
1.536
Salvador Díaz Mirón

Salvador Díaz Mirón

A Margarita

¡Qué radiosa es tu faz blanca y tranquila
bajo el dosel de tu melena blonda!
¡Qué abismo tan profundo tu pupila,
pérfida y azulada como la onda!

El fulgor soñoliento que destella
en tus ojos donde hay siempre un reproche
viene cual la mirada de la estrella
de un cielo ennegrecido por la noche.

Tu rojo labio en que la abeja sacia
su sed de miel, de aroma y embeleso,
ha sido modelada por la gracia
más para la oración que para el beso.

Tu voz que ora es aguda y ora grave,
llena de gratitud suena en mi oído,
como el saludo arrullador del ave
al sol naciente que despierta el nido.

La palabra mordaz y libertina,
en tu boca que el ósculo consume,
es una flor de punzadora espina
pero que tiene mágico perfume.

Tu discurso es amargo, licencioso
y repugnante, pero —¡extraño ejemplo!—
tu acento es dulce, arrullador y suave
como el canto del órgano en el templo.

Y tu voz a cuyo eco me emociono
lastima al mismo tiempo que recrea,
es el canto de un ángel por el tono
y el habla de un demonio por la idea.

Tu mano esconde un cetro: el albo lirio,
y fue tallada con primor no escaso
más para la limosna y para el cirio
que para la caricia y para el vaso.

Tu cuerpo... ¡que a menudo la locura
rasgó ante mí tus hábitos discretos,
y tu estatuaria y lúbrica hermosura
me reveló sus íntimos secretos!

¡Cuántas veces a la hora del tocado
penetré hasta tu estancia encantadora!
Y en un tibio misterio plateado
por una claridad como de aurora,

te hallé al salir del agua derramando
un rocío de líquidos cambiantes:
escultura de nieve comenzando
a deshelarse y a verter diamantes.

Y vi a la sierva que te adorna y peina
ajustar con destreza cuidadosa
tu magnífica túnica de reina
a tu soberbia desnudez de diosa.

¿Qué miseria, qué afán o qué flaqueza
te arrojó del edén, Eva proscrita?
¿Qué Fausto asió tu virginal belleza
y la acostó en el fango, Margarita?

Inexplicable suerte, buena o mala
la que a ti me llevó y a mí te trajo,
nuestro insensato amor es una escala
y por ella tú asciendes y yo bajo.

Oculta y sola mi pasión huraña
crece en mi corazón herido y yerto,
oculta como el cáncer en la entraña
sola como la palma en el desierto.
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