Poemas en este tema
Otros
Oliverio Girondo
El Pentatotal A Qué
Lo no moroso al toque
el consonar a qué la sexta nota
los hubieron posesos
los sofocos del bis a bis acoplo de sorbentes subósculos
los erosismos dérmicos
los espiribuceos
el ir a qué con meta
los refrotes fortuitos del gravitar a qué con cuanta larva en
tedio languilate en los cubos del miasma
los tantos otros otros
la sed a qué
las equis
las instancias del vértigo
el gusto a qué desnudo
los tententedio tercos del infierneo en familia
las idóneas exnúbiles
el darse a dar a qué
el re la mi sin fin
los complejos velados
el decomiso aseto
los tejidos tejidos en el diario presidio de la sangre.
los necrococopiensos con ancestros de polvo
el “to be” a qué
o el “not to be” a qué
la suma lenta merma
la recontra
los avernitos íntimos
el ascopez paqué
cualquier a qué cualquiera
el pluriaqué
a qué
el pentatotal a qué
a qué
a qué
a qué
y sin embargo
el consonar a qué la sexta nota
los hubieron posesos
los sofocos del bis a bis acoplo de sorbentes subósculos
los erosismos dérmicos
los espiribuceos
el ir a qué con meta
los refrotes fortuitos del gravitar a qué con cuanta larva en
tedio languilate en los cubos del miasma
los tantos otros otros
la sed a qué
las equis
las instancias del vértigo
el gusto a qué desnudo
los tententedio tercos del infierneo en familia
las idóneas exnúbiles
el darse a dar a qué
el re la mi sin fin
los complejos velados
el decomiso aseto
los tejidos tejidos en el diario presidio de la sangre.
los necrococopiensos con ancestros de polvo
el “to be” a qué
o el “not to be” a qué
la suma lenta merma
la recontra
los avernitos íntimos
el ascopez paqué
cualquier a qué cualquiera
el pluriaqué
a qué
el pentatotal a qué
a qué
a qué
a qué
y sin embargo
696
Oliverio Girondo
Hay Que Buscarlo
En la eropsiquis plena de húespedes entonces meandros de espera
ausencia
enlunadados muslos de estival epicentro
tumultos extradérmicos
excoriaciones fiebre de noche que burmúa
y aola aola aola
al abrirse las venas
con un pezlampo inmerso en la nuca del sueño hay que buscarlo
al poema
Hay que buscarlo dentro de los plesorbos de ocio
desnudo
desquejido
sin raíces de amnesia
en los lunihemisferios de reflujos de coágulos de espuma de
medusas de arena de los senos o tal vez en andenes con aliento a zorrino
y a rumiante distancia de santas madres vacas
hincadas
sin aureola
ante charcos de lágrimas que cantan
con un pezvelo en trance debajo de la lengua hay que buscarlo
al poema
Hay que buscarlo ignífero superimpuro leso
lúcido beodo
inobvio
entre epitelios de alba o resacas insomnes de soledad en creciente
antes que se dilate la pupila del cero
mientras lo endoinefable encandece los labios de subvoces que brotan
del intrafondo eufónico
con un pezgrifo arco iris en la mínima plaza de la frente hay
que buscarlo
al poema
ausencia
enlunadados muslos de estival epicentro
tumultos extradérmicos
excoriaciones fiebre de noche que burmúa
y aola aola aola
al abrirse las venas
con un pezlampo inmerso en la nuca del sueño hay que buscarlo
al poema
Hay que buscarlo dentro de los plesorbos de ocio
desnudo
desquejido
sin raíces de amnesia
en los lunihemisferios de reflujos de coágulos de espuma de
medusas de arena de los senos o tal vez en andenes con aliento a zorrino
y a rumiante distancia de santas madres vacas
hincadas
sin aureola
ante charcos de lágrimas que cantan
con un pezvelo en trance debajo de la lengua hay que buscarlo
al poema
Hay que buscarlo ignífero superimpuro leso
lúcido beodo
inobvio
entre epitelios de alba o resacas insomnes de soledad en creciente
antes que se dilate la pupila del cero
mientras lo endoinefable encandece los labios de subvoces que brotan
del intrafondo eufónico
con un pezgrifo arco iris en la mínima plaza de la frente hay
que buscarlo
al poema
756
Oliverio Girondo
Recién Entonces
Si el engaste
el subsobo
los trueques toques topos
las malacras
el desove
los topes
si el egohueco herniado
el covaciarse a cero
los elencos del asco
las acreencias
los finitos afines pudiesen menos
si no expudieran casi los escarbes vitales
el hartazgo en cadena
lo posmascado pálido
si el final torvo sorbo de luz niebla de ahogo no antepudiese tanto
ah
el verdever
el todo ver quizás en libre aleo el ser
el puro ser sin hojas ya sin costas ni ondas locas ni recontras
sólo su ámbito solo
recién
quizás
recién entonces
el subsobo
los trueques toques topos
las malacras
el desove
los topes
si el egohueco herniado
el covaciarse a cero
los elencos del asco
las acreencias
los finitos afines pudiesen menos
si no expudieran casi los escarbes vitales
el hartazgo en cadena
lo posmascado pálido
si el final torvo sorbo de luz niebla de ahogo no antepudiese tanto
ah
el verdever
el todo ver quizás en libre aleo el ser
el puro ser sin hojas ya sin costas ni ondas locas ni recontras
sólo su ámbito solo
recién
quizás
recién entonces
698
Oliverio Girondo
Islas Sólo De Sangre
Serán videntes demasiado nadie
colindantes opacos
orígenes del tedio al ritmo gota
topes digo que ingieren el desgano con distinta apariencia
Son borra viva cato descompases tirito de la sangre
Un poco nubecosa entre sienes de ensayo
y algo mucho por cierto indiscernible esqueleteando el aire
dados ay en derrumbe hacia el final desvío de ya herbosos durmientes
paralelos
son estertores malacordes óleos espejismos terrenos
milagro intuyo vermes
casi llanto que rema
de la sangre
Sus remordidas grietas
laxas fibras orates en desparpada fiebre musito por mi doble
son pedales sin olas
huecos intransitivos entre burbujas madres
grifosones infiero aunque me duela
islas sólo de sangre
colindantes opacos
orígenes del tedio al ritmo gota
topes digo que ingieren el desgano con distinta apariencia
Son borra viva cato descompases tirito de la sangre
Un poco nubecosa entre sienes de ensayo
y algo mucho por cierto indiscernible esqueleteando el aire
dados ay en derrumbe hacia el final desvío de ya herbosos durmientes
paralelos
son estertores malacordes óleos espejismos terrenos
milagro intuyo vermes
casi llanto que rema
de la sangre
Sus remordidas grietas
laxas fibras orates en desparpada fiebre musito por mi doble
son pedales sin olas
huecos intransitivos entre burbujas madres
grifosones infiero aunque me duela
islas sólo de sangre
616
Oliverio Girondo
Aridandantemente
Sigo
solo me sigo
y en otro absorto otro beodo lodo baldío
por neuroyertos rumbos horas opio desfondes
me persigo
junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas
entre fugaces muertes sin memoria
y a tantos otros otros grasos ceros costrudos que me opan
mientras sigo y me sigo
y me recontrasigo
de un extremo a otro estero
aridandantemente
sin estar ya conmigo ni ser un otro otro
solo me sigo
y en otro absorto otro beodo lodo baldío
por neuroyertos rumbos horas opio desfondes
me persigo
junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas
entre fugaces muertes sin memoria
y a tantos otros otros grasos ceros costrudos que me opan
mientras sigo y me sigo
y me recontrasigo
de un extremo a otro estero
aridandantemente
sin estar ya conmigo ni ser un otro otro
686
Oliverio Girondo
Noche Tótem
Son los trasfondos otros de la in extremis médium
que es la noche al entreabrir los huesos
las mitoformas otras
aliardidas presencias semimorfas
sotopausas sosoplos
de la enllagada líbido posesa
que es la noche sin vendas
son las grislumbres otras tras esmeriles párpados videntes
los atónitos yesos de lo inmóvil ante el refluido herido
interrogante
que es la noche ya lívida
son las cribadas voces
las suburbanas sangres de la ausencia de remansos omóplatos
las agrinsomnes dragas hambrientas del ahora con su limo de nada
los idos pasos otros de la incorpórea ubicua también
otra escarbando lo incierto
que puede ser la muerte con su demente célibe muleta
y es la noche
y deserta
que es la noche al entreabrir los huesos
las mitoformas otras
aliardidas presencias semimorfas
sotopausas sosoplos
de la enllagada líbido posesa
que es la noche sin vendas
son las grislumbres otras tras esmeriles párpados videntes
los atónitos yesos de lo inmóvil ante el refluido herido
interrogante
que es la noche ya lívida
son las cribadas voces
las suburbanas sangres de la ausencia de remansos omóplatos
las agrinsomnes dragas hambrientas del ahora con su limo de nada
los idos pasos otros de la incorpórea ubicua también
otra escarbando lo incierto
que puede ser la muerte con su demente célibe muleta
y es la noche
y deserta
687
Oliverio Girondo
Canes Más Que Finales
Sombracanes
pregárgolas sangrías
canes pluslagrimales
entre bastardos roces contelúricos de muy ausentes márgenes
Ascuacanes ninfómanos pregono
con ululado ahinco
que malciernen inhímenes posueños de podrelengua amante
Canes viables apenas dilucido tras la yerta penumbra acribillada por
sus arpones rabos al rojo interrogante
cuando el gris hondo enhiedra sus muy amustios huéspedes en
subpisos estrábicos
Intradérmicos canes posesivos de malceñidas células vigías
canes íncubos menos del total despellejo
entre finales canes inhalados rubrico
por la Nada
pregárgolas sangrías
canes pluslagrimales
entre bastardos roces contelúricos de muy ausentes márgenes
Ascuacanes ninfómanos pregono
con ululado ahinco
que malciernen inhímenes posueños de podrelengua amante
Canes viables apenas dilucido tras la yerta penumbra acribillada por
sus arpones rabos al rojo interrogante
cuando el gris hondo enhiedra sus muy amustios huéspedes en
subpisos estrábicos
Intradérmicos canes posesivos de malceñidas células vigías
canes íncubos menos del total despellejo
entre finales canes inhalados rubrico
por la Nada
718
Oliverio Girondo
Tropos
Toco
toco poros
amarras
calas toco
teclas de nervios
muelles
tejidos que me tocan
cicatrices
cenizas
trópicos vientres toco
solos solos
resacas
estertores
toco y mastoco
y nada
Prefiguras de ausencia
inconsistentes tropos
qué tú
qué qué
qué quenas
qué hondonadas
qué máscaras
qué soledades huecas
qué sí qué no
qué sino que me destempla el toque
qué reflejos
qué fondos
qué materiales brujos
qué llaves
qué ingredientes nocturnos
qué fallebas heladas que no abren
qué nada toco
en todo
toco poros
amarras
calas toco
teclas de nervios
muelles
tejidos que me tocan
cicatrices
cenizas
trópicos vientres toco
solos solos
resacas
estertores
toco y mastoco
y nada
Prefiguras de ausencia
inconsistentes tropos
qué tú
qué qué
qué quenas
qué hondonadas
qué máscaras
qué soledades huecas
qué sí qué no
qué sino que me destempla el toque
qué reflejos
qué fondos
qué materiales brujos
qué llaves
qué ingredientes nocturnos
qué fallebas heladas que no abren
qué nada toco
en todo
875
Oliverio Girondo
La Mezcla
No sólo
el fofo fondo
los ebrios lechos légamos telúricos entre fanales senos
y sus líquenes
no sólo el solicroo
las prefugas
lo impar ido
el ahonde
el tacto incauto solo
los acordes abismos de los órganos sacros del orgasmo
el gusto al riesgo en brote
al rito negro al alba con su esperezo lleno de gorriones
ni tampoco el regosto
los suspiritos sólo
ni el fortuito dial sino
o los autosondeos en pleno plexo trópico
ni las exellas menos ni el endédalo
sino la viva mezcla
la total mezcla plena
la pura impura mezcla que me merme los machimbres el almamasa tensa
las tercas hembras tuercas
la mezcla
sí
la mezcla con que adherí mis puentes
el fofo fondo
los ebrios lechos légamos telúricos entre fanales senos
y sus líquenes
no sólo el solicroo
las prefugas
lo impar ido
el ahonde
el tacto incauto solo
los acordes abismos de los órganos sacros del orgasmo
el gusto al riesgo en brote
al rito negro al alba con su esperezo lleno de gorriones
ni tampoco el regosto
los suspiritos sólo
ni el fortuito dial sino
o los autosondeos en pleno plexo trópico
ni las exellas menos ni el endédalo
sino la viva mezcla
la total mezcla plena
la pura impura mezcla que me merme los machimbres el almamasa tensa
las tercas hembras tuercas
la mezcla
sí
la mezcla con que adherí mis puentes
801
Oliverio Girondo
¿que Las Poleas Ya No Se Contentan Con Devorar Millares
19
¿Que las poleas ya no se contentan con devorar millares y
millares de dedos meñiques? ¿Que las máquinas de
coser amenazan zurcirnos hasta los menores intersticios? ¿Que la
depravación de las esferas terminará por degradar a la
geometría?
Es bastante intranquilizador —sin duda alguna— comprobar que no existe
ni una hectárea sobre la superficie de la tierra que no encubra
cuatro docenas de cadáveres; pero de allí a considerarse
una simple carnaza de microbios... a no concebir otra aspiración
que la de recibirse de calavera...
Lo cotidiano podrá ser una manifestación modesta dejo
absurdo, pero aunque Dios —reencarnado en algún sacamuelas— nos
obligara a localizar todas nuestras esperanzas en los escarbadientes,
la vida no dejaría de ser, por eso, una verdadera maravilla.
¿Qué nos importa que los cadáveres se descompongan
con mucha más facilidad que los automóviles?
¿Qué nos importa que familias enteras —¡llenas de
señoritas!— fallezcan por su excesivo amor a los hongos
silvestres?...
El solo hecho de poseer un hígado y dos riñones
¿no justificaría que nos pasáramos los días
aplaudiendo a la vida y a nosotros mismos? ¿Y no basta con abrir
los ojos y mirar, para convencerse que la realidad es, en realidad, el
más auténtico de los milagros?
Cuando se tienen los nervios bien templados, el espectáculo
más insignificante —una mujer que se detiene, un perro que
husmea una pared— resulta algo tan inefable... es tal el cúmulo
de coincidencias, de circunstancias que se requieren —por ejemplo— para
que dos moscas aterricen y se reproduzcan sobre una calva, que se
necesita una impermeabilidad de cocodrilo para no sufrir, al
comprobarlo, un verdadero síncope de admiración.
De ahí ese amor, esa gratitud enorme que siento por la vida,
esas ganas de lamerla constantemente, esos ímpetus de
prosternación ante cualquier cosa... ante las estatuas
ecuestres, ante los tachos de basura...
De ahí ese optimismo de pelota de goma que me hace reír,
a carcajadas, del esqueleto de las bicicletas, de los ataques al
hígado de los limones; esa alegría que me incita a
rebotar en todas las fachadas, en todas las ideas, a salir corriendo
—desnudo!— por los alrededores para hacerles cosquillas a los
gasómetros... a los cementerios....
Días, semanas enteras, en que no logra intranquilizarme ni la
sospecha de que a las mujeres les pueda nacer un taxímetro entre
los senos.
Momentos de tal fervor, de tal entusiasmo, que me lo encuentro a Dios
en todas partes, al doblar las esquinas, en los cajones de las mesas de
luz, entre las hojas de los libros y en que, a pesar de los esfuerzos
que hago por contenerme, tengo que arrodillarme en medio de la calle,
para gritar con una voz virgen y ancestral:
“¡Viva el esperma... aunque yo perezca!”
¿Que las poleas ya no se contentan con devorar millares y
millares de dedos meñiques? ¿Que las máquinas de
coser amenazan zurcirnos hasta los menores intersticios? ¿Que la
depravación de las esferas terminará por degradar a la
geometría?
Es bastante intranquilizador —sin duda alguna— comprobar que no existe
ni una hectárea sobre la superficie de la tierra que no encubra
cuatro docenas de cadáveres; pero de allí a considerarse
una simple carnaza de microbios... a no concebir otra aspiración
que la de recibirse de calavera...
Lo cotidiano podrá ser una manifestación modesta dejo
absurdo, pero aunque Dios —reencarnado en algún sacamuelas— nos
obligara a localizar todas nuestras esperanzas en los escarbadientes,
la vida no dejaría de ser, por eso, una verdadera maravilla.
¿Qué nos importa que los cadáveres se descompongan
con mucha más facilidad que los automóviles?
¿Qué nos importa que familias enteras —¡llenas de
señoritas!— fallezcan por su excesivo amor a los hongos
silvestres?...
El solo hecho de poseer un hígado y dos riñones
¿no justificaría que nos pasáramos los días
aplaudiendo a la vida y a nosotros mismos? ¿Y no basta con abrir
los ojos y mirar, para convencerse que la realidad es, en realidad, el
más auténtico de los milagros?
Cuando se tienen los nervios bien templados, el espectáculo
más insignificante —una mujer que se detiene, un perro que
husmea una pared— resulta algo tan inefable... es tal el cúmulo
de coincidencias, de circunstancias que se requieren —por ejemplo— para
que dos moscas aterricen y se reproduzcan sobre una calva, que se
necesita una impermeabilidad de cocodrilo para no sufrir, al
comprobarlo, un verdadero síncope de admiración.
De ahí ese amor, esa gratitud enorme que siento por la vida,
esas ganas de lamerla constantemente, esos ímpetus de
prosternación ante cualquier cosa... ante las estatuas
ecuestres, ante los tachos de basura...
De ahí ese optimismo de pelota de goma que me hace reír,
a carcajadas, del esqueleto de las bicicletas, de los ataques al
hígado de los limones; esa alegría que me incita a
rebotar en todas las fachadas, en todas las ideas, a salir corriendo
—desnudo!— por los alrededores para hacerles cosquillas a los
gasómetros... a los cementerios....
Días, semanas enteras, en que no logra intranquilizarme ni la
sospecha de que a las mujeres les pueda nacer un taxímetro entre
los senos.
Momentos de tal fervor, de tal entusiasmo, que me lo encuentro a Dios
en todas partes, al doblar las esquinas, en los cajones de las mesas de
luz, entre las hojas de los libros y en que, a pesar de los esfuerzos
que hago por contenerme, tengo que arrodillarme en medio de la calle,
para gritar con una voz virgen y ancestral:
“¡Viva el esperma... aunque yo perezca!”
648
Oliverio Girondo
Me Estrechaba Entre Sus Brazos Chatos Y Se Adhería A Mi Cuerpo
17
Me estrechaba entre sus brazos chatos y se adhería a mi cuerpo,
con una violenta viscosidad de molusco. Una secreción pegajosa
me iba envolviendo, poco a poco, hasta lograr inmovilizarme. De cada
uno de sus poros surgía una especie de uña que me
perforaba la epidermis. Sus senos comenzaban a hervir. Una
exudación fosforescente le iluminaba el cuello, las caderas;
hasta que su sexo —lleno de espinas y de tentáculos— se
incrustaba en mi sexo, precipitándome en una serie de espasmos
exasperantes.
Era inútil que le escupiese en los párpados, en las
concavidades de la nariz. Era inútil que le gritara mi odio y mi
desprecio. Hasta que la última gota de esperma no se me
desprendía de la nuca, para perforarme el espinazo como una gota
de lacre derretido, sus encías continuaban sorbiendo mi
desesperación; y antes de abandonarme me dejaba sus millones de
uñas hundidas en la carne y no tenía otro remedio que
pasarme la noche arrancándomelas con unas pinzas, para poder
echarme una gota de yodo en cada una de las heridas...
¡Bonita fiesta la de ser un durmiente que usufructúa de la
predilección de los súcubos!
Me estrechaba entre sus brazos chatos y se adhería a mi cuerpo,
con una violenta viscosidad de molusco. Una secreción pegajosa
me iba envolviendo, poco a poco, hasta lograr inmovilizarme. De cada
uno de sus poros surgía una especie de uña que me
perforaba la epidermis. Sus senos comenzaban a hervir. Una
exudación fosforescente le iluminaba el cuello, las caderas;
hasta que su sexo —lleno de espinas y de tentáculos— se
incrustaba en mi sexo, precipitándome en una serie de espasmos
exasperantes.
Era inútil que le escupiese en los párpados, en las
concavidades de la nariz. Era inútil que le gritara mi odio y mi
desprecio. Hasta que la última gota de esperma no se me
desprendía de la nuca, para perforarme el espinazo como una gota
de lacre derretido, sus encías continuaban sorbiendo mi
desesperación; y antes de abandonarme me dejaba sus millones de
uñas hundidas en la carne y no tenía otro remedio que
pasarme la noche arrancándomelas con unas pinzas, para poder
echarme una gota de yodo en cada una de las heridas...
¡Bonita fiesta la de ser un durmiente que usufructúa de la
predilección de los súcubos!
615
Oliverio Girondo
Llorar A Lágrima Viva Llorar A Chorros
18
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los
cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los
cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
727
Oliverio Girondo
A Unos Les Gusta El Alpinismo A Otros Les Entretiene El Dominó
16
A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó.
A mí me encanta la transmigración.
Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o
pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de
un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.
Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la
brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la
primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy
pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.
¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de
sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser
tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de
raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace
cosquillas!
Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho?
Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear
el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el
carro”?...
Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la
virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde
la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.
Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas
sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.
Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo
personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes
con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno
campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.
¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la
satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los
remansos.... y de los camaleones!...
¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los
hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es
posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no
necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los
de las madreselvas?
Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil,
jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un
mismo esqueleto y un mismo sexo.
Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!—
el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más
larga y más aburrida que cualquier otra?
Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin
esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no
estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más
importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que
me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó.
A mí me encanta la transmigración.
Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o
pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de
un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.
Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la
brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la
primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy
pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.
¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de
sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser
tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de
raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace
cosquillas!
Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho?
Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear
el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el
carro”?...
Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la
virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde
la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.
Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas
sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.
Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo
personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes
con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno
campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.
¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la
satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los
remansos.... y de los camaleones!...
¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los
hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es
posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no
necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los
de las madreselvas?
Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil,
jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un
mismo esqueleto y un mismo sexo.
Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!—
el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más
larga y más aburrida que cualquier otra?
Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin
esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no
estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más
importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que
me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
642
Oliverio Girondo
Exigió Que Sus Esclavos Le Escupieran La Frente
15
Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.
¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?
Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.
El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?
Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.
Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.
¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!
Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.
Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.
Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.
En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.
¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?
Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.
El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?
Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.
Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.
¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!
Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.
Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.
Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.
En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
743
Oliverio Girondo
Mi Abuela -que No Era Tuerta- Me Decía
14
Mi abuela —que no era tuerta— me decía:
«Las mujeres cuestan demasiado trabajo o no valen la pena.
¡Puebla tu sueño con las que te gusten y serán
tuyas mientras descansas!
»No te limpies los dientes, por lo menos, con los sexos usados. Rehuye,
dentro de lo posible, las enfermedades venéreas, pero si alguna
vez necesitas optar entre un premio a la virtud y la sífilis, no
trepides un solo instante: ¡El mercurio es mucho menos pesado que
la abstinencia!
»Cuando unas nalgas te sonrían, no se lo confíes ni a los
gatos. Recuerda que nunca encontrarás un sitio mejor donde meter
la lengua que tu propio bolsillo, y que vale más un sexo en la
mano que cien volando».
Pero a mi abuela le gustaba contradecirse, y después de pedirme
que le buscase los anteojos que tenía sobre la frente, agregaba
con voz de daguerrotipo:
«La vida —te lo digo por experiencia— es un largo embrutecimiento. Ya
ves en el estado y en el estilo en que se encuentra tu pobre abuela.
¡Si no fuese por la esperanza de ver un poco mejor después
de muerta!...
»La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las
pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y
aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de
llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita,
saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle
la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de
viajar, tomamos un boleto en una agencia de vapores, en vez de
metamorfosear una silla en transatlántico.
»Por eso —aunque me creas completamente chocha— nunca me cansaré
de repetirte que no debes renunciar ni a tu derecho de renunciar. El
dolor de muelas, las estadísticas municipales, la
utilización del aserrín, de la viruta y otros
desperdicios, pueden proporcionarnos una satisfacción
insospechada. Abre los brazos y no te niegues al clarinete, ni a las
faltas de ortografía. Confecciónate una nueva virginidad
cada cinco minutos y escucha estos consejos como si te los diera una
moldura, pues aunque la experiencia sea una enfermedad que ofrece tan
poco peligro de contagio, no debes exponerte a que te influencie ni tan
siquiera tu propia sombra.
»¡La imitación ha prostituido hasta a los alfileres de
corbata!»
Mi abuela —que no era tuerta— me decía:
«Las mujeres cuestan demasiado trabajo o no valen la pena.
¡Puebla tu sueño con las que te gusten y serán
tuyas mientras descansas!
»No te limpies los dientes, por lo menos, con los sexos usados. Rehuye,
dentro de lo posible, las enfermedades venéreas, pero si alguna
vez necesitas optar entre un premio a la virtud y la sífilis, no
trepides un solo instante: ¡El mercurio es mucho menos pesado que
la abstinencia!
»Cuando unas nalgas te sonrían, no se lo confíes ni a los
gatos. Recuerda que nunca encontrarás un sitio mejor donde meter
la lengua que tu propio bolsillo, y que vale más un sexo en la
mano que cien volando».
Pero a mi abuela le gustaba contradecirse, y después de pedirme
que le buscase los anteojos que tenía sobre la frente, agregaba
con voz de daguerrotipo:
«La vida —te lo digo por experiencia— es un largo embrutecimiento. Ya
ves en el estado y en el estilo en que se encuentra tu pobre abuela.
¡Si no fuese por la esperanza de ver un poco mejor después
de muerta!...
»La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las
pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y
aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de
llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita,
saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle
la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de
viajar, tomamos un boleto en una agencia de vapores, en vez de
metamorfosear una silla en transatlántico.
»Por eso —aunque me creas completamente chocha— nunca me cansaré
de repetirte que no debes renunciar ni a tu derecho de renunciar. El
dolor de muelas, las estadísticas municipales, la
utilización del aserrín, de la viruta y otros
desperdicios, pueden proporcionarnos una satisfacción
insospechada. Abre los brazos y no te niegues al clarinete, ni a las
faltas de ortografía. Confecciónate una nueva virginidad
cada cinco minutos y escucha estos consejos como si te los diera una
moldura, pues aunque la experiencia sea una enfermedad que ofrece tan
poco peligro de contagio, no debes exponerte a que te influencie ni tan
siquiera tu propia sombra.
»¡La imitación ha prostituido hasta a los alfileres de
corbata!»
831
Oliverio Girondo
Si Hubiera Sospechado Lo Que Se Oye Después De Muerto
11
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me
suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los
últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad,
empiezan las discusiones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué
carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que
es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe
conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas
que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de
al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un
estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la
tumba de enfrente.
Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a
gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su
existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus
mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos
instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre
nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas
irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos
atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que
nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque parezca mentira —esas humillaciones— ese continuo estruendo
resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de
síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el
vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad
a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio
hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez
más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que
se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica,
choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con
todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir,
y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de
nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el
sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde
no se puede vivir!
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me
suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los
últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad,
empiezan las discusiones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué
carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que
es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe
conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas
que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de
al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un
estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la
tumba de enfrente.
Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a
gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su
existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus
mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos
instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre
nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas
irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos
atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que
nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque parezca mentira —esas humillaciones— ese continuo estruendo
resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de
síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el
vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad
a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio
hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez
más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que
se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica,
choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con
todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir,
y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de
nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el
sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde
no se puede vivir!
910
Oliverio Girondo
¿resultará Más Práctico Dotarse Dé Una Epidermis
10
¿Resultará más práctico dotarse dé
una epidermis de verruga que adquirir una psicología de colmillo
cariado?
Aunque ya han transcurrido muchos años, lo recuerdo
perfectamente. Acababa de formularme esta pregunta, cuando un
tranvía me susurró al pasar: “¡En la vida hay que
sublimarlo todo... no hay que dejar nada sin sublimar!”
Difícilmente otra revelación me hubiese encandilado con
más violencia: fue como si me enfocaran, de pronto, todos los
reflectores de la escuadra británica. Recién me iluminaba
tanta sabiduría, cuando empecé a sublimar, cuando ya lo
sublimaba todo, con un entusiasmo de rematador... de rematador sublime,
se sobreentiende.
Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo
que antes me resultaba grotesco o deleznable, ahora me parece sublime.
Lo que hasta ese momento me producía hastío o
repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace
encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros
postales, del adulterio al escorbuto.
¡Ah, la beatitud de vivir en plena sublimidad, y el contento de
comprobar que uno mismo es un peatón afrodisíaco, lleno
de fuerza, de vitalidad, de seducción; lleno de sentimientos
incandescentes, lleno de sexos indeformables; de todos los calibres, de
todas las especies: sexos con música, sin desfallecimientos, de
percusión! Bípedo implume, pero barbado con una barba
electrocutante, indescifrable. ¡Ciudadano genial
—¡muchísimo más genial que ciudadano!— con ideas
embudo, ametralladoras, cascabel; con ideas que disponen de todos los
vehículos existentes, desde la intuición a los zancos!
¡Mamón que usufructúa de un temperamento devastador
y reconstituyente, capaz de enamorarse al infrarrojo, de soldar
vínculos autógenos de una sola mirada, de dejar encinta
una gruesa de colegialas con el dedo meñique!...
¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía
ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado
encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares
de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre
cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas y docenas
de hijos, de catorce metros de estatura; grandes bebés machos y
rubicundos, con una cantidad de costillas mucho mayor que la
reglamentaria, a pesar de tener hermanas gemelas y
afrodisíacas!...
Que otros practiquen —si les divierte— idiosincrasias de felpudo. Que
otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de
charol.
Yo he optado, definitivamente, por lo sublime y sé, por
experiencia propia, que en la vida no hay más solución
que la de sublimar, que la de mirarlo y resolverlo todo, desde el punto
de vista de la sublimidad.
¿Resultará más práctico dotarse dé
una epidermis de verruga que adquirir una psicología de colmillo
cariado?
Aunque ya han transcurrido muchos años, lo recuerdo
perfectamente. Acababa de formularme esta pregunta, cuando un
tranvía me susurró al pasar: “¡En la vida hay que
sublimarlo todo... no hay que dejar nada sin sublimar!”
Difícilmente otra revelación me hubiese encandilado con
más violencia: fue como si me enfocaran, de pronto, todos los
reflectores de la escuadra británica. Recién me iluminaba
tanta sabiduría, cuando empecé a sublimar, cuando ya lo
sublimaba todo, con un entusiasmo de rematador... de rematador sublime,
se sobreentiende.
Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo
que antes me resultaba grotesco o deleznable, ahora me parece sublime.
Lo que hasta ese momento me producía hastío o
repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace
encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros
postales, del adulterio al escorbuto.
¡Ah, la beatitud de vivir en plena sublimidad, y el contento de
comprobar que uno mismo es un peatón afrodisíaco, lleno
de fuerza, de vitalidad, de seducción; lleno de sentimientos
incandescentes, lleno de sexos indeformables; de todos los calibres, de
todas las especies: sexos con música, sin desfallecimientos, de
percusión! Bípedo implume, pero barbado con una barba
electrocutante, indescifrable. ¡Ciudadano genial
—¡muchísimo más genial que ciudadano!— con ideas
embudo, ametralladoras, cascabel; con ideas que disponen de todos los
vehículos existentes, desde la intuición a los zancos!
¡Mamón que usufructúa de un temperamento devastador
y reconstituyente, capaz de enamorarse al infrarrojo, de soldar
vínculos autógenos de una sola mirada, de dejar encinta
una gruesa de colegialas con el dedo meñique!...
¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía
ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado
encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares
de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre
cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas y docenas
de hijos, de catorce metros de estatura; grandes bebés machos y
rubicundos, con una cantidad de costillas mucho mayor que la
reglamentaria, a pesar de tener hermanas gemelas y
afrodisíacas!...
Que otros practiquen —si les divierte— idiosincrasias de felpudo. Que
otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de
charol.
Yo he optado, definitivamente, por lo sublime y sé, por
experiencia propia, que en la vida no hay más solución
que la de sublimar, que la de mirarlo y resolverlo todo, desde el punto
de vista de la sublimidad.
688
Oliverio Girondo
¿nos Olvidamos, A Veces, De Nuestra Sombra
9
¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra
sombra nos abandona de vez en cuando?
Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas
lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin
embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su
presencia.
Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco.
Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de
nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en
alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria,
un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra
en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un
estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene,
nos encontramos con nuestra sombra.
¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin
habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado
al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella
quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la
calle?
La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que
nos preocupe la contestación a esas preguntas.
Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos
cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la
satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra
casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen
insuficientes.
Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna
clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el
ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al
circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de
los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si
fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma
toda la noche a nuestro lado.
¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra
sombra nos abandona de vez en cuando?
Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas
lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin
embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su
presencia.
Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco.
Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de
nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en
alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria,
un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra
en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un
estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene,
nos encontramos con nuestra sombra.
¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin
habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado
al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella
quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la
calle?
La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que
nos preocupe la contestación a esas preguntas.
Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos
cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la
satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra
casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen
insuficientes.
Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna
clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el
ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al
circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de
los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si
fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma
toda la noche a nuestro lado.
794
Oliverio Girondo
Yo No Tengo Una Personalidad; Yo Soy Un Cocktail, Un Conglomerado
8
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una
manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis
anímica en estado crónico de erupción; no pasa
media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que
me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica
de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en
el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta
con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto—
todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a
un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique,
por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de
realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una
locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo,
para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su
existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues
más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un
egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires
de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción,
se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por
las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie,
discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que
tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una
pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los
gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace
reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra,
proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien
aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad,
ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la
abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta
la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me
levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se
realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se
entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor
determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades,
antes de cometer el acto más insignificante necesito poner
tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier
cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer
con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de
mandarlas a todas juntas a la mierda.
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una
manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis
anímica en estado crónico de erupción; no pasa
media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que
me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica
de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en
el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta
con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto—
todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a
un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique,
por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de
realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una
locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo,
para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su
existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues
más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un
egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires
de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción,
se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por
las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie,
discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que
tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una
pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los
gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace
reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra,
proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien
aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad,
ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la
abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta
la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me
levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se
realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se
entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor
determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades,
antes de cometer el acto más insignificante necesito poner
tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier
cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer
con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de
mandarlas a todas juntas a la mierda.
578
Oliverio Girondo
Mis Nervios Desafinan Con La Misma Frecuencia Que Mis Primas
6
Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas. Si por
casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la
cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el
techo de mi ropero. En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido
tiempo de estrangular a mis hermanos, de arrojarme a algún
precipicio y de quedar colgado de las ramas de un espinillo.
Mi digestión inventa una cantidad de crustáceos, que se
entretienen en perforarme el intestino. Desde la infancia, necesito que
me desabrochen los tiradores, antes de sentarme en alguna parte, y es
rarísimo que pueda sonarme la nariz sin encontrar en el
pañuelo un cadáver de cucaracha.
Todavía, cuando llovizna, me duele la pierna que me amputaron
hace tres años. Mi riñón derecho es un
maní. Mi riñón izquierdo se encuentra en el museo
de la Facultad de Medicina. Soy poliglota y tartamudo. He perdido, a la
lotería, hasta las uñas de los pies, y en el instante de
firmar mi acta matrimonial, me di cuenta que me había casado con
una cacatúa.
Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar mi
aburrimiento y mi dolor. Hasta las ideas más optimistas toman un
coche fúnebre para pasearse por mi cerebro. Me repugna el
bostezo de las camas deshechas, no siento ninguna propensión por
empollarle los senos a las mujeres y me enferma que los boticarios se
equivoquen con tan poca frecuencia en los preparados de estricnina.
En estas condiciones, creo sinceramente que lo mejor es tragarse una
cápsula de dinamita y encender, con toda tranquilidad, un
cigarrillo.
Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas. Si por
casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la
cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el
techo de mi ropero. En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido
tiempo de estrangular a mis hermanos, de arrojarme a algún
precipicio y de quedar colgado de las ramas de un espinillo.
Mi digestión inventa una cantidad de crustáceos, que se
entretienen en perforarme el intestino. Desde la infancia, necesito que
me desabrochen los tiradores, antes de sentarme en alguna parte, y es
rarísimo que pueda sonarme la nariz sin encontrar en el
pañuelo un cadáver de cucaracha.
Todavía, cuando llovizna, me duele la pierna que me amputaron
hace tres años. Mi riñón derecho es un
maní. Mi riñón izquierdo se encuentra en el museo
de la Facultad de Medicina. Soy poliglota y tartamudo. He perdido, a la
lotería, hasta las uñas de los pies, y en el instante de
firmar mi acta matrimonial, me di cuenta que me había casado con
una cacatúa.
Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar mi
aburrimiento y mi dolor. Hasta las ideas más optimistas toman un
coche fúnebre para pasearse por mi cerebro. Me repugna el
bostezo de las camas deshechas, no siento ninguna propensión por
empollarle los senos a las mujeres y me enferma que los boticarios se
equivoquen con tan poca frecuencia en los preparados de estricnina.
En estas condiciones, creo sinceramente que lo mejor es tragarse una
cápsula de dinamita y encender, con toda tranquilidad, un
cigarrillo.
624
Oliverio Girondo
Abandoné Las Carambolas Por El Calambur
4
Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los
mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos
por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los
sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los
solitarios. No quise saber nada con los prostáticos.
Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado.
Mi repulsión hacia los parentescos me hizo eludir los
padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjuraciones
más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui
célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas.
A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los
contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio,
con la flagelación, con los flamencos.
Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de
voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por
qué razón los mitos no repoblarían la aridez de
nuestras circunvoluciones? Durante varios siglos, la felicidad, la
fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se hospedaron
en una piedra?
¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un
termómetro!
Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios
respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de
los trenes que no tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el
recato y el bacalao. No consentí ninguna concomitancia con la
concupiscencia, con la constipación. Fui metodista, malabarista,
monogamista. Amé las contradicciones, las contrariedades, los
contrasentidos... y caí en el gatismo, con una violencia de
gatillo.
Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los
mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos
por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los
sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los
solitarios. No quise saber nada con los prostáticos.
Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado.
Mi repulsión hacia los parentescos me hizo eludir los
padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjuraciones
más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui
célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas.
A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los
contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio,
con la flagelación, con los flamencos.
Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de
voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por
qué razón los mitos no repoblarían la aridez de
nuestras circunvoluciones? Durante varios siglos, la felicidad, la
fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se hospedaron
en una piedra?
¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un
termómetro!
Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios
respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de
los trenes que no tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el
recato y el bacalao. No consentí ninguna concomitancia con la
concupiscencia, con la constipación. Fui metodista, malabarista,
monogamista. Amé las contradicciones, las contrariedades, los
contrasentidos... y caí en el gatismo, con una violencia de
gatillo.
807
Oliverio Girondo
En Cualquier Parte Donde Nos Encontremos
5
En cualquier parte donde nos encontremos, a toda hora del día o
de la noche, ¡miembros de la familia! Parientes más o
menos lejanos, pero con una ascendencia idéntica a la nuestra.
¿Cualquier gato se asoma a la ventana y se lame las nalgas?...
¡Los mismos ojos de tía Carolina! ¿El caballo de un
carro resbala sobre el asfalto?... ¡Los dientes un poco
amarillentos de mi abuelo José María!
¡Lindo programa el de encontrar parientes a cada paso! ¡El
de ser un tío a quien lo toman por primo a cada instante!
Y lo peor, es que los vínculos de consanguinidad no se detienen
en la escala zoológica. La certidumbre del origen común
de las especies fortalece tanto nuestra memoria, que el límite
de los reinos desaparece y nos sentimos tan cerca de los
herbívoros como de los cristalizados o de los farináceos.
Siete, setenta o setecientas generaciones terminan por parecernos lo
mismo, y (aunque las apariencias sean distintas) nos damos cuenta de
que tenemos tanto de camello, como de zanahoria.
Después de galopar nueve leguas de pampa, nos sentamos ante la
humareda del puchero. Tres bocados... y el esófago se nos
anuda. Hará un período geológico; este zapallo,
¿no sería un hijo de nuestro papá? Los garbanzos
tienen un gustito a paraíso, ¡pero si resultara que
estamos devorando a nuestros propios hermanos!
A medida que nuestra existencia se confunde con la existencia de cuanto
nos rodea, se intensifica más el terror de perjudicar a
algún miembro de la familia. Poco a poco, la vida se transforma
en un continuo sobresalto. Los remordimientos que nos corroen la
conciencia, llegan a entorpecer las funciones más impostergables
del cuerpo y del espíritu. Antes de mover un brazo, de estirar
una pierna, pensamos en las consecuencias que ese gesto puede tener,
para toda la parentela. Cada día que pasa nos es más
difícil alimentarnos, nos es más difícil respirar,
hasta que llega un momento en que no hay otra escapatoria que la de
optar, y resignarnos a cometer todos los incestos, todos los
asesinatos, todas las crueldades, o ser, simple y humildemente, una
víctima de la familia.
En cualquier parte donde nos encontremos, a toda hora del día o
de la noche, ¡miembros de la familia! Parientes más o
menos lejanos, pero con una ascendencia idéntica a la nuestra.
¿Cualquier gato se asoma a la ventana y se lame las nalgas?...
¡Los mismos ojos de tía Carolina! ¿El caballo de un
carro resbala sobre el asfalto?... ¡Los dientes un poco
amarillentos de mi abuelo José María!
¡Lindo programa el de encontrar parientes a cada paso! ¡El
de ser un tío a quien lo toman por primo a cada instante!
Y lo peor, es que los vínculos de consanguinidad no se detienen
en la escala zoológica. La certidumbre del origen común
de las especies fortalece tanto nuestra memoria, que el límite
de los reinos desaparece y nos sentimos tan cerca de los
herbívoros como de los cristalizados o de los farináceos.
Siete, setenta o setecientas generaciones terminan por parecernos lo
mismo, y (aunque las apariencias sean distintas) nos damos cuenta de
que tenemos tanto de camello, como de zanahoria.
Después de galopar nueve leguas de pampa, nos sentamos ante la
humareda del puchero. Tres bocados... y el esófago se nos
anuda. Hará un período geológico; este zapallo,
¿no sería un hijo de nuestro papá? Los garbanzos
tienen un gustito a paraíso, ¡pero si resultara que
estamos devorando a nuestros propios hermanos!
A medida que nuestra existencia se confunde con la existencia de cuanto
nos rodea, se intensifica más el terror de perjudicar a
algún miembro de la familia. Poco a poco, la vida se transforma
en un continuo sobresalto. Los remordimientos que nos corroen la
conciencia, llegan a entorpecer las funciones más impostergables
del cuerpo y del espíritu. Antes de mover un brazo, de estirar
una pierna, pensamos en las consecuencias que ese gesto puede tener,
para toda la parentela. Cada día que pasa nos es más
difícil alimentarnos, nos es más difícil respirar,
hasta que llega un momento en que no hay otra escapatoria que la de
optar, y resignarnos a cometer todos los incestos, todos los
asesinatos, todas las crueldades, o ser, simple y humildemente, una
víctima de la familia.
953
Oliverio Girondo
Nunca He Dejado De Llevar La Vida Humilde Que Puede Permitirse
3
Nunca he dejado de llevar la vida humilde que puede permitirse un
modesto empleado de correos. ¡Pues! mi mujer —que tiene la
manía de pensar en voz alta y de decir todo lo que le pasa por
la cabeza— se empeña en atribuirme los destinos más
absurdos que pueden imaginarse.
Ahora mismo, mientras leía los diarios de la tarde, me
preguntó sin ninguna clase de preámbulos:
«¿Por qué no abandonaste el gato y el hogar? ¡Ha de
ser tan lindo embarcarse en una fragata!... Durante las noches de luna,
los marineros se reúnen sobre cubierta. Algunos tocan el
acordeón, otros acarician una mujer de goma. Tú fumas la
pipa en compañía de un amigo. El mar te ha endurecido las
pupilas. Has visto demasiados atardeceres. ¿Con qué
puerto, con qué ciudad no te has acostado alguna noche?
¿Las velas serán capaces de brindarte un horizonte nuevo?
Un día en que la calma ya es una maldición, bajas a tu
cucheta, desanudas un pañuelo de seda, te ahorcas con una trenza
de mujer».
Y no contenta con hacerme navegar por todo el mundo, cuando hace
dieciséis años que estoy anclado en el correo:
«¿Recuerdas las que tenía cuando me conociste?... En ese
tiempo me imaginaba que serías soldado y mis pezones se
incendiaban al pensar que tendrías un pecho áspero, como
un felpudo.
»Eras fuerte. Escalaste los muros de un monasterio. Te acostaste con la
abadesa. La dejaste preñada. ¿A qué tiempo, a
qué nación pertenece tu historia?... Te has jugado la
vida tantas veces, que posees un olor a barajas usadas. ¡Con
qué avidez, con qué ternura yo te besaba las heridas!
Eras brutal. Eras taciturno. Te gustaban los quesos que saben a verija
de sátiro... y la primera noche, al poseerme, me destrozaste el
espinazo en el respaldo de la cama».
Y como me dispusiera a demostrarle que lejos de cometer esas
barbaridades, no he ambicionado, durante toda mi existencia, más
que ingresar en el Club Social de Vélez Sársfield:
«Ahora te veo arrodillado en una iglesia con olor a bodega.
»Mírate las manos; sólo sirven para hojear misales. Tu
humildad es tan grande que te avergüenzas de tu pureza, de tu
sabiduría. Te hincas, a cada instante para besar las hojas que
se quejan y que suspiran. Cuando una mujer te mira, bajas los
párpados y te sientes desnudo. Tu sudor es grato a las
prostitutas y a los perros. Te gusta caminar, con fiebre, bajo la
lluvia. Te gusta acostarte, en pleno campo, a mirar las estrellas...
»Una noche —en que te hallas con Dios— entras en un establo, sin que
nadie te vea, y te estiras sobre la paja, para morir abrazado al
pescuezo de alguna vaca...»
Nunca he dejado de llevar la vida humilde que puede permitirse un
modesto empleado de correos. ¡Pues! mi mujer —que tiene la
manía de pensar en voz alta y de decir todo lo que le pasa por
la cabeza— se empeña en atribuirme los destinos más
absurdos que pueden imaginarse.
Ahora mismo, mientras leía los diarios de la tarde, me
preguntó sin ninguna clase de preámbulos:
«¿Por qué no abandonaste el gato y el hogar? ¡Ha de
ser tan lindo embarcarse en una fragata!... Durante las noches de luna,
los marineros se reúnen sobre cubierta. Algunos tocan el
acordeón, otros acarician una mujer de goma. Tú fumas la
pipa en compañía de un amigo. El mar te ha endurecido las
pupilas. Has visto demasiados atardeceres. ¿Con qué
puerto, con qué ciudad no te has acostado alguna noche?
¿Las velas serán capaces de brindarte un horizonte nuevo?
Un día en que la calma ya es una maldición, bajas a tu
cucheta, desanudas un pañuelo de seda, te ahorcas con una trenza
de mujer».
Y no contenta con hacerme navegar por todo el mundo, cuando hace
dieciséis años que estoy anclado en el correo:
«¿Recuerdas las que tenía cuando me conociste?... En ese
tiempo me imaginaba que serías soldado y mis pezones se
incendiaban al pensar que tendrías un pecho áspero, como
un felpudo.
»Eras fuerte. Escalaste los muros de un monasterio. Te acostaste con la
abadesa. La dejaste preñada. ¿A qué tiempo, a
qué nación pertenece tu historia?... Te has jugado la
vida tantas veces, que posees un olor a barajas usadas. ¡Con
qué avidez, con qué ternura yo te besaba las heridas!
Eras brutal. Eras taciturno. Te gustaban los quesos que saben a verija
de sátiro... y la primera noche, al poseerme, me destrozaste el
espinazo en el respaldo de la cama».
Y como me dispusiera a demostrarle que lejos de cometer esas
barbaridades, no he ambicionado, durante toda mi existencia, más
que ingresar en el Club Social de Vélez Sársfield:
«Ahora te veo arrodillado en una iglesia con olor a bodega.
»Mírate las manos; sólo sirven para hojear misales. Tu
humildad es tan grande que te avergüenzas de tu pureza, de tu
sabiduría. Te hincas, a cada instante para besar las hojas que
se quejan y que suspiran. Cuando una mujer te mira, bajas los
párpados y te sientes desnudo. Tu sudor es grato a las
prostitutas y a los perros. Te gusta caminar, con fiebre, bajo la
lluvia. Te gusta acostarte, en pleno campo, a mirar las estrellas...
»Una noche —en que te hallas con Dios— entras en un establo, sin que
nadie te vea, y te estiras sobre la paja, para morir abrazado al
pescuezo de alguna vaca...»
682
Oliverio Girondo
Yo No Sé Nada
Yo no sé nada
Tú no sabes nada
Ud. no sabe nada
Él no sabe nada
Ellos no saben nada
Ellas no saben nada
Uds. no saben nada
Nosotros no sabemos nada.
La desorientación de mi generación tiene su expli-
cación en la dirección de nuestra educación, cuya
idealización de la acción, era —¡sin discusión!—
una mistificación, en contradicción
con nuestra propensión a la me-
ditación, a la contemplación y
a la masturbación. (Gutural,
lo más guturalmente que
se pueda.) Creo que
creo en lo que creo
que no creo. Y creo
que no creo en lo
que creo que creo.
" Cantar de las ranas "
¡Y ¡Y ¿A ¿A ¡Y ¡T
su ba llí llá su ba
bo jo es es bo jo
las las tá? tá? las las
es es ¡A ¡A es es
ca ca quí cá ca ca
le le no no le le
ras ras es es ras ras
arri aba tá tá arrí aba
ba!... jo!... !... !... ba!... jo!...
Tú no sabes nada
Ud. no sabe nada
Él no sabe nada
Ellos no saben nada
Ellas no saben nada
Uds. no saben nada
Nosotros no sabemos nada.
La desorientación de mi generación tiene su expli-
cación en la dirección de nuestra educación, cuya
idealización de la acción, era —¡sin discusión!—
una mistificación, en contradicción
con nuestra propensión a la me-
ditación, a la contemplación y
a la masturbación. (Gutural,
lo más guturalmente que
se pueda.) Creo que
creo en lo que creo
que no creo. Y creo
que no creo en lo
que creo que creo.
" Cantar de las ranas "
¡Y ¡Y ¿A ¿A ¡Y ¡T
su ba llí llá su ba
bo jo es es bo jo
las las tá? tá? las las
es es ¡A ¡A es es
ca ca quí cá ca ca
le le no no le le
ras ras es es ras ras
arri aba tá tá arrí aba
ba!... jo!... !... !... ba!... jo!...
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