Poemas en este tema
Otros
Manuel José Quintana
El Amor Se Ha Desprendido
El amor se ha desprendido
De los brazos de su madre,
Y alegrando el universo
Se está suspenso en el aire.
Él os contempla, zagalas,
Y mirándoos se complace
Al ver las gracias que os dieron
Las estrellas liberales.
Él al placer os convida,
Al regocijo y al baile:
¿Y seréis sordas vosotras
A sus influjos suaves?
Mirad, cuál todo se anima!
De flor se visten los valles,
De yerba se cubre el campo
Y el viento pueblan las aves.
Animaos también vosotras:
Gozad la estación amable,
Que sobrada vida os queda
Para devorar pesares.
Más rápido que una flecha
Que vuela hendiendo los aires,
El tiempo vuela y se muere,
Muere el tiempo y no renace.
Tiempo vendrá en que os aflijan
Las memorias lamentables
De placeres que perdisteis,
De horas que desperdiciasteis.
Ea pues: que nadase pierda,
Salid alegres al baile,
Los instrumentos resuenen
Y la risa os acompañe.
Ven tú, la alegre zagala,
Atención de mil amantes,
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no abrasen:
Plácidamente severa,
Severamente agradable
Te acompañará tu hermana
Y alentaréis todo el valle;
Mientras que a encantarnos venga,
Mientras que enlazada sale
Con la gallarda Belisa
La linda y modesta Dafne.
Ven tú, en fin, ninfa divina,
Ven en fin y no te tardes,
Tú en cuya tez los claveles
Con la azucena combaten:
Tú en cuyos labios de rosa
Fabrica amor sus panales,
Y en cuyo soberbio seno
El placer viene a posarse.
¡Dichoso aquel que tu beldad admira,
Que tus gracias contempla atentamente,
Que el blando influjo de tu genio siente,
Que de amor puede hablarte, y que suspira!
De los brazos de su madre,
Y alegrando el universo
Se está suspenso en el aire.
Él os contempla, zagalas,
Y mirándoos se complace
Al ver las gracias que os dieron
Las estrellas liberales.
Él al placer os convida,
Al regocijo y al baile:
¿Y seréis sordas vosotras
A sus influjos suaves?
Mirad, cuál todo se anima!
De flor se visten los valles,
De yerba se cubre el campo
Y el viento pueblan las aves.
Animaos también vosotras:
Gozad la estación amable,
Que sobrada vida os queda
Para devorar pesares.
Más rápido que una flecha
Que vuela hendiendo los aires,
El tiempo vuela y se muere,
Muere el tiempo y no renace.
Tiempo vendrá en que os aflijan
Las memorias lamentables
De placeres que perdisteis,
De horas que desperdiciasteis.
Ea pues: que nadase pierda,
Salid alegres al baile,
Los instrumentos resuenen
Y la risa os acompañe.
Ven tú, la alegre zagala,
Atención de mil amantes,
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no abrasen:
Plácidamente severa,
Severamente agradable
Te acompañará tu hermana
Y alentaréis todo el valle;
Mientras que a encantarnos venga,
Mientras que enlazada sale
Con la gallarda Belisa
La linda y modesta Dafne.
Ven tú, en fin, ninfa divina,
Ven en fin y no te tardes,
Tú en cuya tez los claveles
Con la azucena combaten:
Tú en cuyos labios de rosa
Fabrica amor sus panales,
Y en cuyo soberbio seno
El placer viene a posarse.
¡Dichoso aquel que tu beldad admira,
Que tus gracias contempla atentamente,
Que el blando influjo de tu genio siente,
Que de amor puede hablarte, y que suspira!
456
Manuel José Quintana
La Danza
¿Oyes, Cintia, los plácidos acentos
del sonoro violín? Pues él convida
tu planta gentilísima y ligera;
ya la vista te llama,
ya en la dulzura del placer que espera
el corazón de cuantos ves se inflama.
¿Quién, ¡ay!, cuando ostentando
el rosado semblante
que en pureza y candor vence a la aurora,
y el cuello desviando
blandamente hacia atrás, das gentileza
a la hermosa cabeza
reposada sobre él; quién no suspira,
quién al ardor se niega
que bello entonces tu ademán respira?
¡Con qué pudor despliega
de su cuerpo fugaz los ricos dones,
la alegre pompa de sus formas bellas!
Vaga la vista embelesada en ellas;
ya del contorno admira
la blanca morbidez, ya se distrae
al delicado talle do abrazadas
las gracias se rieron,
y su divino ceñidor vistieron.
Ya, en fin, se vuelve a los hermosos brazos
que en amable abandono,
como el arco de amor, dulces se tienden;
¡ay!, que ellos son irresistibles lazos
donde el reposo y libertad se prende.
¡Oh imagen sin igual! Nunca la rosa,
la rosa que primera
se pinta en primavera,
de Favonio al ardor fue tan hermosa;
ni así eleva su frente la azucena,
cuando, de esencias llena,
con gentileza y brío
se mece a los ambientes del estío.
Suena, empero, la música, y sonando,
ella salta, ella vuela: a cada acento
responde un movimiento, una mudanza
vuelve siempre a un compás; su ligereza
de belleza en belleza
vaga voluble, el suelo no la siente.
Bella Cintia, detente;
mi vista, que te sigue,
¿no te podrá alcanzar? ¿Nunca podría
señalar de tus pasos
la undulación hermosa,
la sutil graduación? Cuando suspiro
al fenecer de un bello movimiento,
otro más bello desplegarse miro.
así del iris, serenando el cielo
con su gayado velo,
en su plácida unión son los colores;
así de amable juventud las llores,
do, si un placer espira,
comienza otro placer. Ved los amores
sus mudanzas siguiendo
y las alas batiendo,
dulcemente reír: ved cuán festivo
el céfiro, en su túnica jugando,
con los ligeros pliegues
graciosamente ondea,
y él desnudo mostrando,
suena y canta su gloria y se recrea;
y ella en tanto, cruzando
con presto movimiento,
se arrebata veloz: ora risueña,
en laberintos mil de eterno agrado
enreda y juega la elegante planta;
altiva ora levanta
su cuerpo gentilísimo del suelo,
batiendo el aire en delicado vuelo.
Huye ora, y ora vuelve, ora reposa,
en cada instante de actitud cambiando,
y en cada instante, ¡oh Dios!, es más hermosa
Atónita mi mente es conmovida
con mil dulces afectos, y es bastante
un silencio elocuente a darles vida.
Mas ¿qué valen las voces,
a par del fuego y la pasión que inspiran,
en expresión callada,
los negros ojos que abrasando miran?
¿A par de la cadena
que, o bien me da de la amorosa pena
el tímido afanar, o en ella veo
la presta fuga del desdén que teme,
o el duelo ardiente del audaz deseo?
¡Salud, danza gentil! Tú, que naciste
de la amable alegría
y pintaste el placer; tú, que supiste
conmover dulcemente el alma mía,
de cuadro en cuadro la atención llevando,
y dando el movimiento en armonía.
Así tal vez de la vivaz pintura
vi de la antigua fábula animados
los fastos respirar. Aquí Diana,
de sus ninfas seguida,
al ciervo en raudo curso fatigaba,
y el dardo volador tras él lanzaba;
allí Citeres presidiendo el coro
de las gracias rientes,
y a amor con ellas en festivo anhelo,
y en su risa inmortal gozoso el cielo:
el trono más allá cercar las horas
del sol miraba en su veloz carrera,
y asidas deslizándose en la esfera,
vertiendo lumbre, iluminar los días.
¡Oh, Cintia! Tú serías
una de ellas también; tú, la más bella;
tú en la que brilla la rosada aurora;
tú la agradable hora
que vuelve en su carrera
la vida y el verdor de primavera;
tú la primera los celestes dones
dieras al hombre de la edad florida;
volando tú, rendida
la belleza inocente,
palpitara de amor; y tú serías
la que, bañada en celestial contento,
del deleite el momento anunciarías.
¡Oh, hija de la beldad, Cintia divina!
La magia que te sigue
me lleva el corazón; cesas en vano,
Y en vano despareces, si aun en sueños
mi mente embelesada
tu imagen bella retratar consigue.
La magia que te sigue
me lleva el corazón: ya por las flores
mire veloz vagando
la mariposa, o que la fuente ría,
de piedra en piedra dando,
o que bullan las auras en las hojas;
doquier que gracia y gentileza veo,
«Allí está Cintia», en mi delirio digo,
y ver a Cintia en mi delirio creo.
Así vive, así crece
por ti mi admiración, y arrebatada
no te puede olvidar. Ahora mi vida
florece en juventud. ¿Cómo pudieran
no suspenderla en inefable agrado
tanta y tanta belleza que ya un día
soñaba yo en idea,
y en ti vivas se ven? Vendrán las horas
de hielo y luto, y la vejez amarga
vendrá encorvada a marchitar mis días;
entonces ¡ay! entre las penas mías,
tal vez en ti pensando,
diré: «Vi a Cintia»; y en aquel momento
las gracias, la elegancia,
las risas, la inocencia y los amores
a halagarme vendrán; vendrá tu hermosa
imagen placentera,
y un momento siquiera
mi triste ancianidad será dichosa.
del sonoro violín? Pues él convida
tu planta gentilísima y ligera;
ya la vista te llama,
ya en la dulzura del placer que espera
el corazón de cuantos ves se inflama.
¿Quién, ¡ay!, cuando ostentando
el rosado semblante
que en pureza y candor vence a la aurora,
y el cuello desviando
blandamente hacia atrás, das gentileza
a la hermosa cabeza
reposada sobre él; quién no suspira,
quién al ardor se niega
que bello entonces tu ademán respira?
¡Con qué pudor despliega
de su cuerpo fugaz los ricos dones,
la alegre pompa de sus formas bellas!
Vaga la vista embelesada en ellas;
ya del contorno admira
la blanca morbidez, ya se distrae
al delicado talle do abrazadas
las gracias se rieron,
y su divino ceñidor vistieron.
Ya, en fin, se vuelve a los hermosos brazos
que en amable abandono,
como el arco de amor, dulces se tienden;
¡ay!, que ellos son irresistibles lazos
donde el reposo y libertad se prende.
¡Oh imagen sin igual! Nunca la rosa,
la rosa que primera
se pinta en primavera,
de Favonio al ardor fue tan hermosa;
ni así eleva su frente la azucena,
cuando, de esencias llena,
con gentileza y brío
se mece a los ambientes del estío.
Suena, empero, la música, y sonando,
ella salta, ella vuela: a cada acento
responde un movimiento, una mudanza
vuelve siempre a un compás; su ligereza
de belleza en belleza
vaga voluble, el suelo no la siente.
Bella Cintia, detente;
mi vista, que te sigue,
¿no te podrá alcanzar? ¿Nunca podría
señalar de tus pasos
la undulación hermosa,
la sutil graduación? Cuando suspiro
al fenecer de un bello movimiento,
otro más bello desplegarse miro.
así del iris, serenando el cielo
con su gayado velo,
en su plácida unión son los colores;
así de amable juventud las llores,
do, si un placer espira,
comienza otro placer. Ved los amores
sus mudanzas siguiendo
y las alas batiendo,
dulcemente reír: ved cuán festivo
el céfiro, en su túnica jugando,
con los ligeros pliegues
graciosamente ondea,
y él desnudo mostrando,
suena y canta su gloria y se recrea;
y ella en tanto, cruzando
con presto movimiento,
se arrebata veloz: ora risueña,
en laberintos mil de eterno agrado
enreda y juega la elegante planta;
altiva ora levanta
su cuerpo gentilísimo del suelo,
batiendo el aire en delicado vuelo.
Huye ora, y ora vuelve, ora reposa,
en cada instante de actitud cambiando,
y en cada instante, ¡oh Dios!, es más hermosa
Atónita mi mente es conmovida
con mil dulces afectos, y es bastante
un silencio elocuente a darles vida.
Mas ¿qué valen las voces,
a par del fuego y la pasión que inspiran,
en expresión callada,
los negros ojos que abrasando miran?
¿A par de la cadena
que, o bien me da de la amorosa pena
el tímido afanar, o en ella veo
la presta fuga del desdén que teme,
o el duelo ardiente del audaz deseo?
¡Salud, danza gentil! Tú, que naciste
de la amable alegría
y pintaste el placer; tú, que supiste
conmover dulcemente el alma mía,
de cuadro en cuadro la atención llevando,
y dando el movimiento en armonía.
Así tal vez de la vivaz pintura
vi de la antigua fábula animados
los fastos respirar. Aquí Diana,
de sus ninfas seguida,
al ciervo en raudo curso fatigaba,
y el dardo volador tras él lanzaba;
allí Citeres presidiendo el coro
de las gracias rientes,
y a amor con ellas en festivo anhelo,
y en su risa inmortal gozoso el cielo:
el trono más allá cercar las horas
del sol miraba en su veloz carrera,
y asidas deslizándose en la esfera,
vertiendo lumbre, iluminar los días.
¡Oh, Cintia! Tú serías
una de ellas también; tú, la más bella;
tú en la que brilla la rosada aurora;
tú la agradable hora
que vuelve en su carrera
la vida y el verdor de primavera;
tú la primera los celestes dones
dieras al hombre de la edad florida;
volando tú, rendida
la belleza inocente,
palpitara de amor; y tú serías
la que, bañada en celestial contento,
del deleite el momento anunciarías.
¡Oh, hija de la beldad, Cintia divina!
La magia que te sigue
me lleva el corazón; cesas en vano,
Y en vano despareces, si aun en sueños
mi mente embelesada
tu imagen bella retratar consigue.
La magia que te sigue
me lleva el corazón: ya por las flores
mire veloz vagando
la mariposa, o que la fuente ría,
de piedra en piedra dando,
o que bullan las auras en las hojas;
doquier que gracia y gentileza veo,
«Allí está Cintia», en mi delirio digo,
y ver a Cintia en mi delirio creo.
Así vive, así crece
por ti mi admiración, y arrebatada
no te puede olvidar. Ahora mi vida
florece en juventud. ¿Cómo pudieran
no suspenderla en inefable agrado
tanta y tanta belleza que ya un día
soñaba yo en idea,
y en ti vivas se ven? Vendrán las horas
de hielo y luto, y la vejez amarga
vendrá encorvada a marchitar mis días;
entonces ¡ay! entre las penas mías,
tal vez en ti pensando,
diré: «Vi a Cintia»; y en aquel momento
las gracias, la elegancia,
las risas, la inocencia y los amores
a halagarme vendrán; vendrá tu hermosa
imagen placentera,
y un momento siquiera
mi triste ancianidad será dichosa.
542
Manuel José Quintana
La Danza
¿Oyes, Cintia, los plácidos acentos
del sonoro violín? Pues él convida
tu planta gentilísima y ligera;
ya la vista te llama,
ya en la dulzura del placer que espera
el corazón de cuantos ves se inflama.
¿Quién, ¡ay!, cuando ostentando
el rosado semblante
que en pureza y candor vence a la aurora,
y el cuello desviando
blandamente hacia atrás, das gentileza
a la hermosa cabeza
reposada sobre él; quién no suspira,
quién al ardor se niega
que bello entonces tu ademán respira?
¡Con qué pudor despliega
de su cuerpo fugaz los ricos dones,
la alegre pompa de sus formas bellas!
Vaga la vista embelesada en ellas;
ya del contorno admira
la blanca morbidez, ya se distrae
al delicado talle do abrazadas
las gracias se rieron,
y su divino ceñidor vistieron.
Ya, en fin, se vuelve a los hermosos brazos
que en amable abandono,
como el arco de amor, dulces se tienden;
¡ay!, que ellos son irresistibles lazos
donde el reposo y libertad se prende.
¡Oh imagen sin igual! Nunca la rosa,
la rosa que primera
se pinta en primavera,
de Favonio al ardor fue tan hermosa;
ni así eleva su frente la azucena,
cuando, de esencias llena,
con gentileza y brío
se mece a los ambientes del estío.
Suena, empero, la música, y sonando,
ella salta, ella vuela: a cada acento
responde un movimiento, una mudanza
vuelve siempre a un compás; su ligereza
de belleza en belleza
vaga voluble, el suelo no la siente.
Bella Cintia, detente;
mi vista, que te sigue,
¿no te podrá alcanzar? ¿Nunca podría
señalar de tus pasos
la undulación hermosa,
la sutil graduación? Cuando suspiro
al fenecer de un bello movimiento,
otro más bello desplegarse miro.
así del iris, serenando el cielo
con su gayado velo,
en su plácida unión son los colores;
así de amable juventud las llores,
do, si un placer espira,
comienza otro placer. Ved los amores
sus mudanzas siguiendo
y las alas batiendo,
dulcemente reír: ved cuán festivo
el céfiro, en su túnica jugando,
con los ligeros pliegues
graciosamente ondea,
y él desnudo mostrando,
suena y canta su gloria y se recrea;
y ella en tanto, cruzando
con presto movimiento,
se arrebata veloz: ora risueña,
en laberintos mil de eterno agrado
enreda y juega la elegante planta;
altiva ora levanta
su cuerpo gentilísimo del suelo,
batiendo el aire en delicado vuelo.
Huye ora, y ora vuelve, ora reposa,
en cada instante de actitud cambiando,
y en cada instante, ¡oh Dios!, es más hermosa
Atónita mi mente es conmovida
con mil dulces afectos, y es bastante
un silencio elocuente a darles vida.
Mas ¿qué valen las voces,
a par del fuego y la pasión que inspiran,
en expresión callada,
los negros ojos que abrasando miran?
¿A par de la cadena
que, o bien me da de la amorosa pena
el tímido afanar, o en ella veo
la presta fuga del desdén que teme,
o el duelo ardiente del audaz deseo?
¡Salud, danza gentil! Tú, que naciste
de la amable alegría
y pintaste el placer; tú, que supiste
conmover dulcemente el alma mía,
de cuadro en cuadro la atención llevando,
y dando el movimiento en armonía.
Así tal vez de la vivaz pintura
vi de la antigua fábula animados
los fastos respirar. Aquí Diana,
de sus ninfas seguida,
al ciervo en raudo curso fatigaba,
y el dardo volador tras él lanzaba;
allí Citeres presidiendo el coro
de las gracias rientes,
y a amor con ellas en festivo anhelo,
y en su risa inmortal gozoso el cielo:
el trono más allá cercar las horas
del sol miraba en su veloz carrera,
y asidas deslizándose en la esfera,
vertiendo lumbre, iluminar los días.
¡Oh, Cintia! Tú serías
una de ellas también; tú, la más bella;
tú en la que brilla la rosada aurora;
tú la agradable hora
que vuelve en su carrera
la vida y el verdor de primavera;
tú la primera los celestes dones
dieras al hombre de la edad florida;
volando tú, rendida
la belleza inocente,
palpitara de amor; y tú serías
la que, bañada en celestial contento,
del deleite el momento anunciarías.
¡Oh, hija de la beldad, Cintia divina!
La magia que te sigue
me lleva el corazón; cesas en vano,
Y en vano despareces, si aun en sueños
mi mente embelesada
tu imagen bella retratar consigue.
La magia que te sigue
me lleva el corazón: ya por las flores
mire veloz vagando
la mariposa, o que la fuente ría,
de piedra en piedra dando,
o que bullan las auras en las hojas;
doquier que gracia y gentileza veo,
«Allí está Cintia», en mi delirio digo,
y ver a Cintia en mi delirio creo.
Así vive, así crece
por ti mi admiración, y arrebatada
no te puede olvidar. Ahora mi vida
florece en juventud. ¿Cómo pudieran
no suspenderla en inefable agrado
tanta y tanta belleza que ya un día
soñaba yo en idea,
y en ti vivas se ven? Vendrán las horas
de hielo y luto, y la vejez amarga
vendrá encorvada a marchitar mis días;
entonces ¡ay! entre las penas mías,
tal vez en ti pensando,
diré: «Vi a Cintia»; y en aquel momento
las gracias, la elegancia,
las risas, la inocencia y los amores
a halagarme vendrán; vendrá tu hermosa
imagen placentera,
y un momento siquiera
mi triste ancianidad será dichosa.
del sonoro violín? Pues él convida
tu planta gentilísima y ligera;
ya la vista te llama,
ya en la dulzura del placer que espera
el corazón de cuantos ves se inflama.
¿Quién, ¡ay!, cuando ostentando
el rosado semblante
que en pureza y candor vence a la aurora,
y el cuello desviando
blandamente hacia atrás, das gentileza
a la hermosa cabeza
reposada sobre él; quién no suspira,
quién al ardor se niega
que bello entonces tu ademán respira?
¡Con qué pudor despliega
de su cuerpo fugaz los ricos dones,
la alegre pompa de sus formas bellas!
Vaga la vista embelesada en ellas;
ya del contorno admira
la blanca morbidez, ya se distrae
al delicado talle do abrazadas
las gracias se rieron,
y su divino ceñidor vistieron.
Ya, en fin, se vuelve a los hermosos brazos
que en amable abandono,
como el arco de amor, dulces se tienden;
¡ay!, que ellos son irresistibles lazos
donde el reposo y libertad se prende.
¡Oh imagen sin igual! Nunca la rosa,
la rosa que primera
se pinta en primavera,
de Favonio al ardor fue tan hermosa;
ni así eleva su frente la azucena,
cuando, de esencias llena,
con gentileza y brío
se mece a los ambientes del estío.
Suena, empero, la música, y sonando,
ella salta, ella vuela: a cada acento
responde un movimiento, una mudanza
vuelve siempre a un compás; su ligereza
de belleza en belleza
vaga voluble, el suelo no la siente.
Bella Cintia, detente;
mi vista, que te sigue,
¿no te podrá alcanzar? ¿Nunca podría
señalar de tus pasos
la undulación hermosa,
la sutil graduación? Cuando suspiro
al fenecer de un bello movimiento,
otro más bello desplegarse miro.
así del iris, serenando el cielo
con su gayado velo,
en su plácida unión son los colores;
así de amable juventud las llores,
do, si un placer espira,
comienza otro placer. Ved los amores
sus mudanzas siguiendo
y las alas batiendo,
dulcemente reír: ved cuán festivo
el céfiro, en su túnica jugando,
con los ligeros pliegues
graciosamente ondea,
y él desnudo mostrando,
suena y canta su gloria y se recrea;
y ella en tanto, cruzando
con presto movimiento,
se arrebata veloz: ora risueña,
en laberintos mil de eterno agrado
enreda y juega la elegante planta;
altiva ora levanta
su cuerpo gentilísimo del suelo,
batiendo el aire en delicado vuelo.
Huye ora, y ora vuelve, ora reposa,
en cada instante de actitud cambiando,
y en cada instante, ¡oh Dios!, es más hermosa
Atónita mi mente es conmovida
con mil dulces afectos, y es bastante
un silencio elocuente a darles vida.
Mas ¿qué valen las voces,
a par del fuego y la pasión que inspiran,
en expresión callada,
los negros ojos que abrasando miran?
¿A par de la cadena
que, o bien me da de la amorosa pena
el tímido afanar, o en ella veo
la presta fuga del desdén que teme,
o el duelo ardiente del audaz deseo?
¡Salud, danza gentil! Tú, que naciste
de la amable alegría
y pintaste el placer; tú, que supiste
conmover dulcemente el alma mía,
de cuadro en cuadro la atención llevando,
y dando el movimiento en armonía.
Así tal vez de la vivaz pintura
vi de la antigua fábula animados
los fastos respirar. Aquí Diana,
de sus ninfas seguida,
al ciervo en raudo curso fatigaba,
y el dardo volador tras él lanzaba;
allí Citeres presidiendo el coro
de las gracias rientes,
y a amor con ellas en festivo anhelo,
y en su risa inmortal gozoso el cielo:
el trono más allá cercar las horas
del sol miraba en su veloz carrera,
y asidas deslizándose en la esfera,
vertiendo lumbre, iluminar los días.
¡Oh, Cintia! Tú serías
una de ellas también; tú, la más bella;
tú en la que brilla la rosada aurora;
tú la agradable hora
que vuelve en su carrera
la vida y el verdor de primavera;
tú la primera los celestes dones
dieras al hombre de la edad florida;
volando tú, rendida
la belleza inocente,
palpitara de amor; y tú serías
la que, bañada en celestial contento,
del deleite el momento anunciarías.
¡Oh, hija de la beldad, Cintia divina!
La magia que te sigue
me lleva el corazón; cesas en vano,
Y en vano despareces, si aun en sueños
mi mente embelesada
tu imagen bella retratar consigue.
La magia que te sigue
me lleva el corazón: ya por las flores
mire veloz vagando
la mariposa, o que la fuente ría,
de piedra en piedra dando,
o que bullan las auras en las hojas;
doquier que gracia y gentileza veo,
«Allí está Cintia», en mi delirio digo,
y ver a Cintia en mi delirio creo.
Así vive, así crece
por ti mi admiración, y arrebatada
no te puede olvidar. Ahora mi vida
florece en juventud. ¿Cómo pudieran
no suspenderla en inefable agrado
tanta y tanta belleza que ya un día
soñaba yo en idea,
y en ti vivas se ven? Vendrán las horas
de hielo y luto, y la vejez amarga
vendrá encorvada a marchitar mis días;
entonces ¡ay! entre las penas mías,
tal vez en ti pensando,
diré: «Vi a Cintia»; y en aquel momento
las gracias, la elegancia,
las risas, la inocencia y los amores
a halagarme vendrán; vendrá tu hermosa
imagen placentera,
y un momento siquiera
mi triste ancianidad será dichosa.
542
Manuel José Othón
Idilio Salvaje
¿Por qué a mi helada soledad viniste
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.
Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.
Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor, o de un inmenso llanto.
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.
Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.
Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor, o de un inmenso llanto.
1.290
Miguel Florián
Madre
Abrí los párpados en medio de la noche
y tú estabas allí, insomne, aguardando
la lenta aparición, la inminente presencia
de la luz, del alba que no llega (del fuego
que regresa de una estación desierta)
y tú estabas allí, profunda y blanca,
tendida sobre la multitud de los instantes,
apartando la turbiedad confusa de mi sueño,
labrando el tiempo firme, inmóvil, de la muerte
(la edad remota de insectos transparentes
y arroyos escondidos) con su amargura
de mano inalcanzable, de boca detenida
sobre la frente nueva, de beso que separa
el porvenir, y lo devuelve al seno de la tierra,
al estallido ciego de otra edad. Abrí los ojos
y tú estabas allí, mirándome, en medio de la muerte.
y tú estabas allí, insomne, aguardando
la lenta aparición, la inminente presencia
de la luz, del alba que no llega (del fuego
que regresa de una estación desierta)
y tú estabas allí, profunda y blanca,
tendida sobre la multitud de los instantes,
apartando la turbiedad confusa de mi sueño,
labrando el tiempo firme, inmóvil, de la muerte
(la edad remota de insectos transparentes
y arroyos escondidos) con su amargura
de mano inalcanzable, de boca detenida
sobre la frente nueva, de beso que separa
el porvenir, y lo devuelve al seno de la tierra,
al estallido ciego de otra edad. Abrí los ojos
y tú estabas allí, mirándome, en medio de la muerte.
446
Miguel Florián
Filología
He amado las palabras con mi hambre más honda,
sentí su piel de musgo muy cerca de mis labios,
su ceniza y su luz coronando mis dientes,
diluirse en mi lengua, caer hacia el profundo
abismo de mi carne. Muy lenta, y torpemente,
como a aves fugaces, perseguí las palabras.
sentí su piel de musgo muy cerca de mis labios,
su ceniza y su luz coronando mis dientes,
diluirse en mi lengua, caer hacia el profundo
abismo de mi carne. Muy lenta, y torpemente,
como a aves fugaces, perseguí las palabras.
414
Miguel Florián
Filología
He amado las palabras con mi hambre más honda,
sentí su piel de musgo muy cerca de mis labios,
su ceniza y su luz coronando mis dientes,
diluirse en mi lengua, caer hacia el profundo
abismo de mi carne. Muy lenta, y torpemente,
como a aves fugaces, perseguí las palabras.
sentí su piel de musgo muy cerca de mis labios,
su ceniza y su luz coronando mis dientes,
diluirse en mi lengua, caer hacia el profundo
abismo de mi carne. Muy lenta, y torpemente,
como a aves fugaces, perseguí las palabras.
414
Miguel Florián
Cuerpo Nombrado
Quiero nombrar tu cuerpo, tu oscuridad, tu lumbre,
el pecho que se inflama,
tu savia azul, el río de tus astros.
Quiero nombrar tu cuerpo, tus caminos,
el laberinto tibio, las girándulas,
el sexo umbrío, las vísceras ocultas,
esa linfa secreta que va trenzando el tiempo.
Quiero nombrar tu cuerpo, los murmullos,
los labios cuando besan o nombran otros cuerpos,
el fuego de la lengua, la humedad de la piel.
Tu saliva que es áspera y amarga.
Quiero narrar tu espalda añil que delimita
con un dios impreciso, inabarcable.
el pecho que se inflama,
tu savia azul, el río de tus astros.
Quiero nombrar tu cuerpo, tus caminos,
el laberinto tibio, las girándulas,
el sexo umbrío, las vísceras ocultas,
esa linfa secreta que va trenzando el tiempo.
Quiero nombrar tu cuerpo, los murmullos,
los labios cuando besan o nombran otros cuerpos,
el fuego de la lengua, la humedad de la piel.
Tu saliva que es áspera y amarga.
Quiero narrar tu espalda añil que delimita
con un dios impreciso, inabarcable.
382
Miguel Florián
Cuerpo Nombrado
Quiero nombrar tu cuerpo, tu oscuridad, tu lumbre,
el pecho que se inflama,
tu savia azul, el río de tus astros.
Quiero nombrar tu cuerpo, tus caminos,
el laberinto tibio, las girándulas,
el sexo umbrío, las vísceras ocultas,
esa linfa secreta que va trenzando el tiempo.
Quiero nombrar tu cuerpo, los murmullos,
los labios cuando besan o nombran otros cuerpos,
el fuego de la lengua, la humedad de la piel.
Tu saliva que es áspera y amarga.
Quiero narrar tu espalda añil que delimita
con un dios impreciso, inabarcable.
el pecho que se inflama,
tu savia azul, el río de tus astros.
Quiero nombrar tu cuerpo, tus caminos,
el laberinto tibio, las girándulas,
el sexo umbrío, las vísceras ocultas,
esa linfa secreta que va trenzando el tiempo.
Quiero nombrar tu cuerpo, los murmullos,
los labios cuando besan o nombran otros cuerpos,
el fuego de la lengua, la humedad de la piel.
Tu saliva que es áspera y amarga.
Quiero narrar tu espalda añil que delimita
con un dios impreciso, inabarcable.
382
Miguel Florián
( Mujer Mía )
Desnuda, blanca, de nieve,
de pan cálido, de mar, te quiero,
mujer mía, en el costado
simiente de la noche.
Ave, estela lunar,
como de dios, como de ángel.
Dánae de oro,
mujer de arcilla tierna,
(Limpia, blanca, crepuscular...)
carne, saliva y sombra.
de pan cálido, de mar, te quiero,
mujer mía, en el costado
simiente de la noche.
Ave, estela lunar,
como de dios, como de ángel.
Dánae de oro,
mujer de arcilla tierna,
(Limpia, blanca, crepuscular...)
carne, saliva y sombra.
495
Miguel Florián
( Mujer Mía )
Desnuda, blanca, de nieve,
de pan cálido, de mar, te quiero,
mujer mía, en el costado
simiente de la noche.
Ave, estela lunar,
como de dios, como de ángel.
Dánae de oro,
mujer de arcilla tierna,
(Limpia, blanca, crepuscular...)
carne, saliva y sombra.
de pan cálido, de mar, te quiero,
mujer mía, en el costado
simiente de la noche.
Ave, estela lunar,
como de dios, como de ángel.
Dánae de oro,
mujer de arcilla tierna,
(Limpia, blanca, crepuscular...)
carne, saliva y sombra.
495
Miguel Florián
( Pietà )
Retrocedemos por los caminos harapientos
de la sombra, galopamos por los acantilados
de la miseria, ansiamos polvo, áspero polvo,
y dichosos caemos hacia la masa informe
de los gérmenes. Ansiamos raíces, nosotros,
los aéreos. Amamos polvo, oscuro, untoso polvo,
el osario donde se tienden los nombres, lava
gris de la hojarasca redimida, hacia el sueño
retrocedemos con nuestros cabellos enredados
en muérdagos. De nada sirve que la luz
nos envuelva con su manto espectral,
volvemos hacia atrás, buscamos la caída a lo ignorado,
necesitados de lo informe, avarientos de vértigos.
Nada anuncian las flores del almendro, intactas
y rojizas después de la nevada, ni el seno
abierto de la mujer como un ave indefensa.
Añoramos cada estallido de la herrumbre,
cada cicatriz sobre el tronco del roble,
los cascos del caballo sobre el légamo
cuando dispersan el tiempo, el sueño
que es olvido, y esa madre auríspice
que gime desde sus vísceras abiertas
y nos llama a su sangre, a lo innombrable.
de la sombra, galopamos por los acantilados
de la miseria, ansiamos polvo, áspero polvo,
y dichosos caemos hacia la masa informe
de los gérmenes. Ansiamos raíces, nosotros,
los aéreos. Amamos polvo, oscuro, untoso polvo,
el osario donde se tienden los nombres, lava
gris de la hojarasca redimida, hacia el sueño
retrocedemos con nuestros cabellos enredados
en muérdagos. De nada sirve que la luz
nos envuelva con su manto espectral,
volvemos hacia atrás, buscamos la caída a lo ignorado,
necesitados de lo informe, avarientos de vértigos.
Nada anuncian las flores del almendro, intactas
y rojizas después de la nevada, ni el seno
abierto de la mujer como un ave indefensa.
Añoramos cada estallido de la herrumbre,
cada cicatriz sobre el tronco del roble,
los cascos del caballo sobre el légamo
cuando dispersan el tiempo, el sueño
que es olvido, y esa madre auríspice
que gime desde sus vísceras abiertas
y nos llama a su sangre, a lo innombrable.
462
Miguel Florián
( Álamos )
Una lluvia ancestral cae de los álamos,
convierte en breve espejo cada hoja.
Es un árbol callado que se eleva
de la raíz hasta la línea firme
de la luz, y corren sus hogueras
por la carne profunda. Y si camina
se estremece igual que una muchacha
que se alza también hacia lo incierto.
(En mis pulmones siento cómo alienta
el aire que se interna y vivifica,
la ternura de algún sexo escondido
que aguarda la belleza, el cumplimiento,
su perfecto equilibrio sobre el mundo.)
He tomado su piel, siento en la boca
la savia perfumada de los álamos.
convierte en breve espejo cada hoja.
Es un árbol callado que se eleva
de la raíz hasta la línea firme
de la luz, y corren sus hogueras
por la carne profunda. Y si camina
se estremece igual que una muchacha
que se alza también hacia lo incierto.
(En mis pulmones siento cómo alienta
el aire que se interna y vivifica,
la ternura de algún sexo escondido
que aguarda la belleza, el cumplimiento,
su perfecto equilibrio sobre el mundo.)
He tomado su piel, siento en la boca
la savia perfumada de los álamos.
447
Miguel Florián
( Álamos )
Una lluvia ancestral cae de los álamos,
convierte en breve espejo cada hoja.
Es un árbol callado que se eleva
de la raíz hasta la línea firme
de la luz, y corren sus hogueras
por la carne profunda. Y si camina
se estremece igual que una muchacha
que se alza también hacia lo incierto.
(En mis pulmones siento cómo alienta
el aire que se interna y vivifica,
la ternura de algún sexo escondido
que aguarda la belleza, el cumplimiento,
su perfecto equilibrio sobre el mundo.)
He tomado su piel, siento en la boca
la savia perfumada de los álamos.
convierte en breve espejo cada hoja.
Es un árbol callado que se eleva
de la raíz hasta la línea firme
de la luz, y corren sus hogueras
por la carne profunda. Y si camina
se estremece igual que una muchacha
que se alza también hacia lo incierto.
(En mis pulmones siento cómo alienta
el aire que se interna y vivifica,
la ternura de algún sexo escondido
que aguarda la belleza, el cumplimiento,
su perfecto equilibrio sobre el mundo.)
He tomado su piel, siento en la boca
la savia perfumada de los álamos.
447
Miguel Florián
( Metales )
Me tiendo gris en los metales
cuando crecen callados en la noche
y se adensan, y recogen los breves
destellos de los astros. Siento
su filo frío que después será mar,
su lamento de hielo y muda carne,
el osario de un dios propicio, enorme
en su tiniebla, un dios que festejamos
en la señal de su venida. Escucha,
estamos en el tiempo del renuevo,
de los juncales cubiertos por rocío,
de la hiedra que escala nuestro lecho,
del animal que nos acecha, inmenso,
detrás de las pupilas, oculto en otra
existencia infranqueable y ciega.
El tiempo lento y turbio de la espora,
de los metales mansos, del mineral
cerrado que sospecha la luz, lava
que persigue la levedad del polvo.
Entonces, desde una estación remota
regresan, entre brumas, las palabras,
narraciones de hadas y de héroes,
de resinas fragantes (el incienso,
la mirra y el benjuí), y de madréporas.
Los insectos describen amplios surcos,
vueltos a lo indecible, y el granito
recupera la voz dura y siniestra
de los astros. Venero en los metales
su permanencia muda, su oscura red
de eternidad, su intacta persistencia
de dureza semejante a la luz,
su fría rigidez cuando en invierno
rozan nuestras mejillas, el triste gris
de su materia inmensa, de su abismo.
Todo se encuentra atento a la llegada
de una voz, de un dios o de un incendio.
Y la sangre del hombre perseguida
en su país de níquel, vigilante
desde dentro del sueño, abandonada
a la quietud, aguardando otro ver,
un despertar distinto, otras pupilas
de facetas omnívoras, un nuevo
respirar... (Los círculos voraces,
la persistencia cerrada de los nombres.)
Esperan mirar de nuevo el mundo.
Comprendo a los metales, comparto su destino
tan parecido al mío, su existencia sin mácula.
(Toco su corazón, su savia detenida
cuando logra la forma del crepúsculo.)
Cristales indefensos que se quiebran
bajo la luz del alba, (tantos siglos
gestándose, poblados de simientes).
Me agrada abandonarme a ellos, acariciarlos
apretando mi mano contra su piel exacta,
en su luz de reflejos, de semillas y aristas.
Metal que es tiempo denso y generoso,
agua limpia para la sed del hombre.
cuando crecen callados en la noche
y se adensan, y recogen los breves
destellos de los astros. Siento
su filo frío que después será mar,
su lamento de hielo y muda carne,
el osario de un dios propicio, enorme
en su tiniebla, un dios que festejamos
en la señal de su venida. Escucha,
estamos en el tiempo del renuevo,
de los juncales cubiertos por rocío,
de la hiedra que escala nuestro lecho,
del animal que nos acecha, inmenso,
detrás de las pupilas, oculto en otra
existencia infranqueable y ciega.
El tiempo lento y turbio de la espora,
de los metales mansos, del mineral
cerrado que sospecha la luz, lava
que persigue la levedad del polvo.
Entonces, desde una estación remota
regresan, entre brumas, las palabras,
narraciones de hadas y de héroes,
de resinas fragantes (el incienso,
la mirra y el benjuí), y de madréporas.
Los insectos describen amplios surcos,
vueltos a lo indecible, y el granito
recupera la voz dura y siniestra
de los astros. Venero en los metales
su permanencia muda, su oscura red
de eternidad, su intacta persistencia
de dureza semejante a la luz,
su fría rigidez cuando en invierno
rozan nuestras mejillas, el triste gris
de su materia inmensa, de su abismo.
Todo se encuentra atento a la llegada
de una voz, de un dios o de un incendio.
Y la sangre del hombre perseguida
en su país de níquel, vigilante
desde dentro del sueño, abandonada
a la quietud, aguardando otro ver,
un despertar distinto, otras pupilas
de facetas omnívoras, un nuevo
respirar... (Los círculos voraces,
la persistencia cerrada de los nombres.)
Esperan mirar de nuevo el mundo.
Comprendo a los metales, comparto su destino
tan parecido al mío, su existencia sin mácula.
(Toco su corazón, su savia detenida
cuando logra la forma del crepúsculo.)
Cristales indefensos que se quiebran
bajo la luz del alba, (tantos siglos
gestándose, poblados de simientes).
Me agrada abandonarme a ellos, acariciarlos
apretando mi mano contra su piel exacta,
en su luz de reflejos, de semillas y aristas.
Metal que es tiempo denso y generoso,
agua limpia para la sed del hombre.
440
Miguel Florián
Lluvia
El agua deslíe la conciencia, una a una
empapa las imágenes, se agitan sus reflejos,
tiemblan sólo un instante sobre la herida. Nunca
acabará la lluvia. En la memoria llueve,
vuelvo a ver los charcos de la infancia, una manta
empapada sobre vagas cabezas, y un rostro
muy fugaz de mujer. Siempre estuvo lloviendo,
los pájaros perdidos buscaban entibiarse
en nuestra sangre. Aquella boca de tibia luna
enmudecida y fría, sobre la yerba húmeda...
¿A dónde lleva el agua esas semillas?, ¿en qué mar
desembocan?, ¿en qué madre germinan?, ¿acaso
el alma es tierra y luego, ya en sazón, fructifican
bajo el temblor de la memoria? Tocar el mundo
con nuestras manos ciegas, y luego, en el recuerdo,
otro mundo renace más intenso. Aquella
mano posada sobre el tiempo, aquella frente
con su gesto de arcilla, y este turbio afán
del hombre por alzar su casa derruida
bajo la tempestad, esta inquietud de abrir
en las ondas de todos los regatos la entraña
encendida del musgo. Sí, ¿en qué océano
en qué lecho se vierten las palabras?, ¿qué muelles
refugian a sus barcos? El cielo es agua quieta,
y el polvo, y los vestigios que espejean y abrasan
en su luz la conciencia. Náufragos todos bajo
idéntico aguacero, peregrinos del sueño,
creciendo sobre el pecho del tiempo, sosteniéndonos
sobre la mano incierta de un dios que nos ignora.
empapa las imágenes, se agitan sus reflejos,
tiemblan sólo un instante sobre la herida. Nunca
acabará la lluvia. En la memoria llueve,
vuelvo a ver los charcos de la infancia, una manta
empapada sobre vagas cabezas, y un rostro
muy fugaz de mujer. Siempre estuvo lloviendo,
los pájaros perdidos buscaban entibiarse
en nuestra sangre. Aquella boca de tibia luna
enmudecida y fría, sobre la yerba húmeda...
¿A dónde lleva el agua esas semillas?, ¿en qué mar
desembocan?, ¿en qué madre germinan?, ¿acaso
el alma es tierra y luego, ya en sazón, fructifican
bajo el temblor de la memoria? Tocar el mundo
con nuestras manos ciegas, y luego, en el recuerdo,
otro mundo renace más intenso. Aquella
mano posada sobre el tiempo, aquella frente
con su gesto de arcilla, y este turbio afán
del hombre por alzar su casa derruida
bajo la tempestad, esta inquietud de abrir
en las ondas de todos los regatos la entraña
encendida del musgo. Sí, ¿en qué océano
en qué lecho se vierten las palabras?, ¿qué muelles
refugian a sus barcos? El cielo es agua quieta,
y el polvo, y los vestigios que espejean y abrasan
en su luz la conciencia. Náufragos todos bajo
idéntico aguacero, peregrinos del sueño,
creciendo sobre el pecho del tiempo, sosteniéndonos
sobre la mano incierta de un dios que nos ignora.
509
Miguel Florián
Mediodía
Crecen los gorriones en el aire,
y la música infantil de alguna flauta
sostiene el mediodía.
A duras penas
el libro nos retiene.
Algún amor vendrá
al zócalo azul de la ventana
para a un país más bello rescatarnos.
A cada instante
el dedo de algún ángel desmorona
la carne contenida. Tras el cristal
la mirada de un pájaro —la alegría
infantil en los ojos del niño.
Aire por todas partes
revolviendo los pliegues del hastío,
elevando la falda enamorada
de la mujer.
Y tiembla el corazón
en la dicha de la piel que imagina.
Es aire.
Y luz que cierra el libro y adormece los párpados,
es sed de barcos,
de bocas deliciosas.
Es hambre de islas lejanísimas.
y la música infantil de alguna flauta
sostiene el mediodía.
A duras penas
el libro nos retiene.
Algún amor vendrá
al zócalo azul de la ventana
para a un país más bello rescatarnos.
A cada instante
el dedo de algún ángel desmorona
la carne contenida. Tras el cristal
la mirada de un pájaro —la alegría
infantil en los ojos del niño.
Aire por todas partes
revolviendo los pliegues del hastío,
elevando la falda enamorada
de la mujer.
Y tiembla el corazón
en la dicha de la piel que imagina.
Es aire.
Y luz que cierra el libro y adormece los párpados,
es sed de barcos,
de bocas deliciosas.
Es hambre de islas lejanísimas.
526
Miguel Hernández
Nanas De La Cebolla
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
1.132
Miguel Florián
Sueño Especular
Amo las gaviotas que se alejan
con una rosa inmóvil en su espacio.
Más allá de todo dios
ansío esta quietud
de líneas paralelas.
Adivino otro mar,
otra arena de azogues
en el hueco del alma.
Como la rosa
que se vierte a sí misma,
siempre así.
Siempre así,
sobre la línea ciega
que se eleva hasta el sol.
Así,
bebiendo en cada agua,
temblando en cada labio.
con una rosa inmóvil en su espacio.
Más allá de todo dios
ansío esta quietud
de líneas paralelas.
Adivino otro mar,
otra arena de azogues
en el hueco del alma.
Como la rosa
que se vierte a sí misma,
siempre así.
Siempre así,
sobre la línea ciega
que se eleva hasta el sol.
Así,
bebiendo en cada agua,
temblando en cada labio.
463
Miguel Hernández
Eterna Sombra
Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
750
Miguel Hernández
El Niño De La Noche
Riéndose, burlándose con claridad del día,
se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces.
No quise más la luz. ¿Para qué? No saldría
más de aquellos silencios y aquellas lobregueces.
Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso
al centro de la esfera de todo lo que existe.
Quise llevar la risa como lo más hermoso.
He muerto sonriendo serenamente triste.
Niño dos veces niño: tres veces venidero.
Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre.
Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero
salir donde la luz su gran tristeza encuentre.
Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia.
Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre.
En una sensitiva sombra de transparencia,
en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre.
Vientre: carne central de todo lo existente.
Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura.
Noche final en cuya profundidad se siente
la voz de las raíces y el soplo de la altura.
Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia.
Mi cuerpo en una densa constelación gravita.
El universo agolpa su errante resonancia
allí, donde la historia del hombre ha sido escrita.
Mirar, y ver en torno la soledad, el monte,
el mar, por la ventana de un corazón entero
que ayer se acongojaba de no ser horizonte
abierto a un mundo menos mudable y pasajero.
Acumular la piedra y el niño para nada:
para vivir sin alas y oscuramente un día.
Pirámide de sal temible y limitada,
sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía.
Mas, algo me ha empujado desesperadamente.
Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado.
Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente
vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces.
No quise más la luz. ¿Para qué? No saldría
más de aquellos silencios y aquellas lobregueces.
Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso
al centro de la esfera de todo lo que existe.
Quise llevar la risa como lo más hermoso.
He muerto sonriendo serenamente triste.
Niño dos veces niño: tres veces venidero.
Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre.
Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero
salir donde la luz su gran tristeza encuentre.
Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia.
Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre.
En una sensitiva sombra de transparencia,
en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre.
Vientre: carne central de todo lo existente.
Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura.
Noche final en cuya profundidad se siente
la voz de las raíces y el soplo de la altura.
Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia.
Mi cuerpo en una densa constelación gravita.
El universo agolpa su errante resonancia
allí, donde la historia del hombre ha sido escrita.
Mirar, y ver en torno la soledad, el monte,
el mar, por la ventana de un corazón entero
que ayer se acongojaba de no ser horizonte
abierto a un mundo menos mudable y pasajero.
Acumular la piedra y el niño para nada:
para vivir sin alas y oscuramente un día.
Pirámide de sal temible y limitada,
sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía.
Mas, algo me ha empujado desesperadamente.
Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado.
Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente
vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
687
Miguel Hernández
19 De Diciembre De 1937
Desde que el alba quiso ser alba, toda eres
madre. Quiso la luna profundamente llena.
En tu dolor lunar he visto dos mujeres,
y un removido abismo bajo una luz serena.
¡Qué olor a madreselva desgarrada y hendida!
¡Qué exaltación de labios y honduras generosas!
Bajo las huecas ropas aleteó la vida,
y se sintieron vivas bruscamente las cosas.
Eres más clara. Eres más tierna. Eres más
suave,
Ardes y te consumes con más recogimiento.
El nuevo amor te inspira la levedad del ave
y ocupa los caminos pausados de tu aliento.
Ríe, porque eres madre con luna. Así lo expresa
tu palidez rendida de recorrer lo rojo;
y ese cerezo exhausto que en tu corazón pesa,
y el ascua repentina que te agiganta el ojo.
Ríe, que todo ríe; que todo es madre leve.
Profundidad del mundo sobre el que te has quedado
sumiéndose y ahondándote mientras la luna mueve,
igual que tú, su hermosa cabeza hacia otro lado.
Nunca tan parecida tu frente al primer cielo.
Todo lo abres, todo lo alegras, madre, aurora.
Vienen rodando el hijo y el sol. Arcos de anhelo
te impulsan. Eres madre. Sonríe. Ríe. Llora.
madre. Quiso la luna profundamente llena.
En tu dolor lunar he visto dos mujeres,
y un removido abismo bajo una luz serena.
¡Qué olor a madreselva desgarrada y hendida!
¡Qué exaltación de labios y honduras generosas!
Bajo las huecas ropas aleteó la vida,
y se sintieron vivas bruscamente las cosas.
Eres más clara. Eres más tierna. Eres más
suave,
Ardes y te consumes con más recogimiento.
El nuevo amor te inspira la levedad del ave
y ocupa los caminos pausados de tu aliento.
Ríe, porque eres madre con luna. Así lo expresa
tu palidez rendida de recorrer lo rojo;
y ese cerezo exhausto que en tu corazón pesa,
y el ascua repentina que te agiganta el ojo.
Ríe, que todo ríe; que todo es madre leve.
Profundidad del mundo sobre el que te has quedado
sumiéndose y ahondándote mientras la luna mueve,
igual que tú, su hermosa cabeza hacia otro lado.
Nunca tan parecida tu frente al primer cielo.
Todo lo abres, todo lo alegras, madre, aurora.
Vienen rodando el hijo y el sol. Arcos de anhelo
te impulsan. Eres madre. Sonríe. Ríe. Llora.
575