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Poemas en este tema

Alma

César Vallejo

César Vallejo

Existe Un Mutilado, No De Un Combate Sino De Un Abrazo

Existe un mutilado, no de un combate sino de un abrazo, no de la guerra
sino de la paz. Perdió el rostro en el amor y no en el odio. Lo
perdió en el curso normal de la vida y no en un accidente. Lo
perdió en el orden de la naturaleza y no en el desorden de los
hombres. El coronel Piccot, Presidente de «Les Gueules
Cassées», lleva la boca comida por la pólvora de
1914. Este mutilado que conozco, lleva el rostro comido por el aire
inmortal e inmemorial.


Rostro muerto sobre el tronco vivo. Rostro yerto y pegado con clavo a
la cabeza viva. Este rostro resulta ser el dorso del cráneo, el
cráneo del cráneo. Vi una vez un árbol darme la
espalda y vi otra vez un camino que me daba la espalda. Un árbol
de espaldas sólo crece en los lugares donde nunca nació
ni murió nadie. Un camino de espaldas sólo avanza por los
lugares donde ha habido todas las muertes y ningún nacimiento.
El mutilado de la paz y del amor, del abrazo y del orden y que lleva el
rostro muerto sobre el tronco vivo, nació a la sombra de un
árbol de espaldas y su existencia transcurre a lo largo de un
camino de espaldas.


Como el rostro está yerto y difunto, toda la vida
psíquica, toda la expresión animal de este hombre, se
refugia, para traducirse al exterior, en el peludo cráneo, en el
tórax y en las extremidades. Los impulsos de su ser profundo, al
salir, retroceden del rostro y la respiración, el olfato, la
vista el oído, la palabra, el resplandor humano de su ser,
funcionan y se expresan por el pecho, por los hombros, por el cabello,
por las costillas, por los brazos y las piernas y los pies.


Mutilado del rostro, tapado del rostro, cerrado del rostro, este hombre
no obstante, está entero y nada le hace falta. No tiene ojos y
ve y llora. No tiene narices y huele y respira. No tiene oídos y
escucha. No tiene boca y habla y sonríe. No tiene frente y
piensa y se sume en sí mismo. No tiene mentón y quiere y
subsiste. Jesús conocía al mutilado de la función,
que tenía ojos y no veía y tenía orejas y no
oía. Yo conozco al mutilado del órgano, que ve sin ojos y
oye sin orejas.

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César Vallejo

César Vallejo

Hallazgo De La Vida

¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la
presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme
libre un momento, para saborear esta emoción formidable,
espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez,
me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.


Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi
exultación viene de que antes no sentí la presencia de la
vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido.
Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría
desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la
vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le
caería la lengua, se le caerían los huesos y
correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de
pie ante mis ojos.


Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado
gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y
horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, les diría que yo
no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en
efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera
vez que nos conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a
verme, como si no me conociera, es decir, por la primera vez.


Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país
extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de
epifanía inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese
caballero. Usted no lo conoce y le sorprendería tan inopinada
parla. No ponga usted el pie sobre esa piedrecilla: quién sabe
no es piedra y vaya usted a dar en el vacío. Sea usted
precavido, puesto que estamos en un mundo absolutamente inconocido.


¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan
reciente, que no hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si
acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía!
Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe
en mí!


Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan
piedras para una gran construcción del boulevard Haussmann.
Nunca, sino ahora avancé paralelamente a la primavera,
diciéndola: «Si la muerte hubiera sido otra...».
Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las
cúpulas de Sacre-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó
un niño y me miró hondamente con su boca. Nunca, sino
ahora, supe que existía una puerta, otra puerta y el canto
cordial de las distancias.


¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte.

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César Vallejo

César Vallejo

Voy A Hablar De La Esperanza

Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora
como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro
este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy
sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también
sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista, también
lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera,
también lo sufriría. Si no fuese católico, ateo ni
mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde
más abajo. Hoy sufro solamente.


Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo ya
causa ni carece de causa. ¿Qué sería su causa?
¿Dónde está aquello tan importante, que dejase de
ser su causa? Nada es su causa; nada ha podido dejar de ser su causa.
¿A qué ha nacido este dolor, por sí mismo? Mi
dolor es del viento del norte y del viento del sur, como esos huevos
neutros que algunas aves raras ponen del viento. Si hubiera muerto mi
novia, mi dolor sería igual. Si la vida fuese, en fin, de otro
modo, mi dolor sería igual. Hoy sufro desde más arriba.
Hoy sufro solamente.


Miro el dolor del hambriento y veo que su hambre anda tan lejos de mi
sufrimiento, que de quedarme ayuno hasta morir, saldría siempre
de mi tumba una brizna de yerba al menos. Lo mismo el enamorado.
¡Qué sangre la suya más engendrada, para la
mía sin fuente ni consumo!


Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran,
inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de
hoy no es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como
le sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia oscura, no
daría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no
echaría sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro
solamente.

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César Vallejo

César Vallejo

Las Ventanas Se Han Estremecido

Las ventanas se han estremecido, elaborando una metafísica del
universo. Vidrios han caído. Un enfermo lanza su queja: la mitad
por su boca lenguada y sobrante, y toda entera, por el ano de su
espalda.


Es el huracán. Un castaño del jardín de las
Tullerías habráse abatido, al soplo del viento, que mide
ochenta metros por segundo. Capiteles de los barrios antiguos,
habrán caído, hendiendo, matando.


¿De qué punto interrogo, oyendo a ambas riberas de los
océanos, de qué punto viene este huracán, tan
digno de crédito, tan honrado de deuda derecho a las ventanas
del hospital? Ay las direcciones inmutables, que oscilan entre el
huracán y esta pena directa de toser o defecar! Ay! las
direcciones inmutables, que así prenden muerte en las
entrañas del hospital y despiertan células clandestinas a
deshora, en los cadáveres.


¿Qué pensaría de si el enfermo de enfrente,
ése que está durmiendo, si hubiera percibido el
huracán? El pobre duerme, boca arriba, a la cabeza de su
morfina, a los pies de toda su cordura. Un adarme más o menos en
la dosis y le llevarán a enterrar, el vientre roto, la boca
arriba, sordo el huracán, sordo a su vientre roto, ante el cual
suelen los médicos dialogar y cavilar largamente, para, al fin,
pronunciar sus llanas palabras de hombres.


La familia rodea al enfermo agrupándose ante sus sienes
regresivas, indefensas, sudorosas. Ya no existe hogar sino en torno al
velador del pariente enfermo, donde montan guardia impaciente, sus
zapatos vacantes, sus cruces de repuesto, sus píldoras de opio.
La familia rodea la mesita por espacio de un alto dividendo. Una mujer
acomoda en el borde de la mesa, la taza, que casi se ha caído.


Ignoro lo que será del enfermo esta mujer, que le besa y no
puede sanarle con el beso, le mira y no puede sanarle con los ojos, le
habla y no puede sanarle con el verbo. ¿Es su madre? ¿Y
cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su amada? ¿Y
cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su hermana? Y
¿cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es, simplemente,
una mujer? ¿Y cómo pues, no puede sanarle? Porque esta
mujer le ha besado, le ha mirado, le ha hablado y hasta le ha cubierto
mejor el cuello al enfermo y ¡cosa verdaderamente asombrosa! no
le ha sanado.


El paciente contempla su calzado vacante. Traen queso. Llevan sierra.
La muerte se acuesta al pie del lecho, a dormir en sus tranquilas aguas
y se duerme. Entonces, los libres pies del hombre enfermo, sin
menudencias ni pormenores innecesarios, se estiran en acento
circunflejo, y se alejan, en una extensión de dos cuerpos de
novios, del corazón.


El cirujano ausculta a los enfermos horas enteras. Hasta donde sus
manos cesan de trabajar y empiezan a jugar, las lleva a tientas,
rozando la piel de los pacientes, en tanto sus párpados
científicos vibran, tocados por la indocta, por la humana
flaqueza del amor. Y he visto a esos enfermos morir precisamente del
amor desdoblado del cirujano, de los largos diagnósticos, de las
dosis exactas, del riguroso análisis de orinas y excrementos. Se
rodeaba de improviso un lecho con un biombo. Médicos y
enfermeros cruzaban delante del ausente, pizarra triste y
próxima, que un niño llenara de números, en un
gran monismo de pálidos miles. Cruzaban así, mirando a
los otros, como si más irreparable fuese morir de apendicitis o
neumonía, y no morir al sesgo del paso de los hombres.


Sirviendo a la causa de la religión, vuela con éxito esta
mosca, a lo largo de la sala. A la hora de la visita de los cirujanos,
sus zumbidos nos perdonan el pecho, ciertamente, pero
desarrollándose luego, se adueñan del aire, para saludar
con genio de mudanza, a los que van a morir. Unos enfermos oyen a esa
mosca hasta durante el dolor y de ellos depende, por eso, el linaje del
disparo, en las noches tremebundas.


¿Cuánto tiempo ha durado la anestesia, que llaman los
hombres? ¡Ciencia de Dios, Teodicea! si se me echa a vivir en
tales condiciones, anestesiado totalmente, volteada mi sensibilidad
para adentro! ¡Ah doctores de las sales, hombres de las esencias,
prójimos de las bases! Pido se me deje con mi tumor de
conciencia, con mi irritada lepra sensitiva, ocurra lo que ocurra
aunque me muera! Dejadme dolerme, si lo queréis, mas dejadme
despierto de sueño, con todo el universo metido, aunque fuese a
las malas, en mi temperatura polvorosa.


En el mundo de la salud perfecta, se reirá por esta perspectiva
en que padezco; pero, en el mismo plano y cortando la baraja del juego,
percute aquí otra risa de contrapunto.


En la casa del dolor, la queja asalta síncopes de gran
compositor, golletes de carácter, que nos hacen cosquillas de
verdad, atroces, arduas, y, cumpliendo lo prometido, nos hielan de
espantosa incertidumbre.


En la casa del dolor, la queja arranca frontera excesiva. No se
reconoce en esta queja de dolor, a la propia queja de la dicha en
éxtasis, cuando el amor y la carne se eximen de azor y cuando,
al regresar, hay discordia bastante para el diálogo.


¿Dónde está, pues, el otro flanco de esta queja de
dolor, si, a estimarla en conjunto, parte ahora del lecho de un hombre?
De la casa del dolor parten quejas tan sordas e inefables y tan
colmadas de tanta plenitud que llorar por ellas sería poco, y
sería ya mucho sonreír.


Se atumulta la sangre en el termómetro.


¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si
en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida!
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si
en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida!
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si
en la muerte nada es posible, sino sobre lo que pudo dejarse en la vida!

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César Vallejo

César Vallejo

Lánguidamente Su Licor

Tendríamos ya una edad misericordiosa, cuando mi padre
ordenó nuestro ingreso a la escuela. Cura de amor, una tarde
lluviosa de febrero, mamá servía en la cocina el yantar
de oración. En el corredor de abajo, estaban sentados a la mesa
mi padre y mis hermanos mayores. Y mi madre iba sentada al pie del
mismo fuego del hogar. Tocaron a la puerta.


—Tocan a la puerta! —mi madre.


—Tocan a la puerta! —mi propia madre.


—Tocan a la puerta! —dijo toda mi madre, tocándose las
entrañas a trastes infinitos, sobre toda la altura de quien
viene.


—Anda, Nativa, la hija, a ver quien viene.


Y, sin esperar la venia maternal, fuera Miguel, el hijo, quien
Salió a ver quién venia así, oponiéndose a
lo ancho de nosotros.


Un tiempo de rúa contuvo a mi familia. Mama Salió,
avanzando inversamente y como si hubiera dicho: las partes. Se hizo
patio afuera. Nativa lloraba de una tal visita, de un tal patio y de la
mano de mi madre. Entonces y cuando, dolor y paladar techaron nuestras
frentes.


—Porque no le deje que saliese a la puerta, —Nativa, la hija—, me ha
echado Miguel al pavo. A su pavo.


¡Qué diestra de subprefecto, la diestra del padre,
revelando, el hombre, las falanjas filiales del niño!
Podía así otorgarle las venturas que el hombre deseara
más tarde. Sin embargo:


—Y mañana, a la escuela, —disertó magistralmente el
padre, ante el público semanal de sus hijos.


—Y tal, la ley, la causa de la ley. Y tal también la vida.


Mamá debió llorar, gimiendo a penas la madre. Ya nadie
quiso comer. En los labios del padre cupo, para salir
rompiéndose, una fina cuchara que conozco. En las fraternas
bocas, la absorta amargura del hijo, quedó atravesada.


Mas, luego, de improviso, Salió de un albañal de aguas
llovedizas y de aquel mismo patio de la visita mala, una gallina, no
ajena ni ponedora, sino brutal y negra. Cloqueaba en mi garganta. Fue
una gallina vieja, maternalmente viuda de unos pollos que no llegaron a
incubarse. Origen olvidado de ese instante, la gallina era viuda de sus
hijos. Fueron hallados vacíos todos los huevos. La clueca
después tuvo el verbo.


Nadie la espantó. Y de espantarla, nadie dejó arrullarse
por su gran calofrío maternal.


—¿Dónde están los hijos de la gallina vieja?


—¿Dónde están los pollos de la gallina vieja?


¡Pobrecitos! ¡Dónde estarían!

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César Vallejo

César Vallejo

El Buen Sentido

Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio
muy grande y lejano y otra vez grande.


Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar,
sino para que empiece a nevar.


La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y
avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte. Que soy
dos veces suyo: por el adiós y por el regreso. La cierro, al
retornar. Por eso me dieran tánto sus ojos, justa de mí,
in fraganti de mí, aconteciéndose por obras terminadas,
por pactos consumados.


Mi madre está confesa de mí, nombrada de mí.
¿Cómo no da otro tanto a mis otros hermanos? A
Víctor, por ejemplo, el mayor, que es tan viejo ya, que las
gentes dicen: ¡Parece hermano menor de su madre! ¡Fuere
porque yo he viajado mucho! ¡Fuere porque yo he vivido más!


Mi madre acuerda carta de principio colorante a mis relatos de regreso.
Ante mi vida de regreso, recordando que viajé durante dos
corazones por su vientre, se ruboriza y se queda mortalmente
lívida, cuando digo, en el tratado del alma: Aquella noche fui
dichoso. Pero, más se pone triste; más se pusiera triste.


—Hijo, ¡cómo estás viejo!


Y desfila por el color amarillo a llorar, porque me halla envejecido,
en la hoja de espada, en la desembocadura de mi rostro. Llora de
mí, se entristece de mí. ¿Qué falta
hará mi mocedad, si siempre seré su hijo? ¿Por
qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos, si
jamás la edad de ellos alcanzará a la de ellas? ¿Y
por qué, si los hijos, cuanto más se acaban, más
se aproximan a los padres? ¡Mi madre llora porque estoy viejo de
mi tiempo y porque nunca llegaré a envejecer del suyo!


Mi adiós partió de un punto de su ser, más externo
que el punto de su ser al que retorno. Soy, a causa del excesivo plazo
de mi vuelta, más el hombre ante mi madre que el hijo ante mi
madre. Allí reside el candor que hoy nos alumbra con tres
llamas. Le digo entonces hasta que me callo:


—Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París. Un sitio
muy grande y muy lejano y otra vez grande.


La mujer de mi padre, al oírme, almuerza y sus ojos mortales
descienden suavemente por mis brazos.

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