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Alma

Rafael Pombo

Rafael Pombo

Decíamos Ayer

Como Fray Luis tras de su largo encierro

«Decíamos ayer...» también digamos.

¿Han pasado años? En la cuenta hay yerro,

O nosotros con ellos no pasamos.

Donde ayer lo dejamos, dulce dueño.

Recomencemos. Recogiendo amantes.

Los rotos hilos del antiguo sueño.

Sigamos arrullándolo como antes.

Respetuosa apartemos la mirada

de tumbas que haya entre partida y vuelta.

Y si hubiere una lágrima ya helada

ruede al calor del corazón disuelta.

Olvidemos la herrumbre que en el oro

de la rica ilusión depuso el llanto,

y los hielos que pálido, inodoro

dejaron el jardín que amamos tanto.

Olvidemos el hado que hizo injusto

de nuestros corazones su juguete,

y regalemos la orfandad del gusto

con el añejo néctar del banquete.

¡No es tarde, es tiempo! Olvida la ígnea huella

que al arador pesar cruzó en frente.

Para mis ojos tú siempre eres bella

yo para ti soy llama siempre ardiente:

Llama que hoy mismo a mi pupila fría

surge desde el recóndito santuario

pese a la nieve que en mi sien rocía

el invierno precoz del solitario.

Mírame en estos ojos que tu imagen

extáticos copiaron tantas veces.

Allí estas tú, sin lágrimas que te ajen

ni tiempo que interponga sus dobleces.

Búscame sólo allí, que yo entretanto

en los tiernos abismos de tus ojos

torno a encontrar mi disipado encanto,

la juventud que te ofrendé de hinojos.

¡Mi juventud!, espléndida al intenso

reverberar de tu alma ingenua y pura,

con brisas de verano por incienso,

y por palma de triunfo tu hermosura.

¡Mi juventud!, por título divino

espigadora en todo lo creado;

nauta en persecución del vellocino

de cuanto fuese de tu culto agrado.

Islas de luz del cielo, margaritas

de colgantes jardines y hondos mares,

néctar de espirituales sibaritas,

soplos de Dios a humanos luminares:

Las miradas del sabio más profundas

y del tal vez más sabio anacoreta;

las perlas de Arte, hijas de amor fecundas;

la suma voz de todo gran poeta.

Esas trombas de lírica armonía,

infiernos de pasión divinizados,

en que nos arrebatan a porfía

todos los embelesos conjurados:

Auras de aquella cima do confluyen

Hermosura y Verdad, pareja santa,

y las dos una misma constituyen,

y espíritu de amor sus nupcias canta.

Buscar palabra al silencioso drama

de la contemplación, mística guerra

entre Dios, Padre amante que reclama

al eterno extranjero de la tierra;

y esta madre de muerte, inmensa y bella

Venus que al por nos nutre y nos devora,

y presintiendo que escapamos de ella

con tanto hechizo nos abraza y llora.

Leer amor en tanta ruda espina

que escarnece a la fe y angustia al bueno.

Mostrar flores del alma en la ruïna,

luz en la oscuridad, oro en el cieno.

La flor de cuanto existe, oro celeste,

único que halagando tu alma noble

brindara en vago esparcimiento agreste

a nuestro doble ser regalo doble;

tal era mi tributo. Una confianza,

una sonrisa, una palabra tuya,

retorno abrumador, que en mi balanza

Dios, no un mortal, será quien retribuya.

Pero todo en redor, la limpia esfera,

el bosque, el viento, el pajarillo amable

semejaba, en tu obsequio, que quisiera

pagar por mí la dádiva impagable.

Aún veo sobre el carbón de tus pupilas

el arrebol fascinador de ocaso;

veo la vacada, escucho las esquilas:

va entrando en su redil paso entre paso.

Escucha, recelosa de la sombra,

la blanda codorniz que al nido llama

y al sentirnos parece que te nombra

y que por verte se empinó en la rama.

Escúchate a ti misma entre el concento

de aquella fiesta universal de amores,

cuando nos coronaba el firmamento

ciñéndonos de púrpura y de flores.

Esas flores murieron. Pero ¿has muerto

tú, fragancia inmortal del alma mía?

Años y años pasaron. Pero ¿es cierto

o es visión que existimos todavía?

Juntos aquí como esa tarde estamos,

y el mismo cielo es ara suntuosa

de aquel amor que entonces nos juramos

y hoy, en los mismos dos, arde y rebosa.

Ahí está el campo, el mirador collado,

el pasmoso horizonte, el sol propicio;

la cúpula y el templo no han variado.

Vuelva el glorificante sacrificio.

¿Y no ha herido tal vez tu fantasía

que aquella tarde insólita, imponente,

fue sólo misteriosa profecía

de este rnisteriosísimo presente...?

En aquel hinmo universal, un dejo

percibí melancólico; y al fondo

de una lágrima tuya vi el bosquejo

del duelo que hoy en lo pasado escondo.

Pasó... Pero esa tarde en su misterio

citó para otra tarde nuestra vida.

Y hela aquí. El alma recobró su imperio

del sol abrasador a la caída.

¡La tarde!, la hora del perfecto aroma,

la hora de fe, de intimidad perfecta,

cuando Dios sobre el sol que se desploma

el infinito incógnito proyecta.

Cuanto es ya el suelo en fuego y tintes falto,

es de ardiente el espíritu y profundo;

y abiertas las esclusas de lo alto

flotamos como en brisas de otro mundo.

Ve cómo el blanco Véspero fulgura,

pasando intacto el arrebol sangriento.

¡Es la Amistad!, la roca firme y pura

que sirve a nuestro amor de hondo cimiento.

Nadie dejó de amar si amó de veras.

Cuando en árido tronco te encarnices

con la segur, tal vez lo regeneras

si son como las nuestras sus raíces.

Y antes te sonará más dulcemente

templada en el raudal de los gemidos,

la antigua voz que murmuraba ardiente

la música de mi alma en tus oídos.

¿Han pasado años?... Puede ser. ¿Quién halla

que el Tiempo sólo arrumbe o dañe o borre?

¡Cuánta espina embotó! ¡Qué de iras calla!

¡Su olvido a cuántos míseros socorre!

Para los dos el ministerio suyo

fue de ungido de Dios y extremo amigo.

Te veo sagrada, y sacro cuanto es tuyo,

y como de un cristal al casto abrigo.

En torno a ti, y a cuanto es tuyo, encuentro

halo de luz, atmósfera de santo;

como al santuario a visitarte hoy entro

y algo hay solemne en tu adorable encanto.

¡Dulce es sentir que hay almas, y que aman!

Su amor.inerme el tiempo para ellas.

Las vuelve, al Dios que férvidas aclaman,

Como El las hizo.jóvenes y bellas.


Han pasado años, sí... ¡por fin pasaron!

¡Rudo tropel que atravesó el camino!

Ya, como un nubarrón se disiparon,

Y nuestro sol a reclamarnos vino.


¡Y ande el tiempo, y sin fin rondando siga

La fiel aguja que su afán nos muestra!

¿Qué hora marcará que no nos diga:

«Aquí os amasteis; yo también soy vuestra?».


En todo grato sueño nos parece

Que ya lo hemos soñado: ese es su hechizo.

Mi mejor sueño a ti te pertenece;

En ti el pasado mágico realizo.


Como a la aparición del rey del día,

De entre la nada lóbrega que espanta,

Brota un mundo de vida y poesía

En que todo ama y resplandece y canta;


Así tú para mí: foco potente.

Núcleo de una creación que he poseído,

Llegas, y en torno a ti surge esplendente

Mi portentoso hogar, y en él resido.


Y el corazón se me abre inmenso, en alas

De música ideal que lo acaricia;

Y tanto aroma y fuego en mi alma exhalas

Que a un tiempo vivo y muero de delicia.


Y tú y yo, tierra y cielo, mente y acto,

Hoy y ayer, la esperanza y la memoria,

Todo ya es uno, en inefable rapto,

Fruición anticipada de la gloria.


Y esa es la juventud: el fugitivo

Presagio de la eterna, que al conjuro

Vuelve de Amor, como en miraje esquivo,

A enseñarnos un bien siempre futuro.


¿Y el sueño cuál será? ¿La no apagada

Luz, o esta bruma efímera de invierno?

¡Ah! lo que pasa no es: es sombra, es nada;

Y no hay más que una realidad: lo Eterno.


Atando el hilo roto un largo instante

Sigamos, pues, llorada compañera,

Hacia atrás, y a la par hacia delante.

A nuestro gran será que hace años era.


Como Fray Luis saliendo del profundo

«Decíamos ayer» también digamos:

Corra el tiempo del mundo para el mundo

Nuestro tiempo, en el alma lo llevamos.



Bogotá, febrero 7 de 1889

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Anônimo

Anônimo

Romance Del Gran Llanto Que Don Gonzalo Gustios Hizo Allá En Córdoba

Pártese el moro Alicante víspera de San Cebrián;
ocho cabezas llevaba, todas de hombres de alta sangre.
Sábelo el rey Almanzor, a recebírselo sale;
aunque perdió muchos moros piensa en esto bien ganar.
Mandara hacer un tablado para mejor los mirar;
mandó traer un cristiano que estaba en captividad,
como ante sí lo trujeron empezóle de hablar:
díjole: -Gonzalo Gustos, mira quien conocerás;
que lidiaron mis poderes en el campo de Almenar,
sacaron ocho cabezas, todas son de gran linaje.
Respondió Gonzalo Gustos: —Presto os diré la verdad.
Y limpiándoles la sangre asaz se fuera a turbar;
dijo llorando agramente: —¡Conózcolas por mi mal!
La una es de mi carillo; las otras me duelen más,
de los Infantes de Lara son, mis hijos naturales.
Así razona con ellas como si vivos hablasen:
—¡Sálveos Dios, Nuño Salido, el mi compadre leal!,
¿adónde son los mis hijos que yo os quise encomendar?
Mas perdonadme, compadre, no he por qué os demandar,
muerto sois como buen ayo, como hombre muy de fiar.
Tomara otra cabeza del hijo mayor de edad:
—¡Oh hijo Diego González, hombre de muy gran bondad,
del conde Garci Fernández alférez el principal,
a vos amaba yo mucho, que me habíades de heredar.
Alimpiándola con lágrimas volviérala a su lugar.
Y toma la del segundo, don Martín que se llamaba:
—¡Dios os perdone, el mi hijo, hijo que mucho preciaba;
jugador de tablas erais el mejor de toda España;
mesurado caballero, muy bien hablabais en plaza!
Y dejándola llorando la del tercero tomaba:
—¡Hijo don Suero González, todo el mundo os estimaba;
el rey os tuviera en mucho, sólo para la su caza!
¡Ruy Velázquez, vuestro tío, malas bodas os depara;
a vos os llevó a la muerte, a mí en cautivo dejaba!
Y tomando la del cuarto lasamente la miraba:
—¡Oh, hijo Fernán González, (nombre del mejor de España,
del buen conde de Castilla, aquel que vos baptizara),
matador de oso y de puerco, amigo de gran compaña;
nunca con gente de poco os vieran en alianza!
Tomó la de Ruy González, al corazón la abrazaba:
—¡Hijo mío, hijo mío, quién como vos se hallara;
gran caballero esforzado, muy buen bracero a ventaja;
vuestro tío Ruy Velázquez tristes bodas ordenara!
Y tomando otra cabeza, los cabellos se mesaba:
—¡Oh, hijo Gustios González, habíades buenas mañas,
no dijérades mentira, ni por oro ni por plata,
animoso, buen guerrero, muy gran heridor de espada,
que a quien dábades de lleno tullido o muerto quedaba!
Tomando la del menor el dolor se le doblaba:
-¡Hijo Gonzalo González, los ojos de doña Sancha!
¡Qué nuevas irán a ella que a vos más que a todos ama!
¡Tan apuesto de persona, decidor bueno entre damas,
repartidor en su haber, aventajado en la lanza!
¡Mejor fuera la mi muerte que ver tan triste jornada!
Al duelo que el viejo hace, toda Córdoba lloraba.
El rey Almanzor, cuidoso, consigo se lo llevaba
y mandaba a una morica lo sirviese muy de gana.
Esta le torna en prisiones y con amor le curaba;
hermana era del rey, doncella moza y lozana;
con ésta Gonzalo Gustios vino a perder la su saña,
que de ella le nació un hijo que a los hermanos vengara.
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