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Poemas en este tema

Alma

Octavio Paz

Octavio Paz

Ejercicio Preparatorio

La hora se vacía.
Me cansa el libro y lo cierro.
Miro, sin mirar, por la ventana.
Me espían mis pensamientos.

Pienso que no pienso.
Alguien, al otro lado, abre una puerta.
Tal vez, tras esa puerta,
no hay otro lado.

Pasos en el pasillo.
Pasos de nadie: es sólo el aire
buscando su camino.

Nunca sabemos
si entramos o salimos.

Yo, sin moverme,
también busco —no mi camino:
el rastro de los pasos
que por años diezmados me han traído
a este instante sin nombre, sin cara.
Sin cara, sin nombre.


Hora deshabitada.
La mesa, el libro, la ventana:
cada cosa es irrefutable.


Sí,
la realidad es real.


Y
flota
—enorme, sólida, palpable—
sobre este instante hueco.


La realidad
está al borde del hoyo siempre.
Pienso que no pienso.

Me confundo
con el aire que anda en el pasillo.
El aire sin cara, sin nombre.

Sin nombre, sin cara,
sin decir: he llegado,

llega.
Interminablemente está llegando,
inminencia que se desvanece
en un aquí mismo


más allá siempre.
Un siempre nunca.


Presencia sin sombra,
disipación de las presencias,
Señora de las reticencias
que dice todo cuando dice nada,
Señora sin nombre, sin cara.

Sin cara, sin nombre:
miro
—sin mirar;
pienso

—y me despueblo.
Es obsceno,
dije en una hora como ésta,
morir en su cama.


Me arrepiento:
no quiero muerte de fuera,
quiero morir sabiendo que muero.
Este siglo está poseído.
En su frente, signo y clavo,
arde una idea fija:
todos los días nos sirve
el mismo plato de sangre.
En una esquina cualquiera
—justo, onmisciente y armado—
aguarda el dogmático sin cara, sin nombre.

Sin nombre, sin cara:
la muerte que yo quiero
lleva mi nombre,

tiene mi cara.

Es mi espejo y es mi sombra,
la voz sin sonido que dice mi nombre,
la oreja que escucha cuando callo,
la pared impalpable que me cierra el paso,
el piso que de pronto se abre.
Es mi creación y soy su criatura.
Poco a poco, sin saber lo que hago,
la esculpo, escultura de aire.
Pero no la toco, pero no me habla.
Todavía no aprendo a ver,
en la cara del muerto, mi cara.
995
Octavio Paz

Octavio Paz

Hablo De La Ciudad

novedad de hoy y ruina de pasado mañana,
enterrda y resucitada cada día,
convivida en calles, plazas, autobuses, taxis, cines,
teatros, bares, hoteles, palomares, catacumbas,
la ciudad enorme que cabe en un cuarto de tres
metros cuadrados inacabable como una galaxia,
la ciudad que nos sueña a todos y que todos
hacemos y deshacemos y rehacemos mientras soñamos,
la ciudad que todos soñamos y que cambia sin
cesar mientras la soñamos,
la ciudad que despierta cada cien años y se
mira en el espejo de una palabra y no se reconoce y otra vez se echa a
dormir,
la ciudad que brota de los párpados de la
mujer que duerme a mi lado y se convierte,
con sus monumentos y sus estatuas, sus historias y
sus leyendas,
en un manantial hecho de muchos ojos y cada ojo
refleja el mismo paisaje detenido,
antes de las escuelas y las prisiones, los alfabetos
y los números, el altar y la ley:
el río que es cuatro ríos, el huerto,
el árbol, la Varona y el Varón vestido de viento
—volver, volver, ser otra vez arcilla,
bañarse en esa luz, dormir bajo esas luminarias,
flotar sobre las aguas del tiempo como la hoja
llameante del arce que arrastra la corriente,
volver, ¿estamos dormidos o despiertos?,
estamos, nada más estamos, amanece, es temprano,
estamos en la ciudad, no podemos salir de ella sin
caer en otra, idéntica aunque sea distinta,
hablo de la ciudad inmensa, realidad diaria hecha de
dos palabras: los otros,
y en cada uno de ellos hay un yo cercenado de un
nosotros, un yo a la deriva,
hablo de la ciudad construida por los muertos,
habitada por sus tercos fantasmas, regida por su despótica
memoria,
la ciudad con la que hablo cuando no hablo con nadie
y que ahora me dicta estas palabras insomnes,
hablo de las torres, los puentes, los
subterráneos, los hangares, maravillas y desastres,
El estado abstracto y sus policías concretos,
sus pedagogos, sus carceleros, sus predicadores,
las tiendas en donde hay de todo y gastamos todo y
todo se vuelve humo,
los mercados y sus pirámides de frutos,
rotación de las cuatro estaciones, las reses en canal colgando
de los garfios, las colinas de especias y las torres de frascos y
conservas,
todos los sabores y los colores, todos los olores y
todas las materias, la marea de las voces —agua, metal, madera, barro—,
el trajín, el regateo y el trapicheo desde el comienzo de los
días,
hablo de los edificios de cantería y de
mármol, de cemento, vidrio, hierro, del gentío en los
vestíbulos y portales, de los elevadores que suben y bajan como
el mercurio en los termómetros,
de los bancos y sus consejos de
administración, de las fábricas y sus gerentes, de los
obreros y sus máquinas incestuosas,
hablo del desfile inmemorial de la
prostitución por calles largas como el deseo y como el
aburrimiento,
del ir y venir de los autos, espejo de nuestros
afanes, quehaceres y pasiones (¿por qué, para qué,
hacia dónde?),
de los hospitales siempre repletos y en los que
siempre morimos solos,
hablo de la penumbra de ciertas iglesias y de las
llamas titubeantes de los cirios en los altares,
tímidas lenguas con las que los desamparados
hablan con los santos y con las vírgenes en un lenguaje ardiente
y entrecortado,
hablo de la cena bajo la luz tuerta en la mesa coja
y los platos desportillados,
de las tribus inocentes que acampan en los
baldíos con sus mujeres y sus hijos, sus animales y sus
espectros,
de las ratas en el albañal y de los gorriones
valientes que anidan en los alambres, en las cornisas y en los
árboles martirizados,
de los gatos contemplativos y de sus novelas
libertinas a la luz de la luna, diosa cruel de las azoteas,
de los perros errabundos, que son nuestros
franciscanos y nuestros bhikkus, los perros que desentierran los huesos
del sol,
hablo del anacoreta y de la fraternidad de los
libertarios, de la conjura de los justicieros y de la banda de los
ladrones,
de la conspiración de los iguales y de la
sociedad de amigos del Crimen, del club de los suicidas y de Jack el
Destripador,
del Amigo de los Hombres, afilador de la guillotina,
y de César, Delicia del Género Humano,
hablo del barrio paralítico, el muro llagado,
la fuente seca, la estatua pintarrajeada,
hablo de los basureros del tamaño de una
montaña y del sol taciturno que se filtra en el polumo,
de los vidrios rotos y del desierto de chatarra, del
crimen de anoche y del banquete del inmortal Trimalción,
de la luna entre las antenas de la televisión
y de una mariposa sobre un bote de inmundicias,
hablo de madrugadas como vuelo de garzas en la
laguna y del sol de alas transparentes que se posa en los follajes de
piedra de las iglesias y del gorjeo de la luz en los tallos de vidrio
de los palacios,
hablo de algunos atardeceres al comienzo del
otoño, cascadas de oro incorpóreo, transfiguración
de este mundo, todo pierde cuerpo, todo se queda suspenso,
la luz piensa y cada uno de nosotros se siente
pensado por esa luz reflexiva, durante un largo instante el tiempo se
disipa, somos aire otra vez,
hablo del verano y de la noche pausada que crece en
el horizonte como un monte de humo que poco a poco se desmorona y cae
sobre nosotros como una ola,
reconciliación de los elementos, la noche se
ha tendido y su cuerpo es un río poderoso de pronto dormido, nos
mecemos en el oleaje de su respiración, la hora es palpable, la
podemos tocar como un fruto,
han encendido las luces, arden las avenidas con el
fulgor del deseo, en los parques la luz eléctrica atraviesa los
follajes y cae sobre nosotros una llovizna verde y fosforescente que
nos ilumina sin mojarnos, los árboles murmuran, nos dicen algo,
hay calles en penumbra que son una
insinuación sonriente, no sabemos adónde van, tal vez al
embarcadero de las islas perdidas,
hablo de las estrellas sobre las altas terrazas y de
las frases indescifrables que escriben en la piedra del cielo,
hablo del chubasco rápido que azota los
vidrios y humilla las arboledad, duró veinticinco minutos y
ahora allá arriba hay agujeros azules y chorros de luz, el vapor
sube del asfalto, los coches relucen, hay charcos donde navegan barcos
de reflejos,
hablo de nubes nómadas y de una música
delgada que ilumina una habitación en un quinto piso y de un
rumor de risas en mitad de la noche como agua remota que fluye entre
raíces y yerbas,
hablo del encuentro esperado con esa forma
inesperada en la que encarna lo desconocido y se manifiesta a cada uno:
ojos que son la noche que se entreabre y el
día que despierta, el mar que se tiende y la llama que habla,
pechos valientes: marea lunar,
labios que dicen sésamo y el tiempo se abra y
el pequeño cuarto se vuelve jardín de metamorfosis y el
aire y el fuego se enlazan, la tierra y el agua se confunden,
o es el advenimiento del instante en que
allá, en aquel otro lado que es aquí mismo, la llave se
cierra y el tiempo cesa de manar;
instante del hasta aquí, fin del hipo, del
quejido y del ansia, el alma pierde cuerpo y se desploma por un agujero
del piso, cae en sí misma, el tiempo se ha desfondado, caminamos
por un corredor sin fin, jadeamos en un arenal,
¿esa música se aleja o se acerca, esas
luces pálidas se encienden o apagan?, canta el espacio, el
tiempo se disipa: es el boqueo, es la mirada que resbala por la lisa
pared, es la pared que se calla, la pared,
hablo de nuestra historia pública y de
nuestra historia secreta, la tuya y la mía,
hablo de la selva de piedra, el desierto del
profeta, el hormigüero de almas, la congregación de tribus,
la casa de los espejos, el laberinto de ecos,
hablo del gran rumor que viene del fondo de los
tiempos, murmullo incoherente de naciones que se juntan o dispersan,
rodar de multitudes y sus armas como peñascos que se
despeñan, sordo sonar de huesos cayendo en el hoyo de la
historia,
hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos
engendra y nos devora, nos inventa y nos olvida.

CARTA DE CREENCIA
921
Octavio Paz

Octavio Paz

1930: Vistas Fijas

¿Qué o quién me guiaba? No buscaba a nadie,
buscaba todo y a todos:
vegetación de cúpulas azules y
campanarios blancos, muros color de sangre seca, arquitecturas:
festín de formas, danza petrificada bajo las
nubes que se hacen y se deshacen y no acaban de hacerse, siempre en
tránsito hacia su forma venidera,
piedras ocres tatuadas por un astro colérico,
piedras lavadas por el agua de la luna;
los parques y las plazuelas, las graves poblaciones
de álamos cantantes y lacónicos olmos, niños y
gorriones y cenzontles,
los corros de ancianos, ahuehuetes cuchicheantes, y
los otros, apeñuscados en los bancos, costales de huesos,
tiritando bajo el gran sol del altiplano, patena incandescente;
calles que no se acaban nunca, calles caminadas como
se lee un libro o se recorre un cuerpo;
patios mínimos, con madreselvas y geranios
generosos colgando de los barandales, ropa tendida, fantasma inocuo que
el viento echa a volar entre las verdes interjecciones del loro de ojo
sulfúreo y, de pronto, un delgado chorro de luz: el canto del
canario;
los figones celeste y las cantinas solferino, el
olor del aserrín sobre el piso de ladrillo, el mostrador
espejeante, equívoco altar en donde los genios de insidiosos
poderes duermen encerrados en botellas multicolores;
la carpa, el ventrílocuo y sus muñecos
procaces, la bailarina anémica, la tiple jamona, el galán
carrasposo;
la feria y los puestos de fritangas donde
hierofantas de ojos canela celebran, entre brasas y sahumerios, las
nupcias de las substancias y la transfiguración de los olores y
los sabores mientras destazan carnes, espolvorean sal y queso
cándido sobre nopales verdeantes, asperjan lechugas donadoras
del sueño sosegado, muelen maíz solar, bendicen manojos
de chiles tornasoles;
las frutas y los dulces, montones dorados de
mandarinas y tejocotes, plátanos áureos, tunas
sangrientas, ocres colinas de nueces y cacahuetes, volcanes de
azúcar, torreones de alegrías, pirámides
transparentes de biznagas, cocadas, diminuta orografía de las
dulzuras terrestres, el campamento militar de las cañas, las
jícamas blancas arrebujadas en túnicas color de tierra,
las limas y los limonones: frescura súbita de risas de mujeres
que se bañan en un río verde;
las guirnaldas de papel y las banderitas tricolores,
arcoiris de juguetería, las estampas de la Guadalupe y las de
los santos, los mártires, los héroes, los campeones, las
estrellas;
el enorme cartel del próximo estreno y la
ancha sonrisa, bahía extática, de la actriz en cueros y
redonda como la luna que rueda por las azoteas, se desliza entre las
sábanas y enciende las visiones rijosas;
las tropillas y vacadas de adolescentes, palomas y
cuervos, las tribus dominicales, los náufragos solitarios y los
viejos y viejas, ramas desgajadas del árbol del siglo;
la musiquita rechinante de los cabellitos, la
musiquita que da vueltas y vueltas en el cráneo como un verso
incompleto en busca de una rima;
y al cruzar la calle, sin razón, porque
sí, como un golpe de mar o el ondear súbito de un campo
de maíz, como el sol que rompe entre nubarrones: la
alegría, el surtidor de la dicha instantánea, ¡ah,
estar vivo, desgranar la granada de esta hora y comerla grano a grano!!;
el atardecer como una barca que se aleja y no acaba
de perderse en el horizonte indeciso;
la luz anclada en el atrio del templo y el lento
oleaje de la hora vencida puliendo cada piedra, cada arista, cada
pensamiento hasta que todo no es sino una transparencia insensiblemente
disipada;
la vieja cicatriz que, sin aviso, se abre, la gota
que taladra, el surco quemado que deja el tiempo en la memoria, el
tiempo sin cara: presentimiento de vómito y caída, el
tiempo que ha ido y regresa, el tiempo que nunca se ha ido y
está aquí desde el principio, el par de ojos agazapados
en un rincón del ser: la seña de nacimiento;
el rápido desplome de la noche que borra las
caras y las casas, la tinta negra de donde salen las trompas y los
colmillos, el tentáculo y el dardo, la ventosa y la naceta, el
rosario de las cacofonías;
la noche poblada cuchicheos y allá lejos un
rumor de voces de mujeres, vagos follajes movidos por el viento;
la luz brusca de los faros del auto sobre la pared
afrentada, la luz navajazo, la luz escupitajo, la reliquia escupida;
el rostro terrible de la vieja al cerrar la ventana
santiguándose, el ladrido del alma en pena del perro en el
callejón como una herida que se encona;
las parejas en las bancas de los parques o de pie en
los repliegues de los quicios, los cuatro brazos anudados,
árboles incandescentes sobre los que reposa la noche,
las parejas, bosques de febriles columnas envueltas
por la resiración del animal deseante de mil ojos y mil manos y
una sola imagen clavad en la frente,
las quietas parejas que avanzan sin moverse con los
ojos cerrados y caen interminablemente en sí mismas;
el vértigo inmóvil del adolescente
desenterrado que rompe por mi frente mientras escribo
y camina de nuevo, multisolo en su soledumbre, por
calles y plazas desmoronadas apenas las digo
y se pierde de nuevo en busca de todo y de todos, de
nada y de nadie
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Octavio Paz

Octavio Paz

Pasado En Claro

Oídos con el alma,
pasos mentales más que sombras,
sombras del pensamiento más que pasos,
por el camino de ecos
que la memoria inventa y borra:
sin caminar caminan
sobre este ahora, puente
tendido entre una letra y otra.
Como llovizna sobre brasas
dentro de mí los pasos pasan
hacia lugares que se vuelven aire.
Nombres: en una pausa
desaparecen, entre dos palabras.
El sol camina sobre los escombros
de lo que digo, el sol arrasa los parajes
confusamente apenas
amaneciendo en esta página,
el sol abre mi frente,

balcón al voladero
dentro de mí.


Me alejo de mí mismo,
sigo los titubeos de esta frase,
senda de piedras y de cabras.
Relumbran las palabras en la sombra.
Y la negra marea de las sílabas
cubre el papel y entierra
sus raíces de tinta
en el subsuelo del lenguaje.
Desde mi frente salgo a un mediodía
del tamaño del tiempo.
El asalto de siglos del baniano
contra la vertical paciencia de la tapia
es menos largo que esta momentánea
bifurcación del pesamiento
entre lo presentido y lo sentido.
Ni allá ni aquí: por esa linde
de duda, transitada
sólo por espejeos y vislumbres,
donde el lenguaje se desdice,
voy al encuentro de mí mismo.
La hora es bola de cristal.
Entro en un patio abandonado:
aparición de un fresno.
Verdes exclamaciones
del viento entre las ramas.
Del otro lado está el vacío.
Patio inconcluso, amenazado
por la escritura y sus incertidumbres.
Ando entre las imágenes de un ojo
desmemoriado. Soy una de sus imágenes.
El fresno, sinuosa llama líquida,
es un rumor que se levanta
hasta volverse torre hablante.
Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos
que luego copian las mitologías.
Adobes, cal y tiempo:
entre ser y no ser los pardos muros.
Infinitesimales prodigios en sus grietas:
el hongo duende, vegetal Mitrídates,
la lagartija y sus exhalaciones.
Estoy dentro del ojo: el pozo
donde desde el principio un niño
está cayendo, el pozo donde cuento
lo que tardo en caer desde el principio,
el pozo de la cuenta de mi cuento
por donde sube el agua y baja
mi sombra.


El patio, el muro, el fresno, el pozo
en una claridad en forma de laguna
se desvanecen. Crece en sus orillas
una vegetación de transparencias.
Rima feliz de montes y edificios,
se desdobla el paisaje en el abstracto
espejo de la arquitectura.
Apenas dibujada,
suerte de coma horizontal (-)
entre el cielo y la tierra,
una piragua solitaria.
Las olas hablan nahua.
Cruza un signo volante las alturas.
Tal vez es una fecha, conjunción de destinos:
el haz de cañas, prefiguración del brasero.
El pedernal, la cruz, esas llaves de sangre
¿alguna vez abrieron las puertas de la muerte?
La luz poniente se demora,
alza sobre la alfombra simétricos incendios,
vuelve llama quimérica
este volumen lacre que hojeo
(estampas: los volcanes, los cúes y, tendido,
manto de plumas sobre el agua,
Tenochtitlán todo empapado en sangre).
Los libros del estante son ya brasas
que el sol atiza con sus manos rojas.
Se rebela el lápiz a seguir el dictado.
En la escritura que la nombra
se eclipsa la laguna.
Doblo la hoja. Cuchicheos:
me espían entre los follajes
de las letras.


Un charco es mi memoria.
Lodoso espejo: ¿dónde estuve?
Sin piedad y sin cólera mis ojos
me miran a los ojos
desde las aguas turbias de ese charco
que convocan ahora mis palabras.
No veo con los ojos: las palabras
son mis ojos. vivimos entre nombres;
lo que no tiene nombre todavía
no existe: Adán de lodo,
No un muñeco de barro, una metáfora.
Ver al mundo es deletrearlo.
Espejo de palabras: ¿dónde estuve?
Mis palabras me miran desde el charco
de mi memoria. Brillan,
entre enramadas de reflejos,
nubes varadas y burbujas,
sobre un fondo del ocre al brasilado,
las sílabas de agua.
Ondulación de sombras, visos, ecos,
no escritura de signos: de rumores.
Mis ojos tienen sed. El charco es senequista:
el agua, aunque potable, no se bebe: se lee.
Al sol del altiplano se evaporan los charcos.
Queda un polvo desleal
y unos cuantos vestigios intestados.
¿Dónde estuve?


Yo estoy en donde estuve:
entre los muros indecisos
del mismo patio de palabras.
Abderramán, Pompeyo, Xicoténcatl,
batallas en el Oxus o en la barda
con Ernesto y Guillermo. La mil hojas,
verdinegra escultura del murmullo,
jaula del sol y la centella
breve del chupamirto: la higuera primordial,
capilla vegetal de rituales
polimorfos, diversos y perversos.
Revelaciones y abominaciones:
el cuerpo y sus lenguajes
entretejidos, nudo de fantasmas
palpados por el pensamiento
y por el tacto disipados,
argolla de la sangre, idea fija
en mi frente clavada.
El deseo es señor de espectros,
somos enredaderas de aire
en árboles de viento,
manto de llamas inventado
y devorado por la llama.
La hendedura del tronco:
sexo, sello, pasaje serpentino
cerrado al sol y a mis miradas,
abierto a las hormigas.

La hendedura fue pórtico
del más allá de lo mirado y lo pensado:
allá dentro son verdes las mareas,
la sangre es verde, el fuego verde,
entre las yerbas negras arden estrellas verdes:
es la música verde de los élitros
en la prístina noche de la higuera;
-allá dentro son ojos las yemas de los dedos,
el tacto mira, palpan las miradas,
los ojos oyen los olores;
-allá dentro es afuera,
es todas partes y ninguna parte,
las cosas son las mismas y son otras,
encarcelado en un icosaedro
hay un insecto tejedor de música
y hay otro insecto que desteje
los silogismos que la araña teje
colgada de los hilos de la luna;
-allá dentro el espacio
en una mano abierta y una frente
que no piensa ideas sino formas
que respiran, caminan, hablan, cambian
y silenciosamente se evaporan;
-allá dentro, país de entretejidos ecos,
se despeña la luz, lenta cascada,
entre los labios de las grietas:
la luz es agua, el agua tiempo diáfano
donde los ojos lavan sus imágenes;
-allá dentro los cables del deseo
fingen eternidades de un segundo
que la mental corriente eléctrica
enciende, apaga, enciende,
resurrecciones llameantes
del alfabeto calcinado;
-no hay escuela allá dentro,
siempre es el mismo día, la misma noche siempre,
no han inventado el tiempo todavía,
no ha envejecido el sol,
esta nieve es idéntica a la yerba,
siempre y nunca es lo mismo,
nunca ha llovido y llueve siempre,
todo está siendo y nunca ha sido,
pueblo sin nombre de las sensaciones,
nombres que buscan cuerpo,
impías transparencias,
jaulas de claridad donde se anulan
la identidad entre sus semejanzas,
la diferencia en sus contradicciones.
La higuera, sus falacias y su sabiduría:
prodigios de la tierra
-fidedignos, puntuales, redundantes-
y la conversación con los espectros.
Aprendizajes con la higuera:
hablar con vivos y con muertos.
También conmigo mismo.


La procesión del
año:
cambios que son repeticiones.
El paso de las horas y su peso.
La madrugada: más que luz, un vaho
de claridad cambiada en gotas grávidas
sobre los vidrios y las hojas:
el mundo se atenúa
en esas oscilantes geometrías
hasta volverse el filo de un reflejo.
Brota el día, prorrumpe entre las hojas
gira sobre sí mismo
y de la vacuidad en que se precipita
surge, otra vez corpóreo.
El tiempo es luz filtrada.
Revienta el fruto negro
en encarnada florescencia,
la rota rama escurre savia lechosa y acre.
Metamorfosis de la higuera:
si el otoño la quema, su luz la transfigura.
Por los espacios diáfanos
se eleva descarnada virgen negra.
El cielo es giratorio
lapizlázuli:
viran au ralenti, sus
continentes,
insubstanciales geografías.
Llamas entre las nieves de las nubes.
La tarde más y más es miel quemada.
Derrumbe silencioso de horizontes:
la luz se precipita de las cumbres,
la sombra se derrama por el llano.

A la luz de la lámpara –la noche
ya dueña de la casa y el fantasma
de mi abuelo ya dueño de la noche-
yo penetraba en el silencio,
cuerpo sin cuerpo, tiempo
sin horas. Cada noche,
máquinas transparentes del delirio,
dentro de mí los libros levantaban
arquitecturas sobre una sima edificadas.
Las alza un soplo del espíritu,
un parpadeo las deshace.
Yo junté leña con los otros
y lloré con el humo de la pira
del domador de potros;
vagué por la arboleda navegante
que arrastra el Tajo turbiamente verde:
la líquida espesura se encrespaba
tras de la fugitiva Galatea;
vi en racimos las sombras agolpadas
para beber la sangre de la zanja:
mejor quebrar terrones style="font-style: italic;">
por la ración de perro del
labrador avaro


que regir las naciones pálidas
de los muertos
;
tuve sed, vi demonios en el Gobi;
en la gruta nadé con la sirena
(y después, en el sueño purgativo,
fendendo i drappi, e mostravami’l
ventre,

quel mí svegliò col
puzzo che n’nuscia
);
grabé sobre mi tumba imaginaria:
no muevas esta lápida, style="font-style: italic;">
soy rico sólo en huesos;
aquellas memorables
pecosas peras encontradas
en la cesta verbal de Villaurrutia;
Carlos Garrote, eterno medio hermano,
Dios te salve, me dijo al
derribarme
y era, por los espejos del insomnio
repetido, yo mismo el que me hería;
Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo;
y los libros marcados por las armas de Príapo,
leídos en las tardes diluviales
el cuerpo tenso, la mirada intensa.
Nombres anclados en el golfo
de mi frente: yo escribo porque el druida,
bajo el rumor de sílabas del himno,
encina bien plantada en una página,
me dio el gajo de muérdago, el conjuro
que hace brotar palabras de la peña.
Los nombres acumulan sus imágenes.
Las imágenes acumulan sus gaseosas,
conjeturales confederaciones.
Nubes y nubes, fantasmal galope
de las nubes sobre las crestas
de mi memoria. Adolescencia,
país de nubes.


Casa grande,
encallada en un tiempo
azolvado. La plaza, los árboles enormes
donde anidaba el sol, la iglesia enana
-su torre les llegaba a las rodillas
pero su doble lengua de metal
a los difuntos despertaba.
Bajo la arcada, en garbas militares,
las cañas, lanzas verdes,
carabinas de azúcar;
en el portal, el tendejón magenta:
frescor de agua en penumbra,
ancestrales petates, luz trenzada,
y sobre el zinc del mostrador,
diminutos planetas desprendidos
del árbol meridiano,
los tejocotes y las mandarinas,
amarillos montones de dulzura.
Giran los años en la plaza,
rueda de Santa Catalina,
y no se mueven.


Mis palabras,
al hablar de la casa, se agrietan.
Cuartos y cuartos, habitados
sólo por sus fantasmas,
sólo por el rencor de los mayores
habitados. Familias,
criaderos de alacranes:
como a los perros dan con la pitanza
vidrio molido, nos alimentan con sus odios
y la ambición dudosa de ser alguien.
También me dieron pan, me dieron tiempo,
claros en los recodos de los días,
remansos para estar solo conmigo.
Niño entre adultos taciturnos
y sus terribles niñerías,
niño por los pasillos de altas puertas,
habitaciones con retratos,
crepusculares cofradías de los ausentes,
niño sobreviviente
de los espejos sin memoria
y su pueblo de viento:
el tiempo y sus encarnaciones
resuelto en simulacros de reflejos.
En mi casa los muertos eran más que los vivos.
Mi madre, niña de mil años,
madre del mundo, huérfana de mí,
abnegada, feroz, obtusa, providente,
jilguera, perra, hormiga, jabalina,
carta de amor con faltas de lenguaje,
mi madre: pan que yo cortaba
con su propio cuchillo cada día.
Los fresnos me enseñaron,
bajo la lluvia, la paciencia,
a cantar cara al viento vehemente.
Virgen somnílocua, una tía
me enseñó a ver con los ojos cerrados,
ver hacia dentro y a través del muro.
Mi abuelo a sonreír en la caída
y a repetir en los desastres: al
hecho, pecho
.
(Esto que digo es tierra
sobre tu nombre derramada: blanda te
sea
.)
Del vómito a la sed,
atado al potro del alcohol,
mi padre iba y venía entre las llamas.
Por los durmientes y los rieles
de una estación de moscas y de polvo
una tarde juntamos sus pedazos.
Yo nunca pude hablar con él.
Lo encuentro ahora en sueños,
esa borrosa patria de los muertos.
Hablamos siempre de otras cosas.
Mientras la casa se desmoronaba
yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza
entre escombros anónimos.


Días
como una frente libre, un libro abierto.
No me multiplicaron los espejos
codiciosos que vuelven
cosas los hombres, número las cosas:
ni mando ni ganancia. La santidad tampoco:
el cielo para mí pronto fue un cielo
deshabitado, una hermosura hueca
y adorable. Presencia suficiente,
cambiante: el tiempo y sus epifanías.
No me habló dios entre las nubes:
entre las hojas de la higuera
me habló el cuerpo, los cuerpos de mi cuerpo.
Encarnaciones instantáneas:
tarde lavada por la lluvia,
luz recién salida del agua,
el vaho femenino de las plantas
piel a mi piel pegada: ¡súcubo!
-como si al fin el tiempo coincidiese
consigo mismo y yo con él,
como si el tiempo y sus dos tiempos
fuesen un solo tiempo
que ya no fuese tiempo, un tiempo
donde siempre es ahora y a
todas horas siempre,
como si yo y mi doble fuesen uno
y yo no fuese ya.
Granada de la hora: bebí sol, comí tiempo.
Dedos de luz abrían los follajes.
Zumbar de abejas en mi sangre:
el blanco advenimiento.
Me arrojó la descarga
a la orilla más sola. Fui un extraño
entre las vastas ruinas de la tarde.
Vértigo abstracto: hablé conmigo,
fui doble, el tiempo se rompió.

Atónita en lo alto del minuto
la carne se hace verbo –y el verbo se despeña.
Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra,
es saberse mortal. Secreto a voces
y también secreto vacío, sin nada adentro:
no hay muertos, sólo hay muerte, madre nuestra.
Lo sabía el azteca, lo adivinaba el griego:
el agua es fuego y en su tránsito
nosotros somos sólo llamaradas.
La muerte es madre de las formas…
El sonido, bastón de ciego del sentido:
escribo muerte y vivo en ella
por un instante. Habito su sonido:
es un cubo neumático de vidrio,
vibra sobre esta página,
desaparece entre sus ecos.
Paisajes de palabras:
los despueblan mis ojos al leerlos.
No importa: los propagan mis oídos.
Brotan allá, en las zonas indecisas
del lenguaje, palustres poblaciones.
Son criaturas anfibias, con palabras.
Pasan de un elemento a otro,
se bañan en el fuego, reposan en el aire.
Están del otro lado. No las oigo, ¿qué dicen?
No dicen: hablan, hablan.


Salto de un cuento a otro
por un puente colgante de once sílabas.
Un cuerpo vivo aunque intangible el aire,
en todas partes siempre y en ninguna.
Duerme con los ojos abiertos,
se acuesta entre las yerbas y amanece rocío,
se persigue a sí mismo y habla solo en los túneles,
es un tornillo que perfora montes,
nadador en la mar brava del fuego
es invisible surtidor de ayes
levanta a pulso dos océanos,
anda perdido por las calles
palabra en pena en busca de sentido,
aire que se disipa en aire.
¿Y para qué digo todo esto?
Para decir que en pleno mediodía
el aire se poblaba de fantasmas,
sol acuñado en alas,
ingrávidas monedas, mariposas.
Anochecer. En la terraza
oficiaba la luna silenciaria.
La cabeza de muerto, mensajera
de las ánimas, la fascinante fascinada
por las camelias y la luz eléctrica,
sobre nuestras cabezas era un revoloteo
de conjuros opacos. ¡Mátala!
gritaban las mujeres
y la quemaban como bruja.
Después, con un suspiro feroz, se santiguaban.
Luz esparcida, Psiquis…


¿Hay mensajeros? Sí,
cuerpo tatuado de señales
es el espacio, el aire es invisible
tejido de llamadas y respuestas.
Animales y cosas se hacen lenguas,
a través de nosotros habla consigo mismo
el universo. Somos un fragmento
-pero cabal en su inacabamiento-
de su discurso. Solipsismo
coherente y vacío:
desde el principio del principio
¿qué dice? Dice que nos dice.
Se lo dice a sí mismo. Oh
madness of discourse,


that cause sets up with and against
itself!


Desde lo alto del minuto
despeñado en la tarde plantas fanerógamas
me descubrió la muerte.
Y yo en la muerte descubrí al lenguaje.
El universo habla solo
pero los hombres hablan con los hombres:
hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio:
el corral de los juegos era historia
y era historia jugar a morir juntos.
La polvareda, el grito, la caída:
algarabía, no discurso.
En el vaivén errante de las cosas,
por las revoluciones de las formas
y de los tiempos arrastradas,
cada una pelea con las otras,
cada una se alza, ciega, contra sí misma.
Así, según la hora cae desen-
lazada, su injusticia pagan. (Anaximandro.)
La injusticia de ser: las cosas sufren
unas con otras y consigo mismas
por ser un querer más, siempre ser más que más.
Ser tiempo es la condena, nuestra pena es la historia.
Pero también es el lugar de prueba:
reconocer en el borrón de sangre
del lienzo de Verónica la cara
del otro-siempre el otro es nuestra víctima.
Túneles, galerías de la historia
¿sólo la muerte es puerta de salida?
El escape, quizás, es hacia dentro.
Purgación del lenguaje, la historia se consume
en la disolución de los pronombres:
ni yo soy ni style="font-style: italic;">yo más sino más ser
sin yo.
En el centro del tiempo ya no hay tiempo,
es movimiento hecho fijeza, círculo
anulado en sus giros.


Mediodía:
llamas verdes los árboles del patio.
Crepitación de brasas últimas
entre la yerba: insectos obstinados.
Sobre los prados amarillos
claridades: los pasos de vidrio del otoño.
Una congregación fortuita de reflejos,
pájaro momentáneo,
entra por la enramada de estas letras.
El sol en mi escritura bebe sombra.
Entre muros –de piedra no:
por la memoria levantados-
transitoria arboleda:
luz reflexiva entre los troncos
y la respiración del viento.
El dios sin cuerpo, el dios sin nombre
que llamamos con nombres
vacíos –con los nombres del vacío-,
el dios del tiempo, el dios que es tiempo,
pasa entre los ramajes
que escribo. Dispersión de nubes
sobre un espejo neutro:
en la disipación de las imágenes
el alma es ya, vacante, espacio puro.
En quietud se resuelve el movimiento.
Insiste el sol, se clava
en la corola de la hora absorta.
Llama en el tallo de agua
de las palabras que la dicen,
la flor es otro sol.
La quietud en sí misma
se disuelve. Transcurre el tiempo
sin transcurrir. Pasa y se queda. Acaso,
aunque todos pasamos, no pasa ni se queda:
hay un tercer estado.

Hay un estar tercero:
el ser sin ser, la plenitud vacía,
hora sin horas y otros nombres
con que se muestra y se dispersa
en las confluencias del lenguaje
no la presencia: su presentimiento.
Los nombres que la nombran dicen: nada,
palabras de dos filos, palabra entre dos huecos.
Su casa, edificada sobre el aire
con ladrillos de fuego y muros de agua,
se hace y se deshace y es la misma
desde el principio. Es dios:
habita nombres que lo niegan.
En las conversaciones con la higuera
o entre los blancos del discurso,
en la conjuración de las imágenes
contra mis párpados cerrados
el desvarío de las simetrías,
los arenales del insomnio,
el dudoso jardín de la memoria
o en los senderos divagantes
era el eclipse de las claridades.
Aparecía en cada forma
de desvanecimiento.


Dios sin cuerpo,
con lenguajes de cuerpo lo nombraban
mis sentidos. Quise nombrarlo
con un nombre solar,
una palabra sin revés.
Fatigué el cubilete y el ars
combinatoria
.
Una sonaja de semillas secas
las letras rotas de los nombres:
hemos quebrantado a los nombres
hemos deshonrado a los nombres.
Ando en busca del nombre desde entonces.
Me fui tras un murmullo de lenguajes,
ríos entre los pedregales
color ferrigno de estos
tiempos.
Pirámides de huesos, pudrideros verbales:
nuestros señores son gárrulos y feroces.
Alcé con las palabras y sus sombras
una casa ambulante de reflejos
torre que anda, construcción en viento.
El tiempo y sus combinaciones:
los años y los muertos y las sílabas,
cuentos distintos de la misma cuenta.
Espiral de los ecos, el poema
es aire que se esculpe y se disipa,
fugaz alegoría de los nombres
verdaderos. A veces la página respira:
los enjambres de signos, las repúblicas
errantes de sonidos y sentidos,
en rotación magnética se enlazan y dispersan
sobre el papel.


Estoy en donde estuve:
voy detrás del murmullo,
pasos dentro de mí, oídos con los ojos,
el murmullo es mental, yo soy mis pasos,
oigo las voces que yo pienso,
las voces que me piensan al pensarlas.
Soy la sombra que arrojan mis palabras.
762
Octavio Paz

Octavio Paz

Repeticiones

El corazón y su redoble iracundo
el obscuro caballo de la sangre
caballo ciego caballo desbocado
el carrousel nocturno la noria del terror
el grito contra el muro y la centella rota
Camino andado

Camino desandado
El cuerpo a cuerpo con un pensamiento afilado
la pena que interrogo cada día y no responde
la pena que no se aparta y cada noche me despierta
la pena sin tamaño y sin nombre
el alfiler y el párpado traspasado
el párpado del día mal vivido
la hora manchada la ternura escupida
la risa loca y la puta mentira
la soledad y el mundo
Camino andado

camino desandado
El coso de la sangre y la pica y la rechifla
el sol sobre la herida
sobre las aguas muertas el astro hirsuto
la rabia y su acidez recomida
el pensamiento que se oxida
y la escritura gangrenada
el alba desvivida y el día amordazado
la noche cavilada y su hueso roído
el horror siempre nuevo y siempre repetido
Camino andado

camino desandado
El vaso de agua la pastilla la lengua de estaño
el hormiguero en pleno sueño
cascada negra de la sangre
cascada pétrea de la noche
el peso bruto de la nada
zumbido de motores en la ciudad inmensa
lejos cerca lejos en el suburbio de mi oreja
aparición del metro cojo
el puente roto y el ahogado
Camino andado

camino desandado
El pensamiento circular y el círculo de familia
¿qué hice qué hiciste qué hemos hecho?
el laberinto de la culpa sin culpa
el espejo que acusa y el silencio que se gangrena
el día estéril la noche estéril el dolor
estéril
la soledad promiscua el mundo despoblado
la sala de espera en donde ya no hay nadie
Camino andado y desandado
la vida se ha ido sin volver el rostro.
575
Octavio Paz

Octavio Paz

El Cántaro Roto

La mirada interior se despliega y un mundo de vértigo y llama nace bajo la frente del que sueña:
soles azules, verdes remolinos, picos de luz que abren astros como granadas,
tornasol solitario, ojo de oro girando en el centro de una explanada calcinada,
bosques de cristal de sonido, bosques de ecos y respuestas y ondas, diálogo de transparencias,
¡viento, galope de agua entre los muros interminables de una garganta de azabache,
caballo, cometa, cohete que se clava justo en el corazón de la noche, plumas, surtidores,
plumas, súbito florecer de las antorchas, velas, alas, invasión de lo blanco,
pájaros de las islas cantando bajo la frente del que sueña!

Abrí los ojos, los alcé hasta el cielo y vi cómo la noche se cubría de estrellas.
¡Islas vivas, brazaletes de islas llameantes, piedras ardiendo,
respirando, racimos de piedras vivas,
cuánta fuente, qué claridades, qué cabelleras
sobre una espalda oscura,
cuánto río allá arriba, y ese sonar remoto de
agua junto al fuego, de luz contra la sombra!
Harpas, jardines de harpas.

Pero a mi lado no había nadie.
Sólo el llano: cactus, huizaches, piedras enormes que estallan
bajo el sol.
No cantaba el grillo,
había un vago olor a cal y semillas quemadas,
las calles del poblado eran arroyos secos
y el aire se habría roto en mil pedazos si alguien hubiese gritado:
¿quién vive?
Cerros pelados, volcán frío, piedra y jadeo bajo tanto
esplendor, sequía, sabor de polvo,
rumor de pies descalzos sobre el polvo, ¡y el pirú en
medio del llano como un surtidor petrificado!

Dime, sequía, dime, tierra quemada, tierra de huesos remolidos,
dime, luna agónica,
¿no hay agua,
hay sólo sangre, sólo hay polvo, sólo pisadas
de pies desnudos sobre la espina,
sólo andrajos y comida de insectos y sopor bajo el mediodía
impío como un cacique de oro?
¿No hay relinchos de caballos a la orilla del río, entre
las grandes piedras redondas y relucientes,
en el remanso, bajo la luz verde de las hojas y los gritos de los hombres
y las mujeres bahándose al alba?
El dios-maíz, el dios-flor, el dios-agua, el dios-sangre, la
Virgen,
¿todos se han muerto, se han ido, cántaros rotos al borde
de la fuente cegada?
¿Sólo está vivo el sapo,
sólo reluce y brilla en la noche de México el sapo verduzco,
sólo el cacique gordo de Cempoala es inmortal?

Tendido al pie del divino árbol de jade regado con sangre, mientras
dos esclavos jóvenes lo abanican,
en los días de las grandes procesiones al frente del pueblo,
apoyado en la cruz: arma y bastón,
en traje de batalla, el esculpido rostro de silex aspirando como un
incienso precioso el humo de los fusilamientos,
los fines de semana en su casa blindada junto al mar, al lado de su
querida cubierta de joyas de gas neón,
¿sólo el sapo es inmortal?

He aquí a la rabia verde y fría y a su cola de navajas
y vidrio cortado,
he aqui al perro y a su aullido sarnoso,
al maguey taciturno, al nopal y al candelabro erizados, he aquí
a la flor que sangra y hace sangrar,
la flor de inexorable y tajante geometría como un delicado instrumento
de tortura,
he aquí a la noche de dientes largos y mirada filosa, la noche
que desuella con un pedernal invisible,
oye a los dientes chocar uno contra otro,
oye a los huesos machacando a los huesos,
al tambor de piel humana golpeado por el fémur,
al tambor del pecho golpeado por el talón rabioso,
al tam-tam de los tímpanos golpeados por el sol delirante,
he aqui al polvo que se levanta como un rey amarillo y todo lo descuaja
y danza solitario y se derrumba
como un árbol al que de pronto se le han secado las raíces,
como una torre que cae de un solo tajo,
he aquí al hombre que cae y se levanta y come polvo y se arrastra,
al insecto humano que perfora la piedra y perfora los siglos y carcome
la luz,
he aquí a la piedra rota, al hombre roto, a la luz rota.

¿Abrir los ojos o cerrarlos, todo es igual?
Castillos interiores que incendia el pensamiento porque otro más
puro se levante, sólo fulgor y llama,
semilla de la imagen que crece hasta ser árbol y hace estallar
el cráneo,
palabra que busca unos labios que la digan,
sobre la antigua fuente humana cayeron grandes piedras,
hay siglos de piedras, años de losas, minutos espesores sobre
la fuente humana.

Dime, sequía, piedra pulida por el tiempo sin dientes, por el
hambre sin dientes,
polvo molido por dientes que son siglos, por siglos que son hambres,
dime, cántaro roto caído en el polvo, dime,
¿la luz nace frotando hueso contra hueso, hombre contra hombre,
hambre contra hambre,
hasta que surja al fin la chispa, el grito, la palabra,
hasta que brote al fin el agua y crezca el árbol de anchas hojas
de turquesa?

Hay que dormir con los ojos abiertos, hay que soñar con las manos,
soñemos sueños activos de río buscando su cauce,
sueños de sol soñando sus mundos,
hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto
eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros,
cantar hasta que el sueño engendre y brote del costado del dormido
la espiga roja de la resurrección,
el agua de la mujer, el manantial para beber y mirarse y reconocerse
y recobrarse,
el manantial para saberse hombre, el agua que habla a solas en la noche
y nos llama con nuestro nombre,
el manantial de las palabras para decir yo, tú, él, nosotros,
bajo el gran árbol viviente estatua de la lluvia,
para decir los pronombres hermosos y reconocernos y ser fieles a nuestros
nombres
hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar
siglos arriba,
más allá de la infancia, más allá del comienzo,
más allá de las aguas del bautismo,
echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar de nuevo
lo que fue separado,
vida y muerte no son mundos contrarios, somos un solo tallo con dos
flores gemelas,
hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y
también hacia afuera,
descifrar el tatuaje de la noche y mirar cara a cara al mediodía
y arrancarle su máscara,
bañarse en luz solar y comer los frutos nocturnos, deletrear
la escritura del astro y la del río,
recordar lo que dicen la sangre y la marea, la tierra y el cuerpo,
volver al punto de partida,
ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, al cruce de caminos, adonde
empiezan los caminos,
porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de follaje canta
el agua
y el alba está cargada de frutos, el día y la noche reconciliados
fluyen como un río manso,
el día y la noche se acarician largamente como un hombre y una
mujer enamorados,
como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las
estaciones y los hombres,
hacia allá, al centro vivo del origen, más allá
de fin y comienzo.
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