Alma
Julián del Casal
Páginas De Vida
Cubierto por un toldo de frías brumas,
Mirando cada mástil doblarse en arco,
Oyendo los fragores de las espumas;
Mientras daba la nave, tumbo tras tumbo,
Encima de las ondas alborotadas,
Cual si ansiosa estuviera de emprender rumbo
Hacia remotas aguas nunca surcadas;
Sintiendo ya el delirio de los alcohólicos,
En que ahogaba su llanto de despedida,
Narrábame, en los tonos más melancólicos,
Las páginas secretas de nuestra vida.
—Yo soy como esas plantas que ignota mano
Siembra un día en el surco por donde marcha,
Ya para que la anime luz de verano,
Ya para que la hiele frío de escarcha.
Llevado por el soplo del torbellino,
Que cada día a extraño suelo me arroja,
Entre las rudas zarzas de mi camino,
Si no dejo un capullo, dejo una hoja.
Mas como nada espero lograr del hombre,
Y en la bondad divina mi ser confía,
Aunque llevo en el alma penas sin nombre
No siento la nostalgia de la alegría.
¡Ígnea columna sigue mi paso cierto!
¡Salvadora creencia mi ánimo salva!
Yo sé que tras las olas me aguarda el puerto
Yo sé que tras la noche surgirá el alba.
Tú, en cambio, que doliente mi voz escuchas,
Sólo el hastío llevas dentro del alma;
Juzgándote vencido, por nada luchas,
Y de ti se desprende siniestra calma.
Tienes en tu conciencia sinuosidades
Donde se extraviaría mi pensamiento,
Como al surcar del éter las soledades
El águila en las nubes del firmamento.
Sé que ves en el mundo cosas pequeñas
Y que por algo grande siempre suspiras;
Mas no hay nada tan bello como lo sueñas,
Ni es la vida tan triste como la miras.
Si hubiéramos más tiempo juntos vivido
No nos fuera la ausencia tan dolorosa.
¡Tú cultivas tus males, yo el mío olvido!
¡Tú lo ves todo en negro, yo todo en rosa!
Quisiera estar contigo largos instantes,
Pero a tu ardiente súplica ceder no puedo:
¡Hasta tus verdes ojos relampagueantes,
Si me inspiran cariño, me infunden miedo!
Genio errante, vagando de clima en clima,
Sigue el rastro fulgente de un espejismo,
Con el ansia de alzarse siempre a la cima,
Mas también con el vértigo que da el abismo.
Cada vez que en él pienso la calma pierdo,
Palidecen los tintes de mi semblante,
Y en mi alma se arraiga su fiel recuerdo
Como en fosa sombría cardo punzante.
Doblegado en la tierra, luego de hinojos,
Miro cuanto a mi lado gozoso existe;
Y pregunto, con lágrimas en los ojos,
¿Por qué has hecho, ¡oh, Dios mío!, mi alma
tan triste?
Julián del Casal
Día De Fiesta
Con escudo de oro; vibraciones
De altas campanas; báquicas canciones;
Palmas verdes ondeando en todas partes;
Banderas tremolando en los baluartes;
Figuras femeninas en balcones;
Estampido cercano de cañones;
Gentes que lucran por diversas artes.
Mas, ¡ay!, mientras la turba se divierte
Y se agita en ruidoso movimiento
Como un mar de embravecidas olas,
Circula por mi ser frío de muerte
Y en lo interior del alma sólo siento
Ansia infinita de llorar a solas.
Julián del Casal
Las Alamedas
Donde el viento al silbar entre las hojas
Oscuras de las verdes arboledas,
Imita de un anciano las congojas;
Donde todo reviste vago aspecto
Y siente el alma que el silencio encanta,
Más suave el canto del nocturno insecto,
Más leve el ruido de la humana planta;
Donde el caer de erguidos surtidores
Las sierpes de agua en las marmóreas tazas,
Ahogan con su canto los rumores
Que aspira el viento en las ruidosas plazas;
Donde todo se encuentra adolorido
O halla la savia de la vida acerba,
Desde el gorrión que pía en su nido
Hasta la brizna lánguida de yerba;
Donde, al fulgor de pálidos luceros,
La sombra transparente del follaje
Parece dibujar en los senderos
Negras mantillas de sedoso encaje;
Donde cuelgan las lluvias estivales
De curva rama diamantino arco,
Teje la luz deslumbradores chales
Y fulgura una estrella en cada charco.
Van allí, con sus tristes corazones,
Pálidos seres de sonrisa mustia,
Huérfanos para siempre de ilusiones
Y desposados con la eterna angustia.
Allí, bajo la luz de las estrellas,
Errar se mira al soñador sombrío
Que en su faz lleva las candentes huellas
De la fiebre, el insomnio y el hastío.
Allí en un banco, humilde sacerdote
Devora sus pesares solitarios,
Como el marino que en desierto islote
Echaron de la mar vientos contrarios.
Allí el mendigo, con la alforja al hombro,
Doblado el cuello y las miradas bajas,
Retratado en sus ojos el asombro,
Rumia de los festines las migajas.
Allí una hermosa, con cendal de luto,
Aprisionado por brillante joya,
De amor aguarda el férvido tributo
Como una dama típica de Goya.
Allí del gas a las cobrizas llamas
No se descubren del placer los rastros
Y a través del calado de las ramas
Más dulce es la mirada de los astros.
Julián del Casal
La Cólera Del Infante
Que incendia el Sol de vivos resplandores,
Mientras la brisa de la tarde arroja,
Sobre el tapiz de pálidos colores,
Pistilos de clemátides fragantes
Que agonizan en copas opalinas
Y esparcen sus aromas enervantes
De la regia mansión en las cortinas,
Está el Infante en su sitial de seda,
Con veste azul, flordelisada de oro,
Mirando divagar por la alameda
Niños que juegan en alegre coro.
Como un reflejo por oscura brasa
Que se extingue en dorado pebetero,
Por sus pupilas nebulosas pasa
La sombra de un capricho pasajero
Que, encendiendo de sangre sus mejillas
Más pálidas que pétalos de lirios,
Hace que sus nerviosas manecillas
Muevan los dedos, largos como cirios,
Encima de sus débiles rodillas.
—¡Ah!, quién pudiera, en su interior exclama,
Abandonar los muros del castillo;
Correr del campo entre la verde grama
Como corre ligero cervatillo;
Sumergirse en la fresca catarata
Que baja del palacio a los jardines,
Cual alfombra lumínica de plata
Salpicada de nítidos jazmines;
Perseguir con los ágiles lebreles,
Del jabalí las fugitivas huellas
Por los bosques frondosos de laureles;
Trovas de amor cantar a las doncellas,
Mezclarse a la algazara de los rubios
Niños que, del poniente a los reflejos,
Aspirando del campo los efluvios,
Veo siempre jugar, allá a lo lejos,
Y a cambio del collar de pedrería
Que ciñe a mi garganta sus cadenas,
Sentir dentro del alma la alegría
Y ondas de sangre en las azules venas.
Habla, y en el asiento se incorpora,
Como se alza un botón sobre su tallo;
Mas, rendido de fiebre abrasadora,
Cae implorando auxilio de un vasallo,
Y para disipar los pensamientos
Que, como enjambre súbito de avispas
Ensombrecen sus lánguidos momentos,
Con sus huesosos dedos macilentos
Las perlas del collar deshace en chispas.
Julián del Casal
Rondeles
Tétrica y desencantada,
Oirás contar una cosa
Que te deje el alma helada.
Tu faz de color de rosa
Se quedará demacrada,
Al oír la extraña cosa
Que te deje el alma helada.
Mas sé para mí piadosa,
Si de mi vida ignorada,
Cuando yo duerma en la fosa,
Oyes contar una cosa
Que te deje el alma helada.
Julián del Casal
Nihilismo
En medio de las sombras de la noche,
Por arrastrarme hacia la vida brega
Con las dulces cadencias del reproche.
Yo la escucho vibrar en mis oídos,
Como al pie de olorosa enredadera
Los gorjeos que salen de los nidos
Indiferente escucha herida fiera.
¿A qué llamarme al campo del combate
Con la promesa de terrenos bienes,
Si ya mi corazón por nada late
Ni oigo la idea martillar mis sienes?
Reservad los laureles de la fama
Para aquellos que fueron mis hermanos:
Yo, cual fruto caído de la rama,
Aguardo los famélicos gusanos.
Nadie extrañe mis ásperas querellas:
Mi vida, atormentada de rigores,
Es un cielo que nunca tuvo estrellas,
Es un árbol que nunca tuvo flores.
De todo lo que he amado en este mundo
Guardo, como perenne recompensa,
Dentro del corazón, tedio profundo,
Dentro del pensamiento, sombra densa.
Amor, patria, familia, gloria, rango,
Sueños de calurosa fantasía,
Cual nelumbios abiertos entre el fango
Sólo vivisteis en mi alma un día.
Hacia país desconocido abordo
Por el embozo del desdén cubierto:
Para todo gemido estoy ya sordo,
Para toda sonrisa estoy ya muerto.
Siempre el destino mi labor humilla
O en males deja mi ambición trocada:
Donde arroja mi mano una semilla
Brota luego una flor emponzoñada.
Ni en retornar la vista hacia el pasado
Goce encuentra mi espíritu abatido:
Yo no quiero gozar como he gozado,
Yo no quiero sufrir como he sufrido.
Nada del porvenir a mi alma asombra
Y nada del presente juzgo bueno;
Si miro al horizonte todo es sombra,
Si me inclino a la tierra todo es cieno.
Y nunca alcanzaré en mi desventura
Lo que un día mi alma ansiosa quiso:
Después de atravesar la selva oscura
Beatriz no ha de mostrarme el Paraíso.
Ansias de aniquilarme sólo siento
O de vivir en mi eternal pobreza
Con mi fiel compañero, el descontento,
Y mi pálida novia, la tristeza.
Julián del Casal
A La Belleza
De incógnito santuario,
Ya muero de buscarte por el mundo
Sin haberte encontrado.
Nunca te han visto mis inquietos ojos,
Pero en el alma guardo
Intuición poderosa de la esencia
Que anima tus encantos.
Ignoro en qué lenguaje tú me hablas,
Pero, en idioma vago,
Percibo tus palabras misteriosas
Y te envío mis cantos.
Tal vez sobre la Tierra no te encuentre,
Pero febril te aguardo,
Como el enfermo, en la nocturna sombra,
Del Sol el primer rayo.
Yo sé que eres más blanca que los cisnes,
Más pura que los astros,
Fría como las vírgenes y amarga
Cual corrosivos ácidos.
Ven a calmar las ansias infinitas
Que, como mar airado,
Impulsan el esquife de mi alma
Hacia país extraño.
Yo sólo ansío, al pie de tus altares,
Brindarte en holocausto
La sangre que circula por mis venas
Y mis ensueños castos.
En las horas dolientes de la vida
Tu protección demando,
Como el niño que marcha entre zarzales
Tiende al viento los brazos.
Quizás como te sueña mi deseo
Estés en mí reinando,
Mientras voy persiguiendo por el mundo
Las huellas de tu paso.
Yo te busqué en el fondo de las almas
Que el mal no ha mancillado
Y surgen del estiércol de la vida
Cual lirios de un pantano.
En el seno tranquilo de la ciencia
Que, cual tumba de mármol,
Guarda tras la bruñida superficie
Podredumbre y gusanos.
En brazos de la gran Naturaleza,
De los que hui temblando
Cual del regazo de la madre infame
Huye el hijo azorado.
En la infinita calma que se aspira
En los templos cristianos
Como el aroma sacro de incienso
En ardiente incensario.
En las ruinas humeantes de los siglos,
Del dolor en los antros
Y en el fulgor que irradian las proezas
Del heroísmo humano.
Ascendiendo del Arte a las regiones
Sólo encontré tus rasgos
De un pintor en los lienzos inmortales
Y en las rimas de un bardo.
Mas como nunca en mi áspero sendero
Cual te soñé te hallo,
Moriré de buscarte por el mundo
Sin haberte encontrado.
Julián del Casal
Ante El Retrato De Juana Samary
Y, en mis horas amargas de tristeza,
Tu imagen ideal he contemplado
Extasiándome siempre en su belleza.
Aunque en ella mostrabas la alegría
Que reta a los rigores de la suerte,
Detrás de tus miradas yo advertía
El terror invencible de la muerte.
Y no te amé por la sonrisa vana
Con que allí tu tristeza se reviste;
Te amé, porque en ti hallaba un alma hermana,
Alegre en lo exterior y dentro triste.
Hoy ya no atraes las miradas mías
Ni mi doliente corazón alegras,
En medio del cansancio de mis días
O la tristeza de mis noches negras;
Porque al saber que de tu cuerpo yerto
Oculta ya la tierra tus despojos,
Siento que algo de mí también ha muerto
Y se llenan de lágrimas mis ojos.
¡Feliz tú que emprendiste el raudo vuelo
Hacia el bello país desconocido
Donde esparce su aroma el asfodelo
Y murmura la fuente del olvido!
Igual suerte en el mundo hemos probado,
Mas ya contra ella mi dolor no clama:
Si tú nunca sabrás que yo te he amado
Tal vez yo ignore siempre quién me ama.
Julián del Casal
Camafeo
Y ante ella de placer no se enajena,
Si hay en tu busto líneas de escultura
Y hay en tu voz acentos de sirena?
Dentro de tus pupilas centelleantes,
Adonde nunca se asomó un reproche,
Llevas el resplandor de los diamantes
Y la sombra profunda de la noche.
Hecha ha sido tu boca purpurina
Con la sangre encendida de la fresa,
Y tu faz con blancuras de neblina
Donde quedó la luz del Sol impresa.
Bajo el claro fulgor de tu mirada
Como rayo de sol sobre la onda,
Vaga siempre en tu boca perfumada
La sonrisa inmortal de la Gioconda.
Desciende en negros rizos tu cabello
Lo mismo que las ondas de un torrente,
Por las líneas fugaces de tu cuello
Y el jaspe sonrosado de tu frente.
Presume el corazón que te idolatra
Como a una diosa de la antigua Grecia,
Que tienes la belleza de Cleopatra
Y la virtud heroica de Lucrecia.
Mas no te amo. Tu hermosura encierra
Tan sólo para mí focos de hastío...
¿Podrá haber en los lindes de la Tierra
Un corazón tan muerto como el mío?
Julián del Casal
Tras Una Enfermedad
El ardor de la sangre de mis venas,
Ni el peso de sus cálidas cadenas
Mi cuerpo débil sobre el lecho entume.
Ahora que mi espíritu presume
Hallarse libre de mortales penas,
Y que podrá ascender por las serenas
Regiones de la luz y del perfume,
Haz, ¡oh, Dios!, que no vean ya mis ojos
La horrible Realidad que me contrista
Y que marche en la inmensa caravana,
O que la fiebre, con sus velos rojos,
Oculte para siempre ante mi vista
La desnudez de la miseria humana.
Julián del Casal
En Un Hospital
Que ansía echar el mundo de su seno,
Como la nube al estruendoso trueno
Que la puebla de lóbregos rumores;
Plácenme tus sombríos corredores
Con su ambiente impregnado del veneno
Que dilatan en su ámbito sereno
Los males de tus tristes moradores.
Hoy que el dolor mi juventud agosta
Y que mi enfermo espíritu intranquilo
Ve su ensueño trocarse en hojarasca,
Pienso que tú serás la firme costa
Donde podré encontrar seguro asilo
En la hora fatal de la borrasca.
Julián del Casal
Inquietud
De morir joven triste certidumbre,
Cadenas de oprobiosa servidumbre,
Hedor de las tinieblas sepulcrales.
Centelleo de vívidos puñales
Blandidos por ignara muchedumbre,
Para arrojarnos desde altiva cumbre
Hasta el fondo de infectos lodazales;
Ante nada mi paso retrocede,
Pero aunque todo riesgo desafío,
Nada mi corazón perturba tanto,
Como pensar que un día darme puede
Todo lo que hoy me encanta, amargo hastío,
Todo lo que hoy me hastía, dulce encanto.
Julián del Casal
Flor De Cieno
Que el viento huracanado desmorona
Y en cuyas piedras húmedas entona
Hosco búho su endecha funeraria.
Por fuera sólo es urna cineraria
Sin inscripción, ni fecha, ni corona;
Mas dentro, donde el cieno se amontona,
Abre sus hojas fresca pasionaria.
Huyen los hombres al oír el canto
Del búho que en la atmósfera se pierde,
Y, sin que sepan reprimir su espanto,
No ven que, como planta siempre verde,
Entre el negro raudal de mi amargura
Guarda mi corazón su esencia pura.
Julián del Casal
Al Juez Supremo
Ni el Orgullo inspiró los anatemas
Que atraviesan mis mórbidos poemas
Cual aves negras entre espigas blondas.
Aunque la Dicha terrenal me escondas
No a la voz de mis súplicas le temas,
Que ni lauros, ni honores, ni diademas
Turban de mi alma las dormidas ondas.
Si algún día mi férvida plegaria,
¡Oh, Dios mío!, en blasfemia convertida
Vuela a herir tus oídos paternales,
Es que no siente mi alma solitaria,
En medio de la estepa de la vida,
El calor de las almas fraternales.
Julián del Casal
A Un Crítico
Donde abraza el artista a la Quimera
Que dotó de hermosura duradera
En la tela, en el mármol o en la rima;
Yo sé que el soplo extraño que me anima
Es un soplo de fuerza pasajera,
Y que el Olvido, el día que yo muera,
Abrirá para mí su oscura sima.
Mas sin que sienta de vivir antojos
Y sin que nada mi ambición despierte,
Tranquilo iré a dormir con los pequeños,
Si veo fulgurar ante mis ojos,
Hasta el instante mismo de la muerte,
Las visiones doradas de mis sueños.
Julián del Casal
A La Castidad
Dura el amor lo que en la rama el fruto,
Y mi alma vistió de eterno luto
Y en mi cuerpo infiltró mortal veneno.
Ni con voz de ángel o lenguaje obsceno
Logra en mí enardecer al torpe bruto,
Que si le rinde varonil tributo
Agoniza al instante de odio lleno.
¡Oh, blanca Castidad! Sé el ígneo faro
Que guíe el paso de mi planta inquieta
A través del erial de las pasiones,
Y otórgame, en mi horrendo desamparo,
Con los dulces ensueños del poeta
La calma de los puros corazones.
Julián del Casal
Paisaje Espiritual
Al penetrar en la mundana liza,
Cual la chispa al caer en la ceniza
Pierde el ardor en fugitivo espasmo.
Sumergido en estúpido marasmo
Mi pensamiento atónito agoniza
O, al revivir, mis fuerzas paraliza
Mostrándome en la acción un vil sarcasmo.
Y aunque no endulcen mi infernal tormento
Ni la Pasión, ni el Arte, ni la Ciencia,
Soporto los ultrajes de la suerte,
Porque en mi alma desolada siento,
El hastío glacial de la existencia
Y el horror infinito de la muerte.
Julián del Casal
Mi Padre
Como el frío en el disco de la Luna,
Mirada en que al amor del bien se aduna
La firme voluntad del hombre fuerte.
Tuvo el alma más triste que la muerte
Sin que sufriera alteración alguna,
Ya al sentir el favor de la fortuna,
Ya los rigores de la adversa suerte.
Abrasado de férvido idealismo,
Despojada de sombras la conciencia,
Sordo del mundo a las confusas voces,
En la corriente azul del misticismo
Logró apagar, al fin de la existencia,
Su sed ardiente de inmortales goces.
Julián del Casal
A Mi Madre
Que murió de dar vida a un desdichado,
Pues salí de tu seno delicado
Como sale una espina de una planta.
Hoy que tu dulce imagen se levanta
Del fondo de mi lóbrego pasado,
El llanto está a mis ojos asomado,
Los sollozos comprimen mi garganta
Y aunque yazgas trocada en polvo yerto,
Sin ofrecerme bienhechor arrimo,
Como quiera que estés siempre te adoro,
Porque me dice el corazón que has muerto
Por no oírme gemir, como ahora gimo,
Por no verme llorar, como ahora lloro.
Julián del Casal
Pax Animæ
Que no ansío gustar. Está ya muerto
Mi corazón, y en su recinto abierto
Sólo entrarán los cuervos sepulcrales.
Del pasado no llevo las señales
Y a veces de que existo no estoy cierto,
Porque es la vida para mí un desierto
Poblado de figuras espectrales.
No veo más que un astro oscurecido
Por brumas de crepúsculo lluvioso,
Y, entre el silencio de sopor profundo,
Tan sólo llega a percibir mi oído
Algo extraño y confuso y misterioso
Que me arrastra muy lejos de este mundo.
Julián del Casal
Tristissima Nox
Hace el viento surgir de la arboleda,
Donde su red de transparente seda
Grisácea araña entre las hojas puso.
Del horizonte hasta el confín difuso
La onda marina sollozando rueda
Y, con su forma insólita, remeda
Tritón cansado ante el cerebro iluso.
Mientras del sueño bajo el firme amparo
Todo yace dormido en la penumbra,
Sólo mi pensamiento vela en calma,
Como la llama de escondido faro
Que con sus rayos fúlgidos alumbra
El vacío profundo de mi alma.
Julián del Casal
El Camino De Damasco
A Manuel Gutiérrez Nájera
Lejos brilla el Jordán de azules ondas
Que esmalta el Sol de lentejuelas de oro,
Atravesando las tupidas frondas,
Pabellón verde del bronceado toro.
Del majestuoso Líbano en la cumbre
Erige su ramaje el cedro altivo,
Y del día estival bajo la lumbre
Desmaya en los senderos el olivo.
Piafar se escuchan árabes caballos
Que a través de la cálida arboleda,
Van levantando con sus férreos callos
En la ancha ruta, opaca polvareda.
Desde el confín de las lejanas costas
Sombreadas por los ásperos nopales,
Enjambres purpurinos de langostas
Vuelan a los ardientes arenales.
Ábrense en las llanuras las cavernas
Pobladas de escorpiones encarnados,
Y al borde de las límpidas cisternas
Embalsaman el aire los granados.
En fogoso corcel de crines blancas,
Lomo robusto, refulgente casco,
Belfo espumante y sudorosas ancas,
Marcha por el camino de Damasco.
Saulo y eleva su bruñida lanza
Que a los destellos de la luz febea,
Mientras el bruto relinchando avanza,
Entre nubes de polvo centellea.
Tras las hojas de oscuros olivares
Mira de la ciudad los minaretes,
Y encima de los negros almenares
Ondear los azulados gallardetes.
Súbito, desde lóbrego celaje
Que desgarró la luz de hórrido rayo,
Oye la voz del célico mensaje;
Cae transido de mortal desmayo,
Bajo el corcel ensangrentado rueda,
Su lanza estalla con vibrar sonoro
Y, a los reflejos de la luz, remeda
Sierpe de fuego con escamas de oro.
Julián del Casal
La Agonía De Petronio
A Francisco A. de Icaza
Tendido en la bañera de alabastro
Donde serpea el purpurino rastro
De la sangre que corre de sus venas,
Yace Petronio, el bardo decadente,
Mostrando coronada la ancha frente
De rosas, terebintos y azucenas.
Mientras los magistrados le interrogan,
Sus jóvenes discípulos dialogan
O recitan sus dáctilos de oro,
Y al ver que aquéllos en tropel se alejan
Ante el maestro ensangrentado dejan
Caer las gotas de su amargo lloro.
Envueltas en sus peplos vaporosos
Y tendidos los cuerpos voluptuosos
En la muelle extensión de los triclinios,
Alrededor, sombrías y livianas,
Agrúpanse las bellas cortesanas
Que habitan del imperio en los dominios.
Desde el baño fragante en que aún respira,
El bardo pensativo las admira,
Fija en la más hermosa la mirada
Y le demanda, con arrullo tierno,
La postrimera copa de falerno
Por sus marmóreas manos escanciada.
Apurando el licor hasta las heces,
Enciende las mortales palideces
Que oscurecían su viril semblante,
Y volviendo los ojos inflamados
A sus fieles discípulos amados
Háblales triste en el postrer instante,
Hasta que heló su voz mortal gemido,
Amarilleó su rostro consumido,
Frío sudor humedeció su frente,
Amoratáronse sus labios rojos,
Densa nube empañó sus claros ojos,
El pensamiento abandonó su mente.
Y como se doblega el mustio nardo,
Dobló su cuello el moribundo bardo,
Libre por siempre de mortales penas,
Aspirando en su lánguida postura
Del agua perfumada la frescura
Y el olor de la sangre de sus venas.
Julián del Casal
Bajo-relieve
A Vivino Govantes y Govantes
El joven gladiador yace en la arena
Manchada por la sangre purpurina
Que arroja sin cesar la rota vena
De su robusto brazo. Entre neblina
Azafranada luce su armadura
Como si el Sol, dejando sus regiones,
Bajado hubiera al redondel. Oscura
La fosa está en que rugen los leones
Olfateando la carne. Aglomerada
Bulle en torno impaciente muchedumbre
Que tiende hacia el mancebo la mirada,
Y, de las gradas en la erguida cumbre,
Abierto el abanico entre las manos,
Ostentan su hermosura las patricias
A los ojos de amantes cortesanos
Ávidos de gozar de sus caricias.
Sacudiendo el cansancio del vencido
—¡Arriba, gladiador, una voz grita,
Que para ornar tus sienes han crecido
Los laureles del Arno! —¡Necesita
El pueblo, otra voz clama, que al combate
Tornes de nuevo y venzas al contrario!
—¡Lidia y triunfa que, a más de tu rescate,
Dice el edil, cual don extraordinario,
Pondremos en tus manos un tesoro
De sextercios! —Si vences todavía,
En mi litera azul, bordada de oro,
Juntos iremos por la Sacra Vía,
Murmura una hetaira. —¡Y en mi lecho
Perfumado de mirra, al punto exclama
Otra más bella, encima de tu pecho
Extinguiré de mi pasión la llama
Que en lo interior del alma siento ahora,
Y, aprisionado por ardientes lazos,
Cuando aparezca la rosada aurora
Ebrio de amor te encontrará en mis brazos!
Al escuchar las voces agitadas,
Levanta el gladiador la mustia frente,
Fija en la muchedumbre sus miradas,
Muéstrale una sonrisa indiferente
Y, desdeñando los placeres vanos
Que ofrecen a su alma entristecida,
Sepulta la cabeza entre las manos
Viendo correr la sangre de su herida.