Poemas en este tema
Deseo
Juan Meléndez Valdés
Oda Xlii El Abanico
¡Con qué indecible gracia,
tan varia como fácil,
el voluble abanico,
Dorila, llevar sabes!
¡Con qué movimientos
has logrado apropiarle
a los juegos que enseña
de embelesar el arte!
Esta invención sencilla
para agitar el aire
da, abriéndose, a tu mano
bellísima el realce
de que sus largos dedos,
plegándose süaves,
con el mórbido brazo
felizmente contrasten.
Este brazo enarcando,
su contorno tornátil
ostentas cuando al viento
sobre tu rostro atraes.
Si rápido lo mueves,
con los golpes que bates
parece que tu seno
relevas palpitante;
si plácida lo llevas,
en las pausas que haces,
que de amor te embebece
dulcemente la imagen.
De tus pechos entonces,
en la calma en que yacen
medir los ojos pueden
el ámbito agradable.
Cuando con él intentas
la risita ocultarme
que en ti alegre concita
algún chiste picante,
y en tu boca de rosa,
desplegándola afable,
de las perlas que guarda
revela los quilates,
me incitas, cuidadoso,
a ver por tu semblante
la impresión que te causan
felices libertades.
Si el rostro, ruborosa,
te cubres por mostrarme
que en tu pecho, aun sencillo,
pudor y amor combaten,
al ardor que me agita
nuevo pábulo añades
con la débil defensa
que me opones galante.
Al hombro golpecitos,
con gracioso donaire,
con él dándome, dices:
«¿De qué tiemblas, cobarde?
»No es mi pecho tan crudo,
que no pueda apiadarse,
ni me hicieron los cielos
de inflexible diamante.
»Insta, ruega, demanda,
sin temor de enojarme;
que la roca más dura
con tesón se deshace».
Al suelo, distraída,
jugando se te cae,
y es porque cien rendidos
se inquieten por alzarle.
Tú, festiva, lo ríes,
y una mirada amable
es el premio dichoso
de tan dulces debates.
Mientras llamas de nuevo
con medidos compases
al fugaz cefirillo
a tu seno anhelante,
en mis ansias y quejas,
fingiendo no escucharme,
con raudo movimiento
lo cierras y lo abres;
mas súbito rendida,
batiéndolo incesante,
me indicas, sin decirlo,
las llamas que en ti arden.
Una vez que en tu seno
maliciosa lo entraste,
yo, suspirando, dije:
«¡Allí quisiera hallarme!»
Y otra vez ¡ay Dorila!
que a mi rival hablaste
no sé qué, misteriosa,
poniéndolo delante,
lloreme ya perdido,
creyéndote mudable,
y ardiéndoseme el pecho
con celos infernales.
Si quieres con alguno
hacer la inexorable,
le dice tu abanico:
«No más, necio, me canses».
Él a un tiempo te sirve
de que alejes y llames,
favorable acaricies,
y enojada amenaces.
Cerrado en tu alba mano,
cetro es de amor brillante,
ante el cual todos rinden
gustoso vasallaje;
o bien pliega en tu seno
con gracia inimitable
la mantilla, que tanto
lucir hace tu talle.
A la frente lo subes,
a que artero señale
los rizos que a su nieve
dan un grato realce.
Lo bajas a los ojos,
y en su denso celaje
se eclipsan un momento
sus llamas centelleantes
porque logren lumbrosos,
de súbito al mostrarse,
su triunfo más seguro
y como el rayo abrasen.
¡Ah, quién su ardor entonces
resista, y qué de amantes
burlándose, embebecen
sus niñas celestiales!
En todo eres, Dorila,
donosa; a todo sabes
llevar, sin advertirlo
tus gracias y tus sales.
¡Feliz mil y mil veces
quien en unión durable,
en ti correspondido,
cual yo merece amarte!
tan varia como fácil,
el voluble abanico,
Dorila, llevar sabes!
¡Con qué movimientos
has logrado apropiarle
a los juegos que enseña
de embelesar el arte!
Esta invención sencilla
para agitar el aire
da, abriéndose, a tu mano
bellísima el realce
de que sus largos dedos,
plegándose süaves,
con el mórbido brazo
felizmente contrasten.
Este brazo enarcando,
su contorno tornátil
ostentas cuando al viento
sobre tu rostro atraes.
Si rápido lo mueves,
con los golpes que bates
parece que tu seno
relevas palpitante;
si plácida lo llevas,
en las pausas que haces,
que de amor te embebece
dulcemente la imagen.
De tus pechos entonces,
en la calma en que yacen
medir los ojos pueden
el ámbito agradable.
Cuando con él intentas
la risita ocultarme
que en ti alegre concita
algún chiste picante,
y en tu boca de rosa,
desplegándola afable,
de las perlas que guarda
revela los quilates,
me incitas, cuidadoso,
a ver por tu semblante
la impresión que te causan
felices libertades.
Si el rostro, ruborosa,
te cubres por mostrarme
que en tu pecho, aun sencillo,
pudor y amor combaten,
al ardor que me agita
nuevo pábulo añades
con la débil defensa
que me opones galante.
Al hombro golpecitos,
con gracioso donaire,
con él dándome, dices:
«¿De qué tiemblas, cobarde?
»No es mi pecho tan crudo,
que no pueda apiadarse,
ni me hicieron los cielos
de inflexible diamante.
»Insta, ruega, demanda,
sin temor de enojarme;
que la roca más dura
con tesón se deshace».
Al suelo, distraída,
jugando se te cae,
y es porque cien rendidos
se inquieten por alzarle.
Tú, festiva, lo ríes,
y una mirada amable
es el premio dichoso
de tan dulces debates.
Mientras llamas de nuevo
con medidos compases
al fugaz cefirillo
a tu seno anhelante,
en mis ansias y quejas,
fingiendo no escucharme,
con raudo movimiento
lo cierras y lo abres;
mas súbito rendida,
batiéndolo incesante,
me indicas, sin decirlo,
las llamas que en ti arden.
Una vez que en tu seno
maliciosa lo entraste,
yo, suspirando, dije:
«¡Allí quisiera hallarme!»
Y otra vez ¡ay Dorila!
que a mi rival hablaste
no sé qué, misteriosa,
poniéndolo delante,
lloreme ya perdido,
creyéndote mudable,
y ardiéndoseme el pecho
con celos infernales.
Si quieres con alguno
hacer la inexorable,
le dice tu abanico:
«No más, necio, me canses».
Él a un tiempo te sirve
de que alejes y llames,
favorable acaricies,
y enojada amenaces.
Cerrado en tu alba mano,
cetro es de amor brillante,
ante el cual todos rinden
gustoso vasallaje;
o bien pliega en tu seno
con gracia inimitable
la mantilla, que tanto
lucir hace tu talle.
A la frente lo subes,
a que artero señale
los rizos que a su nieve
dan un grato realce.
Lo bajas a los ojos,
y en su denso celaje
se eclipsan un momento
sus llamas centelleantes
porque logren lumbrosos,
de súbito al mostrarse,
su triunfo más seguro
y como el rayo abrasen.
¡Ah, quién su ardor entonces
resista, y qué de amantes
burlándose, embebecen
sus niñas celestiales!
En todo eres, Dorila,
donosa; a todo sabes
llevar, sin advertirlo
tus gracias y tus sales.
¡Feliz mil y mil veces
quien en unión durable,
en ti correspondido,
cual yo merece amarte!
1.250
Juan Meléndez Valdés
Oda Xli El Amor Fugitivo
Por morar en mi pecho
el traidor Cupidillo,
del seno de su madre
se ha escapado de Gnido.
Sus hermanos le lloran,
y tres besos divinos
dar promete Citeres
si le entregan el hijo.
Mil amantes le buscan;
pero nadie ha podido
saber, Dorila, en dónde
se esconde el fugitivo.
¿Darele yo a Dione?,
¿le dejaré en su asilo?,
¿o iré a gozar el premio
de besos ofrecidos?
¡Tres de aquel néctar llenos
con que a su Adonis quiso
comunicar un día
las glorias del Olimpo!
¡Ay!, tú, a quien por su madre
tendrá el alado niño,
dame, dame otros tantos;
y tómale, bien mío.
el traidor Cupidillo,
del seno de su madre
se ha escapado de Gnido.
Sus hermanos le lloran,
y tres besos divinos
dar promete Citeres
si le entregan el hijo.
Mil amantes le buscan;
pero nadie ha podido
saber, Dorila, en dónde
se esconde el fugitivo.
¿Darele yo a Dione?,
¿le dejaré en su asilo?,
¿o iré a gozar el premio
de besos ofrecidos?
¡Tres de aquel néctar llenos
con que a su Adonis quiso
comunicar un día
las glorias del Olimpo!
¡Ay!, tú, a quien por su madre
tendrá el alado niño,
dame, dame otros tantos;
y tómale, bien mío.
565
Juan Meléndez Valdés
Oda Xx La Tortolilla
¡Oh dulce tortolilla!
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.
Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.
¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,
¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?
¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.
En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?
¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?
Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.
Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.
Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.
Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.
¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,
¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?
¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.
En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?
¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?
Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.
Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.
Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
519
Juan Meléndez Valdés
Oda Xviii De Mis Cantares
Las zagalas me dicen:
«¿Cómo, siendo tan niño,
tanto, Batilo, cantas
de amores y de vino?»
Yo voy a responderles;
mas luego de improviso
me vienen nuevos versos
de Baco y de Cupido,
porque las dos deidades,
sin poder resistirlo,
todo mi pecho, todo,
tienen ya poseído.
«¿Cómo, siendo tan niño,
tanto, Batilo, cantas
de amores y de vino?»
Yo voy a responderles;
mas luego de improviso
me vienen nuevos versos
de Baco y de Cupido,
porque las dos deidades,
sin poder resistirlo,
todo mi pecho, todo,
tienen ya poseído.
468
Juan Meléndez Valdés
Oda Xviii De Mis Cantares
Dícenme las zagalas
«¿Cómo, siendo tan niño
tanto, Batilo, cantas
de amores y de vino?»
Yo voy a responderles,
mas luego de improviso
me vienen nuevos versos
de Baco y de Cupido;
Porque las dos deidades,
sin poder resistirlo,
el pecho, todo, todo,
me tienen poseído.
«¿Cómo, siendo tan niño
tanto, Batilo, cantas
de amores y de vino?»
Yo voy a responderles,
mas luego de improviso
me vienen nuevos versos
de Baco y de Cupido;
Porque las dos deidades,
sin poder resistirlo,
el pecho, todo, todo,
me tienen poseído.
503
Juan Meléndez Valdés
Oda Xii De Una Rosa
La rosa de Citeres,
primicia del verano,
delicia de los dioses
y adorno de los campos,
objeto del deseo
de las bellas, del llanto
del Alba feliz hija,
del dulce Amor cuidado,
¡oh! ¡cuán atrás se queda
si necio la comparo
en púrpura y olores,
Dorila, con tus labios!
ora el virginal seno
al soplo regalado
de aura vital desplegue
del sol al primer rayo,
o inunde en grato aroma
tu seno relevado,
más feliz si tú inclinas
la nariz por gozarlo.
primicia del verano,
delicia de los dioses
y adorno de los campos,
objeto del deseo
de las bellas, del llanto
del Alba feliz hija,
del dulce Amor cuidado,
¡oh! ¡cuán atrás se queda
si necio la comparo
en púrpura y olores,
Dorila, con tus labios!
ora el virginal seno
al soplo regalado
de aura vital desplegue
del sol al primer rayo,
o inunde en grato aroma
tu seno relevado,
más feliz si tú inclinas
la nariz por gozarlo.
643
Juan Meléndez Valdés
Oda X De Las Riquezas
Ya de mis verdes años
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
519
Juan Meléndez Valdés
Oda Iii Los Besos De Amor
Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
917
Juan Meléndez Valdés
Letrillas I A Unos Ojos
Tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o fíjense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren
contra mi dolor,
tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Si se alzan al cielo
llenos de temores,
si alegran las flores
tornados al suelo,
o abaten el vuelo
de mi ciego error,
siempre, niña hermosa,
me matan de amor.
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay!, tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o fíjense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren
contra mi dolor,
tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Si se alzan al cielo
llenos de temores,
si alegran las flores
tornados al suelo,
o abaten el vuelo
de mi ciego error,
siempre, niña hermosa,
me matan de amor.
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay!, tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
649
Juan Meléndez Valdés
Letrillas Ii A Unos Lindos Ojos
Tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
572
Juan Meléndez Valdés
Graciosos Ojuelos
Graciosos ojuelos
de dulce mirar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si en vos, ojos bellos,
el Amor está
tirando mil flechas
con acierto tal
que a mí todas vienen,
todas, a parar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si el mísero pecho
se siente abrasar
en ciegos cuidados,
sin poder hallar
aun por breve alivio
una vez piedad,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si aun soy castigado
por querer mirar
las niñas divinas
que causan mi mal,
ni basta a excusarme
mi fino adorar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Ay, lindos ojuelos,
si en tanto penar
me tenéis, usando
de injusta piedad
con aquel dichoso
que os ha de gozar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
de dulce mirar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si en vos, ojos bellos,
el Amor está
tirando mil flechas
con acierto tal
que a mí todas vienen,
todas, a parar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si el mísero pecho
se siente abrasar
en ciegos cuidados,
sin poder hallar
aun por breve alivio
una vez piedad,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Si aun soy castigado
por querer mirar
las niñas divinas
que causan mi mal,
ni basta a excusarme
mi fino adorar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
Ay, lindos ojuelos,
si en tanto penar
me tenéis, usando
de injusta piedad
con aquel dichoso
que os ha de gozar,
dejadme sentir,
dejadme llorar.
546
Juan Meléndez Valdés
La Flor Del Zurguén
Sueltas avecillas
que al amanecer
mil alegres salvas
canoras me hacéis:
si dulces trináis
por ver a mi bien,
callad, que ya sale
la flor del Zurguén.
¿Si cuál es pedís?
¿Si señas queréis?
Callad, parlerillas,
que yo os lo diré,
que impresa en mi pecho
la tengo muy bien,
así a mí me tenga
la flor del Zurguén.
su rostro, la gloria;
la nieve, su tez,
de alhelís sembrada;
su boca, la miel,
y el turgente seno,
de Amor el vergel,
donde con él juega
la flor del Zurguén.
Sobre él, la donosa
prendiera un joyel,
do heridas dos almas
yo mismo pinté;
Amor que las hiere
las une también,
en torno esta letra:
la flor del Zurguén.
Sin que yo la llame
me sale aquí a ver
cual suelta corcilla,
ya blando el desdén;
y cual fiel paloma
que a su pichón ve,
así a mi voz corre
la flor del Zurguén.
Conmigo a este valle
la saco a aprender,
de amor en el arte,
lición de querer;
y ya a todas pasa
en menos de un mes:
tanto ingenio tiene
la flor del Zurguén.
Cuidado, avecitas,
que a nadie contéis
los dulces secretos
que yo la enseñé;
ni vos, fuentecillas,
me lo murmuréis,
que esto y más merece
la flor del Zurguén.
Ni me envidiéis necias
el vivo placer
con que, ¡ay!, en sus labios
cien besos le dé,
y ella me dé fina
en pago otros cien,
así tierna os ame
la flor del Zurguén.
que al amanecer
mil alegres salvas
canoras me hacéis:
si dulces trináis
por ver a mi bien,
callad, que ya sale
la flor del Zurguén.
¿Si cuál es pedís?
¿Si señas queréis?
Callad, parlerillas,
que yo os lo diré,
que impresa en mi pecho
la tengo muy bien,
así a mí me tenga
la flor del Zurguén.
su rostro, la gloria;
la nieve, su tez,
de alhelís sembrada;
su boca, la miel,
y el turgente seno,
de Amor el vergel,
donde con él juega
la flor del Zurguén.
Sobre él, la donosa
prendiera un joyel,
do heridas dos almas
yo mismo pinté;
Amor que las hiere
las une también,
en torno esta letra:
la flor del Zurguén.
Sin que yo la llame
me sale aquí a ver
cual suelta corcilla,
ya blando el desdén;
y cual fiel paloma
que a su pichón ve,
así a mi voz corre
la flor del Zurguén.
Conmigo a este valle
la saco a aprender,
de amor en el arte,
lición de querer;
y ya a todas pasa
en menos de un mes:
tanto ingenio tiene
la flor del Zurguén.
Cuidado, avecitas,
que a nadie contéis
los dulces secretos
que yo la enseñé;
ni vos, fuentecillas,
me lo murmuréis,
que esto y más merece
la flor del Zurguén.
Ni me envidiéis necias
el vivo placer
con que, ¡ay!, en sus labios
cien besos le dé,
y ella me dé fina
en pago otros cien,
así tierna os ame
la flor del Zurguén.
1.228
Juan Meléndez Valdés
De Un Cupido
Al partir y dejarla,
medrosa de mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo,
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Y de marfil labrado
diome un Amor tan lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
vendados los ojuelos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la diestra sus tiros,
la aljaba al hombro bello
y el arco suspendidos,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como temblando
por su nudez de frío.
Yo, solícito, al verle
tan risueño y benigno,
los más dulces requiebros
inocente le digo;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
cuando súbito siento
tan ardientes latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
¿Y qué fue? Que en el hondo
se me entró el fementido
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
medrosa de mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo,
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Y de marfil labrado
diome un Amor tan lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
vendados los ojuelos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la diestra sus tiros,
la aljaba al hombro bello
y el arco suspendidos,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como temblando
por su nudez de frío.
Yo, solícito, al verle
tan risueño y benigno,
los más dulces requiebros
inocente le digo;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
cuando súbito siento
tan ardientes latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
¿Y qué fue? Que en el hondo
se me entró el fementido
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
555
Juan Meléndez Valdés
De Un Cupido
Al ir a despedirme,
temiéndose mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Rapazuelo de nácar
en todo extremo lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
con su venda a los ojos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la mano sus tiros,
la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como le pintan
desnudo y aterido.
Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.
Pero sentí al instante
del pecho mil latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
Y fue que en él se había
entrado el fementido.
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
temiéndose mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Rapazuelo de nácar
en todo extremo lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
con su venda a los ojos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la mano sus tiros,
la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como le pintan
desnudo y aterido.
Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.
Pero sentí al instante
del pecho mil latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
Y fue que en él se había
entrado el fementido.
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
588
Juan Meléndez Valdés
El Retrato
¿Si es él, Amor? ¡Qué trémula la mano
rompe el último nema! Me lo anuncia
con zozobra feliz saltando el pecho.
No, no puedo dudarlo: el importuno
velo cayó; tu celestial imagen,
tu suspirado don... Mi amante boca
con mil ardientes besos, mi llagado,
mi triste corazón con mil suspiros,
ambos a par lo adoren y el tributo
primero denle de mi tierno pecho.
Milagro del pincel, amable copia
del más amable objeto, ciego torno
a besarte otra vez; ojos, gozadla;
sáciate, corazón... No estás ausente:
ingenioso su amor buscarte supo,
supo templar de su crüel imperio
el áspero rigor, y fino hallarte.
De tu ternura celestial, oh amada,
oh mitad de mi vida, tal milagro
de cariño esperaba mi deseo.
Llegó; y puedo contigo consolarme,
en mi inmenso penar gemir contigo,
y en tu seno lanzar la ardiente vena
de lágrimas que inunda mis mejillas
en tan mortal insoportable ausencia.
Sí, amada, ya te tengo; ya en mi pecho
fino te estrecharé; mis tristes ojos
te ven, el fuego de los tuyos sienten;
y mis manos te tocan, y mis labios
pueden saciarse de oprimirte finos,
y mis suspiros animarte, y toda
inundarte en mis lágrimas ardientes.
Las sientes, ¿y no lloras? ¿a mis ayes
dolientes, ¡ay!, los tuyos no responden,
y a mis quejas y míseros gemidos?
A ti me vuelvo desolado, te hablo,
¿y muda está tu cariñosa lengua?
Clori, Clori, mi bien... ¡Loco deseo!
¡fantástica ilusión...! A sombras vanas,
a un mentido color prestar quería
la vida, el fuego, la expresión, las sales
que al prototipo celestial animan.
¡Oh, cómo, cómo en este punto siento
de mi suerte el horror, el hondo abismo
do sepultado y sin consuelo lloro!
¡Ausencia! ¡ausencia!, arráncame la vida;
no de ilusión en ilusión me lleves.
Un breve plazo tus dolores templas;
y tornas luego, y más crüel divides
en partes mil mi lastimado pecho.
¡Ay! Un instante en mi ilusión creía,
mirando absorto el celestial trasunto,
que mis ternezas, mis sentidos ayes
halagüeña escuchabas, que tus labios
se desplegaban en amable risa,
que al esplendor del animado fuego
en que tus ojos agraciados lucen,
la llama se alentaba de los míos
y que amor coloraba tus mejillas,
dulce señuelo a mi sedienta boca,
o el elástico seno conturbaba
en grata ondulación... Me precipito
frenético en mi error... Clori, tu imagen
helada me recibe; no, no siente
así cual tú... El encanto lisonjero
se desvanece; y a una sombra abrazo
muda y sin alma, y una sombra oprimo,
y una sombra acaricio, y mil finezas
loco le digo y que responda anhelo.
¡Ay! Eres tú, adorada, ¿y callas tibia?
¿y a mi llanto tus lágrimas no corren?
¿Por qué insensible a mis cariños eres
y eres de nieve al fuego en que me abraso?
¿Por qué en los ojos la inquietud graciosa,
el vivaz sentimiento, la ternura,
el delicioso hechizo hallar no puedo
que en los tuyos de amores me embrïagan?
Háblame, idolatrada, o no me burles
cual si a abrir fueras cariñosa el labio;
o en su mirar donoso tus pupilas
se animen, o falaces no remeden
otras, do Amor su trono soberano
sentó y se gozan las sencillas Gracias.
No tu nevado torneado cuello
inmóvil yazca; vuélvase y recline
en mi seno amoroso esa cabeza
que enhiesto apoya, y góceme dichoso,
cual veces tantas, en su dulce peso.
Sienta tu pecho, a la ternura se abra,
ábrase al blando amor, y arda y palpite,
y en plácida efusión al pecho mío
haga correr el celestial encanto
de su angélica llama, de los puros
afectos más que humanos que en sí abriga;
o el lácteo pecho de mi bien no mienta,
do todo es suave amor, dulzura todo,
sencillez tierna y cariñosas ansias,
placer, transportos, éxtasis, delicias.
No la alba mano el abanico agite
en juego inútil; o mi dócil cuello
en torno ciña en lazo venturoso,
indisoluble lazo en que anudara
nuestras almas el cielo para siempre,
o cual un tiempo cariñosa oprima
mi palpitante corazón y sienta
el fuego asolador que le consume.
¡Ah, mano!, ¡hermosa mano! El pincel rudo
trasladar quiso en vano tus contornos,
tu gracia, tu candor... De mármol era,
si viéndola, el artista... No, profano:
mis labios sólo tributarla deben,
en su delirio idólatras, el culto
que le ha votado amor; tu nieve y rosa
la manchan, no la tocan. ¡Ay! ¡qué digo!
¿la menor de sus partes puede acaso
remedar el pincel? ¿débil el arte
no cede a empresa tanta y se confunde?
¿Esas cejas sin alma, es esa frente
la tuya, Clori mía?, ¿son tus labios
festivos, purpurantes, halagüeños,
estos labios helados? ¿las mejillas
son la leche y carmín en deliciosa
mezcla deshechos, como tú los llevas
en tus llenas mejillas sonrosadas?
¿Y tu seno y tu tez, y el suave agrado
de tu semblante, y la donosa gracia
de tus razones...? ¡Qué violenta hoguera
circula por mis venas...! ¡Qué suspiros
se exhalan sin sentirlo de mi pecho!
¡Cómo agitado el corazón palpita!
Con frenética sed me precipito
sobre tu imagen muda...; irresistible
la mágica virtud de tu presencia
me arrastra... Desfallecen mis rodillas...
cubren mil sombras mis llorosos ojos...
un ardor..., un ardor... Mi bien, mi gloria,
Clori, amor, vida, esposa, ¡oh si pudiese
llegar a ti la conmoción que siento
y este torrente de delicias puras
en que sin seso en mi ilusión me inundo!
¡Si a ti alcanzasen mis dolientes ansias,
mis sollozos, mis aves, los furores
de mi delirio infausto! ¡si escuchases
la inmensa copia de ternezas que hablo
a tu divina imagen...! Tus mejillas
y tu frente y tus ojos y tu boca,
y cuello y pecho, y toda tú abrasada
al fuego de mis ayes encendidos
y en mi llanto inundada te hallarías...
¿Por qué estos cultos a una imagen muda
se habrán de tributar? Ven, ven, amada,
a recibirlos; ven en los transportos
del más violento amor; no se profanen
en una helada inanimada sombra.
Ven luego, ven, y unámonos por siempre;
o a mí me deja en tus amantes brazos
fino volar, y colma mi ventura.
Una palabra, una palabra sola...
Dila, y feliz recibirás los cultos
que idólatra tributo a tu retrato.
Él, entre tanto sobre el pecho mío
será alivio a mis penas, compañero
de mi destierro, inapreciable joya
de tu firmeza, y suplirá ¡ay! En vano
de su divino original la ausencia.
rompe el último nema! Me lo anuncia
con zozobra feliz saltando el pecho.
No, no puedo dudarlo: el importuno
velo cayó; tu celestial imagen,
tu suspirado don... Mi amante boca
con mil ardientes besos, mi llagado,
mi triste corazón con mil suspiros,
ambos a par lo adoren y el tributo
primero denle de mi tierno pecho.
Milagro del pincel, amable copia
del más amable objeto, ciego torno
a besarte otra vez; ojos, gozadla;
sáciate, corazón... No estás ausente:
ingenioso su amor buscarte supo,
supo templar de su crüel imperio
el áspero rigor, y fino hallarte.
De tu ternura celestial, oh amada,
oh mitad de mi vida, tal milagro
de cariño esperaba mi deseo.
Llegó; y puedo contigo consolarme,
en mi inmenso penar gemir contigo,
y en tu seno lanzar la ardiente vena
de lágrimas que inunda mis mejillas
en tan mortal insoportable ausencia.
Sí, amada, ya te tengo; ya en mi pecho
fino te estrecharé; mis tristes ojos
te ven, el fuego de los tuyos sienten;
y mis manos te tocan, y mis labios
pueden saciarse de oprimirte finos,
y mis suspiros animarte, y toda
inundarte en mis lágrimas ardientes.
Las sientes, ¿y no lloras? ¿a mis ayes
dolientes, ¡ay!, los tuyos no responden,
y a mis quejas y míseros gemidos?
A ti me vuelvo desolado, te hablo,
¿y muda está tu cariñosa lengua?
Clori, Clori, mi bien... ¡Loco deseo!
¡fantástica ilusión...! A sombras vanas,
a un mentido color prestar quería
la vida, el fuego, la expresión, las sales
que al prototipo celestial animan.
¡Oh, cómo, cómo en este punto siento
de mi suerte el horror, el hondo abismo
do sepultado y sin consuelo lloro!
¡Ausencia! ¡ausencia!, arráncame la vida;
no de ilusión en ilusión me lleves.
Un breve plazo tus dolores templas;
y tornas luego, y más crüel divides
en partes mil mi lastimado pecho.
¡Ay! Un instante en mi ilusión creía,
mirando absorto el celestial trasunto,
que mis ternezas, mis sentidos ayes
halagüeña escuchabas, que tus labios
se desplegaban en amable risa,
que al esplendor del animado fuego
en que tus ojos agraciados lucen,
la llama se alentaba de los míos
y que amor coloraba tus mejillas,
dulce señuelo a mi sedienta boca,
o el elástico seno conturbaba
en grata ondulación... Me precipito
frenético en mi error... Clori, tu imagen
helada me recibe; no, no siente
así cual tú... El encanto lisonjero
se desvanece; y a una sombra abrazo
muda y sin alma, y una sombra oprimo,
y una sombra acaricio, y mil finezas
loco le digo y que responda anhelo.
¡Ay! Eres tú, adorada, ¿y callas tibia?
¿y a mi llanto tus lágrimas no corren?
¿Por qué insensible a mis cariños eres
y eres de nieve al fuego en que me abraso?
¿Por qué en los ojos la inquietud graciosa,
el vivaz sentimiento, la ternura,
el delicioso hechizo hallar no puedo
que en los tuyos de amores me embrïagan?
Háblame, idolatrada, o no me burles
cual si a abrir fueras cariñosa el labio;
o en su mirar donoso tus pupilas
se animen, o falaces no remeden
otras, do Amor su trono soberano
sentó y se gozan las sencillas Gracias.
No tu nevado torneado cuello
inmóvil yazca; vuélvase y recline
en mi seno amoroso esa cabeza
que enhiesto apoya, y góceme dichoso,
cual veces tantas, en su dulce peso.
Sienta tu pecho, a la ternura se abra,
ábrase al blando amor, y arda y palpite,
y en plácida efusión al pecho mío
haga correr el celestial encanto
de su angélica llama, de los puros
afectos más que humanos que en sí abriga;
o el lácteo pecho de mi bien no mienta,
do todo es suave amor, dulzura todo,
sencillez tierna y cariñosas ansias,
placer, transportos, éxtasis, delicias.
No la alba mano el abanico agite
en juego inútil; o mi dócil cuello
en torno ciña en lazo venturoso,
indisoluble lazo en que anudara
nuestras almas el cielo para siempre,
o cual un tiempo cariñosa oprima
mi palpitante corazón y sienta
el fuego asolador que le consume.
¡Ah, mano!, ¡hermosa mano! El pincel rudo
trasladar quiso en vano tus contornos,
tu gracia, tu candor... De mármol era,
si viéndola, el artista... No, profano:
mis labios sólo tributarla deben,
en su delirio idólatras, el culto
que le ha votado amor; tu nieve y rosa
la manchan, no la tocan. ¡Ay! ¡qué digo!
¿la menor de sus partes puede acaso
remedar el pincel? ¿débil el arte
no cede a empresa tanta y se confunde?
¿Esas cejas sin alma, es esa frente
la tuya, Clori mía?, ¿son tus labios
festivos, purpurantes, halagüeños,
estos labios helados? ¿las mejillas
son la leche y carmín en deliciosa
mezcla deshechos, como tú los llevas
en tus llenas mejillas sonrosadas?
¿Y tu seno y tu tez, y el suave agrado
de tu semblante, y la donosa gracia
de tus razones...? ¡Qué violenta hoguera
circula por mis venas...! ¡Qué suspiros
se exhalan sin sentirlo de mi pecho!
¡Cómo agitado el corazón palpita!
Con frenética sed me precipito
sobre tu imagen muda...; irresistible
la mágica virtud de tu presencia
me arrastra... Desfallecen mis rodillas...
cubren mil sombras mis llorosos ojos...
un ardor..., un ardor... Mi bien, mi gloria,
Clori, amor, vida, esposa, ¡oh si pudiese
llegar a ti la conmoción que siento
y este torrente de delicias puras
en que sin seso en mi ilusión me inundo!
¡Si a ti alcanzasen mis dolientes ansias,
mis sollozos, mis aves, los furores
de mi delirio infausto! ¡si escuchases
la inmensa copia de ternezas que hablo
a tu divina imagen...! Tus mejillas
y tu frente y tus ojos y tu boca,
y cuello y pecho, y toda tú abrasada
al fuego de mis ayes encendidos
y en mi llanto inundada te hallarías...
¿Por qué estos cultos a una imagen muda
se habrán de tributar? Ven, ven, amada,
a recibirlos; ven en los transportos
del más violento amor; no se profanen
en una helada inanimada sombra.
Ven luego, ven, y unámonos por siempre;
o a mí me deja en tus amantes brazos
fino volar, y colma mi ventura.
Una palabra, una palabra sola...
Dila, y feliz recibirás los cultos
que idólatra tributo a tu retrato.
Él, entre tanto sobre el pecho mío
será alivio a mis penas, compañero
de mi destierro, inapreciable joya
de tu firmeza, y suplirá ¡ay! En vano
de su divino original la ausencia.
820
Juan Meléndez Valdés
Soneto Al Sr D Gaspar De Jovellanos, Del Consejo De S M , Oidor En La Real Audiencia De Sevilla
Las blandas quejas de mi dulce lira,
mil lágrimas, suspiros y dolores
me agrada renovar, pues sus rigores
piadoso el cielo por mi bien retira.
El dichoso zagal que tierno admira
su linda zagaleja entre las flores
y de su llama goza y sus favores,
alegre cante lo que Amor le inspira.
Yo llore solo de mi Fili airada
el altivo desdén con triste canto,
que el eco lleve al mayoral Jovino,
alternando con cítara dorada,
ya en blando verso, o dolorido llanto,
las dulces ansias de un amor divino.
mil lágrimas, suspiros y dolores
me agrada renovar, pues sus rigores
piadoso el cielo por mi bien retira.
El dichoso zagal que tierno admira
su linda zagaleja entre las flores
y de su llama goza y sus favores,
alegre cante lo que Amor le inspira.
Yo llore solo de mi Fili airada
el altivo desdén con triste canto,
que el eco lleve al mayoral Jovino,
alternando con cítara dorada,
ya en blando verso, o dolorido llanto,
las dulces ansias de un amor divino.
501
Juan Meléndez Valdés
Letrilla El Lunarcito
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?
¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal
que un val de azucenas
hiende por mitad?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;
mirolo y riose,
y dijo vivaz:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal.
Y diz que picado,
se le oyó gritar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,
do clama el deseo
al verse estrellar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,
iluso, perdido,
ansiando encontrar,
la noche y el día
¿qué tienen de igual?
Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.
¡Señuelo del gusto!
¡dulcísimo imán!
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;
diciéndome mudo
con cada compás:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,
clamando yo al verle
subir y bajar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,
no así preguntaras,
burlando mi mal:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
¿qué tienen de igual?
¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?
¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal
que un val de azucenas
hiende por mitad?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;
mirolo y riose,
y dijo vivaz:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal.
Y diz que picado,
se le oyó gritar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,
do clama el deseo
al verse estrellar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,
iluso, perdido,
ansiando encontrar,
la noche y el día
¿qué tienen de igual?
Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.
¡Señuelo del gusto!
¡dulcísimo imán!
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;
diciéndome mudo
con cada compás:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,
clamando yo al verle
subir y bajar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,
no así preguntaras,
burlando mi mal:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
805
Juan Meléndez Valdés
Letrilla La Flor Del Zurguén
Parad, airecillos,
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.
Parad y de rosas
tejedme un dosel,
do del sol se guarde
la flor del Zurguén.
Parad, airecillos,
parad, y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,
a aquella que aflige
mi pecho crüel,
la gloria del Tormes,
la flor del Zurguén.
Sus ojos luceros,
su boca un clavel,
rosa las mejillas;
y atónitos ved
do artero Amor sabe
mil armas prender,
si al viento las tiene
la flor del Zurguén.
Volad a los valles;
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.
Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
la flor del Zurguén.
Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él:
el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
la flor del Zurguén.
¡Ay cándido seno!
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!
Mas ¡oh! ¡cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
la flor del Zurguén.
La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.
Decidme, airecillos,
decidme: ¿qué haré,
para que me escuche
la flor del Zurguén.
Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad, y besadle
por mí el albo pie.
Llegad, y al oído
decidle mi fe;
quizá os oiga afable
la flor del Zurguén.
Con blando susurro
llegad sin temer,
pues leda reposa,
su altivo desdén.
Llegad y piadosos,
de un triste os doled,
así os dé su seno
la flor del Zurguén.
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.
Parad y de rosas
tejedme un dosel,
do del sol se guarde
la flor del Zurguén.
Parad, airecillos,
parad, y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,
a aquella que aflige
mi pecho crüel,
la gloria del Tormes,
la flor del Zurguén.
Sus ojos luceros,
su boca un clavel,
rosa las mejillas;
y atónitos ved
do artero Amor sabe
mil armas prender,
si al viento las tiene
la flor del Zurguén.
Volad a los valles;
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.
Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
la flor del Zurguén.
Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él:
el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
la flor del Zurguén.
¡Ay cándido seno!
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!
Mas ¡oh! ¡cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
la flor del Zurguén.
La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.
Decidme, airecillos,
decidme: ¿qué haré,
para que me escuche
la flor del Zurguén.
Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad, y besadle
por mí el albo pie.
Llegad, y al oído
decidle mi fe;
quizá os oiga afable
la flor del Zurguén.
Con blando susurro
llegad sin temer,
pues leda reposa,
su altivo desdén.
Llegad y piadosos,
de un triste os doled,
así os dé su seno
la flor del Zurguén.
966
José María Hinojosa
Cuando Nos Miramos
Mi cabeza inclinada sobre el aire
miraba su cabeza hecha amor por mis ojos
cuando de sus cabellos
saltaban las abejas para dejar su miel
en los labios resecos y sin esperanzas
en los labios hundidos bajo las palabras
llenas de amor y sangre.
Nuestras cabezas acaban por perderse
envueltas en las nubes
la mía inclinada sobre el aire
la suya hecha amor por mis ojos.
miraba su cabeza hecha amor por mis ojos
cuando de sus cabellos
saltaban las abejas para dejar su miel
en los labios resecos y sin esperanzas
en los labios hundidos bajo las palabras
llenas de amor y sangre.
Nuestras cabezas acaban por perderse
envueltas en las nubes
la mía inclinada sobre el aire
la suya hecha amor por mis ojos.
449
José María Hinojosa
Nuestro Amor En El Arco Iris
Nuestros cabellos flotan en la curva del aire
y en la curva del agua flota un barco pirata
que lleva en su cubierta entre cercos de brea
tus miradas de ámbar y el ámbar de tus manos.
Nuestros cabellos flotan en aire enrojecido
mientras su cuerpo pende hecha color su carne
de los siete colores tendidos en un arco
sobre el cielo de hule herido por sus ojos.
¿Por qué siempre rehúyes el encerrar tu carne
en mi carne cuajada de flores y de heridas
abiertas con puñales en madrugadas blancas
llegadas del desierto entre nubes de polvo?
Nuestros cabellos flotan en la curva del aire
envueltos entre ráfagas de crímenes violentos
y manos inocentes quieren lavar la sangre
derramada en la tierra por el primer amor.
y en la curva del agua flota un barco pirata
que lleva en su cubierta entre cercos de brea
tus miradas de ámbar y el ámbar de tus manos.
Nuestros cabellos flotan en aire enrojecido
mientras su cuerpo pende hecha color su carne
de los siete colores tendidos en un arco
sobre el cielo de hule herido por sus ojos.
¿Por qué siempre rehúyes el encerrar tu carne
en mi carne cuajada de flores y de heridas
abiertas con puñales en madrugadas blancas
llegadas del desierto entre nubes de polvo?
Nuestros cabellos flotan en la curva del aire
envueltos entre ráfagas de crímenes violentos
y manos inocentes quieren lavar la sangre
derramada en la tierra por el primer amor.
440
José María Hinojosa
Mi Corazón Perdido
En su cuerpo de espuma nacían las espigas
que en ráfagas de viento llenan con sus rumores
mi corazón perdido en el mar de su lengua
mi corazón hallado en medio del desierto
por cadenas de voces en oasis de sangre.
Mi corazón perdido busca entre sus encajes
la llama que devore las ansias de su sombra
y las nieves que bajen de las altas montañas.
que en ráfagas de viento llenan con sus rumores
mi corazón perdido en el mar de su lengua
mi corazón hallado en medio del desierto
por cadenas de voces en oasis de sangre.
Mi corazón perdido busca entre sus encajes
la llama que devore las ansias de su sombra
y las nieves que bajen de las altas montañas.
428
José María Hinojosa
El Fuego Calcina Nuestras Carnes
Este brazo de fuego
quemaba mi costado
recubierto de brotes
plenos de savia verde
cuando tu cabellera
fue de piedra en el viento
y mis sueños se abrían
en pétalos de carne.
Estos aires de fuego
derretirán la nieve
lejana de los polos
al cuajar en el árbol
nuestros dos corazones.
quemaba mi costado
recubierto de brotes
plenos de savia verde
cuando tu cabellera
fue de piedra en el viento
y mis sueños se abrían
en pétalos de carne.
Estos aires de fuego
derretirán la nieve
lejana de los polos
al cuajar en el árbol
nuestros dos corazones.
414
José María Hinojosa
Erótica Imprevista
Hundido entre juncales,
eludí la pasión
de la mujer sin carne.
Eludí la pasión,
dentro de mi ramaje
y sin quererlo yo.
Perdida entre arenales
la mujer, ya voló
mi carne con su carne.
eludí la pasión
de la mujer sin carne.
Eludí la pasión,
dentro de mi ramaje
y sin quererlo yo.
Perdida entre arenales
la mujer, ya voló
mi carne con su carne.
417
Juan de Mena
Comparación
»E bien como quando algund malfechor,
al tempo que fazen de otro justicia,
temor de la pena le pone cobdicia
de allí adelante bivir ya mejor,
mas desque passado por él el temor,
vuelve a sus vicios como de primero,
así me bolvieron a do desespero
desseos que quieren que muera amador.»
al tempo que fazen de otro justicia,
temor de la pena le pone cobdicia
de allí adelante bivir ya mejor,
mas desque passado por él el temor,
vuelve a sus vicios como de primero,
así me bolvieron a do desespero
desseos que quieren que muera amador.»
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