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Deseo

Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Xlii El Abanico

¡Con qué indecible gracia,
tan varia como fácil,
el voluble abanico,
Dorila, llevar sabes!

¡Con qué movimientos
has logrado apropiarle
a los juegos que enseña
de embelesar el arte!

Esta invención sencilla
para agitar el aire
da, abriéndose, a tu mano
bellísima el realce

de que sus largos dedos,
plegándose süaves,
con el mórbido brazo
felizmente contrasten.

Este brazo enarcando,
su contorno tornátil
ostentas cuando al viento
sobre tu rostro atraes.

Si rápido lo mueves,
con los golpes que bates
parece que tu seno
relevas palpitante;

si plácida lo llevas,
en las pausas que haces,
que de amor te embebece
dulcemente la imagen.

De tus pechos entonces,
en la calma en que yacen
medir los ojos pueden
el ámbito agradable.

Cuando con él intentas
la risita ocultarme
que en ti alegre concita
algún chiste picante,

y en tu boca de rosa,
desplegándola afable,
de las perlas que guarda
revela los quilates,

me incitas, cuidadoso,
a ver por tu semblante
la impresión que te causan
felices libertades.

Si el rostro, ruborosa,
te cubres por mostrarme
que en tu pecho, aun sencillo,
pudor y amor combaten,

al ardor que me agita
nuevo pábulo añades
con la débil defensa
que me opones galante.

Al hombro golpecitos,
con gracioso donaire,
con él dándome, dices:
«¿De qué tiemblas, cobarde?

»No es mi pecho tan crudo,
que no pueda apiadarse,
ni me hicieron los cielos
de inflexible diamante.

»Insta, ruega, demanda,
sin temor de enojarme;
que la roca más dura
con tesón se deshace».

Al suelo, distraída,
jugando se te cae,
y es porque cien rendidos
se inquieten por alzarle.

Tú, festiva, lo ríes,
y una mirada amable
es el premio dichoso
de tan dulces debates.

Mientras llamas de nuevo
con medidos compases
al fugaz cefirillo
a tu seno anhelante,

en mis ansias y quejas,
fingiendo no escucharme,
con raudo movimiento
lo cierras y lo abres;

mas súbito rendida,
batiéndolo incesante,
me indicas, sin decirlo,
las llamas que en ti arden.

Una vez que en tu seno
maliciosa lo entraste,
yo, suspirando, dije:
«¡Allí quisiera hallarme!»

Y otra vez ¡ay Dorila!
que a mi rival hablaste
no sé qué, misteriosa,
poniéndolo delante,

lloreme ya perdido,
creyéndote mudable,
y ardiéndoseme el pecho
con celos infernales.

Si quieres con alguno
hacer la inexorable,
le dice tu abanico:
«No más, necio, me canses».

Él a un tiempo te sirve
de que alejes y llames,
favorable acaricies,
y enojada amenaces.

Cerrado en tu alba mano,
cetro es de amor brillante,
ante el cual todos rinden
gustoso vasallaje;

o bien pliega en tu seno
con gracia inimitable
la mantilla, que tanto
lucir hace tu talle.

A la frente lo subes,
a que artero señale
los rizos que a su nieve
dan un grato realce.

Lo bajas a los ojos,
y en su denso celaje
se eclipsan un momento
sus llamas centelleantes

porque logren lumbrosos,
de súbito al mostrarse,
su triunfo más seguro
y como el rayo abrasen.

¡Ah, quién su ardor entonces
resista, y qué de amantes
burlándose, embebecen
sus niñas celestiales!

En todo eres, Dorila,
donosa; a todo sabes
llevar, sin advertirlo
tus gracias y tus sales.

¡Feliz mil y mil veces
quien en unión durable,
en ti correspondido,
cual yo merece amarte!
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

De Un Cupido

Al partir y dejarla,
medrosa de mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo,

diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.

Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;

que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,

cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».

Y de marfil labrado
diome un Amor tan lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:

vendados los ojuelos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la diestra sus tiros,

la aljaba al hombro bello
y el arco suspendidos,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;

arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como temblando
por su nudez de frío.

Yo, solícito, al verle
tan risueño y benigno,
los más dulces requiebros
inocente le digo;

y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.

Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.

Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,

tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,

cuando súbito siento
tan ardientes latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.

¿Y qué fue? Que en el hondo
se me entró el fementido
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

De Un Cupido

Al ir a despedirme,
temiéndose mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:


diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.

Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;

que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,

cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».

Rapazuelo de nácar
en todo extremo
lindo,

que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:

con su venda a los ojos,

luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas

y en la mano sus tiros,

la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,

que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;

arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,

y así como le pintan
desnudo y aterido.


Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;



y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.

Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.

Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,

tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,

Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.


Pero sentí al instante
del pecho mil
latidos,

como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.

Y fue que en él se había
entrado
el fementido.

del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

El Retrato

¿Si es él, Amor? ¡Qué trémula la mano
rompe el último nema! Me lo anuncia
con zozobra feliz saltando el pecho.
No, no puedo dudarlo: el importuno
velo cayó; tu celestial imagen,
tu suspirado don... Mi amante boca
con mil ardientes besos, mi llagado,
mi triste corazón con mil suspiros,
ambos a par lo adoren y el tributo
primero denle de mi tierno pecho.
Milagro del pincel, amable copia
del más amable objeto, ciego torno
a besarte otra vez; ojos, gozadla;
sáciate, corazón... No estás ausente:
ingenioso su amor buscarte supo,
supo templar de su crüel imperio
el áspero rigor, y fino hallarte.
De tu ternura celestial, oh amada,
oh mitad de mi vida, tal milagro
de cariño esperaba mi deseo.
Llegó; y puedo contigo consolarme,
en mi inmenso penar gemir contigo,
y en tu seno lanzar la ardiente vena
de lágrimas que inunda mis mejillas
en tan mortal insoportable ausencia.
Sí, amada, ya te tengo; ya en mi pecho
fino te estrecharé; mis tristes ojos
te ven, el fuego de los tuyos sienten;
y mis manos te tocan, y mis labios
pueden saciarse de oprimirte finos,
y mis suspiros animarte, y toda
inundarte en mis lágrimas ardientes.
Las sientes, ¿y no lloras? ¿a mis ayes
dolientes, ¡ay!, los tuyos no responden,
y a mis quejas y míseros gemidos?
A ti me vuelvo desolado, te hablo,
¿y muda está tu cariñosa lengua?
Clori, Clori, mi bien... ¡Loco deseo!
¡fantástica ilusión...! A sombras vanas,
a un mentido color prestar quería
la vida, el fuego, la expresión, las sales
que al prototipo celestial animan.
¡Oh, cómo, cómo en este punto siento
de mi suerte el horror, el hondo abismo
do sepultado y sin consuelo lloro!
¡Ausencia! ¡ausencia!, arráncame la vida;
no de ilusión en ilusión me lleves.
Un breve plazo tus dolores templas;
y tornas luego, y más crüel divides
en partes mil mi lastimado pecho.
¡Ay! Un instante en mi ilusión creía,
mirando absorto el celestial trasunto,
que mis ternezas, mis sentidos ayes
halagüeña escuchabas, que tus labios
se desplegaban en amable risa,
que al esplendor del animado fuego
en que tus ojos agraciados lucen,
la llama se alentaba de los míos
y que amor coloraba tus mejillas,
dulce señuelo a mi sedienta boca,
o el elástico seno conturbaba
en grata ondulación... Me precipito
frenético en mi error... Clori, tu imagen
helada me recibe; no, no siente
así cual tú... El encanto lisonjero
se desvanece; y a una sombra abrazo
muda y sin alma, y una sombra oprimo,
y una sombra acaricio, y mil finezas
loco le digo y que responda anhelo.
¡Ay! Eres tú, adorada, ¿y callas tibia?
¿y a mi llanto tus lágrimas no corren?
¿Por qué insensible a mis cariños eres
y eres de nieve al fuego en que me abraso?
¿Por qué en los ojos la inquietud graciosa,
el vivaz sentimiento, la ternura,
el delicioso hechizo hallar no puedo
que en los tuyos de amores me embrïagan?
Háblame, idolatrada, o no me burles
cual si a abrir fueras cariñosa el labio;
o en su mirar donoso tus pupilas
se animen, o falaces no remeden
otras, do Amor su trono soberano
sentó y se gozan las sencillas Gracias.
No tu nevado torneado cuello
inmóvil yazca; vuélvase y recline
en mi seno amoroso esa cabeza
que enhiesto apoya, y góceme dichoso,
cual veces tantas, en su dulce peso.
Sienta tu pecho, a la ternura se abra,
ábrase al blando amor, y arda y palpite,
y en plácida efusión al pecho mío
haga correr el celestial encanto
de su angélica llama, de los puros
afectos más que humanos que en sí abriga;
o el lácteo pecho de mi bien no mienta,
do todo es suave amor, dulzura todo,
sencillez tierna y cariñosas ansias,
placer, transportos, éxtasis, delicias.
No la alba mano el abanico agite
en juego inútil; o mi dócil cuello
en torno ciña en lazo venturoso,
indisoluble lazo en que anudara
nuestras almas el cielo para siempre,
o cual un tiempo cariñosa oprima
mi palpitante corazón y sienta
el fuego asolador que le consume.
¡Ah, mano!, ¡hermosa mano! El pincel rudo
trasladar quiso en vano tus contornos,
tu gracia, tu candor... De mármol era,
si viéndola, el artista... No, profano:
mis labios sólo tributarla deben,
en su delirio idólatras, el culto
que le ha votado amor; tu nieve y rosa
la manchan, no la tocan. ¡Ay! ¡qué digo!
¿la menor de sus partes puede acaso
remedar el pincel? ¿débil el arte
no cede a empresa tanta y se confunde?
¿Esas cejas sin alma, es esa frente
la tuya, Clori mía?, ¿son tus labios
festivos, purpurantes, halagüeños,
estos labios helados? ¿las mejillas
son la leche y carmín en deliciosa
mezcla deshechos, como tú los llevas
en tus llenas mejillas sonrosadas?
¿Y tu seno y tu tez, y el suave agrado
de tu semblante, y la donosa gracia
de tus razones...? ¡Qué violenta hoguera
circula por mis venas...! ¡Qué suspiros
se exhalan sin sentirlo de mi pecho!
¡Cómo agitado el corazón palpita!
Con frenética sed me precipito
sobre tu imagen muda...; irresistible
la mágica virtud de tu presencia
me arrastra... Desfallecen mis rodillas...
cubren mil sombras mis llorosos ojos...
un ardor..., un ardor... Mi bien, mi gloria,
Clori, amor, vida, esposa, ¡oh si pudiese
llegar a ti la conmoción que siento
y este torrente de delicias puras
en que sin seso en mi ilusión me inundo!
¡Si a ti alcanzasen mis dolientes ansias,
mis sollozos, mis aves, los furores
de mi delirio infausto! ¡si escuchases
la inmensa copia de ternezas que hablo
a tu divina imagen...! Tus mejillas
y tu frente y tus ojos y tu boca,
y cuello y pecho, y toda tú abrasada
al fuego de mis ayes encendidos
y en mi llanto inundada te hallarías...
¿Por qué estos cultos a una imagen muda
se habrán de tributar? Ven, ven, amada,
a recibirlos; ven en los transportos
del más violento amor; no se profanen
en una helada inanimada sombra.
Ven luego, ven, y unámonos por siempre;
o a mí me deja en tus amantes brazos
fino volar, y colma mi ventura.
Una palabra, una palabra sola...
Dila, y feliz recibirás los cultos
que idólatra tributo a tu retrato.
Él, entre tanto sobre el pecho mío
será alivio a mis penas, compañero
de mi destierro, inapreciable joya
de tu firmeza, y suplirá ¡ay! En vano
de su divino original la ausencia.
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Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Letrilla El Lunarcito

La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?

¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal

que un val de azucenas
hiende por mitad?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;

mirolo y riose,
y dijo vivaz:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal.

Y diz que picado,
se le oyó gritar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,

do clama el deseo
al verse estrellar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,

iluso, perdido,
ansiando encontrar,
la noche y el día
¿qué tienen de igual?


Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.

¡Señuelo del gusto!
¡dulcísimo imán!
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?


Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;

diciéndome mudo
con cada compás:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,

clamando yo al verle
subir y bajar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»


¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,

no así preguntaras,
burlando mi mal:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
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