Poemas en este tema
Destino y Superación
Óscar Hahn
Eso Sería Todo
Te estoy haciendo un destino aquí mismo.
Lo estoy dibujando en las alas de un pájaro.
Lo estoy pintando en la pared de mi cuarto.
Ahora el pájaro vuela con furia,
ahora lanza su grito de guerra
y se dispara contra la pared.
Sus plumas están flotando en el espacio.
Sus plumas mojándose en su sangre.
Coge una y te escribe este poema.
Lo estoy dibujando en las alas de un pájaro.
Lo estoy pintando en la pared de mi cuarto.
Ahora el pájaro vuela con furia,
ahora lanza su grito de guerra
y se dispara contra la pared.
Sus plumas están flotando en el espacio.
Sus plumas mojándose en su sangre.
Coge una y te escribe este poema.
425
Oliverio Girondo
Con Frecuencia Voy A Visitar A Un Pariente Que Vive En Los Alrededores
20
Con frecuencia voy a visitar a un pariente que vive en los alrededores.
Al pasar por alguna de las estaciones —¡no falla ni por
casualidad!— el tren salta sobre el andén, arrasa los equipajes,
derrumba la boletería, el comedor. Los vagones se trepan los
unos sobre los otros. El furgón se acopla con la locomotora. No
hay más que piernas y brazos por todas partes: bajo los
asientos, entre los durmientes de la vía, sobre las redes donde
se colocan las valijas.
De mi compartimento sólo queda un pedazo de puerta. Echo a un
lado los cadáveres que me rodean. Rectifico la latitud de mi
corbata, y salgo, lo más campante, sin una arruga en el
pantalón o en la sonrisa.
Aunque preveo lo que sucederá, otras veces me embarco, con la
esperanza de que mis presentimientos resulten inexactos.
Los pasajeros son los mismos de siempre. Está el marido
adúltero, con su sonrisa de padrillo. Está la
señorita cuyos atractivos se cotizan en proporción
directa al alejamiento de la costa. Está la señora foca,
la señora tonina; el fabricante de artículos de goma, que
apoyado sobre la borda contempla la inmensidad del mar y lo
único que se le ocurre es escupirlo.
Al tercer día de navegar se oye —¡en plena noche!— un
estruendo metálico, intestinal.
¡Mujeres semidesnudas! ¡Hombres en camiseta!
¡Llantos! ¡Plegarias! ¡Gritos!...
Mientras los pasajeros se estrangulan al asaltar los botes de
salvamento, yo aprovecho un bandazo para zambullirme desde la cubierta,
y ya en el mar, contemplo —con impasibilidad de corcho— el
espectáculo.
¡Horror! El buque cabecea, tiembla, hunde la proa y se sumerge.
¿Tendré que convencerme una vez más que soy el
único sobreviviente?
Con la intención de comprobarlo, inspecciono el sitio del
naufragio. Aquí un salvavidas, una silla de mimbre...
Allá un cardumen de tiburones, un cadáver flotante...
Calculo el rumbo, la distancia, y después de batir todos los
récores del mundo, entro, el octavo día, en el puerto de
desembarque.
Mis amigos, la gente que me conoce, las personas que saben de
cuántas catástrofes me he librado, supusieron, en el
primer momento, que era una simple casualidad, pero al comprobar que la
casualidad se repetía demasiado, terminaron por considerarla una
costumbre, sin darse cuenta que se trata de una verdadera
predestinación.
Así como hay hombres cuya sola presencia resulta de una eficacia
abortiva indiscutible, la mía provoca accidentes a cada paso,
ayuda al azar y rompe el equilibrio inestable de que depende la
existencia.
¡Con qué angustia, con qué ansiedad
comprobé, durante los primeros tiempos, esta propensión
al cataclismo!... ¡La vida se complica cuando se hallan escombros
a cada paso! ¡Pero es tal la fuerza de la costumbre!...
Insensiblemente uno se habitúa a vivir entre cadáveres
desmenuzados y entre vidrios rotos, hasta que se descubre el encanto de
las inundaciones, de los derrumbamientos, y se ve que la vida solo
adquiere color en medio de la desolación y del desastre.
¡Saber que basta nuestra presencia para que las cariátides
se cansen de sostener los edificios públicos y fallezcan —entre
sus capiteles, entre sus expedientes— centenares de prestamistas, que
se alimentaban de empleados... ¡públicos!... y de
garbanzos!
¡Saborear —como si fuese mazamorra— los temblores que provoca
nuestra mirada; esos terremotos en los que las bañaderas se
arrojan desde el octavo piso, mientras perecen enjauladas en los
ascensores, docenas de vendedoras rubias, y que sin embargo se llamaban
Esther!
¿Verdad que ante la magnificencia de tales espectáculos,
pierden todo atractivo hasta los paisajes de montañas, mucho
mejor formadas que las nalgas de la Venus de Milo?
El exotismo de las mariposas o de los mastodontes, los ritos de la
masonería o de la masticación —al menos en lo que a
mí se refieren— no consiguen interesarme. Necesito esqueletos
pulverizados, decapitaciones ferroviarias, descuartizamientos
inidentificables, y es tan grande mi amor por lo espectacular, que el
día en que no provoco ningún cortocircuito, sufro una
verdadera desilusión.
En estas condiciones, mi compañía resultará lo
intranquilizadora que se quiera.
¿Tengo yo alguna culpa en preferir las quemaduras a las
colegialas de tercer grado?
Aunque la mayoría de los hombres se satisfaga con rumiar el
sueño y la vigilia con una impasibilidad de cornudo, quien haya
pernoctado entre cadáveres vagabundos comprenderá que el
resto me parezca melaza, nada más que melaza.
Yo soy —¡qué le vamos a hacer!—un hombre
catastrófico, y así como no puedo dormir antes que se
derrumben, sobre mi cama, los bienes, y los cuerpos de los que habitan
en los pisos de arriba, no logro interesarme por ninguna mujer, si no
me consta, que al estrecharla entre mis brazos, ha de declararse un
incendio en el que perezca carbonizada... ¡la pobrecita!
Con frecuencia voy a visitar a un pariente que vive en los alrededores.
Al pasar por alguna de las estaciones —¡no falla ni por
casualidad!— el tren salta sobre el andén, arrasa los equipajes,
derrumba la boletería, el comedor. Los vagones se trepan los
unos sobre los otros. El furgón se acopla con la locomotora. No
hay más que piernas y brazos por todas partes: bajo los
asientos, entre los durmientes de la vía, sobre las redes donde
se colocan las valijas.
De mi compartimento sólo queda un pedazo de puerta. Echo a un
lado los cadáveres que me rodean. Rectifico la latitud de mi
corbata, y salgo, lo más campante, sin una arruga en el
pantalón o en la sonrisa.
Aunque preveo lo que sucederá, otras veces me embarco, con la
esperanza de que mis presentimientos resulten inexactos.
Los pasajeros son los mismos de siempre. Está el marido
adúltero, con su sonrisa de padrillo. Está la
señorita cuyos atractivos se cotizan en proporción
directa al alejamiento de la costa. Está la señora foca,
la señora tonina; el fabricante de artículos de goma, que
apoyado sobre la borda contempla la inmensidad del mar y lo
único que se le ocurre es escupirlo.
Al tercer día de navegar se oye —¡en plena noche!— un
estruendo metálico, intestinal.
¡Mujeres semidesnudas! ¡Hombres en camiseta!
¡Llantos! ¡Plegarias! ¡Gritos!...
Mientras los pasajeros se estrangulan al asaltar los botes de
salvamento, yo aprovecho un bandazo para zambullirme desde la cubierta,
y ya en el mar, contemplo —con impasibilidad de corcho— el
espectáculo.
¡Horror! El buque cabecea, tiembla, hunde la proa y se sumerge.
¿Tendré que convencerme una vez más que soy el
único sobreviviente?
Con la intención de comprobarlo, inspecciono el sitio del
naufragio. Aquí un salvavidas, una silla de mimbre...
Allá un cardumen de tiburones, un cadáver flotante...
Calculo el rumbo, la distancia, y después de batir todos los
récores del mundo, entro, el octavo día, en el puerto de
desembarque.
Mis amigos, la gente que me conoce, las personas que saben de
cuántas catástrofes me he librado, supusieron, en el
primer momento, que era una simple casualidad, pero al comprobar que la
casualidad se repetía demasiado, terminaron por considerarla una
costumbre, sin darse cuenta que se trata de una verdadera
predestinación.
Así como hay hombres cuya sola presencia resulta de una eficacia
abortiva indiscutible, la mía provoca accidentes a cada paso,
ayuda al azar y rompe el equilibrio inestable de que depende la
existencia.
¡Con qué angustia, con qué ansiedad
comprobé, durante los primeros tiempos, esta propensión
al cataclismo!... ¡La vida se complica cuando se hallan escombros
a cada paso! ¡Pero es tal la fuerza de la costumbre!...
Insensiblemente uno se habitúa a vivir entre cadáveres
desmenuzados y entre vidrios rotos, hasta que se descubre el encanto de
las inundaciones, de los derrumbamientos, y se ve que la vida solo
adquiere color en medio de la desolación y del desastre.
¡Saber que basta nuestra presencia para que las cariátides
se cansen de sostener los edificios públicos y fallezcan —entre
sus capiteles, entre sus expedientes— centenares de prestamistas, que
se alimentaban de empleados... ¡públicos!... y de
garbanzos!
¡Saborear —como si fuese mazamorra— los temblores que provoca
nuestra mirada; esos terremotos en los que las bañaderas se
arrojan desde el octavo piso, mientras perecen enjauladas en los
ascensores, docenas de vendedoras rubias, y que sin embargo se llamaban
Esther!
¿Verdad que ante la magnificencia de tales espectáculos,
pierden todo atractivo hasta los paisajes de montañas, mucho
mejor formadas que las nalgas de la Venus de Milo?
El exotismo de las mariposas o de los mastodontes, los ritos de la
masonería o de la masticación —al menos en lo que a
mí se refieren— no consiguen interesarme. Necesito esqueletos
pulverizados, decapitaciones ferroviarias, descuartizamientos
inidentificables, y es tan grande mi amor por lo espectacular, que el
día en que no provoco ningún cortocircuito, sufro una
verdadera desilusión.
En estas condiciones, mi compañía resultará lo
intranquilizadora que se quiera.
¿Tengo yo alguna culpa en preferir las quemaduras a las
colegialas de tercer grado?
Aunque la mayoría de los hombres se satisfaga con rumiar el
sueño y la vigilia con una impasibilidad de cornudo, quien haya
pernoctado entre cadáveres vagabundos comprenderá que el
resto me parezca melaza, nada más que melaza.
Yo soy —¡qué le vamos a hacer!—un hombre
catastrófico, y así como no puedo dormir antes que se
derrumben, sobre mi cama, los bienes, y los cuerpos de los que habitan
en los pisos de arriba, no logro interesarme por ninguna mujer, si no
me consta, que al estrecharla entre mis brazos, ha de declararse un
incendio en el que perezca carbonizada... ¡la pobrecita!
739
Miguel de Unamuno
Lxi
Vuelve hacia atrás la vista, caminante,
verás lo que te queda de camino;
desde el oriente de tu cuna el sino
ilumina tu marcha hacia adelante.
Es del pasado el porvenir semblante;
como se irá la vida así se vino;
cabe volver las riendas del destino
como se vuelve del revés un guante.
Lleva tu espalda reflejado el frente;
sube la niebla por el río arriba
y se resuelve encima de la fuente;
la lanzadera en su vaivén se aviva;
desnacerás un día de repente;
nunca sabrás dónde el misterio estriba.
verás lo que te queda de camino;
desde el oriente de tu cuna el sino
ilumina tu marcha hacia adelante.
Es del pasado el porvenir semblante;
como se irá la vida así se vino;
cabe volver las riendas del destino
como se vuelve del revés un guante.
Lleva tu espalda reflejado el frente;
sube la niebla por el río arriba
y se resuelve encima de la fuente;
la lanzadera en su vaivén se aviva;
desnacerás un día de repente;
nunca sabrás dónde el misterio estriba.
1.046
Marilina Rébora
De La Segunda Venida De Cristo
Durante aquella hora, quien se halle en el terrado
no retorne a buscar sus muebles bajo el techo,
pues —de dos en un campo— uno será librado
y el otro abandonado. (O de dos en el lecho.)
Dos mujeres moliendo, bien que trabajen juntas,
una será elegida, la otra rechazada.
Huelgan disquisiciones e inútiles preguntas
porque el Señor lo ha dicho: Su Palabra está dada.
(Soñamos el milagro: la que elige el Señor
apresa de la mano —por llevarla consigo—
a la otra en abandono, y pone tal fervor
en librar aquel ser del eterno castigo,
que Dios, al verla, dice: —La ha salvado tu amor.
Puedes venir con ella. Y ella venir contigo.)
no retorne a buscar sus muebles bajo el techo,
pues —de dos en un campo— uno será librado
y el otro abandonado. (O de dos en el lecho.)
Dos mujeres moliendo, bien que trabajen juntas,
una será elegida, la otra rechazada.
Huelgan disquisiciones e inútiles preguntas
porque el Señor lo ha dicho: Su Palabra está dada.
(Soñamos el milagro: la que elige el Señor
apresa de la mano —por llevarla consigo—
a la otra en abandono, y pone tal fervor
en librar aquel ser del eterno castigo,
que Dios, al verla, dice: —La ha salvado tu amor.
Puedes venir con ella. Y ella venir contigo.)
794
Marilina Rébora
Vértigo
¿Y esta melancolía? ¿Por qué tanto abandono
si no hay una razón —o por lo menos nueva—,
si no existen rencores ni nos muerde el encono?
¿De qué ese sentimiento que al ánimo subleva?
¿A qué causa atribuir tan ciego pesimismo?
¿Qué motivo encontrar a esta tenaz congoja
si son nuestros estados un puro fatalismo?
¿Qué es, por fin, lo que al alma tanto y tanto la enoja?
La ansiedad de vivir en vértigo, de prisa,
exacerba la mente a punto culminante,
ya que ante el tiempo escaso en todo se improvisa
y el destino de un ser se juega en un instante.
Y es eso lo que al cabo del día nos aplasta
para cuyo consuelo la oración sólo basta.
si no hay una razón —o por lo menos nueva—,
si no existen rencores ni nos muerde el encono?
¿De qué ese sentimiento que al ánimo subleva?
¿A qué causa atribuir tan ciego pesimismo?
¿Qué motivo encontrar a esta tenaz congoja
si son nuestros estados un puro fatalismo?
¿Qué es, por fin, lo que al alma tanto y tanto la enoja?
La ansiedad de vivir en vértigo, de prisa,
exacerba la mente a punto culminante,
ya que ante el tiempo escaso en todo se improvisa
y el destino de un ser se juega en un instante.
Y es eso lo que al cabo del día nos aplasta
para cuyo consuelo la oración sólo basta.
694
Manuel Machado
El Poeta De «adelfos» Dice Al Fin - Ars Moriendi
Ya el pobre corazón eligió su camino.
Ya a los vientos no oscila, ya a las olas no cede,
al azar no suspira, ni se entrega al Destino...
Ahora sabe querer, y quiere lo que puede.
Renunció al imposible y al sin querer divino.
Ya a los vientos no oscila, ya a las olas no cede,
al azar no suspira, ni se entrega al Destino...
Ahora sabe querer, y quiere lo que puede.
Renunció al imposible y al sin querer divino.
385
Miguel Hernández
Un Carnívoro Cuchillo
Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.
Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.
Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas.
Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea,
que voy a mi juventud
como la luna a mi aldea.
Recojo con las pestañas
sal del alma y sal del ojo
y flores de telarañas
de mis tristezas recojo.
¿A dónde iré que no vaya
mi perdición a buscar?
Tu destino es de la playa
y mi vocación del mar.
Descansar de esta labor
de huracán, amor o infierno
no es posible, y el dolor
me hará a mi pesar eterno.
Pero al fin podré vencerte,
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.
Sigue, pues, sigue cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.
Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.
Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas.
Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea,
que voy a mi juventud
como la luna a mi aldea.
Recojo con las pestañas
sal del alma y sal del ojo
y flores de telarañas
de mis tristezas recojo.
¿A dónde iré que no vaya
mi perdición a buscar?
Tu destino es de la playa
y mi vocación del mar.
Descansar de esta labor
de huracán, amor o infierno
no es posible, y el dolor
me hará a mi pesar eterno.
Pero al fin podré vencerte,
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.
Sigue, pues, sigue cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.
1.029
Meira Delmar
Tapiz
Las hebras de un tapiz imaginario
fueron nuestros destinos que un instante
se rozaron apenas en la cruz
del encuentro.
De norte a sur tu paso, de este
a oeste el mío,
entrelazamos el amor de modo
que nunca el tiempo desatarlo pudo,
ni romperlo el olvido.
fueron nuestros destinos que un instante
se rozaron apenas en la cruz
del encuentro.
De norte a sur tu paso, de este
a oeste el mío,
entrelazamos el amor de modo
que nunca el tiempo desatarlo pudo,
ni romperlo el olvido.
887
Mario Benedetti
Como Si Fuéramos Inmortales
Todos sabemos que nada ni nadie habrá de ahorrarnos el final
sin embargo hay que vivir como si fuéramos inmortales
sabemos que los caballos y los perros tienen las patas sobre la tierra
pero no es descartable que en una nochebuena se lancen a volar
sabemos que en una esquina no rosada aguarda el ultimátum de la
envidia
pero en definitiva será el tiempo el que diga dónde es
dónde y quién es quién
sabemos que tras cada victoria el enemigo regresa buscando más
triunfos
y que volveremos a ser inexorablemente derrotados vale decir que
venceremos
sabemos que el odio viene lleno de imposturas
pero que las va a perder antes del diluvio o después del carnaval
sabemos que el hambre está desnuda desde hace siglos
pero también que los saciados responderán por los
hambrientos
sabemos que la melancolía es un resplandor y sólo eso
pero a los melancólicos nadie les quita lo bailado
sabemos que los bondadosos instalan cerrojos de seguridad
pero la bondad suele escaparse por los tejados
sabemos que los decididores deciden como locos o miserables
y que mañana o pasado alguien decidirá que no decidan
sintetizando / todos sabemos que nada ni nadie habrá de
ahorrarnos el final
pero así y todo hay que vivir como si fuéramos inmortales
sin embargo hay que vivir como si fuéramos inmortales
sabemos que los caballos y los perros tienen las patas sobre la tierra
pero no es descartable que en una nochebuena se lancen a volar
sabemos que en una esquina no rosada aguarda el ultimátum de la
envidia
pero en definitiva será el tiempo el que diga dónde es
dónde y quién es quién
sabemos que tras cada victoria el enemigo regresa buscando más
triunfos
y que volveremos a ser inexorablemente derrotados vale decir que
venceremos
sabemos que el odio viene lleno de imposturas
pero que las va a perder antes del diluvio o después del carnaval
sabemos que el hambre está desnuda desde hace siglos
pero también que los saciados responderán por los
hambrientos
sabemos que la melancolía es un resplandor y sólo eso
pero a los melancólicos nadie les quita lo bailado
sabemos que los bondadosos instalan cerrojos de seguridad
pero la bondad suele escaparse por los tejados
sabemos que los decididores deciden como locos o miserables
y que mañana o pasado alguien decidirá que no decidan
sintetizando / todos sabemos que nada ni nadie habrá de
ahorrarnos el final
pero así y todo hay que vivir como si fuéramos inmortales
711
Mario Benedetti
Currículum
El cuento es muy sencillo
usted nace en su tiempo
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
y el temerario insecto
que será pisoteado
por su zapato nuevo
usted sufre de veras
reclama por comida
y por deber ajeno
o acaso por rutina
llora limpio de culpas
benditas o malditas
hasta que llega el sueño
y lo descalifica
usted se transfigura
ama casi hasta el colmo
logra sentirse eterno
de tanto y tanto asombro
pero las esperanzas
no llegan al otoño
y el corazón profeta
se convierte en escombros
usted por fin aprende
y usa lo aprendido
para saber que el mundo
es como un laberinto
en sus momentos claves
infierno o paraíso
amor o desamparo
y siempre siempre un lío
usted madura y busca
las señas del presente
los ritos del pasado
y hasta el futuro en cierne
quizá se ha vuelto sabio
irremediablemente
y cuando nada falta
entonces usted muere
usted nace en su tiempo
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
y el temerario insecto
que será pisoteado
por su zapato nuevo
usted sufre de veras
reclama por comida
y por deber ajeno
o acaso por rutina
llora limpio de culpas
benditas o malditas
hasta que llega el sueño
y lo descalifica
usted se transfigura
ama casi hasta el colmo
logra sentirse eterno
de tanto y tanto asombro
pero las esperanzas
no llegan al otoño
y el corazón profeta
se convierte en escombros
usted por fin aprende
y usa lo aprendido
para saber que el mundo
es como un laberinto
en sus momentos claves
infierno o paraíso
amor o desamparo
y siempre siempre un lío
usted madura y busca
las señas del presente
los ritos del pasado
y hasta el futuro en cierne
quizá se ha vuelto sabio
irremediablemente
y cuando nada falta
entonces usted muere
909
Lope de Vega
Anticipó La Púrpura Olorosa
Anticipó la púrpura olorosa
un temprano clavel; Fabio admirado
dijo a Fenisa que bajaba al prado:
«Corta su breve vida, Parca hermosa».
«Lástima fuera», respondió piadosa,
y dejóle con vida y enojado,
y Fabio de sus labios engañado
dejó el clavel y respetó la rosa.
¡Ay, necio Fabio! La siguiente aurora,
de un etiope vil la negra mano,
en el jardín entrándose a deshora,
cortó el clavel y le gozó tirano.
Así perdida la ocasión se llora
y al más indigno se defiende en vano.
un temprano clavel; Fabio admirado
dijo a Fenisa que bajaba al prado:
«Corta su breve vida, Parca hermosa».
«Lástima fuera», respondió piadosa,
y dejóle con vida y enojado,
y Fabio de sus labios engañado
dejó el clavel y respetó la rosa.
¡Ay, necio Fabio! La siguiente aurora,
de un etiope vil la negra mano,
en el jardín entrándose a deshora,
cortó el clavel y le gozó tirano.
Así perdida la ocasión se llora
y al más indigno se defiende en vano.
446
Lope de Vega
Rota Barquilla Mía, Que Arrojada
Rota barquilla mía, que arrojada
de tanta envidia y amistad fingida,
de mi paciencia por el mar regida
con remos de mi pluma y de mi espada,
una sin corte y otra mal cortada,
conservaste las fuerzas de la vida,
entre los puertos del favor rompida,
y entre las esperanzas quebrantada;
sigue tu estrella en tantos desengaños,
que quien no los creyó sin duda es loco,
ni hay enemigo vil ni amigo cierto.
Pues has pasado los mejores años,
ya para lo que queda, pues es poco,
ni tema a la mar, ni esperes puerto.
de tanta envidia y amistad fingida,
de mi paciencia por el mar regida
con remos de mi pluma y de mi espada,
una sin corte y otra mal cortada,
conservaste las fuerzas de la vida,
entre los puertos del favor rompida,
y entre las esperanzas quebrantada;
sigue tu estrella en tantos desengaños,
que quien no los creyó sin duda es loco,
ni hay enemigo vil ni amigo cierto.
Pues has pasado los mejores años,
ya para lo que queda, pues es poco,
ni tema a la mar, ni esperes puerto.
415
Lope de Vega
Lucinda, Yo Me Siento Arder, Y Sigo
Lucinda, yo me siento arder, y sigo
el sol que deste incendio causa el daño,
que porque no me encuentre el desengaño
tengo al engaño por eterno amigo.
Siento el error, no siento lo que digo,
a mí yo propio me parezco extraño;
pasan mis años, sin que llegue un año
que esté seguro yo de mí conmigo.
¡Oh dura ley de amor, que todos huyen
la causa de su mal, y yo la espero
siempre en mi margen, como humilde río!
Pero si las estrellas daño influyen,
y con las de tus ojos nací y muero,
¿cómo las venceré sin albedrío?
el sol que deste incendio causa el daño,
que porque no me encuentre el desengaño
tengo al engaño por eterno amigo.
Siento el error, no siento lo que digo,
a mí yo propio me parezco extraño;
pasan mis años, sin que llegue un año
que esté seguro yo de mí conmigo.
¡Oh dura ley de amor, que todos huyen
la causa de su mal, y yo la espero
siempre en mi margen, como humilde río!
Pero si las estrellas daño influyen,
y con las de tus ojos nací y muero,
¿cómo las venceré sin albedrío?
503
Leandro Fernández de Moratín
Soneto La Noche De Montiel
¿Adónde adónde está, dice el Infante,
ese feroz tirano de Castilla?
Pedro al verle, desnuda la cuchilla,
y se presenta a su rival delante.
Cierra con él, y en lucha vacilante
le postra, y pone al pecho la rodilla
Beltrán (aunque sus glorias amancilla)
trueca a los hados el temido instante.
Herido el rey por la fraterna mano,
joven espira con horrenda muerte,
y el trono y los rencores abandona.
No aguarde premios en el mundo vano
la inocente virtud; si da la suerte
por un delito atroz, una corona.
ese feroz tirano de Castilla?
Pedro al verle, desnuda la cuchilla,
y se presenta a su rival delante.
Cierra con él, y en lucha vacilante
le postra, y pone al pecho la rodilla
Beltrán (aunque sus glorias amancilla)
trueca a los hados el temido instante.
Herido el rey por la fraterna mano,
joven espira con horrenda muerte,
y el trono y los rencores abandona.
No aguarde premios en el mundo vano
la inocente virtud; si da la suerte
por un delito atroz, una corona.
521
Leandro Fernández de Moratín
Oda Traducción De Horacio
Rumbo mejor, Licino,
seguirás no engolfándote en la altura,
ni aproximando el pino
a playa mal segura,
por evitar la tempestad oscura.
El que la medianía
preciosa amó, del techo quebrantado
y pobre se desvía
como del envidiado
alcázar, de oro y pórfidos labrado.
Muchas veces el viento
árboles altos rompe; levantadas
torres, con más violento
golpe caen arruinadas;
hiere el rayo las cumbres elevadas.
No en la dicha confía
el varón fuerte; en la aflicción espera
más favorable día:
Jove la estación fiera
del hielo vuelve en grata primavera.
Si mal sucede ahora,
no siempre mal será. Tal vez no excusa
con cítara sonora,
Febo, animar la Musa;
tal vez el arco por los bosques usa.
En la desgracia sabe
mostrar al riesgo el corazón valiente;
y si el viento tu nave
sopla serenamente,
la hinchada vela cogerás prudente.
seguirás no engolfándote en la altura,
ni aproximando el pino
a playa mal segura,
por evitar la tempestad oscura.
El que la medianía
preciosa amó, del techo quebrantado
y pobre se desvía
como del envidiado
alcázar, de oro y pórfidos labrado.
Muchas veces el viento
árboles altos rompe; levantadas
torres, con más violento
golpe caen arruinadas;
hiere el rayo las cumbres elevadas.
No en la dicha confía
el varón fuerte; en la aflicción espera
más favorable día:
Jove la estación fiera
del hielo vuelve en grata primavera.
Si mal sucede ahora,
no siempre mal será. Tal vez no excusa
con cítara sonora,
Febo, animar la Musa;
tal vez el arco por los bosques usa.
En la desgracia sabe
mostrar al riesgo el corazón valiente;
y si el viento tu nave
sopla serenamente,
la hinchada vela cogerás prudente.
451
Leandro Fernández de Moratín
Oda Traducción De Horacio
Más seguro ¡oh! Licino
vivirás no engolfándote en la altura,
ni aproximando el pino
a playa mal segura,
por evitar la tempestad obscura.
El que la medianía
preciosa amó, del techo quebrantado
y pobre se desvía
como del envidiado
albergue en oro y pórfidos labrado.
Muchas veces el viento
árboles altos rompe; levantadas
torres con más violento
golpe caen arruinadas;
hiere el rayo las cumbres elevadas.
No en la dicha confía
el varón fuerte; en su aflicción espera
más favorable día:
Jove la estación fiera
del hielo vuelve en grata primavera.
Si mal sucede ahora,
no siempre mal será. Tal vez no excusa
con cítara sonora
Febo animar la musa;
tal vez el arco por los bosques usa.
En la desgracia sabe
mostrar al riesgo el corazón valiente
y si el viento tu nave
sopla serenamente
la hinchada vela cogerás prudente.
vivirás no engolfándote en la altura,
ni aproximando el pino
a playa mal segura,
por evitar la tempestad obscura.
El que la medianía
preciosa amó, del techo quebrantado
y pobre se desvía
como del envidiado
albergue en oro y pórfidos labrado.
Muchas veces el viento
árboles altos rompe; levantadas
torres con más violento
golpe caen arruinadas;
hiere el rayo las cumbres elevadas.
No en la dicha confía
el varón fuerte; en su aflicción espera
más favorable día:
Jove la estación fiera
del hielo vuelve en grata primavera.
Si mal sucede ahora,
no siempre mal será. Tal vez no excusa
con cítara sonora
Febo animar la musa;
tal vez el arco por los bosques usa.
En la desgracia sabe
mostrar al riesgo el corazón valiente
y si el viento tu nave
sopla serenamente
la hinchada vela cogerás prudente.
424
Julián del Casal
Páginas De Vida
En la popa desierta del viejo barco
Cubierto por un toldo de frías brumas,
Mirando cada mástil doblarse en arco,
Oyendo los fragores de las espumas;
Mientras daba la nave, tumbo tras tumbo,
Encima de las ondas alborotadas,
Cual si ansiosa estuviera de emprender rumbo
Hacia remotas aguas nunca surcadas;
Sintiendo ya el delirio de los alcohólicos,
En que ahogaba su llanto de despedida,
Narrábame, en los tonos más melancólicos,
Las páginas secretas de nuestra vida.
—Yo soy como esas plantas que ignota mano
Siembra un día en el surco por donde marcha,
Ya para que la anime luz de verano,
Ya para que la hiele frío de escarcha.
Llevado por el soplo del torbellino,
Que cada día a extraño suelo me arroja,
Entre las rudas zarzas de mi camino,
Si no dejo un capullo, dejo una hoja.
Mas como nada espero lograr del hombre,
Y en la bondad divina mi ser confía,
Aunque llevo en el alma penas sin nombre
No siento la nostalgia de la alegría.
¡Ígnea columna sigue mi paso cierto!
¡Salvadora creencia mi ánimo salva!
Yo sé que tras las olas me aguarda el puerto
Yo sé que tras la noche surgirá el alba.
Tú, en cambio, que doliente mi voz escuchas,
Sólo el hastío llevas dentro del alma;
Juzgándote vencido, por nada luchas,
Y de ti se desprende siniestra calma.
Tienes en tu conciencia sinuosidades
Donde se extraviaría mi pensamiento,
Como al surcar del éter las soledades
El águila en las nubes del firmamento.
Sé que ves en el mundo cosas pequeñas
Y que por algo grande siempre suspiras;
Mas no hay nada tan bello como lo sueñas,
Ni es la vida tan triste como la miras.
Si hubiéramos más tiempo juntos vivido
No nos fuera la ausencia tan dolorosa.
¡Tú cultivas tus males, yo el mío olvido!
¡Tú lo ves todo en negro, yo todo en rosa!
Quisiera estar contigo largos instantes,
Pero a tu ardiente súplica ceder no puedo:
¡Hasta tus verdes ojos relampagueantes,
Si me inspiran cariño, me infunden miedo!
Genio errante, vagando de clima en clima,
Sigue el rastro fulgente de un espejismo,
Con el ansia de alzarse siempre a la cima,
Mas también con el vértigo que da el abismo.
Cada vez que en él pienso la calma pierdo,
Palidecen los tintes de mi semblante,
Y en mi alma se arraiga su fiel recuerdo
Como en fosa sombría cardo punzante.
Doblegado en la tierra, luego de hinojos,
Miro cuanto a mi lado gozoso existe;
Y pregunto, con lágrimas en los ojos,
¿Por qué has hecho, ¡oh, Dios mío!, mi alma
tan triste?
Cubierto por un toldo de frías brumas,
Mirando cada mástil doblarse en arco,
Oyendo los fragores de las espumas;
Mientras daba la nave, tumbo tras tumbo,
Encima de las ondas alborotadas,
Cual si ansiosa estuviera de emprender rumbo
Hacia remotas aguas nunca surcadas;
Sintiendo ya el delirio de los alcohólicos,
En que ahogaba su llanto de despedida,
Narrábame, en los tonos más melancólicos,
Las páginas secretas de nuestra vida.
—Yo soy como esas plantas que ignota mano
Siembra un día en el surco por donde marcha,
Ya para que la anime luz de verano,
Ya para que la hiele frío de escarcha.
Llevado por el soplo del torbellino,
Que cada día a extraño suelo me arroja,
Entre las rudas zarzas de mi camino,
Si no dejo un capullo, dejo una hoja.
Mas como nada espero lograr del hombre,
Y en la bondad divina mi ser confía,
Aunque llevo en el alma penas sin nombre
No siento la nostalgia de la alegría.
¡Ígnea columna sigue mi paso cierto!
¡Salvadora creencia mi ánimo salva!
Yo sé que tras las olas me aguarda el puerto
Yo sé que tras la noche surgirá el alba.
Tú, en cambio, que doliente mi voz escuchas,
Sólo el hastío llevas dentro del alma;
Juzgándote vencido, por nada luchas,
Y de ti se desprende siniestra calma.
Tienes en tu conciencia sinuosidades
Donde se extraviaría mi pensamiento,
Como al surcar del éter las soledades
El águila en las nubes del firmamento.
Sé que ves en el mundo cosas pequeñas
Y que por algo grande siempre suspiras;
Mas no hay nada tan bello como lo sueñas,
Ni es la vida tan triste como la miras.
Si hubiéramos más tiempo juntos vivido
No nos fuera la ausencia tan dolorosa.
¡Tú cultivas tus males, yo el mío olvido!
¡Tú lo ves todo en negro, yo todo en rosa!
Quisiera estar contigo largos instantes,
Pero a tu ardiente súplica ceder no puedo:
¡Hasta tus verdes ojos relampagueantes,
Si me inspiran cariño, me infunden miedo!
Genio errante, vagando de clima en clima,
Sigue el rastro fulgente de un espejismo,
Con el ansia de alzarse siempre a la cima,
Mas también con el vértigo que da el abismo.
Cada vez que en él pienso la calma pierdo,
Palidecen los tintes de mi semblante,
Y en mi alma se arraiga su fiel recuerdo
Como en fosa sombría cardo punzante.
Doblegado en la tierra, luego de hinojos,
Miro cuanto a mi lado gozoso existe;
Y pregunto, con lágrimas en los ojos,
¿Por qué has hecho, ¡oh, Dios mío!, mi alma
tan triste?
577
José Antonio Ramos Sucre
El Espejo De Las Hadas
EL ESPEJO DE LAS HADAS
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
488
José Antonio Ramos Sucre
El Aventurero
EL AVENTURERO
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
841
José Antonio Ramos Sucre
La Peregrina De La Selva Profética
LA PEREGRINA DE LA SELVA PROFÉTICA
La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.
La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.
Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.
El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.
El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.
La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.
La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.
Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.
El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.
El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.
492
Juan Ramón Jiménez
Su Sitio Fiel
Las nubes y los árboles se funden
y el sol les trasparenta su honda paz.
Tan grande es la armonía del abrazo,
que la quiere gozar también el mar,
el mar que está tan lejos, que se acerca,
que ya se oye latir, que huele ya.
El cerco universal se va apretando,
y ya en toda la hora azul no hay más
que la nube, que el árbol, que la ola,
síntesis de la gloria cenital.
El fin está en el centro. Y se ha sentado
aquí, su sitio fiel, la eternidad.
Para eso hemos venido. (Cae todo
lo otro, que era luz provisional.)
Y todos los destinos aquí salen,
aquí entran, aquí suben, aquí están.
Tiene el alma un descanso de caminos
que han llegado a su único final.
y el sol les trasparenta su honda paz.
Tan grande es la armonía del abrazo,
que la quiere gozar también el mar,
el mar que está tan lejos, que se acerca,
que ya se oye latir, que huele ya.
El cerco universal se va apretando,
y ya en toda la hora azul no hay más
que la nube, que el árbol, que la ola,
síntesis de la gloria cenital.
El fin está en el centro. Y se ha sentado
aquí, su sitio fiel, la eternidad.
Para eso hemos venido. (Cae todo
lo otro, que era luz provisional.)
Y todos los destinos aquí salen,
aquí entran, aquí suben, aquí están.
Tiene el alma un descanso de caminos
que han llegado a su único final.
597
Juan Ramón Jiménez
Dios De Amor
Lo que queráis, señor;
y sea lo que queráis.
Si queréis que entre las rosas
ría hacia los matinales
resplandores de la vida,
que sea lo que queráis.
Si queréis que entre los cardos
sangre hacia las insondables
sombras de la noche eterna,
que sea lo que queráis.
Gracias si queréis que mire,
gracias si queréis cegarme;
gracias por todo y por nada,
y sea lo que queráis.
Lo que queráis, señor;
y sea lo que queráis.
y sea lo que queráis.
Si queréis que entre las rosas
ría hacia los matinales
resplandores de la vida,
que sea lo que queráis.
Si queréis que entre los cardos
sangre hacia las insondables
sombras de la noche eterna,
que sea lo que queráis.
Gracias si queréis que mire,
gracias si queréis cegarme;
gracias por todo y por nada,
y sea lo que queráis.
Lo que queráis, señor;
y sea lo que queráis.
622
Jorge Riechmann
17
La esperanza ya ausente de un rostro libre:
el cielo ensangrentado se agacha y lo besa.
La larga caravana de los carros
atestados con enseres inmemoriales, urgentes
apunta hacia una estepa donde se ignoran los nombres.
La derrota tiene latidos quebradizos.
El pasado es ya una casa donde la nieve
va cubriendo las colchas y la mesa.
Un rostro libre, ya bruñido de éxodo.
Yo no lamento
haberle sostenido la mirada
diecisiete años antes de mi nacimiento.
el cielo ensangrentado se agacha y lo besa.
La larga caravana de los carros
atestados con enseres inmemoriales, urgentes
apunta hacia una estepa donde se ignoran los nombres.
La derrota tiene latidos quebradizos.
El pasado es ya una casa donde la nieve
va cubriendo las colchas y la mesa.
Un rostro libre, ya bruñido de éxodo.
Yo no lamento
haberle sostenido la mirada
diecisiete años antes de mi nacimiento.
456
Juan de Mena
Concluye Contra La Fortuna
¿Pues, cómo, Fortuna, regir todas cosas
con ley absoluta sin orden te plaze?
¡Tú non farías lo qu'el cielo faze,
e fazen los tiempos, las plantas e rosas?
O muestra tus hobras ser siempre dañosas,
o prósperas, buenas, durables, eternas;
non nos fatigues con vezes alternas,
alegres agora e agora enojosas.
con ley absoluta sin orden te plaze?
¡Tú non farías lo qu'el cielo faze,
e fazen los tiempos, las plantas e rosas?
O muestra tus hobras ser siempre dañosas,
o prósperas, buenas, durables, eternas;
non nos fatigues con vezes alternas,
alegres agora e agora enojosas.
366