Poemas en este tema
Amor Romántico
José Martí
Mi Reyecillo
Los persas tienen
Un rey sombrío;
Los hunos foscos
Un rey altivo;
Un rey ameno
Tienen los íberos;
Rey tiene el hombre,
Rey amarillo:
¡Mal van los hombres
Con su dominio!
Mas yo vasallo
De otro rey vivo,—
Un rey desnudo,
Blanco y rollizo:
Su cetro —Un beso!
Mi premio —un mimo!
Oh! cual los áureos
Reyes divinos
De tierras muertas,
De pueblos idos
—¡Cuando te vayas,
Llévame, hijo!—
Toca en mi frente
Tu cetro omnímodo;
Úngeme siervo,
Siervo sumiso:
¡No he de cansarme
De verme ungido!
¡Lealtad te juro,
Mi reyecillo!
Sea mi espalda
Pavés de mi hijo:
Pasa en mis hombros
El mar sombrío:
Muera al ponerte
En tierra vivo:—
Mas si amar piensas
El amarillo
Rey de los hombres,
¡Muere conmigo!
¿Vivir impuro?
¡No vivas, hijo!
Un rey sombrío;
Los hunos foscos
Un rey altivo;
Un rey ameno
Tienen los íberos;
Rey tiene el hombre,
Rey amarillo:
¡Mal van los hombres
Con su dominio!
Mas yo vasallo
De otro rey vivo,—
Un rey desnudo,
Blanco y rollizo:
Su cetro —Un beso!
Mi premio —un mimo!
Oh! cual los áureos
Reyes divinos
De tierras muertas,
De pueblos idos
—¡Cuando te vayas,
Llévame, hijo!—
Toca en mi frente
Tu cetro omnímodo;
Úngeme siervo,
Siervo sumiso:
¡No he de cansarme
De verme ungido!
¡Lealtad te juro,
Mi reyecillo!
Sea mi espalda
Pavés de mi hijo:
Pasa en mis hombros
El mar sombrío:
Muera al ponerte
En tierra vivo:—
Mas si amar piensas
El amarillo
Rey de los hombres,
¡Muere conmigo!
¿Vivir impuro?
¡No vivas, hijo!
1.069
José Martí
Mi Caballero
Por las mañanas
Mi pequeñuelo
Me despertaba
Con un gran beso.
Puesto a horcajadas
Sobre mi pecho,
Bridas forjaba
Con mis cabellos.
Ebrio él de gozo,
De gozo yo ebrio,
Me espoleaba
Mi caballero:
¡Qué suave espuela
Sus dos pies frescos!
¡Cómo reía
Mi jinetuelo!
Y yo besaba
Sus pies pequeños,
¡Dos pies que caben
En solo un beso!
Mi pequeñuelo
Me despertaba
Con un gran beso.
Puesto a horcajadas
Sobre mi pecho,
Bridas forjaba
Con mis cabellos.
Ebrio él de gozo,
De gozo yo ebrio,
Me espoleaba
Mi caballero:
¡Qué suave espuela
Sus dos pies frescos!
¡Cómo reía
Mi jinetuelo!
Y yo besaba
Sus pies pequeños,
¡Dos pies que caben
En solo un beso!
1.530
José Martí
Brazos Fragantes
Sé de brazos robustos,
Blandos, fragantes;
Y sé que cuando envuelven
El cuello frágil,
Mi cuerpo, como rosa
Besada, se abre.
Y en su propio perfume
lánguido exhálase.
Ricas en sangre nueva
Las sienes laten;
Mueven las rojas plumas
Internas aves;
Sobre la piel, curtida
De humanos aires,
Mariposas inquietas
Sus alas baten;
Savia de rosa enciende
Las muertas carnes!—
Y yo doy los redondos
Brazos fragantes,
Por dos brazos menudos
Que halarme saben,
Y a mi pálido cuello
Recios colgarse,
Y de místicos lirios
Collar labrarme!
¡Lejos de mí por siempre,
Brazos fragantes!
Blandos, fragantes;
Y sé que cuando envuelven
El cuello frágil,
Mi cuerpo, como rosa
Besada, se abre.
Y en su propio perfume
lánguido exhálase.
Ricas en sangre nueva
Las sienes laten;
Mueven las rojas plumas
Internas aves;
Sobre la piel, curtida
De humanos aires,
Mariposas inquietas
Sus alas baten;
Savia de rosa enciende
Las muertas carnes!—
Y yo doy los redondos
Brazos fragantes,
Por dos brazos menudos
Que halarme saben,
Y a mi pálido cuello
Recios colgarse,
Y de místicos lirios
Collar labrarme!
¡Lejos de mí por siempre,
Brazos fragantes!
927
José Martí
Dedicatoria
Hijo:
Espantado de todo, me refugio en ti.
Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad
de la virtud, y en ti.
Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras
páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así.
Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos
arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en esa
forma, he cesado de pintarte. Esos riachuelos tan pasado por mi
corazón.
¡Lleguen al tuyo!
Espantado de todo, me refugio en ti.
Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad
de la virtud, y en ti.
Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras
páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así.
Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos
arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en esa
forma, he cesado de pintarte. Esos riachuelos tan pasado por mi
corazón.
¡Lleguen al tuyo!
929
José Martí
Príncipe Enano
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.
Tiene guedejas rubias,
Blandas guedejas;
Por sobre el hombro blanco
Luengas le cuelgan.
Sus dos ojos parecen
Estrellas negras:
¡Vuelan, brillan, palpitan,
Relampaguean!
Él para mí es corona,
Almohada, espuela,
Mi mano, que así embrida
Potros y hienas,
Va, mansa y obediente,
Donde él la lleva.
Si el ceño frunce, temo;
Si se me queja,
Cual de mujer, mi rostro
Nieve se trueca;
Su sangre, pues, anima
Mis flacas venas:
¡Con su gozo mi sangre
Se hincha, o se seca!
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.
¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Éntrese mi tirano
Por esta cueva!
Tal es, cuando a mis ojos
Su imagen llega,
Cual si en lóbrego antro
Pálida estrella,
Con fulgores de ópalo,
Todo vistiera.
A su paso la sombra
Matices muestra,
Como al sol que las hiere
Las nubes negras.
¡Heme ya, puesto en armas,
En la pelea!
Quiere el príncipe enano
Que a luchar vuelva:
¡Él para mí es corona,
Almohada, espuela!
Y como el sol, quebrando
Las, nubes negra,
En banda de colores
La sombra trueca,—
Él, al tocarla, borda
En la onda espesa,
Mi banda de batalla
Roja y violeta.
¿Conque mi dueño quiere
Que a vivir vuelva?
¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Éntrese mi tirano
Por esta cueva!
¡Déjeme que la vida
A él, a él le ofrezca!
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.
Se hace esta fiesta.
Tiene guedejas rubias,
Blandas guedejas;
Por sobre el hombro blanco
Luengas le cuelgan.
Sus dos ojos parecen
Estrellas negras:
¡Vuelan, brillan, palpitan,
Relampaguean!
Él para mí es corona,
Almohada, espuela,
Mi mano, que así embrida
Potros y hienas,
Va, mansa y obediente,
Donde él la lleva.
Si el ceño frunce, temo;
Si se me queja,
Cual de mujer, mi rostro
Nieve se trueca;
Su sangre, pues, anima
Mis flacas venas:
¡Con su gozo mi sangre
Se hincha, o se seca!
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.
¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Éntrese mi tirano
Por esta cueva!
Tal es, cuando a mis ojos
Su imagen llega,
Cual si en lóbrego antro
Pálida estrella,
Con fulgores de ópalo,
Todo vistiera.
A su paso la sombra
Matices muestra,
Como al sol que las hiere
Las nubes negras.
¡Heme ya, puesto en armas,
En la pelea!
Quiere el príncipe enano
Que a luchar vuelva:
¡Él para mí es corona,
Almohada, espuela!
Y como el sol, quebrando
Las, nubes negra,
En banda de colores
La sombra trueca,—
Él, al tocarla, borda
En la onda espesa,
Mi banda de batalla
Roja y violeta.
¿Conque mi dueño quiere
Que a vivir vuelva?
¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Éntrese mi tirano
Por esta cueva!
¡Déjeme que la vida
A él, a él le ofrezca!
Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta.
918
José Martí
Yo Soy Un Hombre Sincero
Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.
Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.
Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.
Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.
Alas nacer vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros
Volando las mariposas.
He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.
Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.
Temblé una vez, —en la reja,
A la entrada de la viña—
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.
Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: —cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcaide llorando.
Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro, —es
Que mi hijo va a despertar.
Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.
Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.
Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.
Yo he puesto la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.
Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere.
Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.
Yo sé que al necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto,—
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.
Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.
Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.
Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.
Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.
Alas nacer vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros
Volando las mariposas.
He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.
Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.
Temblé una vez, —en la reja,
A la entrada de la viña—
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.
Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: —cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcaide llorando.
Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro, —es
Que mi hijo va a despertar.
Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.
Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.
Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.
Yo he puesto la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.
Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere.
Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.
Yo sé que al necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto,—
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.
Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.
1.360
Juan Luis Panero
qué Bien Lo Hemos Pasado Cariño Mío
Terribles son las palabras de los amantes,
aunque estén bañadas de falsa alegría,
cuando llega la desolada hora de la separación.
Fuera la lluvia galopa tercamente
y su eco retumba tras la ventana.
Los poderosos pájaros de la dicha
un breve instante anidaron en sus brazos
y dorados plumajes cubrieron los cabellos
que ahora sudor y hastío sólo guardan.
La estatua que quiso ser eterna
herida de reproches tiembla y cae.
Ya el combate de anhelo ha terminado
y húmedos restos las sábanas acogen.
Hombre y mujer en traje y documento
ceremoniosamente se despiden.
Sus manos por costumbre se enlazan
y banales sonrisas desfiguran sus labios.
Terribles son las palabras de los amantes
cuando llega la desolada hora de la separación.
Esqueletos de amor buscan nuevo refugio
y un jirón de ternura cuelga del viejo y gris perchero.
aunque estén bañadas de falsa alegría,
cuando llega la desolada hora de la separación.
Fuera la lluvia galopa tercamente
y su eco retumba tras la ventana.
Los poderosos pájaros de la dicha
un breve instante anidaron en sus brazos
y dorados plumajes cubrieron los cabellos
que ahora sudor y hastío sólo guardan.
La estatua que quiso ser eterna
herida de reproches tiembla y cae.
Ya el combate de anhelo ha terminado
y húmedos restos las sábanas acogen.
Hombre y mujer en traje y documento
ceremoniosamente se despiden.
Sus manos por costumbre se enlazan
y banales sonrisas desfiguran sus labios.
Terribles son las palabras de los amantes
cuando llega la desolada hora de la separación.
Esqueletos de amor buscan nuevo refugio
y un jirón de ternura cuelga del viejo y gris perchero.
359
Juan Liscano
Marea Viva
Como la ola pero no como la mar inacabable
como la ola solamente que nace y se derrumba
como la ola que muere de su propio impulso
que se expande rugiente y se estrella espumea destella
hasta abolirse en la ribera o regresar a su origen
como la ola que es un temblor del tiempo
tú y yo sobre la playa
frente a las olas
en el tiempo que nos destruye y nos repite.
Más tarde
después
cuando no estemos
¿verán otros ojo este mismo movimiento
con los ojos de quienes lo contemplamos ahora?
¿podremos asomarnos a aquella mirada?
¿tendrá la nostalgia en otros labios
sabor a salitre
como ahora la tiene en tus labios?
¿Despedirán las aguas descendentes
este profundo macerado olor sulfuroso
levemente carnal y carnívoro
que evoca despojos de líquenes de algas de mariscos?
si así fuese: ¿los sabrán nuestros polvos
lo sabrá nuestra muerte?
Desde lo profundo del otoño marino
te invito a subir hacia el día futuro clarísimo
en que alguna pareja enlazada
semejante a la nuestra
al contemplar las olas que rompen destellan espumean se abolen
pensará en la muerte uniforme general
pensará en la suya y en quienes más tarde
podrán perpetuar la mirada con que se aman ahora
la mirada con que también ven moverse las olas
en el tiempo sien duración que las repite y las destruye.
Acaso sientan ellos entonces vivir su eternidad.
Acaso la sentirán como si fuera el firmamente
acaso empiecen a ascender hacia su nebulosa
como las aguas vivas del mar en tiempos de equinoccio.
como la ola solamente que nace y se derrumba
como la ola que muere de su propio impulso
que se expande rugiente y se estrella espumea destella
hasta abolirse en la ribera o regresar a su origen
como la ola que es un temblor del tiempo
tú y yo sobre la playa
frente a las olas
en el tiempo que nos destruye y nos repite.
Más tarde
después
cuando no estemos
¿verán otros ojo este mismo movimiento
con los ojos de quienes lo contemplamos ahora?
¿podremos asomarnos a aquella mirada?
¿tendrá la nostalgia en otros labios
sabor a salitre
como ahora la tiene en tus labios?
¿Despedirán las aguas descendentes
este profundo macerado olor sulfuroso
levemente carnal y carnívoro
que evoca despojos de líquenes de algas de mariscos?
si así fuese: ¿los sabrán nuestros polvos
lo sabrá nuestra muerte?
Desde lo profundo del otoño marino
te invito a subir hacia el día futuro clarísimo
en que alguna pareja enlazada
semejante a la nuestra
al contemplar las olas que rompen destellan espumean se abolen
pensará en la muerte uniforme general
pensará en la suya y en quienes más tarde
podrán perpetuar la mirada con que se aman ahora
la mirada con que también ven moverse las olas
en el tiempo sien duración que las repite y las destruye.
Acaso sientan ellos entonces vivir su eternidad.
Acaso la sentirán como si fuera el firmamente
acaso empiecen a ascender hacia su nebulosa
como las aguas vivas del mar en tiempos de equinoccio.
541
Juan Liscano
Pareja Sin Historia
Se acarician. Se bastan.
Están colmados por ellos mismos
colmados por la sed sensual del otro.
Se conocieron ayer:
llevan siglos de parecerse
de abrazarse en las paredes siempre únicas
de reconocerse en todos los lugares
donde el sueño esconde su tesoro
donde la dicha deja a la nostalgia
donde nunca estuvieron
donde están.
Aroma de piel ramajes íntima penumbra
labios que besan por la herida
rostro asomado al secreto del rostro que lo refleja
palabras que se derriten por los dedos
semejanzas descubiertas con delicia
apetencias de olvido y de sabores no probados
mientras se inventan paraísos sin castigo
y se cuentan a tientas el alma
mientras asumen el destino de las frutas
y la vida fulgura en ellos
con sus “siempre” y sus “nunca” efímeros
con sus “primera vez” repetido hasta el final
con sus partes confundidas cual miembros que el amor enlaza.
Hasta ellos no alcanza el rumor de la urbe
o será más bien que no lo oyen
que lo cubre el susurro con que se aman
que lo dispersa el soplo que se dan.
Se huelen se gustan se desean.
La libertad que encuentran los deslumbra.
Ascienden en una isla espacial entre los astros.
Pareja sin Historia
pareja constelada.
Se miran a sí mismos en el otro.
Ella aparece abierta impúdica ojerosa tremulante
él: enhiesto obsceno avisor posesivo
ella: contráctil húmeda gimiente umbría
él: herido llameante solar fulminado.
¡Cuánto abandono momentáneo!¡Cuánto
triunfo!
Pueden equivocarse gozosamente
confundir las imágenes del deseo espejado
fundir los sabores de sus bocas
perderse juntos en el placer del otro
fluir de manantiales en arroyos
de arroyos en raudales de raudales en ríos
hasta el mar hasta volcarse en la unidad del origen
en el espacio pletórico y vibrante
donde cada movimiento se transmite de polo a polo
donde flotarán donde están flotando
como dos hipocampos entregados al rito nupcial.
Aflojan las redes y los nudos milenarios
arrojan de sí el pasado las cáscaras los trapos
viento propicio borra las huellas mezcla arenas y estrellas
le dan la espalda a la memoria hueca
para ser cresta de una ola
para ser cresta espuma sortilegio
cielo de mar espacio palpitante que rompe en sales
y en la cresta de esa ola de caballos tornasolados
que recorre de punta a punta el tiempo como una playa
me arrojo contigo!
¡la corro contigo hasta el final del día!
¡sobre su filo tú y yo somos jabalina y destello!
¡vivan este esfuerzo estos besos esta presencia única!
¡vivan este júbilo del mar los cuerpos aparejados!
¡nuestro almizcle que huele a marisco y a gato montés!
¡el relámpago en que nos dormimos juntos!
Están colmados por ellos mismos
colmados por la sed sensual del otro.
Se conocieron ayer:
llevan siglos de parecerse
de abrazarse en las paredes siempre únicas
de reconocerse en todos los lugares
donde el sueño esconde su tesoro
donde la dicha deja a la nostalgia
donde nunca estuvieron
donde están.
Aroma de piel ramajes íntima penumbra
labios que besan por la herida
rostro asomado al secreto del rostro que lo refleja
palabras que se derriten por los dedos
semejanzas descubiertas con delicia
apetencias de olvido y de sabores no probados
mientras se inventan paraísos sin castigo
y se cuentan a tientas el alma
mientras asumen el destino de las frutas
y la vida fulgura en ellos
con sus “siempre” y sus “nunca” efímeros
con sus “primera vez” repetido hasta el final
con sus partes confundidas cual miembros que el amor enlaza.
Hasta ellos no alcanza el rumor de la urbe
o será más bien que no lo oyen
que lo cubre el susurro con que se aman
que lo dispersa el soplo que se dan.
Se huelen se gustan se desean.
La libertad que encuentran los deslumbra.
Ascienden en una isla espacial entre los astros.
Pareja sin Historia
pareja constelada.
Se miran a sí mismos en el otro.
Ella aparece abierta impúdica ojerosa tremulante
él: enhiesto obsceno avisor posesivo
ella: contráctil húmeda gimiente umbría
él: herido llameante solar fulminado.
¡Cuánto abandono momentáneo!¡Cuánto
triunfo!
Pueden equivocarse gozosamente
confundir las imágenes del deseo espejado
fundir los sabores de sus bocas
perderse juntos en el placer del otro
fluir de manantiales en arroyos
de arroyos en raudales de raudales en ríos
hasta el mar hasta volcarse en la unidad del origen
en el espacio pletórico y vibrante
donde cada movimiento se transmite de polo a polo
donde flotarán donde están flotando
como dos hipocampos entregados al rito nupcial.
Aflojan las redes y los nudos milenarios
arrojan de sí el pasado las cáscaras los trapos
viento propicio borra las huellas mezcla arenas y estrellas
le dan la espalda a la memoria hueca
para ser cresta de una ola
para ser cresta espuma sortilegio
cielo de mar espacio palpitante que rompe en sales
y en la cresta de esa ola de caballos tornasolados
que recorre de punta a punta el tiempo como una playa
me arrojo contigo!
¡la corro contigo hasta el final del día!
¡sobre su filo tú y yo somos jabalina y destello!
¡vivan este esfuerzo estos besos esta presencia única!
¡vivan este júbilo del mar los cuerpos aparejados!
¡nuestro almizcle que huele a marisco y a gato montés!
¡el relámpago en que nos dormimos juntos!
504
Jorge Luis Borges
Inferno, V, 129
Dejan caer el libro, porque ya saben
que son las personas del libro.
(Lo serán de otro, el máximo,
pero eso qué puede importarles.)
Ahora son Paolo y Francesca,
no dos amigos que comparten
el sabor de una fábula.
Se miran con incrédula maravilla.
Las manos no se tocan.
Han descubierto el único tesoro;
han encontrado al otro.
No traicionan a Malatesta,
porque la traición requiere un tercero
y sólo existen ellos dos en el mundo.
Son Paolo y Francesca
y también la reina y su amante
y todos los amantes que han sido
desde aquel Adán y su Eva
en el pasto del Paraíso.
Un libro, un sueño les revela
que son formas de un sueño que fue soñado
en tierras de Bretaña.
Otro libro hará que los hombres,
sueños también, los sueñen.
que son las personas del libro.
(Lo serán de otro, el máximo,
pero eso qué puede importarles.)
Ahora son Paolo y Francesca,
no dos amigos que comparten
el sabor de una fábula.
Se miran con incrédula maravilla.
Las manos no se tocan.
Han descubierto el único tesoro;
han encontrado al otro.
No traicionan a Malatesta,
porque la traición requiere un tercero
y sólo existen ellos dos en el mundo.
Son Paolo y Francesca
y también la reina y su amante
y todos los amantes que han sido
desde aquel Adán y su Eva
en el pasto del Paraíso.
Un libro, un sueño les revela
que son formas de un sueño que fue soñado
en tierras de Bretaña.
Otro libro hará que los hombres,
sueños también, los sueñen.
835
Jorge Luis Borges
Alhambra
Grata la voz del agua
a quien abrumaron negras arenas,
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros,
grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.
Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.
a quien abrumaron negras arenas,
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros,
grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.
Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.
790
Jorge Luis Borges
Elegía Del Recuerdo Imposible
Qué no daría yo por la memoria
de una calle de tierra con tapias bajas
y de un alto jinete llenando el alba
(largo y raído el poncho)
en uno de los días de la llanura,
en un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
de haber combatido en Cepeda
y de haber visto a Estanislao del Campo
saludando la primer bala
con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
de un portón de quinta secreta
que mi padre empujaba cada noche
antes de perderse en el sueño
y que empujó por última vez
el 14 de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
de las barcas de Hengist,
zarpando de la arena de Dinamarca
para debelar una isla
que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(la tuve y la he perdido)
de una tela de oro de Turner,
vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
de haber oído a Sócrates
que, en la tarde la cicuta,
examinó serenamente el problema
de la inmortalidad,
alternando los mitos y las razones
mientras la muerte azul iba subiendo
desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.
de una calle de tierra con tapias bajas
y de un alto jinete llenando el alba
(largo y raído el poncho)
en uno de los días de la llanura,
en un día sin fecha.
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges.
Qué no daría yo por la memoria
de haber combatido en Cepeda
y de haber visto a Estanislao del Campo
saludando la primer bala
con la alegría del coraje.
Qué no daría yo por la memoria
de un portón de quinta secreta
que mi padre empujaba cada noche
antes de perderse en el sueño
y que empujó por última vez
el 14 de febrero del 38.
Qué no daría yo por la memoria
de las barcas de Hengist,
zarpando de la arena de Dinamarca
para debelar una isla
que aún no era Inglaterra.
Qué no daría yo por la memoria
(la tuve y la he perdido)
de una tela de oro de Turner,
vasta como la música.
Qué no daría yo por la memoria
de haber oído a Sócrates
que, en la tarde la cicuta,
examinó serenamente el problema
de la inmortalidad,
alternando los mitos y las razones
mientras la muerte azul iba subiendo
desde los pies ya fríos.
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.
878
Jorge Luis Borges
Al Vino
En el bronce de Homero resplandece tu nombre,
negro vino que alegras el corazón del hombre.
Siglos de siglos hace que vas de mano en mano
desde el ritón del griego al cuerno del germano.
En la aurora ya estabas. A las generaciones
les diste en el camino tu fuego y tus leones.
Junto a aquel otro río de noches y de días
corre el tuyo que aclaman amigos y alegrías,
vino que como un Éufrates patriarcal y profundo
vas fluyendo a lo largo de la historia del mundo.
En tu cristal que vive nuestros ojos han visto
una roja metáfora de la sangre de Cristo.
En las arrebatadas estrofas del sufí
eres la cimitarra, la rosa y el rubí.
Que otros en tu Leteo beban un triste olvido;
yo busco en ti las fiestas del fervor compartido.
Sésamo con el cual antiguas noches abro
y en la dura tiniebla, dádiva y candelabro.
Vino del mutuo amor o la roja pelea,
alguna vez te llamaré. Que así sea.
negro vino que alegras el corazón del hombre.
Siglos de siglos hace que vas de mano en mano
desde el ritón del griego al cuerno del germano.
En la aurora ya estabas. A las generaciones
les diste en el camino tu fuego y tus leones.
Junto a aquel otro río de noches y de días
corre el tuyo que aclaman amigos y alegrías,
vino que como un Éufrates patriarcal y profundo
vas fluyendo a lo largo de la historia del mundo.
En tu cristal que vive nuestros ojos han visto
una roja metáfora de la sangre de Cristo.
En las arrebatadas estrofas del sufí
eres la cimitarra, la rosa y el rubí.
Que otros en tu Leteo beban un triste olvido;
yo busco en ti las fiestas del fervor compartido.
Sésamo con el cual antiguas noches abro
y en la dura tiniebla, dádiva y candelabro.
Vino del mutuo amor o la roja pelea,
alguna vez te llamaré. Que así sea.
803
Juana de Ibarbourou
Como Una Sola Flor Desesperada
Lo quiero con la sangre, con el hueso,
con el ojo que mira y el aliento,
con la frente que inclina el pensamiento,
con este corazón caliente y preso,
y con el sueño fatalmente obseso
de este amor que me copa el sentimiento,
desde la breve risa hasta el lamento,
desde la herida bruja hasta su beso.
Mi vida es de tu vida tributaria,
ya te parezca tumulto, o solitaria,
como una sola flor desesperada.
Depende de él como del leño duro
la orquídea, o cual la hiedra sobre el muro,
que solo en él respira levantada.
con el ojo que mira y el aliento,
con la frente que inclina el pensamiento,
con este corazón caliente y preso,
y con el sueño fatalmente obseso
de este amor que me copa el sentimiento,
desde la breve risa hasta el lamento,
desde la herida bruja hasta su beso.
Mi vida es de tu vida tributaria,
ya te parezca tumulto, o solitaria,
como una sola flor desesperada.
Depende de él como del leño duro
la orquídea, o cual la hiedra sobre el muro,
que solo en él respira levantada.
1.024
Juana de Ibarbourou
La Hora
Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.
Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.
Ahora que tengo la carne olorosa
y los ojos limpios y la piel de rosa.
Ahora que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.
Ahora que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida aprisa.
Después..., ¡ah, yo sé
que ya nada de eso más tarde tendré!
Que entonces inútil será tu deseo,
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.
¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!
Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.
Hoy, y no mañana. ¡Oh amante! ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?
y que llevo dalias nuevas en la mano.
Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.
Ahora que tengo la carne olorosa
y los ojos limpios y la piel de rosa.
Ahora que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.
Ahora que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida aprisa.
Después..., ¡ah, yo sé
que ya nada de eso más tarde tendré!
Que entonces inútil será tu deseo,
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.
¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!
Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.
Hoy, y no mañana. ¡Oh amante! ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?
1.570
Julio Herrera y Reissig
Recepción Instrumental Del Gran Polígloto Orfeo
Cuentos de Harmonía
Entra el viejo Orfeo. Mil notas auroran
El aire de ruidos, mil notas confusas;
Suspiran las Musas, las Sirenas lloran;
Las Sirenas lloran, suspiran las Musas.
Misteriosas flautas, que modulan gritos
De bacantes ebrias, de hetairas locas,
Cantan las canciones de los tristes mitos;
de los besos muertos en las regias bocas.
Finas violas trinan los rondeles breves
Que en la danza regia dicen los encajes,
Las suaves y amables carcajadas leves
De las suaves sedas de los leves trajes.
Sistros marfilados hablan de las lidias
De los viejos reyes; de su real decoro;
De Judith y Esther cuentan las perfidias,
Los asesinatos de sus besos de oro.
Címbalos de plata cuentan las historias
De reinas de Saba; de sangrientas misas,
Y cascabelean las divinas glorias
De los viejos bardos y las pitonisas.
Suaves mandolinas desabrochan llantos
De Mignones ebrias y Lilís divinas,
Y hacen las historias, de crueles encantos
Y dulces venenos, de las Florentinas.
Cuernos y zampoñas, cobres y trompetas,
(Que tienen el triunfo dorado del Sol)
Aúllan y ladran y rujen y gritan,
(Los himnos más rojos en tono i bemol).
¡Hablando de guerras, de sangre, de atletas,
De incendios, de muertes y cosas que excitan!
Órganos tronantes murmuran canciones,
De mística, vaga, celeste harmonía,
Que hacen de las barbas de Jehová vellones
Para ornar la mesa de la eucaristía.
Discretos violines hacen historietas
De pies diminutos, escotes y talles;
De anillos traidores; de las Antonietas,
De los galanteos del regio Versalles.
Narran mil alegros, de collares ricos,
De aleves conquistas, de alcobas doradas:
Las conspiraciones de los abanicos
Y las aventuras de las estocadas.
Timbales y oboes, panderos y gaitas
Son gitanas tristes, ebrias bayaderas
Que dan el almíbar de las chirigaitas,
Sangre de cicutas, celos de panteras,
Que sugieren dramas de placer y llanto,
Risas y suspiros de Selikas locas,
Sollozos de Aída, ramos de amaranto,
Orgías de vasos, puñales y bocas.
Graves clavicordios, tristes violoncelos
Susurran amores de duques suicidas,
Y hablan en la lengua de los terciopelos,
Del vino que usaban las reinas queridas.
Guitarras sensibles, en raudos alegros,
Hablan de toreros, chulos y manolas;
Fingen las tormentas de los ojos negros,
Y hablan de los celos de las reinas Lolas.
Ríen con la risa del castañeteo,
Vuelan con el vuelo de la seguidilla,
Y hablan del hechizo que en el culebreo
Ponen las sultanas de la manzanilla.
Sugieren de pronto caderas ariscas,
Gestos que provocan, y ligas que atan;
¡Toros de lujurias, besos de odaliscas,
Canelas, mantillas y piernas que matan!...
Entra el viejo Orfeo. Mil notas auroran
El aire de ruidos, mil notas confusas;
Suspiran las Musas, las Sirenas lloran;
Las Sirenas lloran, suspiran las Musas.
Misteriosas flautas, que modulan gritos
De bacantes ebrias, de hetairas locas,
Cantan las canciones de los tristes mitos;
de los besos muertos en las regias bocas.
Finas violas trinan los rondeles breves
Que en la danza regia dicen los encajes,
Las suaves y amables carcajadas leves
De las suaves sedas de los leves trajes.
Sistros marfilados hablan de las lidias
De los viejos reyes; de su real decoro;
De Judith y Esther cuentan las perfidias,
Los asesinatos de sus besos de oro.
Címbalos de plata cuentan las historias
De reinas de Saba; de sangrientas misas,
Y cascabelean las divinas glorias
De los viejos bardos y las pitonisas.
Suaves mandolinas desabrochan llantos
De Mignones ebrias y Lilís divinas,
Y hacen las historias, de crueles encantos
Y dulces venenos, de las Florentinas.
Cuernos y zampoñas, cobres y trompetas,
(Que tienen el triunfo dorado del Sol)
Aúllan y ladran y rujen y gritan,
(Los himnos más rojos en tono i bemol).
¡Hablando de guerras, de sangre, de atletas,
De incendios, de muertes y cosas que excitan!
Órganos tronantes murmuran canciones,
De mística, vaga, celeste harmonía,
Que hacen de las barbas de Jehová vellones
Para ornar la mesa de la eucaristía.
Discretos violines hacen historietas
De pies diminutos, escotes y talles;
De anillos traidores; de las Antonietas,
De los galanteos del regio Versalles.
Narran mil alegros, de collares ricos,
De aleves conquistas, de alcobas doradas:
Las conspiraciones de los abanicos
Y las aventuras de las estocadas.
Timbales y oboes, panderos y gaitas
Son gitanas tristes, ebrias bayaderas
Que dan el almíbar de las chirigaitas,
Sangre de cicutas, celos de panteras,
Que sugieren dramas de placer y llanto,
Risas y suspiros de Selikas locas,
Sollozos de Aída, ramos de amaranto,
Orgías de vasos, puñales y bocas.
Graves clavicordios, tristes violoncelos
Susurran amores de duques suicidas,
Y hablan en la lengua de los terciopelos,
Del vino que usaban las reinas queridas.
Guitarras sensibles, en raudos alegros,
Hablan de toreros, chulos y manolas;
Fingen las tormentas de los ojos negros,
Y hablan de los celos de las reinas Lolas.
Ríen con la risa del castañeteo,
Vuelan con el vuelo de la seguidilla,
Y hablan del hechizo que en el culebreo
Ponen las sultanas de la manzanilla.
Sugieren de pronto caderas ariscas,
Gestos que provocan, y ligas que atan;
¡Toros de lujurias, besos de odaliscas,
Canelas, mantillas y piernas que matan!...
440
José María de Heredia
Para Grabarse En Un Árbol Soneto
Árbol, que de Fileno y su adorada
velaste con tu sombra los amores,
jamás del can ardiente los rigores
dejen tu hermosa pompa marchitada.
Al saludar tu copa embovedada,
palpiten de placer los amadores,
y celosos frenéticos furores
nunca profanen tu mansión sagrada.
A Dios, árbol feliz, árbol amado:
para anunciar mi dicha al caminante
guarde aquesta inscripción tu tronco añoso.
Aquí moró el placer: aquí premiado
miró Fileno al fin su amor constante:
sensible amó, le amaron, fue dichoso.
velaste con tu sombra los amores,
jamás del can ardiente los rigores
dejen tu hermosa pompa marchitada.
Al saludar tu copa embovedada,
palpiten de placer los amadores,
y celosos frenéticos furores
nunca profanen tu mansión sagrada.
A Dios, árbol feliz, árbol amado:
para anunciar mi dicha al caminante
guarde aquesta inscripción tu tronco añoso.
Aquí moró el placer: aquí premiado
miró Fileno al fin su amor constante:
sensible amó, le amaron, fue dichoso.
378
José María de Heredia
A Lola En Sus Días Oda
Vuelve a mis brazos, deliciosa Lira,
en que de la beldad y los amores
el hechizo canté. Sobrado tiempo
de angustias y dolores
el eco flébil fuera
mi quebrantada voz. ¿Cómo pudiera
no calmar mi agonía
este brillante día
que a Lola vio nacer? ¡Cuán deleitosa
despunta en oriente la luz pura
del natal de una hermosa!
Naciste, Lola, y Cuba
al contemplar en ti su bello adorno
aplaudió tu nacer. Tu dulce cuna
meció festivo amor: tu blanda risa
nació bajo su beso: complacido
la recibió, y en inefable encanto
y sin igual dulzura
tus labios inundó: tu lindo talle
de gallarda hermosura
Venus ornó con ceñidor divino,
y, tal vez envidiosa, contemplaba
tu celestial figura.
Nace bárbaro
caudillo,
que con frenética guerra
debe desolar la tierra,
y gime la humanidad.
Naciste, Lola, y el mundo
celebró tu
nacimiento,
y embelesado y contento
adoró amor tu beldad.
Feliz aquel a quien afable miras
que en tu hablar se embebece, y a tu lado
admira con tu talle delicado
a viva luz de tus benignos ojos.
¡Venturoso mortal! ¡en cuanta envidia
mi corazón enciendes!... Lola hermosa,
¿quién tanta beldad y a tantas gracias
pudiera resistir, ni qué alma fría
con la expresión divina de tus ojos
no se inflama de amor? El alma mía
se abrasó a tu mirar... Eres más bella
que la rosa lozana,
del Zéfiro mecida
al primer esplendor de la mañana.
Si en un tiempo más bello y felice
tantas gracias hubiera mirado,
¡Ah! tú fueras objeto adorado
de mi fina y ardiente pasión.
Mas la torpe doblez, la falsía,
que mi pecho sensible rasgaron,
en su ciego furor me robaron
del placer la dichosa ilusión.
¡Ángel consolador! Tu beldad sola
el bárbaro rigor de mis pesares
a mitigar alcanza,
y en tus ojos divinos
bebo rayos de luz y de esperanza.
Conviértelos a mí siempre serenos,
abra tus labios plácida sonrisa,
y embriágame de amor!... Acepta grata
por tu ventura mis ardientes votos.
¡Ah! tú serás feliz: ¿cómo pudiera
sumir el cielo en aflicción y luto
tanta y tanta beldad? Si despiadado
el feroz infortunio te oprimiere,
¡ay! ¡no lo mire yo! Baje a la tumba
sin mirarte infeliz; o bien reciba
los golpes de la suerte,
y de ellos quedes libre, y generoso
si eres dichosa tú, seré dichoso.
Me oyes, Lola, placentera,
llena de fuerza y de vida...
¡Ay! mi juventud florida
el dolor marchita ya.
Cuando la muerte me hiera,
y torne tu día sereno
acuérdate de Fileno,
di su nombre suspirando,
y en torno de ti volando
mi sombra se gozará.
en que de la beldad y los amores
el hechizo canté. Sobrado tiempo
de angustias y dolores
el eco flébil fuera
mi quebrantada voz. ¿Cómo pudiera
no calmar mi agonía
este brillante día
que a Lola vio nacer? ¡Cuán deleitosa
despunta en oriente la luz pura
del natal de una hermosa!
Naciste, Lola, y Cuba
al contemplar en ti su bello adorno
aplaudió tu nacer. Tu dulce cuna
meció festivo amor: tu blanda risa
nació bajo su beso: complacido
la recibió, y en inefable encanto
y sin igual dulzura
tus labios inundó: tu lindo talle
de gallarda hermosura
Venus ornó con ceñidor divino,
y, tal vez envidiosa, contemplaba
tu celestial figura.
Nace bárbaro
caudillo,
que con frenética guerra
debe desolar la tierra,
y gime la humanidad.
Naciste, Lola, y el mundo
celebró tu
nacimiento,
y embelesado y contento
adoró amor tu beldad.
Feliz aquel a quien afable miras
que en tu hablar se embebece, y a tu lado
admira con tu talle delicado
a viva luz de tus benignos ojos.
¡Venturoso mortal! ¡en cuanta envidia
mi corazón enciendes!... Lola hermosa,
¿quién tanta beldad y a tantas gracias
pudiera resistir, ni qué alma fría
con la expresión divina de tus ojos
no se inflama de amor? El alma mía
se abrasó a tu mirar... Eres más bella
que la rosa lozana,
del Zéfiro mecida
al primer esplendor de la mañana.
Si en un tiempo más bello y felice
tantas gracias hubiera mirado,
¡Ah! tú fueras objeto adorado
de mi fina y ardiente pasión.
Mas la torpe doblez, la falsía,
que mi pecho sensible rasgaron,
en su ciego furor me robaron
del placer la dichosa ilusión.
¡Ángel consolador! Tu beldad sola
el bárbaro rigor de mis pesares
a mitigar alcanza,
y en tus ojos divinos
bebo rayos de luz y de esperanza.
Conviértelos a mí siempre serenos,
abra tus labios plácida sonrisa,
y embriágame de amor!... Acepta grata
por tu ventura mis ardientes votos.
¡Ah! tú serás feliz: ¿cómo pudiera
sumir el cielo en aflicción y luto
tanta y tanta beldad? Si despiadado
el feroz infortunio te oprimiere,
¡ay! ¡no lo mire yo! Baje a la tumba
sin mirarte infeliz; o bien reciba
los golpes de la suerte,
y de ellos quedes libre, y generoso
si eres dichosa tú, seré dichoso.
Me oyes, Lola, placentera,
llena de fuerza y de vida...
¡Ay! mi juventud florida
el dolor marchita ya.
Cuando la muerte me hiera,
y torne tu día sereno
acuérdate de Fileno,
di su nombre suspirando,
y en torno de ti volando
mi sombra se gozará.
486
José María de Heredia
La Partida Cantata
¡A Dios, amada, a Dios! llegó el momento
del pavoroso a Dios... mi sentimiento
dígate aqueste llanto... ¡ay! ¡el primero
que me arranca el dolor! ¡Oh, Lesbia mía!
No es tan solo el horror de abandonarte
lo que me agita, sino los temores
de perder tu cariño: sí; la ausencia
mi imagen borrará, que en vivo fuego
grabó en tu pecho amor... Eres hermosa,
y yo soy infeliz!... En mi destierro
viviré entre dolor, y tu cercada
en fiestas mil de juventud fogosa,
que abrasará de tu beldad el brillo,
me venderás perjura,
y en nuevo amor palpitará tu seno,
olvidando del mísero Fileno
la fe constante y el amor sencillo.
Sumido en pesares,
y triste y lloroso,
noticias ansioso
de ti pediré:
y acaso diranme
con voz dolorida:
«Tu Lesbia te olvida
tu Lesbia es infiel».
Yo te ofendo, adorada: sí; perdona
a tu amante infeliz estos recelos.
¿Cuándo el que quiso bien no tuvo celos?
tú sabrás conservar con fiel cariño
de tu primer amante la memoria;
no perderás ese candor que te hace
del cielo amor, y de tu sexo gloria.
¡Lloras! ¡ay! ¡lloras!... ¡Oh fatal
momento
de dicha y de dolor!. Aquese llanto,
que tu amor me asegura,
me rasga el corazón... Tu hermosa vida
anublan los pesares y amargura
por mi funesto ardor... ¡El cielo sabe
que con toda la sangre que me anima
comprar quisiera tu inmortal ventura!
Mas, desdichado soy... ¿por qué te uniste
a mi suerte cruel, que ha emponzoñado
de tus años la flor?... ¡A Dios, querida!...
¡A Dios!... ¡Ay! apuremos presurosos
el cáliz del dolor... Ese pañuelo
con tus preciosas lágrimas regado,
trueca por este mío.
Besándolo mil veces, y en sus hilos
mi llanto amargo uniendo con tu llanto,
daré a mi pena celestial consuelo.
«Lesbia me ama, diré, y en mi partida
este llanto vertió... Tal vez ahora
mi pañuelo feliz besa encendida,
y le estrecha a su seno
y un amor inmortal jura a Fileno».
Piensa en mí, Lesbia
divina;
y si algún amante
osado
de tus hechizos prendado,
quiere robarme tu amor;
pon la vista en el
pañuelo
prenda fiel de la fe
mía,
y di: «cuando se
partía,
¡Cuán grande fue su
dolor!»
del pavoroso a Dios... mi sentimiento
dígate aqueste llanto... ¡ay! ¡el primero
que me arranca el dolor! ¡Oh, Lesbia mía!
No es tan solo el horror de abandonarte
lo que me agita, sino los temores
de perder tu cariño: sí; la ausencia
mi imagen borrará, que en vivo fuego
grabó en tu pecho amor... Eres hermosa,
y yo soy infeliz!... En mi destierro
viviré entre dolor, y tu cercada
en fiestas mil de juventud fogosa,
que abrasará de tu beldad el brillo,
me venderás perjura,
y en nuevo amor palpitará tu seno,
olvidando del mísero Fileno
la fe constante y el amor sencillo.
Sumido en pesares,
y triste y lloroso,
noticias ansioso
de ti pediré:
y acaso diranme
con voz dolorida:
«Tu Lesbia te olvida
tu Lesbia es infiel».
Yo te ofendo, adorada: sí; perdona
a tu amante infeliz estos recelos.
¿Cuándo el que quiso bien no tuvo celos?
tú sabrás conservar con fiel cariño
de tu primer amante la memoria;
no perderás ese candor que te hace
del cielo amor, y de tu sexo gloria.
¡Lloras! ¡ay! ¡lloras!... ¡Oh fatal
momento
de dicha y de dolor!. Aquese llanto,
que tu amor me asegura,
me rasga el corazón... Tu hermosa vida
anublan los pesares y amargura
por mi funesto ardor... ¡El cielo sabe
que con toda la sangre que me anima
comprar quisiera tu inmortal ventura!
Mas, desdichado soy... ¿por qué te uniste
a mi suerte cruel, que ha emponzoñado
de tus años la flor?... ¡A Dios, querida!...
¡A Dios!... ¡Ay! apuremos presurosos
el cáliz del dolor... Ese pañuelo
con tus preciosas lágrimas regado,
trueca por este mío.
Besándolo mil veces, y en sus hilos
mi llanto amargo uniendo con tu llanto,
daré a mi pena celestial consuelo.
«Lesbia me ama, diré, y en mi partida
este llanto vertió... Tal vez ahora
mi pañuelo feliz besa encendida,
y le estrecha a su seno
y un amor inmortal jura a Fileno».
Piensa en mí, Lesbia
divina;
y si algún amante
osado
de tus hechizos prendado,
quiere robarme tu amor;
pon la vista en el
pañuelo
prenda fiel de la fe
mía,
y di: «cuando se
partía,
¡Cuán grande fue su
dolor!»
397
José María de Heredia
A Mi Amante Oda
Es media noche: vaporosa calma
y silencio profundo
el sueño vierte al fatigado mundo,
y yo velo por ti, mi dulce amante.
¡En qué delicia el alma
enajena tu plácida memoria!
Único bien y gloria
del corazón más fino y más constante
¡Cuál te idolatro! De mi ansioso pecho
la agitación lanzaste y el martirio,
y en mi tierno delirio
lleno de ti contemplo el universo.
con tu amor inefable se embellece
de la vida el desierto,
que desolado y yerto
a mi tímida vista parecía,
y cubierto de espinas y dolores.
Ante mis pasos, adorada mía,
riégalo tú con inocentes flores.
¡Y tú me amas! ¡Oh Dios! ¡Cuánta dulzura
siento al pensarlo! de esperanza lleno,
miro lucir el sol puro y sereno,
y se anega mi ser en su ventura.
Con orgullo placer alzo la frente
antes nublada y triste, donde ahora
serenidad respira y alegría.
Adorada señora
de mi destino y de la vida mía,
cuando yo tu hermosura
en un silencio religioso admiro,
el aire que tú alientas y respiro
es delicia y ventura.
Si pueden envidiar los inmortales
de los hombres la suerte,
me envidiarán al verte
fijar en mí tus ojos celestiales
animados de amor, y con los míos
confundir su ternura.
O al escuchar cuando tu boca pura
y tímida confiesa
el inocente amor que yo te inspiro:
por mí exhalaste tu primer suspiro,
y a mí me diste tu primera promesa.
¡Oh! ¡luzca el bello día
que de mi amor corone la esperanza,
y ponga el colmo a la ventura mía!
¡Cómo de gozo lleno,
inseparable gozaré tu lado,
respiraré tu aliento regalado,
y posaré mi faz sobre tu seno!
Ahora duermes tal vez, y el sueño agita
sus tibias alas en tu calma frente,
mientras que blandamente
solo por mí tu corazón palpita.
Duerme, objeto divino
del afecto más fino,
del amor más constante;
descansa, dulce dueño,
y entre las ilusiones de tu sueño
levántese la imagen de tu amante.
y silencio profundo
el sueño vierte al fatigado mundo,
y yo velo por ti, mi dulce amante.
¡En qué delicia el alma
enajena tu plácida memoria!
Único bien y gloria
del corazón más fino y más constante
¡Cuál te idolatro! De mi ansioso pecho
la agitación lanzaste y el martirio,
y en mi tierno delirio
lleno de ti contemplo el universo.
con tu amor inefable se embellece
de la vida el desierto,
que desolado y yerto
a mi tímida vista parecía,
y cubierto de espinas y dolores.
Ante mis pasos, adorada mía,
riégalo tú con inocentes flores.
¡Y tú me amas! ¡Oh Dios! ¡Cuánta dulzura
siento al pensarlo! de esperanza lleno,
miro lucir el sol puro y sereno,
y se anega mi ser en su ventura.
Con orgullo placer alzo la frente
antes nublada y triste, donde ahora
serenidad respira y alegría.
Adorada señora
de mi destino y de la vida mía,
cuando yo tu hermosura
en un silencio religioso admiro,
el aire que tú alientas y respiro
es delicia y ventura.
Si pueden envidiar los inmortales
de los hombres la suerte,
me envidiarán al verte
fijar en mí tus ojos celestiales
animados de amor, y con los míos
confundir su ternura.
O al escuchar cuando tu boca pura
y tímida confiesa
el inocente amor que yo te inspiro:
por mí exhalaste tu primer suspiro,
y a mí me diste tu primera promesa.
¡Oh! ¡luzca el bello día
que de mi amor corone la esperanza,
y ponga el colmo a la ventura mía!
¡Cómo de gozo lleno,
inseparable gozaré tu lado,
respiraré tu aliento regalado,
y posaré mi faz sobre tu seno!
Ahora duermes tal vez, y el sueño agita
sus tibias alas en tu calma frente,
mientras que blandamente
solo por mí tu corazón palpita.
Duerme, objeto divino
del afecto más fino,
del amor más constante;
descansa, dulce dueño,
y entre las ilusiones de tu sueño
levántese la imagen de tu amante.
416
José María de Heredia
A Mi Esposa En Sus Días
¡Oh! Cuán puro y sereno
despunta el Sol en el dichoso día
que te miró nacer, ¡Esposa mía!
Heme de amor y de ventura lleno.
Puerto de las borrascas de mi vida,
objeto de mi amor y mi tesoro,
con qué afectuosa devoción te adoro,
¡y te consagro mi alma enternecida!
Si la inquietud ansiosa me atormenta,
al mirarte recobro
gozo, serenidad, luz y ventura;
y en apacibles lazos
feliz olvido en tus amantes brazos
de mi poder funesto la amargura.
Tú eres mi ángel de
consuelo
y tu celestial mirada
tiene en mi alma enajenada
inexplicable poder.
Como el Iris en el cielo
la fiera tormenta calma
tus ojos bellos del alma
disipan el padecer.
Y ¿cómo no lo hicieron
cuando en sus rayos lánguidos respiran
inocencia y amor? Quieran los cielos
que tu día feliz siempre nos luzca
de ventura y de paz, y nunca turben
nuestra plácida unión los torpes celos.
Esposa la más fiel y más querida,
siempre nos amaremos,
y uno en otro apoyado, pasaremos
el áspero desierto de la vida.
Nos amaremos, esposa,
mientras nuestro pecho
aliente
pasará la edad ardiente,
sin que pase nuestro amor.
Y si el infortunio vuelve
con su copa de amargura,
y en mí cargue su furor.
despunta el Sol en el dichoso día
que te miró nacer, ¡Esposa mía!
Heme de amor y de ventura lleno.
Puerto de las borrascas de mi vida,
objeto de mi amor y mi tesoro,
con qué afectuosa devoción te adoro,
¡y te consagro mi alma enternecida!
Si la inquietud ansiosa me atormenta,
al mirarte recobro
gozo, serenidad, luz y ventura;
y en apacibles lazos
feliz olvido en tus amantes brazos
de mi poder funesto la amargura.
Tú eres mi ángel de
consuelo
y tu celestial mirada
tiene en mi alma enajenada
inexplicable poder.
Como el Iris en el cielo
la fiera tormenta calma
tus ojos bellos del alma
disipan el padecer.
Y ¿cómo no lo hicieron
cuando en sus rayos lánguidos respiran
inocencia y amor? Quieran los cielos
que tu día feliz siempre nos luzca
de ventura y de paz, y nunca turben
nuestra plácida unión los torpes celos.
Esposa la más fiel y más querida,
siempre nos amaremos,
y uno en otro apoyado, pasaremos
el áspero desierto de la vida.
Nos amaremos, esposa,
mientras nuestro pecho
aliente
pasará la edad ardiente,
sin que pase nuestro amor.
Y si el infortunio vuelve
con su copa de amargura,
y en mí cargue su furor.
399
José María de Heredia
A La Hermosura Oda
Dulce hermosura, de los cielos hija,
don que los dioses a la tierra hicieron,
oye benigna de mi tierno labio
cántico puro.
La grata risa de tu linda boca
es muy más dulce que la miel hiblea:
tu rostro tiñe con clavel y rosas
cándido lirio.
Bien cual se mueve nacarada espuma
del manso mar en los cerúleos campos,
así los orbes del nevado seno
leves agitas.
El universo cual deidad te adora;
el hombre duro a tu mirar se amansa,
y dicha juzga que sus ansias tiernas
blanda recibas.
De mil amantes el clamor fogoso,
y los suspiros y gemir doliente,
del viento leve las fugaces alas
rápidas llevan.
Y de tu frente al rededor volando
tus dulces gracias y poder publican:
clemencia piden; pero tú el oído
bárbara niegas.
¿Por qué tu frente la dureza nubla?
¿El sentimiento la beldad afea?
No: vida, gracia y expresión divina
préstala siempre.
yo vi también tu seductor semblante,
y apasionado su alabanza dije
en dulces himnos, que rompiendo el aire
férvidos giran.
Mil y mil veces al tremendo carro
de amor me ataste, y con fatal perfidia
mil y mil veces derramar me hiciste
mísero llanto.
Y maldiciendo tu letal hechizo,
su amor abjuro delirante y ciego;
Mas, ¡ay! en vano que tu bella imagen
sígueme siempre.
Si al alto vuelvo la llorosa vista,
en la pureza del etéreo cielo
el bello azul de tus modestos ojos
lánguido miro.
Si miro acaso en su veloz carrera
al astro bello que la luz produce,
el fuego miro que en tus grandes ojos
mórbido brilla.
Es de la palma la gallarda copa
imagen viva de tu lindo talle;
y el juramento que el furor dictome
fácil abjuro.
Lo abjuro fácil, y en amor ardiendo,
caigo a tus plantas, y perdón te pido,
y a suplicar y dirigirte votos
tímido vuelvo.
¡Ay! de tus ojos el mirar sereno
y una sonrisa de tu boca pura,
son de mi pecho, que tu amor abrasa,
único voto.
¡Dulce hermosura! mi rogar humilde
oye benigna, y con afable rostro
tantos amores y tan fiel cariño
págame justa.
don que los dioses a la tierra hicieron,
oye benigna de mi tierno labio
cántico puro.
La grata risa de tu linda boca
es muy más dulce que la miel hiblea:
tu rostro tiñe con clavel y rosas
cándido lirio.
Bien cual se mueve nacarada espuma
del manso mar en los cerúleos campos,
así los orbes del nevado seno
leves agitas.
El universo cual deidad te adora;
el hombre duro a tu mirar se amansa,
y dicha juzga que sus ansias tiernas
blanda recibas.
De mil amantes el clamor fogoso,
y los suspiros y gemir doliente,
del viento leve las fugaces alas
rápidas llevan.
Y de tu frente al rededor volando
tus dulces gracias y poder publican:
clemencia piden; pero tú el oído
bárbara niegas.
¿Por qué tu frente la dureza nubla?
¿El sentimiento la beldad afea?
No: vida, gracia y expresión divina
préstala siempre.
yo vi también tu seductor semblante,
y apasionado su alabanza dije
en dulces himnos, que rompiendo el aire
férvidos giran.
Mil y mil veces al tremendo carro
de amor me ataste, y con fatal perfidia
mil y mil veces derramar me hiciste
mísero llanto.
Y maldiciendo tu letal hechizo,
su amor abjuro delirante y ciego;
Mas, ¡ay! en vano que tu bella imagen
sígueme siempre.
Si al alto vuelvo la llorosa vista,
en la pureza del etéreo cielo
el bello azul de tus modestos ojos
lánguido miro.
Si miro acaso en su veloz carrera
al astro bello que la luz produce,
el fuego miro que en tus grandes ojos
mórbido brilla.
Es de la palma la gallarda copa
imagen viva de tu lindo talle;
y el juramento que el furor dictome
fácil abjuro.
Lo abjuro fácil, y en amor ardiendo,
caigo a tus plantas, y perdón te pido,
y a suplicar y dirigirte votos
tímido vuelvo.
¡Ay! de tus ojos el mirar sereno
y una sonrisa de tu boca pura,
son de mi pecho, que tu amor abrasa,
único voto.
¡Dulce hermosura! mi rogar humilde
oye benigna, y con afable rostro
tantos amores y tan fiel cariño
págame justa.
576
José María de Heredia
Sáficos
Dulce memoria de la prenda mía
tan grata un tiempo como triste ahora,
áureo cabello, misterioso nudo
Ven a mi labio.
¡Ay! ven, y enjugue su fervor el llanto
en que tus hebras inundó mi hermosa,
cuando te daba al infeliz Fileno
mísero amante.
Lágrimas dulces, de mi amor consuelo,
decidme siempre que mi Lesbia es firme;
decid que nunca romperá su voto
pérfida y falsa.
¡Oh! Cuánto el alma de dolor sentía
cuánto mi pecho la aflicción rasgaba,
cuando la hermosa con dolientes ojos
Viéndome dijo:
«¡Siempre, Fileno, de mi amor te acuerdas!
Toma este rizo, que mi frente adorna...
Toma esta Prenda de constancia pura...
Guárdala fino».
A donde quiera que la suerte cruda
me arrastre ¡Oh rizo! seguirame siempre,
y de mi Lesbia la divina imagen
pon a mis ojos.
Tú me recuerdas los felices días
de paz y amor que fugitivos fueron
cual débil humo de Aquilón al soplo
Tórnase nada.
¡Oh! Cuántas veces su cabello rubio,
al blando aliento de la fresca brisa,
velón ondeaba, y en feliz desorden
¡Vino a mi frente!
La luna amiga con su faz serena
mil y mil veces presidió mi dicha...
Memoria dulce de mi bien pasado,
¡Sé mi delicia!
tan grata un tiempo como triste ahora,
áureo cabello, misterioso nudo
Ven a mi labio.
¡Ay! ven, y enjugue su fervor el llanto
en que tus hebras inundó mi hermosa,
cuando te daba al infeliz Fileno
mísero amante.
Lágrimas dulces, de mi amor consuelo,
decidme siempre que mi Lesbia es firme;
decid que nunca romperá su voto
pérfida y falsa.
¡Oh! Cuánto el alma de dolor sentía
cuánto mi pecho la aflicción rasgaba,
cuando la hermosa con dolientes ojos
Viéndome dijo:
«¡Siempre, Fileno, de mi amor te acuerdas!
Toma este rizo, que mi frente adorna...
Toma esta Prenda de constancia pura...
Guárdala fino».
A donde quiera que la suerte cruda
me arrastre ¡Oh rizo! seguirame siempre,
y de mi Lesbia la divina imagen
pon a mis ojos.
Tú me recuerdas los felices días
de paz y amor que fugitivos fueron
cual débil humo de Aquilón al soplo
Tórnase nada.
¡Oh! Cuántas veces su cabello rubio,
al blando aliento de la fresca brisa,
velón ondeaba, y en feliz desorden
¡Vino a mi frente!
La luna amiga con su faz serena
mil y mil veces presidió mi dicha...
Memoria dulce de mi bien pasado,
¡Sé mi delicia!
348
José María de Heredia
Los Recelos
¿Por qué, adorada mía,
mudanza tan cruel? ¿Por qué afanosa
evitas encontrarme, y si te miro,
fijas en tierra lánguidos los ojos y
y triste amarillez nubla tu frente?
¡Ay! do volaron los felices días
En que risueña y plácida me vías,
y tus ardientes ojos me buscaban,
y de amor y placer me enajenaban?
¡Cuántas veces en medio de las fiestas,
de una fogosa juventud cercada,
me aseguró de tu cariño tierno
una veloz simpática mirada!
Mi bien, ¿por qué me ocultas
el dardo emponzoñado que desgarra
tu puro corazón?... Mira que llenas
mi existencia de horror y de amargura:
dime, dime el secreto que derrama
el cáliz de dolor en tu alma pura.
Mas, ¿aún callas? ¡Ingrata! Ya comprendo
la causa de tu afán: ya no me amas,
ya te cansa mi amor... No, no; ¡perdona!
¡Habla, y hazme feliz!... ¡Ay! yo te he visto,
la bella frente de dolor nublada,
alzar los ojos implorando al cielo.
Yo recogí las lágrimas que en vano
pretendiste ocultar; tu blanca mano
estreché al corazón llena de vida
que por tu amor palpita, y azorada
me apartaste de ti con crudo ceño:
volví a coger tu mano apetecida,
sollozando a mi ardor la abandonaste,
y mientras yo ferviente la besaba,
bajo mis labios áridos temblaba.
¿Te fingirás acaso
delito en mi pasión? Hermosa mía,
no temas al amor: un pecho helado,
al dulce fuego del sentir cerrado,
rechaza la virtud, a la manera
de la peña que en vano
riega a torrentes la afanosa lluvia,
sin que fecunde su fatal dureza;
y el amor nos impone
por ley universal Naturaleza.
Rosa de nuestros campos, ¡ah! no temas
que yo marchite con aliento impuro
tu virginal frenor. ¡Ah! ¡te idolatro!...
Eres mi encanto, mi deidad, mi todo.
¡Único amor de mi sencillo pecho!
Yo bajara al sepulcro silencioso
por hacerte feliz... Ven a mis brazos,
y abandónate a mí; ven, y no temas.
La enamorada tórtola tan solo
sabe aqueste lugar, lugar sagrado
ya de hoy más para mí... ¿Su canto escuchas
que en dulce y melancólica ternura
baña mi corazón?... Déjame, amada,
sobre tu seno descansar... ¡Ay! vuelve...
tu rostro con el mío
une otra vez, y tus divinos labios
impriman a mi frente atormentada
el beso del amor... Ídolo mío,
tu beso abrasador me turba el alma:
toca mi corazón cual late ansioso
por volar hacia ti... deja, adorada,
que yo te estreche en mis amantes brazos
sobre este corazón que te idolatra
¿Le sientes palpitar? ¿Ves cual se agita
abrasado en tu amor? ¡Pluguiera al cielo
que a ti estrechado en sempiterno abrazo
pudiese yo espirar! ¡Gozo inefable!
aura de fuego y de placer respiro;
confuso me estremezco:
¡ay! mi beso recibe... yo fallezco...
Recibe, amada mi postrer suspiro.
mudanza tan cruel? ¿Por qué afanosa
evitas encontrarme, y si te miro,
fijas en tierra lánguidos los ojos y
y triste amarillez nubla tu frente?
¡Ay! do volaron los felices días
En que risueña y plácida me vías,
y tus ardientes ojos me buscaban,
y de amor y placer me enajenaban?
¡Cuántas veces en medio de las fiestas,
de una fogosa juventud cercada,
me aseguró de tu cariño tierno
una veloz simpática mirada!
Mi bien, ¿por qué me ocultas
el dardo emponzoñado que desgarra
tu puro corazón?... Mira que llenas
mi existencia de horror y de amargura:
dime, dime el secreto que derrama
el cáliz de dolor en tu alma pura.
Mas, ¿aún callas? ¡Ingrata! Ya comprendo
la causa de tu afán: ya no me amas,
ya te cansa mi amor... No, no; ¡perdona!
¡Habla, y hazme feliz!... ¡Ay! yo te he visto,
la bella frente de dolor nublada,
alzar los ojos implorando al cielo.
Yo recogí las lágrimas que en vano
pretendiste ocultar; tu blanca mano
estreché al corazón llena de vida
que por tu amor palpita, y azorada
me apartaste de ti con crudo ceño:
volví a coger tu mano apetecida,
sollozando a mi ardor la abandonaste,
y mientras yo ferviente la besaba,
bajo mis labios áridos temblaba.
¿Te fingirás acaso
delito en mi pasión? Hermosa mía,
no temas al amor: un pecho helado,
al dulce fuego del sentir cerrado,
rechaza la virtud, a la manera
de la peña que en vano
riega a torrentes la afanosa lluvia,
sin que fecunde su fatal dureza;
y el amor nos impone
por ley universal Naturaleza.
Rosa de nuestros campos, ¡ah! no temas
que yo marchite con aliento impuro
tu virginal frenor. ¡Ah! ¡te idolatro!...
Eres mi encanto, mi deidad, mi todo.
¡Único amor de mi sencillo pecho!
Yo bajara al sepulcro silencioso
por hacerte feliz... Ven a mis brazos,
y abandónate a mí; ven, y no temas.
La enamorada tórtola tan solo
sabe aqueste lugar, lugar sagrado
ya de hoy más para mí... ¿Su canto escuchas
que en dulce y melancólica ternura
baña mi corazón?... Déjame, amada,
sobre tu seno descansar... ¡Ay! vuelve...
tu rostro con el mío
une otra vez, y tus divinos labios
impriman a mi frente atormentada
el beso del amor... Ídolo mío,
tu beso abrasador me turba el alma:
toca mi corazón cual late ansioso
por volar hacia ti... deja, adorada,
que yo te estreche en mis amantes brazos
sobre este corazón que te idolatra
¿Le sientes palpitar? ¿Ves cual se agita
abrasado en tu amor? ¡Pluguiera al cielo
que a ti estrechado en sempiterno abrazo
pudiese yo espirar! ¡Gozo inefable!
aura de fuego y de placer respiro;
confuso me estremezco:
¡ay! mi beso recibe... yo fallezco...
Recibe, amada mi postrer suspiro.
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