Poemas en este tema
Amor Romántico
Anônimo
Romance De Abenámar
—¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería,
el día que tú naciste grandes señales había!
Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida,
moro que en tal signo nace no debe decir mentira.
Allí respondiera el moro, bien oiréis lo que diría:
—Yo te lo diré, señor, aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho mi madre me lo decía
que mentira no dijese, que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey, que la verdad te diría.
—Yo te agradezco, Abenámar, aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos? ¡Altos son y relucían!
—El Alhambra era, señor, y la otra la mezquita,
los otros los Alixares, labrados a maravilla.
El moro que los labraba cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra, otras tantas se perdía.
El otro es Generalife, huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decía:
—Si tú quisieses, Granada, contigo me casaría;
daréte en arras y dote a Córdoba y a Sevilla.
—Casada soy, rey don Juan, casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene muy grande bien me quería.
el día que tú naciste grandes señales había!
Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida,
moro que en tal signo nace no debe decir mentira.
Allí respondiera el moro, bien oiréis lo que diría:
—Yo te lo diré, señor, aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho mi madre me lo decía
que mentira no dijese, que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey, que la verdad te diría.
—Yo te agradezco, Abenámar, aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos? ¡Altos son y relucían!
—El Alhambra era, señor, y la otra la mezquita,
los otros los Alixares, labrados a maravilla.
El moro que los labraba cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra, otras tantas se perdía.
El otro es Generalife, huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decía:
—Si tú quisieses, Granada, contigo me casaría;
daréte en arras y dote a Córdoba y a Sevilla.
—Casada soy, rey don Juan, casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene muy grande bien me quería.
889
Anônimo
Romance De La Doncella Guerrera
En Sevilla a un sevillano
siete hijas le dio Dios,
todas siete fueron hembras
y ninguna fue varón.
A la más chiquita de ellas
le llevó la inclinación
de ir a servir a la guerra
vestidita de varón.
Al montar en el caballo
la espada se le cayó;
por decir, maldita sea,
dijo: maldita sea yo.
El Rey que la estaba oyendo,
de amores se cautivó,
—Madre los ojos de Marcos
son de hembra, no de varón.
—Convídala tú, hijo mío,
a los rios a nadar,
que si ella fuese hembra
no se querrá desnudar.
Toditos los caballeros
se empiezan a desnudar,
y el caballero Don Marcos
se ha retirado a llorar.
Por qué llora Vd. Don Marcos
por qué debo de llorar,
por un falso testimonio
que me quieren levantar.
No llores alma querida
no llores mi corazón,
que eso que tú tanto sientes,
eso lo deseo yo.
siete hijas le dio Dios,
todas siete fueron hembras
y ninguna fue varón.
A la más chiquita de ellas
le llevó la inclinación
de ir a servir a la guerra
vestidita de varón.
Al montar en el caballo
la espada se le cayó;
por decir, maldita sea,
dijo: maldita sea yo.
El Rey que la estaba oyendo,
de amores se cautivó,
—Madre los ojos de Marcos
son de hembra, no de varón.
—Convídala tú, hijo mío,
a los rios a nadar,
que si ella fuese hembra
no se querrá desnudar.
Toditos los caballeros
se empiezan a desnudar,
y el caballero Don Marcos
se ha retirado a llorar.
Por qué llora Vd. Don Marcos
por qué debo de llorar,
por un falso testimonio
que me quieren levantar.
No llores alma querida
no llores mi corazón,
que eso que tú tanto sientes,
eso lo deseo yo.
527
Anônimo
Romance De La Doncella Guerrera
Pregonadas son las guerras de Francia para Aragón,
¡Cómo las haré yo, triste, viejo y cano, pecador!
¡No reventaras, condesa, por medio del corazón,
que me diste siete hijas, y entre ellas ningún varón!
Allí habló la más chiquita, en razones la mayor:
—No maldigáis a mi madre, que a la guerra me iré yo;
me daréis las vuestras armas, vuestro caballo trotón.
—Conoceránte en los pechos, que asoman bajo el jubón.
—Yo los apretaré, padre, al par de mi corazón.
—Tienes las manos muy blancas, hija no son de varón.
—Yo les quitaré los guantes para que las queme el sol.
—Conocerante en los ojos, que otros más lindos no son.
—Yo los revolveré, padre, como si fuera un traidor.
Al despedirse de todos, se le olvida lo mejor:
—¿Cómo me he de llamar, padre? —Don Martín el de Aragón.
—Y para entrar en las cortes, padre ¿cómo diré yo?
—Besoos la mano, buen rey, las cortes las guarde Dios.
Dos años anduvo en guerra y nadie la conoció
si no fue el hijo del rey que en sus ojos se prendó.
—Herido vengo, mi madre, de amores me muero yo;
los ojos de Don Martín son de mujer, de hombre no.
—Convídalo tú, mi hijo, a las tiendas a feriar,
si Don Martín es mujer, las galas ha de mirar.
Don Martín como discreto, a mirar las armas va:
—¡Qué rico puñal es éste, para con moros pelear!
—Herido vengo, mi madre, amores me han de matar,
los ojos de Don Martín roban el alma al mirar.
—Llevarasla tú, hijo mío, a la huerta a solazar;
si Don Martín es mujer, a los almendros irá.
Don Martín deja las flores, un vara va a cortar:
—¡Oh, qué varita de fresno para el caballo arrear!
—Hijo, arrójale al regazo tus anillas al jugar:
si Don Martín es varón, las rodillas juntará;
pero si las separase, por mujer se mostrará.
Don Martín muy avisado hubiéralas de juntar.
—Herido vengo, mi madre, amores me han de matar;
los ojos de Don Martín nunca los puedo olvidar.
—Convídalo tú, mi hijo, en los baños a nadar.
Todos se están desnudando; Don Martín muy triste está:
—Cartas me fueron venidas, cartas de grande pesar,
que se halla el Conde mi padre enfermo para finar.
Licencia le pido al rey para irle a visitar.
—Don Martín, esa licencia no te la quiero estorbar.
Ensilla el caballo blanco, de un salto en él va a montar;
por unas vegas arriba corre como un gavilán:
—Adiós, adiós, el buen rey, y tu palacio real;
que dos años te sirvió una doncella leal!.
Óyela el hijo del rey, trás ella va a cabalgar.
—Corre, corre, hijo del rey que no me habrás de alcanzar
hasta en casa de mi padre si quieres irme a buscar.
Campanitas de mi iglesia, ya os oigo repicar;
puentecito, puentecito del río de mi lugar,
una vez te pasé virgen, virgen te vuelvo a pasar.
Abra las puertas, mi padre, ábralas de par en par.
Madre, sáqueme la rueca que traigo ganas de hilar,
que las armas y el caballo bien los supe manejar.
Tras ella el hijo del rey a la puerta fue a llamar.
¡Cómo las haré yo, triste, viejo y cano, pecador!
¡No reventaras, condesa, por medio del corazón,
que me diste siete hijas, y entre ellas ningún varón!
Allí habló la más chiquita, en razones la mayor:
—No maldigáis a mi madre, que a la guerra me iré yo;
me daréis las vuestras armas, vuestro caballo trotón.
—Conoceránte en los pechos, que asoman bajo el jubón.
—Yo los apretaré, padre, al par de mi corazón.
—Tienes las manos muy blancas, hija no son de varón.
—Yo les quitaré los guantes para que las queme el sol.
—Conocerante en los ojos, que otros más lindos no son.
—Yo los revolveré, padre, como si fuera un traidor.
Al despedirse de todos, se le olvida lo mejor:
—¿Cómo me he de llamar, padre? —Don Martín el de Aragón.
—Y para entrar en las cortes, padre ¿cómo diré yo?
—Besoos la mano, buen rey, las cortes las guarde Dios.
Dos años anduvo en guerra y nadie la conoció
si no fue el hijo del rey que en sus ojos se prendó.
—Herido vengo, mi madre, de amores me muero yo;
los ojos de Don Martín son de mujer, de hombre no.
—Convídalo tú, mi hijo, a las tiendas a feriar,
si Don Martín es mujer, las galas ha de mirar.
Don Martín como discreto, a mirar las armas va:
—¡Qué rico puñal es éste, para con moros pelear!
—Herido vengo, mi madre, amores me han de matar,
los ojos de Don Martín roban el alma al mirar.
—Llevarasla tú, hijo mío, a la huerta a solazar;
si Don Martín es mujer, a los almendros irá.
Don Martín deja las flores, un vara va a cortar:
—¡Oh, qué varita de fresno para el caballo arrear!
—Hijo, arrójale al regazo tus anillas al jugar:
si Don Martín es varón, las rodillas juntará;
pero si las separase, por mujer se mostrará.
Don Martín muy avisado hubiéralas de juntar.
—Herido vengo, mi madre, amores me han de matar;
los ojos de Don Martín nunca los puedo olvidar.
—Convídalo tú, mi hijo, en los baños a nadar.
Todos se están desnudando; Don Martín muy triste está:
—Cartas me fueron venidas, cartas de grande pesar,
que se halla el Conde mi padre enfermo para finar.
Licencia le pido al rey para irle a visitar.
—Don Martín, esa licencia no te la quiero estorbar.
Ensilla el caballo blanco, de un salto en él va a montar;
por unas vegas arriba corre como un gavilán:
—Adiós, adiós, el buen rey, y tu palacio real;
que dos años te sirvió una doncella leal!.
Óyela el hijo del rey, trás ella va a cabalgar.
—Corre, corre, hijo del rey que no me habrás de alcanzar
hasta en casa de mi padre si quieres irme a buscar.
Campanitas de mi iglesia, ya os oigo repicar;
puentecito, puentecito del río de mi lugar,
una vez te pasé virgen, virgen te vuelvo a pasar.
Abra las puertas, mi padre, ábralas de par en par.
Madre, sáqueme la rueca que traigo ganas de hilar,
que las armas y el caballo bien los supe manejar.
Tras ella el hijo del rey a la puerta fue a llamar.
828
Anônimo
Romance Ix La Respuesta Del Rey
Pidiendo a las diez del día papel a su secretario,
a la carta de Jimena responde el rey por su mano;
y después de hacer la cruz con cuatro puntos y un rasgo,
aquestas palabras pone a guisa de cortesano:
«A vos, la noble Jimena, la del marido envidiado,
vos envío mis saludos en fe de quereros tanto.
Que estáis de mi querellosa, decís en vuestro despacho,
que non vos suelto el marido sino una vez en el año,
»y que cuando vos le suelto, en lugar de regalaros,
en vuestros brazos se duerme como viene tan cansado.
Si supiérades, señora, que vos quitaba el velado
para mis namoramientos, fuera bien el lamentarlo;
»mas si sólo vos lo quito para lidiar en el campo
con los moros convecinos, non vos fago mucho agravio;
que si yo no hubiera puesto las mis huertas a su cargo,
ni vos fuerais más que dueña, ni él fuera más que un hidalgo.
»A no vos tener encinta, señora, el vuestro velado
creyera de su dormir lo que me habedes contado.
Más pues el parto esperáis... si os falta un marido al lado,
no importa, que sobra un rey que os hará cien mil regalos.
»Decís que entregue a las llamas la carta que habéis mandado;
a contener herejías, fuera digna de tal caso;
mas pues razones contiene dignas de los siete sabios,
mejor es para mi archivo que non para el fuego ingrato.
»Y porque guardéis la mía y no la fagáis pedazos,
por ella a lo que pariéredes prometo buen aguinaldo:
si fuere hijo, daréle una espada y un caballo
y cien mil maravedís para ayuda de su gasto;
»si fija, para su dote prometo poner en cambio
desde el día en que naciere de plata cuarenta marcos.
Con esto ceso, señora, y no de estar suplicando
a la Virgen vos ayude en los dolores del parto».
a la carta de Jimena responde el rey por su mano;
y después de hacer la cruz con cuatro puntos y un rasgo,
aquestas palabras pone a guisa de cortesano:
«A vos, la noble Jimena, la del marido envidiado,
vos envío mis saludos en fe de quereros tanto.
Que estáis de mi querellosa, decís en vuestro despacho,
que non vos suelto el marido sino una vez en el año,
»y que cuando vos le suelto, en lugar de regalaros,
en vuestros brazos se duerme como viene tan cansado.
Si supiérades, señora, que vos quitaba el velado
para mis namoramientos, fuera bien el lamentarlo;
»mas si sólo vos lo quito para lidiar en el campo
con los moros convecinos, non vos fago mucho agravio;
que si yo no hubiera puesto las mis huertas a su cargo,
ni vos fuerais más que dueña, ni él fuera más que un hidalgo.
»A no vos tener encinta, señora, el vuestro velado
creyera de su dormir lo que me habedes contado.
Más pues el parto esperáis... si os falta un marido al lado,
no importa, que sobra un rey que os hará cien mil regalos.
»Decís que entregue a las llamas la carta que habéis mandado;
a contener herejías, fuera digna de tal caso;
mas pues razones contiene dignas de los siete sabios,
mejor es para mi archivo que non para el fuego ingrato.
»Y porque guardéis la mía y no la fagáis pedazos,
por ella a lo que pariéredes prometo buen aguinaldo:
si fuere hijo, daréle una espada y un caballo
y cien mil maravedís para ayuda de su gasto;
»si fija, para su dote prometo poner en cambio
desde el día en que naciere de plata cuarenta marcos.
Con esto ceso, señora, y no de estar suplicando
a la Virgen vos ayude en los dolores del parto».
454
Anônimo
Romance Viii Carta De Doña Jimena Al Rey
En los solares de Burgos a su Rodrigo aguardando,
tan encinta está Jimena, que muy cedo aguarda el parto;
cuando demás dolorida una mañana en disanto,
bañada en lágrimas tiernas, escribe al rey don Fernando:
«A vos, el mi señor rey, el bueno, el aventurado,
el magno, el conquistador, el agradecido, el sabio,
la vuestra sierva Jimena, fija del conde Lozano,
desde Burgos os saluda, donde vive lacerando.
Perdonédesme señor, que no tengo pecho falso,
y si mal talante os tengo, no puedo disimulallo.
¿Qué ley de Dios vos otorga que podáis, por tiempo tanto
como ha que fincáis en lides, descasar a los casados?
¿Qué buena razón consiente que a mi marido velado
no le soltéis para mí sino una vez en el año?
Y esa vez que lo soltáis, fasta los pies del caballo
tan teñido en sangre viene, que pone pavor mirallo;
y no bien mis brazos toca cuando se duerme en mis brazos,
y en sueños gime y forcejea, que cuida que está lidiando,
y apenas el alba rompe, cuando lo están acuciando
las esculcas y adalides para que se vuelva al campo.
Llorando vos lo pedí y en mi soledad cuidando
de cobrar padre y marido, ni uno tengo, ni otro alcanzo.
Y como otro bien no tengo y me lo habedes quitado,
en guisa lo lloro vivo cual si estuviese enterrado.
Si lo facéis por honralle, asaz Rodrigo es honrado,
pues no tiene barba, y tiene reyes moros por vasallos.
Yo finco, señor, encinta, que en nueve meses he entrado
y me pueden empecer las lágrimas que derramo.
Dad este escrito a las llamas, non se fega de él palacio,
que en malos barruntadores no me será bien contado».
tan encinta está Jimena, que muy cedo aguarda el parto;
cuando demás dolorida una mañana en disanto,
bañada en lágrimas tiernas, escribe al rey don Fernando:
«A vos, el mi señor rey, el bueno, el aventurado,
el magno, el conquistador, el agradecido, el sabio,
la vuestra sierva Jimena, fija del conde Lozano,
desde Burgos os saluda, donde vive lacerando.
Perdonédesme señor, que no tengo pecho falso,
y si mal talante os tengo, no puedo disimulallo.
¿Qué ley de Dios vos otorga que podáis, por tiempo tanto
como ha que fincáis en lides, descasar a los casados?
¿Qué buena razón consiente que a mi marido velado
no le soltéis para mí sino una vez en el año?
Y esa vez que lo soltáis, fasta los pies del caballo
tan teñido en sangre viene, que pone pavor mirallo;
y no bien mis brazos toca cuando se duerme en mis brazos,
y en sueños gime y forcejea, que cuida que está lidiando,
y apenas el alba rompe, cuando lo están acuciando
las esculcas y adalides para que se vuelva al campo.
Llorando vos lo pedí y en mi soledad cuidando
de cobrar padre y marido, ni uno tengo, ni otro alcanzo.
Y como otro bien no tengo y me lo habedes quitado,
en guisa lo lloro vivo cual si estuviese enterrado.
Si lo facéis por honralle, asaz Rodrigo es honrado,
pues no tiene barba, y tiene reyes moros por vasallos.
Yo finco, señor, encinta, que en nueve meses he entrado
y me pueden empecer las lágrimas que derramo.
Dad este escrito a las llamas, non se fega de él palacio,
que en malos barruntadores no me será bien contado».
671
Anônimo
Romance De Rosaflorida
En Castilla está un castillo, que se llama Rocafrida;
al castillo llaman Roca, y a la fonte llaman Frida.
El pie tenía de oro y almenas de plata fina;
entre almena y almena está una piedra zafira;
tanto relumbra de noche como el sol a mediodía.
Dentro estaba una doncella que llaman Rosaflorida;
siete condes la demandan, tres duques de Lombardía;
a todos les desdeñaba, tanta es su lozanía.
Enamoróse de Montesinos de oídas, que no de vista.
Una noche estando así, gritos da Rosaflorida;
oyérala un camarero, que en su cámara dormía.
—«¿Qu'es aquesto, mi señora? ¿Qu'es esto, Rosaflorida?
»O tenedes mal de amores, o estáis loca sandía».
—«Ni yo tengo mal de amores, ni estoy loca sandía,
»mas llevásesme estas cartas a Francia la bien guarnida;
»diéseslas a Montesinos, la cosa que yo más quería;
»dile que me venga a ver para la Pascua Florida;
»darle he siete castillos los mejores que hay en Castilla;
»y si de mí más quisiere yo mucho más le daría:
»darle he yo este mi cuerpo, el más lindo que hay en Castilla,
»si no es el de mi hermana, que de fuego sea ardida».
al castillo llaman Roca, y a la fonte llaman Frida.
El pie tenía de oro y almenas de plata fina;
entre almena y almena está una piedra zafira;
tanto relumbra de noche como el sol a mediodía.
Dentro estaba una doncella que llaman Rosaflorida;
siete condes la demandan, tres duques de Lombardía;
a todos les desdeñaba, tanta es su lozanía.
Enamoróse de Montesinos de oídas, que no de vista.
Una noche estando así, gritos da Rosaflorida;
oyérala un camarero, que en su cámara dormía.
—«¿Qu'es aquesto, mi señora? ¿Qu'es esto, Rosaflorida?
»O tenedes mal de amores, o estáis loca sandía».
—«Ni yo tengo mal de amores, ni estoy loca sandía,
»mas llevásesme estas cartas a Francia la bien guarnida;
»diéseslas a Montesinos, la cosa que yo más quería;
»dile que me venga a ver para la Pascua Florida;
»darle he siete castillos los mejores que hay en Castilla;
»y si de mí más quisiere yo mucho más le daría:
»darle he yo este mi cuerpo, el más lindo que hay en Castilla,
»si no es el de mi hermana, que de fuego sea ardida».
939
Anônimo
Romance De Gerineldo
Levantóse Gerineldo, que al rey dejara dormido,
fuese para la infanta donde estaba en el castillo.
—Abráisme, dijo, señora, abráisme, cuerpo garrido.
—¿Quién sois vos, el caballero, que llamáis a mi postigo?
—Gerineldo soy, señora, vuestro tan querido amigo.
Tomárala por la mano, en un lecho la ha metido,
y besando y abrazando Gerineldo se ha dormido.
Recordado había el rey de un sueño despavorido;
tres veces lo había llamado, ninguna le ha respondido.
—Gerineldo, Gerinaldo, mi camarero pulido;
si me andas en traición, trátasme como a enemigo.
O dormías con la infanta o me has vendido el castillo.
Tomó la espada en la mano, en gran saña va encendido,
fuérase para la cama donde a Gerineldo vido.
El quisiéralo matar, mas criole de chiquito.
Sacara luego la espada, entrambos la ha metido,
porque desque recordase viese cómo era sentido.
Recordado había la infanta y la espada ha conocido.
—Recordados, Gerineldo, que ya érades sentido,
que la espada de mi padre yo me la he bien conocido.
fuese para la infanta donde estaba en el castillo.
—Abráisme, dijo, señora, abráisme, cuerpo garrido.
—¿Quién sois vos, el caballero, que llamáis a mi postigo?
—Gerineldo soy, señora, vuestro tan querido amigo.
Tomárala por la mano, en un lecho la ha metido,
y besando y abrazando Gerineldo se ha dormido.
Recordado había el rey de un sueño despavorido;
tres veces lo había llamado, ninguna le ha respondido.
—Gerineldo, Gerinaldo, mi camarero pulido;
si me andas en traición, trátasme como a enemigo.
O dormías con la infanta o me has vendido el castillo.
Tomó la espada en la mano, en gran saña va encendido,
fuérase para la cama donde a Gerineldo vido.
El quisiéralo matar, mas criole de chiquito.
Sacara luego la espada, entrambos la ha metido,
porque desque recordase viese cómo era sentido.
Recordado había la infanta y la espada ha conocido.
—Recordados, Gerineldo, que ya érades sentido,
que la espada de mi padre yo me la he bien conocido.
697
Anônimo
Romance De Doña Alda
En París está doña Alda, la esposa de don Roldán,
trescientas damas con ella para la acompañar:
todas visten un vestido, todas calzan un calzar,
todas comen a una mesa, todas comían de un pan,
si no era doña Alda, que era la mayoral;
las ciento hilaban oro, las ciento tejen cendal,
las ciento tañen instrumentos para doña Alda holgar.
Al son de los instrumentos doña Alda dormido se ha;
ensoñado había un sueño, un sueño de gran pesar.
Recordó despavorida y con un pavor muy grande;
los gritos daba tan grandes que se oían en la ciudad.
Allí hablaron sus doncellas, bien oiréis lo que dirán:
—¿Qué es aquesto, mi señora? ¿quién es el que os hizo mal?
—Un sueño soñé, doncellas, que me ha dado gran pesar:
que me veía en un monte en un desierto lugar:
do so los montes muy altos un azor vide volar,
tras dél viene una aguililla que lo ahínca muy mal.
El azor, con grande cuita, metióse so mi brial,
el aguililla, con gran ira, de allí lo iba a sacar;
con las uñas lo despluma, con el pico lo deshace.
Allí habló su camarera, bien oiréis lo que dirá:
—Aquese sueño, señora, bien os lo entiendo soltar:
el azor es vuestro esposo que viene de allén la mar,
el águila sedes vos, con la cual ha de casar,
y aquel monte es la iglesia, donde os han de velar.
—Si así es, mi camarera, bien te lo entiendo pagar.
Otro día de mañana cartas de fuera le traen:
tintas venían por dentro, de fuera escritas con sangre,
que su Roldán era muerto en caza de Roncesvalles.
trescientas damas con ella para la acompañar:
todas visten un vestido, todas calzan un calzar,
todas comen a una mesa, todas comían de un pan,
si no era doña Alda, que era la mayoral;
las ciento hilaban oro, las ciento tejen cendal,
las ciento tañen instrumentos para doña Alda holgar.
Al son de los instrumentos doña Alda dormido se ha;
ensoñado había un sueño, un sueño de gran pesar.
Recordó despavorida y con un pavor muy grande;
los gritos daba tan grandes que se oían en la ciudad.
Allí hablaron sus doncellas, bien oiréis lo que dirán:
—¿Qué es aquesto, mi señora? ¿quién es el que os hizo mal?
—Un sueño soñé, doncellas, que me ha dado gran pesar:
que me veía en un monte en un desierto lugar:
do so los montes muy altos un azor vide volar,
tras dél viene una aguililla que lo ahínca muy mal.
El azor, con grande cuita, metióse so mi brial,
el aguililla, con gran ira, de allí lo iba a sacar;
con las uñas lo despluma, con el pico lo deshace.
Allí habló su camarera, bien oiréis lo que dirá:
—Aquese sueño, señora, bien os lo entiendo soltar:
el azor es vuestro esposo que viene de allén la mar,
el águila sedes vos, con la cual ha de casar,
y aquel monte es la iglesia, donde os han de velar.
—Si así es, mi camarera, bien te lo entiendo pagar.
Otro día de mañana cartas de fuera le traen:
tintas venían por dentro, de fuera escritas con sangre,
que su Roldán era muerto en caza de Roncesvalles.
931
Luis de Góngora y Argote
Verdes Juncos Del Duero A Mi Pastora
Verdes juncos del Duero a mi pastora
Tejieron dulce generosa cuna;
Blancas palmas, si el Tajo tiene alguna,
Cubren su pastoral albergue ahora.
Los montes mide y las campañas mora,
Flechando una dorada media luna,
Cual dicen que a las fieras fue importuna
Del Eurota la casta cazadora.
De un blanco armiño el esplendor vestida,
Los blancos pies distinguen de la nieve
Los coturnos que calza esta homicida;
Bien tal, pues montaraz y endurecida,
Contra las fieras sólo un arco mueve,
Y dos arcos tendió contra mi vida.
Tejieron dulce generosa cuna;
Blancas palmas, si el Tajo tiene alguna,
Cubren su pastoral albergue ahora.
Los montes mide y las campañas mora,
Flechando una dorada media luna,
Cual dicen que a las fieras fue importuna
Del Eurota la casta cazadora.
De un blanco armiño el esplendor vestida,
Los blancos pies distinguen de la nieve
Los coturnos que calza esta homicida;
Bien tal, pues montaraz y endurecida,
Contra las fieras sólo un arco mueve,
Y dos arcos tendió contra mi vida.
335
Luis de Góngora y Argote
Vuela, Pensamiento, Y Diles
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
Celosa el alma te envía
Por diligente ministro,
Con poderes de registro
Y con malicias de espía;
Trata los aires de día,
Pisa de noche las salas
Con tan invisibles alas
Cuanto con pasos sutiles.
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
Tu vuelo con diligencia
Y silencio se concluya,
Antes que venzan la suya
Las condiciones de ausencia;
Que no hay fiar resistencia
De una fe de vidrio tal,
Tras de un muro de cristal,
Y batido de esmeriles.
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
Mira que su casa escombros
De unos soldados fiambres,
Que perdonando a sus hambres
Amenazan a los hombres;
De los tales no te asombres,
Porque, aunque tuercen los tales
Mostachazos criminales,
Ciñen espadas civiles.
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
Por tu honra y por la mía,
De esta gente la descartes,
Que le serán estos Martes
Más aciagos que el día;
Pues la lanza de Argalía
Es ya cosa averiguada
Que pudo más por dorada
Que por fuerte la de Aquiles.
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
Si a músicos entrar dejas,
Ciertos serán mis enojos,
Porque aseguran los ojos
Y saltean las orejas;
Cuando ellos ajenas quejas
Canten, ronda, pensamiento,
Y la voz, no el instrumento
Les quiten tus alguaciles.
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
A los ojos que te envío
Que eres mío.
Celosa el alma te envía
Por diligente ministro,
Con poderes de registro
Y con malicias de espía;
Trata los aires de día,
Pisa de noche las salas
Con tan invisibles alas
Cuanto con pasos sutiles.
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
Tu vuelo con diligencia
Y silencio se concluya,
Antes que venzan la suya
Las condiciones de ausencia;
Que no hay fiar resistencia
De una fe de vidrio tal,
Tras de un muro de cristal,
Y batido de esmeriles.
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
Mira que su casa escombros
De unos soldados fiambres,
Que perdonando a sus hambres
Amenazan a los hombres;
De los tales no te asombres,
Porque, aunque tuercen los tales
Mostachazos criminales,
Ciñen espadas civiles.
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
Por tu honra y por la mía,
De esta gente la descartes,
Que le serán estos Martes
Más aciagos que el día;
Pues la lanza de Argalía
Es ya cosa averiguada
Que pudo más por dorada
Que por fuerte la de Aquiles.
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
Si a músicos entrar dejas,
Ciertos serán mis enojos,
Porque aseguran los ojos
Y saltean las orejas;
Cuando ellos ajenas quejas
Canten, ronda, pensamiento,
Y la voz, no el instrumento
Les quiten tus alguaciles.
Vuela, pensamiento, y diles
A los ojos que te envío
Que eres mío.
413
Luis de Góngora y Argote
Ya No Más, Ceguezuelo Hermano,
Ya no más, ceguezuelo hermano,
Ya no más.
Baste lo flechado, Amor,
Más munición no se pierda;
Afloja al arco la cuerda
Y la causa a mi dolor;
Que en mi pecho tu rigor
Escriben las plumas juntas,
Y en las espaldas las puntas
Dicen que muerto me has.
Ya no más, ceguezuelo hermano,
Ya no más.
Para el que a sombras de un robre
Sus rústicos años gasta,
El segundo tiro basta,
Cuando el primero no sobre;
Basta para un zagal pobre
La punta de un alfiler;
Para Bras no es menester
Lo que para Fierabrás.
Ya no más, ceguezuelo hermano,
Ya no más.
Tan asaeteado estoy,
Que me pueden defender
Las que me tiraste ayer
De las que me tiras hoy;
Si ya tu aljaba no soy,
Bien a mal tus armas echas,
Pues a ti te faltan flechas
Y a mí donde quepan más.
Ya no más, ceguezuelo hermano,
Ya no más.
Ya no más.
Baste lo flechado, Amor,
Más munición no se pierda;
Afloja al arco la cuerda
Y la causa a mi dolor;
Que en mi pecho tu rigor
Escriben las plumas juntas,
Y en las espaldas las puntas
Dicen que muerto me has.
Ya no más, ceguezuelo hermano,
Ya no más.
Para el que a sombras de un robre
Sus rústicos años gasta,
El segundo tiro basta,
Cuando el primero no sobre;
Basta para un zagal pobre
La punta de un alfiler;
Para Bras no es menester
Lo que para Fierabrás.
Ya no más, ceguezuelo hermano,
Ya no más.
Tan asaeteado estoy,
Que me pueden defender
Las que me tiraste ayer
De las que me tiras hoy;
Si ya tu aljaba no soy,
Bien a mal tus armas echas,
Pues a ti te faltan flechas
Y a mí donde quepan más.
Ya no más, ceguezuelo hermano,
Ya no más.
371
Luis de Góngora y Argote
Manda Amor En Su Fatiga
Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.
En la ley vieja de Amor
A tantas fojas se halla
Que el que más sufre y más calla,
Ese librará mejor;
¡Más triste del amador
Que, muerto a enemigas manos,
Le hallaron los gusanos
Secretos en la barriga!
Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.
Muy bien haré si culpare
Por necio cualquier que fuere
Que como leño sufriere
Y como piedra callare;
Mande Amor lo que mandare,
Que yo pienso muy sin mengua
Dar libertad a mi lengua,
Y a sus leyes una higa.
Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.
Bien sé que me han de sacar
En el auto con mordaza
Cuando Amor sacare a plaza
Delincuentes por hablar;
Mas yo me pienso quejar,
En sintiéndome agraviado,
Pues el mar brama alterado
Cuando el viento le fatiga.
Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.
Yo sé de algún joveneto
Que tiene muy entendido
Que guarda más bien Cupido
Al que guarda más secreto;
Y si muere el indiscreto
De amoroso torozón,
Morirá sin confesión
Por no culpar su enemiga.
Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.
En la ley vieja de Amor
A tantas fojas se halla
Que el que más sufre y más calla,
Ese librará mejor;
¡Más triste del amador
Que, muerto a enemigas manos,
Le hallaron los gusanos
Secretos en la barriga!
Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.
Muy bien haré si culpare
Por necio cualquier que fuere
Que como leño sufriere
Y como piedra callare;
Mande Amor lo que mandare,
Que yo pienso muy sin mengua
Dar libertad a mi lengua,
Y a sus leyes una higa.
Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.
Bien sé que me han de sacar
En el auto con mordaza
Cuando Amor sacare a plaza
Delincuentes por hablar;
Mas yo me pienso quejar,
En sintiéndome agraviado,
Pues el mar brama alterado
Cuando el viento le fatiga.
Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.
Yo sé de algún joveneto
Que tiene muy entendido
Que guarda más bien Cupido
Al que guarda más secreto;
Y si muere el indiscreto
De amoroso torozón,
Morirá sin confesión
Por no culpar su enemiga.
Manda Amor en su fatiga
Que se sienta y no se diga;
Pero a mí más me contenta
Que se diga y no se sienta.
414
Luis de Góngora y Argote
No Destrozada Nave En Roca Dura
No destrozada nave en roca dura
Tocó la playa más arrepentida,
Ni pajarilla de la red tendida
Voló más temeroso a la espesura;
Bella ninfa la planta mal segura
No tan alborotada ni afligida
Hurtó de verde prado, que escondida
Víbora regalaba en su verdura,
Como yo, Amor, la condición airada,
Las rubias trenzas y la vista bella
Huyendo voy, con pie ya desatado,
De mi enemiga en vano celebrada.
Adiós, ninfa crüel; quedaos con ella,
Dura roca, red de oro, alegre prado.
Tocó la playa más arrepentida,
Ni pajarilla de la red tendida
Voló más temeroso a la espesura;
Bella ninfa la planta mal segura
No tan alborotada ni afligida
Hurtó de verde prado, que escondida
Víbora regalaba en su verdura,
Como yo, Amor, la condición airada,
Las rubias trenzas y la vista bella
Huyendo voy, con pie ya desatado,
De mi enemiga en vano celebrada.
Adiós, ninfa crüel; quedaos con ella,
Dura roca, red de oro, alegre prado.
382
Luis de Góngora y Argote
La Dulce Boca Que A Gustar Convida
La dulce boca que a gustar convida
Un humor entre perlas distilado,
Y a no invidiar aquel licor sagrado
Que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
Amantes, no toquéis, si queréis vida;
Porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
Cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas que a la Aurora
Diréis que, aljofaradas y olorosas
Se le cayeron del purpúreo seno;
Manzanas son de Tántalo, y no rosas,
Que pronto huyen del que incitan hora
Y sólo del Amor queda el veneno.
Un humor entre perlas distilado,
Y a no invidiar aquel licor sagrado
Que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
Amantes, no toquéis, si queréis vida;
Porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
Cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas que a la Aurora
Diréis que, aljofaradas y olorosas
Se le cayeron del purpúreo seno;
Manzanas son de Tántalo, y no rosas,
Que pronto huyen del que incitan hora
Y sólo del Amor queda el veneno.
459
Rubén Darío
El Faisán
Dijo sus secretos el faisán de oro:
—En el gabinete mi blanco tesoro,
de sus claras risas el divino coro,
las bellas figuras de los gobelinos,
los cristales llenos de aromados vinos,
las rosas francesas en los vasos chinos.
(Las rosas francesas, porque fue allá en Francia
donde en el retiro de la dulce estancia
esas frescas rosas dieron su fragancia.)
La cena esperaba. Quitadas las vendas,
iban mil amores de flechas tremendas
en aquella noche de Carnestolendas.
La careta negra se quitó la niña,
y tras el preludio de una alegre riña
apuró mi boca vino de su viña.
Vino de la viña de la boca loca,
que hace arder el beso, que el mordisco invoca.
¡Oh los blancos dientes de la loca boca!
En su boca ardiente yo bebí los vinos,
y, pinzas rosadas, sus dedos divinos
me dieron las fresas y los langostinos.
Yo la vestimenta de Pierrot tenía,
y aunque me alegraba y aunque me reía,
moraba en mi alma la melancolía.
La carnavalesca noche luminosa
dio a mi triste espíritu la mujer hermosa,
sus ojos de fuego, sus labios de rosa.
Y en el gabinete del café galante
ella se encontraba con su nuevo amante,
peregrino pálido de un país distante.
Llegaban los ecos de vagos cantares
y se despedían de sus azahares
miles de purezas en los bulevares.
Y cuando el champaña me cantó su canto,
por una ventana vi que un negro manto
de nube, de Febo cubría el encanto.
Y dije a la amada un día: —¿No viste
de pronto ponerse la noche tan triste?
¿Acaso la Reina de luz ya no existe?
Ella me miraba. Y el faisán cubierto
de plumas de oro: —«¡Pierrot, ten por cierto
que tu fiel amada, que la Luna ha muerto!»
—En el gabinete mi blanco tesoro,
de sus claras risas el divino coro,
las bellas figuras de los gobelinos,
los cristales llenos de aromados vinos,
las rosas francesas en los vasos chinos.
(Las rosas francesas, porque fue allá en Francia
donde en el retiro de la dulce estancia
esas frescas rosas dieron su fragancia.)
La cena esperaba. Quitadas las vendas,
iban mil amores de flechas tremendas
en aquella noche de Carnestolendas.
La careta negra se quitó la niña,
y tras el preludio de una alegre riña
apuró mi boca vino de su viña.
Vino de la viña de la boca loca,
que hace arder el beso, que el mordisco invoca.
¡Oh los blancos dientes de la loca boca!
En su boca ardiente yo bebí los vinos,
y, pinzas rosadas, sus dedos divinos
me dieron las fresas y los langostinos.
Yo la vestimenta de Pierrot tenía,
y aunque me alegraba y aunque me reía,
moraba en mi alma la melancolía.
La carnavalesca noche luminosa
dio a mi triste espíritu la mujer hermosa,
sus ojos de fuego, sus labios de rosa.
Y en el gabinete del café galante
ella se encontraba con su nuevo amante,
peregrino pálido de un país distante.
Llegaban los ecos de vagos cantares
y se despedían de sus azahares
miles de purezas en los bulevares.
Y cuando el champaña me cantó su canto,
por una ventana vi que un negro manto
de nube, de Febo cubría el encanto.
Y dije a la amada un día: —¿No viste
de pronto ponerse la noche tan triste?
¿Acaso la Reina de luz ya no existe?
Ella me miraba. Y el faisán cubierto
de plumas de oro: —«¡Pierrot, ten por cierto
que tu fiel amada, que la Luna ha muerto!»
927
Luis de Góngora y Argote
A Unos álamos Blancos
Verdes hermanas del audaz mozuelo
Por quien orilla el Po dejastes presos
En verdes ramas ya y en troncos gruesos
El delicado pie, el dorado pelo,
Pues entre las rüinas de su vuelo
Sus cenizas bajar en vez de huesos,
Y sus errores largamente impresos
De ardientes llamas vistes en el cielo,
Acabad con mi loco pensamiento,
Que gobernar tal carro no presuma,
Antes que le desate por el viento
Con rayos de desdén la beldad suma,
Y las reliquias de su atrevimiento
Esconda el desengaño en poca espuma.
Por quien orilla el Po dejastes presos
En verdes ramas ya y en troncos gruesos
El delicado pie, el dorado pelo,
Pues entre las rüinas de su vuelo
Sus cenizas bajar en vez de huesos,
Y sus errores largamente impresos
De ardientes llamas vistes en el cielo,
Acabad con mi loco pensamiento,
Que gobernar tal carro no presuma,
Antes que le desate por el viento
Con rayos de desdén la beldad suma,
Y las reliquias de su atrevimiento
Esconda el desengaño en poca espuma.
316
Luis de Góngora y Argote
Rey De Los Otros, Río Caudaloso,
Rey de los otros, río caudaloso,
Que en fama claro, en ondas cristalino,
Tosca girnalda de robusto pino
Ciñe tu frente, tu cabello undoso,
Pues dejando tu nido cavernoso
De Segura en el monte más vecino
Por el suelo andaluz tu real camino
Tuerces soberbio, raudo y espumoso,
A mí, que de tus fértiles orillas
Piso, aunque ilustremente enamorado,
Tu noble arena con humilde planta,
Dime si entre las rubias pastorcillas
Has visto, que en tus aguas se ha mirado,
Beldad cual la de Clori, o gracia tanta.
Que en fama claro, en ondas cristalino,
Tosca girnalda de robusto pino
Ciñe tu frente, tu cabello undoso,
Pues dejando tu nido cavernoso
De Segura en el monte más vecino
Por el suelo andaluz tu real camino
Tuerces soberbio, raudo y espumoso,
A mí, que de tus fértiles orillas
Piso, aunque ilustremente enamorado,
Tu noble arena con humilde planta,
Dime si entre las rubias pastorcillas
Has visto, que en tus aguas se ha mirado,
Beldad cual la de Clori, o gracia tanta.
447
Luis de Góngora y Argote
A Una Casería, Donde Habitaba Una Dama A Quien Servía
Oh piadosa pared, merecedora
De que el tiempo os reserve de sus daños,
Pues sois tela do justan mis engaños
Con el fiero desdén de mi señora,
Cubra esas nobles faltas desde ahora,
No estofa humilde de flamencos paños
(Do el tiempo puede más), sino, en mil años,
Verde tapiz de yedra vividora;
Y vos, aunque pequeño, fiel resquicio
(Porque del carro del cruel destino
No pendan mis amores por trofeos),
Ya que secreto, sedme más propicio
Que aquel que fue en la gran ciudad de Nino
Barco de vistas, puente de deseos.
De que el tiempo os reserve de sus daños,
Pues sois tela do justan mis engaños
Con el fiero desdén de mi señora,
Cubra esas nobles faltas desde ahora,
No estofa humilde de flamencos paños
(Do el tiempo puede más), sino, en mil años,
Verde tapiz de yedra vividora;
Y vos, aunque pequeño, fiel resquicio
(Porque del carro del cruel destino
No pendan mis amores por trofeos),
Ya que secreto, sedme más propicio
Que aquel que fue en la gran ciudad de Nino
Barco de vistas, puente de deseos.
270
Luis de Góngora y Argote
Al Sol, Porque Salió, Estando Con Su Dama, Y Le Fue Forzado Dejarla
Ya besando unas manos cristalinas,
Ya anudándome a un blanco y liso cuello,
Ya esparciendo por él aquel cabello
Que Amor sacó entre el oro de sus minas,
Ya quebrando en aquellas perlas finas
Palabras dulces mil sin merecello,
Ya cogiendo de cada labio bello
Purpúreas rosas sin temor de espinas,
Estaba, oh claro Sol invidïoso,
Cuando tu luz, hiriéndome los ojos,
Mató mi gloria y acabó mi suerte.
Si el cielo ya no es menos poderoso,
Por que no den los tuyos más enojos,
Rayos, como a tu hijo, te den muerte.
Ya anudándome a un blanco y liso cuello,
Ya esparciendo por él aquel cabello
Que Amor sacó entre el oro de sus minas,
Ya quebrando en aquellas perlas finas
Palabras dulces mil sin merecello,
Ya cogiendo de cada labio bello
Purpúreas rosas sin temor de espinas,
Estaba, oh claro Sol invidïoso,
Cuando tu luz, hiriéndome los ojos,
Mató mi gloria y acabó mi suerte.
Si el cielo ya no es menos poderoso,
Por que no den los tuyos más enojos,
Rayos, como a tu hijo, te den muerte.
291
Luis de Góngora y Argote
Al Llanto Y Suspiros De Una Dama
Cual parece al romper de la mañana
Aljófar blanco sobre frescas rosas,
O cual por manos hecha, artificiosas,
Bordadura de perlas sobre grana,
Tales de mi pastora soberana
Parecían las lágrimas hermosas
Sobre las dos mejillas milagrosas,
De quien mezcladas leche y sangre mana.
Lanzando a vueltas de su tierno llanto
Un ardiente suspiro de su pecho,
Tal que el más duro canto enterneciera,
Si enternecer bastara un duro canto,
Mirad qué habrá con un corazón hecho,
Que al llanto y al suspiro fue de cera.
Aljófar blanco sobre frescas rosas,
O cual por manos hecha, artificiosas,
Bordadura de perlas sobre grana,
Tales de mi pastora soberana
Parecían las lágrimas hermosas
Sobre las dos mejillas milagrosas,
De quien mezcladas leche y sangre mana.
Lanzando a vueltas de su tierno llanto
Un ardiente suspiro de su pecho,
Tal que el más duro canto enterneciera,
Si enternecer bastara un duro canto,
Mirad qué habrá con un corazón hecho,
Que al llanto y al suspiro fue de cera.
306
Luis de Góngora y Argote
¡oh Claro Honor Del Líquido Elemento
¡Oh claro honor del líquido elemento,
Dulce arroyuelo de corriente plata,
Cuya agua entre la yerba se dilata
Con regalado son, con paso lento!,
Pues la por quien helar y arder me siento
(Mientras en ti se mira), Amor retrata
De su rostro la nieve y la escarlata
En tu tranquilo y blando movimiento,
Vete como te vas; no dejes floja
La undosa rienda al cristalino freno
Con que gobiernas tu veloz corriente;
Que no es bien que confusamente acoja
Tanta belleza en su profundo seno
El gran Señor del húmido tridente.
Dulce arroyuelo de corriente plata,
Cuya agua entre la yerba se dilata
Con regalado son, con paso lento!,
Pues la por quien helar y arder me siento
(Mientras en ti se mira), Amor retrata
De su rostro la nieve y la escarlata
En tu tranquilo y blando movimiento,
Vete como te vas; no dejes floja
La undosa rienda al cristalino freno
Con que gobiernas tu veloz corriente;
Que no es bien que confusamente acoja
Tanta belleza en su profundo seno
El gran Señor del húmido tridente.
379
Luis de Góngora y Argote
Tras La Bermeja Aurora El Sol Dorado
Tras la bermeja Aurora el Sol dorado
Por las puertas salía del Oriente,
Ella de flores la rosada frente,
Él de encendidos rayos coronado.
Sembraban su contento o su cuidado,
Cuál con voz dulce, cuál con voz doliente,
Las tiernas aves con la luz presente
En el fresco aire y en el verde prado,
Cuando salió bastante a dar Leonora
Cuerpo a los vientos y a las piedras alma,
Cantando de su rico albergue, y luego
Ni oí las aves más, ni vi la Aurora;
Porque al salir, o todo quedó en calma,
O yo (que es lo más cierto), sordo y ciego.
Por las puertas salía del Oriente,
Ella de flores la rosada frente,
Él de encendidos rayos coronado.
Sembraban su contento o su cuidado,
Cuál con voz dulce, cuál con voz doliente,
Las tiernas aves con la luz presente
En el fresco aire y en el verde prado,
Cuando salió bastante a dar Leonora
Cuerpo a los vientos y a las piedras alma,
Cantando de su rico albergue, y luego
Ni oí las aves más, ni vi la Aurora;
Porque al salir, o todo quedó en calma,
O yo (que es lo más cierto), sordo y ciego.
538
Luis de Góngora y Argote
Las Flores Del Romero
Las flores del romero,
Niña Isabel,
Hoy son flores azules,
Mañana serán miel
Celosa estás, la niña,
Celosa estás de aquel
Dichoso, pues le buscas,
Ciego, pues no te ve,
Ingrato, pues te enoja,
Y confiado, pues
No se disculpa hoy
De lo que hizo ayer.
Enjuguen esperanzas
Lo que lloras por él,
Que celos entre aquéllos
Que se han querido bien,
Hoy son flores azules,
Mañana serán miel.
Aurora de ti misma,
Que cuando a amanecer
A tu placer empiezas,
Te eclipsan tu placer,
Serénense tus ojos,
Y más perlas no des,
Porque al Sol le está mal
Lo que a la Aurora bien.
Desata como nieblas
Todo lo que no ves,
Que sospechas de amantes
Y querellas después,
Hoy son flores azules,
Mañana serán miel.
Niña Isabel,
Hoy son flores azules,
Mañana serán miel
Celosa estás, la niña,
Celosa estás de aquel
Dichoso, pues le buscas,
Ciego, pues no te ve,
Ingrato, pues te enoja,
Y confiado, pues
No se disculpa hoy
De lo que hizo ayer.
Enjuguen esperanzas
Lo que lloras por él,
Que celos entre aquéllos
Que se han querido bien,
Hoy son flores azules,
Mañana serán miel.
Aurora de ti misma,
Que cuando a amanecer
A tu placer empiezas,
Te eclipsan tu placer,
Serénense tus ojos,
Y más perlas no des,
Porque al Sol le está mal
Lo que a la Aurora bien.
Desata como nieblas
Todo lo que no ves,
Que sospechas de amantes
Y querellas después,
Hoy son flores azules,
Mañana serán miel.
701
Luis de Góngora y Argote
Entre Los Sueltos Caballos
Entre los sueltos caballos
De los vencidos Cenetes,
Que por el campo buscaban
Entre la sangre lo verde,
Aquel español de Orán
Un suelto caballo prende,
Por sus relinchos lozano,
Y por sus cernejas fuerte,
Para que le lleve a él,
Y a un moro cautivo lleve,
Un moro que ha cautivado,
Capitán de cien jinetes.
En el ligero caballo
Suben ambos, y él parece,
De cuatro espuelas herido,
Que cuatro alas le mueven.
Triste camina el alarbe,
Y lo más bajo que puede
Ardientes suspiros lanza
Y amargas lágrimas vierte.
Admirado el español
De ver cada vez que vuelve
Que tan tiernamente llore
Quien tan duramente hiere,
Con razones le pregunta,
Comedidas y corteses,
De sus suspiros la causa,
Si la causa lo consiente.
El cautivo, como tal,
Sin excusas le obedece,
Y a su piadosa demanda
Satisface deste suerte:
«Valiente eres, capitán,
Y cortés como valiente:
Por tu espada y por tu trato
Me has cautivado dos veces.
Preguntado me has la causa
De mis suspiros ardientes,
Y débote la respuesta
Por quien soy y por quien eres.
En los Gelves nací, el año
Que os perdistes en los Gelves,
De una berberisca noble
Y de un turco matasiete.
En Tremecén me crié
Con mi madre y mis parientes
Después que perdí a mi padre,
Corsario de tres bajeles.
Junto a mi casa vivía,
Porque más cerca muriese,
Una dama del linaje
De los nobles Melioneses,
Extremo de las hermosas,
Cuando no de las crueles,
Hija al fin de estas arenas,
Engendradoras de sierpes.
Cada vez que la miraba
Salía un sol por su frente,
De tantos rayos ceñido
Cuantos cabellos contiene.
Juntos así nos criamos,
Y Amor en nuestras niñeces
Hirió nuestros corazones
Con arpones diferentes.
Labró el oro en mis entrañas
Dulces lazos, tiernas redes,
Mientras el plomo en las suyas
Libertades y desdenes.
Apenas vide trocada
La dureza de esta sierpe,
Cuando tú me cautivaste:
¡Mira si es bien que lamente!»
«Esta es la causa, español,
Que a llanto pudo moverme;
Mira si es razón que llore
Tantos males juntamente.»
Conmovido el capitán
De las lágrimas que vierte,
Parando el veloz caballo,
Pare sus males promete.
«Gallardo moro, le dice,
Si adoras como refieres,
Y si como dices amas,
Dichosamente padeces.
¿Quién pudiera imaginar,
Viendo tus golpes crueles,
Cupiera un alma tan tierna
En pecho tan duro y fuerte?
Si eres del Amor cautivo,
Desde aquí puedes volverte,
Que me pedirán por voto
Lo que entendí que era suerte.
Y no quiero por rescate
Que tu dama me presente
Ni las alfombras más finas
Ni las granas más alegres.
Anda con Dios, sufre y ama,
Y vivirás, si lo hicieres,
Con tal que cuando la veas
Hayas de volver a verme.»
Apeóse del caballo,
Y el moro tras él desciende,
Y por el suelo postrado
La boca a sus pies ofrece.
«Vivas mil años, le dice,
Noble capitán valiente,
Pues ganas más con librarme
Que ganaste con prenderme.
Alah se quede contigo,
Y te dé victoria siempre
Para que extiendas tu fama
Con hechos tan excelentes».
De los vencidos Cenetes,
Que por el campo buscaban
Entre la sangre lo verde,
Aquel español de Orán
Un suelto caballo prende,
Por sus relinchos lozano,
Y por sus cernejas fuerte,
Para que le lleve a él,
Y a un moro cautivo lleve,
Un moro que ha cautivado,
Capitán de cien jinetes.
En el ligero caballo
Suben ambos, y él parece,
De cuatro espuelas herido,
Que cuatro alas le mueven.
Triste camina el alarbe,
Y lo más bajo que puede
Ardientes suspiros lanza
Y amargas lágrimas vierte.
Admirado el español
De ver cada vez que vuelve
Que tan tiernamente llore
Quien tan duramente hiere,
Con razones le pregunta,
Comedidas y corteses,
De sus suspiros la causa,
Si la causa lo consiente.
El cautivo, como tal,
Sin excusas le obedece,
Y a su piadosa demanda
Satisface deste suerte:
«Valiente eres, capitán,
Y cortés como valiente:
Por tu espada y por tu trato
Me has cautivado dos veces.
Preguntado me has la causa
De mis suspiros ardientes,
Y débote la respuesta
Por quien soy y por quien eres.
En los Gelves nací, el año
Que os perdistes en los Gelves,
De una berberisca noble
Y de un turco matasiete.
En Tremecén me crié
Con mi madre y mis parientes
Después que perdí a mi padre,
Corsario de tres bajeles.
Junto a mi casa vivía,
Porque más cerca muriese,
Una dama del linaje
De los nobles Melioneses,
Extremo de las hermosas,
Cuando no de las crueles,
Hija al fin de estas arenas,
Engendradoras de sierpes.
Cada vez que la miraba
Salía un sol por su frente,
De tantos rayos ceñido
Cuantos cabellos contiene.
Juntos así nos criamos,
Y Amor en nuestras niñeces
Hirió nuestros corazones
Con arpones diferentes.
Labró el oro en mis entrañas
Dulces lazos, tiernas redes,
Mientras el plomo en las suyas
Libertades y desdenes.
Apenas vide trocada
La dureza de esta sierpe,
Cuando tú me cautivaste:
¡Mira si es bien que lamente!»
«Esta es la causa, español,
Que a llanto pudo moverme;
Mira si es razón que llore
Tantos males juntamente.»
Conmovido el capitán
De las lágrimas que vierte,
Parando el veloz caballo,
Pare sus males promete.
«Gallardo moro, le dice,
Si adoras como refieres,
Y si como dices amas,
Dichosamente padeces.
¿Quién pudiera imaginar,
Viendo tus golpes crueles,
Cupiera un alma tan tierna
En pecho tan duro y fuerte?
Si eres del Amor cautivo,
Desde aquí puedes volverte,
Que me pedirán por voto
Lo que entendí que era suerte.
Y no quiero por rescate
Que tu dama me presente
Ni las alfombras más finas
Ni las granas más alegres.
Anda con Dios, sufre y ama,
Y vivirás, si lo hicieres,
Con tal que cuando la veas
Hayas de volver a verme.»
Apeóse del caballo,
Y el moro tras él desciende,
Y por el suelo postrado
La boca a sus pies ofrece.
«Vivas mil años, le dice,
Noble capitán valiente,
Pues ganas más con librarme
Que ganaste con prenderme.
Alah se quede contigo,
Y te dé victoria siempre
Para que extiendas tu fama
Con hechos tan excelentes».
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