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Poemas en este tema

Emociones y Sentimientos

Sor Juana Inés de la Cruz

Sor Juana Inés de la Cruz

Redondillas

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si la incitáis al mal?

Cambatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por crüel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
847
Sor Juana Inés de la Cruz

Sor Juana Inés de la Cruz

Redondillas

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si la incitáis al mal?

Cambatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por crüel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
847
Salvador Díaz Mirón

Salvador Díaz Mirón

A Margarita

¡Qué radiosa es tu faz blanca y tranquila
bajo el dosel de tu melena blonda!
¡Qué abismo tan profundo tu pupila,
pérfida y azulada como la onda!

El fulgor soñoliento que destella
en tus ojos donde hay siempre un reproche
viene cual la mirada de la estrella
de un cielo ennegrecido por la noche.

Tu rojo labio en que la abeja sacia
su sed de miel, de aroma y embeleso,
ha sido modelada por la gracia
más para la oración que para el beso.

Tu voz que ora es aguda y ora grave,
llena de gratitud suena en mi oído,
como el saludo arrullador del ave
al sol naciente que despierta el nido.

La palabra mordaz y libertina,
en tu boca que el ósculo consume,
es una flor de punzadora espina
pero que tiene mágico perfume.

Tu discurso es amargo, licencioso
y repugnante, pero —¡extraño ejemplo!—
tu acento es dulce, arrullador y suave
como el canto del órgano en el templo.

Y tu voz a cuyo eco me emociono
lastima al mismo tiempo que recrea,
es el canto de un ángel por el tono
y el habla de un demonio por la idea.

Tu mano esconde un cetro: el albo lirio,
y fue tallada con primor no escaso
más para la limosna y para el cirio
que para la caricia y para el vaso.

Tu cuerpo... ¡que a menudo la locura
rasgó ante mí tus hábitos discretos,
y tu estatuaria y lúbrica hermosura
me reveló sus íntimos secretos!

¡Cuántas veces a la hora del tocado
penetré hasta tu estancia encantadora!
Y en un tibio misterio plateado
por una claridad como de aurora,

te hallé al salir del agua derramando
un rocío de líquidos cambiantes:
escultura de nieve comenzando
a deshelarse y a verter diamantes.

Y vi a la sierva que te adorna y peina
ajustar con destreza cuidadosa
tu magnífica túnica de reina
a tu soberbia desnudez de diosa.

¿Qué miseria, qué afán o qué flaqueza
te arrojó del edén, Eva proscrita?
¿Qué Fausto asió tu virginal belleza
y la acostó en el fango, Margarita?

Inexplicable suerte, buena o mala
la que a ti me llevó y a mí te trajo,
nuestro insensato amor es una escala
y por ella tú asciendes y yo bajo.

Oculta y sola mi pasión huraña
crece en mi corazón herido y yerto,
oculta como el cáncer en la entraña
sola como la palma en el desierto.
1.515
Salvador Díaz Mirón

Salvador Díaz Mirón

A Margarita

¡Qué radiosa es tu faz blanca y tranquila
bajo el dosel de tu melena blonda!
¡Qué abismo tan profundo tu pupila,
pérfida y azulada como la onda!

El fulgor soñoliento que destella
en tus ojos donde hay siempre un reproche
viene cual la mirada de la estrella
de un cielo ennegrecido por la noche.

Tu rojo labio en que la abeja sacia
su sed de miel, de aroma y embeleso,
ha sido modelada por la gracia
más para la oración que para el beso.

Tu voz que ora es aguda y ora grave,
llena de gratitud suena en mi oído,
como el saludo arrullador del ave
al sol naciente que despierta el nido.

La palabra mordaz y libertina,
en tu boca que el ósculo consume,
es una flor de punzadora espina
pero que tiene mágico perfume.

Tu discurso es amargo, licencioso
y repugnante, pero —¡extraño ejemplo!—
tu acento es dulce, arrullador y suave
como el canto del órgano en el templo.

Y tu voz a cuyo eco me emociono
lastima al mismo tiempo que recrea,
es el canto de un ángel por el tono
y el habla de un demonio por la idea.

Tu mano esconde un cetro: el albo lirio,
y fue tallada con primor no escaso
más para la limosna y para el cirio
que para la caricia y para el vaso.

Tu cuerpo... ¡que a menudo la locura
rasgó ante mí tus hábitos discretos,
y tu estatuaria y lúbrica hermosura
me reveló sus íntimos secretos!

¡Cuántas veces a la hora del tocado
penetré hasta tu estancia encantadora!
Y en un tibio misterio plateado
por una claridad como de aurora,

te hallé al salir del agua derramando
un rocío de líquidos cambiantes:
escultura de nieve comenzando
a deshelarse y a verter diamantes.

Y vi a la sierva que te adorna y peina
ajustar con destreza cuidadosa
tu magnífica túnica de reina
a tu soberbia desnudez de diosa.

¿Qué miseria, qué afán o qué flaqueza
te arrojó del edén, Eva proscrita?
¿Qué Fausto asió tu virginal belleza
y la acostó en el fango, Margarita?

Inexplicable suerte, buena o mala
la que a ti me llevó y a mí te trajo,
nuestro insensato amor es una escala
y por ella tú asciendes y yo bajo.

Oculta y sola mi pasión huraña
crece en mi corazón herido y yerto,
oculta como el cáncer en la entraña
sola como la palma en el desierto.
1.515
Teresa de Ávila

Teresa de Ávila

Cántico

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dexaste con gemido?
Como el ciervo huyste
haviéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ydo.

Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas al otero,
si por ventura vierdes
aquél que yo más quiero,
decilde que adolezco, peno y muero.

Buscando mis amores,
yré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y passaré los fuertes y fronteras.

¡O bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!,
¡o prado de verduras,
de flores esmaltado!,
dezid si por vosotros ha passado.

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura;
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras embiarme
de oy más ya mensajero
que no saben dezirme lo que quiero.

Y todos quantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déxame muriendo
un no sé qué que quedan balbuziendo.

Mas, ¿cómo perseveras,
¡o vida!, no viviendo donde vives,
y haziendo porque mueras
las flechas que recives
de lo que del Amado en ti concives?

¿Por qué, pues as llagado
aqueste coraçón, no le sanaste?
Y, pues me le as robado,
¿por qué assí le dexaste,
y no tomas el robo que robaste?

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshazellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

¡O christalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibuxados!

¡Apártalos, Amado,
que voy de buelo!.

Buélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma
al aire de tu buelo, y fresco toma.

Mi Amado las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas estrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los ayres amorosos,

La noche sosegada
en par de los levantes del aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.

Caçadnos las raposas,
questá ya florescida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hazemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.

Detente, cierzço muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.

¡Oh ninfas de Judea!,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros humbrales.

Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras dezillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas estrañas.

A las aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, ayres, ardores,
y miedos de las noches veladores:

Por las amenas liras
y canto de sirenas os conjuro
que cessen vuestras yras,
y no toquéis al muro,
porque la esposa duerma más siguro.

Entrado se a la esposa
en el ameno huerto desseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces braços del Amado.

Debajo del mançano,
allí conmigo fuiste desposada;
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.

Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edifficado,
de mil escudos de oro coronado.

A çaga de tu huella
las jóvenes discurren al camino,
al toque de centella,
al adobado vino,
emissiones de bálsamo divino.

En la interior bodega
de mi Amado beví, y, quando salía
por toda aquesta bega,
ya cosa no sabía,
y el ganado perdí que antes seguía.

Allí me dio su pecho,
allí me enseñó sciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho
a mí, sin dexar cosa;
allí le prometí de ser su esposa.

Mi alma se a empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro officio,
que ya sólo en amar es mi exercicio.

Pues ya si en el egido
de oy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me e perdido,
que, andando enamorada,
me hice perdediza y fui ganada.

De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guinaldas,
en tu amor florescidas
y en un cabello mío entretexidas.

En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello
y en él presso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.

Quando tú me miravas,
su gracia en mí tus ojos imprimían;
por esso me adamavas,
y en esso merecían
los míos adorarlo que en ti vían.

No quieras despreciarme,
que si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dexaste.

La blanca palomica
al arca con el ramo se a tornado,
y ya la tortolica
al socio desseado
en las riberas verdes a hallado.

En soledad vivía,
y en soledad a puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.

Gozémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

Y luego a las subidas
cabernas de la piedra nos yremos
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.

El aspirar de el ayre,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donayre
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.

Que nadie lo mirava,
Aminadab tampoco parescía,
y el cerco sosegava,
y la cavallería
a vista de las aguas descendía.
474
Rafael Pombo

Rafael Pombo

Decíamos Ayer

Como Fray Luis tras de su largo encierro

«Decíamos ayer...» también digamos.

¿Han pasado años? En la cuenta hay yerro,

O nosotros con ellos no pasamos.

Donde ayer lo dejamos, dulce dueño.

Recomencemos. Recogiendo amantes.

Los rotos hilos del antiguo sueño.

Sigamos arrullándolo como antes.

Respetuosa apartemos la mirada

de tumbas que haya entre partida y vuelta.

Y si hubiere una lágrima ya helada

ruede al calor del corazón disuelta.

Olvidemos la herrumbre que en el oro

de la rica ilusión depuso el llanto,

y los hielos que pálido, inodoro

dejaron el jardín que amamos tanto.

Olvidemos el hado que hizo injusto

de nuestros corazones su juguete,

y regalemos la orfandad del gusto

con el añejo néctar del banquete.

¡No es tarde, es tiempo! Olvida la ígnea huella

que al arador pesar cruzó en frente.

Para mis ojos tú siempre eres bella

yo para ti soy llama siempre ardiente:

Llama que hoy mismo a mi pupila fría

surge desde el recóndito santuario

pese a la nieve que en mi sien rocía

el invierno precoz del solitario.

Mírame en estos ojos que tu imagen

extáticos copiaron tantas veces.

Allí estas tú, sin lágrimas que te ajen

ni tiempo que interponga sus dobleces.

Búscame sólo allí, que yo entretanto

en los tiernos abismos de tus ojos

torno a encontrar mi disipado encanto,

la juventud que te ofrendé de hinojos.

¡Mi juventud!, espléndida al intenso

reverberar de tu alma ingenua y pura,

con brisas de verano por incienso,

y por palma de triunfo tu hermosura.

¡Mi juventud!, por título divino

espigadora en todo lo creado;

nauta en persecución del vellocino

de cuanto fuese de tu culto agrado.

Islas de luz del cielo, margaritas

de colgantes jardines y hondos mares,

néctar de espirituales sibaritas,

soplos de Dios a humanos luminares:

Las miradas del sabio más profundas

y del tal vez más sabio anacoreta;

las perlas de Arte, hijas de amor fecundas;

la suma voz de todo gran poeta.

Esas trombas de lírica armonía,

infiernos de pasión divinizados,

en que nos arrebatan a porfía

todos los embelesos conjurados:

Auras de aquella cima do confluyen

Hermosura y Verdad, pareja santa,

y las dos una misma constituyen,

y espíritu de amor sus nupcias canta.

Buscar palabra al silencioso drama

de la contemplación, mística guerra

entre Dios, Padre amante que reclama

al eterno extranjero de la tierra;

y esta madre de muerte, inmensa y bella

Venus que al por nos nutre y nos devora,

y presintiendo que escapamos de ella

con tanto hechizo nos abraza y llora.

Leer amor en tanta ruda espina

que escarnece a la fe y angustia al bueno.

Mostrar flores del alma en la ruïna,

luz en la oscuridad, oro en el cieno.

La flor de cuanto existe, oro celeste,

único que halagando tu alma noble

brindara en vago esparcimiento agreste

a nuestro doble ser regalo doble;

tal era mi tributo. Una confianza,

una sonrisa, una palabra tuya,

retorno abrumador, que en mi balanza

Dios, no un mortal, será quien retribuya.

Pero todo en redor, la limpia esfera,

el bosque, el viento, el pajarillo amable

semejaba, en tu obsequio, que quisiera

pagar por mí la dádiva impagable.

Aún veo sobre el carbón de tus pupilas

el arrebol fascinador de ocaso;

veo la vacada, escucho las esquilas:

va entrando en su redil paso entre paso.

Escucha, recelosa de la sombra,

la blanda codorniz que al nido llama

y al sentirnos parece que te nombra

y que por verte se empinó en la rama.

Escúchate a ti misma entre el concento

de aquella fiesta universal de amores,

cuando nos coronaba el firmamento

ciñéndonos de púrpura y de flores.

Esas flores murieron. Pero ¿has muerto

tú, fragancia inmortal del alma mía?

Años y años pasaron. Pero ¿es cierto

o es visión que existimos todavía?

Juntos aquí como esa tarde estamos,

y el mismo cielo es ara suntuosa

de aquel amor que entonces nos juramos

y hoy, en los mismos dos, arde y rebosa.

Ahí está el campo, el mirador collado,

el pasmoso horizonte, el sol propicio;

la cúpula y el templo no han variado.

Vuelva el glorificante sacrificio.

¿Y no ha herido tal vez tu fantasía

que aquella tarde insólita, imponente,

fue sólo misteriosa profecía

de este rnisteriosísimo presente...?

En aquel hinmo universal, un dejo

percibí melancólico; y al fondo

de una lágrima tuya vi el bosquejo

del duelo que hoy en lo pasado escondo.

Pasó... Pero esa tarde en su misterio

citó para otra tarde nuestra vida.

Y hela aquí. El alma recobró su imperio

del sol abrasador a la caída.

¡La tarde!, la hora del perfecto aroma,

la hora de fe, de intimidad perfecta,

cuando Dios sobre el sol que se desploma

el infinito incógnito proyecta.

Cuanto es ya el suelo en fuego y tintes falto,

es de ardiente el espíritu y profundo;

y abiertas las esclusas de lo alto

flotamos como en brisas de otro mundo.

Ve cómo el blanco Véspero fulgura,

pasando intacto el arrebol sangriento.

¡Es la Amistad!, la roca firme y pura

que sirve a nuestro amor de hondo cimiento.

Nadie dejó de amar si amó de veras.

Cuando en árido tronco te encarnices

con la segur, tal vez lo regeneras

si son como las nuestras sus raíces.

Y antes te sonará más dulcemente

templada en el raudal de los gemidos,

la antigua voz que murmuraba ardiente

la música de mi alma en tus oídos.

¿Han pasado años?... Puede ser. ¿Quién halla

que el Tiempo sólo arrumbe o dañe o borre?

¡Cuánta espina embotó! ¡Qué de iras calla!

¡Su olvido a cuántos míseros socorre!

Para los dos el ministerio suyo

fue de ungido de Dios y extremo amigo.

Te veo sagrada, y sacro cuanto es tuyo,

y como de un cristal al casto abrigo.

En torno a ti, y a cuanto es tuyo, encuentro

halo de luz, atmósfera de santo;

como al santuario a visitarte hoy entro

y algo hay solemne en tu adorable encanto.

¡Dulce es sentir que hay almas, y que aman!

Su amor.inerme el tiempo para ellas.

Las vuelve, al Dios que férvidas aclaman,

Como El las hizo.jóvenes y bellas.


Han pasado años, sí... ¡por fin pasaron!

¡Rudo tropel que atravesó el camino!

Ya, como un nubarrón se disiparon,

Y nuestro sol a reclamarnos vino.


¡Y ande el tiempo, y sin fin rondando siga

La fiel aguja que su afán nos muestra!

¿Qué hora marcará que no nos diga:

«Aquí os amasteis; yo también soy vuestra?».


En todo grato sueño nos parece

Que ya lo hemos soñado: ese es su hechizo.

Mi mejor sueño a ti te pertenece;

En ti el pasado mágico realizo.


Como a la aparición del rey del día,

De entre la nada lóbrega que espanta,

Brota un mundo de vida y poesía

En que todo ama y resplandece y canta;


Así tú para mí: foco potente.

Núcleo de una creación que he poseído,

Llegas, y en torno a ti surge esplendente

Mi portentoso hogar, y en él resido.


Y el corazón se me abre inmenso, en alas

De música ideal que lo acaricia;

Y tanto aroma y fuego en mi alma exhalas

Que a un tiempo vivo y muero de delicia.


Y tú y yo, tierra y cielo, mente y acto,

Hoy y ayer, la esperanza y la memoria,

Todo ya es uno, en inefable rapto,

Fruición anticipada de la gloria.


Y esa es la juventud: el fugitivo

Presagio de la eterna, que al conjuro

Vuelve de Amor, como en miraje esquivo,

A enseñarnos un bien siempre futuro.


¿Y el sueño cuál será? ¿La no apagada

Luz, o esta bruma efímera de invierno?

¡Ah! lo que pasa no es: es sombra, es nada;

Y no hay más que una realidad: lo Eterno.


Atando el hilo roto un largo instante

Sigamos, pues, llorada compañera,

Hacia atrás, y a la par hacia delante.

A nuestro gran será que hace años era.


Como Fray Luis saliendo del profundo

«Decíamos ayer» también digamos:

Corra el tiempo del mundo para el mundo

Nuestro tiempo, en el alma lo llevamos.



Bogotá, febrero 7 de 1889

393
Anônimo

Anônimo

Romance De Gerineldo Y La Infanta

—Gerineldo, Gerineldo, paje del rey más querido,
quién te tuviera esta noche en mi jardín florecido.
Válgame Dios, Gerineldo, cuerpo que tienes tan lindo.
—Como soy vuestro criado, señora, burláis conmigo.
—No me burlo, Gerineldo, que de veras te lo digo.
—¿Y cuándo, señora mía, cumpliréis lo prometido?
—Entre las doce y la una que el rey estará dormido.
Media noche ya es pasada. Gerineldo no ha venido.
«¡Oh, malhaya, Gerineldo, quien amor puso contigo!»
—Abráisme, la mi señora, abráisme, cuerpo garrido.
—¿Quién a mi estancia se atreve, quién llama así a mi postigo?
—No os turbéis, señora mía, que soy vuestro dulce amigo.
Tomáralo por la mano y en el lecho lo ha metido;
entre juegos y deleites la noche se les ha ido,
y allá hacia el amanecer los dos se duermen vencidos.
Despertado había el rey de un sueño despavorido.
«O me roban a la infanta o traicionan el castillo.»
Aprisa llama a su paje pidiéndole los vestidos:
«¡Gerineldo, Gerineldo, el mi paje más querido!»
Tres veces le había llamado, ninguna le ha respondido.
Puso la espada en la cinta, adonde la infanta ha ido;
vio a su hija, vio a su paje como mujer y marido.
«¿Mataré yo a Gerineldo, a quien crié desde niño?
Pues si matare a la infanta, mi reino queda perdido.
Pondré mi espada por medio, que me sirva de testigo.»
Y salióse hacia el jardín sin ser de nadie sentido.
Rebullíase la infanta tres horas ya el sol salido;
con el frior de la espada la dama se ha estremecido.
—Levántate, Gerineldo, levántate, dueño mío,
la espada del rey mi padre entre los dos ha dormido.
—¿Y adónde iré, mi señora, que del rey no sea visto?
—Vete por ese jardín cogiendo rosas y lirios;
pesares que te vinieren yo los partiré contigo.
—¿Dónde vienes, Gerineldo, tan mustio y descolorido?
—Vengo del jardín, buen rey, por ver cómo ha florecido;
la fragancia de una rosa la color me ha devaído.
—De esa rosa que has cortado mi espada será testigo.
—Matadme, señor, matadme, bien lo tengo merecido.
Ellos en estas razones, la infanta a su padre vino:
—Rey y señor, no le mates, mas dámelo por marido.
O si lo quieres matar la muerte será conmigo.
936
Anônimo

Anônimo

Romance De Gerineldo Y La Infanta

—Gerineldo, Gerineldo, paje del rey más querido,
quién te tuviera esta noche en mi jardín florecido.
Válgame Dios, Gerineldo, cuerpo que tienes tan lindo.
—Como soy vuestro criado, señora, burláis conmigo.
—No me burlo, Gerineldo, que de veras te lo digo.
—¿Y cuándo, señora mía, cumpliréis lo prometido?
—Entre las doce y la una que el rey estará dormido.
Media noche ya es pasada. Gerineldo no ha venido.
«¡Oh, malhaya, Gerineldo, quien amor puso contigo!»
—Abráisme, la mi señora, abráisme, cuerpo garrido.
—¿Quién a mi estancia se atreve, quién llama así a mi postigo?
—No os turbéis, señora mía, que soy vuestro dulce amigo.
Tomáralo por la mano y en el lecho lo ha metido;
entre juegos y deleites la noche se les ha ido,
y allá hacia el amanecer los dos se duermen vencidos.
Despertado había el rey de un sueño despavorido.
«O me roban a la infanta o traicionan el castillo.»
Aprisa llama a su paje pidiéndole los vestidos:
«¡Gerineldo, Gerineldo, el mi paje más querido!»
Tres veces le había llamado, ninguna le ha respondido.
Puso la espada en la cinta, adonde la infanta ha ido;
vio a su hija, vio a su paje como mujer y marido.
«¿Mataré yo a Gerineldo, a quien crié desde niño?
Pues si matare a la infanta, mi reino queda perdido.
Pondré mi espada por medio, que me sirva de testigo.»
Y salióse hacia el jardín sin ser de nadie sentido.
Rebullíase la infanta tres horas ya el sol salido;
con el frior de la espada la dama se ha estremecido.
—Levántate, Gerineldo, levántate, dueño mío,
la espada del rey mi padre entre los dos ha dormido.
—¿Y adónde iré, mi señora, que del rey no sea visto?
—Vete por ese jardín cogiendo rosas y lirios;
pesares que te vinieren yo los partiré contigo.
—¿Dónde vienes, Gerineldo, tan mustio y descolorido?
—Vengo del jardín, buen rey, por ver cómo ha florecido;
la fragancia de una rosa la color me ha devaído.
—De esa rosa que has cortado mi espada será testigo.
—Matadme, señor, matadme, bien lo tengo merecido.
Ellos en estas razones, la infanta a su padre vino:
—Rey y señor, no le mates, mas dámelo por marido.
O si lo quieres matar la muerte será conmigo.
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