Poemas en este tema
Emociones y Sentimientos
José Antonio Ramos Sucre
La Procesión
LA PROCESIÓN
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
458
José Antonio Ramos Sucre
La Zarza De Los Médanos
LA ZARZA DE LOS MÉDANOS
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
440
José Antonio Ramos Sucre
Los Lazos De La Quimera
LOS LAZOS DE LA QUIMERA
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
439
José Antonio Ramos Sucre
La Merced De La Bruma
LA MERCED DE LA BRUMA
Yo vivo a los pies de la dama cortés,
atisbando su benigna sonrisa de numen.
El cierzo invade la sala friolenta y cautiva en su
torbellino las quimeras y los fantasmas del hastío. Repite el
monólogo del pino desventurado y humedece ¡oh
lágrimas invisibles! la faz de los espejos y de las consolas de
un dorado triste.
Yo diviso a través de la ventana el
desmán de un oso y el sobresalto de unas aves lentas, de
sueño precoz. La tarde engalana el bosque de luces taciturnas.
El discurso de la mujer insinuante no consigue
mitigar la pesadumbre del exilio. Yo padezco el sortilegio de su
voluntad repentina y declaro en frases indirectas el pensamiento del
retorno al mediodía jovial. Mis palabras vuelan ateridas,
enfermas de la congoja del cielo.
La dama cortés adivina en lontananza un
mensaje benévolo. Recibe de manos de un jinete menudo y suspicaz
el secreto de la belleza inmortal, el iris de los polos, una flor
ignorada.
Yo vivo a los pies de la dama cortés,
atisbando su benigna sonrisa de numen.
El cierzo invade la sala friolenta y cautiva en su
torbellino las quimeras y los fantasmas del hastío. Repite el
monólogo del pino desventurado y humedece ¡oh
lágrimas invisibles! la faz de los espejos y de las consolas de
un dorado triste.
Yo diviso a través de la ventana el
desmán de un oso y el sobresalto de unas aves lentas, de
sueño precoz. La tarde engalana el bosque de luces taciturnas.
El discurso de la mujer insinuante no consigue
mitigar la pesadumbre del exilio. Yo padezco el sortilegio de su
voluntad repentina y declaro en frases indirectas el pensamiento del
retorno al mediodía jovial. Mis palabras vuelan ateridas,
enfermas de la congoja del cielo.
La dama cortés adivina en lontananza un
mensaje benévolo. Recibe de manos de un jinete menudo y suspicaz
el secreto de la belleza inmortal, el iris de los polos, una flor
ignorada.
370
José Antonio Ramos Sucre
La Redención De Fausto
LA REDENCIÓN DE FAUSTO
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
472
José Antonio Ramos Sucre
La Redención De Fausto
LA REDENCIÓN DE FAUSTO
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
472
José Antonio Ramos Sucre
La Alianza
LA ALIANZA
Yo escuchaba sollozos a través del
sueño ligero y variable. No podían venir de mi casa
desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida
en la penumbra de unos árboles secos, de un dibujo elemental.
Mostraban una corteza de escamas y sus hojas afiladas y de un tejido
córneo, semejantes a cintas flácidas, habían
cesado de criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el
día, a decirme la nueva infausta. Había devorado la
distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al
verse desvalidas. La muerte lo hirió sigilosamente en medio de
la espesura de la noche y los sones de su flauta burlesca de ministril
revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de
muebles pulverizados el carruaje de mis excursiones juveniles.
Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de
la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro, solemnes y
demacradas a la manera de las sibilas. Me habían reservado la
ceremonia de esparcir el puño de cal sobre el rostro del
difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar
inmutable, sin reforzar mi lenguaje exento de efusión y de
gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el oratorio familiar
y añado mi voz a una salmodia triste.
Yo escuchaba sollozos a través del
sueño ligero y variable. No podían venir de mi casa
desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida
en la penumbra de unos árboles secos, de un dibujo elemental.
Mostraban una corteza de escamas y sus hojas afiladas y de un tejido
córneo, semejantes a cintas flácidas, habían
cesado de criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el
día, a decirme la nueva infausta. Había devorado la
distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al
verse desvalidas. La muerte lo hirió sigilosamente en medio de
la espesura de la noche y los sones de su flauta burlesca de ministril
revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de
muebles pulverizados el carruaje de mis excursiones juveniles.
Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de
la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro, solemnes y
demacradas a la manera de las sibilas. Me habían reservado la
ceremonia de esparcir el puño de cal sobre el rostro del
difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar
inmutable, sin reforzar mi lenguaje exento de efusión y de
gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el oratorio familiar
y añado mi voz a una salmodia triste.
560
José Antonio Ramos Sucre
El Olvido
EL OLVIDO
Yo no pisaba las huellas del cazador extravagante.
Quería evitar el contagio de su pesadumbre.
Morábamos vecinos en un país de
belleza augusta. El azufre y demás fósiles predilectos
del fuego se juntaban en la composición de la tierra.
El cazador frecuentaba los montes de granito. Su
gesto valiente se dibujaba en la zona del éter cándido.
Una lumbre fugitiva dirigía sus pasos.
Había domesticado el ser más viejo
entre las gamuzas repentinas. Acertaba de espaldas con el objeto de sus
tiros.
No lo abordé sino una vez, para dar con el motivo de su desvío.
La manera grave de su discurso no me permitió
recoger una vislumbre.
Había fabricado su cabaña a la sombra de un pino glacial.
Yo la visité furtivamente al advertir su
ausencia de una semana. El cazador, libre de los efectos
deletéreos de la muerte, yacía en un ataúd de
piedra. El semblante helado, ajeno del pesar, no inspiraba conjeturas
sobre la causa del fallecimiento. Un reguero de carbunclos
magnéticos había caído de su diestra.
Un torrente, creado por la lluvia fortuita, arroja
sobre la cabaña un sedimento de arena y promete cegarla.
Yo no pisaba las huellas del cazador extravagante.
Quería evitar el contagio de su pesadumbre.
Morábamos vecinos en un país de
belleza augusta. El azufre y demás fósiles predilectos
del fuego se juntaban en la composición de la tierra.
El cazador frecuentaba los montes de granito. Su
gesto valiente se dibujaba en la zona del éter cándido.
Una lumbre fugitiva dirigía sus pasos.
Había domesticado el ser más viejo
entre las gamuzas repentinas. Acertaba de espaldas con el objeto de sus
tiros.
No lo abordé sino una vez, para dar con el motivo de su desvío.
La manera grave de su discurso no me permitió
recoger una vislumbre.
Había fabricado su cabaña a la sombra de un pino glacial.
Yo la visité furtivamente al advertir su
ausencia de una semana. El cazador, libre de los efectos
deletéreos de la muerte, yacía en un ataúd de
piedra. El semblante helado, ajeno del pesar, no inspiraba conjeturas
sobre la causa del fallecimiento. Un reguero de carbunclos
magnéticos había caído de su diestra.
Un torrente, creado por la lluvia fortuita, arroja
sobre la cabaña un sedimento de arena y promete cegarla.
509
José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
LA TABERNA
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
455
José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
LA TABERNA
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
455
José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
LA TABERNA
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
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José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
LA TABERNA
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
455
José Antonio Ramos Sucre
El Rencor
EL RENCOR
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
442
José Antonio Ramos Sucre
El Rencor
EL RENCOR
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
442
José Antonio Ramos Sucre
El Duelo
EL DUELO
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
483
José Antonio Ramos Sucre
La Mesnada
LA MESNADA
Los colores vanos del alba me indicaban la hora de
asistir al oficio de difuntos, celebrado en honor de la joven reina por
unas monjas de celestial belleza. Yo sosegaba de ese modo el humo
sombrío y castizo.
Las monjas adivinaban mi interés por la
memoria de la soberana y me rodeaban solícitas. Yo quedaba de
rodillas en el oratorio impenetrable, después de la
celebración de la misa. Entreveía las figuras entecas,
dibujadas en las vidrieras y mosaicos. Unos santos armados y a caballo
militaban contra los vestiglos de un arte heráldico.
Yo salía del retiro a unirme con los devotos
de mi persona, esparcidos a distancia de la voz en las avenidas del
asilo venerable. Debían acudir al mediar la mañana.
Yo recuperaba, al pisar la calle, mi
presunción innata. Habría dirigido, en presencia de los
matasietes, la bienvenida al peligro, imitando una actitud de
César.
Un jorobado empezó a reírse de manera
abominable al reparar en el entono y compás de mis ademanes. Lo
había salvado, el año anterior, cuando el verdugo se
disponía a descuartizarlo, acusándolo de homicida.
Mis aficionados se precipitaron a satisfacer mi
indignación y lo enderezaron por medio del tormento.
Los colores vanos del alba me indicaban la hora de
asistir al oficio de difuntos, celebrado en honor de la joven reina por
unas monjas de celestial belleza. Yo sosegaba de ese modo el humo
sombrío y castizo.
Las monjas adivinaban mi interés por la
memoria de la soberana y me rodeaban solícitas. Yo quedaba de
rodillas en el oratorio impenetrable, después de la
celebración de la misa. Entreveía las figuras entecas,
dibujadas en las vidrieras y mosaicos. Unos santos armados y a caballo
militaban contra los vestiglos de un arte heráldico.
Yo salía del retiro a unirme con los devotos
de mi persona, esparcidos a distancia de la voz en las avenidas del
asilo venerable. Debían acudir al mediar la mañana.
Yo recuperaba, al pisar la calle, mi
presunción innata. Habría dirigido, en presencia de los
matasietes, la bienvenida al peligro, imitando una actitud de
César.
Un jorobado empezó a reírse de manera
abominable al reparar en el entono y compás de mis ademanes. Lo
había salvado, el año anterior, cuando el verdugo se
disponía a descuartizarlo, acusándolo de homicida.
Mis aficionados se precipitaron a satisfacer mi
indignación y lo enderezaron por medio del tormento.
478
José Antonio Ramos Sucre
El Herbolario
EL HERBOLARIO
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
505
José Antonio Ramos Sucre
Entre Los Beduinos
ENTRE LOS BEDUINOS
Nos recogíamos en un cauce labrado por las
aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los
torbellinos de tierra cegaban el horizonte.
Las nubes regaban al azar y brevemente el
país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida
y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista,
dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.
No osábamos elevar la voz en el silencio
ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El
polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los
guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de
Moisés.
Los monjes de un convento secular, adictos al dogma
griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del
resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de
un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí
la efigie de Sesostris.
Siempre he guardado algún desvío a las
reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios
malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje
supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco
infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente.
Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.
Yo disparé el arma falaz en seguimiento de
unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de
vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil
amenazado se desvanecía en la calina del estío.
Un dolor me derribó súbitamente en el
caudal de mi sangre.
Nos recogíamos en un cauce labrado por las
aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los
torbellinos de tierra cegaban el horizonte.
Las nubes regaban al azar y brevemente el
país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida
y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista,
dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.
No osábamos elevar la voz en el silencio
ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El
polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los
guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de
Moisés.
Los monjes de un convento secular, adictos al dogma
griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del
resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de
un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí
la efigie de Sesostris.
Siempre he guardado algún desvío a las
reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios
malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje
supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco
infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente.
Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.
Yo disparé el arma falaz en seguimiento de
unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de
vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil
amenazado se desvanecía en la calina del estío.
Un dolor me derribó súbitamente en el
caudal de mi sangre.
422
José Antonio Ramos Sucre
Las Almas
LAS ALMAS
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
La nave tenía el nombre de una flor y de un
hada. Dividía rápidamente la superficie elástica
del mar. El grumete anunciaba a voz en grito la isla de las aves
procelarias. Sus rocas se dibujaban en el crepúsculo tenue,
simulando las reliquias de una ciudad. Significaban la guerra de los
elementos en un día inmemorial.
Una humareda se descomponía, a breve
distancia del suelo, en una serie de orbes distintos. Un ser aleve se
entretenía quemando leña verde en una atmósfera
alterada artificiosamente. De donde venían las figuras
inusitadas del humo.
En pisando tierra, descubrimos al autor del fuego.
La naturaleza había intentado de modo involuntario y a ciegas el
esbozo de una criatura humana. La malignidad del endemoniado se
transpintaba en su fisonomía rudimental. Encerraba el viento en
un odre.
Lo tratamos osadamente y sin respeto y lo dejamos
inerme y contrito. El nombre de nuestra nave despertó de su
letargo y redimió de su cautiverio una compañía de
formas aéreas. Nos siguieron en el tornaviaje y su presencia no
llenaba espacio.
Las condujimos al pie de un monte y penetraron en el
seno de unos árboles, para esconderse. Una laguna las rodeaba y
defendía con sus gases.
Quedaron bajo la encomienda de un ave libre de los
menesteres y limitaciones de la vida.
502
José Antonio Ramos Sucre
El Casuista
EL CASUISTA
El rey desvariado preside la corte y juzga las controversias al pie de
un álamo de plata, en el territorio de lontananza fúnebre.
Un ave locuaz, presente de un rústico, imita
la voz humana e imprime un sesgo al pensamiento fortuito del rey.
El médico judío, alumno de una escuela
de Italia e inspirado en sus versos leoninos, desea restablecer la
salud. Cumple de ese modo con los méritos de Carlomagno, autor
de la cultura, ascendiente de las casas reales. Aprecia los efectos del
eléboro de los antiguos, hallazgo de un simple, y maravilla sus
flores originarias del manto del invierno patriarcal o de su barba
fluida.
El rey siente, después del ocaso, el vuelo
rumoroso de las almas en solicitud del infinito y se imagina en una
selva alegórica, donde una beldad imposible se distingue del
paisaje tenue.
Un hada, según los trovadores, viene furtiva
de Bretaña, el país de las siete florestas, a ocupar la
mente inválida. Un obispo reconoce en la forma espiritual un
trasunto de la Virgen María y se abstiene de corregir el
dispendio del rey en hábitos flamantes, costumbre de enamorado.
San Eloy, afecto de la piedad caballeresca, se vestía de las
estofas más ricas del Asia, durante su vida en el castillo del
rey Dagoberto.
El rey desvariado preside la corte y juzga las controversias al pie de
un álamo de plata, en el territorio de lontananza fúnebre.
Un ave locuaz, presente de un rústico, imita
la voz humana e imprime un sesgo al pensamiento fortuito del rey.
El médico judío, alumno de una escuela
de Italia e inspirado en sus versos leoninos, desea restablecer la
salud. Cumple de ese modo con los méritos de Carlomagno, autor
de la cultura, ascendiente de las casas reales. Aprecia los efectos del
eléboro de los antiguos, hallazgo de un simple, y maravilla sus
flores originarias del manto del invierno patriarcal o de su barba
fluida.
El rey siente, después del ocaso, el vuelo
rumoroso de las almas en solicitud del infinito y se imagina en una
selva alegórica, donde una beldad imposible se distingue del
paisaje tenue.
Un hada, según los trovadores, viene furtiva
de Bretaña, el país de las siete florestas, a ocupar la
mente inválida. Un obispo reconoce en la forma espiritual un
trasunto de la Virgen María y se abstiene de corregir el
dispendio del rey en hábitos flamantes, costumbre de enamorado.
San Eloy, afecto de la piedad caballeresca, se vestía de las
estofas más ricas del Asia, durante su vida en el castillo del
rey Dagoberto.
511
José Antonio Ramos Sucre
La Vida Mortecina
LA VIDA MORTECINA
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
475
José Antonio Ramos Sucre
La Vida Mortecina
LA VIDA MORTECINA
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
475
José Antonio Ramos Sucre
El Páramo
EL PÁRAMO
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
486
José Antonio Ramos Sucre
Edad De Plata
EDAD DE PLATA
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
504