Poemas en este tema
Emociones y Sentimientos
José Antonio Ramos Sucre
Isabel
ISABEL
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
495
José Antonio Ramos Sucre
El Vértigo De La Decadencia
EL VÉRTIGO DE LA DECADENCIA
Asisto en el coliseo romano al sacrificio de los
mártires sublimes. Se han juntado en el centro del estadio y
sugieren el caso de una cohorte diezmada, sensible al mandamiento del
honor.
Las fieras soltadas de su cárcel rodean la
turba lastimosa, agilitándose para el asalto. Las espadas
flexibles ondulan voluptuosamente y las zarpas agudas, hincadas en el
suelo, avientan mangas de polvo.
La muchedumbre de los espectadores, animada de una
crueldad gozosa, rompe en un clamor salvaje. Reproduce el estruendo de
la ovación.
El soberano del orbe domesticado nota los accidentes
y pormenores de la fiesta, mirándola a través de una
esmeralda, la piedra mejor calificada para el atavío de las
divinidades.
Las fieras se fatigan dilacerando el grupo inerme y
respetan los residuos inanimados y una virgen de gesto profético.
Una voz la condena al suplicio del fuego y provoca
el asentimiento unánime. La muchedumbre asume una
responsabilidad indivisible y se pierde en el delirio de su maldad,
hiriendo a la inocencia.
La hoguera despide una lumbre fatídica y les
dibuja, a los más inquietos, un rostro de cadáver.
Asisto en el coliseo romano al sacrificio de los
mártires sublimes. Se han juntado en el centro del estadio y
sugieren el caso de una cohorte diezmada, sensible al mandamiento del
honor.
Las fieras soltadas de su cárcel rodean la
turba lastimosa, agilitándose para el asalto. Las espadas
flexibles ondulan voluptuosamente y las zarpas agudas, hincadas en el
suelo, avientan mangas de polvo.
La muchedumbre de los espectadores, animada de una
crueldad gozosa, rompe en un clamor salvaje. Reproduce el estruendo de
la ovación.
El soberano del orbe domesticado nota los accidentes
y pormenores de la fiesta, mirándola a través de una
esmeralda, la piedra mejor calificada para el atavío de las
divinidades.
Las fieras se fatigan dilacerando el grupo inerme y
respetan los residuos inanimados y una virgen de gesto profético.
Una voz la condena al suplicio del fuego y provoca
el asentimiento unánime. La muchedumbre asume una
responsabilidad indivisible y se pierde en el delirio de su maldad,
hiriendo a la inocencia.
La hoguera despide una lumbre fatídica y les
dibuja, a los más inquietos, un rostro de cadáver.
500
José Antonio Ramos Sucre
El Bejín
EL BEJÍN
Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.
Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.
Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.
El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.
Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.
Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.
El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.
Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.
El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.
Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.
Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.
Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.
El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.
Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.
Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.
El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.
Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.
El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.
436
José Antonio Ramos Sucre
El Bejín
EL BEJÍN
Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.
Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.
Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.
El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.
Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.
Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.
El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.
Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.
El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.
Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.
Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.
Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.
El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.
Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.
Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.
El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.
Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.
El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.
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José Antonio Ramos Sucre
El Bejín
EL BEJÍN
Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.
Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.
Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.
El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.
Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.
Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.
El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.
Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.
El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.
Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.
Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.
Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.
El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.
Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.
Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.
El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.
Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.
El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.
436
José Antonio Ramos Sucre
El Bejín
EL BEJÍN
Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.
Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.
Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.
El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.
Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.
Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.
El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.
Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.
El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.
Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.
Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.
Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.
El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.
Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.
Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.
El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.
Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.
El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.
436
José Antonio Ramos Sucre
El Ciego Infalible
EL CIEGO INFALIBLE
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
471
José Antonio Ramos Sucre
Azucena
AZUCENA
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
821
José Antonio Ramos Sucre
Azucena
AZUCENA
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
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José Antonio Ramos Sucre
Azucena
AZUCENA
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
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José Antonio Ramos Sucre
La Cábala
LA CÁBALA
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
464
José Antonio Ramos Sucre
El Rebelde
EL REBELDE
El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.
Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.
El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.
Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.
454
José Antonio Ramos Sucre
La Salva
LA SALVA
Una amante pérfida me había sugerido
en el deshonor. Su discurso ocupaba mi pensamiento con la imagen de una
carrera absurda, en un bajel proscrito. Yo desvariaba en la sala de una
orgía cínica.
Los cazadores de ballenas, aventurados antes de
Colón y Vasco de Gama en el derrotero de los países
inéditos, no habían previsto en sus cartas el sitio del
extravío. Las aves del mar sucumbieron de fatiga sobre los palos
y mesetas de mi galera. Yo me detuve al pie de unos cantiles inhumanos,
bajo un cielo gaseoso.
Recorría en la memoria los pasajes de la
Divina Comedia, donde alguna estrella, señalada por la vista
augural de Dante, sirve para encaminarlo entre el humo del infierno y
sobre el monte del purgatorio.
Mi viaje se verificaba en un mismo tiempo con la
orgía decadente. Quise interrumpir el hastío del litoral
grave, disparando el cañón de proa. El estampido redujo a
polvo la casa del esparcimiento infame.
Una amante pérfida me había sugerido
en el deshonor. Su discurso ocupaba mi pensamiento con la imagen de una
carrera absurda, en un bajel proscrito. Yo desvariaba en la sala de una
orgía cínica.
Los cazadores de ballenas, aventurados antes de
Colón y Vasco de Gama en el derrotero de los países
inéditos, no habían previsto en sus cartas el sitio del
extravío. Las aves del mar sucumbieron de fatiga sobre los palos
y mesetas de mi galera. Yo me detuve al pie de unos cantiles inhumanos,
bajo un cielo gaseoso.
Recorría en la memoria los pasajes de la
Divina Comedia, donde alguna estrella, señalada por la vista
augural de Dante, sirve para encaminarlo entre el humo del infierno y
sobre el monte del purgatorio.
Mi viaje se verificaba en un mismo tiempo con la
orgía decadente. Quise interrumpir el hastío del litoral
grave, disparando el cañón de proa. El estampido redujo a
polvo la casa del esparcimiento infame.
464
José Antonio Ramos Sucre
La Salva
LA SALVA
Una amante pérfida me había sugerido
en el deshonor. Su discurso ocupaba mi pensamiento con la imagen de una
carrera absurda, en un bajel proscrito. Yo desvariaba en la sala de una
orgía cínica.
Los cazadores de ballenas, aventurados antes de
Colón y Vasco de Gama en el derrotero de los países
inéditos, no habían previsto en sus cartas el sitio del
extravío. Las aves del mar sucumbieron de fatiga sobre los palos
y mesetas de mi galera. Yo me detuve al pie de unos cantiles inhumanos,
bajo un cielo gaseoso.
Recorría en la memoria los pasajes de la
Divina Comedia, donde alguna estrella, señalada por la vista
augural de Dante, sirve para encaminarlo entre el humo del infierno y
sobre el monte del purgatorio.
Mi viaje se verificaba en un mismo tiempo con la
orgía decadente. Quise interrumpir el hastío del litoral
grave, disparando el cañón de proa. El estampido redujo a
polvo la casa del esparcimiento infame.
Una amante pérfida me había sugerido
en el deshonor. Su discurso ocupaba mi pensamiento con la imagen de una
carrera absurda, en un bajel proscrito. Yo desvariaba en la sala de una
orgía cínica.
Los cazadores de ballenas, aventurados antes de
Colón y Vasco de Gama en el derrotero de los países
inéditos, no habían previsto en sus cartas el sitio del
extravío. Las aves del mar sucumbieron de fatiga sobre los palos
y mesetas de mi galera. Yo me detuve al pie de unos cantiles inhumanos,
bajo un cielo gaseoso.
Recorría en la memoria los pasajes de la
Divina Comedia, donde alguna estrella, señalada por la vista
augural de Dante, sirve para encaminarlo entre el humo del infierno y
sobre el monte del purgatorio.
Mi viaje se verificaba en un mismo tiempo con la
orgía decadente. Quise interrumpir el hastío del litoral
grave, disparando el cañón de proa. El estampido redujo a
polvo la casa del esparcimiento infame.
464
José Antonio Ramos Sucre
Los Gafos
LOS GAFOS
La noche disimulaba el litoral bajo, inundado. Unas
aves lo recorrían a pie y lo animaban con sus gritos. Igualaban
la sucedumbre de las arpías.
Yo me había perdido entre las cabañas
diseminadas de modo irregular. Me seguía una escolta de perros
siniestros, inhábiles para el ladrido. Una conseja los
señalaba por descendientes de una raza de hienas.
Yo no quería llamar a la puerta de uno de los
vecinos. Se habían enfermado de ingerir los frutos corrompidos
del mar y de la tierra y mostraban una corteza indolora en vez de
epidermis. La alteraban con dibujos penetrantes, de inspiración
augural. El vestido semejaba una funda y lo sujetaban por medio de
vendas y de cintas, reproduciendo, sin darse cuenta, el aderezo de las
momias.
Las líneas de una serranía se
pronunciaban en la espesura del aire. Daban cabida, antes, a la
aparición de una luna perspicaz. Un espasmo, el de la cabeza de
un degollado, animaba los elementos de su fisonomía.
El satélite se había alejado de
alumbrar el asiento de los pescadores, trasunto de un hospital. Yo me
dirigí donde asomaba en otro tiempo y lo esperé sin
resultado. Me detuve delante de un precipicio.
Los enfermos se juzgaron más infelices en el
seno de la oscuridad y se abandonaron hasta morir.
La noche disimulaba el litoral bajo, inundado. Unas
aves lo recorrían a pie y lo animaban con sus gritos. Igualaban
la sucedumbre de las arpías.
Yo me había perdido entre las cabañas
diseminadas de modo irregular. Me seguía una escolta de perros
siniestros, inhábiles para el ladrido. Una conseja los
señalaba por descendientes de una raza de hienas.
Yo no quería llamar a la puerta de uno de los
vecinos. Se habían enfermado de ingerir los frutos corrompidos
del mar y de la tierra y mostraban una corteza indolora en vez de
epidermis. La alteraban con dibujos penetrantes, de inspiración
augural. El vestido semejaba una funda y lo sujetaban por medio de
vendas y de cintas, reproduciendo, sin darse cuenta, el aderezo de las
momias.
Las líneas de una serranía se
pronunciaban en la espesura del aire. Daban cabida, antes, a la
aparición de una luna perspicaz. Un espasmo, el de la cabeza de
un degollado, animaba los elementos de su fisonomía.
El satélite se había alejado de
alumbrar el asiento de los pescadores, trasunto de un hospital. Yo me
dirigí donde asomaba en otro tiempo y lo esperé sin
resultado. Me detuve delante de un precipicio.
Los enfermos se juzgaron más infelices en el
seno de la oscuridad y se abandonaron hasta morir.
677
José Antonio Ramos Sucre
Los Gafos
LOS GAFOS
La noche disimulaba el litoral bajo, inundado. Unas
aves lo recorrían a pie y lo animaban con sus gritos. Igualaban
la sucedumbre de las arpías.
Yo me había perdido entre las cabañas
diseminadas de modo irregular. Me seguía una escolta de perros
siniestros, inhábiles para el ladrido. Una conseja los
señalaba por descendientes de una raza de hienas.
Yo no quería llamar a la puerta de uno de los
vecinos. Se habían enfermado de ingerir los frutos corrompidos
del mar y de la tierra y mostraban una corteza indolora en vez de
epidermis. La alteraban con dibujos penetrantes, de inspiración
augural. El vestido semejaba una funda y lo sujetaban por medio de
vendas y de cintas, reproduciendo, sin darse cuenta, el aderezo de las
momias.
Las líneas de una serranía se
pronunciaban en la espesura del aire. Daban cabida, antes, a la
aparición de una luna perspicaz. Un espasmo, el de la cabeza de
un degollado, animaba los elementos de su fisonomía.
El satélite se había alejado de
alumbrar el asiento de los pescadores, trasunto de un hospital. Yo me
dirigí donde asomaba en otro tiempo y lo esperé sin
resultado. Me detuve delante de un precipicio.
Los enfermos se juzgaron más infelices en el
seno de la oscuridad y se abandonaron hasta morir.
La noche disimulaba el litoral bajo, inundado. Unas
aves lo recorrían a pie y lo animaban con sus gritos. Igualaban
la sucedumbre de las arpías.
Yo me había perdido entre las cabañas
diseminadas de modo irregular. Me seguía una escolta de perros
siniestros, inhábiles para el ladrido. Una conseja los
señalaba por descendientes de una raza de hienas.
Yo no quería llamar a la puerta de uno de los
vecinos. Se habían enfermado de ingerir los frutos corrompidos
del mar y de la tierra y mostraban una corteza indolora en vez de
epidermis. La alteraban con dibujos penetrantes, de inspiración
augural. El vestido semejaba una funda y lo sujetaban por medio de
vendas y de cintas, reproduciendo, sin darse cuenta, el aderezo de las
momias.
Las líneas de una serranía se
pronunciaban en la espesura del aire. Daban cabida, antes, a la
aparición de una luna perspicaz. Un espasmo, el de la cabeza de
un degollado, animaba los elementos de su fisonomía.
El satélite se había alejado de
alumbrar el asiento de los pescadores, trasunto de un hospital. Yo me
dirigí donde asomaba en otro tiempo y lo esperé sin
resultado. Me detuve delante de un precipicio.
Los enfermos se juzgaron más infelices en el
seno de la oscuridad y se abandonaron hasta morir.
677
José Antonio Ramos Sucre
Los Gafos
LOS GAFOS
La noche disimulaba el litoral bajo, inundado. Unas
aves lo recorrían a pie y lo animaban con sus gritos. Igualaban
la sucedumbre de las arpías.
Yo me había perdido entre las cabañas
diseminadas de modo irregular. Me seguía una escolta de perros
siniestros, inhábiles para el ladrido. Una conseja los
señalaba por descendientes de una raza de hienas.
Yo no quería llamar a la puerta de uno de los
vecinos. Se habían enfermado de ingerir los frutos corrompidos
del mar y de la tierra y mostraban una corteza indolora en vez de
epidermis. La alteraban con dibujos penetrantes, de inspiración
augural. El vestido semejaba una funda y lo sujetaban por medio de
vendas y de cintas, reproduciendo, sin darse cuenta, el aderezo de las
momias.
Las líneas de una serranía se
pronunciaban en la espesura del aire. Daban cabida, antes, a la
aparición de una luna perspicaz. Un espasmo, el de la cabeza de
un degollado, animaba los elementos de su fisonomía.
El satélite se había alejado de
alumbrar el asiento de los pescadores, trasunto de un hospital. Yo me
dirigí donde asomaba en otro tiempo y lo esperé sin
resultado. Me detuve delante de un precipicio.
Los enfermos se juzgaron más infelices en el
seno de la oscuridad y se abandonaron hasta morir.
La noche disimulaba el litoral bajo, inundado. Unas
aves lo recorrían a pie y lo animaban con sus gritos. Igualaban
la sucedumbre de las arpías.
Yo me había perdido entre las cabañas
diseminadas de modo irregular. Me seguía una escolta de perros
siniestros, inhábiles para el ladrido. Una conseja los
señalaba por descendientes de una raza de hienas.
Yo no quería llamar a la puerta de uno de los
vecinos. Se habían enfermado de ingerir los frutos corrompidos
del mar y de la tierra y mostraban una corteza indolora en vez de
epidermis. La alteraban con dibujos penetrantes, de inspiración
augural. El vestido semejaba una funda y lo sujetaban por medio de
vendas y de cintas, reproduciendo, sin darse cuenta, el aderezo de las
momias.
Las líneas de una serranía se
pronunciaban en la espesura del aire. Daban cabida, antes, a la
aparición de una luna perspicaz. Un espasmo, el de la cabeza de
un degollado, animaba los elementos de su fisonomía.
El satélite se había alejado de
alumbrar el asiento de los pescadores, trasunto de un hospital. Yo me
dirigí donde asomaba en otro tiempo y lo esperé sin
resultado. Me detuve delante de un precipicio.
Los enfermos se juzgaron más infelices en el
seno de la oscuridad y se abandonaron hasta morir.
677
José Antonio Ramos Sucre
Los Herejes
LOS HEREJES
La doncella se asoma a ver el campo, a interrogar
una lontananza trémula. Su mente padece la visión de los
jinetes del exterminio, descrita en las páginas del Apocalipsis
y en un comentario de estampas negras.
La voz popular decanta la lluvia de sangre y el
eclipse y advierte la similitud con las maravillas de antaño,
contemporáneas del rey Lear.
Un capitán, desabrido e insolente con su rey,
fija la tienda de campaña, de seda carmesí, en medio de
las ruinas. Los soldados, los diablos de la guerra, dejan ver el tizne
del incendio o del infierno en la tez árida y su roja pelambre.
Un arbitrista, usurpador del traje de Arlequín, los persuade a
la licencia y los abastece de monedas de similor y de papel.
La doncella aleja la muchedumbre de los enemigos,
prodigando las noches de oración. Se retiran delante de una
maleza indeleble, después de fatigarse vanamente en la apertura
de un camino. El golpe de sus hierros no encontraba asiento y se
perdía en el vacío.
La doncella se asoma a ver el campo, a interrogar
una lontananza trémula. Su mente padece la visión de los
jinetes del exterminio, descrita en las páginas del Apocalipsis
y en un comentario de estampas negras.
La voz popular decanta la lluvia de sangre y el
eclipse y advierte la similitud con las maravillas de antaño,
contemporáneas del rey Lear.
Un capitán, desabrido e insolente con su rey,
fija la tienda de campaña, de seda carmesí, en medio de
las ruinas. Los soldados, los diablos de la guerra, dejan ver el tizne
del incendio o del infierno en la tez árida y su roja pelambre.
Un arbitrista, usurpador del traje de Arlequín, los persuade a
la licencia y los abastece de monedas de similor y de papel.
La doncella aleja la muchedumbre de los enemigos,
prodigando las noches de oración. Se retiran delante de una
maleza indeleble, después de fatigarse vanamente en la apertura
de un camino. El golpe de sus hierros no encontraba asiento y se
perdía en el vacío.
486
José Antonio Ramos Sucre
Penitencial
PENITENCIAL
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
443
José Antonio Ramos Sucre
Penitencial
PENITENCIAL
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
443
José Antonio Ramos Sucre
Tácita, La Musa Décima
TÁCITA, LA MUSA DÉCIMA
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
644
José Antonio Ramos Sucre
Tácita, La Musa Décima
TÁCITA, LA MUSA DÉCIMA
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
644
José Antonio Ramos Sucre
El Escolar
EL ESCOLAR
La sonámbula sufría de la perfidia de
un amante. Había enfermado de considerar una aspiración
remota.
Merecía el nombre de visionaria y profetisa y
pasaba la mitad del día arrodillada delante de una imagen de
arcilla negra. Le tributaba siempre el exvoto de una flor cantada en
las hipérboles de la Biblia y conservada por muchas generaciones
devotas. La flor exhausta recuperaba su perfume bajo el rocío
del agua bendita. Había adornado el peto de un cruzado.
La sonámbula me predijo el éxito de
mis intentos y me inspiró la voluntad de aplicarme al juego de
manera más vehemente. Salía vencedor de los garitos en
medio del asombro y de la envidia de los perdularios. Malograron su
tiempo ordenándome asechanzas e invitándome a fiestas
campestres. Me rodeaban solapados y famélicos.
La sonámbula me separó de usar los
consejos de un médico en la crisis de una fiebre inopinada. Me
salvó de recibir los gérmenes de una enfermedad desaseada
y frustró una vez más el despecho de los perdidosos.
Yo la recibí en mi compañía y
la llevé a respirar las auras del mar de Sicilia, de donde vino
el restablecimiento de su hermosura.
Mis enemigos nos dispararon por última vez
sus arcabuces desde unas ruinas.
Yo había dejado mis lares nativos con el
propósito de reconstituir un momento deplorable de la
antigüedad bajo la sombra de Tucídides.
La sonámbula sufría de la perfidia de
un amante. Había enfermado de considerar una aspiración
remota.
Merecía el nombre de visionaria y profetisa y
pasaba la mitad del día arrodillada delante de una imagen de
arcilla negra. Le tributaba siempre el exvoto de una flor cantada en
las hipérboles de la Biblia y conservada por muchas generaciones
devotas. La flor exhausta recuperaba su perfume bajo el rocío
del agua bendita. Había adornado el peto de un cruzado.
La sonámbula me predijo el éxito de
mis intentos y me inspiró la voluntad de aplicarme al juego de
manera más vehemente. Salía vencedor de los garitos en
medio del asombro y de la envidia de los perdularios. Malograron su
tiempo ordenándome asechanzas e invitándome a fiestas
campestres. Me rodeaban solapados y famélicos.
La sonámbula me separó de usar los
consejos de un médico en la crisis de una fiebre inopinada. Me
salvó de recibir los gérmenes de una enfermedad desaseada
y frustró una vez más el despecho de los perdidosos.
Yo la recibí en mi compañía y
la llevé a respirar las auras del mar de Sicilia, de donde vino
el restablecimiento de su hermosura.
Mis enemigos nos dispararon por última vez
sus arcabuces desde unas ruinas.
Yo había dejado mis lares nativos con el
propósito de reconstituir un momento deplorable de la
antigüedad bajo la sombra de Tucídides.
498
José Antonio Ramos Sucre
El Cristiano
EL CRISTIANO
Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de
su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una
reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la
noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba
ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.
Él había perdido los años
más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio,
por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se
había conservado intacta y lo había redimido al principio
de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su
vivienda en un descampado. Él se había insinuado en la
amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su
destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.
Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en
sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y
de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido
el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el
propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.
Él me enseñó la caridad con los
animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus
dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre
mis hombros, al ajuar de la suya y eché por delante un zorro
azul del polo y una liebre sedosa.
Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de
su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una
reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la
noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba
ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.
Él había perdido los años
más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio,
por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se
había conservado intacta y lo había redimido al principio
de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su
vivienda en un descampado. Él se había insinuado en la
amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su
destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.
Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en
sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y
de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido
el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el
propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.
Él me enseñó la caridad con los
animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus
dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre
mis hombros, al ajuar de la suya y eché por delante un zorro
azul del polo y una liebre sedosa.
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