Poemas en este tema
Emociones y Sentimientos
José Antonio Ramos Sucre
El Mensajero
EL MENSAJERO
La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.
La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.
437
José Antonio Ramos Sucre
El Mensajero
EL MENSAJERO
La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.
La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.
437
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad
LA CIUDAD
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
508
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad
LA CIUDAD
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
508
José Antonio Ramos Sucre
La Resipisencia De Fausto
LA RESIPISENCIA DE FAUSTO
Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.
Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.
Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.
Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.
Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.
Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.
Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.
Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.
Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.
Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.
430
José Antonio Ramos Sucre
El Ensueño Del Cazador
EL ENSUEÑO DEL CAZADOR
Yo me había avecindado en un país
remoto, donde corrían libres las auras de los cielos. Recuerdo
la ventura de los moradores y sus costumbres y sus diversiones
inocentes. Habitaban mansiones altas y francas. Se entretenían
en medio del campo, al pie de árboles dispersados, de talla
ascendente. Corrían al encuentro de la aurora en naves floridas.
Se decían dóciles al consejo de sus
divinidades, agentes de la naturaleza, y sentían a cada paso los
efectos de su presencia invisible. Debían abominar los dictados
del orgullo e invocarlas, humildes y escrupulosos, en la ocasión
de algún nacimiento.
Señalaban a la hija de los magnates,
olvidados de la invocación ritual, y a su amante, el cazador
insumiso.
El joven había imitado las costumbres de la
nación vecina. Renegaba el oficio tradicional por los azares de
la montería y retaba, fiado en sí mismo, la saña
del bisonte y del lobo.
Olvidó las gracias de la armada y las
tentaciones de la juventud, merced a un sueño desvariado,
fantasma de una noche cálida. Perseguía un animal
soberbio, de giba montuosa, de rugidos coléricos, y sobresaltaba
con risas y clamores el reposo de una fuente inmaculada. Una mujer
salía del seno de las aguas, distinguiéndose apenas del
aire límpido.
El cazador despertó al fijar la
atención en la imagen tenue.
Se retiró de los hombres para dedicarse, sin
estorbo, a una meditación extravagante.
Rastreaba ansiosamente los indicios de una belleza
inaudita.
Yo me había avecindado en un país
remoto, donde corrían libres las auras de los cielos. Recuerdo
la ventura de los moradores y sus costumbres y sus diversiones
inocentes. Habitaban mansiones altas y francas. Se entretenían
en medio del campo, al pie de árboles dispersados, de talla
ascendente. Corrían al encuentro de la aurora en naves floridas.
Se decían dóciles al consejo de sus
divinidades, agentes de la naturaleza, y sentían a cada paso los
efectos de su presencia invisible. Debían abominar los dictados
del orgullo e invocarlas, humildes y escrupulosos, en la ocasión
de algún nacimiento.
Señalaban a la hija de los magnates,
olvidados de la invocación ritual, y a su amante, el cazador
insumiso.
El joven había imitado las costumbres de la
nación vecina. Renegaba el oficio tradicional por los azares de
la montería y retaba, fiado en sí mismo, la saña
del bisonte y del lobo.
Olvidó las gracias de la armada y las
tentaciones de la juventud, merced a un sueño desvariado,
fantasma de una noche cálida. Perseguía un animal
soberbio, de giba montuosa, de rugidos coléricos, y sobresaltaba
con risas y clamores el reposo de una fuente inmaculada. Una mujer
salía del seno de las aguas, distinguiéndose apenas del
aire límpido.
El cazador despertó al fijar la
atención en la imagen tenue.
Se retiró de los hombres para dedicarse, sin
estorbo, a una meditación extravagante.
Rastreaba ansiosamente los indicios de una belleza
inaudita.
392
José Antonio Ramos Sucre
El Hijo Del Anciano
EL HIJO DEL ANCIANO
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
452
José Antonio Ramos Sucre
El Hijo Del Anciano
EL HIJO DEL ANCIANO
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
452
José Antonio Ramos Sucre
El Tesoro De La Fuente Cegada
EL TESORO DE LA FUENTE CEGADA
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
539
José Antonio Ramos Sucre
El Rapto
EL RAPTO
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
477
José Antonio Ramos Sucre
El Rapto
EL RAPTO
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
477
José Antonio Ramos Sucre
A Una Desposada
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
540
José Antonio Ramos Sucre
A Una Desposada
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
540
José Antonio Ramos Sucre
El Culpable
EL CULPABLE
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
470
José Antonio Ramos Sucre
El Culpable
EL CULPABLE
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
470
José Antonio Ramos Sucre
La Balada Del Transeúnte
LA BALADA DEL TRANSEÚNTE
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
431
José Antonio Ramos Sucre
La Balada Del Transeúnte
LA BALADA DEL TRANSEÚNTE
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
431
José Antonio Ramos Sucre
La Hija De Valdemar
LA HIJA DE VALDEMAR
Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.
La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.
Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.
Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.
Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.
Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.
La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.
Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.
Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.
Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.
462
José Antonio Ramos Sucre
La Hija De Valdemar
LA HIJA DE VALDEMAR
Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.
La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.
Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.
Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.
Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.
Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.
La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.
Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.
Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.
Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.
462
José Antonio Ramos Sucre
De La Vieja Italia
DE LA VIEJA ITALIA
El caballero Leonardo nutre en la soledad el mal
humor que ejercita en riñas e injurias. No lo consuela su
palacio y, lejos de gozarlo, se aplica a convertirlo en caverna
horrenda y sinuosa, en castillo erizado de trampas. Allí
interrumpe el silencio con el aullido de cautivas fieras atormentadas.
Recorre la ciudad desgarrando el velo medroso de la media noche con los
golpes y las voces de secuaces blasfemos.
Antes de amanecer, con miedo de la luz, se recoge a
descansar de la peregrinación desnatural. Huye de mirar la
belleza en la alegre diversidad de los colores repartidos en edificios
y jardines, y solaza los ojos en la oscuridad confusa y en la sombra
llana.
Encuentra en lecturas copiosas el consejo que induce
a la maldad y el sofisma que la disculpa. Entretiene, por el recuerdo
de encendidas afrentas, el odio hético y febril. Desvela a sus
malquerientes con la amenaza de infalibles sicarios, con la intriga
perseverante y deleznable, con la interpresa en que ocupa gentes de
horca y de traílla.
Sigue sin esfuerzo la austeridad que endurece el
alma de los malos. Niega extraterrenos castigos y venturas con amarga e
imprecante soberbia. Desafía el sino de la muerte sangrienta que
despuebla su alcázar. Espera de su erizado huerto el prometido
talismán de alguna flor de rojo centro en cáliz negro.
Viste entretanto de luto el caballero siniestro y medita bajo el torvo
antifaz.
Está rodeado de miedo y de silencio el
palacio en que de día descansa o traza para la noche su delito.
Morada ruidosa, ufana de antorchas, desde que las sombras agobian el
resto de la ciudad, y urna de recuerdos y leyendas desde que el
cadáver del enlutado señor muestra en el pecho abierto
manantial de sangre, y figura el absurdo talismán. El pueblo se
apodera de esa vida, y dice, con sentimiento pagano, que fue
víctima de la noche y de sus vengativos númenes
guardianes.
El caballero Leonardo nutre en la soledad el mal
humor que ejercita en riñas e injurias. No lo consuela su
palacio y, lejos de gozarlo, se aplica a convertirlo en caverna
horrenda y sinuosa, en castillo erizado de trampas. Allí
interrumpe el silencio con el aullido de cautivas fieras atormentadas.
Recorre la ciudad desgarrando el velo medroso de la media noche con los
golpes y las voces de secuaces blasfemos.
Antes de amanecer, con miedo de la luz, se recoge a
descansar de la peregrinación desnatural. Huye de mirar la
belleza en la alegre diversidad de los colores repartidos en edificios
y jardines, y solaza los ojos en la oscuridad confusa y en la sombra
llana.
Encuentra en lecturas copiosas el consejo que induce
a la maldad y el sofisma que la disculpa. Entretiene, por el recuerdo
de encendidas afrentas, el odio hético y febril. Desvela a sus
malquerientes con la amenaza de infalibles sicarios, con la intriga
perseverante y deleznable, con la interpresa en que ocupa gentes de
horca y de traílla.
Sigue sin esfuerzo la austeridad que endurece el
alma de los malos. Niega extraterrenos castigos y venturas con amarga e
imprecante soberbia. Desafía el sino de la muerte sangrienta que
despuebla su alcázar. Espera de su erizado huerto el prometido
talismán de alguna flor de rojo centro en cáliz negro.
Viste entretanto de luto el caballero siniestro y medita bajo el torvo
antifaz.
Está rodeado de miedo y de silencio el
palacio en que de día descansa o traza para la noche su delito.
Morada ruidosa, ufana de antorchas, desde que las sombras agobian el
resto de la ciudad, y urna de recuerdos y leyendas desde que el
cadáver del enlutado señor muestra en el pecho abierto
manantial de sangre, y figura el absurdo talismán. El pueblo se
apodera de esa vida, y dice, con sentimiento pagano, que fue
víctima de la noche y de sus vengativos númenes
guardianes.
496
José Antonio Ramos Sucre
De La Vieja Italia
DE LA VIEJA ITALIA
El caballero Leonardo nutre en la soledad el mal
humor que ejercita en riñas e injurias. No lo consuela su
palacio y, lejos de gozarlo, se aplica a convertirlo en caverna
horrenda y sinuosa, en castillo erizado de trampas. Allí
interrumpe el silencio con el aullido de cautivas fieras atormentadas.
Recorre la ciudad desgarrando el velo medroso de la media noche con los
golpes y las voces de secuaces blasfemos.
Antes de amanecer, con miedo de la luz, se recoge a
descansar de la peregrinación desnatural. Huye de mirar la
belleza en la alegre diversidad de los colores repartidos en edificios
y jardines, y solaza los ojos en la oscuridad confusa y en la sombra
llana.
Encuentra en lecturas copiosas el consejo que induce
a la maldad y el sofisma que la disculpa. Entretiene, por el recuerdo
de encendidas afrentas, el odio hético y febril. Desvela a sus
malquerientes con la amenaza de infalibles sicarios, con la intriga
perseverante y deleznable, con la interpresa en que ocupa gentes de
horca y de traílla.
Sigue sin esfuerzo la austeridad que endurece el
alma de los malos. Niega extraterrenos castigos y venturas con amarga e
imprecante soberbia. Desafía el sino de la muerte sangrienta que
despuebla su alcázar. Espera de su erizado huerto el prometido
talismán de alguna flor de rojo centro en cáliz negro.
Viste entretanto de luto el caballero siniestro y medita bajo el torvo
antifaz.
Está rodeado de miedo y de silencio el
palacio en que de día descansa o traza para la noche su delito.
Morada ruidosa, ufana de antorchas, desde que las sombras agobian el
resto de la ciudad, y urna de recuerdos y leyendas desde que el
cadáver del enlutado señor muestra en el pecho abierto
manantial de sangre, y figura el absurdo talismán. El pueblo se
apodera de esa vida, y dice, con sentimiento pagano, que fue
víctima de la noche y de sus vengativos númenes
guardianes.
El caballero Leonardo nutre en la soledad el mal
humor que ejercita en riñas e injurias. No lo consuela su
palacio y, lejos de gozarlo, se aplica a convertirlo en caverna
horrenda y sinuosa, en castillo erizado de trampas. Allí
interrumpe el silencio con el aullido de cautivas fieras atormentadas.
Recorre la ciudad desgarrando el velo medroso de la media noche con los
golpes y las voces de secuaces blasfemos.
Antes de amanecer, con miedo de la luz, se recoge a
descansar de la peregrinación desnatural. Huye de mirar la
belleza en la alegre diversidad de los colores repartidos en edificios
y jardines, y solaza los ojos en la oscuridad confusa y en la sombra
llana.
Encuentra en lecturas copiosas el consejo que induce
a la maldad y el sofisma que la disculpa. Entretiene, por el recuerdo
de encendidas afrentas, el odio hético y febril. Desvela a sus
malquerientes con la amenaza de infalibles sicarios, con la intriga
perseverante y deleznable, con la interpresa en que ocupa gentes de
horca y de traílla.
Sigue sin esfuerzo la austeridad que endurece el
alma de los malos. Niega extraterrenos castigos y venturas con amarga e
imprecante soberbia. Desafía el sino de la muerte sangrienta que
despuebla su alcázar. Espera de su erizado huerto el prometido
talismán de alguna flor de rojo centro en cáliz negro.
Viste entretanto de luto el caballero siniestro y medita bajo el torvo
antifaz.
Está rodeado de miedo y de silencio el
palacio en que de día descansa o traza para la noche su delito.
Morada ruidosa, ufana de antorchas, desde que las sombras agobian el
resto de la ciudad, y urna de recuerdos y leyendas desde que el
cadáver del enlutado señor muestra en el pecho abierto
manantial de sangre, y figura el absurdo talismán. El pueblo se
apodera de esa vida, y dice, con sentimiento pagano, que fue
víctima de la noche y de sus vengativos númenes
guardianes.
496
José Antonio Ramos Sucre
Fulmen
FULMEN
Por los cristales viejos y manchados entra la luz a
la oficina de trabajo. Viene del cielo oscuro y nublado a este sitio de
orden severo y melancólico retiro. Queda suspensa, sin rozar la
tierra, como una aparición beatífica.
El rayo luminoso atravesó en su viaje el aire
húmedo y turbio. Parece llegar a los objetos que ilumina con
fatiga de enfermo. Diríase el dardo impotente del
homérico arco de Apolo. O más bien que pronostica la luz
futura del sol envejecido.
Mientras luce el desleído esplendor, bulle el
trabajo esforzado y afanoso. Las almas se comunican a través del
pesado silencio, la atención endurece el semblante, la tarea
apremia los brazos fuertes y las manos ágiles. Casi no alientan
los pechos animosos.
No hay tregua para la diversión ni el
pensamiento. El patrón quiere el mayor beneficio de sus
máquinas. Impone a sus hombres por única actitud la
espalda doblada del siervo. Guarda para ellos el recelo de un
cómitre a sus galeotes.
Insta a la hosca grey sin respetar su tedio por la
vida uniforme y estrecha. Irrita sus oprimidos anhelos, que alcanzan la
tensión de la nube gruesa. Reta al peligro hasta que ve la
muerte en la idea siniestra que exalta las lívidas frentes.
Siente la consternación del viajero ante el signo grave del
rayo, flagelo de áridas cimas.
Por los cristales viejos y manchados entra la luz a
la oficina de trabajo. Viene del cielo oscuro y nublado a este sitio de
orden severo y melancólico retiro. Queda suspensa, sin rozar la
tierra, como una aparición beatífica.
El rayo luminoso atravesó en su viaje el aire
húmedo y turbio. Parece llegar a los objetos que ilumina con
fatiga de enfermo. Diríase el dardo impotente del
homérico arco de Apolo. O más bien que pronostica la luz
futura del sol envejecido.
Mientras luce el desleído esplendor, bulle el
trabajo esforzado y afanoso. Las almas se comunican a través del
pesado silencio, la atención endurece el semblante, la tarea
apremia los brazos fuertes y las manos ágiles. Casi no alientan
los pechos animosos.
No hay tregua para la diversión ni el
pensamiento. El patrón quiere el mayor beneficio de sus
máquinas. Impone a sus hombres por única actitud la
espalda doblada del siervo. Guarda para ellos el recelo de un
cómitre a sus galeotes.
Insta a la hosca grey sin respetar su tedio por la
vida uniforme y estrecha. Irrita sus oprimidos anhelos, que alcanzan la
tensión de la nube gruesa. Reta al peligro hasta que ve la
muerte en la idea siniestra que exalta las lívidas frentes.
Siente la consternación del viajero ante el signo grave del
rayo, flagelo de áridas cimas.
405
José Antonio Ramos Sucre
El Canto Anhelante
EL CANTO ANHELANTE
El castillo surge a la orilla del mar. Domina un
ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto
ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo
de la ola.
El vuelo brusco y momentáneo de la brisa
recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida
y solemne, como la víctima al suplicio.
Con la alta hora y el paisaje límpido
despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a
lágrimas alguna extraña y ondulante música. La
contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un
cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha
disparada contra un águila.
El castillo surge a la orilla del mar. Domina un
ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto
ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo
de la ola.
El vuelo brusco y momentáneo de la brisa
recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida
y solemne, como la víctima al suplicio.
Con la alta hora y el paisaje límpido
despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a
lágrimas alguna extraña y ondulante música. La
contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un
cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha
disparada contra un águila.
528
José Antonio Ramos Sucre
El Canto Anhelante
EL CANTO ANHELANTE
El castillo surge a la orilla del mar. Domina un
ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto
ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo
de la ola.
El vuelo brusco y momentáneo de la brisa
recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida
y solemne, como la víctima al suplicio.
Con la alta hora y el paisaje límpido
despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a
lágrimas alguna extraña y ondulante música. La
contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un
cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha
disparada contra un águila.
El castillo surge a la orilla del mar. Domina un
ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto
ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo
de la ola.
El vuelo brusco y momentáneo de la brisa
recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida
y solemne, como la víctima al suplicio.
Con la alta hora y el paisaje límpido
despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a
lágrimas alguna extraña y ondulante música. La
contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un
cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha
disparada contra un águila.
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