Poemas en este tema
Emociones y Sentimientos
José Antonio Ramos Sucre
El Canto Anhelante
EL CANTO ANHELANTE
El castillo surge a la orilla del mar. Domina un
ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto
ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo
de la ola.
El vuelo brusco y momentáneo de la brisa
recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida
y solemne, como la víctima al suplicio.
Con la alta hora y el paisaje límpido
despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a
lágrimas alguna extraña y ondulante música. La
contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un
cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha
disparada contra un águila.
El castillo surge a la orilla del mar. Domina un
ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto
ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo
de la ola.
El vuelo brusco y momentáneo de la brisa
recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida
y solemne, como la víctima al suplicio.
Con la alta hora y el paisaje límpido
despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a
lágrimas alguna extraña y ondulante música. La
contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un
cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha
disparada contra un águila.
528
José Antonio Ramos Sucre
El Canto Anhelante
EL CANTO ANHELANTE
El castillo surge a la orilla del mar. Domina un
ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto
ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo
de la ola.
El vuelo brusco y momentáneo de la brisa
recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida
y solemne, como la víctima al suplicio.
Con la alta hora y el paisaje límpido
despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a
lágrimas alguna extraña y ondulante música. La
contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un
cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha
disparada contra un águila.
El castillo surge a la orilla del mar. Domina un
ancho espacio, a la manera del león posado frente al desierto
ambiguo. Al pie de la muralla tiembla el barco del pirata con el ritmo
de la ola.
El vuelo brusco y momentáneo de la brisa
recuerda el de las aves soñolientas. Sube la luna, pálida
y solemne, como la víctima al suplicio.
Con la alta hora y el paisaje límpido
despierta la nostalgia del cautivo y se lastima el soldado. Mueve a
lágrimas alguna extraña y ondulante música. La
contraría con rudos acentos, con amargura de irritados trenos un
cántico ansioso que tiene el ímpetu recto de la flecha
disparada contra un águila.
528
José Antonio Ramos Sucre
La Venganza Del Dios
LA VENGANZA DEL DIOS
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
727
José Antonio Ramos Sucre
La Conversión De Pablo
LA CONVERSIÓN DE PABLO
Los moradores de aquel pueblo extrañaban la
facilidad con que yo había ganado la privanza del sacerdote que
los presidía y curaba de sus almas. Ponderaban su
carácter extraordinario, insistían en su retraimiento
lastimoso, recordaban para contraste los desmanes de su libre juventud
rectificada bruscamente. Venía al caso apuntar la índole
sombría de sus deudos, que buscaban el sosiego en diversiones
brutales y en regocijos estruendosos, antes de incurrir en el
desvarío místico o zozobrar en la demencia.
Decían que el arrepentimiento lo había
consumido, que la virtud adoptada de pronto le había prestado
aquel aspecto de árbol delgado y vacilante. La frente grave y
los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que
recorre alado la tierra, que oye en el silencio altas voces
aéreas.
Acostumbraba el monólogo mortificante, la
retirada excursión bajo la luna lenta, el huraño
extravío a los largo de los árboles que mece el aura de
la tarde.
Una vez toleró mi compañía. Las
estrellas lucían nuevas en la atmósfera despejada por la
lluvia. Celajes desvaídos viajaban hacia el sol declinante.
Cálido vapor surgía de la tierra desperezada al
extinguirse el fuego del día.
Avanzaba a mi lado con el paso temeroso de un
anciano, cuando me reveló el motivo de su sacerdocio, la
razón de su perfeccionamiento asiduo. Entrecortaba este relato
bajo un miedo angustioso:
Vivía yo en donde nací, en una ciudad
de claras bizarrías, de consejas extrañas y
cármenes morunos. Debieran ser mármoles truncos sus
escombros para completar el cuadro helénico del cielo y del mar
cristalinos.
Por una de sus calles vetustas regresaba solo a
descansar de la noche de orgía y de pasión. Yo adelantaba
por aquella oscuridad de caverna cuando me detuvo un miedo superior.
Alguien se me oponía en traje de religioso...
Reconocí la aparición infausta que
augura el trance supremo a los hombres de mi raza licenciosa y
doliente, y que les inspira el pensamiento invariable en las
postrimerías que amenazan más allá de la muerte.
Entonces contraen ellos la demencia o conciben desesperada
contrición.
Los moradores de aquel pueblo extrañaban la
facilidad con que yo había ganado la privanza del sacerdote que
los presidía y curaba de sus almas. Ponderaban su
carácter extraordinario, insistían en su retraimiento
lastimoso, recordaban para contraste los desmanes de su libre juventud
rectificada bruscamente. Venía al caso apuntar la índole
sombría de sus deudos, que buscaban el sosiego en diversiones
brutales y en regocijos estruendosos, antes de incurrir en el
desvarío místico o zozobrar en la demencia.
Decían que el arrepentimiento lo había
consumido, que la virtud adoptada de pronto le había prestado
aquel aspecto de árbol delgado y vacilante. La frente grave y
los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que
recorre alado la tierra, que oye en el silencio altas voces
aéreas.
Acostumbraba el monólogo mortificante, la
retirada excursión bajo la luna lenta, el huraño
extravío a los largo de los árboles que mece el aura de
la tarde.
Una vez toleró mi compañía. Las
estrellas lucían nuevas en la atmósfera despejada por la
lluvia. Celajes desvaídos viajaban hacia el sol declinante.
Cálido vapor surgía de la tierra desperezada al
extinguirse el fuego del día.
Avanzaba a mi lado con el paso temeroso de un
anciano, cuando me reveló el motivo de su sacerdocio, la
razón de su perfeccionamiento asiduo. Entrecortaba este relato
bajo un miedo angustioso:
Vivía yo en donde nací, en una ciudad
de claras bizarrías, de consejas extrañas y
cármenes morunos. Debieran ser mármoles truncos sus
escombros para completar el cuadro helénico del cielo y del mar
cristalinos.
Por una de sus calles vetustas regresaba solo a
descansar de la noche de orgía y de pasión. Yo adelantaba
por aquella oscuridad de caverna cuando me detuvo un miedo superior.
Alguien se me oponía en traje de religioso...
Reconocí la aparición infausta que
augura el trance supremo a los hombres de mi raza licenciosa y
doliente, y que les inspira el pensamiento invariable en las
postrimerías que amenazan más allá de la muerte.
Entonces contraen ellos la demencia o conciben desesperada
contrición.
640
José Antonio Ramos Sucre
La Conversión De Pablo
LA CONVERSIÓN DE PABLO
Los moradores de aquel pueblo extrañaban la
facilidad con que yo había ganado la privanza del sacerdote que
los presidía y curaba de sus almas. Ponderaban su
carácter extraordinario, insistían en su retraimiento
lastimoso, recordaban para contraste los desmanes de su libre juventud
rectificada bruscamente. Venía al caso apuntar la índole
sombría de sus deudos, que buscaban el sosiego en diversiones
brutales y en regocijos estruendosos, antes de incurrir en el
desvarío místico o zozobrar en la demencia.
Decían que el arrepentimiento lo había
consumido, que la virtud adoptada de pronto le había prestado
aquel aspecto de árbol delgado y vacilante. La frente grave y
los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que
recorre alado la tierra, que oye en el silencio altas voces
aéreas.
Acostumbraba el monólogo mortificante, la
retirada excursión bajo la luna lenta, el huraño
extravío a los largo de los árboles que mece el aura de
la tarde.
Una vez toleró mi compañía. Las
estrellas lucían nuevas en la atmósfera despejada por la
lluvia. Celajes desvaídos viajaban hacia el sol declinante.
Cálido vapor surgía de la tierra desperezada al
extinguirse el fuego del día.
Avanzaba a mi lado con el paso temeroso de un
anciano, cuando me reveló el motivo de su sacerdocio, la
razón de su perfeccionamiento asiduo. Entrecortaba este relato
bajo un miedo angustioso:
Vivía yo en donde nací, en una ciudad
de claras bizarrías, de consejas extrañas y
cármenes morunos. Debieran ser mármoles truncos sus
escombros para completar el cuadro helénico del cielo y del mar
cristalinos.
Por una de sus calles vetustas regresaba solo a
descansar de la noche de orgía y de pasión. Yo adelantaba
por aquella oscuridad de caverna cuando me detuvo un miedo superior.
Alguien se me oponía en traje de religioso...
Reconocí la aparición infausta que
augura el trance supremo a los hombres de mi raza licenciosa y
doliente, y que les inspira el pensamiento invariable en las
postrimerías que amenazan más allá de la muerte.
Entonces contraen ellos la demencia o conciben desesperada
contrición.
Los moradores de aquel pueblo extrañaban la
facilidad con que yo había ganado la privanza del sacerdote que
los presidía y curaba de sus almas. Ponderaban su
carácter extraordinario, insistían en su retraimiento
lastimoso, recordaban para contraste los desmanes de su libre juventud
rectificada bruscamente. Venía al caso apuntar la índole
sombría de sus deudos, que buscaban el sosiego en diversiones
brutales y en regocijos estruendosos, antes de incurrir en el
desvarío místico o zozobrar en la demencia.
Decían que el arrepentimiento lo había
consumido, que la virtud adoptada de pronto le había prestado
aquel aspecto de árbol delgado y vacilante. La frente grave y
los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que
recorre alado la tierra, que oye en el silencio altas voces
aéreas.
Acostumbraba el monólogo mortificante, la
retirada excursión bajo la luna lenta, el huraño
extravío a los largo de los árboles que mece el aura de
la tarde.
Una vez toleró mi compañía. Las
estrellas lucían nuevas en la atmósfera despejada por la
lluvia. Celajes desvaídos viajaban hacia el sol declinante.
Cálido vapor surgía de la tierra desperezada al
extinguirse el fuego del día.
Avanzaba a mi lado con el paso temeroso de un
anciano, cuando me reveló el motivo de su sacerdocio, la
razón de su perfeccionamiento asiduo. Entrecortaba este relato
bajo un miedo angustioso:
Vivía yo en donde nací, en una ciudad
de claras bizarrías, de consejas extrañas y
cármenes morunos. Debieran ser mármoles truncos sus
escombros para completar el cuadro helénico del cielo y del mar
cristalinos.
Por una de sus calles vetustas regresaba solo a
descansar de la noche de orgía y de pasión. Yo adelantaba
por aquella oscuridad de caverna cuando me detuvo un miedo superior.
Alguien se me oponía en traje de religioso...
Reconocí la aparición infausta que
augura el trance supremo a los hombres de mi raza licenciosa y
doliente, y que les inspira el pensamiento invariable en las
postrimerías que amenazan más allá de la muerte.
Entonces contraen ellos la demencia o conciben desesperada
contrición.
640
José Antonio Ramos Sucre
La Conversión De Pablo
LA CONVERSIÓN DE PABLO
Los moradores de aquel pueblo extrañaban la
facilidad con que yo había ganado la privanza del sacerdote que
los presidía y curaba de sus almas. Ponderaban su
carácter extraordinario, insistían en su retraimiento
lastimoso, recordaban para contraste los desmanes de su libre juventud
rectificada bruscamente. Venía al caso apuntar la índole
sombría de sus deudos, que buscaban el sosiego en diversiones
brutales y en regocijos estruendosos, antes de incurrir en el
desvarío místico o zozobrar en la demencia.
Decían que el arrepentimiento lo había
consumido, que la virtud adoptada de pronto le había prestado
aquel aspecto de árbol delgado y vacilante. La frente grave y
los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que
recorre alado la tierra, que oye en el silencio altas voces
aéreas.
Acostumbraba el monólogo mortificante, la
retirada excursión bajo la luna lenta, el huraño
extravío a los largo de los árboles que mece el aura de
la tarde.
Una vez toleró mi compañía. Las
estrellas lucían nuevas en la atmósfera despejada por la
lluvia. Celajes desvaídos viajaban hacia el sol declinante.
Cálido vapor surgía de la tierra desperezada al
extinguirse el fuego del día.
Avanzaba a mi lado con el paso temeroso de un
anciano, cuando me reveló el motivo de su sacerdocio, la
razón de su perfeccionamiento asiduo. Entrecortaba este relato
bajo un miedo angustioso:
Vivía yo en donde nací, en una ciudad
de claras bizarrías, de consejas extrañas y
cármenes morunos. Debieran ser mármoles truncos sus
escombros para completar el cuadro helénico del cielo y del mar
cristalinos.
Por una de sus calles vetustas regresaba solo a
descansar de la noche de orgía y de pasión. Yo adelantaba
por aquella oscuridad de caverna cuando me detuvo un miedo superior.
Alguien se me oponía en traje de religioso...
Reconocí la aparición infausta que
augura el trance supremo a los hombres de mi raza licenciosa y
doliente, y que les inspira el pensamiento invariable en las
postrimerías que amenazan más allá de la muerte.
Entonces contraen ellos la demencia o conciben desesperada
contrición.
Los moradores de aquel pueblo extrañaban la
facilidad con que yo había ganado la privanza del sacerdote que
los presidía y curaba de sus almas. Ponderaban su
carácter extraordinario, insistían en su retraimiento
lastimoso, recordaban para contraste los desmanes de su libre juventud
rectificada bruscamente. Venía al caso apuntar la índole
sombría de sus deudos, que buscaban el sosiego en diversiones
brutales y en regocijos estruendosos, antes de incurrir en el
desvarío místico o zozobrar en la demencia.
Decían que el arrepentimiento lo había
consumido, que la virtud adoptada de pronto le había prestado
aquel aspecto de árbol delgado y vacilante. La frente grave y
los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que
recorre alado la tierra, que oye en el silencio altas voces
aéreas.
Acostumbraba el monólogo mortificante, la
retirada excursión bajo la luna lenta, el huraño
extravío a los largo de los árboles que mece el aura de
la tarde.
Una vez toleró mi compañía. Las
estrellas lucían nuevas en la atmósfera despejada por la
lluvia. Celajes desvaídos viajaban hacia el sol declinante.
Cálido vapor surgía de la tierra desperezada al
extinguirse el fuego del día.
Avanzaba a mi lado con el paso temeroso de un
anciano, cuando me reveló el motivo de su sacerdocio, la
razón de su perfeccionamiento asiduo. Entrecortaba este relato
bajo un miedo angustioso:
Vivía yo en donde nací, en una ciudad
de claras bizarrías, de consejas extrañas y
cármenes morunos. Debieran ser mármoles truncos sus
escombros para completar el cuadro helénico del cielo y del mar
cristalinos.
Por una de sus calles vetustas regresaba solo a
descansar de la noche de orgía y de pasión. Yo adelantaba
por aquella oscuridad de caverna cuando me detuvo un miedo superior.
Alguien se me oponía en traje de religioso...
Reconocí la aparición infausta que
augura el trance supremo a los hombres de mi raza licenciosa y
doliente, y que les inspira el pensamiento invariable en las
postrimerías que amenazan más allá de la muerte.
Entonces contraen ellos la demencia o conciben desesperada
contrición.
640
José Antonio Ramos Sucre
La Conversión De Pablo
LA CONVERSIÓN DE PABLO
Los moradores de aquel pueblo extrañaban la
facilidad con que yo había ganado la privanza del sacerdote que
los presidía y curaba de sus almas. Ponderaban su
carácter extraordinario, insistían en su retraimiento
lastimoso, recordaban para contraste los desmanes de su libre juventud
rectificada bruscamente. Venía al caso apuntar la índole
sombría de sus deudos, que buscaban el sosiego en diversiones
brutales y en regocijos estruendosos, antes de incurrir en el
desvarío místico o zozobrar en la demencia.
Decían que el arrepentimiento lo había
consumido, que la virtud adoptada de pronto le había prestado
aquel aspecto de árbol delgado y vacilante. La frente grave y
los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que
recorre alado la tierra, que oye en el silencio altas voces
aéreas.
Acostumbraba el monólogo mortificante, la
retirada excursión bajo la luna lenta, el huraño
extravío a los largo de los árboles que mece el aura de
la tarde.
Una vez toleró mi compañía. Las
estrellas lucían nuevas en la atmósfera despejada por la
lluvia. Celajes desvaídos viajaban hacia el sol declinante.
Cálido vapor surgía de la tierra desperezada al
extinguirse el fuego del día.
Avanzaba a mi lado con el paso temeroso de un
anciano, cuando me reveló el motivo de su sacerdocio, la
razón de su perfeccionamiento asiduo. Entrecortaba este relato
bajo un miedo angustioso:
Vivía yo en donde nací, en una ciudad
de claras bizarrías, de consejas extrañas y
cármenes morunos. Debieran ser mármoles truncos sus
escombros para completar el cuadro helénico del cielo y del mar
cristalinos.
Por una de sus calles vetustas regresaba solo a
descansar de la noche de orgía y de pasión. Yo adelantaba
por aquella oscuridad de caverna cuando me detuvo un miedo superior.
Alguien se me oponía en traje de religioso...
Reconocí la aparición infausta que
augura el trance supremo a los hombres de mi raza licenciosa y
doliente, y que les inspira el pensamiento invariable en las
postrimerías que amenazan más allá de la muerte.
Entonces contraen ellos la demencia o conciben desesperada
contrición.
Los moradores de aquel pueblo extrañaban la
facilidad con que yo había ganado la privanza del sacerdote que
los presidía y curaba de sus almas. Ponderaban su
carácter extraordinario, insistían en su retraimiento
lastimoso, recordaban para contraste los desmanes de su libre juventud
rectificada bruscamente. Venía al caso apuntar la índole
sombría de sus deudos, que buscaban el sosiego en diversiones
brutales y en regocijos estruendosos, antes de incurrir en el
desvarío místico o zozobrar en la demencia.
Decían que el arrepentimiento lo había
consumido, que la virtud adoptada de pronto le había prestado
aquel aspecto de árbol delgado y vacilante. La frente grave y
los ojos desatentos indicaban al hombre desprendido del mundo, que
recorre alado la tierra, que oye en el silencio altas voces
aéreas.
Acostumbraba el monólogo mortificante, la
retirada excursión bajo la luna lenta, el huraño
extravío a los largo de los árboles que mece el aura de
la tarde.
Una vez toleró mi compañía. Las
estrellas lucían nuevas en la atmósfera despejada por la
lluvia. Celajes desvaídos viajaban hacia el sol declinante.
Cálido vapor surgía de la tierra desperezada al
extinguirse el fuego del día.
Avanzaba a mi lado con el paso temeroso de un
anciano, cuando me reveló el motivo de su sacerdocio, la
razón de su perfeccionamiento asiduo. Entrecortaba este relato
bajo un miedo angustioso:
Vivía yo en donde nací, en una ciudad
de claras bizarrías, de consejas extrañas y
cármenes morunos. Debieran ser mármoles truncos sus
escombros para completar el cuadro helénico del cielo y del mar
cristalinos.
Por una de sus calles vetustas regresaba solo a
descansar de la noche de orgía y de pasión. Yo adelantaba
por aquella oscuridad de caverna cuando me detuvo un miedo superior.
Alguien se me oponía en traje de religioso...
Reconocí la aparición infausta que
augura el trance supremo a los hombres de mi raza licenciosa y
doliente, y que les inspira el pensamiento invariable en las
postrimerías que amenazan más allá de la muerte.
Entonces contraen ellos la demencia o conciben desesperada
contrición.
640
José Antonio Ramos Sucre
Ocaso
OCASO
Mi alma se deleita contemplando el cielo a trechos
azul o nublado, al arrullo de un valse delicioso. Imita la quietud del
ave que se apresta a descansar durante la noche que avecina. Bendice el
avance de la sombra, como el de una virgen tímida a la cita, al
recogerse el día y su cohorte de importunos rumores. Crecen
silenciosamente sus negros velos, tornándose cada vez más
densos, hasta dar por el tinte uniforme y el suave desliz la
ilusión de un mar de aguas sedantes y maléficas.
Envuelto en la obscuridad providente, imagino el
solaz de yacer olvidado en el son de un abismo incalculable, emulando
la fortuna de aquellos personajes que el desvariado ingenio
asiático describe, felizmente cautivos por la fascinación
de alguna divinidad marina en el laberinto de fantásticas grutas.
Expiran los sones del valse delicioso cuando el sol
difunde sus postreras luces sobre el remanso de la tarde. A favor del
ambiente ya callado y oscuro disfrutan mis sentidos de su merecida
tregua de lebreles alertos. Y a detener sobre mi frente el perezoso
giro de su velo, surge del seno de la sombra el vampiro de la
melancolía.
Mi alma se deleita contemplando el cielo a trechos
azul o nublado, al arrullo de un valse delicioso. Imita la quietud del
ave que se apresta a descansar durante la noche que avecina. Bendice el
avance de la sombra, como el de una virgen tímida a la cita, al
recogerse el día y su cohorte de importunos rumores. Crecen
silenciosamente sus negros velos, tornándose cada vez más
densos, hasta dar por el tinte uniforme y el suave desliz la
ilusión de un mar de aguas sedantes y maléficas.
Envuelto en la obscuridad providente, imagino el
solaz de yacer olvidado en el son de un abismo incalculable, emulando
la fortuna de aquellos personajes que el desvariado ingenio
asiático describe, felizmente cautivos por la fascinación
de alguna divinidad marina en el laberinto de fantásticas grutas.
Expiran los sones del valse delicioso cuando el sol
difunde sus postreras luces sobre el remanso de la tarde. A favor del
ambiente ya callado y oscuro disfrutan mis sentidos de su merecida
tregua de lebreles alertos. Y a detener sobre mi frente el perezoso
giro de su velo, surge del seno de la sombra el vampiro de la
melancolía.
525
José Antonio Ramos Sucre
Ocaso
OCASO
Mi alma se deleita contemplando el cielo a trechos
azul o nublado, al arrullo de un valse delicioso. Imita la quietud del
ave que se apresta a descansar durante la noche que avecina. Bendice el
avance de la sombra, como el de una virgen tímida a la cita, al
recogerse el día y su cohorte de importunos rumores. Crecen
silenciosamente sus negros velos, tornándose cada vez más
densos, hasta dar por el tinte uniforme y el suave desliz la
ilusión de un mar de aguas sedantes y maléficas.
Envuelto en la obscuridad providente, imagino el
solaz de yacer olvidado en el son de un abismo incalculable, emulando
la fortuna de aquellos personajes que el desvariado ingenio
asiático describe, felizmente cautivos por la fascinación
de alguna divinidad marina en el laberinto de fantásticas grutas.
Expiran los sones del valse delicioso cuando el sol
difunde sus postreras luces sobre el remanso de la tarde. A favor del
ambiente ya callado y oscuro disfrutan mis sentidos de su merecida
tregua de lebreles alertos. Y a detener sobre mi frente el perezoso
giro de su velo, surge del seno de la sombra el vampiro de la
melancolía.
Mi alma se deleita contemplando el cielo a trechos
azul o nublado, al arrullo de un valse delicioso. Imita la quietud del
ave que se apresta a descansar durante la noche que avecina. Bendice el
avance de la sombra, como el de una virgen tímida a la cita, al
recogerse el día y su cohorte de importunos rumores. Crecen
silenciosamente sus negros velos, tornándose cada vez más
densos, hasta dar por el tinte uniforme y el suave desliz la
ilusión de un mar de aguas sedantes y maléficas.
Envuelto en la obscuridad providente, imagino el
solaz de yacer olvidado en el son de un abismo incalculable, emulando
la fortuna de aquellos personajes que el desvariado ingenio
asiático describe, felizmente cautivos por la fascinación
de alguna divinidad marina en el laberinto de fantásticas grutas.
Expiran los sones del valse delicioso cuando el sol
difunde sus postreras luces sobre el remanso de la tarde. A favor del
ambiente ya callado y oscuro disfrutan mis sentidos de su merecida
tregua de lebreles alertos. Y a detener sobre mi frente el perezoso
giro de su velo, surge del seno de la sombra el vampiro de la
melancolía.
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José Antonio Ramos Sucre
Ocaso
OCASO
Mi alma se deleita contemplando el cielo a trechos
azul o nublado, al arrullo de un valse delicioso. Imita la quietud del
ave que se apresta a descansar durante la noche que avecina. Bendice el
avance de la sombra, como el de una virgen tímida a la cita, al
recogerse el día y su cohorte de importunos rumores. Crecen
silenciosamente sus negros velos, tornándose cada vez más
densos, hasta dar por el tinte uniforme y el suave desliz la
ilusión de un mar de aguas sedantes y maléficas.
Envuelto en la obscuridad providente, imagino el
solaz de yacer olvidado en el son de un abismo incalculable, emulando
la fortuna de aquellos personajes que el desvariado ingenio
asiático describe, felizmente cautivos por la fascinación
de alguna divinidad marina en el laberinto de fantásticas grutas.
Expiran los sones del valse delicioso cuando el sol
difunde sus postreras luces sobre el remanso de la tarde. A favor del
ambiente ya callado y oscuro disfrutan mis sentidos de su merecida
tregua de lebreles alertos. Y a detener sobre mi frente el perezoso
giro de su velo, surge del seno de la sombra el vampiro de la
melancolía.
Mi alma se deleita contemplando el cielo a trechos
azul o nublado, al arrullo de un valse delicioso. Imita la quietud del
ave que se apresta a descansar durante la noche que avecina. Bendice el
avance de la sombra, como el de una virgen tímida a la cita, al
recogerse el día y su cohorte de importunos rumores. Crecen
silenciosamente sus negros velos, tornándose cada vez más
densos, hasta dar por el tinte uniforme y el suave desliz la
ilusión de un mar de aguas sedantes y maléficas.
Envuelto en la obscuridad providente, imagino el
solaz de yacer olvidado en el son de un abismo incalculable, emulando
la fortuna de aquellos personajes que el desvariado ingenio
asiático describe, felizmente cautivos por la fascinación
de alguna divinidad marina en el laberinto de fantásticas grutas.
Expiran los sones del valse delicioso cuando el sol
difunde sus postreras luces sobre el remanso de la tarde. A favor del
ambiente ya callado y oscuro disfrutan mis sentidos de su merecida
tregua de lebreles alertos. Y a detener sobre mi frente el perezoso
giro de su velo, surge del seno de la sombra el vampiro de la
melancolía.
525
José Antonio Ramos Sucre
El Retorno
EL RETORNO
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
582
José Antonio Ramos Sucre
El Episodio Del Nostálgico
EL EPISODIO DEL NOSTÁLGICO
Siento, asomado a la ventana, la imagen asidua de la patria.
La nieve esmalta la ciudad extranjera.
La luna prende un fanal en el tope de cada torre.
Las aves procelarias descansan del océano, vestidas de edredón.
Protejo, desde ayer, a la huérfana del caballero taciturno, de origen ignorado.
Refiere sobresaltos y peligros, fugas improvisas sobre caballos asustados y en barcos náufragos. Añade observaciones
singulares, indicio de una inteligencia acelerada por la calamidad.
Duda si era su padre el caballero difunto.
Nunca lo vio sonreír.
Sacaba, a veces, un medallón vacío.
Miraba ansiosamente el reloj de hechura antigua, de campanada puntual.
Nadie consigue entender el mecanismo.
He espantado, de su seno, las mariposas negras del presagio.
Siento, asomado a la ventana, la imagen asidua de la patria.
La nieve esmalta la ciudad extranjera.
La luna prende un fanal en el tope de cada torre.
Las aves procelarias descansan del océano, vestidas de edredón.
Protejo, desde ayer, a la huérfana del caballero taciturno, de origen ignorado.
Refiere sobresaltos y peligros, fugas improvisas sobre caballos asustados y en barcos náufragos. Añade observaciones
singulares, indicio de una inteligencia acelerada por la calamidad.
Duda si era su padre el caballero difunto.
Nunca lo vio sonreír.
Sacaba, a veces, un medallón vacío.
Miraba ansiosamente el reloj de hechura antigua, de campanada puntual.
Nadie consigue entender el mecanismo.
He espantado, de su seno, las mariposas negras del presagio.
438
José Antonio Ramos Sucre
Miércoles De Ceniza
MIÉRCOLES DE CENIZA
Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por
la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las
galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la
tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que
arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de
sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos
festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de
lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje
del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.
El olvido, inexorable centinela, custodia su
ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas
rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma a
la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela
como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico
del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y
se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo
entre un rumor de fúnebres latines.
Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e
inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura
pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos
colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son
propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de
los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo
esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro
religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara
su vida el culto de un numen adusto.
Arrepentida de profanos coloquios y ávida de
dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas.
Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de
sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar
las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva
sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio
de cadavérica luz.
Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por
la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las
galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la
tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que
arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de
sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos
festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de
lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje
del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.
El olvido, inexorable centinela, custodia su
ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas
rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma a
la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela
como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico
del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y
se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo
entre un rumor de fúnebres latines.
Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e
inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura
pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos
colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son
propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de
los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo
esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro
religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara
su vida el culto de un numen adusto.
Arrepentida de profanos coloquios y ávida de
dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas.
Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de
sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar
las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva
sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio
de cadavérica luz.
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José Antonio Ramos Sucre
Miércoles De Ceniza
MIÉRCOLES DE CENIZA
Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por
la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las
galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la
tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que
arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de
sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos
festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de
lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje
del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.
El olvido, inexorable centinela, custodia su
ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas
rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma a
la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela
como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico
del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y
se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo
entre un rumor de fúnebres latines.
Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e
inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura
pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos
colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son
propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de
los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo
esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro
religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara
su vida el culto de un numen adusto.
Arrepentida de profanos coloquios y ávida de
dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas.
Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de
sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar
las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva
sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio
de cadavérica luz.
Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por
la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las
galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la
tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que
arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de
sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos
festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de
lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje
del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.
El olvido, inexorable centinela, custodia su
ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas
rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma a
la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela
como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico
del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y
se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo
entre un rumor de fúnebres latines.
Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e
inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura
pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos
colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son
propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de
los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo
esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro
religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara
su vida el culto de un numen adusto.
Arrepentida de profanos coloquios y ávida de
dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas.
Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de
sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar
las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva
sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio
de cadavérica luz.
455
José Antonio Ramos Sucre
Discurso Del Contemplativo
DISCURSO DEL CONTEMPLATIVO
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
425
José Antonio Ramos Sucre
Discurso Del Contemplativo
DISCURSO DEL CONTEMPLATIVO
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
425
José Antonio Ramos Sucre
Duelo De Arrabal
DUELO DE ARRABAL
En la pobre vivienda de suelo desnudo, alumbrada con
una lámpara mezquina, las mujeres se congregaron a llorar.
Fuertes o extenuados alternativamente, no cesaban los trémulos
sollozos, palabras agotadas y confusas escapaban de los pechos
sacudidos, gestos de dolor suplicaban a los cielos mudos. En torno de
un pequeño ataúd crecía el clamor y llegaba al
delirio; contenía el cuerpo de un niño arrebatado por la
muerte a la vida de arrabal. Hacia un rincón estaban reunidos en
haz los juguetes recién abandonados, junto a los pobres
útiles de industrias femeninas, y, en irónica ofrenda a
los pies del Crucifijo, las drogas sobre la mesa descubierta. Nobles
sacrificios fracasaron en resguardo de su vida: el consumo del ahorro
miserable, los días de zozobra, las noches de vigilia. Aquel
día, cuando la oscuridad prosperaba hasta en el ocaso tinto de
sangrante sol, vino la muerte al amparo de las sombras leves y
benignas, con fría palidez sellando su victoria.
Vino a aquella mansión, como a muchas otras;
un mal tremendo, como aquel que de orden divina diezmó los
primogénitos de Egipto, apenas dejó casa pobre sin luto.
Por su influjo tuvieron de cuna el seno de la tierra innumerables
niños, despedidos por coros gemebundos, lamentados con llanto
breve y clamoroso, el llanto de quienes en la vida sin paz tienen peor
enemigo que la muerte.
Siguiendo el general destino de los tristes que, con
la urgente pobreza, desconocen el deleite del recuerdo lloroso, los
dolientes de la pobre vivienda, alumbrada con una lámpara
mezquina, también se lamentaron con desesperanza pasajera. Las
voces roncas gimieron hasta la partida del pequeño
cadáver; pero el olvido, ante el esperado afán del
día siguiente, hizo invasión con el sosiego de la primera
noche augusta y encendida.
En la pobre vivienda de suelo desnudo, alumbrada con
una lámpara mezquina, las mujeres se congregaron a llorar.
Fuertes o extenuados alternativamente, no cesaban los trémulos
sollozos, palabras agotadas y confusas escapaban de los pechos
sacudidos, gestos de dolor suplicaban a los cielos mudos. En torno de
un pequeño ataúd crecía el clamor y llegaba al
delirio; contenía el cuerpo de un niño arrebatado por la
muerte a la vida de arrabal. Hacia un rincón estaban reunidos en
haz los juguetes recién abandonados, junto a los pobres
útiles de industrias femeninas, y, en irónica ofrenda a
los pies del Crucifijo, las drogas sobre la mesa descubierta. Nobles
sacrificios fracasaron en resguardo de su vida: el consumo del ahorro
miserable, los días de zozobra, las noches de vigilia. Aquel
día, cuando la oscuridad prosperaba hasta en el ocaso tinto de
sangrante sol, vino la muerte al amparo de las sombras leves y
benignas, con fría palidez sellando su victoria.
Vino a aquella mansión, como a muchas otras;
un mal tremendo, como aquel que de orden divina diezmó los
primogénitos de Egipto, apenas dejó casa pobre sin luto.
Por su influjo tuvieron de cuna el seno de la tierra innumerables
niños, despedidos por coros gemebundos, lamentados con llanto
breve y clamoroso, el llanto de quienes en la vida sin paz tienen peor
enemigo que la muerte.
Siguiendo el general destino de los tristes que, con
la urgente pobreza, desconocen el deleite del recuerdo lloroso, los
dolientes de la pobre vivienda, alumbrada con una lámpara
mezquina, también se lamentaron con desesperanza pasajera. Las
voces roncas gimieron hasta la partida del pequeño
cadáver; pero el olvido, ante el esperado afán del
día siguiente, hizo invasión con el sosiego de la primera
noche augusta y encendida.
468
José Antonio Ramos Sucre
La Cuita
LA CUITA
La adolescente viste de seda blanca. Reproduce el
atavío y la suavidad del alba. Observa, al caminar, la
reminiscencia de una armonía intuitiva. Se expresa con voz
jovial, timbrada para el canto en una fiesta de la primavera.
Yo escucho las violas y las flautas de los juglares
en la sala antigua. Los sones de la música vuelan a zozobrar en
la noche encantada, sobre el golfo argentado.
El aventurero de la cota roja y de las trusas pardas
arma asechanzas y redes contra la doncella, acerbando mis dolores de
proscrito.
La niña asiente a una señal maligna
del seductor. Personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban
mi interés. Los juglares celebran, con una música
vehemente, la fuga de los enamorados.
La adolescente viste de seda blanca. Reproduce el
atavío y la suavidad del alba. Observa, al caminar, la
reminiscencia de una armonía intuitiva. Se expresa con voz
jovial, timbrada para el canto en una fiesta de la primavera.
Yo escucho las violas y las flautas de los juglares
en la sala antigua. Los sones de la música vuelan a zozobrar en
la noche encantada, sobre el golfo argentado.
El aventurero de la cota roja y de las trusas pardas
arma asechanzas y redes contra la doncella, acerbando mis dolores de
proscrito.
La niña asiente a una señal maligna
del seductor. Personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban
mi interés. Los juglares celebran, con una música
vehemente, la fuga de los enamorados.
491
José Antonio Ramos Sucre
La Cuita
LA CUITA
La adolescente viste de seda blanca. Reproduce el
atavío y la suavidad del alba. Observa, al caminar, la
reminiscencia de una armonía intuitiva. Se expresa con voz
jovial, timbrada para el canto en una fiesta de la primavera.
Yo escucho las violas y las flautas de los juglares
en la sala antigua. Los sones de la música vuelan a zozobrar en
la noche encantada, sobre el golfo argentado.
El aventurero de la cota roja y de las trusas pardas
arma asechanzas y redes contra la doncella, acerbando mis dolores de
proscrito.
La niña asiente a una señal maligna
del seductor. Personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban
mi interés. Los juglares celebran, con una música
vehemente, la fuga de los enamorados.
La adolescente viste de seda blanca. Reproduce el
atavío y la suavidad del alba. Observa, al caminar, la
reminiscencia de una armonía intuitiva. Se expresa con voz
jovial, timbrada para el canto en una fiesta de la primavera.
Yo escucho las violas y las flautas de los juglares
en la sala antigua. Los sones de la música vuelan a zozobrar en
la noche encantada, sobre el golfo argentado.
El aventurero de la cota roja y de las trusas pardas
arma asechanzas y redes contra la doncella, acerbando mis dolores de
proscrito.
La niña asiente a una señal maligna
del seductor. Personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban
mi interés. Los juglares celebran, con una música
vehemente, la fuga de los enamorados.
491
José Antonio Ramos Sucre
La Tribulación Del Novicio
LA TRIBULACIÓN DEL NOVICIO
Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.
Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.
No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.
Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.
Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.
No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.
439
José Antonio Ramos Sucre
La Tribulación Del Novicio
LA TRIBULACIÓN DEL NOVICIO
Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.
Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.
No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.
Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.
Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.
No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.
439
José Antonio Ramos Sucre
El Solterón
EL SOLTERÓN
El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.
El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.
569
José Antonio Ramos Sucre
El Solterón
EL SOLTERÓN
El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.
El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.
569
José Antonio Ramos Sucre
El Solterón
EL SOLTERÓN
El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.
El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.
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