Poemas en este tema
Emociones y Sentimientos
Juan Meléndez Valdés
De Un Cupido
Al ir a despedirme,
temiéndose mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Rapazuelo de nácar
en todo extremo lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
con su venda a los ojos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la mano sus tiros,
la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como le pintan
desnudo y aterido.
Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.
Pero sentí al instante
del pecho mil latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
Y fue que en él se había
entrado el fementido.
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
temiéndose mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Rapazuelo de nácar
en todo extremo lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
con su venda a los ojos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la mano sus tiros,
la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como le pintan
desnudo y aterido.
Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.
Pero sentí al instante
del pecho mil latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
Y fue que en él se había
entrado el fementido.
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
586
Juan Meléndez Valdés
De Un Cupido
Al ir a despedirme,
temiéndose mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Rapazuelo de nácar
en todo extremo lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
con su venda a los ojos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la mano sus tiros,
la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como le pintan
desnudo y aterido.
Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.
Pero sentí al instante
del pecho mil latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
Y fue que en él se había
entrado el fementido.
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
temiéndose mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:
diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.
Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;
que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,
cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».
Rapazuelo de nácar
en todo extremo lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:
con su venda a los ojos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la mano sus tiros,
la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;
arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como le pintan
desnudo y aterido.
Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;
y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.
Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.
Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,
tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,
Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.
Pero sentí al instante
del pecho mil latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.
Y fue que en él se había
entrado el fementido.
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.
586
Juan Meléndez Valdés
Elegía Moral A Jovino, El Melancólico
Cuando la sombra fúnebre y el luto
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a un
triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;
Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?...
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
¡Ay! ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...
la pasión, la razón ya vencedoras...
ya vencidas huir!... Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a un
triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;
Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?...
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
¡Ay! ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...
la pasión, la razón ya vencedoras...
ya vencidas huir!... Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.
809
Juan Meléndez Valdés
Elegía Moral A Jovino, El Melancólico
Cuando la sombra fúnebre y el luto
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a un
triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;
Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?...
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
¡Ay! ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...
la pasión, la razón ya vencedoras...
ya vencidas huir!... Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a un
triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;
Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?...
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
¡Ay! ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...
la pasión, la razón ya vencedoras...
ya vencidas huir!... Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.
809
Juan Meléndez Valdés
Elegía Moral A Jovino, El Melancólico
Cuando la sombra fúnebre y el luto
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a un
triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;
Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?...
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
¡Ay! ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...
la pasión, la razón ya vencedoras...
ya vencidas huir!... Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a un
triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;
Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?...
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
¡Ay! ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...
la pasión, la razón ya vencedoras...
ya vencidas huir!... Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.
809
Juan Meléndez Valdés
Elegía Moral A Jovino, El Melancólico
Cuando la sombra fúnebre y el luto
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a un
triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;
Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?...
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
¡Ay! ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...
la pasión, la razón ya vencedoras...
ya vencidas huir!... Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.
¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.
Tú me juzgas feliz... ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a un
triste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;
Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.
Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?...
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.
Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.
Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas... Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.
¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!
¡Ay! ¡si pudieses ver..., el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos..., el deseo...
la pasión, la razón ya vencedoras...
ya vencidas huir!... Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.
809
Juan Meléndez Valdés
El Retrato
¿Si es él, Amor? ¡Qué trémula la mano
rompe el último nema! Me lo anuncia
con zozobra feliz saltando el pecho.
No, no puedo dudarlo: el importuno
velo cayó; tu celestial imagen,
tu suspirado don... Mi amante boca
con mil ardientes besos, mi llagado,
mi triste corazón con mil suspiros,
ambos a par lo adoren y el tributo
primero denle de mi tierno pecho.
Milagro del pincel, amable copia
del más amable objeto, ciego torno
a besarte otra vez; ojos, gozadla;
sáciate, corazón... No estás ausente:
ingenioso su amor buscarte supo,
supo templar de su crüel imperio
el áspero rigor, y fino hallarte.
De tu ternura celestial, oh amada,
oh mitad de mi vida, tal milagro
de cariño esperaba mi deseo.
Llegó; y puedo contigo consolarme,
en mi inmenso penar gemir contigo,
y en tu seno lanzar la ardiente vena
de lágrimas que inunda mis mejillas
en tan mortal insoportable ausencia.
Sí, amada, ya te tengo; ya en mi pecho
fino te estrecharé; mis tristes ojos
te ven, el fuego de los tuyos sienten;
y mis manos te tocan, y mis labios
pueden saciarse de oprimirte finos,
y mis suspiros animarte, y toda
inundarte en mis lágrimas ardientes.
Las sientes, ¿y no lloras? ¿a mis ayes
dolientes, ¡ay!, los tuyos no responden,
y a mis quejas y míseros gemidos?
A ti me vuelvo desolado, te hablo,
¿y muda está tu cariñosa lengua?
Clori, Clori, mi bien... ¡Loco deseo!
¡fantástica ilusión...! A sombras vanas,
a un mentido color prestar quería
la vida, el fuego, la expresión, las sales
que al prototipo celestial animan.
¡Oh, cómo, cómo en este punto siento
de mi suerte el horror, el hondo abismo
do sepultado y sin consuelo lloro!
¡Ausencia! ¡ausencia!, arráncame la vida;
no de ilusión en ilusión me lleves.
Un breve plazo tus dolores templas;
y tornas luego, y más crüel divides
en partes mil mi lastimado pecho.
¡Ay! Un instante en mi ilusión creía,
mirando absorto el celestial trasunto,
que mis ternezas, mis sentidos ayes
halagüeña escuchabas, que tus labios
se desplegaban en amable risa,
que al esplendor del animado fuego
en que tus ojos agraciados lucen,
la llama se alentaba de los míos
y que amor coloraba tus mejillas,
dulce señuelo a mi sedienta boca,
o el elástico seno conturbaba
en grata ondulación... Me precipito
frenético en mi error... Clori, tu imagen
helada me recibe; no, no siente
así cual tú... El encanto lisonjero
se desvanece; y a una sombra abrazo
muda y sin alma, y una sombra oprimo,
y una sombra acaricio, y mil finezas
loco le digo y que responda anhelo.
¡Ay! Eres tú, adorada, ¿y callas tibia?
¿y a mi llanto tus lágrimas no corren?
¿Por qué insensible a mis cariños eres
y eres de nieve al fuego en que me abraso?
¿Por qué en los ojos la inquietud graciosa,
el vivaz sentimiento, la ternura,
el delicioso hechizo hallar no puedo
que en los tuyos de amores me embrïagan?
Háblame, idolatrada, o no me burles
cual si a abrir fueras cariñosa el labio;
o en su mirar donoso tus pupilas
se animen, o falaces no remeden
otras, do Amor su trono soberano
sentó y se gozan las sencillas Gracias.
No tu nevado torneado cuello
inmóvil yazca; vuélvase y recline
en mi seno amoroso esa cabeza
que enhiesto apoya, y góceme dichoso,
cual veces tantas, en su dulce peso.
Sienta tu pecho, a la ternura se abra,
ábrase al blando amor, y arda y palpite,
y en plácida efusión al pecho mío
haga correr el celestial encanto
de su angélica llama, de los puros
afectos más que humanos que en sí abriga;
o el lácteo pecho de mi bien no mienta,
do todo es suave amor, dulzura todo,
sencillez tierna y cariñosas ansias,
placer, transportos, éxtasis, delicias.
No la alba mano el abanico agite
en juego inútil; o mi dócil cuello
en torno ciña en lazo venturoso,
indisoluble lazo en que anudara
nuestras almas el cielo para siempre,
o cual un tiempo cariñosa oprima
mi palpitante corazón y sienta
el fuego asolador que le consume.
¡Ah, mano!, ¡hermosa mano! El pincel rudo
trasladar quiso en vano tus contornos,
tu gracia, tu candor... De mármol era,
si viéndola, el artista... No, profano:
mis labios sólo tributarla deben,
en su delirio idólatras, el culto
que le ha votado amor; tu nieve y rosa
la manchan, no la tocan. ¡Ay! ¡qué digo!
¿la menor de sus partes puede acaso
remedar el pincel? ¿débil el arte
no cede a empresa tanta y se confunde?
¿Esas cejas sin alma, es esa frente
la tuya, Clori mía?, ¿son tus labios
festivos, purpurantes, halagüeños,
estos labios helados? ¿las mejillas
son la leche y carmín en deliciosa
mezcla deshechos, como tú los llevas
en tus llenas mejillas sonrosadas?
¿Y tu seno y tu tez, y el suave agrado
de tu semblante, y la donosa gracia
de tus razones...? ¡Qué violenta hoguera
circula por mis venas...! ¡Qué suspiros
se exhalan sin sentirlo de mi pecho!
¡Cómo agitado el corazón palpita!
Con frenética sed me precipito
sobre tu imagen muda...; irresistible
la mágica virtud de tu presencia
me arrastra... Desfallecen mis rodillas...
cubren mil sombras mis llorosos ojos...
un ardor..., un ardor... Mi bien, mi gloria,
Clori, amor, vida, esposa, ¡oh si pudiese
llegar a ti la conmoción que siento
y este torrente de delicias puras
en que sin seso en mi ilusión me inundo!
¡Si a ti alcanzasen mis dolientes ansias,
mis sollozos, mis aves, los furores
de mi delirio infausto! ¡si escuchases
la inmensa copia de ternezas que hablo
a tu divina imagen...! Tus mejillas
y tu frente y tus ojos y tu boca,
y cuello y pecho, y toda tú abrasada
al fuego de mis ayes encendidos
y en mi llanto inundada te hallarías...
¿Por qué estos cultos a una imagen muda
se habrán de tributar? Ven, ven, amada,
a recibirlos; ven en los transportos
del más violento amor; no se profanen
en una helada inanimada sombra.
Ven luego, ven, y unámonos por siempre;
o a mí me deja en tus amantes brazos
fino volar, y colma mi ventura.
Una palabra, una palabra sola...
Dila, y feliz recibirás los cultos
que idólatra tributo a tu retrato.
Él, entre tanto sobre el pecho mío
será alivio a mis penas, compañero
de mi destierro, inapreciable joya
de tu firmeza, y suplirá ¡ay! En vano
de su divino original la ausencia.
rompe el último nema! Me lo anuncia
con zozobra feliz saltando el pecho.
No, no puedo dudarlo: el importuno
velo cayó; tu celestial imagen,
tu suspirado don... Mi amante boca
con mil ardientes besos, mi llagado,
mi triste corazón con mil suspiros,
ambos a par lo adoren y el tributo
primero denle de mi tierno pecho.
Milagro del pincel, amable copia
del más amable objeto, ciego torno
a besarte otra vez; ojos, gozadla;
sáciate, corazón... No estás ausente:
ingenioso su amor buscarte supo,
supo templar de su crüel imperio
el áspero rigor, y fino hallarte.
De tu ternura celestial, oh amada,
oh mitad de mi vida, tal milagro
de cariño esperaba mi deseo.
Llegó; y puedo contigo consolarme,
en mi inmenso penar gemir contigo,
y en tu seno lanzar la ardiente vena
de lágrimas que inunda mis mejillas
en tan mortal insoportable ausencia.
Sí, amada, ya te tengo; ya en mi pecho
fino te estrecharé; mis tristes ojos
te ven, el fuego de los tuyos sienten;
y mis manos te tocan, y mis labios
pueden saciarse de oprimirte finos,
y mis suspiros animarte, y toda
inundarte en mis lágrimas ardientes.
Las sientes, ¿y no lloras? ¿a mis ayes
dolientes, ¡ay!, los tuyos no responden,
y a mis quejas y míseros gemidos?
A ti me vuelvo desolado, te hablo,
¿y muda está tu cariñosa lengua?
Clori, Clori, mi bien... ¡Loco deseo!
¡fantástica ilusión...! A sombras vanas,
a un mentido color prestar quería
la vida, el fuego, la expresión, las sales
que al prototipo celestial animan.
¡Oh, cómo, cómo en este punto siento
de mi suerte el horror, el hondo abismo
do sepultado y sin consuelo lloro!
¡Ausencia! ¡ausencia!, arráncame la vida;
no de ilusión en ilusión me lleves.
Un breve plazo tus dolores templas;
y tornas luego, y más crüel divides
en partes mil mi lastimado pecho.
¡Ay! Un instante en mi ilusión creía,
mirando absorto el celestial trasunto,
que mis ternezas, mis sentidos ayes
halagüeña escuchabas, que tus labios
se desplegaban en amable risa,
que al esplendor del animado fuego
en que tus ojos agraciados lucen,
la llama se alentaba de los míos
y que amor coloraba tus mejillas,
dulce señuelo a mi sedienta boca,
o el elástico seno conturbaba
en grata ondulación... Me precipito
frenético en mi error... Clori, tu imagen
helada me recibe; no, no siente
así cual tú... El encanto lisonjero
se desvanece; y a una sombra abrazo
muda y sin alma, y una sombra oprimo,
y una sombra acaricio, y mil finezas
loco le digo y que responda anhelo.
¡Ay! Eres tú, adorada, ¿y callas tibia?
¿y a mi llanto tus lágrimas no corren?
¿Por qué insensible a mis cariños eres
y eres de nieve al fuego en que me abraso?
¿Por qué en los ojos la inquietud graciosa,
el vivaz sentimiento, la ternura,
el delicioso hechizo hallar no puedo
que en los tuyos de amores me embrïagan?
Háblame, idolatrada, o no me burles
cual si a abrir fueras cariñosa el labio;
o en su mirar donoso tus pupilas
se animen, o falaces no remeden
otras, do Amor su trono soberano
sentó y se gozan las sencillas Gracias.
No tu nevado torneado cuello
inmóvil yazca; vuélvase y recline
en mi seno amoroso esa cabeza
que enhiesto apoya, y góceme dichoso,
cual veces tantas, en su dulce peso.
Sienta tu pecho, a la ternura se abra,
ábrase al blando amor, y arda y palpite,
y en plácida efusión al pecho mío
haga correr el celestial encanto
de su angélica llama, de los puros
afectos más que humanos que en sí abriga;
o el lácteo pecho de mi bien no mienta,
do todo es suave amor, dulzura todo,
sencillez tierna y cariñosas ansias,
placer, transportos, éxtasis, delicias.
No la alba mano el abanico agite
en juego inútil; o mi dócil cuello
en torno ciña en lazo venturoso,
indisoluble lazo en que anudara
nuestras almas el cielo para siempre,
o cual un tiempo cariñosa oprima
mi palpitante corazón y sienta
el fuego asolador que le consume.
¡Ah, mano!, ¡hermosa mano! El pincel rudo
trasladar quiso en vano tus contornos,
tu gracia, tu candor... De mármol era,
si viéndola, el artista... No, profano:
mis labios sólo tributarla deben,
en su delirio idólatras, el culto
que le ha votado amor; tu nieve y rosa
la manchan, no la tocan. ¡Ay! ¡qué digo!
¿la menor de sus partes puede acaso
remedar el pincel? ¿débil el arte
no cede a empresa tanta y se confunde?
¿Esas cejas sin alma, es esa frente
la tuya, Clori mía?, ¿son tus labios
festivos, purpurantes, halagüeños,
estos labios helados? ¿las mejillas
son la leche y carmín en deliciosa
mezcla deshechos, como tú los llevas
en tus llenas mejillas sonrosadas?
¿Y tu seno y tu tez, y el suave agrado
de tu semblante, y la donosa gracia
de tus razones...? ¡Qué violenta hoguera
circula por mis venas...! ¡Qué suspiros
se exhalan sin sentirlo de mi pecho!
¡Cómo agitado el corazón palpita!
Con frenética sed me precipito
sobre tu imagen muda...; irresistible
la mágica virtud de tu presencia
me arrastra... Desfallecen mis rodillas...
cubren mil sombras mis llorosos ojos...
un ardor..., un ardor... Mi bien, mi gloria,
Clori, amor, vida, esposa, ¡oh si pudiese
llegar a ti la conmoción que siento
y este torrente de delicias puras
en que sin seso en mi ilusión me inundo!
¡Si a ti alcanzasen mis dolientes ansias,
mis sollozos, mis aves, los furores
de mi delirio infausto! ¡si escuchases
la inmensa copia de ternezas que hablo
a tu divina imagen...! Tus mejillas
y tu frente y tus ojos y tu boca,
y cuello y pecho, y toda tú abrasada
al fuego de mis ayes encendidos
y en mi llanto inundada te hallarías...
¿Por qué estos cultos a una imagen muda
se habrán de tributar? Ven, ven, amada,
a recibirlos; ven en los transportos
del más violento amor; no se profanen
en una helada inanimada sombra.
Ven luego, ven, y unámonos por siempre;
o a mí me deja en tus amantes brazos
fino volar, y colma mi ventura.
Una palabra, una palabra sola...
Dila, y feliz recibirás los cultos
que idólatra tributo a tu retrato.
Él, entre tanto sobre el pecho mío
será alivio a mis penas, compañero
de mi destierro, inapreciable joya
de tu firmeza, y suplirá ¡ay! En vano
de su divino original la ausencia.
817
Juan Meléndez Valdés
Oda A D Salvador De Mena En Un Infortunio
Nada por siempre dura.
Sucede al bien el mal, al albo día
sigue la noche obscura,
y el llanto y la alegría
en un vaso nos da la suerte impía.
Trueca el árbol sus flores
para el otoño en frutos, ya temblando
del cierzo los rigores,
que inclemente volando,
vendrá tristeza y luto derramando;
y desnuda y helada
aun su cima los ojos desalienta,
la hoja en torno sembrada,
cuando al invierno ahuyenta
abril y nuevas galas le presenta.
Se alza el sol con su pura
llama a dar vida y fecundar el suelo,
pero al punto la obscura
tempestad cubre el cielo,
y de su luz nos priva y su consuelo.
¿Qué día el más clemente
resplandeció sin nube?, ¿quién contarse
feliz eternamente
pudo?, ¿quién angustiarse
en perenne dolor sin consolarse?
Todo se vuelve y muda.
Si hoy los bienes me roba, si tropieza
en mí la suerte cruda,
las Musas su riqueza
saben guardar en mísera pobreza.
Los bienes verdaderos,
la salud, libertad y fe inocente,
no los dan los dineros,
ni del metal luciente
siguen, Menalio, la fugaz corriente.
Fuera yo un César, fuera
el opulento Creso, ¿acaso iría
mayor si me midiera?
Mi ánimo solo haría
la pequeñez o la grandeza mía.
De mi débil gemido
no, amigo, no serás importunado,
pues hoy yace abatido
lo que ayer fue encumbrado,
y a alzarse torna para ser postrado.
Fluye el astro del día
con la noche a otros climas, mas la aurora
nos vuelve su alegría;
y Fortuna en un hora
corre a entronar al que abatido llora.
Si hoy me es esquivo el hado,
mañana favorable podrá serme;
y pues no me ha robado
en tu pecho, ni ofenderme
pudo, ni logrará rendido verme.
Sucede al bien el mal, al albo día
sigue la noche obscura,
y el llanto y la alegría
en un vaso nos da la suerte impía.
Trueca el árbol sus flores
para el otoño en frutos, ya temblando
del cierzo los rigores,
que inclemente volando,
vendrá tristeza y luto derramando;
y desnuda y helada
aun su cima los ojos desalienta,
la hoja en torno sembrada,
cuando al invierno ahuyenta
abril y nuevas galas le presenta.
Se alza el sol con su pura
llama a dar vida y fecundar el suelo,
pero al punto la obscura
tempestad cubre el cielo,
y de su luz nos priva y su consuelo.
¿Qué día el más clemente
resplandeció sin nube?, ¿quién contarse
feliz eternamente
pudo?, ¿quién angustiarse
en perenne dolor sin consolarse?
Todo se vuelve y muda.
Si hoy los bienes me roba, si tropieza
en mí la suerte cruda,
las Musas su riqueza
saben guardar en mísera pobreza.
Los bienes verdaderos,
la salud, libertad y fe inocente,
no los dan los dineros,
ni del metal luciente
siguen, Menalio, la fugaz corriente.
Fuera yo un César, fuera
el opulento Creso, ¿acaso iría
mayor si me midiera?
Mi ánimo solo haría
la pequeñez o la grandeza mía.
De mi débil gemido
no, amigo, no serás importunado,
pues hoy yace abatido
lo que ayer fue encumbrado,
y a alzarse torna para ser postrado.
Fluye el astro del día
con la noche a otros climas, mas la aurora
nos vuelve su alegría;
y Fortuna en un hora
corre a entronar al que abatido llora.
Si hoy me es esquivo el hado,
mañana favorable podrá serme;
y pues no me ha robado
en tu pecho, ni ofenderme
pudo, ni logrará rendido verme.
547
Juan Meléndez Valdés
Oda A D Salvador De Mena En Un Infortunio
Nada por siempre dura.
Sucede al bien el mal, al albo día
sigue la noche obscura,
y el llanto y la alegría
en un vaso nos da la suerte impía.
Trueca el árbol sus flores
para el otoño en frutos, ya temblando
del cierzo los rigores,
que inclemente volando,
vendrá tristeza y luto derramando;
y desnuda y helada
aun su cima los ojos desalienta,
la hoja en torno sembrada,
cuando al invierno ahuyenta
abril y nuevas galas le presenta.
Se alza el sol con su pura
llama a dar vida y fecundar el suelo,
pero al punto la obscura
tempestad cubre el cielo,
y de su luz nos priva y su consuelo.
¿Qué día el más clemente
resplandeció sin nube?, ¿quién contarse
feliz eternamente
pudo?, ¿quién angustiarse
en perenne dolor sin consolarse?
Todo se vuelve y muda.
Si hoy los bienes me roba, si tropieza
en mí la suerte cruda,
las Musas su riqueza
saben guardar en mísera pobreza.
Los bienes verdaderos,
la salud, libertad y fe inocente,
no los dan los dineros,
ni del metal luciente
siguen, Menalio, la fugaz corriente.
Fuera yo un César, fuera
el opulento Creso, ¿acaso iría
mayor si me midiera?
Mi ánimo solo haría
la pequeñez o la grandeza mía.
De mi débil gemido
no, amigo, no serás importunado,
pues hoy yace abatido
lo que ayer fue encumbrado,
y a alzarse torna para ser postrado.
Fluye el astro del día
con la noche a otros climas, mas la aurora
nos vuelve su alegría;
y Fortuna en un hora
corre a entronar al que abatido llora.
Si hoy me es esquivo el hado,
mañana favorable podrá serme;
y pues no me ha robado
en tu pecho, ni ofenderme
pudo, ni logrará rendido verme.
Sucede al bien el mal, al albo día
sigue la noche obscura,
y el llanto y la alegría
en un vaso nos da la suerte impía.
Trueca el árbol sus flores
para el otoño en frutos, ya temblando
del cierzo los rigores,
que inclemente volando,
vendrá tristeza y luto derramando;
y desnuda y helada
aun su cima los ojos desalienta,
la hoja en torno sembrada,
cuando al invierno ahuyenta
abril y nuevas galas le presenta.
Se alza el sol con su pura
llama a dar vida y fecundar el suelo,
pero al punto la obscura
tempestad cubre el cielo,
y de su luz nos priva y su consuelo.
¿Qué día el más clemente
resplandeció sin nube?, ¿quién contarse
feliz eternamente
pudo?, ¿quién angustiarse
en perenne dolor sin consolarse?
Todo se vuelve y muda.
Si hoy los bienes me roba, si tropieza
en mí la suerte cruda,
las Musas su riqueza
saben guardar en mísera pobreza.
Los bienes verdaderos,
la salud, libertad y fe inocente,
no los dan los dineros,
ni del metal luciente
siguen, Menalio, la fugaz corriente.
Fuera yo un César, fuera
el opulento Creso, ¿acaso iría
mayor si me midiera?
Mi ánimo solo haría
la pequeñez o la grandeza mía.
De mi débil gemido
no, amigo, no serás importunado,
pues hoy yace abatido
lo que ayer fue encumbrado,
y a alzarse torna para ser postrado.
Fluye el astro del día
con la noche a otros climas, mas la aurora
nos vuelve su alegría;
y Fortuna en un hora
corre a entronar al que abatido llora.
Si hoy me es esquivo el hado,
mañana favorable podrá serme;
y pues no me ha robado
en tu pecho, ni ofenderme
pudo, ni logrará rendido verme.
547
Juan Meléndez Valdés
La Partida
En fin voy a partir, bárbara amiga,
voy a partir, y me abandono ciego
a tu imperiosa voluntad. Lo mandas;
ni sé, ni puedo resistir; adoro
la mano que me hiere, y beso humilde
el dogal inhumano que me ahoga.
No temas ya las sombras que te asustan,
las vanas sombras que te abulta el miedo
cual fantasmas horribles, a la clara
luz de tu honor y tu virtud opuestas,
que nacer sólo hicieran... En mi labio
la queja bien no está; gima y suspire;
no a culpar tu rigor dé los instantes
del más ardiente amor tal vez postreros;
tú, de ti misma juez, mis ansias juzga,
mi dolor justifica; a mí no es dado
sino partir. ¡Oh Dios! ¡de mi inefable
felicidad huir! ¡en mis oídos
no sonará su voz! ¡no las ternezas
de su ardiente pasión! ¡mis ojos tristes
no la verán, no buscarán los suyos,
y en ellos su alegría y su ventura!
No sentiré su delicada mano
dulcemente tal vez premiar la mía,
yo extático de amor... ¡Bárbara! ¡injusta!
¿qué pretendes hacer? ¿qué placer cabe
en afligir al mismo a quien adoras,
que te idolatra ciego? No, no es tuyo
este exceso de horror; tu blando pecho,
de dulzura y piedad a par formado,
no inhumano bastara a concebirlo.
Tu amable boca, el órgano süave
de amor, que sólo articular palabras
de alegría y consuelo antes supiera,
no lo alcanzó a mandar. Sí; te conozco,
te justifico, y las congojas veo
de tu inocente corazón... Mi vida,
mi esperanza, mi bien, ¡ah! ve el abismo
do vamos a caer; que te fascinas;
que no conoces el horrible trance
en que vas a quedar, que a mí me aguarda
con tan amarga arrebatada ausencia.
No lo conoces, deslumbrada; en vano,
tranquila ya, despavorida y sola,
me llamarás con doloridos ayes.
Habré partido yo; y el rechinido
del eje, el grito del zagal, el bronco
confuso son de las volantes ruedas,
a herir tu oído y afligir tu pecho
de un tardío pesar irán agudos.
Yo entre tanto abatido, desolado,
a tu estancia feliz vueltos los ojos,
mis ojos ciegos en su llanto ardiente,
te diré adiós, y besaré con ellos
las dichosas paredes que te guardan,
mis fenecidas glorias repasando,
y mis presentes invencibles males.
¡Ay! ¿dó si un paso das, donde no encuentres
de nuestro tierno amor mil dulces muestras?
Entra aquí, corre allá, pasa a otra estancia:
«Aquí», ellas te dirán, «se
postró humilde
a tus pies, y la mano allí le diste;
allá, loco en su ardor, corrió a tu encuentro;
y allí le viste en lágrimas bañado,
en lágrimas de amor; con mil ternezas
más allá fino te ofreció su llama;
y al cielo hizo testigo, y los luceros,
de su lazada eterna, indisoluble,
en la noche feliz...» Sedlo, fulgentes
antorchas del Olimpo; y tú, callada
luna, que atiendes mis sentidas quejas
y antes mi gloria y sus finezas viste,
sedlo; y benignas en mi amarga suerte
ved a mi amada, vedla, y recordadle
su santo indisoluble juramento.
Vedla, y gozad de su donosa vista,
de las sencillas animadas gracias
de su semblante. ¡Oh Dios! yo afortunado
las gozaba también; su voz oía,
su voz encantadora, que elevada
lleva el alma tras sí, su voz que sabe
hacer dulce hasta el no,
gratas las quejas.
¡Oh, qué de veces de sus tiernos labios
me enajenó la plácida sonrisa,
las vivas sales y hechiceras gracias!
¡Oh qué de tardes, de agradables horas,
de nuestra dicha hablando, instantes breves
se nos huyeran! ¡Qué de ardientes votos,
qué de suspiros y esperanzas dulces
crédulas nuestras almas concibieron,
y el cielo hoy en su cólera condena!,
¡Qué proyectos formáramos...! Mi vida,
mi delicia, mi amor, mi bien, señora,
amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara
otro nombre aun más dulce! ¿qué pretendes?
¿Sabes dó quieres despeñarme? Espera,
aguarda pocos días; no me ahogues;
después yo mismo partiré, tú nada
tendrás que hacer ni que mandar; humilde
correré a mi destierro y resignado.
Mas ora ¡irme! ¡dejarte! Si me amas,
¿por qué me echas de ti, bárbara amiga?...
Ya lo veo, te canso; cuidadosa
conmigo evitas el secreto, me huyes;
sola te asustas, y de todo tiemblas.
Tu lengua se tropieza balbuciente,
y embarazada estás cuando me miras.
Si yo te miro, desmayada tornas
la faz, y alguna lágrima... ¡oh martirio!
Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos
otros, ¡ay! otros eran: me buscaban,
y en su mirar y regaladas burlas
alentaban mis tímidos deseos.
¿Te has olvidado de la selva hojosa,
do huyendo veces tantas del bullicio,
en sus oscuras solitarias calles
buscamos un asilo misterioso,
do alentar libres de mordaz censura?
¿Qué sitio no oyó allí nuestras ternezas?
¿no ardió con nuestra llama? Al lugar corre
do reposar solíamos, y escucha
tu blando corazón; si él mis suspiros
se atreve a condenar, dócil al punto
cedo a tu imperio, y parto. Pero en vano
te reconvengo, yo te canso; acaba
de arrojarme de ti, cruel... Perdona,
perdona a mi delirio; de rodillas
tus pies abrazo y tu piedad imploro.
¡Yo acusar tu fineza!... ¡Yo cansarte!
A ti, que me idolatras... No; la pluma
se deslizó, mis lágrimas lo borren.
¡Oh Dios! yo la he ultrajado; esto restaba
a mi inmenso dolor. Mi bien, señora,
dispón, ordena, manda: te obedezco;
Sé que me adoras; no lo dudo: humilde
me resigno a tu arbitrio... El coche se oye,
y del sonante látigo el chasquido,
el ronco estruendo, el retiñir agudo
viene a colmar la turbación horrible
de mi agitado corazón... Se acerca
veloz y para; te obedezco, y parto.
Adiós, amada, adiós... El llanto acabe,
que el débil pecho en su dolor se ahoga.
voy a partir, y me abandono ciego
a tu imperiosa voluntad. Lo mandas;
ni sé, ni puedo resistir; adoro
la mano que me hiere, y beso humilde
el dogal inhumano que me ahoga.
No temas ya las sombras que te asustan,
las vanas sombras que te abulta el miedo
cual fantasmas horribles, a la clara
luz de tu honor y tu virtud opuestas,
que nacer sólo hicieran... En mi labio
la queja bien no está; gima y suspire;
no a culpar tu rigor dé los instantes
del más ardiente amor tal vez postreros;
tú, de ti misma juez, mis ansias juzga,
mi dolor justifica; a mí no es dado
sino partir. ¡Oh Dios! ¡de mi inefable
felicidad huir! ¡en mis oídos
no sonará su voz! ¡no las ternezas
de su ardiente pasión! ¡mis ojos tristes
no la verán, no buscarán los suyos,
y en ellos su alegría y su ventura!
No sentiré su delicada mano
dulcemente tal vez premiar la mía,
yo extático de amor... ¡Bárbara! ¡injusta!
¿qué pretendes hacer? ¿qué placer cabe
en afligir al mismo a quien adoras,
que te idolatra ciego? No, no es tuyo
este exceso de horror; tu blando pecho,
de dulzura y piedad a par formado,
no inhumano bastara a concebirlo.
Tu amable boca, el órgano süave
de amor, que sólo articular palabras
de alegría y consuelo antes supiera,
no lo alcanzó a mandar. Sí; te conozco,
te justifico, y las congojas veo
de tu inocente corazón... Mi vida,
mi esperanza, mi bien, ¡ah! ve el abismo
do vamos a caer; que te fascinas;
que no conoces el horrible trance
en que vas a quedar, que a mí me aguarda
con tan amarga arrebatada ausencia.
No lo conoces, deslumbrada; en vano,
tranquila ya, despavorida y sola,
me llamarás con doloridos ayes.
Habré partido yo; y el rechinido
del eje, el grito del zagal, el bronco
confuso son de las volantes ruedas,
a herir tu oído y afligir tu pecho
de un tardío pesar irán agudos.
Yo entre tanto abatido, desolado,
a tu estancia feliz vueltos los ojos,
mis ojos ciegos en su llanto ardiente,
te diré adiós, y besaré con ellos
las dichosas paredes que te guardan,
mis fenecidas glorias repasando,
y mis presentes invencibles males.
¡Ay! ¿dó si un paso das, donde no encuentres
de nuestro tierno amor mil dulces muestras?
Entra aquí, corre allá, pasa a otra estancia:
«Aquí», ellas te dirán, «se
postró humilde
a tus pies, y la mano allí le diste;
allá, loco en su ardor, corrió a tu encuentro;
y allí le viste en lágrimas bañado,
en lágrimas de amor; con mil ternezas
más allá fino te ofreció su llama;
y al cielo hizo testigo, y los luceros,
de su lazada eterna, indisoluble,
en la noche feliz...» Sedlo, fulgentes
antorchas del Olimpo; y tú, callada
luna, que atiendes mis sentidas quejas
y antes mi gloria y sus finezas viste,
sedlo; y benignas en mi amarga suerte
ved a mi amada, vedla, y recordadle
su santo indisoluble juramento.
Vedla, y gozad de su donosa vista,
de las sencillas animadas gracias
de su semblante. ¡Oh Dios! yo afortunado
las gozaba también; su voz oía,
su voz encantadora, que elevada
lleva el alma tras sí, su voz que sabe
hacer dulce hasta el no,
gratas las quejas.
¡Oh, qué de veces de sus tiernos labios
me enajenó la plácida sonrisa,
las vivas sales y hechiceras gracias!
¡Oh qué de tardes, de agradables horas,
de nuestra dicha hablando, instantes breves
se nos huyeran! ¡Qué de ardientes votos,
qué de suspiros y esperanzas dulces
crédulas nuestras almas concibieron,
y el cielo hoy en su cólera condena!,
¡Qué proyectos formáramos...! Mi vida,
mi delicia, mi amor, mi bien, señora,
amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara
otro nombre aun más dulce! ¿qué pretendes?
¿Sabes dó quieres despeñarme? Espera,
aguarda pocos días; no me ahogues;
después yo mismo partiré, tú nada
tendrás que hacer ni que mandar; humilde
correré a mi destierro y resignado.
Mas ora ¡irme! ¡dejarte! Si me amas,
¿por qué me echas de ti, bárbara amiga?...
Ya lo veo, te canso; cuidadosa
conmigo evitas el secreto, me huyes;
sola te asustas, y de todo tiemblas.
Tu lengua se tropieza balbuciente,
y embarazada estás cuando me miras.
Si yo te miro, desmayada tornas
la faz, y alguna lágrima... ¡oh martirio!
Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos
otros, ¡ay! otros eran: me buscaban,
y en su mirar y regaladas burlas
alentaban mis tímidos deseos.
¿Te has olvidado de la selva hojosa,
do huyendo veces tantas del bullicio,
en sus oscuras solitarias calles
buscamos un asilo misterioso,
do alentar libres de mordaz censura?
¿Qué sitio no oyó allí nuestras ternezas?
¿no ardió con nuestra llama? Al lugar corre
do reposar solíamos, y escucha
tu blando corazón; si él mis suspiros
se atreve a condenar, dócil al punto
cedo a tu imperio, y parto. Pero en vano
te reconvengo, yo te canso; acaba
de arrojarme de ti, cruel... Perdona,
perdona a mi delirio; de rodillas
tus pies abrazo y tu piedad imploro.
¡Yo acusar tu fineza!... ¡Yo cansarte!
A ti, que me idolatras... No; la pluma
se deslizó, mis lágrimas lo borren.
¡Oh Dios! yo la he ultrajado; esto restaba
a mi inmenso dolor. Mi bien, señora,
dispón, ordena, manda: te obedezco;
Sé que me adoras; no lo dudo: humilde
me resigno a tu arbitrio... El coche se oye,
y del sonante látigo el chasquido,
el ronco estruendo, el retiñir agudo
viene a colmar la turbación horrible
de mi agitado corazón... Se acerca
veloz y para; te obedezco, y parto.
Adiós, amada, adiós... El llanto acabe,
que el débil pecho en su dolor se ahoga.
722
Juan Meléndez Valdés
La Partida
En fin voy a partir, bárbara amiga,
voy a partir, y me abandono ciego
a tu imperiosa voluntad. Lo mandas;
ni sé, ni puedo resistir; adoro
la mano que me hiere, y beso humilde
el dogal inhumano que me ahoga.
No temas ya las sombras que te asustan,
las vanas sombras que te abulta el miedo
cual fantasmas horribles, a la clara
luz de tu honor y tu virtud opuestas,
que nacer sólo hicieran... En mi labio
la queja bien no está; gima y suspire;
no a culpar tu rigor dé los instantes
del más ardiente amor tal vez postreros;
tú, de ti misma juez, mis ansias juzga,
mi dolor justifica; a mí no es dado
sino partir. ¡Oh Dios! ¡de mi inefable
felicidad huir! ¡en mis oídos
no sonará su voz! ¡no las ternezas
de su ardiente pasión! ¡mis ojos tristes
no la verán, no buscarán los suyos,
y en ellos su alegría y su ventura!
No sentiré su delicada mano
dulcemente tal vez premiar la mía,
yo extático de amor... ¡Bárbara! ¡injusta!
¿qué pretendes hacer? ¿qué placer cabe
en afligir al mismo a quien adoras,
que te idolatra ciego? No, no es tuyo
este exceso de horror; tu blando pecho,
de dulzura y piedad a par formado,
no inhumano bastara a concebirlo.
Tu amable boca, el órgano süave
de amor, que sólo articular palabras
de alegría y consuelo antes supiera,
no lo alcanzó a mandar. Sí; te conozco,
te justifico, y las congojas veo
de tu inocente corazón... Mi vida,
mi esperanza, mi bien, ¡ah! ve el abismo
do vamos a caer; que te fascinas;
que no conoces el horrible trance
en que vas a quedar, que a mí me aguarda
con tan amarga arrebatada ausencia.
No lo conoces, deslumbrada; en vano,
tranquila ya, despavorida y sola,
me llamarás con doloridos ayes.
Habré partido yo; y el rechinido
del eje, el grito del zagal, el bronco
confuso son de las volantes ruedas,
a herir tu oído y afligir tu pecho
de un tardío pesar irán agudos.
Yo entre tanto abatido, desolado,
a tu estancia feliz vueltos los ojos,
mis ojos ciegos en su llanto ardiente,
te diré adiós, y besaré con ellos
las dichosas paredes que te guardan,
mis fenecidas glorias repasando,
y mis presentes invencibles males.
¡Ay! ¿dó si un paso das, donde no encuentres
de nuestro tierno amor mil dulces muestras?
Entra aquí, corre allá, pasa a otra estancia:
«Aquí», ellas te dirán, «se
postró humilde
a tus pies, y la mano allí le diste;
allá, loco en su ardor, corrió a tu encuentro;
y allí le viste en lágrimas bañado,
en lágrimas de amor; con mil ternezas
más allá fino te ofreció su llama;
y al cielo hizo testigo, y los luceros,
de su lazada eterna, indisoluble,
en la noche feliz...» Sedlo, fulgentes
antorchas del Olimpo; y tú, callada
luna, que atiendes mis sentidas quejas
y antes mi gloria y sus finezas viste,
sedlo; y benignas en mi amarga suerte
ved a mi amada, vedla, y recordadle
su santo indisoluble juramento.
Vedla, y gozad de su donosa vista,
de las sencillas animadas gracias
de su semblante. ¡Oh Dios! yo afortunado
las gozaba también; su voz oía,
su voz encantadora, que elevada
lleva el alma tras sí, su voz que sabe
hacer dulce hasta el no,
gratas las quejas.
¡Oh, qué de veces de sus tiernos labios
me enajenó la plácida sonrisa,
las vivas sales y hechiceras gracias!
¡Oh qué de tardes, de agradables horas,
de nuestra dicha hablando, instantes breves
se nos huyeran! ¡Qué de ardientes votos,
qué de suspiros y esperanzas dulces
crédulas nuestras almas concibieron,
y el cielo hoy en su cólera condena!,
¡Qué proyectos formáramos...! Mi vida,
mi delicia, mi amor, mi bien, señora,
amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara
otro nombre aun más dulce! ¿qué pretendes?
¿Sabes dó quieres despeñarme? Espera,
aguarda pocos días; no me ahogues;
después yo mismo partiré, tú nada
tendrás que hacer ni que mandar; humilde
correré a mi destierro y resignado.
Mas ora ¡irme! ¡dejarte! Si me amas,
¿por qué me echas de ti, bárbara amiga?...
Ya lo veo, te canso; cuidadosa
conmigo evitas el secreto, me huyes;
sola te asustas, y de todo tiemblas.
Tu lengua se tropieza balbuciente,
y embarazada estás cuando me miras.
Si yo te miro, desmayada tornas
la faz, y alguna lágrima... ¡oh martirio!
Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos
otros, ¡ay! otros eran: me buscaban,
y en su mirar y regaladas burlas
alentaban mis tímidos deseos.
¿Te has olvidado de la selva hojosa,
do huyendo veces tantas del bullicio,
en sus oscuras solitarias calles
buscamos un asilo misterioso,
do alentar libres de mordaz censura?
¿Qué sitio no oyó allí nuestras ternezas?
¿no ardió con nuestra llama? Al lugar corre
do reposar solíamos, y escucha
tu blando corazón; si él mis suspiros
se atreve a condenar, dócil al punto
cedo a tu imperio, y parto. Pero en vano
te reconvengo, yo te canso; acaba
de arrojarme de ti, cruel... Perdona,
perdona a mi delirio; de rodillas
tus pies abrazo y tu piedad imploro.
¡Yo acusar tu fineza!... ¡Yo cansarte!
A ti, que me idolatras... No; la pluma
se deslizó, mis lágrimas lo borren.
¡Oh Dios! yo la he ultrajado; esto restaba
a mi inmenso dolor. Mi bien, señora,
dispón, ordena, manda: te obedezco;
Sé que me adoras; no lo dudo: humilde
me resigno a tu arbitrio... El coche se oye,
y del sonante látigo el chasquido,
el ronco estruendo, el retiñir agudo
viene a colmar la turbación horrible
de mi agitado corazón... Se acerca
veloz y para; te obedezco, y parto.
Adiós, amada, adiós... El llanto acabe,
que el débil pecho en su dolor se ahoga.
voy a partir, y me abandono ciego
a tu imperiosa voluntad. Lo mandas;
ni sé, ni puedo resistir; adoro
la mano que me hiere, y beso humilde
el dogal inhumano que me ahoga.
No temas ya las sombras que te asustan,
las vanas sombras que te abulta el miedo
cual fantasmas horribles, a la clara
luz de tu honor y tu virtud opuestas,
que nacer sólo hicieran... En mi labio
la queja bien no está; gima y suspire;
no a culpar tu rigor dé los instantes
del más ardiente amor tal vez postreros;
tú, de ti misma juez, mis ansias juzga,
mi dolor justifica; a mí no es dado
sino partir. ¡Oh Dios! ¡de mi inefable
felicidad huir! ¡en mis oídos
no sonará su voz! ¡no las ternezas
de su ardiente pasión! ¡mis ojos tristes
no la verán, no buscarán los suyos,
y en ellos su alegría y su ventura!
No sentiré su delicada mano
dulcemente tal vez premiar la mía,
yo extático de amor... ¡Bárbara! ¡injusta!
¿qué pretendes hacer? ¿qué placer cabe
en afligir al mismo a quien adoras,
que te idolatra ciego? No, no es tuyo
este exceso de horror; tu blando pecho,
de dulzura y piedad a par formado,
no inhumano bastara a concebirlo.
Tu amable boca, el órgano süave
de amor, que sólo articular palabras
de alegría y consuelo antes supiera,
no lo alcanzó a mandar. Sí; te conozco,
te justifico, y las congojas veo
de tu inocente corazón... Mi vida,
mi esperanza, mi bien, ¡ah! ve el abismo
do vamos a caer; que te fascinas;
que no conoces el horrible trance
en que vas a quedar, que a mí me aguarda
con tan amarga arrebatada ausencia.
No lo conoces, deslumbrada; en vano,
tranquila ya, despavorida y sola,
me llamarás con doloridos ayes.
Habré partido yo; y el rechinido
del eje, el grito del zagal, el bronco
confuso son de las volantes ruedas,
a herir tu oído y afligir tu pecho
de un tardío pesar irán agudos.
Yo entre tanto abatido, desolado,
a tu estancia feliz vueltos los ojos,
mis ojos ciegos en su llanto ardiente,
te diré adiós, y besaré con ellos
las dichosas paredes que te guardan,
mis fenecidas glorias repasando,
y mis presentes invencibles males.
¡Ay! ¿dó si un paso das, donde no encuentres
de nuestro tierno amor mil dulces muestras?
Entra aquí, corre allá, pasa a otra estancia:
«Aquí», ellas te dirán, «se
postró humilde
a tus pies, y la mano allí le diste;
allá, loco en su ardor, corrió a tu encuentro;
y allí le viste en lágrimas bañado,
en lágrimas de amor; con mil ternezas
más allá fino te ofreció su llama;
y al cielo hizo testigo, y los luceros,
de su lazada eterna, indisoluble,
en la noche feliz...» Sedlo, fulgentes
antorchas del Olimpo; y tú, callada
luna, que atiendes mis sentidas quejas
y antes mi gloria y sus finezas viste,
sedlo; y benignas en mi amarga suerte
ved a mi amada, vedla, y recordadle
su santo indisoluble juramento.
Vedla, y gozad de su donosa vista,
de las sencillas animadas gracias
de su semblante. ¡Oh Dios! yo afortunado
las gozaba también; su voz oía,
su voz encantadora, que elevada
lleva el alma tras sí, su voz que sabe
hacer dulce hasta el no,
gratas las quejas.
¡Oh, qué de veces de sus tiernos labios
me enajenó la plácida sonrisa,
las vivas sales y hechiceras gracias!
¡Oh qué de tardes, de agradables horas,
de nuestra dicha hablando, instantes breves
se nos huyeran! ¡Qué de ardientes votos,
qué de suspiros y esperanzas dulces
crédulas nuestras almas concibieron,
y el cielo hoy en su cólera condena!,
¡Qué proyectos formáramos...! Mi vida,
mi delicia, mi amor, mi bien, señora,
amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara
otro nombre aun más dulce! ¿qué pretendes?
¿Sabes dó quieres despeñarme? Espera,
aguarda pocos días; no me ahogues;
después yo mismo partiré, tú nada
tendrás que hacer ni que mandar; humilde
correré a mi destierro y resignado.
Mas ora ¡irme! ¡dejarte! Si me amas,
¿por qué me echas de ti, bárbara amiga?...
Ya lo veo, te canso; cuidadosa
conmigo evitas el secreto, me huyes;
sola te asustas, y de todo tiemblas.
Tu lengua se tropieza balbuciente,
y embarazada estás cuando me miras.
Si yo te miro, desmayada tornas
la faz, y alguna lágrima... ¡oh martirio!
Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos
otros, ¡ay! otros eran: me buscaban,
y en su mirar y regaladas burlas
alentaban mis tímidos deseos.
¿Te has olvidado de la selva hojosa,
do huyendo veces tantas del bullicio,
en sus oscuras solitarias calles
buscamos un asilo misterioso,
do alentar libres de mordaz censura?
¿Qué sitio no oyó allí nuestras ternezas?
¿no ardió con nuestra llama? Al lugar corre
do reposar solíamos, y escucha
tu blando corazón; si él mis suspiros
se atreve a condenar, dócil al punto
cedo a tu imperio, y parto. Pero en vano
te reconvengo, yo te canso; acaba
de arrojarme de ti, cruel... Perdona,
perdona a mi delirio; de rodillas
tus pies abrazo y tu piedad imploro.
¡Yo acusar tu fineza!... ¡Yo cansarte!
A ti, que me idolatras... No; la pluma
se deslizó, mis lágrimas lo borren.
¡Oh Dios! yo la he ultrajado; esto restaba
a mi inmenso dolor. Mi bien, señora,
dispón, ordena, manda: te obedezco;
Sé que me adoras; no lo dudo: humilde
me resigno a tu arbitrio... El coche se oye,
y del sonante látigo el chasquido,
el ronco estruendo, el retiñir agudo
viene a colmar la turbación horrible
de mi agitado corazón... Se acerca
veloz y para; te obedezco, y parto.
Adiós, amada, adiós... El llanto acabe,
que el débil pecho en su dolor se ahoga.
722
Juan Meléndez Valdés
En La Muerte De Filis
¡Oh!, rompa ya el silencio el dolor mío,
y al labio salga en dolorido acento
la aguda pena en que morir porfío.
Con lastimeros ayes gima el viento;
y entre suspiros y mortal quebranto
la falta de la voz supla el lamento;
ciegos los ojos con su amargo llanto,
lejos de la alma luz, siempre en oscura
noche fenezcan en desastre tanto.
Truéqueseme la dicha en desventura,
ni jamás bien alguno esperar pueda,
pues me robó la muerte mi luz pura.
¡Filis!, ¡amada Filis!, ¡ay! ¿Qué queda
ya a mi dolor?, ¿faltaste, mi señora?
¡Cómo la voz el sentimiento veda!
Allá volaste al cielo a ser aurora,
dejando en llanto y sempiterno olvido
esta alma triste que tu ausencia llora.
¿Qué?, ¿ni mi dulce amor te ha detenido?,
¿ni la amarga orfandad en que me dejas?
¿Tan mal, querida Fili, te he servido?,
¿así de este infeliz, así te alejas?
Vuelve, adorada, vuelve a consolarme;
no más desdeñes mis dolientes quejas.
Pero tú no pudiste abandonarme;
el golpe de la muerte, el golpe fiero
sólo de ti, mi bien, logró apartarme.
¡Oh muerte!, ¡muerte!, ¡oh golpe lastimero!
¡Ay!, ¿sabes, despiadada, lo que hiciste?
De todos tus delitos, el postrero.
¿A quién con mano bárbara rompiste
el feliz hilo de la tierna vida,
y en el sepulcro despiadada hundiste?
¡A Filis!, ¡a mi Filis!, ¡mi querida,
mi inocente zagala! Su ternura,
¿en qué ofenderte pudo, fementida?
¿No te movió su angélica hermosura
a que no mancillases insolente
tan delicada flor en su alba pura?
jamás yo te creí tan inclemente;
mas este golpe, golpe lamentable,
¡oh, cuán a costa mía me desmiente!
«¡Oh dura mano!, ¡oh bárbara, implacable!
¿A quién», clamo sin fin, «tu saña
fiera
hirió con su guadaña abominable?
¡A Filis!, ¡a mi Filis...! ¡testo espera
a inocencia y amor, mientras riendo
eterno un siglo la maldad prospera!
Huye, inhumana, al Tártaro tremendo;
y en sus abismos húndete entre horrores,
húndete, oh monstruo, tus hazañas viendo...»
Deliro en mi pasión; y mis dolores
crecen, inmensos como el mar. ¡Cuitado!,
¿qué he de hacer sin mi bien, sin mis amores?
¡Que ya no gozaré su alegre lado!,
¡ni oiré más sus suavísimas razones!,
¡ni he de ver de su rostro el tierno agrado!
¡Sus ojuelos, imán de corazones,
aquellos ojos cuya lumbre clara
tras sí arrastraron tantas atenciones!
¡Y aquel cuello, aquel talle, aquella rara
gracia que en noche eterna se oscurece!
¡Ay, muerte dura, de mi bien avara!
Lloro, y llorando mi tormento crece;
pero, ¡qué mucho!, si en mi acerba pena
todo el orbe dolido se enternece:
con horrísono silbo el aire suena,
ni el agua corre ya como solía,
ni la tierra es fructífera ni amena,
ni arrebolado asoma el albo día,
ni en la cima es del cielo el sol fulgente,
ni la luna en la noche húmida y fría.
El Tormes el raudal de su corriente
detiene por seguir mi amargo llanto,
de ciprés coronada la ancha frente.
Con lúgubre aparato y triste canto,
de sus ninfas el coro le rodea;
¡ay, cuál doblan sus voces mi quebranto!
No ya el nácar sus cuellos hermosea,
ni sembrado de perlas y corales
su cabello en los hombros libre ondea.
Mustio taray y tocas funerales
hoy visten todas por la Filis mía,
de su agudo pesar ciertas señales.
¡Oh, cuál con ellas yo la vi algún día
del seco agosto en la enojosa llama
triscar alegre en la corriente fría!
Hoy en llanto su pecho se derrama;
y con doliente lúgubre alarido,
cual si la oyese, cada cual la llama.
El raudo Tormes con mortal quejido
también las acompaña; y su lamento
merece de Neptuno ser oído.
Neptuno, el que del húmido elemento
modera la soberbia impetuosa,
ocupando entre dioses alto asiento;
el que con voz y diestra poderosa,
con su tridente en carro de corales
alza o calma su furia sonorosa,
retrajo el curso a repetir mis males,
y en ronco son los hórridos tritones
dieron de su dolor ciertas señales.
Del húmido palacio los salones
retumbaron con fúnebres gemidos,
y temblaron columnas y artesones.
Las focas y delfines doloridos
en rumbo incierto tras su dios vagaban,
de tan nuevos prodigios aturdidos,
y como que asombrados preguntaban:
«¿Qué horror es éste y doloroso
estruendo?»,
y los míseros llantos remedaban,
las colas escamosas revolviendo
y en las cerúleas ondas excitando
desapacible son, ronco y horrendo.
Por las vecinas playas lamentando
sonaban de otra parte los zagales
en tristes coros el desastre infando.
Mas ¡ay!, ¡ay!, que sus cantos a mis males
en nada alivio dan; mas antes crecen
en mis ojos dos fuentes inmortales;
que si ya, gloria mía, no merecen
estar colgados de tu faz süave,
mejor en ciego llanto así fenecen.
¡Oh dolor sobre todos el más grave!,
¡oh sombra¡, ¡oh fugaz bien!, ¡incierta vida!,
quien en ti se confía poco sabe:
apenas apareces, ya eres ida,
dejando la esperanza en ti fundada
cual mustia flor del vástago partida.
¿Quién pudiera decirme que mi amada,
mi tierna palomita, de repente
así del seno me sería robada,
cuando a aguardarla fui junto a la fuente
la tarde antes del aciago día
en la margen del Tormes trasparente?
¡Cómo me recibió!, ¡con qué
alegría
de mí burlando mi temor culpaba,
y fiel su eterna llama me ofrecía!
¡Con qué halagüeños ojos me miraba!,
¡y con cuántos dulcísimos favores
mis dudas, mis zozobras alentaba!
¡Oh mi acabado bien!, ¡oh mis amores!,
¿quién entonces creyera tal fracaso,
ni tras ventura tal estos dolores?
Riéndote la vida al primer paso,
¿quién recelara que su luz temprana
corriera así tan súbito a su ocaso?
Contino, Filis, de mis ojos mana
un mar de ardiente lloro, ¡ay sin ventura!,
aciago fruto en mi esperanza vana.
Tu eterna ausencia mi dolor apura;
y el no haberla, ¡ay de mí!, jamás pensado
dobla al mísero pecho la amargura.
Bien debí, puesto que me vi encumbrado
a lo sumo del bien que en hombre cabe,
temblar el triste fin en que he parado.
¿Pero quién con amor temerlo sabe,
ni entonces hace del agüero cuenta,
ni del búho que suena aciago y grave?
En vano desde el roble en que se asienta
anuncia la corneja el caso triste,
que a un pecho con pasión nada amedrenta.
Tú, ¡Batilo infeliz!, volar la viste
la noche en que enfermó tu Fili amada,
y su fúnebre voz seguro oíste.
Acuérdome también que a la alborada,
dejando ya paciendo mi ganado,
a hablarla fuera en su feliz majada;
y vi un lobo feroz haber robado
una mansa cordera, blanca y bella,
que devoraba sobre el fresco prado.
Corrí compadecido a socorrella;
y súbito..., a mis ojos..., ¡qué portento!:
en humo denso se me huyó con ella.
Yo, hasta aquel punto de temor exento,
del espantable caso sorprendido,
caí sobre la hierba sin aliento.
¡Oh, qué de tiempo estuve allí tendido!
Y cuando ya en mi acuerdo hube tornado,
¡ay!, a llorar en tanto mal sumido,
sin poder proseguir lo comenzado,
y atónito de ver prodigios tales,
volví lleno de horror a mi ganado.
Allí luego encontré nuevas señales
que algún terrible caso me anunciaban,
agüeros ciertos de mis crudos males.
Mis mansas ovejillas se espantaban,
y cual si las siguiera un lobo fiero,
girando en torno del redil balaban.
A un lado oí quejido lastimero;
a examinarlo corro..., y de repente...
¿Callarelo, o diré tan triste agüero?
Vi dividida por agudo diente
la corderita a Filis prometida,
que mi mano cuidaba diligente.
Al pie de ella la madre dolorida
con débiles balidos la lloraba,
queriendo con su aliento aún darle vida.
Entonces yo sentí que me apretaba
el corazón un miedo desusado,
y trémulo mil males me anunciaba.
¡Oh mi Fili!, ¡oh mi bien!, ¡oh desgraciado!,
¿qué pudieron decirme estos agüeros?
Que era ya de tu vida el fin llegado;
que esto anunciaban los prodigios fieros,
y esto la triste ave y la cordera.
¡Ay, acabados gustos verdaderos!
¡Vida fugaz, cual sombra pasajera!
Ya a la mía no queda sino llanto,
prueba aun bien débil de mi fe sincera.
Crecerá inmenso mi mortal quebranto,
hasta que huyendo este nubloso suelo
en lazo a ti me una eterno y santo.
Ni, ¡oh mi luz!, pienses que jamás consuelo
hallar podrá mi espíritu abatido,
que en ti el bien me dejó con presto vuelo;
y en lágrimas y penas sumergido,
tu imagen sola cada vez más viva
mi pecho ocupa, de su amor herido.
La horrible parca que de ti me priva
la ansia no apagará con que él la adora,
que su llama en tu falta más se aviva
y acuerda al alma triste en cada hora
tu dulcísimo amor, tu fe sincera.
¡Ay, cuál padezco, y se me parte ahora!
La tierna débil voz, la voz postrera
que en tu labio sonó ya moribundo,
jamás podré olvidarla aunque yo muera.
¿Pues qué si el espectáculo profundo
se me presenta de tu muerte aciaga?
En un mar de mis lágrimas me inundo.
Deja, mi amor, que en ellas me deshaga,
y que en largos suspiros exhalado
mi espíritu a sus ansias satisfaga.
Paréceme mirarte en el cuitado
trance de la postrera despedida,
débil la voz, el rostro demudado,
del todo casi ya desfallecida,
fijos en mí con gesto lastimero
los ojos, y su luz oscurecida,
diciéndome: «Batilo, yo me muero»;
y al quererme abrazar aun débilmente,
en mi boca lanzando el ay postrero,
¡oh dolor!, ¡cuánto estabas diferente
de aquella que antes por tus gracias fuiste
el milagro de amor más reverente!
¡Oh, no me aflijas más, memoria triste!
Deja, deja acabarme en mi amargura;
yo iré presto, mi bien, do tú subiste.
Mi fe, mi firme fe te lo asegura;
no puedo ya vivir de ti apartado,
que el ansia de te ver mi vida apura.
Entonces, de temores sosegado,
en lazo ardiente, casto, verdadero,
por siempre a ti me gozaré ayuntado.
¡Ay!, ¿qué en la tierra, miserable, espero?
¡Muerte cruel, tan pronta con mi amada,
en mí ejecuta, en mí, tu golpe fiero!
Arráncame esta vida quebrantada,
llévame con mi Filis al sosiego
de que el ánima está necesitada.
Muévante, oh cruda, mi infelice ruego,
la vida que aquí paso dolorosa,
y el largo llanto con que el campo riego.
No pienses, no, mostrarte rigurosa,
mi pecho hiriendo en ansias abismado,
que antes serás en tu rigor piadosa,
pues yo de alivio ya desesperado,
ni curo tener cuenta con mi vida,
ni un breve alivio a mi infeliz cuidado.
Mis lágrimas son siempre sin medida,
y en los suspiros con que canso al cielo
el alma se me arranca dolorida.
Ni para alimentarme hallo consuelo,
ni es otra mi bebida que mi llanto,
ni del sueño me alivia el vago vuelo;
pues cuando al fin, rendido en mi quebranto,
entre sus blandas alas me adormece,
despavorido al punto me levanto;
que mil sombras tristísimas me ofrece,
tendiendo yo la mano arrebatado
al bien que niebla vana desparece.
Tal es de mi vivir el triste estado,
huyendo en torva faz siempre las gentes,
y de ellas por sin seso baldonado.
Sólo en mis ovejillas inocentes
compasión halla mi amoroso anhelo,
si es que cabe en mis ansias inclementes.
Ellas solas me siguen en mi duelo;
y en torno rodeándome apiñadas,
doblan con su balar mi desconsuelo.
Las que tuve a mi Filis destinadas,
todas, sin quedar una, han fenecido.
¡Ay corderas, cual ella desgraciadas!
A las otras el prado florecido
jamás mueve a pacer, aunque acabando
las miro con tristísimo balido.
Aquí las tiernas crías van quedando,
las madres allí caen sin aliento,
todas, en cuanto mueren, suspirando,
mientras Melampo, fiel, su sentimiento
me muestra lastimado en ronco aullido,
los pies me lame y me contempla atento,
o ya el camino corre conocido
que a la majada de mi Filis guía,
torna, se para, y cae sin sentido.
Su compasión enciende el alma mía.
¡Oh!, fenezca esta vida desastrada,
que de ir a acompañarte me desvía.
¡Oh mi bien!, ¡mis amores! ¡Oh eclipsada
lumbre de estos mis ojos!, ¡mi consuelo!,
¡rosa en abril florido marchitada!,
llévame donde estás con presto vuelo;
acabe, acabe mi mortal quebranto,
y allá te abrace en el sereno cielo.
Pídeselo con ruego y tierno llanto
a Aquel que inmóvil ve desde su altura
mi firme amor y mi deseo santo.
Entonces sí que, libre de amargura,
mi alegre suerte con la tuya uniendo,
gozaré el lleno bien que acá me apura.
Entonces sí que el alma, en ti viviendo,
se adormirá feliz en paz gloriosa,
sus finas ansias coronadas viendo;
y con habla dulcísima y sabrosa
conversando contigo mano a mano,
podrá llamarse sin temor dichosa.
¿Qué?, ¿no te mueve mi dolor insano?
¿De tu Batilo, Filis, ya te olvidas?
¿Su voz desdeñas?, ¿su clamar es vano?
¿Dó están las voluntades tan unidas?,
¿dó están...? Mas no se cuida allá en el
cielo
de las cosas viviendo prometidas;
y ya en paz alma, roto el mortal velo,
de un infeliz en su dolor perdido
tú las ansias no ves ni el desconsuelo,
mientras sobre tu losa aquí tendido
yo besándola estoy sin apartarme,
ni temblar, ¡ay!, el mísero gemido,
hasta que mi dolor llegue a acabarme,
y suba en vuelo alegre arrebatado
donde pueda por siempre a ti juntarme
y gozar tu semblante regalado.
y al labio salga en dolorido acento
la aguda pena en que morir porfío.
Con lastimeros ayes gima el viento;
y entre suspiros y mortal quebranto
la falta de la voz supla el lamento;
ciegos los ojos con su amargo llanto,
lejos de la alma luz, siempre en oscura
noche fenezcan en desastre tanto.
Truéqueseme la dicha en desventura,
ni jamás bien alguno esperar pueda,
pues me robó la muerte mi luz pura.
¡Filis!, ¡amada Filis!, ¡ay! ¿Qué queda
ya a mi dolor?, ¿faltaste, mi señora?
¡Cómo la voz el sentimiento veda!
Allá volaste al cielo a ser aurora,
dejando en llanto y sempiterno olvido
esta alma triste que tu ausencia llora.
¿Qué?, ¿ni mi dulce amor te ha detenido?,
¿ni la amarga orfandad en que me dejas?
¿Tan mal, querida Fili, te he servido?,
¿así de este infeliz, así te alejas?
Vuelve, adorada, vuelve a consolarme;
no más desdeñes mis dolientes quejas.
Pero tú no pudiste abandonarme;
el golpe de la muerte, el golpe fiero
sólo de ti, mi bien, logró apartarme.
¡Oh muerte!, ¡muerte!, ¡oh golpe lastimero!
¡Ay!, ¿sabes, despiadada, lo que hiciste?
De todos tus delitos, el postrero.
¿A quién con mano bárbara rompiste
el feliz hilo de la tierna vida,
y en el sepulcro despiadada hundiste?
¡A Filis!, ¡a mi Filis!, ¡mi querida,
mi inocente zagala! Su ternura,
¿en qué ofenderte pudo, fementida?
¿No te movió su angélica hermosura
a que no mancillases insolente
tan delicada flor en su alba pura?
jamás yo te creí tan inclemente;
mas este golpe, golpe lamentable,
¡oh, cuán a costa mía me desmiente!
«¡Oh dura mano!, ¡oh bárbara, implacable!
¿A quién», clamo sin fin, «tu saña
fiera
hirió con su guadaña abominable?
¡A Filis!, ¡a mi Filis...! ¡testo espera
a inocencia y amor, mientras riendo
eterno un siglo la maldad prospera!
Huye, inhumana, al Tártaro tremendo;
y en sus abismos húndete entre horrores,
húndete, oh monstruo, tus hazañas viendo...»
Deliro en mi pasión; y mis dolores
crecen, inmensos como el mar. ¡Cuitado!,
¿qué he de hacer sin mi bien, sin mis amores?
¡Que ya no gozaré su alegre lado!,
¡ni oiré más sus suavísimas razones!,
¡ni he de ver de su rostro el tierno agrado!
¡Sus ojuelos, imán de corazones,
aquellos ojos cuya lumbre clara
tras sí arrastraron tantas atenciones!
¡Y aquel cuello, aquel talle, aquella rara
gracia que en noche eterna se oscurece!
¡Ay, muerte dura, de mi bien avara!
Lloro, y llorando mi tormento crece;
pero, ¡qué mucho!, si en mi acerba pena
todo el orbe dolido se enternece:
con horrísono silbo el aire suena,
ni el agua corre ya como solía,
ni la tierra es fructífera ni amena,
ni arrebolado asoma el albo día,
ni en la cima es del cielo el sol fulgente,
ni la luna en la noche húmida y fría.
El Tormes el raudal de su corriente
detiene por seguir mi amargo llanto,
de ciprés coronada la ancha frente.
Con lúgubre aparato y triste canto,
de sus ninfas el coro le rodea;
¡ay, cuál doblan sus voces mi quebranto!
No ya el nácar sus cuellos hermosea,
ni sembrado de perlas y corales
su cabello en los hombros libre ondea.
Mustio taray y tocas funerales
hoy visten todas por la Filis mía,
de su agudo pesar ciertas señales.
¡Oh, cuál con ellas yo la vi algún día
del seco agosto en la enojosa llama
triscar alegre en la corriente fría!
Hoy en llanto su pecho se derrama;
y con doliente lúgubre alarido,
cual si la oyese, cada cual la llama.
El raudo Tormes con mortal quejido
también las acompaña; y su lamento
merece de Neptuno ser oído.
Neptuno, el que del húmido elemento
modera la soberbia impetuosa,
ocupando entre dioses alto asiento;
el que con voz y diestra poderosa,
con su tridente en carro de corales
alza o calma su furia sonorosa,
retrajo el curso a repetir mis males,
y en ronco son los hórridos tritones
dieron de su dolor ciertas señales.
Del húmido palacio los salones
retumbaron con fúnebres gemidos,
y temblaron columnas y artesones.
Las focas y delfines doloridos
en rumbo incierto tras su dios vagaban,
de tan nuevos prodigios aturdidos,
y como que asombrados preguntaban:
«¿Qué horror es éste y doloroso
estruendo?»,
y los míseros llantos remedaban,
las colas escamosas revolviendo
y en las cerúleas ondas excitando
desapacible son, ronco y horrendo.
Por las vecinas playas lamentando
sonaban de otra parte los zagales
en tristes coros el desastre infando.
Mas ¡ay!, ¡ay!, que sus cantos a mis males
en nada alivio dan; mas antes crecen
en mis ojos dos fuentes inmortales;
que si ya, gloria mía, no merecen
estar colgados de tu faz süave,
mejor en ciego llanto así fenecen.
¡Oh dolor sobre todos el más grave!,
¡oh sombra¡, ¡oh fugaz bien!, ¡incierta vida!,
quien en ti se confía poco sabe:
apenas apareces, ya eres ida,
dejando la esperanza en ti fundada
cual mustia flor del vástago partida.
¿Quién pudiera decirme que mi amada,
mi tierna palomita, de repente
así del seno me sería robada,
cuando a aguardarla fui junto a la fuente
la tarde antes del aciago día
en la margen del Tormes trasparente?
¡Cómo me recibió!, ¡con qué
alegría
de mí burlando mi temor culpaba,
y fiel su eterna llama me ofrecía!
¡Con qué halagüeños ojos me miraba!,
¡y con cuántos dulcísimos favores
mis dudas, mis zozobras alentaba!
¡Oh mi acabado bien!, ¡oh mis amores!,
¿quién entonces creyera tal fracaso,
ni tras ventura tal estos dolores?
Riéndote la vida al primer paso,
¿quién recelara que su luz temprana
corriera así tan súbito a su ocaso?
Contino, Filis, de mis ojos mana
un mar de ardiente lloro, ¡ay sin ventura!,
aciago fruto en mi esperanza vana.
Tu eterna ausencia mi dolor apura;
y el no haberla, ¡ay de mí!, jamás pensado
dobla al mísero pecho la amargura.
Bien debí, puesto que me vi encumbrado
a lo sumo del bien que en hombre cabe,
temblar el triste fin en que he parado.
¿Pero quién con amor temerlo sabe,
ni entonces hace del agüero cuenta,
ni del búho que suena aciago y grave?
En vano desde el roble en que se asienta
anuncia la corneja el caso triste,
que a un pecho con pasión nada amedrenta.
Tú, ¡Batilo infeliz!, volar la viste
la noche en que enfermó tu Fili amada,
y su fúnebre voz seguro oíste.
Acuérdome también que a la alborada,
dejando ya paciendo mi ganado,
a hablarla fuera en su feliz majada;
y vi un lobo feroz haber robado
una mansa cordera, blanca y bella,
que devoraba sobre el fresco prado.
Corrí compadecido a socorrella;
y súbito..., a mis ojos..., ¡qué portento!:
en humo denso se me huyó con ella.
Yo, hasta aquel punto de temor exento,
del espantable caso sorprendido,
caí sobre la hierba sin aliento.
¡Oh, qué de tiempo estuve allí tendido!
Y cuando ya en mi acuerdo hube tornado,
¡ay!, a llorar en tanto mal sumido,
sin poder proseguir lo comenzado,
y atónito de ver prodigios tales,
volví lleno de horror a mi ganado.
Allí luego encontré nuevas señales
que algún terrible caso me anunciaban,
agüeros ciertos de mis crudos males.
Mis mansas ovejillas se espantaban,
y cual si las siguiera un lobo fiero,
girando en torno del redil balaban.
A un lado oí quejido lastimero;
a examinarlo corro..., y de repente...
¿Callarelo, o diré tan triste agüero?
Vi dividida por agudo diente
la corderita a Filis prometida,
que mi mano cuidaba diligente.
Al pie de ella la madre dolorida
con débiles balidos la lloraba,
queriendo con su aliento aún darle vida.
Entonces yo sentí que me apretaba
el corazón un miedo desusado,
y trémulo mil males me anunciaba.
¡Oh mi Fili!, ¡oh mi bien!, ¡oh desgraciado!,
¿qué pudieron decirme estos agüeros?
Que era ya de tu vida el fin llegado;
que esto anunciaban los prodigios fieros,
y esto la triste ave y la cordera.
¡Ay, acabados gustos verdaderos!
¡Vida fugaz, cual sombra pasajera!
Ya a la mía no queda sino llanto,
prueba aun bien débil de mi fe sincera.
Crecerá inmenso mi mortal quebranto,
hasta que huyendo este nubloso suelo
en lazo a ti me una eterno y santo.
Ni, ¡oh mi luz!, pienses que jamás consuelo
hallar podrá mi espíritu abatido,
que en ti el bien me dejó con presto vuelo;
y en lágrimas y penas sumergido,
tu imagen sola cada vez más viva
mi pecho ocupa, de su amor herido.
La horrible parca que de ti me priva
la ansia no apagará con que él la adora,
que su llama en tu falta más se aviva
y acuerda al alma triste en cada hora
tu dulcísimo amor, tu fe sincera.
¡Ay, cuál padezco, y se me parte ahora!
La tierna débil voz, la voz postrera
que en tu labio sonó ya moribundo,
jamás podré olvidarla aunque yo muera.
¿Pues qué si el espectáculo profundo
se me presenta de tu muerte aciaga?
En un mar de mis lágrimas me inundo.
Deja, mi amor, que en ellas me deshaga,
y que en largos suspiros exhalado
mi espíritu a sus ansias satisfaga.
Paréceme mirarte en el cuitado
trance de la postrera despedida,
débil la voz, el rostro demudado,
del todo casi ya desfallecida,
fijos en mí con gesto lastimero
los ojos, y su luz oscurecida,
diciéndome: «Batilo, yo me muero»;
y al quererme abrazar aun débilmente,
en mi boca lanzando el ay postrero,
¡oh dolor!, ¡cuánto estabas diferente
de aquella que antes por tus gracias fuiste
el milagro de amor más reverente!
¡Oh, no me aflijas más, memoria triste!
Deja, deja acabarme en mi amargura;
yo iré presto, mi bien, do tú subiste.
Mi fe, mi firme fe te lo asegura;
no puedo ya vivir de ti apartado,
que el ansia de te ver mi vida apura.
Entonces, de temores sosegado,
en lazo ardiente, casto, verdadero,
por siempre a ti me gozaré ayuntado.
¡Ay!, ¿qué en la tierra, miserable, espero?
¡Muerte cruel, tan pronta con mi amada,
en mí ejecuta, en mí, tu golpe fiero!
Arráncame esta vida quebrantada,
llévame con mi Filis al sosiego
de que el ánima está necesitada.
Muévante, oh cruda, mi infelice ruego,
la vida que aquí paso dolorosa,
y el largo llanto con que el campo riego.
No pienses, no, mostrarte rigurosa,
mi pecho hiriendo en ansias abismado,
que antes serás en tu rigor piadosa,
pues yo de alivio ya desesperado,
ni curo tener cuenta con mi vida,
ni un breve alivio a mi infeliz cuidado.
Mis lágrimas son siempre sin medida,
y en los suspiros con que canso al cielo
el alma se me arranca dolorida.
Ni para alimentarme hallo consuelo,
ni es otra mi bebida que mi llanto,
ni del sueño me alivia el vago vuelo;
pues cuando al fin, rendido en mi quebranto,
entre sus blandas alas me adormece,
despavorido al punto me levanto;
que mil sombras tristísimas me ofrece,
tendiendo yo la mano arrebatado
al bien que niebla vana desparece.
Tal es de mi vivir el triste estado,
huyendo en torva faz siempre las gentes,
y de ellas por sin seso baldonado.
Sólo en mis ovejillas inocentes
compasión halla mi amoroso anhelo,
si es que cabe en mis ansias inclementes.
Ellas solas me siguen en mi duelo;
y en torno rodeándome apiñadas,
doblan con su balar mi desconsuelo.
Las que tuve a mi Filis destinadas,
todas, sin quedar una, han fenecido.
¡Ay corderas, cual ella desgraciadas!
A las otras el prado florecido
jamás mueve a pacer, aunque acabando
las miro con tristísimo balido.
Aquí las tiernas crías van quedando,
las madres allí caen sin aliento,
todas, en cuanto mueren, suspirando,
mientras Melampo, fiel, su sentimiento
me muestra lastimado en ronco aullido,
los pies me lame y me contempla atento,
o ya el camino corre conocido
que a la majada de mi Filis guía,
torna, se para, y cae sin sentido.
Su compasión enciende el alma mía.
¡Oh!, fenezca esta vida desastrada,
que de ir a acompañarte me desvía.
¡Oh mi bien!, ¡mis amores! ¡Oh eclipsada
lumbre de estos mis ojos!, ¡mi consuelo!,
¡rosa en abril florido marchitada!,
llévame donde estás con presto vuelo;
acabe, acabe mi mortal quebranto,
y allá te abrace en el sereno cielo.
Pídeselo con ruego y tierno llanto
a Aquel que inmóvil ve desde su altura
mi firme amor y mi deseo santo.
Entonces sí que, libre de amargura,
mi alegre suerte con la tuya uniendo,
gozaré el lleno bien que acá me apura.
Entonces sí que el alma, en ti viviendo,
se adormirá feliz en paz gloriosa,
sus finas ansias coronadas viendo;
y con habla dulcísima y sabrosa
conversando contigo mano a mano,
podrá llamarse sin temor dichosa.
¿Qué?, ¿no te mueve mi dolor insano?
¿De tu Batilo, Filis, ya te olvidas?
¿Su voz desdeñas?, ¿su clamar es vano?
¿Dó están las voluntades tan unidas?,
¿dó están...? Mas no se cuida allá en el
cielo
de las cosas viviendo prometidas;
y ya en paz alma, roto el mortal velo,
de un infeliz en su dolor perdido
tú las ansias no ves ni el desconsuelo,
mientras sobre tu losa aquí tendido
yo besándola estoy sin apartarme,
ni temblar, ¡ay!, el mísero gemido,
hasta que mi dolor llegue a acabarme,
y suba en vuelo alegre arrebatado
donde pueda por siempre a ti juntarme
y gozar tu semblante regalado.
724
Juan Meléndez Valdés
Soneto La Fuga Inútil
Tímido corzo, de cruel acero
el regalado pecho traspasado,
ya el seno de la hierba emponzoñado,
por demás huye del veloz montero;
en vano busca el agua y el ligero
cuerpo revuelve hacia el doliente lado;
cayó y se agita, y lanza congojado
la vida en un bramido lastimero.
Así la flecha al corazón clavada,
huyo en vano la muerte, revolviendo
el ánima a mil partes dolorida;
crece el veneno, y de la sangre helada
se va el herido corazón cubriendo,
y el fin se llega de mi triste vida.
el regalado pecho traspasado,
ya el seno de la hierba emponzoñado,
por demás huye del veloz montero;
en vano busca el agua y el ligero
cuerpo revuelve hacia el doliente lado;
cayó y se agita, y lanza congojado
la vida en un bramido lastimero.
Así la flecha al corazón clavada,
huyo en vano la muerte, revolviendo
el ánima a mil partes dolorida;
crece el veneno, y de la sangre helada
se va el herido corazón cubriendo,
y el fin se llega de mi triste vida.
681
Juan Meléndez Valdés
A Las Muchachas
Ofendido me tiene,
muchachas, vuestro trato,
mucho decirlo siento,
mas ya no he de callarlo.
Yo os quise desde niño,
os sirvo y os regalo,
y en burlas inocentes
os digo mil halagos.
Mi lira os entretiene
con sus acentos blandos;
de ella gustáis tañendo,
de ella gozáis bailando.
En mis süaves versos
vuestras delicias canto,
vuestro desdén lamento,
vuestra belleza alabo.
¿Y esquivas hoy vosotras
me desdeñáis en pago?
Pues mirad que de amigo
me volveré contrario.
muchachas, vuestro trato,
mucho decirlo siento,
mas ya no he de callarlo.
Yo os quise desde niño,
os sirvo y os regalo,
y en burlas inocentes
os digo mil halagos.
Mi lira os entretiene
con sus acentos blandos;
de ella gustáis tañendo,
de ella gozáis bailando.
En mis süaves versos
vuestras delicias canto,
vuestro desdén lamento,
vuestra belleza alabo.
¿Y esquivas hoy vosotras
me desdeñáis en pago?
Pues mirad que de amigo
me volveré contrario.
573
Juan Meléndez Valdés
Soneto El Despecho
Los ojos tristes, de llorar cansados,
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados.
Mil dolorosos ayes desdeñados
son, ¡ay!, tras esto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.
Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal, y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego;
aborrezco mi ser, y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aun sea
remedio débil para tanto fuego.
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados.
Mil dolorosos ayes desdeñados
son, ¡ay!, tras esto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.
Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal, y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego;
aborrezco mi ser, y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aun sea
remedio débil para tanto fuego.
722
Juan Meléndez Valdés
Soneto El Despecho
Los ojos tristes, de llorar cansados,
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados.
Mil dolorosos ayes desdeñados
son, ¡ay!, tras esto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.
Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal, y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego;
aborrezco mi ser, y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aun sea
remedio débil para tanto fuego.
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados.
Mil dolorosos ayes desdeñados
son, ¡ay!, tras esto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.
Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal, y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego;
aborrezco mi ser, y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aun sea
remedio débil para tanto fuego.
722
Juan Meléndez Valdés
Soneto El Despecho
Los ojos tristes, de llorar cansados,
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados.
Mil dolorosos ayes desdeñados
son, ¡ay!, tras esto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.
Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal, y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego;
aborrezco mi ser, y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aun sea
remedio débil para tanto fuego.
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados.
Mil dolorosos ayes desdeñados
son, ¡ay!, tras esto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.
Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal, y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego;
aborrezco mi ser, y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aun sea
remedio débil para tanto fuego.
722
Juan Meléndez Valdés
Soneto Al Sr D Gaspar De Jovellanos, Del Consejo De S M , Oidor En La Real Audiencia De Sevilla
Las blandas quejas de mi dulce lira,
mil lágrimas, suspiros y dolores
me agrada renovar, pues sus rigores
piadoso el cielo por mi bien retira.
El dichoso zagal que tierno admira
su linda zagaleja entre las flores
y de su llama goza y sus favores,
alegre cante lo que Amor le inspira.
Yo llore solo de mi Fili airada
el altivo desdén con triste canto,
que el eco lleve al mayoral Jovino,
alternando con cítara dorada,
ya en blando verso, o dolorido llanto,
las dulces ansias de un amor divino.
mil lágrimas, suspiros y dolores
me agrada renovar, pues sus rigores
piadoso el cielo por mi bien retira.
El dichoso zagal que tierno admira
su linda zagaleja entre las flores
y de su llama goza y sus favores,
alegre cante lo que Amor le inspira.
Yo llore solo de mi Fili airada
el altivo desdén con triste canto,
que el eco lleve al mayoral Jovino,
alternando con cítara dorada,
ya en blando verso, o dolorido llanto,
las dulces ansias de un amor divino.
500
Juan Meléndez Valdés
Soneto Al Sr D Gaspar De Jovellanos, Del Consejo De S M , Oidor En La Real Audiencia De Sevilla
Las blandas quejas de mi dulce lira,
mil lágrimas, suspiros y dolores
me agrada renovar, pues sus rigores
piadoso el cielo por mi bien retira.
El dichoso zagal que tierno admira
su linda zagaleja entre las flores
y de su llama goza y sus favores,
alegre cante lo que Amor le inspira.
Yo llore solo de mi Fili airada
el altivo desdén con triste canto,
que el eco lleve al mayoral Jovino,
alternando con cítara dorada,
ya en blando verso, o dolorido llanto,
las dulces ansias de un amor divino.
mil lágrimas, suspiros y dolores
me agrada renovar, pues sus rigores
piadoso el cielo por mi bien retira.
El dichoso zagal que tierno admira
su linda zagaleja entre las flores
y de su llama goza y sus favores,
alegre cante lo que Amor le inspira.
Yo llore solo de mi Fili airada
el altivo desdén con triste canto,
que el eco lleve al mayoral Jovino,
alternando con cítara dorada,
ya en blando verso, o dolorido llanto,
las dulces ansias de un amor divino.
500
Juan Meléndez Valdés
Romance La Tarde
Ya el Héspero delicioso
entre nubes agradables,
cual precursor de la noche,
por el Occidente sale,
do con su fúlgido brillo
deshaciendo mil celajes,
a los ojos se presenta
cual un hermoso diamante.
Las sombras que le acompañan
se apoderan de los valles,
y sobre la mustia hierba
su fresco rocío esparcen.
Su corona alzan las flores;
y de un aroma süave,
despidiéndose del día,
embalsaman todo el aire.
El sol afanado vuela,
y sus rayos celestiales
contemplar tibios permiten,
al morir, su augusta imagen,
símil a un globo de fuego
que en vivas centellas arde,
y en la bóveda parece
del firmamento enclavarse.
Él de su altísima cumbre
veloz se despeña, y cae
del Océano en las aguas,
que a recibirlo se abren.
¡Oh! ¡qué visos! ¡qué colores!,
¡qué ráfagas tan brillantes
mis ojos embebecidos
registran de todas partes!
Mis sutiles nubecillas
cercan su trono, y mudables,
el cárdeno cielo pintan
con sus graciosos cambiantes.
Los reverberan las aguas,
y parece que retrae
indeciso el sol los pasos,
y en mirarlos se complace.
Luego vuelve, huye y se esconde,
y deja en poder la tarde
del Héspero, que en los cielos
alza su pardo estandarte,
como un cendal delicado,
que en su ámbito inmensurable,
en un momento extendido,
súbito al suelo se abate,
a que en tan rápida fuga
su vislumbre centellante,
envuelto en débiles nieblas,
ya sin pábulo desmaye.
Del nido al caliente abrigo
vuelan al punto las aves,
cuál al seno de una peña,
cuál a lo hojoso de un sauce;
y a sus guaridas los rudos
selváticos animales,
temblando al sentir la noche,
se precipitan cobardes.
Suelta el arador sus bueyes,
y entre sencillos afanes,
para el redil los ganados
volviendo van los zagales;
suena un confuso balido,
gimiendo que los separen
del dulce pasto, y las crías
corren, llamando a sus madres.
Lejos las chozas humean,
y los montes más distantes
con las sombras se confunden,
que sus altas cimas hacen.
De ellas a la excelsa esfera
grupándose desiguales
estas sombras en un velo
a la vista impenetrable,
el universo parece
que, de su acción incesante
cansado, el reposo anhela,
y al sueño va a abandonarse.
Todo es paz, silencio todo,
todo en estas soledades
me conmueve, y hace dulce
la memoria de mis males.
El verde oscuro del prado,
la niebla que undosa a alzarse
empieza del hondo río,
los árboles de su margen,
su deleitosa frescura,
los vientecillos que baten
entre las flores las alas,
y sus esencias me traen,
me enajenan y me olvidan
de las odiosas ciudades
y de sus tristes jardines,
hijos míseros del arte.
Liberal naturaleza,
porque mi pecho se sacie,
me brinda con mil placeres
en su copa inagotable.
Yo me abandono a su impulso;
dudosos los pies no saben
dó se vuelven, dó caminan,
dó se apresuran, dó paren.
Cruzo la tendida vega
con inquietud anhelante
por si en la fatiga logro
que mi espíritu se calme;
mis pasos se precipitan;
mas nada en mi alivio vale,
que aun gigantescas las sombras
me siguen para aterrarle.
Trepo, huyéndolas, la cima,
y al ver sus riscos salvajes,
«¡Ay!», exclamo, «¡quién, cual
ellos,
insensible se tornase!»
Bajo del collado al río,
y entre sus lóbregas calles
de altos árboles, el pecho
más pavoroso me late.
Miro las tajadas rocas,
que amenazan desplomarse
sobre mí, tornar oscuros
sus cristalinos raudales.
Llénanme de horror sus sombras,
y el ronco fragoso embate
de las aguas, más profundo
hace este horror, y más grave.
Así, azorado y medroso,
al cielo empiezo a quejarme
de mis amargas desdichas
y a lanzar dolientes ayes,
mientras de la luz dudosa
expira el último instante,
y el manto la noche tiende
que el crepúsculo deshace.
entre nubes agradables,
cual precursor de la noche,
por el Occidente sale,
do con su fúlgido brillo
deshaciendo mil celajes,
a los ojos se presenta
cual un hermoso diamante.
Las sombras que le acompañan
se apoderan de los valles,
y sobre la mustia hierba
su fresco rocío esparcen.
Su corona alzan las flores;
y de un aroma süave,
despidiéndose del día,
embalsaman todo el aire.
El sol afanado vuela,
y sus rayos celestiales
contemplar tibios permiten,
al morir, su augusta imagen,
símil a un globo de fuego
que en vivas centellas arde,
y en la bóveda parece
del firmamento enclavarse.
Él de su altísima cumbre
veloz se despeña, y cae
del Océano en las aguas,
que a recibirlo se abren.
¡Oh! ¡qué visos! ¡qué colores!,
¡qué ráfagas tan brillantes
mis ojos embebecidos
registran de todas partes!
Mis sutiles nubecillas
cercan su trono, y mudables,
el cárdeno cielo pintan
con sus graciosos cambiantes.
Los reverberan las aguas,
y parece que retrae
indeciso el sol los pasos,
y en mirarlos se complace.
Luego vuelve, huye y se esconde,
y deja en poder la tarde
del Héspero, que en los cielos
alza su pardo estandarte,
como un cendal delicado,
que en su ámbito inmensurable,
en un momento extendido,
súbito al suelo se abate,
a que en tan rápida fuga
su vislumbre centellante,
envuelto en débiles nieblas,
ya sin pábulo desmaye.
Del nido al caliente abrigo
vuelan al punto las aves,
cuál al seno de una peña,
cuál a lo hojoso de un sauce;
y a sus guaridas los rudos
selváticos animales,
temblando al sentir la noche,
se precipitan cobardes.
Suelta el arador sus bueyes,
y entre sencillos afanes,
para el redil los ganados
volviendo van los zagales;
suena un confuso balido,
gimiendo que los separen
del dulce pasto, y las crías
corren, llamando a sus madres.
Lejos las chozas humean,
y los montes más distantes
con las sombras se confunden,
que sus altas cimas hacen.
De ellas a la excelsa esfera
grupándose desiguales
estas sombras en un velo
a la vista impenetrable,
el universo parece
que, de su acción incesante
cansado, el reposo anhela,
y al sueño va a abandonarse.
Todo es paz, silencio todo,
todo en estas soledades
me conmueve, y hace dulce
la memoria de mis males.
El verde oscuro del prado,
la niebla que undosa a alzarse
empieza del hondo río,
los árboles de su margen,
su deleitosa frescura,
los vientecillos que baten
entre las flores las alas,
y sus esencias me traen,
me enajenan y me olvidan
de las odiosas ciudades
y de sus tristes jardines,
hijos míseros del arte.
Liberal naturaleza,
porque mi pecho se sacie,
me brinda con mil placeres
en su copa inagotable.
Yo me abandono a su impulso;
dudosos los pies no saben
dó se vuelven, dó caminan,
dó se apresuran, dó paren.
Cruzo la tendida vega
con inquietud anhelante
por si en la fatiga logro
que mi espíritu se calme;
mis pasos se precipitan;
mas nada en mi alivio vale,
que aun gigantescas las sombras
me siguen para aterrarle.
Trepo, huyéndolas, la cima,
y al ver sus riscos salvajes,
«¡Ay!», exclamo, «¡quién, cual
ellos,
insensible se tornase!»
Bajo del collado al río,
y entre sus lóbregas calles
de altos árboles, el pecho
más pavoroso me late.
Miro las tajadas rocas,
que amenazan desplomarse
sobre mí, tornar oscuros
sus cristalinos raudales.
Llénanme de horror sus sombras,
y el ronco fragoso embate
de las aguas, más profundo
hace este horror, y más grave.
Así, azorado y medroso,
al cielo empiezo a quejarme
de mis amargas desdichas
y a lanzar dolientes ayes,
mientras de la luz dudosa
expira el último instante,
y el manto la noche tiende
que el crepúsculo deshace.
724
Juan Meléndez Valdés
Letrilla El Lunarcito
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?
¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal
que un val de azucenas
hiende por mitad?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;
mirolo y riose,
y dijo vivaz:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal.
Y diz que picado,
se le oyó gritar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,
do clama el deseo
al verse estrellar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,
iluso, perdido,
ansiando encontrar,
la noche y el día
¿qué tienen de igual?
Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.
¡Señuelo del gusto!
¡dulcísimo imán!
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;
diciéndome mudo
con cada compás:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,
clamando yo al verle
subir y bajar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,
no así preguntaras,
burlando mi mal:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
¿qué tienen de igual?
¿De dónde, donosa,
el lindo lunar
que sobre tu seno
se vino a posar?
¿Cómo, di, la nieve
lleva mancha tal?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
¿Qué tienen las sombras
con la claridad,
ni un oscuro punto
con la alba canal
que un val de azucenas
hiende por mitad?
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Premiando sus hojas,
el ciego rapaz
por juego un granate
fue entre ellas a echar;
mirolo y riose,
y dijo vivaz:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
En él sus saetas
se puso a probar,
mas nunca lo hallara
su punta fatal.
Y diz que picado,
se le oyó gritar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Entonces su madre
la parda señal
por término puso
de gracia y beldad,
do clama el deseo
al verse estrellar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Estréllase, y mira,
y torna a mirar,
mientra el pensamiento
mil vueltas le da,
iluso, perdido,
ansiando encontrar,
la noche y el día
¿qué tienen de igual?
Cuando tú lo cubres
de un albo cendal,
por sus leves hilos
se pugna escapar.
¡Señuelo del gusto!
¡dulcísimo imán!
La noche y el día,
¿qué tienen de igual?
Turgente tu seno
se ve palpitar,
y a su blando impulso
él viene y él va;
diciéndome mudo
con cada compás:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
Semeja una rosa
que en medio el cristal
de un limpio arroyuelo
meciéndose está,
clamando yo al verle
subir y bajar:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
¡Mi bien!, si alcanzases
la llaga mortal
que tu lunarcito
me pudo causar,
no así preguntaras,
burlando mi mal:
«La noche y el día,
¿qué tienen de igual?»
804
Juan Meléndez Valdés
Romance Los Segadores
«Segadores, a las mieses,
que ya la rubia mañana
abre sus rosadas puertas
al sol que de oriente se alza.
»Un vientecillo agradable
sigue su brillante marcha
meciendo en volubles ondas
del pan las débiles cañas.
»¡Ved cómo se pierde entre ellas!,
¡ved cuán susurrante vaga,
ora carga y las inclina,
ora raudo las levanta!
»Los desfallecidos pechos
su vital soplo repara,
y al trabajo interrumpido
con nuevo vigor nos llama,
»a par que las avecillas,
no bien despiertas el alba
saludan con mil gorjeos,
trinándole la alborada,
»y huyen las lóbregas sombras
y el horizonte se inflama,
y el luminar de los cielos
en su inmenso ardor nos baña.
»A las hoces pues, amigos,
que el tiempo fugaz se pasa;
y miles de espigas de oro
nos provocan sazonadas.
»De ellas la frente ceñida
nos sonríe la abundancia,
para henchir nuestros graneros
y colmar nuestra esperanza.
»Vedlas en qué remolinos
de aquí y de allá se esparraman,
moviéndose turbulentas
como la mar por las playas,
»mientras las áridas hojas
con su sonido retratan
el que forma la mar misma
si se aduerme en suave calma,
»y en su plácido murmullo
haciendo en pos una pausa,
tornan rápidas a alzarse
y a ondear muy más livianas.
»No, pues, tan rico tesoro
la pereza desmayada
o la ingratitud lo pierdan:
seguid alegres mis plantas.
»Seguidlas; de un pobre anciano
ved cómo las manos flacas
os dan del trabajo ejemplo
y a las vuestras se adelantan.
»Cuando fui mozo, ninguno
logró sacarme ventaja,
ni en el afán de una siega,
ni con el bieldo en la parva;
»mas hoy los años me encorvan,
y así las fuerzas desmayan
cual la pajilla voluble,
que el viento a su antojo arrastra.
»Sus pues; empezad festivos
de la siega la tonada
que vago nos vuelva el eco
desde la opuesta montaña;
»o en acento más sublime
y con voces alternadas
de la honrosa agricultura
resonad las alabanzas,
»santificada en Isidro,
gloriosa en el godo Wamba,
y allá en Edén por Dios mismo
al hombre aún sin culpa dada.
»El vicio es callado y triste;
la inocencia ríe y canta,
y el trabajo es pasatiempo
cuando el placer lo acompaña.
»¡Oh! ¡cómo aquél nos alegra
si la bendición alcanza
del cielo, que sus larguezas
ora por doquier derrama!,
»¡Cómo el corazón se goza
recordando las escarchas
y aguaceros con que enero
el ancho suelo inundaba!
»Aquellos hielos y lluvias
son las selvas erizadas
que hoy veis de doradas mieses,
y un Dios bueno nos regala.
ȃste es el orden que puso
con su omnipotencia sabia
al tiempo, que raudo vuela
con igualdad siempre varia.
»Así el sustento atesora
de esa infinidad que vaga
de vivientes por la tierra,
o tiende al viento las alas.
»Todos a su providencia
cual menesterosos claman,
y en sus manos paternales
piedad y alimento hallan.
»Hállelo el pobre en las vuestras:
si de ellas tal vez se escapa
quebrada la rica espiga,
guardaros bien de apañarla.
»Con negligencia oficiosa
dejadla, amigos, dejadla
a arbitrio de la indigencia,
que sigue vuestras pisadas.
»En ella su pan del día
de vuestra bondad aguarda
la inocencia desvalida
o la ancianidad cansada.
»Este pan es una deuda:
así la tierra nos paga
cuanto un día le fiamos
con usuras duplicadas.
»Así nos dan liberales
grato refrigerio el agua,
el aire vital aliento,
el sol su creadora llama.
»No, pues, cuando más profusa
de sus dones hace gala
y a sus hijos su ancha mesa
Naturaleza prepara;
»cuando la veis, que riente
de gavillas circundada
y de riquísimas frutas
en común a todos llama,
»o por árida codicia
o por vil desconfianza,
en nos solos vinculemos
los tesoros de sus gracias.
»De ellos vive el ave, y parte
la hormiga en sus trojes guarda;
téngala también el pobre
que humilde nos la demanda,
»y lleve con su hacecillo,
cual si un tesoro llevara,
el consuelo y la alegría
a su mísera morada,
»donde postrados acaso
sobre otras míseras pajas,
ya sus pequeñuelos hijos
de hambre transidos le aguardan.
»Así al buen Dios imitamos
que nos da con mano franca;
agradarle abrir las nuestras,
y enojarle es el cerrarlas.
»Abridlas, pues; y sus dones
entre todos se repartan,
que él los da a todos, y a todos
su inefable amor abraza».
Esto Plácido decía
a la puerta de su granja
en medio sus segadores,
que como a padre le acatan;
Plácido, en cuyo semblante
la inocencia de su alma
y el respeto impresos brillan
en sus venerables canas.
Alzando las corvas hoces
con bulliciosa algazara
todos al anciano siguen,
y él alegre les gritaba:
«Segadores, a las mieses,
que ya la rubia mañana
abre sus rosadas puertas
al sol que de oriente se alza».
que ya la rubia mañana
abre sus rosadas puertas
al sol que de oriente se alza.
»Un vientecillo agradable
sigue su brillante marcha
meciendo en volubles ondas
del pan las débiles cañas.
»¡Ved cómo se pierde entre ellas!,
¡ved cuán susurrante vaga,
ora carga y las inclina,
ora raudo las levanta!
»Los desfallecidos pechos
su vital soplo repara,
y al trabajo interrumpido
con nuevo vigor nos llama,
»a par que las avecillas,
no bien despiertas el alba
saludan con mil gorjeos,
trinándole la alborada,
»y huyen las lóbregas sombras
y el horizonte se inflama,
y el luminar de los cielos
en su inmenso ardor nos baña.
»A las hoces pues, amigos,
que el tiempo fugaz se pasa;
y miles de espigas de oro
nos provocan sazonadas.
»De ellas la frente ceñida
nos sonríe la abundancia,
para henchir nuestros graneros
y colmar nuestra esperanza.
»Vedlas en qué remolinos
de aquí y de allá se esparraman,
moviéndose turbulentas
como la mar por las playas,
»mientras las áridas hojas
con su sonido retratan
el que forma la mar misma
si se aduerme en suave calma,
»y en su plácido murmullo
haciendo en pos una pausa,
tornan rápidas a alzarse
y a ondear muy más livianas.
»No, pues, tan rico tesoro
la pereza desmayada
o la ingratitud lo pierdan:
seguid alegres mis plantas.
»Seguidlas; de un pobre anciano
ved cómo las manos flacas
os dan del trabajo ejemplo
y a las vuestras se adelantan.
»Cuando fui mozo, ninguno
logró sacarme ventaja,
ni en el afán de una siega,
ni con el bieldo en la parva;
»mas hoy los años me encorvan,
y así las fuerzas desmayan
cual la pajilla voluble,
que el viento a su antojo arrastra.
»Sus pues; empezad festivos
de la siega la tonada
que vago nos vuelva el eco
desde la opuesta montaña;
»o en acento más sublime
y con voces alternadas
de la honrosa agricultura
resonad las alabanzas,
»santificada en Isidro,
gloriosa en el godo Wamba,
y allá en Edén por Dios mismo
al hombre aún sin culpa dada.
»El vicio es callado y triste;
la inocencia ríe y canta,
y el trabajo es pasatiempo
cuando el placer lo acompaña.
»¡Oh! ¡cómo aquél nos alegra
si la bendición alcanza
del cielo, que sus larguezas
ora por doquier derrama!,
»¡Cómo el corazón se goza
recordando las escarchas
y aguaceros con que enero
el ancho suelo inundaba!
»Aquellos hielos y lluvias
son las selvas erizadas
que hoy veis de doradas mieses,
y un Dios bueno nos regala.
ȃste es el orden que puso
con su omnipotencia sabia
al tiempo, que raudo vuela
con igualdad siempre varia.
»Así el sustento atesora
de esa infinidad que vaga
de vivientes por la tierra,
o tiende al viento las alas.
»Todos a su providencia
cual menesterosos claman,
y en sus manos paternales
piedad y alimento hallan.
»Hállelo el pobre en las vuestras:
si de ellas tal vez se escapa
quebrada la rica espiga,
guardaros bien de apañarla.
»Con negligencia oficiosa
dejadla, amigos, dejadla
a arbitrio de la indigencia,
que sigue vuestras pisadas.
»En ella su pan del día
de vuestra bondad aguarda
la inocencia desvalida
o la ancianidad cansada.
»Este pan es una deuda:
así la tierra nos paga
cuanto un día le fiamos
con usuras duplicadas.
»Así nos dan liberales
grato refrigerio el agua,
el aire vital aliento,
el sol su creadora llama.
»No, pues, cuando más profusa
de sus dones hace gala
y a sus hijos su ancha mesa
Naturaleza prepara;
»cuando la veis, que riente
de gavillas circundada
y de riquísimas frutas
en común a todos llama,
»o por árida codicia
o por vil desconfianza,
en nos solos vinculemos
los tesoros de sus gracias.
»De ellos vive el ave, y parte
la hormiga en sus trojes guarda;
téngala también el pobre
que humilde nos la demanda,
»y lleve con su hacecillo,
cual si un tesoro llevara,
el consuelo y la alegría
a su mísera morada,
»donde postrados acaso
sobre otras míseras pajas,
ya sus pequeñuelos hijos
de hambre transidos le aguardan.
»Así al buen Dios imitamos
que nos da con mano franca;
agradarle abrir las nuestras,
y enojarle es el cerrarlas.
»Abridlas, pues; y sus dones
entre todos se repartan,
que él los da a todos, y a todos
su inefable amor abraza».
Esto Plácido decía
a la puerta de su granja
en medio sus segadores,
que como a padre le acatan;
Plácido, en cuyo semblante
la inocencia de su alma
y el respeto impresos brillan
en sus venerables canas.
Alzando las corvas hoces
con bulliciosa algazara
todos al anciano siguen,
y él alegre les gritaba:
«Segadores, a las mieses,
que ya la rubia mañana
abre sus rosadas puertas
al sol que de oriente se alza».
828
Juan Meléndez Valdés
Letrilla La Flor Del Zurguén
Parad, airecillos,
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.
Parad y de rosas
tejedme un dosel,
do del sol se guarde
la flor del Zurguén.
Parad, airecillos,
parad, y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,
a aquella que aflige
mi pecho crüel,
la gloria del Tormes,
la flor del Zurguén.
Sus ojos luceros,
su boca un clavel,
rosa las mejillas;
y atónitos ved
do artero Amor sabe
mil armas prender,
si al viento las tiene
la flor del Zurguén.
Volad a los valles;
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.
Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
la flor del Zurguén.
Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él:
el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
la flor del Zurguén.
¡Ay cándido seno!
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!
Mas ¡oh! ¡cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
la flor del Zurguén.
La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.
Decidme, airecillos,
decidme: ¿qué haré,
para que me escuche
la flor del Zurguén.
Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad, y besadle
por mí el albo pie.
Llegad, y al oído
decidle mi fe;
quizá os oiga afable
la flor del Zurguén.
Con blando susurro
llegad sin temer,
pues leda reposa,
su altivo desdén.
Llegad y piadosos,
de un triste os doled,
así os dé su seno
la flor del Zurguén.
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.
Parad y de rosas
tejedme un dosel,
do del sol se guarde
la flor del Zurguén.
Parad, airecillos,
parad, y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,
a aquella que aflige
mi pecho crüel,
la gloria del Tormes,
la flor del Zurguén.
Sus ojos luceros,
su boca un clavel,
rosa las mejillas;
y atónitos ved
do artero Amor sabe
mil armas prender,
si al viento las tiene
la flor del Zurguén.
Volad a los valles;
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.
Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
la flor del Zurguén.
Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él:
el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
la flor del Zurguén.
¡Ay cándido seno!
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!
Mas ¡oh! ¡cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
la flor del Zurguén.
La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.
Decidme, airecillos,
decidme: ¿qué haré,
para que me escuche
la flor del Zurguén.
Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad, y besadle
por mí el albo pie.
Llegad, y al oído
decidle mi fe;
quizá os oiga afable
la flor del Zurguén.
Con blando susurro
llegad sin temer,
pues leda reposa,
su altivo desdén.
Llegad y piadosos,
de un triste os doled,
así os dé su seno
la flor del Zurguén.
965
Juan Meléndez Valdés
Letrilla La Flor Del Zurguén
Parad, airecillos,
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.
Parad y de rosas
tejedme un dosel,
do del sol se guarde
la flor del Zurguén.
Parad, airecillos,
parad, y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,
a aquella que aflige
mi pecho crüel,
la gloria del Tormes,
la flor del Zurguén.
Sus ojos luceros,
su boca un clavel,
rosa las mejillas;
y atónitos ved
do artero Amor sabe
mil armas prender,
si al viento las tiene
la flor del Zurguén.
Volad a los valles;
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.
Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
la flor del Zurguén.
Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él:
el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
la flor del Zurguén.
¡Ay cándido seno!
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!
Mas ¡oh! ¡cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
la flor del Zurguén.
La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.
Decidme, airecillos,
decidme: ¿qué haré,
para que me escuche
la flor del Zurguén.
Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad, y besadle
por mí el albo pie.
Llegad, y al oído
decidle mi fe;
quizá os oiga afable
la flor del Zurguén.
Con blando susurro
llegad sin temer,
pues leda reposa,
su altivo desdén.
Llegad y piadosos,
de un triste os doled,
así os dé su seno
la flor del Zurguén.
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.
Parad y de rosas
tejedme un dosel,
do del sol se guarde
la flor del Zurguén.
Parad, airecillos,
parad, y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,
a aquella que aflige
mi pecho crüel,
la gloria del Tormes,
la flor del Zurguén.
Sus ojos luceros,
su boca un clavel,
rosa las mejillas;
y atónitos ved
do artero Amor sabe
mil armas prender,
si al viento las tiene
la flor del Zurguén.
Volad a los valles;
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.
Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
la flor del Zurguén.
Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él:
el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
la flor del Zurguén.
¡Ay cándido seno!
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!
Mas ¡oh! ¡cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
la flor del Zurguén.
La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.
Decidme, airecillos,
decidme: ¿qué haré,
para que me escuche
la flor del Zurguén.
Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad, y besadle
por mí el albo pie.
Llegad, y al oído
decidle mi fe;
quizá os oiga afable
la flor del Zurguén.
Con blando susurro
llegad sin temer,
pues leda reposa,
su altivo desdén.
Llegad y piadosos,
de un triste os doled,
así os dé su seno
la flor del Zurguén.
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