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Poemas en este tema

Emociones y Sentimientos

Efraín Huerta

Efraín Huerta

Afrodita Morris (ceremonial De Las 13 30)

AFRODITA MORRIS

(Ceremonial de las 13.30)


On ne mesure pas le désordre

Pourtant

C’est par la femme que l’homme durePAUL ÉLUARD

Causadora de secretos yerros

Enemiga de honestad


Ligera emerges de la malvada espuma

Y zahareña pasas bajo arcos triunfales

Traspasada de luces meridianas

Pirules, marquesinas, prósperas azaleas,

Sublimada como la gran cosa grandes muslos

Sintiéndote brutalmente soñada

Cual si fueras lo exclusivo y único mineral y eléctrico


Pero así eres pues

Y algo de tu mítica presencia

Explicaré en seguida

Con licencia de castos ojos castos oídos:


A los 200 metros advertimos olemos la chamusquina

Tu breve cabellera república de abejas

Dorado vellocino

Te acercas luego luego

Deseada y amada a todo vapor

Con tus brillantes incisivos de ardilla

El busto de amazona levemente anémica

Y todo lo animal y exuberante que te circunda

Laboriosa potranca gigante brizna

Abrasadora corza purpureante blasfemia

Amazona domadora del potrillo segundo

Del minutero potro

Fulminadora de una vez por todas

Espejo espejito espejazo

De los hirientes azúcares del día

¿Quién más bella que tú?


Pasas rapiditamente por el abismo de mis tristezas

Irradiando cardillo suscitando guirnaldas

Malditamente becqueriana

Salvajemente nerudiana

Abruptamente rubendariana

Dueña y señora de las implacables exultaciones

Vegetal marmórea canela pura

Piel de adivinaciones

Pies tejedores de aullidos

Cuando un fregabundal de albañiles te miran

Y los andamios son ya castillos en ruinas

Los pasajeros de autobuses fallecen de escalofrío

Y los decesos (desexos) se suceden como un tropel de alfajores

Imposible sería, erectamente hablando,

Decir tu nombre porque nadie lo sabe y

Porque pocos conocen tu eminencia hipotenar

El aductor medio el definitivo sartorio

Los nombrados internos y externos

El crucial peroneo lateral largo

Y los delicados crural anterior, ah, y el sóleo


Después la asfáltica nube que discurre desde Morris Hnos.

(todo lo diagnosticas tú, todito, toditito,

doctora en almas herrumbrosas automóviles desbielados)

Hasta Masaryk, Horacio y Homero

Territorio de los rugidos las aromáticas mentadas de madre

Las sirenas de la Cruz Verde y la Cruz Roja

El claxon rencoroso de las damas liverpúlicas

Las solamente lindas propietarias de boutiques

(una shutique me hace merecedor de la locura)

Los vendedores de billetes de lotería

Los boleros sin ranita con mandolina,

Los vagos, los imbéciles gerentes de banco

Y sus medianamente guapotas secretarias

Las carrozas de Gayosso y Tangassi

(Cuando estrene mi pijama de madera estaré más triste)

Los camiones 60, 77, 85, 91, etcétera,

Que van y vienen como cangrejos locos

Y vas y vienes, Afrodita de tezontle,

Y entonces la avenida Mariano Escobedo
(¡Ríndete,Maximiliano!)

Es el canal donde la sangre estalla y se desparrama

Y los cínicos sicofantes la recogen con cucharitas de plata


Pero cuando ayayay no pasas

Vario coraje nos enferma y

Por absoluta mayoría se resuelve

Que simplemente seas Afroda

Afroda Pérez López González o Martínez

Y no como te llamen en tu oficina en tu alcoba

O como se llamen tu espalda y tus riñones

Tus músculos ya escritos y descritos

La dulce miniatura de tus machupechos

Nuestros ojos muertos de pena

Nuestra boca muerta de sed

Nuestra poesía tan pobremente reiterativa


Todo viene a ser atrocísimo

Ominoso guillotinesco

Oh tú arrogante y bien plantada

Epicúreo y frutal teorema

Avara y generosa

Plácidamente paladeable

Para con “los llamados etceteristas

Y también los del así sucesivamente”


Y así

Así susexyvamente

Hasta la dulce muerte por enumeración

Y la despiadada caída

Del violáceo telón de la Impudicia

Enero de 1971

644
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Esto Se Llama Los Incendios

Cuatro jinetes de pólvora derriten los vastos jardines.

Cuatro fantasmas de plomo cavan la tumba del amor.

Uno, dos, tres, innumerables asesinos decapitan el ángel de la
dicha.

Un jinete de enrojecidos ojos cabalga los incendios.

Algo como una lejana tristeza sucede allá,

en el país de las praderas, del napalm, del oro y de los enormes
ríos

que de pronto se alzan y se preguntan qué pasa,

aló aló qué ocurre en las ciudades de
mármol,

en las ciudades de miasma; ¿qué sucede que se ha roto

el coloquio de los enamorados?

El viento ha perdido

la dirección y la Madre Primavera muestra su pecho cercenado.

Algo como un quebradero de huesos y de plumas

ha coronado de sombra los capitolios y llenado de cenizas

las casas que antes del fuego fueron blancas y púdicas como una
guerra no declarada.

¡Aló aló Vietnam, aló padre y poeta Ho Chi
Minh!

Hola, hermana ceniza, hermano dedo, hermanas barbas,

hola querido Comandante Guevara, viento-verdad, columna asesinada,

allá arriba de nosotros, cerca del cielo o del infierno,

algo ardiente como una roja espuma se levanta

—y es tu palabra insomne, tu agonía, la línea de tu
sueño.


Pólvora y miedo en el país llamado

"el país más poderoso de la tierra".

En cada casa norteña, un becerro dorado.

En cada palacio del sur, la suma por centenares de esclavos.

En todas las casas una Biblia nunca leída, acaso murmurada,
jamás entendida.


Pero olvidemos el poder, el orgullo, los becerros

y las Biblias —y no olvidemos a Abraham Lincoln río Mississippi
abajo

casi al encuentro de don Benito Juárez desterrado

y liando tabaco virginiano; a Abraham Lincoln con su testimonio a cuestas,

su vigor de coloso y su tristeza secular.


Cuando Abraham Lincoln fue asesinado

un poco de atardecer cayó sobre el mundo de los negros

y las plegarias se sucedieron como un amargo río de lágrimas.

Llamearon las pupilas acusadoras, pero nada más. Ah, sí:

Un poeta de luenga barba blanca y ojos marinos se enfermó por la
muerte de un capitán de la vida.

Los blancos habían empezado a linchar y

los capuchones del Ku Klux Klan erizaron el silencioso territorio.

Comenzaba a oler a pólvora, a sangre fresca,

a sudor de jinetes bramadores y a incendios.

Palomas delirantes aparecieron tal presagios,

hasta que los fusiles con miras telescópicas ocuparon

el lugar de los arcángeles y callaron las aleluyas.

El agua del río padre tornóse espesa sangre

y el blues se arrinconó como un perro sarnoso.


Cuando hace pocos amaneceres asesinaron a Martin Luther King

un poco de niebla fustigó el mundo de los negros.

Pero entonces ya no solamente llamearon las pupilas

sino la madera, los minerales, los supermercados,

las farmacias, los bancos, las estaciones de policía,

las radiodifusoras, las estaciones de TV...

Ardieron de costa a costa las ciudades para que iluminaran una muerte

y hubiera un destello de esperanza en la piel negra y en la piel roja,

y hasta un poco de luz de algo que se llamó bondad, ¿o se
llamaba piedad,

o bíblicamente, malditamente se llamaba violencia?

Hoy nada sabemos. Ni siquiera dónde empieza la cola de una
serpiente de plomo

ni dónde termina el dolor de una viuda —ni qué
entraña se arrancaron los huérfanos

para gemir muertos de angustia en las noches de Memphis y de Atlanta.


Se necesita ser muy hombre para no ser violento.

Se necesita saber musitar un versículo.

Hoy necesito

mucha cobardía para callarme la oración

por Martin Luther King,

y para no decir nada sobre la sangre que lo ahogó

como a un cordero para holocausto

en la piedra solar de una colina mosaica.

¡Aló aló Martin Luther King, hombre negro degollado!

Hola Martin Lutero Rey, pacífico hacedor de incendios,

campanada king king de la rebelión, tam tam descuartizado,

suave africano de la dura Norteamérica.


Aló asesinado

aló mortificado en cuerpo y alma

aló balaceado

Hola enterrado en alma y cuerpo

hola acribillado

santo negro de las llamas

de los negros incendios

te bendigo

te bendecimos

liberador.


Ahora bendícenos, reverendo,

desde tu cielo ceñudo

desde la cálida oscuridad de tu celda celeste

¡No eres más que un cuchillo ni menos que un motín!

Por la muerte de Malcolm X

por la vida veloz de Stokely Carmichael

condúcenos, oh animoso,


oh tumultuario,

hacia el sofocante purgatorio

de los vastos jardines
incendiados!

9-10 de abril de 1968

755
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Juárez-loreto

JUÁREZ-LORETO


Alabados sean los ladrones...H.M.E


La del piernón bruto me rebasó por la derecha:

rozóme las regiones sagradas, me vio de arriba abajo

y se detuvo en el aire viciado: cielo sucio

de la Ruta 85, donde los ladrones

me conocen porque me roban, me pisotean

y me humillan: seguramente saben

que escribo versos: ¿Pero ella? ¿Por qué

me faulea, madruga, tumba, habita, bebe?

Tiene el pelo dorado de la madrugada

que empuña su arma y dispara sus violines.

Tiene un extraño follaje azul-morado

en unos ojos como faroles y aguardiente.

Es un jazmín angelical, maligno,

arrancado del zarzal en ruinas.

A los rateros los detesto con todo el corazón,

pero a ella, que debe llamarse Ría, Napoleona,

Bárbara o Letra Muerta o Cosa Quemada,

empiezo a amarla en la diagonal de Euler

y en la parada de Petrarca ya soy un horno

pálido de codicia, de sueños de poder,

porque como amante siempre he sido pan comido,

migaja llorona (Ay de mí, Llorona), y si ayer pasadas las diez
de la noche

fui el vivo retrato de la Novena Maravilla,

ahora sólo soy la sombra de una séptima colina desyerbada.


Alabados sean los ladrones, dice Hans Magnus.

Pues que lo sean: los veo hurtar carteras, relojes, orejas,

pies, nalgas iridiscentes, bolígrafos, anteojos,

y ella, que debe llamarse Escaldada, ni se inmuta.

Vuelve al roce, al foul, al descaro,

se alisa la dorada cabellera

(¡Coño, carajo, caballero, qué cabellera de oro!),

se marea, se hegeliza, se newtoniza,

y pasamos por donde Maimónides y Hesíodo

y pone todavía más cara de estúpida

cuando Alejandro Dumas, Poe y Molière y los cines cercanos!

Malditilla, malditita, putilla camionera,

vergüenza seas para las anchas avenidas

que son Horacio, Homero y, caray (aguas, aguas), Ejército Nacional.

Rozadora, pescadora en el río revuelto

de las horas febriles; ladrona de mi mala suerte,

abyecta cómplice del «dos de bastos», hembra de los flancos

como agua endemoniada;

cachondísima hasta la parada en seco

del autobús de la Muerte.

Alabada seas, bandida de mi lerda conmiseración.

Escorpiona te llamas, Cancerita, Cangreja,

amada hasta la terminal, hasta el infinito trasero

que me despertó imbecilizado en el boulevard

¡Miguel de Cervantes Saavedra y demás clásicos!

Porque luego de tus acuciosos frotamientos

y que cada quien llegó a donde quiso llegar

(para eso estamos y vivimos en un país libre)

hube de regresar al lugar del crimen

(así llamo a mi arruinado departamento de Lope de Vega),

y pues me vine, sí, me vine lo más pronto posible

en medio de una estruendosa rechifla celestial.


Adoro tu nalga derecha, tu pantorilla izquierda,

tus muslos enteritos, lo adivinable y calientito, tus pechitos pachones

y tu indigno, antideportivo comportamiento.

Que te asalten, te roben, burlen, violen,

Nariz de Colibrí, Doncella Serpentina,

Suripantita de Oro, Cabellitos de Elote,

porque te amo y alabo desde lo alto de mi aguda marchitez.


Hoy debo dormir como un bendito

y despertar clamando en el desierto de la ciudad

donde el Juárez-Loreto que algún día compraré

me espera, como un palacio espera, adormilado,

a su viejo-príncipe-poeta


soberbiamente idiota.

22 de octubre de 1970

675
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Juárez-loreto

JUÁREZ-LORETO


Alabados sean los ladrones...H.M.E


La del piernón bruto me rebasó por la derecha:

rozóme las regiones sagradas, me vio de arriba abajo

y se detuvo en el aire viciado: cielo sucio

de la Ruta 85, donde los ladrones

me conocen porque me roban, me pisotean

y me humillan: seguramente saben

que escribo versos: ¿Pero ella? ¿Por qué

me faulea, madruga, tumba, habita, bebe?

Tiene el pelo dorado de la madrugada

que empuña su arma y dispara sus violines.

Tiene un extraño follaje azul-morado

en unos ojos como faroles y aguardiente.

Es un jazmín angelical, maligno,

arrancado del zarzal en ruinas.

A los rateros los detesto con todo el corazón,

pero a ella, que debe llamarse Ría, Napoleona,

Bárbara o Letra Muerta o Cosa Quemada,

empiezo a amarla en la diagonal de Euler

y en la parada de Petrarca ya soy un horno

pálido de codicia, de sueños de poder,

porque como amante siempre he sido pan comido,

migaja llorona (Ay de mí, Llorona), y si ayer pasadas las diez
de la noche

fui el vivo retrato de la Novena Maravilla,

ahora sólo soy la sombra de una séptima colina desyerbada.


Alabados sean los ladrones, dice Hans Magnus.

Pues que lo sean: los veo hurtar carteras, relojes, orejas,

pies, nalgas iridiscentes, bolígrafos, anteojos,

y ella, que debe llamarse Escaldada, ni se inmuta.

Vuelve al roce, al foul, al descaro,

se alisa la dorada cabellera

(¡Coño, carajo, caballero, qué cabellera de oro!),

se marea, se hegeliza, se newtoniza,

y pasamos por donde Maimónides y Hesíodo

y pone todavía más cara de estúpida

cuando Alejandro Dumas, Poe y Molière y los cines cercanos!

Malditilla, malditita, putilla camionera,

vergüenza seas para las anchas avenidas

que son Horacio, Homero y, caray (aguas, aguas), Ejército Nacional.

Rozadora, pescadora en el río revuelto

de las horas febriles; ladrona de mi mala suerte,

abyecta cómplice del «dos de bastos», hembra de los flancos

como agua endemoniada;

cachondísima hasta la parada en seco

del autobús de la Muerte.

Alabada seas, bandida de mi lerda conmiseración.

Escorpiona te llamas, Cancerita, Cangreja,

amada hasta la terminal, hasta el infinito trasero

que me despertó imbecilizado en el boulevard

¡Miguel de Cervantes Saavedra y demás clásicos!

Porque luego de tus acuciosos frotamientos

y que cada quien llegó a donde quiso llegar

(para eso estamos y vivimos en un país libre)

hube de regresar al lugar del crimen

(así llamo a mi arruinado departamento de Lope de Vega),

y pues me vine, sí, me vine lo más pronto posible

en medio de una estruendosa rechifla celestial.


Adoro tu nalga derecha, tu pantorilla izquierda,

tus muslos enteritos, lo adivinable y calientito, tus pechitos pachones

y tu indigno, antideportivo comportamiento.

Que te asalten, te roben, burlen, violen,

Nariz de Colibrí, Doncella Serpentina,

Suripantita de Oro, Cabellitos de Elote,

porque te amo y alabo desde lo alto de mi aguda marchitez.


Hoy debo dormir como un bendito

y despertar clamando en el desierto de la ciudad

donde el Juárez-Loreto que algún día compraré

me espera, como un palacio espera, adormilado,

a su viejo-príncipe-poeta


soberbiamente idiota.

22 de octubre de 1970

675
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Juárez-loreto

JUÁREZ-LORETO


Alabados sean los ladrones...H.M.E


La del piernón bruto me rebasó por la derecha:

rozóme las regiones sagradas, me vio de arriba abajo

y se detuvo en el aire viciado: cielo sucio

de la Ruta 85, donde los ladrones

me conocen porque me roban, me pisotean

y me humillan: seguramente saben

que escribo versos: ¿Pero ella? ¿Por qué

me faulea, madruga, tumba, habita, bebe?

Tiene el pelo dorado de la madrugada

que empuña su arma y dispara sus violines.

Tiene un extraño follaje azul-morado

en unos ojos como faroles y aguardiente.

Es un jazmín angelical, maligno,

arrancado del zarzal en ruinas.

A los rateros los detesto con todo el corazón,

pero a ella, que debe llamarse Ría, Napoleona,

Bárbara o Letra Muerta o Cosa Quemada,

empiezo a amarla en la diagonal de Euler

y en la parada de Petrarca ya soy un horno

pálido de codicia, de sueños de poder,

porque como amante siempre he sido pan comido,

migaja llorona (Ay de mí, Llorona), y si ayer pasadas las diez
de la noche

fui el vivo retrato de la Novena Maravilla,

ahora sólo soy la sombra de una séptima colina desyerbada.


Alabados sean los ladrones, dice Hans Magnus.

Pues que lo sean: los veo hurtar carteras, relojes, orejas,

pies, nalgas iridiscentes, bolígrafos, anteojos,

y ella, que debe llamarse Escaldada, ni se inmuta.

Vuelve al roce, al foul, al descaro,

se alisa la dorada cabellera

(¡Coño, carajo, caballero, qué cabellera de oro!),

se marea, se hegeliza, se newtoniza,

y pasamos por donde Maimónides y Hesíodo

y pone todavía más cara de estúpida

cuando Alejandro Dumas, Poe y Molière y los cines cercanos!

Malditilla, malditita, putilla camionera,

vergüenza seas para las anchas avenidas

que son Horacio, Homero y, caray (aguas, aguas), Ejército Nacional.

Rozadora, pescadora en el río revuelto

de las horas febriles; ladrona de mi mala suerte,

abyecta cómplice del «dos de bastos», hembra de los flancos

como agua endemoniada;

cachondísima hasta la parada en seco

del autobús de la Muerte.

Alabada seas, bandida de mi lerda conmiseración.

Escorpiona te llamas, Cancerita, Cangreja,

amada hasta la terminal, hasta el infinito trasero

que me despertó imbecilizado en el boulevard

¡Miguel de Cervantes Saavedra y demás clásicos!

Porque luego de tus acuciosos frotamientos

y que cada quien llegó a donde quiso llegar

(para eso estamos y vivimos en un país libre)

hube de regresar al lugar del crimen

(así llamo a mi arruinado departamento de Lope de Vega),

y pues me vine, sí, me vine lo más pronto posible

en medio de una estruendosa rechifla celestial.


Adoro tu nalga derecha, tu pantorilla izquierda,

tus muslos enteritos, lo adivinable y calientito, tus pechitos pachones

y tu indigno, antideportivo comportamiento.

Que te asalten, te roben, burlen, violen,

Nariz de Colibrí, Doncella Serpentina,

Suripantita de Oro, Cabellitos de Elote,

porque te amo y alabo desde lo alto de mi aguda marchitez.


Hoy debo dormir como un bendito

y despertar clamando en el desierto de la ciudad

donde el Juárez-Loreto que algún día compraré

me espera, como un palacio espera, adormilado,

a su viejo-príncipe-poeta


soberbiamente idiota.

22 de octubre de 1970

675
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Sílabas Por El Maxilar De Franz Kafka

SÍLABAS POR EL MAXILAR DE FRANZ KAFKA


Oh vieja cosa dura, dura lanza, hueso impío, sombrío objeto

de árida y seca espuma; ola y nave, navío sin rumbo, derrumbado

y secreto como la fórmula del alquimista; velero sin piloto

por un mar de aguda soledad; barca para pasar al otro lado del mundo,

enfilados hacia el cielo praguense y las callejuelas

donde la muerte pisa charcos de la cerveza que no bebió Neruda;

hueso infinito para ponerse verde de envidia,

para no remediar nada —ni el silencio ni las alas oscuras y obscenas de tus orejas;

para no ver siquiera la herida de tu boca

ni el incendio de allá arriba, donde tus ojos todo lo penetran

como otras naves, otras lanzas ardidas, otra amenaza;

para hipnotizar la espada de la melancolía

y acaso para descifrar el curso de aquel río de palacios

donde murieron los santos y las vírgenes agonizaron
tañendo laúdes de piedra;

para que pasen la novia y el féretro y Nezval resucite

en el corazón del follaje del cementerio judío;

para que el poeta te mire y se sonría ante el retrato de Dios;

para la locura —tu maxilar de duelo—, para la demencia total

y hasta para la humildad de nuestro lenguaje y su negra lucidez;

para morir eternamente de una tuberculosis dorada

y cabalgar las nubes y nombrar a los ángeles del exterminio

y clamar por los asesinos —otra vez allá arriba—,

por los que quemaron a Juan Huss

y arrojaron sus cenizas a un ancho río de espinosa corriente.

Hueso de piedra, ojo derecho del carlino puente,

pirámide caída, demolida, muerta desde su muerte;

hueso para escribir cien veces Señor K Señor K Señor K

hasta la podredumbre de las estrellas y las ratas de los castillos

y la infamia de los jueces; hueso vivo, puntiagudo

como la raíz del alma, como la ciega aurora de tus cejas;

hueso para llegar de rodillas y aguardar amorosamente

la carcajada y la oración, la blasfemia y el perdón.

Nave, navío, barca y espuma para sudar de miedo

y escribir sobre la piel la palabra abismo,

la palabra epitafio, la palabra sacrificio

y la palabra sufrimiento

y la palabra Hacedor.

6 de noviembre de 1965

618
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Sílabas Por El Maxilar De Franz Kafka

SÍLABAS POR EL MAXILAR DE FRANZ KAFKA


Oh vieja cosa dura, dura lanza, hueso impío, sombrío objeto

de árida y seca espuma; ola y nave, navío sin rumbo, derrumbado

y secreto como la fórmula del alquimista; velero sin piloto

por un mar de aguda soledad; barca para pasar al otro lado del mundo,

enfilados hacia el cielo praguense y las callejuelas

donde la muerte pisa charcos de la cerveza que no bebió Neruda;

hueso infinito para ponerse verde de envidia,

para no remediar nada —ni el silencio ni las alas oscuras y obscenas de tus orejas;

para no ver siquiera la herida de tu boca

ni el incendio de allá arriba, donde tus ojos todo lo penetran

como otras naves, otras lanzas ardidas, otra amenaza;

para hipnotizar la espada de la melancolía

y acaso para descifrar el curso de aquel río de palacios

donde murieron los santos y las vírgenes agonizaron
tañendo laúdes de piedra;

para que pasen la novia y el féretro y Nezval resucite

en el corazón del follaje del cementerio judío;

para que el poeta te mire y se sonría ante el retrato de Dios;

para la locura —tu maxilar de duelo—, para la demencia total

y hasta para la humildad de nuestro lenguaje y su negra lucidez;

para morir eternamente de una tuberculosis dorada

y cabalgar las nubes y nombrar a los ángeles del exterminio

y clamar por los asesinos —otra vez allá arriba—,

por los que quemaron a Juan Huss

y arrojaron sus cenizas a un ancho río de espinosa corriente.

Hueso de piedra, ojo derecho del carlino puente,

pirámide caída, demolida, muerta desde su muerte;

hueso para escribir cien veces Señor K Señor K Señor K

hasta la podredumbre de las estrellas y las ratas de los castillos

y la infamia de los jueces; hueso vivo, puntiagudo

como la raíz del alma, como la ciega aurora de tus cejas;

hueso para llegar de rodillas y aguardar amorosamente

la carcajada y la oración, la blasfemia y el perdón.

Nave, navío, barca y espuma para sudar de miedo

y escribir sobre la piel la palabra abismo,

la palabra epitafio, la palabra sacrificio

y la palabra sufrimiento

y la palabra Hacedor.

6 de noviembre de 1965

618
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Sílabas Por El Maxilar De Franz Kafka

SÍLABAS POR EL MAXILAR DE FRANZ KAFKA


Oh vieja cosa dura, dura lanza, hueso impío, sombrío objeto

de árida y seca espuma; ola y nave, navío sin rumbo, derrumbado

y secreto como la fórmula del alquimista; velero sin piloto

por un mar de aguda soledad; barca para pasar al otro lado del mundo,

enfilados hacia el cielo praguense y las callejuelas

donde la muerte pisa charcos de la cerveza que no bebió Neruda;

hueso infinito para ponerse verde de envidia,

para no remediar nada —ni el silencio ni las alas oscuras y obscenas de tus orejas;

para no ver siquiera la herida de tu boca

ni el incendio de allá arriba, donde tus ojos todo lo penetran

como otras naves, otras lanzas ardidas, otra amenaza;

para hipnotizar la espada de la melancolía

y acaso para descifrar el curso de aquel río de palacios

donde murieron los santos y las vírgenes agonizaron
tañendo laúdes de piedra;

para que pasen la novia y el féretro y Nezval resucite

en el corazón del follaje del cementerio judío;

para que el poeta te mire y se sonría ante el retrato de Dios;

para la locura —tu maxilar de duelo—, para la demencia total

y hasta para la humildad de nuestro lenguaje y su negra lucidez;

para morir eternamente de una tuberculosis dorada

y cabalgar las nubes y nombrar a los ángeles del exterminio

y clamar por los asesinos —otra vez allá arriba—,

por los que quemaron a Juan Huss

y arrojaron sus cenizas a un ancho río de espinosa corriente.

Hueso de piedra, ojo derecho del carlino puente,

pirámide caída, demolida, muerta desde su muerte;

hueso para escribir cien veces Señor K Señor K Señor K

hasta la podredumbre de las estrellas y las ratas de los castillos

y la infamia de los jueces; hueso vivo, puntiagudo

como la raíz del alma, como la ciega aurora de tus cejas;

hueso para llegar de rodillas y aguardar amorosamente

la carcajada y la oración, la blasfemia y el perdón.

Nave, navío, barca y espuma para sudar de miedo

y escribir sobre la piel la palabra abismo,

la palabra epitafio, la palabra sacrificio

y la palabra sufrimiento

y la palabra Hacedor.

6 de noviembre de 1965

618
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Responso Por Un Poeta Descuartizado

Claro está que murió —como deben morir los poetas, maldiciendo, blasfemando, mentando madres,

viendo apariciones, cobijado por las pesadillas.

Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas
habitaciones

donde perros, orgías, vino griego, prostitutas francesas,
donceles y príncipes se rinden

y le besan los benditos pies;

porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad

y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de
alcohol bebidos a pleno pulmón,

así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra
noche y las agrias albas

y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo a que
te obligan,

la crónica que nunca hubieras querido escribir

y los poemas rubíes, los poemas diamantes, los poemas
huesolabrado, los poemas

floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas
rubenes, los poemas daríos, los poemas madres, los poemas
padres, tus poemas...


Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió
los cielos y tropezó mil y un infiernos

al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios trasegando
absintio

(El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro y la
soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores, la
chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas
municipales.

Maldiciendo, claro, porque en la agónía estaba en su
derecho y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!,

dijo Rubén al
niño triste que oyó su testamento), ¿por
qué no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es
alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara de un lirio?

Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino

hecho de luces y tinieblas, pulido por el aire de los Andes, la neblina
de los puertos, el ahogo de Nueva York, la palabra española, el
duelo de Machado, Europa sin su pan.

Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo destrozado!)

y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca le hallaron nada sino dolor en la piel

limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio y soberbio el corazón

y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo, como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como la mansión de los dioses, como el penacho de un emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero taíno;

cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo cuerpo, ay, de mieles y nardos

(su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta divino, anchura de navío),

el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos de la fortaleza de Acosasco

y que luego...


Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad de destrozarlo,
enteramente destazarlo como a una fiera selvática, como al toro
americano

porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida, muchísimo
universo

necesariamente sus vísceras tenían que ser universales,
polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas de piedad,
henchidas de amor y de ternura.

Aquí el hígado y allá los riñones.

¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de
garra en garra como un puñado de perlas.

Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue
sacado a la luz antes del alba;

y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles y
la policía dijo, chilló, bramó:

¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío
mil ochocientos cincuenta gramos— fue a dar a la cárcel

y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre rejas, el
primer cerebro en una celda,

la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne degollado.


Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde, por esa
agonía de pirámide arrasada,

el poeta que todo lo amó

cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave
crucifijo, el Cristo de marfil que otro poeta agónico le
regalara —Amado Nervo—

y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de
qué manera se mordía la lengua y la piel se le
ponía violácea

nada más porque empezaba a morir,

nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y su
delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento,

y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra en mano y
de mano en garra

hasta parecer el ala de un ángel,

la solar sonrisa de un efebo,

la sombra de recinto de todos los poetas vivos,

de todos los poetas agonizantes,

de todos los poetas.

19 de enero de 1967

560
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Agua Del Dios (1)

AGUA DEL DIOS [1]


Agua dulce, agua amarga,

agua de soledad, agua de nada,

agua quebrada para el verde amor

y la amarilla piedad;

agua sin sombra para el aire

de esta región llamada

la más transparente de la sangre.



Dios mío dije ayer en la frontera fuego-sueño

y un elemento lleno de voz y cielos —agua y tierra—

me respondió desde el fondo del corazón de la tragedia:

Acércate, abre las piernas del viento

y húndele tu puñal de purísima obsidiana.



Pero nadie vive de aire sino de hambre

y el canto que anhela lo heroico pierde la alegría

y todo se quebranta como una conversación entre vasallos.

Oh dios mío vuelvo a decir y desde una región

de corales terrestres y desamparo, la misma voz

de siempre: Llora un instante, mírate en el espejo de mi tiempo

y aprende a vivir como un hombre adormilado.



¿Entonces soy el perro-poeta de rodillas

o el jaguar vencido, hincada la mandíbula en la tierra que nada engendra?

Con el hocico enfermo de plumas y cuarzos

subo y bajo bajo y subo la pirámide del miedo,

oh dios endemoniado y brujo, tragador de hongos,

dios de soles envilecidos y príncipes y sacerdotes homosexuales,

yo estoy en adoración todos los días en nombre de mis muertos

y de mis vivos, de todos los que amo y de todos los que no he aprendido a odiar,

así, de rodillas, salvajemente mexicano,

adherido a las hoyos inmundos de tu ancha cara sin horizontes.


Porque se debe decir, partiendo

en dos la podrida manzana de la epopeya:

la patria es

impecable como un asesinato al pie de las ruinas

y una mujer que no pudo parir ni una oración,

la patria es diamantina como la hora del alba en que un hombre es
crucificado

y los panes y semillas del hombre parecen crecer entre telarañas

—y rayos e incendios, oh dios de dioses,

ciegan y matan la inmensidad del sueño.

781
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Sandra Sólo Habla En Líneas Generales

SANDRA SÓLO HABLA EN LÍNEAS GENERALES


Donde habita, donde come, donde

parece un arenoso acantilado,

allí es un cordero de ámbar con ojos de anís

y algo acerca de la dicha sexual tiene escrito en la frente.

Luego viene lo intolerable y maligno

(tal vez su madre, su padre o su hermana),

porque como he dicho dicha digo

que la veo y no la reconozco bajo arcos de triunfo

cocinados a cuchillo,

hablando palabras de fuego sobre el Mediterráneo

(que para ella fue Tequesquitengo o no fue nada),

deshaciéndose en fulgores sobre la soberana idiotez de la
Gioconda

(que a ella, lo sé a ciencia cierta, le pareció

una simple putita de Polanco),

bebiendo vinos rojos, besos rojos —canalla, perra—,

paseándose verdosamente, sandramente

por ciudades que no conozco y que no me importan

como no me importa ella sino porque existe

y es posible verla de lejos, de cerca,

comiendo bajo los húmedos azules de Nápoles,

viendo sin ver y hablando en líneas generales

como en un remanso de siniestra paz gastronómica.


Hace dos días con sus noches pude verla

(ella vive en las calles de Racine

y yo en Lope de Vega, lo cual es todo un drama en seis actos)

y en sus ojos había una tormenta edénica y turbadora

como antes y después del primer pecado

—lo virginal no quita lo caliente—,

Eva maldita Eva milenaria Eva evasiva Eva exúbera

Eva general Eva particularmente deseada y detestada

Eva que sabe a postre de manzana postre de mieles

Eva que huele a café con Leche-de-la-Mujer-Amada

Eva liberada Eva que viajó por Europa

y en verdad que nunca salió de estas amargas calles

¿para qué, si sus alas son dos liras rotas

y en el Foro romano sólo discurren los homosexuales

y alguna pelirroja horizontal originaria de Brooklyn?


Esos hace dos días supe que Sandra había visto piedras
talladas

y visto pinturas en sórdidos museos

y visto a Sofía Loren de lejos, de tan lejos

como de aquí a ella, Sandra de los ojos

que brillan y rebrillan como santelmos a la mitad del naufragio,

Sandra anónima Sandra espigada Sandra para morirse de una buena
vez

Sandra ¿por qué te llamas estúpidamente Sandra?

Sandra ojos de cordero degollado Sandra catedralicia

Sandra Santa Capilla Sandra Nuestra Señora

Sandra diabla y demonia sandrísima

que nunca me miró de frente que nunca me dijo buenas tardes

—lo que yo hubiera querido era un buenas noches—,

Sandra fugaz heroína de un poema fugaz

como el paso de una azucena por el palacio de algo así como un
poeta.

21 de diciembre de 1966

585
Efraín Huerta

Efraín Huerta

El Tajín

EL TAJÍN


a David Huerta
a Pepe Gelada


...el nombre de El Tajín le fue dado por los indígenas
totonacas

de la región por la frecuencia con que caían rayos sobre
la pirámide...
1


Andar así es andar a ciegas,

andar inmóvil en el aire inmóvil,

andar pasos de arena, ardiente césped.

Dar pasos sobre agua, sobre nada

—el agua que no existe, la nada de una astilla—,

dar pasos sobre muertes,

sobre un suelo de cráneos calcinados.


Andar así no es andar sino quedarse

sordo, ser ala fatigada o fruto sin aroma;

porque el andar es lento y apagado,

porque nada está vivo

en esta soledad de tibios ataúdes.

Muertos estamos, muertos

en el instante, en la hora canicular,

cuando el ave es vencida

y una dulce serpiente se desploma.


Ni un aura fugitiva habita este recinto

despiadado. Nadie aquí, nadie en ninguna sombra.

Nada en la seca estela, nada en lo alto.

Todo se ha detenido, ciegamente,

como un fiero puñal de sacrificio.

Parece un mar de sangre

petrificada

a la mitad de su ascensión.

Sangre de mil heridas, sangre turbia,

sangre y cenizas en el aire inmóvil.
2


Todo es andar a ciegas, en la

fatiga del silencio, cuando ya nada nace

y nada vive y ya los muertos

dieron vida a sus muertos

y los vivos sepultura a los vivos.

Entonces cae una espada de este cielo metálico

y el paisaje se dora y endurece

o bien se ablanda como la miel

bajo un espeso sol de mariposas.


No hay origen. Sólo los anchos y labrados ojos

y las columnas rotas y las plumas agónicas.

Todo aquí tiene rumores de aire prisionero,

algo de asesinato en el ámbito de todo silencio.

Todo aquí tiene la piel

de los silencios, la húmeda soledad

del tiempo disecado; todo es dolor.

No hay un imperio, no hay un reino.

Tan sólo el caminar sobre su propia sombra,

sobre el cadáver de uno mismo,

al tiempo que el tiempo se suspende

y una orquesta de fuego y aire herido

irrumpe en esta casa de los muertos

—y un ave solitaria y un puñal resucitan.
3


Entonces ellos —son mi hijo y mi amigo—

ascienden la colina

como en busca del trueno y el relámpago.

Yo descanso a la orilla del abismo,

al pie de un mar de vértigos, ahogado

en un inmenso río de helechos doloridos.

Puedo cortar el pensamiento con una espiga,

la voz con un sollozo, o una lágrima,

dormir un infinito dolor, pensar

un amor infinito, una tristeza divina;

mientras ellos, en la suave colina,

sólo encuentran

la dormida raíz de una columna rota

y el eco de un relámpago.


Oh Tajín, oh naufragio,

tormenta demolida,

piedra bajo la piedra;

cuando nadie sea nada y todo quede

mutilado, cuando ya nada sea

y sólo quedes tú, impuro templo desolado,

cuando el país-serpiente sea la ruina y el polvo,

la pequeña pirámide podrá cerrar los ojos

para siempre, asfixiada,

muerta en todas las muertes,

ciega en todas las vidas,

bajo todo el silencio universal

y en todos los abismos.


Tajín, el trueno, el mito, el sacrificio.

Y después, nada.

Junio de 1963

962
Efraín Huerta

Efraín Huerta

El Tajín

EL TAJÍN


a David Huerta
a Pepe Gelada


...el nombre de El Tajín le fue dado por los indígenas
totonacas

de la región por la frecuencia con que caían rayos sobre
la pirámide...
1


Andar así es andar a ciegas,

andar inmóvil en el aire inmóvil,

andar pasos de arena, ardiente césped.

Dar pasos sobre agua, sobre nada

—el agua que no existe, la nada de una astilla—,

dar pasos sobre muertes,

sobre un suelo de cráneos calcinados.


Andar así no es andar sino quedarse

sordo, ser ala fatigada o fruto sin aroma;

porque el andar es lento y apagado,

porque nada está vivo

en esta soledad de tibios ataúdes.

Muertos estamos, muertos

en el instante, en la hora canicular,

cuando el ave es vencida

y una dulce serpiente se desploma.


Ni un aura fugitiva habita este recinto

despiadado. Nadie aquí, nadie en ninguna sombra.

Nada en la seca estela, nada en lo alto.

Todo se ha detenido, ciegamente,

como un fiero puñal de sacrificio.

Parece un mar de sangre

petrificada

a la mitad de su ascensión.

Sangre de mil heridas, sangre turbia,

sangre y cenizas en el aire inmóvil.
2


Todo es andar a ciegas, en la

fatiga del silencio, cuando ya nada nace

y nada vive y ya los muertos

dieron vida a sus muertos

y los vivos sepultura a los vivos.

Entonces cae una espada de este cielo metálico

y el paisaje se dora y endurece

o bien se ablanda como la miel

bajo un espeso sol de mariposas.


No hay origen. Sólo los anchos y labrados ojos

y las columnas rotas y las plumas agónicas.

Todo aquí tiene rumores de aire prisionero,

algo de asesinato en el ámbito de todo silencio.

Todo aquí tiene la piel

de los silencios, la húmeda soledad

del tiempo disecado; todo es dolor.

No hay un imperio, no hay un reino.

Tan sólo el caminar sobre su propia sombra,

sobre el cadáver de uno mismo,

al tiempo que el tiempo se suspende

y una orquesta de fuego y aire herido

irrumpe en esta casa de los muertos

—y un ave solitaria y un puñal resucitan.
3


Entonces ellos —son mi hijo y mi amigo—

ascienden la colina

como en busca del trueno y el relámpago.

Yo descanso a la orilla del abismo,

al pie de un mar de vértigos, ahogado

en un inmenso río de helechos doloridos.

Puedo cortar el pensamiento con una espiga,

la voz con un sollozo, o una lágrima,

dormir un infinito dolor, pensar

un amor infinito, una tristeza divina;

mientras ellos, en la suave colina,

sólo encuentran

la dormida raíz de una columna rota

y el eco de un relámpago.


Oh Tajín, oh naufragio,

tormenta demolida,

piedra bajo la piedra;

cuando nadie sea nada y todo quede

mutilado, cuando ya nada sea

y sólo quedes tú, impuro templo desolado,

cuando el país-serpiente sea la ruina y el polvo,

la pequeña pirámide podrá cerrar los ojos

para siempre, asfixiada,

muerta en todas las muertes,

ciega en todas las vidas,

bajo todo el silencio universal

y en todos los abismos.


Tajín, el trueno, el mito, el sacrificio.

Y después, nada.

Junio de 1963

962