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Poemas en este tema

Emociones y Sentimientos

Efraín Huerta

Efraín Huerta

Para Gozar De Tu Paz

PARA GOZAR DE TU PAZ


Como el viento agita las altas hierbas

así mis dedos vuelan sobre tu cabellera de diamantes,

y la noche de alcohol y los árboles de oro

encierran para siempre un sollozo de triunfo,

el ay de la alegría, el ah definitivo.

Como el aire de junio en la colina

mueve la dulce sombra de la nube,

así mi corazón se sacrifica

en el húmedo templo de tu pelo.


Nave sin dueño, sombra de ardorosa

violencia, ésta mi mano canta

bajo el murmullo alado de tu gloria.

Porque tienes la luz y la belleza

en el sereno estanque de tu rostro,

así el negro laurel es tu corona

y es mi fatiga y es

la sangre del insomnio.


Sólo cuando el pecado es la guirnalda

y la atadura, la cadena infinita

y el profundo latido; sólo cuando

la hora ha llegado, y tú,

joven de rosas y jazmines,

miras al horizonte del deseo

y dejas que el tesoro de seda y maravilla

sea la noche en mis manos,

sólo entonces, dorada,

todo me pertenece;

las hierbas agitadas y el viento

corriendo como el agua entre mis dedos:

agua de mi delirio, eterna fiebre,

espejismo y violencia, dura espina,

pedernal de la muerte, lento mármol,

millón de espigas negras.


Donde nace la idea,

donde tus pensamientos

—aves en dulce selva sometidas—,

donde mis labios buscan el milagro,

ahí estará mi fuerza.

Ahí estará el dolor de mi presencia:

al pie de tu dominio y tu pureza,

sin más aroma que el júbilo

y una medalla de aire,

palpitante, como el fuego

de una lágrima viva.


Crece la hierba, el río,

y el ala de la garza

es la mano de Dios que se despide.

Crece el amor en invisible grito

(quemante, activa espada),

y el corazón despierta

como herido de muerte.

Doblo la lenta hoja del silencio

y te apareces tú, página y perla,

con el cabello al viento

y una cierta sonrisa de alta luna.


Suave y veloz, como el aire de junio,

beso tu cabellera de diamantes,

el tesoro escondido de tu sueño,

y digo adión a la violencia

para gozar tu paz,

tu dulce, tu gloriosa geografía,

por siempre detenido,

por siempre enamorado.

1957

647
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Para Gozar De Tu Paz

PARA GOZAR DE TU PAZ


Como el viento agita las altas hierbas

así mis dedos vuelan sobre tu cabellera de diamantes,

y la noche de alcohol y los árboles de oro

encierran para siempre un sollozo de triunfo,

el ay de la alegría, el ah definitivo.

Como el aire de junio en la colina

mueve la dulce sombra de la nube,

así mi corazón se sacrifica

en el húmedo templo de tu pelo.


Nave sin dueño, sombra de ardorosa

violencia, ésta mi mano canta

bajo el murmullo alado de tu gloria.

Porque tienes la luz y la belleza

en el sereno estanque de tu rostro,

así el negro laurel es tu corona

y es mi fatiga y es

la sangre del insomnio.


Sólo cuando el pecado es la guirnalda

y la atadura, la cadena infinita

y el profundo latido; sólo cuando

la hora ha llegado, y tú,

joven de rosas y jazmines,

miras al horizonte del deseo

y dejas que el tesoro de seda y maravilla

sea la noche en mis manos,

sólo entonces, dorada,

todo me pertenece;

las hierbas agitadas y el viento

corriendo como el agua entre mis dedos:

agua de mi delirio, eterna fiebre,

espejismo y violencia, dura espina,

pedernal de la muerte, lento mármol,

millón de espigas negras.


Donde nace la idea,

donde tus pensamientos

—aves en dulce selva sometidas—,

donde mis labios buscan el milagro,

ahí estará mi fuerza.

Ahí estará el dolor de mi presencia:

al pie de tu dominio y tu pureza,

sin más aroma que el júbilo

y una medalla de aire,

palpitante, como el fuego

de una lágrima viva.


Crece la hierba, el río,

y el ala de la garza

es la mano de Dios que se despide.

Crece el amor en invisible grito

(quemante, activa espada),

y el corazón despierta

como herido de muerte.

Doblo la lenta hoja del silencio

y te apareces tú, página y perla,

con el cabello al viento

y una cierta sonrisa de alta luna.


Suave y veloz, como el aire de junio,

beso tu cabellera de diamantes,

el tesoro escondido de tu sueño,

y digo adión a la violencia

para gozar tu paz,

tu dulce, tu gloriosa geografía,

por siempre detenido,

por siempre enamorado.

1957

647
Efraín Huerta

Efraín Huerta

órdenes De Amor

ÓRDENES DE AMOR


¡Ten piedad de nuestro amor

y cuídalo, oh Vida!
Carlos Pellicer


1


Amor mío, embellécete.

Perfecto, bajo el cielo, lámpara

de mil sueños, ilumíname.

Orquídea de mil nubes,

desnúdate, vuelve a tu origen,

agua de mis vigilias,

lluvia mía, amor mío.

Hermoso seas por siempre

en el eterno sueño

de nuestro cielo,

amor.
2


Amor mío, ampárame.

Una piedad sin sombra

de piedad es la vida. Sombra

de mi deseo, rosa de fuego.

Voy a tu lado, amor,

como un desconocido.

Y tú me das la dicha

y tú me das el pan,

la claridad del alba

y el frutal alimento,

dulce amor.
3


Amor mío, obedéceme:

ven despacio, así, lento,

sereno y persuasivo:

Sé dueño de mi alma,

cuando en todo momento

mi alma vive en tu piel.

Vive despacio, amor,

y déjame beber,

muerto de ansia,

dolorido y ardiente,

el dulce vino, el vino

de tu joven imperio,

dueño mío.
4


Amor mío, justifícame,

lléname de razón y de dolor.

Río de nardos, lléname

con tus aguas: ardor de ola,

mátame...


Amor mío.

Ahora sí, bendíceme

con tus dedos ligeros,

con tus labios de ala,

con tus ojos de aire,

con tu cuerpo invisible,

oh tú, dulce recinto

de cristal y de espuma,

verso mío tembloroso,

amor definitivo.
5


Amor mío, encuéntrame.

Aislado estoy, sediento

de tu virgen presencia,

de tus dientes de hielo.

Hállame, dócil fiera,

bajo la breve sombra de tu pecho,

y mírame morir,

contémplame desnudo

acechando tu danza,

el vuelo de tu pie,

y vuélveme a decir

las sílabas antiguas del alba:

Amor, amor-ternura,

amor-infierno,

desesperado amor.
6


Amor, despiértame

a la hora bendita, alucinada,

en que un hombre solloza

víctima de sí mismo y ábreme

las puertas de la vida.

Yo entraré silencioso

hasta tu corazón, manzana de oro,

en busca de la paz

para mi duelo. Entonces

amor mío, joven mía,

en ráfagas la dicha placentera

será nuestro universo.

Despiértame y espérame,

amoroso amor mío.

1958

977
Efraín Huerta

Efraín Huerta

órdenes De Amor

ÓRDENES DE AMOR


¡Ten piedad de nuestro amor

y cuídalo, oh Vida!
Carlos Pellicer


1


Amor mío, embellécete.

Perfecto, bajo el cielo, lámpara

de mil sueños, ilumíname.

Orquídea de mil nubes,

desnúdate, vuelve a tu origen,

agua de mis vigilias,

lluvia mía, amor mío.

Hermoso seas por siempre

en el eterno sueño

de nuestro cielo,

amor.
2


Amor mío, ampárame.

Una piedad sin sombra

de piedad es la vida. Sombra

de mi deseo, rosa de fuego.

Voy a tu lado, amor,

como un desconocido.

Y tú me das la dicha

y tú me das el pan,

la claridad del alba

y el frutal alimento,

dulce amor.
3


Amor mío, obedéceme:

ven despacio, así, lento,

sereno y persuasivo:

Sé dueño de mi alma,

cuando en todo momento

mi alma vive en tu piel.

Vive despacio, amor,

y déjame beber,

muerto de ansia,

dolorido y ardiente,

el dulce vino, el vino

de tu joven imperio,

dueño mío.
4


Amor mío, justifícame,

lléname de razón y de dolor.

Río de nardos, lléname

con tus aguas: ardor de ola,

mátame...


Amor mío.

Ahora sí, bendíceme

con tus dedos ligeros,

con tus labios de ala,

con tus ojos de aire,

con tu cuerpo invisible,

oh tú, dulce recinto

de cristal y de espuma,

verso mío tembloroso,

amor definitivo.
5


Amor mío, encuéntrame.

Aislado estoy, sediento

de tu virgen presencia,

de tus dientes de hielo.

Hállame, dócil fiera,

bajo la breve sombra de tu pecho,

y mírame morir,

contémplame desnudo

acechando tu danza,

el vuelo de tu pie,

y vuélveme a decir

las sílabas antiguas del alba:

Amor, amor-ternura,

amor-infierno,

desesperado amor.
6


Amor, despiértame

a la hora bendita, alucinada,

en que un hombre solloza

víctima de sí mismo y ábreme

las puertas de la vida.

Yo entraré silencioso

hasta tu corazón, manzana de oro,

en busca de la paz

para mi duelo. Entonces

amor mío, joven mía,

en ráfagas la dicha placentera

será nuestro universo.

Despiértame y espérame,

amoroso amor mío.

1958

977
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Avenida Juárez

Uno pierde los días, la fuerza y el amor a la patria,

el cálido amor a la mujer cálidamente amada,

la voluntad de vivir, el sueño y el derecho a la ternura;

uno va por ahí, antorcha, paz, luminoso deseo,

deseos ocultos, lleno de locura y descubrimientos,

y uno no sabe nada, porque está dicho que uno no debe saber nada,

como si las palabras fuesen los pasos muertos del hambre

o el golpear en el oído de la espesa ola del vicio

o el brillo funeral de los fríos mármoles

o la desnudez angustiosa del árbol

o la inquietud sedosa del agua...


Hay en el aire un río de cristales y llamas,

un mar de voces huecas, un gemir de barbarie,

cosas y pensamientos que hieren;

hay el breve rumor del alba

y el grito de agonía de una noche, otra noche,

todas las noches del mundo

en el crispante vaho de las bocas amargas.


Se camina como entre cipreses,

bajo la larga sombra del miedo,

siempre al pie de la muerte.

Y uno no sabe nada,

porque está dicho que uno debe callar y no saber nada,

porque todo lo que se dice parecen órdenes,

ruegos, perdones, súplicas, consignas.

Uno debe ignorar la mirada de compasión,

caminar por esa selva con el paso del hombre

dueño apenas del cielo que lo ampara,

hablando el español con un temor de siglos,

triste bajo la ráfaga azul de los ojos ajenos,

enano ante las tribus espigadas,

vencido por el pavor del día y la miseria de la noche,

la hipocresía de todas las almas y, si acaso,

salvado por el ángel perverso del poema y sus alas.


Marchar hacia la condenación y el martirio,

atravesado por las espinas de la patria perdida,

ahogado por el sordo rumor de los hoteles

donde todo se pudre entre mares de whisky y de ginebra.


Marchar hacia ninguna parte, olvidado del mundo,

ciego al mármol de Juárez y su laurel escarnecido

por los pequeños y los grandes canallas;

perseguido por las tibias azaleas de Alabama,

las calientes magnolias de Mississippi,

las rosas salvajes de las praderas

y los políticos pelícanos de Louisiana,

las castas violetas de Illinois,

las bluebonnets de Texas...

y los millones de Biblias

como millones de palomas muertas.


Uno mira los árboles y la luz, y sueña

con la pureza de las cosas amadas

y la intocable bondad de las calles antiguas,

con las risas antiguas y el relámpago dorado

de la piel amorosamente dorada por un sol amoroso.

Saluda a los amigos, y los amigos

parecen la sombra de los amigos,

la sombra de la rosa y el geranio,

la desangrada sombra del laurel enlutado.


¿Qué país, qué territorio vive uno?

¿Dónde la magia del silencio, el llanto

del silencio en que todo se ama?

(¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?)

Uno se lo pregunta

y uno mismo se aleja de la misma pregunta

como de un clavo ardiendo.

Porque todo parece que arde

y todo es un montón de frías cenizas,

un hervidero de perfumados gusanos

en el andar sin danza de las jóvenes,

un sollozar por su destino

en el rostro apagado de los jóvenes,

y un juego con la tumba

en los ojos manchados del anciano.


Todo parece arder, como

una fortaleza tomada a sangre y fuego.

Huele el corazón del paisaje,

el aire huele a pensamientos muertos,

los poetas tienen el seco olor de las estatuas

—y todo arde lentamente

como en un ancho cementerio.


Todo parece morir, agonizar,

todo parece polvo mil veces pisado.

La patria es polvo y carne viva, la patria

debe ser, y no es, la patria

se la arrancan a uno del corazón

y el corazón se lo pisan sin ninguna piedad.


Entonces uno tiene que huir ante el acoso de los búfalos

que todo lo derrumban, ante la furia imperial

del becerro de oro que todo lo ha comprado

—la pequeña república, el pequeño tirano,

los ríos, la energía eléctrica y los bancos—,

y es inútil invocar el nombre de Lincoln

y es por demás volver los ojos a Juárez,

porque a los dos los ha decapitado el hacha

y no hay respeto para ninguna paz,

para ningún amor.


No se tiene respeto ni para el aire que se respira

ni para la mujer que se ama tan dulcemente,

ni siquiera para el poema que se escribe.

Pues no hay piedad para la patria,

que es polvo de oro y carne enriquecida

por la sangre sagrada del martirio.


Pues todo parece perdido, hermanos,

mientras amargamente, triunfalmente,

por la Avenida Juárez de la ciudad de México

—perdón, Mexico City

las tribus espigadas, la barbarie en persona,

los turistas adoradores de Lo que el viento se llevó,

las millonarias neuróticas cien veces divorciadas,

los gángsters y Miss Texas,

pisotean la belleza, envilecen el arte,

se tragan la Oración de Gettysburg y los poemas de Walt Whitman,

el pasaporte de Paul Robeson y las películas de Charles Chaplin,

y lo dejan a uno tirado a media calle

con los oídos despedazados

y una arrugada postal de Chapultepec

entre los dedos.

1956

1.719
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Avenida Juárez

Uno pierde los días, la fuerza y el amor a la patria,

el cálido amor a la mujer cálidamente amada,

la voluntad de vivir, el sueño y el derecho a la ternura;

uno va por ahí, antorcha, paz, luminoso deseo,

deseos ocultos, lleno de locura y descubrimientos,

y uno no sabe nada, porque está dicho que uno no debe saber nada,

como si las palabras fuesen los pasos muertos del hambre

o el golpear en el oído de la espesa ola del vicio

o el brillo funeral de los fríos mármoles

o la desnudez angustiosa del árbol

o la inquietud sedosa del agua...


Hay en el aire un río de cristales y llamas,

un mar de voces huecas, un gemir de barbarie,

cosas y pensamientos que hieren;

hay el breve rumor del alba

y el grito de agonía de una noche, otra noche,

todas las noches del mundo

en el crispante vaho de las bocas amargas.


Se camina como entre cipreses,

bajo la larga sombra del miedo,

siempre al pie de la muerte.

Y uno no sabe nada,

porque está dicho que uno debe callar y no saber nada,

porque todo lo que se dice parecen órdenes,

ruegos, perdones, súplicas, consignas.

Uno debe ignorar la mirada de compasión,

caminar por esa selva con el paso del hombre

dueño apenas del cielo que lo ampara,

hablando el español con un temor de siglos,

triste bajo la ráfaga azul de los ojos ajenos,

enano ante las tribus espigadas,

vencido por el pavor del día y la miseria de la noche,

la hipocresía de todas las almas y, si acaso,

salvado por el ángel perverso del poema y sus alas.


Marchar hacia la condenación y el martirio,

atravesado por las espinas de la patria perdida,

ahogado por el sordo rumor de los hoteles

donde todo se pudre entre mares de whisky y de ginebra.


Marchar hacia ninguna parte, olvidado del mundo,

ciego al mármol de Juárez y su laurel escarnecido

por los pequeños y los grandes canallas;

perseguido por las tibias azaleas de Alabama,

las calientes magnolias de Mississippi,

las rosas salvajes de las praderas

y los políticos pelícanos de Louisiana,

las castas violetas de Illinois,

las bluebonnets de Texas...

y los millones de Biblias

como millones de palomas muertas.


Uno mira los árboles y la luz, y sueña

con la pureza de las cosas amadas

y la intocable bondad de las calles antiguas,

con las risas antiguas y el relámpago dorado

de la piel amorosamente dorada por un sol amoroso.

Saluda a los amigos, y los amigos

parecen la sombra de los amigos,

la sombra de la rosa y el geranio,

la desangrada sombra del laurel enlutado.


¿Qué país, qué territorio vive uno?

¿Dónde la magia del silencio, el llanto

del silencio en que todo se ama?

(¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?)

Uno se lo pregunta

y uno mismo se aleja de la misma pregunta

como de un clavo ardiendo.

Porque todo parece que arde

y todo es un montón de frías cenizas,

un hervidero de perfumados gusanos

en el andar sin danza de las jóvenes,

un sollozar por su destino

en el rostro apagado de los jóvenes,

y un juego con la tumba

en los ojos manchados del anciano.


Todo parece arder, como

una fortaleza tomada a sangre y fuego.

Huele el corazón del paisaje,

el aire huele a pensamientos muertos,

los poetas tienen el seco olor de las estatuas

—y todo arde lentamente

como en un ancho cementerio.


Todo parece morir, agonizar,

todo parece polvo mil veces pisado.

La patria es polvo y carne viva, la patria

debe ser, y no es, la patria

se la arrancan a uno del corazón

y el corazón se lo pisan sin ninguna piedad.


Entonces uno tiene que huir ante el acoso de los búfalos

que todo lo derrumban, ante la furia imperial

del becerro de oro que todo lo ha comprado

—la pequeña república, el pequeño tirano,

los ríos, la energía eléctrica y los bancos—,

y es inútil invocar el nombre de Lincoln

y es por demás volver los ojos a Juárez,

porque a los dos los ha decapitado el hacha

y no hay respeto para ninguna paz,

para ningún amor.


No se tiene respeto ni para el aire que se respira

ni para la mujer que se ama tan dulcemente,

ni siquiera para el poema que se escribe.

Pues no hay piedad para la patria,

que es polvo de oro y carne enriquecida

por la sangre sagrada del martirio.


Pues todo parece perdido, hermanos,

mientras amargamente, triunfalmente,

por la Avenida Juárez de la ciudad de México

—perdón, Mexico City

las tribus espigadas, la barbarie en persona,

los turistas adoradores de Lo que el viento se llevó,

las millonarias neuróticas cien veces divorciadas,

los gángsters y Miss Texas,

pisotean la belleza, envilecen el arte,

se tragan la Oración de Gettysburg y los poemas de Walt Whitman,

el pasaporte de Paul Robeson y las películas de Charles Chaplin,

y lo dejan a uno tirado a media calle

con los oídos despedazados

y una arrugada postal de Chapultepec

entre los dedos.

1956

1.719
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Avenida Juárez

Uno pierde los días, la fuerza y el amor a la patria,

el cálido amor a la mujer cálidamente amada,

la voluntad de vivir, el sueño y el derecho a la ternura;

uno va por ahí, antorcha, paz, luminoso deseo,

deseos ocultos, lleno de locura y descubrimientos,

y uno no sabe nada, porque está dicho que uno no debe saber nada,

como si las palabras fuesen los pasos muertos del hambre

o el golpear en el oído de la espesa ola del vicio

o el brillo funeral de los fríos mármoles

o la desnudez angustiosa del árbol

o la inquietud sedosa del agua...


Hay en el aire un río de cristales y llamas,

un mar de voces huecas, un gemir de barbarie,

cosas y pensamientos que hieren;

hay el breve rumor del alba

y el grito de agonía de una noche, otra noche,

todas las noches del mundo

en el crispante vaho de las bocas amargas.


Se camina como entre cipreses,

bajo la larga sombra del miedo,

siempre al pie de la muerte.

Y uno no sabe nada,

porque está dicho que uno debe callar y no saber nada,

porque todo lo que se dice parecen órdenes,

ruegos, perdones, súplicas, consignas.

Uno debe ignorar la mirada de compasión,

caminar por esa selva con el paso del hombre

dueño apenas del cielo que lo ampara,

hablando el español con un temor de siglos,

triste bajo la ráfaga azul de los ojos ajenos,

enano ante las tribus espigadas,

vencido por el pavor del día y la miseria de la noche,

la hipocresía de todas las almas y, si acaso,

salvado por el ángel perverso del poema y sus alas.


Marchar hacia la condenación y el martirio,

atravesado por las espinas de la patria perdida,

ahogado por el sordo rumor de los hoteles

donde todo se pudre entre mares de whisky y de ginebra.


Marchar hacia ninguna parte, olvidado del mundo,

ciego al mármol de Juárez y su laurel escarnecido

por los pequeños y los grandes canallas;

perseguido por las tibias azaleas de Alabama,

las calientes magnolias de Mississippi,

las rosas salvajes de las praderas

y los políticos pelícanos de Louisiana,

las castas violetas de Illinois,

las bluebonnets de Texas...

y los millones de Biblias

como millones de palomas muertas.


Uno mira los árboles y la luz, y sueña

con la pureza de las cosas amadas

y la intocable bondad de las calles antiguas,

con las risas antiguas y el relámpago dorado

de la piel amorosamente dorada por un sol amoroso.

Saluda a los amigos, y los amigos

parecen la sombra de los amigos,

la sombra de la rosa y el geranio,

la desangrada sombra del laurel enlutado.


¿Qué país, qué territorio vive uno?

¿Dónde la magia del silencio, el llanto

del silencio en que todo se ama?

(¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?)

Uno se lo pregunta

y uno mismo se aleja de la misma pregunta

como de un clavo ardiendo.

Porque todo parece que arde

y todo es un montón de frías cenizas,

un hervidero de perfumados gusanos

en el andar sin danza de las jóvenes,

un sollozar por su destino

en el rostro apagado de los jóvenes,

y un juego con la tumba

en los ojos manchados del anciano.


Todo parece arder, como

una fortaleza tomada a sangre y fuego.

Huele el corazón del paisaje,

el aire huele a pensamientos muertos,

los poetas tienen el seco olor de las estatuas

—y todo arde lentamente

como en un ancho cementerio.


Todo parece morir, agonizar,

todo parece polvo mil veces pisado.

La patria es polvo y carne viva, la patria

debe ser, y no es, la patria

se la arrancan a uno del corazón

y el corazón se lo pisan sin ninguna piedad.


Entonces uno tiene que huir ante el acoso de los búfalos

que todo lo derrumban, ante la furia imperial

del becerro de oro que todo lo ha comprado

—la pequeña república, el pequeño tirano,

los ríos, la energía eléctrica y los bancos—,

y es inútil invocar el nombre de Lincoln

y es por demás volver los ojos a Juárez,

porque a los dos los ha decapitado el hacha

y no hay respeto para ninguna paz,

para ningún amor.


No se tiene respeto ni para el aire que se respira

ni para la mujer que se ama tan dulcemente,

ni siquiera para el poema que se escribe.

Pues no hay piedad para la patria,

que es polvo de oro y carne enriquecida

por la sangre sagrada del martirio.


Pues todo parece perdido, hermanos,

mientras amargamente, triunfalmente,

por la Avenida Juárez de la ciudad de México

—perdón, Mexico City

las tribus espigadas, la barbarie en persona,

los turistas adoradores de Lo que el viento se llevó,

las millonarias neuróticas cien veces divorciadas,

los gángsters y Miss Texas,

pisotean la belleza, envilecen el arte,

se tragan la Oración de Gettysburg y los poemas de Walt Whitman,

el pasaporte de Paul Robeson y las películas de Charles Chaplin,

y lo dejan a uno tirado a media calle

con los oídos despedazados

y una arrugada postal de Chapultepec

entre los dedos.

1956

1.719
Efraín Huerta

Efraín Huerta

éste Es Un Amor

ÉSTE ES UN AMOR

A Rosaura Revueltas



Éste es un amor que tuvo su origen

y en un principio no era sino un poco de miedo

y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.


Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,

un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,

un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,

un amor que no tiene remedio, ni salvación,

ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.


Éste es un amor rodeado de jardines y de luces

y de la nieve de una montaña de febrero

y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel

y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe

por qué llega el amor y luego las manos

—esas terribles manos delgadas como el pensamiento—

se entrelazan y un suave sudor de —otra vez— miedo,

brilla como las perlas abandonadas

y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,

los miles y millones de besos se parecen al fuego

y se parecen a la derrota y al triunfo

y a todo lo que parece poesía —y es poesía.


Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:

vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos

y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos

y a lo ancho de los países

y las distancias eran como inmensos océanos

y tan breves como una sonrisa sin luz

y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia

y me sumergía en sus ojos en llamas

y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado

y entonces me olvidaba de mi nombre

y del maldito nombre de las cosas y de las flores

y quería gritar y gritarle al lado que la amaba

y que yo ya no tenía corazón para amarla

sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo

y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar—,

ese mal, esa peligrosa bondad,

ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe

y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,

hasta el alma y hasta los mustios labios.

Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,

ya lo saben las fotografías y las calles

y ya lo saben las palabras —y las palabras y las calles y las fotografías

ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos

y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma

y no llorar de amor.

973
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Los Sueños

LOS SUEÑOS


Miro pasar las nubes de la noche.

Miro pasar tu cuerpo, tu sombra de laurel.

Oigo los sueños de la noche

(nubes también, o aves)

y conozco el misterio de lo eterno,

la sabia voz de lo desconocido.


Oigo ese sueño jubiloso de la mujer amada,

el negro sueño de los asesinos,

el sueño doloroso del niño.


Y no hay sueño en la noche

que no parezca ser mi propio sueño.


Miro pasar los sueños

como navíos cargados de esperanza.

Y hay un hombre en el sueño

y el hombre sueña rosas, sueña sangre,

sueña su propia infancia

y una lágrima turbia le corre por el rostro.


Un poeta que sueña

(viva imagen del sueño, estatua desolada)

gime en el sueño y pide

la nueva voz del ansia y el grito del amor.

Sean el sueño y la paz para el poeta.

Sean la dicha y el pan para el poeta.

La libertad para el poeta.


Miro el puro prodigio de los sueños.

El sueño de tu cuerpo, los laureles

de tu sombra en la sombra

de esta noche de encendidos perdones.


Oigo ese sueño amargo del traidor en su nido,

su aurora mutilada,

su larga noche de agonía,

su pasión de belleza y de martirio.

(Profunda noche o cabellera

para el ciego del alma).


Oigo el suave nacer de los amores,

el suspiro anhelante, el beso despiadado.

Oigo ese fuego lento

de un pobre amor sin patria

y de un amor tan noble como el llanto.


Oigo el amor en triunfo:

la estrella temblorosa en su trono de luz,

la enamorada música, la selva

de estremecidos pasos de gacela

y las hojas que caen

como abrazos perdidos.

¡Amor encarcelado, amor divino,

atormentado amor, espiga de dulzura!


No hay amor en la noche

que no parezca ser mi propio amor.


Van los navíos del sueño

por el profundo mar de la esperanza;

los oigo navegar, ebrios, danzando

la danza de una noche constelada de espinas.


Va mi sueño en los sueños

de bondad, en los sueños

que despiertan al mundo, virginales,

y en el sueño marchito

y en el doliente sueño

de una infinita adolescencia.


Resplandece tu sueño,

tu sueño de laurel y mariposa,

y lo miro pasar

como una espada en vuelo,

desnuda de dolor, virgen de heridas.


Y no hay vuelo en tu sueño

que no parezca ser mi propio vuelo.


Miro pasar un ángel

y un silencio de bosques,

como una catedral de frías cenizas,

me envenena los ojos, los oídos,

y penetro en el alba

con los brazos abiertos al corazón del mundo.

779
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Los Sueños

LOS SUEÑOS


Miro pasar las nubes de la noche.

Miro pasar tu cuerpo, tu sombra de laurel.

Oigo los sueños de la noche

(nubes también, o aves)

y conozco el misterio de lo eterno,

la sabia voz de lo desconocido.


Oigo ese sueño jubiloso de la mujer amada,

el negro sueño de los asesinos,

el sueño doloroso del niño.


Y no hay sueño en la noche

que no parezca ser mi propio sueño.


Miro pasar los sueños

como navíos cargados de esperanza.

Y hay un hombre en el sueño

y el hombre sueña rosas, sueña sangre,

sueña su propia infancia

y una lágrima turbia le corre por el rostro.


Un poeta que sueña

(viva imagen del sueño, estatua desolada)

gime en el sueño y pide

la nueva voz del ansia y el grito del amor.

Sean el sueño y la paz para el poeta.

Sean la dicha y el pan para el poeta.

La libertad para el poeta.


Miro el puro prodigio de los sueños.

El sueño de tu cuerpo, los laureles

de tu sombra en la sombra

de esta noche de encendidos perdones.


Oigo ese sueño amargo del traidor en su nido,

su aurora mutilada,

su larga noche de agonía,

su pasión de belleza y de martirio.

(Profunda noche o cabellera

para el ciego del alma).


Oigo el suave nacer de los amores,

el suspiro anhelante, el beso despiadado.

Oigo ese fuego lento

de un pobre amor sin patria

y de un amor tan noble como el llanto.


Oigo el amor en triunfo:

la estrella temblorosa en su trono de luz,

la enamorada música, la selva

de estremecidos pasos de gacela

y las hojas que caen

como abrazos perdidos.

¡Amor encarcelado, amor divino,

atormentado amor, espiga de dulzura!


No hay amor en la noche

que no parezca ser mi propio amor.


Van los navíos del sueño

por el profundo mar de la esperanza;

los oigo navegar, ebrios, danzando

la danza de una noche constelada de espinas.


Va mi sueño en los sueños

de bondad, en los sueños

que despiertan al mundo, virginales,

y en el sueño marchito

y en el doliente sueño

de una infinita adolescencia.


Resplandece tu sueño,

tu sueño de laurel y mariposa,

y lo miro pasar

como una espada en vuelo,

desnuda de dolor, virgen de heridas.


Y no hay vuelo en tu sueño

que no parezca ser mi propio vuelo.


Miro pasar un ángel

y un silencio de bosques,

como una catedral de frías cenizas,

me envenena los ojos, los oídos,

y penetro en el alba

con los brazos abiertos al corazón del mundo.

779
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Paloma Y El Sueño

LA PALOMA Y EL SUEÑO

Tú no veías el árbol, ni la nube ni el aire.

Ya tus ojos la tierra se los había bebido

y en tu boca de seda sólo un poco de gracia

fugitiva de rosas, y un lejano suspiro.


No veías ni mi boca que se moría de pena

ni tocabas mis manos huecas, deshabitadas.

Espeso polvo en torno daba un sabor a muerte

al solemne vivir la vida más amarga.


Había sed en tus ojos. Suave sudor tu frente

recordaba los ríos de suave, lenta infancia.

Yo no podía con mi alma. Mi alma ya no podía

con mi cuerpo tan roto de rotas esperanzas.


Tus palabras sonaban a olas de frágil vuelo.

Tus palabras tan raras, tan jóvenes, tan fieles.

Una estrella miraba cómo brilla tu vida.

Una rosa de fuego reposaba en tu frente.


Y no veías los árboles, ni la nube ni el aire.

Parecías desmayarte bajo el beso y su llama.

Parecías la paloma extraviada en su vuelo:

la paloma del ansia, la paloma que ama.


Te dije que te amaba, y un temblor de misterio

asomó a tus pupilas. Luego miraste, en sueños,

los árboles, la nube y el aire estremecido,

y en tus húmedos ojos hubo un aire de reto.


No parecías la misma de otras horas sin horas.

Ya sueñas, o ya vuelas y ni vuelas ni sueñas.

Te fatigan los brazos que te abrazan, paloma,

y, al sollozar, a un lirio desmayado recuerdas.


Ya sé que estoy perdido, pero siempre ganado.

Perdido entre tu sombra, ganado para nunca.

Mil besos son mil pétalos protegiendo tu piel

y tu piel es la lámpara que mis ojos alumbra.


¡Oh geografía del ansia, geografía de tu cuerpo!

Voy a llorar las lágrimas más amargas del mundo.

Voy a besar tu sombra y a vivir tu recuerdo.

Voy a vivir muriendo. Soy el que nunca estuvo.

697
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Paloma Y El Sueño

LA PALOMA Y EL SUEÑO

Tú no veías el árbol, ni la nube ni el aire.

Ya tus ojos la tierra se los había bebido

y en tu boca de seda sólo un poco de gracia

fugitiva de rosas, y un lejano suspiro.


No veías ni mi boca que se moría de pena

ni tocabas mis manos huecas, deshabitadas.

Espeso polvo en torno daba un sabor a muerte

al solemne vivir la vida más amarga.


Había sed en tus ojos. Suave sudor tu frente

recordaba los ríos de suave, lenta infancia.

Yo no podía con mi alma. Mi alma ya no podía

con mi cuerpo tan roto de rotas esperanzas.


Tus palabras sonaban a olas de frágil vuelo.

Tus palabras tan raras, tan jóvenes, tan fieles.

Una estrella miraba cómo brilla tu vida.

Una rosa de fuego reposaba en tu frente.


Y no veías los árboles, ni la nube ni el aire.

Parecías desmayarte bajo el beso y su llama.

Parecías la paloma extraviada en su vuelo:

la paloma del ansia, la paloma que ama.


Te dije que te amaba, y un temblor de misterio

asomó a tus pupilas. Luego miraste, en sueños,

los árboles, la nube y el aire estremecido,

y en tus húmedos ojos hubo un aire de reto.


No parecías la misma de otras horas sin horas.

Ya sueñas, o ya vuelas y ni vuelas ni sueñas.

Te fatigan los brazos que te abrazan, paloma,

y, al sollozar, a un lirio desmayado recuerdas.


Ya sé que estoy perdido, pero siempre ganado.

Perdido entre tu sombra, ganado para nunca.

Mil besos son mil pétalos protegiendo tu piel

y tu piel es la lámpara que mis ojos alumbra.


¡Oh geografía del ansia, geografía de tu cuerpo!

Voy a llorar las lágrimas más amargas del mundo.

Voy a besar tu sombra y a vivir tu recuerdo.

Voy a vivir muriendo. Soy el que nunca estuvo.

697
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Hoy He Dado Mi Firma Para La Paz

a Carlos y Eugenia, en Nueva York

Hoy he dado mi firma para la Paz.

Bajo los altos árboles de la Alameda

y a una joven con ojos de esperanza.

Junto a ella otras jóvenes pedían más firmas

y aquella hora fue como una encendida patria

de amor al amor, de gracia por la gracia,

de una luz a otra luz.

Hoy he dado mi firma para la Paz.

Y conmigo, en cien países, cien millones de firmas,

cien orquestas del mundo, una sinfonía universal,

un solo canto por la Paz en el mundo.

Hoy no he firmado el poema ni los pequeños artículos,

ni el documento que te esclaviza,

no he firmado la carta que no siente

ni el mensaje que durará un segundo.

Hoy he dado mi firma para la Paz.

Para que el tiempo no se detenga,

para que el sueño no se inmovilice,

para que la sonrisa sea alta y clara,

para que una mujer aprenda a ver crecer a su hijo

y las pupilas del hijo vean cómo su madre es cada día
más joven.

Hoy he dado una firma, la mía, para la Paz.

Un mar de firmas que ahogan y aturden

al industrial y al político de la guerra.

Una gigantesca oleada de gigantescas firmas:

la temblorosa del niño que apenas balbucea la palabra,

la que es una rosa de llanto de la madre,

la firma de humildad --la firma del poeta.

Hoy he elevado en una el número mundial de firmas por la Paz.

Y estoy contento como un adolescente enamorado,

como un árbol de pie,

como el inagotable manantial

y como el río con su canción de soberbios cristales.

Hoy parece que no he hecho nada

y sin embargo, he dado mi firma para la Paz.

La joven me sonrió y en sus labios había una paloma viva,

y me dio las gracias con sus ojos de esperanza

y yo seguí mi camino en busca de un libro para mis hijos.

Pues ahí estaba mi firma, precisa y diáfana,

al pie del Llamamiento de Berlín.

Parece que no he hecho nada

y sin embargo, creo haber multiplicado mi vida

y multiplicado los más sanos deseos.

Hoy he dado mi firma para la Paz.

1952

838