Emociones y Sentimientos
Diego de Torres y Villarroel
A La Memoria De D Juan Domingo De Haro Y Guzmán
al héroe más insigne y portentoso,
es el único triunfo, el más glorioso,
que robar has logrado, muerte airada.
La vida de su fama celebrada,
fe, virtud y valor y celo ansioso,
exentos de tu brazo pavoroso,
en lo eterno aseguran su morada.
Al honor, al aplauso, al ardimiento,
a la piedad, al culto y a la gloria
tocar no pudo tu furor violento.
Pues si de tantas vidas la memoria
eterna vive en este monumento,
¿en qué fundas, oh Parca, tu victoria?
Diego de Torres y Villarroel
Vida Bribona
entre bayetas burdas mal fajado,
donde salí robusto y bien templado,
y el rústico pellejo muy curtido.
A la naturaleza le he debido
más que el señor, el rico y potentado,
pues le hizo sin sosiego delicado,
y a mí con desahogo bien fornido.
Él se cubre de seda, que no abriga,
yo resisto con lana a la inclemencia;
él por comer se asusta y se fatiga,
yo soy feliz, si halago a mi conciencia,
pues lleno a todas horas la barriga,
fiado de que hay Dios y providencia.
Diego de Torres y Villarroel
Cuenta Los Pasos De La Vida
en grillos de una culpa concebido,
condenado a morir sin ser nacido,
pues estoy no nacido y ya enterrado.
De la estrechez obscura libertado,
salgo informe terrón no conocido,
pues sólo de que aliento es un gemido
melancólico informe de mi estado.
Los ojos abro, y miro lo primero
que es la esfera también cárcel obscura;
sé que se ha de llegar el fin postrero.
Pues ¿adónde me guía mi locura,
si del ser al morir soy prisionero,
en el vientre, en el mundo y sepultura?
Diego de Torres y Villarroel
Cuenta Los Pasos De La Vida
en grillos de una culpa concebido,
condenado a morir sin ser nacido,
pues estoy no nacido y ya enterrado.
De la estrechez obscura libertado,
salgo informe terrón no conocido,
pues sólo de que aliento es un gemido
melancólico informe de mi estado.
Los ojos abro, y miro lo primero
que es la esfera también cárcel obscura;
sé que se ha de llegar el fin postrero.
Pues ¿adónde me guía mi locura,
si del ser al morir soy prisionero,
en el vientre, en el mundo y sepultura?
Diego de Torres y Villarroel
Ciencia De Los Cortesanos De Este Siglo
ir enseñando a todos la camisa,
espada que no asuste y que dé risa,
su anillo, su reloj y su cadena;
hablar a todos con la faz serena,
besar los pies a misa doña Luisa,
y asistir como cosa muy precisa
al pésame, al placer y enhorabuena;
estar enamorado de sí mismo,
mascullar una arieta en italiano
y bailar en francés tuerto o derecho;
con esto, y olvidar el catecismo,
cátate hecho y derecho cortesano,
mas llevárate el diablo dicho y hecho.
Diego de Torres y Villarroel
A Clori
inclinar la belleza que enamora,
el triste amante que padece y llora
fugitivo desdén, ira inclemente,
No es quererla comprar groseramente
la piedad y el amor a su señora
sino agradar a la beldad que adora
haciéndola un obsequio reverente
No es esto poner precio a las beldades
supremas si prudente lo reparas
no es desaire ni así llamarlo oses
Dobla el don las sagrades majestades
no es agravio la ofrenda de las aras
las dádivas aplacan a los Dioses.
Diego de Torres y Villarroel
A Francisca De Castro, Cómica Y Cantora
que hizo a la tierra Jove soberano
embeleso del chiste cortesano
y reina del donaire poderoso
¡Oh! mil veces felice la dichosa
hora en que el cielo dio con larga mano
para deleite del linaje humano
al mundo tu belleza prodigiosa
¡Oh! si fuese la voz de mi instrumento
émula de los cantos más gloriosos
y no desagradable ronca y triste
Pasara yo mi vida y que contento
celebrando com himnos armoniosos
la fortunada aurora en que naciste.
Diego de Torres y Villarroel
Dudas En Materia Grave Nacidas Del Estudio
de los libros gasté parte de vida,
y he quedado peor, que está tupida
de ajenos desatinos mi cabeza.
Buscaba en los doctores mi rudeza,
de cierta duda la mejor salida,
y hallé mil opiniones sin medida
pues uno el sí y el otro el no me reza
Mas necio vengo a ser más imprudente
la razón natural está más ruda
pues ya por sí no asiente ni consiente
Antes pudo opinar, ya quedó en muda
¿quien dirá la verdad? Dios solamente
¿y yo que haré? Morirme con la duda.
Dionisio Ridruejo
El Burgo De Osma
de haber sido silencio, así mi olvido
de las cumbres del ser en que ha dormido
baja al tiempo natal y fluye ahora.
Ya es celeste el hollín en la herrería
y el chirriar de la rueda con estopa
del cordelero y riza la garlopa
una miel inmortal de todavía.
Vuelve la yunta de ganar el valle
con su lanza arrastrada y la campana
vuelve a pasar entre la luz y el puente.
Vuelve el mercado a empavesar la calle
con soportales. Vuelve todo y mana
el para siempre ayer eternamente.
Dionisio Ridruejo
A Un Pino
soledad de la tarde,
tan concreto en la libre
desolación del aire,
tan alto cuando todo
se confunde y abate
y huye el sol a tu copa
tibio y agonizante.
Cómo me fortalece
la paz de tu combate,
ascensión sin fatiga,
raíz honda y constante.
Tu majestad envuelve
el cielo sin celaje
y en tu recio sosiego
la tierra se complace.
Mis ojos educados
en tu sediento mástil
ascienden y divisan
la soledad más ágil,
mientras sueña el silencio
sin astros y sin aves
como el solo decoro
de tu verde ramaje.
Pino esbelto y tranquilo,
tu soledad te guarde,
y consagre la mía
desunida y errante,
segada de su tierra,
extraña de su aire,
cuando aún es oro virgen
la cumbre de la tarde
y tú clamas e invocas
el tiempo de mi carne
y otro vuelo sin tiempo
que se sueña y se hace.
Dionisio Ridruejo
Memoria
por las mudas orillas de tu ausencia.
La noche se hizo cuerpo de tu esencia
y el campo abierto se plegó vencido.
Un ayer de tus labios en mi oído,
una huella sonora, una cadencia,
hizo flor de latidos tu presencia
en el último borde del olvido.
Viniste sobre un aire de amapolas.
Como suspiros estallando rojos,
bajo el ardor de las estrellas plenas,
los labios avanzaron como olas.
Y sumiso en el sueño de tus ojos
murió el dolor en las floridas venas.
Dionisio Ridruejo
Nostalgia Del Primer Amor
virginal y sencilla, en mi memoria,
como agua fiel de fatigada noria
viene a regar mi voz enamorada.
¡Cómo recrea el alma sosegada
la penumbra y dulzor de aquella historia
con resplandores de tardía gloria
entre abejas y frutos constelada!
¡Oh, delicada llama, ardor primero
velado en llanto y celestial mirada,
par del trino, la fuente y la azucena!
Mírame combatido y prisionero
volver a tu ilusión breve y tronchada
como un temblor en la desierta arena.
Duque de Rivas
El Fratricidio Romance Cuarto Los Dos Hermanos
Ante la tienda, de pronto,
Páranse dos caballeros
Ocultos en los embozos.
El rey Don Pedro era el uno,
Rodríguez Sanabria el otro,
Que en la fe de un enemigo
Piensan encontrar socorro,
Con gran priesa descabalgan,
Y ya se encuentran en torno
Rodeados de franceses
Armados y silenciosos,
En cuyos cascos gascones,
Y en cuyos azules ojos
Refleja el farol, que alumbra
Cual siniestro meteoro.
Entran dentro de la tienda
Ya vacilantes, pues todo
Empiezan a verlo entonces
De aspecto siniestro y torvo.
Una lámpara de azófar
La alumbra trémula y poco;
Mas dejan ver un bufete,
Un sillón de roble tosco,
Un lecho y una armadura,
Y lo que fue más asombro,
Cuatro hombres de armas inmobles,
De acero vivos escollos.
Duque de Rivas
El Fratricidio Romance Segundo El Castillo
De años y hazañas sepulcro,
Que viandantes y pastores
Miran de noche con susto,
Cuando en tus almenas rotas
Grita el cárabo nocturno,
Y recuerda las consejas
Que de ti repite el vulgo.
Escombros que han perdonado,
Para escarmiento del mundo,
La guadaña de los siglos,
El rayo del cielo justo;
Esqueleto de un gigante,
Peso de un collado inculto,
Cadáver de un delincuente
De quien fué el tiempo verdugo;
Nido de aves de rapiña,
Y de reptiles inmundos
Vivar, y en que eres lo mismo
De lo que eres ha cien lustros;
Pregonero que publicas
Elocuente, aunque tan mudo,
Que siempre han sido los hombres
miseria, opresión, orgullo;
De Montiel viejo castillo.
Montón de piedras y musgo,
Donde en vez de centinelas
Gritan los siniestros buhos,
¡Cuán distinto te contemp1o
De lo que estabas robusto,
La noche aquella que fuiste
Del rey Don Pedro refugio!
Duque de Rivas
El Fratricidio Romance Tercero El Dormido
La campana de la vela,
Cuando un farol aparece
De Claquín ante la tienda.
Y no mísero piloto
Que sobre escollos navega,
Perdido el rumbo y el norte
En,noche espantosa y negra,
Ve al doblar una alta roca
Del faro amigo la estrella,
Indicándole el abrigo
De seguro puerto cerca,
Con más placer, que Sanabria
La luz que el alma le llena
De consuelo, y que anhelante
Esperó entre las almenas.
Latiéndole el noble pecho
Desciende súbito de ellas,
Y ciego bulto entre sombras
El corredor atraviesa.
Duque de Rivas
Una Antigualla De Sevilla Romance Tercero La Cabeza
Su eterna llama sepulta
El sol, y tierras y cielos
Con negras sombras se enlutan.
De la cárcel de Sevilla,
En una bóveda obscura,
Que una lámpara de cobre
Más bien asombra que alumbra,
Pasaba una extraña escena,
De aquellas que nos angustian
Si en horrenda pesadilla
El sueño nos la dibuja.
Pues no semejaba cosa
De este mundo, aunque se usan
En él cosas harto horrendas,
De que he presenciado muchas,
Sino cosa del infierno,
Funesta y maligna junta
De espectros y de vampiros,
Festín horrible de furias.
En un sillón, sobre gradas,
Se ve en negras vestiduras
Al buen Alcalde Cerón,
Ceño grave, faz adusta.
A su lado, en un bufete
Que más parece una tumba,
Prepara un viejo Notario
Sus pergaminos y plumas.
Y de aquella estancia en medio,
De tablas con sangre sucias,
Se ve un lecho, y sus cortinas
Son cuerdas, garfios, garruchas.
En torno de él dos verdugos
De imbécil facha y robusta,
De un saco de cuero aprestan
Hierros de infaustas figuras.
Sepulcral silencio reina,
Pues solamente se escucha
El chispeo de la llama
En la lámpara que ahúma
La bóveda, y de los hierros
Que los verdugos rebuscan,
El metálico sonido
Con que se apartan y juntan.
Duque de Rivas
Una Antigualla De Sevilla Romance Primero El Candil
ROMANCE PRIMERO
EL CANDIL
Al Excmo. Sr. D. Mauel Cepero.
Más ha de quinientos años,
en una torcida calle,
Que de Sevilla en el centro,
Da paso a otras principales,
Cerca de la media noche,
Cuando la ciudad más grande
Es de un grande cementerio
En silencio y paz imagen,
De dos desnudas espadas
Que trababan un combate,
Turbó el repentino encuentro
Las tinieblas impalpables.
El crujir de los aceros
Sonó por breves instantes,
Lanzando azules centellas,
Meteoro de desastres.
Y al gemido: ¡Dios me valga!
¡Muerto soy! Y al golpe grave
De un cuerpo que a tierra, vino,
El silencio y paz renacen.
* * *
Al punto una ventanilla
De un pobre casuco abren,
Y de tendones y huesos,
Sin jugo, como sin carne,
Una mano y brazo asoman,
Que sostienen por el aire
Un candil, cuyas destellos
Dan luz súbita a la calle.
En pos un rostro aparece
De gomia o bruja espantable,
A que otra marchita mano
O cubre o da sombra en parte.
Ser dijérase la muerte
Que salía a apoderarse
De aquella víctima humana
Que acababan de inmolarle,
O de la, eterna justicia,
De cuyas miradas nadie
Consigue ocultar un crimen,
El testigo formidable,
Pues a la llama mezquina,
Con el ambiente ondeante,
Que dando luz roja al muro
Dibujaba desiguales
Los tejados y azoteas
Sobre el obscuro celaje,
Dando fantásticas formas
A esquinas y bocacalles,
Se vió en medio del arroyo,
Cubierto de lodo y sangre,
El negro bulto tendido
De un traspasado cadáver.
Y de pie a su frente un hombre,
Vestido negro ropaje,
Con una espada en la mano,
Roja hasta los gavilanes.
El cual en el mismo punto,
Sorprendido de encontrarse
Bañada de luz, esconde
La faz en su embozo, y parte,
Aunque no como el culpado
Que se fuga por salvarse,
Sino como el que inocente
Mueve tranquilo el pie y grave.
* * *
Al andar, sus choquezuelas
Formaban ruido notable,
Como el que forman los dados
Al confundirse y mezclarse.
Rumor de poca importancia
En la escena lamentable,
Mas de tan mágico efecto,
Y de un influjo tan grande
En la vieja, que asomaba
El rostro y luz a la calle,
Que, cual si oyera el silbido
De venenosa ceraste,
O crujir las negras alas
Del precipitado Arcángel,
Grita en espantoso aullido,
¡Virgen de los reyes, valme!
Suelta el candil, que en las piedras
Se apaga y aceite esparce,
Y cerrando la ventana
De un golpe, que la deshace,
Bajo su mísero lecho
Corre a tientas a ocultarse,
Tan acongojada y yerta,
Que apenas sus pulsos laten,
Por sorda y ciega haber sido
Aquellos breves instantes,
La mitad diera gustosa
De sus días miserables,
Y hubiera dado los días
De amor y dulces afanes
De su juventud, y dado
Las caricias de sus padres,
Los encantos de la cuna,
Y... en fin, hasta lo que nadie
Enajena, la esperanza,
Bien solo de los mortales:
Pues lo que ha visto la abruma,
Y la aterra lo que sabe,
Que hay vistas que son peligros
Y aciertos que muerte valen.
Duque de Rivas
El Alcázar De Sevilla Romance Cuarto
De armas, caballos y pueblo
De Sevilla por las calles,
Al Maestre recibiendo.
Suenan los vivas, unidos
Con los retumbantes ecos,
Que en la altísima Giralda
Esparce el bronce hasta el cielo,
Vase acercando la turba,
Pero se la escucha menos;
Ya a la plaza de palacio
Llega y párase en silencio;
Que la vista del Alcázar
Gozaba del privilegio
De apagar todo entusiasmo,
De convertir todo en miedo.
Quedó, pues, mudo el gentío,
Falto de acción y de aliento,
Para pisar la gran plaza
Con un mágico respeto;
Y el Maestre de Santiago,
Con algunos caballeros
De su Orden, entra, seguido
De corto acompañamiento.
Dirígese hacia la puerta,
Como aquel que va derecho
A encontrar de un buen hermano
El alma y brazos abiertos,
O como noble caudillo,
Que por sus gloriosos hechos
De un Rey a recibir llega
Los elogios y los premios.
Sobre un morcillo lozano,
Que espuma respira y fuego,
Y a quien contiene la brida
Si ensoberbece el arreo,
Muéstrase el noble Fadrique
Con el blanco manto suelto,
En que el collar y cruz roja
Van su dignidad diciendo;
Y una, toca de velludo
Carmesí lleva, do el viento
Agita un. blanco penacho
Con borlas de oro sujeto.
Duque de Rivas
El Alcázar De Sevilla Romance Tercero
En torno están revolando
Fieras aves de rapiña,
Cuando el sol baja al ocaso,
Así en torno de Don Pedro
Vuelan pensamientos varios,
Cuyas sombras ofuscaban
De su semblante los rasgos.
Ya ocupa su airada mente
El poder de sus hermanos,
A los que mató la madre,
Y a quienes llama bastardos;
Ya de los grandes inquietos
La insolencia y desacato,
O la mengua del tesoro
Sin medios de repararlo;
Ya la linda Doña Aldonza,
A quien tiene a buen recaudo;
O las sangrientas fantasmas
De inocentes que ha matado;
Ya una proyectada empresa
Rompiendo la fe de un pacto,
Contra el moro granadino,
O una traición o un engaño.
Mas, como las mismas aves
Se van escondiendo al cabo,
Entre las almenas rotas
Del castillo solitario,
Y sólo constante queda,
En torno de él volteando,
La más voraz, la más fuerte,
La que no admite descanso,
Así aquel tropel confuso
De pensamientos extraños,
En que se encontró Don Pedro
Envuelto pequeño rato,
En su pecho y su cabeza
Fueron nidos encontrando,
Y quedó despierta y viva,
Dándole gran sobresalto,
La imagen de Don Fadrique,
El mejor de sus hermanos,
Norma de los caballeros
Y Maestre de Santiago.
Duque de Rivas
Álvaro De Luna Romance Tercero Las Calles – La Capilla – El Palacio
Mira la muerte segura,
El declinar de la tarde
Solemnidad tiene mucha
En el sol, que va a ponerse,
Y espeso vapor ofusca
(Semejante a un rey que el trono
A su pesar desocupa,
Y dignidad conservando
Del mundo huye, y se sepulta
Donde los hombres no advierten
Su dolor y desventuras),
Con honda atención los ojos
Clavó don Alvaro de Luna.
Así que lo vió traspuesto
Lanzó un suspiro de angustia,
Como el que lanza el amante,
Cuando el horizonte oculta
El bajel, en que su amada
Los desiertos mares surca
Para no volver. Ansioso
Lleva sus miradas mudas
A los montes apartados,
Cuyas cumbres aun relumbran,
A los ya enlutados bosques,
A las calladas llanuras,
A los altos campanarios
Que entre nieblas se dibujan.
Retardar el despedirse
De la perspectiva augusta
Que presenta el universo,
Parece que sólo busca,
Y al notar que poco a poco
La luz menguante y confusa
Del crepúsculo confunde
La escena que la circunda,
Piensa ya ver de la muerte
La terrible sombra, en cuya
Obscuridad para siempre
Corre a hundirse, y se atribula.
Sus pensamientos penetran
Los doctos frailes, y endulzan
Con eternas esperanzas
Su meditación profunda
Duque de Rivas
Álvaro De Luna Romance Cuarto La Plaza
Ya el fatal momento llega,
Y Don Álvaro de Luna
Sin turbarse oye la seña.
Recibe la Eucaristía,
Y en Dios la esperanza puesta,
Sereno baja a la calle,
Donde la escolta le espera.
Cabalga sobre su mula,
Que adorna gualdrapa negra,
Y tan airoso cabalga,
Cual para batalla o fiesta.
Un sayo de paño negro,
Sin insignia ni venera,
Es su traje, y con el garbo
Que un manto triunfal, lo lleva;
Y sin toca ni birrete,
Ni otro adorno, descubierta,
Bien aliñado el cabello,
La levantada cabeza.
Las dos padres franciscanos
Se asen de las estriberas,
Y hombres de armas, en buen orden,
Le custodian y le cercan.
Así camina el Maestre,
Con tan gallarda presencia
Y con tan sereno rostro,
Que impone a cuantos le encuentran.
Sus enemigos no osan
Clavar la vista soberbia
En él, como consternados
Ya de su venganza horrenda:
Sus partidarios parecen
Decirle con mudas lenguas,
Que aun morirán por salvarle
Y encenderán civil guerra.
Y aquel silencio terrible
Por todas las calles reina,
Que o gran terror o despecho
Grande siempre manifiesta.
Silencio que solamente
De cuando en cuando se quiebra
Con la voz del pregonero,
Que a los más valientes hiela.
Diciendo : «Esta es la justicia
Que facer el Rey ordena
A este usurpador tirano
De su corona y sin hacienda».
Siempre que oye el Condestable
Este vil pregón, aprieta
La mano del padre Espina,
Que en voz sumisa le esfuerza.
Arriba, a la triste plaza,
Que ha pocos días le viera
Tan galán en el torneo,
Con tal poder y opulencia.
El apretado concurso
El cuadrado espacio llena;
Vese una masa compacta
De rostros y de cabezas;
Parece que el pavimento
Se ha elevado de la tierra,
que casas y palacios,
Su basa han hundido en ella.
Un callejón, que tapiales
De hombres apiñados cierran,
Sirviéndole de linderos
Lanzas en vez de arboleda,
Ofrece paso hasta donde
Lecho de muerte descuella,
En mitad del gran gentío,
Que como la mar olea.
El reducido tablado,
Enlutado con bayetas,
Una. gran tumba, parece
Que el pueblo en hombros sustenta.
Sobre él está colocado
Un altar, a la derecha,
De terciopelo vestido;
Y entre amarillas candelas,
Cuya, luz el sol deslustra
Y arder el viento no deja,
Un crucifijo de plata
En cruz de ébano campea.
Yace un ataúd humilde
Colocado a la izquierda:
Cerca de él se ve una escarpia
En un pilar de madera;
Y en medio, de firme, un tajo,
Delante una almohada negra,
Y una hacha, en cuya cuchilla
Los rayos del sol reflejan.
Duque de Rivas
El Conde De Villamediana Romance Cuarto Final
Adornada de arabescos
Y follajes primorosos,
Con oro y esmaltes hechos,
Y cuya baranda rica
Daba hacia el jardín pequeño,
En que el caballo de bronce
Estuvo por largo tiempo,
Sin más luz que la, que esparce
La luna en mitad del cielo,
Esperando a alguien la Reina
Está turbada, y con miedo.
Del concurso de la danza
Y de la orquesta el estruendo ¡
Que los salones ocupa,
Oye resonar de lejos;
Y aunque sabe que notada
Ha de ser su ausencia presto,
Por dar al Conde un aviso
Atropella todo riesgo.
Siglos los instantes juzga
Con mortal desasosiego,
Y en el barandal dorado
Palpitante apoya el pecho.
Mira, al ecuestre coloso,
Inmóvil, obscuro, enhiesto,
Entre laureles y murtas,
Y tiembla ¡ infelice! al verlo.
Alza a la pálida luna
Los ojos de llanto llenos,
Y se extravía su mente,
Por precipicios horrendos.
Sin rumor y de puntillas,
Como fantasma o espectro,
En el corredor entróse
La parte obscura siguiendo,
Un hombre embozado: llega
Por detrás en gran silencio
A la Reina, que, de espaldas
Estando, no pudo verlo,
Y le tapa el noble rostro
Con dos manos como hielo;
pero delicadas manos
Que agita un temblor ligero.
Quién pudiera aproximarse
A dama de tal respeto,
Sino el amante dichoso
Con tan inocente juego?
Así lo pensó ella misma,
Pues aunque al primer momento
De sorpresa, lanzó un grito,
Pronto sobre sí volviendo:
«Déjame Conde prorrumpe
Con dulces lánguidos ecos;
No es esta ocasión de burlas,
Pues es de infortunios tiempo.
Déjame y escucha, Conde».
Libre la dejan en esto
Las manos que la cegaban,
Y se encuentra sola ¡cielos!
Con su marido, que arroja
Por los ojos rabia y fuego.
Queda la infeliz difunta;
Mas tienen el privilegio
Las hembras del disimulo,
Y en los críticos encuentros
Mucha mayor agudeza
Que el hombre de más ingenio.
Al oír que el Rey pregunta
Con voz como voz de infierno,
«Yo Conde?... ¿Yo?» En sí tornando
La Reina, responde presto:
«Sí, señor, de Barcelona...
Y se complace mi pecho
Con tal título, afirmado
Con vuestro poder y esfuerzo,
Después que habéis reprimido
La rebelión de aquel pueblo».
Quedó pasmado el Monarca.
«Discreta sois por extremo
Repuso, y tras pausa leve,
Mas qué infortunio tenemos?
«Ya alentada la señora,
Pues siempre el paso primero
Es el trabajoso, dijo:
«No faltan, señor, por cierto;
Dígalo Flandes perdida,
Y de Nápoles los reinos,
«Donde un ambicioso intenta
Arrebatarnos el cetro;
Milán, donde la peste
Está tanto estrago haciendo,
«Y Portugal vacilante,
Do traidores encubiertos...»
Aquí atajóla Filipo
Con voz de lejano trueno.
«Basta, pues, basta, señora;
Sois francesa, bien lo veo;
Tenéis interés muy grande
En mi honor y en el del reino.
«Veréis que uno y otro al punto
Para aquietaros sostengo,
Y que lavaré con sangre
La mancha que advierta en ellos».
Calló, y una atroz mirada
Con el rostro descompuesto,
Que pareció más terrible
De la luna a los reflejos,
Clavó en la Reina; mirada
Que destrozó aguda el seno
De la infeliz, pues, temblando,
Cayó sin sentido al suelo.
Duque de Rivas
El Conde De Villamediana Romance Cuarto Final
Adornada de arabescos
Y follajes primorosos,
Con oro y esmaltes hechos,
Y cuya baranda rica
Daba hacia el jardín pequeño,
En que el caballo de bronce
Estuvo por largo tiempo,
Sin más luz que la, que esparce
La luna en mitad del cielo,
Esperando a alguien la Reina
Está turbada, y con miedo.
Del concurso de la danza
Y de la orquesta el estruendo ¡
Que los salones ocupa,
Oye resonar de lejos;
Y aunque sabe que notada
Ha de ser su ausencia presto,
Por dar al Conde un aviso
Atropella todo riesgo.
Siglos los instantes juzga
Con mortal desasosiego,
Y en el barandal dorado
Palpitante apoya el pecho.
Mira, al ecuestre coloso,
Inmóvil, obscuro, enhiesto,
Entre laureles y murtas,
Y tiembla ¡ infelice! al verlo.
Alza a la pálida luna
Los ojos de llanto llenos,
Y se extravía su mente,
Por precipicios horrendos.
Sin rumor y de puntillas,
Como fantasma o espectro,
En el corredor entróse
La parte obscura siguiendo,
Un hombre embozado: llega
Por detrás en gran silencio
A la Reina, que, de espaldas
Estando, no pudo verlo,
Y le tapa el noble rostro
Con dos manos como hielo;
pero delicadas manos
Que agita un temblor ligero.
Quién pudiera aproximarse
A dama de tal respeto,
Sino el amante dichoso
Con tan inocente juego?
Así lo pensó ella misma,
Pues aunque al primer momento
De sorpresa, lanzó un grito,
Pronto sobre sí volviendo:
«Déjame Conde prorrumpe
Con dulces lánguidos ecos;
No es esta ocasión de burlas,
Pues es de infortunios tiempo.
Déjame y escucha, Conde».
Libre la dejan en esto
Las manos que la cegaban,
Y se encuentra sola ¡cielos!
Con su marido, que arroja
Por los ojos rabia y fuego.
Queda la infeliz difunta;
Mas tienen el privilegio
Las hembras del disimulo,
Y en los críticos encuentros
Mucha mayor agudeza
Que el hombre de más ingenio.
Al oír que el Rey pregunta
Con voz como voz de infierno,
«Yo Conde?... ¿Yo?» En sí tornando
La Reina, responde presto:
«Sí, señor, de Barcelona...
Y se complace mi pecho
Con tal título, afirmado
Con vuestro poder y esfuerzo,
Después que habéis reprimido
La rebelión de aquel pueblo».
Quedó pasmado el Monarca.
«Discreta sois por extremo
Repuso, y tras pausa leve,
Mas qué infortunio tenemos?
«Ya alentada la señora,
Pues siempre el paso primero
Es el trabajoso, dijo:
«No faltan, señor, por cierto;
Dígalo Flandes perdida,
Y de Nápoles los reinos,
«Donde un ambicioso intenta
Arrebatarnos el cetro;
Milán, donde la peste
Está tanto estrago haciendo,
«Y Portugal vacilante,
Do traidores encubiertos...»
Aquí atajóla Filipo
Con voz de lejano trueno.
«Basta, pues, basta, señora;
Sois francesa, bien lo veo;
Tenéis interés muy grande
En mi honor y en el del reino.
«Veréis que uno y otro al punto
Para aquietaros sostengo,
Y que lavaré con sangre
La mancha que advierta en ellos».
Calló, y una atroz mirada
Con el rostro descompuesto,
Que pareció más terrible
De la luna a los reflejos,
Clavó en la Reina; mirada
Que destrozó aguda el seno
De la infeliz, pues, temblando,
Cayó sin sentido al suelo.
Duque de Rivas
El Sombrero Romance Segundo La Noche
Despertándose fué el viento,
Y el mar empezó a moverse
Con un mugidor estruendo,
Las nubes, entapizando
El obscuro y alto cielo,
La débil luz ocultaban
De estrellas y de luceros.
No había luna; densas sombras
En corto rato envolvieron
Tierra y mar. De Rosalía
Ya desfallece el esfuerzo.
Arrepentida, asombrada,
Intenta... No, no hay remedio
Cierra los ojos e inclina
La cabeza sobre el pecho.
La humedad la hiela toda,
Corto abrigo es el pañuelo;
Tiembla de terror su alma,
Tiembla de frío su cuerpo,
Si cualquier rumor la asusta,
Más sus mismos pensamientos;
Pues ni uno solo le ocurre
De esperanza o de consuelo.
Las velas que ha divisado
Cuando el sol ya estaba puesto,
La atormentan, la confunden.
Las ha conocido: ¡cielos!
Son, sí, las del guardacosta,
Jabeque armado y velero,
Terror de los emigrados,
De contrabandistas miedo.