Otros
Evaristo Carriego
En El Cuarto De La Novia
y fueron a ver el vestido
de la novia:
¡Qué lindo estaba,
tan blanco, tan blanco! ¡Qué lindo!
¿Y la novia? ¡Ay, la novia! Cómo
tenía de alegre la cara
Todos los ojos la miraron
Y ella se puso colorada.
«¡Señora, señora!»
Le llovieron
las alusiones y las bromas
de las muchachas. ¡Qué palabra,
qué palabra tan dulce! : ¡Novia!
Alguna recordó entre burlas
ingenuas lo del primer beso:
«¡Había que verla, muchachas!
Valía la pena, por cierto».
Y cuando empezaba:
«Una noche».
Se le heló en los labios la risa.
¡Ave María! ¡De qué modo
más raro miraba la prima!
Evaristo Carriego
¡por El Corazón!
¿Será más rica que el melón?
Esta primer tajada es mía:
para ti, prima, el corazón.
Ya salió la otra ¡No digo!
Ayer fue lo mismo ¡Es gracioso!
Comenzó a llorar por el higo
que le arrebatara el mocoso
del hermano. ¿Más? ¡Enseguida!
¿Volvemos? ¡Pues no se figura
que hay que brindarle cuanto pida:
caramba con la criatura!
¡Linda se ha puesto! ¡Sí, señor!,
Se ha puesto lo más regalona
¡No quiere sino lo mejor,
como si tuviese corona!
Y, por cualquier cosa no deja
en paz a nadie: se levanta,
y ya oímos alguna queja
de la señorita. ¡La santa!
La culpa la tiene abuelita.
¡Es natural! ¡La mima tanto!,
Cuidado con retarla ¡Hijita!,
No sé quién puede con tu llanto.
¡Está de mal acostumbrada!
En cuanto la miran se enoja.
¿Negarle algo a ella? ¡No es nada!
¡Claro, hace lo que se le antoja!
La pavota se muerde un dedo
de rabia. ¡Cómo patalea!
¡Y pone una cara! ¡Da miedo!
¡Ay Jesús, qué cara tan fea!
Fea, sí, fea como un susto.
¿Hasta cuándo con esos gritos?
¡Si lo decíamos de gusto!
Bueno, basta de pucheritos
¡Qué zonza! ¡Si será inocente!
¡Derrama cada lagrimón!
¡Llorar de ese modo! ¡Valiente!
¡Y todo por el corazón!
Evaristo Carriego
¡por El Corazón!
¿Será más rica que el melón?
Esta primer tajada es mía:
para ti, prima, el corazón.
Ya salió la otra ¡No digo!
Ayer fue lo mismo ¡Es gracioso!
Comenzó a llorar por el higo
que le arrebatara el mocoso
del hermano. ¿Más? ¡Enseguida!
¿Volvemos? ¡Pues no se figura
que hay que brindarle cuanto pida:
caramba con la criatura!
¡Linda se ha puesto! ¡Sí, señor!,
Se ha puesto lo más regalona
¡No quiere sino lo mejor,
como si tuviese corona!
Y, por cualquier cosa no deja
en paz a nadie: se levanta,
y ya oímos alguna queja
de la señorita. ¡La santa!
La culpa la tiene abuelita.
¡Es natural! ¡La mima tanto!,
Cuidado con retarla ¡Hijita!,
No sé quién puede con tu llanto.
¡Está de mal acostumbrada!
En cuanto la miran se enoja.
¿Negarle algo a ella? ¡No es nada!
¡Claro, hace lo que se le antoja!
La pavota se muerde un dedo
de rabia. ¡Cómo patalea!
¡Y pone una cara! ¡Da miedo!
¡Ay Jesús, qué cara tan fea!
Fea, sí, fea como un susto.
¿Hasta cuándo con esos gritos?
¡Si lo decíamos de gusto!
Bueno, basta de pucheritos
¡Qué zonza! ¡Si será inocente!
¡Derrama cada lagrimón!
¡Llorar de ese modo! ¡Valiente!
¡Y todo por el corazón!
Evaristo Carriego
Mientras El Barrio Duerme
Bueno, que no se repita
otra vez ese silbido.
¡Eh, muchachos, no hagáis ruido:
se fue a dormir abuelita!
Recordando vuestros sustos
continuamente se queja.
Vamos, muchachos, sed justos
y no la deis más disgustos:
cada día está más vieja
Ahora se ha vuelto odiosa,
cuando se da a porfiar
¡Se pone de fastidiosa!
Ya lo veis: ¡Por cualquier cosa
no cesa de rezongar!
¿Tú, también? Va para rato
que olvidaste tu promesa:
¡Después de romper el plato
le pisas la cola al gato
por debajo de la mesa!
¿Conque te muestras violento
porque mi sermón te irrita?
Es inútil ese cuento
No te muevas de tu asiento:
¡Te conozco, mascarita!
Si tratas bien el asunto
de hoy ¿Oyes, cabeza hueca?
Y copias lo que te apunto
tendrás a las diez en punto
café con pan y manteca.
Y, a propósito, ya veo
que te volcaste la sopa
en la ropa, ¿No?, Yo creo
que comer así es muy feo:
¡Linda te has puesto la ropa!
Tú no inquietes a tu hermana
tirándola de la trenza.
¿Respondes de mala gana?
¡Todo por una manzana!
¡Pedazo de sinvergüenza!
¿Y tú? ¿Recién te has fijado
que no para de garuar?
¿Al patio así? Ten cuidado,
no salgas desabrigado
que te puedes resfriar.
Cae monótonamente
el agua ¡Qué silencioso
el barrio! El perro de enfrente
dejó de ladrar. ¿La gente
se habrá entregado al reposo?
Pienso en ellos. En su oscura
mala suerte, y pienso luego
con un poco de ternura:
¿En qué sueño de amargura
se hallará abstraído el ciego?
Allá, solo, en el altillo,
moliendo la misma pieza
quizás suena un organillo,
aunque el aire es tan sencillo
no cansa ¡Da una tristeza!
Llora el ritmo soñoliento
que tanto gusta a la loca
amiga nuestra. El son lento
¡Toca con un sentimiento!
¿Qué pensará cuando toca?
¡Cómo le hace comprender,
noche a noche, al lazarillo,
cuánto le apena el tener
que fumar sin poder ver
el humo del cigarrillo!
¿Y los otros? ¿Los huraños
vecinos? La costurera
ya un poquito entrada en años
¿Si serán los desengaños
que la dejaron soltera?
Si bien la historia no es clara,
dice la chismografía
que una prima le robara
el novio en su misma cara,
jugando a la lotería.
Al fin y al cabo valiera
más olvidar la traición:
pero por esa zoncera
de la pena que le diera
se enfermó del corazón.
Otro que lleva una vida
es el haragán de al lado:
¡Y encuentra quien lo convida
a embriagarse! ¡La bebida!
¿Por qué vendrá en ese estado?
¿Y ese hombre al que nadie ha oído
hablar en una semana
de vivir casi escondido,
que sale ya anochecido
y vuelve muy de mañana?
¿Y aquellos que nos dejaron?
¡Tan obsequiosos y fieles!
El día que se mudaron
recuerdo que nos mandaron
una fuente de pasteles.
¿Y la viuda de la esquina?
La viuda murió anteayer.
¡Bien decía la adivina,
que cuando Dios determina
ya no hay nada más que hacer!
De los cuatro huerfanitos
no se sabe qué será:
¿A dónde irán? ¡Pobrecitos,
hermanos, los muchachitos
que se quedan sin mamá!
Mira, muchacho, la vela
se va a terminar, repasa
tus lecciones de la escuela
Ya se ha dormido la abuela:
¡Qué silencio hay en la casa!
Evaristo Carriego
Está Enfermo Y Quiere Verte
a lo que vengo? No es hora
de negarte: ese capricho
sería cruel ahora.
Quiere que vayas a verle
Quedó en un grito, entretanto.
¡Vieses! Debemos tenerle
compasión: ¡Padece tanto!
¡Y vuelta a la misma queja!
Ya ni un momento se calma,
¡Si vieses cómo se queja,
se te partiría el alma!
Se le conoce en la cara
el sufrimiento. Al hablar
vuelve la cabeza para
que no le vean llorar.
¡Si no regreso contigo
le he de causar una pena!
Después de todo es mi amigo
Vamos, por favor, ¡Sé buena!
Aunque siempre fue un ingrato
tú no eres rencorosa,
¡Vamos, estarás un rato
y le dirás cualquier cosa!
Vamos, antes que se muera:
así le perdonarás
¡Vamos!, El pobre te espera:
¡Vendrás a verlo!, ¿Vendrás?
Evaristo Carriego
Está Enfermo Y Quiere Verte
a lo que vengo? No es hora
de negarte: ese capricho
sería cruel ahora.
Quiere que vayas a verle
Quedó en un grito, entretanto.
¡Vieses! Debemos tenerle
compasión: ¡Padece tanto!
¡Y vuelta a la misma queja!
Ya ni un momento se calma,
¡Si vieses cómo se queja,
se te partiría el alma!
Se le conoce en la cara
el sufrimiento. Al hablar
vuelve la cabeza para
que no le vean llorar.
¡Si no regreso contigo
le he de causar una pena!
Después de todo es mi amigo
Vamos, por favor, ¡Sé buena!
Aunque siempre fue un ingrato
tú no eres rencorosa,
¡Vamos, estarás un rato
y le dirás cualquier cosa!
Vamos, antes que se muera:
así le perdonarás
¡Vamos!, El pobre te espera:
¡Vendrás a verlo!, ¿Vendrás?
Evaristo Carriego
Está Enfermo Y Quiere Verte
a lo que vengo? No es hora
de negarte: ese capricho
sería cruel ahora.
Quiere que vayas a verle
Quedó en un grito, entretanto.
¡Vieses! Debemos tenerle
compasión: ¡Padece tanto!
¡Y vuelta a la misma queja!
Ya ni un momento se calma,
¡Si vieses cómo se queja,
se te partiría el alma!
Se le conoce en la cara
el sufrimiento. Al hablar
vuelve la cabeza para
que no le vean llorar.
¡Si no regreso contigo
le he de causar una pena!
Después de todo es mi amigo
Vamos, por favor, ¡Sé buena!
Aunque siempre fue un ingrato
tú no eres rencorosa,
¡Vamos, estarás un rato
y le dirás cualquier cosa!
Vamos, antes que se muera:
así le perdonarás
¡Vamos!, El pobre te espera:
¡Vendrás a verlo!, ¿Vendrás?
Evaristo Carriego
El Otoño, Muchachos
sin sentirlo siquiera,
lluvioso, melancólico, callado.
El familiar bullicio de la acera
tan alegre en las noches de verano
se va apagando a la oración. La gente
abandona las puertas más temprano.
Las abandona silenciosamente.
Tardecita de otoño, el ciego entona
menos frecuente el aire que en la esquina
gemía el organillo ¡Qué tristona
anda, desde hace días, la vecina!
¿La tendrá así algún nuevo
desengaño?
Otoño melancólico y lluvioso,
¿Qué dejarás, otoño, en casa este
año?
¿Qué hoja te llevarás? Tan silencioso
llegas que nos das miedo.
Sí, anochece
y te sentimos, en la paz casera,
entrar sin un rumor ¡Cómo envejece
nuestra tía soltera!
Evaristo Carriego
El Otoño, Muchachos
sin sentirlo siquiera,
lluvioso, melancólico, callado.
El familiar bullicio de la acera
tan alegre en las noches de verano
se va apagando a la oración. La gente
abandona las puertas más temprano.
Las abandona silenciosamente.
Tardecita de otoño, el ciego entona
menos frecuente el aire que en la esquina
gemía el organillo ¡Qué tristona
anda, desde hace días, la vecina!
¿La tendrá así algún nuevo
desengaño?
Otoño melancólico y lluvioso,
¿Qué dejarás, otoño, en casa este
año?
¿Qué hoja te llevarás? Tan silencioso
llegas que nos das miedo.
Sí, anochece
y te sentimos, en la paz casera,
entrar sin un rumor ¡Cómo envejece
nuestra tía soltera!
Evaristo Carriego
El Aniversario
Un aire melancólico se advierte
en los rostros: la pena es resignada.
No se oye reír si se habla fuerte.
Los muchachos faltaron a la escuela,
y desde muy temprano, con incierto
y sombrío fulgor, arde la vela
en la que fuera habitación del muerto.
El recuerdo luctuoso les alcanza
a todos por igual.
Durante el día
unas cuantas visitas de confianza
estuvieron a hacerles compañía:
pero, entrada la noche, los amigos
al fin se despidieron, y la pena
contenida en presencia de testigos
extraños, fue a la hora de la cena
más intensa quizás. No había extraños
y el silencio tornóse doloroso:
sintiéronse molestos, casi huraños,
en ese comedor tan bullicioso
otras veces. Se levantó la mesa
sin las conversaciones de costumbre,
permanecieron largo rato presa
de una serena y vaga pesadumbre
que no turbó una sola frase.
Ahora
charlan de cosas familiares como
en los días tranquilos a la hora
del té. La hermana hojea el primer tomo
de la novela que empezara el jueves,
la abuela reta a alguno y en seguida
de dos o tres observaciones, breves
pero enérgicas, vuelve a su aburrida
soñolencia. La madre escucha y calla,
pensando en el ausente por quien vive
en continua aflicción desde que se halla
tan lejos, el ingrato que no escribe
hace mucho, ni aún de cuando en cuando
En un rincón la huerfanita cose
ajena a cuanto se habla, suspirando
cada vez que el hermano enfermo tose
con esa ronca tos que le sofoca
atrozmente.
Cansadas
de la tarea diaria, que no es poca,
comienzan a sentirse algo pesadas
las hacendosas manos
de la tía soltera que medita,
evocando memorias de lejanos
noviazgos de muchacha, mientras quita
las rojas iniciales de una toalla
recién planchada, al lado
de la lámpara fiel cuya pantalla
amortigua la luz.
Casi acostado
en el sillón el hijo mayor fuma
su tercer cigarrillo
y cerca uno de los chicos suma
de nuevo el resultado de un sencillo
problema de aritmética.
En la suave
paz que envuelve la pieza
viene, a intervalos, el recuerdo grave
a conturbarlos. Reina una tristeza
pensativa.
La charla continúa
como sin ganas, lenta, displicente,
sobre el mal tiempo. Afuera, la garúa
cae en el patio despaciosamente.
Evaristo Carriego
El Aniversario
Un aire melancólico se advierte
en los rostros: la pena es resignada.
No se oye reír si se habla fuerte.
Los muchachos faltaron a la escuela,
y desde muy temprano, con incierto
y sombrío fulgor, arde la vela
en la que fuera habitación del muerto.
El recuerdo luctuoso les alcanza
a todos por igual.
Durante el día
unas cuantas visitas de confianza
estuvieron a hacerles compañía:
pero, entrada la noche, los amigos
al fin se despidieron, y la pena
contenida en presencia de testigos
extraños, fue a la hora de la cena
más intensa quizás. No había extraños
y el silencio tornóse doloroso:
sintiéronse molestos, casi huraños,
en ese comedor tan bullicioso
otras veces. Se levantó la mesa
sin las conversaciones de costumbre,
permanecieron largo rato presa
de una serena y vaga pesadumbre
que no turbó una sola frase.
Ahora
charlan de cosas familiares como
en los días tranquilos a la hora
del té. La hermana hojea el primer tomo
de la novela que empezara el jueves,
la abuela reta a alguno y en seguida
de dos o tres observaciones, breves
pero enérgicas, vuelve a su aburrida
soñolencia. La madre escucha y calla,
pensando en el ausente por quien vive
en continua aflicción desde que se halla
tan lejos, el ingrato que no escribe
hace mucho, ni aún de cuando en cuando
En un rincón la huerfanita cose
ajena a cuanto se habla, suspirando
cada vez que el hermano enfermo tose
con esa ronca tos que le sofoca
atrozmente.
Cansadas
de la tarea diaria, que no es poca,
comienzan a sentirse algo pesadas
las hacendosas manos
de la tía soltera que medita,
evocando memorias de lejanos
noviazgos de muchacha, mientras quita
las rojas iniciales de una toalla
recién planchada, al lado
de la lámpara fiel cuya pantalla
amortigua la luz.
Casi acostado
en el sillón el hijo mayor fuma
su tercer cigarrillo
y cerca uno de los chicos suma
de nuevo el resultado de un sencillo
problema de aritmética.
En la suave
paz que envuelve la pieza
viene, a intervalos, el recuerdo grave
a conturbarlos. Reina una tristeza
pensativa.
La charla continúa
como sin ganas, lenta, displicente,
sobre el mal tiempo. Afuera, la garúa
cae en el patio despaciosamente.
Evaristo Carriego
Ninguna Más
nunca más, nunca más tendremos novia,
y pasarán los años pero nunca
más volveremos a querer a otra.
Ya lo ves. Y pensar que nos decías,
afligida quizá de verte sola,
que cuando te murieses
ni te recordaríamos. ¡Qué tonta!
Sí. Pasarán los años, pero siempre
como un recuerdo bueno, a toda hora
estarás con nosotros.
Con nosotros Porque eres cariñosa
como nadie lo fue. Te lo decimos
tarde, ¿No es cierto? Un poco tarde, ahora
que no nos puedes escuchar. Muchachas
como tú ha habido pocas.
No temas nada, te recordaremos,
y te recordaremos a ti sola:
ninguna más, ninguna más. Ya nunca
más volveremos a querer a otra.
Evaristo Carriego
Ninguna Más
nunca más, nunca más tendremos novia,
y pasarán los años pero nunca
más volveremos a querer a otra.
Ya lo ves. Y pensar que nos decías,
afligida quizá de verte sola,
que cuando te murieses
ni te recordaríamos. ¡Qué tonta!
Sí. Pasarán los años, pero siempre
como un recuerdo bueno, a toda hora
estarás con nosotros.
Con nosotros Porque eres cariñosa
como nadie lo fue. Te lo decimos
tarde, ¿No es cierto? Un poco tarde, ahora
que no nos puedes escuchar. Muchachas
como tú ha habido pocas.
No temas nada, te recordaremos,
y te recordaremos a ti sola:
ninguna más, ninguna más. Ya nunca
más volveremos a querer a otra.
Evaristo Carriego
El Nene Está Enfermo
de los días hermosos, y eso que hoy es un día
suavemente asoleado. En el patio no hay ruidos,
ni se escuchan las risas sonando en los dormidos
rincones de la antigua casa. La regalona
y traviesa hermanita de siete años no entona
las canciones ingenuas que aprendiera en la escuela,
ni riñe a su muñeca mutilada. La abuela
¡Ah, la pobre abuelita casi nunca está sana!
Olvida su dolencia que lleva una semana
de no darla un momento de reposo. Una incierta
amenaza inquietante ha violado la puerta
del hogar. Bajo el techo
de la casa modesta se presiente en acecho
al dolor. Repentina, melancólicamente,
ha pasado una sombra como por una frente,
como por una frente que fue siempre serena
y que recién ahora la oscurece la pena
con la torva amargura de una arruga muy honda.
Ronda a paso de lobo por nuestra casa, ronda
la tristeza, la angustia,
que ya ha puesto sus fríos labios en una mustia
carita enflaquecida.
Es que el nene está enfermo. Cesó la voz querida
de rumorear sus charlas adorables con esa
locuacidad que hacía bulliciosa la mesa.
¡Ay, el gesto atufado de su enojo risueño
y los cantos que apenas cesaban cuando el sueño,
como dos invisibles alitas de alguaciles,
le tocaba en sus ojos con sus dedos sutiles!
¡Abuelita, abuelita, hazme pronto la cama!
¡Qué triste ahora, abuela, el nene no te llama!
Por las habitaciones vaga como algo extraño
un silencio penoso que se diría huraño,
y tú vas arrastrando tu cansancio de días
e inútiles son todas las filiales porfías
para que te recuestes un momento siquiera:
¿Qué espera, mamá vieja?, A acostarse
¿Qué espera?
Ya sabemos el dulce temor que te detiene:
¿Quién, como la abuelita, cuidaría del nene?
Niño Dios, Nazareno
de las rubias estampas, coronado de espinas,
que curabas las llagas con tus manos divinas:
¿No podrías ser bueno
otra vez, en la hora de las angustias graves,
y decir las piadosas palabras que tú sabes
para que él se mejore,
para que ella no llore?
Evaristo Carriego
El Nene Está Enfermo
de los días hermosos, y eso que hoy es un día
suavemente asoleado. En el patio no hay ruidos,
ni se escuchan las risas sonando en los dormidos
rincones de la antigua casa. La regalona
y traviesa hermanita de siete años no entona
las canciones ingenuas que aprendiera en la escuela,
ni riñe a su muñeca mutilada. La abuela
¡Ah, la pobre abuelita casi nunca está sana!
Olvida su dolencia que lleva una semana
de no darla un momento de reposo. Una incierta
amenaza inquietante ha violado la puerta
del hogar. Bajo el techo
de la casa modesta se presiente en acecho
al dolor. Repentina, melancólicamente,
ha pasado una sombra como por una frente,
como por una frente que fue siempre serena
y que recién ahora la oscurece la pena
con la torva amargura de una arruga muy honda.
Ronda a paso de lobo por nuestra casa, ronda
la tristeza, la angustia,
que ya ha puesto sus fríos labios en una mustia
carita enflaquecida.
Es que el nene está enfermo. Cesó la voz querida
de rumorear sus charlas adorables con esa
locuacidad que hacía bulliciosa la mesa.
¡Ay, el gesto atufado de su enojo risueño
y los cantos que apenas cesaban cuando el sueño,
como dos invisibles alitas de alguaciles,
le tocaba en sus ojos con sus dedos sutiles!
¡Abuelita, abuelita, hazme pronto la cama!
¡Qué triste ahora, abuela, el nene no te llama!
Por las habitaciones vaga como algo extraño
un silencio penoso que se diría huraño,
y tú vas arrastrando tu cansancio de días
e inútiles son todas las filiales porfías
para que te recuestes un momento siquiera:
¿Qué espera, mamá vieja?, A acostarse
¿Qué espera?
Ya sabemos el dulce temor que te detiene:
¿Quién, como la abuelita, cuidaría del nene?
Niño Dios, Nazareno
de las rubias estampas, coronado de espinas,
que curabas las llagas con tus manos divinas:
¿No podrías ser bueno
otra vez, en la hora de las angustias graves,
y decir las piadosas palabras que tú sabes
para que él se mejore,
para que ella no llore?
Evaristo Carriego
Reíd Mucho, Hermanitas
tan fresca y tan sonora, con esa risa fuerte
que llena nuestra casa de salud. La sonrisa
no es para vosotras todavía: ¡Qué suerte!
Que vuestra risa sea como una, y vierta
su chorro alegre sobre nuestra melancolía,
sea como una caja de música que abierta
perennemente suena desde que empieza el día.
Hermanas: reíd de una vez toda vuestra sana
alegría de dueñas del patio, que mañana
¡Ah, mañana! Quién sabe si os habremos de oír.
¡Ay, hermanas, hermanas juguetonas!, ¡Ay, locas
rabietas de la abuela!, ¿Cuál de esas lindas bocas
será la que primero dejará de reír?
Evaristo Carriego
Reíd Mucho, Hermanitas
tan fresca y tan sonora, con esa risa fuerte
que llena nuestra casa de salud. La sonrisa
no es para vosotras todavía: ¡Qué suerte!
Que vuestra risa sea como una, y vierta
su chorro alegre sobre nuestra melancolía,
sea como una caja de música que abierta
perennemente suena desde que empieza el día.
Hermanas: reíd de una vez toda vuestra sana
alegría de dueñas del patio, que mañana
¡Ah, mañana! Quién sabe si os habremos de oír.
¡Ay, hermanas, hermanas juguetonas!, ¡Ay, locas
rabietas de la abuela!, ¿Cuál de esas lindas bocas
será la que primero dejará de reír?
Evaristo Carriego
Los Viejos Se Van
a mí no sé qué me da
¡Se van los viejos! Los pobres
poquito a poco se van.
Y se van tan despacito
que ni lo sienten, ¿Será
el consuelo de saber
que se habrán de ir en paz?
¡Ah! Todo es inútil: nada
los detendrá: ¿Pasarán
este otoño, o el invierno
otra vez los hallará
contándonos por las noches
cosas de la mocedad?
Y cuando no estén, ¿Durante
cuánto tiempo aún se oirá
su voz querida en la casa
desierta?
¿Cómo serán
en el recuerdo las caras
que ya no veremos más?
¡Que ya no veremos! ¿Nunca
se te ha ocurrido pensar
en el silencio que dejan
aquellos que se nos van?
Y en nosotros mismos, piensas
alguna vez, ¿Es verdad?
En nosotros, que también
nos tendremos que callar.
Cuando nos llegue la hora
como a los viejos, ¿Habrá
para nosotros la dulce
confortación familiar
que tanto alivia? ¿Qué labio
piadoso nos besará?
¿Nos sentiremos muy solos?
¿Y nos iremos en paz?
Evaristo Carriego
Te Vas
Lo sabemos: ahórrate la pena
de contarnos sonriendo lo que sufres
desde que estás enferma.
¡Ah, te vas sin remedio,
te vas, y sin embargo, no te quejas:
jamás te hemos oído una palabra
que no fuera serena,
serena como tú, como el cariño
de hermanita mayor con que nos besas,
de hermanita mayor que por nosotros
se olvidó de ser novia!
No te quejas,
no quieres afligirnos, pero lloras
cuando nadie te mira, y tu tristeza
silenciosa no tiene una amargura
¿Por qué serás tan buena?
Evaristo Carriego
Sola
las buenas amigas, las locas
de siempre.
¡Qué alegres se fueron!,
¡Qué risas las suyas!
¡La zonza!,
Te dijeron al irse. ¡Es claro,
parecías tan triste!
Bueno.
Por fin estás sola No hay nadie,
todas las amigas se fueron
y se halla en silencio la casa.
La abuela descansa, y los chicos
en el distante comedor
juegan despacio, sin dar gritos.
Apenas si afuera, en la calle,
persiste un rumor apagado
de voces. Estás sola, sola,
en la paz grave de tu cuarto.
Vela un momento, y cuando tengas
el corazón bien en reposo
duerme como no duermes hace
mucho: con un sueño de novia.
La última noche de novia
Llegó pronto, ¿Verdad? Mañana
adiós cuartito de soltera,
adiós camita, adiós almohada
del sueño lejano y querido
que no volverá
¿Te sorprende
pensar en eso? Tan sereno,
tan dulce que ahora parece.
¡Por fin vino el novio! Fue larga,
muy larga la espera, ¿Recuerdas?,
Pasaban los años y nada,
ninguno ¡Quedarte soltera!
¡Ay!, Bien lo temías.
En vano
los tiernos coloquios. ¡Qué rabia!,
Aquellas preguntas del primo,
¡Torpe, ciego!
¿Cuándo te casas?
Por fin vino el novio, y por fin
la última noche de novia.
Llegó pronto, ¿Verdad? ¡Tan pronto!
Mañana, mañana
¡Bah! ¿Lloras?
Evaristo Carriego
La Dulce Voz Que Oímos Todos Los Días
Yo no sé por qué será:
te oímos y nos dan muchas
ganas de quererte más.
Tienes una voz tan dulce
y una manera de hablar,
que aunque a veces tú también
estés triste de verdad
haces reír a abuelita
cuando ella quiere llorar.
¡Y ninguno sabe en dónde
encuentras tanta bondad
para poder decir unas
cosas que nos gustan más!
¡Si vieras cómo nos gusta!
No te habrás de imaginar
lo mucho que sufriremos
si tú nos dejas Mamá
dice que cuando te cases
nos tendrás que abandonar,
y eso es mentira: ¿No es cierto
que nunca te casarás?
Nunca nos dejarás solos
porque eres buena ¿Verdad?
¿Alguna vez has pensado
qué haremos si te nos vas?
¿No lo has pensado? Nosotros
no lo queremos pensar.
Si tú te nos vas, ¿Entonces
qué voz extraña vendrá
a decirnos esas cosas
que tú ya no nos dirás?
¿Nos hará olvidar tu voz
la voz que vendrá? ¿Lo hará?
¿Hará reír a abuelita
cuando ella quiere llorar?
Evaristo Carriego
La Que Se Quedó Para Vestir Santos
serás abuelita sin ser madrecita.
Ayer, recordando tu pesar sereno,
me dio mucha pena tu cara marchita.
¿Ni siquiera una novela empezada?
Quizás el idilio que duró un verano,
hasta que una noche por buena y confiada,
se cansó la novia de aguardar en vano.
Y tú sufrirías, o no sufrirías,
nerviosas esperas, y te quedarías
como es natural,
tan indiferente que al día siguiente
ya no habría nada, nada: solamente
húmedas las puntas de tu delantal.
Evaristo Carriego
La Silla Que Ahora Nadie Ocupa
se halla abstraído el padre desde hace rato:
pocos momentos hace que rechazó el plato
del cual apenas quiso probar la sopa.
De tiempo en tiempo, casi furtivamente,
llega en silencio alguna que otra mirada
hasta la vieja silla desocupada
que alguien, de olvidadizo, colocó enfrente.
Y, mientras se ensombrecen todas las caras,
cesa de pronto el ruido de las cucharas
porque insistentemente, como empujado
por esa idea fija que no se va,
el menor de los hijos ha preguntado
cuándo será el regreso de la mamá.
Evaristo Carriego
A Carcavallo En Su Noche
En su noche
A Doña Leonor Acevedo de Borges
Porque esta hora todos la vivimos contigo,
y es propicia la noche y el ambiente es cordial,
vaya el trovar, gustado en el rincón amigo,
con un antiguo y vago sabor sentimental.
Por los que todavía creen un poco en la Luna,
por los que riman una canción de juventud,
por las damas que escuchan, suaves como en alguna
primavera de versos, ¡Compañero, salud!
Salud, por esta hora que vivimos contigo,
salud, porque al conjuro del verso que te digo
realicen su serena gloriosa comunión,
la Amistad y la Lira, la gracia femenina,
un puñado de rosas de la tierra argentina
y una copa del rojo vino del corazón.