Poemas en este tema
Vida y Existencia
José Antonio Ramos Sucre
El Olvido
EL OLVIDO
Yo no pisaba las huellas del cazador extravagante.
Quería evitar el contagio de su pesadumbre.
Morábamos vecinos en un país de
belleza augusta. El azufre y demás fósiles predilectos
del fuego se juntaban en la composición de la tierra.
El cazador frecuentaba los montes de granito. Su
gesto valiente se dibujaba en la zona del éter cándido.
Una lumbre fugitiva dirigía sus pasos.
Había domesticado el ser más viejo
entre las gamuzas repentinas. Acertaba de espaldas con el objeto de sus
tiros.
No lo abordé sino una vez, para dar con el motivo de su desvío.
La manera grave de su discurso no me permitió
recoger una vislumbre.
Había fabricado su cabaña a la sombra de un pino glacial.
Yo la visité furtivamente al advertir su
ausencia de una semana. El cazador, libre de los efectos
deletéreos de la muerte, yacía en un ataúd de
piedra. El semblante helado, ajeno del pesar, no inspiraba conjeturas
sobre la causa del fallecimiento. Un reguero de carbunclos
magnéticos había caído de su diestra.
Un torrente, creado por la lluvia fortuita, arroja
sobre la cabaña un sedimento de arena y promete cegarla.
Yo no pisaba las huellas del cazador extravagante.
Quería evitar el contagio de su pesadumbre.
Morábamos vecinos en un país de
belleza augusta. El azufre y demás fósiles predilectos
del fuego se juntaban en la composición de la tierra.
El cazador frecuentaba los montes de granito. Su
gesto valiente se dibujaba en la zona del éter cándido.
Una lumbre fugitiva dirigía sus pasos.
Había domesticado el ser más viejo
entre las gamuzas repentinas. Acertaba de espaldas con el objeto de sus
tiros.
No lo abordé sino una vez, para dar con el motivo de su desvío.
La manera grave de su discurso no me permitió
recoger una vislumbre.
Había fabricado su cabaña a la sombra de un pino glacial.
Yo la visité furtivamente al advertir su
ausencia de una semana. El cazador, libre de los efectos
deletéreos de la muerte, yacía en un ataúd de
piedra. El semblante helado, ajeno del pesar, no inspiraba conjeturas
sobre la causa del fallecimiento. Un reguero de carbunclos
magnéticos había caído de su diestra.
Un torrente, creado por la lluvia fortuita, arroja
sobre la cabaña un sedimento de arena y promete cegarla.
504
José Antonio Ramos Sucre
El Espejo De Las Hadas
EL ESPEJO DE LAS HADAS
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
484
José Antonio Ramos Sucre
El Espejo De Las Hadas
EL ESPEJO DE LAS HADAS
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
484
José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
LA TABERNA
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
455
José Antonio Ramos Sucre
El Duelo
EL DUELO
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
483
José Antonio Ramos Sucre
El Herbolario
EL HERBOLARIO
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
504
José Antonio Ramos Sucre
La Cuestación
LA CUESTACIÓN
Salía de mi celda, en anocheciendo, a juntar
limosnas para el enterramiento de los supliciados y el consuelo de sus
hijos. Las recibía copiosamente de los próceres de la
ciudad, amigos de la diversión y el riesgo, atentos al mejor
provecho de la hora presente, según la costumbre de los paganos
y la advertencia de sus autores mendaces. La mañana eclipsaba a
menudo las antorchas vigilantes de la orgía, cuando no declaraba
las víctimas de la sensualidad o permitía reconstituir,
en vista de una carroza volcada, la riña de los satélites.
El cielo habría llovido sus meteoros
fulminantes sobre la ciudad incrédula, si no estuviera presente
la doncella de mirada atónita y rostro exangüe, ejemplo de
una fraternidad religiosa y de su ley estricta. Volaba sobre la tierra
nefanda y su voz prevenía el ademán del homicida.
Pertenecía a un linaje de caballeros, los
más entusiastas de una cruzada, lisonjeados con la promesa de
una corona en ultramar. Satisfacía una penitencia
atávica, motivada por una de sus abuelas, el hada Melusina,
acusada de mudar la mitad del cuerpo, un día de la semana, en
una cauda lúbrica de sirena.
La devoción de la doncella redime sus deudos
de la visita de un fantasma. El hada Melusina, resentida con sus
descendientes, frecuentaba las torres de sus palacios, amenazando
calamidades.
Salía de mi celda, en anocheciendo, a juntar
limosnas para el enterramiento de los supliciados y el consuelo de sus
hijos. Las recibía copiosamente de los próceres de la
ciudad, amigos de la diversión y el riesgo, atentos al mejor
provecho de la hora presente, según la costumbre de los paganos
y la advertencia de sus autores mendaces. La mañana eclipsaba a
menudo las antorchas vigilantes de la orgía, cuando no declaraba
las víctimas de la sensualidad o permitía reconstituir,
en vista de una carroza volcada, la riña de los satélites.
El cielo habría llovido sus meteoros
fulminantes sobre la ciudad incrédula, si no estuviera presente
la doncella de mirada atónita y rostro exangüe, ejemplo de
una fraternidad religiosa y de su ley estricta. Volaba sobre la tierra
nefanda y su voz prevenía el ademán del homicida.
Pertenecía a un linaje de caballeros, los
más entusiastas de una cruzada, lisonjeados con la promesa de
una corona en ultramar. Satisfacía una penitencia
atávica, motivada por una de sus abuelas, el hada Melusina,
acusada de mudar la mitad del cuerpo, un día de la semana, en
una cauda lúbrica de sirena.
La devoción de la doncella redime sus deudos
de la visita de un fantasma. El hada Melusina, resentida con sus
descendientes, frecuentaba las torres de sus palacios, amenazando
calamidades.
457
José Antonio Ramos Sucre
La Vida Mortecina
LA VIDA MORTECINA
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
473
José Antonio Ramos Sucre
La Juventud Del Rapsoda
LA JUVENTUD DEL RAPSODA
Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Sus
orígenes se perdían en una antigüedad informe.
Deliraban de júbilo en el instante del
plenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror del
mundo inicial, antes de nacer el satélite.
Una joven presidía los niños ocupados
en la tarea de la vendimia. Se había desprendido del
séquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetaba
por medio de un cuento inverosímil y difería adrede su
desenlace.
Escogía el jacinto para adornar sus cabellos
negros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enferma
de un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.
Me esforcé en conjeturar y descubrir el
nombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flor
desvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entre
los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del
vino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.
Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Sus
orígenes se perdían en una antigüedad informe.
Deliraban de júbilo en el instante del
plenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror del
mundo inicial, antes de nacer el satélite.
Una joven presidía los niños ocupados
en la tarea de la vendimia. Se había desprendido del
séquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetaba
por medio de un cuento inverosímil y difería adrede su
desenlace.
Escogía el jacinto para adornar sus cabellos
negros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enferma
de un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.
Me esforcé en conjeturar y descubrir el
nombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flor
desvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entre
los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del
vino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.
465
José Antonio Ramos Sucre
El Páramo
EL PÁRAMO
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
485
José Antonio Ramos Sucre
Edad De Plata
EDAD DE PLATA
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
503
José Antonio Ramos Sucre
Isabel
ISABEL
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
495
José Antonio Ramos Sucre
Isabel
ISABEL
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
495
José Antonio Ramos Sucre
El Ciego Infalible
EL CIEGO INFALIBLE
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
470
José Antonio Ramos Sucre
El Ciego Infalible
EL CIEGO INFALIBLE
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
470
José Antonio Ramos Sucre
Azucena
AZUCENA
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
819
José Antonio Ramos Sucre
La Cábala
LA CÁBALA
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
460
José Antonio Ramos Sucre
El Peregrino De La Fe
EL PEREGRINO DE LA FE
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
462
José Antonio Ramos Sucre
El Cirujano
EL CIRUJANO
Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.
Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.
497
José Antonio Ramos Sucre
Antífona
ANTÍFONA
Yo visitaba la selva acústica, asilo de la
inocencia, y me divertía con la vislumbre fugitiva, con el
desvarío de la luz.
Una doncella cándida, libre de los recuerdos
de una vida mustia, sujetaba a su albedrío los pájaros
turbulentos. El caracol servía de lazarillo al topo.
Yo frisaba apenas con la adolescencia y salía
a mi voluntad de los límites del mundo real. La doncella
clemente se presentó delante de mis pasos a referirme las
venturas de una vida señoril, los gracejos y desvíos de
las princesas en un reino ideal. Yo los he leído en un drama de
Shakespeare.
La memoria de mis errores en la selva diáfana
embelesó mi juventud ferviente. Larvas y quimeras de mi numen
triste, una ronda aérea seducía mis ojos bajo el cielo de
ámbar y una corona de espinas, la de Cordelia, mortificaba las
sienes de la doncella fiel.
Yo visitaba la selva acústica, asilo de la
inocencia, y me divertía con la vislumbre fugitiva, con el
desvarío de la luz.
Una doncella cándida, libre de los recuerdos
de una vida mustia, sujetaba a su albedrío los pájaros
turbulentos. El caracol servía de lazarillo al topo.
Yo frisaba apenas con la adolescencia y salía
a mi voluntad de los límites del mundo real. La doncella
clemente se presentó delante de mis pasos a referirme las
venturas de una vida señoril, los gracejos y desvíos de
las princesas en un reino ideal. Yo los he leído en un drama de
Shakespeare.
La memoria de mis errores en la selva diáfana
embelesó mi juventud ferviente. Larvas y quimeras de mi numen
triste, una ronda aérea seducía mis ojos bajo el cielo de
ámbar y una corona de espinas, la de Cordelia, mortificaba las
sienes de la doncella fiel.
436
José Antonio Ramos Sucre
Lucía
LUCÍA
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
472
José Antonio Ramos Sucre
El Valle Del Éxtasis
EL VALLE DEL ÉXTASIS
Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.
Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.
440
José Antonio Ramos Sucre
Penitencial
PENITENCIAL
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
443
José Antonio Ramos Sucre
Victoria
VICTORIA
Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.
Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.
Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.
Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.
Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.
Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.
Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.
Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.
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