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Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A La Expedición Española Para Propagar La Vacuna En América Bajo La Dirección De Don Francisco Balmi

¡Virgen del mundo, América inocente!
Tú, que el preciado seno
al cielo ostentas de abundancia lleno,
y de apacible juventud la frente;
tú, que a fuer de más tierna y más hermosa
entre las zonas de la madre tierra,
debiste ser del hado,
ya contra ti tan inclemente y fiero,
delicia dulce y el amor primero,
óyeme: si hubo vez en que mis ojos,
los fastos de tu historia recorriendo,
no se hinchesen de lágrimas; si pudo
mi corazón sin compasión, sin ira
tus lástimas oír, ¡ah!, que negado
eternamente a la virtud me vea,
y bárbaro y malvado,
cual los que así te destrozaron, sea.

Con sangre están escritos
en el eterno libro de la vida
esos dolientes gritos
que tu labio afligido al cielo envía.
Claman allí contra la patria mía,
y vedan estampar gloria y ventura
en el campo fatal donde hay delitos.
¿No cesarán jamás? ¿No son bastantes
tres siglos infelices
de amarga expiación? Ya en estos días
no somos, no, los que a la faz del mundo
las alas de la audacia se vistieron
y por el ponto Atlántico volaron;
aquéllos que al silencio en que yacías,
sangrienta, encadenada, te arrancaron.

«Los mismos ya no sois; pero ¿mi llanto
por eso ha de cesar? Yo olvidaría
el rigor de mis duros vencedores:
su atroz codicia, su inclemente saña
crimen fueron del tiempo, y no de España.
Mas ¿cuándo ¡ay Dios! Los dolorosos males
podré olvidar que aun mísera me ahogan?
Y entre ellos... ¡Ah!, venid a contemplarme,
si el horror no os lo veda, emponzoñada
con la peste fatal que a desolarme
de sus funestas naves fue lanzada.
Como en árida mies hierro enemigo,
como sierpe que infesta y que devora,
tal su ala abrasadora
desde aquel tiempo se ensañó conmigo.
Miradla abravecerse, y cuál sepulta
allá en la estancia oculta
de la muerte mis hijos, mis amores.
Tened, ¡ay!, compasión de mi agonía,
los que os llamáis de América señores;
ved que no basta a su furor insano
una generación; ciento se traga;
y yo, expirante, yerma, a tanta plaga
demando auxilio, y le demando en vano».

Con tales quejas el Olimpo hería,
cuando en los campos de Albión natura
de la viruela hidrópica al estrago
el venturoso antídoto oponía.
La esposa dócil del celoso toro
de este precioso don fue enriquecida,
y en las copiosas fuentes le guardaba
donde su leche cándida a raudales
dispensa a tantos alimento y vida.
Jenner lo revelaba a los mortales;
las madres desde entonces
sus hijos a su seno
sin susto de perderlos estrecharon,
y desde entonces la doncella hermosa
no tembló que estragase este veneno
su tez de nieve y su color de rosa.
A tan inmenso don agradecida
la Europa toda en ecos de alabanza
con el nombre de Jenner se recrea;
y ya en su exaltación eleva altares
donde, a par de sus genios tutelares,
siglos y siglos adorar le vea.

De tanta gloria a la radiante lumbre,
en noble emulación llenando el pecho,
alzó la frente un español: «No sea»,
clamó, «que su magnánima costumbre
en tan grande ocasión mi patria olvide.
El don de la invención es de Fortuna,
gócele allá un inglés; España ostente
su corazón espléndido y sublime,
y dé a su majestad mayor decoro,
llevando este tesoro
donde con más violencia el mal oprime.
Yo volaré; que un Numen me lo manda,
yo volaré: del férvido Oceano
arrostraré la furia embravecida,
y en medio de la América infestada
sabré plantar el árbol de la vida».

Dijo; y apenas de su labio ardiente
estos ecos benéficos salieron,
cuando, tendiendo al aire el blando lino,
ya en el puerto la nave se agitaba
por dar principio a tan feliz camino.
Lánzase el argonauta a su destino.
Ondas del mar, en plácida bonanza
llevad ese depósito sagrado
por vuestro campo líquido y sereno;
de mil generaciones la esperanza
va allí, no la aneguéis, guardad el trueno,
guardad el rayo y la fatal tormenta
al tiempo en que, dejando
aquellas playas fértiles, remotas,
de vicios y oro y maldición preñadas,
vengan triunfando las soberbias flotas.

A Balmis respetad. ¡Oh heroico pecho,
que en tan bello afanar tu aliento empleas!
Ve impávido a tu fin. La horrenda saña
de un ponto siempre ronco y borrascoso,
del vértigo espantoso
la devorante boca,
la negra faz de cavernosa roca
donde el viento quebranta los bajeles,
de los rudos peligros que te aguardan
los más grandes no son ni más crueles.
Espéralos del hombre: el hombre impío,
encallado en error, ciego, envidioso,
será quien sople el huracán violento
que combata bramando el noble intento.
Mas sigue, insiste en él firme y seguro;
y cuando llegue de la lucha el día,
ten fijo en la memoria
que nadie sin tesón y ardua porfía
pudo arrancar las palmas de la gloria.

Llegas en fin. La América saluda
a su gran bienhechor, y al punto siente
purificar sus venas
el destinado bálsamo: tú entonces
de ardor más generoso el pecho llenas;
y obedeciendo al Numen que te guía,
mandas volver la resonante prora
a los reinos del Ganges y a la Aurora.
El mar del Mediodía
te vio asombrado sus inmensos senos
incansable surcar; Luzón te admira,
siempre sembrando el bien en tu camino,
y al acercarte al industrioso chino,
es fama que en su tumba respetada
por verte alzó la venerable frente
Confucio, y que exclamaba en su sorpresa:
«¡Digna de mi virtud era esta empresa».

¡Digna, hombre grande, era de ti! ¡Bien digna
de aquella luz altísima y divina,
que en días más felices
la razón, la virtud aquí encendieron!
Luz que se extingue ya: Balmis, no tornes;
no crece ya en Europa
el sagrado laurel con que te adornes.
Quédate allá, donde sagrado asilo
tendrán la paz, la independencia hermosa;
quédate allá, donde por fin recibas
el premio augusto de tu acción gloriosa.
Un pueblo, por ti inmenso, en dulces himnos,
con fervoroso celo
levantará tu nombre al alto cielo;
y aunque en los sordos senos
tú ya durmiendo de la tumba fría
no los oirás, escúchalos al menos
en los acentos de la musa mía.
406
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A La Expedición Española Para Propagar La Vacuna En América Bajo La Dirección De Don Francisco Balmi

¡Virgen del mundo, América inocente!
Tú, que el preciado seno
al cielo ostentas de abundancia lleno,
y de apacible juventud la frente;
tú, que a fuer de más tierna y más hermosa
entre las zonas de la madre tierra,
debiste ser del hado,
ya contra ti tan inclemente y fiero,
delicia dulce y el amor primero,
óyeme: si hubo vez en que mis ojos,
los fastos de tu historia recorriendo,
no se hinchesen de lágrimas; si pudo
mi corazón sin compasión, sin ira
tus lástimas oír, ¡ah!, que negado
eternamente a la virtud me vea,
y bárbaro y malvado,
cual los que así te destrozaron, sea.

Con sangre están escritos
en el eterno libro de la vida
esos dolientes gritos
que tu labio afligido al cielo envía.
Claman allí contra la patria mía,
y vedan estampar gloria y ventura
en el campo fatal donde hay delitos.
¿No cesarán jamás? ¿No son bastantes
tres siglos infelices
de amarga expiación? Ya en estos días
no somos, no, los que a la faz del mundo
las alas de la audacia se vistieron
y por el ponto Atlántico volaron;
aquéllos que al silencio en que yacías,
sangrienta, encadenada, te arrancaron.

«Los mismos ya no sois; pero ¿mi llanto
por eso ha de cesar? Yo olvidaría
el rigor de mis duros vencedores:
su atroz codicia, su inclemente saña
crimen fueron del tiempo, y no de España.
Mas ¿cuándo ¡ay Dios! Los dolorosos males
podré olvidar que aun mísera me ahogan?
Y entre ellos... ¡Ah!, venid a contemplarme,
si el horror no os lo veda, emponzoñada
con la peste fatal que a desolarme
de sus funestas naves fue lanzada.
Como en árida mies hierro enemigo,
como sierpe que infesta y que devora,
tal su ala abrasadora
desde aquel tiempo se ensañó conmigo.
Miradla abravecerse, y cuál sepulta
allá en la estancia oculta
de la muerte mis hijos, mis amores.
Tened, ¡ay!, compasión de mi agonía,
los que os llamáis de América señores;
ved que no basta a su furor insano
una generación; ciento se traga;
y yo, expirante, yerma, a tanta plaga
demando auxilio, y le demando en vano».

Con tales quejas el Olimpo hería,
cuando en los campos de Albión natura
de la viruela hidrópica al estrago
el venturoso antídoto oponía.
La esposa dócil del celoso toro
de este precioso don fue enriquecida,
y en las copiosas fuentes le guardaba
donde su leche cándida a raudales
dispensa a tantos alimento y vida.
Jenner lo revelaba a los mortales;
las madres desde entonces
sus hijos a su seno
sin susto de perderlos estrecharon,
y desde entonces la doncella hermosa
no tembló que estragase este veneno
su tez de nieve y su color de rosa.
A tan inmenso don agradecida
la Europa toda en ecos de alabanza
con el nombre de Jenner se recrea;
y ya en su exaltación eleva altares
donde, a par de sus genios tutelares,
siglos y siglos adorar le vea.

De tanta gloria a la radiante lumbre,
en noble emulación llenando el pecho,
alzó la frente un español: «No sea»,
clamó, «que su magnánima costumbre
en tan grande ocasión mi patria olvide.
El don de la invención es de Fortuna,
gócele allá un inglés; España ostente
su corazón espléndido y sublime,
y dé a su majestad mayor decoro,
llevando este tesoro
donde con más violencia el mal oprime.
Yo volaré; que un Numen me lo manda,
yo volaré: del férvido Oceano
arrostraré la furia embravecida,
y en medio de la América infestada
sabré plantar el árbol de la vida».

Dijo; y apenas de su labio ardiente
estos ecos benéficos salieron,
cuando, tendiendo al aire el blando lino,
ya en el puerto la nave se agitaba
por dar principio a tan feliz camino.
Lánzase el argonauta a su destino.
Ondas del mar, en plácida bonanza
llevad ese depósito sagrado
por vuestro campo líquido y sereno;
de mil generaciones la esperanza
va allí, no la aneguéis, guardad el trueno,
guardad el rayo y la fatal tormenta
al tiempo en que, dejando
aquellas playas fértiles, remotas,
de vicios y oro y maldición preñadas,
vengan triunfando las soberbias flotas.

A Balmis respetad. ¡Oh heroico pecho,
que en tan bello afanar tu aliento empleas!
Ve impávido a tu fin. La horrenda saña
de un ponto siempre ronco y borrascoso,
del vértigo espantoso
la devorante boca,
la negra faz de cavernosa roca
donde el viento quebranta los bajeles,
de los rudos peligros que te aguardan
los más grandes no son ni más crueles.
Espéralos del hombre: el hombre impío,
encallado en error, ciego, envidioso,
será quien sople el huracán violento
que combata bramando el noble intento.
Mas sigue, insiste en él firme y seguro;
y cuando llegue de la lucha el día,
ten fijo en la memoria
que nadie sin tesón y ardua porfía
pudo arrancar las palmas de la gloria.

Llegas en fin. La América saluda
a su gran bienhechor, y al punto siente
purificar sus venas
el destinado bálsamo: tú entonces
de ardor más generoso el pecho llenas;
y obedeciendo al Numen que te guía,
mandas volver la resonante prora
a los reinos del Ganges y a la Aurora.
El mar del Mediodía
te vio asombrado sus inmensos senos
incansable surcar; Luzón te admira,
siempre sembrando el bien en tu camino,
y al acercarte al industrioso chino,
es fama que en su tumba respetada
por verte alzó la venerable frente
Confucio, y que exclamaba en su sorpresa:
«¡Digna de mi virtud era esta empresa».

¡Digna, hombre grande, era de ti! ¡Bien digna
de aquella luz altísima y divina,
que en días más felices
la razón, la virtud aquí encendieron!
Luz que se extingue ya: Balmis, no tornes;
no crece ya en Europa
el sagrado laurel con que te adornes.
Quédate allá, donde sagrado asilo
tendrán la paz, la independencia hermosa;
quédate allá, donde por fin recibas
el premio augusto de tu acción gloriosa.
Un pueblo, por ti inmenso, en dulces himnos,
con fervoroso celo
levantará tu nombre al alto cielo;
y aunque en los sordos senos
tú ya durmiendo de la tumba fría
no los oirás, escúchalos al menos
en los acentos de la musa mía.
406
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A La Expedición Española Para Propagar La Vacuna En América Bajo La Dirección De Don Francisco Balmi

¡Virgen del mundo, América inocente!
Tú, que el preciado seno
al cielo ostentas de abundancia lleno,
y de apacible juventud la frente;
tú, que a fuer de más tierna y más hermosa
entre las zonas de la madre tierra,
debiste ser del hado,
ya contra ti tan inclemente y fiero,
delicia dulce y el amor primero,
óyeme: si hubo vez en que mis ojos,
los fastos de tu historia recorriendo,
no se hinchesen de lágrimas; si pudo
mi corazón sin compasión, sin ira
tus lástimas oír, ¡ah!, que negado
eternamente a la virtud me vea,
y bárbaro y malvado,
cual los que así te destrozaron, sea.

Con sangre están escritos
en el eterno libro de la vida
esos dolientes gritos
que tu labio afligido al cielo envía.
Claman allí contra la patria mía,
y vedan estampar gloria y ventura
en el campo fatal donde hay delitos.
¿No cesarán jamás? ¿No son bastantes
tres siglos infelices
de amarga expiación? Ya en estos días
no somos, no, los que a la faz del mundo
las alas de la audacia se vistieron
y por el ponto Atlántico volaron;
aquéllos que al silencio en que yacías,
sangrienta, encadenada, te arrancaron.

«Los mismos ya no sois; pero ¿mi llanto
por eso ha de cesar? Yo olvidaría
el rigor de mis duros vencedores:
su atroz codicia, su inclemente saña
crimen fueron del tiempo, y no de España.
Mas ¿cuándo ¡ay Dios! Los dolorosos males
podré olvidar que aun mísera me ahogan?
Y entre ellos... ¡Ah!, venid a contemplarme,
si el horror no os lo veda, emponzoñada
con la peste fatal que a desolarme
de sus funestas naves fue lanzada.
Como en árida mies hierro enemigo,
como sierpe que infesta y que devora,
tal su ala abrasadora
desde aquel tiempo se ensañó conmigo.
Miradla abravecerse, y cuál sepulta
allá en la estancia oculta
de la muerte mis hijos, mis amores.
Tened, ¡ay!, compasión de mi agonía,
los que os llamáis de América señores;
ved que no basta a su furor insano
una generación; ciento se traga;
y yo, expirante, yerma, a tanta plaga
demando auxilio, y le demando en vano».

Con tales quejas el Olimpo hería,
cuando en los campos de Albión natura
de la viruela hidrópica al estrago
el venturoso antídoto oponía.
La esposa dócil del celoso toro
de este precioso don fue enriquecida,
y en las copiosas fuentes le guardaba
donde su leche cándida a raudales
dispensa a tantos alimento y vida.
Jenner lo revelaba a los mortales;
las madres desde entonces
sus hijos a su seno
sin susto de perderlos estrecharon,
y desde entonces la doncella hermosa
no tembló que estragase este veneno
su tez de nieve y su color de rosa.
A tan inmenso don agradecida
la Europa toda en ecos de alabanza
con el nombre de Jenner se recrea;
y ya en su exaltación eleva altares
donde, a par de sus genios tutelares,
siglos y siglos adorar le vea.

De tanta gloria a la radiante lumbre,
en noble emulación llenando el pecho,
alzó la frente un español: «No sea»,
clamó, «que su magnánima costumbre
en tan grande ocasión mi patria olvide.
El don de la invención es de Fortuna,
gócele allá un inglés; España ostente
su corazón espléndido y sublime,
y dé a su majestad mayor decoro,
llevando este tesoro
donde con más violencia el mal oprime.
Yo volaré; que un Numen me lo manda,
yo volaré: del férvido Oceano
arrostraré la furia embravecida,
y en medio de la América infestada
sabré plantar el árbol de la vida».

Dijo; y apenas de su labio ardiente
estos ecos benéficos salieron,
cuando, tendiendo al aire el blando lino,
ya en el puerto la nave se agitaba
por dar principio a tan feliz camino.
Lánzase el argonauta a su destino.
Ondas del mar, en plácida bonanza
llevad ese depósito sagrado
por vuestro campo líquido y sereno;
de mil generaciones la esperanza
va allí, no la aneguéis, guardad el trueno,
guardad el rayo y la fatal tormenta
al tiempo en que, dejando
aquellas playas fértiles, remotas,
de vicios y oro y maldición preñadas,
vengan triunfando las soberbias flotas.

A Balmis respetad. ¡Oh heroico pecho,
que en tan bello afanar tu aliento empleas!
Ve impávido a tu fin. La horrenda saña
de un ponto siempre ronco y borrascoso,
del vértigo espantoso
la devorante boca,
la negra faz de cavernosa roca
donde el viento quebranta los bajeles,
de los rudos peligros que te aguardan
los más grandes no son ni más crueles.
Espéralos del hombre: el hombre impío,
encallado en error, ciego, envidioso,
será quien sople el huracán violento
que combata bramando el noble intento.
Mas sigue, insiste en él firme y seguro;
y cuando llegue de la lucha el día,
ten fijo en la memoria
que nadie sin tesón y ardua porfía
pudo arrancar las palmas de la gloria.

Llegas en fin. La América saluda
a su gran bienhechor, y al punto siente
purificar sus venas
el destinado bálsamo: tú entonces
de ardor más generoso el pecho llenas;
y obedeciendo al Numen que te guía,
mandas volver la resonante prora
a los reinos del Ganges y a la Aurora.
El mar del Mediodía
te vio asombrado sus inmensos senos
incansable surcar; Luzón te admira,
siempre sembrando el bien en tu camino,
y al acercarte al industrioso chino,
es fama que en su tumba respetada
por verte alzó la venerable frente
Confucio, y que exclamaba en su sorpresa:
«¡Digna de mi virtud era esta empresa».

¡Digna, hombre grande, era de ti! ¡Bien digna
de aquella luz altísima y divina,
que en días más felices
la razón, la virtud aquí encendieron!
Luz que se extingue ya: Balmis, no tornes;
no crece ya en Europa
el sagrado laurel con que te adornes.
Quédate allá, donde sagrado asilo
tendrán la paz, la independencia hermosa;
quédate allá, donde por fin recibas
el premio augusto de tu acción gloriosa.
Un pueblo, por ti inmenso, en dulces himnos,
con fervoroso celo
levantará tu nombre al alto cielo;
y aunque en los sordos senos
tú ya durmiendo de la tumba fría
no los oirás, escúchalos al menos
en los acentos de la musa mía.
406
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A España, Después De La Revolución De Marzo

¿Qué era, decidme, la nación que un día
reina del mundo proclamó el destino,
la que a todas las zonas extendía
su cetro de oro y su blasón divino?
Volábase a occidente,
y el vasto mar Atlántico sembrado
se hallaba de su gloria y su fortuna.
Do quiera España: en el preciado seno
de América, en el Asia, en los confines
del África, allí España. El soberano
vuelo de la atrevida fantasía
para abarcarla se cansaba en vano;
la tierra sus mineros le rendía,
sus perlas y coral el Oceano,
y dondequier que revolver sus olas
él intentase, a quebrantar su furia
siempre encontraba costas españolas.

Ora en el cieno del oprobio hundida,
abandonada a la insolencia ajena,
como esclava en mercado, ya aguardaba
la ruda argolla y la servil cadena.
¡Qué de plagas, oh, Dios! Su aliento impuro
la pestilente fiebre respirando,
infestó el aire, emponzoñó la vida;
la hambre enflaquecida
tendió sus brazos lívidos, ahogando
cuanto el contagio perdonó; tres veces
de Jano el templo abrimos,
y a la trompa de Marte aliento dimos;
tres veces ¡ay! Los dioses tutelares
su escudo nos negaron y nos vimos
rotos en tierra y rotos en los mares.
¿Qué en tanto tiempo viste
por tus inmensos términos, oh, Iberia?
¿Qué viste ya sino funesto luto,
honda tristeza, sin igual miseria,
de tu vil servidumbre acerbo fruto?

Así, rota la vela, abierto el lado,
pobre bajel a naufragar camina,
de tormenta en tormenta despeñado,
por los yermos del mar ya ni en su popa
las guirnaldas se ven que antes le ornaban,
ni en señal de esperanza y de contento
la flámula riendo al aire ondea.
Cesó en su dulce canto el pasajero,
ahogó su vocería
el ronco marinero,
terror de muerte en torno le rodea,
terror de muerte silencioso y frío;
y él va a estrellarse al áspero bajío.

Llega el momento, en fin; tiende su mano
el tirano del mundo al occidente,
y fiero exclama: «El occidente es mío».
Bárbaro gozo en su ceñuda frente
resplandeció, como en el seno oscuro
de nube tormentosa en el estío
relámpago fugaz brilla un momento,
que añade horror con su fulgor sombrío.
Sus guerreros feroces
con gritos de soberbia el viento llenan;
gimen los yunques, los martillos suenan,
arden las forjas. ¡Oh, vergüenza! ¿Acaso
pensáis que espadas son para el combate
las que mueven sus manos codiciosas?
No en tanto os estiméis: grillos, esposas,
cadenas son, que en vergonzosos lazos
por siempre amarren tan inertes brazos.

Estremeciose España
del indigno rumor que cerca oía,
y al grande impulso de su justa saña
rompió el volcán que en su interior hervía.
Sus déspotas antiguos
consternados y pálidos se esconden;
resuena el eco de venganza en torno,
y del Tajo las márgenes responden:
«¡Venganza!» ¿Dónde están,
sagrado río,
los colosos de oprobio y de vergüenza
que nuestro bien en su insolencia ahogaban?
Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;
y tú, orgulloso y fiero,
viendo que aún hay Castilla y castellanos,
precipitas al mar tus rubias ondas,
diciendo: «Ya acabaron los tiranos».

¡Oh, triunfo! ¡Oh, gloria! ¡Oh,
celestial momento!
¿Conque puede ya dar el labio mío
el nombre augusto de la Patria al viento?
Yo le daré; mas no en el arpa de oro
que mi cantar sonoro
acompañó hasta aquí; no aprisionado
en estrecho recinto, en que se apoca
el numen en el pecho
y el aliento fatídico en la boca.
Desenterrad la lira de Tirteo,
y el aire abierto, a la radiante lumbre
del sol, en la alta cumbre
del riscoso y pinífero Fuenfría,
allí volaré yo, y allí cantando
con voz que atruene en rededor la sierra,
lanzaré por los campos castellanos
los ecos de la gloria y de la guerra.

¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,
único asilo y sacrosanto escudo
al ímpetu sañudo
del fiero Atila que a occidente oprime!
¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis
ved del Tercer Fernando alzarse airada
la augusta sombra; su divina frente
mostrar Gonzalo en la imperial Granada;
blandir el Cid su centellante espada,
y allá sobre los altos Pirineos,
del hijo de Jimena
animarse los miembros giganteos.
En torbo ceño y desdeñosa pena
ved cómo cruzan por los aires vanos;
y el valor exhalando que se encierra
dentro del hueco de sus tumbas frías,
en fiera y ronca voz pronuncian «¡Guerra!

»¡Pues qué! ¿Con faz serena
vierais los campos devastar opimos,
eterno objeto de ambición ajena,
herencia inmensa que afanando os dimos?
Despertad, raza de héroes: el momento
llegó ya de arrojarse a la victoria;
que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,
que vuestra gloria humille nuestra gloria.
No ha sido en el gran día
el altar de la Patria alzado en vano
por vuestra mano fuerte.
Juradlo, ella os lo manda: ¡Antes la muerte
que consentir jamás ningún tirano!»


Sí, yo lo juro, venerables sombras;
yo lo juro también, y en este instante
ya me siento mayor. Dadme una lanza,
ceñidme el casco fiero y refulgente;
volemos al combate, a la venganza;
y el que niegue su pecho a la esperanza
hunda en el polvo la cobarde frente.
Tal vez el gran torrente
de la devastación en su carrera
me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura
no se muere una vez? ¿No iré, expirando,
a encontrar nuestros ínclitos mayores?
«¡Salud, oh padres de la patria mía»,
yo les diré, «salud! La heroica España
de entre el estrago universal y horrores
levanta la cabeza ensangrentada,
y, vencedora de su mal destino,
vuelve a dar a la tierra amedrentada
su cetro de oro y su blasón divino».

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Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A España, Después De La Revolución De Marzo

¿Qué era, decidme, la nación que un día
reina del mundo proclamó el destino,
la que a todas las zonas extendía
su cetro de oro y su blasón divino?
Volábase a occidente,
y el vasto mar Atlántico sembrado
se hallaba de su gloria y su fortuna.
Do quiera España: en el preciado seno
de América, en el Asia, en los confines
del África, allí España. El soberano
vuelo de la atrevida fantasía
para abarcarla se cansaba en vano;
la tierra sus mineros le rendía,
sus perlas y coral el Oceano,
y dondequier que revolver sus olas
él intentase, a quebrantar su furia
siempre encontraba costas españolas.

Ora en el cieno del oprobio hundida,
abandonada a la insolencia ajena,
como esclava en mercado, ya aguardaba
la ruda argolla y la servil cadena.
¡Qué de plagas, oh, Dios! Su aliento impuro
la pestilente fiebre respirando,
infestó el aire, emponzoñó la vida;
la hambre enflaquecida
tendió sus brazos lívidos, ahogando
cuanto el contagio perdonó; tres veces
de Jano el templo abrimos,
y a la trompa de Marte aliento dimos;
tres veces ¡ay! Los dioses tutelares
su escudo nos negaron y nos vimos
rotos en tierra y rotos en los mares.
¿Qué en tanto tiempo viste
por tus inmensos términos, oh, Iberia?
¿Qué viste ya sino funesto luto,
honda tristeza, sin igual miseria,
de tu vil servidumbre acerbo fruto?

Así, rota la vela, abierto el lado,
pobre bajel a naufragar camina,
de tormenta en tormenta despeñado,
por los yermos del mar ya ni en su popa
las guirnaldas se ven que antes le ornaban,
ni en señal de esperanza y de contento
la flámula riendo al aire ondea.
Cesó en su dulce canto el pasajero,
ahogó su vocería
el ronco marinero,
terror de muerte en torno le rodea,
terror de muerte silencioso y frío;
y él va a estrellarse al áspero bajío.

Llega el momento, en fin; tiende su mano
el tirano del mundo al occidente,
y fiero exclama: «El occidente es mío».
Bárbaro gozo en su ceñuda frente
resplandeció, como en el seno oscuro
de nube tormentosa en el estío
relámpago fugaz brilla un momento,
que añade horror con su fulgor sombrío.
Sus guerreros feroces
con gritos de soberbia el viento llenan;
gimen los yunques, los martillos suenan,
arden las forjas. ¡Oh, vergüenza! ¿Acaso
pensáis que espadas son para el combate
las que mueven sus manos codiciosas?
No en tanto os estiméis: grillos, esposas,
cadenas son, que en vergonzosos lazos
por siempre amarren tan inertes brazos.

Estremeciose España
del indigno rumor que cerca oía,
y al grande impulso de su justa saña
rompió el volcán que en su interior hervía.
Sus déspotas antiguos
consternados y pálidos se esconden;
resuena el eco de venganza en torno,
y del Tajo las márgenes responden:
«¡Venganza!» ¿Dónde están,
sagrado río,
los colosos de oprobio y de vergüenza
que nuestro bien en su insolencia ahogaban?
Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;
y tú, orgulloso y fiero,
viendo que aún hay Castilla y castellanos,
precipitas al mar tus rubias ondas,
diciendo: «Ya acabaron los tiranos».

¡Oh, triunfo! ¡Oh, gloria! ¡Oh,
celestial momento!
¿Conque puede ya dar el labio mío
el nombre augusto de la Patria al viento?
Yo le daré; mas no en el arpa de oro
que mi cantar sonoro
acompañó hasta aquí; no aprisionado
en estrecho recinto, en que se apoca
el numen en el pecho
y el aliento fatídico en la boca.
Desenterrad la lira de Tirteo,
y el aire abierto, a la radiante lumbre
del sol, en la alta cumbre
del riscoso y pinífero Fuenfría,
allí volaré yo, y allí cantando
con voz que atruene en rededor la sierra,
lanzaré por los campos castellanos
los ecos de la gloria y de la guerra.

¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,
único asilo y sacrosanto escudo
al ímpetu sañudo
del fiero Atila que a occidente oprime!
¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis
ved del Tercer Fernando alzarse airada
la augusta sombra; su divina frente
mostrar Gonzalo en la imperial Granada;
blandir el Cid su centellante espada,
y allá sobre los altos Pirineos,
del hijo de Jimena
animarse los miembros giganteos.
En torbo ceño y desdeñosa pena
ved cómo cruzan por los aires vanos;
y el valor exhalando que se encierra
dentro del hueco de sus tumbas frías,
en fiera y ronca voz pronuncian «¡Guerra!

»¡Pues qué! ¿Con faz serena
vierais los campos devastar opimos,
eterno objeto de ambición ajena,
herencia inmensa que afanando os dimos?
Despertad, raza de héroes: el momento
llegó ya de arrojarse a la victoria;
que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,
que vuestra gloria humille nuestra gloria.
No ha sido en el gran día
el altar de la Patria alzado en vano
por vuestra mano fuerte.
Juradlo, ella os lo manda: ¡Antes la muerte
que consentir jamás ningún tirano!»


Sí, yo lo juro, venerables sombras;
yo lo juro también, y en este instante
ya me siento mayor. Dadme una lanza,
ceñidme el casco fiero y refulgente;
volemos al combate, a la venganza;
y el que niegue su pecho a la esperanza
hunda en el polvo la cobarde frente.
Tal vez el gran torrente
de la devastación en su carrera
me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura
no se muere una vez? ¿No iré, expirando,
a encontrar nuestros ínclitos mayores?
«¡Salud, oh padres de la patria mía»,
yo les diré, «salud! La heroica España
de entre el estrago universal y horrores
levanta la cabeza ensangrentada,
y, vencedora de su mal destino,
vuelve a dar a la tierra amedrentada
su cetro de oro y su blasón divino».

473
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A La Invención De La Imprenta

¿Será que siempre la ambición sangrienta
o del solio el poder pronuncie sólo,
cuando la trompa de la fama alienta
vuestro divino labio, hijos de Apolo?
¿No os da rubor? El don de la alabanza,
la hermosa luz de la brillante gloria,
¿serán tal vez del nombre a quien daría
eterno oprobio o maldición la historia?
¡Oh! Despertad: el humillado acento
con majestad no usada
suba a las nubes penetrando el viento
y si queréis que el universo os crea
dignos del lauro en que ceñís la frente,
que vuestro canto enérgico y valiente
digno también del universo sea.

No los aromas del loor se vieron
vilmente degradados
así en la Antigüedad: siempre las aras
de la invención sublime.
del Genio bienhechor los recibieron.
Nace Saturno, y de la madre tierra
el seno abriendo con el fuerte arado,
el precioso tesoro
de vivífica mies descubre al suelo,
y grato el canto le remonta al cielo,
y Dios le nombra de los siglos de oro.
¿Dios no fuiste también tú, que allá un
día
cuerpo a la voz y al pensamiento diste,
y trazándola en letras detuviste
la palabra veloz que antes huía?

Sin ti se devoraban
los siglos a los siglos, y a la tumba
de un olvido eternal yertos bajaban.
Tú fuiste: el pensamiento
miró ensanchar la limitada esfera
que en su infancia fatal le contenía.
Tendió las alas, y arribó a la altura
de do escuchar la edad que antes viviera,
y hablar ya pudo con la edad futura.
¡Oh, gloriosa ventura!
Goza, Genio inmortal, goza tú solo
del himno de alabanza y los honores
que a tu invención magnífica se deben:
contémplala brillar; y cual si sola
a ostentar su poder ella bastara,
por tanto tiempo reposar Natura
de igual prodigio al universo avara.

Pero al fin sacudiéndose, otra prueba
la plugo, hacer de sí, y el Rin helado
nacer vio a Guttemberg. «¿Conque es en vano
que el hombre al pensamiento
alcanzase escribiéndole a dar vida,
si desnudo de curso y movimiento
en letargosa oscuridad se olvida?
No basta un vaso a contener las olas
del férvido Oceano,
ni en sólo un libro dilatarse pueden
los grandes dones del ingenio humano.
¿Qué les falta? ¿Volar? Pues si a Natura
un tipo basta a producir sin cuento
seres iguales, mi invención la siga:
que en ecos mil y mil sienta doblarse
una misma verdad, y que consiga
las alas de la luz al desplegarse».

Dijo, y la imprenta fue; y en un momento
vieras la Europa atónita, agitada
con el estruendo sordo y formidable
que hace sañudo el viento
soplando el fuego asolador que encierra
en sus cavernas lóbregas la tierra.
¡Ay del alcázar que al error fundaron
la estúpida ignorancia y tiranía!
El volcán reventó, y a su porfía
los soberbios cimientos vacilaron.
¿Qué es del monstruo, decid, inmundo y feo
que abortó el dios del mal, y que insolente
sobre el despedazado Capitolio
a devorar el mundo impunemente
osó fundar su abominable solio?

Dura, sí; mas su inmenso poderío
desplomándose va; pero su ruina
mostrará largamente sus estragos.
Así torre fortísima domina
la altiva cima de fragosa sierra;
su albergue en ella y su defensa hicieron
los hijos de la guerra,
y en ella su pujanza arrebatada
rugiendo los ejércitos rompieron.
Después abandonada,
y del silencio y soledad sitiada,
conserva, aunque ruinosa, todavía
la aterradora faz que antes tenía.
Mas llega el tiempo, y la estremece, y cae;
cae, los campos gimen
con los rotos escombros, y entretanto
es escarnio y baldón de la comarca
la que antes fue su escándalo y espanto.

Tal fue el lauro primero que las sienes
ornó de la razón, mientras osada,
sedienta de saber la inteligencia,
abarca el universo en su gran vuelo.
Levántase Copérnico hasta el cielo,
que un velo impenetrable antes cubría,
y allí contempla el eternal reposo
del astro luminoso
que da a torrentes su esplendor al día.
Siente bajo su planta Galileo
nuestro globo rodar; la Italia ciega
le da por premio un calabozo impío,
y el globo en tanto sin cesar navega
por el piélago inmenso del vacío.
Y navegan con él impetüosos,
a modo de relámpagos huyendo,
los astros rutilantes; más lanzado
veloz el genio de Newton tras ellos,
los sigue, los alcanza,
y a regular se atreve
el grande impulso que sus orbes mueve.

«¡Ah! ¿Qué te sirve conquistar los cielos,
hallar la ley en que sin fin se agitan
la atmósfera y el mar, partir los rayos
de la impalpable luz, y hasta en la tierra
cavar y hundirte, y sorprender la cuna
del oro y del cristal? Mente ambiciosa,
vuélvete al hombre». Ella volvió, y furiosa
lanzó su indignación en sus clamores.
«¡Conque el mundo moral todo es horrores!
¡Conque la atroz cadena
que forjó en su furor la tiranía,
de polo a polo inexorable suena,
y los hombres condena
de la vil servidumbre a la agonía!
¡Oh!, no sea tal». Los déspotas lo oyeron,
y el cuchillo y el fuego a la defensa
en su diestra nefaria apercibieron.

¡Oh, insensatos! ¿Qué hacéis? Esas hogueras
que a devorarme horribles se presentan
y en arrancarme a la verdad porfían,
fanales son que a su esplendor me guían,
antorchas son que su victoria ostentan.
En su amor anhelante
mi corazón extático la adora,
mi espíritu la ve, mis pies la siguen.
No: ni el hierro ni el fuego amenazante
posible es ya que a vacilar me obliguen.
¿Soy dueño, por ventura,
de volver el pie atrás? Nunca las ondas
tornan del Tajo a su primera fuente
si una vez hacia el mar se arrebataron:
las sierras, los peñascos su camino
se cruzan a atajar; pero es en vano,
que el vencedor destino
las impele bramando al Oceano.

Llegó, pues, el gran día
en que un mortal divino, sacudiendo
de entre la mengua universal la frente,
con voz omnipotente
dijo a la faz del mundo: «El hombre es libre».
Y esta sagrada aclamación saliendo,
no en los estrechos límites hundida
se vio de una región: el eco grande
que inventó Guttemberg la alza en sus alas;
y en ellas conducida
se mira en un momento
salvar los montes, recorrer los mares,
ocupar la extensión del vago viento,
y sin que el trono o su furor la asombre,
por todas partes el valiente grito
sonar de la razón: «Libre es el hombre».

Libre, sí, libre: ¡oh dulce voz! Mi pecho
se dilata escuchándote y palpita,
y el numen que me agita,
de tu sagrada inspiración henchido,
a la región olímpica se eleva,
y en sus alas flamígeras me lleva.
¿Dónde quedáis, mortales
que mi canto escucháis? Desde esta cima
miro al destino las ferradas puertas
de su alcázar abrir, el denso velo
de los siglos romperse, y descubrirse
cuanto será. ¡Oh placer! No es ya la tierra
ese planeta mísero en que ardieron
la implacable ambición, la horrible guerra.

Ambas gimiendo para siempre huyeron
como la peste y las borrascas huyen
de la afligida zona que destruyen,
si los vientos del polo aparecieron.
Los hombres todos su igualdad sintieron,
y a recobrarla las valientes manos
al fin con fuerza indómita movieron.
No hay ya, ¡qué gloria!, esclavos ni tiranos;
que amor y paz el universo llenan,
amor y paz por dondequier respiran,
amor y paz sus ámbitos resuenan.
Y el Dios del bien sobre su trono de oro
el cetro eterno por los aires tiende;
y la serenidad y la alegría
al orbe que defiende
en raudales benéficos envía.

¿No la veis? ¿No la veis? ¿La gran coluna,
el magnífico y bello monumento
que a mi atónita vista centellea?
No son, no, las pirámides que al viento
levanta la miseria en la fortuna
del que renombre entre opresión granjea.
Ante él por siempre humea
el perdurable incienso
que grato el orbe a Guttemberg tributa,
breve homenaje a su favor inmenso.
¡Gloria a aquél que la estúpida violencia
de la fuerza aterró, sobre ella alzando
a la alma inteligencia!
¡Gloria al que, en triunfo la verdad llevando,
su influjo eternizó libre y fecundo!
¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!

737
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A La Invención De La Imprenta

¿Será que siempre la ambición sangrienta
o del solio el poder pronuncie sólo,
cuando la trompa de la fama alienta
vuestro divino labio, hijos de Apolo?
¿No os da rubor? El don de la alabanza,
la hermosa luz de la brillante gloria,
¿serán tal vez del nombre a quien daría
eterno oprobio o maldición la historia?
¡Oh! Despertad: el humillado acento
con majestad no usada
suba a las nubes penetrando el viento
y si queréis que el universo os crea
dignos del lauro en que ceñís la frente,
que vuestro canto enérgico y valiente
digno también del universo sea.

No los aromas del loor se vieron
vilmente degradados
así en la Antigüedad: siempre las aras
de la invención sublime.
del Genio bienhechor los recibieron.
Nace Saturno, y de la madre tierra
el seno abriendo con el fuerte arado,
el precioso tesoro
de vivífica mies descubre al suelo,
y grato el canto le remonta al cielo,
y Dios le nombra de los siglos de oro.
¿Dios no fuiste también tú, que allá un
día
cuerpo a la voz y al pensamiento diste,
y trazándola en letras detuviste
la palabra veloz que antes huía?

Sin ti se devoraban
los siglos a los siglos, y a la tumba
de un olvido eternal yertos bajaban.
Tú fuiste: el pensamiento
miró ensanchar la limitada esfera
que en su infancia fatal le contenía.
Tendió las alas, y arribó a la altura
de do escuchar la edad que antes viviera,
y hablar ya pudo con la edad futura.
¡Oh, gloriosa ventura!
Goza, Genio inmortal, goza tú solo
del himno de alabanza y los honores
que a tu invención magnífica se deben:
contémplala brillar; y cual si sola
a ostentar su poder ella bastara,
por tanto tiempo reposar Natura
de igual prodigio al universo avara.

Pero al fin sacudiéndose, otra prueba
la plugo, hacer de sí, y el Rin helado
nacer vio a Guttemberg. «¿Conque es en vano
que el hombre al pensamiento
alcanzase escribiéndole a dar vida,
si desnudo de curso y movimiento
en letargosa oscuridad se olvida?
No basta un vaso a contener las olas
del férvido Oceano,
ni en sólo un libro dilatarse pueden
los grandes dones del ingenio humano.
¿Qué les falta? ¿Volar? Pues si a Natura
un tipo basta a producir sin cuento
seres iguales, mi invención la siga:
que en ecos mil y mil sienta doblarse
una misma verdad, y que consiga
las alas de la luz al desplegarse».

Dijo, y la imprenta fue; y en un momento
vieras la Europa atónita, agitada
con el estruendo sordo y formidable
que hace sañudo el viento
soplando el fuego asolador que encierra
en sus cavernas lóbregas la tierra.
¡Ay del alcázar que al error fundaron
la estúpida ignorancia y tiranía!
El volcán reventó, y a su porfía
los soberbios cimientos vacilaron.
¿Qué es del monstruo, decid, inmundo y feo
que abortó el dios del mal, y que insolente
sobre el despedazado Capitolio
a devorar el mundo impunemente
osó fundar su abominable solio?

Dura, sí; mas su inmenso poderío
desplomándose va; pero su ruina
mostrará largamente sus estragos.
Así torre fortísima domina
la altiva cima de fragosa sierra;
su albergue en ella y su defensa hicieron
los hijos de la guerra,
y en ella su pujanza arrebatada
rugiendo los ejércitos rompieron.
Después abandonada,
y del silencio y soledad sitiada,
conserva, aunque ruinosa, todavía
la aterradora faz que antes tenía.
Mas llega el tiempo, y la estremece, y cae;
cae, los campos gimen
con los rotos escombros, y entretanto
es escarnio y baldón de la comarca
la que antes fue su escándalo y espanto.

Tal fue el lauro primero que las sienes
ornó de la razón, mientras osada,
sedienta de saber la inteligencia,
abarca el universo en su gran vuelo.
Levántase Copérnico hasta el cielo,
que un velo impenetrable antes cubría,
y allí contempla el eternal reposo
del astro luminoso
que da a torrentes su esplendor al día.
Siente bajo su planta Galileo
nuestro globo rodar; la Italia ciega
le da por premio un calabozo impío,
y el globo en tanto sin cesar navega
por el piélago inmenso del vacío.
Y navegan con él impetüosos,
a modo de relámpagos huyendo,
los astros rutilantes; más lanzado
veloz el genio de Newton tras ellos,
los sigue, los alcanza,
y a regular se atreve
el grande impulso que sus orbes mueve.

«¡Ah! ¿Qué te sirve conquistar los cielos,
hallar la ley en que sin fin se agitan
la atmósfera y el mar, partir los rayos
de la impalpable luz, y hasta en la tierra
cavar y hundirte, y sorprender la cuna
del oro y del cristal? Mente ambiciosa,
vuélvete al hombre». Ella volvió, y furiosa
lanzó su indignación en sus clamores.
«¡Conque el mundo moral todo es horrores!
¡Conque la atroz cadena
que forjó en su furor la tiranía,
de polo a polo inexorable suena,
y los hombres condena
de la vil servidumbre a la agonía!
¡Oh!, no sea tal». Los déspotas lo oyeron,
y el cuchillo y el fuego a la defensa
en su diestra nefaria apercibieron.

¡Oh, insensatos! ¿Qué hacéis? Esas hogueras
que a devorarme horribles se presentan
y en arrancarme a la verdad porfían,
fanales son que a su esplendor me guían,
antorchas son que su victoria ostentan.
En su amor anhelante
mi corazón extático la adora,
mi espíritu la ve, mis pies la siguen.
No: ni el hierro ni el fuego amenazante
posible es ya que a vacilar me obliguen.
¿Soy dueño, por ventura,
de volver el pie atrás? Nunca las ondas
tornan del Tajo a su primera fuente
si una vez hacia el mar se arrebataron:
las sierras, los peñascos su camino
se cruzan a atajar; pero es en vano,
que el vencedor destino
las impele bramando al Oceano.

Llegó, pues, el gran día
en que un mortal divino, sacudiendo
de entre la mengua universal la frente,
con voz omnipotente
dijo a la faz del mundo: «El hombre es libre».
Y esta sagrada aclamación saliendo,
no en los estrechos límites hundida
se vio de una región: el eco grande
que inventó Guttemberg la alza en sus alas;
y en ellas conducida
se mira en un momento
salvar los montes, recorrer los mares,
ocupar la extensión del vago viento,
y sin que el trono o su furor la asombre,
por todas partes el valiente grito
sonar de la razón: «Libre es el hombre».

Libre, sí, libre: ¡oh dulce voz! Mi pecho
se dilata escuchándote y palpita,
y el numen que me agita,
de tu sagrada inspiración henchido,
a la región olímpica se eleva,
y en sus alas flamígeras me lleva.
¿Dónde quedáis, mortales
que mi canto escucháis? Desde esta cima
miro al destino las ferradas puertas
de su alcázar abrir, el denso velo
de los siglos romperse, y descubrirse
cuanto será. ¡Oh placer! No es ya la tierra
ese planeta mísero en que ardieron
la implacable ambición, la horrible guerra.

Ambas gimiendo para siempre huyeron
como la peste y las borrascas huyen
de la afligida zona que destruyen,
si los vientos del polo aparecieron.
Los hombres todos su igualdad sintieron,
y a recobrarla las valientes manos
al fin con fuerza indómita movieron.
No hay ya, ¡qué gloria!, esclavos ni tiranos;
que amor y paz el universo llenan,
amor y paz por dondequier respiran,
amor y paz sus ámbitos resuenan.
Y el Dios del bien sobre su trono de oro
el cetro eterno por los aires tiende;
y la serenidad y la alegría
al orbe que defiende
en raudales benéficos envía.

¿No la veis? ¿No la veis? ¿La gran coluna,
el magnífico y bello monumento
que a mi atónita vista centellea?
No son, no, las pirámides que al viento
levanta la miseria en la fortuna
del que renombre entre opresión granjea.
Ante él por siempre humea
el perdurable incienso
que grato el orbe a Guttemberg tributa,
breve homenaje a su favor inmenso.
¡Gloria a aquél que la estúpida violencia
de la fuerza aterró, sobre ella alzando
a la alma inteligencia!
¡Gloria al que, en triunfo la verdad llevando,
su influjo eternizó libre y fecundo!
¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!

737
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A La Invención De La Imprenta

¿Será que siempre la ambición sangrienta
o del solio el poder pronuncie sólo,
cuando la trompa de la fama alienta
vuestro divino labio, hijos de Apolo?
¿No os da rubor? El don de la alabanza,
la hermosa luz de la brillante gloria,
¿serán tal vez del nombre a quien daría
eterno oprobio o maldición la historia?
¡Oh! Despertad: el humillado acento
con majestad no usada
suba a las nubes penetrando el viento
y si queréis que el universo os crea
dignos del lauro en que ceñís la frente,
que vuestro canto enérgico y valiente
digno también del universo sea.

No los aromas del loor se vieron
vilmente degradados
así en la Antigüedad: siempre las aras
de la invención sublime.
del Genio bienhechor los recibieron.
Nace Saturno, y de la madre tierra
el seno abriendo con el fuerte arado,
el precioso tesoro
de vivífica mies descubre al suelo,
y grato el canto le remonta al cielo,
y Dios le nombra de los siglos de oro.
¿Dios no fuiste también tú, que allá un
día
cuerpo a la voz y al pensamiento diste,
y trazándola en letras detuviste
la palabra veloz que antes huía?

Sin ti se devoraban
los siglos a los siglos, y a la tumba
de un olvido eternal yertos bajaban.
Tú fuiste: el pensamiento
miró ensanchar la limitada esfera
que en su infancia fatal le contenía.
Tendió las alas, y arribó a la altura
de do escuchar la edad que antes viviera,
y hablar ya pudo con la edad futura.
¡Oh, gloriosa ventura!
Goza, Genio inmortal, goza tú solo
del himno de alabanza y los honores
que a tu invención magnífica se deben:
contémplala brillar; y cual si sola
a ostentar su poder ella bastara,
por tanto tiempo reposar Natura
de igual prodigio al universo avara.

Pero al fin sacudiéndose, otra prueba
la plugo, hacer de sí, y el Rin helado
nacer vio a Guttemberg. «¿Conque es en vano
que el hombre al pensamiento
alcanzase escribiéndole a dar vida,
si desnudo de curso y movimiento
en letargosa oscuridad se olvida?
No basta un vaso a contener las olas
del férvido Oceano,
ni en sólo un libro dilatarse pueden
los grandes dones del ingenio humano.
¿Qué les falta? ¿Volar? Pues si a Natura
un tipo basta a producir sin cuento
seres iguales, mi invención la siga:
que en ecos mil y mil sienta doblarse
una misma verdad, y que consiga
las alas de la luz al desplegarse».

Dijo, y la imprenta fue; y en un momento
vieras la Europa atónita, agitada
con el estruendo sordo y formidable
que hace sañudo el viento
soplando el fuego asolador que encierra
en sus cavernas lóbregas la tierra.
¡Ay del alcázar que al error fundaron
la estúpida ignorancia y tiranía!
El volcán reventó, y a su porfía
los soberbios cimientos vacilaron.
¿Qué es del monstruo, decid, inmundo y feo
que abortó el dios del mal, y que insolente
sobre el despedazado Capitolio
a devorar el mundo impunemente
osó fundar su abominable solio?

Dura, sí; mas su inmenso poderío
desplomándose va; pero su ruina
mostrará largamente sus estragos.
Así torre fortísima domina
la altiva cima de fragosa sierra;
su albergue en ella y su defensa hicieron
los hijos de la guerra,
y en ella su pujanza arrebatada
rugiendo los ejércitos rompieron.
Después abandonada,
y del silencio y soledad sitiada,
conserva, aunque ruinosa, todavía
la aterradora faz que antes tenía.
Mas llega el tiempo, y la estremece, y cae;
cae, los campos gimen
con los rotos escombros, y entretanto
es escarnio y baldón de la comarca
la que antes fue su escándalo y espanto.

Tal fue el lauro primero que las sienes
ornó de la razón, mientras osada,
sedienta de saber la inteligencia,
abarca el universo en su gran vuelo.
Levántase Copérnico hasta el cielo,
que un velo impenetrable antes cubría,
y allí contempla el eternal reposo
del astro luminoso
que da a torrentes su esplendor al día.
Siente bajo su planta Galileo
nuestro globo rodar; la Italia ciega
le da por premio un calabozo impío,
y el globo en tanto sin cesar navega
por el piélago inmenso del vacío.
Y navegan con él impetüosos,
a modo de relámpagos huyendo,
los astros rutilantes; más lanzado
veloz el genio de Newton tras ellos,
los sigue, los alcanza,
y a regular se atreve
el grande impulso que sus orbes mueve.

«¡Ah! ¿Qué te sirve conquistar los cielos,
hallar la ley en que sin fin se agitan
la atmósfera y el mar, partir los rayos
de la impalpable luz, y hasta en la tierra
cavar y hundirte, y sorprender la cuna
del oro y del cristal? Mente ambiciosa,
vuélvete al hombre». Ella volvió, y furiosa
lanzó su indignación en sus clamores.
«¡Conque el mundo moral todo es horrores!
¡Conque la atroz cadena
que forjó en su furor la tiranía,
de polo a polo inexorable suena,
y los hombres condena
de la vil servidumbre a la agonía!
¡Oh!, no sea tal». Los déspotas lo oyeron,
y el cuchillo y el fuego a la defensa
en su diestra nefaria apercibieron.

¡Oh, insensatos! ¿Qué hacéis? Esas hogueras
que a devorarme horribles se presentan
y en arrancarme a la verdad porfían,
fanales son que a su esplendor me guían,
antorchas son que su victoria ostentan.
En su amor anhelante
mi corazón extático la adora,
mi espíritu la ve, mis pies la siguen.
No: ni el hierro ni el fuego amenazante
posible es ya que a vacilar me obliguen.
¿Soy dueño, por ventura,
de volver el pie atrás? Nunca las ondas
tornan del Tajo a su primera fuente
si una vez hacia el mar se arrebataron:
las sierras, los peñascos su camino
se cruzan a atajar; pero es en vano,
que el vencedor destino
las impele bramando al Oceano.

Llegó, pues, el gran día
en que un mortal divino, sacudiendo
de entre la mengua universal la frente,
con voz omnipotente
dijo a la faz del mundo: «El hombre es libre».
Y esta sagrada aclamación saliendo,
no en los estrechos límites hundida
se vio de una región: el eco grande
que inventó Guttemberg la alza en sus alas;
y en ellas conducida
se mira en un momento
salvar los montes, recorrer los mares,
ocupar la extensión del vago viento,
y sin que el trono o su furor la asombre,
por todas partes el valiente grito
sonar de la razón: «Libre es el hombre».

Libre, sí, libre: ¡oh dulce voz! Mi pecho
se dilata escuchándote y palpita,
y el numen que me agita,
de tu sagrada inspiración henchido,
a la región olímpica se eleva,
y en sus alas flamígeras me lleva.
¿Dónde quedáis, mortales
que mi canto escucháis? Desde esta cima
miro al destino las ferradas puertas
de su alcázar abrir, el denso velo
de los siglos romperse, y descubrirse
cuanto será. ¡Oh placer! No es ya la tierra
ese planeta mísero en que ardieron
la implacable ambición, la horrible guerra.

Ambas gimiendo para siempre huyeron
como la peste y las borrascas huyen
de la afligida zona que destruyen,
si los vientos del polo aparecieron.
Los hombres todos su igualdad sintieron,
y a recobrarla las valientes manos
al fin con fuerza indómita movieron.
No hay ya, ¡qué gloria!, esclavos ni tiranos;
que amor y paz el universo llenan,
amor y paz por dondequier respiran,
amor y paz sus ámbitos resuenan.
Y el Dios del bien sobre su trono de oro
el cetro eterno por los aires tiende;
y la serenidad y la alegría
al orbe que defiende
en raudales benéficos envía.

¿No la veis? ¿No la veis? ¿La gran coluna,
el magnífico y bello monumento
que a mi atónita vista centellea?
No son, no, las pirámides que al viento
levanta la miseria en la fortuna
del que renombre entre opresión granjea.
Ante él por siempre humea
el perdurable incienso
que grato el orbe a Guttemberg tributa,
breve homenaje a su favor inmenso.
¡Gloria a aquél que la estúpida violencia
de la fuerza aterró, sobre ella alzando
a la alma inteligencia!
¡Gloria al que, en triunfo la verdad llevando,
su influjo eternizó libre y fecundo!
¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!

737
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A Meléndez, Cuando La Publicación De Sus Poesías

¡Gloria al grande escritor a quien fue dado
Romper el sueño y vergonzoso olvido
En que yace sumido
El ingenio español; donde confusas,
Sin voz y sin aliento,
Se hunden y pierden las sagradas musas.

Alto silencio en la olvidada España
Por todas partes extendió su manto,
Cuando tu hermoso canto
Resonando, ¡oh Meléndez! de repente,
De orgullo y gozo llena,
Se vio a tu patria levantar la frente.

Tal en la noche de los siglos densas
Crecer las nieblas de ignorancia viendo
Natura, y sacudiendo
El ocio letargoso en que yacía,
Dijo: «Que Homero sea;»
Y Homero nace, y resplandece el día.

Bellos como la luz, tersos y puros,
Bien como el fondo del etéreo cielo,
Gratos aún más que el vuelo
Del céfiro sonante en el estío,
Cuando las hojas mueve,
Y templa el rayo en delicioso frío;

Tus armoniosos versos a raudales
Del manantial fecundo se arrebatan,
Do fieles se retratan
Las flores y los árboles del suelo,
Las sierras enriscadas,
Las bóvedas espléndidas del cielo.

¡Cisnes del Pindo! Amable Anacreonte.
Tú, que de estro y amor mientras vivías,
Mísera Safo, ardías;
Y tú, divino Píndaro, que elevas
En tu atrevido acento
Con tu nombre clarísimo el de Tebas;

Volad hacia las playas de occidente
Desde la cumbre de Helicón divino,
Y ved el gran destino
Con que se ensoberbece el suelo iberio
Mirando en su poeta
Vuestra alta gloria y vuestro dulce imperio.

Ornan las gracias su celeste lira
Cuando el canto de amor en ella suena
Y apacible y serena
La belleza en sus versos vencedores
Se goza retratada,
De rayos coronada y resplandores.

Seguidle luego a los amenos campos,
A la abundosa y apacible vega
Que el claro Tormes riega;
Y al escuchar su pastoral acento,
Ved florecer las rosas,
Reír el prado, embebecerse el viento.

Mas ¿do su musa rápida se esconde?
¿Dónde se eleva? A su ambicioso pecho
El orbe vino estrecho,
Y al éter se encumbró; gozosa mira
Bajo de sí las nubes,
Y al campo inmenso del espacio gira.

¡Vosotros solos, númenes del canto,
Le seguiréis! Desde el fanal de Apolo
Al rutilante polo
Todo lo abarca en su inmortal porfía,
Y de fulgor se llena,
Y torrentes de lumbre al mundo envía.

A esta pompa magnífica, a los ecos
De aplauso universal que resonaron,
Sus cuellos agitaron
Las sierpes de la envidia, y de su seno
Ya a lanzar se aprestaban
Con torpe lengua el infernal veneno;

Cuando un genio gritó: «¡Monstruos odiosos!
¿Qué sois, decid, para alcanzar victoria
De tan hermosa gloria?
Sabed que nunca de la niebla umbría
El insensato orgullo
Vencer presume en claridad al día.

»Admirad y callad», dijo. La envidia
Viose aterrada, y su furor fue vano;
Y el genio abrió su mano,
Y el lauro descendiendo omnipotente,
Al inmortal poeta
Cercó de rayos la gozosa frente.
435
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A La Paz Entre España Y Francia En 1795

Dos lustros ya de plácido sosiego
Sobre el regazo de la paz hermosa
Gozado el mundo había;
Y adormecido el fuego
De la discordia atroz, la espada ociosa
Entre el polvo y orín se consumía.
Nada turbó las cándidas auroras
De tan dulce quietud; logró en su asilo
El labrador tranquilo
Ver coronadas de su afán las horas.

Más sangre y fuego respirando viene
Con violento ademán Mavorte fiero,
Y a la cumbre escarpada
De la antigua Pirene
Sube ardiendo en furor; cruje el acero,
De su carro espantoso, y empuñada
La mortífera lanza que blandea,
Mueve sañudo la execrable frente,
Y en su rabia impaciente
Cebarse en llanto y mortandad desea.

Tronó su voz; al escucharla entonces
El suelo en luto y en pavor gemía
Destrozado, oprimido
Con los enormes bronces,
Vio la flor de la Hesperia que corría
De la bélica trompa al gran sonido.
¡Míseros! id donde el honor os lleva,
Ardiendo en ansia de funesta gloria;
Volad a la victoria,
Y haced de vuestro aliento heroica prueba

¿Qué lograréis? El monstruo abominable
De vuestra insana ceguedad riendo,
Da la señal; ya sube
Del cañón formidable,
Al cielo vuestros crímenes diciendo,
De fuego y humo la ondeante nube.
Retumba el aire, y pavoroso esconde
Los gritos, el terror, el triste estrago;
El amago al amago,
La cólera a la cólera responde,

Muerte horrible a la muerte. Así espantoso
Bate las altas cimas de Apenino
El Aquilón sañudo;
A su ímpetu fragoso
El cedro añoso y el soberbio pino,
Sin encontrar a su defensa escudo,
Caen; y el hondo valle estremeciendo,
Por los ecos alígeros llevado,
Asorda dilatado
De caverna en caverna el ronco estruendo.

Y en medio de la lucha fulminante
Es el furor tan bárbaro y tan ciego,
Que ni la tierna esposa
Ni la afligida amante
Templar podrán de la contienda el fuego
Con su memoria tierna y dolorosa.
Todo cae, agoniza; ¡hombres crueles!
Y acaso aspiran a dorar su estrago
Con el falaz halago
Del carro triunfador y sus laureles.

Mas no; junto a la rueda sanguinaria
Van la viudez y la orfandad que lloran.
Monarcas de la tierra,
¿La mísera plegaria
No escucháis de los pueblos que os imploran?
Poned, poned un término a la guerra;
Y si el rayo, el relámpago y el trueno
Vuestro poder mostraron a porfía,
Ya es bien que luzca un día,
Debido a vuestra unión, dulce y sereno.

Le dais por fin; a vuestra voz levanta
En el aire la paz de su alma oliva
La bienhechora rama.
¿No veis cuál se adelanta
A aplaudiros la tierra, y cuán festiva
Bendice vuestro nombre y os aclama?
¡Salud, divina paz! Eterna amiga
De la vida y del bien, ven, y en contento
Convierte el desaliento,
Y en sosiego apacible la fatiga.

Ven, y que la amistad, que la preciada
Virtud prodiguen sus inmensos bienes:
En esto ¡oh Diosa! emplea
Tu protección sagrada.
Tú fecundas el mundo y le sostienes,
Tú le das ornamento y se hermosea;
Bajo la sombra de tu augusto velo
Las artes viven en concierto amigo,
Y seguro contigo,
El Genio extiende su brillante vuelo.

A ti en los templos el incienso humea,
A ti las musas su divino acento
Sonoramente envían;
Y en cuanto el mar rodea,
En cuanto ilustra el sol y gira el viento,
De ti sola su bien los pueblos fían.
¡Ah! Maldición eterna al inhumano
Que, profanando la quietud del suelo,
Muestre en bárbaro anhelo
Ardiendo el hierro en su homicida mano!

¡Maldición, maldición! Corren veloces
Los ríos a la mar; nosotros ciegos
Al crimen y a la muerte
Nos llevamos feroces,
Sin atender a los humildes ruegos
De la virtud, sin escuchar la fuerte
Lección del tiempo, que incesante clama.
¡Triste destino! El hombre fascinado
Va siempre al carro atado
De la ambición frenética que brama.

Pues si negado a tantos escarmientos,
Siempre ha de ser que el universo gima
En guerra y en crueldades,
Dejad vuestros asientos,
¡Oh montes! y cayéndonos encima,
Feneced de una vez tantas maldades.
Irrita ¡oh ponto! tus voraces ondas.
Hasta que, sepultado el ancho mundo
En tu abismo profundo,
Por siempre en él nuestra impiedad escondas.
443
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A La Paz Entre España Y Francia En 1795

Dos lustros ya de plácido sosiego
Sobre el regazo de la paz hermosa
Gozado el mundo había;
Y adormecido el fuego
De la discordia atroz, la espada ociosa
Entre el polvo y orín se consumía.
Nada turbó las cándidas auroras
De tan dulce quietud; logró en su asilo
El labrador tranquilo
Ver coronadas de su afán las horas.

Más sangre y fuego respirando viene
Con violento ademán Mavorte fiero,
Y a la cumbre escarpada
De la antigua Pirene
Sube ardiendo en furor; cruje el acero,
De su carro espantoso, y empuñada
La mortífera lanza que blandea,
Mueve sañudo la execrable frente,
Y en su rabia impaciente
Cebarse en llanto y mortandad desea.

Tronó su voz; al escucharla entonces
El suelo en luto y en pavor gemía
Destrozado, oprimido
Con los enormes bronces,
Vio la flor de la Hesperia que corría
De la bélica trompa al gran sonido.
¡Míseros! id donde el honor os lleva,
Ardiendo en ansia de funesta gloria;
Volad a la victoria,
Y haced de vuestro aliento heroica prueba

¿Qué lograréis? El monstruo abominable
De vuestra insana ceguedad riendo,
Da la señal; ya sube
Del cañón formidable,
Al cielo vuestros crímenes diciendo,
De fuego y humo la ondeante nube.
Retumba el aire, y pavoroso esconde
Los gritos, el terror, el triste estrago;
El amago al amago,
La cólera a la cólera responde,

Muerte horrible a la muerte. Así espantoso
Bate las altas cimas de Apenino
El Aquilón sañudo;
A su ímpetu fragoso
El cedro añoso y el soberbio pino,
Sin encontrar a su defensa escudo,
Caen; y el hondo valle estremeciendo,
Por los ecos alígeros llevado,
Asorda dilatado
De caverna en caverna el ronco estruendo.

Y en medio de la lucha fulminante
Es el furor tan bárbaro y tan ciego,
Que ni la tierna esposa
Ni la afligida amante
Templar podrán de la contienda el fuego
Con su memoria tierna y dolorosa.
Todo cae, agoniza; ¡hombres crueles!
Y acaso aspiran a dorar su estrago
Con el falaz halago
Del carro triunfador y sus laureles.

Mas no; junto a la rueda sanguinaria
Van la viudez y la orfandad que lloran.
Monarcas de la tierra,
¿La mísera plegaria
No escucháis de los pueblos que os imploran?
Poned, poned un término a la guerra;
Y si el rayo, el relámpago y el trueno
Vuestro poder mostraron a porfía,
Ya es bien que luzca un día,
Debido a vuestra unión, dulce y sereno.

Le dais por fin; a vuestra voz levanta
En el aire la paz de su alma oliva
La bienhechora rama.
¿No veis cuál se adelanta
A aplaudiros la tierra, y cuán festiva
Bendice vuestro nombre y os aclama?
¡Salud, divina paz! Eterna amiga
De la vida y del bien, ven, y en contento
Convierte el desaliento,
Y en sosiego apacible la fatiga.

Ven, y que la amistad, que la preciada
Virtud prodiguen sus inmensos bienes:
En esto ¡oh Diosa! emplea
Tu protección sagrada.
Tú fecundas el mundo y le sostienes,
Tú le das ornamento y se hermosea;
Bajo la sombra de tu augusto velo
Las artes viven en concierto amigo,
Y seguro contigo,
El Genio extiende su brillante vuelo.

A ti en los templos el incienso humea,
A ti las musas su divino acento
Sonoramente envían;
Y en cuanto el mar rodea,
En cuanto ilustra el sol y gira el viento,
De ti sola su bien los pueblos fían.
¡Ah! Maldición eterna al inhumano
Que, profanando la quietud del suelo,
Muestre en bárbaro anhelo
Ardiendo el hierro en su homicida mano!

¡Maldición, maldición! Corren veloces
Los ríos a la mar; nosotros ciegos
Al crimen y a la muerte
Nos llevamos feroces,
Sin atender a los humildes ruegos
De la virtud, sin escuchar la fuerte
Lección del tiempo, que incesante clama.
¡Triste destino! El hombre fascinado
Va siempre al carro atado
De la ambición frenética que brama.

Pues si negado a tantos escarmientos,
Siempre ha de ser que el universo gima
En guerra y en crueldades,
Dejad vuestros asientos,
¡Oh montes! y cayéndonos encima,
Feneced de una vez tantas maldades.
Irrita ¡oh ponto! tus voraces ondas.
Hasta que, sepultado el ancho mundo
En tu abismo profundo,
Por siempre en él nuestra impiedad escondas.
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Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A La Paz Entre España Y Francia En 1795

Dos lustros ya de plácido sosiego
Sobre el regazo de la paz hermosa
Gozado el mundo había;
Y adormecido el fuego
De la discordia atroz, la espada ociosa
Entre el polvo y orín se consumía.
Nada turbó las cándidas auroras
De tan dulce quietud; logró en su asilo
El labrador tranquilo
Ver coronadas de su afán las horas.

Más sangre y fuego respirando viene
Con violento ademán Mavorte fiero,
Y a la cumbre escarpada
De la antigua Pirene
Sube ardiendo en furor; cruje el acero,
De su carro espantoso, y empuñada
La mortífera lanza que blandea,
Mueve sañudo la execrable frente,
Y en su rabia impaciente
Cebarse en llanto y mortandad desea.

Tronó su voz; al escucharla entonces
El suelo en luto y en pavor gemía
Destrozado, oprimido
Con los enormes bronces,
Vio la flor de la Hesperia que corría
De la bélica trompa al gran sonido.
¡Míseros! id donde el honor os lleva,
Ardiendo en ansia de funesta gloria;
Volad a la victoria,
Y haced de vuestro aliento heroica prueba

¿Qué lograréis? El monstruo abominable
De vuestra insana ceguedad riendo,
Da la señal; ya sube
Del cañón formidable,
Al cielo vuestros crímenes diciendo,
De fuego y humo la ondeante nube.
Retumba el aire, y pavoroso esconde
Los gritos, el terror, el triste estrago;
El amago al amago,
La cólera a la cólera responde,

Muerte horrible a la muerte. Así espantoso
Bate las altas cimas de Apenino
El Aquilón sañudo;
A su ímpetu fragoso
El cedro añoso y el soberbio pino,
Sin encontrar a su defensa escudo,
Caen; y el hondo valle estremeciendo,
Por los ecos alígeros llevado,
Asorda dilatado
De caverna en caverna el ronco estruendo.

Y en medio de la lucha fulminante
Es el furor tan bárbaro y tan ciego,
Que ni la tierna esposa
Ni la afligida amante
Templar podrán de la contienda el fuego
Con su memoria tierna y dolorosa.
Todo cae, agoniza; ¡hombres crueles!
Y acaso aspiran a dorar su estrago
Con el falaz halago
Del carro triunfador y sus laureles.

Mas no; junto a la rueda sanguinaria
Van la viudez y la orfandad que lloran.
Monarcas de la tierra,
¿La mísera plegaria
No escucháis de los pueblos que os imploran?
Poned, poned un término a la guerra;
Y si el rayo, el relámpago y el trueno
Vuestro poder mostraron a porfía,
Ya es bien que luzca un día,
Debido a vuestra unión, dulce y sereno.

Le dais por fin; a vuestra voz levanta
En el aire la paz de su alma oliva
La bienhechora rama.
¿No veis cuál se adelanta
A aplaudiros la tierra, y cuán festiva
Bendice vuestro nombre y os aclama?
¡Salud, divina paz! Eterna amiga
De la vida y del bien, ven, y en contento
Convierte el desaliento,
Y en sosiego apacible la fatiga.

Ven, y que la amistad, que la preciada
Virtud prodiguen sus inmensos bienes:
En esto ¡oh Diosa! emplea
Tu protección sagrada.
Tú fecundas el mundo y le sostienes,
Tú le das ornamento y se hermosea;
Bajo la sombra de tu augusto velo
Las artes viven en concierto amigo,
Y seguro contigo,
El Genio extiende su brillante vuelo.

A ti en los templos el incienso humea,
A ti las musas su divino acento
Sonoramente envían;
Y en cuanto el mar rodea,
En cuanto ilustra el sol y gira el viento,
De ti sola su bien los pueblos fían.
¡Ah! Maldición eterna al inhumano
Que, profanando la quietud del suelo,
Muestre en bárbaro anhelo
Ardiendo el hierro en su homicida mano!

¡Maldición, maldición! Corren veloces
Los ríos a la mar; nosotros ciegos
Al crimen y a la muerte
Nos llevamos feroces,
Sin atender a los humildes ruegos
De la virtud, sin escuchar la fuerte
Lección del tiempo, que incesante clama.
¡Triste destino! El hombre fascinado
Va siempre al carro atado
De la ambición frenética que brama.

Pues si negado a tantos escarmientos,
Siempre ha de ser que el universo gima
En guerra y en crueldades,
Dejad vuestros asientos,
¡Oh montes! y cayéndonos encima,
Feneced de una vez tantas maldades.
Irrita ¡oh ponto! tus voraces ondas.
Hasta que, sepultado el ancho mundo
En tu abismo profundo,
Por siempre en él nuestra impiedad escondas.
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Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A Don Gaspar De Jovellanos, Cuando Se Le Encargó El Ministerio De Gracia Y Justicia

¿Pudo lucir el suspirado día
Que con sus votos la virtud llamaba,
Y la esperanza florecer que apenas
El sueño en sus halagos le pintaba?
Pudo: a este tiempo en repetido aplauso
Miro el viento batir, en dulces himnos
Los ecos resonar, y por do quiera,
De labio en labio sin cesar llevado,
El nombre de Jovino henchir la esfera.

¡Bien haya veces mil aquel momento
En que a las manos del saber se entregan
Las riendas del poder! En él cifrada
Su ventura ve el orbe; en ti, Jovino,
La suya ve tu patria. Ella anhelante,
Ya en el horror del precipicio puesta,
Auxilio implora y tu robusta mano
Que sólo tú de sus profundos males
El abismo sondar, dar a sus llagas
El poderoso bálsamo, y en rayos
De luz clara y vivífica pudieras
Inundarla por fin. ¡Oh! Presto sea,
Presto se cumpla la esperanza mía;
La nube ahuyenta del error, con ella
Huirán al punto las funestas plagas
Que nuestra dicha en su insolencia ahogaron.
Y a ti sólo debida esta victoria,
Mi vista, ansiosa de tu honor, te vea
Brillar al fin con tan inmensa gloria.

Victoria más espléndida y más pura
Que las que en campos de pavor cubiertos
Consagra a Marte la fiereza humana;
No, empero, menos ardua revestida
De mil formas y mil tiende su vuelo
Rastren la ignorancia, y con sus alas
Cuanto toca consume; así en los campos
Que baña con sus ondas Guadiana
Crece el insecto volador, y muerta
Lamenta Ceres su verdura ufana.
Ora insulta y desprecia: en su habla loca
Es ocioso el saber, frívolos sueños
Las obras del ingenio, al polvo iguales
Los altos pechos que Minerva inspira.
¡Bárbara presunción! Allá en el Nilo
Suele el tostado habitador dar voces,
Y al astro hermoso en que se inflama el día
Frenético insultar: la injuria vana
Huye a perderse en la anchurosa esfera.
Y Febo en tanto derramando lumbre
Sigue en silencio su inmortal carrera.
Ora feroz a la indolencia usada
Se niega, y de murallas espantosas
Cerca y ataja los senderos todos
Por do a la humana perfección se arriba.

De allí, alzando el cuchillo, armada en muerto,
Cuantos su imperio detestable esquivan,
Tantos amaga. ¡Ay del cuitado que osa.
De generoso ardor el pecho henchido,
Sus nieblas disipar, buscar la lumbre,
Y a la cumbre trepar Víctima entonces
De su ciego furor... Pero primero
Del cielo y de la tierra se vería
Suspenso el curso, y de las cosas todas
El lazo universal roto y deshecho,
Que la insolente estupidez su triunfo
Logre completo, y que sus impías manos
La sacra antorcha a la razón extingan.
¿Quién dio a la tempestad el loco orgullo
De sobrar a la luz? Tú, gran Jovino,
Insta, combate, vence. El monstruo horrible
Bramando espire; que reinar se vena
Benéficas las letras; que amparadas
De su inviolable independencia sean.

Ellas fueron tu amor, ellas tu encanto
Siempre serán ¡O bienhadado y digno
De envidia el que en su albergue solitario
Las fuentes del saber tranquilo apura!
Felices en su afán vuelan las horas
Ya la lectura le embelesa, y lleno
De admiración, los altos monumentos
De la estudiosa antigüedad medita,
Y a sus genios se hermana, ecos grandiosos
Por do la serie de la ciencia humana
Se dilata a los siglos. Ya llevando
Al hermoso espectáculo que ostenta
Natura, su atención, busca sus leyes,
Sus misterios indaga, en su belleza
Atónito se arroba, y desde un punto
Se hace inmenso como ella. Ora a los hombres
La vista paternal vuelve, y llorando,
Exento del error, ve sus errores,
Y los señala y los combate, y libre
Muestra la senda en que a placer se lleven
De la mundana actividad las ruedas:
Tal vez sueña, y soñando en su delirio,
Nuevos mundos se finge, y de virtudes
Y de ventura celestial los llena.
¿Quién no envidia su error? Llora y suspira
En la dulce ilusión que le enajena,
Y del orbe en el bien el suyo mira.

Siquiera allí de la servil codicia,
de la ambición frenética no tiembla
La eterna agitación: a fuer de vientos
Que en partes mil el horizonte rompen,
Y furiosos batiéndose, a su impulso
La fiel serenidad huye turbada;
Tal en el centro del poder se acosan
La doblez, la maldad, los vicios viles,
Que en mentido disfraz vagan tras ellas,
Y en su mísero vértigo sepultan
De la virtud las esperanzas bellas.
¡Ay! Que tal vez al formidable peso
Rebelde el hombro, y de luchar cansado
Con la depravación, los tristes ojos,
Jovino, volverás a aquellos días
De tu apacible soledad testigos;
Los volverás llorando; el desaliento
Su amarga hiel derramará en tus venas,
Maldiciendo afligido aquel momento
Que te arrancó a tu albergue, do tranquilo
La virtud, la verdad fueron tu asilo.

¿Y el ejemplo del bien que debe al mundo
Todo gran corazón? Y la alta gloria
De aterrar la maldad? Y los consuelos
De la opresa virtud? —Cuando lejana,
De hierro el cetro iniquidad violenta
Tienda a las veces, y afligido llore
El inocente en su opresión, tú entonces,
Tú serás su deidad. Antes venía,
Y con trémulo pie la aula pisaba,
La altiva majestad le confundía;
Demandaba justicia, y su semblante,
De incertidumbre tímida vestido,
Suspiraba un favor. Jovino ahora,
Jovino es quien atiende a sus querellas,
Quien enjuga sus lágrimas, quien tierno
También acaso le acompaña en ellas.
Lágrimas puras que, en placer bañada,
Derrama la virtud, ¡qué de consuelos
No dais al corazón! ¡Qué de pesares
No le quitáis! —¿Y el inmortal testigo,
El premio hermoso de los grandes hombres,
Alta posteridad, que ya te mira
Y tu nombre señala entre sus nombres?

¡Oh porvenir! ¡Oh juez incorruptible
Del hombre que vivió! ¡Cuál se amedrenta
De ti el profano pecho que ya un día
El bien miró, de indiferencia lleno,
Ni osó el cerco salvar que le ceñía!
Cuando la noche del sepulcro ostente
La nada ante sus pies, cuando ya el sueño
De su vida falaz se torne en humo,
¿Qué verá tras de sí? Mísero olvido
O excración eterna que a los tiempos
La memoria en su voz vuelve contino.
Aquel, empero, que de ardor divino
Tocado fue, que en incesante anhelo
Siempre ansió por el bien, y que en su mente,
A cuanto obró y pensó la faz terrible
Del tiempo que vendrá tuvo presente,
Ese vive inmortal; su excelso nombre
Colina el abismo de la tumba, y viva
Su gloria colosal queda en sus hechos;
Hechos que en ecos de alabanza suenan,
Que el campo inmenso del espacio ocupan,
Y el raudo giro de los siglos llenan.

Tiempo vendrá que en la dichosa Hesperia
Espaciando la vista alborozada,
Grite la admiración: «¿No es este el suelo
Que en otro tiempo a compasión movía?
Veinte siglos de error en él fundaron
El imperio del mal: en vano había
Pródigo el cielo de favor cubierto
Su seno en bienes mil, y codiciosa
La tierra por brotar, inagotables
Sus opimos tesoros ostentaba.
Su sed en vano innumerables ríos
Mitigaban regándola, y en vano
Bañara el mar su costa al occidente,
Al oriente y al sur. ¿Qué la servía
Un clima placidísimo y sereno
Que en vida, en fuerza y en placer la henchía?
Todo fue por demás: su manto triste
Tendió la asolación: yermos los campos,
Mustios los pueblos, indolente el hombre,
Sin conocer su estrago, sin aliento
Para salvarse de él, ruina y silencio
Cual de peste mortífera abrigaban.

»¿Quién fue el Dios que bastó de tantos
males
El torrente a atajar? Quién la carrera
Mudó a estas aguas, allanó los montes,
Los pantanos cegó? Cubren de Ceres
Y de Pomona los celestes dones
El suelo antes erial, que abrojos solos
Y zarzales inútiles llevaba.
Trocóse todo: por do quier la mano
Del hombre señalada, y por doquiera
Su vivífica acción en movimiento
Despierta mi atención. ¿Do las cadenas
Están de la verdad? ¡Cuál se ha extendido,
En alas del espíritu llevada,
De mar a mar y de Pirene a Gades!
¿Quién volvió a sancionar la ley de vida
Que en su próvido amor naturaleza
Por la voz del deleite diera al mundo?
¿Qué numen creador pudo en un día
Verter aquí la plenitud y holganza,
Imprimir su vigor y su energía?»

¡Ah! Que entonces el nombre de Jovino
Grande a la gloria y al aplauso viva,
Y aquel augusto galardón reciba
Digno de su virtud y alto destino.
¡Oh hermosa emulación! Vendrán las artes
Hijas del genio imitador, y solas
Adornar ansiarán el bello triunfo
De su alumno y su dios: suyo las ciencias
Le aclamarán, con su divina mano
Allá en la playa astur mostrando alegres
La mansión que él les diera, altar primero
Que alzó a Minerva la razón hispana.
En medio el labrador, no como un día
Angustiado, infeliz, pobre y desnudo,
Sino contento y vigoroso, alzando
La agradecida voz, dirá: «Fue mío,
Y su alabanza es mía; si de flores
Primero se adornó su mente hermosa,
Para mí maduró, y en fruto opimo
Gocé yo al fin de su favor los dones.

»Si de su voz la persuasión salía
Como raudal de miel, ella a mis llagas
Dulce bálsamo fue. ¿No ahogó su mano
Una en pos de otra las odiosas sierpes
Que infestaban mi ser? Ved mi abundancia,
Ved mi contento, el delicioso halago
Con que de hijuelos el enjambre hermoso
Me alivia y me corona. ¡Ay! Hubo un tiempo
Que el ser padre era un mal: ¿quién sin zozobra
A la indigencia, al desaliento, diera
Nuevos esclavos? Pero huyó; al olvido
Lanzó Jovino tan amargos días:
Mi esperanza, mi paz, las glorias mías
Obras son de su amor, son de su anhelo;
Dadme pues sólo el bendecir su nombre,
Y en dulces himnos levantarle al cielo».
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Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A Don Gaspar De Jovellanos, Cuando Se Le Encargó El Ministerio De Gracia Y Justicia

¿Pudo lucir el suspirado día
Que con sus votos la virtud llamaba,
Y la esperanza florecer que apenas
El sueño en sus halagos le pintaba?
Pudo: a este tiempo en repetido aplauso
Miro el viento batir, en dulces himnos
Los ecos resonar, y por do quiera,
De labio en labio sin cesar llevado,
El nombre de Jovino henchir la esfera.

¡Bien haya veces mil aquel momento
En que a las manos del saber se entregan
Las riendas del poder! En él cifrada
Su ventura ve el orbe; en ti, Jovino,
La suya ve tu patria. Ella anhelante,
Ya en el horror del precipicio puesta,
Auxilio implora y tu robusta mano
Que sólo tú de sus profundos males
El abismo sondar, dar a sus llagas
El poderoso bálsamo, y en rayos
De luz clara y vivífica pudieras
Inundarla por fin. ¡Oh! Presto sea,
Presto se cumpla la esperanza mía;
La nube ahuyenta del error, con ella
Huirán al punto las funestas plagas
Que nuestra dicha en su insolencia ahogaron.
Y a ti sólo debida esta victoria,
Mi vista, ansiosa de tu honor, te vea
Brillar al fin con tan inmensa gloria.

Victoria más espléndida y más pura
Que las que en campos de pavor cubiertos
Consagra a Marte la fiereza humana;
No, empero, menos ardua revestida
De mil formas y mil tiende su vuelo
Rastren la ignorancia, y con sus alas
Cuanto toca consume; así en los campos
Que baña con sus ondas Guadiana
Crece el insecto volador, y muerta
Lamenta Ceres su verdura ufana.
Ora insulta y desprecia: en su habla loca
Es ocioso el saber, frívolos sueños
Las obras del ingenio, al polvo iguales
Los altos pechos que Minerva inspira.
¡Bárbara presunción! Allá en el Nilo
Suele el tostado habitador dar voces,
Y al astro hermoso en que se inflama el día
Frenético insultar: la injuria vana
Huye a perderse en la anchurosa esfera.
Y Febo en tanto derramando lumbre
Sigue en silencio su inmortal carrera.
Ora feroz a la indolencia usada
Se niega, y de murallas espantosas
Cerca y ataja los senderos todos
Por do a la humana perfección se arriba.

De allí, alzando el cuchillo, armada en muerto,
Cuantos su imperio detestable esquivan,
Tantos amaga. ¡Ay del cuitado que osa.
De generoso ardor el pecho henchido,
Sus nieblas disipar, buscar la lumbre,
Y a la cumbre trepar Víctima entonces
De su ciego furor... Pero primero
Del cielo y de la tierra se vería
Suspenso el curso, y de las cosas todas
El lazo universal roto y deshecho,
Que la insolente estupidez su triunfo
Logre completo, y que sus impías manos
La sacra antorcha a la razón extingan.
¿Quién dio a la tempestad el loco orgullo
De sobrar a la luz? Tú, gran Jovino,
Insta, combate, vence. El monstruo horrible
Bramando espire; que reinar se vena
Benéficas las letras; que amparadas
De su inviolable independencia sean.

Ellas fueron tu amor, ellas tu encanto
Siempre serán ¡O bienhadado y digno
De envidia el que en su albergue solitario
Las fuentes del saber tranquilo apura!
Felices en su afán vuelan las horas
Ya la lectura le embelesa, y lleno
De admiración, los altos monumentos
De la estudiosa antigüedad medita,
Y a sus genios se hermana, ecos grandiosos
Por do la serie de la ciencia humana
Se dilata a los siglos. Ya llevando
Al hermoso espectáculo que ostenta
Natura, su atención, busca sus leyes,
Sus misterios indaga, en su belleza
Atónito se arroba, y desde un punto
Se hace inmenso como ella. Ora a los hombres
La vista paternal vuelve, y llorando,
Exento del error, ve sus errores,
Y los señala y los combate, y libre
Muestra la senda en que a placer se lleven
De la mundana actividad las ruedas:
Tal vez sueña, y soñando en su delirio,
Nuevos mundos se finge, y de virtudes
Y de ventura celestial los llena.
¿Quién no envidia su error? Llora y suspira
En la dulce ilusión que le enajena,
Y del orbe en el bien el suyo mira.

Siquiera allí de la servil codicia,
de la ambición frenética no tiembla
La eterna agitación: a fuer de vientos
Que en partes mil el horizonte rompen,
Y furiosos batiéndose, a su impulso
La fiel serenidad huye turbada;
Tal en el centro del poder se acosan
La doblez, la maldad, los vicios viles,
Que en mentido disfraz vagan tras ellas,
Y en su mísero vértigo sepultan
De la virtud las esperanzas bellas.
¡Ay! Que tal vez al formidable peso
Rebelde el hombro, y de luchar cansado
Con la depravación, los tristes ojos,
Jovino, volverás a aquellos días
De tu apacible soledad testigos;
Los volverás llorando; el desaliento
Su amarga hiel derramará en tus venas,
Maldiciendo afligido aquel momento
Que te arrancó a tu albergue, do tranquilo
La virtud, la verdad fueron tu asilo.

¿Y el ejemplo del bien que debe al mundo
Todo gran corazón? Y la alta gloria
De aterrar la maldad? Y los consuelos
De la opresa virtud? —Cuando lejana,
De hierro el cetro iniquidad violenta
Tienda a las veces, y afligido llore
El inocente en su opresión, tú entonces,
Tú serás su deidad. Antes venía,
Y con trémulo pie la aula pisaba,
La altiva majestad le confundía;
Demandaba justicia, y su semblante,
De incertidumbre tímida vestido,
Suspiraba un favor. Jovino ahora,
Jovino es quien atiende a sus querellas,
Quien enjuga sus lágrimas, quien tierno
También acaso le acompaña en ellas.
Lágrimas puras que, en placer bañada,
Derrama la virtud, ¡qué de consuelos
No dais al corazón! ¡Qué de pesares
No le quitáis! —¿Y el inmortal testigo,
El premio hermoso de los grandes hombres,
Alta posteridad, que ya te mira
Y tu nombre señala entre sus nombres?

¡Oh porvenir! ¡Oh juez incorruptible
Del hombre que vivió! ¡Cuál se amedrenta
De ti el profano pecho que ya un día
El bien miró, de indiferencia lleno,
Ni osó el cerco salvar que le ceñía!
Cuando la noche del sepulcro ostente
La nada ante sus pies, cuando ya el sueño
De su vida falaz se torne en humo,
¿Qué verá tras de sí? Mísero olvido
O excración eterna que a los tiempos
La memoria en su voz vuelve contino.
Aquel, empero, que de ardor divino
Tocado fue, que en incesante anhelo
Siempre ansió por el bien, y que en su mente,
A cuanto obró y pensó la faz terrible
Del tiempo que vendrá tuvo presente,
Ese vive inmortal; su excelso nombre
Colina el abismo de la tumba, y viva
Su gloria colosal queda en sus hechos;
Hechos que en ecos de alabanza suenan,
Que el campo inmenso del espacio ocupan,
Y el raudo giro de los siglos llenan.

Tiempo vendrá que en la dichosa Hesperia
Espaciando la vista alborozada,
Grite la admiración: «¿No es este el suelo
Que en otro tiempo a compasión movía?
Veinte siglos de error en él fundaron
El imperio del mal: en vano había
Pródigo el cielo de favor cubierto
Su seno en bienes mil, y codiciosa
La tierra por brotar, inagotables
Sus opimos tesoros ostentaba.
Su sed en vano innumerables ríos
Mitigaban regándola, y en vano
Bañara el mar su costa al occidente,
Al oriente y al sur. ¿Qué la servía
Un clima placidísimo y sereno
Que en vida, en fuerza y en placer la henchía?
Todo fue por demás: su manto triste
Tendió la asolación: yermos los campos,
Mustios los pueblos, indolente el hombre,
Sin conocer su estrago, sin aliento
Para salvarse de él, ruina y silencio
Cual de peste mortífera abrigaban.

»¿Quién fue el Dios que bastó de tantos
males
El torrente a atajar? Quién la carrera
Mudó a estas aguas, allanó los montes,
Los pantanos cegó? Cubren de Ceres
Y de Pomona los celestes dones
El suelo antes erial, que abrojos solos
Y zarzales inútiles llevaba.
Trocóse todo: por do quier la mano
Del hombre señalada, y por doquiera
Su vivífica acción en movimiento
Despierta mi atención. ¿Do las cadenas
Están de la verdad? ¡Cuál se ha extendido,
En alas del espíritu llevada,
De mar a mar y de Pirene a Gades!
¿Quién volvió a sancionar la ley de vida
Que en su próvido amor naturaleza
Por la voz del deleite diera al mundo?
¿Qué numen creador pudo en un día
Verter aquí la plenitud y holganza,
Imprimir su vigor y su energía?»

¡Ah! Que entonces el nombre de Jovino
Grande a la gloria y al aplauso viva,
Y aquel augusto galardón reciba
Digno de su virtud y alto destino.
¡Oh hermosa emulación! Vendrán las artes
Hijas del genio imitador, y solas
Adornar ansiarán el bello triunfo
De su alumno y su dios: suyo las ciencias
Le aclamarán, con su divina mano
Allá en la playa astur mostrando alegres
La mansión que él les diera, altar primero
Que alzó a Minerva la razón hispana.
En medio el labrador, no como un día
Angustiado, infeliz, pobre y desnudo,
Sino contento y vigoroso, alzando
La agradecida voz, dirá: «Fue mío,
Y su alabanza es mía; si de flores
Primero se adornó su mente hermosa,
Para mí maduró, y en fruto opimo
Gocé yo al fin de su favor los dones.

»Si de su voz la persuasión salía
Como raudal de miel, ella a mis llagas
Dulce bálsamo fue. ¿No ahogó su mano
Una en pos de otra las odiosas sierpes
Que infestaban mi ser? Ved mi abundancia,
Ved mi contento, el delicioso halago
Con que de hijuelos el enjambre hermoso
Me alivia y me corona. ¡Ay! Hubo un tiempo
Que el ser padre era un mal: ¿quién sin zozobra
A la indigencia, al desaliento, diera
Nuevos esclavos? Pero huyó; al olvido
Lanzó Jovino tan amargos días:
Mi esperanza, mi paz, las glorias mías
Obras son de su amor, son de su anhelo;
Dadme pues sólo el bendecir su nombre,
Y en dulces himnos levantarle al cielo».
444
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A Don Gaspar De Jovellanos, Cuando Se Le Encargó El Ministerio De Gracia Y Justicia

¿Pudo lucir el suspirado día
Que con sus votos la virtud llamaba,
Y la esperanza florecer que apenas
El sueño en sus halagos le pintaba?
Pudo: a este tiempo en repetido aplauso
Miro el viento batir, en dulces himnos
Los ecos resonar, y por do quiera,
De labio en labio sin cesar llevado,
El nombre de Jovino henchir la esfera.

¡Bien haya veces mil aquel momento
En que a las manos del saber se entregan
Las riendas del poder! En él cifrada
Su ventura ve el orbe; en ti, Jovino,
La suya ve tu patria. Ella anhelante,
Ya en el horror del precipicio puesta,
Auxilio implora y tu robusta mano
Que sólo tú de sus profundos males
El abismo sondar, dar a sus llagas
El poderoso bálsamo, y en rayos
De luz clara y vivífica pudieras
Inundarla por fin. ¡Oh! Presto sea,
Presto se cumpla la esperanza mía;
La nube ahuyenta del error, con ella
Huirán al punto las funestas plagas
Que nuestra dicha en su insolencia ahogaron.
Y a ti sólo debida esta victoria,
Mi vista, ansiosa de tu honor, te vea
Brillar al fin con tan inmensa gloria.

Victoria más espléndida y más pura
Que las que en campos de pavor cubiertos
Consagra a Marte la fiereza humana;
No, empero, menos ardua revestida
De mil formas y mil tiende su vuelo
Rastren la ignorancia, y con sus alas
Cuanto toca consume; así en los campos
Que baña con sus ondas Guadiana
Crece el insecto volador, y muerta
Lamenta Ceres su verdura ufana.
Ora insulta y desprecia: en su habla loca
Es ocioso el saber, frívolos sueños
Las obras del ingenio, al polvo iguales
Los altos pechos que Minerva inspira.
¡Bárbara presunción! Allá en el Nilo
Suele el tostado habitador dar voces,
Y al astro hermoso en que se inflama el día
Frenético insultar: la injuria vana
Huye a perderse en la anchurosa esfera.
Y Febo en tanto derramando lumbre
Sigue en silencio su inmortal carrera.
Ora feroz a la indolencia usada
Se niega, y de murallas espantosas
Cerca y ataja los senderos todos
Por do a la humana perfección se arriba.

De allí, alzando el cuchillo, armada en muerto,
Cuantos su imperio detestable esquivan,
Tantos amaga. ¡Ay del cuitado que osa.
De generoso ardor el pecho henchido,
Sus nieblas disipar, buscar la lumbre,
Y a la cumbre trepar Víctima entonces
De su ciego furor... Pero primero
Del cielo y de la tierra se vería
Suspenso el curso, y de las cosas todas
El lazo universal roto y deshecho,
Que la insolente estupidez su triunfo
Logre completo, y que sus impías manos
La sacra antorcha a la razón extingan.
¿Quién dio a la tempestad el loco orgullo
De sobrar a la luz? Tú, gran Jovino,
Insta, combate, vence. El monstruo horrible
Bramando espire; que reinar se vena
Benéficas las letras; que amparadas
De su inviolable independencia sean.

Ellas fueron tu amor, ellas tu encanto
Siempre serán ¡O bienhadado y digno
De envidia el que en su albergue solitario
Las fuentes del saber tranquilo apura!
Felices en su afán vuelan las horas
Ya la lectura le embelesa, y lleno
De admiración, los altos monumentos
De la estudiosa antigüedad medita,
Y a sus genios se hermana, ecos grandiosos
Por do la serie de la ciencia humana
Se dilata a los siglos. Ya llevando
Al hermoso espectáculo que ostenta
Natura, su atención, busca sus leyes,
Sus misterios indaga, en su belleza
Atónito se arroba, y desde un punto
Se hace inmenso como ella. Ora a los hombres
La vista paternal vuelve, y llorando,
Exento del error, ve sus errores,
Y los señala y los combate, y libre
Muestra la senda en que a placer se lleven
De la mundana actividad las ruedas:
Tal vez sueña, y soñando en su delirio,
Nuevos mundos se finge, y de virtudes
Y de ventura celestial los llena.
¿Quién no envidia su error? Llora y suspira
En la dulce ilusión que le enajena,
Y del orbe en el bien el suyo mira.

Siquiera allí de la servil codicia,
de la ambición frenética no tiembla
La eterna agitación: a fuer de vientos
Que en partes mil el horizonte rompen,
Y furiosos batiéndose, a su impulso
La fiel serenidad huye turbada;
Tal en el centro del poder se acosan
La doblez, la maldad, los vicios viles,
Que en mentido disfraz vagan tras ellas,
Y en su mísero vértigo sepultan
De la virtud las esperanzas bellas.
¡Ay! Que tal vez al formidable peso
Rebelde el hombro, y de luchar cansado
Con la depravación, los tristes ojos,
Jovino, volverás a aquellos días
De tu apacible soledad testigos;
Los volverás llorando; el desaliento
Su amarga hiel derramará en tus venas,
Maldiciendo afligido aquel momento
Que te arrancó a tu albergue, do tranquilo
La virtud, la verdad fueron tu asilo.

¿Y el ejemplo del bien que debe al mundo
Todo gran corazón? Y la alta gloria
De aterrar la maldad? Y los consuelos
De la opresa virtud? —Cuando lejana,
De hierro el cetro iniquidad violenta
Tienda a las veces, y afligido llore
El inocente en su opresión, tú entonces,
Tú serás su deidad. Antes venía,
Y con trémulo pie la aula pisaba,
La altiva majestad le confundía;
Demandaba justicia, y su semblante,
De incertidumbre tímida vestido,
Suspiraba un favor. Jovino ahora,
Jovino es quien atiende a sus querellas,
Quien enjuga sus lágrimas, quien tierno
También acaso le acompaña en ellas.
Lágrimas puras que, en placer bañada,
Derrama la virtud, ¡qué de consuelos
No dais al corazón! ¡Qué de pesares
No le quitáis! —¿Y el inmortal testigo,
El premio hermoso de los grandes hombres,
Alta posteridad, que ya te mira
Y tu nombre señala entre sus nombres?

¡Oh porvenir! ¡Oh juez incorruptible
Del hombre que vivió! ¡Cuál se amedrenta
De ti el profano pecho que ya un día
El bien miró, de indiferencia lleno,
Ni osó el cerco salvar que le ceñía!
Cuando la noche del sepulcro ostente
La nada ante sus pies, cuando ya el sueño
De su vida falaz se torne en humo,
¿Qué verá tras de sí? Mísero olvido
O excración eterna que a los tiempos
La memoria en su voz vuelve contino.
Aquel, empero, que de ardor divino
Tocado fue, que en incesante anhelo
Siempre ansió por el bien, y que en su mente,
A cuanto obró y pensó la faz terrible
Del tiempo que vendrá tuvo presente,
Ese vive inmortal; su excelso nombre
Colina el abismo de la tumba, y viva
Su gloria colosal queda en sus hechos;
Hechos que en ecos de alabanza suenan,
Que el campo inmenso del espacio ocupan,
Y el raudo giro de los siglos llenan.

Tiempo vendrá que en la dichosa Hesperia
Espaciando la vista alborozada,
Grite la admiración: «¿No es este el suelo
Que en otro tiempo a compasión movía?
Veinte siglos de error en él fundaron
El imperio del mal: en vano había
Pródigo el cielo de favor cubierto
Su seno en bienes mil, y codiciosa
La tierra por brotar, inagotables
Sus opimos tesoros ostentaba.
Su sed en vano innumerables ríos
Mitigaban regándola, y en vano
Bañara el mar su costa al occidente,
Al oriente y al sur. ¿Qué la servía
Un clima placidísimo y sereno
Que en vida, en fuerza y en placer la henchía?
Todo fue por demás: su manto triste
Tendió la asolación: yermos los campos,
Mustios los pueblos, indolente el hombre,
Sin conocer su estrago, sin aliento
Para salvarse de él, ruina y silencio
Cual de peste mortífera abrigaban.

»¿Quién fue el Dios que bastó de tantos
males
El torrente a atajar? Quién la carrera
Mudó a estas aguas, allanó los montes,
Los pantanos cegó? Cubren de Ceres
Y de Pomona los celestes dones
El suelo antes erial, que abrojos solos
Y zarzales inútiles llevaba.
Trocóse todo: por do quier la mano
Del hombre señalada, y por doquiera
Su vivífica acción en movimiento
Despierta mi atención. ¿Do las cadenas
Están de la verdad? ¡Cuál se ha extendido,
En alas del espíritu llevada,
De mar a mar y de Pirene a Gades!
¿Quién volvió a sancionar la ley de vida
Que en su próvido amor naturaleza
Por la voz del deleite diera al mundo?
¿Qué numen creador pudo en un día
Verter aquí la plenitud y holganza,
Imprimir su vigor y su energía?»

¡Ah! Que entonces el nombre de Jovino
Grande a la gloria y al aplauso viva,
Y aquel augusto galardón reciba
Digno de su virtud y alto destino.
¡Oh hermosa emulación! Vendrán las artes
Hijas del genio imitador, y solas
Adornar ansiarán el bello triunfo
De su alumno y su dios: suyo las ciencias
Le aclamarán, con su divina mano
Allá en la playa astur mostrando alegres
La mansión que él les diera, altar primero
Que alzó a Minerva la razón hispana.
En medio el labrador, no como un día
Angustiado, infeliz, pobre y desnudo,
Sino contento y vigoroso, alzando
La agradecida voz, dirá: «Fue mío,
Y su alabanza es mía; si de flores
Primero se adornó su mente hermosa,
Para mí maduró, y en fruto opimo
Gocé yo al fin de su favor los dones.

»Si de su voz la persuasión salía
Como raudal de miel, ella a mis llagas
Dulce bálsamo fue. ¿No ahogó su mano
Una en pos de otra las odiosas sierpes
Que infestaban mi ser? Ved mi abundancia,
Ved mi contento, el delicioso halago
Con que de hijuelos el enjambre hermoso
Me alivia y me corona. ¡Ay! Hubo un tiempo
Que el ser padre era un mal: ¿quién sin zozobra
A la indigencia, al desaliento, diera
Nuevos esclavos? Pero huyó; al olvido
Lanzó Jovino tan amargos días:
Mi esperanza, mi paz, las glorias mías
Obras son de su amor, son de su anhelo;
Dadme pues sólo el bendecir su nombre,
Y en dulces himnos levantarle al cielo».
444
Manuel José Quintana

Manuel José Quintana

A Don Gaspar De Jovellanos, Cuando Se Le Encargó El Ministerio De Gracia Y Justicia

¿Pudo lucir el suspirado día
Que con sus votos la virtud llamaba,
Y la esperanza florecer que apenas
El sueño en sus halagos le pintaba?
Pudo: a este tiempo en repetido aplauso
Miro el viento batir, en dulces himnos
Los ecos resonar, y por do quiera,
De labio en labio sin cesar llevado,
El nombre de Jovino henchir la esfera.

¡Bien haya veces mil aquel momento
En que a las manos del saber se entregan
Las riendas del poder! En él cifrada
Su ventura ve el orbe; en ti, Jovino,
La suya ve tu patria. Ella anhelante,
Ya en el horror del precipicio puesta,
Auxilio implora y tu robusta mano
Que sólo tú de sus profundos males
El abismo sondar, dar a sus llagas
El poderoso bálsamo, y en rayos
De luz clara y vivífica pudieras
Inundarla por fin. ¡Oh! Presto sea,
Presto se cumpla la esperanza mía;
La nube ahuyenta del error, con ella
Huirán al punto las funestas plagas
Que nuestra dicha en su insolencia ahogaron.
Y a ti sólo debida esta victoria,
Mi vista, ansiosa de tu honor, te vea
Brillar al fin con tan inmensa gloria.

Victoria más espléndida y más pura
Que las que en campos de pavor cubiertos
Consagra a Marte la fiereza humana;
No, empero, menos ardua revestida
De mil formas y mil tiende su vuelo
Rastren la ignorancia, y con sus alas
Cuanto toca consume; así en los campos
Que baña con sus ondas Guadiana
Crece el insecto volador, y muerta
Lamenta Ceres su verdura ufana.
Ora insulta y desprecia: en su habla loca
Es ocioso el saber, frívolos sueños
Las obras del ingenio, al polvo iguales
Los altos pechos que Minerva inspira.
¡Bárbara presunción! Allá en el Nilo
Suele el tostado habitador dar voces,
Y al astro hermoso en que se inflama el día
Frenético insultar: la injuria vana
Huye a perderse en la anchurosa esfera.
Y Febo en tanto derramando lumbre
Sigue en silencio su inmortal carrera.
Ora feroz a la indolencia usada
Se niega, y de murallas espantosas
Cerca y ataja los senderos todos
Por do a la humana perfección se arriba.

De allí, alzando el cuchillo, armada en muerto,
Cuantos su imperio detestable esquivan,
Tantos amaga. ¡Ay del cuitado que osa.
De generoso ardor el pecho henchido,
Sus nieblas disipar, buscar la lumbre,
Y a la cumbre trepar Víctima entonces
De su ciego furor... Pero primero
Del cielo y de la tierra se vería
Suspenso el curso, y de las cosas todas
El lazo universal roto y deshecho,
Que la insolente estupidez su triunfo
Logre completo, y que sus impías manos
La sacra antorcha a la razón extingan.
¿Quién dio a la tempestad el loco orgullo
De sobrar a la luz? Tú, gran Jovino,
Insta, combate, vence. El monstruo horrible
Bramando espire; que reinar se vena
Benéficas las letras; que amparadas
De su inviolable independencia sean.

Ellas fueron tu amor, ellas tu encanto
Siempre serán ¡O bienhadado y digno
De envidia el que en su albergue solitario
Las fuentes del saber tranquilo apura!
Felices en su afán vuelan las horas
Ya la lectura le embelesa, y lleno
De admiración, los altos monumentos
De la estudiosa antigüedad medita,
Y a sus genios se hermana, ecos grandiosos
Por do la serie de la ciencia humana
Se dilata a los siglos. Ya llevando
Al hermoso espectáculo que ostenta
Natura, su atención, busca sus leyes,
Sus misterios indaga, en su belleza
Atónito se arroba, y desde un punto
Se hace inmenso como ella. Ora a los hombres
La vista paternal vuelve, y llorando,
Exento del error, ve sus errores,
Y los señala y los combate, y libre
Muestra la senda en que a placer se lleven
De la mundana actividad las ruedas:
Tal vez sueña, y soñando en su delirio,
Nuevos mundos se finge, y de virtudes
Y de ventura celestial los llena.
¿Quién no envidia su error? Llora y suspira
En la dulce ilusión que le enajena,
Y del orbe en el bien el suyo mira.

Siquiera allí de la servil codicia,
de la ambición frenética no tiembla
La eterna agitación: a fuer de vientos
Que en partes mil el horizonte rompen,
Y furiosos batiéndose, a su impulso
La fiel serenidad huye turbada;
Tal en el centro del poder se acosan
La doblez, la maldad, los vicios viles,
Que en mentido disfraz vagan tras ellas,
Y en su mísero vértigo sepultan
De la virtud las esperanzas bellas.
¡Ay! Que tal vez al formidable peso
Rebelde el hombro, y de luchar cansado
Con la depravación, los tristes ojos,
Jovino, volverás a aquellos días
De tu apacible soledad testigos;
Los volverás llorando; el desaliento
Su amarga hiel derramará en tus venas,
Maldiciendo afligido aquel momento
Que te arrancó a tu albergue, do tranquilo
La virtud, la verdad fueron tu asilo.

¿Y el ejemplo del bien que debe al mundo
Todo gran corazón? Y la alta gloria
De aterrar la maldad? Y los consuelos
De la opresa virtud? —Cuando lejana,
De hierro el cetro iniquidad violenta
Tienda a las veces, y afligido llore
El inocente en su opresión, tú entonces,
Tú serás su deidad. Antes venía,
Y con trémulo pie la aula pisaba,
La altiva majestad le confundía;
Demandaba justicia, y su semblante,
De incertidumbre tímida vestido,
Suspiraba un favor. Jovino ahora,
Jovino es quien atiende a sus querellas,
Quien enjuga sus lágrimas, quien tierno
También acaso le acompaña en ellas.
Lágrimas puras que, en placer bañada,
Derrama la virtud, ¡qué de consuelos
No dais al corazón! ¡Qué de pesares
No le quitáis! —¿Y el inmortal testigo,
El premio hermoso de los grandes hombres,
Alta posteridad, que ya te mira
Y tu nombre señala entre sus nombres?

¡Oh porvenir! ¡Oh juez incorruptible
Del hombre que vivió! ¡Cuál se amedrenta
De ti el profano pecho que ya un día
El bien miró, de indiferencia lleno,
Ni osó el cerco salvar que le ceñía!
Cuando la noche del sepulcro ostente
La nada ante sus pies, cuando ya el sueño
De su vida falaz se torne en humo,
¿Qué verá tras de sí? Mísero olvido
O excración eterna que a los tiempos
La memoria en su voz vuelve contino.
Aquel, empero, que de ardor divino
Tocado fue, que en incesante anhelo
Siempre ansió por el bien, y que en su mente,
A cuanto obró y pensó la faz terrible
Del tiempo que vendrá tuvo presente,
Ese vive inmortal; su excelso nombre
Colina el abismo de la tumba, y viva
Su gloria colosal queda en sus hechos;
Hechos que en ecos de alabanza suenan,
Que el campo inmenso del espacio ocupan,
Y el raudo giro de los siglos llenan.

Tiempo vendrá que en la dichosa Hesperia
Espaciando la vista alborozada,
Grite la admiración: «¿No es este el suelo
Que en otro tiempo a compasión movía?
Veinte siglos de error en él fundaron
El imperio del mal: en vano había
Pródigo el cielo de favor cubierto
Su seno en bienes mil, y codiciosa
La tierra por brotar, inagotables
Sus opimos tesoros ostentaba.
Su sed en vano innumerables ríos
Mitigaban regándola, y en vano
Bañara el mar su costa al occidente,
Al oriente y al sur. ¿Qué la servía
Un clima placidísimo y sereno
Que en vida, en fuerza y en placer la henchía?
Todo fue por demás: su manto triste
Tendió la asolación: yermos los campos,
Mustios los pueblos, indolente el hombre,
Sin conocer su estrago, sin aliento
Para salvarse de él, ruina y silencio
Cual de peste mortífera abrigaban.

»¿Quién fue el Dios que bastó de tantos
males
El torrente a atajar? Quién la carrera
Mudó a estas aguas, allanó los montes,
Los pantanos cegó? Cubren de Ceres
Y de Pomona los celestes dones
El suelo antes erial, que abrojos solos
Y zarzales inútiles llevaba.
Trocóse todo: por do quier la mano
Del hombre señalada, y por doquiera
Su vivífica acción en movimiento
Despierta mi atención. ¿Do las cadenas
Están de la verdad? ¡Cuál se ha extendido,
En alas del espíritu llevada,
De mar a mar y de Pirene a Gades!
¿Quién volvió a sancionar la ley de vida
Que en su próvido amor naturaleza
Por la voz del deleite diera al mundo?
¿Qué numen creador pudo en un día
Verter aquí la plenitud y holganza,
Imprimir su vigor y su energía?»

¡Ah! Que entonces el nombre de Jovino
Grande a la gloria y al aplauso viva,
Y aquel augusto galardón reciba
Digno de su virtud y alto destino.
¡Oh hermosa emulación! Vendrán las artes
Hijas del genio imitador, y solas
Adornar ansiarán el bello triunfo
De su alumno y su dios: suyo las ciencias
Le aclamarán, con su divina mano
Allá en la playa astur mostrando alegres
La mansión que él les diera, altar primero
Que alzó a Minerva la razón hispana.
En medio el labrador, no como un día
Angustiado, infeliz, pobre y desnudo,
Sino contento y vigoroso, alzando
La agradecida voz, dirá: «Fue mío,
Y su alabanza es mía; si de flores
Primero se adornó su mente hermosa,
Para mí maduró, y en fruto opimo
Gocé yo al fin de su favor los dones.

»Si de su voz la persuasión salía
Como raudal de miel, ella a mis llagas
Dulce bálsamo fue. ¿No ahogó su mano
Una en pos de otra las odiosas sierpes
Que infestaban mi ser? Ved mi abundancia,
Ved mi contento, el delicioso halago
Con que de hijuelos el enjambre hermoso
Me alivia y me corona. ¡Ay! Hubo un tiempo
Que el ser padre era un mal: ¿quién sin zozobra
A la indigencia, al desaliento, diera
Nuevos esclavos? Pero huyó; al olvido
Lanzó Jovino tan amargos días:
Mi esperanza, mi paz, las glorias mías
Obras son de su amor, son de su anhelo;
Dadme pues sólo el bendecir su nombre,
Y en dulces himnos levantarle al cielo».
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Miguel Hernández

Miguel Hernández

Vuelo

Sólo quien ama vuela. Pero ¿quién ama tanto
que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
quisiera remontarse directamente vivo.

Amar... Pero ¿quién ama? Volar... Pero ¿quién vuela?
Conquistaré el azul ávido de plumaje,
pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
de no encontrar las alas que da cierto coraje.

Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
quiso ascender, tener la libertad por nido.
Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
Donde faltaban plumas puso valor y olvido.

Iba tan alto a veces, que le resplandecía
sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave.
Ser que te confundiste con una alondra un día,
te desplomaste otros como el granizo grave.

Ya sabes que las vidas de los demás son losas
con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya.
Pasa, vida, entre cuerpos, entre rejas hermosas.
A través de las rejas, libre la sangre afluya.

Triste instrumento alegre de vestir: apremiante
tubo de apetecer y respirar el fuego.
Espada devorada por el uso constante.
Cuerpo en cuyo horizonte cerrado me despliego.

No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas
por estas galerías donde el aire es mi nudo.
Por más que te debatas en ascender, naufragas.
No clamarás. El campo sigue desierto y mudo.

Los brazos no aletean. Son acaso una cola
que el corazón quisiera lanzar al firmamento.
La sangre se entristece de batirse sola.
Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.

Cada ciudad, dormida, despierta loca, exhala
un silencio de cárcel, de sueño que arde y llueve
como un élitro ronco de no poder ser ala.
El hombre yace. El cielo se eleva. El aire mueve.
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Miguel Hernández

Miguel Hernández

Guerra

Todas las madres del mundo,
ocultan el vientre, tiemblan,
y quisieran retirarse,
a virginidades ciegas,
el origen solitario
y el pasado sin herencia.
Pálida, sobrecogida
la fecundidad se queda.
El mar tiene sed y tiene
sed de ser agua la tierra.
Alarga la llama el odio
y el amor cierra las puertas.
Voces como lanzas vibran,
voces como bayonetas.
Bocas como puños vienen,
puños como cascos llegan.
Pechos como muros roncos,
piernas como patas recias.
El corazón se revuelve,
se atorbellina, revienta.
Arroja contra los ojos
súbitas espumas negras.

La sangre enarbola el cuerpo,
precipita la cabeza
y busca un hueco, una herida
por donde lanzarse afuera.
La sangre recorre el mundo
enjaulada, insatisfecha.
Las flores se desvanecen
devoradas por la hierba.
Ansias de matar invaden
el fondo de la azucena.
Acoplarse con metales
todos los cuerpos anhelan:
desposarse, poseerse
de una terrible manera.

Desaparecer: el ansia
general, creciente, reina.
Un fantasma de estandartes,
una bandera quimérica,
un mito de patrias: una
grave ficción de fronteras.
Músicas exasperadas,
duras como botas, huellan
la faz de las esperanzas
y de las entrañas tiernas.
Crepita el alma, la ira.
El llanto relampaguea.
¿Para qué quiero la luz
si tropiezo con tinieblas?

Pasiones como clarines,
coplas, trompas que aconsejan
devorarse ser a ser,
destruirse, piedra a piedra.
Relinchos. Retumbos. Truenos.
Salivazos. Besos. Ruedas.
Espuelas. Espadas locas
abren una herida inmensa.

Después, el silencio, mudo
de algodón, blanco de vendas,
cárdeno de cirugía,
mutilado de tristeza.
El silencio. Y el laurel
en un rincón de osamentas.
Y un tambor enamorado,
como un vientre tenso, suena
detrás del innumerable
muerto que jamás se aleja.
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Miguel Hernández

Miguel Hernández

Antes Del Odio

Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.

Corazón en una copa
donde me lo bebo yo
y no se lo bebe nadie,
nadie sabe su sabor.
Odio, vida: ¡cuánto odio
sólo por amor!

No es posible acariciarte
con las manos que me dio
el fuego de más deseo,
el ansia de más ardor.
Varias alas, varios vuelos
abaten en ellas hoy
hierros que cercan las venas
y las muerden con rencor.
Por amor, vida, abatido,
pájaro sin remisión.
Sólo por amor odiado,
sólo por amor.

Amor, tu bóveda arriba
y no abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.
Mírame aquí encadenado,
escupido, sin calor,
a los pies de la tiniebla
más súbita, más feroz,
comiendo pan y cuchillo
como buen trabajador
y a veces cuchillo sólo,
sólo por amor.

Todo lo que significa
golondrinas, ascensión,
claridad, anchura, aire,
decidido espacio, sol,
horizonte aleteante,
sepultado en un rincón.
Esperanza, mar, desierto,
sangre, monte rodador:
libertades de mi alma
clamorosas de pasión,
desfilando por mi cuerpo,
donde no se quedan, no,
pero donde se despliegan,
sólo por amor.

Porque dentro de la triste
guirnalda del eslabón,
del sabor a carcelero
constante, y a paredón,
y a precipicio en acecho,
alto, alegre, libre soy.
Alto, alegre, libre, libre,
sólo por amor.

No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión,
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre.
Sólo por amor.
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